viernes, octubre 22, 2021

Cuaderno de Perugia (X)

La feliz coincidencia de mi estancia en Italia con la publicación de esta edición del libro de Rafael Alberti Roma, peligro para caminantes (Ediciones Cátedra, 2021), preparada por Luigi Giuliani, me permitió ayer participar en el acto de su presentación en la Sala Dalí (Piazza Navona, 91) del Instituto Cervantes de Roma. Saludé a su director, Juan Carlos Reche, y conocí al profesor, ya jubilado, de la Universidad de La Sapienza Norbert von Prellwitz, que se encargó de hablar de los muchos valores y aportaciones de esta edición crítico-genética que precisa y completa la historia textual de esta obra del último exilio albertiano, y que combina muy oportunamente fuentes manuscritas e impresas; pero también testimonios orales, cartas, entrevistas, grabaciones o noticias de prensa que reconstruyen el texto y el contexto de Roma, peligro para caminantes, un libro que, en palabras del estudioso supone la construcción de un discurso que le permite al escritor «exiliado entender el lugar de acogida y así entenderse a sí mismo en su nueva situación» (pág. 11). Pero también la lectura que ofrece esta edición es la de la reivindicación de una muestra de la biografía poética de Alberti que va más allá de la guía de una ciudad, del diario de un paseante o de los divertimentos de ingenio literario, y que se convierte en una manera de representación de una realidad selecta y estilizada, y de una mirada a una tradición literaria para lograr, como dice Luigi Giuliani «un poemario en la encrucijada entre la cultura española y la italiana» (pág. 34), que se manifiesta en el diálogo que establece —desde el primer poema y desde la dedicatoria y los epígrafes de los diez sonetos que conforman la primera sección— con el poeta romanesco Giuseppe Gioachino Belli —traducido por Giuliani— o con Mario dell’Arco, cuyos ecos en el libro son señalados en una de las aportaciones de esta edición, en su introducción y en sus esclarecedoras notas. La pequeña sala que el Instituto Cervantes tiene en el centro de Roma se llenó de personas —y un perrito— interesadas en la obra de Rafael Alberti, cuyo recuerdo nos acompañó gracias a la exposición ExiliArte. Memoria di una cartella dedicata a Rafael Alberti, réplica de la que se celebró en España, comisariada esta también por Carmen Bustamante, y basada en la evocación de un homenaje al poeta organizado en París en junio de 1966 por la Asociación Cultural Franco-Española que presidía Jean Cassou. Anoche estuvimos rodeados de testimonios de aquel tributo fuera de España al escritor, en un entorno sublime de obra gráfica colgada en las paredes de Rafael Canogar o Cristino de Vera, entre otros muchos, como Antonio Saura o Josep Guinovart. Seguirá en la próxima entrada otra manera de hablar de lo que ayer nos pasó en Roma.

martes, octubre 19, 2021

Cuaderno de Perugia (IX)

Anoche vi O que arde, la película gallega —de producción hispano-francesa— de Oliver Laxe que fue premiada en 2019 en Cannes. No tiene especial relevancia ver una película tan tarde después de su estreno; pero para mí sí que ha sido notable su proyección aquí, en una de las actividades propuestas gratuitamente por el Centro di Studi Galeghi de la Universidad de Perugia, en colaboración con «PerSo»  (Perugia Social Film Festival), con los que anda mi colega Marco Paone, que introdujo el acto, celebrado en una «sala de cine» portentosa; ni más ni menos que la Sala dei Notari de la Piazza IV Novembre del pleno centro de esta ciudad a cinco minutos de casa. Pongo foto abajo. La película nos adentra en la más espesa ruralidad gallega, en el contexto de la destrucción periódica de paisajes espectaculares por el fuego intencionado; y en ella, la relación o reencuentro entre un hijo —pirómano convicto que sale de la cárcel— y una madre que es una lección de austera y connatural cordura. ¿De dónde salieron estos actores? (Amador Arias y Benedicta Sánchez). Me sorprendió una frase al final de la película en la que ella dice algo así como que los que hacen sufrir es porque ellos mismos sufren; y fue porque la tenía anotada hacía unos meses en un cuaderno; que no tengo aquí y no puedo verificar de dónde la saqué. O que arde es una película hecha de silencios elocuentes, que basa todo su talento en la expresión de sus imágenes, y no en las palabras, reducidas a la mínima expresión. Quizá por eso, aunque suene raro decirlo así, hubo momentos en los que agradecí los subtítulos en italiano, de tan difícil que era captar lo que decían los personajes en un gallego cerrado y para sí mismos. Pero, insisto, el laconismo de esta obra es extremo, como las imágenes de un fuego que se siente al lado mismo de la butaca. Al entrar en la sala poco antes de las nueve, un numeroso grupo de estudiantes conversaba en español en la cola; y al salir —no me quedé al coloquio posterior, que empezaría pasadas las once— había ambiente en la plaza y en las calles del centro con una temperatura templada espectacular para un dieciocho de octubre de recuerdo de Carlos Doncel. Yo creo que le habría gustado mucho esta película. Me parece.



