domingo, abril 07, 2024

Las guerras de nuestros antepasados

Anoche —¡Aúpa Athletic!— vimos en el Gran Teatro de Cáceres una admirable adaptación teatral de un texto del maestro Miguel Delibes, Las guerras de nuestros antepasados, su novela de 1975. No puedo evitar pensar en el momento y en las razones de su escritura porque ando leyendo un libro singular: Gonzalo Arias, Cartas y circulares inéditas. Intrahistoria de la operación «Encartelados»: política y literatura en el segundo franquismo (Estudio introductorio de Rebeca Rodríguez Hoz. Edición de Bénédicte Vauthier. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2024). En él están recogidos los textos de los que ya dio noticia Bénédicte Vauthier en su magnífica edición de la novela-programa Los encartelados, de Gonzalo Arias, y entre los que puede constatarse la adhesión de Miguel Delibes a las cartas-circulares redactadas en 1969 pidiendo apoyo a la causa de la no-violencia activa, para la que también se reclamó el favor de otras personas significadas como José Luis Aranguren, Néstor Luján, Manuel Jiménez de Parga, José Mª Gironella, José Luis Martín Descalzo o, entre otros, el extremeño Juan Fernández Figueroa, director de Índice. Delibes, además, encabezó una carta-circular del primero de junio de 1969 que firmaron Jordi Maluquer, Salvador Blanco Piñán, Gonzalo Arias, Juan Gomis, Joseph Dalmau y José María de Llanos. Hizo esa aportación a aquella operación inspirada en las doctrinas de la no-violencia; pero creo que la escritura de Las guerras de nuestros antepasados, en cierta medida, fue también, unos años después, un gesto que consonaba con todo aquello, pues, como ha escrito su adaptador teatral Eduardo Galán, fue un «grito contra la violencia de las guerras […]. Desde el nombre del protagonista, “Pacífico”, hasta el final terrible de la obra, el autor vallisoletano defendió a lo largo de sus páginas la paz frente a la guerra y la no violencia como camino de vida». El propio novelista ya supervisó la versión para teatro que se representó en 1989 interpretada por José Sacristán y Juan José Otegui, y dirigida por Antonio Giménez-Rico, y supongo que habrá sido base esencial para la de Galán, que mima el portentoso texto original. Un texto cuidado, respetado y enaltecido en una función teatral sobresaliente, con una interpretación excepcional de Carmelo Gómez (Pacífico) e impecable de Miguel Hermoso (el doctor Burgueño López) en su constante presencia como partenaire hasta el mismo momento de caer el telón. La maestría de Miguel Delibes para reproducir el lenguaje rural de Castilla tiene en la excelencia interpretativa de Carmelo Gómez su mejor traslado a un escenario. Me gustó ver a alguna alumna en el Gran Teatro —aunque sigue habiendo escaso público joven— porque el montaje producido por Pentación y Secuencia 3 y dirigido por Claudio Tolcachir fue de los que inducen a aficionarse al teatro. Leyendo sobre la intrahistoria de los «encartelados», he pensado en la elección por Delibes de su personaje, un recluso convicto cuyo testimonio es grabado en varias sesiones clínicas por el psiquiatra de la prisión; y en la situación de Gonzalo Arias que Delibes conoció por una carta de mayo de 1969 del Padre Llanos. Éste le contaba que, después de haber estado en los calabozos de la Dirección General de Seguridad en Madrid, Arias había sido internado en un Hospital Psiquiátrico, antes de su traslado a Carabanchel, considerado como un psicópata en «condiciones vergonzosas y con los delincuentes chalados», como si su protesta pacifista fuese un trastorno mental. Todo esto lo supo Miguel Delibes de primera mano en los años anteriores a la escritura de su novela Las guerras de nuestros antepasados, el magnífico relato de cuya lectura escénica disfrutamos ayer.

