lunes, noviembre 05, 2018
Rosalía
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jueves, noviembre 01, 2018
Todos los Santos
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lunes, octubre 29, 2018
La extravagante epopeya del Endocrino con mayúscula
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domingo, octubre 28, 2018
Un beso
El otro día, en una tienda, la mujer que me atendió y a la que di mi tarjeta me hizo firmar el resguardo y yo, sobre la firma, escribí: «Un beso». Como si estuviese despidiéndome de ella por escrito. Me disculpé —«por si no vale»—; y me dijo que sí. Que vale. Y es que son tantas las veces que escribo cartas electrónicas, mensajes de whatsapp o de messenger en las que mi despedida es un beso que debe de ser la explicación de que luego cuando escribo en mi cuaderno «Hoy he salido de clase contento. Bien. Ellas, las tres alumnas que han venido habrán aprendido algo —creo—, igual se han entretenido», añada: «Un beso». Que es lo mismo que tenía hace días al final de la lista de la compra prendida en el tabloncillo de corcho de mi cocina: «Cervezas. Pañuelos. Vino blanco. Sandía. Café. Pescado. Galletas para Julia. Bolsa para ensalada. Atún de lata. Whisky. Tomates. Patatas...». Y debajo: «Un beso». Ahora acabo de anotar una cita en mi agenda y otro beso. Mejor así. Mejor convertirse en un tímido que pasa todo el tiempo mandando besos por ahí sin atreverse a darlos. No sea que le llamen fastidioso por besucón —peor sería sobón. Yo siempre he sido muy besucón; aunque no lo parezca. Yo, verdad sea dicha, no parezco nada notable. Ni sobón ni besucón. Eso sí, lo que resulta fastidioso es consultar el diccionario para saber que besucón es un adjetivo coloquial que significa «que besuca», y que besucar es «besuquear»; y que, finalmente, besuquear es «besar repetidamente a algo o a alguien». Lo que yo vengo haciendo desde hace mucho tiempo sin poder parar. Y sin daño físico. Un beso.
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miércoles, octubre 24, 2018
Los bibliófilos con José Luis Bernal
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viernes, octubre 19, 2018
XII Congreso de Escritores Extremeños
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miércoles, octubre 17, 2018
Ben Clark en el Aula Valverde
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martes, octubre 16, 2018
Información
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domingo, octubre 14, 2018
Alacrán
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martes, octubre 09, 2018
Lolo
Mi amigo y compadre Miguel me ha puesto un mensaje esta noche para darme la «tristísima noticia» de la muerte de Lolo. Solo él y un reducido grupo de íntimos identificamos de inmediato ese corto hipocorístico con quien fue nuestro amigo de infancia y juventud Manolo Ramírez Miranda. No he sabido de él más que por referencias de amigos —nunca buenas, por su precaria salud— y no le he visto durante casi veinte años —quizá menos, en un encuentro fugaz en Zafra—; pero afecta que se te muera alguien que forma parte del reparto de aquella etapa crucial desde los diez a los dieciocho, cuando la actual calle Gobernador se llamaba Cánovas del Castillo —en la foto. Allí vivía Lolo y allí pasamos horas y horas, después de cruzar el vestíbulo, mirar con curiosidad la habitación —a la izquierda— en la que pasaba consulta su padre —ginecólogo— y subir la suntuosa escalera que nos llevaba a una buhardilla en la que yo escuché por primera vez y casi de primera mano discos de Tangerine Dream, Pink Floyd o Jethro Tull, o en la que leí aquellos cómics de Marvel que nos inspiraron correrías en las que Migueli era el Hombre Gigante, José Manuel Thor, Miguel el Capitán América y yo quería ser Pantera Negra. En aquellos tiempos en que Federico el Grande nos puso en nuestro sitio y nos llamó como éramos. Me gustaría tener la memoria de mi compadre Miguel y escribir aquí el nombre de la señora —¿Valentina?—, que trabajaba en la casa, y el de aquel mastín que nos amedrentaba cuando íbamos a la huerta a bañarnos bajo una fastuosa higuera. Me da igual que hayan pasado tantos años, que no haya visto a Lolo desde el siglo pasado. Me duele enormemente su muerte y en estas líneas está ese guiño que sí recuerdo que nos hacíamos cuando él anduvo por ciertos callejones y yo me quedé en las avenidas. Mi mejor abrazo, amigo. Mis gracias.
