domingo, julio 25, 2021

Domingo. Toma uno

Algunos domingos tiene ese dilema. Bajarse a leer la prensa a su terraza de costumbre en su plaza favorita o quedarse en casa provisto de lo mismo más barato: los periódicos, aceitunas, unas cuñas de queso y cerveza fría. No te preocupes —la tutea porque ella lo ha hecho antes cuando le ha preguntado si te molesta el perro. Lo ha atado a la pata de una silla próxima a la suya en su mesa preferida. ¿Es un beagle, verdad?, pregunta retóricamente solo para ser agradable. Tiene una cara preciosa. No se atreve a decirle que su dueña se le parece, que también tiene un rostro amable, rematado en un moño descuidado y una oreja adornada con pequeñeces de pedrería. Él le dice que esa raza era una de las que más gustaba a su hija de pequeña. Cuando se conformaba con perros de peluche o con libros especializados, ¿sabes? Ella le cuenta que es madre de una nadadora que está hoy en Tokio, en las Olimpiadas —y él supone, por el leve acento de su excelente español, que en la delegación francesa. Discúlpame. No continúa la conversación porque él vuelve a la lectura y lee en un artículo de Íñigo Domínguez en El País que «Es agradable saber que hay gente dando lo mejor de sí misma mientras tú no haces nada». Ha llegado a esa frase después de haber sabido lo que ha ocurrido en su entorno desde ayer —que el aumento de ingresos y contagios lleva a la región al nivel 2 de alerta sanitaria—; o en otros ámbitos, con una crisis climática que está golpeando al mundo, o con el padre de un joven de veintisiete años, víctima mortal del accidente del Alvia en Angrois, que pide verdad y justicia. A la lectura de la prensa se incorpora la música de fondo del último programa de «Toma uno» (Radio 3), presentado por Manolo Fernández, después de treinta años desde su primera emisión, un programa de radio entre tanto ruido. Se alegra por asistir en directo a una despedida así y de haber resuelto el dilema del domingo quedándose en casa con la fotografía, publicada en una revista que no ha comprado, de una mujer muy guapa —¿francesa?— con un perrito atado a la pata de una silla y a la que no ha podido agradecerle que le haya invitado a la cerveza.

viernes, julio 23, 2021

Glorias de Zafra (XXIV)


El contraste entre lo poco que tardo en viajar hasta Zafra desde mi casa en Cáceres y el tiempo histórico que significa siempre ese viaje, que cualquiera podría hacer diariamente, ocupa mi pensamiento cada vez que vuelvo a la ciudad en la que nací. Hoy estoy en esta ciudad próspera y amable, atractiva por sus calles y sus plazas, acogedora por su gente, sobre todo si son viejos conocidos con los que uno no se encuentra desde hace años y que se olvidan de los estragos de la edad para alegrarse por verte. Aunque he venido a Zafra algunas veces por razón de trabajo, nunca lo he sentido así; precisamente por esa condición de casa protectora. En esta ocasión, ha sido una visita técnica que me ha permitido conocer buena parte de las admirables infraestructuras culturales de que dispone este sitio al que cada día me gusta más volver y en el que callejeo sin perder detalle, por lo nuevo descubierto o por lo recuperado en el tiempo. He tenido el privilegio, gracias a Rosa Monreal, concejala de Cultura del Ayuntamiento de Zafra, a Estrella Claver, directora de la Biblioteca de Zafra, y a Gonzalo Lavado Martínez, coordinador de la Casa de la Juventud, a quien conozco desde hace muchos años siempre vinculado con la animación cultural, de visitar el nuevo edificio recientemente rehabilitado del Hospital de San Miguel en el que se ubicarán la Biblioteca Municipal y el Archivo Histórico. Admiración por una inversión así, por una intervención en un bien patrimonial tan preciado que yo recuerdo cuando era un solar ruinoso que se venía abajo; pero también orgullo por contar en tu ciudad con un espacio público que poco a poco —he visto ya estanterías llenas de libros, cajas con vestigios de una reciente mudanza, mobiliario e instrumentos de inminente uso— estará a disposición de la ciudadanía de Zafra. Con Gonzalo luego he podido ver con tranquilidad y con su impagable guía el Complejo Cultural en el que está el Teatro de Zafra —obra del arquitecto Enrique Krahe— y no solo el espacio principal —impresionante, original, sugerente y práctico—, sino una sala de exposiciones y otra de conferencias en las que se han programado y se programarán —después de un tremendo parón o de una inevitable merma— actividades de todo tipo que aquí siempre son recibidas por el público con una extraordinaria respuesta.

