viernes, agosto 23, 2013

Rinconete


No recuerdo desde cuándo conozco la revista Rinconete. Es una revista diaria, como un rinconcito —en homenaje también por su título al personaje cervantino— en el que se recogen artículos breves sobre asuntos de lengua, literatura, artes, patrimonio e historia y que comenzó a publicarse en abril de 1998 en las páginas del Centro Virtual Cervantes (CVC). Hasta la fecha ha publicado más de siete mil novecientos textos, que van desde los avisos de concursos o notas de la redacción hasta los artículos propiamente dichos, los más, que son los que hacen de este rincón un sitio ameno y algo provocador, como quieren sus promotores, que evocaron el prólogo que Cervantes puso a sus Novelas ejemplares (1613): «Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse, sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables, antes aprovechan que dañan. Sí, que no siempre se está en los templos; no siempre se ocupan los oratorios; no siempre se asiste a los negocios, por calificados que sean. Horas hay de recreación, donde el afligido espíritu descanse.» Es probable que una de mis primeras visitas la hiciese por leer alguno de los artículos de José Antonio Millán, creador del CVC; pero me convertí en lector frecuente desde que mi amigo Pedro Álvarez de Miranda se sumó en octubre de 2009 («Absolución») a un elenco de colaboradores entre los que hay nombres como Luciano García Lorenzo, Blas Matamoro, José Ramón Ripoll, Luis Alonso Girgado, un Pedro Montecuadrado, que firmó el primer texto («Gracián tenía razón») o Marta Herrero Gil, la autora del libro El paraíso de los escritores ebrios, que hoy mismo publica una primera entrega de «Literatura drogada en español». Pedro Álvarez de Miranda lleva publicados casi cuarenta rinconetes y a mí me parecen todos excelentes. Aprendo con ellos, disfruto de su prosa y admiro su rigor y su amenidad, además de esa escrupulosidad irresistible que él aprendió de sus maestros, los vividos y los leídos. Un ejemplo: «En un par de ocasiones refiere Unamuno que cuando alguien le señalaba que alguna palabra por él empleada no figuraba en el diccionario de la Academia su réplica era: «Ya la pondrán». Pertinentísima reacción, que implica una coda tácita («… y si no la ponen, a mí me trae sin cuidado») y echa por tierra la burda y extendida creencia de que lo que no está en el diccionario sencillamente ‘no existe’», que es de «Biruji (y sus múltiples variantes)», del 15 de marzo de este año, de recomendable lectura, como el último que ha publicado este mismo mes, «De estampida, de estampía (1)», que he leído hoy y que ha propiciado estas líneas.

miércoles, agosto 21, 2013

Pervivencia de Claudio Rodríguez


Si Vigencia de Claudio Rodríguez fue el título de las V Jornadas sobre el poeta organizadas a finales del año pasado por el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora, Pervivencia de Claudio Rodríguez debería ser el lema que represente la labor que este Seminario, con el Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo y la Biblioteca Pública de Zamora —Asunción Almuiña y Concha González—, viene desarrollando desde hace media docena de años con la publicación de la revista Aventura, cuyo número 4, que recibí hace unos días, recoge el contenido de aquellas jornadas. La palabra es lo principal en estas páginas; pero hay juego tipográfico y hay imágenes de los participantes en las sesiones, de la exposición sobre CR en la Biblioteca desde el 29 de noviembre de 2012 hasta el 31 de enero de 2013;  hay una cronología (1934-1999), y hay información bibliográfica y sobre el Centro de Documentación Claudio Rodríguez. En cuanto a la palabra principal creo que hay muchos motivos para considerar este volumen como una aportación importante al conocimiento del poeta zamorano; y no sólo, insisto, una demostración de su vigencia asegurada. Por el sentido texto de la conferencia de Ángel Rupérez, que nos habla, desde el conocimiento directo y la amistad de Claudio, de la aventura poética como un recorrido por su producción, por libros como Conjuros o Casi una leyenda, aparte la ebriedad mística de los primeros poemas. Por la palabra también de quien tan cerca estuvo del poeta, José Ignacio Primo Martínez. Entre ambas, un coloquio conducido por Tomás Sánchez Santiago y Fernando Yubero con los poetas Fermín Herrero, Ada Salas y Alberto Santamaría, para quien la única manera de mantener vivo a CR es consumirlo, desmenuzarlo; y una lectura poética de Olvido García Valdés introducida por Juan Manuel Rodríguez Tobal y Luis Ramos. Hay una colaboración especial de Jorge Riechmann, con las notas que tomó en una lectura de Claudio Rodríguez en Madrid cuando el autor de El día que dejé de leer El País tenía —es de mi quinta— veintidós años, y está el texto de la intervención del profesor americano W. Michael Mudrovic en la presentación de su libro sobre la poesía claudiana publicado por la Universidad de Valladolid —reencuentro en las fotografías al colega latinista Pedro Conde, responsable de sus Publicaciones— y el Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo. Por último, aunque no en último lugar en el volumen, presentan interés diverso las comunicaciones presentadas a las Jornadas, siete en total, que ocupan casi sesenta páginas y que van desde una sugerente comparación entre las poéticas de Claudio Rodríguez y de Aníbal Núñez en el texto de Celia Corral Cañas, que recuerda aquel calambur del salmantino «¿Dónde la ebriedad?», hasta alguna propuesta didáctica sobre CR12 —por el año 2012— en la que —¿era de esperar?— se alude a la coincidencia de las iniciales con un famosísimo jugador de fútbol. Con lo que Claudio Rodríguez pasaría a ser el otro CR. Aquí no; en este espléndido volumen de Aventura, CR es Claudio Rodríguez. No hay otro.

viernes, agosto 16, 2013

Cristalizaciones (II)


Ya dije aquí que este libro de Basilio Sánchez, Cristalizaciones, merecía más espacio, y me alegro ahora de que el poeta peruano Maurizio Medo haya tenido a bien publicarme en Transtierros, la revista que dirige, estas páginas sobre los poemas de Basilio.

jueves, agosto 15, 2013

Covarrubias


© CMD
Escenas de verano. Lamento no poder localizar la viñeta, creo que de Forges, en la que un comensal se queja de la mala calidad de la comida y el camarero le responde como disculpa que no se había dado cuenta de que no eran forasteros. Desgraciadamente, cuando uno viaja son demasiadas las veces en las que se recibe mala atención sólo por no ser cliente habitual. Molesta. Y más cuando lo ves en tu propia ciudad. Aquí, en Cáceres, vimos ayer un trato displicente por un camarero en una terraza del centro hacia unos turistas. Lo peor fue que uno de estos dijo al levantarse: —Arrieritos somos. Imagino a ese cliente camarero en Antequera, pongamos por caso, y que cuando yo vaya por allí y se entere de que soy de aquí me cobre medio vino a cuatro euros para sacarse la espina de su mala experiencia de ayer al lado de casa. Experiencias del verano como la del otro día en Covarrubias en la visita al torreón de Fernán González, el de doña Urraca, según la leyenda. «Ovo nonbre Fernando  esse conde primero, / nunca fue en el mundo  otro tal cavallero;» Allí, a C. se le ocurrió recordar un hecho contrastado muchas veces, y, una vez más, allí mismo: los primeros que se sientan en una visita turística, incluso cuando hay mayoría de personas mayores, son los niños, que no aguantan. No falla. 

