domingo, abril 07, 2024

Las guerras de nuestros antepasados

Anoche —¡Aúpa Athletic!— vimos en el Gran Teatro de Cáceres una admirable adaptación teatral de un texto del maestro Miguel Delibes, Las guerras de nuestros antepasados, su novela de 1975. No puedo evitar pensar en el momento y en las razones de su escritura porque ando leyendo un libro singular: Gonzalo Arias, Cartas y circulares inéditas. Intrahistoria de la operación «Encartelados»: política y literatura en el segundo franquismo (Estudio introductorio de Rebeca Rodríguez Hoz. Edición de Bénédicte Vauthier. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2024). En él están recogidos los textos de los que ya dio noticia Bénédicte Vauthier en su magnífica edición de la novela-programa Los encartelados, de Gonzalo Arias, y entre los que puede constatarse la adhesión de Miguel Delibes a las cartas-circulares redactadas en 1969 pidiendo apoyo a la causa de la no-violencia activa, para la que también se reclamó el favor de otras personas significadas como José Luis Aranguren, Néstor Luján, Manuel Jiménez de Parga, José Mª Gironella, José Luis Martín Descalzo o, entre otros, el extremeño Juan Fernández Figueroa, director de Índice. Delibes, además, encabezó una carta-circular del primero de junio de 1969 que firmaron Jordi Maluquer, Salvador Blanco Piñán, Gonzalo Arias, Juan Gomis, Joseph Dalmau y José María de Llanos. Hizo esa aportación a aquella operación inspirada en las doctrinas de la no-violencia; pero creo que la escritura de Las guerras de nuestros antepasados, en cierta medida, fue también, unos años después, un gesto que consonaba con todo aquello, pues, como ha escrito su adaptador teatral Eduardo Galán, fue un «grito contra la violencia de las guerras […]. Desde el nombre del protagonista, “Pacífico”, hasta el final terrible de la obra, el autor vallisoletano defendió a lo largo de sus páginas la paz frente a la guerra y la no violencia como camino de vida». El propio novelista ya supervisó la versión para teatro que se representó en 1989 interpretada por José Sacristán y Juan José Otegui, y dirigida por Antonio Giménez-Rico, y supongo que habrá sido base esencial para la de Galán, que mima el portentoso texto original. Un texto cuidado, respetado y enaltecido en una función teatral sobresaliente, con una interpretación excepcional de Carmelo Gómez (Pacífico) e impecable de Miguel Hermoso (el doctor Burgueño López) en su constante presencia como partenaire hasta el mismo momento de caer el telón. La maestría de Miguel Delibes para reproducir el lenguaje rural de Castilla tiene en la excelencia interpretativa de Carmelo Gómez su mejor traslado a un escenario. Me gustó ver a alguna alumna en el Gran Teatro —aunque sigue habiendo escaso público joven— porque el montaje producido por Pentación y Secuencia 3 y dirigido por Claudio Tolcachir fue de los que inducen a aficionarse al teatro. Leyendo sobre la intrahistoria de los «encartelados», he pensado en la elección por Delibes de su personaje, un recluso convicto cuyo testimonio es grabado en varias sesiones clínicas por el psiquiatra de la prisión; y en la situación de Gonzalo Arias que Delibes conoció por una carta de mayo de 1969 del Padre Llanos. Éste le contaba que, después de haber estado en los calabozos de la Dirección General de Seguridad en Madrid, Arias había sido internado en un Hospital Psiquiátrico, antes de su traslado a Carabanchel, considerado como un psicópata en «condiciones vergonzosas y con los delincuentes chalados», como si su protesta pacifista fuese un trastorno mental. Todo esto lo supo Miguel Delibes de primera mano en los años anteriores a la escritura de su novela Las guerras de nuestros antepasados, el magnífico relato de cuya lectura escénica disfrutamos ayer.

miércoles, abril 03, 2024

Jordi Doce en el Aula Valverde

Antes de ver la luz en su libro No estábamos allí (Valencia, Pre-Textos, 2016), pudimos leer el espléndido poema «Piedra» de Jordi Doce en una entrada de su blog de noviembre de 2014, y, poco después, en el primer mes de 2015, en la revista Letras Libres. Publicado aquel libro, luego, con buen criterio, ha sido un poema seleccionado por el propio autor para figurar en diversas antologías, como en la poesía reunida de En la rueda de las apariciones. Poemas 1990-2019 (Oviedo, Ars Poetica, 2019), o en la versión al italiano de Valerio Nardoni de Sedici poesie pari de Jordi Doce (Valigie Rosse, 2023), entre otros sitios, como este cuadernillo que se ha editado —lástima que el último verso del poema se haya desprendido— para acompañar las lecturas que el poeta hará mañana jueves 4 y el viernes 5 aquí en Cáceres, en el Aula literaria José María Valverde. Por esta aula han pasado, en veintiocho años, autoras y autores muy diferentes, de varios géneros —poetas y novelistas en su mayoría, unos pocos escritores de teatro, algún ensayista...—, en total, si no he contado mal, ciento diecisiete; más ahora Jordi Doce, a quien tengo en especial consideración por un perfil que sobrepasa el de ser un excelente poeta. Quiero decir que a un ejercicio sobresaliente de la escritura poética añade una sabiduría sobre el género que le convierte en un caso prominente de experiencia de la poesía. Porque esto está en su obra en verso, claro; pero también en sus traducciones de parte de la mejor poesía extranjera moderna —W. H. Auden, T. S. Eliot, Anne Carson, W. B. Yeats, William Blake, Jeffrey Yang, Charles Simic...— y en su vasta obra crítica, como sagaz comentarista de la poesía contemporánea desde hace muchos años. En combinación, un saber admirable sobre el hecho poético; y, por eso, escucharlo será un regalo que hay que agradecer a los programadores del Aula Valverde. Jordi Doce intervendrá mañana jueves 4 de abril a las 19:00 horas en Espacio UEX, y el viernes 5 de abril a las 12:30 en el IES Hernández Pacheco.

martes, abril 02, 2024

Alejandro Pérez Vidal en Letras

Era uno de los estudiosos sobre Bartolomé José Gallardo invitados al malogrado curso de verano sobre «La de San Antonio de 1813. 200 años de una infamia bibliográfica» que iba a celebrarse en Cáceres y Campanario, y, con el billete de avión comprado —vive en Bruselas—, tuvo que cancelar su viaje y lamentamos todos no poder encontrarnos aquí con la excusa de hablar sobre el gran erudito y polígrafo extremeño campanariense. Va a ser ahora por fin, aunque de manera individual y no integrado en unas jornadas que se prometían bien interesantes. En una conferencia que dará el jueves por la mañana en la Facultad de Filosofía y Letras ante nuestros estudiantes de Filología Hispánica y todo el público que esté interesado. «Entre las infamias históricas y las glorias literarias. Breve recorrido por la vida y la obra de Bartolomé José Gallardo (Campanario 1776-Alcoy 1852)» será una cualificada y necesaria introducción a esta figura tan destacada de los últimos años del siglo XVIII y la mitad del siglo XIX. Alejandro Pérez Vidal (Barcelona, 1953) fue Profesor Titular de Literatura Española en la Universidad de Gerona, y, posteriormente, traductor del Consejo de la Unión Europea en Bruselas. Se licenció en Filología Española en la Universidad de Barcelona, en donde se doctoró en 1989 con una tesis sobre la obra satírica de Bartolomé José Gallardo, fruto de la cual fue su libro Bartolomé José Gallardo. Sátira, pensamiento y política (Editora Regional de Extremadura, 1999). También en el sello de la Editora Regional apareció su «cuaderno popular», de carácter más divulgativo, Bartolomé José Gallardo. Perfil literario y biográfico (2001). Como uno de los más eminentes especialistas en la obra del de Campanario, colaboró con su trabajo «Materiales para los estudios gallardianos: epistolario y cabos sueltos» en el volumen La razón polémica. Estudios sobre Bartolomé José Gallardo, coordinado por Beatriz Sánchez Hita y Daniel Muñoz Sempere, que publicó la Fundación Municipal de Cultura de Cádiz en 2004; y fue el responsable de la redacción de la biografía de Gallardo en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, de 2009. Ha estudiado igualmente la obra de Mariano José de Larra, que editó en Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, en la colección Biblioteca Clásica de Editorial Crítica en 1997, actualizada en la misma colección en la Real Academia Española en 2016. El acto comenzará a las 10:00 de la mañana del jueves 4 de abril de 2024 en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, y la entrada será libre y deseada.

