Me emociona tener en mis manos este volumen de la poesía completa de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959). Sé que no es completa y que el rigor exige el término que lleva el subtítulo de este imponente Territorio. Poesía reunida (1985-2025), que acaba de aparecer en la colección «Nuevos textos sagrados» de Tusquets Editores, sello en el que el poeta placentino viene publicando sus libros desde 1995, cuando salió Ensayando círculos. La redondez de una poesía completa expresa mejor este entusiasmo de ver toda una vida poética de cuarenta años recogida en un volumen de setecientas veintiséis páginas. Como dice Gonzalo Hidalgo Bayal en su espléndido epílogo, «esta poesía reunida ofrece una idea bastante clara y bastante amplia de cómo ha sido y cómo es la vida de quien la ha escrito, de cuáles son sus hábitos y sus costumbres, cuáles sus inclinaciones y sus intereses, cuáles, en fin, su concepción de la existencia, sus preocupaciones y su pensamiento» (pág. 695); y por esto mismo nos pone delante a ciertos lectores un escenario que hemos conocido desde su comienzo hasta el momento presente. Digo más: incluso sobrepasando ese límite por el principio, pues hay una prehistoria de este Territorio de la que también supimos gracias a que la vida nos ha favorecido con la cercanía y la amistad del poeta. La lectura de tan apreciado volumen, que recupera el título de su primer libro de 1985, me trae, pues, muchos recuerdos: conversaciones, viajes, encuentros en el momento fatal de la despedida de algunos amigos, cartas, numerosos correos electrónicos, wasaps, presentaciones compartidas y esa manera de honda relación de muchas, muchas horas de lectura. Me emociona revisitar poemas de Una oculta razón (1991), de Mecánica terrestre (2002) o de El cuarto del siroco (2018) en los límites de este nuevo territorio que los aúna, un volumen que ofrece novedades felices y significativas, como marcas de vida y de poesía: la dedicatoria invariable durante tantos libros a Yolanda, Leticia y Alberto, que incluye a sus dos nietas, Vega y Gala; los lemas generales de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y de Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»), la incorporación de un libro nuevo, Geografías del jardín, fechado en 2025, y la inclusión de una sección final de «Poemas recuperados», con siete textos de publicación desperdigada en muy diferentes sitios entre 1998 y 2012. Una obra así es una especie de atlas de la geografía poética de un autor en el que, además, la idea de lugar es nuclear; también es el calendario poético de una vida que es, con todo, una «apacible huida hacia la muerte» (de «Autobiografía», en Desde fuera). Lugar y tiempo son nociones recurrentes en el libro y en toda la obra de Álvaro Valverde, y este Territorio de 2026, en tanto que obra nueva, lo corrobora. Novedades, decía arriba, y también invariantes tan sutiles y delicadas como la presencia —de nuevo, después de Mecánica terrestre, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco— de la amistad con el artista Salvador Retana, que ilustra la cubierta, y que contribuye así a esta conciliación de todo. Celebro, en fin, alborozado, la publicación de esta poesía completa y doy las gracias a Álvaro Valverde por haberme permitido durante todos estos años asomarme a este privilegiado mirador de su territorio. Ahora, a seguir leyendo.
