sábado, agosto 22, 2026

El viaje de Edipo

En la primera fila de la cávea central alta había un grupo haciendo la ola y grabándose; y debajo de nosotros, en la baja, dos mujeres comentaban con su vecina de asiento que era la primera vez que veían el teatro romano («—No sé a dónde mirar. Qué maravilla»). Y aún no había empezado la función. La función fue El viaje de Edipo, una creación trágica de Isidro Timón y Emilio del Valle a partir de textos de Sófocles y de Esquilo: «Nada ha cambiado desde hace 2500 años; apenas los nombres de las familias que ostentan el poder, y el nombre de algunos dioses. Poco más», escriben para el programa de mano. Conviene tener en cuenta esto para comprender la motivación de los autores en su lectura contemporánea de Edipo Rey, Edipo en Colono y Antígona, de Sófocles, y de Los siete contra Tebas, de Esquilo. Las cuatro obras articulan El viaje de Edipo, que está estructurada en seis partes, las dos extremas, de apertura y de cierre, respectivamente (1. Párodos y 6. Éxodo) y los cuatro cuadros centrales (2. Edipo rey; 3. Edipo en Colono; 4. Los siete contra Tebas; y 5. Antígona), que narran la historia del rey de Tebas y su estirpe. Las fuentes clásicas tienen un referente más cercano en otra de las obras escritas por Isidro Timón y Emilio del Valle, su Antígona. Siglo XXI —la publicó, junto a Hipólito la Editora Regional de Extremadura en 2020—, que se estrenó en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida en 2011, en uno de los montajes más celebrados de aquella quincuagésima séptima edición que ocupó para aquellas funciones el espacio de la Alcazaba. De manera que los autores prolongan su diálogo con los clásicos en una labor de coautoría e intercambio que tiene otros precedentes, como el Coloquio de los perros, que se representó en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres en 2012, Medida por medida, una versión de W. Shakespeare que también se dio en el festival cacereño en 2017, y la ya citada Hipólito, estrenada en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida en 2018. Tanto es así que las direcciones de estos montajes comparten bastantes elementos, en la puesta en escena, en la música en directo, en el texto —se retoman partes de Antígona. Siglo XXI en El viaje de Edipo— y en el elenco, pues Jorge Muñoz repetía el Tiresias de 2011, y actrices como Mamen Godoy, Camila Almeda y Sara Jiménez, y el actor José Antonio Lucia, que interpretan ahora varios papeles, ya trabajaron en Hipólito. Este reaprovechamiento, pero sobre todo el de un texto anterior, viene a sugerir la vigencia del mensaje en otras formulaciones de las fuentes clásicas, y que sigan siendo válidas las alusiones en el contexto de las guerras y la memoria a Irak («Querido papá, mañana voy a aplastar Irak»), a la Guerra Civil («Ana Tornero Quintana, Villanueva de la Vera, 26 de septiembre de 1936»), en las palabras de Nodriza, o a José Couso («Vi caer a un compañero por un obús en la terraza de un hotel iraquí»), en las de Tiresias, que ya estaban en Antígona. Siglo XXI, una pieza que nos recuerda que un muerto es la memoria y la memoria es indeleble.  El público reacciona siempre ante estas apelaciones a la conciencia actual, a veces tan directas como un «¡Indignaos!» repetido en boca de Antígona que nos hace pensar en el ¡Indignaos! de Stéphan Hessel como un síntoma de un tiempo, el nuestro. Por esta estimulante concepción del arte dramático, sin duda, merece mucho la pena la propuesta de Emilio del Valle e Isidro Timón. Por otro lado, todas las complejidades del montaje quedan resueltas de manera brillante; y no son pocas, pues la música en directo —el piano de Montse Muñoz y la voz de Camila Almeda—, las imágenes que graba en vivo la cámara del reportero-testigo-adivino Tiresias —ya visto en Antígona Siglo XXI—, o el sonido individualizado, aportan mucho al conjunto, pero son opciones laboriosas en su ejecución. Así, la comprometida manipulación de la gran rueda dentada que se hace rodar en el escenario y que sirve de elemento polivalente para delimitar espacios (exterior/interior en la aparición de Yocasta en el cuadro 2), recargarlos simbólicamente (en el lugar desde donde proyecta su poder Eteocles), o reforzar como gran pantalla la intensidad de un monólogo. Todos son recursos arduos, y alguno pudo provocar algún tropiezo en el día del estreno que estoy seguro de que habrá sido resuelto en las siguientes representaciones hasta mañana domingo 23, último pase en el festival. Encajar en este aparato la interpretación de cinco actrices y cuatro actores no es tarea fácil, y creo que la propia morfología del género trágico clásico brinda a los autores unas posibilidades que han sabido aprovechar, como con el coro. El coro abre y cierra el espectáculo, acompaña la acción en diferentes cuadros, e incluso propone un juego metateatral muy pertinente como contrapunto de la carga trágica del bloque de Antígona; pero, además, el coro integra a todas las figuras participantes en el drama, de él salen los papeles que, en una suerte de carrusel trágico, habrán de interpretar los actores y las actrices con mayor peso: excelente José Antonio Lucia como Edipo en la escena segunda, Marcial Álvarez en un Creonte magnífico y progresivamente extenuante en el tramo final de la obra, Jorge Muñoz como Tiresias o Fermín Núñez, sobre todo, en su Eteocles, engrandeciendo con buen hacer de actor trozos de menor enjundia. Por su parte, de esa mandorla central o gran rueda que es el coro salen las mujeres —que merecen su vindicación en esta versión— en los personajes de Ismene y Antígona, con unas soberbias e inspiradísimas Camila Almeda y Luna Mayo, respectivamente; de Edipo viejo o Nodriza, sostenidos de manera extraordinaria por Mamen Godoy; de Yocasta o Hemón, en la interpretación de Sara Jiménez, que también desempeña —y saca oro— el papel secundario del Guardián en la escena cuarta. A todos se suma la prometedora Vega del Valle, que resuelve bien su Antígona joven y su contribución al personaje coral. El viaje de Edipo, distinguida por su marcado sello extremeño y por no ser una gran producción de las que abarrota el teatro romano por el gancho mediático de sus actores, aunque superó en su estreno las dos mil localidades, puede complacerse por despuntar también por su gran calidad, por el esfuerzo, el rigor y la responsabilidad de todo su equipo, y por el compromiso con el teatro y su significado. No pregunté al final a mis vecinas de asiento; pero estoy convencido de que se fueron con ese algo más que el marco incomparable que ofrece un Festival como el de Mérida. 

No hay comentarios: