viernes, octubre 22, 2021

Cuaderno de Perugia (X)

La feliz coincidencia de mi estancia en Italia con la publicación de esta edición del libro de Rafael Alberti Roma, peligro para caminantes (Ediciones Cátedra, 2021), preparada por Luigi Giuliani, me permitió ayer participar en el acto de su presentación en la Sala Dalí (Piazza Navona, 91) del Instituto Cervantes de Roma. Saludé a su director, Juan Carlos Reche, y conocí al profesor, ya jubilado, de la Universidad de La Sapienza Norbert von Prellwitz, que se encargó de hablar de los muchos valores y aportaciones de esta edición crítico-genética que precisa y completa la historia textual de esta obra del último exilio albertiano, y que combina muy oportunamente fuentes manuscritas e impresas; pero también testimonios orales, cartas, entrevistas, grabaciones o noticias de prensa que reconstruyen el texto y el contexto de Roma, peligro para caminantes, un libro que, en palabras del estudioso supone la construcción de un discurso que le permite al escritor «exiliado entender el lugar de acogida y así entenderse a sí mismo en su nueva situación» (pág. 11). Pero también la lectura que ofrece esta edición es la de la reivindicación de una muestra de la biografía poética de Alberti que va más allá de la guía de una ciudad, del diario de un paseante o de los divertimentos de ingenio literario, y que se convierte en una manera de representación de una realidad selecta y estilizada, y de una mirada a una tradición literaria para lograr, como dice Luigi Giuliani «un poemario en la encrucijada entre la cultura española y la italiana» (pág. 34), que se manifiesta en el diálogo que establece —desde el primer poema y desde la dedicatoria y los epígrafes de los diez sonetos que conforman la primera sección— con el poeta romanesco Giuseppe Gioachino Belli —traducido por Giuliani— o con Mario dell’Arco, cuyos ecos en el libro son señalados en una de las aportaciones de esta edición, en su introducción y en sus esclarecedoras notas. La pequeña sala que el Instituto Cervantes tiene en el centro de Roma se llenó de personas —y un perrito— interesadas en la obra de Rafael Alberti, cuyo recuerdo nos acompañó gracias a la exposición ExiliArte. Memoria di una cartella dedicata a Rafael Alberti, réplica de la que se celebró en España, comisariada esta también por Carmen Bustamante, y basada en la evocación de un homenaje al poeta organizado en París en junio de 1966 por la Asociación Cultural Franco-Española que presidía Jean Cassou. Anoche estuvimos rodeados de testimonios de aquel tributo fuera de España al escritor, en un entorno sublime de obra gráfica colgada en las paredes de Rafael Canogar o Cristino de Vera, entre otros muchos, como Antonio Saura o Josep Guinovart. Seguirá en la próxima entrada otra manera de hablar de lo que ayer nos pasó en Roma.

martes, octubre 19, 2021

Cuaderno de Perugia (IX)

Anoche vi O que arde, la película gallega —de producción hispano-francesa— de Oliver Laxe que fue premiada en 2019 en Cannes. No tiene especial relevancia ver una película tan tarde después de su estreno; pero para mí sí que ha sido notable su proyección aquí, en una de las actividades propuestas gratuitamente por el Centro di Studi Galeghi de la Universidad de Perugia, en colaboración con «PerSo»  (Perugia Social Film Festival), con los que anda mi colega Marco Paone, que introdujo el acto, celebrado en una «sala de cine» portentosa; ni más ni menos que la Sala dei Notari de la Piazza IV Novembre del pleno centro de esta ciudad a cinco minutos de casa. Pongo foto abajo. La película nos adentra en la más espesa ruralidad gallega, en el contexto de la destrucción periódica de paisajes espectaculares por el fuego intencionado; y en ella, la relación o reencuentro entre un hijo —pirómano convicto que sale de la cárcel— y una madre que es una lección de austera y connatural cordura. ¿De dónde salieron estos actores? (Amador Arias y Benedicta Sánchez). Me sorprendió una frase al final de la película en la que ella dice algo así como que los que hacen sufrir es porque ellos mismos sufren; y fue porque la tenía anotada hacía unos meses en un cuaderno; que no tengo aquí y no puedo verificar de dónde la saqué. O que arde es una película hecha de silencios elocuentes, que basa todo su talento en la expresión de sus imágenes, y no en las palabras, reducidas a la mínima expresión. Quizá por eso, aunque suene raro decirlo así, hubo momentos en los que agradecí los subtítulos en italiano, de tan difícil que era captar lo que decían los personajes en un gallego cerrado y para sí mismos. Pero, insisto, el laconismo de esta obra es extremo, como las imágenes de un fuego que se siente al lado mismo de la butaca. Al entrar en la sala poco antes de las nueve, un numeroso grupo de estudiantes conversaba en español en la cola; y al salir —no me quedé al coloquio posterior, que empezaría pasadas las once— había ambiente en la plaza y en las calles del centro con una temperatura templada espectacular para un dieciocho de octubre de recuerdo de Carlos Doncel. Yo creo que le habría gustado mucho esta película. Me parece.



lunes, octubre 18, 2021

Carlos Doncel

© CMD
El otro día, aquí en Italia, con esa ingenuidad que nos gastamos cuando nos vienen mal dadas, escribí en mi cuaderno: «¿Qué sentido tiene que alguien que ha sanado a tanta gente se ponga malo y se muera sin que un médico como él haya podido hacer nada?». Acababa de escribirme Carmen, y me dijo que estaba muy malo, y luego puse un mensaje a Amalia, su mujer. Fue el jueves. Ayer me llamó Carmen para decirme que Carlos Doncel había muerto. No me esperaba que fuese tan rápido todo, como si pudiésemos pautar a conveniencia lo incomprensible. Me frustra estar tan lejos y no acompañar hoy a su familia y a las amigas y amigos que lo compartimos durante muchos años. Qué tristeza sin Carlos, sin su sonrisa y su buen talante siempre. Un médico de atención primaria, de los cercanos. Cuántos de los conocidos de Cáceres le deberán un favor, muchos. Casi nunca hablaba del trabajo, salvo para contar alguna anécdota, como aquella de la paciente que llevaba una semana sin ir por la consulta. O cuando recordaba su destino en Zafra. Se ha ido demasiado pronto y ahora es cuando conforta confirmar que Carlos siempre ha tenido razón en su manera de afrontar la vida, viviéndola bien y en positivo, sabiendo sacar partido a un buen guiso, a una buena película, a un concierto o una obra de teatro; disfrutando de un paseo, de un partido de rugby como médico del equipo de sus hijos, de una reunión de amigos como a la que pertenece esa foto ya antigua, de 2008, en un buche frente a la ermita del Salor en Torrequemada, con su sonrisa característica, ese carcajeo feliz que te daba confianza. Si vale la analogía, mis dos últimas imágenes de él son afirmativas de su vitalismo, y en ambas hay un carro: el que empujaba el último día que le vi en Cáceres, en el supermercado —le gustaba mucho cocinar y hacerlo con buenos productos—, cordial como siempre; y el que empujaba de su nieto y tenía puesto en su fotografía de perfil de whatsapp, viva estampa de felicidad, que es la que para mí pervive.

domingo, octubre 17, 2021

Cuaderno de Perugia (VIII)

Domingo. Hoy he ido a misa. Sin que sirva de precedente. El motivo está en el cartelito que vi uno de estos días pasados en la puerta de una de las iglesias más bonitas y más interesantes de Perugia, la de San Ercolano, que destaca por fuera, por su enclave junto a la muralla etrusca, por su planta poligonal; pero también por un interior admirable. «—Purtròppo», me dijo un señor en la puerta cuando hice esta mañana la foto al aviso; sin saber él, claro, que yo ya había estado unos cuarenta y cinco minutos dentro, porque llegué pronto y conseguí un buen sitio. «Desgraciadamente», lamentaba el simpático señor que parecía poner gestos de condolencia al mensaje de que por la evolución de los contagios de la pandemia todavía sigue vigente el cierre de la iglesia a las visitas turísticas, y que solo estará abierta exclusivamente para la misa de los domingos a las diez y media de la mañana. Así que el otro día tomé nota y hoy he disfrutado de la ceremonia, con música de órgano y cánticos bien entonados —incluido el Padrenuestro, que aquí se canta—, y con un sacerdote muy agradable que interrumpió su homilía cuando entraron tres turistas para advertirles que no estaban permitidas las visitas. Tuvo que repetirlo, y, cuando ya se fueron, se disculpó con todos porque decía que se desconcentra, que debería de estar acostumbrado después de veinte años de oficios; pero que no lo puede evitar. Yo sí que estuve todo el rato concentrado respetuosamente en la liturgia; pero sin quitar ojo a todo aquello que me rodeaba. Junto a una de las capillas laterales, la que tiene un crucifijo de madera y esculturas de, según he leído, un escultor francés, cuyo nombre italianizado es Giovanni Rinaldi Sciampagna, y que fue colaborador de Bernini, yo miraba hacia arriba, hacia la cúpula, con los frescos de Giovanni Andrea Carlone que muestran la vida de San Pablo y que tanta luz dan al sitio; o miraba hacia el altar, un sarcófago romano decorado del siglo III a. de C., desde el que hablaba un cura que parecía conocer a casi todo el mundo y que bajó para dar la comunión a todos los que la quisieron sin moverse de su sitio en los bancos. Se levantaban y ofrecían sus manos; pero no he sabido si es costumbre aquí o si se trata de una medida por la situación que vivimos. Yo seguí sentado y aproveché para seguir mirando la pequeña y preciosa iglesia que ha ocupado una parte de mi mañana de domingo.



