sábado, octubre 31, 2026

Galicia en Perugia

El Centro di Studi Galeghi de la Universidad de Perugia ha cumplido diez años. Con el apoyo de la Xunta de Galicia, tiene el objetivo de difundir la cultura gallega y ayudar a establecer redes y conexiones con otras instituciones en otros países que compartan el afán por ensanchar el conocimiento de la realidad de esa comunidad ibérica. En mi primera estancia aquí en 2021 conocí las actividades del centro gracias al profesor de lengua española —en el Dipartimento di Lettere, Lingue, Letterature e Civiltà Antiche e Moderne— Marco Paone, uno de sus impulsores, que me invitó a la proyección de la película O que arde, de Oliver Laxe, en la Sala dei Notari, en versión original con subtítulos en italiano. También conocí esos días, hace ya cinco años, al otro responsable y fundador del centro, al profesor del mismo departamento Carlo Pulsoni, catedrático de Filologia Romanza. Ambos han sido los organizadores de los actos que conmemoraron el jueves y el viernes el décimo aniversario de este centro de estudios de la lengua y la literatura gallegas. El jueves por la noche volví a sentir de cerca esa atención que estos profesores italianos muestran por Galicia y su cultura, en el concierto, celebrado en el impresionante marco de la basílica de San Pietro de Perugia, de la cantante Catuxa Salom y de la también cantante y recitadora Clara Borghesi. Catuxa es una artista gallega con raíces argentinas —que se notaron la otra noche en la chacarera que cantó («Chicharras») y el homenaje a la Negra Sosa con un «Gracias a la vida» en castellano y en italiano—, muñidora de Mulleres piratas, uno de sus discos, una defensa de la mujer luchadora y libre («Eran mulleres cansas de ser o que deben / levaban un peso no lombo que non querían mais») que articuló la narración con la que Clara Borghesi fue hilvanando las piezas que interpretó Catuxa Salom —a veces acompañada por Clara. Fue un recital que cautivó a todos, al buen número de asistentes en San Pietro —con algunas alumnas de Paone, Pulsoni (y mías)—, exquisito y sencillo —la gallega acompañó su voz con una guitarra acústica—, muy medido —tanto que no previeron ningún bis, a pesar de la insistencia del público—, y extraordinariamente bien acoplado entre las dos voces que se repartieron texto y música. Unha delicia.

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