lunes, julio 15, 2019

Lectura secundaria obligatoria


Leo trabajos de fin de máster de alumnos que han realizado las prácticas en centros de Educación Secundaria y que tienen que cumplir con este requisito, excesivamente formalizado y poco creativo, para que les den el título. No puedo decir que los lea con el regocijo que me llevaría a reflejarlo en estas líneas, porque el género no se presta; pero sí que hay algo importante en casi todos ellos, tengan la calificación que tengan. Es ese carácter de crónica real y candente de la actividad que día a día se realiza en todos esos centros, mayoritariamente públicos, en la tarea de todos esos profesores que yo me imagino detrás de las páginas tan dadas a lo premioso que ahora leo. No es solo el período lectivo, que una madre que acude a una tutoría, una persona que visite el centro o un profesor invitado, como ha sido mi caso muchas veces, puede comprobar en pasillos, salas y aulas; sino todas esas actividades que se llaman «extraescolares» —y a las que no pillo el prefijo— que se organizan en todos esos espacios estratégicos —la educación es tan estratégica como la defensa nacional— que son los colegios y los institutos. Y leo que han organizado un viaje de estudios en el que voluntariamente se implican unos profesores, o un concurso de lectura en público, o una semana cultural con exposiciones y otras actividades, como un taller de protección solar, unos juegos de mesa para inculcar algo o una jornada de convivencia. Y leo la cantidad de horas que hay detrás de todo, y la cantidad de problemas que se llevan a casa los docentes, con sus necesidades. Extraigo ahora de esta lectura todo lo que he visto, que he conocido y que conozco, y concluyo con mi convencimiento de que lo que yo diga sobre los trabajos que leo no sirve para nada si nadie se cree que estoy convencido de lo que decía don José Manuel Blecua hace unos años, que no voy a volver a repetir. Porque ya está bien. O no. No sé. Qué lástima.


domingo, julio 14, 2019

Un afán de escritura

Leído en La escapada, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Barcelona, Tusquets Editores, 2019): «(porque también yo creo que cuando termino las cosas es cuando estoy verdaderamente en condiciones de poder empezarlas)» (pág. 85).

martes, julio 09, 2019

1616


Hoy, al despertar de la siesta, ha sido inevitable reparar en la fecha señalada.
 «[…] no es maravilla que nuestros pensamientos se muden: que éste se tome, aquél se deje, uno se prosiga y otro se olvide; y el que más cerca anduviere de su sosiego, ése será el mejor, cuando no se mezcle con error de entendimiento» (Capítulo primero del Libro III de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia setentrional).

lunes, julio 08, 2019

Lectura de César Vallejo


Considerando en frío, ya no en caliente, no sé si «imparcialmente, que el hombre es triste, tose y, sin embargo, se complace en su pecho colorado; que lo único que hace es componerse de días», y comprendiendo, con más esfuerzo que el resto de la gente, «que el hombre se queda, a veces, pensando, como queriendo llorar, y, sujeto a tenderse como objeto, se hace buen carpintero» —qué buen oficio el de carpintero—, «suda, mata y luego canta, almuerza, se abotona…». Considerando y examinando, en fin, la doble atrocidad de acostarse mal y despertar peor, y seguir vivo, sin embargo, y «comprendiendo que él sabe que le quiero, que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente… Considerando sus documentos generales y mirando con lentes aquel certificado que prueba que nació muy pequeñito… le hago una seña, viene, y le doy un abrazo» sin convicción alguna, flojo, indeciso, descreído de respuesta, sin la sustancia de la vida, como ido, extraño, sin afecto, sin suma, indiferente. Considerando que escribo por leer a César Vallejo para seguir sin saber nada y a pesar de todo ocupar las clases que me tocan cuando comience el curso como pasa siempre, siempre que esta rueda no se pare. Así, ya considerando en frío, en un nublado de julio, parcialmente.

