martes, abril 23, 2019

Día del Libro

Me ha dolido pasar hoy por el Paseo de Cánovas de Cáceres y ver las casetas de la Feria del Libro cerradas y vacías por dentro. Un Día del Libro sin libros. El Consorcio IFECA (Institución Ferial de Cáceres) ni siquiera tiene actualizada la información en su página web y casi nada ha trascendido del programa de este año. El Ayuntamiento que mañana entregará el mando de la ciudad a la Virgen de la Montaña, en lugar de vocear la feria, solo alude en su agenda cultural a próximas presentaciones de sus libros y no muestra mucho entusiasmo por celebrar una fecha ni por tremolar —como hoy por San Jorge— esta forma de vida que es la lectura. Cultura y educación siguen ausentes de los mediáticos debates electorales. Mucho, sin embargo y por suerte, me recuerda que hoy es el Día del Libro. La entrega del Premio Cervantes a Ida Vitale («Por años, disfrutar del error / y de su enmienda, / haber podido hablar, caminar libre, / no existir mutilada, / no entrar o sí en iglesias, / leer, oír la música querida, / ser en la noche un ser como en el día.»), pasar por el Gran Teatro y ver sus puertas abiertas por su tradicional maratón de lectura, leer unas palabras de Manuel Vilas en su columna «El inmaduro» («Los libros no existen en sí mismos, solo son puentes hacia la vida, hacia tu vida misma») o recrearme con la vuelta a uno de los grandes textos literarios de este año, la novela El lugar de la cita, de Luciano Feria (Barcelona, RIL editores, 2019).

jueves, abril 18, 2019

Lectura de Jueves Santo

«Benito, aplastado a la barra como un zombi, totalmente aplatanado, sufría la oscilación del borracho avergonzado que quiere mantener el tipo, pero al que delatan los párpados derrumbados y el olor a humedad prisionera en ropa. Comía chicle, con el periódico delante, para que pareciera que estaba allí por ilustrarse a aliento fresco y no por empapuzarse de priva. Haciendo esfuerzos innecesarios, por baldíos, para que no se le notara el pedo que llevaba.  |  Hablaba solo. Mascaba pastosas reflexiones sobre grandes hechos de la Historia Sagrada. Lo de Cristo, el día que llegó a Jerusalén. Todo el mundo le recibe con una alegría de quedarse tieso, con los ramos, cantándole Hossanna Hey, Hossanna Hou, que todos flipan con él. Hasta ahí todo bien. Pero a los cuatro días, sólo cuatro días después, cogen y lo detienen. No se queda ahí la cosa: lo condenan a muerte. No se queda ahí la cosa: ante una posible amnistía, la gente prefiere soltar al indeseable del Barrabás antes que a él. No se queda ahí la cosa: lo crucifican con toda saña. Benito se preguntaba cómo era posible. Qué turba de desleales era esa. O si no, a ver qué tenía que hacer un hombre para que la gente le cogiera toda esa tirria en un plazo tan corto.» (Santiago Lorenzo, Las ganas. Barcelona, Blackie Books, 2015, págs. 109-110). Después de haber leído su última novela, Los asquerosos (Barcelona, Blackie Books, 2018) —que llevaba en la faja: «Huye de todo. Lee esta novela»—, la emprendí, por recomendación de Carmen Galán, con Las ganas, que me está pareciendo igualmente fascinante. Qué bien se siente uno entre la prosa de Santiago Lorenzo, al que llaman «el máximo exponente de la risa melancólica». En fin, que al pasar por esas fechas me he acordado de estas páginas tan señaladas. O algo así.