lunes, octubre 18, 2021

Carlos Doncel

© CMD
El otro día, aquí en Italia, con esa ingenuidad que nos gastamos cuando nos vienen mal dadas, escribí en mi cuaderno: «¿Qué sentido tiene que alguien que ha sanado a tanta gente se ponga malo y se muera sin que un médico como él haya podido hacer nada?». Acababa de escribirme Carmen, y me dijo que estaba muy malo, y luego puse un mensaje a Amalia, su mujer. Fue el jueves. Ayer me llamó Carmen para decirme que Carlos Doncel había muerto. No me esperaba que fuese tan rápido todo, como si pudiésemos pautar a conveniencia lo incomprensible. Me frustra estar tan lejos y no acompañar hoy a su familia y a las amigas y amigos que lo compartimos durante muchos años. Qué tristeza sin Carlos, sin su sonrisa y su buen talante siempre. Un médico de atención primaria, de los cercanos. Cuántos de los conocidos de Cáceres le deberán un favor, muchos. Casi nunca hablaba del trabajo, salvo para contar alguna anécdota, como aquella de la paciente que llevaba una semana sin ir por la consulta. O cuando recordaba su destino en Zafra. Se ha ido demasiado pronto y ahora es cuando conforta confirmar que Carlos siempre ha tenido razón en su manera de afrontar la vida, viviéndola bien y en positivo, sabiendo sacar partido a un buen guiso, a una buena película, a un concierto o una obra de teatro; disfrutando de un paseo, de un partido de rugby como médico del equipo de sus hijos, de una reunión de amigos como a la que pertenece esa foto ya antigua, de 2008, en un buche frente a la ermita del Salor en Torrequemada, con su sonrisa característica, ese carcajeo feliz que te daba confianza. Si vale la analogía, mis dos últimas imágenes de él son afirmativas de su vitalismo, y en ambas hay un carro: el que empujaba el último día que le vi en Cáceres, en el supermercado —le gustaba mucho cocinar y hacerlo con buenos productos—, cordial como siempre; y el que empujaba de su nieto y tenía puesto en su fotografía de perfil de whatsapp, viva estampa de felicidad, que es la que para mí pervive.

domingo, octubre 17, 2021

Cuaderno de Perugia (VIII)

Domingo. Hoy he ido a misa. Sin que sirva de precedente. El motivo está en el cartelito que vi uno de estos días pasados en la puerta de una de las iglesias más bonitas y más interesantes de Perugia, la de San Ercolano, que destaca por fuera, por su enclave junto a la muralla etrusca, por su planta poligonal; pero también por un interior admirable. «—Purtròppo», me dijo un señor en la puerta cuando hice esta mañana la foto al aviso; sin saber él, claro, que yo ya había estado unos cuarenta y cinco minutos dentro, porque llegué pronto y conseguí un buen sitio. «Desgraciadamente», lamentaba el simpático señor que parecía poner gestos de condolencia al mensaje de que por la evolución de los contagios de la pandemia todavía sigue vigente el cierre de la iglesia a las visitas turísticas, y que solo estará abierta exclusivamente para la misa de los domingos a las diez y media de la mañana. Así que el otro día tomé nota y hoy he disfrutado de la ceremonia, con música de órgano y cánticos bien entonados —incluido el Padrenuestro, que aquí se canta—, y con un sacerdote muy agradable que interrumpió su homilía cuando entraron tres turistas para advertirles que no estaban permitidas las visitas. Tuvo que repetirlo, y, cuando ya se fueron, se disculpó con todos porque decía que se desconcentra, que debería de estar acostumbrado después de veinte años de oficios; pero que no lo puede evitar. Yo sí que estuve todo el rato concentrado respetuosamente en la liturgia; pero sin quitar ojo a todo aquello que me rodeaba. Junto a una de las capillas laterales, la que tiene un crucifijo de madera y esculturas de, según he leído, un escultor francés, cuyo nombre italianizado es Giovanni Rinaldi Sciampagna, y que fue colaborador de Bernini, yo miraba hacia arriba, hacia la cúpula, con los frescos de Giovanni Andrea Carlone que muestran la vida de San Pablo y que tanta luz dan al sitio; o miraba hacia el altar, un sarcófago romano decorado del siglo III a. de C., desde el que hablaba un cura que parecía conocer a casi todo el mundo y que bajó para dar la comunión a todos los que la quisieron sin moverse de su sitio en los bancos. Se levantaban y ofrecían sus manos; pero no he sabido si es costumbre aquí o si se trata de una medida por la situación que vivimos. Yo seguí sentado y aproveché para seguir mirando la pequeña y preciosa iglesia que ha ocupado una parte de mi mañana de domingo.