martes, agosto 13, 2013

Silos

© CMD

domingo, agosto 11, 2013

Carmona. Cantabria

© CMD

lunes, agosto 05, 2013

Un diccionario de la poesía


¿Dónde puedo encontrar un sumario de todos los números de la revista Peña Labra? Necesito una ficha exhaustiva de la obra poética de Álvaro Pombo. He leído que colaboró en una antología titulada Desde la bahía, de 2006; ¿puedo saber junto a qué poetas? En este volumen que publicó muy a finales del pasado año la Fundación Gerardo Diego tengo la herramienta que me permite averiguar esto y mucho más sobre todo lo referido a los poetas y la poesía en Cantabria en cuarenta años desde 1970 a 2010. Su consulta es una experiencia grata de muchos hallazgos y de conocimiento de las piezas necesarias para construir un pedazo importante de la poesía española contemporánea. Casi al primer hojeo he dado con un dato para mí curioso y excelente para demostrar que a este diccionario bibliográfico no se le escapa nada: mi casi paisano cordobés José Manuel Martín Portales afincado en Atalaya, muy cerca de Zafra, en donde, en el restaurante el «Dropo» leyó el pasado mayo sus poemas inéditos de Memoria de la luz, figura como ganador en dos ocasiones (2008 y 2010) del premio nacional de las Justas Literarias de Reinosa. Lo encuentra uno fácilmente en el índice onomástico, que —es obvio— no sólo es un índice de los 171 autores que conforman el primer cuerpo de la obra, sino que incluye a todos aquellos que han tenido relación con premios, revistas, colecciones de la poesía en Cantabria en esos años, y que, además, es un índice de ilustradores, fotógrafos y diseñadores que tuvieron algo que ver en los libros referenciados. Libros y revistas cuyas cubiertas se ofrecen en una muestra de ilustraciones al final del volumen. Los artífices de todo esto: Andrea Puente y Luis Alberto Salcines; la bibliotecaria de la Fundación y el escritor cántabro y editor de las más importantes antologías de la poesía en Cantabria en los últimos treinta años. Son responsables ocultos en una página de créditos en donde figuran debajo de una «Elaboración» que debería llevar sus nombres a la primera de cubierta y a la portada de esta obra que tiene sobreañadidos dos caracteres que la hacen excepcional: su estricta voluntad de rigor y una razonada laxitud de criterios —hay autores que ya estaban antes de 1970; hay autores que habían muerto antes de 1970; hay estudiosos...— que amplía sus prestaciones y supera el ámbito regional para convertirse en un instrumento de información sobre la poesía española contemporánea. No en vano la Fundación Gerardo Diego es Centro de Documentación de la Poesía Española del Siglo XX. He aludido a «I. Autores» como primer cuerpo del Diccionario; el resto, cuatro más: «II. Antologías y libros colectivos», «III. Colecciones», «IV. Revistas», y «V. Premios». Con razón Álvaro Valverde dijo sentir sana envidia de este diccionario bibliográfico, pues en Extremadura no hay nada parecido. Y eso que su poesía lo merece, decía. Bueno, al menos, si un día se proyecta algo así, ya tenemos el modelo.

Andrea Puente y Luis Alberto Salcines, Diccionario bibliográfico de la poesía en Cantabria (1970-2010), Santander, Fundación Gerardo Diego. Centro de Documentación de la Poesía Española del Siglo XX (Colección Bodega y Azotea, 4), 2012, 378 páginas.

Penal de Ocaña


La filóloga María Josefa Canellada (1912-1995), esposa que fue de Alonso Zamora Vicente, presentó una novela al Premio Café Gijón en la edición de 1954 que ganó Carmen Martín Gaite con El balneario (1955). El 54 fue el año de Los bravos, de Fernández Santos, de El fulgor y la sangre, de Ignacio Aldecoa, de Juegos de manos, de Juan Goytisolo, títulos y autores bien significativos en su tiempo. La novela de Mª Josefa Canellada, Penal de Ocaña, por motivos de censura, no fue publicada hasta diez años después, y con ciertos retoques (Madrid, Editorial Bullón, 1964), y no conoció una edición completa hasta la definitiva que prologó su marido Zamora Vicente (Madrid, Espasa-Calpe, Col. Austral, 1985). Se trataba de una novela sobre la guerra civil española durante el período inicial de la misma y protagonizada por una estudiante de Filología que se hizo enfermera voluntaria. Novela con elementos autobiográficos de Canellada, obviamente, o «su propio diario», como se lee en el texto de promoción, quizá redactado por su nieta, Ana Zamora, de un nuevo espectáculo de la compañía que ella dirige, «Nao D'Amores». El magnífico equipo artístico radicado en Segovia y especializado en el teatro medieval y renacentista ha abierto una «perspectiva escénica alternativa» para navegar hacia el presente con el montaje de una adaptación teatral de la novela de Canellada Penal de Ocaña. Será en la Cárcel Vieja de Segovia (Avenida de Juan Carlos I, s/n), los días 9, 10 y 11 de agosto a las 22:00.

viernes, agosto 02, 2013

Señales horarias


Salvo error o desfallecimiento, suelo saber la hora en que vivo; y me gusta. Uno está rodeado de señales analógicas y digitales que indican con precisión el tiempo en que uno está. Señales horarias en la radio, seguidas de la voz de un locutor que dice la hora y una antes, nunca menos, en Canarias; la presencia permanente en este ordenador del tiempo que pasa; el reloj de pulsera que sigo mirando en un gesto mecánico cuando en la calle me paro y vuelvo sobre mis pasos, como si fuese una brújula; los dígitos verdiexactos de un aparato que tengo bajo el televisor. El reloj de la cocina. La sintonía de un programa que empieza a hora fija. La misma voz de siempre. Incluso el ruido a primera hora de la mañana —y nada enojoso ya— del escobón y el carro del barrendero en el silencio de esta calle. Pero nada tan íntimamente gozoso como la señal del tiempo que llega por el tañer mecánico de una campana cuyo sonido, acordado con todos los signos modernos —la alarma del móvil, por ejemplo—, sale de las piedras viejas de la iglesia más cercana. El sonido de una campana que supera su significado horario y que algunos días comunica con júbilo unas bodas y otros con un tantán de muertos. Hay otro principio de novela —La Regenta la primera— en el que hay un personaje debajo de una campana. —Deja tu mano encima y te latirá en los dedos, le dice el párroco a Pablo en El obispo leproso de Gabriel Miró. «Parece que le circule la sangre de las horas y de los toques de muchos siglos. ¿Verdad que tiene también su piel con sus callos y todo?» Y es verdad; aunque en estos tiempos ruidosos sea difícil encontrar rincones en los que a uno le llegue limpio el sonido de una campana, que no nos atrevemos a remover «porque la tarde duerme dentro y se levantaría toda preguntándonos», como dijo don Magín en ese mismo sitio de esa novela de Miró.

jueves, agosto 01, 2013

Cierre

Como el año próximo pasado.

miércoles, julio 31, 2013

Cristóbal Cuevas


© Diario Sur
Por Antonio Gómez Yebra me he enterado de la muerte el pasado sábado día 27 del que fuera catedrático de Literatura Española de la Universidad de Málaga Cristóbal Cuevas (Fuengirola, 1932), el gran especialista en la literatura de los Siglos de Oro, editor de Fray Luis de León, de San Juan de la Cruz, de Fernando de Herrera... Su edición de la Poesía castellana original completa (Madrid, Ediciones Cátedra, 1985) del poeta sevillano fue para mí, recién terminada la carrera, un benéfico tocho de casi novecientas páginas que ayudó a rellenar una laguna enorme. También por su edición en Castalia leí El día de fiesta por la mañana y El día de fiesta por la tarde de Juan de Zabaleta. Pero sus investigaciones sobrepasaron los siglos XVI y XVII y a él debemos estudios sobre aspectos y autores más modernos, desde Salvador Rueda, a José Moreno Villa o Antonio Buero Vallejo; además de su contribución al conocimiento del patrimonio literario de Málaga con la dirección del gran Diccionario de Escritores de Málaga y su provincia (Madrid, Castalia, 2002). Tengo numerosos testimonios encuadernados de su paso como crítico —de ensayos filológicos y de ediciones de clásicos— por las páginas del ABC Cultural, sobre todo en los años 90, en las que atendió novedades como la edición de los Escritos literarios de Mayans a cargo de Jesús Pérez Magallón, la publicación de la Obra poética de Carolina Coronado en edición de Gregorio Torres Nebrera, el libro de Domingo Ynduráin Humanismo y Renacimiento en España, el Glosario de voces anotadas de los Clásicos Castalia que coordinaron Robert Jammes y Marie Thérèse Mir, etc., etc., etc. En 2005 se publicaron los dos volúmenes de A zaga de tu huella. Homenaje al profesor Cristóbal Cuevas García, en edición de Salvador Montesa Peydró, con ese verso del Cántico Espiritual de San Juan a quien dedicó tantos afanes el profesor. 

viernes, julio 26, 2013

¿Para qué sirve la literatura?


