lunes, octubre 26, 2026

Sobre Pedro Mairal

Una de las primeras personas con las que hablé sobre el escritor argentino Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) fue mi compañera Victoria Pineda, que me recomendó la novela Una noche con Sabrina Love (1998). Luego supe que con esa obra ganó la primera edición del Premio Clarín con un jurado en el que estaban Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares y Guillermo Cabrera Infante, que es algo que se repite en todas las reseñas sobre el autor —también en esta. Sus muchos atractivos literarios no consiguieron convencerme de que el punto de vista desde el que está planteada la narración podría funcionar, en el caso de programar la obra para clase y tratarla con un grupo mayoritariamente femenino. Sigo preguntándome si una estudiante de veinte años puede desviar la atención hacia el lenguaje y la construcción de la historia de un adolescente que gana un premio consistente en pasar una noche con una estrella porno. Después leí La uruguaya (2016), algunos de sus cuentos y otros textos sobre la escritura y la vida como Maniobras de evasión (2015), cuya edición corrió a cargo de la extraordinaria Leila Guerriero. Y siempre el interés por Mairal ha ido creciendo. Ahora, las circunstancias me han traído a Perugia, en donde vive Victoria buena parte del año con Luigi Giuliani, su marido. Y él, motivado por tenerme aquí dando clases de literatura iberoamericana y por compartir con su mujer el gusto por la literatura de Pedro Mairal, me ha prestado más obras suyas. Por un lado, la sorprendente faceta poética del autor en dos obras muy singulares, Pornosonetos, en la edición de 2020 de Editorial Planeta Mexicana con el sello de Emecé, y la traducción al italiano de El gran surubí (2013), o sea, Il gran surubí, por Luca Marzolla, que escribe también una introducción y una jugosa nota final, en Edizioni Ensemble (2019). Además, iba a dejarme Salvatierra (2008), que publicó su editorial en España, Libros del Asteoide, en 2021; pero no la tenía en ese momento y me trajo otra de sus novelas, El año del desierto (2005), en la edición de Libros del Asteroide de 2023, que terminé de leer el otro día en un tren entre L’Aquila y Terni. Esta es una novela inquietante por su propuesta distópica y extenuante por el ritmo narrativo que el autor —que elige el punto de vista de una narradora, María, protagonista— impone a un periplo o fuga en el espacio y en un tiempo delimitado —un año—. Me he acordado del subtítulo de un libro argentino muy famoso, que tengo algo olvidado, el Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento: Civilización y barbarie es el subtítulo. ¿Hay algo de esto en la novela, además del gauchismo del Martín Fierro? No lo sé. Los Pornosonetos son desternillantes, algunos son piezas memorables; son, además, de procaces y desvergonzados, irreverentes con la sagrada tradición literaria, pongamos de un Jorge Luis Borges, como en esta pieza que comienza así: «nadie rebaje a pálida insolencia / esta declaración de la maestría / de dios que con magnífica ironía / me dio a la vez tu culo y la abstinencia…» (pág. 17). Los publicó Mairal con seudónimo entre 2003 y 2008, en una trilogía, reunida luego en una edición de 140 poemas, todos con el esquema abba cddc effe gg, sin puntuación ni mayúsculas. Es decir, con el pareado final del soneto inglés, y tres cuartetos con rima abrazada, en una tradición que le viene del ya mencionado Borges, que escribió así muchos de los suyos. El mismo esquema de El gran surubí, que es una sorprendente corona poética de sonetos con un protagonista que es Ramón Paz, precisamente, el seudónimo con el que Mairal publicó sus Pornosonetos la primera vez. La edición en italiano está muy bien, por bilingüe, pero porque tiene un fundamentado prólogo del traductor, Luca Marzolla, estudioso de la poesía iberoamericana, que ofrece, además, una nota a su traducción en la que hace un análisis muy interesante y muy preciso desde el punto de vista métrico y léxico de los versos de Mairal. El gran surubí —que es un pez-gato propio de la cuenca del Río de la Plata— se publicó por primera vez en una revista como novela en sonetos, y es un insólito poema narrativo articulado en seis partes de diez poemas cada una con el digno y declarado referente de Moby Dick, pero en un contexto muy distinto, en clave cómica, con rasgos de violencia y a través de un lenguaje coloquial, obsceno  y muy directo en otra lectura de la Argentina de principios del siglo XXI. Más Mairal. 