jueves, julio 04, 2019

Teresa de Jesús, 1588


Examino a C. de la asignatura de «Fuentes para el estudio de la literatura española», muy práctica. Prácticamente, hora y media con ella para asegurarme de que se marche de vacaciones con una clase particular en la que conozca buena parte de lo que vimos durante el curso y con un aprobado raspado. Lástima. Busca la etimología de una palabra, consulta un repertorio bibliográfico, otro, una historia de la literatura, otra, le propongo buscar en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional la colección completa de Abeja española, el semanario publicado en el Cádiz de 1812 y 1813 con Bartolomé José Gallardo por ahí, de cuyo Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos le hablo sin que me haga mucho caso, casi sin darse cuenta de mi entusiasmo. Le pido que me responda a una de las preguntas del examen, a saber, que compruebe si de la edición de Salamanca impresa por Guillermo Foquel en 1588 de Los libros de la Madre Teresa de Jesús hay más ejemplares que los que el catálogo de la Biblioteca Nacional de España nos da. No estoy seguro —ay— de que no sea la primera vez que consulta el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español. Lo consulta y encontramos ejemplares en Galicia, en Salamanca, en Ávila, en Gerona… Animo a C. a ojear el libro y lo encuentra en Google Books y comprueba que la descripción física del impreso con la signatura de sus pliegos (Sign.: ¶⁴, A-Z⁸, 2A-2M⁸; ¶⁴, A-Q⁶; A-T⁸) concuerda con el original. Noto en ella cierto asombro. Se va C. con su aprobado y yo, después de tomar un café con una colega de lingüística francesa por culpa de Bartolomé José Gallardo —otra vez, felizmente—, he recogido el correo del día. Un sobre, acartonado como es costumbre, con un nuevo número —el 87, de enero-abril de 2019— de los Avisos de la Real Biblioteca de Madrid. Me ha costado creerlo. En él —sorpresa— un artículo firmado por Luis Crespí de Valldaura sobre Los libros de la Madre Teresa de Jesús y la edición de Salamanca de 1588, de la que ha cotejado cuatro ejemplares que están en la Biblioteca de las Descalzas Reales de Madrid. No sé. Creo que voy a salir ahora a comprar un décimo de la lotería.

martes, julio 02, 2019

Fomento de la escritura

Lema de la primera campaña: 
«Quiero que me escribas»

sábado, junio 29, 2019

Julián Rodríguez


© Danny Caminal, El Periódico.
Hace muy pocos días, en esta casa de la calle Gallegos que tanto frecuentó de adolescente, estuvimos hablando Susana Gil, Antonio Sáez y yo de él. Les conté que le había saludado en la caseta de la Feria del Libro de Madrid que Periférica compartía con Nørdica y junto a Impedimenta, y les trasmití las buenas impresiones que tenía por el tratamiento de la dolencia que le llevó a desacelerar el ritmo en la galería Casa Sin Fin y en la editorial. Evocamos algunas de sus inquietudes y ellos también me pusieron al día de otras circunstancias. Ayer, sentado en una cervecería de la Plaza de Santa Ana de Madrid, recibí la llamada de Antonio para decirme que Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968) había muerto de un infarto en su casa de Segovia. El día 22 de agosto habría cumplido cincuenta y un años. Hoy sábado regresa a Cáceres para que su familia, sus amigos y sus muchos conocidos le despidamos en el Tanatorio San Pedro de Alcántara, en un camino de vuelta como el que ayer me trajo hasta esta calle y hasta esta casa en la que con dificultad asimilo otro de esos improvistos estragos de la muerte; y me acuerdo, claro, de su hermano Javier, de Anatxu, de Telmo y Pablo, sus sobrinos, de su madre, de su padre, a quien antier mismo vi caminar despacio con sus bastones por la plaza de San Juan de Cáceres, y de quien he hablado hoy con B. al recoger la prensa en el kiosco al que también todos los días acude por su ejemplar de El País el «Casi Anciano» de Cultivos, el sugerente libro de Julián  de 2008 en Mondadori. Llamé de inmediato a Álvaro Valverde, que escribió ayer una sentida nota, y luego a Susi Fernández Blasco, y comenté con amigos como Javier Alcaíns o Juanma Barrado el mazazo. De la inteligencia, del buen gusto y de las inquietudes de Julián nos hemos nutrido muchos, y son innumerables las experiencias culturales y sociales en las que estuvo implicado y nos implicó a otros en la ciudad de Cáceres, que sigue figurando como sede de Editorial Periférica (Apartado de Correos 293), hasta sus últimos títulos, como El ángel del olvido, de Maja Haderlap, que me llevé de la caseta de la Feria del Libro de Madrid la última vez que le vi, cuando me regaló La vida en tiempo de paz, de Francesco Pecoraro, sin darnos cuenta de que yo ya tenía esa novela desde junio del año pasado, cuando la publicó el sello de Julián. Libros, arte, estética y los valores intelectuales de alguien especial han rodeado su vida, y hacen tan incomprensible como negro —su color favorito en el vestir— este final. Me acuerdo de otros amigos que se han marchado antes, tan brillantes y determinantes en las últimas décadas de la cultura extremeña, como Ángel Campos Pámpano, Fernando T. Pérez González o Luis Costillo, y la idea de la muerte temprana sobrevuela cada vez con más descaro en los recuerdos y en las lecturas. La que hice ayer, por ejemplo, de las últimas páginas de Cultivos, dedicadas a Fernando bajo el título «Dos días de agosto». Ahora, un destino trágico titula este final «Dos días de junio», ayer, y hoy que termino estas líneas reescribiendo aquello que el de Ceclavín dejó dicho: «Julián se ha ido».