lunes, julio 26, 2021

21/XXI

Aquí va una primera difusión de esta propuesta de la Universidad de Extremadura dentro de su programa de la vigésima segunda edición de sus Cursos de Verano/Otoño. El curso «21/XXI. Creación literaria en Extremadura en el siglo XXI» propone un balance del estado presente de la literatura en Extremadura, de su alto nivel de exigencia y de calidad, gracias, en gran medida, a las bases sembradas en los últimos veintiún años del siglo XX, que nos permiten recoger unos frutos incontestables en los veintiún años del siglo XXI. El curso se articulará en torno a tramos, con ponencias, conversaciones y debates o mesas sobre diversos contenidos como Extremadura, espacio de creación, su situación periférica y fronteriza, sobre diferentes propuestas estéticas y modos de concebir la literatura, sobre otras literaturas y los trasvases con las artes del espectáculo, o sobre el mundo editorial y su desarrollo en las últimas décadas en el ámbito extremeño. Su programa comenzará el miércoles 15 de septiembre con una ponencia de apertura de José Luis Bernal Salgado (Universidad de Extremadura). «Creación literaria en Extremadura en el siglo XXI». Y luego, el primer tramo Extremadura, espacio de creación.  Las letras en la España vaciada. Oeste, frontera y periferia. 10:45. Ponencia. Pureza Canelo (Poeta. Medalla de Extremadura). «Oeste es mi leyenda: metalenguaje plural». 11:15. Ponencia, José Antonio Llera (Universidad Autónoma de Madrid). «El Oeste de Pureza Canelo». 12:00. Ponencia. Eugenio Fuentes (Novelista). «Tanatomóvil». 12:30 Ponencia. José Ramón Alonso de la Torre. (Escuela de Arte Dramático de Extremadura). «La Raya, ese resorte creativo». En la tarde: 16:30. Ponencia. Antonio Sáez Delgado (Universidad de Évora). «Portugal a la vista». 17:00. Ponencia. Enrique García Fuentes (IES Castelar de Badajoz). «Las aulas literarias: balizamiento extremeño para la literatura hispánica en el siglo XXI». 17:45. Ponencia. Javier Rodríguez Marcos (Diario El País). «De periferias y centros literarios». 18:15. Espacio de memoria. Julián Rodríguez. Participan: Javier Rodríguez Marcos, Juan Luis López Espada y Antonio Sáez Delgado. 19:00. Mesa redonda Conclusiones. Coloquio público. Extremadura, espacio de creación. Las letras en la España vaciada. Oeste, frontera y periferia. Pureza Canelo, Eugenio Fuentes, Antonio Sáez Delgado, José Ramón Alonso de la Torre. Modera: Guadalupe Nieto Caballero. El jueves 16 continuarán las mesas y ponencias en un segundo tramo titulado Modernidad y rupturas. Retos y avances en el nuevo siglo. Nuevas generaciones. La primera ponencia, a las 10:00, de Manuel Simón Viola (Profesor y crítico). «Narradores extremeños de entresiglos (XX-XXI)». 10:30. Ponencia. Susana Martín Gijón (Escritora). «La aportación extremeña a la evolución de la novela negra. Del detective hard-boiled y la femme fatale a la diversidad actual». 11:15. Conversación. «De la creación poética». Ada Salas (Escritora y profesora. IES José Churriguera. Leganés) y María José Flores (Escritora y profesora. Universidad de L’Aquila. Italia). 11.45. Ponencia. Emilia Oliva García (Escritora) «Experimentación poética y tradición. JA Cáceres, rara avis». 12:15. Ponencia. Pilar Galán Rodríguez (Escritora y profesora. IES Hernández Pacheco de Cáceres).  «La virtud de fallar el blanco: panorama de la joven narrativa extremeña». Y por la tarde de ese jueves: 16:30. Conversación. «De narrativas». Gonzalo Hidalgo Bayal (Novelista) y Eugenio Fuentes. Modera: Miguel Ángel Lama. 17:15. Ponencia. Luciano Feria (Escritor). «Sentido y melancolía». 18:00. Mesa redonda. Modernidad y rupturas. Retos y avances en el nuevo siglo literario. Emilia Oliva, Antonio Gómez (Poeta y artista experimental), Álvaro Valverde (Escritor, poeta y crítico), Pilar Gaán, María José Flores, Ada Salas, Benito Estrella. Modera: Luciano Feria. El último día, solo en sesión de mañana, viernes 17 de septiembre, se cerrará con un tercer tramo en torno a Creación escénica y edición en Extremadura en el siglo XXI, articulado en dos «escenas». La primera escena: 9:30. Ponencia. Isidro Timón (Escuela y Compañía Maltravieso Teatro. Cáceres) «La escritura teatral en Extremadura del siglo XXI. Esbozo de un mapa». 10:00. Ponencia. José Manuel Díez (Poeta y cantautor). «De Quevedo al rap». 10:45. Mesa redonda. La creación escénica de la literatura de Extremadura. Isidro Timón (Maltravieso Teatro), Magda García Arenal y Agustín Iglesias (Teatro Guirigai), José Manuel Díez (Duende Josele). Modera: Marino González. Y la segunda escena, con una mesa redonda más la ponencia de clausura: 12:00. Mesa redonda. Creación y edición en Extremadura en el siglo XXI. David Matías (Editorial La Moderna), Marino González (De la luna libros), Paca Flores (Editorial Periférica), Luis Sáez Delgado (Editora Regional de Extremadura), José María Cumbreño (Ediciones Liliputienses), Francisco Najarro (RIL editores). Modera: María José Hernández (Editora Regional de Extremadura). 13:00. Ponencia de clausura. Vicente Luis Mora (Universidad Internacional de La Rioja), «La literatura hasta el siglo XX y la literatura del siglo XXI: semejanzas y diferencias». Tras la que se clausurará el curso por las cuatro instituciones que lo promueven: Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura, Diputación Provincial de Badajoz, Ayuntamiento de Zafra y Universidad de Extremadura. El asunto de la creación literaria en Extremadura en los últimos cuarenta años es tan inabarcable que valdrían sin agotarlo varios cursos más como este, limitado y concentrado, sobre el que puede encontrarse toda la información y el modo de inscribirse aquí. Será en Zafra (Badajoz), si todo va bien, entre el miércoles 15 y el viernes 17 de septiembre próximos. 

domingo, julio 25, 2021

Domingo. Toma uno

Algunos domingos tiene ese dilema. Bajarse a leer la prensa a su terraza de costumbre en su plaza favorita o quedarse en casa provisto de lo mismo más barato: los periódicos, aceitunas, unas cuñas de queso y cerveza fría. No te preocupes —la tutea porque ella lo ha hecho antes cuando le ha preguntado si te molesta el perro. Lo ha atado a la pata de una silla próxima a la suya en su mesa preferida. ¿Es un beagle, verdad?, pregunta retóricamente solo para ser agradable. Tiene una cara preciosa. No se atreve a decirle que su dueña se le parece, que también tiene un rostro amable, rematado en un moño descuidado y una oreja adornada con pequeñeces de pedrería. Él le dice que esa raza era una de las que más gustaba a su hija de pequeña. Cuando se conformaba con perros de peluche o con libros especializados, ¿sabes? Ella le cuenta que es madre de una nadadora que está hoy en Tokio, en las Olimpiadas —y él supone, por el leve acento de su excelente español, que en la delegación francesa. Discúlpame. No continúa la conversación porque él vuelve a la lectura y lee en un artículo de Íñigo Domínguez en El País que «Es agradable saber que hay gente dando lo mejor de sí misma mientras tú no haces nada». Ha llegado a esa frase después de haber sabido lo que ha ocurrido en su entorno desde ayer —que el aumento de ingresos y contagios lleva a la región al nivel 2 de alerta sanitaria—; o en otros ámbitos, con una crisis climática que está golpeando al mundo, o con el padre de un joven de veintisiete años, víctima mortal del accidente del Alvia en Angrois, que pide verdad y justicia. A la lectura de la prensa se incorpora la música de fondo del último programa de «Toma uno» (Radio 3), presentado por Manolo Fernández, después de treinta años desde su primera emisión, un programa de radio entre tanto ruido. Se alegra por asistir en directo a una despedida así y de haber resuelto el dilema del domingo quedándose en casa con la fotografía, publicada en una revista que no ha comprado, de una mujer muy guapa —¿francesa?— con un perrito atado a la pata de una silla y a la que no ha podido agradecerle que le haya invitado a la cerveza.

viernes, julio 23, 2021

Glorias de Zafra (XXIV)


