miércoles, enero 06, 2021
Día de Reyes
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martes, enero 05, 2021
Jacinto García Alonso
Triste noticia la que he recibido de un texto publicado por Isidro Timón en su muro de Facebook. Jacinto García Alonso (1934-2021) ha muerto. Robo, con su permiso, a Isidro la entrañable semblanza que ha publicado: «Se nos ha ido Jacinto García Alonso, duele. Jacinto fue empresario, pastelero –el mejor—, actor, escritor, representante de productos novedosos…, pero sobre todo un hombre culto, jovial, activo, generoso y buena persona, un buen amigo. Conservo regalos que me hizo a lo largo de los años: un tastevin de sommelier, un libro de su compañera de reparto Rosario Charro y el recuerdo de aquel roscón de reyes que me llevó a casa por sorpresa hace unos años, hecho por él y, por supuesto, el mejor que he comido en mi vida. En nuestra última conversación larga y presencial, después del confinamiento, me habló de su vida y peripecias. Recordó a su amigo Juan Margallo, que se fue a Madrid, a estudiar interpretación y trabajar como actor, el sueño de ambos, mientras él se quedaba aquí, en la pastelería a la que dedicó su vida y saber…, pero Jacinto era un hombre alegre y nunca abandonó su amor por el teatro, cuando iba a Madrid, con tareas comerciales, siempre asistía a los ensayos de sus amigos. En cuanto se jubiló, Jacinto fue habitual en los montajes de la ESAD Extremadura, como actor colaborador en los distintos proyectos de los alumnos. Yo disfruté mucho trabajando con él en una pequeña pieza en 2013. En esa conversación me contó cómo Juan Margallo le llamó, en cuanto supo de su jubilación, para hacer una sustitución en una compañía de Valladolid que Juan dirigía. Recuperó a su amigo y le regaló vivir su pasión desde lo profesional. Ese encuentro, la dedicatoria del libro que me regaló ese día, sin yo saberlo, eran una despedida […]» Y añado mi recuerdo admirado por alguien tan especial como Jacinto, a quien, por culpa de su ánimo y su pasión he tenido cerca en unos poquitos años —desgraciadamente— de mi vida. Todavía en las escurrajas del confinamiento, y gracias a ese ánimo y esa pasión por todo, le escribí con la complicidad y veneración con la que ahora me despido de un gran hombre.
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lunes, enero 04, 2021
Patio en sombra
De un patio a otro. Que los beneficios de la venta de este libro vayan a parar a una oenegé como «Sonrisas en acción» dice algo de su autora. Que esta autora naciese y jugase en la Plaza de San Juan de Cáceres también. Pilar Bacas es una de esas personalidades de la sociedad civil cacereña que es imprescindible, y cuyas aportaciones a lo largo de muchos años al bienestar común han sido numerosas y de gran valor. Profesora, escritora, divulgadora, activista, historiadora, perteneciente a una familia de Cáceres notable e influyente en su configuración social en años cruciales del siglo pasado, Pilar ha dejado en esta novela, Patio en sombra (Madrid, Editorial Catriel, 2020), buenas porciones de su perfil, variado y rico. Está, por supuesto, la escritora; pero también la investigadora en documentación histórica, en este caso familiar —como cuando escribió con su tía sobre su abuelo León Leal (1881-1959) o cuando nos mostró quién fue el ingeniero naval Darío Bacas (1845-1913). Un pasado familiar que desempolva para montar en este libro una ficción basada en los hechos reales protagonizados por personas de su familia paterna, un sobrino de su padre que había estado en la cárcel por un turbio asunto relacionado con el estraperlo de harina en la posguerra. Patio en sombra