jueves, septiembre 19, 2019

Monroe Z. Hafter


Por la lectura de la necrología de Pedro Álvarez de Miranda en el último número de la revista Dieciocho (volumen 42, número 2) me entero de la muerte del hispanista Monroe Z. Hafter, a quien tuve el gusto de tratar. Es posible que Pedro me dijese algo y que ahora no lo recuerde; pero lo que sí sé es que fue él hace ya muchos años quien me habló de su conocimiento de este discípulo de Raimundo Lida en Harvard y profesor de la Universidad de Michigan con el que contactó cuando el que hoy es académico de la RAE trabajaba sobre utopías y viajes imaginarios. Según su testimonio, fue a principios de los 80 del siglo pasado. Por él, pude escribirme con Monroe Z. Hafter, cuando le pedí un artículo para la revista Laurel, que se publicó en el segundo número del segundo semestre de 2000: «El silencio en las tragedias de Cienfuegos» fue el título de aquel sugerente trabajo que comenzaba con la alusión a una «escena muda» ejemplar en teatro, la tercera de Don Álvaro o la fuerza del sino. Dos años después vino a Extremadura, para presentar su edición de la novela de Carolina Coronado Jarilla, publicada en la colección «Clásicos Extremeños» de la Diputación Provincial de Badajoz (2001). Allí estamos, en el salón de la calle del Obispo, en la foto mala, con él y con Isabel Mª Pérez, que le acompañamos en la presentación de esa edición. Mayo de 2002. La otra fotografía, la buena, es, en un parque, del día siguiente, con Isabel y Monroe, que visitaron la finca de la Jarilla de Carolina. Como dice Pedro Álvarez de Miranda en su recordatorio era una persona de un trato afectuoso y exquisito, propio de un tiempo en el que la cortesía se notaba mucho más que ahora —no soy capaz de comprender por qué no se es tan cortés como antaño con nuestros medios de hoy—, y un bibliófilo que ha donado centenares de volúmenes de su biblioteca a su Universidad de Michigan, que la atesora como «The Hafter Collection of Spanish Culture». Qué recuerdos. Lamento esta otra pérdida.

martes, septiembre 17, 2019

Alexandre Lacaze


© factorymag
Para mí era Alejandro, la pareja de Mercedes Martínez Esperilla, profesora de Educación Secundaria en Arroyo de San Serván (Badajoz), después de pasar por varios destinos en los que ha dejado huella, y antigua alumna mía de Filología Hispánica. Una de las alumnas más brillantes que he tenido. Para mí era Alejandro, a quien nunca vi. De hecho, cuando estuvo en Cáceres, siempre lo conocí en aislamiento en un hospital al que acudí para conversar con su pareja —siempre la he llamado Merceditas—, mientras ella salía un rato para desayunar. Yo siempre he creído hasta hoy que Alejandro el de Merceditas era otra persona, un profesor «malagueño» de un instituto de Extremadura —creo que su último destino activo fue el «Santa Eulalia» de Mérida—; y no el músico Alexandre Lacaze. Por eso ayer por la tarde, mientras conducía desde Cáceres hacia el tanatorio de Mérida, me sorprendió tanto que Julio Ruiz, en Disco grande (Radio 3), abriese su programa con una pieza cantada en francés por el compositor Alexandre Lacaze, una persona de la que hablaba emocionado como buen amigo y que había tenido la misma enfermedad —leucemia—, los mismos padecimientos —mejorías, recaídas, aislamiento, pruebas, un trasplante de médula…—, y que había muerto el mismo día que mi querido Alejandro, pareja de Merceditas. No me lo podía creer. Que esa voz que escucho desde hace tantos años, la de Julio Ruiz, estuviese diciéndome en directo y por la radio que yo iba a Mérida a despedir, como un allegado más, a un artista como el Alexandre Lacaze de L’Avalanche. A veces —o muchas veces— pierdo la memoria de los detalles, y no recuerdo que mis conversaciones con Mercedes se centrasen en esa dedicación docente y no artística —como si fuesen distantes— de su pareja; por eso me parece tan imponente lo que ocurrió ayer. Imponente. Emocionante. Por ejemplo, ver a Alfonso Domínguez Vinagre desconsolado —que llegaba de muy lejos de despedirse de su hija y a despedir a su amigo, que venía de la parte del músico, como en las bodas el que viene de parte de la novia o de parte del novio—, con los ojos rutilantes por las lágrimas, y que él no supiese bien qué hacía yo allí. Y yo estuve allí ayer tarde para abrazar a Mercedes, a su madre y su padre —vaya padres— y a algunas de sus compañeras que fueron mis alumnas y que hoy son profesoras —vaya profesoras—, además de otros queridos antiguos alumnos —qué profesores hoy— que no veía hacía años. Y todo por Alejandro. Por un artista tan valorado. Cómo no.  Viniendo de Merceditas…, ay. Qué emocionante. Qué lástima. Qué pena.

