jueves, mayo 21, 2026

Un trozo de planeta

Tengo un grato recuerdo de una comida en el Parador de Mérida con Alberto Oliart, Julio Yuste y Alba Pavón Bernal, alumna de Filología Hispánica en aquel entonces, que hacía un trabajo predoctoral sobre el mundo literario del que había sido Ministro de Defensa en el Gobierno de Calvo-Sotelo tras el 23-F. Fue en enero de 2004, cuando Oliart era presidente del Consejo Social de la Universidad de Extremadura; por lo que Julio Yuste, secretario del órgano, propició entusiasmado un encuentro después de que yo le contase que estaba dirigiendo un estudio que partía de la publicación de las memorias de Oliart, Contra el olvido (Tusquets Editores, 1998). Creo que luego tomé más notas que Alba de aquella conversación, y disfruté mucho de todo lo que nos contó Alberto Oliart sobre Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, Joan Petit, Antoni Tàpies... o sobre su conocimiento de Joaquín Montaner, el extremeño de Villanueva de la Serena, que fue quien le inculcó que la mejor formación literaria la daba una lectura desde el principio de los tiempos, y que por eso leyó a Homero, a Platón, a Horacio, y luego a clásicos españoles como Fray Luis o Quevedo... Me he puesto a escribir sobre mi último encuentro con Alba Pavón Bernal por la presentación el pasado jueves 14 de este mes de su libro Un trozo de planeta (Libros Indie, 2026), y me ha apetecido recordar aquella experiencia compartida de alumna y profesor con el pretexto de un trabajo de campo, hace tantos años. Me complació mucho participar el otro día en el cacereño Espacio Belleartes, al lado de casa, en un estreno así, el de la primera obra publicada de una profesora de lengua y de literatura de la que me constaba una vocación latente, pero de la que nada había leído. Y Un trozo de planeta fue muy revelador para mí. Un texto sin alardes, tan ajeno a la fatuidad literaria que la primera cita —con errata— del Werther de Goethe es por una clase y la siguiente es una letra del cantante Quique González. Un buen primer libro. Es un diario fechado desde enero del primer año, hasta diciembre del segundo año, que no se especifican; pero que cabe precisar por alguna mención a hechos, como —quizá la más notoria en la que me he fijado— la del 8 de octubre de «Un huracán azota las costas de Florida» (pág. 170), que fue el Milton que el 5 de octubre de 2024 azotó el Golfo de México. Por lo que el diario se inicia en enero de 2023 y finaliza en diciembre de 2024. Aunque se pueda reconstruir el tiempo histórico sobre el que se monta el diario, la voluntad de la autora es no explicitarlo, de modo que el transcurso del tiempo se acota en un discurrir íntimo, que viene muy bien a la naturaleza de este texto. Un tiempo, sí, que comienza con el año natural —un 11 de enero—; pero cuyas marcas más visibles están en el curso académico y sus fases. Así, «Queda media hora para que termine mi última clase» (pág. 3), que es la primera frase del libro, es una marcación que indica que estamos en el principio de la vuelta de las vacaciones de Navidad, igual que «Trato de huir con disimulo al encontrarme de frente con los alumnos del año anterior» (pág. 167) es otra (del 9 de septiembre) que indica el comienzo de un nuevo curso académico. De esta manera, el paso del tiempo se concreta en lo personal, en el argumento doméstico de la narradora, del yo que va escribiendo, que va construyendo su diario a la vez que asistimos a la construcción o reconstrucción de una casa, del hogar que acoge a quien cuenta y a su pareja y que va a convertirse en el escenario y en un sentido principal de la vida de ambos en una localidad extremeña de ochenta habitantes. La escritura diarística de Alba Pavón en Un trozo de planeta es impresionista y descriptiva, y discurre a tramos relativamente breves, que es raro que superen las dos páginas. El fragmento es un epítome del día, una selección, un detalle de una jornada. Esto permite al lector seguir de una manera muy directa la progresión por partes de un texto que se genera en tiempo real, es decir, que las anotaciones se corresponden con los días indicados, aunque luego el texto en su conjunto haya tenido sucesivas revisiones. Es un diario enmarcado en un entorno rural —las cosas del campo—, que enaltece el medio ambiente y nos interpela desde el título para que tomemos conciencia del lugar en el que vivimos, y una declaración muy personal sobre la complacencia con una forma de vida fuera de lo común: «No necesito nada más» es la última apuntación del libro. 