miércoles, abril 03, 2024

Jordi Doce en el Aula Valverde

Antes de ver la luz en su libro No estábamos allí (Valencia, Pre-Textos, 2016), pudimos leer el espléndido poema «Piedra» de Jordi Doce en una entrada de su blog de noviembre de 2014, y, poco después, en el primer mes de 2015, en la revista Letras Libres. Publicado aquel libro, luego, con buen criterio, ha sido un poema seleccionado por el propio autor para figurar en diversas antologías, como en la poesía reunida de En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019 (Oviedo, Ars Poetica, 2019), o en la versión al italiano de Valerio Nardoni de Sedici poesie pari de Jordi Doce (Valigie Rosse, 2023), entre otros sitios, como este cuadernillo que se ha editado —lástima que el último verso del poema se haya desprendido— para acompañar las lecturas que el poeta hará mañana jueves 4 y el viernes 5 aquí en Cáceres, en el Aula literaria José María Valverde. Por esta aula han pasado, en veintiocho años, autoras y autores muy diferentes, de varios géneros —poetas y novelistas en su mayoría, unos pocos escritores de teatro, algún ensayista...—, en total, si no he contado mal, ciento diecisiete; más ahora Jordi Doce, a quien tengo en especial consideración por un perfil que sobrepasa el de ser un excelente poeta. Quiero decir que a un ejercicio sobresaliente de la escritura poética añade una sabiduría sobre el género que le convierte en un caso prominente de experiencia de la poesía. Porque esto está en su obra en verso, claro; pero también en sus traducciones de parte de la mejor poesía extranjera moderna —W. H. Auden, T. S. Eliot, Anne Carson, W. B. Yeats, William Blake, Jeffrey Yang, Charles Simic...— y en su vasta obra crítica, como sagaz comentarista de la poesía contemporánea desde hace muchos años. En combinación, un saber admirable sobre el hecho poético; y, por eso, escucharlo será un regalo que hay que agradecer a los programadores del Aula Valverde. Jordi Doce intervendrá mañana jueves 4 de abril a las 19:00 horas en Espacio UEX, y el viernes 5 de abril a las 12:30 en el IES Hernández Pacheco.

martes, abril 02, 2024

Alejandro Pérez Vidal en Letras

Era uno de los estudiosos sobre Bartolomé José Gallardo invitados al malogrado curso de verano sobre «La de San Antonio de 1813. 200 años de una infamia bibliográfica» que iba a celebrarse en Cáceres y Campanario, y, con el billete de avión comprado —vive en Bruselas—, tuvo que cancelar su viaje y lamentamos todos no poder encontrarnos aquí con la excusa de hablar sobre el gran erudito y polígrafo extremeño campanariense. Va a ser ahora por fin, aunque de manera individual y no integrado en unas jornadas que se prometían bien interesantes. En una conferencia que dará el jueves por la mañana en la Facultad de Filosofía y Letras ante nuestros estudiantes de Filología Hispánica y todo el público que esté interesado. «Entre las infamias históricas y las glorias literarias. Breve recorrido por la vida y la obra de Bartolomé José Gallardo (Campanario 1776-Alcoy 1852)» será una cualificada y necesaria introducción a esta figura tan destacada de los últimos años del siglo XVIII y la mitad del siglo XIX. Alejandro Pérez Vidal (Barcelona, 1953) fue Profesor Titular de Literatura Española en la Universidad de Gerona, y, posteriormente, traductor del Consejo de la Unión Europea en Bruselas. Se licenció en Filología Española en la Universidad de Barcelona, en donde se doctoró en 1989 con una tesis sobre la obra satírica de Bartolomé José Gallardo, fruto de la cual fue su libro Bartolomé José Gallardo. Sátira, pensamiento y política (Editora Regional de Extremadura, 1999). También en el sello de la Editora Regional apareció su «cuaderno popular», de carácter más divulgativo, Bartolomé José Gallardo. Perfil literario y biográfico (2001). Como uno de los más eminentes especialistas en la obra del de Campanario, colaboró con su trabajo «Materiales para los estudios gallardianos: epistolario y cabos sueltos» en el volumen La razón polémica. Estudios sobre Bartolomé José Gallardo, coordinado por Beatriz Sánchez Hita y Daniel Muñoz Sempere, que publicó la Fundación Municipal de Cultura de Cádiz en 2004; y fue el responsable de la redacción de la biografía de Gallardo en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, de 2009. Ha estudiado igualmente la obra de Mariano José de Larra, que editó en Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, en la colección Biblioteca Clásica de Editorial Crítica en 1997, actualizada en la misma colección en la Real Academia Española en 2016. El acto comenzará a las 10:00 de la mañana del jueves 4 de abril de 2024 en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, y la entrada será libre y deseada.

domingo, marzo 31, 2024

Más que medir

Este libro de Pedro Álvarez de Miranda, Medir las palabras (Madrid, Espasa. Editorial Planeta, 2024), tiene su precedente, del mismo autor, en Más que palabras (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016), que llevó un prólogo de Manuel Seco. El juego con sus títulos desgrana el objeto en el que coinciden: las palabras. Ambos reúnen breves ensayos sobre asuntos lingüísticos que han ido viendo la luz en diferentes medios. El libro de 2016 se formó en su mayoría con artículos publicados en la revista Rinconete del Centro Virtual Cervantes; ahora, este de 2024 continúa aquella serie en su sección central, «Rincones de la lengua», con otros rinconetes desde junio de 2015 hasta el titulado «Del libro de faltriquera al libro de bolsillo» (págs. 289-297), que apareció en dos fechas, 27 de abril y 27 de julio de 2023. La primera parte es «Medir las palabras», que fue el título de su sección en el semanario cultural La Lectura en el que Pedro Álvarez de Miranda estuvo colaborando cada quince días desde enero de 2022; y ahí van todas sus entregas hasta julio de 2023. Por último, «Varia» cierra el volumen con diecinueve artículos provenientes de otras publicaciones, periódicos como El País, El Mundo o ABC —en la sección «La mirada académica» de su suplemento ABC Cultural—, y revistas como Archiletras o Letras Libres. Reunidos todos en este volumen regalan una experiencia de lectura tan deleitable como la más amena de las novelas y tan útil como el más actualizado y preciso de los manuales. Sí, con un libro sobre palabras, un surtido variado de reflexiones con afán divulgativo, sin perder ni una pizca de rigor, en torno a la lengua española y su uso. Un libro escrito por el profesor —catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid—, el académico de la RAE —sillón «Q»— y el investigador dieciochista, pues los tres, como poco, se ven en el modo de acercarse y medir las palabras que elige para ilustrarnos. Así, cuando explica la diferencia entre diptongo e hiato (pág. 68), o entre nombres ambiguos y epicenos (pág. 89) para hablar de «Cobaya», estamos ante el profesor, ante el buen profesor que escribe en «Se veía venir» (pág. 333) sobre incorrecciones ortográficas, o que se detiene en aclarar que lo diastrático se refiere a la distribución sociocultural de los hablantes y lo diatópico a la geográfica (pág. 119, de «Seseo y ceceo»), siempre con «paciente pedagogismo» (pág. 195), que se agradece, como al iniciar su artículo «La verdad es que...» con esta explicación de sabio profesor que sabe echar mano de ejemplos idóneos: «Se llaman expletivos en gramática los elementos que, sin ser necesarios en el mensaje, sí le aportan cierta expresividad o énfasis. Cuando digo Por poco me caigo y cuando digo Por poco no me caigo estoy diciendo lo mismo, de modo que el no de la segunda frase es un claro ejemplo de 'negación expletiva'» (pág. 26). El activo y comprometido académico está de principio a fin en este libro, mostrando una actitud tolerante admirable que insisto en ponderar recordando el titular de una entrevista que se publicó en El País, hace más de diez años, cuando fue elegido miembro de número: «El error de hoy puede ser norma de mañana». En otra entrevista, espléndida, que le hizo Yolanda Gándara en 2016 para Jot Down, fue terminante: «Para los que somos profesores de lengua hay una palabra que en nuestras clases no empleamos nunca, que es la palabra «correcto». Esa palabra para un lingüista no tiene mucho sentido.» Su pensamiento como académico se advierte en «Purismo, misoneísmo» (pág. 311) y, de otro modo, en «Casi dos kilos por una palabra» (pág. 163); y muy palmariamente cuando constata que las lenguas «se van internacionalizando, también la nuestra, y no solo no debemos lamentarlo, sino más bien lo contrario» (pág. 110), o cuando se defiende ante una corrección inconveniente, pero reconoce que «el numantinismo tiene sus límites, y el hablante es un ser en sociedad» (pág. 146). Ese académico que ingresó con un discurso sobre los discursos académicos nos ofrece una nótula erudita que apostilla su brillantez en «Una rareza» (pág. 309); el académico que, a propósito de una «explicación de voto» en una sesión de trabajo en la RAE, sostiene que en la gramática el asamblearismo está fuera de lugar (pág. 322). Y también en Medir las palabras está el prestigioso estudioso dieciochista, que echa mano de autores y obras de la época ilustrada para contar sucintamente la vida de la palabra francesa poissarde (pág. 151); o que en «Gandumbas» (págs. 156-162) hace alusiones pertinentes a Leandro Fernández de Moratín y a sus contemporáneos, y nos invita a dar un paseo delicioso —y muy al día— por nuestra historia literaria hasta el siglo XX; o en «Vacuna» (pág. 355)... ¿Quién fue el inventor de la palabra quirófano? (pág. 96), ¿es mejor escribir adónde o a dónde? (págs. 278-281), ¿acepta la Academia iros en lugar de idos? (pág. 322-325) son algunas preguntas, entre muchas, que se responden con la lectura de este libro lleno de amenidad y de rigor, a lo que hay que sumar el mérito de hacerlo con una disciplinada brevedad que, tal en el caso del artículo de un diccionario, conlleva «sus buenos ratos de pesquisas» (pág. 12). Más que medir las palabras. Mucho más.

