martes, abril 14, 2020

Diario de estos días (XXXIII)

«El camino del deber se encuentra enfrente del sendero del egoísmo» (Niceto Alcalá-Zamora)

Martes, 14. Aniversario de la II República Española. Hoy he vuelto a ver, después del parón de la más extraña Semana Santa que hemos vivido en muchos años, a mis estudiantes de literatura española del siglo XVIII. Me ha gustado saber que siguen bien y me ha gustado retomar esta actividad distinta. Es curioso. Me he levantado a la misma hora que cuando tenía clase a las nueve y tenía que salir de casa, coger el coche y llegar al campus, y, sin embargo, he llegado muy apurado a la sesión programada a treinta pasos del desayuno. Ahora es todo como si se observase a través de un filtro que da un barniz diferente a la realidad. No sé; miro el calendario, miro mi agenda, y traslado esa representación gráfica del tiempo a todo lo que ocurre. Los veo; veo mi agenda, mi calendario y el tiempo en las cifras impresas en los envoltorios de muchos alimentos. Hoy ha sido con un paquete de lonchas finas de pechuga de pavo (20-05-20. Lote 1340), y he pensado en esa fecha en la que nunca había pensado de modo parecido al que ahora me lleva a preguntarme cómo estará la situación en ese momento, en el justo día del veinte de mayo de dos mil veinte en el que esa marca dice —mentira— que caducan las lonchas. La misma mirada cotidiana modificada ahora, por ejemplo, en la lectura de las esquelas del periódico. No sé si es que hay más que antes o es que yo me fijo más que antes. Ayer, Enrique Múgica, hoy, Landelino Lavilla, Juan Cotino, una necrología escrita por Darío Villanueva sobre Iris M. Zavala, la del autor de La piqueta (1959), una de esas novelas del realismo social, de Antonio Ferres, la del dramaturgo Ángel García Pintado. Hace una semana, dos páginas enteras con los obituarios de Riay Tatary, el sirio que fue fundador de la Unión de Comunidades Islámicas de España, el empresario Alfonso Cortina, el autor teatral Josep Maria Benet i Jornet, ambos fallecidos por coronavirus, el entrenador de fútbol Radomir Antic, o la de Ricardo Díez Hochleitner, diplomático y experto en política educativa, cuya necrología iba firmada por Federico Mayor Zaragoza de una manera que el periódico El País tendría que hacerse mirar; porque uno abre la página de las muertes y lee abajo: «Federico Mayor Zaragoza fue director general de la Unesco entre 1987 y 1999». Y es que parece que el finado no es el otro.

lunes, abril 13, 2020

Diario de estos días (XXXII)

«de animal enjaulado que recuerda» (Guy de Maupassant)

Lunes, 13. Supongo que nadie se fija bien en la hoja de almanaque que acompaña muchos días este diario. No es siempre igual, porque cuando hay alguna anotación en el corriente, esta va en rojo. Y supongo eso también porque nadie me ha sacado de mi error al publicar durante algunos días de este mes de abril que hoy lunes se reanudaban las clases virtuales. No. Según el calendario oficial de la Universidad de Extremadura, hoy no es día lectivo y la actividad se reanuda mañana martes, 14 de abril, día en el que sí tengo programada una sesión de mi asignatura sobre literatura del siglo XVIII. Hoy hace un mes que mi universidad adoptó las medidas para el cese de las actividades docentes presenciales y que di mi última clase en la Facultad. Y hoy, el Rector de la UEX, Antonio Hidalgo García, ha publicado una resolución por la que se dicta la impartición de toda la docencia en régimen no presencial hasta la finalización de este curso. No volveremos a las aulas antes del 14 de mayo, que es la fecha del final del período lectivo. Como dice la Resolución: «En la situación actual, el periodo lectivo restante queda definido por la vuelta, tras la Semana Santa, el día 14 de abril y la finalización el día 14 de mayo. Sin embargo, el periodo de docencia no presencial […] ha quedado establecido, por lo menos, hasta el 26 de abril. Esta situación dejaría solamente 13 días susceptibles de ser utilizados de manera presencial en el caso de que no se declarase ninguna prórroga más, lo cual parece altamente improbable». Por eso, llegaremos al final del curso dando clases no presenciales y pendientes de unas directrices generales sobre docencia, prácticas, evaluación y trabajos de fin de grado y de fin de máster adaptadas a la situación. Hoy, una rara casualidad me ha llevado a un bello volumen de más de mil doscientas páginas de los Cuentos esenciales (Random House Mondadori, 2008), de Guy de Maupassant, en traducción de José Ramón Monreal e ilustraciones de Ana Juan, con el que mi amigo Antonio Sáenz de Miera quiso felicitarme la Navidad de aquel año y desearme los mejores deseos para 2009. En ese libro hay un cuento de tremendo final, «El joven soldado», del que proviene la cita de arriba, que está fechado tal día como hoy, 13 de abril, pero de 1885.

domingo, abril 12, 2020

Diario de estos días (XXXI)

«estamos en la época de la impudicia, del espectáculo gratuito» (Iris M. Zavala)

Domingo, 12. De Resurrección. El otro día no tuve reflejos. A la hora de los aplausos, un vecino salió al balcón con la túnica y la capucha negras de una de las cofradías más antiguas de Cáceres que tenía que haber procesionado a media noche. Tenía una foto, la verdad; pero se me pasó hacérsela. Estas tardes, si no tengo música en casa, se escucha la de las cornetas y tambores que debe salir del televisor en el que supongo que mi singular vecino revé los desfiles de otros años. Y aventuro, a pesar de su cacereñismo, que también visiona grabaciones de las procesiones del Cristo del Gran Poder de Sevilla o la del Cristo de la Buena Muerte de Málaga; igual que en verano, como buen aficionado a los toros, pone a todo volumen alguna corrida televisada, desde la Semana Grande de San Sebastián a la Feria de Albacete. Ayer sábado se vino arriba y bajó a la puerta de su casa y aplaudió desde la calle vestido con uno de los hábitos —el rojo y blanco— de la cofradía del Cristo de las Batallas. Tampoco le hice la fotografía. Hoy no ha salido, y eso que por esta calle esta mañana tenía que haber pasado la mitad —la comitiva de la Virgen de la Alegría— de un popular desfile que se completa con el encuentro en la Plaza Mayor con el Cristo Resucitado. Domingo de Resurrección. Domingo de muerte real, desgraciadamente. Hoy, seiscientas diecinueve muertes de verdad. Anteayer, la de la estudiosa puertorriqueña de la literatura y la historia españolas Iris M. Zavala, que falleció a causa del coronavirus. Dice la esquela que publica hoy El País que ha fallecido «a la edad de ochenta y cuatro años, en un lluvioso Viernes Santo, como su admirado César Vallejo». Y sobrecoge también leer que su «despedida tendrá lugar junto a sus amigos y allegados cuando las circunstancias lo permitan». Iris M. Zavala poblaba las bibliografías de los estudiantes de Filología que éramos en los ochenta, desde cuando data mi conocimiento de sus muchos escritos, muchos de ellos controvertidos. Los más destacados de aquel entonces, su colaboración en la Historia social de la literatura española, junto a Carlos Blanco Aguinaga y Julio Rodríguez Puértolas, que publicó la editorial Castalia en 1978, o el volumen dedicado a Romanticismo y Realismo, quinto de la Historia y crítica de la literatura española dirigida por Francisco Rico, de 1982. He cumplido con una de mis costumbres: recortar la esquela del periódico y dejarla, para el correr de los años, entre las páginas de uno de los libros de la persona fallecida. Lástima.