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martes, octubre 02, 2018
Memento mori
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lunes, octubre 01, 2018
1-O
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sábado, septiembre 29, 2018
miércoles, septiembre 26, 2018
David T. Gies
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domingo, septiembre 23, 2018
Vecina extremosa
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sábado, septiembre 22, 2018
Serrat
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viernes, septiembre 21, 2018
Esperando las noticias del agua
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jueves, septiembre 20, 2018
Glorias de Zafra (XXI)
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RCEH
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martes, septiembre 18, 2018
Menú
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lunes, septiembre 17, 2018
Huelva
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sábado, septiembre 15, 2018
El club de la comedia
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jueves, septiembre 13, 2018
Ignacio
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domingo, septiembre 09, 2018
Un cadáver exquisito
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sábado, septiembre 08, 2018
Primera persona
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viernes, septiembre 07, 2018
Desayuno
Comparto con alguien que el desayuno es la mejor comida del
día. Después del aseo, es el segundo rito con el que uno recibe la dicha de
seguir vivo; y también es deleite para el cuerpo. Es más que eso. Lo preceden
el gesto a veces arisco de apagar el despertador e, insisto, el de abrir el
grifo de la ducha, que todavía a esa hora sigue siendo un despertar embargado.
Pero desayunar ya lo dice todo. Es la única comida que no se devalúa por
repetirse estrictamente todos los días; vamos, yo creo que es especial porque
se repite, por consistir, y a conciencia, siempre en lo mismo. Hay quien cena,
sí, un yogur todas las noches; pero a mí en eso no me parece ver la sana disciplina
y la naturalidad que tiene la presencia en tu vida de unos trozos de frutas, un
café caliente y una tostada de aceite que, sin entrar en disputas de ortorexia,
son razones por las que yo, al menos, me levanto un poco más temprano. Hay un
texto de Cortázar que se titula «Desayuno», de la segunda parte de Último round (1969), del que me he
acordado alguna vez, aunque no tiene ninguna relación con este sentimiento que
me lleva a escribir sobre esa situación que es lo mejor que a uno le puede
pasar también en compañía. Además, por lo que puede acabar por haber
significado. Y me ha pasado, claro. Afortunadamente. Desayuno solo y no puedo salir a la calle sin haber
desayunado. Sin embargo, mis mejores recuerdos son en compañía, y el último,
curiosamente, en una cafetería de una calle cualquiera. Y bien, siempre bien.Publicado por Miguel A. Lama en viernes, septiembre 07, 2018 0 comentarios
jueves, septiembre 06, 2018
Libros
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martes, septiembre 04, 2018
Dice
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domingo, septiembre 02, 2018
Vuelta
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sábado, septiembre 01, 2018
De «Los entendidos»
Es un fragmento de esas páginas que tengo escritas desde hace mucho bajo el título de Los entendidos, sobre la crítica literaria. Ahora veo que no tiene mucha relación con la crítica; pero como se trata de un diálogo con un personaje llamado Nuria al que el narrador cuenta sus impresiones sobre lo que lee, sí viene al caso que le hable sobre los modales en la manera de escribir, de un tipo de escritura en la que, se hable de lo que se hable, el policía siempre es un madero, el extranjero un guiri, el dinero es la pasta, los guardia civiles picoletos, el asunto la cosa, trabajar es currar, nada de nada nasti de plasti, la gente todo cristo, muchos tropecientos, y no respetar, por ejemplo, es pasarse por el forro de los huevos cualquier cosa o asunto. El trozo tiene casi quince años, y lo copio aquí sin tocar: «Tengo delante de mis ojos varios ejemplares de suplementos con textos de Pérez-Reverte. Tratan del uso de la lengua, del proyecto de restauración de una catedral, la de Vitoria, de la Academia Española, de los mendigos en las calles... El más antiguo es de diciembre de 2003, y hay otros de febrero y de junio y de la primera semana de agosto de 2004. Tomo al azar uno de ellos —«Hay diez justos en Sodoma»—, y en la séptima línea me encuentro con «la puta foto de prensa», y a partir de ahí a «golfos», «sinvergüenzas», «meapilas de sacristía», a la «estúpida arrogancia», en definitiva, a «anda y que nos den por saco». Yo, en realidad, no quiero referirme al contenido, sino a la manera de escribir, porque aunque un determinado asunto parece que impone un registro, en Pérez-Reverte da la sensación de que el hecho de hablar de los acontecimientos consuetudinarios que suceden en la rúa genera esa mala hostia escribiendo que permite a cualquier lector con un simple vistazo subrayar palabras y expresiones del tipo de las mencionadas o estas otras: «a mamarla a Parla», «patada en los huevos», «esos mierdas», «hijoputa», «acojonado», «el chichi de la Bernarda», «esos hijoputas»... Los ejemplos, ya digo, son los que tengo más a la mano, pero el lector puede hartarse si consulta algunas de las recopilaciones publicadas de estos artículos, Patente de corso (1993-1998), en Alfaguara, de 1998, y —obsérvese el título— Con ánimo de ofender (1998-2001), en la misma editorial, en 2001, ambas con prólogo y selección de José Luis Martín Nogales». Han pasado los años y yo, simplemente, estaba leyendo unos textos que escribí y que ahora justifican que me acuerde de lo que leí este pasado fin de semana y que reivindique al Pérez Reverte que escribió esto que aquí puede leerse: «No pasa nada, se puede».