El contraste entre lo poco que tardo en viajar hasta Zafra desde mi casa en Cáceres y el tiempo histórico que significa siempre ese viaje, que cualquiera podría hacer diariamente, ocupa mi pensamiento cada vez que vuelvo a la ciudad en la que nací. Hoy estoy en esta ciudad próspera y amable, atractiva por sus calles y sus plazas, acogedora por su gente, sobre todo si son viejos conocidos con los que uno no se encuentra desde hace años y que se olvidan de los estragos de la edad para alegrarse por verte. Aunque he venido a Zafra algunas veces por razón de trabajo, nunca lo he sentido así; precisamente por esa condición de casa protectora. En esta ocasión, ha sido una visita técnica que me ha permitido conocer buena parte de las admirables infraestructuras culturales de que dispone este sitio al que cada día me gusta más volver y en el que callejeo sin perder detalle, por lo nuevo descubierto o por lo recuperado en el tiempo. He tenido el privilegio, gracias a Rosa Monreal, concejala de Cultura del Ayuntamiento de Zafra, a Estrella Claver, directora de la Biblioteca de Zafra, y a Gonzalo Lavado Martínez, coordinador de la Casa de la Juventud, a quien conozco desde hace muchos años siempre vinculado con la animación cultural, de visitar el nuevo edificio recientemente rehabilitado del Hospital de San Miguel en el que se ubicarán la Biblioteca Municipal y el Archivo Histórico. Admiración por una inversión así, por una intervención en un bien patrimonial tan preciado que yo recuerdo cuando era un solar ruinoso que se venía abajo; pero también orgullo por contar en tu ciudad con un espacio público que poco a poco —he visto ya estanterías llenas de libros, cajas con vestigios de una reciente mudanza, mobiliario e instrumentos de inminente uso— estará a disposición de la ciudadanía de Zafra. Con Gonzalo luego he podido ver con tranquilidad y con su impagable guía el Complejo Cultural en el que está el Teatro de Zafra —obra del arquitecto Enrique Krahe— y no solo el espacio principal —impresionante, original, sugerente y práctico—, sino una sala de exposiciones y otra de conferencias en las que se han programado y se programarán —después de un tremendo parón o de una inevitable merma— actividades de todo tipo que aquí siempre son recibidas por el público con una extraordinaria respuesta.

miércoles, julio 21, 2021

Annual

Este pasado domingo El País Semanal traía un reportaje de Francisco Perejil sobre «Annual, cien años de olvido» en el que se publicaba en página 37 una conocida fotografía de Abdelkrim cuyo pie me llamó la atención: «[…] el legendario caudillo rifeño [antes fue periodista y juez] entrevistado por un periodista español en 1922». Me llamó la atención porque ese «periodista español» era Luis de Oteyza y la foto se ha difundido muchas veces con su identificación. El mismo periódico publica hoy una información de Luis de Vega —«Recuerdos de Annual» en la versión en papel— que evoca aquel tiempo con objetos históricos como la cámara de «Alfonsito» Sánchez Portela —el hijo del mítico Alfonso, amigo de Oteyza—, con la que se retrató a Abdelkrim, y la gumía del rifeño, y en el que se cita a Luis de Oteyza, como, efectivamente, el reportero, fundador y director del diario La Libertad, que entrevistó al líder del Rif en agosto de 1922. Luis de Oteyza es uno de esos escritores extremeños que quizá no tengan el debido reconocimiento; aunque su patria chica sí ha hecho gestos para mantener su memoria. Nació en Zafra en 1883 y falleció en Caracas en 1961, y fue otro Espronceda con una madre que se puso de parto en tierras pacenses. Una entrada que publiqué aquí hace más de quince años me permitirá no abusar con más datos, la mayor parte de ellos vinculada a personas muy apreciadas. Hoy, en el periódico, se dice que la crónica de Oteyza de aquel encuentro, que publicó con el título de Abd-El-Krim y los prisioneros en la editorial Mundo Latino en 1922, se ha reeditado en Ediciones del Viento en 2018, que no tengo. Anterior a esa, tengo la que publicó el Servicio de Publicaciones de la Consejería de Cultura de la Ciudad Autónoma de Melilla, de 2000, con un estudio introductorio de María Rosa Madariaga, a quien hoy cita El País como historiadora especializada en aquel episodio que tanto inflamó la situación política española y cuyo contexto explica incluso la creación de obras tan geniales como Los cuernos de don Friolera de Valle-Inclán, de la que también se han cumplido cien años hace nada. 

martes, julio 20, 2021

Nada por aquí

Hace pocos días, el once de julio pasado, Felipe Núñez (Plasencia, 1955) escribió en su página de Facebook lo siguiente: «Años atrás escribí profusamente. Me arrepiento de haber escrito y del contenido de lo escrito. Perpetré poemas, los primeros, torpes e ingenuos. Los últimos, repletos de gongorismos. También cometí prosas. Estas, ahítas de soberbia. Me pregunto si sería apropiado emprender un expurgatorio» (*). Hubo algunas reacciones, y la más contundente fue la de Juanma Barrado, seguidor temprano de la obra de Felipe, que no comprendía esa mirada retrospectiva e inclemente. ¿Expurgatorio? Replico. Con la complicidad de Felipe Núñez, replico con una exhumación. Se titula Nada por aquí, nada por allá. Seis personajes en busca de su padre y no estaba muerto, no, que estaba tomando cañas; narración por otro nombre conocida como la sinfonía dialéctica en cinco movimientos, dotada de prólogo para mejor comprensión de lo que en ella acontece, con interpolaciones y entrecomillados ocultos, personajes accesorios y otras cantidades de menor cuantía que serán entregadas previa presentación del resguardo correspondiente y el carnet de afiliado. Es un mecanoscrito fechado en Cáceres en MCMLXIII, de cuarenta y ocho hojas tomadas por el color del tiempo y que llevan la mención de autoría —o «propiedad intelectual»— de Carlos Ortega y de Felipe Núñez, que perpetrarían aquello a los diecisiete o dieciocho años. Más tarde, vendría la edición ciclostilada de Tris tras princesa (1975), la de Leticia va del laberinto al treinta (1977), con una nota en cuarta de cubierta de Jorge Urrutia, por aquel entonces profesor en la Facultad de Letras de Cáceres —origen de todo—; como lo era, y tanto, el muñidor Ricardo Senabre, que conoció aquella «narración por otro nombre conocida como la sinfonía dialéctica» y que llevaba un prólogo —«De obligada lectura»— firmado por Nicolai Nicolaiev Krallov, Director de la Escuela Venezolana de Artes Aplicadas. Por allí anduvo César Nicolás —sic—; aunque Felipe dice que todo lo escrito fue por él y por su cómplice. La materialidad de la pieza documental —no impresa, sin aspecto de libro— la tiene condenada fuera de los «elementos normalizados» de los modernos catálogos en línea de una biblioteca como la nuestra. Así que, aunque parezca mentira, es fácil localizar el texto en los antiguos ficheros de madera que contienen miles de fichas en papel de aquella antigua biblioteca matriz de lo que hoy tenemos modernamente mecanizado. Yo recuerdo haber tenido en mis manos el ejemplar cuando aún la Facultad estaba en aquel Edificio Valhondo; y por eso, cuando Felipe Núñez me preguntó si yo sabía algo de aquel escrito, no dudé en responderle que seguro que tenía que seguir ahí. Y ahí sigue, con sus tapas de cartulina verde y sus tres grapas ya oxidadas para aferrar el lomo. Y con el canguro o papelín del préstamo que dice que alguien lo sacó también en el año 2000. Nadie más hasta ahora que lo he tenido aquí para enviar una copia escaneada a su padre principal. Habría que ponerse a imaginar lo imaginado por aquellos jóvenes que escribieron «abundantes vicios de dicción», según el prólogo, y que se entregaron al absurdo de Jardiel y de Beckett, más que a cualquier rebeldía política en los estertores de la dictadura. Los cinco «movimientos» contienen un relato delirante con un puñado de guiños a la literatura de siempre y a la vida de entonces, y poemas que podrían considerarse la prehistoria insolente y atrevida de, por ejemplo, Tris tras princesa, y notas muy jugosas de erudición con chispa, entre las que está la que revela el primer título largo de la novela de Jesús Alviz Concierto de ocarina (Ediciones Libertarias, 1986), que fue Concierto de ocarina con solos de trombón, coro popular con clave incógnita, en tres movimientos (h. 30). 