miércoles, marzo 27, 2024

Día Mundial del Teatro

Encuentro hueco para no faltar tampoco este año y difundir el mensaje del Día Mundial del Teatro, que ha encargado el ITI (International Theatre Institute) al escritor noruego Jon Fosse, Premio Nobel de Literatura 2023, cuyo texto me ha parecido muy sustancioso y necesario, muy contextualizado en los tiempos que corren; pero inopinadamente alejado del puro hecho teatral y de sus circunstancias, aunque se excuse al final por no hablar del arte teatral. No fue así el del año pasado de la actriz egipcia Samiha Ayoub, ni el del director Peter Sellars (2022), o el de la periodista mexicana Sabina Berman (2018), o el de la actriz francesa Isabelle Huppert (2017), que en estos años he compartido, como hago ahora con el texto de Fosse, que corrijo —pues casi siempre se difunde en los medios sin revisión— desde la traducción hecha por Raúl Alonso Díaz en México del original noruego, «El arte es paz» («Kunst er fred»): «Cada persona es única y, al mismo tiempo, como todas las demás. La apariencia, se puede ver, es cierto, pero también hay algo dentro de cada persona que le pertenece, que la hace única. Podemos llamarlo alma o espíritu, o bien, podríamos no ponerle palabras, simplemente dejar que esté ahí. Al mismo tiempo que somos diferentes, también somos iguales. Las personas de todo el mundo somos fundamentalmente iguales, sin importar qué lengua hablemos, qué color de piel o de cabello tengamos. Quizás esto sea una especie de paradoja: que somos completamente iguales y diferentes al mismo tiempo. Tal vez una persona es paradójica en su conexión entre el cuerpo y el espíritu, entre lo terrenal y tangible y lo que trasciende los límites materiales y terrenales. El arte, el buen arte, consigue a su manera y de forma fabulosa reunir lo absolutamente único con lo universal. Nos permite entender la diferencia entre lo extraño y lo universal. Al hacerlo, el arte trasciende las fronteras de los lenguajes y los límites geográficos. Reúne, no solo las cualidades individuales, sino también, las características de un grupo de personas, por ejemplo, las naciones. El arte no se expresa provocando que todo sea igual, por el contrario, nos muestra nuestras diferencias, aquello que es ajeno o extraño. Todo buen arte contiene precisamente eso: algo extraño, algo que no podemos comprender completamente y que, sin embargo, entendemos de cierto modo. Contiene lo enigmático, algo que nos fascina y por lo tanto nos lleva más allá de nuestros límites y así crea la trascendencia que todo arte debe contener y a la cual conducirnos. No se me ocurre una mejor manera de unir los opuestos. Es exactamente el enfoque inverso al de los conflictos violentos que vemos a menudo en el mundo, que alimentan la tentación destructiva de aniquilar todo lo extraño, todo lo único y diferente, comúnmente utilizando los inventos más inhumanos que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. Hay terrorismo en este mundo. Hay guerra, puesto que la gente tiene un lado animal que lo lleva a ver lo extraño como una amenaza a su propia existencia, en lugar de ver el fascinante enigma que eso representa. Y entonces lo único, lo diferente que es universalmente comprensible, desaparece. Dejando atrás una semejanza colectiva donde todo lo diferente es una amenaza que debe ser erradicada. Lo que vemos desde fuera se ve como desigualdad, por ejemplo, las religiones o ideologías políticas, se convierten en algo que debe ser derrotado y destruido. La guerra es la batalla contra lo que yace en lo más profundo de cada uno de nosotros: lo único. Y es una batalla contra todo arte, contra la esencia más íntima de todo arte. He hablado del arte en general, no del arte teatral en particular; esto se debe a que todo buen arte, en el fondo, gira en torno a lo mismo: tomar lo singular y específico para hacerlo universal. Articula en su expresión artística aquello único con lo universal: no eliminando lo singular, sino enfatizándolo; dejando que lo extraño y lo desconocido brille claramente. Es tan simple como que la guerra y el arte son opuestos, que la guerra y la paz son opuestos. El arte es paz.» 

