jueves, agosto 01, 2019

Agosto


He recibido agosto con una canción de Lila Downs, «Ser paloma», que canta con la también mexicana Carla Morrison en su disco Salón, lágrimas y deseo (2017), que me traje de un concierto de Lila que vimos en directo C. y yo en Madrid en noviembre de ese año, un disco dedicado: «Para la mujer, la que lucha por el día y por la noche, la que baila en la ciudad, la que se levanta aunque pese la oscuridad a su alrededor…». Y recibo agosto con estos versos de Ida Vitale, de un libro de 1953, Palabra dada. «Agosto, Santa Rosa», se titula, y dice así:

Una lluvia de un día puede no acabar nunca,
puede en gotas,
en hojas de amarilla tristeza
irnos cambiando el cielo todo, el aire,
en torva inundación la luz,
triste, en silencio y negra,
como un mirlo mojado.
Deshecha piel, deshecho cuerpo de agua
destrozándose en torre y pararrayos,
me sobreviene, se me viene sobre
mi altura tantas veces,
mojándome, mugiendo, compartiendo
mi ropa y mis zapatos,
también mi sola lágrima tan salida de madre.
Miro la tarde de hora en hora,
miro de buscarle la cara
con tierna proposición de acento,
miro de perderle pavor,
pero me da la espalda puesta ya a anochecer.
Miro todo tan malo, tan acérrimo y hosco.
¡Qué fácil desalmarse,
ser con muy buenos modos de piedra,
quedar sola, gritando como un árbol,
por cada rama temporal,
muriéndome de agosto!

Ida Vitale dice en otro momento de su obra poética que el sobresalto fuera y dentro del poema es como aire contenido, y se recrea en el mero acto de leer y releer una frase, una palabra, un rostro, dice, y hay un momento en el que yo entiendo que ella hace una recomendación: «Caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo».

miércoles, julio 31, 2019

La adivinanza del agua (I)


Javier Alcaíns y yo estamos convencidos de que este libro va a ser la repanocha. Yo más que él; aunque se ha animado a enviar una carta electrónica promocional entre familiares, amigos y conocidos en la que anuncia que la pitonisa Marijuli, de El Carneril de Cáceres, ha predicho que la primera edición se agotará en cuestión de días, por lo que invita a acercarse a los dos puntos de venta principales —las librerías cacereñas El Buscón y Boxoyo Libros— antes de que la falta de ejemplares provoque a los desidiosos un colapso emocional. Yo, por si acaso, me he hecho con un par de ejemplares para regalar; y admito encargos. Aparte las bromas —de verdad— este libro puede convertirse en una de las más codiciadas delicadezas editoriales del año. Por su aspecto externo, encuadernado en cartoné con cuidadosos hendidos en la tapa para mostrar una variación de una de las luminosas ilustraciones a color que el libro lleva en su interior, acomodándose al texto —y el texto a ellas— en una edición primorosa. Me alegro de que la firmen los hermanos Álvarez, de Tecnigraf (Badajoz). Van a sentirse muy orgullosos por ello. El colofón dice: «Javier Alcaíns escribió este libro, realizó las ilustraciones y diseñó las páginas con líneas de plata. Comenzó en abril de 2018 y le dio fin el primer domingo de junio de 2019, fecha en la que seguía sin saber la solución de la adivinanza del agua». Tengo que escribir sobre el enigma del título. Y será también un libro codiciado por su texto, unas tres mil y pico de palabras, unos doce folios de andar por casa y menos de treinta páginas en esta edición que lo acomoda espléndidamente a planas casi todas distintas e iluminadas con extraordinarias ilustraciones. Qué voy a contar yo a estas alturas sobre Javier Alcaíns. Eso sí, sobre el texto sí; que es una maravilla: «Ahora que la medianoche se deshace y la lluvia marca un ritmo de corazón tranquilo, busca la memoria el agua del origen» (pág. 9). Queda pendiente.

Apuntaciones de un domingo


Que me aspen si la fotografía que el domingo publicó El País de Matías Cortés (q.e.p.d.) no es junto a Ángel Juanes Peces, que fue presidente del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura y de la Audiencia Nacional, y no, como dice el pie de foto de la edición en papel (pág. 31), con Juan Peces. Recuerdo que hace muchos años me contó un escritor muy estimado hoy cómo tuvo que administrar el éxito inmediato de una novela excepcional. Me dijo que le ofrecieron el premio más dotado de España, que el periódico más vendido de España le propuso colaborar cuantas veces quisiese y que incluso un ya fallecido famoso presentador de una televisión de España con una tertulia de éxito le ofrecía más de setenta y cinco mil pesetas de las de entonces por ir una vez a la semana a «tomar café y charlar con unos cuantos conocidos», como él me dijo para explicarme que acudió la primera vez por cortesía y que no volvió jamás a aquel programa. Parece que lo importante es el nombre, la fama. El domingo escuché a un actor estimable responder a las preguntas sobre su futura gestión en un importante cargo para el que lo más probable es que no esté tan bien dotado como para la interpretación sobre un escenario. Nombres, nombres, nombres. Un escritor de moda que firme una versión de Medea es una garantía de éxito; pero si la firma un extremeño de Azuaga llamado Antonio Jiménez Casero, autor de una novela como Medea murió en Corinto (2016), el asunto no tendría el gancho requerido. Mi hija me habla de su trabajo y el periódico del domingo me dijo que las horas extras no pagadas suben un 10,5%, que los «asalariados en España realizaron cada semana un total de 2,9 millones de horas extraordinarias que no son remuneradas por sus empresas en el segundo trimestre del año en que se implantó el registro obligatorio de jornada». Página 48, y ya no me extraña que noticias así no estén en portada. Ah, bueno, y lo impredecible de la vida, que queda prendido cuando ya ha pasado, y el asombro de estar vivos y la celebración de algo que uno no sabe cómo explicar. Pasé este domingo leyendo e intentando comprender su sábado más inmediato. Qué suerte.