(*) Leopoldo Felipe Núñez Santos, que firmó todas sus obras como Felipe Núñez, fue una de las figuras más destacadas de los primeros años de la juventud literaria extremeña en el arranque de la Universidad de Extremadura, y fue guía de las primeras promociones literarias de aquel tiempo. Aparte de los libros citados, publicó los poemarios Los seres y las fuerzas (1979), Equidistancias (1983) y Nombres o cifras (1985), que reunió luego en el volumen Balizamiento para un aterrizaje nocturno, publicado por la Editora Regional de Extremadura en 1998, año en el que también apareció su ensayo Para escapar de la voz media, que fue Premio Arias Montano de la Junta extremeña. En 2014, Editorial Delirio publicó sus Obras, con la reunión de la mayor parte de sus versos, sus prosas, algunos inéditos y otros textos críticos. Allí, en una «Breve nota previa», escribió: «Releo estos viejos escritos míos y observo algo con disgusto y vergüenza: demasiado a menudo manifiestan incomodidad con su propia existencia. Amenazan una y otra vez con “el abandono y el borrado”, y al respecto se interrogan enfáticamente sobre si resultaría más radical el uno o el otro. El simple abandono —afirman— es radical por cuanto no añade gesto. Pero el gesto del borrado, a cambio, es más drástico siempre que sea irreversible». Y añadió, como yo hago ahora con la publicación de esta nota: «Pues bien, ni abandono ni borrado. Muy al contrario, estos viejos escritos vienen aquí a insistir y reincidir» (pág. 9). 

domingo, julio 18, 2021

18 de julio

Hoy, 18 de julio, una tribuna de Pilar Mera en El País y el programa de Radio 3 Videodrome, que escucho —estremecido de nuevo por la rememoración de tanto odio— mientras comienzo a pasar estas líneas, me recuerdan aquel nefasto e infame hecho de hace tantos años; y un amigo, poeta y crítico, Alfonso Alegre, me envía un poema dedicado a José Ángel Valente —murió en Ginebra tal día como hoy de hace veintiún años— y recogido en su libro El camino del alba (Tusquets, 2017). Hoy la prensa trae la noticia de la muerte ayer de la actriz Pilar Bardem. Nadie ha tenido que recordarme el primer aniversario de la de Juan Marsé, también un 18 de julio, y sí M., una amiga, que estuvimos con su familia y unos amigos, hace exactamente un año, visitando unas bodegas en Almendralejo en las que nos atendió Cristina y nos sirvió la comida, como si fuésemos recién nacidos, un excelente camarero gitano que atendía por Lolo. Me cuesta concentrarme en la lectura de los periódicos cuando, sentado en la terraza de costumbre, dos personas, en una mesa junto a la mía, hablan sin nadie más a su alrededor y sin ruidos que tapen lo que dicen. Me esfuerzo en concentrarme en mis papeles porque no es cómodo escuchar como si fuese un fisgón asuntos íntimos, confidencias o cualquier comentario insustancial que nada tienen que ver conmigo. Un señor robusto esta mañana hablaba de algo de su trabajo —«…le dije que yo le llevaba el caso sin cobrarle…»— con una mujer a la que ya le adjudiqué su condición de esposa. De pronto, la conversación dio un giro y escuché el nombre de Colombo. Como antes yo sí estaba a lo mío, no sé si lo pronunció uno de los dos para referirse a un perro o a un amigo común al que conocen con ese mote. Lo cierto es que salió el apellido del conocido teniente televisivo y entonces fue cuando el marido contó con bastantes detalles uno de los episodios de la afamada serie en el que el detective descubría al asesino gracias a una colección de bolas de nieve decorativas que estaban en una vitrina. Ayer la conversación fue más cercana y aún más nítida. Por eso, de haber llevado conmigo mis nuevos airpods, habría evitado enterarme de los problemas que una mujer contaba a su amiga sobre la gestión de su divorcio y la relación con su hija, sus consideraciones sobre la lealtad, la entrega a los otros, la complicidad, y también lo alejadas que están algunas personas de estas virtudes. En lugar de sentirme mal por estar escuchando conversaciones ajenas, prefiero ser como el narrador de Microcosmos, de Claudio Magris, cuando describe el ambiente del Café San Marcos de Trieste y reproduce fragmentos de aquel murmullo de voces y del coro inconexo y uniforme que nada tienen que ver con estos ratos tranquilos en San Juan a la hora del aperitivo en los que se escucha todo. Solo faltó encontrarme a alguien para darle un abrazo. 

jueves, julio 15, 2021

Sin pronunciar tu nombre

Mañana viernes tenía que celebrarse la presentación de la antología de Santiago Castelo, Sin pronunciar tu nombre. Antología poética (1976-2015), publicada, con selección y prólogo de Carlos García Mera, en la colección «Avis rara» de la Editorial Urutau de Pontevedra. Iba a ser en Don Benito, en el Museo Etnográfico «Agustín Aparicio» a las 21:00 horas, con la actuación musical de «Las Nietas del Charli». Lamentablemente, y por la puñetera situación pandémica que padecemos, no podrá ser. Esperemos que en septiembre. Como había querido estar, escribo esta nota sobre este libro de pequeño formato y atractiva apariencia —hay segunda edición— que contiene textos de José Miguel Santiago Castelo desde sus comienzos poéticos (Tierra en la carne, de 1976) que me han permitido revisitar su obra por la ajustada selección de poemas de todos sus libros: tres textos de su primer libro, cuatro de Memorial de ausencias (1979), cinco de La sierra desvelada (1980), seis de Cuaderno del verano (1985) —el primer libro que yo leí de Castelo—, siete de Siurell (1988), dos de Al aire de su vuelo (1993) y de Diario de a bordo (1994), cuatro de Hojas cubanas (1998), dos de Cuerpo cierto (2001), seis de Quilombo (2008), nueve de La hermana muerta (2011), tres de Esta luz sin contorno (2013), y doce, en un colofón tremendo, de La sentencia (2015), su libro póstumo. La lectura seguida de estos sesenta y cinco poemas es una experiencia de reencuentro con uno de los poetas más singulares de las letras extremeñas; así, como a él le gustaba. Que el prólogo de Carlos García Mera solo dedique unas pocas —y acertadas— palabras a la poesía de Castelo en sus dos párrafos finales, y que todo lo anterior sea sobre la persona, dice mucho de lo que aún pervive de la extraordinaria figura que fue. Un ejemplo de la admiración de quien le retrata en el delantal de esta antología, que ojalá se convierta para un lector que no lo conozca en la puerta de entrada a la poesía toda del autor: «A Castelo le encantaba pertenecer a otro tiempo donde se estilaban las galanterías y los ademanes nobiliarios. Le rodeaba siempre un aura de misterio, esbozada con una sonrisa socarrona, pero sin malicia, seguro de gustar —porque gustaba, y lo sabía— donde se escondía toda la verdad del mundo. Sin duda, su voz, como de tormenta estival, refrescante y tronadora, dictaba sentencias inequívocas o susurraba los consejos certeros en los momentos precisos. O, de pronto, te acogía en su declamatoria, rebosante de anécdotas, que adornaba con paréntesis o silencios exactos para mantener la atención del público […]». Esta manera de subrayar la persona, la vida y la carne, y no los matices de su poesía, nos arrastra a todos, por estar ante una personalidad tan arrolladora. Quede, sin embargo, en esta nota, la vida y la carne de estos alejandrinos sobre la hermana muerta: «Temo volverme oscuro y el dolor siempre andando; / por eso en vuestros ojos quiero ser sol de un día». Sol de muchos días en su recuerdo. Un beso, sin pronunciar tu nombre. 

miércoles, julio 14, 2021

Sello de calidad

Esta mañana me han comunicado, en resolución provisional, que la revista Cuadernos dieciochistas ha sido reconocida con el Sello de Calidad de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Hay que celebrarlo ahora que reordeno y actualizo como puedo todo lo que ha llegado en los últimos meses para publicar en el volumen de este año, el veintidós, dedicado a «Las matemáticas en el siglo XVIII español». Sí, porque uno de los grandes valores de esta publicación es su interdisciplinaridad. En su sección monográfica, ha tratado asuntos como las religiones y culturas en el XVIII, la cultura literaria y la identidad en la Ilustración hispánica, la Guerra de Sucesión, el teatro y la música, la arquitectura y el urbanismo, autores destacados por algún centenario como Pablo de Olavide, Jovellanos, Meléndez Valdés o Nicasio Álvarez de Cienfuegos, y otros temas como las artes decorativas de la época, la economía o la guerra; y, en su sección de «Varia», otros numerosísimos aspectos encuadrables en el marco cronológico de sus intereses. La revista nació en el año 2000, auspiciada por la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII (SEESXVIII) y editada por Ediciones de la Universidad de Salamanca, que sigue difundiéndola. Su primer director fue el historiador Antonio Morales Moya, que, cuando dejó la universidad salmantina, pasó la dirección a la dieciochista María José Rodríguez Sánchez de León, actualmente catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en Salamanca. Directora de la revista desde 2002, desde el volumen tercero, estuvo al frente hasta el publicado en 2014, y la situó en estimables índices de impacto. En abril de 2015, cuando la junta directiva de la SEESXVII me propuso para seguir sacando adelante esta publicación, asumí la tarea con la ayuda impagable de Fernando Durán (Universidad de Cádiz) hasta 2020, y con la de Antonio Calvo Maturana (Universidad de Málaga) desde 2018, y Mª Dolores Gimeno Puyol (Universitat Rovira i Virgili), desde 2019, sin los que esto no podría sostenerse. Parte del informe de valoración de la FECYT dice que Cuadernos dieciochistas tiene una orientación claramente científica y que centra su foco en una centuria clave para España y Latinoamérica, y que se ha convertido en una referencia para los estudios de todo tipo del siglo XVIII. Nos proponen asumibles vías de mejora que, desde la rigidez de los dictámenes, son acicates para continuar trabajando para ofrecer a la comunidad científica en el campo de las Humanidades un espacio en el que dar a conocer sus trabajos. Agradecido. Un abrazo.

