domingo, marzo 22, 2020

Diario de estos días (X)

«Caminar por caminar cansa» (Antonio Gómez)

Domingo, 22. Lo peor está por venir, repitió anoche el presidente del Gobierno. Lo comentaron luego algunos tertulianos en un programa que me arrepiento de haber visto, aunque fuese solo durante unos minutos. Me indigna que estén en un plató televisivo unos personajes ridículos con un presentador que interpreta muy bien su papel de impostor, todos juntos, cada uno llegado desde su domicilio, caminando por la calle o en un vehículo particular o público, preparados para intervenir —maquillados—, y luego todos vueltos a sus casas. A los demás nos cierran los centros de trabajo y nos piden que no salgamos a la calle para nada. Ya son diez días y lo vamos consiguiendo. Me estoy acostumbrando a leer mientras camino por la casa para hacer algo de ejercicio. Sigo con Cuando editar era una fiesta (Barcelona, Tusquets Editores, 2020), la correspondencia privada de Jaime Salinas con Gudbergur Bergsson, «el compañero de una vida», como dice el muñidor de esta espléndida edición, el profesor —de la Universidad Ca’Foscari de Venecia— Enric Bou, que ha pespunteado el cuerpo principal de las cartas con materiales diversos como fragmentos de entrevistas, trozos de estudios, artículos, noticias de prensa, etc. Grata e insólita lectura peripatética de la que igual un día extraeré una estricta tabla de correspondencias entre el número de pasos y el número de páginas. Nunca me lo había preguntado: ¿qué distancia recorre un lector medio después de haber leído completo caminando el capítulo 1 de Rayuela? Entretanto lo averiguo, hoy he comprobado que cuatro mil pasos son dos kilómetros y ochocientos metros. Y sin salir de casa.

sábado, marzo 21, 2020

Diario de estos días (IX)

«El poeta es un creador» (Juan Ramón Jiménez)

Sábado, 21. Día Mundial de la Poesía. Hoy la red se está llenando de versos. Y hay un montón de iniciativas que promueven, como trae La Vanguardia.com, festivales «poéticos por Internet, rimas en las redes sociales y pancartas en los balcones», como una forma de combatir la cuarentena a ritmo de verso. Mi querida compañera G. me envía una foto del poema que ha copiado a mano en un folio y ha pegado en la ventana hacia la calle, siguiendo la propuesta de la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura. Lo ha hecho con un poema de Basilio Sánchez, el decimoquinto de la primera parte de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (2018), XXXI Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe: «Pertenecer a algo, / al cauce de un riachuelo, / al país de las hojas del otoño, / al arriate verde de la casa / que un hombre solitario levantó en una noche. […]». El caso de Basilio Sánchez es poéticamente ejemplar por la calidad incuestionable de su escritura. Son muchos años, son muchos libros, muchos reconocimientos por ellos y, afortunadamente, he tenido muchas ocasiones de estar cercano en persona y por escrito a su quehacer literario, que también es humanamente edificante. Salvo en las entrevistas o en alguna nota biográfica redactada por alguien, nunca en los datos a él referidos publicados en las cubiertas y solapas de sus libros se menciona su profesión de médico intensivista en Cáceres. Por supuesto, en su poesía no hay nada que deje asomar esa circunstancia de su vida, nada de lo que rodea a una dedicación tan cercana a la vivencia extrema, como estos días de ahora nos muestran. Y es que ayer leí un libro de poemas que representa el otro extremo de Basilio. Me llegó junto a La patria de los náufragos, de José Antonio Ramírez Lozano, «Premio Leonor» 2019 de la Diputación de Soria. Es Hallar la vía, de Noelia Palacio Incera, que mereció el «Premio Gerardo Diego» 2019 de la misma institución. Noelia Palacio (Santander, 1985) es, según se lee en la solapa de este su primer poemario, psicooncóloga y experta en cuidados paliativos. Casi todo el libro, desde su título, es una extensión literaria —con momentos de cierta intensidad poética— de su profesión: hay un paratexto titulado «Sedación», hay poemas como «Cáncer», «Fagocitosis», «Quimio», «Aislamiento», «Enfermedad refractaria», y hay otro paratexto al final que se titula «Sanar», que culmina una segunda parte menos referencial y más sugerente. Curioso. Y por eso anoche me acordé del autor de La mirada apacible y de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes; porque lo que leí es todo lo contrario a lo que llevo viendo poéticamente en un médico como Basilio Sánchez. Salud y poesía.

viernes, marzo 20, 2020

Diario de estos días (VIII)

«en cárcel presa ya y aún no nacida» (Alfonsina Storni)

Viernes, 20. Acabo de leer un titular escalofriante: «¿Y qué ocurre cuando el maltratador también se queda en casa?» (ABC.es. 20.3.2020). Aunque el texto de Érika Montañés aborda otras cuestiones, como que, según el Observatorio de Violencia Doméstica y de Género del Poder Judicial, hay menos quiebras de las órdenes de alejamiento, la miga del asunto está en el terrorífico encierro de una mujer en el mismo espacio que su agresor. Por eso algunas asociaciones están pidiendo que los centros de acogida permanezcan abiertos. Al principio, me sorprendía pensando en algunas situaciones cotidianas que se agravan por lo que ocurre, por ejemplo, que alguien que está confinado solo, como yo, salga a la compra y se deje las llaves y el teléfono dentro de casa; pero la lectura de la prensa me trae tantas excentricidades que mejor es pasar página. Y a otra cosa. Por ejemplo —y mucho mejor—, que hoy he dado una clase con mi grupo de 3º de Filología Hispánica, y que veintidós alumnas y un alumno se han conectado a la hora —las cinco y media de la tarde— en la que he podido programar la sesión. Gracias, muchas gracias. Hoy ha sido una excepción, porque yo quería hacer una prueba técnica que ha resultado muy bien y que hemos aprovechado para resolver dudas sobre las tareas pendientes. La próxima semana, en el horario de clase, volveremos a servirnos de estos medios maravillosos para resolver una crisis así. Quién iba a decirme que, después de treinta y cuatro años dando clases, iba a dar una desde mi casa, desde este estudio en el que paso la mayor parte de mi vida, y con una taza de café al lado. Me ha sabido a poco la hora y pico que hemos estado juntos; y no descarto que en alguna de las próximas clases que nos queden dedique unos minutos a preguntar individualmente cómo llevan este trance excepcional. La de hoy ha sido una experiencia muy grata. Por compartida.

jueves, marzo 19, 2020

Diario de estos días (VII)

«La calle es breve, angosta.» (Álvaro Valverde)

Jueves, 19. Desde el programa de Carles Francino «La ventana» llaman a los oyentes para que cuenten lo que ven si se asoman. Hay quien ve el campo y otros el mar desde sus casas. Hay quien puede subir a una azotea y contemplar buena parte de la ciudad desde lo alto. Ayer, M., una compañera, me enviaba imágenes muy apacibles de los jardines que se ven desde su casa, verde y reconfortante fronda amenizada por el trino de los pájaros. Una amiga me enviaba desde su pueblo la vista de una sierra de Gredos nevada a lo lejos. Yo solo veo mi calle estrechita y un pedazo de verde de los árboles de San Juan; suficiente para airearme esta cara de folio en blanco que se me está poniendo, como dice mi cuñada cuando me ve por skype, y para conversar un poco cuando salimos a aplaudir por las tardes o cuando coincidimos en los balcones porque sí. A., el vecino más ruidoso de toda la calle, no lo puede evitar y acompaña todos los días los aplausos con estentóreos gritos de ánimo, como si estuviese pasando una carrera por aquí abajo. Y hay quien desde la otra esquina lo jalea y vocea su nombre y se despide hasta mañana. Hoy es el llamado Día del Padre y he hablado con mis hijos, y a lo mejor a alguien le parece que es todo más difícil por ser fecha señalada. Qué tontería. Lo estamos llevando bien y es muy bonito sentirse tan acompañado en soledad. Lo más crucial está pasando afuera, y por eso no salimos. Así que la ventana principal por la que todo me llega, a falta de una casa que dé a un jardín, al mar o a Gredos, un sitio al que salir y poder ver lo distante, es esta pantalla de ordenador de 21,5 pulgadas, a la que estoy asomándome todos los días. Vamos, casi como antes.

miércoles, marzo 18, 2020

Diario de estos días (VI)

«Todo es cuestión de tiempo, dice» (John Berger)

Miércoles, 18. Estas jornadas de encierro creo que van a estar llenas de altibajos. No sé, la vida está llena de ellos; sin embargo, basta con que uno no pueda salir de casa para que al natural amparo le salgan grietas por las que se cuela la intemperie. Ayer me propuse dedicar el apunte de hoy a un mensaje muy positivo, de ánimo; y no renuncio, claro. Pero es que el lunes se le murió la madre a una amiga y no pudieron despedirla como es debido. Y ayer también supe que un chiquitín de un año, nieto de una persona querida, ha vuelto a ingresar en el hospital bastante malito. Y esta mañana recibí de un entrañable lector la noticia de la muerte el pasado domingo de su prima Pepi. Ella fue alma de uno de los órganos vitales de mi Facultad, su biblioteca —hoy centralizada—; y la tengo asociada a los mejores momentos como profesor en aquel antiguo edificio Valhondo que desocupamos en 1999. Por supuesto, ella fue una de las participantes más queridas del documental al que aludí en esa entrada sobre su primo y su imagen me ayuda a mantener vivo el recuerdo de su generosidad y de su bondad inalterables. Tristeza, pues. E inquietud, por las imágenes del hemiciclo del Congreso de los Diputados, semivacío, en la comparecencia del Presidente del Gobierno. Y no he podido evitar recordar aquella imagen antagónica de la tarde del 23-F de 1981, con ese sitio lleno y todos los diputados, la gran mayoría hombres, como todos los golpistas, con las manos sobre la delantera del asiento. Así que, por el momento, quedan días para sacar fuerza de donde sea y difundir ánimo. Hoy ha sido sorprendente y muy grato que en Radio Clásica hayan incluido, entre pieza y pieza —y yo que me quejaba de que últimamente hablaban mucho—, una entrevista con José Antonio Muela, profesor del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén, que nos ha ilustrado sobre la motivación intrínseca que es pensar dentro del círculo de aquello que puede ayudar al bien común, y no pensar en aquello —fuera del círculo— para lo que no servimos, como salir a la calle y buscar cómo exterminamos el virus. En fin, que este profesor nos ha ayudado hoy a llevar una cuarentena sana.

martes, marzo 17, 2020

Diario de estos días (V)

«La música, lo recuerdo ahora» (José Hierro)

Martes, 17. Ayer Extremadura no aparecía en los datos que daba El País por comunidades autónomas. No es que se olvidasen de nosotros; es que no llegábamos a los cien casos que hoy ya superamos (128). Hoy sí estamos en la tabla con nuestra tasa de un 12.0 de afectados por cada cien mil habitantes. Por la radio, principalmente, me llegan conmovedoras muestras de adaptación de la vida a una situación inédita. Un profesor de gimnasia que da clases a todo el que quiera seguirle desde su terraza, una pareja de novios que tiene que cancelar su boda y que simula casarse en la radio, una señora mayor que vive sola y que es ayudada por unos vecinos que juegan al bingo voceando los números por el patio de luces, mientras otros pelotean de ventana a ventana en una conexión entre imaginaria y real que nos mantiene a todos solidarios, responsables y expectantes. Tengo una sensación permanente estos días de comunidad —extraña sensación sin ver a nadie— y a la vez del lujo de un espacio propio y aislado que parece un paraíso raro —por obligado— porque escucho a un volumen generoso piezas como el aria del segundo acto de Las bodas de Fígaro o el concierto para trompeta y orquesta en mi bemol mayor de Haydn. Me gustaría compartirlo desde este estado de sitio. Hoy, la novedad ha sido hablar por videoconferencia con mi hermano J. y con mi hija, por separado; pero en estos días quedaremos para reunirnos todos de algún modo. Y es reconfortante saber que podemos seguir viéndonos. Me he quedado con la cifra de 200.000 millones de euros de la rueda de prensa del Presidente del Gobierno y con que ha utilizado en varios momentos el término frente para aplicarlo a lo sanitario, a lo social y a lo económico. Tres son las acepciones que trae el diccionario de esa palabra referidas a lo militar, y me confirma que estamos ante una gravedad similar al estado de guerra. Tenía que tocarnos y sabremos salir.

lunes, marzo 16, 2020

Diario de estos días (IV)

«—decía Juan de Mairena a sus alumnos—» (Antonio Machado)

Lunes, 16. Hoy es el primer día sin clases en la Universidad y, desde las ocho de la mañana, el primero de aplicación del Real Decreto del Estado de Alarma con el fin de afrontar la situación de emergencia sanitaria provocada por el coronavirus. Ayer domingo, y derivado de esto, se publicó la Resolución Rectoral por la que se cierran todos los edificios de la UEX hasta nueva orden. No hace tanto que era inimaginable que iba a descargarme en mi escritorio documentos de tanta trascendencia histórica. He hablado con mi decano, que me cuenta que han echado el cierre a la Facultad, que no aparezca por allí. Me pregunto que para qué, pues todo, que no es mucho, puedo gestionarlo desde casa. En estas horas he pensado en los estados de guerra, y cualquiera que haya vivido una se pasmaría por los medios de que uno dispone para afrontar esta crisis. Voy a estar encerrado durante bastantes días; pero puedo hablar con quien quiera, durante tiempo ilimitado, con solo marcar un número. También podría mantener contacto visual durante esa llamada, si quisiese. Estoy informado al segundo por radio, por televisión, por internet, por los mensajes que me llegan al móvil; y puedo comunicarme con mis grupos de clase y compartir con todos materiales gracias al Campus Virtual de la UEX. Afuera llueve y hace frío; pero aquí se está a muy buena temperatura, y puedo resolver también algún asunto administrativo que me preocupa. Trabajo en mis cosas, con todos los libros a mi alcance y, de no tener uno para poder culminar un compromiso, sin duda, creo que sería disculpable. Esta mañana tomé el pulso al día asomándome al balcón, y un hombre fue requerido por la policía local desde un coche. Respondió que iba a llevar una factura a un cliente y que se volvía a casa, que vivía cerca, en la calle Caleros; porque alguien desde dentro del vehículo le dijo que no le parecía de primera necesidad llevar esa factura a sitio alguno. En direcciones contrarias, los unos siguieron con el deber cumplido y el otro se fue cabizbajo, como pillado en falta, no molesto del todo. Me dio esa sensación. En el teclado predictivo de mi teléfono me aparece «muy» después del verbo cuando quiero escribir «Estoy bien». Es para animarse, la verdad.