domingo, octubre 25, 2026

Una hora más

«Para cuando haya que cambiar la hora», anoté hace meses en un papel con la referencia a la página del cuarto tomo de las Obras completas de Ramón Gómez de la Serna. Hoy, que tengo más tiempo, transcribo la greguería: «El retrasar un reloj parece que nos duele atrozmente, que contraría la marcha del corazón, que desarregla y hace andar hacia atrás algo en nosotros... Es como una contramarcha que sufre el espíritu. Perdemos indudablemente un día posible.» Ramón no conocía estas costumbres modernas de manipular el tiempo.

viernes, octubre 16, 2026

Edicole

© Fotografía de Leonardo Pellegrino
Para quien sigue yendo todos los días al quiosco a recoger su ejemplar en papel del periódico, lo visto el pasado viernes en una de las salas de exposiciones de la impresionante Rocca Paolina de Perugia podría considerarse como una epifanía. Edicole es el nombre de una exposición organizada por la librería perugina Edicola 518 en la que se propone una reflexión sobre el quiosco contemporáneo, su evolución, su progresiva desaparición o su reconversión en otras funciones, alguna tan poco edificante como la de mero soporte publicitario. La muestra, con pocos medios, austera, pero muy exhaustiva y documentada, parte de la definición de edicola en los diccionarios italianos como una palabra proveniente del diminutivo latino (aedicula) de aedes (templo), con las dos acepciones de una construcción arquitectónica constituida por lo menos por dos columnas para servir de ornamento y protección a una imagen sagrada, y la de construcción en hierro, madera o de obra colocada en el suelo de una calle o plaza pública destinada a la venta de prensa. Otro panel se pregunta por el motivo por el que los quioscos estén desapareciendo —en Italia, en los últimos veinte años, la cifra de 35 000 ha bajado a 20 000—, y aborda el proyecto de su recuperación y de su transformación en un lugar de encuentro. Esto, y la convicción de que pueden canalizar nuevas estrategias económicas, constituye la base de la iniciativa de la librería Edicola 518, que nació en 2016 vinculada al proyecto editorial de publicación de una revista, Emergenze, que existía desde 2014, creada por artistas y periodistas como Antonio Brizioli, Antonio Cipriani, Valentina Montisci y Kristina Borg, y de cuyo contexto y resultados hay pruebas impresas en una mesa de redacción que ocupa el centro de la sala. Antonio Brizoli, el principal impulsor, y Francesca Gotti son los que ofrecen los resultados de su investigación en Edicole, que forma parte de un proyecto («L’Edicola che vorrei») apoyado por el «Laboratorio di Creatività Contemporanea» del Ministerio de Cultura italiano. En la abundante información que se ofrece en afiches, hay ecos de la iniciativa de Perugia de dignificación cultural del quiosco en otras ciudades como Roma, Milán o Turín, e incluso referencias comparativas al tratamiento que en ciudades como Madrid tiene para el gobierno municipal, frente a la falta de protección administrativa en Italia. El impactante espacio de las calles de la Rocca prolonga esta exposición con un documental (Gros Grain), de Alberto Brizioli, que cuenta la acción urbana de enhebrar con un filo rosso las fachadas del centro histórico de Perugia desde San Pietro a Sant’Angelo hecho en 2015, y un rincón último en el que el visitante puede dejar escrito lo que para él significa un quiosco —un calendario con las hojas de los días—. Aparte del interés de esta muestra que estará hasta el 1 de noviembre, es realmente admirable la iniciativa de Edicola 518 como dinamizadora cultural, primero como quiosco de cuatro metros cuadrados a los pies de las escaleras de la calle Sant’Ercolano y luego como librería un poco más abajo —en Corso Cavour, 9—, que ya conocí en mi anterior estancia en esta ciudad, y que mi hijo Pedro, cuando vino a visitarme, eligió como favorita. (En la exposición puede verse el cartel original de la librería en 2016, que decía: «Attenzione, questa non è la Feltrinelli»). Lo curioso del caso es que el portal de la casa en la que vivo durante estas semanas es el que puede verse en la fotografía de Leonardo Pellegrino que encabeza esta entrada, y que el primer viernes aquí pude seguir desde la ventana un acto literario organizado por la librería en la que ya he podido pasar algún rato para llevarme alguna cosita. Grandioso.