domingo, julio 11, 2021

Autorretratos de pluma y espada (y 2)

© Josep Lago (AFP)
La fotografía de Josep Lago que hoy publica El País en la página 35 de su edición nacional en papel me ha sugerido estas líneas, después de recuperar ayer unas notas sobre el montaje de Autorretratos de pluma y espada. Dramaturgas del Barroco en primera persona, de Karlik Danza, visto en el XXXII Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Todo el mundo comprende la metonimia de «pluma» por escritura que está en el título de la obra y que se repite en las notas presentativas de la compañía sobre su trabajo: «Su pluma como arma será el vehículo de expresión de sus opiniones frente a los tópicos establecidos por costumbre y la acción dramática se convierte en tesis para demostrar que la mujer es firme, que puede defender su agravio ella sola y por lo tanto no debe ser considerada débil ni mudable». Y así como esto es claro, también lo es que no hay metonimia —o a mí me lo parece— en el texto de la pancarta que exhibe el joven de la fotografía; sino un uso figurado extendido a toda una identidad sexual y no al significado restrictivo y de apariencia —nada militante, como es el caso— que la Real Academia tiene en su diccionario: «Afeminamiento en el habla o los gestos de un varón». Lo cierto es que distintas causas de polisemia han coincidido en ambas maneras, la de la compañía teatral y la del manifestante, de reivindicación muy actual y muy justa. La más artística la traje aquí ayer y la más palpitante en estos días la ha llevado hoy el periódico a un titular reafirmativo e indignado contra la homofobia: «La comunidad LGTBI dice basta». Por eso he escrito esto.

sábado, julio 10, 2021

Autorretratos de pluma y espada

Ayer, mi experiencia teatral en este blog con Niceto Alcalá-Zamora no me llenó del todo. Un relieve de erudición está bien de vez en cuando; pero cuando el teatro es vivido y sirve para salir a la calle un rato, relacionarse con otros, aprender de los que saben del oficio por asistir a un montaje en donde hay actrices, directoras, técnicos de iluminación y sonido, tanta gente, entonces, la experiencia es plena, muy gratificante. Incluso te permite socializar y salir de la huronera para ir bien acompañado a disfrutar del teatro al aire libre una noche agradable de junio. Nada más ni nada menos que la noche de San Juan, que fue cuando vimos en Las Veletas Autorretrato de pluma y espada, un montaje de Karlik Danza en el que participó mucha gente conocida. Lo primero que me llamó la atención sobre el escenario fue una reproducción encajada en una grabación en blanco y negro de la estupenda actriz Memé Tabares interpretando a María de Zayas. Cuando se hizo la luz se apreció cómo se vestía el rostro de la mujer en un traje de época de gran copa. Su miriñaque —todo un símbolo— sería luego utilizado en otros cuadros de la obra, y fue uno de los recursos valiosos de este montaje, con su intención reivindicativa de la presencia de las mujeres en la literatura de nuestros Siglos de Oro: Ana Caro, Ángela de Acevedo, Leonor de la Cueva o la también citada Catalina Clara Ramírez de Guzmán, como una mención extremeña más que justificada. A la mayor parte de esos nombres ponen rostro las experimentadas actrices, además de Memé Tabares, Carmen Galarza —a la poeta andaluza Ana Caro de Mallén—, Ana García —a Ángela de Acevedo, portuguesa que escribió sus obras en castellano—, Olga Estecha —a la vallisoletana Leonor de la Cueva y Silva, autora de La firmeza en la ausencia—, y, finalmente, el actor, director, y profesor en la ESAD de Extremadura, Alfredo Guzmán, como Fray Luis de León, también en plasma. Le puse algunos reparos a la estructura argumental, a la solución para hilar las diferentes historias con un motivo único que se cifró en esa reivindicación justa del papel de las mujeres silenciadas en la historia literaria. Pero como tal recreación, no me acabó de convencer en su unidad y en su ritmo. Y eso que basta con la llamada de atención para que el público empatice con un empeño artístico así. Como, más en mi ámbito, proyectos de investigación académica como BIESES (Biografías de escritoras españolas), la base de datos de acceso libre para todos los investigadores que completa, recopila y sistematiza las fuentes informativas de que disponemos para el estudio de la escritura femenina anterior al siglo XIX, y que impulsó y coordina mi querida Nieves Baranda. Lo que sí convenció aquel jueves 24 es el papel de todos los actores y de todos los que intervinieron en levantar esos Autorretratos que proponen levantar la pluma como arma frente al discurso masculino. Desde una espléndida Guadalupe Fernández, hasta las más que solventes Chloé Bird —a quien por primera vez vi en el escenario sin cantar ni tocar— y Lara Martorán, más Sergio Barquilla y un cercano Jorge Barrantes que sigue creciendo, apoyados en la expresión corporal coreográfica tan ajustada a la dirección y el propósito de Karlik Danza —Cristina D. Silveira. Mucha gente conocida entre el elenco, como decía al principio; y para prueba sirva que, cuando pronuncié el nombre de uno de los intérpretes al terminar la obra con la grada en pie aplaudiendo, se giró una señora de la fila inferior para decirnos orgullosa: «—Es mi sobrino». Mereció la pena, como siempre, salir de casa para ir al teatro bajo el cielo de otro junio pasado que no ha sido inclemente. Me alegro de que don Niceto me haya obligado a sacar esta entrada del morral; si no, se hubiese perdido, como tantas.

viernes, julio 09, 2021

Derecho y teatro

Hace unos años tuve el gusto de participar, por invitación de mi admirado amigo Jesús García Calderón, en un Curso sobre Modernización del Lenguaje Jurídico celebrado en Madrid en septiembre de 2011, que luego tuvo una segunda edición en diciembre de ese mismo año en el Parlamento de Andalucía en Sevilla, y al que me referí aquí a propósito de una de las publicaciones de la Real Academia Española. Ante un auditorio compuesto mayoritariamente por jueces y fiscales —entre los que se encontraban algunos conocidos por la notoriedad de sus procesos en los medios de comunicación—, hice lo que pude para relacionar la literatura con la justicia, con algunos casos o ejemplos sabidos, como el pleito contra el autor de Madame Bovary en el que un abogado sacó adelante su defensa con una explicación convincente y definitiva del estilo indirecto libre. De haberlo conocido por aquel entonces, habría sumado el discurso de ingreso en la Real Academia Española de Niceto Alcalá-Zamora, del 8 de mayo de 1932, titulado Los problemas del Derecho como materia teatral, que he leído no hace mucho, aunque pude saber de él gracias a una pieza tan magistral como En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta, leída en la recepción pública de Pedro Álvarez de Miranda en junio de 2011, que recogió en su versión impresa un «Catálogo de los discursos de ingreso en la Real Academia Española (1848-2011)». Son todos textos que hoy, afortunadamente, pueden leerse en la página de la RAE. A mi parecer, el del Presidente de la Segunda República Española en aquel momento no destaca como pieza amena y sí por su cargada retórica y espesura; pero tiene su interés en tanto reflexión que relaciona el mundo del teatro con el mundo del Derecho, y daría como fuente para hablar algo más sobre lo jurídico y lo literario, aunque en el texto de don Niceto mandó más la «conciencia jurídica española» que la historia del teatro español, y hasta su segunda parte no se abordó el «Enlace del Derecho con la Literatura». Ahí tiene su enjundia la consideración de que «un proceso y un drama suelen parecerse tanto que, diferenciándolos con frecuencia tan sólo un aspecto escénico, decisivo —el interés—, pudieran definirse diciendo que muchos dramas son procesos imaginados, que interesan a todos, y muchos procesos, dramas reales, que interesaron sólo a algunos» (pág. 40). Y confieso que he corregido la puntuación, enmendando la plana a lo publicado por la RAE en 1932. Buen fin de semana.

