jueves, mayo 26, 2022

Abril flamenco

Me apetecía escribir sobre este nuevo número de Abril justo cuando José María Velázquez-Gaztelu estuviese presentando su programa en Radio Clásica Nuestro flamenco, que todos los martes y jueves se puede escuchar en esta emisora de referencia. Con la generosidad de sus redactores, recibí nuevamente la revista Abril en su entrega dedicada en esta ocasión al «Flamenco», que llegó desde Luxemburgo hace unas semanas. Por eso lo de haber intentado acomodar estas líneas a la escucha del programa de uno de sus colaboradores ilustres, el admirado José María Velázquez-Gaztelu Vecina, que se pronuncia en estas páginas con su discurso de recepción como académico de la Real Academia de Bellas Artes de Cádiz el 21 de octubre de 2021. Abril es una revista muy singular y que sigue siendo puntual a la cita con sus lectores cada semestre. Bien atento siempre su equipo de redacción a lo que puede tener un interés cultural, o como una manera de difundir la cultura española fuera de aquí, se han empeñado en esta ocasión en llenar sus páginas con un bien tan cultural como el flamenco, que Paca Rimbau, en su presentación, nos recuerda que no es la primera vez —número 22 de Abril, de 2001—, y que lo reivindica como materia de estudio. Y de literatura, que es en lo que se afana —sin conseguirlo del todo— este número de Abril de mayo. Todas las colaboraciones son pertinentes, idóneas para el objeto principal del número que difunde experiencias y acontecimientos relacionados con el mundo del flamenco desde el siglo pasado —se celebra el centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada en la crónica del parisino estudioso y guitarrista Claude Worms—; pero me pregunto qué ocurre cuando las colaboraciones que se reclaman no llegan de escritores, sino de profesionales del arte como cantaoras —Rocío Márquez fue Premio Lámpara Minera en 2008— o bailaoras —Leonor Leal bailó dirigida por Cristina Hoyos y estuvo en la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2020, y la gaditana María Moreno tiene ya reconocida solvencia—, a las que se les pide que escriban. Ocurre que cuando se solicita a alguien que sabe hacer muy bien lo suyo —el baile o el cante, por ejemplo— que escriba unas líneas con apariencia de poema, el valor de su texto es solo un testimonio. Por eso es tan valioso lo que se puede leer en este número de Abril, que tampoco acierta con la presentación de los versos de las letras flamencas tradicionales y nuevas con las líneas centradas, como si la poesía flamenca se hubiese contagiado de esa reprensible manera de mostrar la poesía en internet. Otro ejemplo: si estuviese bien escrito, más sugerente habría sido el texto de Fernando López Rodríguez, no solo bailaor, sino teórico de la danza, con varios libros publicados, y con ancestros extremeños. Un testimonio que hace más sugerente este número de Abril que he leído en mayo. Después de tres o cuatro programas escuchando al sabio Velázquez-Gaztelu —o sea, dos o tres semanas— me he animado a publicar esta nota celebrativa de la publicación de otro número de Abril —con su andaluza voz de ambiente en mayo. Y la música, hoy, del guitarrista Pedro Bacán (Lebrija, 1951-Utrera, 1997), que murió en un accidente de tráfico al volver a su casa. Estupenda soleá y estupendo su acompañamiento con Chano Lobato. No digo más. Sigo escuchando.

miércoles, mayo 25, 2022

Aquel miércoles de mierda

Aquella mañana volví a constatar que vivo rodeado de cosas que no sé nombrar. Es una incómoda ignorancia que siempre me ha parecido una forma de desperdiciar la vida. Saludo con frecuencia y familiaridad a árboles que no sé cómo se llaman y eso me genera un malestar que tendría fácil remedio a poco que dedicase un rato a estudiar o a preguntar a quienes saben. En algún sitio que ahora no recuerdo mencioné algo parecido escrito por Muñoz Molina, que aludía a esa forma de ceguera de quien pasea por el campo sin saber cómo se llaman las flores que tiene delante. Ahora sé que hay herramientas en el teléfono que solucionan eso. Aquella mañana, después del paseo, volví a casa, como siempre, con la prensa en las manos, con esos papeles —todavía— que sigo trayendo aquí como si tuviese alguna necesidad de conectar con la realidad, cuando la realidad que me viene del periódico ya pasó hace muchas horas. Es una realidad sobre la que también me faltan palabras para nombrarla. No sé cómo decir sobre la violencia, sobre la mentira, la ambición, que ya están dichas; y no sé cómo comprender algo así y verbalizarlo más allá de esa manera de nombrar sin mayor reflexión; pues reniego de la opinión marcada y dirigida de las tertulias que nos viene de los medios y de los extremos. Descreo de todo menos de la mirada de un perro abandonado. Descreo de esa forma de escribir, de la deslealtad, de la falta de confianza de alguien que te agradece algo cuando piensa de ti que eres un mierda; o peor, un librepensador. Para eso sí me han salido las palabras y la casi paranomasia. Miércoles, que fue cuando rescaté esta nota de mierda.

domingo, mayo 15, 2022

Atlas de Literatura Latinoamericana

Este Atlas de Literatura Latinoamericana ha sido un buen colofón de mis clases de Textos de la Literatura Hispanoamericana en el tercer curso del grado de Filología Hispánica. He propuesto una especie de reseña pública de esta notable y bella novedad editorial —un regalo de persona muy apreciada—, con la pretensión de ofrecer a mis alumnas un buen número de nombres y de rasgos que sobrepasan con mucho los estrictos límites de nuestra asignatura. Es la gran virtud de este libro. En cierta manera, constata la magnitud inabarcable de la literatura en lengua española de un continente y la imposibilidad de acaso acercarse a ella en la ficha docente de una asignatura de un grado universitario. Coordinado por Clara Obligado e ilustrado por Agustín Comotto, este Atlas de Literatura Latinoamericana (Arquitectura inestable) (Madrid, Nórdica libros, 2022, 222 páginas) propone cincuenta nombres de veinte países presentados con semblanzas por cuarenta y siete escritores y profesores. La nómina puede escandalizar, además, a quien se lleve las manos a la cabeza por no ver en ella a Borges, Cortázar, García Márquez, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Elena Poniatowska, César Vallejo, Cristina Peri Rossi, Horacio Quiroga o Carlos Fuentes, entre otros muchos. Como es lógico; pues no caben y hay que optar por un criterio. En este caso, el criterio principal es ir contra lo más obvio por visible a lo largo de la historia de un canon instituido hasta en los programas de las universidades de medio mundo. Evitar esos nombres tan sonados. Respetable. En palabras de Clara Obligado, se trata de una selección anti-canon en donde no están los del boom por eso, por obvios y ya demasiado visibles. Otro afán es el de dar visibilidad a muchas mujeres que la merecen por sus obras. Así que está Elena Garro y no Octavio Paz, y Silvina Ocampo y no Bioy Casares; pero también un buen número de escritoras de un interés notable, como Julia de Burgos o Alejandra Pizarnik. Bienvenidas sean propuestas así, que nos permiten sobrevolar por la «arquitectura inestable» de este Atlas, que es una buena forma de agrandar o aumentar nuestra visión de una literatura inmensa. Así lo he aplicado en mis últimas clases, convencido de que podría montar, con el Atlas de Clara Obligado como mapa o guía docente, un curso estupendo de «Textos de Literatura Hispanoamericana», que es el título de mi asignatura. Mis dos principales reparos es que un libro así no contenga textos —una antología mínima, al menos— de las autoras y autores que se reseñan. Eso conllevaría una edición de más páginas, y yo comprendo las dificultades editoriales. Pero no habría supuesto tantas incluir una información sucinta —mínima, al menos— para el lector que quisiera saber dónde encontrar la obra de Salarrué, las mejores ediciones de Gabriela Mistral, dónde leer a Blanca Varela o a Elena Garro, que ha sido editada en Extremadura por La Moderna (Cristales de tiempo. Edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui. Galisteo. Cáceres, Rosas Lopategui Publishing y La Moderna, 2016). Curiosamente, se dan más datos de quienes colaboran en este libro —sabemos que Ana María Shua obtuvo el Premio Nacional de Argentina y una beca Guggenheim, y que su último libro fue publicado en Madrid y en Buenos Aires en 2019, que ha sido traducida a quince idiomas—, que de los autores protagonistas —de Augusto Monterroso, «escritor hondureño, nacionalizado guatemalteco y exiliado en México», no se da ni una sola referencia de sus obras. No es un prurito de profesor, es solo el reproche de un lector al que le gustaría conocer parte de lo mucho mostrado en esta atractiva forma de difundir una literatura tan plural. Que un Atlas así permitiese también una orientación sobre dónde leer la obra de Marosa di Giorgio, y si la editorial de Adriana Hidalgo (A.hache) distribuye bien su obra, y si se puede adquirir algo de lo que escribió. O si puedo leer la poesía de Julia de Burgos en la antología Yo soy mi ruta que publicó Torremozas en 2019. Este Atlas es un bonito montaje editorial que se podrá leer, como quieren sus promotores, como una obra de creación, pero que no ha tenido la generosidad para con sus lectores de ser un poquito más útil por informativa. 

