domingo, septiembre 20, 2026

Glorias de Zafra (XXIX)

Una de las satisfacciones más grandes que da la escritura diaria —que no tiene por qué tener pretensiones de diario— es que, pasado el tiempo, puede llegar a propiciar el llenado de los espacios que la memoria ha dejado sin cubrir, y a los que resulta muy difícil volver porque se han diluido los detalles y solo nos ha quedado lo que Luis Landero (El balcón en invierno) llamó «la banda sonora de la memoria», porque del pasado a veces «no nos llegan tanto las palabras y las cosas como las voces, los ruidos —el golpe de una garrota en la percha—, las risas, los murmullos, la honda significación del silencio en ciertos momentos definidos precisamente por las pausas, como ocurre, a menudo en la música, en el teatro o en el cine» (pág. 116). Para rellenar —que es un término impropio, ya que nunca será colmadamente— esos huecos con la masilla de lo vivido están las notas y apuntes que uno puede tomar sin pensar en nada más; y menos en la posteridad, o solo en la posteridad de ese día en el que se tenga que recurrir a ellos, como me ha pasado hace poco. Habíamos quedado en Zafra con María José y Gianluca, que pasan siempre los meses de verano en Burguillos del Cerro —qué alegría da ver en la salida 675 de la A-66 un indicativo de núcleo de interés turístico que anuncia que está a 28 km. de allí—, y se me olvidó anotar algo de lo que escribí en mi cuaderno la última vez que nos vimos, hace ahora tres años, sobre un rasgo de la cultura de G., con quien da gusto conversar. Conté aquí aquel detalle de lo que me dijo, al pasar por el Alcázar de los Duques de Feria, actual Parador de Turismo, sobre la pieza para guitarra titulada «Zafra» que compuso Federico Moreno Torroba para su suite de Castillos de España. Comimos en Acebuche, de Carmen Peláez y Javier, y nos preguntamos por qué en aquella ocasión de 2023, a la que se sumaron Isabel Collado y José Antonio Zambrano, faltó mi hermano Josemari. La respuesta también quedó escrita: se contagió de covid. Esa escritura inane subraya la importancia de los placeres pequeños y recompone los pedacitos de una experiencia que, de no ser por eso, podría propiciar la memoria incierta, que creo que es como llamó Ricardo Piglia en su novela de Ida a los recuerdos inventados. Las imágenes contribuyen de otra manera a recomponer los trozos de la historia, y me vienen muchas cuando estoy en Zafra. Una de las recurrentes es la del suelo fregado que mi madre llenaba de hojas de periódico, como si marcase el camino debido. Por eso me gustó tanto saber de la madre del narrador de Mirafiori (Alfaguara, 2023), de Manuel Jabois, que ponía sus hojas sobre el suelo fregado mientras decía que en el futuro estaban todas las respuestas: «Todas, todas. No va a quedar nada sin saber». Y el hijo se preguntaba si lo hacía «porque lo necesitaba el suelo o porque tenía ganas de hablar de la trascendencia» (pág. 31). Yo me traje de Zafra el otro día, sin embargo, una imagen tan ordinaria y agrimensora como la de las obras de la variante de la N-432 que va a evitar el núcleo urbano. Quizá porque dentro de poco será una realidad tan distinta e irreproducible como lo pasado vivido casi perdido.

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