domingo, marzo 31, 2024

Más que medir

Este libro de Pedro Álvarez de Miranda, Medir las palabras (Madrid, Espasa. Editorial Planeta, 2024), tiene su precedente, del mismo autor, en Más que palabras (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2016), que llevó un prólogo de Manuel Seco. El juego con sus títulos desgrana el objeto en el que coinciden: las palabras. Ambos reúnen breves ensayos sobre asuntos lingüísticos que han ido viendo la luz en diferentes medios. El libro de 2016 se formó en su mayoría con artículos publicados en la revista Rinconete del Centro Virtual Cervantes; ahora, este de 2024 continúa aquella serie en su sección central, «Rincones de la lengua», con otros rinconetes desde junio de 2015 hasta el titulado «Del libro de faltriquera al libro de bolsillo» (págs. 289-297), que apareció en dos fechas, 27 de abril y 27 de julio de 2023. La primera parte es «Medir las palabras», que fue el título de su sección en el semanario cultural La Lectura en el que Pedro Álvarez de Miranda estuvo colaborando cada quince días desde enero de 2022; y ahí van todas sus entregas hasta julio de 2023. Por último, «Varia» cierra el volumen con diecinueve artículos provenientes de otras publicaciones, periódicos como El País, El Mundo o ABC —en la sección «La mirada académica» de su suplemento ABC Cultural—, y revistas como Archiletras o Letras Libres. Reunidos todos en este volumen regalan una experiencia de lectura tan deleitable como la más amena de las novelas y tan útil como el más actualizado y preciso de los manuales. Sí, con un libro sobre palabras, un surtido variado de reflexiones con afán divulgativo, sin perder ni una pizca de rigor, en torno a la lengua española y su uso. Un libro escrito por el profesor —catedrático de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid—, el académico de la RAE —sillón «Q»— y el investigador dieciochista, pues los tres, como poco, se ven en el modo de acercarse y medir las palabras que elige para ilustrarnos. Así, cuando explica la diferencia entre diptongo e hiato (pág. 68), o entre nombres ambiguos y epicenos (pág. 89) para hablar de «Cobaya», estamos ante el profesor, ante el buen profesor que escribe en «Se veía venir» (pág. 333) sobre incorrecciones ortográficas, o que se detiene en aclarar que lo diastrático se refiere a la distribución sociocultural de los hablantes y lo diatópico a la geográfica (pág. 119, de «Seseo y ceceo»), siempre con «paciente pedagogismo» (pág. 195), que se agradece, como al iniciar su artículo «La verdad es que...» con esta explicación de sabio profesor que sabe echar mano de ejemplos idóneos: «Se llaman expletivos en gramática los elementos que, sin ser necesarios en el mensaje, sí le aportan cierta expresividad o énfasis. Cuando digo Por poco me caigo y cuando digo Por poco no me caigo estoy diciendo lo mismo, de modo que el no de la segunda frase es un claro ejemplo de 'negación expletiva'» (pág. 26). El activo y comprometido académico está de principio a fin en este libro, mostrando una actitud tolerante admirable que insisto en ponderar recordando el titular de una entrevista que se publicó en El País, hace más de diez años, cuando fue elegido miembro de número: «El error de hoy puede ser norma de mañana». En otra entrevista, espléndida, que le hizo Yolanda Gándara en 2016 para Jot Down, fue terminante: «Para los que somos profesores de lengua hay una palabra que en nuestras clases no empleamos nunca, que es la palabra «correcto». Esa palabra para un lingüista no tiene mucho sentido.» Su pensamiento como académico se advierte en «Purismo, misoneísmo» (pág. 311) y, de otro modo, en «Casi dos kilos por una palabra» (pág. 163); y muy palmariamente cuando constata que las lenguas «se van internacionalizando, también la nuestra, y no solo no debemos lamentarlo, sino más bien lo contrario» (pág. 110), o cuando se defiende ante una corrección inconveniente, pero reconoce que «el numantinismo tiene sus límites, y el hablante es un ser en sociedad» (pág. 146). Ese académico que ingresó con un discurso sobre los discursos académicos nos ofrece una nótula erudita que apostilla su brillantez en «Una rareza» (pág. 309); el académico que, a propósito de una «explicación de voto» en una sesión de trabajo en la RAE, sostiene que en la gramática el asamblearismo está fuera de lugar (pág. 322). Y también en Medir las palabras está el prestigioso estudioso dieciochista, que echa mano de autores y obras de la época ilustrada para contar sucintamente la vida de la palabra francesa poissarde (pág. 151); o que en «Gandumbas» (págs. 156-162) hace alusiones pertinentes a Leandro Fernández de Moratín y a sus contemporáneos, y nos invita a dar un paseo delicioso —y muy al día— por nuestra historia literaria hasta el siglo XX; o en «Vacuna» (pág. 355)... ¿Quién fue el inventor de la palabra quirófano? (pág. 96), ¿es mejor escribir adónde o a dónde? (págs. 278-281), ¿acepta la Academia iros en lugar de idos? (pág. 322-325) son algunas preguntas, entre muchas, que se responden con la lectura de este libro lleno de amenidad y de rigor, a lo que hay que sumar el mérito de hacerlo con una disciplinada brevedad que, tal en el caso del artículo de un diccionario, conlleva «sus buenos ratos de pesquisas» (pág. 12). Más que medir las palabras. Mucho más.

miércoles, marzo 27, 2024

Día Mundial del Teatro

Encuentro hueco para no faltar tampoco este año y difundir el mensaje del Día Mundial del Teatro, que ha encargado el ITI (International Theatre Institute) al escritor noruego Jon Fosse, Premio Nobel de Literatura 2023, cuyo texto me ha parecido muy sustancioso y necesario, muy contextualizado en los tiempos que corren; pero inopinadamente alejado del puro hecho teatral y de sus circunstancias, aunque se excuse al final por no hablar del arte teatral. No fue así el del año pasado de la actriz egipcia Samiha Ayoub, ni el del director Peter Sellars (2022), o el de la periodista mexicana Sabina Berman (2018), o el de la actriz francesa Isabelle Huppert (2017), que en estos años he compartido, como hago ahora con el texto de Fosse, que corrijo —pues casi siempre se difunde en los medios sin revisión— desde la traducción hecha por Raúl Alonso Díaz en México del original noruego, «El arte es paz» («Kunst er fred»): «Cada persona es única y, al mismo tiempo, como todas las demás. La apariencia, se puede ver, es cierto, pero también hay algo dentro de cada persona que le pertenece, que la hace única. Podemos llamarlo alma o espíritu, o bien, podríamos no ponerle palabras, simplemente dejar que esté ahí. Al mismo tiempo que somos diferentes, también somos iguales. Las personas de todo el mundo somos fundamentalmente iguales, sin importar qué lengua hablemos, qué color de piel o de cabello tengamos. Quizás esto sea una especie de paradoja: que somos completamente iguales y diferentes al mismo tiempo. Tal vez una persona es paradójica en su conexión entre el cuerpo y el espíritu, entre lo terrenal y tangible y lo que trasciende los límites materiales y terrenales. El arte, el buen arte, consigue a su manera y de forma fabulosa reunir lo absolutamente único con lo universal. Nos permite entender la diferencia entre lo extraño y lo universal. Al hacerlo, el arte trasciende las fronteras de los lenguajes y los límites geográficos. Reúne, no solo las cualidades individuales, sino también, las características de un grupo de personas, por ejemplo, las naciones. El arte no se expresa provocando que todo sea igual, por el contrario, nos muestra nuestras diferencias, aquello que es ajeno o extraño. Todo buen arte contiene precisamente eso: algo extraño, algo que no podemos comprender completamente y que, sin embargo, entendemos de cierto modo. Contiene lo enigmático, algo que nos fascina y por lo tanto nos lleva más allá de nuestros límites y así crea la trascendencia que todo arte debe contener y a la cual conducirnos. No se me ocurre una mejor manera de unir los opuestos. Es exactamente el enfoque inverso al de los conflictos violentos que vemos a menudo en el mundo, que alimentan la tentación destructiva de aniquilar todo lo extraño, todo lo único y diferente, comúnmente utilizando los inventos más inhumanos que la tecnología ha puesto a nuestra disposición. Hay terrorismo en este mundo. Hay guerra, puesto que la gente tiene un lado animal que lo lleva a ver lo extraño como una amenaza a su propia existencia, en lugar de ver el fascinante enigma que eso representa. Y entonces lo único, lo diferente que es universalmente comprensible, desaparece. Dejando atrás una semejanza colectiva donde todo lo diferente es una amenaza que debe ser erradicada. Lo que vemos desde fuera se ve como desigualdad, por ejemplo, las religiones o ideologías políticas, se convierten en algo que debe ser derrotado y destruido. La guerra es la batalla contra lo que yace en lo más profundo de cada uno de nosotros: lo único. Y es una batalla contra todo arte, contra la esencia más íntima de todo arte. He hablado del arte en general, no del arte teatral en particular; esto se debe a que todo buen arte, en el fondo, gira en torno a lo mismo: tomar lo singular y específico para hacerlo universal. Articula en su expresión artística aquello único con lo universal: no eliminando lo singular, sino enfatizándolo; dejando que lo extraño y lo desconocido brille claramente. Es tan simple como que la guerra y el arte son opuestos, que la guerra y la paz son opuestos. El arte es paz.» 