sábado, abril 11, 2020

Diario de estos días (XXX)

«por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el ánimo» (Giovanni Boccaccio)

Sábado, 11. V. y C. —ella y él— son estudiantes de cuarto curso de Filología Hispánica. Con ambos me vi ayer por skype y hablé de un sugerente proyecto que han ideado para que, desde nuestra universidad, se lance una especie de muro de propuestas creativas en torno a la vivencia de esta situación de encierro y de inquietud. Quieren movilizar a sus compañeras y compañeros, a buena parte del profesorado, a escritores, ilustradores, fotógrafos…, vinculados, siempre que sea posible, a Extremadura. Se han dirigido a todos con un insólito encabezamiento: «Estimados conclausurados», muy inclusivo en este trance, porque estamos padeciendo lo mismo, en un lugar o en otro. Y subrayan en su comunicado que no les mueve más ánimo que el deseo de reunirse en un foro, a pesar de la distancia y el confinamiento, y de crear con esta publicación «un espejo en el que poder mirarnos cuando la tormenta haya pasado». Tienen el apoyo del Servicio de Publicaciones de la UEX, que les dará cobertura y difusión. «Queremos elaborar —dicen en su circular— una monografía digital que sea un libro de recortes, cuaderno de bitácora o Decamerón para nuestros tiempos que plasme las creaciones artísticas, que hayan surgido o que puedan surgir, con motivo de esta situación excepcional que estamos atravesando a causa de la pandemia que tan duramente está azotando a nuestro país. El objetivo es que esta publicación deje constancia de las inquietudes y sensaciones durante estos días de confinamiento e incertidumbre». Solicitan poemas de no más de veinte versos, aforismos, textos en prosa de no más de doscientas cincuenta palabras, poemas visuales, cualquier tipo de ilustración o dibujo, cualquier tipo de imagen o de fotografía. Me gusta colaborar en el proyecto de V. y C., porque sé que no me han buscado por expresarme públicamente en esta especie de diario de la clausura que mantengo desde el viernes 13 de marzo. Saben que me gusta siempre difundir una buena intención. Y la suya lo es. Saben que lo mío viene de serie. Y me alegro, ay.

viernes, abril 10, 2020

Diario de estos días (XXIX)

«El Viernes Santo amaneció plomizo» (Leopoldo Alas, «Clarín»)

Viernes, 10. A medida que van pasando los días la rutina y este protocolo impuesto repercuten en lo ordinario de manera tan dispar que la sensación es rara. A primera hora me toca batirme con una extraña dificultad para levantarme que nunca he tenido salvo por enfermedad. La ducha y el desayuno lo cambian todo; pero la activación dura poco. Es rarísimo. Porque de la cocina a mi mesa de trabajo en el estudio hay unos treinta pasos; pero tardo en llegar unos veinte o treinta minutos. Y es que en ese momento empiezo a caminar y no puedo dejarlo y voy acumulando ya las primeras cifras del día en el podómetro del móvil, dando vueltas como un tonto. No sé por qué no soy capaz de ponerme a trabajar en lo imperioso sin esa dilación. Luego viene una cierta euforia cuando me descubro escribiendo lo que tengo que hacer, adelantando con el trabajo. Cuando mi vecina me deja en la escalera el periódico, bajo a recogerlo y lo dejo en la cocina hasta la hora de comer. Mientras estoy comiendo, escucho la radio, sensible a cualquier estímulo por los datos de muertos, de contagiados o de altas, a alguna declaración política que me exaspera o a esos anuncios del Banco Santander o de Bankia que estos días buscan emocionar. Como lo cuento. Me gustó ayer ver que Javier Rodríguez Marcos en su serie diaria de recomendaciones de lecturas escribía sobre un título de encierro y epidemia como Los ríos profundos, de Arguedas, que también ha estado presente en estas notas, cuando di mi primera clase a distancia, hace diecisiete días. Qué coincidencia. Como esta otra. Hoy M. me ha enviado una imagen curiosa. Está terminando de leer El lugar de la cita (RIL Editores, 2019), de Luciano Feria. Lo sé porque la imagen que me envía es de la página 552 —la novela tiene seiscientas treinta y ocho— y en ella mi paisano habla de la «música de una canción con unas décadas de existencia, 1988, Resistiré, de aquel archifamoso Dúo Dinámico de nikis rojos de pico e impecables pantalones blancos de campana, una creación por tanto muy poco compatible con los cánones actuales de la discografía». Sí. Quién lo hubiese imaginado, ahora que la escuchamos todos los días varias veces y pronto estaremos hasta el pírolo de ella.

jueves, abril 09, 2020

Diario de estos días (XXVIII)

El abrazo (1976), de Juan Genovés. Congreso de los Diputados. Madrid

«Todo volverá a ser grande y magnífico» (Rainer Maria Rilke)

Jueves, 9. Hoy estoy optimista. Solo; pero optimista. Después de veintisiete días. Será este día gris y lluvioso; pero me he consolado pensando en que tampoco antes del confinamiento dormía abrazado a nadie. Qué reparadores y estimulantes son los abrazos y los besos; y, sin embargo, cuando todo vuelva a cierta normalidad nos van a pedir por nuestro bien —qué ironía— que no nos los demos. El abrazo (1976) es el título del cuadro de Juan Genovés que se convirtió en un símbolo de los años de la transición democrática. Después de una entrada del primero de octubre de 2018, vuelvo a su imagen porque se me ocurre que podría ser una bonita reivindicación como símbolo ahora de nuestro próximo regreso a las calles y a la vida de siempre. Será este día lluvioso y gris, también, el que me ha hecho pensar durante una décima de segundo en que el Congreso de los Diputados nos iba a ofrecer esta mañana el mismo ejemplo edificante que millones de ciudadanos estamos dando. Luego me he venido arriba alegrándome de que ninguno de mis seres queridos se parece a Marta Madrenas, alcaldesa de Girona, ni a Quim Torra, que no consienten que se utilicen las camas de los hospitales de campaña montados por la UME y la Guardia Civil, que tanto aliviarían la situación que se vive en Cataluña. Ay, los abrazos. La pena es que van a quedar, por el momento, en un deseo. Ahora escribo en un lugar de la casa en el que la lluvia se hace notar más porque las gotas caen sobre un techado del que estoy muy satisfecho. Me lo arregló V. —es que desde la primera obra filtraba agua—, que es un profesional entusiasta, un operario cartesiano de una empresa solvente al que me ha gustado observar cuando ha venido a casa. Me fijaba en su manera de analizar la situación, de estudiar el terreno para tomar precauciones y de dar con la clave del problema de un modo admirable; tanto que, cuando volvía con la tarea hecha, de paso, me colocaba una teja, me ajustaba el canalón, y no me hizo un chuletón vuelta y vuelta de milagro. Hoy me he acordado de él. ¿Qué hará? Seguro que no está quieto; que estará ayudando a alguien, aunque sea en casa. Hoy, como estoy optimista, este jueves gris y lluvioso, voy a escribir una de las primeras frases de mi entrada de mañana: «A primera hora me toca batirme con una extraña dificultad para levantarme que nunca he tenido salvo por enfermedad». No sé.

miércoles, abril 08, 2020

Diario de estos días (XXVII)

«Y cuando la tormenta de arena haya pasado, 
tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida»  (Haruki Murakami)