es una especie de crónica o de transcripción íntima, de los adentros mentales de una burguesía acomodada en el franquismo. Los personajes toman la palabra para decir lo que no se atreverían a decir en público. Pilar Bacas, pues, les da voz y compone un carrusel que es la base técnica de su obra. Aquí está lo que a mí me interesa, sin menospreciar el relato de unos hechos de un tiempo tantas veces narrado y también desde vivencias cercanas. Pilar ha construido su historia en cuatro partes (I. A media voz. II. Presagios. III. En la línea quebrada. IV. Tiempo para la memoria.), en las que ha recogido cinco registros principales: Ventura Castro, que es un anciano de ochenta y cinco años ingresado en un hospital —ocupa el eje temporal de 1985— y que estuvo afectado por la historia remota de un inspector de Abastos, Alfonso Madrigal, casado con Madela López de Ribera, y con dos hijos, Moncho y Luchi, que se llevan unos cuatro años, y que son quienes intentan explicar sus vidas, desde su niñez y juventud, 1935 o 1939, 1940 o 1942, hasta los años noventa del siglo pasado. Así, el índice de esta novela sirve como una trama de fechas y nombres que se echa sobre la historia. Creo que Pilar Bacas resuelve bien, en general, lo que pretende; pero el gran escollo es un juego de voces que a veces no se distinguen estilísticamente ni por la edad ni por la personalidad, y en las que se nota mucho la presencia de un narrador omnisciente que se superpone a las diferentes primeras personas que van componiendo este interesante relato. Admirable, en cualquier caso, el empeño; y muy sugerente el patrón del personaje de la esposa y madre, de Madela, uno de los mejores entre todos; y muy sutiles algunas presencias —Delia, la criada, sí—, como la de Lorenzo. El patio en esta novela, triste y húmedo, y siempre en sombra (pág. 235), es el lugar del que parten los recuerdos de alguno de los personajes, y es el espacio en el que Pilar Bacas ha querido fijar esta manera suya tan personal de escribir sobre la memoria de lo suyo.
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domingo, enero 03, 2021
Raralepsis
Por aquel entonces yo vivía solo. Mis hijos, como el último día del año 2020 y el tercero del siguiente, comían en casa. Cuando la pandemia. Lo pasamos bien juntos aquel tres de enero de 2021. Yo atendía a sus conversaciones sobre películas, libros, personajes de series, actores o conocidos comunes. Recuerdo que P. me habló de un famoso presentador americano de un muy seguido y antiguo programa de entrevistas que ahora, tanto tiempo después, no soy capaz de nombrar. Por aquellos días, hacía años de algo que me ocurrió con mi vecina. En realidad, no fue con ella; quizá por ella. Y sin ella, finalmente. Había escuchado voces en el patio de luz. Casa tomada. Ya están ahí. Fue cuando realmente me di cuenta de que ella ya no vivía abajo, y que habían llegado nuevos inquilinos. Fue hace ya tanto, cuando yo no la conocía, cuando me dio mucho apuro que ella pensase en que lo hice por conocerla. Un calcetín mojado cae más rotundo sobre el patio común. Me asomé para observar a mi ángel caído. Quise bajar al piso de mi vecina para recuperarlo. Quise decirle que si ocurriese más veces que podía sospechar; pero que no se preocupase, que no quería que creyese que tiraba mis prendas para verla. No lo hice. Ella se marchó para siempre y ahora la echo de menos, una vez que ha pasado aquel tiempo que secó para siempre aquel calcetín desparejado. Todavía me asomo y me lo imagino allí tirado. Todo aquello ocurrió cuando aún vivíamos en la superficie. Entonces, cuando un patio de luz era la pradera de un paraíso.