«La literatura nos libera de nuestra forma convencional de considerar la vida —la nuestra y la de los otros—, destruye la buena conciencia y la mala fe. Por definición contraria y paradójica —protestante, como el protervus de la antigua escolástica; reaccionaria en el buen sentido—, resiste a la estupidez, no con la violencia, sino de una manera sutil y obstinada. Su poder emancipador, que nos conducirá en ocasiones a buscar derrocar a los ídolos y cambiar el mundo, permanece intacto, aunque más a menudo nos hará, sencillamente, más sensibles y más sabios, en una palabra: mejores.»

Antoine Compagnon, ¿Para qué sirve la literatura? Lección inaugural de la cátedra de Literatura Francesa Moderna y Contemporánea del Collège de France, leída el jueves 30 de noviembre de 2006. Traducción del francés de Manuel Arranz. Barcelona, Acantilado, 2008, pág. 63.

jueves, julio 25, 2013

Angrois, Santiago de Compostela. 24 de julio de 2013


Desconozco si existe el término técnico; pero mi experiencia es la de un conocimiento dinámico. El doloroso conocimiento dinámico de una tragedia. No es la primera vez. Ayer, después de las noticias sobre el accidente del tren de Santiago de Compostela, me acosté con la sensación —trágicamente profética— de haber experimentado algo así; y me acordé del 11 de marzo de 2004 y de los atentados de Atocha. Hace nueve años escuché las primeras noticias casi en directo de aquel brutal atentado por la voz aturdida de Iñaki Gabilondo en la SER, y seguí el recuento de víctimas durante un viaje de hora y pico por carretera y su vuelta. Al llegar a Cáceres, las treinta víctimas de un principio, eran setenta, cuando guardamos cinco minutos de silencio en la entrada de la Facultad, en el campus, a la una del mediodía. Fueron pasando las horas y cayendo los muertos, hasta los ciento noventa y uno definitivos de las cifras oficiales días después. Ayer no iba de viaje; volvía. Y al llegar fue cuando también en la SER escuché la voz emocionada y entrecortada de Xaime López en Hora 25 que casi literalmente pisaba los cadáveres junto a las vías tras el tremendo accidente. No había cifras, aunque al poco tiempo —en televisión casi nada, sólo fútbol, películas y series, hasta pasadas dos horas de la catástrofe— ya eran treinta y cinco. El doloroso conocimiento dinámico de un hecho que esta mañana contaba setenta y siete fallecidos. Cuando escribo estas líneas ya son ochenta. Emoción y lágrimas a muchos kilómetros de distancia cuando uno escucha los testimonios de testigos, supervivientes o familiares de los viajeros fallecidos. Es espantoso.

Tonás de los espejos


Soy recipiendario de la toná XII de la segunda parte de este libro que lleva un prólogo —«De las tonás»— escrito por alguien que sabe de flamenco y tiene buena memoria histórica, Cayetano Ibarra Jurado, quien con mucho acierto habla en esas páginas de la «sinceridad poética» de José Antonio Zambrano. Acompañado por los hermanos Machado como presencia notoria de estas Tonás de los espejos (Mérida, De la luna libros. Colección Luna de Poniente —K—, 2013), su autor propone otra de esas sus lecciones de poesía popular y, específicamente, flamenca. Ya dio una con sus Soleares. A cantar las doce (Mérida, De la luna libros. Colección Lunares, 2004). Recuerdo una de las piezas de aquel libro:

                            Mijitas de tus pesares
                            me vas dando por las noches
                            como a los muertos de hambre.

                                            e

                            Me está costando mil penas
                            conocer por tus silencios
                            todo lo que no confiesas.


La tradición en la que tiene plaza bien ganada José Antonio Zambrano desde sus comienzos poéticos —las Canciones y otros recuerdos son de 1980— está poblada por personajes como Augusto Ferrán, Juan Ramón Jiménez, los Machado, Federico García Lorca, Rafael Alberti o Manuel Alcántara. Por cierto, he visto de nuevo uno de los primeros cantares de La soledad de Ferrán y dice, como si estuviese pensado —sin mucha convicción— como consejo a Mariano Rajoy el día que comparezca en el Parlamento:

                          Cuando dices un embuste
                          la sangre salta a tu cara:
                          no digas más que verdades,
                          porque es tu sangre encarnada.

Pero yo estaba hablando de sinceridad, de sinceridad poética. La de José Antonio Zambrano. Y de su lección de poesía, en este caso, bien afirmativa de la poca distancia que separan los registros del poeta que también escribe libros como Apócrifos de marzo (Madrid, Calambur Editorial, 2009) y que, por consiguiente, también está en otra tradición. Forma concisa, sentencia profunda, verdad y naturalidad, me parece que decía Bécquer sobre Ferrán; y son rasgos de la poesía de José Antonio Zambrano en este libro que tiene su estructura pensada, de quince más quince piezas, y en el que la forma sugiere simetrías y equilibrios, como los últimos poemas de cada parte, poliestróficos, dentro de su sencillez sobre la base de la cuarteta asonantada. El dolor de estos versos es un dolor genérico, es el propio del molde elegido por Zambrano con el fin de servir de apoyatura al cante. No se comprenderá bien este libro hasta que sea cantado, hasta que alguien le ponga voz, lo asuma de esa manera. Sin más guitarra que la voz, sin más acompañamiento que la letra.

lunes, julio 22, 2013

Lecturas de un bibliotecario


No merezco una petición así: «Agradecería un comentario, crítica o desprecio sincero acerca del mismo». Me la hizo el autor de este libro, Jonás Sánchez Pedrero, bibliotecario de Hervás, que ha reunido estas 59 mentiras (s.l., s.i., s.a.) que tuvo la amabilidad de enviarme con una cariñosa y exagerada dedicatoria y con el ruego susodicho en carta aparte. Lleva un cómplice y fraternal prólogo del escritor Víctor Chamorro e ilustraciones en blanco y negro de Pedro Sánchez. Y digo que no merezco esa petición porque no soy persona precisamente dada a expresar desprecio en público por libro alguno, por muy malo que sea. Y, dicho sea de paso, todos mis desprecios, si fuesen, serían sinceros. Aparte quejas en broma; además, sería una afrenta intolerable al digno arte de leer representado en este libro. Y, también, a leer con arte, como hace Jonás Sánchez Pedrero, que llama a estas teselas divagaciones. Son cincuenta y nueve breves apuntaciones sobre muy diversas lecturas que fueron primeramente entradas de su blog. El prólogo, la introducción —«La mentira»—, la nota justificativa y los índices —general y de nombres y de títulos y demás— son los rasgos distintivos de estas páginas con respecto a su versión anterior en la red. Deberían haber sido más: un pie de imprenta, unas fechas, un colofón, una correcta transcripción en cursiva de los títulos de las obras o algún retoque de fechas implícitas, como en la nota sobre La vida sexual de Catherine Millet, escrita en septiembre, o de referencias anacrónicas, como la que se hace a La sociedad desescolarizada de Ivan Ilich (pág. 202), después de su primera mención (pág. 169). Complementos todos que habrían logrado justificar el nuevo formato de lo que ya tuvo su difusión. El conjunto representa una muestra de la vida de un lector que es «conciencia vigilante», por poner lo dicho por Antonio Machado que encabeza el primer texto de Jonás; y recoge el libérrimo desorden de lo que apasiona y forma. Lecturas de Julio Caro Baroja a Ramón J. Sender, de García Márquez y Conrad, a Josep Pla. No hay más criterio que leer. Puede escribirse sobre El dardo en la palabra de Lázaro Carreter y del humor de Tom Sharpe; de las Cartas desde el infierno de Ramón Sampedro y de Madame Bovary, que es la segunda parte del Quijote, según Jonás. Además, como suele ocurrir en la vida lectora, aquí también un libro lleva a otro, como cuando se habla de Pensar entre imágenes, de Jean Luc Godard en la nota sobre Mi último suspiro de Luis Buñuel; o cuando se habla —con reparos— de Las armas y las letras de Andrés Trapiello cuando se reseñan las Poesías completas de Bergamín. Hay, por otra parte, digestiones, divagaciones o mentiras, demasiado escuálidas para lo que se ha engullido, como pasa en las notas sobre La Regenta o sobre El viejo y el mar, que piden más. Gusta esta forma de mostrarse como lector, sin pretensión alguna; gusta esta manera de difundir lo que importa. Un desorden lector que tiene su cifra —59— y su final consciente en homenaje, la nota sobre los Calostros (2010) de Víctor Chamorro, un escritor que tiene más menciones en este libro que Miguel de Cervantes. Sea. No conozco a Jonás Sánchez Pedrero; pero sé lo que lee. Quiero decir, ya conozco a J.S.P. 