domingo, marzo 24, 2024

Destrozos

Duró poco. Algo así como ese típico cuarto de cada hora en que te invade un pesimismo grave, aunque fugaz, por fortuna; si no fuese porque luego llegan las ganas de escribir sobre ello. Fue por los resultados de la extrema derecha en las recientes elecciones en Portugal —un «espectro», le hace escribir hoy El País a Lídia Jorge—, en las que cuadruplicó sus votos y obtuvo cincuenta escaños —tenía doce. Pensé en que era otra consecuencia de la desafección por la política en términos generales y una respuesta crispada a la arbitrariedad que olvida a la ciudadanía que votó. El eco de aquello resonaba en el «lodazal» que para Ángels Barceló, en su editorial de las ocho de la mañana del pasado lunes 18, es el escenario de la política española estos días; tan tremendamente bochornoso y poco edificante que Antonio Muñoz Molina («La cara de vergüenza», el día 16), Manuel Vicent («Tirad de la cadena», el 17) y el editorial de ese mismo día en ese mismo medio de El País («Una política degradante») coincidían en el reproche contundente a unas maneras intolerables. Como si se hubiesen puesto de acuerdo. Y, aunque dignidad obligue, son como los avisos legales —tan forzosos y tan estériles— que llevan los anuncios de bebidas alcohólicas o de juegos de azar para que se haga un consumo responsable. Como un paliativo inútil administrado por los mismos medios que vocean la inmundicia porque vende más que la decencia; y, si no, prueben a contar las páginas del periódico que hay que pasar para llegar a una noticia que sea verdaderamente de interés y servicio públicos. Da mucha penita. Menos mal que esta semana hubo Día Mundial de la Poesía y que afortunadamente siempre me pilla en clase con algún poema. Llevaba en la cartera los de Tomás Sánchez Santiago, que acababa de recibir (El que menos sabe, León, Eolas Ediciones, 2024); pero me ajusté al programa: Elena Garro, Idea Vilariño, Ida Vitale... De esta leímos en sílabas contadas que la palabra poética nos cura y nos protege de los destrozos de los días.

martes, marzo 19, 2024

Dos pequeños grandes libros

Mirar atrás y Barcelona mapa infinito. La razón estricta del primer adjetivo del título está en los 16,5 x 11,8 cm. del primer libro y los 16,8 x 11 cm. del segundo. En páginas de texto, además, uno no llega al centenar y el otro lo sobrepasa en unas cuantas hojas. Empecé por Mirar atrás (Corvera. Murcia, Newcastle Ediciones, 2023), de Elías Moro, que es una nueva entrega de recuerdos ajustados al patrón del Je me souviens (1978) de Georges Perec en el español «Me acuerdo...», y que el autor ya había ensayado en una primera colección de 1999, firmada con Daniel Casado en De la luna libros, y en otra en solitario, Me acuerdo (Calambur, 2009), que terminaba en un escueto «Me acuerdo de Georges Perec». Casi la misma frase que leí («Me acuerdo de Perec») en la página 63 del libro de Álex Chico Barcelona mapa infinito, con ilustraciones de Joan Ramon Farré Burzuri (Granada, Ediciones Traspiés, 2023), y a la que siguen varias iniciadas con «Me acuerdo...»: «Me acuerdo de la estatua de Charlie Rivel, sosteniendo una silla, y de la estatua de Charles Chaplin, sobre la esfera del mundo. Me acuerdo de la casa del terror incrustada en la montaña y de los vagones que se lanzaban a toda velocidad por una gran uve. Me acuerdo de los libros de Bruguera y del edificio que ocupaba la editorial en el barrio de El Coll.» (pág. 64). Aquí está la curiosa coincidencia que me ha empujado a escribir sobre estos dos pequeños libros grandes, muy distintos en intención y en género, pero parecidos en la naturaleza temporal que cabe en ambos, pues, como dice Álex Chico (pág. 59), «las ciudades pertenecen a la geografía, pero también al tiempo», y una ciudad, «como una persona, se construye a partir de un recuerdo personal y una memoria colectiva» (pág. 96). Tan espontánea y natural ha sido la unión de estas dos obras que también veo en ellas el parentesco de que uno, el delicioso paseo barcelonés de Álex Chico por la Barcelona en la que vive, termine con varias páginas rayadas (págs. 135-142) para que el lector escriba sus «Notas» de viaje, en otro modo de continuación de la experiencia de la obra; y que la relación de cuatrocientos ochenta textos —la cantidad de los de Perec— de Elías Moro se extienda en cinco páginas más (págs. 97-102) con una ristra de «Me acuerdo...» sin más texto, como pauta de inicio de las evocaciones que puede añadir el lector en su lectura. Haber juntado tan de buen grado ambos libros me predispone ahora a encontrar paralelismos y reflejos entre ellos, y leo una reflexión sobre el tiempo en Barcelona mapa infinito que puedo aplicar a Mirar atrás: «El tiempo añade memoria y la memoria, en ocasiones, es demasiado benévola, tanto para mitificar una época que, quizás, no tenga nada de admirable» (pág. 123). Se acomoda a la evocación atomizada en los minúsculos textos —de una o dos líneas hasta más de siete, salvo el dedicado al padre de un compañero de colegio que trabajaba de fogonero en los trenes (pág. 43), que tiene nueve líneas— de Elías Moro, que habla del tiempo de una generación distinta a la de Chico —se llevan más de veinte años—, que no conoció el Linimento Sloan (pág. 19), ni a Garrincha (pág. 46), ni el Pelargón (pág. 91). El hilo del pasado cose los numerosos fragmentos de un libro que cabe tomarse como un relato-recorrido en el que los temas, los personajes o los detalles van surgiendo sin orden aparente en un sugerente catálogo de categorías que van desde el cine o la literatura, a los recuerdos de un barrio, la televisión, la escritura, el primer libro comprado (Ilíada/Odisea, pág. 72), o el fútbol; e incluso aforismos disfrazados de recuerdos («Me acuerdo de que la vida consiente que la vivamos, pero solo hasta que se cansa de nosotros», pág. 83). El libro de Álex Chico lo vi en la mesa de novedades de La Puerta de Tannhäuser de Cáceres y lo compré, en los primeros días de este año. Al terminarlo, fui por otro ejemplar a la librería y se lo envié a un amigo que vive en Barcelona y que, por eso, por tener tan a la mano la ciudad, igual no disfruta tanto como yo con su lectura. Cada una de sus páginas es como un bulevar, una fachada, un parque en que demorarse, del mismo modo que el cruce de dos calles es un argumento, «un mecanismo de escritura», dice Álex Chico al poco de arrancar su paseo-escritura por una ciudad fascinante que hace que todo el libro sea una manera de aprehensión de una geografía física y sentimental, señalizada eminentemente con las ilustraciones preciosas de Joan Ramon Farré. Qué agradable lectura y qué ganas de volver a caminar por Barcelona con este mapa de letras bajo el brazo. 

