martes, marzo 02, 2021

Zabala 16

A lo mejor la torpeza de captar tan mala imagen de la cubierta de este libro, con su flash y todo, le da cierta notoriedad o brillo. Lo merece. Julián Mesa sigue nutriéndonos con sus propuestas editoriales de libros de artista, en tiradas reducidas —esta de cien, con cuarenta y uno numerados— y siempre con la aportación para sus suscriptores de una obra original de quien publica. En esta ocasión ha sido el pintor vasco Fermín Moreno Martín (Bilbao, 1970). Por lo que sé, este artista tiende a formatos que sobrepasan lo convencional del interior de una sala y se abren al espacio exterior en el que se expresa un arte urbano colorista y sugerente. No sé cómo verá el autor su obra reducida al formato A4 de este ejemplar que incluye el original que se reproduce en las páginas 27 y 28. Supongo que será otra experiencia que enriquece la trayectoria de alguien de quien se ha dicho que «reflexiona sobre la pintura de manera práctica, a través de las relaciones de hibridación que se establecen con otras disciplinas artísticas, trabajando con la hipótesis de producir una expansión del medio que se vertebra en torno a la sedimentación pictórica, el feedback de la imagen de síntesis y la disposición instalativa». Yo no sé qué quiere decir esto que se dice en esta página; pero me dice bastante el conjunto reunido en estas páginas que ahora tengo. Y digo conjunto porque tiene razón Julián Mesa en su página de bienvenida, en la que testifica sobre el momento que vivimos de «pandémica lección» y aporta notas precisas sobre el autor, sobre el título —que obedece a la dirección (Zabala, 16) del estudio del pintor—, al advertir que Fermín Moreno Martín ha querido que no se entienda como una compilación de cuarenta piezas, sino que sea vista como un todo. Es así, pues hay una disposición argumental que sugiere reiteraciones estratégicamente situadas en el conjunto y parece como si hubiese una estructura del conjunto que añade significados. Es difícil explicar esto sin el apoyo de la imagen; pero es fácil decir que merece mucho la pena apoyar propuestas editoriales como las que lleva a cabo desde Badajoz Julián Mesa.

lunes, marzo 01, 2021

Moratín sobre la política

«Desengañémonos, los hombres han estado siempre mal gobernados, y lo estarán hasta que dejen de existir. Los grandes políticos y estadistas han escrito excelentes sistemas, admirables planes, donde se hallan principios tan sólidos, verdades tan irrefragables, que es necesario carecer de entendimiento para desaprobarlas; pero llega el caso de la ejecución y todo se trastorna, porque, no pudiendo las leyes obrar por sí solas, es necesario que los hombres las administren; y como los hombres tienen pasiones, obran según sus pasiones, no según el espíritu de las leyes; y como la multitud siempre es ignorante, fácilmente se engaña, y ella misma, buscando la libertad y el bien, se forja las cadenas. ¿Qué resulta de aquí?, que somos muy imperfectos, muy malos, muy feroces, cuando se nos presenta la ocasión de serlo, y que los mejores sistemas de gobierno deben considerarse como novelas muy bien escritas» (Leandro Fernández de Moratín, Viaje de Italia, 6º, 1 de octubre de 1794).