viernes, julio 19, 2013

XXIX Festival de Teatro Clásico de Alcántara


Ayer, después de escuchar a Daniel Cassany, fui a la presentación de la vigésima novena edición del Festival de Teatro Clásico de Alcántara, que era aquí, en Cáceres, en el Palacio de Carvajal, sede del Patronato de Turismo de la Diputación Provincial. Me invitó Olga Estecha, que es la nueva directora del festival desde el pasado abril y responsable, pues, de haber logrado montar una programación en menos de cuatro meses. Cinco espectáculos centrales para cinco días de festival y numerosas actividades paralelas. Estuvo también la Consejera de Educación y Cultura, Trinidad Nogales, que fue quien mencionó el nombre del anterior director del Festival, Francisco Javier (Quico) Magariño. La nueva directiva también sabe bien que este festival ha llegado a sus veintinueve ediciones gracias a tipos como Quico Magariño, que asumió su dirección en 1992; es decir, durante veinte años. Ahí es nada. Fue, como nos recordó Juan Domingo Fernández en una de sus entrevistas de «Zona de paso» en Hoy, uno de los pocos actores de Extremadura que se formó profesionalmente en la Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, combinando los estudios con la mili y, luego, con el trabajo; y ha sido hasta hace bien poco el programador y gestor de un festival teatral extremeño que más tiempo —habrá sido por algo— se ha mantenido en un puesto que, por cierto, durante los últimos años «ponía a disposición». Así que un recuerdo desde aquí a Quico. Creo que el Festival de Alcántara debería —con más tiempo— reconocerle la labor que ha realizado durante tantas ediciones.

jueves, julio 18, 2013

Daniel Cassany


Hoy he escuchado a Daniel Cassany en el curso de verano de la UEX «Las tecnologías de la información y comunicación (TIC) en la enseñanza del español como lengua extranjera» que ha dirigido mi compañero Paco Jiménez Calderón, junto a Anna Sánchez Rufat, de la Universidad de Córdoba. Presumo que el grado de aprovechamiento de este curso habrá sido alto, aunque no había muchos docentes entre un auditorio compuesto mayoritariamente por estudiantes, recién licenciados y graduados, de provecho diferido. Incluso para lo que no es estrictamente enseñanza del español como lengua extranjera. El profesor de Análisis del Discurso en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona ha hablado de «Blogs, chats y foros en la clase de ELE» y ha mostrado diversas posibilidades de aplicación de las nuevas tecnologías en la enseñanza. Comunicativo, sistemático y riguroso en el manejo del tiempo, Cassany ha interactuado con los asistentes  y ha logrado doblar la efectividad de sus fundamentos teóricos y metodológicos. Como en sus libros, me parece, que han sido el acicate principal que me ha llevado hoy a escucharle. Vale también hacer el camino inverso y que algunos de los que le han escuchado hoy busquen títulos de Daniel Cassany como La cocina de la escritura (1995), Afilar el lapicero. Guía de redacción para profesionales (2007), En_línea. Leer y escribir en la red (2012), todos publicados por Editorial Anagrama.

Festival de Música de Trujillo


miércoles, julio 17, 2013

El Cuaderno


Es portentoso seguir viendo cada mes en un expositor que hay junto a la conserjería de mi Facultad un mazo de ejemplares de El Cuaderno —que a veces sigo llamando El Cuaderno de la Voz, del histórico diario La Voz de Asturias. Hace muy poco que recogí el último número, el 47, de julio-agosto de 2013, cuya portada, con la reproducción de esa pieza de acero —Pirata— del artista asturiano Javier del Río (1952-2004), encabeza esta entrada. Es una suerte seguir contando con esta versión en papel de esta extraordinaria publicación cultural que nació el 16 de octubre de 2011 como una separata dominical gratuita de dieciséis páginas del citado periódico, que la sostuvo, junto a Ediciones Trea, hasta que en abril de 2012 desapareció el rotativo, y que desde su primer número se puede leer en edición digital. A pesar de los cambios —llegó a reducirse a tan solo ocho páginas, comenzó a salir cada quince días y luego cada mes—, El Cuaderno Cultural no ha perdido nada de su lema de crear, divulgar y resistir en todo lo referido a la defensa de la cultura y el fomento del debate y la crítica en torno a ella. Con razón, pues su consejo editorial ha permanecido casi invariable desde su fundación: Juan Carlos Gea como coordinador y con él Juan Cueto, Álvaro Díaz Huici, Jordi Doce, Javier García Rodríguez, Elena de Lorenzo Álvarez, Helios Pandiella y Jaime Priede. Han logrado una de las publicaciones de creación, información y crítica de libros y arte más recomendables de todo el panorama cultural actual. Merecen destacarse de este número veraniego las páginas dedicadas a los cincuenta años de Rayuela —«Experiencia Rayuela»—, con relatos de la experiencia de su lectura de diez lectores-autores en la corteza de Cortázar. Pero también las páginas que ocupa el movimiento poético peruano Hora Zero con una selección de poemas de sus autores principales, entre los que hay chilenos como Roberto Bolaño y mexicanos como Mario Santiago Papasquiaro, por citar dos infrarrealistas ya desaparecidos y que estuvieron muy unidos. Y la buena recomendación de Elena de Lorenzo de la antología de textos del argentino de Sur José Bianco (1908-1986) que ha publicado la editorial Atalanta: José Bianco, Sombras suele vestir. La pérdida del reino. Las ratas (2013), que contiene además su primer relato de 1929 y una selección de ensayos de crítica literaria. Y más, porque otro argentino, el novelista Sergio Chejfec publica un texto inédito —«Un dato menor»—, acompañado de otros breves textos sobre su obra, entre los que está la reseña de Victoria de Stefano de su última novela, La experiencia dramática (Avinyonet del Penedés, Candaya, 2013). Una lectura pendiente. En fin, son cuarenta páginas que a tantas otras remiten las de este Cuaderno que vino del Norte y que uno desea que vuelva en septiembre.

martes, julio 16, 2013

lunes, julio 15, 2013

«Siempre», de Ignacio Elguero


En la recién pasada Feria del Libro de Madrid Ignacio Elguero estaba firmando ejemplares de ¡Al encerado! (Barcelona, Planeta, 2011), que lleva en su subtítulo su promoción: «Un interesante y divertido retrato de los colegios de los años 60, 70 y 80»; pero también tenía allí delante algunos de su más reciente libro de poemas, Siempre (Ediciones Hiperión, Poesía Hiperión, 619, 2011), que fue del que me traje uno dedicado. Llego a él con retraso desde su publicación; pero me apetece escribir sobre un libro tan de Elguero. Aunque el calificativo es más aplicable al del encerado, al del mismo autor de Los niños de los Chiripitifláuticos (2004) y de Los padres de Chencho (2006), esas obras tan cercanas —estoy entre esos siete millones y pico de personas que nacieron en España en los primeros años sesenta—; pero de un aire nostálgico que se toma con prevención por el trasfondo ideológico que puede esconder eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Vuelvo. Tan de Elguero, en fin, porque en poesía Ignacio también es reconocible, a pesar de ser un poeta que está fuera de líneas determinadas o dominantes. La poesía de Ignacio Elguero es reconocible por su humana simplicidad, porque tiende siempre a lo más cotidiano sin muchas abstracciones, y por lo que en su día dijo su llorado Leopoldo Alas al prologar su primer libro, Los años como colores (1998), su «nostalgia positiva». Su libro más amoroso, El dormitorio ajeno (38 poemas de amor) (2003), es también el más clasicista. Y Siempre es, quizá, el más maduro, por las dosis decantadas de algunos de los rasgos más visibles de su poesía anterior. Dos nítidos ecos, entre otros, me ha traído este libro de Elguero: el de Pedro Salinas para la clave amorosa de algunos poemas y el de Ángel Campos Pámpano y La semilla en la nieve para el último poema, que da título a toda la obra, «Siempre», y en el que está tan presente la imagen de la madre, otra amada: «He cogido su mano. / Qué extraña sensación / cuando la aprieto. / Tengo su mano fría entrelazada. / Sé que la despedida está más cerca / pues el tacto es más seco, más duro, más terrible. / Siempre tendré su mano / muriendo entre las mías».

