sábado, agosto 25, 2018

Crítica de la crítica (I)


La publicación ayer en el periódico Hoy de un breve texto sobre el estreno de la última obra que se programa en la edición LXIV del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida me ha hecho reflexionar sobre algo que siempre me ronda la cabeza. Tiene que ver con el ejercicio de la crítica literaria; en este caso, la crítica teatral. Yo no soy crítico ni cosa que lo valga. Solo soy un espectador que tiene la posibilidad de expresar su opinión en un medio público. Sin que le paguen. Y por aquí podría empezar; y conste que nada pido ni estoy quejándome de nada. Porque me pregunto cuánto me cobraría cualquier profesional después de haber hecho el trabajo previo a la escritura de las setecientas cuarenta palabras que yo escribí y que se publicaron ayer. Yo me leí el texto original de la obra de Eurípides que iba a comentar. Yo me leí la versión que Isidro Timón y Emilio del Valle hicieron del texto clásico. Además, fui a ver un sábado por la mañana un ensayo general, sin vestuario ni música, muy en fárfara aún, de la obra que vi el miércoles pasado, con un descuento en la entrada del cincuenta por ciento gracias a la productora, en su estreno en Mérida, adonde me desplacé, claro, desde Cáceres, en mi coche. Nadie me obligó, es cierto. Y esto me da pie para lo segundo que quería decir y que echa por tierra todo el sentido de la crítica tal y como algunos la entienden. ¿Es una crítica fiable y solvente aquella que no pone ni un reparo a lo visto o leído? Y yo, en estos casos, respondo que me da igual. Que allá cada uno con entender lo que quiera. Yo no escribo para dar lecciones a nadie, para echar por tierra un trabajo responsable o para enseñar al que no sabe. A veces sí lo he hecho, y supongo que habré tenido motivos; pero yo no soy así. Yo, en estos casos, solo pienso en mí, en mi propio disfrute. El que me aporta contar a alguien que he sido feliz, participar a otros que me lo he pasado bien. ¿Hay algo más bonito que eso? Sí, habrá; pero tengo que afirmar que es muy agradable escribir palabras amables como reconocimiento a lo que alguien con arte te ha dado. Vamos, que no lo hago por nadie; que lo hago por mí, para mí. Y por lo bien que se siente uno cuando le cuenta a los demás lo dichoso que ha sido con algo tan sencillo.

martes, agosto 21, 2018

Sevillanía (y II)


Mi compadre y yo siempre hemos hecho buena pareja. Tan distintos, hay algo o mucho que nos hace incondicionales; y la felicidad de estar juntos —aunque él nunca se calle ni debajo del agua del Guadalquivir— es algo que sabemos distribuir y que puede apreciar cualquiera que vea cómo él me elige en unos grandes almacenes la talla del niqui —del alemán nicki, como decía mi madre— o del polo —del tibetano pholo hasta el inglés polo— que quiero comprar; y cómo yo le ayudo a emparejar el zapato que con tan buen gusto quiere llevarse. El dependiente que nos atendió, sin duda alguna, supo que éramos compadres, cuando menos. Lo supo desde el mismo momento en que me senté en el mullido asiento circular de la sección de zapatería aquejado de una trocanteritis o bursitis de cadera —otro diagnóstico certero de mi pareja— que se me va pasando a base de reposo en sitios como este en el que escribo; o en el coche, si viajo, ida y vuelta. Mi baño de sevillanía de este verano ha tenido en los libros un emblema contundente, con piezas realmente admirables —aunque debería decir envidiables— desde el siglo XVI al XX; pero también han sido la amistad y el disfrute de esa exageración sevillana de que aquí como en ningún sitio o que en la bodeguita de la calle Adriano se toma la mejor tortilla de patatas del mundo, que su cántabra dueña no nos pudo servir por haberse agotado tal día como el de la procesión de la Virgen de los Reyes, que anuncian con toques de muchas campanas a primera hora de la mañana, aunque uno se haya acostado tarde. Sevillanía. Mercado de Triana el día del cumpleaños de mi compadre, y un mojón de flautista en las Setas de la Plaza de la Encarnación. El calificativo fue de un parroquiano que desayunaba con su indumentaria de trabajo en el bar en el que curra otra de mis parientes, a la que no veía desde hacía dieciocho años. De la Sevilla de Velázquez, de Bécquer, de Cernuda, de Juan Belmonte y de la Niña de los Peines a la Sevilla La Chica en la que nací. De paso para Cáceres, el otro día.