miércoles, julio 21, 2021

Annual

Este pasado domingo El País Semanal traía un reportaje de Francisco Perejil sobre «Annual, cien años de olvido» en el que se publicaba en página 37 una conocida fotografía de Abdelkrim cuyo pie me llamó la atención: «[…] el legendario caudillo rifeño [antes fue periodista y juez] entrevistado por un periodista español en 1922». Me llamó la atención porque ese «periodista español» era Luis de Oteyza y la foto se ha difundido muchas veces con su identificación. El mismo periódico publica hoy una información de Luis de Vega —«Recuerdos de Annual» en la versión en papel— que evoca aquel tiempo con objetos históricos como la cámara de «Alfonsito» Sánchez Portela —el hijo del mítico Alfonso, amigo de Oteyza—, con la que se retrató a Abdelkrim, y la gumía del rifeño, y en el que se cita a Luis de Oteyza, como, efectivamente, el reportero, fundador y director del diario La Libertad, que entrevistó al líder del Rif en agosto de 1922. Luis de Oteyza es uno de esos escritores extremeños que quizá no tengan el debido reconocimiento; aunque su patria chica sí ha hecho gestos para mantener su memoria. Nació en Zafra en 1883 y falleció en Caracas en 1961, y fue otro Espronceda con una madre que se puso de parto en tierras pacenses. Una entrada que publiqué aquí hace más de quince años me permitirá no abusar con más datos, la mayor parte de ellos vinculada a personas muy apreciadas. Hoy, en el periódico, se dice que la crónica de Oteyza de aquel encuentro, que publicó con el título de Abd-El-Krim y los prisioneros en la editorial Mundo Latino en 1922, se ha reeditado en Ediciones del Viento en 2018, que no tengo. Anterior a esa, tengo la que publicó el Servicio de Publicaciones de la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, de 2000, con un estudio introductorio de María Rosa Madariaga, a quien hoy cita El País como historiadora especializada en aquel episodio que tanto inflamó la situación política española y cuyo contexto explica incluso la creación de obras tan geniales como Los cuernos de don Friolera de Valle-Inclán, de la que también se han cumplido cien años hace nada. 