miércoles, abril 17, 2019

17 de abril

Soy de efemérides. Me gusta acoplar fechas con  hechos y con nombres. Como no recuerdo todos los cumpleaños, anoto muchos en mi agenda y suelo felicitar. Me gusta saber quién cumple años, aunque no utilizo las redes sociales para enviar parabienes a los que son amigos, además, fuera de ellas. Hace años, me gustaba leer la breve sección que traía el periódico con los aniversarios de gente notable y famosa. Siempre recordaré el día que murió Lola Flores porque fue cuando nació mi hijo Pedro, y me sé el día y el mes del nacimiento de Juan Rulfo por lo mismo. Y así con muchas fechas. Y fichas... Que, por cierto, el otro día, repasando datos de mis estudiantes, me di cuenta de que dos de mis alumnas este año nacieron el mismo día de 1999. Hoy cumplen años mi amigo el escritor Elías Moro y mi compañera de promoción y amiga Mª Ángeles Redondo, hace cien que nació Chavela Vargas y cinco que murió García Márquez, y hoy, precisamente, que ha muerto un articulista como Manuel Alcántara, ando con lecturas y notas para mis próximas clases sobre la historia de Luis Alejandro Velasco que inmortalizó el escritor colombiano en Relato de un náufrago, el extraordinario testimonio publicado en catorce entregas consecutivas en el diario El Espectador de Bogotá en 1955. García Márquez, en sus memorias Vivir para contarla (2002), escribió sobre aquello: «No usamos grabadora. Estaban acabadas de inventar y las mejores eran tan grandes y pesadas como una máquina de coser, y el hilo magnético se embrollaba como un dulce de cabello de ángel. La sola transcripción era una proeza. Aún hoy sabemos que las grabadoras son muy útiles para recordar, pero no hay que descuidar nunca la cara del entrevistado, que puede decir mucho más que su voz, y a veces todo lo contrario. Tuve que conformarme con el método rutinario de las notas en cuadernos de escuela, pero gracias a eso creo no haber perdido una palabra ni un matiz de la conversación, y pude  profundizar mejor a cada paso» (págs. 565-566). Me he acordado de un periodista como Juan Domingo Fernández, que seguirá cumpliendo años, y al que recuerdo hablando del cuaderno como más fiable que la grabadora. O algo así. 

lunes, abril 15, 2019

La escapada

Siempre es una dolencia transitoria; pero es dolencia, al fin y al cabo. Un trastorno que me lleva a distraerme de mis obligaciones más perentorias para entregarme al placer de una lectura menos apremiante o al solaz de un paseo de una hora exacta, convencido de que cualquiera de estas dos actividades, o ambas consecutivamente, me servirán para afrontar con mejor ánimo y mayor clarividencia las tareas urgentes. Y así transcurre todo, con no pocos remordimientos. Hoy se me ha cruzado La escapada, la novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (Barcelona, Tusquets Editores, 2019). No, no me he dado al abandono; tan solo he leído las páginas suficientes como para saber que me he traído a casa una de esas novelas que me entusiasmarán. Y me he acordado de lo que escribió Enrique García Fuentes como reseña de esta obra en el diario Hoy (sábado, 16 de marzo de 2019, pág. 45): «[…] La escapada se convertirá en la novela favorita de cualquier profesor de lengua y literatura que se precie, entre otras cosas, porque sabrá asumir que esa es la que hubiera dado la vida por escribir». Creo que esta vez esa exaltación superlativa de siempre de Quique va a concordar con la mía de siempre. La escapada, además de un título faulkneriano, es muy semanasantero, y así se va a quedar, porque podría haberme acompañado a un viaje para salir de aquí u ocuparme con él estos días de recogimiento obligatorio —como va a ser—, con tareas pendientes, entre turutas y tambores debajo de mis balcones; así que prometo leer algo del encuentro de Bayal con Foneto cuando pase por mi calle esta noche la Franciscana Hermandad Penitencial y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Padre Jesús de La Salud en su Injusta Sentencia y María Santísima de La Estrella y Seráfico Padre San Francisco de Asís, que estas cosas siguen pasando. Ay.

jueves, abril 11, 2019

viernes, abril 05, 2019

Pedro Álvarez de Miranda en Zafra

Nuestro viaje estaba ideado desde hacía varios años; y ahora, en circunstancias distintas a las que algunos teníamos cuando trazamos aquella gana de ir a Zafra, se hace realidad de una manera muy notoria. Pura Silgo Martínez y Pedro Álvarez de Miranda son buenos amigos con los que voy a pasar este fin de semana en la ciudad en la que nací. Hace meses, cuando ya teníamos fecha para el viaje, en una reunión del Colectivo Manuel J. Peláez, al que desde su fundación pertenezco con orgullo —aun en la distancia—, se planteó la posibilidad de que el académico de la RAE y autor del ensayo El género y la lengua (Madrid, Turner, 2018) —por citar lo más reciente, lo más mediático y lo más acorde con el suceso—, pudiese dar una charla como una de las actividades que el Colectivo viene programando para la ciudadanía de Zafra a lo largo del año con resultados más que fructíferos. La última prueba fue la multitudinaria presentación del libro Pretérito imperfecto, de Nieves Concostrina, el pasado 22 de marzo. Así que aquella propuesta en la reunión del Colectivo será realidad hoy viernes, a las 20:30, en la capilla del Parador de Turismo de Zafra, con la conferencia «El género y la lengua», de Pedro Álvarez de Miranda, Catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y Académico de número de la Real Academia Española. Con personas como Pedro Álvarez de Miranda, tan sabio como cabal, tan progresista y tolerante, da gusto entenderse en asuntos que pueden generar disentimiento militante y, al fin y al cabo, debate que enriquezca.