domingo, marzo 15, 2020

Diario de estos días (III)

«El mundo solo por el cielo solo» (Federico García Lorca)

Domingo, 15. Hoy ni siquiera he bajado a por la prensa. Anoche salí muy tarde a tirar la basura y —con mucha prudencia y sensación culposa— di un corto paseo por el centro de una ciudad vacía en la que tan solo me crucé, a debida distancia, con una docena de personas. Me fijé en una pareja que caminaba delante de mí, a unos veinte metros, y me pareció una imagen de rara grandeza que me llenó de melancolía: ella y él iban cogidos de la mano. Había estado a las diez de la noche con dos vecinas de tertulia improvisada de balcón a balcón después de haber aplaudido en reconocimiento a los profesionales sanitarios. Es curioso: estamos haciendo de lo excéntrico moneda común y de lo instintivo un acto heroico. Me escribe mi compañera P., y me manda ánimos. Me dice que en su casa intentan llenar las horas con actividades agradables, que han sembrado tulipanes y que el hecho sencillo de verlos brotar será bien gustoso. Cuando esta mañana sacó a su perro, dos motos de la policía local patrullaban por el Paseo de Cánovas y uno de los agentes le dijo que podía salir para que la mascota haga sus necesidades, pero no para pasear. Sigo informándome por la radio y por internet; aunque hoy, por vez primera desde que me he confinado, he encendido el televisor para ver las noticias y adormilarme con una película mala de tarde de domingo. Esa es otra. Los días van a ir pasando, salvo por indicación de calendario, sin que se note si se trata de un lunes o un viernes, porque todo lo allanará un mismo hábito, esta insólita permanencia obligada en casa. 

Gracia sola

«A Garcilaso», que es lo que quiere decir el anagrama del título de esta entrada. No sé por qué volví a leer hace unos meses el soneto IX del poeta, y se me ocurrió que podría convertirse en un texto en prosa enviado en una carta o texto parecido. Lo importante es que no se olvide el soneto original; pero la tontería quedó así: «Hola, reina, si yo estoy sin ti y en esta vida duro y no me muero, me da la sensación de que ofendo a lo que te quiero y al bien del que gozaba hasta ayer reciente. Y hoy, tras todo esto, el desastre es ver que te pierdo de mi vida, y desespero, y así ando en lo que siento diferente. Y esa diferencia veo, sin saber qué hacer por esta ausencia, y con mis sentidos peleando noche y día y solo concertados en mi daño». A un amigo he dicho que si esto se convirtiese en una carta sería del ámbito privado; pero qué bien que el soneto de Garcilaso sea de dominio público. Aquí va:

                     Señora mía, si de vos yo ausente
                     en esta vida duro y no me muero,
                     paréceme que ofendo a lo que os quiero,
                     y al bien de que gozaba en ser presente;
                     tras éste luego siento otro accidente,
                     que es ver que si de vida desespero,
                     yo pierdo cuanto bien de vos espero;
                     y así ando en lo que siento diferente.
                     En esta diferencia mis sentidos
                     están, en vuestra ausencia y en porfía,
                     no sé ya que hacerme en tal tamaño.
                     Nunca entre sí los veo sino reñidos;
                     de tal arte pelean noche y día,
                     que sólo se conciertan en mi daño.

sábado, marzo 14, 2020

Diario de estos días (II)

«interrupción, oquedad, silencio» (Juan Goytisolo)

Sábado, 14. Parece que todo está cambiando radicalmente. Hoy ya no hay terrazas en la zona de San Juan y el silencio a veces resulta inquietante por su perseverancia, solo contradicha por las campanadas de las dos iglesias más próximas. En algún momento del día he apagado la radio o he parado la música, y es tan envolvente el silencio que se diría que esta clausura es otra; que no es la decisión responsable y disciplinada de un ciudadano, sino que realmente la gente se ha olvidado de mí, que nadie se acuerda de que existo, porque nadie me llama, nadie me escribe y nadie responde a mis mensajes. Además, soy el único vecino en todo este modesto edificio. Dentro de poco, para mis seres queridos, habré sido el recuerdo de lo que fui, una especie de ectoplasma que debió de deambular por esta casa… Es broma. La sensación duró un instante, los minutos que tardó en volver la red y el tiempo que tardé en llamar a J., que está en Madrid, y preguntarle por todo. Mi hija ha sido la segunda persona con la que he hablado hoy, después de B., a la que he comprado el periódico en el quiosco: «—Casi todo está cerrado», me ha dicho, con la misma tristeza que se le notaba en los dedos temerosos de contagio que me han dado el cambio. Al volver a casa, visto y no visto, me he lavado las manos, desconsolado. Me ha gustado mucho leer a Antonio Muñoz Molina («Testimonios del tiempo») hoy en Babelia de El País. Dice que la «observación es un deber de ciudadanía. Hay que fijarse muy bien en las cosas de las que somos testigos para poder contarlas tal como fueron a los que están lejos y a los que vengan después». Dice que el «que observa en presente ve con igual intensidad lo que después se sabrá que era trivial y lo que era significativo. Pero justo en lo trivial suele residir misteriosamente el sentido del tiempo. Lo trivial, lo accidental, lo mínimo, solo dejan rastro en el recuerdo de los testigos». Pues eso. Qué día tan interesante, de nuevo, solo, casi sin salir de casa.

viernes, marzo 13, 2020

Diario de estos días (I)


«ni siento sino a mí» (Nicasio Álvarez de Cienfuegos)

Viernes, 13. Hoy me he despedido de mi clase de tercer curso hasta dentro de dos semanas. De la más de la veintena que suele venir, hoy solo había ocho estudiantes en el aula 7. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido que nada de hueco entre las que siempre se sientan juntas en las mismas filas. A al lado de I, e I junto a E, pegadita a M, que, sentada junto al único chico, al lado de C, ha estado hablando con su compañero —no ha sido agradable, me ha molestado— mientras yo me afanaba en comentar la poesía de Cienfuegos, el poeta del XVIII, tan singular, tan legible. No sé, son jóvenes; pero estaban demasiado cerca entre ellos. Hoy ha traído el periódico crónicas de Italia en las que se dice que se intenta concienciar a la población de menor edad de que también corre riesgo. Luego, he podido comprobar en el supermercado del barrio que no se puede confiar en el comportamiento responsable del prójimo. Más clientes de lo habitual, recipientes repletos para el envío a domicilio, carros llenos, estantes llamativamente vacíos… Y supongo que en los próximos días todo irá a peor; y no solo por la propagación del Covid-19, sino por esa actitud egoísta que espero que el declarado estado de alarma pueda paliar. Cuando llegaba a casa con mi bolsita de la compra, una de las terrazas más concurridas de la plaza estaba más concurrida que nunca, con la gente al sol de este marzo atroz. Luego, anochecido, he dado un paseo prudente, casi subrepticio, que me ha permitido ver mi parque cerrado, como algún céntrico café; y, a la vuelta, a dos vecinas en apacible charla en la terraza de la esquina convencidas de que mañana quizá no habrá ocasión. Cierro aquí este primer día hasta mañana, sin contagio.