Miércoles, 8. Por mor del paso del tiempo, me gusta exagerar y decir que ya he dado clase a todo el mundo. Empecé con veintitrés años, y es que fue en los dos últimos cursos de la sección de Filología de la extinta licenciatura de Filosofía y Letras. Así que cuento con antiguos alumnos que tienen mi edad (57), o uno o dos años menos. Hace ya unos cursos descubrí que yo había sido profesor de la madre de una alumna reciente, de la edad de mi hijo. Natural. Con mucha frecuencia, cuando visito algún instituto de secundaria me encuentro con profesores de departamentos de letras que fueron alumnos. La frase de hoy, algo tremenda, de Murakami, me la envió M., que también fue alumna, hace solo catorce años. Hoy es amiga. Es portentoso que pase esto a partir de una relación que fue académica y que se mantenga hoy, ya profesora y madre feliz de dos niñas preciosas. La otra tarde me gustó hacer el ganso confinadamente y sentirme como el reportero dicharachero de un programa infantil, asomándome a esta pantalla para llamar la atención de V. y S., sus hijas, con la rana Gustavo en una mano y un león de peluche de Mordillo en la otra, restos de un tiempo de hijos pequeños. M. es extremadamente temerosa con todo lo que pasa, y es sensible a todo; como supongo que le ocurre a mucha gente. Sus hijas se están portando muy bien en este encierro. A veces las miro y me parecen personas mayores. A veces me miro y parezco un niño que no entiende nada. Su recuerdo me lleva al último sábado de febrero, trece días antes de que comenzase este desastre, con la gente llenando los bares y los comedores, ajena a todo lo que se nos venía encima. Estuvimos P., su marido, sus hijas, y dos amigos más, J. y A., que también fue alumna, que también hoy es profesora. Fue en un pequeño pueblo de La Serena en el que se come un cochinillo sublime. La Haba. Hoy ha tocado este recuerdo, remoto y reciente a un tiempo.

martes, abril 07, 2020

Diario de estos días (XXVI)

«Ayer por mi calle / pasaba un Borrico» (Tomás de Iriarte)
Martes, 7. Hoy ha subido la onza de oro hasta máximos que no se alcanzaban desde hacía ocho años. Los mercados de valores reaccionan muy positivamente. Los expertos disculpan la volatilidad porque —dicen— no hay quien entienda a los mercados financieros, esa frase tan de discusión de pareja. Qué digo de discusión. Sin ir más lejos, así se lamenta Menchu de Cinco horas con Mario: «No hay quien te entienda, Mario, es la pura verdad, que te pones a ver y ni tú mismo te entiendes». Lo de hoy ha sido inaudito. La SER ha anunciado en «Hora 14» la emisión esta noche (22:05 horas en La 1) de la serie de TVE Diarios de una cuarentena. Será que Maruja Torres ha movido Roma con Santiago para que el facherío no logre minimizar su repercusión. Hoy también me he acordado de la quinta de mis entregas de este diario y de cuando Extremadura no salía en las estadísticas, porque no llegaba a los cien fallecidos. Hoy hemos llegado a 258; aunque no sea mala noticia que el número de altas ya supere al de muertos. Sigo estupefacto las reacciones de algunos políticos. No concibo que no haya comprensión en situaciones como la que estamos viviendo y que cada quisque piense más en los datos o en sus propios réditos que en atajar como sea todo lo que ocurre. Han muerto nueve personas en una residencia de Sevilla y Boris Johnson está en la UCI, y todavía hay gente tan bruta, tan egoísta y tan ignorante que considera que lo haría mejor, que así no está bien. Energúmenos. Como uno que ha pasado por mi calle como si no fuese nada con él. Lo más raro que he hecho en las últimas horas ha sido subirme a una escalera, desatornillar el complejo mecanismo que sostiene los globos de mi pasillo —llevo años lamentándome en ocasiones como esta de lo bien que me quedan— y cambiar la bombilla, ya led. Eso sin contar que este martes santo me he reunido con más de media docena de compañeros en una comisión de un máster, inhábil pero fructífera. Qué cosas. Por lo demás, normal. El desayuno, un poco de ejercicio, hablar con mis hijos, y con más familia; lectura, ir terminando un artículo, avanzar con otro proyecto, escribir aquí, responder la correspondencia… E intentar pensar en claro y sentir hondo. Nada de lo que no haría de no estar sin poder salir.

lunes, abril 06, 2020

Diario de estos días (XXV)

«Los diarios están llenos de ventanas, visuales o verbales» (Antonio Muñoz Molina)

Lunes, 6. Mi hermano J. comparte conmigo un tuit de Maruja Torres que anuncia que mañana martes TVE estrena (22:05 horas en La 1) una serie semanal titulada Diarios de la cuarentena, que cuenta la experiencia del confinamiento de varios personajes en sus casas, interpretados por los actores Cecilia Gessa, Carlos Bardem, Gorka Otxoa, Carlos Areces, Adriá Collado, Fernando Colomo, Víctor Clavijo, Montse Plá, Fele Martínez, Mónica Regueiro, Carmen Arrufat, Petra Martínez, Juan Margallo, José Luis García Pérez y Cristina Alarcón. La periodista, que mantiene en El País una columna diaria que ha titulado «Vieja, amortizada y en casa» advierte: «Los fachas no quieren que la veamos. Están saboteándola, como hacen con la cultura, los cómicos y el arte en general. Véamosla! Pasadlo!». Me llega el mensaje cuando estoy escribiendo sobre la cantidad de gente que está escribiendo todos los días sobre lo que vive encerrada en su domicilio. El viernes 27 de marzo, Álvaro Valverde escribió en su muro de facebook sobre los muchos diarios que hay en la red y sobre algunos de los que sigue. Uno de ellos es el de Jordi Doce, poeta, traductor y crítico, que a mí me gusta mucho, porque no es una ocupación tonta ni una de las «bitácoras-tostón sobre el confinamiento» a las que se refería Enrique Vila-Matas el martes pasado. Tiene razón Jordi Doce al sentirse aludido y al hacer valer su manera de expresarse mientras dura esta emergencia. «Si esto fuera un cuento de ciencia-ficción, un relato a lo Ballard en forma de diario o de cuaderno de campo, estas notas se irían espaciando con el tiempo, adelgazándose hasta convertirse casi en un hilo de voz. El miedo sería un virus en sí mismo y las páginas se poblarían de líneas en blanco o de puntos suspensivos capaces de ahogar el grito de socorro del narrador». Esto escribió ayer. Como lo hace Avelino Fierro en forma de cartas que son de lectura muy grata y que casi siempre comparte Elías Moro en su red social. José María Jurado, Asunción Escribano o Isabel Sánchez son otras personas que citaba Álvaro en aquel texto que daba cuenta de una de estas maneras de hacer y hacerse más llevadero todo esto. Lo que piensan y lo que sienten Maribel Rodríguez Ponce o Jeremías Clemente también se agradece leer en estos días en sus páginas de facebook. Igual que las columnas seriadas que publica El País, como la de Antonio Orejudo, que creo que finalizó ayer domingo. O mi buen colega Pedro Ojeda, a quien sigo desde hace tantos años en su blog, que me parece que también está escribiendo todos los días desde el dieciséis de marzo, aunque siempre lo ha hecho con una frecuencia admirable. A diferencia de lo escrito por el autor de Doctor Pasavento (Anagrama, 2005), Antonio Muñoz Molina nos recordaba este sábado que la escritura natural de este tiempo es el diario y que el tiempo verbal más apropiado para esto que vivimos es el presente de indicativo que titulaba su «Ida y vuelta» que viene publicando todas las semanas en el suplemento Babelia. «El diario atestigua que las cosas no suceden nunca en abstracto: lo que pasó le pasó a alguien. Y como quien escribe no sabe lo que pasará mañana, ni dentro de tan solo unas horas, cuenta lo que ve o lo que ha oído o lo que se le pasa por la cabeza sin distinguir lo que parecerá valioso con los años o lo que será descartado como irrelevante». Por ejemplo, está ahora la tarde gris en Cáceres. Llueve mucho. Cuando no hablo tanto de mí y hablo de otros, cuando reproduzco lo que otros han dicho, me salen las entradas más largas. Lógico; pero pido disculpas.