domingo, octubre 04, 2026

Naza

Ayer vi Naza (2026) en el cine PostModernissimo de Perugia. Cuando vine a esta ciudad por primera vez, viví muy cerca, y no podía imaginarme que, en aquellas calles estrechas y entrecruzadas, con casas y locales de fachadas tan exiguas, hubiese un cine de varias salas. Tiene tres, dos con apellidos de directores italianos, Caligari y Visconti; y otra con el de la familia fundadora y propietaria, Donati. El documental de los israelíes Yuval Abraham y Rachel Szor fue en la primera, la Caligari, de casi ciento sesenta butacas, porque las otras se habrían quedado pequeñas para acoger a las seis decenas de espectadores que estuvimos en el único pase —a las tres de la tarde— de estos primeros siete días de octubre en que está programado. Todos salimos de allí en un profundo silencio, no vi a nadie que hablase con su acompañante, no hubo ni un solo comentario hasta la calle, en donde unas jóvenes nos dieron un pasquín que anunciaba una manifestación sin convocante, aquí, en la Piazza IV Novembre, para el próximo sábado 10, contra el genocidio, el sionismo y la complicidad. El público se había quedado sin palabras después de haber asistido al testimonio de más de una veintena de miembros del ejército de Israel a los que se ha distorsionado la voz y se ha disfrazado para evitar su identificación —aunque dudo de que no sea reconocible alguno. Todos son entrevistados por Yuval Abraham —a quien ya vimos en la oscarizada No Other Land (2024), junto al palestino Basel Adra— por la noche, en terrazas de edificios, sin luces, frente a las viviendas iluminadas de otros bloques cercanos de Tel Aviv que ofrecen casi un único fondo —hay otros cortes de imágenes históricas, de imágenes presentes del Tel Aviv cotidiano, de capturas de la televisión israelí…— altamente expresivo de la vida de gente corriente tan vulnerable como la que muere en Gaza por la masacre del pueblo palestino. «Naza» es el acrónimo de un término hebreo que vendría a ser el «daño colateral» que hay que asumir en la lucha contra los integrantes de Hamas. En realidad, es una unidad de medida que no distingue entre niños pequeños, mujeres adultas o ancianos, y que puede llegar a las trescientas víctimas tolerables por cada terrorista muerto. Los testimonios son brutales y aportan todo tipo de detalles —con croquis de las operaciones incluidos— sobre acciones de lucha antiterrorista llevadas a cabo con tecnología muy avanzada y con unos resultados devastadores para la población civil. La materia es sobrada para mantener la atención, pero Naza envuelve y sobrecoge desde el principio al espectador en una atmósfera de clandestinidad que aporta la nocturnidad de las entrevistas, con un primer plano en sombra que dibuja la silueta del terror sobreimpresionada sobre ese fondo que tiene la poderosa sugerencia de mostrarnos las vidas privadas más o menos apacibles de los habitantes de Tel Aviv. Una gran ventana indiscreta —que preserva con cuidado la identidad de las personas— que tendrá un contrapunto trágico en las únicas imágenes de Gaza que se dan al final, con las víctimas bajo los escombros un instante después de haber estado en el interior de sus casas preparando la cena, conversando en el sofá o mirando los anuncios en el televisor. Ayer también publicaba La Repubblica un artículo de Massimo Giannini titulado «Naza, il riscatto della realtà», en el que, además de valorar la película, se preguntaba por qué después de tres años de hipnosis colectiva, sin reaccionar ante denuncias incluso del propio director Yuval Abraham sobre las prácticas del ejército israelí, es el cine el que nos pone delante la cruda realidad y por qué la mayoría de los países europeos continúan teniendo actitudes hipócritas y ambiguas ante atrocidades que nos han mostrado en todos los medios. Cuando se estrenó Naza en el Festival de Venecia los veinticinco minutos de aplausos que recibió llenaron todas las noticias como un récord. Ayer me dio la sensación de que el silencio fue igual de atronador. 

sábado, octubre 03, 2026

Glorias de Zafra (XXX)