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sábado, enero 02, 2021
Limpieza
0. Limpieza. Una manera de poner orden al comienzo de un nuevo año. También mezclar las fichas como en el dominó sobre la mesa. He recogido notas antiguas para que no desaparezcan, aunque las mezcle aquí y pierdan la importancia que tuvieron en su momento. 1. Así, cuando me acordé de Cancanilla. A mi lado, en un vuelo a Madrid, una chica de unos dieciocho años estaba muy tensa. Jindama a volar, me dije. En el asiento de ventanilla, su padre, que supo tranquilizarla; sobre todo, al aterrizar. Lloró, se molestó con cualquier comentario, preguntó dos veces al personal de cabina cuándo llegábamos; miraba constantemente al otro lado, donde estaban su madre y su hermano para reclamar atención; y volvió a llorar. Ya en tierra, preguntaba a su padre si se le notaban las marcas de haber llorado. No, le dijo. Pero su pelo estaba descompuesto. No parecía la misma que había subido al avión. Me acordé de Cancanilla y de lo de la jindama, que no sé cómo se dirá en italiano, pues yo volvía de Milán, cuando el cantaor contaba que no actuaba en el extranjero porque le daba jindama el avión. Bonita palabra, ya dije. 2. Mostrador y barra. Me consta que mostrador era en el siglo XVIII la mesa en la que se mostraban las mercancías, y supongo que enriqueció el significado al ampliarse el uso en las tabernas o en los aguaduchos, como en el de la primera jornada de Don Álvaro o la fuerza del sino, en la que aparece mostrador como barra. En el bar de mi abuela, hablábamos de mostrador, no de barra. Y me he acordado también de mi amigo Honorio Blasco. 3. «Sensaciones, recuerdos que atesora el cuerpo, más que la memoria», escribió Luis Landero en Absolución (2012), sobre la historia de Lino y Clara —me parece—, en una novela espléndida, como otras suyas, en la que la contingencia, la ironía y la casualidad son protagonistas. Me gusta hablar —escribirte— en esta clave literaria, porque literaria me parece esta experiencia, esta manera de vivir que vivimos, como una fábula, como una de esas páginas en las que leemos historias que nos gustaría vivir pero que no nos podemos permitir vivir. Qué difícil equilibrio. El mismo de hace un instante, entre el deseo imparable de estar juntos y de sentir la carne mortal —que espere sentada a morirse— y el deber de irse y separarse. Ya no. 4. Fue un sábado, de mañana, se respiraba un ambiente casi primaveral en el casco antiguo de Cáceres. Qué poco se necesita para estar bien en esta ciudad apacible. Por la prensa supe de la muerte de Íñigo Oriol, y envié un mensaje de condolencia a un buen amigo suyo. Era un hombre de bien, me contestó. No puedo comprender cómo se puede colocar una señalización tan fea en uno de los sitios más bonitos, el de la esquina de San Pablo, en San Mateo. Más de una hora con Carlos Santos y hora y media con Natalia Millán en Cinco horas con Mario. Aquel día disfrutamos en el Gran Teatro con Cinco horas con Mario, interpretada brillantemente por Natalia Millán. Ella vio la obra en el mismo sitio —en el gallinero con los antiguos bancos de madera— hace casi treinta años, cuando lo de Lola Herrera. Yo no me acordaba porque no estuve. 5. Una antigua alumna, cuando comenzó a ser profesora novata, me hablaba de TDAH y de TEA. Yo mostraba interés, pero cuando ella acababa de hablar, buscaba la denominación exacta de esos trastornos. Ahora, familiarizado también gracias a mi experiencia, puedo preocuparme más por lo que me pasa. 6. Voy de un libro a otro y voy de un texto a otro de los que llegan al buzón de casa.