domingo, septiembre 15, 2019

Savater y sus libros


© De la fotografía, Claudio Álvarez. El País.
El otro día compartí una frase del último libro de Fernando Savater (La peor parte. Editorial Ariel, 2019): «Un amor que no desazona y perturba cuando está vivo, que no aniquila cuando pierde irrevocablemente lo que ama, puede ser afición o rutina, pero no auténtico amor». Y hoy me he acordado de aquello al leer la entrevista que Javier Rodríguez Marcos hizo al filósofo y que publica El País, y que recomiendo, por lo mucho que dice en poco espacio. Pero lo primero que me ha llamado la atención ha sido esta fotografía del escritor en su casa. Me entusiasman las imágenes de bibliotecas particulares en las que uno puede reconocer los libros de otros. Aquella famosa, por ejemplo, de Gastón Baquero en su domicilio de Madrid, hace ya años, de Gorka Lejarcegui o la de mi buen amigo Philip Deacon, que yo publiqué aquí y de la que aún tengo pendiente de catalogar los volúmenes que se ven. Hay muchas, pues parece muy socorrido y recurrente retratar a un escritor con sus libros. Hace unos años debí de quedar como un descortés cuando me negué a que grabasen imágenes de mi biblioteca, que no merece ninguna difusión. Estaría bueno. Solo esa posibilidad me ruboriza. Vuelvo a Fernando Savater. En la fotografía de Claudio Álvarez que se publica en la edición en papel de El País —no la veo en la edición digital, en la que hay otra—, y que he visto esta mañana, se muestran los libros que tiene en la estantería a su espalda y sobre la mesa. No logro reconocer los títulos que hay detrás —no sé, algo de Rudyard Kipling…—; pero sí el Pensar sin asideros, de Hanna Arendt, el volumen I de sus Ensayos de comprensión 1953-1975–, y, sobre todo, un libro que es muy querido y que he reconocido en cuanto he abierto esa página y mirado esa fotografía. Fernando Savater tiene sobre su mesa un ejemplar de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, de Basilio Sánchez (Madrid, Visor, 2019), el último Premio Fundación Loewe de Poesía, sobre el que estoy escribiendo. Qué cosas. Me gustan mucho estas coincidencias.

jueves, septiembre 12, 2019

Nevera


Entre las cosas que nunca hago sin pedir permiso hay dos que igualo en la misma categoría de lo impensable: abrir en casa ajena el cajón de la ropa íntima y abrir un frigorífico que no es el tuyo. Lo primero parece de cajón, claro. Pero abrir una nevera ignota es invadir las tripas o el espacio que la otra persona tiene al buen recaudo del frío más reservado. Me lo pensaría dos veces si mi acompañante en su cama me pidiese ir a por agua a su frigorífico; sencillamente, por el temor a encontrarme con más verdades. Unos supositorios de glicerina, la mitad de un plátano envuelto en una servilleta de papel, un tomate pocho, media docena de frascos de colutorio, tres bandejitas de salami, un cristo de chocolate blanco o el original del certificado de defunción de un familiar. Lo insondable. Abrir la nevera propia es como encontrarte con tu propio rostro, es lo más parecido a mirarte a primera hora de la mañana en tu espejo dispuesto a afeitarte y a enfrentarte con la misma imagen que todos los días te devuelven la fruta y los huevos, las sobras de ayer y la comida de mañana.

domingo, septiembre 08, 2019

Apertura de curso


© Luci Gutiérrez, El País.
Si el lector pudiese imaginar un texto inverso a esta viñeta genial de Luci Gutiérrez —ilustradora que tanto nos ha iluminado este verano—, tendría delante mi concepto de la enseñanza. Cuando la vi a mediados de agosto en el periódico pensé en utilizarla para una entrada dedicada a la apertura de curso. Sostengo que un profesor tiene que estar, principalmente, para ayudar en todo a un alumno; y no para esperar sus faltas y sus fallos. Sí para corregirlas. No comprendo que un médico diga a su paciente que no va a hacer todo lo posible para curarlo. Innoble y deshonesta metodología la de ese supuesto profesor que se asoma a la tarea de un estudiante receloso.