Via Sant’Ercolano, 42. Perugia. Desde que estoy aquí he visto en el Palazzo Lippi Alessandri una curiosa exposición de documentos manuscritos restaurados (Pergamene che parlano. Governo e potere a Perugia nei secoli XIII-XV) que la Fondazione Perugia ha tenido a bien prorrogar hasta finales de noviembre, un magnífico concierto de la 4ª Sinfonía de Mahler en la imponente nave central de la basílica de San Pedro llena de pinturas impresionantes de los siglos XV y XVI, y el pregón de la Feria Internacional Ganadera de Zafra que pronunció mi sobrina, la periodista María José Lama Rastrollo. Quede dicho así por la importancia que tiene haber visto, por encima de la culta novedad y exquisitez cosmopolitas, aquel acto en diferido y en la pantalla de este ordenador en el que escribo. Por el orgullo y alegría de ver a mi primera y única sobrina —me hizo tío a mis ocho años— pregonando las virtudes de Zafra y su feria a partir de un hilo narrativo que partió de los ojos de una niña pequeña que se asomaba a la terraza de la casa familiar y contemplaba desde aquella altura los terrenos de un ferial que conectaba la avenida y el solar donde se instalaban tómbolas, puestos de turrones, de pollos asados y de churros, y las concurridas atracciones, con el espacio verdaderamente singular que da sentido a todo aquello como un mercado y subasta de ganados, una  Feria Internacional Ganadera y 573.ª Tradicional de San Miguel, que es su denominación oficial, cuya jefa de prensa es desde hace treinta años, como responsable de comunicación institucional del Ayuntamiento de Zafra, una periodista vocacional como María José. Estuvo brillante, y demostró la serenidad que le han dado sus años de experiencia como presentadora de todo tipo de actos públicos. Provocó la emoción en los suyos que asistieron, no menor de la de quien siguió su precioso pregón en la distancia y solo: «De niña miraba la feria desde una terraza, la veía crecer poco a poco, como si Zafra se vistiese de fiesta ante mis ojos […] Con los años, bajé y pude conocer la feria que tanto había admirado desde lo alto; pero quizás lo más hermoso es que después de tanto tiempo, sigo mirando con los mismos ojos de aquella pequeña de la terraza del Edificio Alcázar, porque algunas cosas cambian con el tiempo, pero las emociones permanecen intactas, y la Feria de Zafra es una de ellas. Hoy ya no la miro desde un cuarto piso; hoy la vivo, la cuento, la siento y, por eso, desde lo más profundo de mi corazón, solo puedo deciros una cosa: que esta feria nos recuerde que cuando caminamos juntos, cuando compartimos y cuando nadie queda atrás, somos capaces de hacer grande lo que amamos». Espero haber sabido reproducir la literalidad de sus palabras en la parte final de su intervención, tan bien medida, tan bien dicha, tan rememorativa con los que ya no están, sus padres, Mari y Luis —mi hermano—, y tan justa con los que están y son el fundamento de su vida: su marido Félix, y sus hijos Mario y Lucía. Quizá por haber vivido ese acontecimiento desde lejos me ha parecido aún más relevante, y la añoranza se ha llenado del creciente orgullo que uno siempre ha sentido cada vez que la mujer que fue una niña fascinada con una feria ha demostrado cómo hay que afrontar la vida. Como el otro día en Zafra.

miércoles, septiembre 23, 2026

Marcos Ordóñez

Sabía que el «Maestro Ordóñez» llevaba un tiempo retirado obligadamente de su actividad como escritor y crítico teatral —creo que desde finales de 2021 dejó de escribir en El País— y ahora que ha muerto y se han publicado algunas necrologías en diferentes medios, he sabido que el motivo de su retiro era que padecía una enfermedad neurodegenerativa. Lo lamento mucho. He recordado bastantes de sus escritos desde el lunes, cuando leí la fatal noticia. Comencé por una novela que me recomendó Javier Rodríguez Marcos, Tarzán en Acapulco (Destino, 2001), y me gustaría en este momento buscar una suerte de culminación con la lectura de su dietario Una cierta edad (Anagrama, 2019), que tengo pendiente. Fue en sus escritos sobre teatro y en su columna de chestertoniano título «El hombre que fue jueves» donde creo que mejor se revelaba esa forma plural y multigenérica de su actitud ante el arte literario. Me lo imagino sentado en una sala viendo un montaje en la misma postura y con idéntica disposición que en un sillón de su casa disfrutando de la lectura de un libro. «El teatro es algo que le pasa a alguien que está ahí», escribió en su columna en 2015. En junio de 2009 estuvo en Cáceres, acompañado de Pepita Galbany, y participó en la segunda edición del curso de verano Lecciones de teatro clásico que ese año dedicamos a «Escenarios y lecturas del teatro europeo de los siglos XVII y XVIII». Habló de «La recepción de los clásicos europeos en la actualidad» y también participó en una mesa redonda que llamamos «Clásicos sin fronteras» junto a Eduardo Vasco, Helena Pimenta y Germán Vega García-Luengos. Le venía bien esa condición antepuesta de maestro, como si fuese el torero de Ronda, y ahora veo que Ágreda en Tribuna de Valladolid lo llama así en su tributo al escritor desaparecido. Toda la aparente ferocidad de su corpachón y su voz poderosa no eran más que la presencia primera de un sabio amable y sensible, con una vasta cultura que se mostraba naturalmente en sus textos de crítica. Tremenda pérdida y triste final, por lo que podemos leer en aquellos que lo trataron y apreciaron. 