sábado, octubre 16, 2021

Cuaderno de Perugia (VII)

En la única terraza que me apeteció sentarme la otra tarde para tomar un café me dijo el camarero: «—Chiuso», sin añadir ninguna de las muchas fórmulas de cortesía que acostumbro a escuchar diariamente. Todavía no sé bien cómo acomodar el apetito al horario; pero me extrañó la forma que tuvo de decirme que no podía atenderme. Al volver a casa, una mujer hablaba en español por el teléfono sobre una niña a la que tenía que cuidar; y fue la tercera vez que veía a los mismos tipos tomando algo en un bar que hay al final de Piazza G. Maleotti justo antes de bajar por Via Galeazzo Alessi para llegar a casa. Me cae simpática esa manera de cultivar la costumbre, como pasa en cualquier barrio de cualquier ciudad en la que siempre están los parroquianos, los habituales, los irredimibles… Voy llenando el frigorífico con todo lo que me aporta un bienestar aquí: lo básico, desde fruta o leche, hasta latas de cerveza, pistachos o huevos, que fueron los primeros que me llamaron la atención por la etiqueta de «100% italiane», que se repite en muchos anuncios televisivos sobre diversos productos. Confieso que miré el bote del gel —Felce Azzurra (Uomo)—por si también llevaba algún indicativo. Menos mal. Compro cerca de casa, y no me parece más caro que lo que gasto en España: un litro de leche 0.66 €, un par de cebollas 0.37 €, eso sí, con el cargo de dos céntimos de euro por la bolsa que cogí para pesarlo; y la prensa hoy sábado 2.50 €, tanto Il manifesto como La Repubblica, con un suplemento dedicado a elegir a la mujer italiana de 2021, y cuyo Oroscopo no tiene desperdicio en mi signo: «Piglio guerriero. Natura felina. Animo fiero. Luce negli occhi». En portada, lo de estos días: la polémica por la obligatoriedad de presentar el certificado de vacunación (green pass) para entrar a trabajar —hay demasiada gente indignada— y la manifestación de hoy en Roma contra la violencia de extrema derecha que asaltó el pasado fin de semana la sede del Cgil (Confederazione Generale Italiana del Lavoro), el sindicato más importante de aquí. Salí bien temprano de casa a hacer algo de ejercicio por estas calles y a la altura de Piazza Italia —eran las ocho de la mañana—, una de mis alumnas me saludó mientras corría con unas amigas. Qué sorpresa. Y hoy ha tocado una larga visita al MANU (Museo Archeologico Nazionale dell’Umbria). Otra lección de historia. Se me va poniendo la piel etrusca y duermo como un niño chico.

jueves, octubre 14, 2021

Cuaderno de Perugia (VI)

Una buena recomendación me hizo Luigi para volver en coche desde Pisa. Dejar autopistas y autovías y adentrarme por carreteras provinciales en el interior de la hermosa Toscana para visitar San Gimignano y la Abadía de San Galgano, un poco más al sur, camino también de Perugia. Un viaje de vuelta sin prisas, con dos estaciones exquisitas. En la carretera que lleva a San Gimignano desde Camporbiano hay una curva muy peligrosa por ser desde la que se ve un asombroso perfil en el cielo que bien puede llevarte al vacío si no estás atento. Se deja de ver por lo sinuoso del camino que llega hasta la ciudad a la que se accede en un ascensor desde el aparcamiento. Ahí ya está uno dentro de lo que vislumbró a lo lejos y resulta prodigioso. Me dejé llevar por calles y miradores y entré en el Duomo, con muy pocos visitantes a esa hora de un lunes, y quedé impresionado por los frescos que son historia en los muros. No solo lección de arte, sino —más— lección de una Historia Sagrada que se estudia cada vez menos. Hay una comparación del conjunto que forman las altas torres de esa ciudad que se repite mucho y que no me gusta, porque estas estaban antes que los rascacielos modernos que se inspiraron en esta manera de despegar del suelo y beberse el aire. Una hora y poco después llegué a un paraje alucinante en el medio del campo. San Galgano. La afluencia de turismo, supongo que en otras épocas, ha propiciado que los accesos tengan un espacioso aparcamiento, un restaurante en la parte baja del conjunto y un chiringuito muy acogedor en la zona alta del Emeterio en donde me tomé una cerveza y un panini reparadores. Todo es por razón de la existencia allí de los restos de una abadía gótica de cistercienses que no tiene techumbre y que está vinculada a la figura de un caballero, Galgano Guidotti, que dejó las armas y se hizo eremita, y dejó un vestigio real de lo que en la leyenda artúrica es la espada Excalibur. La italiana, que en algún sitio he leído que es la verdadera, está clavada en una piedra y nadie ha logrado extraer —entre otras razones, porque ahora está protegida para que nadie la toque. Le hice una foto y contribuí con cincuenta céntimos —nadie se animó a pesar de estar casi a oscuras— a que la media docena de visitantes viese iluminados los frescos de la capilla aledaña a la nave circular de la ermita. La Abbazia de San Galgano. Cuando llegué a Piazza Vittorio Veneto, mi destino, para dejar el coche, después de hacerle algo más de quinientos kilómetros, me sentí en casa, como con la labor cumplida. Y los deseos satisfechos.



martes, octubre 12, 2021

Cuaderno de Perugia (V)

«I love Pisa», me dijo este sábado el recepcionista del hotel en el que me alojé como el que no siente lo que dice. Era la clave de la conexión wi-fi por la que le había preguntado. Me hizo gracia. Nunca había estado en Pisa y consideré al programar mi estancia italiana que desde Perugia podría viajar y hacerlo con la comodidad y la libertad de movimientos que te da un coche. En dos horas y media me encontré en esa ciudad que está bastante menos poblada que la capital de la Umbria y, sin embargo, resulta mucho más bulliciosa, con mucho tránsito, sobre todo, en fin de semana. «I love Pisa too». Dicho en un tono menos frío y utilitario que el de recepción, porque, la verdad es que es una ciudad fascinante en su postal más vista de lo que llamó D’Annunzio «Campo dei Miracoli», que yo humanizaría en «prodigios»; pero con un montón de rincones y de sitios en los que la vida es la cara de la amabilidad y del bienestar, como sentarse en una terraza a tomar con un sol suave, ya cayendo, un aperol spritz en compañía de dos doctorandos extremeños que disfrutan de una estancia de tres meses en la Scuola Normale Superiore di Pisa. Lo he pasado muy bien con Marta y Carlos, que han sido muy buenos anfitriones en esta ciudad excepcional. Con ellos he visitado la Torre —he subido y he sufrido del mal de altura; por eso bajé en cuanto pude—, la Catedral, el Baptisterio, el Camposanto, y luego, fuera pero cerca de los milagros, el extraordinario Jardín Botánico y algunos lugares quizá menos visitados por el turista e incluso por los habitantes de Pisa. La Piazza dei Cavalieri merece varias miradas panorámicas por la belleza de sus edificios, entre ellos el de la Scuola Normale y su Biblioteca; y también, en estos dos días, un vistazo a los puestos de libros, de los que me he traído unos ensayos del hispanista Ezio Levi (Nella Letteratura Spagnola Contemporanea), publicados en Florencia en 1922, donde el profesor trató a autores como Unamuno, Blasco Ibáñez, Antonio de Hoyos, Concha Espina y Rufino Blanco Fombona, el venezolano del que yo no he leído nada, y tiene mucho. Y también compré una guía de Umbria por tres euros que me habría llevado el sábado que me la señaló Carlos cuando pasamos por aquella maravillosa plaza. Volví el domingo, allí seguía y la compré. De 1966, después de muchas ediciones, pertenece a una colección («Guida d’Italia del T.C.I.») que supongo muy difundida, contiene cuidados mapas y planos y está en muy buen estado de encuadernación y de papel. Parece que su publicación la promovió el «Touring Club Italiano», que es el nombre —Touring— de ese hotel en el que el recepcionista me dio la clave de internet desde un mostrador con una reproducción de la Torre de Pisa dento de una urna cilíndrica de metacrilato calzada con una cuña de madera para enderezarla, que interpreté como sutil señal de humor pisano. Cuánto he visto en poco tiempo.



