lunes, febrero 17, 2020

Mar Rojo

Suele darse, felizmente, una conjunción entre el aficionado al teatro y el teatro aficionado. Y muchas veces, este es la consecuencia de la necesidad que el aficionado al teatro tiene de formarse, de seguir cursos o talleres de artes escénicas en cualesquiera de sus modalidades. De tal manera que la verdadera afición al teatro trasciende el hecho de ir con frecuencia a comprar una entrada y se convierte en una vocación fuerte, distinta a la profesional pero no menos intensa. Si admiro que una actriz se suba a un escenario para estar durante hora y media representando una historia que ha escrito otra persona, que diga palabras que no son suyas como si le saliesen de dentro —me acordaré de dos grandes ahora, Lola Herrera y Concha Velasco, sin ir más lejos, aquí en Cáceres, hace ya un tiempo—, imaginen qué puedo pensar de una profesora, de una enfermera o de un guardiacivil que dedican parte de su tiempo libre después de sus ocupaciones a formarse como actores y a levantar espectáculos como el que el sábado 25 del pasado mes de enero pudimos disfrutar en la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso (Calle Parras, 23. Cáceres). Admirable. Mar Rojo es una propuesta escénica que ha salido del magín de Maribel Rodríguez Ponce, que es la encarnación de la extensión universitaria: profesora en la UEX del área de Lingüística General, con trabajos sobre análisis del discurso, morfología léxica o español como lengua extranjera, que durante años ha estado vinculada al mundo del espectáculo musical, con varias formaciones vocales, como fue Son del Rosel, y ahora con sus contribuciones en el Coro de la Orquesta de Extremadura —es contralto—, escribe también e interpreta piezas teatrales —en Mar Rojo escribe el texto, hace la dramaturgia, dirige e interpreta el papel estructural de la Colega terapeuta—, un trabajo que ha mostrado principalmente como fruto de su formación en la Escuela de Teatro Maltravieso que dirigen Amelia David e Isidro Timón. De ahí se han expandido también las vocaciones de los dos principales actores de Mar Rojo, Mercedes Fuentes y Fernando Royo, y la de Fátima Castillo, creadora de la coreografía. Muy buena señal fue aquella noche que todos saliésemos algo sorprendidos por la corta duración del montaje y con ganas de más. Mar Rojo es una propuesta de diagnosis de la existencia con la excusa de una sesión terapéutica de alguien que escribe y que imagina. En principio, el efecto especular es el de un psicólogo que, sentado frente a una pantalla de ordenador, escucha a la paciente, que interpreta su papel. El final del texto es claro: «crear vida para alguien que escucha en la penumbra» para expresar la verdad de toda ficción; y más específicamente, de toda ficción teatral, con su oscuro, con sus luces. La utilización de la música, del audiovisual de los pecios del Mar Rojo (el buque británico «Thistlegorm» hundido durante la Segunda Guerra Mundial)…, y la coreografía que enmarca la obra, muy plástica y expresiva en casi el final, demuestran la hondura que puede haber en un montaje aparentemente menor solo por su formato; pero no por la calidad y por la entrega de unos actores verdaderamente admirables. Como en toda escuela, la constatación de que quienes se están formando progresan adecuadamente es la mejor de las críticas que estos empeños pueden recibir. A estos niveles de medios sencillos manejados desde una afición no profesional, es encantador que se cuiden tantos matices del hecho teatral, desde el texto o la elección de la música, hasta el apoyo visual y la expresión corporal. En una sinopsis que creo proviene de un pase anterior en el Ateneo de Cáceres se dice que Mar Rojo es «la historia de una superviviente, de su lucha tragicómica por salvar lo que va quedando de su personalidad aun teniéndolo todo en contra. Es una obra que nos habla del autoengaño y del engaño ajeno, de cómo la belleza necesita al mal; de cómo el arte, si no cura, por lo menos puede aliviar esa gran carga que nos agobia. Es una reivindicación de la hermosura de las ruinas y del derecho a la diferencia y a la imperfección». A mí, como se ha visto, me dijo algo más.