sábado, julio 13, 2013

Las melancolías de Sancho


Entre la interesante y copiosa —en lo que cabe— bibliografía con que cierra Felice Gambin su edición del tratadito de Freylas sobre la melancolía y la adivinación del que hablé ayer, me he encontrado, naturalmente, con este libro de José Luis Peset, Las melancolías de Sancho. Humores y pasiones entre Huarte y Pinel (Madrid, Asociación Española de Neuropsiquiatría, 2010), que compré no hace mucho, que leí y que dejé pasar sin anotar aquí nada. Me interesó en un principio porque dedica toda una parte, la última de las cuatro que lo componen, al siglo XVIII —del que mucho sabe Peset—, y en la que aparecen nombres como los de Diego de Torres Villarroel, el jesuita Ludovico Antonio Muratori, Francisco Mariano Nipho, Andrés Piquer y otros como el del médico francés Philippe Pinel, cuyo Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental (1800) es una de las referencias principales de esta obra, junto al libro de Juan Huarte de San Juan Examen de ingenios para las ciencias —hay edición de Guillermo Serés en Cátedra, 1989—; y así ambos médicos, el español y el francés, marcan los extremos cronológicos de un sugerente ensayo cuyas tres primeras partes se centran —con liberal dispersión— en el Quijote, su mundo, su contexto literario y algunos de su personajes: I. La melancolía razonada. II. El teatro de los ingenios. III. La tristeza del escudero. A las que hay que sumar la cuarta: IV. La Arcadia de las Luces. Luces que se barruntan en la sección anterior, en la que aparece el nombre del cirujano militar Pedro Pablo Gatell y Carnicer, autor de una curiosa Historia del más famoso escudero Sancho Panza (1793). Quizá no llegó a tiempo a sus manos, pero estoy seguro de que a José Antonio Llera habría interesado mucho para sus Rostros de la locura este libro de José Luis Peset. Por cierto, en los dos libros, el de Peset y el de Llera, está presente, de un modo u otro, Felice Gambin, y sus estudios sobre la melancolía en la España de los Siglos de Oro. Y es que a veces —¿o siempre?— los libros son como poldras sobre las que uno pisa para moverse de un lado a otro en su flaco conocimiento.

viernes, julio 12, 2013

Los melancólicos de Alonso de Freylas


En el apéndice de una obra sobre la preservación de la peste publicada en Jaén en 1606 —en el contexto inmediato de la epidemia que afectó a la zona cuatro años antes—, de uno de los mejores tratados escritos en España sobre el tema (Conocimiento, curación y preservación de la peste), del médico Alonso de Freylas, éste incluyó la curiosa pieza que el profesor Felice Gambin, de la Universidad de Verona, acaba de editar traducida al italiano: Si los melancólicos pueden saber lo que está por venir, o adivinar el suceso bueno o malo de lo futuro, con la fuerça de su ingenio o soñando. Diré ya que su autor, que conecta con algunas ideas del Examen de ingenios (1575) de Huarte de San Juan, concluye que los muy melancólicos tienen mucha imaginación y el cerebro caliente, y que por eso suelen sufrir mucho y hablar mucho, de lo que les viene acertar algunas veces en lo que está por venir, pues es muy propio del que habla mucho acertar en algo: «che è peculiare di chi parla molto di indovinare qualcosa», traduce Felice Gambin, que es uno de los grandes estudiosos del tratamiento literario de la melancolía en los siglos XVI y XVII. El médico Alonso de Freylas (1550-1624), que lo fue del Arzobispo de Toledo, el arandino Bernardo de Rojas y Sandoval, Inquisidor General que aparece mencionado por tantas eminentes figuras literarias de nuestro Siglo de Oro (Lope de Vega, Góngora, Cervantes, Quevedo...), distinguía varios tipos de melancólicos, y consideraba que la melancolía no sólo atraía al diablo, sino que podía ser un medio a través del que Dios podía manifestarse. Esto lo trata bien Felice Gambin, igual que uno de los aspectos más interesantes —según este estudioso y traductor— del discurso de Freylas: la capacidad de adivinación o revelación por medio de los sueños, y cómo el sueño, además de todo lo que sugiere, es el medio en el que la melancolía se manifiesta. De esta manera, el médico Alonso de Freylas se incorpora a una riquísima y variada literatura sobre el sueño que se convierte en todo un emblema de la época. Otra vez la mano en la mejilla.
Alonso de Freylas, I malinconici e la divinazione. Introduzione, traduzione e note di Felice Gambin. Firenze, SEID Editori, 2012.
La ilustración de la cubierta del libro es de Antonio de Pereda, El sueño del caballero o Desengaño de la vida (1645-1650), un cuadro que está en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.

jueves, julio 11, 2013

La actualidad ortográfica


El reflejo de la actualidad en la prensa escrita es muy instructivo en términos ortográficos. Para bien; no se crea que vaya uno a arremeter contra el reacio mal uso de la lengua en los medios, no. No hace tanto que la doctrina ortográfica de la Real Academia Española prescribía la escritura del prefijo ex-, con el sentido de 'lo que fue y ya no es', separada del sustantivo correspondiente. Desde la publicación de la nueva Ortografía de la lengua española (2010), la RAE considera conveniente, «en aras de una mayor coherencia del sistema ortográfico», unir o soldar el prefijo a su base cuando sea una sola palabra (exnovio), y separarlo cuando se trate de varias, como en ex alto cargo o ex chico de los recados. Solo el periódico de ayer miércoles me provee de ejemplos suficientes. El extesorero Luis Bárcenas, el exanalista y exempleado de la NSA Edward Snowden, el exalcalde socialista de Sevilla Alfredo Sánchez Monteseirín, la exconsejera de Economía y Hacienda y exministra de Fomento Magdalena Álvarez, el exmarido de Ana Mato, Jesús Sepúlveda, los ex altos cargos de la Junta de Andalucía... Hay más, en días pasados, y habrá en los venideros. El exjugador del Barcelona David Villa, el exdirector del FMI Strauss-Kahn, los expresidentes Aznar y Zapatero, la exmujer de Amancio Ortega, Rosalía Mera... Tantos ejemplos en la prensa diaria de tan reciente convención ortográfica me hacen pensar en que la buscada coherencia académica consiste en soldar 'lo que ya no es' a la base de 'lo que fue', y que nadie se vaya de rositas. Ojalá, según el caso.

miércoles, julio 10, 2013

Borges y el libro de poemas


Hace ya algunos años que la revista El Paseante (núm. 3, verano 1986) publicó una conversación entre Antonio Fernández Ferrer y Jorge Luis Borges en la que el escritor argentino hablaba del proceso de composición de sus libros de poemas: «Cuando yo tengo un número suficiente de textos, leo el índice y entonces veo alguno que pueda quedar bien en la tapa del libro, y, luego, ese siempre es el último, y se crea la ilusión, en fin, en todo caso se dibuja la ilusión de que todo [el] libro ha sido escrito hacia ese poema. Eso es lo que he hecho en las últimas obras. Por ejemplo, leí los títulos, y Los conjurados me pareció un buen título y lo propuse, pero igualmente pudo haberse llamado este libro Cristo en la cruz... Se me ocurrió este artificio que creo no es culpable. Es lícito». Y tanto, aunque confieso que tiendo a la lectura estructurada de los libros de poemas, y a intentar desentrañar los modos constructivos del autor, que suelen ser más visibles de lo que parece, incluso en casos como el de Borges. Siempre hay una mano que decide emparejar dos nubes y dos milongas —por seguir con el ejemplo de Los conjurados. Recuerdo que un escritor muy borgesiano, José Luis García Martín, decía lo mismo que su admirado en lo que se refiere al carácter acumulativo del libro de poemas. Sus libros de versos lo confirman; y él ha hablado de ello en algún sitio —que ahora no localizo— de sus diarios y artículos, como el que quita importancia al conjunto y se la da a la unidad de texto, al poema. Un buen poema no necesita de otro andamiaje fuera de sus límites; pero un buen libro sí puede sostenerse sobre unos cimientos que ayudan al valor y al significado de cada una de sus piezas. Sea la estructura temática —la poesía, el amor, la muerte— o argumental —con su planteamiento, nudo y desenlace—, suele suceder al pensamiento del poema. Por dibujar la ilusión, que decía Borges. Por cierto, y hablando de andamiajes, Antonio Fernández Ferrer es el autor del documentadísimo libro Ficciones de Borges. En las galerías del laberinto (Madrid, Ediciones Cátedra, 2009), una especie de armazón superlativo de aquella universal obra publicada en 1944.