domingo, febrero 28, 2021

Mujer

En una personalísima crónica publicada hoy en El País Semanal, Juan José Millás ha vuelto a escribir sobre Nevenka Fernández y aquel caso de acoso sexual —o violación, aunque los términos en materia legal sigan siendo distintos. «Esta es la historia de una mujer sensata que cuando se dio cuenta de que todo lo que le habían contado era mentira, fue al juzgado, denunció los hechos y lo puso todo patas arriba», dice Millás, que ya publicó en 2004 el libro Hay algo que no es como me dicen sobre la experiencia de la joven concejala de Hacienda y Comercio del Ayuntamiento de Ponferrada que, en marzo de 2001, denunció al alcalde del Partido Popular, Ismael Álvarez, por acoso sexual y laboral. Dicen los medios que el caso Nevenka es la historia de una mujer que estuvo en entredicho y la de un acosador que, a pesar de la condena, no perdió en ningún momento el apoyo de su partido —Ana Botella, la esposa del presidente Aznar, entre otras destacadas personas— y de una sociedad que sigue considerando a la mujer como un objeto al servicio del hombre. Yo he estado hoy con una mujer admirable, y al llegar a casa, cuando he leído la crónica de Millás, he vuelto a acordarme de mujeres que conozco y de otras muchas que no conozco. A pocos metros de donde vivo, con esa misma persona admirable tomé una cerveza hace ya bastantes semanas —pasa el tiempo—, cuando también aquí leí otra crónica de Álex Vicente sobre una conversación con el autor de Hombres justos, Ivan Jablonka (Anagrama/Libros del Zorzal, 2020), en la que se hablaba de la masculinidad descarriada, del patriarcalismo del que algunos hombres queremos estar al margen, y de cómo se puede refundar la virilidad para hacerla compatible con la igualdad de género. A aquel bar llegó un individuo con una mirada insultante. Era uno de esos tipejos feos y barrigones que llenan el lugar que invaden con su autoridad y displicencia, y su mirada obscena y guarra hacia una mujer atractiva, a la que no se atrevió a decir nada porque estaba conmigo. Fue el 5 de diciembre del año pasado, y hoy me he acordado al leer el texto de Juan José Millás, a quien también escucho las mañanas de mis domingos en A vivir que son dos días (Cadena SER). Qué cosas. Qué lamentable.

sábado, febrero 27, 2021

Centroeuropa (y III)


«Con el descubrimiento del cuerpo del primer soldado comenzó la historia, pero lo que deseo escribir no se entenderá bien a menos que retroceda unas horas y me remonte a mi angustiosa entrevista con el alcalde Altmayer. ¿O quizá debería ir más allá y recuperar los tristes días de Maguncia? Ruego al posible lector que perdone mis titubeos al exponer, pues estos recuerdos constituyen el primer texto largo que me he propuesto redactar, y el pasado es tan ancho, largo y profundo que escoger como punto de partida cualquiera de sus partes constituye, en cierta manera, una impostura. Nada empieza en un punto exacto. Nuestra vida no comienza del todo en nuestro nacimiento.» (pág. 11). No es el comienzo de la novela —que ya transcribí aquí abajo—; pero también está en su primera página, que me parece memorable. (Qué importancia tienen los principios de las novelas importantes). Desde ese momento hasta la última voluntad de quien nos habla durante todo el relato, el lector empatiza con esa voz y se convierte en uno más de la comunidad a la que llega el personaje y que lo acoge. No sé cómo se consigue eso, pero Vicente Luis Mora en Centroeuropa lo ha logrado. Puede ser por la elección de esa primera persona que, sin aparentes pretensiones, nos atrae de tal modo que lo único que deseamos desde las primeras líneas es que a Redo Hauptshammer le vaya todo bien en sus empeños. Simpatiza uno con quien cuenta y con quien contabiliza (págs. 171-181), pues esta novela, entre otras cosas, contiene el relato de un recuento, de una enumeración, de una numeración incluso, de una disposición de elementos en la que se basa su significado, como se pondrá de manifiesto en su final. Quiero decir que en el texto de Centroeuropa la noción de lo creciente es esencial para sostener su sentido. Por eso, con el descubrimiento del primer soldado comienza la historia, y no será el único. Claro. Yo, después de lo mucho leído y conocido, considero que la singular preocupación de Redo, y su tarea, es una transposición de lo que representa la dedicación del autor en su intención de construir un relato bien pensado, y que sugiere tanto. Intentar cavar primero y luego labrar un terreno como el que se afana en sacar de la página en blanco algo que acaba siendo tan impensado como provocativo para seguir en el afán de vivir. De escribir. Así, los personajes y las situaciones —nada pues, de novela histórica—, se ponen al servicio de expresar cómo una narración —creo que de ese modo ha venido siendo siempre en las novelas con vocación inconsciente de ser grandes— lo contiene todo, lo real y lo fantástico, como si cada uno de los personajes nos llevase a un lado o a otro, los que conforman la realidad fantástica de la lectura. Será esta una manera torpe de recomendar un libro así, que me ha incitado a conocer las casi mil quinientas páginas de Antes de la tormenta, de Theodor Fontane (Pre-Textos, 2017), en traducción de la germanista Helena Cortés Gabaudan, a quien va dedicada Centroeuropa. Y «Para Virginia», escribe Vicente Luis Mora antes de las citas —también una de Fontane— y de lo de «Varón, prusiano, soldado húsar y congelado». He disfrutado y he aprendido. Qué más se puede pedir.