viernes, octubre 08, 2021

Con alas en las manos

No sabía que la letra de la canción «Volar es para pájaros», de Hilario Camacho, era un poema de Pablo Guerrero que no he encontrado entre sus libros. Tampoco en la edición de María Josefa Guerrero Cabanillas de
Pablo Guerrero, un poeta que canta (Madrid, Editorial Verbum, 2004), que reúne buena parte de su producción poética y una abundante información bibliográfica y discográfica que incluye las canciones de Pablo en discos de otros cantantes. No he visto rastro de esta preciosa canción cantada por Hilario Camacho de un disco, creo, de 1975, que volví a escuchar el último sábado de este pasado agosto «En Radio 3», con Alberto Manzano, el escritor y productor musical, que es una de esas personas en cuyas manos pondría mis oídos para un paseo por la música de los últimos cincuenta años. Manzano dijo que Hilario Camacho era su músico español favorito y que esa canción la escribió Pablo Guerrero; y por eso me quedé con la copla. He leído casi todo lo que ha escrito Pablo, y quedé satisfecho por incluir su nombre en la historia reciente de la poesía de autores extremeños en aquella antología que publicó la Editora Regional de Extremadura de lo escrito entre 1984 y 2009 (Literatura en Extremadura. 1984-2009. I. Poesía. Editora Regional de Extremadura, 2010). En el segundo aniversario de la muerte de Hilario Camacho (1948-2006), el músico y escritor Antonio Gómez publicó un recuerdo de su amigo en el que citaba esa canción como premonitoria, porque el cantante introdujo el verso de «miro hacia el suelo y caigo» que no estaba en el poema de Pablo, más esperanzado, menos desalentado. Transcribo el poema-canción:


Hace tiempo era un niño buen cazador de nubes

y es que al cielo subía por sumas de escaleras

trepando por la hierba de luz del arco iris

o por los hilos de sol de mis cometas.


Ahora quiero volar, y sé que antes del silencio,

antes del bien y del mal, del cruel y del tirano

pasaba por el mundo sobre ángeles y cosas

un hombre libre con alas en las manos.


Ahora vuelvo a volar. Tengo unas alas blancas

con que abrazar el aire, rasgar el horizonte,

llegar hasta ciudades lejanas como sueños

y enseñarles a todos que es posible la vida.


Suben a mi ventana gritos alucinados,

chirridos de sirena arañándome entero

y gritos de «estás loco, volar es para pájaros»;

pero extiendo mis alas, miro hacia el cielo y salto,

miro hacia el suelo y caigo.


Es fácil encontrar la canción y disfrutar de ella; otra de esas brillantes demostraciones de Hilario Camacho de leer con música la poesía. Nota bene: he encontrado esa antigua fotografía de arriba en una noticia sobre el cantante y compositor granadino Raúl Alcover, en la que está con Pablo Guerrero, Joaquín Sabina, Elisa Serna, Luis Pastor e Hilario Camacho. Debe de ser de la época de «Volar es para pájaros»; quizá anterior. 

jueves, octubre 07, 2021

Cuaderno de Perugia (IV)

Hoy, después de clase, he ido a visitar la iglesia más antigua de Perugia. El Tempio di Sant’Angelo es un edificio paleocristiano de planta circular del siglo V-VI con un deambulatorio interior con dieciséis columnas romanas. Impresiona desde fuera su presencia al girar a la derecha desde Corso Giuseppe Garibaldi y verla ensanchada al final de un acceso sin casas acotado por muros bajos. El interior sobrecoge, y más, si solo hay un visitante al que he saludado desde lejos y con el que he mantenido un silencio compartido durante toda nuestra estancia en un lugar imponente. Ha llovido mucho hoy aquí, y Sant’Angelo, también conocida como Chiesa de San Michele Arcangelo, ha sido un refugio durante largo rato muy lejos de las pautas que rigen en otros lugares turísticos. Aquí no hay que pagar para disfrutar de un sitio con evidentes indicios de su culto católico actual, y el consiguiente uso por la población del barrio de la puerta más septentrional del centro histórico de la ciudad. Lluvia intensa también al volver hacia el Arco Etrusco y adentrarme en este núcleo urbano en el que cada día que pasa me manejo mejor, siempre con cuidado de no tropezar o resbalar en los peldaños de Via Sant’Erculano que me llevan a la esquina de Via Cavour en la que algunos días compro en un supermercado que me cae cerca de casa y casi sin cuestas. Hoy no he pegado ningún tique en mi cuaderno, como el lunes —el de la entrada para la Basilica di San Pietro (6 €), otra visita memorable—; pero sí he seguido anotando la música que escucho diariamente y de la que ahora solo pongo en esta entrada dos referencias, una del martes y otra de hoy, como el que ambienta los ratos de soledad que ahora gustosamente comparto: I Vespri Siciliani (Las vísperas sicilianas), de Verdi, con Martina Arroyo, Plácido Domingo y Ruggero Raimondi, entre otros, de 1973, que no recuerdo haber escuchado nunca. Y una Gold Collection de cuarenta piezas clásicas en dos discos (20 + 20) de Billie Holiday, editada en 1997. Un placer.

 

lunes, octubre 04, 2021

Cuaderno de Perugia (III)

Me ha sentado muy bien terminar de leer en Italia Arboleda. Una novela del territorio, de Esther Kinsky (Traducción de Richard Gross. Cáceres, Editorial Periférica, 2021). Comencé este delicioso libro en una clínica oftalmológica de Badajoz, en una sala de espera, como acompañante; y lo llevé conmigo durante el cómodo viaje en avión que me trajo hasta Roma para luego llegar a esta ciudad, donde lo he terminado. Quizá aquí resulte más estimulante leer un relato sobre el viaje a Italia de una mujer que ha perdido a su compañero, M., con quien habría querido visitar los lugares que ahora recorre sola sin él; pero debo confesar que en cualesquiera de las circunstancias en las que he leído estas páginas, estas han logrado envolverme en una atmósfera apacible de lectura concentrada. Con más vigorosa vinculación aquí, sin duda, con la narración de alguien que anota con sutileza lo que vive en un país como este, desde Olevano Romano o Palestrina, hasta Roma, Trieste, Tarquinia, Ravena, Codigoro o Ferrara. Puesto en la misma situación de un visitante que quiere nutrirse de lo que ve y pisa, el problema es no saber encontrar palabras tan bien dichas. Se conforma uno con alguna vacua coincidencia de una evocación de la narradora, cuando conoció la pintura de Fran Angelico, cuya Anunciación tengo en una reproducción en mi dormitorio de Perugia; o con la alusión al cantar distinto de los pájaros, cuando, mismamente ayer, yo anotaba en mi cuaderno que todavía no había escuchado casi ni uno solo de aquí piar nada, salvo el zureo de unas palomas muy invasivas que se agolpan en las inmediaciones de los coches aparcados en un viale cerca de casa. También el libro de Kinsky, que revisita tantos lugares de memoria de la muerte, es una cita literaria más que menciona la tumba romana de Keats. Me parece una prosa admirable la que me llega traducida del alemán por Richard Gross, que es la lengua de partida de esta novela. La de llegada es un disfrute sin desmayos, contenido en una disposición tripartita —Olevano, Chiavenna y Comacchio— que también es un mapa con puntos señalados de la geografía sentimental —el amante de «flying», el padre de «Lluvia»— de la narradora de este relato tan singular y tan connatural a estos mis días lejos de casa y cerca de esto. 

sábado, octubre 02, 2021

Cuaderno de Perugia (II)