viernes, julio 26, 2019

El murmullo del mundo


«Luis Javier Moreno con su habitual socarronería: «Ya sabes que si copias a un autor dirán que has plagiado; pero si copias a quinientos dirán que eres un investigador» (pág. 314). No recuerdo exactamente desde cuándo conozco al escritor y profesor Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). No sé si nuestro primer encuentro fue en Plasencia, cuando el Congreso de Escritores Extremeños de 1996, hace veintitrés años. Da igual, en verdad; y no sé por qué soy tan estúpido y escribo esto. Si hoy nos encontrásemos por primera vez, mañana estaría agradecido de su amistad. Este libro, El murmullo del mundo (Gijón, 2019), es muestra reciente de su gentileza, pues gracias a él me lo hicieron llegar desde Ediciones Trea a principios del mes pasado. Tiene más de cuatrocientas páginas y confieso que, con todo lo que uno tiene y los escasos sesenta días que han pasado desde que lo recibí, no lo he leído entero. Bueno, sí. Porque es el resultado de tres libros ya publicados —Para qué sirven los charcos, Los pormenores y La vida mitigada— y de uno inédito, Muda de siglo. Un paseo por el malestar, que dice Tomás en la nota previa que son apuntes «arrancados de unos cuadernos que regalé a mi hijo Diego allá por 2001, cuando cumplió dieciocho años, para entrar de algún modo junto a él en ese territorio de la sensatez obligada que los adultos llaman mayoría de edad» (pág. 7). Para qué sirven los charcos lo leí cuando Ángel Campos Pámpano y Manuel Vicente González se lo publicaron en Del Oeste Ediciones, así que ahora lo único en lo que me he fijado es que aquella tercera división de «Interior acuario» se ha retitulado en 2019 «Literario diario». Y de La vida mitigada ya hablé con pasión aquí. Por eso, en mes y medio he podido dar cuenta de aquellos pormenores que no llegué a leer y de lo inédito, claro. Ciento treinta páginas, más o menos. En ellas hay de todo un poco del «ajetreo habitual» de T.S.S. Por ejemplo: «En el Polo, donde habitan los osos polares, se llegan a alcanzar los treinta grados plantígrados. Eso me escribe un alumno en un ejercicio. Y lejos de espantarme, la respuesta me asombra. Ramón habría pedido permiso a este galopín para incorporar a su muestrario otra greguería» (pág. 233). «Encuentro por azar un libro, Muerte en Zamora, escrito por el hijo de Ramón J. Sender y que trata de dar claves sobre la ejecución de Amparo Barayón, su madre, por falangistas de la ciudad. Lo más estremecedor es el relato de la cárcel de mujeres y, entre menciones de lo horrible, nombres propios y apellidos que se convocan al estrado: Viloria, un tal Mariscal —que debió de ser feroz y sanguinario—, un gobernador de la estirpe de Pilatos, el obispo Ochotorena… No, en una guerra civil no hay ciudades inocuas. La mía tampoco lo fue, como nos hicieron creer durante tanto tiempo en la paz de nuestros comedores» (pág. 279). En la página vecina en la que Tomás habla de un vecino viudo y con soriasis, leo: «Estuvo dos horas y media —lo que duró el encuentro entre ambos con dos cervezas de por medio— hablando de sí mismo: firmas de libros, ventas, cenas, conferencias en pueblos… Cuando lo dejé hace un par de años era un joven bisoño que aspiraba a ser escritor. «Ahora escribo ya como me viene en gana», dice cándidamente ufano. Al despedirnos, justo antes de huir yo, me pregunta: «Bueno, ¿y tú qué haces ahora?». Me quedaban diez segundos de estar junto a él. ¿Y qué quería que hiciera?» (págs. 230-231). Es una gozada asomarse en estas páginas al cotidiano vivir y a la manera de pensar de coche de línea y de un sosiego distinto de Tomás Sánchez Santiago, que escribe como los ángeles que escriben bien. Certifico. E insisto en que estos libros deberían tener un índice de materias, porque son tantas: librerías, ancianos, política, literatura —aquí caben escritores, novelas, poesía, Gamoneda, Claudio Rodríguez, Luis Javier Moreno…, ay—, mujeres, calor, muerte, otoño, anuncios, rosquillas caseras, Diego, bares, madre, radio, Ana, cine, barrio, mercado…Un índice arduo de componer pero con la seguridad que da el orden alfabético.

jueves, julio 25, 2019

Teoría de la novela


Algunas cositas leí hace años y con desigual aprovechamiento sobre teoría narrativa, desde La retórica de la ficción de Booth, la perspectiva semiológica de Bobes Naves en La novela, lo de Bourneuf y Oullet, o muchos textos sobre análisis literario, de Carlos Reis, de Darío Villanueva, de tantos otros…; pero esto, más reciente, me pareció formidable cuando nos lo regaló su autor, sin notas a pie de página, sin apoyo bibliográfico: «Nunca, nunca, aunque no pase nada, la gente deja de contar, y si hay infierno, también allí seguirán contando por los siglos de los siglos, dándole cuerda una y otra vez al juguete de las palabras, intentando entender algo del mundo, tanteando en el absurdo de la vida en busca quizá de algún resorte que abra su ciega cerrazón, como la cueva de Alí Babá al conjuro de una palabra mágica, y nos descubra el gran tesoro de la razón, de la luz, del sentido exacto de las cosas…» (Luis Landero, Lluvia fina. Barcelona, Tusquets Editores, 2019, pág. 225).