domingo, abril 05, 2020

Diario de estos días (XXIV)

«Un quiosco es un quiosco, respondía Foneto» (Gonzalo Hidalgo Bayal)

Domingo, 5. Hoy, como ayer, viene este anuncio en El País y me apetece mostrarlo ahora que no puedo ver a mis quiosqueros; pero a quienes siento todos los días cuando mi vecina T. me trae el periódico hasta la puerta de casa. Si no viene con una de esas revistas alienantes a todo color y de gran formato y mejor papel, ella procura doblarlo y colarlo por la rendija, desde donde cae al suelo de la escalera. Hoy lo he oído caer, he bajado y me ha dado tiempo de asomarme al balcón y darle las gracias antes de que me llamase al móvil para avisarme. Iba con su mascarilla, sus guantes y su perrito. Es una suerte tener tan cerca a una persona tan amable. Cuando pase todo esto, vamos a celebrarlo con mucha gente; pero yo creo que la principal celebración será encontrar el mejor modo de agradecimiento en la vida ordinaria a todos los que ayudan. Quiero decir que esta mujer ya no será la que ha sido para mí durante todos estos años, y que deseo que el personal sanitario al que aplaudimos por la tarde reciba nuestro mismo apoyo cuando volvamos al centro de salud y nos hagan esperar más de la cuenta. Fue ayer también sentir envidia al ver en la portada del periódico al Presidente del Gobierno con guantes y mascarilla, y faltar tiempo para solucionar mi carencia. Cuando salgo a comprar veo ya a casi todo el mundo con mascarilla y guantes. Y yo no. Yo esos días he tenido que ponerme los guantes guarriperas del supermercado y he comprado con precaución pero sin mascarilla. Así que ayer, con los aplausos, pregunté a M., mi vecina del miércoles, cómo podría hacerme con algo que sirva para proteger. Y me pidió que bajase a la calle y me lanzó una bolsa con un par de mascarillas y media docena de pares de guantes. M. no tiene perrito, pero es divina; y ayer, asomada al balcón me pareció la Isabel de Los amantes de Teruel, y declamele: «Viéndoos al balcón sentada / por las noches a la luna, / mi fatiga era pagada: / jamás fue mujer ninguna / de amante más respetada» (acto III, escena II). Y subime. No, no se me está yendo el juicio a pique a medida que pasan los días; ocurre que un poco de humor siempre viene bien, y hoy, cuando he ido a copiar la frase de Gonzalo Hidalgo, de su excepcional novela La escapada (Tusquets Editores, 2019), he vuelto a toparme con la conversación entre Foneto y el narrador en el bar, sí, cuando pasan del vino blanco al vino tinto como el que pasa de la lírica a la épica, y se escucha —sotto voce— al camarero canturrear: «Yo me subí a un pino verde por ver si la camelaba, por ver si la camelaba, y ella me mandó a paseo, se acabó lo que se daba, se acabó lo que se daba, se acabó lo que se daba» (pág. 223). El placer de la lectura.

sábado, abril 04, 2020

Diario de estos días (XXIII)

«Ya está claro; tornemos a mirar» (Azorín)

Sábado, 4. Cualquiera diría, por lo que escribí el miércoles de mi vecina y por lo dicho el jueves de mi vecino del domingo, que me paso los días como un fisgón que todo lo huronea y que estoy más pendiente de los demás que la doña Tadea de Valle-Inclán. Es solo que esta mesa en la que paso la mayor parte de mis días está situada junto al balcón que da a la calle. «Eso es todo, ese es el panorama que llevo viendo durante años desde mi puesto de trabajo», escribe Luis Landero en las primeras páginas de El balcón en invierno (Tusquets Editores, 2014), en las que el narrador observa como yo el inmueble al otro lado de la calle, la vertiente de un tejado, el suyo con chimeneas y claraboyas y bohardillas, no como el que yo veo, con el pretil de una terraza y una de esas enormes unidades exteriores de refrigeración de las viviendas colectivas. Y él, y no yo, alguna vecina «violinista que se mece de pie ante un atril con gracia de arlequín, al compás de la música» (pág. 18). Es solo eso. Eso es todo. Mi hermano J. me ha dado hoy la noticia de la muerte de Luis Eduardo Aute, al que tantos debemos haber puesto letra a todos nuestros enamoramientos, incluso con tan lúgubres canciones como «Al alba». Llevo intentando poner en pie el recuerdo de un concierto, cuando éramos jóvenes estudiantes y documentados, en la Plaza de Toros de Badajoz (¿1984?); pero no soy capaz de componer ni la situación ni la compañía. Ojalá que alguien allegado y con memoria me ayude. Me he acordado de su canción «De alguna manera», que es una de esas piezas, como «El breve espacio en que no estás», de Pablo Milanés, y tantas otras, que nos ha gustado siempre escuchar desde la placidez de no reconocernos en sus letras. Y cuando la vida nos ha llevado a ello, que nos ha llevado —al menos a mí—, seguimos sintiendo el mismo entusiasmo que ahora, en este tiempo difícil, sin Aute ya, y nos quedamos —al menos yo— con el «de alguna manera» y no con el «tendré que olvidarte». Lo asumo. No es fácil, ya sabes, como dice la canción del gran artista en todo que fue Luis Eduardo Aute. Ya sabes.   

viernes, abril 03, 2020

Diario de estos días (XXII)

«y luego empiece a leer el periódico todavía impreso en papel» (Manuel Vicent)

Viernes 3. Providencial mi lamento de ayer. Después de veintidós días, hoy ha sido el primero que he leído el periódico en papel. Gracias a los aplausos. Las dos acepciones de aplaudir son «palmotear en señal de aprobación o entusiasmo» y «celebrar a alguien o algo con palabras u otras demostraciones»; y creo que a ambas concierne el gesto que nos lleva a los balcones todas las tardes a las ocho. Visto lo visto, cabría ampliarlas con otras definiciones como poner de acuerdo voluntades y ánimos, colaborar con otros, acabar con una dificultad o problema, e incluso, qué sé yo, la de socorrer al prójimo. Resulta que ayer, a la hora de los aplausos, pregunté a mi vecino A., el ruidoso —y generoso—, si sabía el teléfono del kiosco, porque recuerdo que, al menos hace unos años, B. usaba a veces un antiguo teléfono góndola. Él sale todos los días con sus perros y me aseguró que conseguiría el número. Mi vecina T. lo escuchó desde enfrente y me dijo que ella también sale con su perrito y que puede recogerme el periódico para dejármelo en la puerta sobre la una y media. Esta mañana mi vecino A., a primera hora, me ha voceado desde la calle los números del móvil de B., con quien he hablado al instante para decirle que pase mi tarjeta de suscriptor todos los días que no he recogido la prensa, y mi vecina T. me ha llamado a la una y dieciocho minutos para que baje a recoger mi ejemplar de El País, que hoy he disfrutado de especial manera. Que si necesito pan o cualquier cosa. Que me lo trae y que todos los días me avisará para que recoja mi periódico. Mi dama del perrito. Salvando las distancias. Después de tantas horas frente a la pantalla del ordenador, girar la cabeza levemente a la izquierda y luego a la derecha, de la página par a la página impar, y continuar repitiendo ese recorrido visual pasando hojas en casi una treintena de ocasiones, desde la cabecera a la última, me ha parecido un acto celebrativo, palabra que no existe en español.