jueves, agosto 16, 2018

Sevillanía (I)


Diré de modo algo hiperbólico que las reacciones de quienes supieron que me iba a tomar mis primeros días de vacaciones entre Zafra y Sevilla, del 12 al 16 de agosto, fueron de desconcierto y casi de condolencia. La reacción lógica de quien solo piensa en el tiempo que hace sin reparar ni en la compañía ni en las esencias de la vida verdadera. Ahora me sonrío de tanta conmiseración por tan breve estancia en Sevilla la Chica y en la Sevilla de Adriano y de Machado. Y es que es difícil encontrar tanto discreto disfrute en lugares tan hermosos, tan buen trato, alimentos para el cuerpo tan suculentos y —que se fastidien los meteorólogos de pacotilla— tan buena temperatura. El baño de sevillanía a orillas del Guadalquivir tuvo el lunes su arranque en el concierto nocturno en el Real Alcázar de Antonia Fernández al cante y Riki Rivera al toque de una guitarra que sonó portentosa. Lleno absoluto en un jardín de ensueño. Salida por los Jardines de Murillo. Plaza de los Refinadores. Estatua de don Juan Tenorio. Callejeo nocturno por el barrio de Santa Cruz y fotografía —que todavía no he revelado— en el número 24 de la calle Ximénez de Enciso, donde nació mi abuela Laura Mejías Padilla (1903-1978). Arenal de Sevilla. Desde la terraza de mi sitio en la casa de R. y M., mis amigos, mi familia, que me acogen, la Giralda se asoma por el día y ha vigilado señorial las dos noches templadas que he pasado en una ciudad tan amable.

jueves, agosto 09, 2018

La «Cosmogonía» de Felicidad Moreno

Tenía pendiente esta entrada desde que se presentó en Badajoz, en el Pub Sala Mercantil, el 16 de junio pasado, este segundo libro de artista de la editorial Libros de Mesa, que impulsa Julián Mesa. Después del de Luis Costillo, ahora es la toledana Felicidad Moreno la que ve publicada una muestra de su obra en forma de libro, sin textos. No se trata de un catálogo con las consabidas líneas institucionales —costumbre aún no erradicada— o con un prólogo crítico. Ni siquiera tiene referencia textual alguna a las ilustraciones que contiene. Tan solo la justificación de la tirada en la última página impresa del libro: «Felicidad Moreno | Cosmogonía | Tirada de 100 ejemplares | Edición venal incluyendo una página original del libro | 50 ejemplares numerados | Edita Julián Mesa González - Libros de Mesa | Impreso en España |Primavera 2018», más el número de ejemplar con la reproducción de la firma de la autora. La propuesta editorial de Mesa es vender, casi bajo demanda, tiradas reducidas de un libro de artista que incluye un original de los que lo componen, y se mantiene, sin duda,  en esta segunda entrega la calidad con la que arrancó. Cosmogonía está compuesto por cincuenta reproducciones de una serie de piezas muy sugerentes que se agavillan bajo ese título que parece remitir a lo originario. La distancia que separa la manera de presentación de una obra así, en el formato de un libro estuchado de 21 x 31 cm., de la materialidad original de una obra pictórica que incorpora otros recursos no empece, creo, su capacidad de sugerencia. Felicidad Moreno nos acerca una realidad que está alejada del ojo humano, bien porque es astronómica o bien porque es microscópica. Por eso veo en estas formas esferoides y de otro tipo, figuras protozoicas, círculos, tentáculos, espirales, objetos ovoides, vilanos, flores y frutas, pedúnculos, rizomas, conchas y plantas..., un ámbito que enriquece la mirada. Celebro poder tener al alcance de mi mano —y mi bolsillo— tanto arte de altura.