Paseo


Ya a estas horas, el calor es más soportable y el callejeo me lleva por esquinas y chaflanes a comprobar cómo se levanta el aire hecho viento —todavía caliente y perezoso, como en la novela inmortal. A las —Clarín— diez de la noche llega uno a estas piedras desde las avenidas modernas, desde el «parque» que llaman, o cualquier plaza llena de gente, menos bulliciosos por ser julio; pero con una vida que parece ignorar a conciencia la ciudad monumental que tanto llena la boca a los que presumen de casco histórico. De paseo.

domingo, julio 21, 2019

Memorias


He leído hoy que las memorias personales y políticas del escritor italiano Andrea Camilleri, fallecido hace unos días, creador del comisario Montalbano, serán publicadas bajo el título de Carta a Matilda, como un texto dirigido a su bisnieta. Se me ocurre que si yo escribo alguna vez cosa parecida podría titularla Palabras para Julia y para Pedro. A la buscada eufonía del título, tan reconocible en su primera parte como un precedente literario, se suma la novedad o variante del añadido personal de un receptor más que se incorporó a la vida de su madre y a la mía en mayo de 1995, para quedarse en ellas, como se queda lo importante. Ya veremos. Por el momento, me ocupo en demostrar que soy fiable, que no soy malo, que no me río de nadie, ni juego con nadie y que respeto a las personas a las que quiero. Sería un buen modo de empezar escrito memorativo de tanto empaque y de tan escasa tirada —dos ejemplares—; aunque solo fuese como descargo de conciencia. No sé.

viernes, julio 19, 2019

Retales sueltos


Ayer tuve la oportunidad de recuperar de las pilas de libros acumulados en mi escritorio dos títulos de Victoria Pineda, a quien hoy he acompañado en su concurso para la obtención de una plaza de catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Esos libros eran hoy dos evidencias más de los muchos méritos presentados por mi colega: su brillante ensayo Écfrasis, exemplum, enárgeia. Luis Cernuda y la poesía de la evidencia (Madrid, Calambur Editorial, Col. Selecta Philologica, 8, 2018) y su traducción de la colección de nueve cuentos reunidos bajo el título de En la frontera del color (Tegueste, Tenerife, Baile del Sol, 2014), del escritor y activista afroamericano Charles W. Chesnutt (1858-1932), a la que Victoria puso una nota preliminar en la que destacaba al autor como «uno de los primeros escritores negros que gozó del favor del público y de la crítica en un ambiente literario y social predominantemente blanco, cuando las esperanzas suscitadas a raíz de la emancipación de los negros después de la Guerra de Secesión empezaban a difuminarse» (pág. 9). Feliz jornada de celebración académica. Recoloco esos libros sobre los que no llegué a escribir aquí y remuevo notas y apuntes de meses atrás, como vestigios de un tiempo lleno de intensidad y asombro en lo más cotidiano. Por ejemplo, una noche se rieron de mí por llevar este libro en la mano: Curvas de nivel. Artículos 1997-2017 (Sevilla, La isla de Siltolá, 2018), de Jordi Doce. Bueno, nadie sabía de qué libro se trataba; pero era un libro en un lugar extraño, en una situación poco propicia para leer; y me sigue llamando mucho la atención que la gente se preocupe o se fije en si llevas corbata un día sin motivo, en si vas de la mano de un amigo o si has comprado el ABC cuando tú eres de toda la vida de La Vanguardia. De algo habrá que hablar, dirá el otro. Septiembre. Tardé bien poco en reservar dos habitaciones en un hotel de Vigo, otra en uno de Madrid para un sábado de ese mes, un billete de ida y vuelta en el AVE de Madrid a Barcelona y un NH en la calle Valencia 105 de Barcelona para estar con mi hijo. La anotación ponía «Qué tontería publicar esto». La crítica de urgencia. Es tal la rapidez con la que la crítica se hace eco, por razones editoriales, de las novedades, que no da tiempo a veces a leer las obras de las que todas las semanas te hablan suplementos y otras publicaciones. Ocurre que los suplementos o la crítica de urgencia cumple un papel importante en las conversaciones de muchos lectores que hablan sobre lo mal que ha puesto alguien la novela que acaba de aparecer o lo bien que la ha puesto otro, pero ninguno ha leído la novela de la que se habla, porque, evidentemente, estamos a otras cosas y no hay tiempo. Dedicado a Jaime Naranjo, padre. Algo así como Moñino y las bibliotecas particulares. «Para llenar un gran hueco en la bibliografía nacional haría falta que alguien se ocupase en recoger noticias sobre bibliotecas particulares y públicas de antaño» (A. Rodríguez-Moñino, Historia de una infamia bibliográfica. La de San Antonio de 1823. Realidad y leyenda de lo sucedido con los libros y papeles de don Bartolomé José Gallardo. Estudio bibliográfico, Madrid, Editorial Castalia, 1965, pág. 14). Y no tanto de antaño, sino las actuales; la cantidad de bibliotecas que hoy están sin catalogar —o no hechas públicas por sus dueños. He hablado tanto de esto con mi apreciado Manuel Márquez de la Plata… Anagrama. Una persona a la que quiero mucho me ha dicho que está en un parque, que no le pasa nada, que no siente malestar alguno, ni picor en los ojos, ni reprensión de estornudar. Se me ha ocurrido que un anagrama, que es el cambio en el orden de las letras de una palabra que da lugar a otra, me vendría bien para decirle su bien. Vamos, que «Cuando desapareció la alergia, llegó la alegría». Apuntamientos de varias cosas. Ayer anocheció triste el día y esta mañana la secuela tuvo como lema unos versos de César Vallejo y el título de un poema, «Despedirse», de Margarit. Unamuno presente en un poema de Luis Rosales, que cerró así:  «que no te falte yo como me faltas». Habitación 214. Una cita: «En la forma consiste el arte» (Amor y pedagogía). Un pasillo de hotel ocupado por los carros de la limpieza diaria. Nueve y media de la mañana. Un verso («Sólo soledad sonando») y unas palabras escuchadas en la radio de una reportera con un recuerdo de infancia, porque alguien le dijo de niña que «Cuando no sepas si lo que vas a hacer está bien o mal, piensa en si podrías contarlo». Así, retales. En este mes de julio que empieza a ser caluroso; qué bien, qué tarde.