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viernes, enero 01, 2021
Primer día del año con Pe Cas Cor
Muy extraña imagen de un clásico. La Sala Dorada del Musikverein de Viena vacía, sin el público que todos los años la abarrota para escuchar el Concierto de Año Nuevo. Esta mañana, bajo la batuta del gran Riccardo Muti, que ya estuvo hace tres años. Antes, paseo tempranero con un andar rápido que no llega nunca a trote cochinero. Había quedado con J.R.M. para dar una vuelta por Cáceres esta familiar mañana de Año Nuevo —mucha gente en la calle— y se presentó en la puerta de casa con un regalo: la nueva edición de los Poemas encadenados de Pedro Casariego Córdoba (1955-1993) —que gustaba firmar como Pe Cas Cor— en la que él ha escrito el segundo prólogo, después del de Ángel González, que apareció en la edición que la misma editorial que ha conmemorado el sexagésimo quinto aniversario del nacimiento del poeta, Seix Barral, había publicado en 2003, cuando se cumplieron los diez años desde el suicidio del autor. Largo paseo con J. y agradable conversación sobre mucha y buena literatura. He dedicado buena parte de mi primera tarde del año a leer las aportaciones de esta nueva edición. Por supuesto, el prólogo de Javier Rodríguez Marcos, efectivo en su presentación de la figura sobre cinco pies: Un mundo. Un raro. Casariego desencadenado. Un hombre enamorado. Un poeta suicida. He seguido su recomendación (pág. 16) de empezar por el final, y he ido a los «Poemas sueltos», entre los que se incorporan algunos no publicados anteriormente, aunque creo que El País adelantó hace unos meses algunos. También he leído los breves delantales a los diferentes libros que han escrito para esta edición otros autores: Marcos Giralt Torrente para La canción de Van Horne (1977), Enrique Vila-Matas para El hidroavión de K. (1978), Ray Loriga para La risa de Dios (1978), Marta Sanz para Maquillaje (Letanía de pómulos y pánicos) (1979), Belén Bermejo para La voz de Mallick (1981), Berta Vias Mahou para DRA (1986) y Antonio Gamoneda para los Poemas sueltos. Y, por supuesto, los iluminadores apuntes introductorios a cada libro escritos por Antón Casariego, en uno de los cuales —«Nadezhda Zelova», que precede al libro La risa de Dios— subraya lo que a mí me parece que es la llamada razón «argumental» del encadenamiento de estos poemas, y que no es más que el elenco de personajes fijados en los textos por el autor con tanta voluntad como para numerarlos junto a las iniciales de cada una de esas identidades. Lo dice Antón Casariego: «Pedro Casariego numeró los poemas encadenados poniendo delante del número la inicial del protagonista de cada libro: así, V.H.1., V.H.2., V.H.3… corresponden a La canción de Van Horne. En El hidroavión de K. lo hace con la C. de Contreras; en Maquillaje, con la S. de Schneider; en La voz de Mallick, con la M. del propio Mallick; en Dra, con la P. de Paivarinta; y en La risa de Dios, con la N. de Nadezhda. Con estos números, que son como marcas, «encadenaba» los poemas, uniendo unos a otros de manera indisoluble» (pág. 231). Eso. Y una manera, como otra cualquiera, de empezar un año que, cuando esté mediado, ojalá podamos celebrar.
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miércoles, diciembre 30, 2020
Cuidad del paraíso
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martes, diciembre 29, 2020
Marcelino Cardalliaguet
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lunes, diciembre 28, 2020
El amor en los tiempos del cólera
No pude escuchar la emisión el pasado día 25 del «Cuento de Navidad de la SER» basado en la novela de Gabriel García Márquez El amor en los tiempos del cólera, como un homenaje a los mayores en estos tiempos de pandemia. Lo hice anoche, con mi ejemplar delante. (Nota bene para bibliófilos: tengo la primera edición en Bruguera de diciembre de 1985, una rareza entre un millón de ejemplares de tirada, je). Verdaderamente, no hay color entre la experiencia de lectura o relectura de una obra así y una ficción sonora de hora y media interpretada por buenos actores. Pero es extraordinaria la calidad de la adaptación de la novela por el escritor teatral y guionista Pablo Remón y la dirección de Ana Alonso, y quiero recomendarla porque estoy seguro de que los escuchantes pasarán un buen rato y sentirán la necesidad de volver sobre aquel texto magistral, como me ha pasado a mí. Es admirable cómo Remón selecciona fragmentos y frases de la novela sin apartarse del lenguaje de García Márquez y construye un relato radiofónico que combina el estilo indirecto de unos narradores con el estilo directo de los protagonistas sin que el lector deje de reconocer la obra original. No hay nada de lo esencial que no esté recogido en esta microversión de la novela. Me he acordado de una amiga que suele preguntarme cómo estoy y a la que yo muchas veces le he respondido con una frase parecida a esta que ni recordaba que estaba en El amor en los tiempos del cólera: «Deja que el tiempo pase y ya veremos lo que trae». Aquí puede escucharse esta delicia, en la interpretación de actores como José Sacristán y Susi Sánchez —que son narradores y Florentino Ariza y Fermina Daza mayores—, de Ricardo Gómez y Greta Fernández —que son narradores y Florentino Ariza y Fermina Daza jóvenes—, de Juan Diego Botto como Juvenal Urbino, de Ana Wagener, de Nancho Novo, y de otras voces invitadas, como la protagonista del loro a cargo de Raúl Pérez o la de, entre más de una docena, de Primitivo Rojas. Un disfrute.