jueves, abril 02, 2020

Diario de estos días (XXI)

«Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie» (Rafael Alberti)

Jueves, 2. Literalmente, no. Lo digo por el lema de Alberti. Y es que mi vecino de enfrente, que no suele estar los fines de semana, el domingo pasado limpió su casa y tuvo sus balcones abiertos durante bastantes horas mientras yo trabajaba instalado en una rutina que, a medida que pasan los días, me parece preocupante. Sí, me ayuda a llenar el tiempo; pero me está pareciendo ya un trastorno obsesivo que se repite todos los días a la misma hora y casi coincidiendo con los mismos minutos de cada jornada. He pensado en las veces en las que cada día a la misma hora y casi coincidiendo con los mismos minutos me he levantado para buscar un libro cuando estaba escribiendo una nota como esta y cómo, al devolverlo al estante, he ido por el pasillo tamborileando sobre su tapa el mismo ritmo, sea una novela, un ensayo o un libro de poemas. Eso sí, de tapa dura. Así ha sido. De verdad; y han coincidido la hora y el minuto. De ahí la preocupación y el miedito. El pasado domingo, de pronto, di un cambio radical. Comí en la cocina, como siempre; pero con tele. Siempre escucho la radio y no hay televisor. No como ocurre en tantas casas de aquellos a quienes gusta tenerlo encendido mientras desayunan, para informarse a primera hora de la mañana, como hago yo en los hoteles cuando me levanto y entro y salgo del baño por ducharme y antes de bajar a desayunar. Lo que hice fue ver la televisión desde el ordenador portátil, que me llevé a mi falso refectorio. Me duró poco la disrupción de la rutina, porque dejé de escuchar a la Ministra y Portavoz y me dejé llevar por el segundo movimiento del concierto para piano y orquesta Opus 37 de Beethoven por poner una banda sonora a mi convicción de que estamos respondiendo bien y que tendrá que ser así, que tenían que endurecerse las medidas de confinamiento, como dijo Beethoven. Perdón, María Jesús Montero. Hoy he salido a comprar a las cuatro de la tarde, cuando menos gente hay en el supermercado, y me ha sorprendido ver en la explanada frente a la iglesia de San Juan, donde está la estatua de Leoncia, más de una paloma de la docena que había, echadas sobre el suelo, como si estuviesen empollando el pavimento. Nadie las perturbaba. Están apoderándose sin comprender nada de un espacio que antes era nuestro. También, al parecer, las ratas. Al volver, me he desviado hasta el kiosco de B. y G. para ver de cerca un papel blanco en el que a bolígrafo se lee: «Abierto de 8 a 15». Primera noticia, porque no salgo y desde que estoy confinado no leo la prensa en papel, aunque la pago como suscriptor. Por eso quiero contactar con mis quiosqueros —los echo de menos— para que sigan pasándome la tarjeta todos los días y que al menos ellos no pierdan su ganancia. Pero nada.

miércoles, abril 01, 2020

Diario de estos días (XX)


«Abril florecía / frente a mi ventana» (Antonio Machado)

Miercoles, 1. Los miércoles no tengo clase. Así que esta mañana no me levanté con el apremio de preparar mis notas y los materiales antes de conectarme y convertir esta habitación en el aula 7 de mi Facultad. A estas alturas, no puedo ocultar que para mí dar clases es un trabajo gustoso; pero, en estos días, a este hecho de reunirnos por actividad lectiva se añade una suerte de terapia de grupo muy reconfortante, que espero que sea recíproca. Van entrando en el aula y quedan sentados por orden de llegada. Entretanto se incorporan, pregunto desde dónde me hablan o alguien, como M. el otro día, me dice que no puede moverse porque su madre, a la que atisbé al fondo, acababa de fregar la habitación, o veo que quien supongo que es el padre se deja ver detrás de la que está sentada esperando a que comencemos la clase. Recuerdo el primer día de encierro, el viernes 13, último día de clases en nuestro centro, y cómo me llamó la atención que se sentaran pegaditas A., I., E.…; cuando ahora, algo más de dos semanas después, cada una está sola en su habitación y yo las he visto recuadradas, asomándome como el Diablo Cojuelo a esos pedacitos de vida desde los que soy yo el que se siente observado desde lugares muy diversos y de manera diría que distinta a cuando estamos en un aula convencional. Novela de la otra vida traducida a esta es el subtítulo de esa obra del ecijano Luis Vélez de Guevara, publicada en 1641, y de la que me he acordado hoy también por aquello que escribió de «pobres y pobras». Tampoco puedo evitar asomarme desde donde escribo a la calle hacia la que mi vecina M. suelta una larga cinta roja por las mañanas y por las tardes. Abajo, una persona que llega en coche ata una bolsa con materiales que sirven a M. para confeccionar las mascarillas que distribuyen entre varias residencias de ancianos de Cáceres. Luego, esa misma persona, u otra que viene andando, recoge las mascarillas que mi vecina elabora sentada frente a su máquina de coser que yo puedo ver desde mi balcón. Ella sabe que estoy pendiente y ella la que me cuenta de fachada a fachada lo que hace.

martes, marzo 31, 2020

Diario de estos días (XIX)


«le echó agallas y atacó» (Isabel Urueña)

Martes, 31. Ayer me llamó el único paisano que tengo en el equipo de gobierno de la UEX. Esto es raro —que solo haya uno—, pues los de Zafra somos gente importante y entregada. Fuera de la chufla, lo que quería el Vicerrector de Extensión Universitaria —el concepto de extensión debería ser trasversal, como el de igualdad, y que no solo se asocie a la acción cultural— era compartir conmigo la iniciativa de lanzar las bases de un premio literario de microrrelatos sobre la situación que estamos viviendo. Se trata de «reflexionar de manera crítica, irónica, nostálgica o melancólica […] sobre la dura realidad que se vive en estos días, sobre los anhelos y temores o sobre las múltiples posibilidades que puede deparar el futuro». Esto dice la entradilla que abre la información sobre este concurso que, en homenaje al gran —metro sesenta— Augusto Monterroso y a su cuento «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», lleva el título de «Y cuando desperté…». Es un premio muy singular, porque el plazo se cierra dentro de un mes y su primera edición esperamos que sea la última. Ojalá que haya respuesta, aunque la participación está restringida al ámbito de la Universidad de Extremadura —estudiantes, personal de administración y servicios y profesorado. Por eso mi paisano y yo hemos vuelto a hablar hoy; y es que, sorprendentemente, en cuanto se han difundido las bases, varias personas han preguntado si un hijo o una madre de alguien que estudie o trabaje en la UEX puede concursar. Me ha parecido una pregunta cuya contestación creo que va a permitir reforzar la intención de este premio y hacerlo más vinculado a este encierro en casa. En casa, sí. Pues han decidido que también participen los de casa. Y vuelvo a Zafra. Allí, desde hace siete años, se viene convocando el «Premio de Microrrelatos Manuel J. Peláez», promovido por el Colectivo que lleva el nombre de ese otro llorado paisano, importante y entregado. De Zafra. Un premio que también recuerda a Monterroso, porque en sus bases se precisa que la extensión de los textos que pueden enviarse debe estar entre 9 palabras —las del cuento del guatemalteco de Honduras— y 186 —que son las que tiene el capítulo 68 de Rayuela de Cortázar. En la última edición, la séptima, del año 2019, se recibieron 1.565 relatos. Y, así se lo dije a mi paisano J.C., no quiero imaginarme que nos llueva una cantidad de textos parecida después de la cuarentena y que el fallo tenga que publicarse el 15 de mayo; pero de 2021. Cierro por hoy; y por primera vez en diecinueve días y sin que sirva de precedente explico el epígrafe que encabeza esta entrada. Son cinco de las setenta y nueve palabras del microrrelato de Isabel Urueña Cuadrado (1951-2018), a quien tuve el gusto de conocer en Zafra como ganadora de la primera edición del premio «Manuel J. Peláez», con un espléndido texto titulado «Última duda».