lunes, julio 15, 2019

Lectura secundaria obligatoria


Leo trabajos de fin de máster de alumnos que han realizado las prácticas en centros de Educación Secundaria y que tienen que cumplir con este requisito, excesivamente formalizado y poco creativo, para que les den el título. No puedo decir que los lea con el regocijo que me llevaría a reflejarlo en estas líneas, porque el género no se presta; pero sí que hay algo importante en casi todos ellos, tengan la calificación que tengan. Es ese carácter de crónica real y candente de la actividad que día a día se realiza en todos esos centros, mayoritariamente públicos, en la tarea de todos esos profesores que yo me imagino detrás de las páginas tan dadas a lo premioso que ahora leo. No es solo el período lectivo, que una madre que acude a una tutoría, una persona que visite el centro o un profesor invitado, como ha sido mi caso muchas veces, puede comprobar en pasillos, salas y aulas; sino todas esas actividades que se llaman «extraescolares» —y a las que no pillo el prefijo— que se organizan en todos esos espacios estratégicos —la educación es tan estratégica como la defensa nacional— que son los colegios y los institutos. Y leo que han organizado un viaje de estudios en el que voluntariamente se implican unos profesores, o un concurso de lectura en público, o una semana cultural con exposiciones y otras actividades, como un taller de protección solar, unos juegos de mesa para inculcar algo o una jornada de convivencia. Y leo la cantidad de horas que hay detrás de todo, y la cantidad de problemas que se llevan a casa los docentes, con sus necesidades. Extraigo ahora de esta lectura todo lo que he visto, que he conocido y que conozco, y concluyo con mi convencimiento de que lo que yo diga sobre los trabajos que leo no sirve para nada si nadie se cree que estoy convencido de lo que decía don José Manuel Blecua hace unos años, que no voy a volver a repetir. Porque ya está bien. O no. No sé. Qué lástima.


domingo, julio 14, 2019

Un afán de escritura

Leído en La escapada, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Barcelona, Tusquets Editores, 2019): «(porque también yo creo que cuando termino las cosas es cuando estoy verdaderamente en condiciones de poder empezarlas)» (pág. 85).

martes, julio 09, 2019

1616


Hoy, al despertar de la siesta, ha sido inevitable reparar en la fecha señalada.
 «[…] no es maravilla que nuestros pensamientos se muden: que éste se tome, aquél se deje, uno se prosiga y otro se olvide; y el que más cerca anduviere de su sosiego, ése será el mejor, cuando no se mezcle con error de entendimiento» (Capítulo primero del Libro III de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia setentrional).

lunes, julio 08, 2019

Lectura de César Vallejo


Considerando en frío, ya no en caliente, no sé si «imparcialmente, que el hombre es triste, tose y, sin embargo, se complace en su pecho colorado; que lo único que hace es componerse de días», y comprendiendo, con más esfuerzo que el resto de la gente, «que el hombre se queda, a veces, pensando, como queriendo llorar, y, sujeto a tenderse como objeto, se hace buen carpintero» —qué buen oficio el de carpintero—, «suda, mata y luego canta, almuerza, se abotona…». Considerando y examinando, en fin, la doble atrocidad de acostarse mal y despertar peor, y seguir vivo, sin embargo, y «comprendiendo que él sabe que le quiero, que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente… Considerando sus documentos generales y mirando con lentes aquel certificado que prueba que nació muy pequeñito… le hago una seña, viene, y le doy un abrazo» sin convicción alguna, flojo, indeciso, descreído de respuesta, sin la sustancia de la vida, como ido, extraño, sin afecto, sin suma, indiferente. Considerando que escribo por leer a César Vallejo para seguir sin saber nada y a pesar de todo ocupar las clases que me tocan cuando comience el curso como pasa siempre, siempre que esta rueda no se pare. Así, ya considerando en frío, en un nublado de julio, parcialmente.

jueves, julio 04, 2019

Teresa de Jesús, 1588


Examino a C. de la asignatura de «Fuentes para el estudio de la literatura española», muy práctica. Prácticamente, hora y media con ella para asegurarme de que se marche de vacaciones con una clase particular en la que conozca buena parte de lo que vimos durante el curso y con un aprobado raspado. Lástima. Busca la etimología de una palabra, consulta un repertorio bibliográfico, otro, una historia de la literatura, otra, le propongo buscar en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional la colección completa de Abeja española, el semanario publicado en el Cádiz de 1812 y 1813 con Bartolomé José Gallardo por ahí, de cuyo Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos le hablo sin que me haga mucho caso, casi sin darse cuenta de mi entusiasmo. Le pido que me responda a una de las preguntas del examen, a saber, que compruebe si de la edición de Salamanca impresa por Guillermo Foquel en 1588 de Los libros de la Madre Teresa de Jesús hay más ejemplares que los que el catálogo de la Biblioteca Nacional de España nos da. No estoy seguro —ay— de que no sea la primera vez que consulta el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español. Lo consulta y encontramos ejemplares en Galicia, en Salamanca, en Ávila, en Gerona… Animo a C. a ojear el libro y lo encuentra en Google Books y comprueba que la descripción física del impreso con la signatura de sus pliegos (Sign.: ¶⁴, A-Z⁸, 2A-2M⁸; ¶⁴, A-Q⁶; A-T⁸) concuerda con el original. Noto en ella cierto asombro. Se va C. con su aprobado y yo, después de tomar un café con una colega de lingüística francesa por culpa de Bartolomé José Gallardo —otra vez, felizmente—, he recogido el correo del día. Un sobre, acartonado como es costumbre, con un nuevo número —el 87, de enero-abril de 2019— de los Avisos de la Real Biblioteca de Madrid. Me ha costado creerlo. En él —sorpresa— un artículo firmado por Luis Crespí de Valldaura sobre Los libros de la Madre Teresa de Jesús y la edición de Salamanca de 1588, de la que ha cotejado cuatro ejemplares que están en la Biblioteca de las Descalzas Reales de Madrid. No sé. Creo que voy a salir ahora a comprar un décimo de la lotería.