martes, marzo 12, 2024

La cola de la lagartija

Este pasado jueves llevé a clase de Hispanoamericana mi ejemplar de En agosto nos vemos (Penguin Random House Grupo Editorial, 2024), la novela póstuma de Gabriel García Márquez que se lanzó el miércoles a todos los medios y que ha ocupado mucho espacio en la prensa estos días. Me apetecía compartir un acontecimiento editorial así, relacionado con un protagonista tan notable del contexto cultural que nos atañe en clase, aunque en este curso no haya ninguna obra suya programada. Todavía no había leído la novela; pero sí el «Prólogo» que firman los hijos del escritor, Rodrigo y Gonzalo García Barcha, en el que justifican lo que llaman «un acto de traición» al padre que había dicho: «Este libro no sirve. Hay que destruirlo»; y también la nota del editor, Cristóbal Pera, sobre algunas circunstancias antetextuales. Pero lo que más me interesó compartir, aparte la novedad, fue la posibilidad de una propuesta para un trabajo de fin de estudios sobre esa vida póstuma de algunas obras literarias; abrir una vía, no tanto de investigación, sino de elaboración de un estado de los estudios —para un trabajo de fin de grado— sobre los problemas de carácter filológico que se dan cuando en lo que leemos no consta la última voluntad definitiva del autor. Anoté para la clase algunos casos, como el de Lagartija sin cola (2007), de José Donoso, cuyo texto fue establecido por el crítico Julio Ortega a partir del original descubierto por la familia del escritor; o el de la obra diarística póstuma de Alejandra Pizarnik y el estado de los diversos escritos hoy conservados en la Universidad de Princeton. Me acordé de la posteridad de Ricardo Piglia y de su taller secreto —al que Tinta libre dedicó unas provechosas páginas de su primer número de este año 2024—, y de la novela póstuma Aquiles o el guerrillero y el asesino (2016) de Carlos Fuentes. A Roberto Bolaño sí lo tenemos en el programa del curso —Estrella distante— y su caso sigue siendo notorio, no solo por el abultado corpus de su obra póstuma desde su muerte en 2003, sino por la pura gestión de su memoria. Hace unas pocas semanas, en su columna de El Cultural, Ignacio Echevarría se lamentaba («Páginas en blanco», 2 de febrero de 2024, pág. 32), de que en algunas recientes antologías de la poesía chilena y mexicana la publicación de los poemas de Bolaño había sido vetada por la «dura custodia que la agencia y la heredera de Roberto Bolaño ejercen sobre su obra», según se puede leer en la explicación de Rubén Medina, el editor de una de esas publicaciones, Perros habitados por las voces del desierto (México, Aldus, 2014), que recoge la obra de diecinueve poetas infrarrealistas. Rastrear estos y otros casos de la literatura iberoamericana y comprobar el eco crítico que han tenido, sin entrar en los turbios y desagradables pormenores del círculo de los herederos legales —más legales que literarios— de un autor, podría ser un modo atractivo de iniciarse en una investigación y un análisis básicos en la culminación de los estudios de grado o de máster. Como el título de Donoso que dicen que descartaron para la novela de 2007, la cola de la lagartija sigue moviéndose separada del cuerpo, como las obras póstumas por manos distintas a las de quienes las escribieron. La publicación de En agosto nos vemos me llevó a pensar esto en voz alta en la clase del jueves, y hubo cierto interés. Ahora, leída ya la novela, y aunque sea difícil abstraerse de otras motivaciones del lanzamiento editorial, creo que su publicación es un regalo, pequeñito, mera muestra de lo que podría haber sido otra cosa, pero suficientemente evocador —y añorante— del grandioso narrador García Márquez, lo justo para reencontrarse —aunque sea con la levedad de lo breve— con un modo reconocible de presentación de los personajes en el tablero amoroso tan del gusto del colombiano, con puntadas de su inventiva, de su humorismo, y la habilidad en el uso de lazos narrativos como el del billete de veinte dólares lleno de carga argumental capítulos antes, a su debida y calculada distancia, en la propina que la protagonista da a un peluquero, advirtiéndole feliz: «Úselos bien […]: Son de carne y hueso» (pág. 56). Es poco, un sorbo solo para probar; pero suficiente para no sentirse ufanamente defraudado después de tanto ruido. 

viernes, marzo 08, 2024

Elena Garro desde España

Tuve la satisfacción el curso pasado de tener a Adriana Sánchez Vaquero (Zafra, 2001) como alumna en su Trabajo de Fin de Grado sobre «La novela hispanoamericana en el siglo XXI: la presencia de Elena Garro en España», que recibió la máxima calificación y este enero un accésit en la IV Edición de Premios al Mejor Trabajo de Fin de Estudios en materia de Igualdad de Género de la Universidad de Extremadura. Hoy me ha remitido el enlace a su artículo «Homenaje a Elena Garro en el 8-M. Cruce de caminos con la escritora mexicana», que me anunció que estaba escribiendo, publicado en la revista mexicana Replicante con motivo del Día Internacional de la Mujer. Merece la pena leer a esta joven filóloga y cómo transmite su entusiasmo, gracias a su trabajo académico, por haber conocido la obra de una gran autora como Elena Garro y personalmente a su estudiosa Patricia Rosas Lopátegui, presentes ambas en lo que fue el punto de partida de su estudio: la publicación en Extremadura en 2018 de la obra poética de Elena Garro, Cristales de tiempo, en edición de Patricia Rosas, en la editorial La Moderna, que dirigen Lidia Gómez y David Matías, otro antiguo alumno sobresaliente. 

domingo, marzo 03, 2024

Un deambular circular

Leí hace pocos días un excelente artículo de Ana Calvo Revilla publicado en el último número (vol. 85, núm. 170, de 2023) de la Revista de Literatura, que me llegó por un aviso del programa gestor de revistas electrónicas del CSIC: «Reescritura del perseguidor cortazariano: Campo de amapolas blancas, de Gonzalo Hidalgo Bayal» (págs. 597-616), y que me completa una lectura importante de la que quiero hacerme eco en este espacio tan predispuesto al escritor extremeño. Me estimula, por fin, a poner en orden mis notas sobre el libro de Ana Calvo Revilla Un deambular circular. Estudios sobre la obra literaria de Gonzalo Hidalgo Bayal (Madrid, Visor Libros, Biblioteca Filológica Hispana, 280, 2023), en cuya bibliografía (pág. 279) figura «en prensa» el artículo mencionado arriba. Para quien conozca las novelas de las que se ocupa, leer este ensayo proporciona el placer de volver a visitar un territorio siempre propicio para el estímulo del gusto literario y de la salud intelectual; permite recordar una experiencia de lectura, principalmente, de El espíritu áspero (2009), Nemo (2016) y La escapada (2019). Un deambular circular es un brillante estudio sobre una de las narrativas más interesantes y sugeridoras del panorama de la literatura española contemporánea, elaborado por alguien que conoce muy bien la obra de Gonzalo Hidalgo Bayal. Ana Calvo Revilla, catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad San Pablo CEU de Madrid, ha publicado un buen número de trabajos sobre la obra anterior de Hidalgo Bayal, casi sin dejar ningún texto sin analizar: Mísera fue, señora, la osadía, El cerco oblicuo, Paradoja del interventor, Amad a la dama, Campo de amapolas blancas, La sed de sal…; todas han merecido un trabajo crítico publicado en revistas especializadas en los últimos diez años, y entre los que destaco el que se editó dentro del libro El efecto M. Territorios narrativos de Gonzalo Hidalgo Bayal (Ed. de Felipe Aparicio, Jaraíz, Ediciones de La Rosa Blanca, 2013), con el título de «Incertidumbres de un Ulises kafkiano en Paradoja del interventor». Pero hay otros luminosos acercamientos a novelas como Amad a la dama, y su relación con el cervantino El celoso extremeño, o como La sed de sal y sus ecos literarios y cinematográficos, que están recogidos en un nutrido apartado de «Referencias bibliográficas» en el que se relacionan en primer lugar las obras de Hidalgo Bayal, desde sus poemas de Certidumbre de invierno (1986) hasta su contribución al volumen en homenaje a Julián Rodríguez publicado en 2022; y luego las «Obras citadas», entre las que está casi toda la bibliografía hasta el momento publicada sobre GHB. Aprovecho que hablo de esas páginas de información bibliográfica para volver a sugerir que se incorpore a ellas el relato titulado «Espíritu áspero», de Manuel Vicente González —en su libro Relatos de un trashumante. Badajoz, Los Libros del Oeste, 2011, págs. 107-125—, una singular pieza llena de cerebral sorna sobre un lector de la novela de GHB que busca al autor Saúl Olúas. El ensayo de Ana Calvo Revilla hace suya desde el título una reflexión de Gonzalo Hidalgo sobre las obras de Ferlosio, que tienen siempre el mismo centro, según este perspicaz lector, porque en literatura, «a partir del primer fruto maduro, no hay evolución ni progresión, sino un deambular circular». Lo escribió GHB en su ensayo El desierto de Takla Makán (Lecturas de Ferlosio) (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2007, pág. 32) y lo recuerda en el suyo Ana Calvo Revilla (pág. 61) cuando precisa la materia sobre la que gira la obra del autor extremeño, cuyos motivos temáticos, desde el eterno retorno o la reescritura del mito de Sísifo, hasta la frustración o la infelicidad, va a recorrer en su brillante análisis. Tras unos capítulos preliminares que presentan el propósito del libro, sitúan biográficamente a su autor y a su ruta por el ensayo —ostensible y ontológicamente ferlosiano— y resumen las invariantes del universo narrativo bayaliano, las secciones quinta a séptima son las que albergan los estudios de las tres novelas: 5. La laguna estigia y el último nemosín. El espíritu áspero. 6. Variaciones del silencio. Nemo. 7. Crónica de un sábado de noviembre. La escapada. Cada uno de estos tres bastidores del estudio general ofrece una certera lectura de las claves principales de esas narraciones extraordinarias, e invitan, como decía arriba, a revisitar unos textos recorridos ya antes con gusto y con provecho. Es como si el estudio de Calvo Revilla ejerciese en el lector con respecto a la obra de GHB lo que ésta en relación a una tradición literaria y filosófica que discurre nutriente en todos los escritos del autor, una tradición contabilizada y reseñada en varios momentos de este libro, cuyos efectos beneficiosos, como lector de Gonzalo Hidalgo, me gustaría saber comunicar. Del mismo modo que el artículo de Ana Calvo al que aludí al principio ha completado la lectura de su Un deambular circular, espero ansioso sus nuevos análisis sobre títulos como Hervaciana, que apareció en 2021, y de Arde ya la yedra, cuando aparezca dentro de unas semanas (Tusquets Editores), para seguir mirando al mismo centro.