viernes, mayo 08, 2026

Homenaje a Chesi

«Chesi: vivir para narrar» es el título del homenaje al escritor José María Pérez Álvarez (1952-2025) que se le tributará mañana sábado 9 de mayo de 2026 en el Salón Noble de El Liceo de Ourense. Familia, amigos, periodistas y escritores harán un repaso por su vida y obra, ligadas a la ciudad en la que vivió. Según leo en La Voz de Galicia, participarán la poeta Chus Pato, el poeta Manuel Outeiriño y el traductor Francisco López Serrano, además de varios periodistas y miembros del club de lectura Alveiros. Hace poco más de un mes, Beatriz, una de las hijas de Chesi, que reside en Barcelona, me escribió y me anunció este homenaje a su padre. Me decía también que están recopilando todos los escritos inéditos e «infinidad de cartas íntimas a amigos donde reflexionaba hondamente sobre la literatura y el sentido de su vida». Qué pena no estar más cerca para contribuir de algún modo a su recuerdo.

viernes, mayo 01, 2026

La poesía a escena

El lunes 4, en el Gran Teatro de Cáceres, se celebrará una lectura poética especial: Irene Sánchez Carrón y Sandra Benito Fernández en ESCENA POESÍA. Es la segunda edición de esta experiencia de la palabra, después de la buena acogida del recital de Basilio Sánchez, Carmen Hernández Zurbano y Álvaro Valverde de la temporada pasada. En esta ocasión, son dos autoras cacereñas de especial relevancia en el panorama actual de la poesía en Extremadura. La intención es arropar la escritura poética en un escenario inusual y ofrecerla con atractivos añadidos, como la música en directo de Anda Jaleo Quartet, una agrupación en cuyo repertorio la poesía es esencial. Es una actividad ideada por el área de Cultura de la Diputación Provincial de Cáceres que está enmarcada en el ciclo de literatura «Con L de Cáceres», la semana y algo más de los premios literarios que concede la Diputación cacereña. A las 20:30 horas. Entrada libre con invitación que se puede recoger en taquilla.

jueves, abril 30, 2026

Últimas gotas de abril

 