domingo, mayo 08, 2022

Julio Neira

© Javier Cotera. El Diario Montañés

Ayer sábado, en varios medios y redes, leímos la noticia del fallecimiento de Julio Neira (Madrid, 1954), y resúmenes de su trayectoria profesional como Catedrático de Literatura Española en la UNED —fue decano entre 2015 y 2019 de su Facultad de Filología—, como investigador y ensayista en poesía española contemporánea y especialmente en la Vanguardia española, o como gestor desde su primer cargo como delegado del Ministerio de Educación y Ciencia en Cantabria entre 1986 y 1993, su vinculación a la política como candidato del PSOE en las elecciones autonómicas en Cantabria en mayo de 1995, o sus actividades en la gestión cultural cuando fue, entre 2003 y 2008, director del Centro Cultural Generación del 27 de la Diputación de Málaga, luego coordinador general del Centro Andaluz de las Letras (2008-2011), o director general del Libro Archivos y Bibliotecas de la Junta de Andalucía (2011-2012). Publicó numerosos trabajos sobre revistas como Litoral o autores como Jorge Guillén, José María Hinojosa —a quien dedicó su tesis doctoral y editó (La flor de Californía, Poesías completas, Epistolario…)—, Luis Cernuda, José Moreno Villa, José Antonio Muñoz Rojas, y, más recientemente, José Manuel Caballero Bonald, que biografió en Memorial de disidencias. Vida y obra de José Manuel Caballero Bonald (Fundación José Manuel Lara, 2014), que fue Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías, y a cuya poesía dedicó el libro Gestión de simulacros. La poesía de José Manuel Caballero Bonald (Calambur, 2021). Nos gustó mucho encontrarnos en Córdoba, hace cuatro meses, en el II Congreso Internacional SILEM Vidas para contar. La construcción biográfica del escritor en la modernidad temprana, al que acudió acompañando a María Dolores Martos, que habló sobre discurso biográfico femenino en la Filipinas del siglo XVII, y a la que me presentó. Era la primera vez que lo veía desde que supe lo de su enfermedad, que no le impidió del todo seguir aceptando invitaciones, como cuando Luigi Giuliani le pidió el año pasado que presentase en Madrid su edición de Roma, peligro para caminantes, que finalmente no pudo ser, precisamente, por culpa de su tratamiento. Nuestro afecto mutuo venía de años, de esa época de la que no hablan los resúmenes de las necrologías. Julio vino a Cáceres en el curso 1983-1984, procedente de la Universidad Mohamed V de Rabat, en la que había dado clases durante cinco cursos. Lo conocí esporádicamente como profesor, pues se hizo cargo de alguna asignatura de los últimos cursos, e incipientemente como compañero muy pocos meses, intensos en su aclimatación a Cáceres, que viví con él desde cerca. Más de una vez he contado que un catorce de enero de 1986, Julio se presentó en casa —yo vivía de alquiler con Miguel Ángel Teijeiro y otro amigo— y, llorando, nos comunicó la noticia de la muerte de Juan Manuel Rozas, pilar de aquel joven Departamento de Literatura Española. Creo que la desaparición del referente del maestro tuvo mucho que ver con que Julio y su familia dejasen Cáceres, una ciudad que solo podía motivarle en aquel entonces por trabajar junto a Rozas. En los últimos años, y cuando ya había vuelto a su dedicación como profesor de la UNED, retomamos el contacto por sus venidas a Cáceres para participar en alguna comisión de plazas docentes o en algún tribunal de tesis doctoral, y sabíamos bien de él por reuniones y congresos en los que coincidía con colegas como José Luis Bernal, que ha compartido siempre intereses de investigación, y que fue quien ayer por la mañana me dio la noticia de la muerte de Julio Neira. A quien recuerdo ahora y por quien escribo. 

jueves, mayo 05, 2022

Del plagio

Ex Apocrypha Universitatis Biblia: § No cabe duda de que el plagio es una práctica contraria a los principios que rigen la educación universitaria. § La institución deberá proporcionar a los estudiantes la formación necesaria para la elaboración de trabajos que manejen y citen debidamente las fuentes utilizadas. […] § Así pues, el plagio, entendido como la copia de textos sin citar su procedencia y dándolos como de elaboración propia, conllevará automáticamente la calificación de suspenso en la asignatura en la que se hubiese detectado. § Eso sí, si el estudiante adujese como causa la lectura de «Pierre Menard, autor del Quijote» (1939), de Jorge Luis Borges, quedaría exonerado de toda pena. [f. 34r]

lunes, mayo 02, 2022

Dos de Mayo

Es posible que el verso más recordado sobre esta fecha sea «Oigo, patria, tu aflicción», primero de la oda «El Dos de Mayo» de Bernardo López García (Jaén, 1838-Madrid, 1870), que, sin embargo, no vivió aquellos hechos. No voy a hacer ningún recuento sobre la poesía escrita en torno al 2 de mayo de 1808, pues hay bastante información. Juan Pérez de Guzmán hizo una relación histórica detallada a principios del siglo pasado y un libro de Christian Demange abordó hace menos a partir de aquello el sentimiento nacional español (El Dos de Mayo. Mito y fiesta nacional (1808-1958), Marcial Pons, 2004). He leído algunos textos poéticos de aquel tiempo, de encendido ímpetu versal, como el de unos cuartetos agudos de Arriaza, u otros poemas de Cristóbal de Beña, de Juan Nicasio Gallego…, que me han interesado por conocer algo más sobre la personalidad de sus autores. Me ha ocurrido con Francisco Sánchez Barbero (1764-1819), que escribió en la primera oda de su serie «La invasión francesa en 1808»: «¡Oh día dos de Mayo, / día de horror! Jamás, jamás la lumbre / del padre de las luces te amanezca; / maldígate el que mora / del quieto empíreo la estrellada cumbre, / y a ti con él, Murat, y cuantos fueron / presa de tu perfidia destructora». Al extremeño de Mérida José María Calatrava (1781-1846) debemos una carta conmovedora en la que relató la muerte de su amigo y compañero de destierro —por liberales y constituyentes— en Melilla y que publicó, antes de los poemas de Sánchez Barbero, Leopoldo Augusto de Cueto en el segundo tomo de sus Poetas líricos del siglo XVIII, que me acompañan desde hace tantos años de estudios dieciochescos. La carta la recordó Pedro J. Ramírez en su documentadísimo libro La desventura de la libertad. José María Calatrava y la caída del régimen constitucional español en 1823 (Madrid, La Esfera de los Libros, 2014). Está bien detenerse en una efeméride, recordar algún hecho o figura memorables e ir de una lectura a otra.