Las calles de Perugia son sorprendentes. Seré uno más de los que han comparado su orografía urbana con las inquietantes carceri de Piranesi —que el jueves mostré en clase por la alusión que Alejo Carpentier hace en el prólogo a El reino de este mundo (1949), puerta de entrada a mi programita sobre una historia mínima de la novela latinoamericana del siglo XX— o con los imaginarios de Escher y su interpretación de unas estructuras espaciales que no resultan tan imposibles callejeando por esta ciudad en la que varias veces uno tiene que pararse delante de un rótulo que dice «Strada senza uscita», y aun así sentir el impulso de adentrarse hasta qué final sin salida y con un rincón peculiar, extraordinario. Aquí hay más niveles que en unos grandes almacenes, con la particularidad de que las escaleras mecánicas de numerosos tramos que te suben o te bajan de un sitio a otro forman parte del espacio público, como una acera —que, por cierto, brillan por su estrechez o ausencia— en otras ciudades. Hay mucha cuesta, y no como en lugares que conozco; más, muchas más, y con un firme irregular que se ha convertido en un hermano mayor que me advierte cada vez que salgo que tengo que andar con pies de plomo, no vaya a ser que tengamos un disgusto y dé con todo mi entusiasmo en el más ruin de los suelos. Aquí un plano es intraducible y la distancia de un punto a otro es un sentido figurado, pues lo que parece próximo o al lado está allá arriba; al lado, pero muy arriba. Trazado irregular y muy atractivo, recodos, esquinas, miradores, la coexistencia de la piedra etrusca con un verde que aún no ha tomado la intensidad propia del otoño de esta zona, como me dice Luigi Giuliani, a quien debo estar en Perugia, en su Universidad, dando clases durante mes y pico. Por cierto, hoy he leído en un libro una dedicatoria que sigue conmoviéndome: «A mis estudiantes».

viernes, octubre 01, 2021

Cuaderno de Perugia (I)

Si hiciese un cuaderno de Perugia sin pretensiones podría abrir cada uno de mis apuntes con una referencia a la música que me acompaña en mis días aquí. Gioachino Rossini, L’italiana in Algeri, con Teresa Berganza, Luigi Alva, Fernando Corena, Rolando Paverai, Giuliana Tavolaccini, Truccato Pace y Paolo Montarsolo. O Edoardo Catenario a la guitarra interpretando a Paganini en Italian Virtuoso. The Bill Evans trío, con él al piano, Eddie Gómez al bajo, Eliot Zigmund a la batería en una grabación de 1977: «I Will Say Goodbye». El día de San Miguel escuché de Jacques Boyvin, 1er libre d’orgue, el de la iglesia de Nôtre-Dame de Guibray en Falaise, tocado por Serge Schoonbroodt; y a Stranvinsky (Piano concerto), dirigido por Vladimir Ashkenazy con la Deutches Symphonie-Orchester Berlin, en 1993, con Oli Mustonen al piano y Dimitri Ashkenazy con el clarinete. Tengo la suerte —ahora escucho el extraordinario clarinete de Gabriele Mirabassi en un disco titulado Latakia Blend— de vivir en una casa en el centro histórico de esta bella y sorprendente ciudad de Perugia, capital de la Umbria italiana, que me nutre de más de dos mil discos que puedo escuchar —menos los centenares en vinilo— gracias a un reproductor Sony que suena muy bien y que está situado en este salón estudio con el único fin de dar disfrute a quienes, como yo, alquilen este hogar tan acogedor. Si hiciese un cuaderno de Perugia sin pretensión alguna también podría iniciar mis apuntaciones con una referencia a algunos de los mil y pico libros que tengo a la mano mientras escribo. Ganas me dan de catalogarlos todos, de tomar nota de cada uno de ellos, organizados como si esta estancia fuese una librería, y no una biblioteca; pues cada estante, más o menos, agrupa los volúmenes con el criterio de qué editorial los publicó: Einaudi, Adelphi, Garzanti, Sellerio Editore, Pizzoli Libri, Editori Laterza, Feltrinelli o Mondadori y sus colecciones «La Biblioteca di Repubblica» o «I Meridiani», que ocupa un lugar destacado con sus elegantes lomos. Lo pongo aquí, con un afán casi notarial, que pueda corresponder en agradecimiento a quien, sin saberlo, ha dejado bañarse en una tinaja de vino a un santo bebedor. Después de esto, salí a la calle hace ya cinco días.

sábado, septiembre 25, 2021

Lecturas y relaciones

De lecturas: pasé buena parte del día leyendo poemas y escribiendo sobre ellos. Además, como casi todos los domingos, dediqué un tiempo considerable a leer la prensa. Primeramente, la diaria; y después, los semanarios, a los que se les nota otra textura, como si quisiesen dejarse ver en días de fiesta. Leí en ellos desde una receta de costillas con chalotas a una entrevista insustancial en la que el famoso responde a la pregunta de qué desayuna. Domingos así traen contenidos atractivos, como un diálogo inteligente sobre el cine y la vida, o la interviú con el inconmensurable José Sacristán sobre la vida y el cine, en la que declara que se siente cercano al que pintó el bisonte de Altamira: «Si ya existe el bisonte, ¿para qué lo pintas? Si ya existe la vida, ¿por qué la representas? Bueno, para eso está el arte». Leí. También a una Rosa Montero de la que a veces me olvido después de cuarenta años de fidelidad y que me recomienda que nos juntemos más con las personas amadas, que hablar y abrazar más es bueno y, con contundencia que «No podemos entregar el mundo sin más a los malvados». Estuve a punto de lanzarme a la calle con ese eslogan. Desgraciadamente, la lectura no terminó ahí, en alto, en primera fila, sosteniendo la pancarta. Tenía que venir el del azulejo de los bares: «Hace un día estupendo, seguro que viene uno y lo jode». Muchas semanas pasa lo mismo en el semanario que leo y el runrún desabrido de un escritor de éxito que no debería quejarse de nada y escribe para quejarse de todo. Deja un poso amargo que dura lo poco que uno tarda en despasar las páginas y volver a los abrazos y a las chalotas. Ni mención vale. De relaciones: el otro día discutí dos veces con mi compañía telefónica. La primera vez se llamaba Carmen, luego terció Lucía, hasta que, finalmente, me enfadé con María Jesús. Creo que no eran reales y que todo formaba parte de un sistema diabólicamente sofisticado —más bien sotisficado— que atiende y soluciona nuestros problemas con algoritmos y circuitos ideados para hacerte creer que tras esos nombres hay personas como tú que compran la fruta en el mercado y sufren por estrés. La primera discusión terminó con una rebaja de veinticinco euros en la tarifa de la que no sé si tendré certeza algún día; de modo que será difícil dar las gracias a Carmen de una gestión que no sé si ha llegado a hacer Lucía.

viernes, septiembre 24, 2021

A 3 tintas

He tardado bastante, hasta hoy, en recoger y pagar mi carpeta A 3 tintas, la tercera serie editada por el artista Hilario Bravo con tres obras de tres mujeres: Isabel Campón, Lourdes Germain y María Jesús Manzanares. Creo que apareció en junio de este año. Como cuenta Miguel Fernández Campón en la hoja introductoria —un A3—, ya Hilario editó una colección de serigrafías impresas a tres tintas en 1988, con obras de Fernando Carbajal, Pedro Valhondo y el propio Hilario Bravo. Luego, en 1991, fueron Juan José Narbón, Valentín Cintas y Andrés Talavero. Ahora, en 2021, he recogido estas tres creaciones muy sugerentes y estimulantes. Escribe Miguel Fernández Campón sobre la representación del cielo en la obra de Isabel Campón, sobre las líneas onduladas de Lourdes Germain, y sobre el fluir de las cosas de María Jesús Manzanares, todo referido a un supuesto temático que es Extremadura, no visible, verdaderamente; pero, si las artistas quieren, «reanimador, revivificador», como dice el crítico. Lástima por las erratas en el texto de Miguel y por que la carpeta no lleve una justificación de la tirada y de las circunstancias de una propuesta así, que conviene difundir, pues se trata de una manera asequible de adquirir arte contemporáneo para tenerlo en casa.

jueves, septiembre 23, 2021

Escribir

Me gusta escribir. Me divierte. A mano, me gusta dibujar las letras como si de cada una de ellas construyese mi manera de ser y de pensar. Espero no perder esta costumbre diaria de escribir sobre un cuaderno en la postura que a veces he imaginado grabada como en esos reportajes sobre algunos escritores o en esas películas en las que un recurso principal es el primer plano de una mano con una pluma que avanza hacia el borde derecho de la hoja de una carta que forma parte de un argumento. Por ejemplo. Lo mismo; pero como un acto íntimo, solo para mí. Una especie de gimnasia sin necesidad de vestirse con nada más que la desnudez de la mano. A máquina es como tocar el piano —mi sueño inalcanzable—; sentir que al movimiento de tus dedos aparece negro sobre blanco en esta pantalla mágica y sideral tu pensamiento que, aunque quede torpe o burdamente expresado, deviene finalmente en tan sencillo encanto. Es admirable que la palabra «teclado» haya extendido su creativa significación musical a la escritura en aparatos y dispositivos, como se dice ahora. He escrito mucho sobre la escritura. Todo está en cuadernos, como uno de junio a octubre de 2020 en el que hay un primer apunte de esta nota. De toda la vida se escribe mejor cuando nadie te dice lo que tienes que escribir. Sabía que había leído algo sobre la escritura y lo he buscado. Es algo que leí en El balcón en invierno de Luis Landero: «Intentar y estructurar me resulta fácil y divertido, casi un juego de niños, y ojalá que la literatura consistiera únicamente en eso, pero escribir ya es otro cantar. Escribir es lo más creativo, lo más gozoso, el soplo que da vida a las figuras aún inertes, lo que sería en el cine poner la cámara en acción o tomar sus pinceles el pintor tras algunos bocetos, pero también es lo más delicado y lo más arduo. Yo siempre me acerco al atril con el temblor del enamorado primero en los albores de una cita» (pág. 21). Habría quedado mejor si hubiese citado un fragmento precioso de una escritora bielorrusa poco conocida, pero es lo que hay. Me gusta escribir. Aprendo.