martes, julio 09, 2013

Todas las islas lejos en Morille


Este fin de semana, de viernes a domingo, se celebra el undécimo Encuentro transfronterizo de poesía, patrimonio y arte de vanguardia (PAN XI) en Morille (Salamanca), organizado por el Ayuntamiento de la localidad y dirigido por su alcalde, Manuel Ambrosio Sánchez. Éste dice en su texto de bienvenida que el encuentro de este año está dedicado «a todos aquellos soñadores o ingenuos que, creyendo encontrar o haber encontrado una isla, tal vez incluso 'su isla', empeñaron la vida (la salud, los recursos, la compañía) en su cuidado, confiados en que ese territorio del final del viaje, descubierto o preservado por ellos, podría ser el inicio de un trayecto más favorable, incluso el refugio, para los otros; y en especial va dedicado a quienes, aun intuyendo o sabiendo a ciencia cierta que su empeño sería estéril, persistieron empecinados en la quimera». El título se lo han robado con admiración a uno de esos soñadores empecinados, a Antonio Gómez, que así llamó a su libro de poemas más reciente y que es uno de los asiduos de estos PANes. En el de 2013, el del próximo fin de semana, habrá talleres —como el de estarcido de Alfredo Omaña y Pablo Herrero—, recitales —el de Pablo Málaga con versos de Gabriel y Galán, o el que va a dedicarse a Aníbal Núñez—, acciones —la de Antonio Gómez o la de Francisco Escudero—, conciertos —como el de Germán Coppini y Armando Martínez— y, entre otras actividades, el estreno del documental  Bernard, de Sara Calatrava Sánchez, que parece todo un canto a la preservación del patrimonio. En Morille, este fin de semana.

jueves, julio 04, 2013

Pequeñas biografías por encargo


Como si hubiese estado ajustándome a un programa de lectura coincidente con su composición, leí este libro en tres momentos y, al menos, en tres lugares distintos. Y es que estas Pequeñas biografías por encargo (Madrid, Huerga y Fierro Editores, 2013) de Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968) están estructuradas en tres momentos, que hacen de partes de una misma historia localizada en tres tiempos distintos. El primer momento, en la primavera de 1999; el segundo retrocede hasta el verano de 1982; y el tercero y último se sitúa en el invierno de 2010, que es el tiempo supuestamente más próximo al presente de la escritura. Pero no queda ahí la cosa, y por eso el índice de este libro no es preciso, pues escamotea demasiado. El índice solo sitúa los tres momentos; pero yo le pediría más. Porque el «Primer momento. Primavera de 1999»  tiene tres partes: «El encargo», dividido en siete secuencias (I-VII), «Cuaderno de trabajo», cuya estructura se fundamenta en las apuntaciones —hasta dieciocho— en lugares como La Comarca, Lisboa, Madrid o Begur sobre algunos de sus habitantes, y «Romper el hielo», de cuatro secuencias (I-IV). El «Segundo momento. Verano de 1982», el más breve, precedido por dos lemas, de Albert Camus y Erri de Luca, se desmembra en seis textos muy breves. Y, por último, el «Tercer momento. Invierno de 2010» tiene siete secciones. Así que no es lo que parece, según el índice, tan resumido. Y lo digo porque Javier Morales Ortiz es autor de relatos breves y se nos presenta —véase la solapa— con esta su primera novela. Una novela, sin embargo, cuya morfología es tan divisible que se diría que el conjunto, la novela, se construye a partir de relatos cortos y de fragmentos. Propio de quien nace como escritor en esa distancia corta y quiere hacerse en logros más largos. El resultado es un interesante relato que toma como excusa la indagación —el encargo— en la biografía de otro para mostrar la del propio narrador. Y también para ofrecer un discurso metanarrativo siempre sugerente —para mí— que aporta muchos significados: «Escribir una biografía se asemeja a escribir una novela, solo que los datos vienen dados y son reales. No puedes forzar un personaje, manipularlo para que se comporte de un modo u otro, para que evolucione, aunque en las novelas, como decía Sciascia, cada personaje, al ser representado, carga ya con la consumación de su pasado, la realidad de su presente y la incertidumbre de su futuro» (pág. 98). Y acabo. No hace nada que he releído lo que escribió Luis Landero sobre uno de sus personajes de Retrato de un hombre inmaduro que hacía biografías por encargo. Ignoro si en el germen de este libro de Javier Morales Ortiz tiene algo que ver la lectura de aquel relato de Landero. En nada se parecen, me parece; y sin embargo, parece que hay algo de la insignificancia del personaje que se reivindica en ambas. Es solo un apunte sobre una lectura gustosa.

miércoles, julio 03, 2013

Poesía en la red

Hace unos años escribí una carta a un colega matemático que parecía preocupado por una posible digitalización de los contenidos de su revista —y la desaparición de su versión en papel— en la que le decía que el cambio de formato no podía suponer una calidad menor. Creo que no le convencí. Yo sí estoy convencido de ello, así como de las posibilidades que ofrecen los nuevos formatos digitales para la aplicación del más estricto de los rigores en cuanto a criterios de edición o de presentación de un texto. Es verdad que no siempre es así; pero de igual modo ocurre con los libros publicados en papel. Hay de todo. Y no se debe ser más riguroso en una versión que en otra. Este curso, en mis clases del Máster de Formación del Profesorado de Enseñanza Secundaria quise mostrar ejemplos de edición de textos literarios españoles en la red. Hay mucho donde elegir. Vimos textos de poetas de los 50, de algunos de los novísimos y de poetas extremeños contemporáneos. Me anoté una conclusión: que todavía el texto impreso en papel sigue siendo más fiable que el que se edita en la red. No hay razón plausible; pero así es. Pondré dos ejemplos que salieron aquellos días. El poema «Noción de lugar», de Álvaro Valverde, campea por el ciberespacio con llamativas variantes que deshacen la bien pensada medida de sus versos; lo que solo podría corregirse con la consulta de una edición cabal como la del libro al que pertenece, Ensayando círculos (Tusquets Editores, 1995). Peor suerte tiene uno de los grandes poemas de Pere Gimferrer, bien editado en algún sitio, la «Oda a Venecia ante el mar de los teatros», de Arde el mar (1966); pero trunco y desfigurado —sin entrar en aspectos de estética— en demasiados lugares en la red, que repiten el mismo atropello. Me echo a temblar solo de pensar en que un profesor de literatura tire de internet para hacer un comentario del poema.

lunes, julio 01, 2013

Nihil novum sub sole


© El Roto
Está en un cuaderno antiguo, de hace más de veinte años, en el que tengo anotado el diálogo entre el Comandante Kurtz (Marlon Brando) y  el Capitán Willard (Martin Sheen) en Apocalypse now (1979): —¿Es usted un asesino? —Soy un soldado. —Ni una cosa ni otra. Es un chico obediente al que mandan los tenderos a cobrar la factura. La viñeta de El Roto se publicó en El Independiente el 19 de diciembre de 1989.

domingo, junio 30, 2013

La dama duende


No puedo recomendar lo que vimos anoche en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Una dama duende de dos horas y media con algunos actores televisivos que terminaron la representación casi afónicos, de tanto grito. Sin ritmo —apagado por numerosas y dilatadas mutaciones—, despojaron la propuesta escénica de Calderón de toda trascendencia. Difundida como un homenaje de Cáceres —sic— al desaparecido gran Miguel Narros, esta representación ha pasado con más pena que gloria —tampoco lo pretendían— por aquí, por donde ya pasó antaño una mejor  La dama duende en una de las primeras ediciones del festival —creo que de José Luis Alonso—, que no duró tanto. Tampoco otra más reciente —que aquí no vimos— de Gabriel Garbisu de hora y media y pico. Y es que anoche, por dilatar, hasta el colofón fue largo, sin razón justificada. Es una lástima que se desbaraten así aciertos en otros lados como la escenografía y sus posibilidades, o determinados gestos en la dirección de actores..., para casi nada. Lástima.