domingo, mayo 01, 2022

Incunabula

El pasado miércoles 20 de abril me detuve en la página 32 de El País, que mostraba una fotografía del Sinodal de Aguilafuente, que es el primer libro impreso en España, y que iba a exponerse en Madrid al día siguiente, en la Biblioteca Nacional, después de un complejo traslado del ejemplar desde la Catedral de Segovia hasta Recoletos. Como esa misma tarde viajaba a la capital, miré sin mucha convicción en la página web de la BNE, o, más bien, con esperanza y sin convencimiento, y encontré una plaza entre las cinco últimas que quedaban en el tramo de las nueve y media de la primera mañana de la exposición. La hora me permitía visitar la muestra —treinta minutos es un tiempo más que suficiente— y acudir caminando al encuentro en la Biblioteca de la UNED con Olvido García Valdés, que resultó gratísimo. Los primeros visitantes de Incunabula. 550 años de la imprenta en España —del 21 de abril de 2022 al 23 de julio de 2022— compartimos el espacio de la escalinata de acceso al control durante los minutos que faltaban para que llegase la hora exacta de apertura. Un señor muy afable de unos setenta años con sus deportivas, que se identificó como usuario de la Biblioteca —llevaba su carpeta con folios— había reservado para ver la exposición antes de ocupar su sitio en alguna de las salas. Una mujer cargada con una mochila que debía de pesar lo suyo aguardaba igualmente a que nos llamasen para entrar en el primer turno del primer día de visitas. Estaba también un joven jubilado de la Enseñanza Secundaria al que una usuaria, antigua profesora, saludó y preguntó por su situación. Además de haber dejado la enseñanza —dijo—, había comenzado a redactar otra tesis. Estuvo luego durante la visita anotando en una libreta algo sobre los libros que allí estaban. Me pareció un poco absurdo, ya que la mayoría de los incunables de la Nacional están digitalizados y a disposición de quien quiera en el ordenador de su casa, desde el Lux bella (1492) de Marcos Durán o la Ethica ad Nicomachum Politica (1473) de Aristóteles, hasta las Ordenanzas reales de Castilla (1485). Eso sí, hicimos alguna foto, sobre todo del Sinodal de Aguilafuente (ca. 1472), que por primera vez se ha visto fuera de la Catedral de Segovia. Algún trabajador de la BNE de bata blanca aprovechó un receso para pasarse por la sala y curiosear. Me pareció que estábamos compartiendo una especie de celebración ritual sin aparato y por el mero disfrute de estar allí. Aquí se puede disponer más cómodamente de toda la información que allí había; y, sin embargo, nos parece mejor pasar por el sitio, aunque sea un rato. Menos mal; por eso seguimos yendo a los museos. Y a las exposiciones pequeñitas y extraordinarias como esta.

jueves, abril 28, 2022

Archivo Índice

En el recibidor de Pintores 10, donde la Diputación Provincial de Cáceres tiene su Archivo-Biblioteca y otras dependencias, hay una esquinita en la que desde hace años se expone bajo el título de Hablan nuestros documentos algo de lo que se custodia allí —que no en vano ese edificio fue un banco. Demasiadas veces, esa mínima muestra tiene mucho más interés que la exposición de la sala interior, tan poco visitada como este pequeño rincón en el que casi nadie repara. Uno de mis más cercanos informantes de estas cosas es Javier Alcaíns —que atiende funcionarialmente como Javier Martín Santos—, y al equipo del Archivo-Biblioteca debemos la difusión de documentos sobre el origen del ferrocarril en la provincia de Cáceres o los antecedentes del Hospital Provincial en las fotografías de Javier García Téllez del Instituto de Maternología y Puericultura cacereño, la Casa Cuna. Portentoso, verdaderamente, lo expuesto en los últimos años, y que he tenido la oportunidad de ver como el que visita un sitio de un barrio compartido. Desde hace pocos días, ocupa ese rincón un pedacito de uno de los muchos tesoros documentales y bibliográficos que alberga la ciudad de Cáceres en sus archivos y bibliotecas: el fondo de la revista Índice (1945-1976) o archivo personal de Juan Fernández Figueroa (Ruanes. Cáceres, 1919-Madrid, 1996), su director. Hay en él correspondencia con más de quinientas personalidades políticas y literarias —desde Salvador Allende o Fidel Castro hasta Lezama Lima o Julio Cortázar—, ocho mil fotografías, la colección completa de la revista, incluyendo su segunda etapa —Nuevo Índice— de 1981 a 1983, los diez mil volúmenes de la biblioteca personal de Fernández Figueroa, y otras revistas españolas y extranjeras de aquella época. Un tesoro que puede propiciar estudios, tesis, proyectos de investigación sobre nuestra historia contemporánea, nuestra literatura u otros aspectos de nuestro pasado siglo. Insisto en llamar la atención sobre la posibilidad de ver un poema manuscrito de Vicente Aleixandre, una carta de Ramón Gómez de la Serna de 1955, otra de Carmen Laforet de 1961, la de Lezama Lima, o un mecanoscrito de Luis Cernuda de 1959 enviado desde el mismo México que Max Aub mandó sus escritos a Juan Fernández Figueroa, una figura de tantas extraordinarias que no acabamos de reivindicar debidamente. Gestos así van en lo suyo. En ese recibidor de Pintores 10 disfruté hace pocos días con el privilegio de las explicaciones de Javier Alcaíns y de Juan Domingo Fernández, eximio periodista de Hoy —y de siempre—, y sobrino del fundador de Índice, de este pequeño gran tesoro que tenemos tan a la mano.



martes, abril 19, 2022

Con Olvido García Valdés en la UNED

«Ya habrá ocasión de seguir hablando de la palabra de Olvido García Valdés», publiqué aquí un viernes de octubre de 2020. No sé si cerré aquella nota con ese deseo inseguro pero sincero que expresamos a las personas muy queridas con el consabido «A ver si quedamos». Lo aproveché cuando comencé a leer confía en la gracia (Tusquets Editores), su impresionante libro de poemas de aquel mismo 2020, su reaparición en el panorama poético, ocho años después de su último título. O, realmente, aquello era una llamada ante la imposibilidad en esos momentos —de dificultades por la crisis sanitaria— de reunirnos y presentar aquella antología dentro del animal la voz (Antología 1982-2012) (Madrid, Ediciones Cátedra. Letras Hispánicas, 838, 2020). Y es que —ahora que caigo— no hubo ocasión desde su salida de presentar esa edición de alguien tan indispensable en el panorama poético español como Olvido García Valdés. Y sé que Olvido también se acordó cuando propuso a la dirección de la Biblioteca de la UNED —que quería organizar un acto con ella para el Día del Libro— que Vicente Luis Mora y yo la acompañásemos en el acto de este jueves 21, a las 12:00, en la Sala A de la Facultad de Derecho, para hablar, con Ana Isabel Zamorano y Antonio Ortega, sobre su poesía. Una gran idea para volver a vernos. Será un placer participar en una jornada preparada con mucho esmero por el personal de la Biblioteca de la UNED con motivo del Día del Libro, que se completará con un concierto poético a cargo de Carlos de Abuin, Eva Estebas, Enrique García Requena y José Manuel Maillo, y la exposición de la obra de Rebeka Elezegi, dedicada a las mujeres de la generación beat y una selección de obras de poesía del fondo bibliográfico de la Biblioteca de la UNED.