domingo, septiembre 12, 2021

11-S

Hace mucho tiempo que pensé en pasar a limpio mi antiguo Cuaderno de Islandia, que podría ser el título de una narración extraída de las notas de aquel antiguo bloc azul que hoy he desempolvado y consultado por el insistente y emocionante recuerdo de los atentados de hace veinte años. Por aquel entonces había leído Pasados los setenta, de Ernst Jünger, uno de los volúmenes de Radiaciones, en la traducción de Andrés Sánchez Pascual; y también un reportaje o crónica de Fernando Savater que publicó El País con el título de «El destierro de Odín», de 1999. Más tarde leí La isla secreta, de Xavier Moret, de 2002, y no vi ningún sentido a contar nada de algo tan sabido. Aquel martes 11 de septiembre yo estaba en Reikiavik —en mi notas y recortes del viaje, Reykjiavík—, en casa de M. y M., extraordinariamente acogido en un país a tres mil kilómetros de distancia de Cáceres. Yo vivía en un sótano que era como un apartamento, con baño propio y la compañía de una gata, Snoppa —¿cara bonita?—, que a veces dormitaba sobre el edredón de mi cama y otras se subía a mi mesa mientras yo escribía. Aquella mañana ya estaba en pie a las siete, y había pasado mala noche por una contractura que me había llevado de Madrid. Desayunamos juntos y luego ellos se marcharon a llevar a los niños al colegio. Mis notas me recuerdan que pasaron muchas cosas aquella mañana. Me quedé en la calle sin llaves y tuve que buscar a M. en la Facultad. Menos mal. Almorcé con ella y me presentó a V., una profesora italiana, de Bolonia, que había vivido en México y llevaba varios años en Islandia. Vivía en la misma calle que M. y M., y se ofreció a acompañarme al Círculo Dorado. Ella estaba algo deprimida, porque su novio islandés, O., acababa de irse a Estados Unidos; pero no se le notaba por «su natural vivo y positivo» —así lo escribí en mi cuaderno de antaño. Me llevó de excursión y pasamos por Hveragerdi, con un cráter, dejamos a un lado Selfoss y subimos hasta Skalhotl para llegar al Geyser, el pequeño, que surgía de la superficie cada cuatro minutos. V. intentaba hacerme una foto con la subida del agua hirviendo y sonó el móvil. Era M., muy alterada, que nos daba la noticia del atentado contra las torres del World Trade Center de Nueva York. Parecía una escena irreal con la entraña de la tierra mostrándose en un chorro imponente, y la voz de M., llorosa, impresionada por algo que nosotros aún no podíamos concebir. Luego sí. Más tarde. En casa. M. me tradujo los datos que la televisión islandesa iba aportando en una ciudad en la que al día siguiente de los atentados, con las banderas a media asta que pude ver, se manifestaron algunos grupos ecologistas por que los aviones desviados del espacio aéreo que tenían que aterrizar en el cercano aeropuerto de Kevflavik descargasen en el mar sus tanques de combustible. Un día después de aquello, me encontré con una persona de Zorita (Cáceres) allí en Reikiavik. Ég skill ehki.

lunes, septiembre 06, 2021

Carmen Laforet

© Editorial Destino
Me han enviado hoy unas frases que suscribo: «Algunas cosas pueden parecer nada y lo son todo. Hay que saber ver, aprender a apreciar lo menudo y a despreciar lo que sólo hace bulto. Nada que parece grande ni que reluce en exceso tiene gran validez. Lo bueno es aquello que sin grandes destellos lo llena todo». La intención, que agradezco, era recordarme que hoy es el centenario del nacimiento de Carmen Laforet; por eso la frase llevaba a su pie el título de su obra más conocida, Nada; y el nombre y el apellido de su autora. Así aparece en muchas páginas en la red, en muchas imágenes en las que ese texto se muestra con voluntad dudosamente artística en colores, formatos y adornos, y siempre con la mención de autoría de Carmen Laforet. He podido comprobar que esas palabras no están en la novela que fue reconocida con el primer Premio Nadal de 1944. Y también me permito dudar de que sean de Carmen Laforet; pero circulan por la red tan campantes como otros casos en los que nadie se cuestiona si lo que se atribuye a Oscar Wilde o a Gandhi —asiduos— es una cita cierta. A propósito de esto, uno puede encontrar en algún blog el texto que me han enviado encabezando un fragmento de Nada, y en los comentarios leer que es una magnífica novela, preguntar de quién es ese fragmento, y que la respuesta sea: «Es mío». Cuesta poco comprobar si estas citas son apócrifas o verdaderas, y, sin embargo, es comprensible no hacerlo por comodidad y por la gana de compartir algo tan avenido como que hay cosas que pueden parecer nada y lo son todo, que hay que saber ver y aprender a apreciar lo menudo, y que nada que parezca grande tiene por qué ser lo mejor, y que lo bueno es lo que lo llena todo sin grandes destellos. Me parece que es verdad. Y me parece que no es de la novela de Laforet. A pesar de todo, es bueno para recordar a la escritora de la que hoy se ha celebrado el centenario de su nacimiento; hoy, que he pasado todo el día con la página de Google con un doodle dedicado a ella. Está bien.

domingo, agosto 29, 2021

Giros narrativos (y IV)

De las dos circunstancias que cambiaron el curso de mi trama de agosto, la de limpiar el polvo merece este capítulo aparte. Aunque I viene a casa una vez por semana y pasa el trapo como la que va de puntillas y tiene prisa; a horas, y sin afán recriminatorio, me entretengo en desempolvar los libros. Según la zona, puede ocurrir que la tarea derive en la reubicación de unos cuantos volúmenes que no habían quedado debidamente ordenados alfabéticamente por los apellidos de sus autores en un sector del pasillo que acoge lo más misceláneo y esquivo. Y puede pasar que me pare y ponga el ojo en uno que no abría después de mucho, con el que me reencuentre y me agrade la gracia de volver a él después de muchos años. Es una suerte de desprendimiento de rutina. Anoté algo así hace tiempo y me propuse hilar un texto como una taracea de lo leído en páginas que rodean la vida cotidiana de quien pone un poco en orden la casa o se entretiene limpiando las estanterías. En este caso, no un estante ni dos, sino varias habitaciones. Así que tenía la trenza alquitranada, como escribe Stevenson sobre su personaje masculino en La isla del tesoro, y antes de que pudiera alcanzarlo, saltó por la ventana y lo vio alejarse a todo correr por entre los olivos, como en el cuento de Alejo Carpentier, «Semejante a la noche» referido a un personaje femenino. Nuestros encuentros habían sido eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo, de Rayuela (capítulo 1), «caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes». O esos momentos de amor de los «ojos míos claros, mis cabellos de miel» de Se está haciendo cada vez más tarde de Tabucchi, tan distintos al trato amoroso de los personajes de Insolación, de Emilia Pardo Bazán, con su cortedad debida, que uno de ellos podría ser la cuarentona rubia de chispeantes ojos azules, de natural expansiva y que atiende por la señora Mir en la novela Caligrafía de los sueños de Juan Marsé, en donde hay un atisbo remoto de un tranvía que también está de modo distinto en El amor molesto, de Elena Ferrante, con un recuerdo, y unos cristales de aquellas ventanillas que vibraban en los marcos de madera, y vibraba «también el pavimento y comunicaba al cuerpo un agradable temblor que yo dejaba extenderse a los dientes, aflojando apenas las mandíbulas para sentir cómo temblaba una hilera contra la otra». Todo se mezcló en la tarea doméstica de un domingo de asueto, trapo en mano, como el que da un garbeo por el universo, que es la biblioteca. Lo que debería hacer todas las semanas I. Besos. 