martes, julio 02, 2019

Fomento de la escritura

Lema de la primera campaña: 
«Quiero que me escribas»

sábado, junio 29, 2019

Julián Rodríguez


© Danny Caminal, El Periódico.
Hace muy pocos días, en esta casa de la calle Gallegos que tanto frecuentó de adolescente, estuvimos hablando Susana Gil, Antonio Sáez y yo de él. Les conté que le había saludado en la caseta de la Feria del Libro de Madrid que Periférica compartía con Nørdica y junto a Impedimenta, y les trasmití las buenas impresiones que tenía por el tratamiento de la dolencia que le llevó a desacelerar el ritmo en la galería Casa Sin Fin y en la editorial. Evocamos algunas de sus inquietudes y ellos también me pusieron al día de otras circunstancias. Ayer, sentado en una cervecería de la Plaza de Santa Ana de Madrid, recibí la llamada de Antonio para decirme que Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968) había muerto de un infarto en su casa de Segovia. El día 22 de agosto habría cumplido cincuenta y un años. Hoy sábado regresa a Cáceres para que su familia, sus amigos y sus muchos conocidos le despidamos en el Tanatorio San Pedro de Alcántara, en un camino de vuelta como el que ayer me trajo hasta esta calle y hasta esta casa en la que con dificultad asimilo otro de esos improvistos estragos de la muerte; y me acuerdo, claro, de su hermano Javier, de Anatxu, de Telmo y Pablo, sus sobrinos, de su madre, de su padre, a quien antier mismo vi caminar despacio con sus bastones por la plaza de San Juan de Cáceres, y de quien he hablado hoy con B. al recoger la prensa en el kiosco al que también todos los días acude por su ejemplar de El País el «Casi Anciano» de Cultivos, el sugerente libro de Julián  de 2008 en Mondadori. Llamé de inmediato a Álvaro Valverde, que escribió ayer una sentida nota, y luego a Susi Fernández Blasco, y comenté con amigos como Javier Alcaíns o Juanma Barrado el mazazo. De la inteligencia, del buen gusto y de las inquietudes de Julián nos hemos nutrido muchos, y son innumerables las experiencias culturales y sociales en las que estuvo implicado y nos implicó a otros en la ciudad de Cáceres, que sigue figurando como sede de Editorial Periférica (Apartado de Correos 293), hasta sus últimos títulos, como El ángel del olvido, de Maja Haderlap, que me llevé de la caseta de la Feria del Libro de Madrid la última vez que le vi, cuando me regaló La vida en tiempo de paz, de Francesco Pecoraro, sin darnos cuenta de que yo ya tenía esa novela desde junio del año pasado, cuando la publicó el sello de Julián. Libros, arte, estética y los valores intelectuales de alguien especial han rodeado su vida, y hacen tan incomprensible como negro —su color favorito en el vestir— este final. Me acuerdo de otros amigos que se han marchado antes, tan brillantes y determinantes en las últimas décadas de la cultura extremeña, como Ángel Campos Pámpano, Fernando T. Pérez González o Luis Costillo, y la idea de la muerte temprana sobrevuela cada vez con más descaro en los recuerdos y en las lecturas. La que hice ayer, por ejemplo, de las últimas páginas de Cultivos, dedicadas a Fernando bajo el título «Dos días de agosto». Ahora, un destino trágico titula este final «Dos días de junio», ayer, y hoy que termino estas líneas reescribiendo aquello que el de Ceclavín dejó dicho: «Julián se ha ido».