domingo, febrero 25, 2024

Briznas de Emilia Oliva

El paseo de ayer sábado me pareció distinto; más completo y saludable después de haber estado en la presentación de briznas de quien (Madrid, Sial Pigmalión, 2024), de Emilia Oliva (Malpartida de Plasencia, 1957). Allí, sentado en el salón de actos de la Biblioteca Pública «María Brey-Antonio Rodríguez-Moñino», escuché y leí el penúltimo poema del libro, que resultó un eco muy grato de la rutina de la mañana; como el recuerdo, sin molestias y en verso, de un ejercicio físico realizado en un lugar que en el texto «es extenso paraíso de verdor / con surtidores / con pilas de agua / que corre / escalonada / en cascadas / hasta el estanque / de la alameda», pág. 65). El poema se titula muy significadamente «no todo son ruinas», así, en minúscula y con ese primer verso en negrita como diacrítico, de ese modo que ya está en otros libros de Oliva como Quien habita el fondo (Celya, 2011) o Cifras de una fracción periódica (De la luna libros, 2013) y que tiene un precedente de similar intención en la poesía de Olvido García Valdés, en la que los poemas no inician nada, sino que sugieren la continuidad de un discurso, un continuo que en briznas de quien subrayan otras recurrencias del libro, como el omnipresente quien como sujeto poético, como la medida del tiempo en cuarenta jornadas (pág. 56) o estaciones (pág. 67), o como las repeticiones («a ras de suelo», págs. 28 y 61); y que, además, refuerza la idea de circularidad de la que habla José Luis Bernal en su prólogo sumario de la autora y esclarecedor del libro («Una urdimbre poética de briznas», págs. 9-16). Ayer Emilia Oliva hizo más visibles —ella escribe unas «Notas sobre la gestación» que van al final (págs. 69-70)— la motivación y circunstancias de sus poemas —precedidos por uno proemial que es toda una poética: «escribir contra / con voz de quien» […]—: la necesidad («cuida la salud del cuerpo», pág. 43) de su caminar como prescripción, la posología («por cuarenta estaciones en círculos», pág. 67), los lugares del recorrido —entre ellos, ese Parque del Príncipe que comparto también ahora como lector—, y las circunstancias de los incendios periurbanos cacereños y del post-confinamiento de 2020. Pero la verdadera clave está en la esencialidad del lenguaje, el «despojamiento expresivo radical» (dice Bernal, pág. 14), en el cómo dicen las palabras que construyen una realidad nueva en la página, en la línea de otras entregas de Emilia Oliva, y que se configura como un espacio de representación en el que los blancos y sangrados constantes, los paralelismos o las repeticiones reemplazan a todo signo de puntuación, ausente salvo en algunos casos de enumeraciones («latas, toallitas, vidrios,» […] pág. 24; «¿bola, semilla, insecto?», pág. 54), que, en mi opinión, deberían eliminarse, por coherencia de forma con un artificio muy pertinente. En fin, ha sido curiosa esta manera de congeniar con un libro de poemas. Un paseo muy placentero.

sábado, febrero 24, 2024

FRP

Ha resultado tan placentero el encuentro con este libro (Francisco Rico, Petrarca. Poeta, pensador, personaje. Barcelona, Arpa Editores, 2024) que lo celebro como una novedad, aunque no lo sea tanto. En primer lugar, a estas alturas, no sería esperable un Petrarca renovado o distinto del gran especialista en el aretino que es Francisco Rico; y, por otro lado, no es tanta novedad la republicación de varios trabajos del profesor ya difundidos en diferentes lugares. Sin embargo, lo mire por donde lo mire, me ha parecido tan fresco y sugerente que, después de Vida u obra de Petrarca (1974) y de sus otros muchos trabajos sobre el escritor, es este un libro capital en la trayectoria de Francisco Rico. Algo de guiño hay en el diseño tipográfico que la editorial Arpa le ha dado a la cubierta, en la que autor y título principal, como ocurre en otros libros de la casa, se imprimen en el mismo cuerpo, en colores distintos, y no se invierten —título y autor, como en Meditaciones de Marco Aurelio o La España de las piscinas, de Jorge Dioni López—; de manera que, dado el cuerpo muy menor del subtítulo (Poeta, pensador, personaje), «Francisco Rico Petrarca» conforma la entidad de un nombre y dos apellidos como lema distintivo del experto petrarcólogo al que siempre le resultó muy antipático como persona el objeto de su estudio. Y que se me disculpe la simpleza. Recoge esta obra, sí, trabajos ya publicados, pero algunos, aparecidos en Italia, no lo habían sido en castellano; y han sido reunidos aquí, con buen criterio, alterando el orden cronológico —el más antiguo es de 1978 y el más reciente de 2020, aunque dicho en un congreso en Alemania en 2017—, con lo que el contenido que se ofrece es muy coherente: I. «Poeta, pensador, personaje», como compendio biográfico —publicado, con la colaboración de Luca Marcozzi en I venerdì del Petrarca (2016); II. «Petrarca en el escenario», el capítulo más breve —que fue la contribución de Rico al homenaje de la Universidad de Granada al profesor Juan Carlos Rodríguez—, sobre el estratégico cultivo de una imagen atractiva como escritor para sostener su propuesta ética y estética, sintiéndose «como un actor en el centro del escenario» (pág. 96); el análisis de la evolución paradigmática del humanismo filológico a la filosofía cristiana de un yo que se quiere trascendente en la parte III, «De la filología a la filosofía»; y IV. «Posteridad» como breve cierre en torno a la fortuna póstuma del Petrarca latino, un Petrarca despedazado en trozos de sentencias o adagios, en atribuciones engañosas o ejemplos aislados transmitidos en misceláneas muy difundidas. Merece la pena recorrer tan sintéticamente, y en este nuevo orden, dedicación tan dilatada —véanse las más de mil páginas de Otia cum Petrarca que arrancan con un primer artículo de 1963-1964—; leer este espléndido libro que no llega a las doscientas páginas y hacerse la ilusión de abarcar un poco una cumbre tan imponente como la del autor del Canzoniere. Y, de paso, revalidar así el aprecio intelectual por el sabio profesor Francisco Rico Petrarca; Manrique, digo.