martes, agosto 24, 2021

Genoma B

En cuanto tenga la oportunidad, me gustaría volver a ver —y en mejores condiciones— tan excepcional espectáculo de la compañía extremeña de Cuacos de Yuste «Albadulake», de circo contemporáneo, nuevas dramaturgias y flamenco escénico, como se definen; y que ya vino al Gran Teatro de Cáceres en noviembre de 2019. Me lo perdí entonces. Este pasado sábado 21 vi de pie, y esquinado, Genoma B, una brillante y libre lectura de La casa de Bernarda Alba dirigida por la bailaora Ángeles Vázquez y el malabarista Antonio Moreno. Me avisó mi antigua vecina y teatrera F. el otro día, que este sábado, en el Foro de los Balbos, entre las actividades que promueve el Ayuntamiento de Cáceres para las noches de su agosto con Circo de Calle, y dentro de la programación de CácerES Cultura, iban a representar esa obra con entrada libre hasta completar aforo. Había quedado con una pareja amiga, A. y R., para dar un paseo después de cenar, y, afortunadamente, pospusimos el paseo porque nos quedamos a ver el espectáculo desde la balaustrada de la portada del Ayuntamiento. Lo vimos como los curiosos sin silla que hacen lo que pueden; pero aplaudimos hasta el final cuando ya se acabaron los saludos y la ardorosa A., que siempre se exalta con lo que le apasiona, se asomó al barandal para proferir vítores entusiastas a las actrices que ya estaban felicitándose entre cajas, y agradecidas por ver a una espectadora desgañitándose para bajar al ruedo y sacar a hombros a la que quisiese dejarse. Qué bien. Qué maravilloso espectáculo de malabares, de expresión dramática, de danza, de baile y de cante a costa del inmortal drama de Lorca. Y eso que supongo que tan sofisticado y complejo montaje tuvo que hacerse con las variaciones que impone el aire libre; pero el resultado fue magistral y encendido en una noche especial. Resulta admirable que se muestre un texto teatral de Lorca casi sin pronunciar ni una sola de sus palabras, y que, sin embargo, se identifique tanto con su duende infinito. Todo se basa en la utilización de un montón de recursos imaginativos, inteligentes y de ingenio. Un ataúd y un guitarrista que representan mucho, unos miriñaques que también, unos huevos bien movidos, como el robot teledirigido que hace de una Bernarda omnipresente, unos bailes bien ejecutados, acrobáticos a veces, todo un conjunto de propuestas escénicas que hace de este espectáculo algo muy diferente. Supongo que la B del título es la de Bernarda y que los genes están en Angustias (39 años), Magdalena (30), Amelia (27), Martirio (24) y Adela (20), de este «drama de mujeres en los pueblos de España», cuyo elenco, que tomo de la información publicada, no sé si fue el de la otra noche: Sandra Carrasco (malabarismo, hula-hoop), Noemi Martínez (flamenco y performance), Vivian Friedrich (rueda cyr, cuerda suave y baile), Ana Esteban (equilibrio, baile y voz), e Irene Acereda (percusión flamenca, baile flamenco y voces). En cualquier caso, todas estupendas. Por eso, la lástima de no haberlo visto bien y la necesidad improrrogable de volver a verlo. Una hermosura.

sábado, agosto 21, 2021

Giros narrativos (III)

En la segunda categoría de libros no leídos que esperan y están aún sin colocar, aunque ya fuera del escritorio, hay muchos títulos. Entre los que más posibilidades tienen de ser acometidos pronto está la novela de Benito Estrella Valdargar. Memoria del desarraigo (Editorial Sonora, 2020), con el subtítulo de la segunda edición sobre la que obtuvo el VI Premio a la Creación Literaria La Serena en 2007, Valdargar. Tragicomedia del desarraigo (CEDER-La Serena, 2007). Ya llego tarde, sí. Pendientes también Tomás Nevinson (Alfaguara, 2021), de Javier Marías, y de Luisa Carnés, Natacha (Espuela de Plata, 2019), en edición de Antonio Plaza Plaza; y compré esta semana Incendio mineral (Vaso Roto, 2021), el último libro de poesía de María Ángeles Pérez López. En el epílogo que escribe para él Julieta Valero esta se pregunta por una imagen totalizadora de la poesía de Pérez López, y se acerca a una poética de la conjugación —en los demás, sean personas, lugares, sucesos…—, y me he sentido identificado por preguntarme también durante mucho tiempo y nuevamente, una imagen totalizadora de la poesía de quien estoy escribiendo, José Antonio Zambrano. Por ahora se me ha ocurrido un motivo: «Aspirar a un poema». Sigo ahí. Por volver a insistir un poquito más en lo leído, qué libro de poemas tan sano y tan recomendable, y dedicado, acabo de colocar: pedal(e)ar (Elsa Lopes. Oficina da Língua Portuguesa), de Luis Leal; y otro de prosas, recibido en febrero, me muestra este afán por acumular y empaparse del almacén. La Trilogía 59 (Ediciones del Ambroz, 2020), de Jonás Sánchez Pedrero, tiene casi quinientas páginas y recoge, en reedición más divulgada y conjunta, con tres prólogos de Víctor Chamorro, José Camello y Alfredo Ramos, cincuenta y nueve personalísimas —como tiene que ser la crítica experta— notas de lectura de libros, de películas vistas y de canciones escuchadas. La «Introducción» a sus 59 x 3 mentiras es muy verdadera. Ordenado el escritorio, más libre de libros que hacía unos días, solo me queda seguir limpiando el polvo a los estantes.

viernes, agosto 20, 2021

Giros narrativos (II)

Entre ellos, y sigo en la primera categoría de tan particular expurgo, está este libro de relatos titulado El fin del mundo (Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2019), de Javier Prieto de Paula. Debió de llegarme, enviado por su autor —está dedicado a mí «con la ilusión de que alguno de estos cuentos pueda gustarle»— a finales de 2019, y desde aquel entonces lo he tenido a la vista entre los libros pendientes de correspondencia. No conozco a su autor (Salamanca, 1980), abogado y profesor de Derecho en Barcelona, según se lee en la primera solapa, y al parecer vinculado a Villena (Alicante), en donde ubico al Prieto de Paula que conozco, el poeta, crítico y catedrático de literatura de la Universidad de Alicante, Ángel Luis. Esto explica que conociese mi dirección para enviarme su libro y es la clave —tras comprobación de amigo— de la dedicatoria impresa: «A mi padre». Sin que sirva de comparación con los títulos que cito y seguiré citando en esta serie, en este caso, al tomar el volumen con la intención de trasladarlo, me senté y le dediqué el tiempo que no hallé en tantos meses. Un tiempo bien aprovechado en un libro de relatos —nueve, en ciento cincuenta páginas— que comunican un mundo que si no se acaba es gracias a que alguien lo ha contado, a pedacitos de vida cotidiana, con más que solvente estilo y con un humor tan necesario como la ironía que lo explica. Gusta que los libros de relatos, a pesar de la autonomía de estos, tengan una lógica en su ordenación, tengan una puerta de entrada («Dos pesetas») y otra de salida («Lady Colinwood y el fin del mundo»), que en este caso se corona con el título general de todo el volumen, y tracen así una especie de itinerario, de recorrido en el que el lector se ve acompañado por personajes, escenarios y tiempos diferentes, de los más remotos hasta los más recientes. Un paseo apacible. Otro libro que ha ocupado su estante en el orden alfabético del apellido de su autor es La metáfora del mirlo (Editores descabezados menoslobos & Eolas, 2020), de Pedro Ojeda, y que mencioné cuando lo recibí en octubre del año pasado. Son muchas las afinidades con Pedro, rotundos los intereses compartidos en lo profesional y en lo literario, y también coincidimos cuando nos sumamos a esa especie de necesidad de contar por escrito un largo y terrible confinamiento, como otras personas que por aquellos días publicaron sus textos. Jordi Doce, Elías Moro, José María Jurado, Asunción Escribano, Isabel Sánchez o Pedro Ojeda, que en este libro reescribe y amplía lo que recogió en su blog durante el encierro, de tal manera que bajo la apariencia de un diario estricto, desde el jueves 12 de marzo de 2020 hasta el lunes 25 de mayo de 2020, es decir, setenta y cinco días, el conjunto queda atomizado en un total de 263 textos de muy variada extensión —dos, tres o cinco páginas el más largo, hasta una línea el más corto— en donde hay poemas propios y ajenos, reflexiones sobre el tiempo, alusiones a la situación de un estado de alarma que leídas ahora siguen siendo inquietantes a pesar de todo («Los datos mejoran día a día, el virus remite», 185. 4 de mayo), confidencias, meditaciones, notas de paisaje —el de la salmantina Sierra de Béjar— o apuntes de lecturas.