martes, febrero 03, 2026
Territorio de Álvaro Valverde
Publicado por Miguel A. Lama en martes, febrero 03, 2026 0 comentarios
miércoles, enero 28, 2026
Juan Carlos Rodríguez Búrdalo
© Cristóbal Manuel. El País
Solo en las emocionadas palabras del hijo, dichas en la misa funeral por Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (1946-2026), se ha mencionado su condición de poeta. Ha sido esta tarde en la Iglesia de Santiago de Cáceres, y en ellas el verso que cerraba De piel y humo (Alicante, Aguaclara, 2000): «Por encima de todo amo la vida». Desde que ayer supe por José Luis Bernal la noticia de su muerte, he vuelto a sus libros, quince desde 1985 hasta 2020, sin contar sus antologías y La luz ardida. (Poesía reunida, 1985-2006), que publicó la Obra Social y Cultural de Caja Castilla-La Mancha en 2006. He recordado de nuevo su comunicación en el VII Congreso de Escritores Extremeños de Plasencia, en 1996, «Otras voces, otros silencios», que siempre me pareció la manifestación del talante honesto y ejemplar de un poeta que reclamaba atención y que logró su humilde y digno propósito: ser leído. Lo consiguió abriéndose paso gracias a los premios que obtuvo y que le permitieron publicar sus versos, y ser cada vez más reconocido. Y lo logró también con casi una docena de antologías que ayudaron a mostrar una obra dispersa y poco distribuida, un modo compilatorio que fue un importante vehículo de expresión de la poesía de Juan Carlos, que no ha dejado de ser igualmente un viaje en la línea del tiempo, desde En el dócil fulgor de las palabras (Antología 1985-1998), publicada por Calambur en 1999, o Cuando llegue el olvido (2004), en la colección Abezetario de la Institución Cultural El Brocense de Cáceres, hasta Bóveda y estribo. (Poesía escogida), que editó el Instituto de Estudios Almerienses en 2012. Así se planteó la reunión de su poesía en aquel volumen de más de quinientas páginas de 2006, por la particularidad de su disposición desde el más reciente de sus libros en aquel momento, Los himnos devastados (2002), hasta el más antiguo, el primero de los escritos, El arpa cercenada (1985). El poeta nos proponía hacer un recorrido por su obra última y acompañarle en su mirada hacia el pasado, en una lectura rememorativa de casi una docena de títulos, como estaciones de una biografía. Un gesto que adelantó el autor al encabezar su libro Los himnos devastados con un lema de Petrarca: «Cuando me vuelvo atrás a ver los años». Toda una suerte de «poética del tiempo» de la que habló José Cenizo en el estudio introductorio de La luz ardida, que lo recorre todo, que se enfatiza, por ejemplo, en un mismo libro —aquel Si volviera mayo (2015)— en el título de una sección («La sombra del tiempo»), y en el de un poema memorable como «El certero fruto del tiempo». Que, en definitiva, es fundamento de la poética existencial de un escritor incorporado por su incansable tesón a la historia de la poesía de autores extremeños de las últimas décadas, contexto en el que tuve la fortuna de conocerlo y de mantener con él una relación principal con la literatura como pretexto. Al fin y al cabo, su poesía va a ser ahora la que me traiga la imagen sucesiva de la gran persona que fue Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, y la que nos ha permitido hoy, con las palabras de su hijo, despedir a alguien que por encima de todo amó la vida.
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domingo, enero 25, 2026
José María Valverde, 100 años
Mañana, lunes 26, se cumple el centenario del nacimiento del profesor y escritor José María Valverde (1926-1996) en Valencia de Alcántara. Allí se celebrará mañana por la tarde un acto conmemorativo que dará inicio a unas jornadas en recuerdo del poeta y traductor vicentino que tendrán dos momentos: primero en su pueblo de origen, mañana y pasado, y luego en Cáceres, en la Facultad de Filosofía y Letras, los días 19 y 20 de febrero. El encuentro en Valencia de Alcántara se hace coincidir con el centenario y las jornadas se desarrollarán una vez que se haya reanudado el período lectivo en la Universidad de Extremadura, cuyo alumnado será el público principal de las actividades programadas. Mi compañero del área de Filología Inglesa Luis Javier Conejero ha sido uno de los impulsores de estos actos, y con él, el profesor de Derecho Constitucional de la UEX Gabriel Moreno. Ambos son de Valencia de Alcántara, y se han preocupado de buscar apoyos para la celebración de un centenario que contará mañana con la participación del escritor y crítico Jordi Amat, que fue responsable del libro Fons José María Valverde (1942-1996). Fragments d'una biografia intel-lectual (Centre d'Estudis Històrics Internacionals y Editorial Afers, 2010), sobre el valioso archivo personal del escritor, con manuscritos, documentos administrativos, cartas, prensa y papeles varios relativos a quien ha sido una de las figuras más respetadas de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX. Participarán también la poeta Ada Salas y el artista Jesús Placencia, coautores de Ashes to Ashes. Catorce poemas a partir de catorce dibujos a partir de T. S. Eliot, un libro que publicó la Editora Regional de Extremadura también en 2010, y que les servirá de base de una lectura que será una manera de recordar al Valverde que vertió al español los Cuatro cuartetos de Eliot en sus Poesías reunidas (1978). El martes 27 intervendrá el catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Valencia Jesús Tronch y tendrán lugar diferentes actividades de carácter didáctico sobre el escritor en el IES Loustau-Valverde de la localidad. Para las jornadas de febrero se han programado charlas en torno a la poesía, la traducción y el pensamiento de Valverde por diferentes estudiosos, procedentes de diferentes universidades españolas y de la UEX. Programa completo aquí.