martes, abril 02, 2019

En Trujillo, con Álvaro y Basilio (y II)

El pasado viernes en Trujillo también quise decir que cuando uno de estos dos poetas hizo su libro como un continuo sin parcelaciones, el otro lo estructuró. Ahora, Álvaro ha concebido un libro acumulativo, un libro que ha ido creciendo poema a poema, y Basilio ha vuelto a escribir un poemario estructurado, en tres partes, con una coda, muy pensado, con una voluntad constructiva que se aprecia también en la unidad textual que es el poema, con apariencia estrófica, distribución de tramos con los espacios en blanco. Y que se percibe muy bien en el cosido de todo, con sus tres secciones tituladas con versos del mismo libro: la primera con el primer verso («Hay un olor de agua y de resinas»), la segunda con el último de la primera («Mi mesa de madera es del tamaño de un nido»), y la tercera con el último de la segunda («El mar ha edificado una iglesia a la salida del sol»). Son poéticas distintas, lo sabemos; tienen una verbalización distinta y un modo de decir poético que los distingue; pero comparten una educación sentimental, unas vivencias que los acercan. Por ejemplo, la mirada que ambos tienen hacia la realidad natural, sobre todo natural, de la naturaleza concreta del campo extremeño; y ese humanismo cristiano, ese poso ético que viene de las mismas fuentes y que se ve en sus poemas. Más en Basilio quizá que en Álvaro, menos dado en poesía a la confesión, al menos, hasta una edad, la de un libro como Mecánica terrestre, de 2002, en el que Álvaro quiso mostrarse de otra manera y que preanunció la madurez de su voz actual. No en vano, desde aquellos poemas han pasado entre veinticuatro y dieciocho años. Ellos, luego, allí, el otro día en Trujillo, hablaron, mejor que yo sobre sus poemas, e hicieron fascinante la doble lectura. Yo añadí que antes de que apareciese el libro de Álvaro, el placentino escribió un texto explicativo sobre El cuarto del siroco en el que hablaba de la muerte, «haz y envés, un motivo que no ha dejado de asediarme desde que tengo conciencia y, más aún, desde que empecé a escribir poemas para intentar comprender y comprenderme, como vía de conocimiento». El cuarto del siroco confirma esta presencia en su poesía; y me llevó a pensar cómo en otro poeta como Basilio Sánchez, no está tan explícitamente formulada esta preocupación, que sí forma parte de su vida ordinaria, el contacto con la muerte, quise decir, la conciencia de nuestro acabamiento. En He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, que lleva un túmulo en su título, no es tan pertinente esta reflexión, que se hace desde el convencimiento de que, como dice el poeta «no es el tiempo / lo que, al final, la muerte consigue arrebatarnos, / es el espacio, / la visión de lo abierto, la grandeza  / sencilla de las cosas  /con las que compartimos nuestra vida,  /nuestra ausencia de límites». Contemplación y meditación acercan igualmente los dos libros, a los dos autores. ¿Cómo no ver «No humo» (pág. 87), de Álvaro, como mirada a la realidad, la vocación de fijarse en  las cosas sencillas que también está en la poesía de Basilio? ¿Cómo no acordarse del poema «Aquí» (pág. 57) —«Estás sentado solo frente al valle»— cuando uno lee el poema sobre el otoño del libro de Basilio, que termina «Yo también estoy solo. / Pero de mi madera no se hará un santuario», rodeado de pájaros y silencio. El broche final de aquella noche del viernes en la preciosa plaza de Trujillo —sorprendentemente, con demasiados coches e incluso con un autobús campando por su centro— fue la llamada que Álvaro recibió mientras escuchábamos a Amancio Prada y a Juan Carlos Mestre para comunicarle que El cuarto del siroco, su libro, había ganado el Premio Juan Meléndez Valdés en su segunda edición. La guinda.