lunes, marzo 30, 2020

Diario de estos días (XVIII)


«Pensando en ti como ahora pienso» (José Agustín Goytisolo)

Lunes, 30. Hoy es el cumpleaños de J., mi hija. La situación de este día sin poder abrazarla es lo más parecido a cuando nació, siete u ocho semanas antes de la cuenta. Sana, pero prematura, tuvo que estar en la unidad neonatal del Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres veinticinco días, hasta que logró pesar los dos kilos y medio necesarios —había nacido con 2,200 kgs. y perdió unos gramos en la primera semana— para que le diesen el alta y nos la pudiésemos llevar a casa. Pasamos muchas horas durante esos días contemplándola, junto con otros bebés, a través de un cristal y me he acordado de aquello cuando la he felicitado por skype, viéndola enmarcada —eso sí, a pantalla completa— en este ordenador. Tengo algunos apuntes en un cuaderno antiguo sobre aquellos días felices. En uno de ellos, qué cosas, esta frase: «Todo se adelanta». Porque a las dos de aquella madrugada del sábado 30 al domingo 31 de marzo de 1991 también adelantamos todos los relojes hasta las tres. Cuando nuestra criaturita todavía estaba en neonatos, escribí a José Agustín Goytisolo y le adjunté una fotocopia de su conocido poema dedicado a su hija para que se lo dedicase a J., y fue Asunción Carandell quien me respondió amabilísima. Su marido estaba fuera de Barcelona; pero en cuanto volviese nos lo dedicaría y me lo enviaría. Eso sí, ella se había preocupado de hacer otra copia, porque en el sobre que envié el folio había llegado muy arrugado. Desde aquel tiempo, tenemos en casa un cuadro con el texto de José Agustín enmarcado, con la dedicatoria, que terminaba: «Buena suerte viviendo. Muchos besos». Por cierto, un día me encontré mi carta digitalizada en el maravilloso Fondo José Agustín Goytisolo que está en el repositorio de la Biblioteca de Humanidades de la Universidad Autónoma de Barcelona, y me dio mucha vergüenza que aquello estuviese allí, aunque fuese para fines de investigación. ¿Investigación? Ya me adelanto yo para aportar la clave de todo. Felicidades.



domingo, marzo 29, 2020

Diario de estos días (XVII)


«¿Me he muerto ya…? » (José Luis Alonso de Santos)

Domingo, 29. Tenía ya casi lista mi apuntación de hoy en este diario de un confinamiento. No tenía especial interés, como viene siendo habitual; pero el motivo que me ha llevado a relegarla para otro día creo que puede tenerlo. El lunes 23, mi compañera M., que es distinta a mi compañera M., me escribió por la noche para decirme que su vecino Ángel Salgado, viudo de Vicenta Naranjo y cuñado de mi amigo el librero Jaime Naranjo Gonzalo, padre de su hijo Jaime Naranjo García, también librero, también amigo, había muerto de un infarto. No, no me he ido por las ramas —por una familiar, en este caso. Vamos, que Ángel había fallecido esa tarde. El martes por la mañana llamé a Jaime padre para darle el pésame; pero no pudo atenderme. Creo que ese mismo día insistí, o quizá el miércoles; pero no encuentro registro de esa segunda llamada. Hoy, esta tarde, recibí un mensaje de S. diciéndome que Jaime había muerto, que le había dado un infarto. No daba crédito. Pero no por el impacto que siempre produce una noticia así de inesperada; sino porque me pareció que todo podía ser una errata lógica en el texto que escribimos de la vida. Pensé en ello; pero me resistí a creer que no me había cogido el teléfono por eso. Busqué en internet. Jaime Naranjo Gonzalo es una persona muy conocida en Cáceres y en Extremadura. Significado siempre políticamente, fue Consejero de Cultura de la Junta de Extremadura en una etapa crucial del arranque de nuestra Comunidad Autónoma…, y seguro que una noticia así de infausta tendría que quedar reflejada en los medios. Llamé a M. Llamé a S. Nadie sabía. Nadie podía confirmar nada. Y llamé a Jaime. Y respondió. «Que siento lo de tu cuñado», le dije. Y ya luego fue reírnos por la circunstancia. Al parecer, el primero que le llamó preguntándole si se había muerto fue su amigo M., amigo y compañero de aquellos años de acción política. Siempre es un gusto hablar con Jaime —a quien es difícil parar como entusiasta de la conversación que es—; pero lo de esta tarde ha sido una alegría enorme. Le he pedido permiso para contar esto y me lo ha dado. Ahora que estoy revisando un texto que escribí sobre Carolina Coronado, digo que la historia tiene que estar llena de falsas muertes, y que me cabe el honor de desmentir una de las que más habría sentido en un trance como este. Va por ti, Jaime. Felices, sanos y confinados.  

sábado, marzo 28, 2020

Diario de estos días (XVI)

«El aire está en tiempo presente» (José Emilio Pacheco)

Sábado, 28. La palabra del día de hoy en la página del Diccionario de la Lengua Española de la RAE es totora. En países como Argentina, Chile, Ecuador, Perú, Uruguay y Venezuela designa una planta perenne, propia de esteros y pantanos, de tallo largo, que se usa para construir techos y paredes para cobertizos. Qué extraña coincidencia. Tengo en mi escritorio una edición de hace cuarenta años de la novela de Arguedas Los ríos profundos, en la que el personaje de Ernesto alude en un par de lugares a los bosques de totora de los grandes lagos y más adelante a que unos niños de aldea jugaban con barcos hechos de papel y totora que soltaban en la corriente. Como dije aquí este pasado lunes, estamos con ese texto en clase, y en cuanto he visto la palabra totora en la web académica he recordado el relato del peruano. Mi edición más moderna de la novela, la que publicó, al cuidado del poeta y crítico Ricardo González Vigil, Ediciones Cátedra en su colección Letras Hispánicas, quedó en mi despacho de la Facultad antes del confinamiento. Por eso tengo avisados a A. y a M., del curso de 3º, para que me ayuden si necesito que me miren algo en sus ejemplares que tienen en casa. Sin duda, va a ser un curso muy especial. Da igual que sea sábado y que nos quiten esta madrugada una hora. Es todo tan distinto. Resultó ayer nuevamente raro asomarse al balcón la noche de un viernes y no sentir la actividad de las terrazas cercanas o el transitar de la gente hacia la zona de copas de la calle Pizarro y constatar la responsabilidad social de la mayoría. No parece sábado y da la sensación de que la luz preciosa que ha entrado desde la calle tiene algo de engaño; pero lo cierto es que cada día trae razones de celebración por compartir con los demás una circunstancia así. Ayer escribí a mi amigo I. una frase insólita: «Qué ganas de abrazarte». Y más insólito fue que mi amigo A., a quien llamé a Madrid por sus ochenta y tantos, me dijese que me quiere mucho, que no sabía por qué, pero que me quería mucho. Literal. Yo creo que estaba algo calamocano. Bueno, me despido por hoy con que tendremos que darnos cuenta en este tiempo en el que vivimos de que la mayoría de las respuestas que llevamos dando a todo —a la convivencia, a la educación, a lo útil y a lo superfluo, al bienestar global, al valor y al precio, a la justicia social…— van fracasando; pero que todas las preguntas van a seguir estando ahí.