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domingo, diciembre 27, 2020
Resonancia de Francisco Valdés
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viernes, diciembre 25, 2020
Soñando caminos
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jueves, diciembre 24, 2020
24 de diciembre
«Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado». Hoy he conocido por la prensa la muerte de Charo Cordero, la presidenta de la Diputación Provincial de Cáceres. Tenía 54 años y será despedida en la intimidad en su pueblo, Romangordo, del que era alcaldesa. En fechas señaladas como la de hoy, la dureza implacable de la muerte parece mayor. Y en un año como este todo es distinto e insólito. También la Nochebuena, que quiere ser vieja ya y despedir el año funesto. Yo he enviado mensajes de felicitación con el añadido de «¡A la porra 2020!», como si fuese el último día del año, como si fuese la Nochevieja. Hoy, en los periódicos, hay muchos anuncios a toda plana con el mismo sentimiento. Telefónica, con el anhelo por «un 2021 en el que las pantallas dejen de ser protagonistas de nuestros encuentros», juega con los «abzs» de 2020 que esperemos que sean «abrazos» en 2021; y El País envuelve su ejemplar con una sobreplana que es un gran anuncio de «Nos habría gustado contar un 2020 diferente», que se cierra en la última con un «Ojalá podamos hacerlo en 2021». En realidad, parece que queremos adelantar al 24 la despedida del 31. Será eso. Un 24 de diciembre de 1958 murió mi abuelo materno, a quien no conocí. Desde entonces, en la casa familiar todo fue distinto, y se obviaba la Nochebuena y la familia se reunía en Nochevieja. Algo parecido a lo de ahora. Es curioso; porque hoy he recibido un mensaje de una persona querida y allegada que me ha recordado que un día como hoy murió su padre. También ha compartido conmigo la fotografía de una edición de las obras de Miguel Hernández que ha comprado. Qué cosas, porque ella no sabe que ayer anoté antes de acostarme que hoy hace 85 años que murió Ramón Sijé, un 24 de diciembre. A él, el poeta dedicó aquello de «Un manotazo duro, un golpe helado, / un hachazo invisible y homicida, / un empujón brutal te ha derribado». Feliz Navidad.
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martes, diciembre 22, 2020
Cáceres Flamenco
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viernes, diciembre 18, 2020
Palindropedia (I)
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miércoles, diciembre 16, 2020
Surimonos
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domingo, diciembre 13, 2020
Padrino (Despedida)
Escribí aquí atrás sobre lo de la manía de casar fechas. Pues eso. Que el 13 de diciembre de hace diez años publiqué aquí una nota sobre mi padrino, que ha muerto hoy, 13 de diciembre. Estas coincidencias no son más que eso, una manera de ajustarse una cosa con otra, de convenir por una ocasión, por una circunstancia. Manuel Lucia Hernández (Zafra, 1940-2020) era mi padrino y tuve con él una relación muy especial, como con su hermana Pilar, mi madrina; porque fue entrañable sin ser frecuente ni constante. Muy entrañable. Recuerdo lo que le gustaba que le hablase de algún vínculo entre los toros —que era lo suyo— y la literatura —que era lo de su ahijado—, y hoy he acudido a un poema de Fernando Villalón que no sé si llegó a conocer y que dice que «Ya la blanca polvareda / llena toda la vereda. / Ya se acercan. Ya se escuchan sus bramidos. / Entre cruces de garrochas conducidos / el cortejo de los toros va a llegar. / Los jinetes majestuosos vienen ya…» La última vez que le vi, este pasado mayo, fue en otro entierro en el que todos estábamos muy tristes. Supongo que la vida nos dice que ha llegado el momento de tener que volver al lugar de infancia y juventud para reencontrarse con algunos en las despedidas de otros. La de mi padrino será mañana lunes, 14 de diciembre, a las 11:00 horas, en la Parroquia de La Candelaria de Zafra. Allí estaré.