jueves, junio 20, 2019

La madre de Basilio


Pasado el mediodía de hoy, mientras un sacerdote oficiaba una misa de difuntos en la capilla abarrotada de un tanatorio de Cáceres, con una liturgia inevitable, cuya vacua retórica previsible nunca es consuelo, yo realizaba un ejercicio de memoria intentando recordar un texto de Basilio Sánchez, uno de los dolientes que esta mañana ha despedido a su madre de ochenta y tres años. Poco antes de la misa, él y yo hablábamos —mientras me mostraba una fotografía de hacía unos días de sus padres, él de noventa y cuatro años, de paseo y aperitivo— sobre la circunstancia cada vez más frecuente de incluir en ceremonias así un discurso o la lectura de un texto laudatorio de despedida de la persona fallecida. No sé si me lo ha comentado para saber mi opinión y así decidirse a última hora —aunque él nunca improvisa— a dedicar unas palabras a su querida madre; pero lo cierto es que yo he estado dando vueltas al texto que podría haber servido para tan sentido adiós en público. Al llegar a casa lo he encontrado en dos de los libros de Basilio. En El cuenco de la mano (Villanueva de la Serena, Littera Libros, 2007, págs. 65-67) y también en La creación del sentido (Valencia, Pre-Textos, 2015, págs. 77-79), en donde volvió a publicarse. Se titula «Dieciocho de junio», que es el cumpleaños de Basilio Sánchez (1958), que no ha podido celebrarlo hace dos días porque fue, precisamente, cuando su madre sufrió la hemorragia cerebral que la ha llevado a la muerte. Basilio testimoniaba en esa prosa el talento de su madre para el canto. «Siempre necesitaba que le insistiesen un poco». Así comienza ese texto, que extracto hasta su término en homenaje a una señora a quien tuve el gusto de saludar aunque escasas veces, y como un abrazo a su hijo que quizá no se ha atrevido esta mañana a repetir, con tanta gente delante, la expresión de su cariño: «Se hacía entonces el silencio a su alrededor y, entornando los ojos para que el sentimiento discurriese con fluidez, se iba hundiendo en la música que brotaba de sus labios como cuando alguien, desde la orilla, va adentrándose poco a poco en el mar y nos parece que se sale del mundo. […] Aquella vez, en cambio, nadie tuvo que pedírselo. Nadie tuvo que insistirle para que cantase y para que lo hiciese, además, como no lo había hecho jamás hasta ese instante. Estábamos los dos solos en una habitación de la que apenas recuerdo algunos detalles: la delicadeza de una luz que se encendía y apagaba sin motivo aparente, unos pasos amortiguados al otro lado de la puerta, el aire apacible de la ventana agitando con suavidad unos visillos a la altura de nuestras cabezas. Cantaba con una voz muy baja, casi susurrada, como si quisiera retenerla en aquel espacio reducido que compartíamos, pero aun así ofrecía todos los matices e inflexiones de los que era capaz, todo el virtuosismo que su garganta privilegiada le había permitido conseguir. Yo la oía, desde mi cercanía complaciente, con una percepción exacerbada que no he vuelto a tener nunca, como si me amparase la conciencia de estar asistiendo al milagro fecundo de una melodía creada por los sentidos para los sentidos que se abrirían en mí. Una armonía privada que, en aquel mismo momento, y sin que nada pudiera hacerlo sospechar, se estaba convirtiendo en una parte constitutiva de mi ser, en el hilo que hilvanaría en el futuro las diminutas cuentas de mi lenguaje, mi manera de relacionarme con las cosas. Dejó de cantar solo cuando estuvo convencida de que me había quedado dormido profundamente. Era el atardecer de un día caluroso de junio de 1958. Todavía estábamos los dos en la Clínica de San José y, con apenas unas horas de vida, yo era su primer hijo». Yo también me he acordado hoy de mi madre, de la que también hemos hablado un poquito esta mañana mi amigo y yo.


viernes, junio 14, 2019

Derroches


© Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear
Yo creo que cuando hablamos de derrochar casi siempre lo hacemos en clave dineraria. Sin embargo, hay derroches de otros bienes que creemos sobrantes y que no lo son. De ningún modo. La amistad, el cariño, la buena literatura o el agua que sale del grifo con un leve giro de la mano —en su caso— son capitales de los que nos olvidamos cada día y que despreciamos cada vez que nos envanecemos orgullosos y prepotentes, sin pararnos a pensar en nada; tan solo por tenerlos. Derrochamos la necesaria humildad cuando sometemos a los otros por un error cometido, y derrochamos cuando dejamos que los minutos pasen sin hablar con quien tenemos enfrente o, por una fruslería que se esquina, sin abrazar a quien tenemos a nuestro lado. Qué derroche el desprecio de una lectura apestosa sin reparar en lo bien que huele la intención de quien ha querido escribir el poema o el relato que sean. Derrochar es la prepotencia de la mayoría absoluta, la del poder absoluto, la de que yo tengo el mando o estoy sobrado, pues nada me falta. Así que el grifo sigue abierto y se nos van perdiendo la racionalidad, la mesura, los principios democráticos, la delicadeza, el sentido común, los buenos modales y la buena prosa. Esa manera de cuidar cómo nos expresamos, que es otro modo de respetar a quien nos escucha o nos lee. Cada uno que haga lo que pueda. Pero que lo haga. Que se le note. Hoy me decía alguien a quien quiero más —veinticuatro años— que le gustaría conocer mejor nuestra historia y nuestra literatura —toda, intuí, la mundial—; y me pareció bonito pensar en que tiene todo el tiempo por delante. Sobre todo, porque es posible que algún día necesitemos buena parte de lo que hemos estado derrochando del saldo que nos queda de amor, de generosidad, de libertad, de buena literatura… En fin, otra tontería.

martes, junio 11, 2019

La página en blanco


He ido a buscar a la Biblioteca Central este poema de Eliseo Diego y me lo he encontrado en la edición mexicana de Veintiséis poemas recientes (Ediciones del Equilibrista S.A. de C.V., 1986), en un ejemplar donado por un escritor extremeño que pasó por la Universidad de Extremadura y dejó una colección de libros que siempre me hace distinguir entre la investigación y la docencia, que son los principales motivos por los que adquirimos libros para nuestra biblioteca universitaria, y las razones de un lector. El diseño de ese libro fue de Gonzalo García Barcha, el diseñador e ilustrador, hijo de Gabriel García Márquez, que firmó una nota previa junto al editor Diego García Elío, en la que evocaban unas palabras de Eliseo Diego, en un ensayo breve titulado «Cómo tener y no tener una alondra»: «[...] para mí, la poesía es en un primer estadio una iluminación de cierto aspecto de la realidad que nos conmueve o sobrecoge: en este primer estadio, todos somos poetas. Luego, algunos resultan capaces de trasladar el aspecto iluminado de una materia a otra: en nuestro caso, de la realidad a la materia idiomática. El tránsito ha de ser hecho con tal delicadeza, que no se pierda ni una sola de las infinitas sugerencias vivas adentro de lo real, así como ni uno solo de sus múltiples significados posibles. Únicamente de esta forma se podrá llegar al tercer y último estadio en que el poema alcanza su consumación definitiva: la fase de la comunicación de lo iluminado, en que el lector, el otro sin el cual nada habría, recrea la experiencia originaria a través de aquellas mismas sugerencias y significaciones, aún tibias de vida, que el poeta-artesano guardó cuidadoso para él en el cofrecillo también vivo de la palabra».