domingo, septiembre 20, 2026

Glorias de Zafra (XXIX)

Una de las satisfacciones más grandes que da la escritura diaria —que no tiene por qué tener pretensiones de diario— es que, pasado el tiempo, puede llegar a propiciar el llenado de los espacios que la memoria ha dejado sin cubrir, y a los que resulta muy difícil volver porque se han diluido los detalles y solo nos ha quedado lo que Luis Landero (El balcón en invierno) llamó «la banda sonora de la memoria», porque del pasado a veces «no nos llegan tanto las palabras y las cosas como las voces, los ruidos —el golpe de una garrota en la percha—, las risas, los murmullos, la honda significación del silencio en ciertos momentos definidos precisamente por las pausas, como ocurre, a menudo en la música, en el teatro o en el cine» (pág. 116). Para rellenar —que es un término impropio, ya que nunca será colmadamente— esos huecos con la masilla de lo vivido están las notas y apuntes que uno puede tomar sin pensar en nada más; y menos en la posteridad, o solo en la posteridad de ese día en el que se tenga que recurrir a ellos, como me ha pasado hace poco. Habíamos quedado en Zafra con María José y Gianluca, que pasan siempre los meses de verano en Burguillos del Cerro —qué alegría da ver en la salida 675 de la A-66 un indicativo de núcleo de interés turístico que anuncia que está a 28 km. de allí—, y se me olvidó anotar algo de lo que escribí en mi cuaderno la última vez que nos vimos, hace ahora tres años, sobre un rasgo de la cultura de G., con quien da gusto conversar. Conté aquí aquel detalle de lo que me dijo, al pasar por el Alcázar de los Duques de Feria, actual Parador de Turismo, sobre la pieza para guitarra titulada «Zafra» que compuso Federico Moreno Torroba para su suite de Castillos de España. Comimos en Acebuche, de Carmen Peláez y Javier, y nos preguntamos por qué en aquella ocasión de 2023, a la que se sumaron Isabel Collado y José Antonio Zambrano, faltó mi hermano Josemari. La respuesta también quedó escrita: se contagió de covid. Esa escritura inane subraya la importancia de los placeres pequeños y recompone los pedacitos de una experiencia que, de no ser por eso, podría propiciar la memoria incierta, que creo que es como llamó Ricardo Piglia en su novela de Ida a los recuerdos inventados. Las imágenes contribuyen de otra manera a recomponer los trozos de la historia, y me vienen muchas cuando estoy en Zafra. Una de las recurrentes es la del suelo fregado que mi madre llenaba de hojas de periódico, como si marcase el camino debido. Por eso me gustó tanto saber de la madre del narrador de Mirafiori (Alfaguara, 2023), de Manuel Jabois, que ponía sus hojas sobre el suelo fregado mientras decía que en el futuro estaban todas las respuestas: «Todas, todas. No va a quedar nada sin saber». Y el hijo se preguntaba si lo hacía «porque lo necesitaba el suelo o porque tenía ganas de hablar de la trascendencia» (pág. 31). Yo me traje de Zafra el otro día, sin embargo, una imagen tan ordinaria y agrimensora como la de las obras de la variante de la N-432 que va a evitar el núcleo urbano. Quizá porque dentro de poco será una realidad tan distinta e irreproducible como lo pasado vivido casi perdido.