jueves, febrero 13, 2020

Escritura Creativa

Conservo alguna carta de Javier Morales Ortiz, de agosto de 2018, con la proposición de hacer algo sobre Escritura Creativa en la Universidad de Extremadura. Hemos tardado en montarlo; pero, finalmente, pudimos darle salida en la estructura de las Aulas Culturales del Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la UEX. Así que mañana, en el aula 6 del antiguo Instituto de Lenguas Modernas o, antes, antigua Escuela de Magisterio (Avenida de la Montaña, 14, Cáceres), a las cinco de la tarde, pondremos en marcha esta actividad que ya cuenta con más del número de matrículas exigido. Adelante. Me gustaría presentar mañana a Javier Morales Ortiz, periodista, profesor de talleres de escritura en Madrid, escritor, autor de libros que yo he tenido el gusto de reseñar aquí, como alguien muy capaz para iniciar, perfeccionar, proponer en la actitud de ponerse a escribir. Trabajar cansa (Baile del Sol, 2016), es una novela que parece un libro de relatos. Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014), fueron relatos. Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro), una novela. Lisboa (Editora Regional, 2011), relatos. Son algunas de sus obras. Quizá la más reciente, que no sé, sea El día que dejé de comer animales (Sílex, 2017), en cuya presentación en Cáceres estuve, pero no escribí nada. Ahora escribo para recibirlo aquí con tan buen propósito. 

viernes, febrero 07, 2020

Enciclopedia B-S

Este es otro de los últimos libros que traje a casa en 2019. Es la nueva edición de uno que ya estaba aquí desde 2011. Fue en septiembre de ese año cuando me llamó Víctor Infantes para preguntarme si yo podría procurarle la compra de un ejemplar de aquella primera edición en «Pequeños tratados» de Periférica que apareció en enero de 2011 y cuya cubierta muestro abajo. Conservo un mensaje de Julián Rodríguez, de 2007, anunciando esa colección que nacía bajo el signo de Walter Benjamin, que escribió en Trauerspiel: «Los tratados pueden ser didácticos en el tono; pero su talante más íntimo les niega el valor conclusivo de una enseñanza que, al igual que la doctrina, podría imponerse en virtud de la propia autoridad. Los tratados no recurren tampoco a los medios coercitivos de la prueba matemática. En su forma canónica se encontrará la cita autorizada como el único elemento que responde a una intención que es casi más educativa que didáctica. La exposición es la quintaesencia de su método». No pongo en pie por qué Víctor tuvo que recurrir a mí, pues supongo que en muchas librerías de Madrid estaría disponible la obra de Burucúa, un autor que, con La imagen y la risa, inauguró aquella colección. Tampoco conservo ninguna carta a Julián Rodríguez ni recuerdo una llamada para que atendiese la solicitud y el interés de mi colega. Lo cierto es que el cuatro de octubre de aquel año Víctor me enviaba unas líneas por correo electrónico diciéndome que ya le había llegado el libro. Por aquel tiempo, el escritor argentino José Emilio Burucúa ya llevaba al menos tres años concentrado en la primera parte —la de su propia familia— que iba a salir después de la segunda parte —que es aquella de 2011, y atinente a la familia de su esposa. Imbuido en la pulsión biográfica de la enciclopedia de Burucúa, y de escribir sobre los que ya no están, se me ha presentado esta tarde la carta que envié a Víctor Infantes diciéndole «Querido Víctor: Te escribo por no demorar más noticias mías a propósito de tus atenciones. Iba a dártelas a través de mi blog, pero no soy capaz de encontrar el hueco. (Mi madre, de ochenta y siete punto com, se rompió la cadera y la operaron ayer. Todo bien. Ahora, a recuperarse; pero supongo que aún me toca viajar a Zafra algún día para hacer alguna noche más en el hospital). Gracias por lo de las geometrías de Pino y el adn de Gutiérrez-Colomer, que son espléndidos asedios a la poesía de ambos. Daré cuenta de mi lectura. Y también de la de tu texto sobre «El Culebro» en Hibris (gracias por la cita de la edición de El Criticón de Moñino) y de la reseña de Marcelo Grota sobre eso de Libros ibéricos. Echa uno en falta de vez en cuando que le avisen, como haces tú. Y más. Un favor. Una consulta. Tengo en casa un manuscrito caligrafiado con esmero de unos Proverbios reales falto de portada y preliminares. Están dedicados al «Príncipe Nuestro Señor» y escritos en décimas. Sus capítulos son «Amor de Dios del prójimo», «Humildad y soberbia», «Santificación de las fiestas», «Amor y honra y reverencia de los padres»... etc. Cito solo los cuatro primeros, de veinticuatro (el último «Paz y guerra»). Supongo que, por sus trazas, el manuscrito es copia fiel de un impreso. Debe de estar dirigido al Príncipe Carlos de Austria. Se alude al emperador vivo, por lo que, si se trata de Carlos, debe de ser anterior a 1558. Pero no sé. En unas notas que me han pasado las propietarias del manuscrito se alude al Obispo de Osma, Honorato Juan, y he visto que en Pliegos de bibliofilia hay un artículo sobre su biblioteca, pero no tengo ese número de la revista. Es de 2003. ¿Puedes mirar si hay algo que me pudiese orientar? En cuanto tenga tiempo te daré más datos». A mi madre la operaron el jueves 10 de marzo de 2011 y creo que el primer día de abril mostré en Cáceres a Víctor Infantes y Nieves Baranda el manuscrito de los Proverbios reales, del que me dio pistas. Y Burucúa escribió que la «Historia parece estar compuesta por individuos que son el objeto primitivo de nuestras sensaciones y de nuestras percepciones directas sobre las fuentes de nuestras deducciones indirectas sobre el pasado» (pág. 326, de la edición de septiembre de 2019, dedicada, in memoriam et ingenti gratitudine, a Julián Rodríguez).