jueves, marzo 12, 2020

En Takla Makán

© El Periódico Extremadura (1995) y Sandra Moreno Quintanilla (2020)
Un testimonio de la entrada de ayer.

martes, marzo 10, 2020

Camino de Takla Makán


Por puro juego nostálgico —que no es un juego—, mañana se intentará componer imagen parecida —¡ay!— a aquella que se publicó hace veinticinco años. Álvaro Valverde abría desde la izquierda la fotografía, en el centro Gonzalo Hidalgo, yo —sí— a su lado, con corbata, y a mi izquierda el editor, que, hace veinticinco años, fue Ángel Campos Pámpano (1957-2008). Pasado el tiempo, mañana representará esa figura David Matías, que, junto a Lidia Gómez, sostiene la editorial La Moderna, que es la que ha publicado esta edición conjunta de los ensayos sobre Sánchez Ferlosio del admirable escritor Gonzalo Hidalgo Bayal. Camino de Jotán (La razón narrativa de Ferlosio) se publicó en 1994 en el sello Del Oeste Ediciones, y a su presentación acudimos aquella noche «lluviosa y ventosa» a la que alude la crónica de El Periódico Extremadura de febrero de 1995. En la primavera de 2007, la Editora Regional de Extremadura nos sirvió El desierto de Takla Makán (Lecturas de Ferlosio), la reunión de escritos de Gonzalo desde 1997 en torno a su admirado autor y esparcidos por diferentes sitios, con el afán, como dijo su aliado lector, de protegerlos «de los inciertos azares periódicos y digitales». Ahora, Lidia y David en La Moderna publican en un único volumen ambas obras, con notas añadidas y un más que sugerente documento fotográfico, en una muestra de reconocimiento al extraordinario escritor que es Gonzalo Hidalgo Bayal y a la monumentalidad de la razón narrativa de Ferlosio, a su obra toda; y, ya puestos —añado— al tiempo adquisitivo y consuntivo, todo en uno, que representan los que ya no están. Por el puro juego nostálgico que, claro, no es un juego.
Mañana: presentación de Camino de Jotán. El desierto de Takla Makán, de Gonzalo Hidalgo Bayal. (Galisteo, La Moderna, 2019). 19:30 horas. Biblioteca Pública «Rodríguez-Moñino/María Brey», Cáceres.

domingo, marzo 08, 2020

Invisibles

He ido a ver Invisibles, la película de Gracia Querejeta rodada en Cáceres, en el Parque del Príncipe, por el que paseo tanto, a veces casi diariamente; y no como las protagonistas, Amelia (Nathalie Poza), Elsa (Enma Suárez) y Julia (Adriana Ozores), que quedan todos los jueves. Durante su rodaje por estas fechas del año pasado pude notar de noche la presencia del equipo técnico y algún día tuve que variar mi itinerario por la grabación de alguna secuencia. Esta mañana he leído una entrevista en XL Semanal en la que Gracia Querejeta, que tiene mi edad, habla de la invisibilidad de la mujer a los cincuenta —«No te enteras, llega un momento en que serás invisible», dice que le dijo Mercedes Sampietro. Las relaciones personales y familiares, la situación laboral, la vida docente, en suma, recorren esta película que la propia directora califica como «muy personal» y que se basa brillantemente en la palabra y en casi un único espacio, y mantiene el interés del espectador durante los ochenta minutos de metraje con una interpretación excelente. Supongo que muchas mujeres se habrán sentido identificadas con las conversaciones de estas tres amigas paseantes, con su opinión sobre los hombres sin caer en el desprecio virtuoso, con sus puyas, su fingimiento, sus problemas, su sinceridad, sus dudas, su vivencia del sexo, su desamparo trágico. La vida. Pero la vida bien contada —tranches de vie— en imágenes luminosas, casi todas matinales para comenzar los días de semana en semana como una manera como otra cualquiera de marcar el paso del tiempo. Yo he visto a muchas mujeres esta mañana en la manifestación y concentración en la Plaza Mayor con motivo del Día Internacional de la Mujer; ninguna invisible. Pero Gracia Querejeta pone el dedo en la llaga de una sociedad que repercute en una profesora, en una ejecutiva que es despedida o en una madre frustrada atormentada por su hijastra. Ha sido un buen día con mujeres, mayoría también en la sala de cine.

viernes, marzo 06, 2020

Música y poesía

Preparaba mis clases sobre Octavio Paz y releí hace unos días el origen familiar del poeta mexicano y las menciones que hace de su madre, Josefina Lozano, nacida en México; pero hija de andaluces y la que —dice el escritor— le abrió las puertas de la palabra dicha, de la conversación y del canto, de la palabra cantada. Ha sido inevitable acordarme de que el pasado viernes 28 de febrero Basilio Sánchez, quien dice que el poema es un acto de reflexión moral, en su intervención en el Curso de Escritura Creativa que el Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la UEX tiene en marcha y que lleva el periodista y narrador Javier Morales Ortiz, aludió a su madre, también andaluza, de Huelva, recientemente fallecida, y dotada de una voz que su hijo poeta quiso fijar de algún modo en el recuerdo de su canto. Lo dejó dicho en sus libros autobiográficos, en las dos entregas de un mismo impulso a las que me referí aquí. «A mi padre, por las imágenes. A mi madre, por la música», van dedicadas aquellas dos obras emparentadas. En el caso de la madre, poesía y canción. Voz y letra. Y vuelvo a un texto del hijo poeta Basilio Sánchez: «Cantaba con una voz muy baja, casi susurrada, como si quisiera retenerla en aquel espacio reducido que compartíamos, pero aun así ofrecía todos los matices e inflexiones de los que era capaz, todo el virtuosismo que su garganta privilegiada le había permitido conseguir. Yo la oía, desde mi cercanía complaciente, con una percepción exacerbada que no he vuelto a tener nunca, como si me amparase la conciencia de estar asistiendo al milagro fecundo de una melodía creada por los sentidos para los sentidos que se abrirían en mí. Una armonía privada que, en aquel mismo momento, y sin que nada pudiera hacerlo sospechar, se estaba convirtiendo en una parte constitutiva de mi ser, en el hilo que hilvanaría en el futuro las diminutas cuentas de mi lenguaje, mi manera de relacionarme con las cosas». Y me ha parecido escuchar también la palabra seseante y serena de Paz, otro de los autores que han escrito los textos que me ocupan. Un privilegio.