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Zimna Wojna
Han pasado más de diez años desde que escribí aquí una entrada que se titulaba «No dar crédito» en la que lamentaba que la televisión pública interrumpiese con brusquedad irrespetuosa la música y los créditos que forman parte de la conclusión de una película. No pongo comas para que vuelva a notarse mi indignación. Es como si te prestasen un libro y le arrancasen el índice y el colofón. Es una vergüenza. Y en una televisión pública que cínicamente dice que apuesta por el cine, y que no tiene publicidad —sí autopromoción—, es irresponsable. Hace unas horas he disfrutado viendo la película de Pawel Pawlikowski Cold War (2018), cuyo título original en polaco llevo a la cabeza de esta entrega indignada por el poco estilo de La 2 de RTVE. Una vergüenza. Yo casi siempre llego tarde a lo que merece la pena. Leí de mayor Guerra y paz y todavía no he visto decenas de películas eminentes. A la de esta noche pasada también he llegado después de un tiempo de su estreno, y me ha gustado mucho la luz de su blanco y negro, la historia de sus amantes, la música, mucho, y esos encuadres, que fascinan tanto en la televisión de casa porque te mantienen sentado en tu sitio cuando podrías levantarte a por otra cerveza. La película me ha entusiasmado; pero me ha indignado mucho que, cuando iban a mostrarse los créditos, después de la dedicatoria a los padres del director, y cuando sonaba una versión de las Variaciones Goldberg —además, sí—, nuestra televisión pública me haya privado de lo demás. Desastroso. No creo que cueste tanto solucionar esto que es vergonzoso. Zimna Wojna, de Pawel Pawlikowski, con Joanna Kulig y Tomaz Kot, como intérpretes principales. Muy recomendable.
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viernes, diciembre 11, 2020
La noción del cero
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jueves, diciembre 10, 2020
Tiempo libre
La rapidez salva vidas y la lentitud puede abrigarlas. Es lo que diferencia la eficacia de la vacuna más veloz de la paciencia en esperarla respetando todas las medidas. La distancia que hay entre ser el primero y proclamarlo con interés, con alharacas, y aguardar con la responsabilidad del sentido común, sin llamar la atención. El sábado, como dije, leí el artículo de Nuccio Ordine («Perder tiempo para ganarlo»), que me parece muy recomendable. Tiene razón, creo, en que «tomarse su tiempo no significa perder tiempo, sino, por el contrario, ganar tiempo, adueñarse del tiempo», y que dedicar las horas a los afectos, a la reflexión o la conversación, a oír música o contemplar una obra de arte significa ganarlas para uno mismo y para los otros, y, como concluye Ordine, «contribuir a que la humanidad sea más humana». Comparto esta defensa de la ociosidad, parecida a la que leí de Stevenson; pero en esta era que vivimos la velocidad tiene su gracia. El tiempo que ganamos con los medios tecnológicos de que disponemos debemos utilizarlos para un mejor rigor en el trabajo. Es sencillo. No se trata de trabajar más deprisa, sino con mayor intensidad y con la garantía de una mejor presentación de lo que hacemos. Precisamente, gracias a que llegamos antes a conseguir un dato, a revisar un texto, o a contar las veces que una palabra se repite. Así que el tiempo ahorrado en eso, deberíamos emplearlo en frenar, en pararnos a reflexionar, en hacer mejor el trabajo, en pensar despacio. Todo un lujo después de tan frenético modo de vida en el que por momentos nos dejamos envolver. Parar y templar, sin necesidad de mandar.