lunes, julio 05, 2021

La cultura contemporánea

Decía que mi coche duerme cerca de donde vivo, o que está cerca de donde duermo. Donde mi coche hay tres plantas de panteones para cuatro ruedas en ángulos insólitos, en ubicaciones a veces inverosímiles. Hay muchas plazas para los que no somos vecinos del inmueble, y unas pocas hay también que son propiedad de hoteles próximos que las ofrecen a sus clientes. Con ellos me encuentro casi a diario, cuando entran o salen del garaje. Si entran, les abro sin que tengan que marcar el código que traen en el papelín que sacan; y si salen, hay veces que no saben que la estrecha portezuela nos lleva a todos a la calle; y es cuando les ayudo y sostengo esa puerta para que salgan con sus maletas, como si les diese la bienvenida a Cáceres, un gesto que siempre reciben bien. Si algún día pongo un bar en esta ciudad, se llamará «La cultura contemporánea». Ya me imagino las grandes y elegantes letras en la fachada: LA CULTURA CONTEMPORÁNEA. Como esto es una estupidez improbable, dejo aquí el comentario por si alguien que tenga posibilidades de abrir un negocio así, un bar que no tenga por qué tener relación con la cultura, le ponga ese nombre. Lo ideal sería que se hiciese famoso por un servicio exquisito, unos baños impolutos y la calidad de sus tapas. No sé, unos callos para chuparse los dedos. Luego, igual a alguien se le ocurre utilizar el espacio para presentar un libro o para colgar en las paredes las obras de algún artista. Pero esta tarde se me ha ocurrido que estaría bien que en la ciudad en la que vivo podría haber un bar más al que acudir y llamarlo «La cultura contemporánea». De estar bien, sería, además, singular, curioso. Quizá algún día termine de escribir un texto que tengo titulado «Tú y yo» —o «Yo y tú», pues todavía dudo— sobre el mito de Narciso, como el Luis de Baviera de Cernuda «Se inclina y se contempla en la corriente / Melodiosa e, imagen ajenada, su remedio espera / Al trastorno profundo que dentro de sí siente». En mi bar quisiera versos así, cerveza fresca y callos exquisitos.

jueves, julio 01, 2021

Trastero

En las casas modernas el trastero suele estar en el subsuelo, donde también guardamos uno de nuestros bienes más preciados y objeto de ostentación: el coche. En la mía está arriba. Vendría a ser lo que antiguamente era el desván. Sin embargo, al mío no se accede desde casa; sino que hay que salir a la escalera compartida con un vecino y subir hasta el cubículo en el que guardo casi solo papeles —también materiales sobrantes de las obras de reforma, juguetes antiguos de mis hijos, libros y folletos…— y se acumula el polvo. Tengo que pedir ayuda para limpiarlo, me digo algunos días. Otros no, pues puedo solo. O podo suelo. O lo uso como suelo. Ya empiezan a rondarme los juegos palindrómicos para los que no estoy dotado como amigos inteligentes. A mi coche lo tengo subrogado fuera, aunque cerca de donde duermo. Me gusta subir al trastero. Allí encuentro restos del tiempo que llevo en esta casa; y sobre todo papeles que son los que siempre me distraen de la tarea de limpiar, tirar y ordenar lo acumulado en tan reducido espacio. Ha habido días que me han llevado muy lejos, como cuando me bajé un ejemplar de hace cuarenta y un años de un suplemento que publicaba el diario Hoy titulado Seis y Siete, que, para ilustrar un informe sobre los hábitos de los jóvenes españoles del momento —«se drogan poco y son bastante apolíticos»— publicó una fotografía en la que se nos veía a la pandilla en el Parque de Zafra. Teníamos entre diecisiete y dieciocho años. Fue en aquella revista que recogía al final la programación de solo dos canales, el «normal», y el «UHF», que el lunes 7 de julio de 1980 emitió en el programa A fondo, presentado por Joaquín Soler Serrano, una entrevista al escritor Francisco Candel. En estas páginas con marcas de la edad hay una colaboración de F. Moreno Guerrero sobre la editorial Esquina Viva y sobre José Antonio Zambrano, a quien llamaba «poeta sentío», que es uno de los que yo siento entre mis papeles, entre algún archivador rotulado en el ancho frente como «Creación ajena», en el que se especifican muchos nombres queridos. Lo importante es que mi propio presente ronda parecidos intereses sobre otras creaciones, como la de Zambrano. Ahí sigo, escribiendo sobre él, como puedo. Sobre el hombre —y son palabras removidas del último poema de su último libro— que sostiene en sus manos un barco de papel que fija el rumbo sobre un mar que mantiene su condición de espacio. 

lunes, junio 21, 2021

Lope manda. Lope al toque. Lope al baile

© Javier Remedios
No creo que los tiros vayan por una necesidad de atraer a un público que no acude al teatro de siempre, al más convencional; no, no lo creo. El público sigue llenando las salas cuando remontan monólogos como Cinco horas con Mario o clásicos clásicos, como La vida es sueño o Hamlet si están bien hechos. Lo que, a mi parecer, viene ocurriendo desde hace mucho tiempo es que el teatro también busca formatos que totalizan el espectáculo, que lo hacen más grande y rico, más actual. En esta edición, la XXXII del Festival de Teatro Clásico de Cáceres hemos tenido la ocasión de asistir a dos propuestas de este tipo que me han parecido extraordinarias y que han contribuido a que la programación de este año esté siendo muy diversa y rica, de mucha calidad; y que está, yo creo que no por un aforo más reducido por la situación pandémica, noche a noche agotando las entradas. El Caballero de Olmedo del pasado miércoles en Las Veletas fue un espectáculo total, con música en directo, con un cantaor, Manuel Pajares, soberbio, con actores que bailaban y con bailarines que actuaban, en un intento de integración que siempre es arriesgado por el desequilibrio del que pierde el paso. Ocurrió por momentos en los que este espectador apreció una sobrecarga del baile —excelente— frente al texto. Para mí tenía, además, el atractivo de volver a ver en el escenario a mi exalumno Sergio Adillo, autor, ahí es nada, de la versión de la obra, que interpretó de manera destacada el papel del criado Tello. Lo del sábado fue más allá aún, tanto que tuvo que trasladarse por la lluvia al Gran Teatro: Castelvines y Monteses, de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Barco Pirata Producciones, que montaron la pieza de mediados del siglo XVII en la que Lope teatralizó la historia de los amantes de Verona, que conoció alguna edición en el primer tercio del siglo XIX junto a Los bandos de Verona de Rojas Zorrilla, otra de las obras orbitales del Romeo y Julieta de Shakespeare y, antes, de la novelita de Bandello. No lo digo por falsa erudición, sino por lo importante que es que no olvidemos de dónde proviene lo que contemplamos en espectáculos así de contemporáneos. Por eso me ha parecido tan certero lo dicho por el autor de la versión y director del montaje, Sergio Peris-Mencheta, al referirse a que, a pesar de todo, de la tan sugerente envoltura en música, baile y movimiento de esto, se trata de un teatro de texto y que «Lope manda». Y trece intérpretes tan asombrosamente conjuntados que en este caso no mostraron ningún desequilibrio entre la parte musical o vocal y la de interpretación. Geniales todos. Debe de ser muy difícil lograr tanta armonía y mantenerla a lo largo de más de dos horas y que dé la sensación de que te las han subrogado por la mitad. Espectáculos así consiguen llenarlo todo y minimizar los eventos consuetudinarios que acontecen en la sala, como el comportamiento de esa gente que no sabe comportarse en un patio de butacas, sin respeto a los actores ni a los vecinos de filas, hablando a voces como si estuviesen en el Parlamento. Como no sé si tendré tiempo para seguir escribiendo esta crónica improvisada del XXXII Festival de Teatro Clásico de Cáceres, diré, para abundar en lo de la calidad y la diversidad, que este fin de semana pasado también hemos visto dos propuestas muy distintas y exquisitas de teatro de actor, con los elementos necesarios para subrayar la interpretación de los portavoces del texto. Ha sido, también a cobijo del Gran Teatro por la lluvia, con El mercader de Venecia el viernes 18 y con Eduardo II el domingo 20. Sobresaliente. 