viernes, junio 28, 2013

Rayuela, 50 años


Hoy se cumple medio siglo de la publicación de Rayuela (1963) de Julio Cortázar. Este blog, desde el 30 de junio de 2005, homenajea a esta obra y a su autor con el nombre de Pura tura, cuyo origen está en el capítulo 73 de la inmortal novela del argentino: «Todo es escritura, es decir fábula. ¿Pero de qué nos sirve la verdad que tranquiliza al propietario honesto? Nuestra verdad posible tiene que ser invención, es decir escritura, literatura, pintura, escultura, agricultura, piscicultura, todas las turas de este mundo. Los valores, turas, la santidad, una tura, la sociedad, una tura, el amor, pura tura, la belleza, tura de turas. En uno de sus libros Morelli habla del napolitano que se pasó años sentado a la puerta de su casa mirando un tornillo en el suelo. Por la noche lo juntaba y lo ponía debajo del colchón. El tornillo fue primero risa, tomada de pelo, irritación comunal, junta de vecinos, signo de violación de los deberes cívicos, finalmente encogimiento de hombros, la paz, el tornillo fue la paz, nadie podía pasar por la calle sin mirar de reojo el tornillo y sentir que era la paz. El tipo murió de un síncope, y el tornillo desapareció apenas acudieron los vecinos. Uno de ellos lo guarda, quizá lo saca en secreto y lo mira, vuelve a guardarlo y se va a la fábrica sintiendo algo que no comprende, una oscura reprobación. Sólo se calma cuando saca el tornillo y lo mira, se queda mirándolo hasta que oye pasos y tiene que guardarlo presuroso. Morelli pensaba que el tornillo debía ser otra cosa, un dios o algo así. Solución demasiado fácil. Quizá el error estuviera en aceptar que ese objeto era un tornillo por el hecho de que tenía la forma de un tornillo. Picasso toma un auto de juguete y lo convierte en el mentón de un cinocéfalo. A lo mejor el napolitano era un idiota pero también pudo ser el inventor de un mundo. Del tornillo a un ojo, de un ojo a una estrella... ¿Por qué entregarse a la Gran Costumbre? Se puede elegir la tura, la invención, es decir el tornillo o el auto de juguete».

martes, junio 25, 2013

Antonio Rodríguez-Moñino x 2


 Mañana miércoles 26 de junio se presentan en la Biblioteca Pública «A. Rodríguez-Moñino/María Brey» de Cáceres, a las 20:00 horas, dos novedades editoriales que son los últimos frutos de la conmemoración del centenario en 2010 de la muerte del insigne bibliófilo extremeño:

Antonio Rodríguez-Moñino, Estudios y ensayos de literatura hispánica de los Siglos de Oro. Edición a cargo de Víctor Infantes. Cáceres, Genueve Ediciones, 2012.
José Luis Bernal, Víctor Infantes y Miguel Ángel Lama (Eds.), Antonio Rodríguez-Moñino en la cultura española. Badajoz, Biblioteca de Extremadura (Colección Alborayque Libros, 7), 2013.

Intervendrán en el acto Manuel Rojas Gabriel, director del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura; Víctor Infantes, Catedrático de Literatura Española de la Universidad Complutense de Madrid; y José Antonio Agúndez García, Director General de Promoción Cultural de la Consejería de Educación y Cultura del Gobierno de Extremadura.

El coloquio de los perros


El sábado vimos El coloquio de los perros en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Sobre el montaje de Els Joglars sabía de antemano que del coloquio de Cervantes, poco. Y que algunos puristas se habían rasgado las vestiduras clásicas y habían denunciado un cervanticidio cuando la obra se estrenó en Madrid esta primavera. Qué cosas. Queda bien claro que es una adaptación libre; y tan libre. Els Joglars, por primera vez dirigido por su estratosférico actor principal, Ramón Fontserè, y con la dramaturgia de éste y de Albert Boadella y Martina Cabanas, ha puesto en escena otra lectura del diálogo cervantino en clave de farsa contemporánea que es toda una lección de teatro con el texto clásico muy al fondo. Una lección sobre cómo expresarse en escena con los mínimos recursos, y una lección de interpretación. La de una espléndida Pilar Sáenz (Berganza) como pareja de Cipión (Fontserè), y la asistencia de un poco lucido pero digno papel de Xevi Vilà (Manolo) y de un notabilísimo trabajo —con el desenfado del vodevil y la comicidad del sainete— de los secundarios Dolors Tuneu y Xavi Sais. El don del habla —y la pérdida del don cuando acaba la noche— es lo que estructura esta ilusión teatral que se abre con ladridos puros que paulatinamente van articulándose en vocablos reconocibles y que termina con la palabra desleída en el puro ladrido del perro que vuelve a su ser después de haber puesto en solfa al bípedo «gilipollas», que es la última palabra —moraleja— que se dice en el espectáculo antes de los aplausos unánimes del público. O casi unánimes, que hay gente que se molesta mucho con estas adaptaciones, para añadir después que, como teatro, están bien. Qué digo bien; muy bien.

lunes, junio 24, 2013

El talismán de Bécquer


Este pasado sábado apareció en ABC Cultural la primera noticia pública del hallazgo de un manuscrito desconocido de Gustavo Adolfo Bécquer. La dio Víctor Infantes, que anunció también que está en marcha su estudio para una próxima edición —el «próximo otoño»— en Visor Libros. Los papeles se corresponden con la partitura de una zarzuela con música de Joaquín Espín Guillén —el padre de Julia, la amada de Bécquer— titulada El talismán, que debió ser el nombre definitivo de una adaptación musical de lo que pudo ser la versión teatral, bajo el título de Esmeralda, de la novela de Victor Hugo Nuestra Señora de París. De este proyecto a varias manos —Julio Nombela, Luis García Luna y el propio Bécquer— se sabía por el mencionado Nombela en sus Impresiones y recuerdos (1909-1912), quien contó que no llegó a representarse Esmeralda; y es probable —como apunta Víctor Infantes— que Gustavo Adolfo Bécquer y García Luna retomasen aquel proyecto y lo convirtiesen, con el cambio del título, El talismán, en el libreto para una pieza musical fechable en 1860 que forma parte de los papeles ahora divulgados. Entre estos papeles hay unas cuartillas autógrafas de Bécquer, pertenecientes a los tres primeros números de música del acto segundo de El talismán. El conjunto llega hasta nosotros gracias a la generosidad de un bibliófilo que hace tiempo adquirió estos manuscritos y que discretamente ha ido dando pasos hasta encontrar quien le diese una primera forma a su difusión. Es de agradecer.
Víctor Infantes, «El Talismán de Bécquer», ABC Cultural, sábado 22 de junio de 2013, págs. 4-5.