«No podemos comprenderlo, pero debemos saberlo» 
Juan Mayorga


lunes, abril 20, 2026

Branding the Canon

Concedo que habrá rasgos de letraherido cuando las experiencias de inmersión en un paisaje literario son insistentes; pero llevar colgada una bolsa con la firma estampada de Miguel de Cervantes, ponerse una camiseta en la que se lee la frase de una novela o tomarse un café en una taza que tiene impresa una caricatura de Julio Cortázar puede resultar tan cotidiano que se diluye el sentido estratégico de su motivación. Hacerte una foto junto a la estatua de Álvaro Cunqueiro en Mondoñedo, y que un paisano conocido te encuentre allí y le parezca lo más normal del mundo, o conocer de primera mano el grafiti de la fachada de la librería Ler Devagar de Lisboa sí pueden ser indicios de una cierta inclinación al consumo de la cultura más allá de su estricta dimensión. Me planteo todo esto después de leer con gran provecho este libro-catálogo, Branding the Canon. Tratado mínimo acerca del paisaje (pos)literario (Cáceres, La Moderna editora, 2025, 279 págs.), de Iolanda Ogando González y Enrique Santos Unamuno, compañeros de la Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad de Extremadura, que figuran como editores-coordinadores de la obra, en su calidad de investigadores principales del proyecto de investigación del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España Literatura & Cía: canon, mediación y branding en los sistemas (pos)literarios ibéricos (Siglos XX-XXI), y del proyecto de divulgación científica financiado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECyT) Literatura & Cía: un proyecto de participación ciudadana para descifrar y conservar el paisaje (pos)literario. El volumen es un catálogo razonado y un tratado sobre el canon literario que conforma un paisaje en nuestro espacio público, un agudo análisis de categorías y conceptos, una construcción teórica y una taxonomía de la gran variedad de fenómenos en torno al hecho literario en nuestra sociedad contemporánea, de ahí la insistencia en la condición posliteraria, que sitúa el objeto de estudio en una línea del tiempo que ha conocido la sacralización de lo literario, ha pasado a su banalización, y ha derivado en su venalización y comercialización. Esta coyuntura cultural tan presente hoy en nuestro entorno es la que se analiza en estas páginas. Da gusto encontrarse con libros como este, que proponen unos contenidos atractivos y frescos a través de una presentación igualmente atractiva y novedosa, bien hecha en cuanto al diseño por el Estudio Ponce Contreras y la edición de La Moderna, cuyo rigor se completa con la referencia de todos los créditos, la exhaustiva bibliografía y las traducciones al inglés y al castellano de los textos en portugués, gallego, euskera y catalán que ocupan los «paisajes personales» de la última sección del libro (págs. 177-235), en el que investigadores e investigadoras exponen las prácticas realizadas con ítems posliterarios. Un paisaje literario se manifiesta por la presencia del canon literario en el espacio público, y esta catalogación —que es todo un análisis— es una manera estupenda de acercar la literatura a un público más amplio, que incluso tiene un bajo nivel de uso y de conocimiento de esa literatura a la que se remite. Todo un análisis que explora taxonómicamente estrategias, estilos y modos posliterarios que son los que articulan las tres secciones principales del libro. Entre las primeras, las transformaciones sustantivas que son las estrategias, están: el emplotment, la eponimia, la esloganización, la figuración, el framing, el hashtagging, la logoización, el re-enactment, o la transcripción/recitado ritual. Los estilos posliterarios que se reseñan brevemente son: avant-garde, clásico-académico, cool, cute, pop, underground y vintage. Y, por último, como la tercera dimensión de los elementos de un paisaje literario, y sin pretensiones de agotar ni cerrar nada, se distinguen como tonalidades adverbiales —«suelen tener un carácter adverbial (lo trágico, lo cómico, lo satírico, lo pornográfico...)» (pág. 113)— los modos posliterarios: el desacralizador-carnavalesco, el épico, el idolizador, el inspirational, el lúdico-paródico y el trágico. Este gran «tratado mínimo» de Branding the Canon nos brinda una herramienta muy útil para mirar tan singular paisaje, que es un paisaje cercano y acostumbrado a juzgar por la crónica —que se me cruzó en mi lectura de estas páginas— de la puesta en marcha del primer Museo Virtual de la Iconografía de Rosalía de Castro en la Universidad de Santiago de Compostela (Silvia R. Pontevedra, «Todas las Rosalías de Castro: de servir para anunciar Ceregumil a superheroína», El País, 18 de enero de 2026, pág. 33). Antes de esta noticia, ya teníamos la sugerente y extraordinaria tipología propuesta por este libro, que puede leerse aquí.

lunes, abril 06, 2026

Minuta

© Carlos Flores
«—¿Imbécil se acentúa? —Con el tiempo, sí». Lo tengo anotado en un cuaderno de enero de 2020 para recordar que estaba en otro más antiguo, de octubre de 2012. A veces, algunas apuntaciones vuelven a manifestarse como un recordatorio de su vigencia, mucho más justificada en un aforismo penetrante que en el puro chiste. «De salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi cerebro», anoté sobre lo que dice el licenciado Vidriera en la novela de Cervantes, cerca de una referencia que me habría venido bien el último sábado de marzo en Zafra, cuando José Antonio Zambrano nos leyó íntegro a un reducido grupo de amigos su libro inédito Mapa desnudo. Yo había leído una primera versión en junio de 2025, y compartí esa mañana mi cálculo de que la obra se vendría gestando desde hacía un par de años, conociendo el obstinado y vacilante modo de trabajar del poeta, que denotó con un gesto más largo tiempo. De haber tenido mi cuaderno allí, habría aportado la fecha del 26 de octubre de 2019 en la que ya figuraba el título del que me habló Zambrano al teléfono cuando le pregunté en qué andaba enfrascado. La escritura de esas hojas va conformando una memoria exenta que puede ser útil, pero que en muchas ocasiones resulta una impertinente delatora de mi capacidad retentiva. Combato el olvido cuando leo los apuntes antiguos, y reconstruyo lo vivido como el que repasa una antigua receta cuyo sabor primigenio se ha perdido con el tiempo. Son también, sin embargo, como en el caso de Zambrano, una suerte de herramienta de precisión, gracias a la que puedo datar lo que sin mis notas sería aproximado. Sin la menor importancia.