Poquito a poco

Un mantra es un pensamiento que se verbaliza y se repite como un apoyo a la meditación budista, y yo lo conozco utilizado con el significado de algo que se repite con insistencia para convencerse de algo. No sé si es impropio; pero mi mantra de este verano es «Poquito a poco», que yo me digo para darme ánimos, para decirme que voy a salir del bache. Poquito a poco viene bien para sacar adelante un trabajo que uno tiene que escribir o para convencer a alguien que uno no es como imagina quien le reprocha, y poquito a poco también viene bien para cocinar y hacer las cosas con fundamento. Poquito a poco debería convertirse en una máxima contra el mucho. Aunque el mucho sea querer o echar de menos. Poquito a poco. Y tanta meditación se va al traste cuando me entero de que «Poquito a poco» es una canción —impagable, madre mía—, de El Arrebato; otra de Estopa —que lleva cositas como «Lo reconozco, fumo porros a diario» y «Calada a calada, poquito a poco»—; y también hay una de Maná y otra, con k, de Chambao, que esta sí está bien. Así que he decidido que no, que mi mantra no es poquito a poco. Mi mantra de este verano va a ser «Eres espacial»,  y se hará lo que se pueda, que no es poco. Y que se me disculpe la tontería.

martes, agosto 07, 2018

Pena

Un reclamo por carta electrónica —¿hasta cuándo habrá que especificar esto?— de Quico Magariño —él firma Kiko— me ha llevado a una antigua entrada de este blog sobre un excelente trabajo teatral que pude ver aquí en Cáceres hace once años. La entrada —insisto— comenzaba así: «Iba a escribir sobre el espléndido montaje de la compañía extremeña «Teatro del Noctámbulo» que vimos en el Gran Teatro de Cáceres el sábado pasado, El hombre almohada, cuando sentí el estremecimiento de la noticia en las emisoras de radio y en los periódicos. Detenidos en Barcelona y Valencia dos tipos de 21 y 29 años acusados de abusos sexuales y torturas a menores y distribución de pornografía infantil. Entre el material incautado hay videos en los que se golpea y tortura a niños y niñas de edades no superiores a los doce años, algunos incluso bebés». Me da mucha pena recordar aquí, a propósito de aquello, lo que he sabido hace muy pocos días sobre la desarticulación de una red de pedófilos y que me reproduce aquel estremecimiento, sobre todo, porque han pasado más de once años. Yo no quiero seguir cumpliendo años así; con esa mollar indolencia —sí, por partida doble— de que la historia se repite y que la educación ni nos ocupa ni nos preocupa. Lástima.

lunes, agosto 06, 2018

Escribir

El radiador de mi baño, sin nada que lo activase, tenía ayer por la tarde una temperatura casi óptima para un día de invierno y ayer también recibí, con pedido de opinión, un texto excelente, una especie de cuento que todavía no es nada, porque sigue en fárfara; pero es muy bueno. Empieza así: «Ahora que la medianoche se deshace y la lluvia marca un ritmo de corazón tranquilo, busca la memoria el agua del origen». Dicho esto, ayer leí en El País un artículo de la agente literaria Kate McKean (Howard Morhaim), traducido por Mª Luisa Rodríguez Tapia del original publicado en inglés hace once días en The Outline. «No, no todo el mundo tiene un libro dentro», es el título. La teoría literaria que lo sustenta es endeble («Un libro también puede consistir en cosas que han pasado o que nos habría gustado que hubieran pasado, adornadas para hacerlas más interesantes, pero con eso no basta»); y se nota que quien escribe se dedica comercialmente al texto literario y está bastante harta de recibir mecanoscritos de personas que quieren triunfar. Por eso considera que «dominar el lenguaje no implica necesariamente que se pueda escribir». ¿Cómo que no? Claro que se puede escribir. Pero es que ella se refiere a «escribir un libro», que es su concepto profesional. Sí que se puede escribir, y se debe escribir; pero quizá no lo que ella busca como agente literaria. Y estoy muy de acuerdo con el ejemplo que pone: «Pongámoslo así: yo corro desde que tenía un año. ¡Casi 40 años corriendo! Pero sería completamente incapaz de correr una maratón. No estoy capacitada físicamente para hacerlo aunque puedo correr varios kilómetros seguidos. Escribir un libro es una maratón. Hay que entrenarse, practicar, comprender cuáles son los propios puntos fuertes y débiles, y trabajar mucho para superarlos. Se necesita ayuda, comentarios y apoyo, y hacerlo muchas veces antes de que se llegue a correr la mejor carrera. Escribir un libro que alguien quiera leer es correr la mejor maratón posible. Nadie lo hace de buenas a primeras, y pocos escritores tienen el aguante necesario sin un entrenamiento riguroso». Está bien; pero el ejemplo parece una advertencia casi admonitoria. Me he acordado de un argumento parecido desde una posición bien distinta, precisamente la de un escritor, José Antonio Ramírez Lozano, que bastante antes de ese artículo de ayer, el 17 de mayo de 2004, en una entrevista que le hizo Manolo López, el redactor del Hoy en Badajoz dijo: «A mí me interesa ahora más que la gente escriba, no solo que lea sino que escriba. Que la gente monte en bicicleta sin ser Induráin, que la gente juegue al fútbol sin ser Maradona..., que esto de escribir permite una gran creatividad y libertad de la persona, llegue uno o no a ser profesional». Por eso, en más de una ocasión, he citado a Ramírez Lozano en público a este propósito, la mayoría de las veces en el aula, en mis clases. Me gusta más su sentido común y es más constructivo y tolerante que el profesional de Kate McKean, que también lleva su razón, claro.