jueves, agosto 19, 2021

Giros narrativos (I)

Dos circunstancias han cambiado el curso de la trama narrativa de estos días de agosto: reordenar el escritorio y limpiar el polvo de unos estantes. Por salud mental, una mañana apilé en la mesa del salón, en montones diferentes que respetaban su colocación anterior, todos los libros que ocupaban mi escritorio —conté cincuenta y uno. Estaba decidido a realizar una especie de expurgo en tres categorías: 1ª. Libros leídos sobre los que, por falta de tiempo o de ganas, no he escrito; aunque han estado ahí durante meses por esa posibilidad. 2ª. Libros no leídos, y solo hojeados que encontrarán su ubicación a la espera de retomarlos. 3ª. Libros que sigo necesitando a la mano y que volverán a esta mesa menos concurrida y solo con lo inminente, con trabajos aún en fárfara —unas reseñas de encargo y las páginas que todavía debo sobre la poesía de José Antonio Zambrano, cuyas obras siguen por aquí— o con novedades sobre las que espero encontrar el momento para escribir. De 1ª he colocado libros de poemas que habrían merecido un comentario, sin duda, por lo mucho que me sugirieron. Así, Poética del desamparo, de Juan Carlos Pajares (Eolas Ediciones, 2016), Teorema de los lugares raros, de Ángel Minaya o Música, de Pablo Martín Coble, ambos publicados en la colección de poesía de El sastre de Apollinaire en 2017 y 2021, respectivamente. Volveré a la casa poética de Julio César Galán que es su antología Con permiso del olvido (Pre-Textos, 2021) y a uno de sus heterónimos más celebrativos, el Pablo Gaudet de ¿Una extraña orquídea o un superviento estelar? (Bala Perdida Editorial, 2021). También a las variaciones poéticas del vacío insoportable del poemario en verso y prosa de Eduardo Moga Tú no morirás (Pre-Textos, 2021), que leí después de los ejercicios métricos de Rodrigo Olay en Vieja escuela (Rialp, Adonais, 2021), extendidos, por decir algo, en su preciso y brillante estudio sobre El endecasílabo blanco: la apuesta por la renovación poética de G. M. Jovellanos (Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, 2020), que, por estar en la 3ª categoría, sigue aquí conmigo. He colocado agradecido libros que retratan a Ezequías Blanco: los poemas hospitalarios de Tierra de luz blanda (Los Libros del Mississippi, 2020), la edición crítica de los Diálogos de amor de León Hebreo (Diputación de Salamanca, 2019) que incluye un proemio de Carlos Clementson en el que sostiene que el Duque de Rivas se inspiró en el Inca Garcilaso de la Vega para el protagonista de su Don Álvaro o la fuerza del sino; y la novela «histriónica» Nuevas nuevas sobre Colón (Luceat Ediciones, 2020). Lecturas agradecidas también de La piel dulce (Sial Pigmalión, 2021), de Luciano García Lorenzo, o de los poemas más tempranos de María Antonia Ortega en La hebra larga. La luz es una ciega desnuda (Turpin Editores, 2021), segunda entrega de «Alondra» de José Manuel Martín (Gráficas Almeida), la colección que reseñé aquí. También hay otros libros en prosa… 

miércoles, agosto 18, 2021

Xenoficción

Siempre me han interesado los trabajos escultóricos de mi paisano Juan Gila (Zafra, 1964), que expone, con las fotografías de Emiliana Pérez (Hervás, 1965), todavía este mes de agosto en la Sala de Arte El Brocense. He empezado por Juan por cercanía; pero Xenoficción es un proyecto común de ambos artistas. Esta mañana, al volver de la compra, he estado yo solo recorriendo las dos plantas de la sala y he comprobado que las dos propuestas —las fotografías impresas y las arcillas de cabezas y otras figuras— no solo dialogan sobre una reflexión en torno a la visión y el trato que tenemos sobre animales que nos sirven para experimentar, y otras cuestiones relativas a una bioética que comprendo pero de la que no sé nada. No solo dialogan, sino que se funden en las piezas de Juan que se muestran en las fotografías de Emiliana, y en cómo ambos se retratan para integrarse en un relato que culmina en un final inquietante. Para mí lo ha sido encontrarme con la figura de una niña actriz de un metro y treinta y cinco centímetros que me observaba en la oscuridad mientras yo veía la videoinstalación que corona esta exposición muy recomendable. Y tan a la mano de tantos de los que pasan sin entrar por la acera más cercana y concurrida que conozco a una sala de arte.

lunes, agosto 16, 2021

Notas de un viaje

No es la primera vez que extraigo del cuaderno que me ha acompañado en un viaje algunos de sus apuntes, por componer un relato parcial de algo que, en momentos de exaltación, pueda parecerme publicable. La diferencia es grande entre las apuntaciones al instante, casi a mano alzada, y esta escritura reposada, concluido el viaje, deshecha la maleta y lavada y tendida la ropa. A veces, es el mismo cuaderno el que se convierte en falso diario de viajero por la escritura en borrador de impresiones posteriores a la experiencia de la salida. Impresiones sueltas y lugares vistos en una larga leyenda, sin croquis ni mapas, que me gusta conservar como memoria exenta para el día de mañana. La relación podría extenderse con notas numeradas, como nuevas apuntaciones u otras entradas del blog que iluminasen o explicasen la mera vacuidad de un nombre o una alusión sin la chicha de lo vivido. Así sería la transcripción de un recorrido de casi dos mil kilómetros: Helena Almeida, Dois Espaços. Cáceres. Museo Helga de Alvear. También Goya. Caprichos. Zamora. Urueña (1). Tiedra. Burgos. Yacimiento de Atapuerca. Santa María la Real de Huelgas. Titivillus (2). Catedral. Previa consulta, recomendación de Pedro Ojeda: comimos muy bien en La Favorita (Burgos). Merindad de Valdivielso. Un valle imponente. Condado de Valdivielso. Una casa de afectuosa acogida. Para quedarse a vivir. Villarcayo. Medina de Pomar. Valdenoceda. Iglesia de San Pedro de Tejada (s. XII). Quintana —el pan de Antonio. Medina de Pomar. Tokio 2020 (3). Esculturas de Carlos Armiño. Paseos a las siete y media de la mañana a la orilla del Ebro. Las pruebas de imprenta de la edición del Corpus de Pseudo Sisberto de Toledo. Tartalés de los Montes. Toba. Carretera de Oña a Salvatierra, camino de Pamplona. Pamplona. Recuerdos de julio de 2004. Un rincón apacible, Narbarte, junto al río Bidasoa. Cuatro apellidos vascos: Gurbindo, Zabalza, Recalde y Goñi, y sus lugares de origen. Sorauren (María Gurbindo, nuestra tatarabuela). Laviano (Felipa Ramona Zabalza, bisabuela). Osteriz (Micaela Recalde, cuarta abuela). Galar (el tatarabuelo José Zabalza). Ventajas de tener en la familia un hermano genealogista. Valle de Baztán y Elizondo. Librería Ménades en la calle San Gregorio de Pamplona. Un Felipe Trigo erótico de Libros de la Ballena. Librería Re-Read, en la calle Zapatería. A tres euros el libro. Primera edición de Señas de identidad, la de Joaquín Mortiz. Lectura de Los días del abandono, de Elena Ferrante. Monasterio de Iratxe. Estella. Puente la Reina. Santa María de Eunate después de diecisiete años. Paseo a las siete y media de la mañana por la Ciudadela de Pamplona antes de bajar a casa. Cáceres. Casi cuarenta grados. 