sábado, junio 19, 2021

Teatro universitario

Hace días que anoté en mi agenda una de esas actividades del Festival de Teatro Clásico de Cáceres que quedan menos visibles en el programa. La verdad es que no sé cómo llegué a ella, porque ahora no encuentro por ningún sitio una noticia sobre su programación. Lo más probable es que no tuviese ninguna relación con el cartel, y que fuese una de las que me llegan al ordenador o al teléfono y que esta ciudad ofrece a un paso de casa y gratuitamente. Me alegro de haber anotado algo así. Fue en la sala de Maltravieso Teatro, este jueves, a las 20:00 horas —casi puntual—, con aforo reducido, controlado (te ponen una pistola en la cabeza y amagan el tiro solo cuando comprueban que estás degradado). El grupo del Aula de Teatro de la Universidad de Extremadura representó su Romeo y Julieta. Una tragicomedia musical, bajo la dirección de Raquel Bravo. No voy a escribir (!) la estupidez de que rejuvenecí —por muy figurado que sea— casi treinta años; pero sí que me transporté a 1992, a cuando colaboré en la revitalización del Aula de Teatro de la UEX, junto a alguien que tiene mucho que ver con lo que vi: Isidro Timón. Vimos algo que sigue emocionándome. Algo tan elemental y verdadero como que un grupo de estudiantes representen su afición, sus ganas y sus inquietudes, sean cuales sean los textos o dramaturgias que les sirvan de base. Tengo delante las palabras que publicó en 1932 el extremeño Enrique Díez-Canedo sobre la agrupación universitaria «La Barraca». Decía que sus estudiantes no aspiraban a ser gente de teatro y que su cuadro dramático no era un plantel de actores, que en estos grupos aficionados el teatro era un medio, no un fin; y que eran «sembradores de un gusto, despertadores de una afición, cuyo provecho irá a recaer en el teatro regular a poco que éste sea digno de su misión de cultura» (El Sol, 20-XII-1932, que cito por la selección de artículos de crítica teatral de Díez-Canedo que publicó Gregorio Torres Nebrera en la Editora Regional de Extremadura en 2008, El teatro y sus enemigos. El teatro español de su tiempo…). Tal cual el jueves con los estudiantes del Aula de Teatro de la UEX y su propuesta sobre Romeo y Julieta, que algunos recordarán como una experiencia única en las que se vieron un poco a sí mismos, y otros quizá lleguen con el tiempo a interpretar, a ser actores, lo que significará que habrán logrado ser irreconocibles, personajes absolutamente enajenados de sus identidades civiles. Porque de estas experiencias siempre sale algo que lleva a la profesión teatral. Allí mismo, con Isidro, hablamos de esa mágica manera de hacer grupo que motivan actividades así. Todavía —me decía él— quedan para verse aquellos con los que trabajamos hace tantos años, y de esta piña brotará algo seguro. Una piña de doce estudiantes que consiguió cautivarnos con su trabajo, con el mérito de hacer teatro bajo la dirección de alguien como Raquel Bravo, formada en la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura, que supo sacar lo mejor de un elenco del que destaca quien interpretó a Julieta, y que demostró saber aprovechar recursos escasos —y no por precariedad sino por talento— para hacer una propuesta atractiva con movimientos corales, con detalles como un palo que hace de barandal o una pañoleta que caracteriza a un personaje de notable significación secundaria. En otros tiempos también hacíamos lo que podíamos y me entusiasma reconocer estas vocaciones que, como decía Díez-Canedo, serán misión de cultura.

lunes, junio 14, 2021

Gonzalo Hidalgo Bayal en «Turia»

Hay días que el correo trae a casa algo de leer que lo altera todo y trastoca las prioridades para imponerse como lectura principal. Pasó el lunes 19 de abril cuando recibí el número doble (137-138) de la revista Turia, que edita el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación Provincial de Teruel, fundada y dirigida por Raúl Carlos Maicas. Tenía que haberlo recogido en el acto de su presentación previsto aquí en Cáceres para el 23 de marzo de este año; pero no pudo ser, dadas las circunstancias. Y sus editores tuvieron el buen acuerdo de enviarlo a los colaboradores. A pesar de la fruición del momento en que recibí mi ejemplar, me detuve tan solo en algunos de los textos publicados en el «Cartapacio» dedicado al escritor Gonzalo Hidalgo Bayal, lleno de textos inteligentes sobre su obra literaria. Y en uno, sobre todos: el del propio Gonzalo titulado «Las lágrimas de Miguel Strogoff», que, a partir de ahora, hay que poner como uno de los principales de su bibliografía y no apto para niveles triviales del consumo literario. También aquel día de abril pude picotear en la sección de «Poesía» llena de nombres conocidos, no solo por ser extremeños en su mayoría: Nuria Barrios, Sandra Benito, Pureza Canelo, José Antonio Conde, Efi Cubero, Álex Chico, Jordi Doce, María José Flores, Eugenio Fuentes —y la visita imprevista de unos versos—, Carlos García Mera, Carmen Hernández Zurbano, Javier Lostalé, Mario Martín Gijón, Elías Moro, Ana Muñoz, Javier Pérez Walias, Antonio Rivero Machina, Ada Salas, Basilio Sánchez, María Fernanda Sánchez, Irene Sánchez Carrón, Enrique Villagrasa y José Antonio Zambrano —cuyos libros ocupan mi escritorio estos días por trabajo y por querencia. En realidad, pude leer tan solo una parte de las más de cuatrocientas cincuenta páginas de este volumen con ilustraciones de Fermín Solís que se presenta hoy en Cáceres (Sala Malinche del Complejo Cultural San Francisco, 19:30 horas). Sobre él dio buena cuenta Álvaro Valverde, que destacó mucho de lo importante; pero es tanto el contenido, que es bien difícil pararse a seleccionar. Desde que el volumen está en casa, sí es cierto que lo he podido leer casi enteramente desde lo que Teodosio Fernández escribe sobre Luis Sepúlveda hasta la última reseña de esa sección, «La Torre de Babel», que me atrevo a decir que no tiene parangón en número de colaboraciones entre las revistas culturales que se publican en España. En vecindad con la sección monográfica bayaliana, hay dos conversaciones, una con el artista Vicente Rojo, que firma Alejandro García Abreu, y otra muy especial por la cercanía con el objeto del «Cartapacio» de esta espléndida Turia, la que mantiene Fernando del Val con el poeta Álvaro Valverde, que leí con gusto y complicidad. Muchas conversaciones puede tener el lector con la literatura contemporánea entre las páginas de este valioso volumen de tan veterana revista; y buena conversación nos ofrecerán esta tarde el propio Álvaro Valverde —que escribe sobre la razón poética de Gonzalo Hidalgo Bayal—, Luis Landero —que responde en una entrevista a las preguntas de Fernando del Val sobre su amigo Gonzalo Hidalgo Bayal— y Gonzalo Hidalgo Bayal, el protagonista del encuentro.



domingo, junio 13, 2021

Peribáñez

Exterior noche. Plaza de Las Veletas. Acababa de empezar la obra, en la escena primera, con Casilda y Peribáñez de novios, cuando comenzó a llover, encendieron las luces del público y se paró la representación. Silvia González Gordillo, la directora del Gran Teatro de Cáceres y del Festival de Teatro Clásico, anunció sobre tablas que íbamos a esperar unos minutos y que, si cesaba la lluvia, continuaría la función. Y así fue. La duda era si volverían al principio o retomarían por donde lo dejaron. Y fue esto último, con el acierto de Isabel Rodes (Casilda) de adaptarse a la métrica del momento con un «Como te iba diciendo»…, al que reaccionó con risas el público, y que enlazó, pongamos por caso con versos como «Pareces cirio pascual / y mazapán de bautismo / con capillo de cendal, / y paréceste a ti mismo, / porque no tienes igual», que ahora no recuerdo haberlos escuchado en la versión de Yolanda Pallín, que me ha parecido respetuosa con unos versos de Lope bien seleccionados para ajustarlos a una hora y media sin pausa. Una hora y media que se quedó en una hora hasta casi el final del segundo acto, antes de que todo lo importante de la intención que sostiene la obra se expresase: la firmeza de Casilda y la dignidad de Peribáñez. La dignidad de ambos. Y un llover a chuzos que vació las gradas sin protocolo, y que nos dejó en Cáceres sin saber cómo resuelve este montaje el desenlace, cómo Peribáñez defiende su honradez y su honra como villano y caballero ante el poderoso, o si aparecen los reyes al final para cerrar todo. Es fácil averiguarlo; pero esta crónica de teatro es de las que a mí me gustan, esas que hablan de lo que pasó por una vez única en muchas veces repetidas (o no). Paraguas abiertos y protestas de los de atrás que no veían nada, señora. Nos vamos a empapar, cariño; vámonos. Han dicho que si escampa siguen. Yo no he escuchado nada; podrían decirlo por megafonía. La crónica de lo extraño de que todos los aplausos de anoche fuesen extemporáneos, pero muy justificados. En el primer parón, el público aplaudió; cuando se reanudó la representación también; igual que cuando, finalmente, nos levantamos, frustrados y mojados, quisimos dejar ese reconocimiento al intento de los profesionales de terminar su trabajo. El imponderable de ayer no me impide seguir calificando que el ejercicio machista de la autoridad del Comendador es una violación —irrumpe en la casa de Casilda— como la de Tarquino sobre Lucrecia —también ve invadida su casa— en la tragedia de Nicolás Fernández de Moratín. La pieza de Lope termina bien —aunque ayer no—, y sirve para confirmar algo que Eduardo Vasco, el director de este Peribáñez, siempre ha defendido en unas propuestas sobre el teatro clásico que propician que el espectador se plantee asuntos de su presente mientras contempla una historia de su pasado. 