martes, marzo 03, 2020

El cuento del espejo

Aquí iba una alusión al premio Planeta, a escribir sobre él y a la polémica a costa del grande Benito Pérez Galdós. Pero no me ha parecido procedente para no quitar importancia a que leí El cuento del espejo (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, Ayuntamiento de Villanueva de la Serena, Diputación Provincial de Badajoz, Junta de Extremadura —¡uf!—, 2019), de Rui Díaz (Badajoz, 1982), a quien conozco desde las aulas de la Facultad y echo de menos en la conversación literaria y personal; y eso que tampoco estamos tan lejos. Es un acierto que al título de este relato que recibió el XXXVIII Premio de Narración Corta Felipe Trigo se haya llevado la palabra «cuento», porque es lo ficticio, la ficción, la mentira, cabría decir, lo principal de esto. Por eso se dedica a «los poetas, los cuentistas, los narradores, los músicos, los actores, los cantantes… Gracias por mentir». Pero es que hay otros paratextos al principio y al final que ponen las cosas en su sitio, y que enmarcan todo con mucha intención. Los dos primeros, uno de Tagore («No es tarea fácil dirigir a los hombres; empujarlos, en cambio, es muy sencillo») y otro en cursiva y asumido sin firma que dice: «Cuando llegó el día de la fiesta, los tejedores trajeron al rey la tela cortada y cosida, haciéndole creer que lo vestían y le alisaban los pliegues. Al terminar, el rey pensó que ya estaba vestido, sin atreverse a decir que él no veía la tela». Los dos últimos, uno de Borges («Hoy, al cabo de tantos y perplejos / años de errar bajo la varia luna, / me pregunto qué azar de la fortuna / hizo que yo temiera a los espejos») y otro en cursiva y asumido sin firma que dice: «—Muy bien, estoy a punto —dijo el Emperador—. ¿Verdad que me sienta bien? —Y volvióse una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido». Solo el de Tagore parece referirse a la trama del relato; lo demás atañe a su significado, que, en cierta manera, está en una frase que el prepotente personaje de Aarón dice a su becario: «Porque la ficción es un espejo que muy pocos saben leer y demasiados confunden» (pág. 64). Leído El cuento del espejo, esos paratextos resultan como un postre o ese dulce picoteo final con el que te agasajan después de haber degustado un suculento menú. Excelente menú el relato de Rui Díaz. Pero el gesto no queda ahí, porque las citas en cursiva y sin referencia son recreación del exemplo XXXII de El Conde Lucanor, que es el origen del cuento de H. C. Andersen El traje nuevo del Emperador (1837). Que el autor no dé ninguna pista sobre la procedencia de esos textos da que pensar para adentrarse en un escenario en el que las fronteras entre la verdad y la mentira son tan difusas. Este relato tiene muchos valores, y casi todos están relacionados con esa intención de presentar la vida como fingimiento; por ejemplo, los giros autorreferenciales a la trama, como si los personajes fuesen plenamente conscientes de estar participando en una representación. Una representación marcada en la narración como las indicaciones de las salidas y entradas de actores, casi con acotaciones («Se abre el telón», pág. 47; «Y abandona la escena. El público aguanta la respiración en silencio […] Una tos al fondo. Las luces se hacen un poco más tenues, indicando el paso del tiempo, breve, pero asociado a un cambio, a duras penas perceptible», pág. 61). Una representación, en suma. Me parece un acierto. A mí el relato me ganó; pero confieso que en mi primera experiencia de lectura reparé en lo que creo que es un fallo del que quizá el propio autor no es consciente, porque incluso podría asumirlo con la naturalidad de quien escribe como dueño de su historia. Se trata de la presencia excesiva del narrador —que, sin embargo, parece distanciarse en beneficio de escenas de diálogo— en las numerosas comparaciones valorativas sobre todo tipo de circunstancias de la narración: «como nunca lo hace la felicidad» (pág. 11); «igual que lo haría un tren en un túnel» (pág. 12); «como la boca de una atracción de feria» (pág. 12); «como el hocico de un perro policía» (págs. 12-13); «como una señal entre caminos que se bifurcan» (pág. 13). Esto solo en tres páginas. Hay muchas más («acaba con la boca seca, como si su cuerpo hubiese catalogado la verdad como una patología», pág. 43; «apunta Ana, precavida, justo antes de recitar una ristra de datos igual que lo haría con un poema vanguardista», pág. 46; «como los amigos que llegan tarde a la fiesta en la que todo el mundo está borracho», pág. 53; «Su cabeza da vueltas como la de un ateo que se enfrentara al dios en el que no cree», pág. 59); «Se siente como un niño», pág. 67). Porque si el narrador juega a mirar el relato como el que se divierte con su retablo de marionetas («Minipunto para el equipo de los becarios, que parece volver al partido», pág. 19) no debería dejarse notar tanto con estas apreciaciones. No sé, ha sido solo una sensación en la lectura placentera de tan recomendable narración que mañana miércoles, día 4, se presenta en el salón de actos del Palacio de la Isla (Pl. de la Concepción) de Cáceres. «Orín pues» (pág. 42), inserta el juguetón que narra. «De milagro», digo yo, no me he presentado esta tarde allí convencido de que era hoy la presentación. Espero no perdérmela mañana. A las siete de la tarde, Palacio de la Isla, miércoles 4.

domingo, marzo 01, 2020

Primer día de marzo

Anoche volví a percatarme de la fragilidad de la contingencia humana al comparar, en una décima de segundo, un hecho ocurrido mientras volvía a casa por carretera, con la posibilidad posible de que hubiese sucedido de una manera más fatal. Hoy todo sería distinto de haber arrollado a un enorme jabalí que atravesó la EX-206, pasado Valdemorales y camino de Valdefuentes, justo cuando los faros de otro coche en sentido contrario solo me dejaron ver la silueta casi encima de un puerco grandote que logró evitar los dos vehículos y correr hacia lo oscuro. Confieso que recibí turbado este domingo, primer día de marzo, todavía despierto, trabajando en mi escritorio, con la necesidad colmada de hablar con alguien; y que he amanecido con el susurro de una rara conciencia que me ha echado al paseo lloviznando para decirle a la vida que aquí estamos hasta que se abaje el hervor. Nada del otro mundo. Como tantos domingos, Videodrome, en mi emisora favorita, que sigue recordando a Kirk Douglas, el hijo del trapero, en esta ocasión con El día de los tramposos (1970), la estupenda película de Joseph Mankiewicz, a la que ya se le dedicó un programa hace casi siete años: «Un cínico no siente ningún tipo de impedimento moral a la hora de decir lo que piensa como lo piensa, o decir lo contrario de lo que piensa. Puede adular u ofender, pero nunca sentir arrepentimiento, porque arrepentirse es atenerse a la norma social como pauta de comportamiento... Allá por los años treinta del pasado siglo Bertrand Russell ya denunciaba la total ocupación del cinismo en la política, la religión, el patriotismo...». Me alimentan los guiones de Gregorio Parra en el programa y seguirán siendo espectaculares estas sobremesas hasta que la décima de segundo vaya avanzando poquito a poco, a su medida. Como para agobiarme por la tembladera de no llegar a tiempo mañana. Nada del otro mundo.