viernes, junio 07, 2019

Así se hace un libro


A mis alumnas de «Fuentes para el estudio de la literatura española», una asignatura optativa que he dado en los últimos seis cursos académicos, les ponía delante un libro para que hiciesen su ficha bibliográfica sintética, la más sencilla —autor, título, lugar, editorial y año. Por ejemplo: Enric Jardí, Así se hace un libro. Barcelona, Alfa & Alfil Editores, 2019—, y todas se ponían a escribir sin abrir el libro, casi sin tocarlo. Miraban la cubierta y copiaban lo que veían; y en una ocasión les dije que estaba seguro de que si fuesen a comprar una funda para el teléfono móvil darían la vuelta al envoltorio para ver si era compatible con su marca y su modelo. E incluso que, si pudiesen, lo abrirían. Para aquella primera práctica era imprescindible abrir el libro, porque un libro, para que te diga algo, tiene que estar abierto. «Como en un libro abierto / leo de tus pupilas en el fondo», escribió Bécquer; y «como un libro abierto» es una expresión de la franqueza. Qué más. Parece innecesario repetirlo; pero Enric Jardí, que es de quien se trata aquí, lo hace: «La cubierta o la tapa es una parte autónoma de la tripa. Recordemos que es algo distinto de la portada, una pieza que físicamente sí forma parte de esta, como su diseño refleja. […] Tradicionalmente, los libros salidos de las imprentas se vendían sin cubierta. Si el comprador lo deseaba, los hacía encuadernar a su gusto para protegerlos y para facilitar su identificación en los estantes. Cuando se empezaron a marcar las cubiertas, se hizo primero en el lomo y solo posteriormente en la parte frontal. Cuando un diseñador hoy nos dice que hace libros, lo primero en lo que pensamos es inevitablemente en su parte exterior, pero esto es solo el envoltorio, el componente que llama nuestra atención en las mesas de las librerías o los escaparates» (pág. 167). De haber tenido mi ejemplar del libro de Enric Jardí, que compré en enero, cuando ya se terminaron las clases de la asignatura, les habría insistido: «—¿Veis? No soy el único que os machaca con esto». Aunque tiene un título tan atractivo como Así se hace un libro, a alguien podrá resultar demasiado técnico, demasiado centrado en el uso de algunos programas de maquetación, como el estupendo InDesign; pero es una obra que recorre toda la anatomía del libro de una manera amena y amable, y que junto a una recomendación de cómo se marca el interletraje —Tracking/Kerning— en la aplicación, encontramos sugerencias sobre el uso de la negrita o de tipografías como la Bembo o la Garamond; alusiones a la mala costumbre de sangrar el primer párrafo de un texto, que provoca un mordisco visual en la caja de texto; a las ligaduras de pares de caracteres como «fl» o la expresiva manera de definir la línea viuda como la que no tiene futuro —la que ha quedado descolgada de su párrafo— y la línea huérfana que no tiene pasado, porque ha quedado aislada de la columna o párrafo anterior. «Las viudas y las huérfanas son una cuestión estética pero también práctica: los párrafos han sido creados como unidades de significado. Si quedan partidos de una forma tan abrupta y desequilibrada, no cumplen bien su función» (pág. 136). Fue curioso que cuando estaba terminando de leer este libro una alumna de ilustre apellido —Moñino— me preguntase por estos asuntos de la edición y composición de textos —me faltó tiempo para prestárselo y ya me lo devolvió—, y que yo ya tuviese subrayada una de las expresiones más repetidas de este apetitoso manual: «Llevamos más de 500 años haciéndolos prácticamente igual» (pág. 13); «Por ello, los libros impresos hoy se parecen bastante a los hechos hace 500 años» (pág. 41); «El libro es un artefacto que ha cambiado poco en los últimos 500 años» (pág. 167). En fin, fascinante esta demostración de amor al texto, que, aparte algún reparo por errata casi invisible o por otras debilidades de uso —la puntuación o el infinitivo independiente—, el único reparo que puede ponérsele a un título tan atrayente —Así se hace un libro— es que sea tan imperativo.