miércoles, agosto 01, 2018

Primer día de agosto

Hace seis años, tal día como hoy, puse aquí que mi Facultad echaba el cierre los primeros quince días de agosto. La medida, justificada por ahorro, se ha instituido como norma y costumbre, y yo creo que casi nadie ya lamentará no poder acudir al lugar de trabajo. Más renuencia y desagrado habrá por la obligación de tomar vacaciones en esta primera quincena, sobre todo en el personal de administración y servicios. Lo cierto es que agosto empieza hoy con las temperaturas más altas de esta temporada y con las mismas sandeces repetidas con insistencia que recomiendan combatir el calor con lo que todo el mundo sabe. Es como si nos dijesen —y pasa también cuando hace frío: —«Sé que es usted tonto, y quiero recordárselo». Creo que fue un alcalde de Nueva York el que dijo que «Si no fuera por los asesinatos, NY sería la ciudad con menos criminalidad del mundo»; por eso no me extraña que la mayoría nos tome a los más por mayoritariamente idiotas, valga la redundancia. Esta mañana temprano se estaba muy bien en el paseo por Central Park. (No sé en qué estaré pensando) Quiero decir por el paseo central del Parque del Príncipe de Cáceres, una ciudad muy conservadora en esto de los nombres  —el estadio del Club Polideportivo Cacereño se llama «Príncipe Felipe»— que se ponen a sabiendas de su más que probable efímera condición. Lo que ocurre luego es que todo se lexicaliza y el Príncipe puede ser el de Maquiavelo, el azul o el de Vergara. En fin, hoy, primer día de agosto, no he escalonado salida alguna, no tengo prisa por llegar, no me he expuesto al sol, y muy pocos me han recomendado que lea un libro bajo el frescor de esta parra a la que pusieron el nombre de Fuji, el monte más alto de Japón, y que funciona con mando a distancia.

martes, julio 31, 2018

Último día de julio

Tan solo es el último día de otro mes, y el previo al primero de agosto. No significa el inicio de vacaciones ni la celebración de nada ni deshacer una maleta después de volver de un viaje. Así que, entre la col de un día que ha tenido un emotivo encuentro con alguien que solo piensa en salir de un hospital y la col de revisar, y casi premaquetar, textos ajenos para publicar en una revista, y seguir escribiendo un ensayino sobre lo que me gusta, esta lechuguita de poner aquí que recibí hace tiempo otro número —van seis— de Aventura, la publicación que recoge lo dicho en las Jornadas —van siete— del Seminario Permanente en torno al mundo poético de Claudio Rodríguez que se celebraron en noviembre del año pasado. Ciencia, materia y poesía es el título del volumen que las recoge y que tuvieron como intervinientes a Carlos García Gual, José Manuel Sánchez Ron y Amelia Gamoneda en las conferencias, y a José Manuel de la Huerga, Candela Salgado Ivanich, Pietro Taravacci, María Termes Sabater y el Colectivo DART (David Acebes, Rafael Marín y Atilano Sevillano) en las comunicaciones sobre Claudio Rodríguez, claro. Además de lecturas de poemas y presentaciones de libros, y música. Nunca he podido acercarme a la Biblioteca Pública de Zamora —aunque he incitado a gente—, a pesar de las invitaciones de Tomás Sánchez Santiago y de Concha González Díaz de Garayo; y siempre todo lo he conocido, como ahora, en diferido. Qué interesante todo el conocimiento de la materia a partir de la poesía de Claudio Rodríguez, qué gusto leer en él que la interpretación de la materia es fundamental en el poeta y eso de la salvación de la realidad como motivo esencial de interés. También, hoy, último día de julio, leo el final de un poema de Francisco Brines, de la misma generación —dos años mayor— que C.R., de Aún no (1971): «Con el recuerdo sólo de tu vida, porque fuiste mi vida, / qué abandonado estoy, / ¿y a quién le contaré lo que ahora siento?». Se me ha cruzado ese libro de Brines ahora, elegíaco y luminoso, como suele. Recuerdo una entrada antigua de Santos Domínguez, preciso siempre en sus síntesis, sobre una reedición de Aún no. Un apunte, tan solo un apunte. Último día de julio.