domingo, abril 17, 2022

Vera

Es saludable que personas muy jóvenes te recomienden lecturas, y que te den las claves de algunos hechos editoriales. Más si se trata de novedades que tienen cien años. A M., una joven guionista extremeña con la que coincidí hace semanas en la librería La Puerta de Tannhäuser de Cáceres, le había recomendado R., una de las libreras que atienden al público, una novela de Elisabeth Von Arnim, Vera (Traducción de Clàudia Gispert Codina. Andorra la Vella, Trotalibros, 2021). Se la llevó. Anoté el título y la autora, y días después, volví donde R. y compré mi ejemplar. Yo no sabía quién era Jan Arimany, el editor. Cuando hablé con mi hija de lo que estaba leyendo, me dijo que sabía de Trotalibros, que le gustaba mucho el cuidado que ponían en sus ediciones, y que Arimany era un conocido bloguero —¿booktuber?— que recomendaba libros y que había decidido crear su propio sello. Sus recomendaciones ahora, en sus ediciones, se incluyen —me dijo— como «Nota del editor» al final del texto y antes del índice. Bien —y esto lo digo yo después de leer este relato de «suspense psicológico»—; pero ojo con estos paratextos, que recomiendo no leer si no se ha hecho con la novela entera y vera. Ni siquiera la faja vertical; ni, si me apuran, la noticia de «La autora», que aporta datos de situación como que nació en 1866 en Sidney, que fue prima de la escritora Katherine Mansfield y que se casó con un viudo barón alemán, Henning August von Arnim, que, a su muerte, tuvo relación con H. G. Wells, y luego matrimonió con el hermano de Bertrand Russell… Murió en Estados Unidos en 1941. Algo así, incompleto, funcionaría mejor para el lector que la información e insinuaciones que la editorial aporta en todos sus paratextos, que recomiendo no leer, insisto, sin haber leído la novela entera y Vera. Recomendable. Incluso los paratextos, el cuidado que el editor pone en cuidar incluso la visibilidad de la traductora, de la que se incluye reseña. Animo a meterse de lleno en este estupendo relato sobre el que, dado su final abierto e inquietante, nadie debería dar ninguna pista. Cuidado, pues, con la promoción de una editorial tan ardorosa.

viernes, abril 15, 2022

Cartas peninsulares

En dos ocasiones de su Por tierras de Portugal y de España (1911) escribió Unamuno, casi con las mismas palabras, que no le parecía Joaquim Pedro de Oliveira Martins (Lisboa, 1845-1894) «el historiador más artista que dio en el pasado siglo la península ibérica», como dijo Menéndez Pelayo, «sino el único historiador de ella que merece tal nombre» (Madrid, Renacimiento, 1911, pág. 49). Los elogios de don Miguel a «aquel poderosísimo entendimiento —acaso el más robusto que tuvo en el pasado siglo Portugal—» (pág. 39) fueron por sus obras históricas (História de Portugal, História da civilização ibérica, entre otras), más conocidas que estas póstumas Cartas peninsulares (1895) que se editan y traducen exentas e íntegras por primera vez en España en esta magnífica edición del profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura César Rina Simón. Me hace feliz que este libro tan bien hecho se haya publicado, con el apoyo de la Fundação Calouste Gulbenkian, en coedición entre los sellos del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura y la Editorial La Umbría y la Solana, con su extraordinario catálogo de difusión en España de las letras y la cultura portuguesas. El estudio de César Rina que sirve de prólogo («El viaje peninsular de Oliveira Martins») es una brillante síntesis de la personalidad intelectual de un «historiador, articulista, político, gestor de minas, de ferrocarril, etc.», que no «tiene estudios superiores y no es un profesional del conocimiento en términos académicos» (pág. 22), y también una excelente presentación de las ideas con respecto al estudio de la historia de alguien que, precisamente, emprende su viaje a Castilla para empaparse del paisaje del pasado que quería historiar, y nos ofrece una obra «inclasificable», como subraya Rina, «a medio camino entre la historia documental, la divulgación y el análisis sociológico, económico y de la psicología de los pueblos y los personajes» (pág. 27). En cualquier caso, estamos ante un iberista que en la indagación castellana de su relato de viaje se separa de ese iberismo incluso por el empleo del adjetivo peninsulares de sus cartas y, en ellas, según César Rina, «insistió en señalar las diferencias paisajísticas, culturales y caracterológicas de ambos pueblos» (pág. 51). La lectura de estas Cartas peninsulares permite disfrutar de la visión de las tierras castellanas de un vecino buen conocedor de España, de la prosa diarística en ruta de una gran personalidad intelectual como Oliveira Martins; pero esta edición muestra igualmente el rigor y la sensibilidad de un estudioso sobre su objeto de estudio, y posibilita a los lectores un conocimiento preciso del autor y de su texto. El manejo de los precedentes bibliográficos es muy bueno y cuando Rina se hace eco, como yo vicariamente en esta nota, de la consideración que Unamuno tenía de Oliveira Martins, el investigador nos ofrece muy oportunamente una ojeada a la biblioteca del bilbaíno para constatar que las Cartas peninsulares no estaban en ella y que es probable que nunca las leyera. Del mismo modo, es indicativo de la pulcritud investigadora del traductor y editor la selección de fotografías, todas tomadas del fondo de la Biblioteca Nacional de España y todas de época, entre 1870 y 1892 las de Salamanca, entre 1864 y 1870 las de Zamora capital y de Toro, y de 1864, la de Medina del Campo, encabezadas por la reproducción de un mapa ferroviario portugués de 1895. En total, una docena. Es una aportación extraordinaria, que, además, me ha permitido conocer algo muy reseñable: la propuesta de convertir las Cartas peninsulares en un recurso didáctico para la enseñanza del español a estudiantes portugueses de María Concepción López Jambrina y David Mota Álvarez, en su «Oliveira Martins y As Cartas Peninsulares: una propuesta de viaje cultural por Castilla y León como herramienta didáctica para la enseñanza del español entre el alumnado portugués», en España y Portugal, tierras de encuentro y de proyección cultural. Lisboa, AEPE, 2014, págs. 149-161. En las primeras líneas de sus Cartas, Oliveira subraya dos motivaciones de su viaje: la necesidad de pisar el terreno sobre el que va a escribir en su proyecto de historiar en O Príncipe Perfeito al rey João II y su tiempo, y reponerse en el clima cálido del junio castellano de una enfermedad que le llevó a la muerte. Una lectura transfronteriza muy recomendable.

martes, abril 12, 2022

Las primas

Es un relato impactante. Es un golpe en la garganta que te deja sin habla y repercute como un mazazo en la mano que intenta anotar la experiencia, si acaso por compartirla, con una dificultad parecida a la de la narradora que sufre la diferencia entre lo que se le ocurre y «la palabra hablada» (págs. 62, 65, 77…). Es, por eso, un texto que incorpora su propio proceso de creación a su discurso. A los argumentos y circunstancias de su personaje, diría; pues a medida que ella va aprendiendo a escribir —Yuna, una discapacitada de diecinueve años, que se hace talentosa pintora—, el lector va avanzando en su lectura. Lo impactante es siempre la forma, esa manera de fijar en el lenguaje y en la estructura artística la base de todo, el énfasis de la literatura que es la sutileza verbal. No tanto el maltrato, la miseria, el asco, la prostitución, el asesinato, los hombres babosos y pederastas, el vómito, el sexo brutal, la mentira social, la perversión…, que serían unos cuantos puntos  —unos cuantos solo—, insignificantes puntos que el lector encontrará en este relato sobrecogedor. Una «tragicomedia inmunda» (pág. 209) que me recomendó no hace mucho mi cuñada E., buena lectora, con cuyos libros de juventud, muchos en francés, convivo cuando me quedo en su casa. Su recomendación fue esta novela: Las primas (Tusquets Editores, 2021), de Aurora Venturini (La Plata, 1921-Buenos Aires, 2015), que me ha absorbido. No es, sin embargo, ninguna novedad, pues, editada en Argentina en 2007 por Página/12 y luego por Mondadori, se publicó en España por Caballo de Troya en 2009. Había sido reconocida allí con el Premio Página/12, «que la convirtió, después de cuarenta libros y seis décadas de anonimato, en la voz más singular de la literatura argentina de los últimos tiempos», escribió Leila Guerriero en una larga entrevista en Gatopardo tan fascinante como la novela de Venturini, que te vuela la cabeza, como dicen por allá. Las primas está llena de hallazgos en el modo de la narración. Uno no ha terminado de sorprenderse por la concisión de una relación sintética de casi toda la obra en treinta y siete palabras (págs. 178-179), cuando se topa con la eficacia del microrrelato de una muerte importante en treinta (pág. 180). O cae en la trampa de creer en la futura vida novelesca de un personaje que sale en la primera página —Rubén Fiorlandi, el hijo del almacenero— y que no volverá a aparecer. Una excepcional novela de una autora genialmente excéntrica, con la que, como con la narradora Yuna, el lector simpatiza por impacto.