martes, marzo 31, 2026

Fosas

Este pasado fin de semana vi dos obras teatrales basadas en la guerra civil española con las que he sentido el apremio positivo de recordar. Con pretensiones y recursos muy distintos, compartieron una motivación loable: la necesidad de preservar la memoria histórica española. El viernes 27, que fue el Día Mundial del Teatro, vimos en La Nave del Duende de Casar de Cáceres —en el Gran Teatro de mi ciudad solo había un recital de saetas para conmemorar el día— Fosa. Memoria de un amor, la obra de Alberto Iglesias —estrenada en febrero de 2023—, dirigida por Cristina D. Silveira y producida por Pablo Pérez de Lazárraga para La Bola Producciones. Aforo completo. El domingo pude ver la emisión del sábado de 1936, la versión televisiva del premiado montaje teatral de Andrés Lima como director —y coautor también del texto junto a Albert Boronat, Juan Cavestany y Juan Mayorga—, que fue estrenado en noviembre de 2024 en el Teatro Valle-Inclán de Madrid —en cuatro horas y quince minutos, con dos descansos. Yo pude parar un par de veces la emisión de tres horas y media de La 2 de RTVE, y disfruté del espectáculo gracias a los recursos de un teatro para el medio, con varias cámaras, primeros planos, picados y contrapicados, que enaltecen de otro modo el género —qué recuerdo de antaño de Estudio 1, y qué diferencia. Con mucho menos, pero con igual pasión y convicción, Marisol Verde como Memoria, Elena Miguel como Elena y Juan Carlos Castillejo como Martín, pusieron en pie una historia conmovedora de amor y de muerte. De amor porque dos personas se acercan y notan que se echan de menos si se alejan, y de muerte porque los agrede una guerra —a ellos, a lo suyo y a los suyos. Sus intérpretes supieron resolver sus cometidos, y, por un lado, Marisol Verde dotó de cercana naturalidad el distanciamiento épico de la exposición de los hechos, de la realidad que servía de marco y cuya contundencia se subrayaba con la proyección de imágenes y textos con las soflamas de los generales fascistas o, entre otras, con cifras de los maestros y las maestras que fueron depurados. Por su parte, la pareja de la maestra (Elena Miguel) y el carpintero (J. C. Castillejo) integraron bien, con algún desmayo del ritmo, lo dramático y lo poético que está en el texto, sabiamente dirigido por Cristina D. Silveira, cuando, por ejemplo, aporta a la escena séptima una dramaturgia con el barrido del serrín del suelo que, amontonado, cobrará un sentido unos cuadros después con la sugerencia de una tumba imprecisa. Entre todos lograron destacar los valores de una obra que tiene una pujante vocación pedagógica y que ojalá pueda ser revalidada en institutos y escuelas, porque «hay hechos que, al conocerlos, solo pueden generar una opinión favorable» —dice la Memoria al final— y porque es necesario saber dónde está enterrada una historia pendiente de dignificación. Un deseo concluyente que está también en el final de 1936, en el que vuelven a recordarse cifras y datos —sobre las investigaciones solventes de historiadores como Francisco Espinosa, citado entre las fuentes y los agradecimientos— y en el que los actores se abrazan en el encuentro entre un nieto —Emilio— y un abuelo que representa un afán clamoroso que nos recuerda que, por mucha tierra que se eche encima a la vileza, habrá siempre un espacio, por pequeño que sea, por el que penetre la justicia y se abra paso al aire la dignidad. La dignidad que reclama la historia —otra más en drama— que cuenta Pablo Macías Partida en Zumbío, la obra teatral que ocupa el más reciente podcast de El Bufón y sus ediciones, y en el que expresa que clausurar la historia a las fuentes orales porque no hay documentos es una vía para seguir profundizando en la impunidad de los victimarios y en las barbaridades que cometieron. ¿Dónde está el documento que recoja la humillación de Josefa cuando fue pelada, purgada y paseada delante de todo el mundo, dónde el documento que recoja el miedo de José y de Ángel un minuto antes de que los asesinaran? —se pregunta el profesor y escritor gaditano. Fosas.