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jueves, enero 22, 2026
Antonio Rey Hazas
Hace algo más de un mes desde su fallecimiento y quiero recordarlo. Estoy seguro de que supe de la existencia de Antonio Rey Hazas (Guadalajara, 1950-Madrid, 2025) por su amigo y compañero de clase Jesús Cañas Murillo, que me hablaría de él en los primeros ochenta, antes de conocer alguna de sus numerosas publicaciones. Jesús estudió con Antonio en la Universidad Autónoma de Madrid, se hicieron amigos y ambos tuvieron como maestro a Juan Manuel Rozas (1936-1986), que luego ejerció en Cáceres desde 1978. Bajo su dirección, trabajaron juntos —con otros compañeros como Enrique Rull, José Rico Verdú, Mario Hernández o Miguel Á. Pérez Priego— en la elaboración de las unidades didácticas de la Historia de la literatura de la UNED, utilísima para el estudiante de tercero de Filología que yo era en 1983, cuando la compré. Quizá aquello fuese lo primero que yo conocía de Antonio Rey, porque, poco después, me hice con su edición de La pícara Justina, que salió, antes de que leyera su tesis doctoral sobre el carácter paródico de esa novela, en Editora Nacional, un sello también asociado ya desde entonces a su querido Jesús Cañas, por su magnífica edición del Libro de Alexandre, y a Rozas, a quienes ambos, Antonio y Jesús, dedicaron sus respectivas obras publicadas allí. Fue Malén Álvarez quien el martes dieciséis de este pasado diciembre me envió un mensaje de wasap comunicándome la muerte de Antonio Rey esa mañana. Ella lo había presentado en su intervención sobre Cervantes en el CPR de Cáceres en 2016, en uno de los muchos actos organizados por el centenario cervantino. Después supimos de los atisbos de la enfermedad que poco a poco fue agravándose y arrebatándole uno de sus fuertes, la memoria de la que echaba mano tan oportunamente cuando evocaba el pasaje de una obra, el dato de algún autor o una situación novelesca, de su Quijote o de otros textos. No me resulta difícil reconstruir algunas de las situaciones que todos estos años nos acercaron, desde aquel día que probablemente fuese mi primer encuentro con él, cuando participó en el tribunal de la tesis doctoral de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes en 1987, papel que desempeñó magnánimamente en otras ocasiones en nuestro departamento cacereño, hasta su conferencia inaugural en el Curso de Verano Lecciones de Teatro Clásico, en la quinta y última edición dedicada al teatro de Cervantes en junio de 2016. Es fácil recordarle ahora, cariñoso y amable siempre, lleno de sentido del humor, y con un talante que luego confirmaban las opiniones de quienes habían sido alumnos de un buen profesor, querido por todos, «de apacible condición y de agradable trato», como su amado don Quijote vuelto en Alonso Quijano el Bueno. También colegas como José Manuel Lucía Megías, Carmen Valcárcel o Rosa Navarro, entre otros, han dejado sus cariñosos comentarios en sus redes sociales. Presidió durante ocho años la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid, cuyas actividades conocí gracias al ciclo «La literatura española y su contexto universal (siglos XVIII a XX)», por hablar sobre la Ilustración y los orígenes del romanticismo en noviembre de 1996, en un abarrotado salón de actos de un céntrico instituto de enseñanza secundaria madrileño, como buena prueba de su capacidad de convocatoria y su gestión. Aun siendo un investigador de la literatura española del Siglo de Oro, de la picaresca, del teatro barroco y de la novela cervantina principalmente, me llamó siempre la atención la amplitud de sus intereses y la calidad de sus estudios sobre otras épocas, como un espléndido trabajo sobre la estructura de Don Álvaro o la fuerza del sino, que publicó, precisamente, en el homenaje a Juan Manuel Rozas que le dedicó el Anuario de Estudios Filológicos de mi facultad. Otro autor del XIX, Pereda, mereció su atención, y una novela como Peñas arriba, que editó en Letras Hispánicas de Cátedra. Curiosamente, en otro homenaje a Rozas, el que editó la colección «Magistri» del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura en 2008, apareció otro de esos trabajos singulares por su agudeza, el que trató el poema «Lope. La Noche. Marta» (Agenda) de José Hierro. Pero sus numerosas aportaciones cervantinas con Florencio Sevilla (1956-2020) —otra pérdida temprana—, como Cervantes: vida y literatura (Alianza Editorial, 1995), o sus ediciones de las obras completas de Cervantes; y, en solitario, las de El Buscón (1982), del Lazarillo (1984) o de Salas Barbadillo y Castillo Solórzano en Picaresca femenina (1986), y sus libros Deslindes de la novela picaresca (Universidad de Málaga, 2003), Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005), entre otras publicaciones, son las que mejor representan su perfil como estudioso. Por ello, específicamente «por el engrandecimiento de la cultura hispánica», en 2013 fue galardonado con la Medalla de Oro José Vasconcelos en México, que agradeció con un documentado discurso titulado «América en Cervantes», recogido en un volumen homónimo que publicó ese año el Frente de Afirmación Hispanista, asociación promotora del premio y de la revista Norte. Con su tan leído Quijote, ya fuese por la melancolía que le causaba el verse vencido por la suerte, o ya, según quien crea, por la disposición lacerante del cielo, se le arraigó la enfermedad fiera que no quiso que hiciese salida nueva y cesó su vida (II.LXXIIII). Sacudidos por ello, nos quedan su recuerdo y sus obras.