miércoles, febrero 05, 2020

Luciano Feria en Letras

Mañana jueves, a las 11:00 horas en el aula 11 de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, el profesor y escritor Luciano Feria (Zafra, 1957), tendrá un encuentro con los estudiantes de Filología Hispánica para hablar de su vocación por la filología cuando comenzó a cursar estudios en el antiguo edificio de la Facultad cacereña a mediados de los años setenta, de sus maestros Juan Manuel Rozas o Ricardo Senabre, de su pasión por la literatura y de sus experiencias docentes como profesor de Lengua y Literatura en institutos de Educación Secundaria durante casi cuatro décadas. El autor de los libros de poemas El instante en la orilla (1989), Fábula del terco (1996) y De la otra ribera (2004), presentará por la tarde su primera —y excepcional— novela El lugar de la cita (Santiago de Chile-Valparaíso-Barcelona, RIL editores, 2019), en el Espacio Belleartes (C/ Donoso Cortés, 6, de Cáceres) a las 20:30. Mañana jueves 6 de febrero de 2020.

sábado, febrero 01, 2020

Jesús Alviz



No sé si voy a ser capaz de escribir una crónica que haga justicia al cariñoso recuerdo que ayer por la noche se vivió en el Ateneo de Cáceres dedicado a la personalidad de un escritor como Jesús Alviz (Acebo, 1946-Cáceres, 1998). Creo que lo promovió Santi Lindo, que fue su alumno, y que hoy sabe quién llegó a ser un personaje único como el autor de He amado a Wagner (1978), aquella primera memoria biliosa —la otra fue Trébedes (1982)— que hoy tampoco se arriesgaría a publicar una editorial. Porque fue una autoedición, como su primera novela, Luego, ahora háblame de China (1977). Tras una presentación del acto de Lindo, en el primer bloque, Manuel Simón Viola contextualizó la obra de Jesús, e hizo bien en relacionarlo con Felipe Trigo, y con la postura literaria de otros narradores más contemporáneos pero ya desaparecidos, como Agustín Villar o José Antonio García Blázquez. Debió entrar más en las novelas de Alviz, en El frinosomo vino a Babel (1979), Calle Urano (1981), Concierto de ocarina (1986)… Quizá no lo hizo por no parecer cargante ante un auditorio que mayoritariamente trató en persona a un escritor que él no conoció. Siempre prudente, discreto y tímido, Simón Viola cumplió con su homenaje literario. El segundo tramo del acto fue una lectura de unos fragmentos de Española dicen que es (1992), su última novela publicada en vida, pues dos años después de su muerte, Ángel Campos Pámpano logró editarle en Del Oeste Ediciones El fuego lento del hinojo (2000), otro de esos textos totales de los que solo las veleidades de un profesor de literatura que encargue un trabajo a sus alumnos o que proponga una tesis doctoral a un investigador podría sacar parcialmente del olvido. Contra ese olvido leyeron e interpretaron muy bien anoche las actrices Olga Estecha y Amelia David una parte bien divertida de la novela de Suso Alviz, como familiarmente se le nombraba en los carteles que difundieron el homenaje. Y según lo anunciado, de postre, en el último bloque, Santi Lindo abrió el micrófono a los presentes; aunque al concluir la conferencia de Manuel Simón Viola, Blanca Martínez, que lleva el nombre y la memoria del entrañable Carlos Guardiola por todas partes, se encargó