domingo, febrero 18, 2024

Ronson

Tiene este libro unas hechuras tan atractivas y singulares que me han ofuscado. Sí, está muy bien editado, en buen papel, con una cubierta en cartoné con el lomo encintado en el color sepia característico de toda la historia interior y de la simulación de papel de aguas de las guardas; y uno sus rasgos más originales es que el corte delantero está dentado en sierra; pero hete que puede ocurrir que alguna página se quede prendida de la siguiente con más facilidad que si el corte fuese limpio. Es un problema menor, sin duda, que no rebaja para nada la excelencia formal del libro; pero a mí me ha ocultado durante demasiado tiempo la página de créditos; hasta el extremo de creer que el fonético nombre de la editorial, Autsaider Cómics, llevaba tan a rajatabla estar fuera de lo convencional que ni había razón social, ni fecha de edición, ni ISBN, ni Depósito Legal... Es cierto que las páginas no están numeradas y que no hay ninguna información editorial sobre la obra ni sobre el autor; pero la falta de esos otros datos era, y nunca mejor dicho, para no dar crédito. Incluso ahora, que ya he resuelto el enigma, se pega la última página a la de guarda y pasan como si fuesen una. Y está todo: una dedicatoria —«Para Mireia»—, la silueta imponente de un guardia civil que es una de las viñetas del libro, los datos de la editorial, la fecha, todo, hasta el diseño de producción —de Ata Lassalle, el fundador y responsable de Autsaider—, la autoría de la maqueta y de la corrección de textos, por supuesto, el ISBN y el D.L.... Y la mención de que el ejemplar que he comprado —por sugerencia de mi hija Julia— pertenece a la segunda edición, de junio de 2023. No sé cuántas irán ya, porque parece que el libro ha tenido y está teniendo mucha aceptación. Fue premiado como álbum del año en el Salón del Cómic de Tenerife y se le otorgó el Premio Ojo Crítico de RNE en la modalidad de cómic en su trigésimo cuarta convocatoria. Merece estos reconocimientos y más, porque es una historia bien hecha, bien narrada visualmente y, como digo, primorosamente editada. Ahora sí, la ficha completa: César Sebastián, Ronson. Palma de Mallorca, Autsaider Cómics, 2023. César Sebastián (Valencia, 1988) es un historietista e ilustrador, licenciado en Bellas Artes por la Facultad de San Carlos de Valencia, y Ronson es su primer cómic. Es un sugerente viaje por una memoria ajena, pues se remonta a los años de infancia y juventud de un narrador en primera persona de la edad de su padre que aprovecha la contemplación de los vestigios de un pasado para elaborar su relato. La contemplación, sí; y también el arreglo y conservación de las señales de existencia de las tumbas de un cementerio, en un logrado marco metacreativo en el que surge el pincel que repinta las letras de un nicho y que cierra la última viñeta. Son nueve capítulos —el primero, «El poso que precipita», y el último, «Camino a los quiñones», sirven de prólogo y epílogo— que repasan recuerdos infantiles, olores, sabores —muy familiares para quienes vivimos ese tiempo y ese entorno más rural que urbano—, y experiencias que se entreven en los títulos de algunas secciones, como «Sopla el solano», «El olor de la mies», «Cuando el diablo se aburre...», «Cautivos del celuloide» o «La mujer que fuma»; o claves más personales como las que están en «Los chavos negros» y «El Ballueca y yo», que contienen el significado literal y simbólico del título del libro, un objeto de juego y un amuleto del tiempo que quiere recordar el «rosebud» de Ciudadano Kane. Ronson es una brillante manera de reafirmar desde los afectos presentes la memoria histórica que es nuestra memoria más personal, la que hace del pasado un territorio, mostrado en este caso en atractivos dibujos en viñetas. La memoria a recuadros.

lunes, febrero 12, 2024

Bomarzo

Estoy casi en la edad de Juan Goytisolo cuando declaró a la revista Tiempo en agosto de 1993 que leía muy poco, que ya lo que más hacía era releer. No voy a especular con el paso del tiempo por hacer algo tan normal en mi trabajo; pues lo cierto es que he terminado el Quijote otra vez y ahora estoy leyendo Bomarzo. Leí la novela de Mujica Lainez hace bastantes años y no recordaba su grandiosidad. Me gustaría parecerme a mi compadre, que es capaz de recordar detalles relevantes de sus lecturas, incluso frases completas de los títulos más queridos. Seguro que se acuerda del anillo de acero incrustado de oro que Benvenuto Cellini regala a Pier Francesco Orsini en su primer encuentro. Yo soy un desastre para esta memoria literaria que, a pesar de todo, intento cultivar. Estoy leyendo Bomarzo y disfruto de su prosa, y me demoro a veces en anotar algo que me pueda servir para mis clases, aunque no creo que pueda programar una obra de seiscientas páginas dentro del plan docente de mi asignatura. Estoy encarando ya el último tercio del volumen, y vuelvo al principio para retomar cómo volvió a sorprenderme esa manera de construir una frase contraviniendo esas difusas recomendaciones de no separar el sujeto del predicado, y suspender y amplificar poéticamente el discurso con una subordinación antológica. Es después de que los hermanos de Pier Francesco lo hayan maltratado y él salga despavorido buscando el auxilio de su abuela, y se tope con la imagen temible de su padre: «Pero él, en silencio, como si hubiera sido una alucinación, porque la presencia de un personaje de tan hidalgo empaque resultaba imposible en el castillo de Bomarzo, donde los futuros sucesores de los Orsini andaban enmascarados o desnudos, convertidos en brujas y en esclavos, o como si yo hubiera sido un fantasma abominable, ni hombre ni mujer, que se ladeaba por escarnio y mofa —de tal suerte que, al fin de cuentas, no se sabía quiénes eran los seres reales y quiénes los ilusorios, en esa escena breve y peregrina—, dio un paso atrás, entornó la puerta sin ruido y corrió el cerrojo.» (pág. 42). La distancia postergante que hay entre «Pero él, en silencio» y «dio un paso atrás, entornó la puerta sin ruido y corrió el cerrojo» es una pura delicia.

domingo, febrero 04, 2024

Días de Sísifo

© Gustave Caillebotte, Jeune homme à sa fenêtre (1876) J. Paul Getty Museum (Los Ángeles)
El otro día me paré a saludar en la calle a un viejo conocido que volvía de su deambular mañanero y me soltó: «—¿Tú sabes qué coño de sentido tiene despertarse todos los días?» Así. No me esperaba una carga existencial de ese calibre y le devolví con torpeza —exasperante ahora que escribo— que esa pregunta se la han hecho muchos filósofos. Me despidió con su cordialidad de siempre, se llevó su ánimo sombrío a mejor parte y yo me quedé para todo el día con una sensación de fracaso que, extrañamente, no superé hasta que leí, como si fuese la repetición de mi encuentro matutino, un dístico de Ida Vitale titulado «Días de Sísifo», cuyo primer verso lo tomó, en homenaje, de Fernando Villalón, y escribió a medias: «Del siempre amanecer por las mañanas / para ir anocheciendo todo el día» (Sueños de la constancia, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, pág. 55).