viernes, marzo 27, 2020

Diario de estos días (XV)

© Foto de Lorenzo Cordero HOY

«tanto en la medicina como en la literatura se establece una relación de ayuda» (Basilio Sánchez)

Viernes, 27. Quién iba a decirme que pondría aquí una fotografía de Basilio Sánchez con su bata de médico. Con las veces que he escrito sobre él por motivos literarios. También el sábado pasado, cuando celebrábamos anómalamente el Día Internacional de la Poesía, en plena crisis por el coronavirus, aludí a él para llamar la atención sobre su condición de poeta y cómo ha evitado siempre mencionar en sus publicaciones literarias su profesión de médico. Él escribió sobre esto en «Güelfos y gibelinos», uno de los capítulos de su delicioso libro de prosas La creación del sentido (Pre-Textos, 2015). Se apoyó en la palabra de otros médicos escritores, como Gregorio Marañón o Miguel Torga, y en imágenes imaginadas como la del médico y poeta gallego Luis Pimentel (1895-1958), tan de vanguardia, tan del 27, escribiendo en su consulta algunos poemas en el reverso de las recetas, para venir a decirnos que «quizá mi relación diaria con el dolor y la enfermedad estén en la raíz de una poesía que para mí ha sido siempre un lugar de acogida y de resistencia» (pág. 155) y que es posible que haya cierta reciprocidad entre ambas dedicaciones en los estratos más hondos de la vivencia de todo. Ahora está entregado con afán a los demás, a quienes tanto lo necesitan; y con ello, no sé, me parece que, en efecto, la poesía también ayuda. Y ahora a las ocho volveré a salir al balcón a aplaudir. Pero me he querido adelantar para asomarme aquí, mostrar la foto de Basilio y mandarle mi abrazo y mi agradecimiento. Esta vez, no por las dedicatorias de sus libros, no. Menos mal que a algunos lo único que nos piden es que nos quedemos en casa como la mejor manera de ayudar; porque si a mí me solicitasen que tuviese el arrojo que sanitarios, cuidadores, policías, guardias civiles, etc., están teniendo estos días, todo sería un desastre. Una amiga enfermera acude todos los días al hospital y cuando vuelve a casa se limpia bien, se desinfecta; pero no se quita ni un ápice de la entrega, la generosidad, la responsabilidad y la humanidad que ha llevado al espacio íntimo que comparte con su pareja, que es la que me dijo el otro día que a veces está acojonado —palabra suya— cuando su amor vuelve a casa. Es una situación particular que es tan global que habría que llevarla a cualquier escena, para que su valor enorme haga el efecto que necesitamos. Hoy, encima, que estamos en el Día Mundial del Teatro. Las butacas vacías y las camas llenas. Nos ha tocado esto.

jueves, marzo 26, 2020

Diario de estos días (XIV)


«oh misterio, oh engaño, oh espejismo» (Carlos Fuentes)

Jueves, 26. Ayer me acosté con una sensación de irrealidad después de escuchar en la radio una parte del debate en el Congreso de los Diputados sobre la prórroga del estado de alarma. Dudé si estaba ocurriendo en directo, porque no encontré ningún canal de televisión, ni privado ni público, que lo estuviese emitiendo. También dudé si era verdad que algunos ya hayan encontrado al responsable de tantos muertos. Como siempre, la comprensión, la generosidad, el sentido común, la cordura y la solidaridad son visiones de espejismo en política. Falsa expectativa. Irreales también han sido los minutos que he pasado solo esta mañana esperando a que mis estudiantes entrasen a la sesión virtual, cuando era yo el que había sido transportado a otro sitio que me pareció por un rato la casa triste y desdichada, la lóbrega y oscura del Lazarillo, una especie de limbo del que logré salir con esa prolongación de la mano que se llama ratón. Ya puesto, diré lo que el clérigo en el tractado segundo de la novelita: «Cómete eso, que el ratón cosa limpia es». Con solo unos minutos de retraso, la clase ha ido bien. Al menos, eso me ha parecido. Cada día que pasa hay una inquietud más preeminente que otra. Da reparo decirlo desde esta posición de privilegio; pero hoy me he preocupado por la posibilidad de no poder conectarme con el exterior desde los dispositivos que tengo aquí. Da vértigo, sin embargo, pensar en que nada valdría si se cayese la red eléctrica o el abastecimiento de agua potable. Otro día que me ponga apocalíptico hablaré de un inquietante ensayo de Umberto Eco sobre un no menos inquietante libro de Roberto Vacca (Il Medioevo prossimo venturo, 1971) que abrió un librito colectivo de Alianza Editorial —están también trabajos de Furio Colombo, de Francesco Alberoni y de Giuseppe Sacco—, La nueva Edad Media (1974), que hace años me recomendó Honorio Blasco y que yo compré en la desaparecida librería «Vicente Libros» de Cáceres, que tenía toda la colección de El Libro de Bolsillo. Qué casualidad. Esta tarde he salido a leer al balcón para que me diese el sol y sigo con el volumen de Jaime Salinas (Cuando editar era una fiesta), precisamente, por el capítulo segundo de la etapa de Alianza Editorial (1965-1976).

miércoles, marzo 25, 2020

Diario de estos días (XIII)

«La vida se ha quedado de pronto huérfana de acción. Pero también así se está bien, ¿no?» 
(Luis Landero)

Miércoles, 25. Ha continuado el zafarrancho doméstico. Como I. lleva dos miércoles sin venir, me toca mantener todo esto a punto. Hoy el despliegue ha sido general, y he tenido que proveerme de todos los productos y pertrechos de limpieza para dejar la casa como una patena. Fue tal el arrebato de dos horas y media que hasta puse una lavadora —la ropa ya está debidamente tendida— y coroné el frenesí con una ducha reconfortante y el afeitado de cara y cabeza. De la cabeza quería yo hablar, porque estas simplezas hacen más efecto que un tráiler de lexatines. Mi compañera M. ya inauguró este encierro en ese papel, como ella dijo en facebook, de «gladiadora» del hogar, y bien a gusto que se quedó. Es también estimulante cómo uno puede volver a adaptarse a un protocolo que tenía delegado en la persona encargada de la limpieza semanal y de la plancha. He ido del ala este de esta mansión que es mi espacio íntimo a su ala oeste, desde la cocina hasta el salón, un recorrido en cuya lógica he estado pensando mientras limpiaba y que solo se rompe cuando le pido a I. que adelante tarea en otro distrito porque tengo que salir. Es estimulante todo, sí. Sin ir más lejos —locución adverbial bien oportuna para un confinado—, uno, mientras limpia, puede volver sobre un libro o sobre un objeto al que pasa el paño con un cariño especial ahora. Esta mañana ha sido con el tintinábulo que a principios de este enero compré a mi antigua compañera de carrera, amiga y vecina del barrio, Delia Sánchez Matas, que recibió uno de los Premios Nacionales Mestre 2017, el Premio al Mejor Proyecto de obra Final en la categoría Ciclo Grado Medio. Me encanta esta delicada pieza que cuelga en esa peana de hierro —hay otro modelo rectangular— y que recrea un tintinnabulum romano, esa campanilla de terracota o de bronce que a veces tenía forma fálica y se usaba como talismán. Delia le ha dado esa apariencia tan atractiva y se ha traído la tradición romana a la raya portuguesa con esa decoración del dorso. Cuando fui a recogerlo a su casa, que está a cien pasos de aquí, su marido, casi como excusa, me dio a conocer una nueva palabra: acojormao. Me dijo que la había escuchado para referirse a un sitio lleno de cosas acumuladas y desordenadas, que la había buscado y que existe como término. No en el diccionario académico; pero sí como leonesismo que se localiza en Extremadura, en lugares como Piedras Albas, en la frontera. Me gusta mi tintinábulo y me gusta la palabra que me dio a conocer L.; pero hoy he vuelto a hacer todo lo posible para que mi casa no sea un sitio acojormao. Aunque no espere visita.