martes, febrero 23, 2021

La llama

Reviví el domingo lo vivido el viernes 19. Sigo con vocación de encierro hasta que esto no termine de pasar del todo. Casi siempre salgo solo, como solo estoy en casa. A veces, muchas veces, pesa mucho este estar solo sin nadie; aunque todas las semanas viene P., con el que como y hablo, sobre todo, de lo que le preocupa. Otras, disfruta uno con dejarse envolver por la música a un volumen que, sin ser exagerado, resultaría inconveniente a cualquiera; o ensimismarse en la lectura de un libro que cautiva. A cualquiera también, estoy seguro. Lo del viernes fue curioso. Estaba escribiendo sobre los poemas de Julián Rodríguez que se publicaron en Nevada (Sevilla, Renacimiento, 2000) para un libro en homenaje que se editará aquí, en Extremadura, y con uno de ellos delante, «Maximilian Kolbe», que remite al del mismo título del poeta Dick Davis sobre el fraile franciscano polaco que quiso morir en Auschwitz, donde estaba prisionero —«que no me venzan / el dolor, la ansiedad, el desconsuelo», del poema de Julián— para ponerse en el lugar de un desconocido. En eso estaba cuando escuché en la radio el nombre de Maximiliam Kolbe dicho por Jorge Barriuso en su programa La llama, de Radio Clásica —las noches de los viernes, de once a doce, con Andrés Romero en los controles. Hasta ese momento no me había percatado de lo que estaba escuchando —prueba de que estaba concentrado y de que también el medio ambiente sirve para algo cuando se sale del ensimismamiento—; pero anoté el momento para recuperarlo entre las grabaciones prodigiosas del archivo casi inmediato de la radio. Fue el domingo. Barriuso entrevistaba a un escritor guatemalteco del que no he leído nada: Eduardo Halfón (1971). Es autor de un buen número de obras y ha publicado en Libros del Asteroide novelas como, entre otras, El boxeador polaco (2008), Monasterio (2014), Duelo (2017) o Canción (2021), que es la que más ocupó la entrevista del programa. Leo que la obra de Halfón ha sido traducida al inglés, alemán, francés, italiano, serbio, portugués, holandés, japonés, noruego, croata y turco; que en 2007 fue nombrado uno de los treinta y nueve mejores jóvenes escritores latinoamericanos por el Hay Festival de Bogotá; que en 2011 recibió la beca Guggenheim; que en 2015 se le otorgó en Francia el Premio Roger Caillois de Literatura Latinoamericana; y que en 2018 recibió el Premio Nacional de Literatura de Guatemala, el mayor galardón literario de su país natal. Jorge Barriuso conversó con él, que hablaba desde Francia, donde actualmente reside. Y fue casi al final de la entrevista cuando culminó el corte musical con la referencia a la banda sonora de la película Maximilian Kolbe, del polaco Krzysztof Zanussi (1991), que vi, a golpe de tecla, ese domingo, y en la que el personaje de un fugado del campo de exterminio lo interpreta el Christoph Waltz que fuera luego nazi caza judíos en Malditos bastardos de Tarantino. Casi al terminar la película alguien dice que «no existe amor más inmenso que el de aquel que da su vida por otros», y yo me quedé pensando en lo cómodo que es escribir sobre estas coincidencias. Nuevamente.