jueves, julio 26, 2018

José María Valverde y Friedrich Hölderlin

Una consulta de un compañero de la Facultad me ha servido para desempolvar —y mientras desempolvo me doy cuenta de que últimamente voy mirando mucho hacia el pasado, y a ver si va a ser un problema estar triste y melancólico por la dicha perdida— este tomito (LXI) de la colección Adonais. Llevaba el aula literaria «José María Valverde» tan solo cuatro cursos —tres años casi exactos— y quienes la coordinábamos en aquellos tiempos, Teófilo González Porras y yo, quisimos celebrar los cincuenta años de la publicación de los Doce poemas de Hölderlin que tradujo Valverde con esta edición facsimilar que financió Caja de Extremadura y que fue un homenaje al sanvicenteño que no pudo participar en su aula, ya que murió en junio de 1996, unos meses después de que comenzase su andadura esta encomiable actividad que, por fortuna, todavía pervive. En la «Presentación» de aquella edición, escribimos: «En 1976 aparecía la novela de Friedrich Hölderlin Hiperión o el eremita en Grecia como arranque editorial de un sello y colección que tomaban el nombre del texto del autor alemán y cuyo director, Jesús Munárriz, era el responsable de verter al español. Desde aquella fecha, Ediciones Hiperión se erigió en el más importante fondo de difusión de la obra de Hölderlin en España: los Ensayos, en versión de Felipe Martínez Marzoa, la tragedia Empédocles, traducida por Carmen Bravo-Villasante, los Poemas de la locura, en traducción de Txaro Montoro y José María Álvarez, Las grandes elegías, en versión de Jenaro Talens, la Correspondencia  editada por Helena Cortés y Arturo Leyte Coello... siguieron a aquel primer título que pronto se convirtió en éxito editorial que conformó un catálogo general por el que ha pasado, además, gran parte de la mejor poesía escrita en España en los últimos veinte años. Si echamos la vista atrás desde aquellas fechas es fácil destacar otro ejemplo de empeño editorial y amor por la poesía, con más edad, cincuenta y cinco años, como la colección Adonais de Ediciones Rialp, y que constituye parte esencial de la poesía española del siglo XX y de la divulgación de la poesía extranjera en España. El nombre del poeta Hölderlin nos sirve hoy para acercar gestos y empeños editoriales como los citados, pues se cumplen ahora los cincuenta años de la aparición de una de esas píldoras de conocimiento poético con que la colección Adonais ha venido nutriendo al lector español desde 1943, la traducción de los Doce poemas de Hölderlin que hiciera José María Valverde (1926-1996). La historia, así, de la difusión del poeta alemán en España se llena de nombres ilustres, de hitos de notable significación, en la que el de Valverde sucede a uno de los grandes, Luis Cernuda, quien publicara en Cruz y Raya  en 1935 su traducción de los Poemas de Hölderlin, luego reeditados en la mítica editorial Séneca en 1942 y en Visor en 1979 y antecede a tantos otros que nos han ayudado a leer al autor de El Archipiélago. «En la historia de la literatura los traductores suelen ser —cuando se les cita— la 'letra pequeña'; más que lo impersonal, lo anónimo», escribía Jenaro Talens presentando precisamente su versión ya mencionada de Las grandes elegías. Recordamos en estas páginas la magnitud de esa letra pequeña de uno de los más sabios traductores que hemos tenido, José María Valverde. El poeta que vierte al español en 1949 estos doce poemas de Friedrich Hölderlin tenía veintitrés años y contaba con un libro publicado en 1945, Hombre de Dios (La espera aparecía el mismo año de 1949). Estamos al principio de una trayectoria vital y literaria que en el terreno de la traducción daría luego magistrales lecciones de sabiduría y sensibilidad, calidades ya apreciables en las líneas que José María Valverde antepuso a esta docena de poemas […]».