domingo, abril 03, 2022

José Hierro, 100 años

© EFE

Fue en el curso 96-97. Programé en clase la lectura de Poeta en Nueva York, del libro de los primeros exilios de Luis Cernuda, Las nubes, y en estricto orden cronológico, de Espacio de Juan Ramón Jiménez, del Libro de las alucinaciones de José Hierro y de Sepulcro en Tarquinia, de Antonio Colinas, donde cerramos el recorrido por una parte de la poesía contemporánea en uno de aquellos cursos monográficos variables que se daban en los planes de antaño que ya ensayaban asignaturas cuatrimestrales. Continué con ella dos cursos más, hasta 1999. El libro de Hierro lo leímos por la edición de Dionisio Cañas (Ediciones Cátedra. Letras Hispánicas, 243, 1986). Hoy, que se cumplen los cien años del nacimiento del poeta, recuerdo aquellas clases con mucho gusto, y cómo el crítico y poeta de Tomelloso, en su introducción, al comentar el concepto de alucinación —luego estaba el de reportaje— en el autor de Cuanto sé de mí (1957) nos vino de perlas para enlazar la lectura que íbamos a hacer con la del último Juan Ramón Jiménez que ya habíamos hecho. Cañas decía que, junto con Antonio Machado, uno de los autores que más influyeron en la formulación de la teoría y la práctica de la alucinación de José Hierro fue el Juan Ramón Jiménez de Espacio, y aludía a que desde mucho antes de que Octavio Paz lo pusiera de moda en España ya Hierro elogiaba ese poema con fervor. Aquel curso 96-97 ocurrió algo muy especial para un profesor de literatura española como yo, ocupado en comentar en clase obras contemporáneas. José Hierro vino a Cáceres, para participar en las lecturas del Aula Literaria José María Valverde. Fue en noviembre de 1996; y tuve la oportunidad de contarle que tenía que hablar del Libro de las alucinaciones en el segundo cuatrimestre; y se alegró al tiempo que me sugirió que programase igualmente su libro Agenda (1991), que tanto apreciaba. La vitalidad, la energía, el humor y la lucidez del poeta llenaron todos los momentos de su estadía cacereña. Leyó en público su espléndido poema «Lope. La noche. Marta», bromeó en privado con la preparación de su «cóctel del 27», que ya era el «cóctel de Hierro», y nos dijo que José Luis Hidalgo, su amigo, el autor de Los muertos, era un chistoso. Fueron horas escasas pero intensas con uno de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Hace casi seis años, aquí en Cáceres, Dionisio Cañas me regaló de palabra una iluminadora nota al pie de la dedicatoria de Cuaderno de Nueva York (1998): «A José Olivio Jiménez porque en su casa fraterna —West Side, 90 Street— cercana al Hudson se me apareció mágicamente la ciudad de New York». Me dio la clave de las circunstancias de escritura de aquel libro tan vendido de Hierro, clave que me he guardado. Hasta que hoy en La Lectura, el suplemento cultural de El Mundo —mi quiosquero siempre me lo vende dos días después de su salida—, he leído el artículo de Manuel Llorente «El secreto neoyorquino de Hierro», que precisa, con imágenes también, aquella clave, y que anuncia, algo sensacionalista, que el propio Dionisio Cañas hará público este «secreto» el próximo 27 de abril «en un debate en Espacio Mercado de Getafe». En «Elementos para un poema», de Agenda, escribe José Hierro algo que merece reproducirse este domingo en su recuerdo, a los cien años de su nacimiento: «La poesía es dar nombre a las cosas: el nombre nuevo por el que serán, en adelante, conocidas. Es descubrir el nombre verdadero, tapado por los nombres falsos que ostentaban». Una nueva manera de nombrar las cosas que ya estaba en su primer libro de poemas, Tierra sin nosotros (1947).

sábado, abril 02, 2022

El académico Jesús García Calderón

El orden de las imágenes es cronológico: el acto, el librino con el discurso y la vuelta por la iglesia de Santa María la Mayor antes de bajar por la Puerta de San Andrés y regresar a Cáceres. Lo principal fue lo que no sale en las fotografías. Yo había llegado a Trujillo con más de hora y media de antelación para visitar a una entrañable pareja: Margarita Corrales y Antonio Jiménez. Fueron, hace treinta años, las personas con las que más nos relacionamos durante nuestra breve residencia —doce meses— allí. Ella cuidó a nuestra hija Julia todos los días de aquel curso y él, ya guardiacivil jubilado, fue mi contertulio en lugares para mí insospechados: un cuartel todoporlapatria y un mesón lleno de cazadores en 1992, el último año, si no recuerdo mal, que se celebró el Día de Extremadura en Trujillo, cuando cantó Julio Iglesias en aquella Plaza abarrotada. Antonio me dijo esta mañana que dejase el coche por la cuesta de San Andrés, y me vino muy bien, porque hoy había una carrera popular por el casco histórico, e iban a cerrarlo a las cuatro de la tarde. A esa hora yo ya estaba camino de casa y pensando en lo mejor del día. Y que me perdone mi querido Jesús García Calderón, que tomó posesión por la mañana de su medalla como Académico de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura —el motivo de mi viaje—, con un discurso brillante sobre Una frontera invertida. La Raya de Portugal como antítesis de la frontera, contestado por su amigo el arquitecto y pintor Gerardo Ayala, que leyó dos poemas de Jesús de un libro aún inédito —La espalda de mi padre— en uno de esos actos de representación y disfraz en los que uno se alegra de estar por la alegría de los que están; aunque siempre que he asistido alguien se ha quejado de aquellos —demasiados— académicos que no van, como si con ellos no fuese la función. Qué placer volver a estar en Trujillo y saludar a muchos y charlar con C., con B., con J.J., con M., con J., con M., y más… Con Juan Ricardo Montaña, al que siempre encuentro con sentimientos compartidos. Con Antonio y Margarita.

viernes, abril 01, 2022

Destrucción

© VEGAP Cáceres 2022
Recibe en el interior del Museo Helga de Alvear esta gran fotografía de Frank Thiel que impresiona y que no desmerece en su potencia frente a la icónica lámpara de Ai Weiwei con la que comparte espacio. Mide seis metros y medio de ancho y tres de altura y muestra en Cáceres —nótese— una estampa ya inexistente de lo que fue una ruina monumental inmortalizada por el objetivo del artista, un edificio que vivió las consecuencias de la caída del Muro de Berlín, la ciudad (Stadt, 5/18) de la imagen, y los imponentes cambios por la unificación de las dos Alemanias. Me ha venido a la cabeza esta inmensa fotografía al ver en El País las imágenes de las ciudades de Ucrania asoladas por el ejército ruso. En portada, la de un chaval sobre las ruinas de una escuela destruida en Yitómir, y en las páginas de Cultura las de la reseña que hace Paco Cerdá del libro de Owen Hatherley Paisajes del comunismo (Traducción de Noelia González Barrancos. Madrid, Capitán Swing, 2022), las fotografías de la destrucción de edificios en Járkov o Kiev, imágenes de hace días que ponen el pie a un texto escrito antes de tanta debacle. Es sobrecogedor. Y no debería ser. No hacía falta que nos pusiesen a la mano realidad tan fehaciente para escribir y crear a partir de ella. Ya tenemos a los trágicos antiguos para leer el infortunio. Y a los contemporáneos. He releído «Naturalizar el mal. El mal del bien racional», de Isidoro Reguera (Posmodernidad, melancolía y mal. Edición y prólogo de Carla Carmona. Athenaica Ediciones Universitarias y Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2018, págs. 247-279). A pesar de todo. Seguir.

domingo, marzo 27, 2022

Día Mundial del Teatro

«Queridos amigos:

Mientras el mundo pende, cada hora y cada minuto, de un goteo diario de noticias, me gustaría lanzar una invitación para que nosotros, como creadores, nos adentremos en nuestro ámbito y nuestra esfera y en la perspectiva de un tiempo que se vislumbra épico, con cambios y conciencia épica, con una reflexión y una visión épicas. Vivimos un período épico en la historia de la humanidad, y las consecuencias y profundos cambios que estamos experimentando en las relaciones entre los seres humanos y con otras esferas no humanas están al límite de nuestra capacidad de comprender, de articular y expresar. No estamos viviendo en un tiempo de noticias durante las 24 horas, sino que estamos viviendo al borde del tiempo. Los medios de comunicación se encuentran completamente desbordados e incapaces de hacer frente a lo que estamos viviendo. ¿Dónde está el lenguaje? ¿Cuáles son los movimientos y cuáles son las imágenes que podrían permitirnos comprender los profundos cambios y rupturas que estamos experimentando? ¿Y cómo podemos transmitir el contenido de nuestras vidas actualmente no como un reportaje sino como una experiencia? Porque el teatro es la forma de arte de la experiencia. En un mundo abrumado por vastas campañas de prensa, experiencias simuladas y pronósticos terribles, ¿cómo podemos ir más allá de la repetición interminable de números para experimentar la santidad y la infinidad de una sola vida, un solo ecosistema, una amistad, o la calidad que nos aporta la luz de un cielo inusualmente extraño? Dos años de covid han atenuado los sentidos de las personas, reducido sus vidas, roto las conexiones y nos han colocado en una zona cero de la morada humana. ¿Qué semillas debemos plantar una y otra vez en estos años, y cuáles son las especies invasoras y de crecimiento descontrolado que deben ser totalmente erradicadas? Mucha gente está al límite. Tanta violencia está estallando, irracional o inesperadamente. Tantos sistemas establecidos se han revelado como estructuras de crueldad continua.¿Dónde están nuestras ceremonias de recuerdo? ¿Qué necesitamos recordar? ¿Cuáles son los rituales que nos permiten finalmente reimaginar y comenzar a ensayar pasos que nunca antes habíamos dado? El teatro de la visión épica, el propósito, la recuperación, la reparación y el cuidado necesita nuevos rituales. No necesitamos que nos entretengan. Necesitamos compartir el espacio, y necesitamos cultivar ese espacio compartido. Necesitamos espacios protegidos de escucha profunda e igualdad. El teatro es la creación en la tierra de un espacio de igualdad entre humanos, dioses, plantas, animales, gotas de lluvia, lágrimas y regeneración. El espacio de la igualdad y de la escucha profunda está iluminado por una belleza oculta, que se mantiene viva en una profunda interacción de peligro, ecuanimidad, sabiduría, acción y paciencia.En el Sutra de la guirnalda, Buda enumera diez tipos de gran paciencia en la vida humana. Uno de los más poderosos se llama «Paciencia para Percibir Todo como Espejismos». El teatro siempre ha presentado la vida de este mundo como un espejismo, permitiéndonos ver a través de la ilusión humana, el engaño, la ceguera y la negación, con claridad y fuerza liberadoras. Estamos tan seguros de lo que miramos y de la forma en que lo miramos que somos incapaces de ver y sentir realidades alternativas, nuevas posibilidades, diferentes enfoques, relaciones invisibles y conexiones atemporales. Este es un tiempo para un profundo refrescar de nuestras mentes, de nuestros sentidos, de nuestra imaginación, de nuestras historias y de nuestro futuro. Este trabajo no puede ser realizado por personas aisladas trabajando solas. Este es un trabajo que necesitamos hacer juntos. El teatro es la invitación a hacer este trabajo juntos. Muchas gracias de corazón por vuestro trabajo»

         Peter Sellars (Pittsburgh, 1957), director teatral.

jueves, marzo 24, 2022

El porrazo del consonante

Suelo repetir, al analizar textos poéticos con mis estudiantes, una idea que le escuché en clase a Juan Manuel Rozas hace muchos años y que él puso por escrito en un excelente artículo sobre un poema de Bécquer: cómo la asonancia del texto favorece una sugerencia de vuelo o fuga que no se lograría con las ligaduras sonoras de la rima consonante. La rima consonante ata más que la asonante, repito en clase. Y no digamos ya en relación con el verso blanco o suelto. Estoy leyendo sobre asonancias por ver si saco adelante un articulino sobre un texto del siglo XVIII. No hace mucho que leí un extraordinario trabajo de Rodrigo Olay Valdés: El endecasílabo blanco: la apuesta por la renovación poética de G. M. de Jovellanos (Oviedo, Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, 2020), y ando —sigo— sensible en asuntos de métrica. Lo mejor que he visto ha sido gracias al primer Discurso sobre las tragedias españolas (1750) de Montiano y Luyando, que para justificar el verso suelto con el que escribió su tragedia Virginia, dijo que bien sabía él que lo que gusta siempre es la consonancia, por lo que «ata». Y empleó este verbo. Y lo mejor lo he buscado en donde Montiano me dijo, en la dedicatoria de la traducción de la Aminta de Tasso que hizo Juan de Jáuregui (Roma, Esteban Paulino, 1607) mayoritariamente en versos blancos: «Bien creo que algunos se agradarán poco de los versos libres y desiguales; y sé que hay orejas que, si no sienten a ciertas distancias el porrazo del consonante, pierden la paciencia y queda el lector con desabrido paladar, como si en aquello consistiere la sustancia de la poesía». Qué hallazgo lo del «porrazo del consonante» fechado el 15 de julio de 1607, que tan bien vendría a los que no ven la sustancia poética en versos como «¿Y si nos vamos anticipando /de sonrisa en sonrisa / hasta la última esperanza?», de Alejandra Pizarnik, del principio de un poema que se titula «Mucho más allá». Bueno todo.

domingo, marzo 20, 2022

El peso de la ausencia (y II)

También cuesta imaginar lo sufrido por otro notable extremeño como Bartolomé José Gallardo (Campanario, 1776-Alcoy, 1852), al que Rodríguez-Moñino dedicó un libro extraordinario: La de San Antonio de 1823. Historia de una infamia bibliográfica, que ocupó aquí por alusiones una entrada, y que debería ocupar un puesto principal el próximo año si recordamos aquello que ocurrió hará cien. En un artículo en El Restaurador, en enero de 1824, tuvo que despertar su tragedia: «Hablemos claros: yo, aún llevando la cosa hasta el último cabo, no tengo qe temer, porque no tengo qe perder. Todo cuanto mio valía algo lo perdí en Sevilla:  en Sevilla perdí todos mis trabajos literarios, perdí el fruto de 20 años de afan i vijilias, testimonio irrecusable de mi perseverante aplicazion a las letras: perdí la parte mas preziosa de la vida, la sobre-vida, la vida póstuma, la vida de la memoria honrosa a qe aspiran los amantes del saber cuando enprenden obras qe piden tantos años de tarea como ellos pueden contar de existenzia. En unas horas perdí los años de muchas vidas, qe sienpre se las promete felizes i largas, i tales se las antizipa en idea el amor ziego de padre para los hijos del entendimiento.—Buen desengaño de la nonada de los bienes humanos!!!». Conservo también la singular grafía tan identificativa de Gallardo —grande e ilustre personaje— en la trascripción de sus cuitas al pedir en 1845 al bibliotecario de la Colombina un valiosísimo manuscrito que era suyo, cuando volvió a evocar aquel episodio: «Hoi día de S. Antonio haze años q. el Populacho de Sevilla gritando ¡viva el Rei! robó á S. M. hasta su propio equipaje. En los barcos q. iban los de la Real familia, iban también los efectos de las Cortes, y á vuelta de éstos, con los de la Biblioteca, Bibliotecario yo á la sazón, mis más preziosos libros y papeles, señaladamente los trabajos literarios de toda mi vida. Todo lo perdí. De lo perdido parte fué barbaramente despedazado y roto; y tal cual cosa ha ido después deparándoseme por fortuna, ó pareziendo á fuerza de las mas esquisitas diligenzias. De todo obran hoi aqui algunos artículos curiosos en mi poder, los cuales me han sido devueltos por las personas á cuyas manos habían venido á dar.» Cuesta imaginar algo así.

viernes, marzo 18, 2022

El peso de la ausencia (I)