martes, julio 20, 2021

Nada por aquí

Hace pocos días, el once de julio pasado, Felipe Núñez (Plasencia, 1955) escribió en su página de Facebook lo siguiente: «Años atrás escribí profusamente. Me arrepiento de haber escrito y del contenido de lo escrito. Perpetré poemas, los primeros, torpes e ingenuos. Los últimos, repletos de gongorismos. También cometí prosas. Estas, ahítas de soberbia. Me pregunto si sería apropiado emprender un expurgatorio» (*). Hubo algunas reacciones, y la más contundente fue la de Juanma Barrado, seguidor temprano de la obra de Felipe, que no comprendía esa mirada retrospectiva e inclemente. ¿Expurgatorio? Replico. Con la complicidad de Felipe Núñez, replico con una exhumación. Se titula Nada por aquí, nada por allá. Seis personajes en busca de su padre y no estaba muerto, no, que estaba tomando cañas; narración por otro nombre conocida como la sinfonía dialéctica en cinco movimientos, dotada de prólogo para mejor comprensión de lo que en ella acontece, con interpolaciones y entrecomillados ocultos, personajes accesorios y otras cantidades de menor cuantía que serán entregadas previa presentación del resguardo correspondiente y el carnet de afiliado. Es un mecanoscrito fechado en Cáceres en MCMLXIII, de cuarenta y ocho hojas tomadas por el color del tiempo y que llevan la mención de autoría —o «propiedad intelectual»— de Carlos Ortega y de Felipe Núñez, que perpetrarían aquello a los diecisiete o dieciocho años. Más tarde, vendría la edición ciclostilada de Tris tras princesa (1975), la de Leticia va del laberinto al treinta (1977), con una nota en cuarta de cubierta de Jorge Urrutia, por aquel entonces profesor en la Facultad de Letras de Cáceres —origen de todo—; como lo era, y tanto, el muñidor Ricardo Senabre, que conoció aquella «narración por otro nombre conocida como la sinfonía dialéctica» y que llevaba un prólogo —«De obligada lectura»— firmado por Nicolai Nicolaiev Krallov, Director de la Escuela Venezolana de Artes Aplicadas. Por allí anduvo César Nicolás —sic—; aunque Felipe dice que todo lo escrito fue por él y por su cómplice. La materialidad de la pieza documental —no impresa, sin aspecto de libro— la tiene condenada fuera de los «elementos normalizados» de los modernos catálogos en línea de una biblioteca como la nuestra. Así que, aunque parezca mentira, es fácil localizar el texto en los antiguos ficheros de madera que contienen miles de fichas en papel de aquella antigua biblioteca matriz de lo que hoy tenemos modernamente mecanizado. Yo recuerdo haber tenido en mis manos el ejemplar cuando aún la Facultad estaba en aquel Edificio Valhondo; y por eso, cuando Felipe Núñez me preguntó si yo sabía algo de aquel escrito, no dudé en responderle que seguro que tenía que seguir ahí. Y ahí sigue, con sus tapas de cartulina verde y sus tres grapas ya oxidadas para aferrar el lomo. Y con el canguro o papelín del préstamo que dice que alguien lo sacó también en el año 2000. Nadie más hasta ahora que lo he tenido aquí para enviar una copia escaneada a su padre principal. Habría que ponerse a imaginar lo imaginado por aquellos jóvenes que escribieron «abundantes vicios de dicción», según el prólogo, y que se entregaron al absurdo de Jardiel y de Beckett, más que a cualquier rebeldía política en los estertores de la dictadura. Los cinco «movimientos» contienen un relato delirante con un puñado de guiños a la literatura de siempre y a la vida de entonces, y poemas que podrían considerarse la prehistoria insolente y atrevida de, por ejemplo, Tris tras princesa, y notas muy jugosas de erudición con chispa, entre las que está la que revela el primer título largo de la novela de Jesús Alviz Concierto de ocarina (Ediciones Libertarias, 1986), que fue Concierto de ocarina con solos de trombón, coro popular con clave incógnita, en tres movimientos (h. 30). 

(*) Leopoldo Felipe Núñez Santos, que firmó todas sus obras como Felipe Núñez, fue una de las figuras más destacadas de los primeros años de la juventud literaria extremeña en el arranque de la Universidad de Extremadura, y fue guía de las primeras promociones literarias de aquel tiempo. Aparte de los libros citados, publicó los poemarios Los seres y las fuerzas (1979), Equidistancias (1983) y Nombres o cifras (1985), que reunió luego en el volumen Balizamiento para un aterrizaje nocturno, publicado por la Editora Regional de Extremadura en 1998, año en el que también apareció su ensayo Para escapar de la voz media, que fue Premio Arias Montano de la Junta extremeña. En 2014, Editorial Delirio publicó sus Obras, con la reunión de la mayor parte de sus versos, sus prosas, algunos inéditos y otros textos críticos. Allí, en una «Breve nota previa», escribió: «Releo estos viejos escritos míos y observo algo con disgusto y vergüenza: demasiado a menudo manifiestan incomodidad con su propia existencia. Amenazan una y otra vez con “el abandono y el borrado”, y al respecto se interrogan enfáticamente sobre si resultaría más radical el uno o el otro. El simple abandono —afirman— es radical por cuanto no añade gesto. Pero el gesto del borrado, a cambio, es más drástico siempre que sea irreversible». Y añadió, como yo hago ahora con la publicación de esta nota: «Pues bien, ni abandono ni borrado. Muy al contrario, estos viejos escritos vienen aquí a insistir y reincidir» (pág. 9). 