domingo, marzo 24, 2024

Destrozos

Duró poco. Algo así como ese típico cuarto de cada hora en que te invade un pesimismo grave, aunque fugaz, por fortuna; si no fuese porque luego llegan las ganas de escribir sobre ello. Fue por los resultados de la extrema derecha en las recientes elecciones en Portugal —un «espectro», le hace escribir hoy El País a Lídia Jorge—, en las que cuadruplicó sus votos y obtuvo cincuenta escaños —tenía doce. Pensé en que era otra consecuencia de la desafección por la política en términos generales y una respuesta crispada a la arbitrariedad que olvida a la ciudadanía que votó. El eco de aquello resonaba en el «lodazal» que para Ángels Barceló, en su editorial de las ocho de la mañana del pasado lunes 18, es el escenario de la política española estos días; tan tremendamente bochornoso y poco edificante que Antonio Muñoz Molina («La cara de vergüenza», el día 16), Manuel Vicent («Tirad de la cadena», el 17) y el editorial de ese mismo día en ese mismo medio de El País («Una política degradante») coincidían en el reproche contundente a unas maneras intolerables. Como si se hubiesen puesto de acuerdo. Y, aunque dignidad obligue, son como los avisos legales —tan forzosos y tan estériles— que llevan los anuncios de bebidas alcohólicas o de juegos de azar para que se haga un consumo responsable. Como un paliativo inútil administrado por los mismos medios que vocean la inmundicia porque vende más que la decencia; y, si no, prueben a contar las páginas del periódico que hay que pasar para llegar a una noticia que sea verdaderamente de interés y servicio públicos. Da mucha penita. Menos mal que esta semana hubo Día Mundial de la Poesía y que afortunadamente siempre me pilla en clase con algún poema. Llevaba en la cartera los de Tomás Sánchez Santiago, que acababa de recibir (El que menos sabe, León, Eolas Ediciones, 2024); pero me ajusté al programa: Elena Garro, Idea Vilariño, Ida Vitale... De esta leímos en sílabas contadas que la palabra poética nos cura y nos protege de los destrozos de los días.