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domingo, enero 18, 2026
El buen lugar
La unanimidad que suele darse entre los lectores de Basilio Sánchez con casi todos sus libros poéticos ha sido más rotunda y entusiasta con este último, un libro poético en prosa de ensayo diarístico (sic) como El buen lugar (Valencia, Pre-Textos, 2025). El escritor Fernando Aramburu escribió en ABC Cultural: «No le cae a uno en las manos todos los días un libro tan rico en reflexiones lúcidas, a la vez tan claro de lectura y tan ameno». La poeta y artista plástica Julia Otxoa puso en el muro de Facebook de Jordi Doce: «Es el mejor libro de pensamientos poéticos que he leído nunca»; y el mismo Jordi Doce, en su reseña de El Cultural de junio del año pasado, calificó esta obra de Basilio como una «propuesta cuya convicción y coherencia la convierten en un testimonio de excepción —tan certero como luminoso— que el lector no tarda en sentir como propio.». «Una guía espiritual fascinante» es para el poeta José Luis Puerto. Para el placentino Juan Ramón Santos, El buen lugar es «una suerte de ética, de afirmación de una cierta forma de enfrentarse al mundo», y un vergel en el que los lectores querrán habitar bastante tiempo. «Es, sin boatos ni publicidad, uno de esos libros que se quedan grabados a fuego lento, cocción eterna y reposo calmo», escribió Pedro Bosquet en el Heraldo de Aragón el pasado septiembre. Enrique García Fuentes, en las páginas del diario Hoy, calificó en octubre El buen lugar como «un libro de por vida, al que volver y del que aprender continuamente; que no se agota en su lectura». Finalmente, podría sumar a estas opiniones las numerosas, y todas en la misma dirección encomiástica, de las lectoras y lectores con quienes he comentado la experiencia de haber leído o estar leyendo El buen lugar desde que comenzó a difundirse en mayo de 2025. Yo puedo añadir que es un libro de una claridad y de una profundidad deslumbrantes, que personalmente me sirve para comprender mejor toda la escritura de Basilio y también a la persona que es Basilio Sánchez, que me favorece con su amistad. Así que El buen lugar también tiene esa función benéfica para quienes lo leemos: es una ayuda para cuando nos faltan palabras, es amparo frente a la desolación, protección en la intemperie y cobijo en el desvalimiento. Es un ejemplo muy válido para responder a aquellos que nos preguntan para qué sirve la literatura. El carácter aparentemente misceláneo de El buen lugar como «ensayo en fragmentos, rosario de citas y reflexiones literarias» —dice un texto promocional de la editorial que se ha llevado a la cartulina marcapáginas— puede estimular una lectura que suele hacerse en este tipo de obras: una lectura no lineal, discontinua, sincopada y a saltos, persuadida de que encontrará en cada fragmento un hallazgo feliz, un motivo para el goce estético y la reflexión. Es verdad, aunque no estamos ante un libro de aforismos cuya ordenación suele desviarse de una lógica, y habrá lectores que abran el volumen por sitios distantes porque entienden que la propia naturaleza de un ensayo en fragmentos les invita a hacerlo. Yo no lo veo así en El buen lugar, que me parece que tiene una estructura no visible, una disposición sin marcas mayores, y, por supuesto, un principio, un desarrollo y un final con sentido. De este modo, debe ser leído sin saltos ni interrupciones, de principio a fin. En consonancia con una idea que Basilio Sánchez aplica a la poesía cuando dice —en la página 24 de El buen lugar— que su unidad de medida en poesía no es el verso, ni siquiera el poema, sino el libro. Estamos ante una sucesión de textos de muy variada extensión, pero mayoritariamente breves, sin más división que la que separa cada uno de los fragmentos o trozos, y que se indica por el espacio en blanco y una discreta y elegante estrellita como marca. La variedad formal está en la extraordinaria heterogeneidad de la extensión de sus fragmentos, que van desde una única línea —creo que «La poesía, la masa madre del corazón» (pág. 69), de siete palabras, es la unidad más pequeña de todo el conjunto— o dos líneas, pues hay varios textos de nueve, diez, trece palabras o poco más, hasta aquellos trozos que ocupan las dos páginas, que son pocos, y que superan