domingo, julio 18, 2021

18 de julio

Hoy, 18 de julio, una tribuna de Pilar Mera en El País y el programa de Radio 3 Videodrome, que escucho —estremecido de nuevo por la rememoración de tanto odio— mientras comienzo a pasar estas líneas, me recuerdan aquel nefasto e infame hecho de hace tantos años; y un amigo, poeta y crítico, Alfonso Alegre, me envía un poema dedicado a José Ángel Valente —murió en Ginebra tal día como hoy de hace veintiún años— y recogido en su libro El camino del alba (Tusquets, 2017). Hoy la prensa trae la noticia de la muerte ayer de la actriz Pilar Bardem. Nadie ha tenido que recordarme el primer aniversario de la de Juan Marsé, también un 18 de julio, y sí M., una amiga, que estuvimos con su familia y unos amigos, hace exactamente un año, visitando unas bodegas en Almendralejo en las que nos atendió Cristina y nos sirvió la comida, como si fuésemos recién nacidos, un excelente camarero gitano que atendía por Lolo. Me cuesta concentrarme en la lectura de los periódicos cuando, sentado en la terraza de costumbre, dos personas, en una mesa junto a la mía, hablan sin nadie más a su alrededor y sin ruidos que tapen lo que dicen. Me esfuerzo en concentrarme en mis papeles porque no es cómodo escuchar como si fuese un fisgón asuntos íntimos, confidencias o cualquier comentario insustancial que nada tienen que ver conmigo. Un señor robusto esta mañana hablaba de algo de su trabajo —«…le dije que yo le llevaba el caso sin cobrarle…»— con una mujer a la que ya le adjudiqué su condición de esposa. De pronto, la conversación dio un giro y escuché el nombre de Colombo. Como antes yo sí estaba a lo mío, no sé si lo pronunció uno de los dos para referirse a un perro o a un amigo común al que conocen con ese mote. Lo cierto es que salió el apellido del conocido teniente televisivo y entonces fue cuando el marido contó con bastantes detalles uno de los episodios de la afamada serie en el que el detective descubría al asesino gracias a una colección de bolas de nieve decorativas que estaban en una vitrina. Ayer la conversación fue más cercana y aún más nítida. Por eso, de haber llevado conmigo mis nuevos airpods, habría evitado enterarme de los problemas que una mujer contaba a su amiga sobre la gestión de su divorcio y la relación con su hija, sus consideraciones sobre la lealtad, la entrega a los otros, la complicidad, y también lo alejadas que están algunas personas de estas virtudes. En lugar de sentirme mal por estar escuchando conversaciones ajenas, prefiero ser como el narrador de Microcosmos, de Claudio Magris, cuando describe el ambiente del Café San Marcos de Trieste y reproduce fragmentos de aquel murmullo de voces y del coro inconexo y uniforme que nada tienen que ver con estos ratos tranquilos en San Juan a la hora del aperitivo en los que se escucha todo. Solo faltó encontrarme a alguien para darle un abrazo. 