lunes, febrero 24, 2020

Una carta de Vicente Aleixandre

El otro día me reencontré con esta carta mecanoscrita de Vicente Aleixandre, cuya copia guardo desde hace mucho tiempo y que está fechada hace exactamente treinta y ocho años. Yo tenía diecinueve, estaba en segundo de Filología, y vivía en una residencia universitaria con compañeros con los que compartía muchas inquietudes, desde el deporte hasta la poesía, desde hacer teatro hasta salir de cañas. Cañas —Jesús Cañas— fue nuestro mentor y guía como director de las actividades culturales de la «Resi» y luego profesor y amigo de algunos de un grupo en el que había estudiantes también de Derecho, de Historia, un sacerdote, un profesor del antiguo Instituto Politécnico de Formación Profesional que estaba en la calle Gómez Becerra, un hostelero que nos financió un premio literario además de darnos clases magistrales de humanidad, y un full professor de Michigan State University, que nos paseaba por Cáceres en un Lincoln americano —o marca parecida— muy llamativo aquí por aquellos años. Juntos editamos una revista que se llamaba Residencia, a la que luego añadimos los apellidos de Cuadernos de Cultura. Publicamos quince números, en diferentes épocas, hasta 1989, porque la seguimos manteniendo cuando ya formábamos parte de aquel departamento de Filología Española de la UEX. No recuerdo si fue cuando ideamos una sección titulada «Señas de identidad» en la que queríamos dar un poema manuscrito de autores de renombre, y fue en el curso 1981-1982 cuando escribimos a varios escritores, y respondió con ese texto Aleixandre, Premio Nobel de Literatura en 1977. A su muerte, en diciembre de 1984, y en homenaje, publicamos la carta con una entradilla en el número 11, de 1985 (pág. 12), de Residencia. Cuadernos de Cultura. Lo he querido recordar hoy, después de tanto tiempo, en fecha exacta.

domingo, febrero 23, 2020

Otro apunte sin la menor importancia

Me he acordado de «Un salivazo» para titular esta entrada. Ayer estuve en Córdoba. Al volver en mi coche cometí un error por el que tendré que pagar. Ley de vida. Por la noche vi en casa Parásitos, de Bong Joon-ho, triunfante en los premios Oscar. Me gustó mucho. Su argumento —de menor importancia— propone una mezcla de cine social, de comedia y de thriller que es lo de más valor como interpretación del género, casi como propuesta autorreferencial. Su argumento —ahora sí— es contundente en la manera de tratar el hecho social de la brecha o sima entre los pobres y los ricos, algo tan contemporáneo y tan eterno, y tan bien tratado a partir de la representación de más de dos capas, la de arriba y la de abajo, y la de todavía más abajo de un sótano imprevisto, intempestivo y crucial. Catacumbas. Luego están los grandes valores de la interpretación, de la fotografía, de la dirección. Hoy me he fijado en un artículo en El País Semanal de una psicóloga clínica que nos da «El secreto para elegir el mejor regalo». Estoy de acuerdo —es evidente— en que si realmente te importa alguien, lo apropiado es regalar lo que le haga feliz, y no lo que a ti te guste; pero el artículo está tan mal escrito —mal puntuado, anémico en competencia léxica, pobre en sintaxis, con su anacoluto y todo…— que me confirma que la regla para publicar en un periódico de gran tirada es no escribir burro con uve. Aun así, hay correctores. En esa revista, la entrega semanal de Javier Marías la he compartido en parte, como todo lo suyo; pues puede ser que concuerde con el fondo pero no con el tono y que lo que me dice una página de una de sus novelas me lo desbarate otra de la misma. Escribe el autor de Todas las almas sobre el abuso del micrófono en los actos públicos —«Engreimiento verbal», se titula el artículo—, y creo que tengo experiencia suficiente como para afirmar que no sirven de nada estas llamadas de atención, y que mañana el próximo presentador —podría ser yo, y cometería un error por el que tendría que pagar. Ley de vida— ocupará todo el tiempo que quiera quitar al verdadero protagonista. El otro día en clase hablé de una anécdota que no sé si he puesto alguna vez por escrito; pero sí sé que la he contado en muchas ocasiones, en público y en privado, con mi llorado amigo Ángel Campos Pámpano de protagonista. Cuando saludó en la Universidad de Salamanca a Juan Rulfo. Por lo que siempre recojo lo que el gran estudioso en España de Rulfo, José Carlos González Boixo, refirió del proceso de mitificación del autor de Pedro Páramo, de alguien que pasó a la historia de la literatura con doscientas cincuenta páginas publicadas en vida. Otro mito. Kirk Douglas. Murió el pasado cinco de este mes de febrero de 2020, a los ciento tres años, y el programa de Radio 3 Videodrome ha vuelto a dedicarle una hora memorable. Todo esto me pasa cuando no trabajo. Perdón, todo esto me pasa por trabajar.

lunes, febrero 17, 2020

Mar Rojo

Suele darse, felizmente, una conjunción entre el aficionado al teatro y el teatro aficionado. Y muchas veces, este es la consecuencia de la necesidad que el aficionado al teatro tiene de formarse, de seguir cursos o talleres de artes escénicas en cualesquiera de sus modalidades. De tal manera que la verdadera afición al teatro trasciende el hecho de ir con frecuencia a comprar una entrada y se convierte en una vocación fuerte, distinta a la profesional pero no menos intensa. Si admiro que una actriz se suba a un escenario para estar durante hora y media representando una historia que ha escrito otra persona, que diga palabras que no son suyas como si le saliesen de dentro —me acordaré de dos grandes ahora, Lola Herrera y Concha Velasco, sin ir más lejos, aquí en Cáceres, hace ya un tiempo—, imaginen qué puedo pensar de una profesora, de una enfermera o de un guardiacivil que dedican parte de su tiempo libre después de sus ocupaciones a formarse como actores y a levantar espectáculos como el que el sábado 25 del pasado mes de enero pudimos disfrutar en la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso (Calle Parras, 23. Cáceres). Admirable. Mar Rojo es una propuesta escénica que ha salido del magín de Maribel Rodríguez Ponce, que es la encarnación de la extensión universitaria: profesora en la UEX del área de Lingüística General, con trabajos sobre análisis del discurso, morfología léxica o español como lengua extranjera, que durante años ha estado vinculada al mundo del espectáculo musical, con varias formaciones vocales, como fue Son del Rosel, y ahora con sus contribuciones en el Coro de la Orquesta de Extremadura —es contralto—, escribe también e interpreta piezas teatrales —en Mar Rojo escribe el texto, hace la dramaturgia, dirige e interpreta el papel estructural de la Colega terapeuta—, un trabajo que ha mostrado principalmente como fruto de su formación en la Escuela de Teatro Maltravieso que dirigen Amelia David e Isidro Timón. De ahí se han expandido también las vocaciones de los dos principales actores de Mar Rojo, Mercedes Fuentes y Fernando Royo, y la de Fátima Castillo, creadora de la coreografía. Muy buena señal fue aquella noche que todos saliésemos algo sorprendidos por la corta duración del montaje y con ganas de más. Mar Rojo es una propuesta de diagnosis de la existencia con la excusa de una sesión terapéutica de alguien que escribe y que imagina. En principio, el efecto especular es el de un psicólogo que, sentado frente a una pantalla de ordenador, escucha a la paciente, que interpreta su papel. El final del texto es claro: «crear vida para alguien que escucha en la penumbra» para expresar la verdad de toda ficción; y más específicamente, de toda ficción teatral, con su oscuro, con sus luces. La utilización de la música, del audiovisual de los pecios del Mar Rojo (el buque británico «Thistlegorm» hundido durante la Segunda Guerra Mundial)…, y la coreografía que enmarca la obra, muy plástica y expresiva en casi el final, demuestran la hondura que puede haber en un montaje aparentemente menor solo por su formato; pero no por la calidad y por la entrega de unos actores verdaderamente admirables. Como en toda escuela, la constatación de que quienes se están formando progresan adecuadamente es la mejor de las críticas que estos empeños pueden recibir. A estos niveles de medios sencillos manejados desde una afición no profesional, es encantador que se cuiden tantos matices del hecho teatral, desde el texto o la elección de la música, hasta el apoyo visual y la expresión corporal. En una sinopsis que creo proviene de un pase anterior en el Ateneo de Cáceres se dice que Mar Rojo es «la historia de una superviviente, de su lucha tragicómica por salvar lo que va quedando de su personalidad aun teniéndolo todo en contra. Es una obra que nos habla del autoengaño y del engaño ajeno, de cómo la belleza necesita al mal; de cómo el arte, si no cura, por lo menos puede aliviar esa gran carga que nos agobia. Es una reivindicación de la hermosura de las ruinas y del derecho a la diferencia y a la imperfección». A mí, como se ha visto, me dijo algo más.