lunes, junio 03, 2019

Visita a un poeta


A Antonio Raigada Ramos (q.e.p.d.)
Lo he pasado bien esta tarde en los exámenes, sí. A pesar de que eran las cinco, no hacía calor —la sala estaba bien refrigerada—y de que me habría gustado estar en una iglesia despidiendo a alguien conocido que, lamentablemente para mí, no fue más cercano, y que se ha marchado. He dedicado tres horas a conversar —que defiendo como modo de evaluar— sobre Los ríos profundos de José María Arguedas y sobre Estrella distante de Roberto Bolaño. He conversado con Lucía, Beatriz, Rubén, Carmen, Guido, Reyes, Pilar y Javier. El resultado ha sido satisfactorio. Cumplidos los protocolos, cuando tenga que ser, las calificaciones pasarán al acta, y aquí paz y después gloria. Ganas me dan de hacer una gracia con Octavio Paz y Gloria Fuertes. Me quedo en Paz. Porque sí, he recordado que en la prueba —conversación— anterior con este curso de Tercero de Filología Hispánica tratamos Piedra de sol, del poeta mexicano, Nobel de Literatura —y de Paz—, y que yo tenía un apunte escrito sobre «Visita a un poeta», un texto sobre Robert Frost de Las peras del olmo (1957), que evocó Álvaro Valverde y que, de haber habido tiempo, me habría gustado recomendar a mis alumnos. Un texto —una conversación en Vermont, en junio de 1945— que tuve presente hace meses cuando acudí a la casa de un amigo que había escrito un libro de poemas inconmensurable. Es lo que tiene esta red de vasos comunicantes de la escritura de cuadernos, de estos apuntes para un blog, de borradores de vida…, que trasvasan emociones y experiencias hasta llegar a un texto nuevo que pueda expresar el placer de llegar a la casa de alguien, un poeta, que quiere que leas lo que ha escrito. Y estar allí, y que suene el teléfono con la primera propuesta de presentar el libro que acaba de ser premiado. Fue con Basilio Sánchez. Un encuentro hermoso. Casi no parecía real.

miércoles, mayo 29, 2019

Ana María Martín Gaite


© Fotografía Ayuntamiento de El Boalo, Cerceda y Mataelpino.
Leo en El País de hoy, en papel, el recuerdo escrito por el profesor José Teruel de Ana María Martín Gaite, que falleció el pasado lunes 27 de mayo. La noticia de su muerte a los noventa y cuatro años —era dos más joven que mi madre y la ha sobrevivido dos y medio— me trae el grato recuerdo de cuando la conocí. No la vi en mi vida. Yo estaba en Madrid en casa de Pura Silgo y Pedro Álvarez de Miranda y les hablé de que en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura íbamos a publicar un libro sobre Carmen Martín Gaite, y que estaba buscando una fotografía para ilustrar la cubierta. Me hablaron de alguien conocido, de Pepe Teruel, que podría ayudarme, y ponerme en contacto con Ana María, la hermana de la escritora, que ellos también conocían bien. Pepe me facilitó el teléfono y la dirección de Ana María y a partir de ahí todo fue cordialidad y colaboración, y mucho respeto por el legado de Carmen Martín Gaite. La estupenda fotografía que reprodujimos en la cubierta del libro, inédita, de la década de los ochenta, y que fue hecha por Pablo Sorozábal, hijo del músico, la recogió en casa de Ana María alguien de la empresa Dosgraphic de Madrid, que, una vez tratada mecánicamente para su reproducción, la devolvió el mismo día a su propietaria, a quien las necrologías ahora llaman la «guardiana del legado de Carmen Martín Gaite». Guardiana cordial y afable. El libro, además, es un gran libro, de María Coronada Carrillo Romero, La visión de lo real en la obra de Carmen Martín Gaite (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2010). Días después de aquello —lo tengo anotado, el 26 de febrero de 2010— hablé con Ana María para agradecerle su gentileza y pedirle los datos sobre la fotografía, y, simpática y encantadora, se puso muy contenta cuando le dije que conocía a Pedro y a Pura, y me dijo que cuándo íbamos a vernos en Cáceres para tomar algún día unos vinos. Genial proposición de una señora de ochenta y cinco años en aquel entonces. Descanse en paz. Creo que se enterraba hoy en el municipio donde vivía. Buena gente.


martes, mayo 28, 2019

Ofendiditos


Julia comió ayer en casa. Tiene una epicondilitis en ambos brazos y estamos preocupados por cómo puede afectarle a su trabajo de dibujanta. Para mí eso es tan importante como para un culé que a Messi se le rompa el menisco. Nadie lo quiera. Cuando Julia come en casa siempre nos recomendamos cosas. Yo prefiero retrasar un día reciclar los periódicos y revistas que se acumulan para que ella eche un vistazo a lo que no ha visto en pantalla; y a ella no le importa dejar por aquí algo de lo que trae en la mochila para que yo lo lea o recordarme que puedo ver —porque lo pago— una meritoria serie de televisión. Me dejó —literalmente, sobre el sofá— este ensayo que su amigo David le había regalado de Lucía Lijtmaer, que debe de ser uno de los ultimísimos títulos de la colección «Nuevos Cuadernos Anagrama»: Ofendiditos. Sobre la criminalización de la protesta. Me ha parecido muy interesante su reflexión sobre el nuevo puritanismo y sobre lo políticamente incorrecto, todo mezclado, aunque creo que, si se trata de divulgar —no un catecismo, sino una opinión inteligente— se dan por conocidos hechos muy conocidos, como el caso de Egon Schiele, la exposición de Balthus o la relectura de Lolita, que no se explican en estas páginas —aunque sí, con bastante detalle de fecha (9 de enero de 2018), lugar de publicación (Le Monde), autoría (Catherine Deneuve o Catherine Millet, entre otras muchas), la carta abierta, de la que se reproduce un fragmento, que respondía al revuelo del #MeToo —otro sobreentendido. No sé si yo estaré hoy muy espeso y no he comprendido del todo; pero me da la sensación de que no se expresan bien las ideas principales de este ensayo, que parece escrito como respuesta a una conversación de una red social en la que participa todo el mundo que está al cabo de la red —como de la calle. Es contundente el último capítulo «España no es diferente», que comienza con una frase lamentable: «La idea de corrección política llega a nuestro país como un calco estadounidense» (pág. 67), y que continúa con datos que ponen de manifiesto que las protestas de los ofendidos —no me gusta lo de ofendiditos, a pesar del guiño irónico— y de las feministas puritanas se sustancian en leyes y en opinión pública. Creo que yo tampoco he sabido difundir de qué va este librito que he disfrutado. Ni soy Fiero Analista ni Ofendidito. Lo siento.