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domingo, diciembre 06, 2020
En defensa de los ociosos
Hay viernes que no voy al campus, y convierto mi casa en el lugar guarecido que viene siendo desde que el desastre se instaló ahí afuera. Gozo aquí de una tranquilidad que no tengo en la Facultad —a pesar de las precauciones—, ni en la calle, ni en las tiendas. Y, con todo, uno sale, va a comprar, recibe a poca gente en casa y acude a trabajar a su lugar de siempre. El pasado viernes no salí más que para recoger muy temprano el periódico y desayunar con él. (En primera: «España sale del riesgo extremo por primera vez desde septiembre». En la última, la columna de Juan José Millás, fecundado por una imagen de Antonio Machado: «Allá, en las altas tierras [sic], / por donde traza el Duero / su curva de ballesta…». Y en El Cultural Clarice Lispector en portada, la reseña de Los ancianos siderales, de Luis Mateo Díez, a quien estaba escuchando en la radio, un anuncio de un clásico de Quevedo que voy a comprar y las «Hostias negras» de Luis María Anson, el artículo sobre la negritud que me llamó tanto la atención que acudí a un ejemplar que no recuerdo bien cómo llegó a casa de su libro La negritud, publicado en 1971 por Ediciones de la Revista de Occidente). Salto el paréntesis para decir que a veces lo leído nos lleva a algo vivido, o a algo que forma parte de nuestro entorno, como un poema que nos trae el mismo gesto de una amante que un día nos tomó de la mano. Y hay ocasiones en las que lo sentido en propia carne se corresponde en coincidencia con una lectura que a uno le visita después de haberlo experimentado. Como este pasado viernes, en el lugar guarecido que aparece en este delicioso ensayo que me trajo de Barcelona como regalo mi hijo Pedro y que habla del placer de permanecer a resguardo del viento, como acurrucado en un refugio. Es un librito de la primorosa colección «Great Ideas» de Taurus —ay, Penguin Random House Grupo Editorial— con unos breves ensayos de Robert Louis Stevenson en traducción de Belén Urrutia. Contiene ocho reflexiones sobre la vida —pues todo es vida, desde los lugares hasta las lecturas— que son muy gratas y que he revisitado sin saber que el pasado jueves 3 de este mes se han cumplido ciento veintiséis años de su muerte en Samoa, como recordó el mismo viernes del que hablo Elías Moro en su página de Facebook. El escocés escribe sobre el deleite de los lugares desagradables, que es cuando se refiere al placer de sentirse guarecido; escribe sobre enamorarse, que es —dice— «la única aventura ilógica, la única cosa que nos sentimos tentados de considerar sobrenatural en nuestro trivial y razonable mundo» (pág. 34), un accidente simple que es beneficioso y asombroso; escribe también sobre la vejez huraña y la juventud, como dos de las estaciones de la vida con las que hay que estar acordes en su momento y saber cambiar cuando las circunstancias cambian, pues en eso, dice Stevenson, consiste la verdadera sabiduría. Y escribe una apología del ocio, u ociosidad, «que no consiste en no hacer nada, sino en hacer muchas cosas que no están reconocidas en las dogmáticas prescripciones de la clase dominante» (pág. 7), una apología que va más allá de eso y que se convierte en una vindicación de la felicidad, en la de los demás y en la propia, como una siembra de beneficios anónimos, pues —dice Stevenson— que es «mejor encontrar a un hombre o una mujer feliz que un billete de cinco libras». Y yo añado que cuando alguien te confiesa su desdicha y pesadumbre es peor que la indigencia de estar sin libra alguna, sin duro alguno. Y es verdad que lo leído parece que genera un campo de afinidades que atrae otras actitudes, o, en este caso, otros textos. El sábado, ayer mismo, leí en el periódico el artículo de Nuccio Ordine «Perder tiempo para ganarlo», que vuelve, como Stevenson, a reivindicar el uso placentero y lento del tiempo fuera de toda utilidad u objetivo práctico y rentable. (Esto último, aderezado con una reflexión sobre la velocidad moderna, quizá me dé para otra entrada). En fin, que el ensayito de Stevenson es un libro deliocioso.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, diciembre 06, 2020 0 comentarios




