La última vez que escribí sobre El peso de la ausencia de Antonio Gómez fue para el homenaje a Víctor Infantes, que publicó Visor en una espléndida edición cuidada por Ana Martínez Pereira: El arte de la memoria. Homenaje a Víctor Infantes. Ed. de Ana Martínez Pereira (Madrid, Visor Libros, 2020, 434 págs.). La obra de Antonio Gómez mueve a pensar en los libros no leídos; pero el otro día me la traje también a los libros perdidos. Quizá porque estaba terminando de leer Micronesia. Fractales sobre literatura (1997-2021). Valladolid, Ediciones Universidad de Valladolid (Colección Fractales, 2), 2021, de Vicente Luis Mora, que en la primera parte alude a los textos huecos que dicen por lo que esconden, por lo que no dicen. Ese vacío, que recomiendo llenar con la lectura de Micronesia, es parangonable al vacío real y no metafórico de los libros perdidos (pág. 19). Creo que todo surgió después de una clase; y quizá estas líneas sean una manera de intentar explicarme no sé qué. Fue a propósito de unos versos del poeta Nicasio Álvarez de Cienfuegos —el de «Mi paseo solitario de primavera». Insistí en lo verdadero que yo considero que había en la poesía que escribió, en la alma sinceridad de su sentimentalismo poético. Por atraer a la lectura, propuse ponernos en su lugar cuando escribió algunos versos, precisamente aquellos de los que podría deducirse que sufría cuando los escribió. Me ha ocurrido con él y con Meléndez Valdés, de quien he recordado cómo relató la experiencia de perder casi todos sus papeles y libros al tener que exiliarse. Lo copio aquí una vez que he vuelto con un reducido grupo de mis estudiantes de Tercero de Filología Hispánica de la excursión a Ribera del Fresno, patria chica del poeta y magistrado, después de visitar la Casa-Museo creada como espacio de interpretación y de documentación sobre esta eminente figura de la época ilustrada. El 13 de marzo de 2020 tuvimos que cancelar la visita por lo que nos cayó encima, y hoy ha sido la revancha por goleada. Lo hemos pasado bien. No tanto el Meléndez Valdés que dejó escrito en Nîmes en octubre de 1815, dos años antes de morir, algo que verdaderamente sigue estremeciéndome, y que llegó a publicarse en la edición póstuma de sus poemas de 1820: «con dolor, tan deshecha y horrible tempestad, después de haberme aniquilado con el robo y la llama cuanto tenía, y la biblioteca más escogida y varia que vi hasta ahora en ningún particular, en cuya formación había gastado gran parte de mi patrimonio y toda mi vida literaria, también acabó con las copias en limpio de mis mejores poesías en el género sublime y filosófico, un poema didáctico, El magistrado, una traducción muy adelantada de la Eneida, y otros trabajos en prosa sobre la legislación, la economía civil, las leyes criminales, cárceles, mendiguez y casas de misericordia, que trataba de imprimir, y me hubieran sido de más honor, y al público de más provecho, que los versos y cantos de esta colección. Los frutos de diez y más años de aplicación constante en mi retiro, de vigilias continuas, y la meditación más grave y detenida, todo despareció y ha perecido para siempre, sin la esperanza aun más remota de poderlo ni descubrir ni recobrar. Mis libros, mis reflexiones y trabajos me han enseñado a llevar mis desgracias con un ánimo igual, sin abatirme ni desmayar en ellas; y si la lectura y el estudio no me pagasen hoy con este dulce premio, de nada ciertamente hubieran conducido a mi felicidad y mi aprovechamiento». Cuesta imaginar algo así.

miércoles, marzo 09, 2022

Las letras del bosque

«Hablar con ella esponja la mente», escribió hace año y pico el escritor Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968) sobre la ilustradora Leticia Ruifernández, que es quien aporta varios espléndidos dibujos para su libro Las letras del bosque. Textos sobre naturaleza, animales y libros (Madrid, Sílex, 2021), que se presenta este viernes en Cáceres. Yo lo aplico a la lectura de esta obra que también esponja la mente, que la predispone para estar más sensible y receptiva a mucho de lo que le viene de fuera. No creo, del mismo modo que lo que escribe Javier Morales en el primer texto de su libro, que la lectura nos haga mejores personas; pero sí que nos infunde un sentimiento y una nueva conciencia en según qué cosas. En este juego de correspondencias, lo que el autor dice sobre El diario del naturalista (Madrid, Errata Naturae, 2018), de Nathaniel T. Wheelwright y Bernd Heinrich —una guía, como reza el subtítulo, de observación y anotación para seguir los cambios de la naturaleza que te rodea—, es atribuible a Las letras del bosque, en donde se lee, a propósito de ese título citado: «Confieso que después de leer este libro, de consultarlo, me he marcado el objetivo de mirar de otra manera las calles y la ciudad en la que vivo, de buscar aún con más empeño la complicidad de los animales no humanos que la pueblan» (pág. 40). Así ocurre cuando uno lee estas páginas sobre naturaleza, animales y libros que recomiendo como si esto fuese una prolongación de uno de sus rasgos: la reseña de otros libros. Me dirán que es deformación profesional. O peor —para ellos—, que son ademanes académicos; pero yo creo que, tan evidente uno de los valores de esta obra, habría ayudado una lista para común utilidad: Edward O. Wilson, Biofilia. Traducción de Teresa Lanero Ladrón de Guevara. Errata Naturae, 2021. Jean Giono, Las riquezas verdaderas. Errata Naturae, 2016. Nathaniel Wheelwright y Bernd Heinrich, El diario del naturalista. Una guía de observación y anotación para seguir los cambios de la naturaleza que te rodea. Traducción de David Muñoz. Errata Naturae, 2018. Joaquín Araújo, Laudatio Naturae. Línea del Horizonte, 2019. David Le Breton, Elogio del caminar. Traducción de Hugo Castigliani. Siruela, 2015. Ruth Toledano y Marta Navarro García (Eds.), Naciendo en otra especie. Antología de poesía Capital Animal. Plaza y Valdés, 2016. Elisabeth Tova, El sonido de un caracol salvaje al comer. Traducción de Violeta Arranz. Capitán Swing, 2010. Y así decenas de referencias que los lectores agradecemos. Dicho queda, y repetido, que presentaremos Las letras del bosque en la sede cacereña de la Librería La Puerta de Tannhäuser este viernes 11 de marzo a las siete y media de la tarde.

lunes, marzo 07, 2022

Bioy

Una de mis alumnas de Perugia me escribió hace unos días para preguntarme si debería leer para su tesi di laurea magistrale las Memorias de Adolfo Bioy Casares, autor sobre el que trabaja. Concretamente, sobre La invención de Morel. Le respondí que sí, que no es fuente documental fiable —la fecha más precisa que ABC da siempre es el año —«En el 49, en el 51, y en el 54, estuve en Europa»— y a veces «En el 73 o en el 75 […]»; pero que le servirá para su estudio. Cómo no. Aquellas Memorias. Infancia, adolescencia y cómo se hace un escritor (Tusquets Editores, Col. Andanzas, 210, 1994), se anunciaron como un primer volumen que yo creo que no tuvo otro. En aquel comedido relato autobiográfico, Bioy cuenta, después de un montón de alusiones y de casi cien páginas, dónde —en casa de Victoria Ocampo— y cuándo —en 1932— conoció a Borges; y quizá abunde en el lugar común de asociársele vicariamente a tan genial dupla literaria, que resulta uno de los asuntos principales de estas memorias. Contienen también otros capítulos, tras una jugosa «Miscelánea de recuerdos», como «Historia de mi familia» e «Historia de mis libros», hasta las menos de doscientas páginas. Pero lo que más me llamó la atención de la carta de mi alumna A. es que me dijo que le costaría comprarlo entre 150 y 300 euros; aunque quizá por cincuenta podría adquirir un ejemplar de segunda mano. En la página de Tusquets Editores se anuncia el libro a 12 € como si fuese un dato histórico sin significado comercial alguno; y cuando se busca disponibilidad, en efecto, los enlaces llevan a sitios en los que el precio se dispara. He encontrado ejemplares a 23 y a 30 euros, algunos en librerías de Chile o Argentina, que incrementarían su precio por el envío hasta ciento y pico, en algún caso, o por el mismo importe del ejemplar en otros. Pero también hay algunos en librerías españolas que tienen un precio muy asumible para una estudiante que compagina sus estudios con un trabajo en Senigallia, en la costa adriática, y que demuestra un interés admirable por el asunto de su tesi, hasta llevarme a este ojeo sin fin en que se ha convertido la antigua y limitada costumbre de escudriñar en los estantes de una librería en busca de una buena pieza. No lo he podido evitar y he echado mano del libro del genial José Luis Melero Lecturas y pasiones (Zaragoza, Xordica Editorial, 2021), que ya he leído. Un lector buscador de libros y un buscador lector que quizá caiga demasiado en que cualquier tiempo pasado fue mejor. Mejor o anterior. Y siempre la irrefrenable pasión por lo que atesora. Compré su libro en la misma librería madrileña «Rafael Alberti» en la que tres días antes lo había presentado junto a Jesús Marchamalo en una velada que nos consta divertida con amigos comunes. Qué personalidades tan afines habitan este mundo y qué cantidad de gustos compartidos. Me gustaría conocer a alguien como José Luis Melero. Por el momento, doy las gracias a mi alumna A., que me ha llevado al escritor descendiente de estancieros Bioy, y hoy, y como tantos días, a la literatura.