las mil trescientas palabras —y están ubicados en el tramo final del libro (págs. 169-173 y 221-223). El reparto y cierto equilibrio de los textos según su extensión es uno de los criterios que organizan el contenido de la obra; de tal manera que los pecios más breves puntean la sucesión de segmentos de mayor extensión y operan como islotes o descansos en la lectura, que se detiene en ellos como en un foco que llama su atención: «La palabra que busco es un pez rojo que se esconde en el coral de una gruta» (pág. 31); «La última palabra del poema traza un puente en el aire» (pág. 35); «La escritura aprovisiona de migas los comederos de los pájaros» (pág. 41); «Un poema es un árbol cargado de limones cuya luz en la noche nadie ve» (pág. 66)... Son ejemplos que valdrían para sugerir esto que, por otro lado, es un rasgo que se ve en su poesía, y que fue reiterativo en El baile de los pájaros. Pero la lógica de El buen lugar va más allá, y cose la estructura de tal modo que las reflexiones exentas sobre la escritura se combinan con otros fragmentos que son lecturas de otros, hasta que surge un trozo en el que irrumpe en el discurso el yo del escritor, que recorre su obra poética, y del hombre, del médico que ejerció o del ciudadano que vive en Cáceres. Esto es así a lo largo de todo el libro, sin que se aprecie de una manera evidente, pero está. Es decir, hay un principio, un desarrollo y un final. Y esta conciencia del final, por ejemplo, se ve muy bien en un fragmento que ocupa las últimas páginas, a sabiendas de que estamos próximos a terminar: «Intento escribir un libro...», que es una cita de Pascal Quignard, pero luego añade «Intuyo que la mayoría de estos apuntes o notas han ido surgiendo poco a poco para hacerme pensar» (pág. 208). Es un trayecto que ha recorrido el escritor y que, una vez concluido, ahora, por ventura, nos brinda para disfrutar de una lectura encantada y provechosa.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, enero 18, 2026 0 comentarios
martes, enero 06, 2026
El corazón revolucionario del mundo
«—Este chaval es sobrino de Concha. Estamos muy contentos, claro» —me escribió mi amigo Fulgencio en un mensaje de mediados del pasado septiembre. Me enviaba la noticia del diario Hoy firmada por M[aría]. Fernández: «El escritor extremeño Francisco Serrano gana el Premio Tusquets 2025», que precisaba el lugar —Guareña— y el año de nacimiento —1982— del escritor, y me anunciaba que la novela estaría en las librerías el 8 de octubre. «Es, fundamentalmente, extremeño y sentimental», se lee de Francisco Serrano en la solapa de El corazón revolucionario del mundo (Barcelona, Tusquets Editores. Col. Andanzas, 100), 2025, 225 págs.), que compré en cuanto estuvo disponible en librerías y terminé de leer ya en noviembre. Y puedo decir que tan altas expectativas —un premio Tusquets de Guareña y sobrino de Concha— quedaron cumplidas, pues me parece muy buena novela, muy inteligente como propuesta narrativa, que demuestra que su autor tiene una postura muy clara con respecto al texto literario, desde el que todo parte para que todo funcione. La elección de la materia de la narración, el montaje del relato o el desarrollo psicológico del personaje femenino son elementos que están muy bien combinados y que confluyen en la idea principal que quiere proponerse al lector. El primer capítulo es magnífico, una muestra de cómo se pueden sugerir en un espacio reducido las claves interpretativas de toda la novela. Por un lado, las que atienden a las tres figuras principales —Valeria Letelier, Carlos Reseda y Joel Takahashi-Williams—, de una de las cuales —la de ella— parte la comparación con «una cosmonauta entrando en la atmósfera de un planeta desconocido» (pág. 22) que va a mantenerse durante toda la obra. Por otro, la sugestión, en las últimas líneas de ese capítulo, sobre los límites entre lo real y lo imaginado a través de una luz que parece envolverlo todo en «una bruma fría» (pág. 22), que son las tres palabras finales de ese trozo. La historia de estos tres personajes que pertenecen al Frente de Acción Revolucionaria (FAR), una organización terrorista anticapitalista que se extiende por toda Europa, el norte de África, Oriente Medio, Estados Unidos y Japón, se monta sobre una estructura de