jueves, febrero 13, 2020

Escritura Creativa

Conservo alguna carta de Javier Morales Ortiz, de agosto de 2018, con la proposición de hacer algo sobre Escritura Creativa en la Universidad de Extremadura. Hemos tardado en montarlo; pero, finalmente, pudimos darle salida en la estructura de las Aulas Culturales del Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la UEX. Así que mañana, en el aula 6 del antiguo Instituto de Lenguas Modernas o, antes, antigua Escuela de Magisterio (Avenida de la Montaña, 14, Cáceres), a las cinco de la tarde, pondremos en marcha esta actividad que ya cuenta con más del número de matrículas exigido. Adelante. Me gustaría presentar mañana a Javier Morales Ortiz, periodista, profesor de talleres de escritura en Madrid, escritor, autor de libros que yo he tenido el gusto de reseñar aquí, como alguien muy capaz para iniciar, perfeccionar, proponer en la actitud de ponerse a escribir. Trabajar cansa (Baile del Sol, 2016), es una novela que parece un libro de relatos. Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014), fueron relatos. Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro), una novela. Lisboa (Editora Regional, 2011), relatos. Son algunas de sus obras. Quizá la más reciente, que no sé, sea El día que dejé de comer animales (Sílex, 2017), en cuya presentación en Cáceres estuve, pero no escribí nada. Ahora escribo para recibirlo aquí con tan buen propósito. 

viernes, febrero 07, 2020

Enciclopedia B-S

Este es otro de los últimos libros que traje a casa en 2019. Es la nueva edición de uno que ya estaba aquí desde 2011. Fue en septiembre de ese año cuando me llamó Víctor Infantes para preguntarme si yo podría procurarle la compra de un ejemplar de aquella primera edición en «Pequeños tratados» de Periférica que apareció en enero de 2011 y cuya cubierta muestro abajo. Conservo un mensaje de Julián Rodríguez, de 2007, anunciando esa colección que nacía bajo el signo de Walter Benjamin, que escribió en Trauerspiel: «Los tratados pueden ser didácticos en el tono; pero su talante más íntimo les niega el valor conclusivo de una enseñanza que, al igual que la doctrina, podría imponerse en virtud de la propia autoridad. Los tratados no recurren tampoco a los medios coercitivos de la prueba matemática. En su forma canónica se encontrará la cita autorizada como el único elemento que responde a una intención que es casi más educativa que didáctica. La exposición es la quintaesencia de su método». No pongo en pie por qué Víctor tuvo que recurrir a mí, pues supongo que en muchas librerías de Madrid estaría disponible la obra de Burucúa, un autor que, con La imagen y la risa, inauguró aquella colección. Tampoco conservo ninguna carta a Julián Rodríguez ni recuerdo una llamada para que atendiese la solicitud y el interés de mi colega. Lo cierto es que el cuatro de octubre de aquel año Víctor me enviaba unas líneas por correo electrónico diciéndome que ya le había llegado el libro. Por aquel tiempo, el escritor argentino José Emilio Burucúa ya llevaba al menos tres años concentrado en la primera parte —la de su propia familia— que iba a salir después de la segunda parte —que es aquella de 2011, y atinente a la familia de su esposa. Imbuido en la pulsión biográfica de la enciclopedia de Burucúa, y de escribir sobre los que ya no están, se me ha presentado esta tarde la carta que envié a Víctor Infantes diciéndole «Querido Víctor: Te escribo por no demorar más noticias mías a propósito de tus atenciones. Iba a dártelas a través de mi blog, pero no soy capaz de encontrar el hueco. (Mi madre, de ochenta y siete punto com, se rompió la cadera y la operaron ayer. Todo bien. Ahora, a recuperarse; pero supongo que aún me toca viajar a Zafra algún día para hacer alguna noche más en el hospital). Gracias por lo de las geometrías de Pino y el adn de Gutiérrez-Colomer, que son espléndidos asedios a la poesía de ambos. Daré cuenta de mi lectura. Y también de la de tu texto sobre «El Culebro» en Hibris (gracias por la cita de la edición de El Criticón de Moñino) y de la reseña de Marcelo Grota sobre eso de Libros ibéricos. Echa uno en falta de vez en cuando que le avisen, como haces tú. Y más. Un favor. Una consulta. Tengo en casa un manuscrito caligrafiado con esmero de unos Proverbios reales falto de portada y preliminares. Están dedicados al «Príncipe Nuestro Señor» y escritos en décimas. Sus capítulos son «Amor de Dios del prójimo», «Humildad y soberbia», «Santificación de las fiestas», «Amor y honra y reverencia de los padres»... etc. Cito solo los cuatro primeros, de veinticuatro (el último «Paz y guerra»). Supongo que, por sus trazas, el manuscrito es copia fiel de un impreso. Debe de estar dirigido al Príncipe Carlos de Austria. Se alude al emperador vivo, por lo que, si se trata de Carlos, debe de ser anterior a 1558. Pero no sé. En unas notas que me han pasado las propietarias del manuscrito se alude al Obispo de Osma, Honorato Juan, y he visto que en Pliegos de bibliofilia hay un artículo sobre su biblioteca, pero no tengo ese número de la revista. Es de 2003. ¿Puedes mirar si hay algo que me pudiese orientar? En cuanto tenga tiempo te daré más datos». A mi madre la operaron el jueves 10 de marzo de 2011 y creo que el primer día de abril mostré en Cáceres a Víctor Infantes y Nieves Baranda el manuscrito de los Proverbios reales, del que me dio pistas. Y Burucúa escribió que la «Historia parece estar compuesta por individuos que son el objeto primitivo de nuestras sensaciones y de nuestras percepciones directas sobre las fuentes de nuestras deducciones indirectas sobre el pasado» (pág. 326, de la edición de septiembre de 2019, dedicada, in memoriam et ingenti gratitudine, a Julián Rodríguez).