martes, septiembre 03, 2019

Las ganas de los asquerosos


Me espoleó el jueves 15 de agosto la entrevista que Patricia Gosálvez hizo a Santiago Lorenzo para cerrar El País. Y me puse a rescatar mis notas sobre el deslumbramiento de la lectura del de Portugalete, casi de mi quinta. Me gustó mucho lo de los mochufas y el punto de vista del que en primera persona habla de Manuel en Los asquerosos (Barcelona, Blackie Books, 2018); pero como el mismo autor en carne mortal dice en la entrevista, es mejor novela Las ganas (Barcelona, Blackie Books, 2015). Las ganas es una novela que me prestó Carmen Galán —ya lo dije— y que leí después que Los asquerosos —que yo había recomendado a Carmen Galán—; y creo que sí, que es mejor que la última. Dejé un domingo de avanzar en un compromiso pendiente y aquel lunes prolongué la sobremesa y no hubo siesta por seguir leyendo esta novela sorprendente. Nada, que me dejé llevar por lo que decía la faja de Los asquerosos: «Huye de todo. Lee esta novela», que más de un reseñista habrá utilizado como yo, dos veces ya, para llamar la atención sobre su lectura. Es más, luego leí en un blog algo parecido y se me quitaron Las ganas de ser tan original. La prosa de Lorenzo tiene una personalidad envolvente, un tono zumbón y un uso procaz de la lengua. Se me ocurre este adjetivo invariable adosado al sustantivo prosa. Prosa procaz. Una marca de la manera de escribir de quien tiene una zeta en su apellido. Yo, la verdad, es que a veces no sé escribir sobre lo que me gusta. Está mal que yo lo diga; pero prefiero transcribir aquí unas líneas de Las ganas, por ver si valen: «Tiempo tuvo Benito de entender que su problema no eran las morfologías de su novia y de su hermana, sino las morfologías de sus moliendas cerebrales y de sus reticencias a entregarse a válvula entera. Las mismas que le llevaban a esquivar a quien le quería, las que le llevaban a estar en el mundo con una piedra siempre en el zapato, como si viniera de fábrica insertada entre la plantilla y las tapas. Otro hombre con menos murciélagos se habría dejado de cotejos en falso y se habría abierto a María como un paraguas. A Benito le faltaron varillas» (pág. 211).  Creo que el fragmento merece atención. No sé, en Santiago Lorenzo hasta los anacolutos quedan curiosos, por ejemplo, este de Los asquerosos: «Lo claro era que el dueño, los libros ni los abrió, porque no presentaban ni puta la mácula» (pág. 40). Y no digamos cuando se viene arriba con las aliteraciones: «Benito no sabía ni cómo contenerse, tras un trienio de tremendo tremedal tremolándole entre las tripas» (pág. 146 de Las ganas). Me espoleó la entrevista chorra de la última de El País; pero, hablando en serio, ha habido comentarios que han puesto el dedo en lo importante, que es el lenguaje, la puta forma —que valdría como errata de la «pura forma». Ojalá yo haya sabido llamar la atención sobre ello. Me he probado las dos novelas de Santiago Lorenzo y me quedan muy bien, así que no me importaría ponerme algunas de sus otras prendas; porque con ellas me cae genial quien las ha hecho. Aunque esto no tenga nada que ver con la literatura. Me caen bien el tipo y sus personajes. Por algo será.

lunes, septiembre 02, 2019

Vuelta


Aunque no haya sido el primer día que he vuelto a mi entorno de trabajo —todavía en vacaciones de agosto pasé por allí para recoger el correo y regar una planta que pronto cumplirá veinte años—, la sensación ha sido de reencuentro, con muchos saludos y muchas preguntas repetidas sobre cómo ha ido el verano. Todo bien. Descanso, pieles morenas, fuerzas renovadas, la casita de la playa, grandes viajes y la boda de una hija, por ejemplo. Todo muy bien. Y ha habido pésames, pues también ocurre lo peor en estos períodos que queremos inventarnos como si fuesen estupendos. Qué digo. Somos tan estúpidos que calificamos la muerte según fecha señalada, como si fuese más trágico morirse cuando la gente está de fiesta. Ayer fui a un entierro y hoy a la Facultad. Lo normal. No sé por qué me he acordado hoy del comentario que hizo un tipo sobre la trilogía de Los sonámbulos, de Hermann Broch: «Sin duda, un libro muy muy bueno, pero dudo que alguien pueda entender el alcance del libro sin antes haber leído a Oswald Spengler». Demasiado alienante para empezar el curso. Yo no he leído esta obra que es una de las cumbres de la literatura europea (sic), aunque sí (sic) La muerte de Virgilio (1945), que me parece excepcional. De Splenger, por supuesto, no tengo noticia directa. Así que me he dicho: «Sin duda, el Quijote es un libro muy bueno, pero dudo que alguien pueda entender su alcance sin haberlo leído». Para ti la perra gorda. Bueno estará.