viernes, junio 21, 2013

La vida dañada de Aníbal Núñez


No conocí a Aníbal Núñez (1944-1987). Mi imagen primera de él tuvo forma de poemas. Luego vinieron algunos comentos sobre su vida por parte de quienes fueron sus amigos; sobre todo, de Ángel Campos Pámpano, que siempre puso más voz sobre su obra que sobre su vida, hasta el punto de hacernos conocer al poeta de un modo libresco, inmortalizado en poemas propios. De haber conocido uno a Aníbal Núñez habría sido a aquel que Fernando R. de la Flor llama extraviado ya antes de morir en este espléndido, personalísimo y sentido retrato intermitente del poeta salmantino que desde sus primeras líneas deja las cosas claras: «La vida dañada de Aníbal Núñez no es una biografía». No será una biografía; pero es el más completo reportaje del poeta, de su contexto y de su espacio o emplazamiento significativo, escrito por quien le conoció bien y por quien fue primer editor de su Obra poética en dos volúmenes (Madrid, Ediciones Hiperión, 1995), junto a Esteban Pujals Gesalí. Aquel reconocimiento póstumo que reunió sus poemas es hoy una referencia muy pertinente —y contestada aquí por su excesivo textualismo— para comprender esta apuesta por la unificación en un ensayo de vida/obra de un autor. Lo que parece decirme el libro de Fernando R. de la Flor es que mi imagen de Aníbal Núñez estaba incompleta; de modo que el libro de Fernando ha compuesto de la mejor de las maneras posibles la imagen que me faltaba. Había escrito que ha colmado la imagen que me faltaba; porque, ciertamente, La vida dañada de Aníbal Núñez parece crónica y etopeya compacta, casi sin resquicios, del escritor salmantino. Y una representación en forma de friso epigráfico de ello son los rótulos —31 en total, si elimino el «Breve prólogo» y «Sigue el breve prólogo» por delante, y «Muerto me lloró el Tormes en su orilla» y los «Agradecimientos» por detrás— que balizan el «doloroso camino» por la vida dañada —con T. W. Adorno al fondo— de quien, según siempre Fernando R. de la Flor, diez o quince años antes de su muerte, abandonó el interés por la escritura. Así que «El caso Aníbal Núñez», «Autoridad de autor», que son los dos primeros capítulos; o «La edad que atravesamos», «Redención del deterioro», «La luz pesa», «Los años perdidos» o «Yerbas secretas», que son otros logrados títulos, se presentan como diferentes estaciones de este recorrido que toca lados como la forma de vida de Aníbal Núñez, sus relaciones, su posición en el Parnaso, su alejamiento, su «dromomanía» en las largas caminatas por la ciudad, su ciudad (Salamanca) o su atlética genealogía. El resultado es un deslumbrante ensayo sobre una personalidad y sobre su tiempo; y, como en casi todo lo de Fernando R. de la Flor, una impagable taracea de referencias asociadas que son fundamentales para iluminarnos en la comprensión del mundo contemporáneo, desde Rudolf Wittkower hasta Eugenio Trías, de Peter Sloterdijk, Hanna Arendt o Vladimir Jankelevitch a Walter Benjamin, Jean Claire o la Ley de Peligrosidad Social. Claro que este libro no es una biografía; es mucho más que eso.
Fernando R. de la Flor, La vida dañada de Aníbal Núñez. Una poética vital al margen de la Transición española, Salamanca, Editorial Delirio, 2012.

martes, junio 18, 2013

El agua de los mapas


La buena dicha de volver a tener un rato de charla con Santos Domínguez —en el nuevo doméstico lugar ameno del poeta— quitó peso a la tardanza; pues había pasado demasiado tiempo desde nuestro último encuentro. Retirado con sus libros y sus versos, Santos no participa desde hace mucho en la vida literaria de su ciudad —Cáceres—, que es también la mía. No se lo alabo; al contrario. Él se lo pierde, otros se lo pierden y todos perdemos. Desde hace años, su presencia es otra: la de un lector notarial que, diariamente, sin tregua, escribe en su blog sobre una parte de lo mucho que se publica; y la de un poeta que con frecuencia aparece en los medios como el beneficiario del primer premio de un certamen poético. Cuando estuve con él, hace ya tres meses, me regaló un nuevo libro de poemas, otro premio de poesía: El agua de los mapas (Talavera de la Reina, Colección Melibea CXX, 2012), Premio Rafael Morales 2011 en su XXXVII convocatoria (¡y parece que última!). Lleva años Santos Domínguez instalado en este modo de publicar su obra, que, sin embargo, no la hace luego fácilmente localizable para un lector de poesía que muchas veces mira con cierta prevención al autor que acumula premios de innegable valía y de injustificado poco glamour. Sea como sea, en muchos casos, es incomprensible que libros de extraordinaria calidad queden semiolvidados tras la primera foto en la prensa del premiado o del jurado. Es el caso de libros espléndidos como En un bosque extranjero (Premio Tardor, Aguaclara, 2006) o Las sílabas del tiempo (Premio Barcarola, Nausícaä, 2007). Y también de El agua de los mapas, del que no conozco ninguna reseña. En esta obra, Santos vuelve a demostrar que su mirada poética ha de ser tenida en cuenta. El mar es desde hace tiempo y en buena parte el escenario principal de su inspiración poética y parece que El agua de los mapas es una constatación celebrativa en el conjunto de su obra. Si «La tarde navegable», primera sección del libro, es la que mejor expresa el afán contemplativo y litoral del poeta, «Un rostro sucesivo», la última y más breve a manera de colofón, es una especie de compendio de la poética de Santos Domínguez que toma como símbolo el mar y su eterna sucesión. Es un libro de recomendable lectura en el que volvemos a encontrar al poeta adjetival y preciso en la expresión y en la construcción del poema, en el que uno vuelve a sentirse llevado por el mismo ritmo familiar ya conocido en otros libros de Santos; pero que —sabiduría de orfebre— no suena en ningún momento a gastado y reiterativo. Reiterativo como su mar de olas y palabras.

viernes, junio 07, 2013

domingo, junio 02, 2013

Baile de máscaras


Me faltaba escribir aquí sobre el último de los «Tres extremeños en Hiperión», como tituló su artículo de Hoy Irene Sánchez Carrón —otra poeta de la misma casa— el domingo 12 del pasado mes de mayo. Desde que supimos que había logrado el Premio de Poesía Hiperión hasta que lo recogió el jueves 23 en Madrid, José Manuel Díez (Zafra, 1978) ha hecho todo lo posible para que su Baile de máscaras se difunda. Lo será próximamente en Cáceres. Y ojalá que aquí pueda ser el reunir en el mismo acto a los «Tres extremeños en Hiperión»: a José Manuel Díez —inapelable—, a Antonio Rivero Machina y a Basilio Sánchez. Ayer mismo el zafreño firmó ejemplares en la Feria del Libro de Madrid. Ahora que he leído Baile de máscaras en su formato definitivo como número 648 de la colección Poesía Hiperión, echo en falta algo: la sonrisa de José Manuel Díez. Me refiero a la fotografía de Laura Covarsí. Es la única muestra que hay del rostro del poeta; pero de su persona hablan mucho las «Acotaciones» finales en donde se ve la manera de ser de José Manuel Díez y esa sonrisa que le define, ese exultante dinamismo. Esa capacidad de relación, añado. Y es que en este Baile están convocadas muchas personas. Parece una obviedad en una obra compuesta por treinta y nueve poemas en los que se expresan voces —máscaras— muy distintas de la historia desde el siglo XIII hasta 2011. «El Altísimo Juan Sforza compone unos loores a su dama mientras César Borgia marcha sobre Pésaro» o «El Serenísimo Príncipe Ludovico Manin contempla el apogeo de la primavera» fueron y son poemas de un Guillermo Carnero que escribió y fundamentó el culturalismo como un procedimiento literario que él mismo ejerció en su poesía («Reflexiones egocéntricas. Cuatro formas de culturalismo», en la revista Laurel, 1, primavera de 2000). «Grabado de un palacio de Venecia que J. B. regaló a A. M. S.» reza el título de un poema del Museo de cera de José María Álvarez, en cuyo índice todos los poemas llevan la marca de lugar y fecha que en Baile de máscaras ha querido José Manuel Díez dejar como un tributo a ciertos poetas leídos. «La joven Elsa Brosnan defiende su belleza legítima frente al espejo de una habitación de hotel», «El cineasta René Clair y el fotógrafo Man Ray conversan sobre el ready-made frente a la tumba de Marcel Duchamp», «El jardinero Antonio Porchia descubre al poeta Roger Caillois una nueva forma de hablar con uno mismo», son títulos de algunos de los poemas del libro de José Manuel Díez. Son, los títulos, una evocación de aquel culturalismo; el homenaje a unas lecturas. Dichos así, serían ejemplos suficientes para adscribir los textos que titulan al culturalismo duro del que escribió Carnero —que distinguió también un culturalismo de baja intensidad, un criptoculturalismo y un culturalismo ficticio. Pero en el caso de José Manuel Díez no hay la voluntad de ruptura que hubo en su día en la generación novísima, por ejemplo. Al contrario. La voluntad del poeta es enormemente constructiva, incitativa, diría yo, a la lectura y evocación de situaciones —analógicas, sí— que van del poema amoroso al metapoético, de la confesión íntima hasta el alegato social. Un sugerente baile de máscaras convocadas con arte, sentido poético y entusiasmo.