viernes, junio 11, 2021

De nada

 Hay días en que a uno se le quitan las ganas de todo.

lunes, junio 07, 2021

7-J

Creo que no fue por timidez, sino por parecerme ridículo pedir un autógrafo a la mujer que esta mañana me puso la segunda dosis de la vacuna. Llevaba, con los periódicos, el cuaderno en el que escribo mucho de lo que luego pongo en este blog, y podía habérselo ofrecido para que me firmase en la página que tenía marcada. No lo hice. Quizá debí asumir las consecuencias y verme señalado durante los quince minutos posteriores al pinchacino, como aquel que había pedido un autógrafo a la auxiliar que le había vacunado, que se corriese la voz entre sus compañeras y que buscasen a un tipo calvo sentado con unos periódicos, un cuaderno y un sombrero sobre su regazo, y con un problema importante: apagar la linterna de su teléfono. No sé cómo pasó; pero quizá se activó cuando me sentí iluminado por la idea de pedir una rúbrica a mi vacunadora, y me acomodé en la sala con una luz que luego supuse que habría hecho sentir a todos que estaban a oscuras y que yo era el único que sabía guiarme. No comprendí nada, no me explicaba por qué la pantalla de mi teléfono no reaccionaba para apagar una luz tan innecesaria en un espacio tan luminoso a las nueve y media de la mañana. Qué torpeza. Tanta como para que uno de mi quinta, sentado una silla cercana, me advirtiese de que se me había caído al suelo la tarjeta sanitaria, mi mayor orgullo. Se lo agradecí, claro. Por el momento, todo bien. El único efecto secundario tras la inoculación ha sido esta entrada.

viernes, junio 04, 2021

Adolescente Gómez de Liaño

Turpin Editores y Gráficas Almeida —impresores desde 1954— están muy presentes en mis apuntaciones de este blog por culpa de Víctor Infantes (1950-2016), a quien tengo en el recuerdo mientras escribo estas líneas. José Manuel Martín, que fue buen amigo y cómplice de taller de Víctor, continúa, afortunadamente, editando libros; y desde hace cuatro años en la calle Alondra de Carabanchel que ahora ha llevado al nombre de su editorial y a esta colección, después de muchos en el madrileño Barrio de las Letras (Calle Santa María). Para que se vea cómo se las gastan algunos impresores, copio el colofón del libro que me ocupa esta noche: «Este libro se terminó de imprimir el 14 de marzo con la luna nueva de Piscis. Festividad de Santa Matilde, piadosa reina, madre de Otón el Grande, emperador de Alemania». Y luego llegarán tipos como yo diciendo que todos los colofones mienten. Una verdad como un tipo; digo, como un templo. El libro: Ignacio Gómez de Liaño, Poemas de un adolescente (1960-1965). Madrid, Turpin Editores (Colección Alondra, 1), 2021. El profesor Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946) es uno de los nombres más significados en el panorama de la poesía experimental española desde los años setenta. Aparte de la curiosidad histórica de airear poemas muy juveniles, este libro de Turpin, editores de la calle Alondra, contiene el relato personal de aquellos años: «Esa fase de poeta experimental tuvo su momento álgido en el año 1972. En mayo de ese año construí un laberinto de aire con forma de tripa que ocupaba varias salas del Instituto Alemán de Madrid. En junio realicé varios poemas públicos y aéreos en los Encuentros de Pamplona. Y entre julio y noviembre me concentré en un Poema Privado, que realicé en una zona campestre de la isla de Ibiza. Ese Poema Privado representa la culminación de mi poesía experimental. Lo evoqué en mis novelas Extravíos (2007) y El juego de las salas de Salas (2018) y el MNCARS ha dado cuenta del mismo en la ya mencionada exposición Ignacio Gómez de Liaño: Abandonar la escritura y también se ha dado cuenta en la que hizo el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza en 2016 con el título de 1972. Los juegos del Espinario. El proceso de creación de ese Poema Privado se puede seguir en En la red del tiempo 1972 1977. Diario personal (2013)» (págs. 14-15). Estas palabras de la «Presentación», testimonio de una época, preceden a un grupito de poemas adolescentes entre los que hay sonetos, una redacción en verso, alguna traducción —de Ovidio—, y algunos textos desestructurados que fueron los primeros brotes de lo experimental. Ganas me dan también de compartir con artistas como Antonio Gómez, referente de la poesía experimental, estas menudencias de bibliófilo que se alegra de tener otro libro tan bien cuidado y nunca exento de errata. Conste aquí como una nótula sobre un libro invisible.

miércoles, junio 02, 2021

Géneros dramáticos del siglo XVIII

Ayer me ocupé de este libro. No solo custodié en mi despacho varias cajas con medio centenar de ejemplares, sino que repartí unos pocos entre algunos compañeros y, al final de la mañana, fui a casa de su autor a entregarle los diez ejemplares que quería tener. De la familiaridad y de la amistad que lo explican todo ya hablé aquí el septiembre anterior a todo el desastre de la pandemia. Además, son las prendas que justifican que uno figure en la cubierta y el interior de este volumen que no incluiré en mi currículum académico y sí en el afectivo. El sello que lo edita —nuestro Servicio de Publicaciones— y la colección que lo envuelve son especialmente cercanos para mí. No sé si todo esto ha influido en que ayer me ocupase de este libro como he estado ocupándome todo este rato al escribir estas líneas. Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura —Colección Magistri, 9—, 2021) es un homenaje a su autor, Jesús Cañas Murillo, y un signo de los tiempos. Hace décadas, los studia in honorem a los filólogos se convirtieron en referentes bibliográficos de los estudios de áreas como lengua y literatura españolas, como teoría o crítica literarias. No mencionaré nombres de todos conocidos, que podría ampliar a campos tan cercanos como la historia, y a figuras como los grandes historiadores españoles y extranjeros. Actualmente, los compendios en homenaje están devaluados y las agencias de evaluación han decidido, sin entrar en los contenidos de los trabajos, que son aportaciones que no deben ser consideradas. De manera que algunos volúmenes colectivos y misceláneos evitan cualquier atisbo de compadreo y se nombran, pondré por caso, Aún aprendo. Estudios de Literatura Española, un título que esconde —cuesta decirlo— los trabajos en su mayoría relevantes dedicados al insigne profesor Leonardo Romero Tobar (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012). No solo por eso —pero también—, el sentido de Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración es contribuir a la reunión de unos ensayos del homenajeado que tienen el denominador común de atender todos algún aspecto del teatro del siglo XVIII; pero no como una gavilla de trabajos diversos y previamente dispersos, sino como un conjunto con la lógica de constituir una historia teatral dieciochesca, en la que se aborda de manera general la periodización, la transmisión y los constituyentes genéricos de las diferentes modalidades del teatro de esa época. Una historia, sí, del teatro en la España de la Ilustración. Salvo un capítulo sobre la comedia de espectáculo, todos los demás son reescritura y refundición de otros que aparecieron en forma de artículos en revistas españolas y extranjeras, o en ediciones y libros que Jesús Cañas Murillo ha venido publicando en sus años de labor investigadora. Por eso es un libro utilísimo, sobre todo, para los estudiantes e interesados en la literatura teatral del XVIII, y, claro, lo diré, el mejor legado que podría haber dejado, después de sus clases allá por los años ochenta del siglo pasado, a quien ahora se encarga de su curso en la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres. Por cierto, cuando las revisiones preceptivas sobre los programas de nuestras asignaturas para el próximo curso lo permitan, incluiré en la bibliografía en lugar destacado este volumen tan esencial para la materia que es Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración de Jesús Cañas Murillo.

lunes, mayo 31, 2021

De llamadas (arriba) y de notas (abajo)