sábado, marzo 05, 2022

Los nombres impares

Cuando Álex Chico (Plasencia, 1980) intervino en una sesión online —del viernes 26 de noviembre del año pasado— del Taller de Escritura Creativa de la Universidad de Extremadura que imparte desde el curso 2019-2020 el también escritor placentino Javier Morales Ortiz, uno de los participantes, ya en el coloquio, le preguntó por el título de su novela Los nombres impares (Barcelona, Editorial Candaya, 2021), y no recuerdo la respuesta exacta; pero sí que mencionó los números impares como analogía. Desde luego no habló de un número entero que es impar cuando solo existe otro número natural, etc.; sino que tuvo que aludir a lo que luego —yo en ese momento no había leído la novela—, en el corte 21 y último de la segunda parte, el personaje de Ida propone sobre el título. Lo explica como «un número que queda fuera de todo, un nombre que se desplaza también al margen…» (pág. 218). Un nombre que forma parte de la historia pero que no se deja ver a primera vista, que solo «aparece si lo lees con una atención enfermiza. Superlativa. Descomunal. Damián es una persona invisible, como los nombres impares» (pág. 219). Ese Damián, de apellido Gallego, es el que activa todo el relato de Álex Chico en Los nombres impares, que vuelve a plantearse cuáles son las motivaciones de la escritura, cuáles sus límites y qué hay en el baile de identidades que concurren en un texto con voluntad de narración ficticia. A Álex Chico le gusta moverse en unos terrenos fronterizos y mestizos en términos literarios, y su propia obra, que está compuesta por libros de poemas y ensayos que, si se puede decir así, han cristalizado en unas novelas en las que convive el relato de ficción con la realidad documentable. Su obra es una interesante propuesta de teoría literaria, de particular teoría de la visión; o igualmente atractiva declaración de lector. En esta última vertiente, la de la lectura, la novela de Chico muestra su cercanía a los modos metaficcionales de Roberto Bolaño, que poco tarda en aparecer (pág. 24 de doscientas cincuenta) en la pesquisa puesta en marcha por una pareja detectivesca. Dichos estos escasos ingredientes fácilmente reconocibles, la novela arranca con una frase de tan pertinente intención como «Igual tengo una historia para ti», y muy desde el principio remite al mundo de la literatura, de la narración o de la escritura como medio de ensanchar la vida que vivimos. Cuidada en su estructura —no sé si la «Nota final» debería ser distinguida tipográficamente para separarla de las tres secciones principales— es una novela extraordinariamente sugerente, que concita la actualidad literaria con la alusión cómplice a nombres como Basilio Sánchez o Gonzalo Hidalgo Bayal, a Mª Ángeles Pérez López o Francisca Noguerol, y que convoca lo mejor de la literatura, también por el referente real del infrarrealista Darío Galicia —Ernesto San Epifanio en el universo Bolaño— para construir la esencia de este relato que no esconde una valoración moral sobre los límites de la realidad y la ficción: «Cualquier vida merece ser rescatada. Aunque nos parezca banal e insignificante, debe tener la oportunidad de volver a nosotros, camuflada a través del recuerdo y el lenguaje. Cualquier persona, además, tiene derecho a narrarla. El problema surge cuando nos preguntamos hasta dónde queremos llegar para que esa historia no se detenga. O peor aún: si estamos dispuestos a traspasar el límite y ni siquiera seamos conscientes de que vamos a avanzar cueste lo que cueste. Que seguiremos una pista a pesar de todo, aunque eso implique hacer estallar lo que nos rodea. Por otra parte, qué historia no se narra así, gracias a equívocos menores, faltas inconscientes o mentiras deliberadas. Si el propio lenguaje lleva implícito el engaño. Si la propia escritura es ya un artificio y, por tanto, una ficción sin concesiones» (págs. 70-71). Se agradece este afán especulativo de Álex Chico —presente en casi todas sus obras—, y que lo haga con tanta solvencia en la disposición de los materiales de su narración, en cómo presenta los detalles de una historia que avanza a partir de una investigación, o en cómo resuelve un testimonio —el del personaje investigado— en forma de entrevista, que es uno de los pilares argumentales del relato. Los nombres impares está dedicada in memoriam a Julián Rodríguez, cuyos nombre y apellidos, a partir de este lunes 7 —a las 10:30, a propuesta del Ayuntamiento— serán los que denominen a la Biblioteca Municipal de Cáceres.



domingo, febrero 27, 2022

Guerra y tanques

Será síntoma de la incapacidad de abstraerse de este ambiente terrible por lo que sucede lejos de aquí —o cerca, quién sabe. «Ucrania planta cara a Putin» titula a toda plana hoy El País sobre una fotografía de un niño aupado por su madre a la ventanilla de un tren en el que huyen de Kiev hacia la frontera con Polonia. El otro día tratamos en clase algunos poemas del libro de guerra de César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz (1939), con los que dejamos cerrada la lectura de la obra del poeta peruano de Santiago de Chuco. Nos paramos en el sobrecogedor «Masa»; pero también en el extenso «Himno a los voluntarios de la República», por algunas referencias históricas y literarias. Vallejo menciona en su poema a Coll («el paladín en cuyo asalto cartesiano/tuvo un sudor de nube el paso llano»), el mallorquín Antonio Coll, el «cazador de tanques» —destruyó con granadas de mano varios blindados durante la defensa de Madrid en noviembre de 1936—, un militante de las juventudes de Esquerra Republicana voluntario de las Milicias Populares al comenzar la Guerra Civil; y cuyas acciones individuales contra los inexpugnables tanques que le dieron fama me recordaron algunas imágenes de películas bélicas. Pero ese día no puse en pie una que recordaba haber visto hacía algunos años. Fue antes de que Rusia lanzase su ofensiva contra Ucrania, y ayer, por una columna de Jacinto Antón en El País, «Guerra de tanques en la sala de exposiciones», en la que reseñaba la exposición Brothers in Arms en el National Army Museum de Londres (Chelsea), di con la referencia precisa que yo quería recordar. La película Corazones de acero, dirigida por David Ayer en 2014 con Brad Pitt como protagonista. Espero que ya no se me olvide ampliar mi nota al pie sobre Coll en el poema de Vallejo con la alusión a la escena en la que un soldado alemán logra colar dos granadas en el interior de un Sherman M4A3E8 llamado «Fury», que fue el título original de aquella película. En otra ocasión comentaré los versos «(Todo acto o voz genial viene del pueblo/y va hacia él, de frente o transmitidos/por incesantes briznas, por el humo rosado/de amargas contraseñas sin fortuna)». De alguien que representa a todos aquellos que aún tienen vigentes sus creencias personales, Vallejo.