miércoles, febrero 05, 2020

Luciano Feria en Letras

Mañana jueves, a las 11:00 horas en el aula 11 de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, el profesor y escritor Luciano Feria (Zafra, 1957), tendrá un encuentro con los estudiantes de Filología Hispánica para hablar de su vocación por la filología cuando comenzó a cursar estudios en el antiguo edificio de la Facultad cacereña a mediados de los años setenta, de sus maestros Juan Manuel Rozas o Ricardo Senabre, de su pasión por la literatura y de sus experiencias docentes como profesor de Lengua y Literatura en institutos de Educación Secundaria durante casi cuatro décadas. El autor de los libros de poemas El instante en la orilla (1989), Fábula del terco (1996) y De la otra ribera (2004), presentará por la tarde su primera —y excepcional— novela El lugar de la cita (Santiago de Chile-Valparaíso-Barcelona, RIL editores, 2019), en el Espacio Belleartes (C/ Donoso Cortés, 6, de Cáceres) a las 20:30. Mañana jueves 6 de febrero de 2020.

sábado, febrero 01, 2020

Jesús Alviz



No sé si voy a ser capaz de escribir una crónica que haga justicia al cariñoso recuerdo que ayer por la noche se vivió en el Ateneo de Cáceres dedicado a la personalidad de un escritor como Jesús Alviz (Acebo, 1946-Cáceres, 1998). Creo que lo promovió Santi Lindo, que fue su alumno, y que hoy sabe quién llegó a ser un personaje único como el autor de He amado a Wagner (1978), aquella primera memoria biliosa —la otra fue Trébedes (1982)— que hoy tampoco se arriesgaría a publicar una editorial. Porque fue una autoedición, como su primera novela, Luego, ahora háblame de China (1977). Tras una presentación del acto de Lindo, en el primer bloque, Manuel Simón Viola contextualizó la obra de Jesús, e hizo bien en relacionarlo con Felipe Trigo, y con la postura literaria de otros narradores más contemporáneos pero ya desaparecidos, como Agustín Villar o José Antonio García Blázquez. Debió entrar más en las novelas de Alviz, en El frinosomo vino a Babel (1979), Calle Urano (1981), Concierto de ocarina (1986)… Quizá no lo hizo por no parecer cargante ante un auditorio que mayoritariamente trató en persona a un escritor que él no conoció. Siempre prudente, discreto y tímido, Simón Viola cumplió con su homenaje literario. El segundo tramo del acto fue una lectura de unos fragmentos de Española dicen que es (1992), su última novela publicada en vida, pues dos años después de su muerte, Ángel Campos Pámpano logró editarle en Del Oeste Ediciones El fuego lento del hinojo (2000), otro de esos textos totales de los que solo las veleidades de un profesor de literatura que encargue un trabajo a sus alumnos o que proponga una tesis doctoral a un investigador podría sacar parcialmente del olvido. Contra ese olvido leyeron e interpretaron muy bien anoche las actrices Olga Estecha y Amelia David una parte bien divertida de la novela de Suso Alviz, como familiarmente se le nombraba en los carteles que difundieron el homenaje. Y según lo anunciado, de postre, en el último bloque, Santi Lindo abrió el micrófono a los presentes; aunque al concluir la conferencia de Manuel Simón Viola, Blanca Martínez, que lleva el nombre y la memoria del entrañable Carlos Guardiola por todas partes, se encargó de mostrarnos qué es una prolepsis e hizo, antes del tiempo pensado para eso, una evocación de Jesús Alviz que abrió, antes, claro, del tiempo, una serie de jugosas intervenciones espontáneas de profesores como Desiderio Guerra o Antonio Sánchez Buenadicha, de amigas como Teresa Rejas —yo no sabía que el broche-mariposa de la cubierta de Calle Urano era suyo—, de buenos lectores como Jesús González Javier —que insistió oportuno en lo literario, en el valor de la palabra artística del escritor—, y de los íntimos, como José Luis Alviz, que no pudo contener sus lágrimas y que a pesar de todo trasmitió a todos la raíz auténtica de la tierra, Acebo, que cruzaba el ser vital de su hermano, y ciertas vicisitudes de su educación sentimental en un Cáceres muy gris. Fue Miguel, quien fue su pareja, el que cerró el acto con otro ahogo de emoción que sobrellevó bien mostrando unas pocas fotografías en las que volvimos a recordar la fisonomía etrusca de un escritor tan singular, un personaje al que sus seres más queridos hicieron ayer este merecido homenaje. Confieso que copié en unos folios las palabras que publicó ayer en su muro de Facebook Jeremías Clemente, que se excusaba por no poder asistir, y me las llevé en el bolsillo por si había ocasión de leerlas; pero fue Santi Lindo el que aludió a su fraternal recuerdo, aunque no fue leído en público. En cualquier caso, quien no pudo estar, de alguna manera, también estuvo. Me acordé —no lo dije; lo he dejado para ahora— de cuando en 1985 le dedicamos un espacio en el número 12 de la revista Residencia. Cuadernos de Cultura. Con Jesús inauguramos una sección que titulamos «Señas de identidad», para proponer una mirada más atenta a determinados escritores de aquí. Fue mi compañero Miguel Ángel Teijeiro el encargado de redactar un artículo y editar la sección, y fue él quien recibió una carta mecanoscrita de Jesús Alviz, fechada el 5 de febrero de 1985 —se disculpaba Suso por la tardanza, porque a su padre lo habían ingresado en la «Residencia Sanitaria»— en la que respondía a un cuestionario sobre su vida y su obra y nos enviaba un fragmento inédito de Concierto de Ocarina (sic) que en aquellos momentos, decía, estaba leyendo el equipo de la editorial Alfaguara. (Apareció en Ediciones Libertarias en 1986 con una ayuda a la creación literaria de 1983). A Jesús le gustó que desde la Universidad reconociésemos su obra y luego estuvo en la antigua Facultad de Filosofía y Letras en el edificio «Valhondo» y conversamos esa noche en «La Torre de Babel» después de su lectura, poco tiempo antes de que se presentase en «La Machacona» su novela Española dicen que es. Cuánto le habría gustado saber que en 2011 un alumno mío, František Dratva, checo, del que llevaba unos cinco años sin tener noticias y del que hoy he sabido, a costa de este recuerdo, que vive y da clases en Madrid, defendió un Trabajo de Fin de Máster sobre «El mundo literario de Jesús Alviz», que fue su título. Ayer me acordé mucho de él. Y de Alviz, claro. Faltó ayer, como falta en mi crónica de hoy, por una justificada inflación de lo sentimental, hablar algo más sobre lo literario, sobre los valores de una escritura muy valiente en su tiempo y contexto. Quería decir esto; y ayer, que lo era, no fue el momento.