Marchena

No es habitual encontrar en la prensa diaria noticia o mención de algo relacionado con la materia de mis clases cuando estas atienden a la literatura española del siglo XVIII. El primer sábado de este mes leí con gusto en Babelia un texto de Juan Francisco Fuentes titulado «Abate Marchena, fama y leyenda», con dedicatoria a la memoria del hispanista Jean-René Aymes; pero dedicado a recordar la singular figura del escritor y político revolucionario José Marchena (Utrera, 1768-Madrid, 1821), de cuya muerte se han cumplido —el pasado 31 de enero— doscientos años. El artículo de Fuentes no solo volvió a traerme uno de esos nombres destacados de un período tan sugerente como el que va desde el reinado de Carlos III hasta el Trienio Liberal. Me trajo el recuerdo de uno de mis primeros congresos como meritorio, en el que estaba alguien que yo consideré en ese momento discípulo de Antonio Elorza, que también estuvo en aquella reunión, y que poco después publicó un libro en la Serie General de Temas Hispánicos de Editorial Crítica, con cuya cubierta ilustro esta entrada. También vino ese sábado el recuerdo de cuando no existía Google Books y tuve que encargar fotocopias de las Lecciones de Filosofía Moral y Elocuencia o Colección de los trozos selectos de Poesía, Elocuencia, Historia, Religión y Filosofía moral y política de los mejores Autores Castellanos… (Burdeos, Pedro Baume, 1820), de Marchena, cuyos dos volúmenes resultaron seis, encuadernados en cartulina a tamaño folio, y que conservo. A una cara. Y también el recuerdo de mi participación en la publicación del libro de Jesús Cañas Murillo La obra poética de José Marchena. Entre la teoría y la práctica (Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2010), introducción a un apéndice con los poemas del autor y una bibliografía selecta. Escribe Fuentes sobre el mal llamado «abate» Marchena —para confundir y zaherir por su relación con el pensador Enmanuel-Joseph Sièyes— que su «pensamiento político, económico y filosófico tuvo más matices y recovecos de lo que podría sugerir su fama revolucionaria». Sí, por eso debería ser leído y estudiado. Yo sé de su liberalismo económico; pero me encanta su anticlericalismo hasta que dejó de serlo. Ayer me acordé de esta entrada pendiente cuando leí un artículo sobre el 23-F del estudioso de Marchena, de Juan Francisco Fuentes, y autor del libro 23 febrero 1981. El golpe que acabó con todos los golpes (Taurus, 2020). Menuda barbaridad aquella de hace cuarenta años que hay que recordar. Y hoy también he pensado a propósito de lo que sucede en la calle en que no se puede meter en la cárcel a nadie por ser gilipollas.