Si no hubiese llegado a interesarme por una grabación de un homenaje al escritor peruano José María Arguedas celebrado en el Instituto Cervantes de Madrid en enero de 2019, no habría conocido en ese momento la reedición española de la novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo (Prólogo de Dora Sales. Madrid, Drácena Ediciones, 2018), que tengo delante ahora porque estuvimos en clase con este autor y Los ríos profundos, «una de las novelas más admirables de la literatura latinoamericana», en palabras de Ricardo González Vigil en su admirable edición de la obra en la colección «Letras Hispánicas» de Ediciones Cátedra. Nos ocupó la historia de 1958, la que evoca el Ernesto narrador sobre el Ernesto personaje de sus catorce años en un internado religioso de una localidad al sur de los Andes peruanos, de nombre Abancay. Aunque Los ríos profundos es la obra de lectura, aludí a otros textos de Arguedas y a esa novela que se publicó en 1971 después de su suicidio en diciembre de 1969, y de la que ahora releo fragmentos —yo recuerdo haber tenido mi primer conocimiento por un ejemplar creo de Losada de 1972 de nuestra biblioteca universitaria— por esa edición moderna cuyos criterios editoriales me parecen insólitos. No sé, al menos, raros. Muy raros. Intentaré explicarme. Resulta que se da el texto de la novela, con sus partes de novela y sus partes de diario, y se anota. Hay hasta ciento cuarenta y nueve notas, incluyendo las que el propio Arguedas puso en el original de su obra tremenda y última. Hay notas léxicas que aclaran el significado de una palabra, otras resuelven la identidad de una personalidad literaria o la alusión a una entidad social como el Fondo de Beneficio del Pescador (nota 94)… Así, hasta el número dicho. A mí las notas no me molestan; al contrario, me gustan, y si son largas me zambullo en ellas porque creo encontrar ahí nutrientes añadidos al texto principal. Pero lo de ahora es como una exacerbación del universo de las notas al pie. Porque resulta que una vez que se anota una voz —por ejemplo, «pincho», que es pene, o «Cuerpo de Paz», que fue un organismo de los Estados Unidos creado para labores de inteligencia e información en los países latinoamericanos—, cuando vuelva a aparecer en la novela volverá a llevar esa palabra el numerito volado de la primera nota. Así que, si en una página hay tres menciones de pincho, pues tres pinchos habrá con su numerito volado, el mismo, el 20, por ejemplo, junto al 147, que remite a otra nota, esta sí al pie. Lo nunca visto, la verdad. La única justificación que se me ocurre es que la voluntad de los editores haya sido facilitar a los lectores la lectura con todas las redundancias. Como si el lector fuese tan estúpido y con tan poca retentiva como para no acordarse de la nota 20 que le explicaba el significado de una palabra que luego aparecía cincuenta páginas más adelante. Y como si no existiesen los glosarios que tanto ayudan en estas cuestiones. En fin, lo nunca visto en una editorial cuyo catálogo no deja de ser estimable. Tengo que anotarme esto como raro ejemplo cuando hable en clase de los modos de referencia en nota en la edición de un texto literario. Aunque ahora que me refiero a esto, creo que está muy bien que a los estúpidos con poca retentiva nos multipliquen los avisos al pie. Yo qué sabré.

viernes, mayo 28, 2021

La poesía de Luis Landero

Después de las numerosas reseñas que se han publicado desde su aparición en febrero de este año, y tras unos dos meses entre los diez títulos más vendidos en España, no hay pretensión de actualidad en esta nota sobre El huerto de Emerson (Tusquets, 2021) de Luis Landero que es fruto de una primera lectura admirada y de constantes regresos a sus páginas hasta hoy. No sé si la especie de que Landero iba a publicar una nueva novela me llevó a reflexionar sobre el género de un texto que me pareció de senectute —eso sí, sobre la infancia y la juventud—, en el que volvía la memoria como dilatador principal y la duda y desazón frente a la página en blanco, como ocurrió en El balcón en invierno (Tusquets, 2014), que alguno mal llamó crisis de vocación literaria. Sin duda, no son novelas como Juegos de la edad tardía, Absolución o Lluvia fina, y por eso, en el caso de El huerto de Emerson, muchas de las alusiones son a «libro», «obra» o «relato». Quizá haya sido la primera obra de Luis Landero, precisamente por su naturaleza, de la que he podido conocer avances; no sé si la única que el autor ha troceado para resolver con brillantez unas conferencias dichas por aquí o por allá. Por aquí, en Cáceres, sus lecturas de obras como El gatopardo, y su condición de estudiante de Filología y no filólogo, de lector, de profesor; y por allá, una conferencia en el Instituto Cervantes de Madrid en tiempos de pandemia que impidieron su presencia en Utrecht, en la que conocí la palpitante plegaria al señor de la invención y de la gramática. Sin voluntad de proponer nada, y menos aún de establecer una categoría genérica, se me ha ocurrido el título de esta entrada para sugerir una respuesta a la pregunta de por qué cautiva tanto la lectura de una obra así, como si se tratase de un poema memorable y emocionante. Que Luis Landero es un impenitente lector de poesía no es ninguna novedad. Constatar su admiración por la poesía española de la primera mitad del siglo XX, tampoco; como no lo es recordar las declaraciones que ha hecho en entrevistas sobre su rutina de escribir por las mañanas y de leer por las tardes, sobre todo poesía. Y escribir poesía desde antiguo. En el sexto capítulo de El balcón en invierno leemos: «No sabía lo que quería ser, salvo poeta. Había empezado a escribir mis primeros versos algo así como un año antes, cuando tenía quince años. Aquello fue un acontecimiento, otro de esos momentos estelares capaces de cambiar el curso de una vida hacia un nuevo destino» (pág. 82). Y un poco más adelante: «Y luego un día, no sé de qué manera, dejé de creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel tiempo, yo solo tenía un libro en propiedad. Ese libro era Las mil mejores poesías de la lengua castellana». Creo que desde El balcón en invierno no había en una obra de Landero tanta poesía explícita, a la que habría que añadir la que contiene la prosa narrativa de un autor que alcanza cotas como la que remata el capítulo 4 («Donde Pache») de El huerto de Emerson, una alucinante manera de poner un estrambote lírico a una escena atroz (pág. 68). En este huerto poético, una de las primeras siembras que el lector encuentra es un poema de Antonio Machado (pág. 29). Qué decir de la aludida plegaria (pág. 149), que es un texto único en la narrativa de Landero. Luego, sin venir a cuento, los pespuntes de unas citas literarias de algunos artistas, poetas unos, como Eugenio Montale, Juan Ramón Jiménez o Fernando Pessoa, de los cuales, el español volverá con sus versos «¿Mar desde el huerto? / ¿Huerto desde el mar? / ¿Ir con el que pasa cantando? / ¿Oírlo desde lejos cantar?» (pág. 181) a uno de los capítulos finales («Mar desde el huerto»). Tiene delito que Landero diga en un momento de su poema narrativo (pág. 97), después de evocar las historias de su abuela Frasca y su tía Cipriana, que ahora no tiene a quién contárselas. Hacía tiempo que no encontraba un uso del tópico de modestia tan desviado, pues viene de alguien que ha logrado con su literatura reproducir aquellos relatos orales dichos en un corral o en sillas bajas, y ofrecérselos al lector acomodado en su sillón en un lugar apacible. Mucho más a gusto después de leer estas páginas sublimes. Vaya, no he dicho nada de la poética del lector, de la del escritor y de la del profesor, a la que hay que añadir la po-ética de este ser humano, ciudadano del mundo y de Alburquerque, que tiene esta extraordinaria manera de contar.

lunes, mayo 24, 2021

Roland Leighton

Un llanto sobre el mar se titula esta edición de los poemas de Roland Leighton (1895-1915).  Compré este libro el domingo 4 de abril y lo recogí el miércoles 7 un poco antes de la una, en la Facultad. A cualquiera parecerá un dato irrelevante; pero yo di mucha importancia a tener este libro de un autor que no había leído, pero que queda traducido por Paula Campos Fernández en este volumen publicado por El Desvelo Ediciones con fecha de 2020. Se abren sus ochenta páginas con un «Prefacio» de David Roland Leighton, sobrino del autor. Luego sigue un prólogo del poeta Ben Clark, que sabe situar desde ahí al escritor en el contexto de los ward poets que él recuerda haber leído en una antología heredada de su abuelo. La introducción —«Un llanto sobre el mar»—, que se divide en una nota biográfica y una reseña sobre la obra poética de Roland Leighton, es de Paula Campos Fernández, autora de la «Nota a la edición» y, ya lo he dicho, pero quiero decirlo otra vez, de la traducción de los poemas. Yo iba al aula 31 a realizar, con todo su protocolo, una encuesta a los alumnos de una compañera, cuando recogí el sobre que contenía el libro. La consecuencia ha sido leer a un poeta que murió en el frente francés en la I Guerra Mundial, a los veinte años. Su poesía, y los datos que se aportan en los textos preliminares de esta edición, me llevan a un período de la historia del que no me he preocupado de saber mucho —salvo lo que me ha venido dado por el cine y no por los libros. Un llanto sobre el mar contiene poemas llenos de sentimiento y que captan imágenes o sensaciones muy especiales, que están bien vertidas en la versión española y enriquecidas con notas como la que está al pie del poema «Violetas» («Violets»), escrito por alguien que acababa de cumplir la veintena y que había encontrado el cadáver de un soldado británico hundido en el barro. Se lo contó, en carta y en el poema, a su amada Vera Brittain, la escritora feminista y pacifista, la singular heroína, la autora de Testamento de juventud (Periférica y Errata Naturae, 2019), que aparece noblemente en esta sugerente edición de Un llanto sobre el mar. Lo cierto es que en estas pocas páginas está la obra completa de Leighton; pero también, con la edición de algunas cartas y fotografías, y otros paratextos, toda su exigua biografía.