martes, marzo 24, 2020

Diario de estos días (XII)

© M.Á.F.

«No es extraño sentirse en compañía» (Pablo Guerrero)

Martes, 24. Mi amiga M. me envía una fotografía de las obras del Parque del Príncipe, en el que siguen trabajando operarios a debida distancia. Qué amplitud de miras. Y con esto enlazo con lo dicho en mi apunte del séptimo día y la envidia que me provocan esas vistas que abrirían de par en par cualquier encierro. Me he sorprendido con el trapo del polvo sobre un hombro y poniendo orden en el salón —libros reubicados y cojines recompuestos— como si fuese a venir alguien a casa. Me ha hecho gracia. Pero no estoy dispuesto a que el triste imposible de recibir visita sea motivo de mi abandono. Si tuviese tiempo y supiese hacerlo, pegaría a la foto de arriba un par de personajillos que son universales, como ayudando con las obras. Astérix y Obélix. Hoy ha muerto el dibujante Albert Uderzo, uno de los grandes creadores de la célebre historieta. Me he acordado de mi hija y de J., el socio de mi hermano, apasionado de los cómics, coleccionista y experto, a quien acompaño en el sentimiento desde la distancia. Me ha llamado P. y me ha recordado hoy que no he mencionado en mi diario que el otro día su hermana, él y yo lo pasamos bien jugando por skype al Scattergories, ese juego de mesa que consiste en escribir en un tiempo limitado palabras que comiencen por una misma letra y que pertenezcan a una misma categoría. Nombres de artistas, batallas o guerras, cosas que hay en un escritorio, ciudades de veraneo, enfermedades, palabras relacionadas con el dinero, diseñadores o diseñadoras de ropa, títulos de películas, juegos, cosas que uno se puede poner, marcas de cerveza, algo que se pueda hallar en un circo… P. tiró el dado alfabético y salieron las letras D y B, en un segundo turno. Resultado desigual y algunas coincidencias, que no puntúan, claro. La prueba final por lo visto es escribir palabras que empiecen por la letra sorteada pero de una misma categoría. Grupos de música por la A. Y yo: «Asfalto», «Amaral», y luego, «Banda de Música de Avilés», «Banda Sinfónica Municipal de Alicante», «Banda Municipal de Música de Almería», «Banda Municipal de Alpedrete», «Banda de Música de Ávila», «Banda Municipal de Alhaurín de la Torre»… Perdí.

lunes, marzo 23, 2020

Diario de estos días (XI)

«En el cielo brillaban nubes metálicas como grandes campos de miel» (José María Arguedas)

Lunes, 23. Hoy he dado mi primera videoclase de la asignatura optativa de literatura hispanoamericana, sobre Los ríos profundos de José María Arguedas. Salvo algún problema técnico debido a mi bisoñez en el medio, creo que ha ido bien. He podido compartir la presentación y homenaje al escritor peruano que se celebró en el Instituto Cervantes en Madrid el 17 de enero del año pasado con motivo de la reedición en Drácena de la novela El zorro de arriba y el zorro de abajo en 2018 —Santos Domínguez escribió sobre ella—, y por el cincuentenario de la muerte de Arguedas. De ello hablaron la autora del prólogo —la profesora Dora Sales—, y el escritor Gastón Segura, muy vinculado a la editorial. Es fascinante poder responder al confinamiento con una experiencia docente así, en casa, y con la posibilidad de compartir lo que veo en la pantalla de mi ordenador, desde el enlace a una página web hasta un documento elaborado precisamente para el análisis en clase de los textos. Mañana le tocará al teatro del siglo XVIII; y no dejará de ser chocante —y placentero— hablar de la Lucrecia de Nicolás Fernández de Moratín, o de la Raquel de García de la Huerta, desde casa, rodeado de mis libros, y saber que lo estoy haciendo simultáneamente a sitios como Azuaga, Torremayor, Badajoz, Mérida o Elvas, algunas de las localidades desde donde se ha conectado la docena y media de estudiantes que ha seguido la clase. Además, la Universidad de Extremadura, a través de su Vicerrectorado de Transformación Digital, está poniendo a disposición de su profesorado más de quinientas licencias de la plataforma que nos facilita dar estas clases virtuales; y esto me permitirá disponer de más de cuarenta minutos por sesión, aunque hasta el momento he superado ese límite y no ha pasado nada. Al finalizar la de hoy, fui a la cocina a llenar la botella de agua —en esto no hay cambio, pues necesito beber cuando hablo en público— y vi el papel que dejé anoche como recordatorio para la comida: «Tortilla de patatas». Me ha quedado jugosita. Lástima no poder demostrárselo a nadie.

domingo, marzo 22, 2020

Diario de estos días (X)

«Caminar por caminar cansa» (Antonio Gómez)

Domingo, 22. Lo peor está por venir, repitió anoche el presidente del Gobierno. Lo comentaron luego algunos tertulianos en un programa que me arrepiento de haber visto, aunque fuese solo durante unos minutos. Me indigna que estén en un plató televisivo unos personajes ridículos con un presentador que interpreta muy bien su papel de impostor, todos juntos, cada uno llegado desde su domicilio, caminando por la calle o en un vehículo particular o público, preparados para intervenir —maquillados—, y luego todos vueltos a sus casas. A los demás nos cierran los centros de trabajo y nos piden que no salgamos a la calle para nada. Ya son diez días y lo vamos consiguiendo. Me estoy acostumbrando a leer mientras camino por la casa para hacer algo de ejercicio. Sigo con Cuando editar era una fiesta (Barcelona, Tusquets Editores, 2020), la correspondencia privada de Jaime Salinas con Gudbergur Bergsson, «el compañero de una vida», como dice el muñidor de esta espléndida edición, el profesor —de la Universidad Ca’Foscari de Venecia— Enric Bou, que ha pespunteado el cuerpo principal de las cartas con materiales diversos como fragmentos de entrevistas, trozos de estudios, artículos, noticias de prensa, etc. Grata e insólita lectura peripatética de la que igual un día extraeré una estricta tabla de correspondencias entre el número de pasos y el número de páginas. Nunca me lo había preguntado: ¿qué distancia recorre un lector medio después de haber leído completo caminando el capítulo 1 de Rayuela? Entretanto lo averiguo, hoy he comprobado que cuatro mil pasos son dos kilómetros y ochocientos metros. Y sin salir de casa.