viernes, febrero 12, 2021

Cosas impresas

Sigo fascinado y casi sin palabras desde que tengo un ejemplar de las Felicitaciones japonesas. Surimono: pintura y poesía. Edición de Javier Alcaíns. Traducción de Eiko Tomita (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2020), que se presentaron en Cáceres el pasado 16 de diciembre. El formato es imponente (32 x 30 cm.) y la edición fastuosa, impresa con esmero por Tecnigraf Artes Gráficas de Badajoz con los rasgos del gusto editorial —letra Ibarra, papel ahuesado de alto gramaje…— del Javier Martín Santos editor que está detrás, que vuelve a ofrecernos una sublime demostración de su amor por la palabra y la imagen juntas sobre el precioso objeto que es el libro. Ojalá llegase algo así a las altas esferas que convocan premios nacionales de edición. He mirado en las anteriores convocatorias y una editorial institucional puede presentarse, como cualquier otra, a una de las que se publican todos los años. En este caso, es admirable que un sello público, regional, haya llevado a cabo un producto impreso de esta calidad y con este primor, y a un precio tan coherente con el sentir no lucrativo de los bienes públicos. Treinta y ocho euros por una joya que suma a su realización formal un contenido soberbio. Ya transcribí aquí la nota de edición en la que se decía que estos surimonos son cosas impresas llevadas a un alto nivel de arte. En aquel momento, yo no tenía el libro delante; y ahora estoy deslumbrado con él, con la primera monografía en español que cataloga, muestra, traduce y comenta imágenes y textos tan atractivos para un lector de hoy y de aquí. El trabajo es admirable, por la filiación precisa de los autores, por la localización de las piezas —Rijksmuseum de Ámsterdam, Chester Beatty Library de Dublín, Metropolitan Museum of Arts de Nueva York, Museum of Fine Arts de Boston, Harvard Arts Museum de Cambridge, Massachusetts, y Museum für Gestaltung de Zurich—, por los textos preliminares sobre el contexto histórico en el que se produjeron los grabados, las estampas, los calendarios, los surimonos como tarjetas de felicitación del Año Nuevo, sobre la expresión verbal del kyoka, el poema loco —tankas y haikús—, sobre la ilustración o los temas de este festín para los ojos. Me parece otra de las genialidades salidas del magín y de la pasión de Javier Alcaíns, que escribe sobre una de las ilustraciones de Katsushika Hokusai (1760-1849): «Uno de los temas más recurrentes de Hokusai fue el monte Fuji. En esta ocasión, la vista está tomada desde el lago Ashinoko, del que se ve una parte, con algunas casas cerca de la orilla. Realizado después de 1830, cuando empezó a importarse el azul de Prusia presente en la falda del monte y en otra elevación más lejana, este grabado puede ser contemporáneo de su famosa serie Treinta y seis visitas del monte Fuji. Aunque la estrofa habitual en los surimonos es la tanka, de treinta y una sílabas, en esta ocasión los poetas han preferido el haiku, de diecisiete». La alondra canta / en lo alto del cielo quiere / competir con la cima del monte (Keika). El Fuji en primavera: / su falda brumosa impresionante, / como envuelta en una tela de rayas (Nikyo)». La pongo aquí abajo. En estas notas, como en la que Alcaíns escribe sobre uno de los mejores creadores de surimonos, Ryuryukyo Shinsai (1799-1823), alumno de Hokusai, se aprecia cómo disfruta el artista y escritor extremeño con lo que hace. Dice para rematar la reseña de ese autor: «Registros oficiales de la época nos informan de que fue padre de familia». Ojalá puedan hacerse con un ejemplar de esta delicia, que espero llegue cuanto antes a muchos, porque merece la pena. Yo ya he regalado uno, y estoy tardando en regalar más.



jueves, febrero 11, 2021

Inspiración

Esta noche he apurado entre piedras la hora del toque de queda. Solo he visto a una pareja intramuros, y fuera, muy pocas personas, recogiéndose como yo. Todo cobra una apariencia distinta en este tiempo que estamos viviendo. A través de las cristaleras de la cafetería de mi hotel vecino he visto a dos clientes sentados tomando algo y me ha parecido que aquello era una pecera de la que no podían salir y que yo solo podía contemplar desde la calle, como un turista que se asoma a una atracción de acuario. La fotografía de la salida hacia el Arco de la Estrella me ha llevado a escribir esta entrada. No sé por qué. Quizá por esta conciencia de tener la inspiración vicaria de otras fuentes. De una imagen que expresa bien lo que yo siento por esta ciudad que piso, o de un texto que dice mucho mejor que yo lo que quiero escribir. Hoy, como tantos días, debo a la prensa mi falta de inspiración. No se me ocurre nada porque todo me lo traen las páginas diarias. El otro día, el sábado, fue un artículo sobre un autor del siglo XVIII al que quiero dedicar un próximo apunte, y hoy la columna de Luz Sánchez-Mellado (‘PCRacia’); que sí, por fin, me ha parecido importante porque fotografía una realidad sin burla disimulada.