diecinueve capítulos, todos titulados con un texto extraído del contenido de esos trozos, representativo de una incidencia argumental o de una sensación, de un personaje...; así «Vuelve un espectro» (2), «Los alemanes» (5) o «Todas las de perder» (14). Algunos de ellos, por su brevedad, son descansos meditativos o metafóricos, piezas de señalización para el lector, sobre todo, de la evolución de la psicología de los personajes, entre los que —insisto— es el de la mujer identificada como Valeria Letelier el principal. A su vez, cada uno de esos capítulos se divide en otras unidades textuales marcadas como párrafos por el interlineado y que obedecen a cambios temporales, de foco, avances del relato, etc. La construcción artística de El corazón revolucionario del mundo acompaña sin alardes el desarrollo de una acción que mantiene el interés hasta el final, con el capítulo titulado «El mundo es un árbol»; pero hay muchos más aspectos que la hacen recomendable, aunque no voy a extenderme en ellos. Solo añadiré que fue tan neta la impresión que su lectura me causó de estar ante un escritor de especial entidad que me hice con otros de sus textos, y leí Hajira (Madrid, Episkaia, 2018), una novelita breve un punto distópica —descuidadamente editada por sus demasiadas erratas y con una solapa sobre Serrano que concluye: «Por lo demás, con frecuencia olvida peinarse»— que parece adelantar algo de la pedagogía de la violencia de Un corazón..., y todo un wéstern, En la costa desaparecida (Madrid, Episkaia, 2020), trepidante novela ambientada en 1898 en Arizona. Y puedo decir que en todas estas obras hay una mujer con pistola y un escritor como la copa de un pino.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, enero 06, 2026 0 comentarios
jueves, enero 01, 2026
Año Nuevo
© Dieter Nagl (AP)
Era cosa sabida; pero dicha en un programa de gran difusión como A vivir que son dos días de la SER y por alguien tan simpático y formado como Máximo Pradera, adquiere la categoría de notición: el origen del Concierto de Año Nuevo fue una campaña de recaudación de fondos para el Partido Nazi en 1939, cuatro meses después de que Hitler invadiese Polonia. Todos los judíos que formaban parte de la Orquesta Sinfónica de Viena fueron expulsados y varios de ellos fueron asesinados en campos de concentración. La Marcha Radetzky que todo el mundo jalea con sus palmas conmemora una masacre militar de las tropas piamontesas por el ejército austriaco en 1848. Son unos antecedentes que dan más argumentos a aquellos que desdeñan esta tradición y le profesan incansable antipatía todos los primeros de año. Incluso para algunos de los partidarios podría ser motivo de cancelación. En cualquier caso, como dijo Máximo Pradera el sábado pasado, seguir disfrutando cómo suenan estos músicos es la mejor manera de olvidar ese poco edificante trasfondo histórico. El concierto de hoy ha estado lleno de novedades estupendas, desde la juventud —50 años— del director canadiense Yannick Nézet-Séguin, responsable de la Metropolitan Opera de Nueva York y de la Orquesta Metropolitana de Montreal, hasta la inclusión de varias piezas nunca interpretadas en una ocasión como esta. Aunque quizá la menos distinguida y más notoria haya sido la innovación del jovial y activo Nézet-Séguin al bajar al patio de butacas y dirigir desde allí las consabidas palmas de un público en pie que grababa con sus teléfonos móviles, para luego volver al escenario y cerrar el concierto. Franca y esperanzada felicitación de Año Nuevo con la paz como deseo ferviente y la bondad «para aceptar las diferencias y celebrarlas. La música puede unirnos a todos porque vivimos en el mismo planeta». Comedidos comentarios de Martín Llade, aunque, según él, este concierto ha hecho historia, por ser uno de los mejores en muchos años, al menos, desde 2017, cuando comenzó a retransmitirlos. Recordó, como es habitual, las conmemoraciones, entre las que están la de los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y del cuasquicentenario de la muerte de Leopoldo Alas «Clarín», y, finalmente, leyó un poema de Antonio Gamoneda: «Existían tus manos». ¡Viva Mozart!
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, enero 01, 2026 2 comentarios
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