de mostrarnos qué es una prolepsis e hizo, antes del tiempo pensado para eso, una evocación de Jesús Alviz que abrió, antes, claro, del tiempo, una serie de jugosas intervenciones espontáneas de profesores como Desiderio Guerra o Antonio Sánchez Buenadicha, de amigas como Teresa Rejas —yo no sabía que el broche-mariposa de la cubierta de Calle Urano era suyo—, de buenos lectores como Jesús González Javier —que insistió oportuno en lo literario, en el valor de la palabra artística del escritor—, y de los íntimos, como José Luis Alviz, que no pudo contener sus lágrimas y que a pesar de todo trasmitió a todos la raíz auténtica de la tierra, Acebo, que cruzaba el ser vital de su hermano, y ciertas vicisitudes de su educación sentimental en un Cáceres muy gris. Fue Miguel, quien fue su pareja, el que cerró el acto con otro ahogo de emoción que sobrellevó bien mostrando unas pocas fotografías en las que volvimos a recordar la fisonomía etrusca de un escritor tan singular, un personaje al que sus seres más queridos hicieron ayer este merecido homenaje. Confieso que copié en unos folios las palabras que publicó ayer en su muro de Facebook Jeremías Clemente, que se excusaba por no poder asistir, y me las llevé en el bolsillo por si había ocasión de leerlas; pero fue Santi Lindo el que aludió a su fraternal recuerdo, aunque no fue leído en público. En cualquier caso, quien no pudo estar, de alguna manera, también estuvo. Me acordé —no lo dije; lo he dejado para ahora— de cuando en 1985 le dedicamos un espacio en el número 12 de la revista Residencia. Cuadernos de Cultura. Con Jesús inauguramos una sección que titulamos «Señas de identidad», para proponer una mirada más atenta a determinados escritores de aquí. Fue mi compañero Miguel Ángel Teijeiro el encargado de redactar un artículo y editar la sección, y fue él quien recibió una carta mecanoscrita de Jesús Alviz, fechada el 5 de febrero de 1985 —se disculpaba Suso por la tardanza, porque a su padre lo habían ingresado en la «Residencia Sanitaria»— en la que respondía a un cuestionario sobre su vida y su obra y nos enviaba un fragmento inédito de Concierto de Ocarina (sic) que en aquellos momentos, decía, estaba leyendo el equipo de la editorial Alfaguara. (Apareció en Ediciones Libertarias en 1986 con una ayuda a la creación literaria de 1983). A Jesús le gustó que desde la Universidad reconociésemos su obra y luego estuvo en la antigua Facultad de Filosofía y Letras en el edificio «Valhondo» y conversamos esa noche en «La Torre de Babel» después de su lectura, poco tiempo antes de que se presentase en «La Machacona» su novela Española dicen que es. Cuánto le habría gustado saber que en 2011 un alumno mío, František Dratva, checo, del que llevaba unos cinco años sin tener noticias y del que hoy he sabido, a costa de este recuerdo, que vive y da clases en Madrid, defendió un Trabajo de Fin de Máster sobre «El mundo literario de Jesús Alviz», que fue su título. Ayer me acordé mucho de él. Y de Alviz, claro. Faltó ayer, como falta en mi crónica de hoy, por una justificada inflación de lo sentimental, hablar algo más sobre lo literario, sobre los valores de una escritura muy valiente en su tiempo y contexto. Quería decir esto; y ayer, que lo era, no fue el momento.