martes, marzo 19, 2024

Dos pequeños grandes libros

Mirar atrás y Barcelona mapa infinito. La razón estricta del primer adjetivo del título está en los 16,5 x 11,8 cm. del primer libro y los 16,8 x 11 cm. del segundo. En páginas de texto, además, uno no llega al centenar y el otro lo sobrepasa en unas cuantas hojas. Empecé por Mirar atrás (Corvera. Murcia, Newcastle Ediciones, 2023), de Elías Moro, que es una nueva entrega de recuerdos ajustados al patrón del Je me souviens (1978) de Georges Perec en el español «Me acuerdo...», y que el autor ya había ensayado en una primera colección de 1999, firmada con Daniel Casado en De la luna libros, y en otra en solitario, Me acuerdo (Calambur, 2009), que terminaba en un escueto «Me acuerdo de Georges Perec». Casi la misma frase que leí («Me acuerdo de Perec») en la página 63 del libro de Álex Chico Barcelona mapa infinito, con ilustraciones de Joan Ramon Farré Burzuri (Granada, Ediciones Traspiés, 2023), y a la que siguen varias iniciadas con «Me acuerdo...»: «Me acuerdo de la estatua de Charlie Rivel, sosteniendo una silla, y de la estatua de Charles Chaplin, sobre la esfera del mundo. Me acuerdo de la casa del terror incrustada en la montaña y de los vagones que se lanzaban a toda velocidad por una gran uve. Me acuerdo de los libros de Bruguera y del edificio que ocupaba la editorial en el barrio de El Coll.» (pág. 64). Aquí está la curiosa coincidencia que me ha empujado a escribir sobre estos dos pequeños libros grandes, muy distintos en intención y en género, pero parecidos en la naturaleza temporal que cabe en ambos, pues, como dice Álex Chico (pág. 59), «las ciudades pertenecen a la geografía, pero también al tiempo», y una ciudad, «como una persona, se construye a partir de un recuerdo personal y una memoria colectiva» (pág. 96). Tan espontánea y natural ha sido la unión de estas dos obras que también veo en ellas el parentesco de que uno, el delicioso paseo barcelonés de Álex Chico por la Barcelona en la que vive, termine con varias páginas rayadas (págs. 135-142) para que el lector escriba sus «Notas» de viaje, en otro modo de continuación de la experiencia de la obra; y que la relación de cuatrocientos ochenta textos —la cantidad de los de Perec— de Elías Moro se extienda en cinco páginas más (págs. 97-102) con una ristra de «Me acuerdo...» sin más texto, como pauta de inicio de las evocaciones que puede añadir el lector en su lectura. Haber juntado tan de buen grado ambos libros me predispone ahora a encontrar paralelismos y reflejos entre ellos, y leo una reflexión sobre el tiempo en Barcelona mapa infinito que puedo aplicar a Mirar atrás: «El tiempo añade memoria y la memoria, en ocasiones, es demasiado benévola, tanto para mitificar una época que, quizás, no tenga nada de admirable» (pág. 123). Se acomoda a la evocación atomizada en los minúsculos textos —de una o dos líneas hasta más de siete, salvo el dedicado al padre de un compañero de colegio que trabajaba de fogonero en los trenes (pág. 43), que tiene nueve líneas— de Elías Moro, que habla del tiempo de una generación distinta a la de Chico —se llevan más de veinte años—, que no conoció el Linimento Sloan (pág. 19), ni a Garrincha (pág. 46), ni el Pelargón (pág. 91). El hilo del pasado cose los numerosos fragmentos de un libro que cabe tomarse como un relato-recorrido en el que los temas, los personajes o los detalles van surgiendo sin orden aparente en un sugerente catálogo de categorías que van desde el cine o la literatura, a los recuerdos de un barrio, la televisión, la escritura, el primer libro comprado (Ilíada/Odisea, pág. 72), o el fútbol; e incluso aforismos disfrazados de recuerdos («Me acuerdo de que la vida consiente que la vivamos, pero solo hasta que se cansa de nosotros», pág. 83). El libro de Álex Chico lo vi en la mesa de novedades de La Puerta de Tannhäuser de Cáceres y lo compré, en los primeros días de este año. Al terminarlo, fui por otro ejemplar a la librería y se lo envié a un amigo que vive en Barcelona y que, por eso, por tener tan a la mano la ciudad, igual no disfruta tanto como yo con su lectura. Cada una de sus páginas es como un bulevar, una fachada, un parque en que demorarse, del mismo modo que el cruce de dos calles es un argumento, «un mecanismo de escritura», dice Álex Chico al poco de arrancar su paseo-escritura por una ciudad fascinante que hace que todo el libro sea una manera de aprehensión de una geografía física y sentimental, señalizada eminentemente con las ilustraciones preciosas de Joan Ramon Farré. Qué agradable lectura y qué ganas de volver a caminar por Barcelona con este mapa de letras bajo el brazo.