Notas: (1) Urueña. Hacía mucho tiempo que me apetecía incorporar una foto tan alusiva tomada in situ a este blog con libros. Amurallada y pequeña, Urueña tiene más librerías que bares. No hace falta que las guías lo repitan, pues entramos en casi todas las que estaban abiertas el miércoles 4 y compramos algunos libros; pero tuvimos que irnos a cenar a Tiedra, a unos quince kilómetros, que tiene un castillo del siglo XII muy interesante por fuera y una terraza a sus pies en la que cenamos por diez euros —bebida aparte, que nos gravó catorce—, el mismo importe que una primera edición de 1932 que compré de las Resonancias del dombenitense Francisco Valdés. Joaquín Díaz, Miguel Delibes y Luis Delgado son los tres nombres principales con los que uno puede reencontrarse en este lugar con encanto que tiene muy próxima, en el valle, la única construcción románico-lombarda, propia del Pirineo oscense y catalán, que se conserva completa, la Ermita de Nuestra Señora de la Anunciada. (2) Titivillus. Tabla en las Huelgas, c. 1485, atribuida a Diego de la Cruz, que representa a la Virgen de la Misericordia a cuyos pies están los Reyes Católicos y la abadesa y las monjas de la congregación cisterciense; y sobre ella, dos diablos, uno de ellos cargado con un hatillo de libros que es una especie de duende de los copistas y escribas, a los que inducía a cometer errores. Gracias a esto, he leído un brillante trabajo de Joaquín Yarza sobre el diablo en los manuscritos monásticos medievales, publicado en la revista Codex Aquilarensis en 1994, en el que escribió que algunos textos «lo mencionan como un personajillo molesto que colabora a que se derrame la tinta sobre un códice, se olvide un copista de realizar algo que le corresponde y que moleste de mil maneras a cualquiera que pretende sestear en su trabajo cotidiano». (3) Con buen criterio, se han celebrado las Olimpiadas de 2020 en 2021, a pesar de todas las rarezas. Y de lo inusitado de que en un pueblito del Valle de Valdivielso se viviesen con tanta entrega nuestras medallas en karate de Sandra Sánchez y Damián Quintero por culpa de un fisioterapeuta olímpico relacionado con el Pseudo Sisberto de Toledo que necesitaría otra nota.

sábado, agosto 14, 2021

Memorial Badajoz 1936

Badajoz, 13. 32 grados a las once de la mañana. Palacio de Congresos «Manuel Rojas». Llegué con tiempo y confundí la cola de la vacuna con la muy hipotética del acto al que acudía, reducido a unos cuantos invitados y a los medios de prensa. Fue la inauguración del Memorial Badajoz, 1936, un homenaje a las víctimas de la matanza perpetrada en la antigua plaza de toros de la capital pacense en agosto de aquel año en el mismo lugar en el que ahora se halla el Palacio de Congresos. Cuando fue inaugurado el Palacio de Congresos «Manuel Rojas» hace quince años, en 2006, debió de celebrarse un gesto como el de la mañana de ayer, y no haberlo demorarlo hasta ahora. Seguimos llegando tarde a la restitución de la memoria histórica en comparación con otros países; y recibimos acontecimientos como el de ayer con la satisfacción siempre vigente de un reconocimiento. Permanecerá en la entrada de un centro social y cultural como el Palacio de Congresos de Badajoz un recuerdo de aquello, a partir de las recreaciones artísticas y de la investigación histórica de nombres como Francisco Espinosa —en su libro La columna de la muerte están referenciadas todas las víctimas que se muestran en un panel—, Mario Neves —por su histórica crónica de aquellos días—, Antonio Gómez —y sus Disparos de luz, inspirados en el hecho—, que motivó también la pieza musical de José Ignacio de la Peña estrenada en 2018, Justo Vila —por su novela Lunas de agosto (Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2006)—, Antonio Gamoneda y sus versos sobre la pintura de Juan Barjola (Mortal, 1936, de 1994) o Blanca Muñoz y la réplica de su escultura que recibe a todos los que se acercan a ese espacio de memoria. «Soy el primer periodista portugués que entra en Badajoz, tras la caída de la ciudad en poder de los rebeldes. Acabo de presenciar tal espectáculo de desolación y de pavor que tardará en borrarse de mis ojos», escribió Mario Neves el 15 de agosto de 1936, en su libro La matanza de Badajoz (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1986 y 2007). «Hoy, 14 de agosto de 2021, ochenta y cinco años después de la entrada de los sublevados en Badajoz, es una satisfacción —aunque sea tardía— ver en la prensa regional la noticia de que no olvidamos», escribe en su muro de Facebook mi hermano José María, una de las personas que más ha hecho para que lo de ayer sea un gesto real y perdurable.



lunes, agosto 02, 2021

Retratos a medida

Este libro me proporcionó no hace mucho una experiencia de lectura desconocida. Fue la primera vez, creo, que me encontraba en una portada un código QR que me permitió escuchar diez podcasts dramatizados de algunas de las entrevistas que se incluyen en este volumen: las de Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez, Miguel de Unamuno, Benito Pérez Galdós, Pablo Picasso, Joaquín Sorolla, Santiago Ramón y Cajal, Victoria Kent, Margarita Xirgu y Pastora Imperio. Tan solo sobre diez de las que se recogen por primera vez en un libro realizadas a cincuenta y siete personalidades de la cultura, a periodistas, traductores, novelistas, poetas, dramaturgos, pintores, dibujantes, escultores, pedagogos, filósofos, científicos, filólogos, actores y actrices, cantantes… La responsable de esta recopilación de entrevistas es Beatriz Ledesma Fernández de Castillejo, que ha recogido más de sesenta piezas del género de la interviú o «entrevistas de autor» que fueron publicadas en la prensa argentina entre 1907 y 1958, sin publicación en España hasta ahora, en esta edición de más de cuatrocientas páginas publicada el pasado marzo. Un libro así tiene un interés histórico indudable; pero también el atractivo de lo misceláneo y de las galerías, pues uno puede abandonar el orden de las partes distinguidas por el oficio de las personalidades entrevistadas y, dentro de ellas, el orden alfabético de sus personajes, para darse a la pura gana de picotear en un breve —lástima— retrato-entrevista de Gloria Laguna, Condesa de Requena, «ingenio castizo, mito literario y lesbianismo chic», al decir de un biógrafo reciente, que en la interviú de 1907 «fuma como un chulo del Rastro» y toma un mate amargo con el que fue retratada para la revista Caras y caretas de agosto de ese año en una fotografía que hoy puede verse en internet. O curiosear en las declaraciones de un Jacinto Benavente de 1914, de 1922, de 1936 y, finalmente, de 1951, en una extensa entrevista con Andrés Muñoz publicada en La Nación de Buenos Aires, en la que decía que no le llevaba más de dos o tres semanas escribir una comedia. O saltar de un pintor como Zuloaga a las conversaciones con Azorín publicadas al otro lado del charco. A la importancia de las más de cincuenta y cinco figuras que se entrevistan, se suma la de los autores de las interviús, como Juan José de Soiza Reilly, que fue todo un personaje. O los hermanos Andrés y Agustín Muñoz. De ellos habla la autora de la introducción de estos Retratos a medida. Entrevistas a personalidades de la cultura española (1907-1958). Edición e introducción de Beatriz Ledesma Fernández de Castillejo. Madrid, Fundación Banco Santander, 2021. Soiza Reilly escribió de Unamuno en 1908 que era un apóstol, un sabio, y que la juventud de América de aquel tiempo lo odiaba, que sus libros sufrían la terrible inquisición del olvido, y que cuando fue a entrevistarle a Salamanca solo habló el maestro, el apóstol, el monologuista —nada de conversador, como decía Azorín, que es otro de los entrevistados aquí—; y en eso coincide el periodista con lo que le contó Pío Baroja en La Nación (noviembre de 1950) a uno de los hermanos Muñoz: «—Hablamos alguna vez, no muchas. Es decir, el que hablaba era él. Unamuno también era anterior al 98. Vivía en Salamanca y de tarde en tarde venía a Madrid. En uno de esos viajes tropecé con él. Me preguntó qué hacía los domingos y como le contesté que no hacía nada me citó en un café para conversar. Eso creía yo. Pero apenas nos sentamos tomó la palabra y dijo: “Le voy a leer a usted un episodio de una novela que acabo de terminar”. Y sin esperar mi asentimiento se puso a leer. Me leyó toda la novela, que se llamaba Amor y pedagogía. No hay derecho a citarle a uno para conversar y obligarle a escuchar tres horas de lectura. Cuando terminó me dije para mí: “Con este tío yo no voy a ningún lado”. Al salir del café nos encontramos con Valle-Inclán y, como no se conocían, yo los presenté. Los dos eran igualmente intolerantes y en seguida se pusieron a discutir. Íbamos los tres por la calle, ellos discutiendo a gritos y yo tratando de que no riñeran. Pero a los cien pasos me cansé de oírlos y los abandoné en una esquina, a punto de desafiarse». Estos Retratos a medida están llenos de caras y de caretas, y Caras y caretas fue el semanario argentino del que proviene más de la mitad de las entrevistas que se editan; pero también es un buen testimonio de la labor de esos periodistas que no se limitaron a preguntar y que hicieron esas «entrevistas de autor», como la de Juan José de Souza Reilly en marzo de 1929 a Gregorio Marañón, que preguntó a su entrevistador sobre qué quería que hablasen, si de medicina o de política… Y el reportero y locutor argentino le dijo: «—Hablemos del viento» (pág. 291).