sábado, octubre 16, 2021

Cuaderno de Perugia (VII)

En la única terraza que me apeteció sentarme la otra tarde para tomar un café me dijo el camarero: «—Chiuso», sin añadir ninguna de las muchas fórmulas de cortesía que acostumbro a escuchar diariamente. Todavía no sé bien cómo acomodar el apetito al horario; pero me extrañó la forma que tuvo de decirme que no podía atenderme. Al volver a casa, una mujer hablaba en español por el teléfono sobre una niña a la que tenía que cuidar; y fue la tercera vez que veía a los mismos tipos tomando algo en un bar que hay al final de Piazza G. Maleotti justo antes de bajar por Via Galeazzo Alessi para llegar a casa. Me cae simpática esa manera de cultivar la costumbre, como pasa en cualquier barrio de cualquier ciudad en la que siempre están los parroquianos, los habituales, los irredimibles… Voy llenando el frigorífico con todo lo que me aporta un bienestar aquí: lo básico, desde fruta o leche, hasta latas de cerveza, pistachos o huevos, que fueron los primeros que me llamaron la atención por la etiqueta de «100% italiane», que se repite en muchos anuncios televisivos sobre diversos productos. Confieso que miré el bote del gel —Felce Azzurra (Uomo)—por si también llevaba algún indicativo. Menos mal. Compro cerca de casa, y no me parece más caro que lo que gasto en España: un litro de leche 0.66 €, un par de cebollas 0.37 €, eso sí, con el cargo de dos céntimos de euro por la bolsa que cogí para pesarlo; y la prensa hoy sábado 2.50 €, tanto Il manifesto como La Repubblica, con un suplemento dedicado a elegir a la mujer italiana de 2021, y cuyo Oroscopo no tiene desperdicio en mi signo: «Piglio guerriero. Natura felina. Animo fiero. Luce negli occhi». En portada, lo de estos días: la polémica por la obligatoriedad de presentar el certificado de vacunación (green pass) para entrar a trabajar —hay demasiada gente indignada— y la manifestación de hoy en Roma contra la violencia de extrema derecha que asaltó el pasado fin de semana la sede del Cgil (Confederazione Generale Italiana del Lavoro), el sindicato más importante de aquí. Salí bien temprano de casa a hacer algo de ejercicio por estas calles y a la altura de Piazza Italia —eran las ocho de la mañana—, una de mis alumnas me saludó mientras corría con unas amigas. Qué sorpresa. Y hoy ha tocado una larga visita al MANU (Museo Archeologico Nazionale dell’Umbria). Otra lección de historia. Se me va poniendo la piel etrusca y duermo como un niño chico.

jueves, octubre 14, 2021

Cuaderno de Perugia (VI)