jueves, julio 15, 2021

Sin pronunciar tu nombre

Mañana viernes tenía que celebrarse la presentación de la antología de Santiago Castelo, Sin pronunciar tu nombre. Antología poética (1976-2015), publicada, con selección y prólogo de Carlos García Mera, en la colección «Avis rara» de la Editorial Urutau de Pontevedra. Iba a ser en Don Benito, en el Museo Etnográfico «Agustín Aparicio» a las 21:00 horas, con la actuación musical de «Las Nietas del Charli». Lamentablemente, y por la puñetera situación pandémica que padecemos, no podrá ser. Esperemos que en septiembre. Como había querido estar, escribo esta nota sobre este libro de pequeño formato y atractiva apariencia —hay segunda edición— que contiene textos de José Miguel Santiago Castelo desde sus comienzos poéticos (Tierra en la carne, de 1976) que me han permitido revisitar su obra por la ajustada selección de poemas de todos sus libros: tres textos de su primer libro, cuatro de Memorial de ausencias (1979), cinco de La sierra desvelada (1980), seis de Cuaderno del verano (1985) —el primer libro que yo leí de Castelo—, siete de Siurell (1988), dos de Al aire de su vuelo (1993) y de Diario de a bordo (1994), cuatro de Hojas cubanas (1998), dos de Cuerpo cierto (2001), seis de Quilombo (2008), nueve de La hermana muerta (2011), tres de Esta luz sin contorno (2013), y doce, en un colofón tremendo, de La sentencia (2015), su libro póstumo. La lectura seguida de estos sesenta y cinco poemas es una experiencia de reencuentro con uno de los poetas más singulares de las letras extremeñas; así, como a él le gustaba. Que el prólogo de Carlos García Mera solo dedique unas pocas —y acertadas— palabras a la poesía de Castelo en sus dos párrafos finales, y que todo lo anterior sea sobre la persona, dice mucho de lo que aún pervive de la extraordinaria figura que fue. Un ejemplo de la admiración de quien le retrata en el delantal de esta antología, que ojalá se convierta para un lector que no lo conozca en la puerta de entrada a la poesía toda del autor: «A Castelo le encantaba pertenecer a otro tiempo donde se estilaban las galanterías y los ademanes nobiliarios. Le rodeaba siempre un aura de misterio, esbozada con una sonrisa socarrona, pero sin malicia, seguro de gustar —porque gustaba, y lo sabía— donde se escondía toda la verdad del mundo. Sin duda, su voz, como de tormenta estival, refrescante y tronadora, dictaba sentencias inequívocas o susurraba los consejos certeros en los momentos precisos. O, de pronto, te acogía en su declamatoria, rebosante de anécdotas, que adornaba con paréntesis o silencios exactos para mantener la atención del público […]». Esta manera de subrayar la persona, la vida y la carne, y no los matices de su poesía, nos arrastra a todos, por estar ante una personalidad tan arrolladora. Quede, sin embargo, en esta nota, la vida y la carne de estos alejandrinos sobre la hermana muerta: «Temo volverme oscuro y el dolor siempre andando; / por eso en vuestros ojos quiero ser sol de un día». Sol de muchos días en su recuerdo. Un beso, sin pronunciar tu nombre. 

miércoles, julio 14, 2021

Sello de calidad

Esta mañana me han comunicado, en resolución provisional, que la revista Cuadernos dieciochistas ha sido reconocida con el Sello de Calidad de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Hay que celebrarlo ahora que reordeno y actualizo como puedo todo lo que ha llegado en los últimos meses para publicar en el volumen de este año, el veintidós, dedicado a «Las matemáticas en el siglo XVIII español». Sí, porque uno de los grandes valores de esta publicación es su interdisciplinaridad. En su sección monográfica, ha tratado asuntos como las religiones y culturas en el XVIII, la cultura literaria y la identidad en la Ilustración hispánica, la Guerra de Sucesión, el teatro y la música, la arquitectura y el urbanismo, autores destacados por algún centenario como Pablo de Olavide, Jovellanos, Meléndez Valdés o Nicasio Álvarez de Cienfuegos, y otros temas como las artes decorativas de la época, la economía o la guerra; y, en su sección de «Varia», otros numerosísimos aspectos encuadrables en el marco cronológico de sus intereses. La revista nació en el año 2000, auspiciada por la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII (SEESXVIII) y editada por Ediciones de la Universidad de Salamanca, que sigue difundiéndola. Su primer director fue el historiador Antonio Morales Moya, que, cuando dejó la universidad salmantina, pasó la dirección a la dieciochista María José Rodríguez Sánchez de León, actualmente catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en Salamanca. Directora de la revista desde 2002, desde el volumen tercero, estuvo al frente hasta el publicado en 2014, y la situó en estimables índices de impacto. En abril de 2015, cuando la junta directiva de la SEESXVII me propuso para seguir sacando adelante esta publicación, asumí la tarea con la ayuda impagable de Fernando Durán (Universidad de Cádiz) hasta 2020, y con la de Antonio Calvo Maturana (Universidad de Málaga) desde 2018, y Mª Dolores Gimeno Puyol (Universitat Rovira i Virgili), desde 2019, sin los que esto no podría sostenerse. Parte del informe de valoración de la FECYT dice que Cuadernos dieciochistas tiene una orientación claramente científica y que centra su foco en una centuria clave para España y Latinoamérica, y que se ha convertido en una referencia para los estudios de todo tipo del siglo XVIII. Nos proponen asumibles vías de mejora que, desde la rigidez de los dictámenes, son acicates para continuar trabajando para ofrecer a la comunidad científica en el campo de las Humanidades un espacio en el que dar a conocer sus trabajos. Agradecido. Un abrazo.