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miércoles, agosto 29, 2018
Glorias de Zafra (XX)
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martes, agosto 28, 2018
Crítica de la crítica (III)
Un escritor favorito como Jorge Márquez utilizó hace años un comentario que le regalé sobre el poco daño que hace un libro malo. Como si no hubiese centenares de miles de obras sin valor literario —y con un enorme valor humano— en la órbita más alejada del gran libro que nos alumbra, del clásico, del que merece la pena explicar en clase —permítaseme la pedantería etimológica. «Criticar al crítico» subtituló Guillermo Carnero un artículo que le publicamos en la revista Laurel, en el segundo número, en 2000, en el que como autor matizaba lo que escribió alguien sobre él y explicaba su propia obra en unas reflexiones que calificó de «egocéntricas». Me he acordado de algo que recordó Juan Marsé sobre aquel comentario de Faulkner cuando un periodista le pidió que hablase de su nueva novela: «Estoy demasiado ocupado escribiéndola. Tiene que satisfacerme, y si así ocurre, no hace falta que la explique. Si no me satisface, hablar de ella no la mejorará, ya que la única manera de mejorar la obra es trabajar más en ella. No soy un hombre de letras, soy un escritor. No me gusta nada hablar de la faena». Y yo tengo un proyecto de ensayo o de algo parecido que lleva por título Los entendidos. Tiene demasiados años como para que pueda sobrevivir; pero, bueno, lo menciono aquí por darle algo de la poca vida que le queda. Quién sabe. Va encabezado con varias citas, una de ellas es de José Ángel Valente: «No es misión de la crítica imponer una lista de títulos recomendados, sino suscitar la operación creadora de la lectura», y, ahora que lo he sacado de una de las carpetas de mi escritorio, he refrescado que era una especie de diálogo con una tal Nuria. Qué cosas. También me he encontrado con un recorte del ABC literario de julio de 1990 en donde el escritor Javier García Sánchez consideraba una «monumental incongruencia» que el crítico establezca «juicios de valor, con pavorosa frecuencia tajantes y subjetivos, y lo que es peor, públicos, sobre aquello que sale del alma de uno». Por eso llamaba a algunos «criticators», críticos que destrozan cuanta letra impresa se pone ante sus ojos. Lejos quiero estar de actitudes así y por eso tengo ganas de compartir una de mis más recientes lecturas, El verano del Endocrino, de Juan Ramón Santos, una novela extraordinaria. Porque, como decía unos días atrás, es bien gustoso compartir con otros una experiencia grata y propiciar que alguien más sienta lo que tú has sentido. Y ahora me sabe mal que el otro día, a costa de mi primera entrada de esta serie de crítica de la crítica, un buen periodista se disgustase por que su periódico se podía ver malparado por mi comentario y los de algunos de los que me leyeron. No era, por mi parte, una queja, ni solicitud de compensación, sino una reflexión sobre la necesidad de que el rigor, la responsabilidad y la seriedad de un trabajo placentero tengan más reconocimiento que la cocina mediática o la meteorología. Vamos, que la evanescencia.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, agosto 28, 2018 0 comentarios
Crítica de la crítica (II)
El domingo me encontré con E., una periodista, en el Teatro Romano de Mérida, en la última representación del Hipólito. Yo creía que lo mío era ya pasarse, porque acudí a la propuesta de Isidro Timón de ver la última función de la obra en la edición de este año del Festival, después de haber estado en el estreno. Lo bueno es que E. me dijo sonriente al terminar, y mostrándome tres dedos de su mano derecha, que era la tercera noche que acudía; y encantada. La verdad es que hacía mucho tiempo que no apreciaba la distancia que hay entre una primera representación y otra más amasada ya, con todo un equipo más hecho y con los pequeños defectos solventados. Fue otra noche mágica. En riguroso directo, como dice Afrodita en la introducción al drama, igual que hace dos mil quinientos años. Me pide el cuerpo escribir más líneas sobre lo visto, sobre las diferencias entre el estreno y el cierre, que no todas son favorables a la última función en Mérida, ya que la primera, a pesar de fallos técnicos —el viento y una tela; el agua y una manga— tuvo una grandeza especial. La que lleva a un crítico que no es un crítico ni cosa que lo valga a escribir con ánimo exultante sobre lo que le dan. Y a reflexionar un poco y con torpeza sobre tan saludable ejercicio. Leer o ver y escribir. Sí, porque, cuando yo me puse a pensar en esto a partir de la escritura de esa crónica de teatro, me parecía que era igualmente aplicable a la reseña de la lectura de un libro. La gran diferencia —que no es algo baladí; al contrario, es bien sustancial— está en el número de implicados en un montaje escénico como el que volví a ver esa noche y el que se deduce de la escritura de un libro de poemas. Por eso es tan importante una cosa como otra.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, agosto 28, 2018 0 comentarios





