viernes, febrero 02, 2024

Ribera con Batilo

El pasado sábado 27 estuve por la mañana en Ribera del Fresno, el pueblo natal del poeta y magistrado Juan Meléndez Valdés (1754-1817), para asistir a la proyección en el Auditorio Municipal de la grabación de la única representación, por el momento, de la obra de teatro popular Batilo. El poeta de las luces, una producción de la compañía Teatro del Agua y de la empresa +magín, que tuvo lugar el sábado 18 de noviembre de 2023, hace ya más de dos meses. Ya en casa, y con el propósito de escribir algo, una especie de crónica, sobre mi experiencia, pensé en la relación que se puede llegar a dar entre un objeto de estudio y sus circunstancias externas, alejadas muchas veces del hecho estrictamente literario o textual. Pensé en las horas de lectura y de escritura sobre la figura del magistrado poeta de Ribera, y cómo esa experiencia personal e íntima, en ocasiones pública en una clase o en una conferencia, puede convertirse en la razón principal de un encuentro con muchas personas que han llegado por otra vía que no es la del estudio —o que no es el mismo estudio— a una satisfacción parecida. En bastantes años —la primera vez fue en agosto de 1988—, casi todas las ocasiones en las que he estado en el lugar en el que nació Meléndez Valdés ha sido por eso, por ser la cuna de quien escribió lo que me ha interesado durante mucho tiempo; y resulta de gran complacencia congeniar con tantos otros que, simplemente, se fijan solo en que tu asunto de trabajo es un personaje histórico relacionado con el sitio al que vas. En todas esas ocasiones me he sentido conmovido; y han sido muchas: en 1998, en 2004, en 2018... Pero el sábado pasado fue algo especial, por la emotividad de comprobar la implicación de muchos en algo que uno siente de manera solo particular. La complicidad de decenas de personas del pueblo en una representación al aire libre, en la Plaza de la Iglesia, que puso a «Meléndez Valdés en el escenario de Ribera del Fresno», subtítulo del montaje dirigido por Francisco Blanco Aguado, también experimentado actor y productor de la compañía de Villafranca de los Barros Teatro del Agua. Hay tradición teatral en Ribera, y se notó en el entusiasmo y las ganas que pusieron todos los participantes en levantar un espectáculo tan digno en tan solo cinco semanas escasas, desde la escritura del texto (por José María Lama), con romance de ciego incluido, hasta los ensayos con más de veinte actores con papel, más de treinta figurantes, entre los que había una decena de niños y niñas, una bailarina, un guitarrista y un cantaor. La mayoría de ellos no tan avezados en el teatro aficionado como los de la asociación ribereña Batilo Teatro, que montaban en esos días una Yerma, y que incluso algunos quizá pudieron participar en la conmemoración de los doscientos cincuenta años del nacimiento de Meléndez, en agosto de 2004, cuando se llevó a escena El último poema (Delirio de ausencia de Juan Meléndez Valdés), un texto del dramaturgo Miguel Murillo escrito para la ocasión. Veinte años después, Batilo. El poeta de las luces ha sido, por encima de todo, la representación de un tesón popular, un logro colectivo bien dirigido, y sostenido por un par de actores de más experiencia, Joaquín Hernández Morales (Meléndez) y Mª Carmen Báez (Memoria), con recursos muy bien resueltos, como la música en directo (Juan Carlos Sánchez canta un villancico, y a la guitarra Cándido Perera), como un rap que resume los hitos vitales del personaje y de la obra, y con una tarea de producción para la que personas como Rosana Pavo Gómez, bibliotecaria municipal, o Juan Francisco Llano, cronista y guía turístico, y con papel en el elenco, se han entregado con una pasión que ha logrado una recreación histórica con un innegable valor, diré, pedagógico, por el reconocimiento del personaje incomprendido, por una cierta «reconciliación» de la opinión pública más cercana al personaje histórico, al que se le da la oportunidad de explicarse ante todos: «—Me han considerado un pusilánime y un hombre sin voluntad, sometido a cambios continuos…. Y no es cierto. Mi único norte fue eliminar de mi tierra la superstición, la mentira, la intolerancia, la calumnia, el egoísmo, la miseria…  Y ahí sí fui obstinado y perseverante. […] Y me situé donde mejor pudiera impulsar las reformas, a pesar de no ser siempre el lugar más cómodo para la vida… Aunque acabara costándome la calumnia, la cárcel, la incautación de mis bienes, el destierro, la agresión o el exilio» —dice el personaje en la última escena ante la Memoria que pregunta a los espectadores: «—[…] ¿Debemos cambiar nuestra opinión sobre el ciudadano Meléndez Valdés, un ilustrado que colaboró en traer nuevas ideas, menos fanáticas, más tolerantes, más humanas, a nuestra España? ¿Debemos enorgullecernos de Juan, el hijo de Juan Antonio Meléndez, el del Estanco del Tabaco, y de Marí Ángeles Díaz, los de la calle Larga? ¿Debemos sentirnos honrados de ser las paisanas y los paisanos de un extremeño universal nacido en Ribera del Fresno, de Juan Meléndez Valdés, de Batilo, el poeta de las Luces?». Creo que la amonestación de la Memoria al final de la obra hizo efecto en los ribereños con los que compartimos el sábado una experiencia sobresaliente, que, además, culminó en una comida con quienes participaron en una representación popular que debería asentarse como homenaje instructivo y periódico de Ribera a su hijo ilustre.



jueves, enero 25, 2024

La forja de la palabra

En la complicada mañana del pasado viernes en Badajoz, por lo mucho que llovió, visité en el Centro de Estudios Extremeños (CEEX) la exposición La forja de la palabra, que conmemora el centenario del nacimiento del poeta y escultor Luis Álvarez Lencero (1923-1983), y que, inaugurada el pasado 12 de diciembre, estará hasta el primero de marzo de 2024. Sin lugar a duda, es su sitio, pues el CEEX acoge desde su adquisición en 1999 el archivo personal y artístico de Álvarez Lencero, que, en los últimos años desde 2021, se ha incrementado por la donación de la familia del pintor Juan Manuel Tena Benítez, amigo del escritor, de poemas, cartas, fotografías, documentos personales, libros y revistas, que completan aspectos ahora más conocidos de su vida y de su obra, como el expediente de censura del libro Juan Pueblo (1971), cuyo pliego de cargos puede verse en la muestra, y que estudió Moisés Cayetano Rosado en su artículo «Expediente sancionador contra Luis Álvarez Lencero por su Juan Pueblo», publicado en la Revista de Estudios Extremeños (LXXVII, 1, 2021, págs. 137-167), y ampliado en el capítulo «Juan Pueblo, la marca del poeta Luis Álvarez Lencero» (págs. 411-452) del libro por él coordinado Luis Álvarez Lencero. Centenario de un recio forjador de la poesía (Badajoz, Fundación CB, 2023). Este libro, junto con el catálogo de esta exposición, es el hecho editorial más importante que ha dado este centenario de uno de los escritores extremeños más destacados de la segunda mitad del siglo XX, junto a Jesús Delgado Valhondo y Manuel Pacheco, muy presentes también en todo lo relacionado con el autor de Poemas para hablar con Dios (1982). Tuve el privilegio el viernes de tener como guía a Sara Espina Hidalgo, directora del Centro de Estudios Extremeños, que introduce doblemente el catálogo con un texto, «La forja de la palabra», que explica el significado que ha querido darse al argumento del conjunto, y con otro más presentativo («El legado de Luis Álvarez Lencero») firmado con Mª Teresa Rodríguez Prieto, directora del Museo de Bellas Artes de Badajoz (MUBA), en el que dan cuenta de las aportaciones del centro y del MUBA para conservar la obra del artista. Una de las piezas que alberga ese museo, la máscara «El profeta», de 1970, es la que sirve de imagen principal en la cubierta del catálogo y en el cartel, y hace las veces de gozne en la sala expositiva entre las palabras y las formas, entre la obra literaria y la obra plástica, que dan el retrato creativo completo de Lencero. Los tres comisarios de la exposición, Moisés Bazán de Huerta, Román Hernández Nieves y Francisco López-Arza Moreno, sostienen la base del catálogo como estudio aproximativo. El último firma con su hijo Francisco López-Arza García-Mora, descollante filólogo en ciernes, un trabajo —«En el principio fue la palabra...»— sobre la trayectoria literaria de Álvarez Lencero, que todavía sigue careciendo de una digna y rigurosa obra poética completa. Los otros tratan sobre «Los dibujos de Lencero. La creación de un universo personal», el de Moisés Bazán, y el de Román Hernández Nieves sobre la obra escultórica en «El maestro del hierro sin taller». La mala suerte de Lencero en cuanto a su proyección editorial la palía este catálogo bien elaborado y diseñado por David Fernández Fernández, que se cierra con una cronología que hace las veces también de pie colectivo para las numerosas ilustraciones incluidas en el volumen. Su lectura queda ahora como el mejor modo de revisitar tan estimulante muestra. 



jueves, enero 18, 2024

Los encartelados

En la primavera de 1968 se publicó en París la novela anónima Los encartelados. Novela programa, en cuyas primeras páginas el personaje de Eusebio Martín, tipógrafo de cuarenta y nueve años, salía el domingo 20 de octubre de ese año a la calle principal de Villacorte, capital de Trujiberia, que celebraba en aquellos días el trigésimo aniversario de la proclamación del Mariscal Tranco como Jefe del Gobierno, con un cartel que decía: «EN NOMBRE DEL 71% DE LOS TRUJÍBEROS PIDO RESPETUOSAMENTE AL MARISCAL TRANCO, SALVADOR DE LA PATRIA, QUE CONVOQUE ELECCIONES LIBRES A LA JEFATURA DEL ESTADO». La novela llevaba la nota siguiente: «Esta novela es un programa. El autor, que por razones evidentes oculta provisionalmente su nombre, se propone iniciar en persona la ejecución del primer capítulo el 20 de octubre de 1968, confiando en que otros tomarán a su cargo la ejecución de los restantes. G. A.» Efectivamente, ese día, el licenciado en Derecho y traductor de la UNESCO, Gonzalo Arias, residente en París, que había introducido en España unos tres mil ejemplares de la novela de forma clandestina, salió a andar desde la calle Princesa de Madrid en dirección a la Plaza de España con dos carteles prendidos en pecho y espalda con el siguiente texto: «EN NOMBRE DEL PUEBLO ESPAÑOL (DESEOSO DE SEGUIR EL EJEMPLO CÍVICO DE LOS GUINEANOS) PIDO RESPETUOSAMENTE QUE SE CONVOQUEN ELECCIONES LIBRES A LA JEFATURA DEL ESTADO». A los diez minutos fue interceptado por la policía, y llevado detenido a la Dirección General de Seguridad. Tras varias semanas privado de libertad, fue juzgado por el Tribunal de Orden Público el doce de febrero de 1969 y sentenciado a siete meses de prisión menor y multa de diez mil pesetas. Los encartelados se reeditó en Francia, ya con el nombre de su autor en la portada, en la editorial Ruedo Ibérico en 1971, con un apéndice documental con la referida sentencia, cartas de Arias y otros textos sobre aquellas circunstancias y el movimiento de la no-violencia y la objeción de conciencia. Hace unos meses, en octubre de 2023, después de cincuenta y cinco años desde la primera edición, la novela de Gonzalo Arias se publicó por primera vez en España: Gonzalo Arias, Los encartelados. Novela programa. Edición de Bénédicte Vauthier. Valladolid, Ediciones Universidad de Valladolid (Col. Fractales, 5), 2023. Es una excepcional edición la de esta catedrática de Literatura Española y directora del Instituto de Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Berna, que ha escrito un luminoso y combativo estudio introductorio bajo el título «"Operación 'Encartelados'": performance estética y desobediencia civil en el tardofranquismo» (págs. 13-76), en el que sitúa las circunstancias de publicación de la novela, aporta datos biográficos de su autor, el vallisoletano Gonzalo Arias (1926-2008), y reconstruye la historia de los encartelados desde octubre de 1968 hasta agosto de 1971. Muy buena conocedora de la narrativa de Juan Goytisolo, Bénédicte Vauthier destaca al novelista barcelonés como uno de los primeros que llamó la atención sobre la novela de Arias en un artículo publicado a finales de 1971 —luego incluido en su volumen de ensayos Disidencias (Seix Barral, 1977)—, en el que consideró al autor de Los encartelados como un símbolo del escritor realmente comprometido, como «el único autor español que ha trasladado a la realidad, al mundo, el espacio de su escritura convirtiendo la calle en papel y el papel en calle» (pág. 161, de Disidencias). Bénédicte Vauthier hace suya esa reivindicación para situar la novela de Gonzalo Arias en «la historia del arte español comprometido con los valores democráticos» (pág. 64) y a su autor como uno de «los primeros representantes españoles de un movimiento noviolento de oposición ciudadana o cívica» (pág. 67). El texto no sobresale por sus valores literarios —las pretensiones de Arias, que escribió varios ensayos sobre la no-violencia, no eran las de un novelista—; pero su ausencia de las historias de la literatura se debe más a su declarada orientación política en un contexto que la autora del estudio relaciona con las movilizaciones ciudadanas de los indignados del 15-M y los postulados de autores que, como Isaac Rosa, se comprometen hoy con el lenguaje literario y con la política y reivindican la dimensión discursiva —en palabras de Vauthier— de la literatura como resistencia. Es de celebrar que contemos hoy con una edición tan completa, que incluye todos los materiales de la original en su «Apéndice documental», y que sitúa brillantemente aquella singular novela performativa en su contexto y en nuestro contexto, casi como un deseo de que ética y estética se unan en un mismo propósito declaradamente progresista y no violento.

lunes, enero 15, 2024

Héroes. Una comedia confinada

Podría decirse que, a la hora de la verdad escénica, Héroes necesitaba un subtítulo explicativo que diese al público una orientación sobre lo que iba a ver. Así, Una comedia confinada vendría a ser la credencial del texto hecho ya gesto en un escenario. El proceso se consumó el pasado viernes 12 en el Gran Teatro de Cáceres, con el patio de butacas y buena parte del anfiteatro llenos. En efecto, la condición del libreto como dramaturgia se confirmó en la fidelidad de lo que vimos con respecto a la pauta de la que partía; con un notorio subrayado del ingrediente cómico de la historia. Esta fue la clave que me permitió responder a una persona con la que me encontré luego y que no acudió al teatro porque no le movía ir a ver una obra que le recordara aquella situación que vivimos. Cierto, pero es diferente si te ríes, y creo que en eso pensó Isidro Timón al acentuar la comicidad de todo, por si acaso alguien se ponía intenso. Y funcionó. El público favorable a los trabajos de Maltravieso Teatro y a los intérpretes de Héroes se lo pasó bien y salió muy satisfecho con lo visto. Fue mi caso. Todo estreno es una prueba crucial de funcionamiento de la maquinaria que se ha estado probando con mucho sacrificio durante un tiempo. La primera representación siempre sirve para realizar ajustes que van aplicándose en subsiguientes funciones, si no son tan contadas como para que tanto afán no se concrete y sepa a poco. El estreno de Héroes pudo servir para afinar un ritmo al que no se le puede poner reparos, o para matizar las transiciones en las escenas, que alternan, jugando con la luz y con el sonido, dos acciones que sugieren la superposición, por ejemplo, de lo que hay y de lo que se anhela, y que permiten variedad, cortes reflexivos y algunos cambios de los pocos elementos del decorado, propósitos, entre otros, que se lograron el viernes. También esa función puso de manifiesto el mérito de un elenco extremeño y conocido: la experimentada Ana Trinidad (Abuela), Carola Veidhlin (Hija), la más joven y menos vista ahí arriba, y Rubén Lanchazo (Hombre) y Amelia David (Mujer), habituales fundamentos de la compañía. Los cuatro, creo, acusaron la tensión de una primera representación que podrá servir para regular la frecuencia con la que latió su músculo interpretativo, por debajo del punto en los tres primeros y por encima en Amelia David. Al trío de la madre, la nieta y el yerno le faltó una velocidad para soltarse y redondear su resignado frente común por culpa de «una mujer amargada que amarga la vida de todos los que tiene alrededor […] enganchada al alcohol» —del dramatis personae—; y a este papel le convendría levantar el pie del acelerador para no caer en la sobreactuación en algunos momentos de su progresiva melopea, innecesaria para conseguir su retrato preciso sin perder lo cómico, que Amelia David logra sobradamente con una gestualidad más contenida. Quizá todo sea por evitar generar en el espectador un recuerdo amargo de un hecho trágico, y que salga del teatro con la sonrisa en el rostro; por soslayar —no renunciar— la carga moral del juicio sobre determinados comportamientos. Un lance bien expresivo de esta intención fue la imitación —que está en el texto— que hace la Abuela del archifamoso Fernando Simón —aquí Ana Trinidad alcanzó su fuerza— y que, a pesar de ser uno de los momentos en los que suena la carcajada, se potencia todavía más y con mucho acierto con la grabación de la voz real de un personaje que todos tenemos grabado en la memoria. Por insistir, pues, en lo de «comedia confinada». En fin, sigue ganándome esta manera de tomar un texto, levantarlo y ponerlo en pie ante el público con todos los recursos que convergen en el hecho teatral, y más me gana cuando quienes lo hacen con tanta entrega y honestidad son tan cercanos y tan auténticos.