domingo, enero 26, 2020

Antonio Franco


© HOY
«Como el que se despierta de un sueño», respondió Antonio Franco (Badajoz, 1955-2020) a la pregunta de «¿Cómo le gustaría morir?» en un cuestionario Proust que se publicó en la revista Grada hace unos años. Sobrecoge leerlo el día que nos ha dejado, después de una enfermedad que empezó a dar la cara en noviembre sin darnos cuenta, cuando Antonio llamó para decir que no podía intervenir, por una indisposición, en el encuentro Signo y letra sobre la poesía experimental en Extremadura, con Fernando Millán, José Antonio Cáceres, Antonio Gómez, José Luis Bernal y Emilia Oliva. Fue el 13 de noviembre y fue uno de sus últimos gestos para contribuir al reconocimiento de un artista extremeño como José Antonio Cáceres (Zarza de Granadilla, 1941), al que siguió la publicación de un maravilloso libro-catálogo que recibí hace unos días y en el que Antonio escribe uno de los textos preliminares, que no sé si será uno de los últimos que habrá salido de sus manos. Esta tarde de domingo irreal, en el que de mañana he recibido en casa a dos amigos comunes de Antonio para viajar a Badajoz a despedirlo, desfilan por este salón, gracias a fotografías y publicaciones, imágenes nítidas de momentos que él tuvo la generosidad de compartir —desde las primeras reuniones del proyecto editorial del periódico de revistas poéticas Hablar/Falar de Poesia, o exposiciones varias en las que me benefició privilegiadamente como guía, o hasta los iniciales contactos sobre el fondo artístico y literario de Timoteo Pérez Rubio— y recuerdos de sus opiniones sobre arte, sobre todo; pero también sobre la literatura que más le interesaba y por la que en los últimos tiempos me incitó a volver a Azorín y a Felipe Trigo. Como yo soy buen escuchador y él era un buen conversador, me encantaba pasar largos ratos de nuestros ahora exiguos encuentros disfrutando de su voz queda, de esa tranquilidad de habla y de presencia que a mí siempre me ha trasmitido placidez durante todos estos años. He abrazado esta mañana a su hermana Isabel, a quien conocí antes que a Antonio, pues compartimos pasillos en la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres. Ella fue una de las amigas (B) con las que coincidí ese mismo noviembre, y quién nos iba a decir que hoy nos veríamos en este trance infausto y doloroso. Antonio Franco hizo milagros en su MEIAC —el Fuerte de Pardaleras y la antigua Cárcel de Badajoz— en los años duros en los que el presupuesto fue irrisorio y le gustaba mucho decirte que había descubierto un dato en la prensa local. Me alegra que el gran Juan Domingo Fernández haya republicado hoy en su página de facebook la excelente entrevista que hizo a Antonio Franco en su nutriente «Zona de paso» del HOY en marzo de 2009, porque lo recuerda, y da buena cuenta de quién fue A.F. Ayer mismo no imaginaba que hoy estuviese escribiendo sobre esto. Pasa a veces. Pena.