Una buena recomendación me hizo Luigi para volver en coche desde Pisa. Dejar autopistas y autovías y adentrarme por carreteras provinciales en el interior de la hermosa Toscana para visitar San Gimignano y la Abadía de San Galgano, un poco más al sur, camino también de Perugia. Un viaje de vuelta sin prisas, con dos estaciones exquisitas. En la carretera que lleva a San Gimignano desde Camporbiano hay una curva muy peligrosa por ser desde la que se ve un asombroso perfil en el cielo que bien puede llevarte al vacío si no estás atento. Se deja de ver por lo sinuoso del camino que llega hasta la ciudad a la que se accede en un ascensor desde el aparcamiento. Ahí ya está uno dentro de lo que vislumbró a lo lejos y resulta prodigioso. Me dejé llevar por calles y miradores y entré en el Duomo, con muy pocos visitantes a esa hora de un lunes, y quedé impresionado por los frescos que son historia en los muros. No solo lección de arte, sino —más— lección de una Historia Sagrada que se estudia cada vez menos. Hay una comparación del conjunto que forman las altas torres de esa ciudad que se repite mucho y que no me gusta, porque estas estaban antes que los rascacielos modernos que se inspiraron en esta manera de despegar del suelo y beberse el aire. Una hora y poco después llegué a un paraje alucinante en el medio del campo. San Galgano. La afluencia de turismo, supongo que en otras épocas, ha propiciado que los accesos tengan un espacioso aparcamiento, un restaurante en la parte baja del conjunto y un chiringuito muy acogedor en la zona alta del Emeterio en donde me tomé una cerveza y un panini reparadores. Todo es por razón de la existencia allí de los restos de una abadía gótica de cistercienses que no tiene techumbre y que está vinculada a la figura de un caballero, Galgano Guidotti, que dejó las armas y se hizo eremita, y dejó un vestigio real de lo que en la leyenda artúrica es la espada Excalibur. La italiana, que en algún sitio he leído que es la verdadera, está clavada en una piedra y nadie ha logrado extraer —entre otras razones, porque ahora está protegida para que nadie la toque. Le hice una foto y contribuí con cincuenta céntimos —nadie se animó a pesar de estar casi a oscuras— a que la media docena de visitantes viese iluminados los frescos de la capilla aledaña a la nave circular de la ermita. La Abbazia de San Galgano. Cuando llegué a Piazza Vittorio Veneto, mi destino, para dejar el coche, después de hacerle algo más de quinientos kilómetros, me sentí en casa, como con la labor cumplida. Y los deseos satisfechos.



martes, octubre 12, 2021

Cuaderno de Perugia (V)

«I love Pisa», me dijo este sábado el recepcionista del hotel en el que me alojé como el que no siente lo que dice. Era la clave de la conexión wi-fi por la que le había preguntado. Me hizo gracia. Nunca había estado en Pisa y consideré al programar mi estancia italiana que desde Perugia podría viajar y hacerlo con la comodidad y la libertad de movimientos que te da un coche. En dos horas y media me encontré en esa ciudad que está bastante menos poblada que la capital de la Umbria y, sin embargo, resulta mucho más bulliciosa, con mucho tránsito, sobre todo, en fin de semana. «I love Pisa too». Dicho en un tono menos frío y utilitario que el de recepción, porque, la verdad es que es una ciudad fascinante en su postal más vista de lo que llamó D’Annunzio «Campo dei Miracoli», que yo humanizaría en «prodigios»; pero con un montón de rincones y de sitios en los que la vida es la cara de la amabilidad y del bienestar, como sentarse en una terraza a tomar con un sol suave, ya cayendo, un aperol spritz en compañía de dos doctorandos extremeños que disfrutan de una estancia de tres meses en la Scuola Normale Superiore di Pisa. Lo he pasado muy bien con Marta y Carlos, que han sido muy buenos anfitriones en esta ciudad excepcional. Con ellos he visitado la Torre —he subido y he sufrido del mal de altura; por eso bajé en cuanto pude—, la Catedral, el Baptisterio, el Camposanto, y luego, fuera pero cerca de los milagros, el extraordinario Jardín Botánico y algunos lugares quizá menos visitados por el turista e incluso por los habitantes de Pisa. La Piazza dei Cavalieri merece varias miradas panorámicas por la belleza de sus edificios, entre ellos el de la Scuola Normale y su Biblioteca; y también, en estos dos días, un vistazo a los puestos de libros, de los que me he traído unos ensayos del hispanista Ezio Levi (Nella Letteratura Spagnola Contemporanea), publicados en Florencia en 1922, donde el profesor trató a autores como Unamuno, Blasco Ibáñez, Antonio de Hoyos, Concha Espina y Rufino Blanco Fombona, el venezolano del que yo no he leído nada, y tiene mucho. Y también compré una guía de Umbria por tres euros que me habría llevado el sábado que me la señaló Carlos cuando pasamos por aquella maravillosa plaza. Volví el domingo, allí seguía y la compré. De 1966, después de muchas ediciones, pertenece a una colección («Guida d’Italia del T.C.I.») que supongo muy difundida, contiene cuidados mapas y planos y está en muy buen estado de encuadernación y de papel. Parece que su publicación la promovió el «Touring Club Italiano», que es el nombre —Touring— de ese hotel en el que el recepcionista me dio la clave de internet desde un mostrador con una reproducción de la Torre de Pisa dento de una urna cilíndrica de metacrilato calzada con una cuña de madera para enderezarla, que interpreté como sutil señal de humor pisano. Cuánto he visto en poco tiempo.