martes, julio 24, 2018

Los frutos

Con Guadalupe, compañera de departamento y no hace tanto brillante alumna de la primera promoción del Grado de Filología Hispánica en el curso 2012-2013, he podido ver esta mañana la lista de «aspirantes seleccionados provisionales» en las recientes oposiciones de Enseñanza Secundaria en Lengua y Literatura, es decir, de futuros profesores de esta materia en institutos extremeños. Da mucha alegría encontrarse con tantos nombres conocidos. Me emociona. A medida que pasan los años yo creo que —casi como una manera de resistirme al paso del tiempo, de mi tiempo— voy estrechando más la relación con mis alumnas y mis más escasos alumnos, y sé mucho de todos. Es ya un conocimiento humano al que se suma mi condición de profesor, la principal en estos casos, que es la que lo propicia todo después de más de treinta años de profesión. Así que es un orgullo ver en la lista a Juana, a Carmen, a Cora, a Rui, a Reyes, a Jorge, a Óscar, a Sandra, a Antonio, a Ana, a Enrique, a Ana Belén, a María Jesús, a Ana M., a Ismael..., a tantos alumnos formados en mi Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres y que dentro de nada comenzarán a formar a estudiantes de Secundaria y Bachillerato que podrán seguir nutriendo estas aulas en las que aún algunos seguimos disfrutando de este trabajo gustoso. Y los que llegarán, en futuras convocatorias de sustituciones, interinidades y oposiciones. Qué ganas. Porque ojalá algún día la consejería del ramo incluya la vocación y las ganas como materias evaluables, o, al menos, como mérito baremable. ¿Cómo? —me dirán. Es fácil; esas cosas se saben. Eso se nota cuando el profesor no es solo el portavoz de una autoridad o un conocimiento o una aptitud que sale de la tarima. No. En fin, eso se sabe. La sabiduría la miden con muchos criterios; pero la ilusión y el afán saltan a los ojos con poco que uno observe con atención. Hay que seguir mimando esto y hay que seguir sintiéndose orgulloso —y proclamarlo en estos tiempos de tanto desdoro de la enseñanza pública falsificada con recortes, disputas, torpezas y títulos simulados— por aportar a la sociedad tanto bueno que ha salido de la Universidad. Esta misma tarde me escribía uno de mis alumnos mencionados: «Uno se debe siempre a quienes le hicieron, así que, felicidades a todos y gracias por lo que en su día me llevé y todavía me acompaña». Felicidades. Un trabajo gustoso.

domingo, julio 22, 2018

Con Birilo

Este jueves estuvo en mi despacho Birilo, que es como responde y firma sus textos Juanjo Cuello González, un oliventino —del 1º de mayo de 1988— licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca que conocí en la primavera de 2016 por mediación de Paco Lobo. En aquel tiempo, quería enseñarme sus escritos; y el jueves vino a charlar sobre su primera novela publicada, que yo leí en dos versiones, la que recibí en noviembre de ese año y la que me envió en noviembre del pasado —de noviembre a noviembre. Es esta, claro, la que cimenta la princeps —una de esas ediciones primerizas y manifiestamente mejorables— de La vida amputada (Badajoz, Ediciones Cucaracha-Andergrão Olivença, 2018), con poco más de dos meses en la calle. Poco hablamos del texto y sí de literatura o de cómo se vive la escritura. Le dije que tengo ganas de releer La vida amputada y de escribir algo aquí sobre ella; sin embargo, ayer mismo, después de tan agradable conversación, pensé en no dejar pasar más tiempo sin difundir su pasión por lo que hace y sin vocear la publicación de esta opera prima que se presentará el próximo jueves 26 de julio en Badajoz, a las diez de la noche, en el café-bar Zapatería, 13, cerca de la Plaza Alta. Birilo tiene dosis suficientes de humildad como para no darse más importancia que la que le lleva a confesar que se sintió bien presentando  su libro el pasado 28 de junio en Olivenza ante unas setenta personas, y que vendió más de una veintena de ejemplares. Se despidió de mí con la idea de volver a Montevideo —allí vivió durante dos años y Onetti salió varias veces en nuestra conversación—, que es la primera frase de la parte tercera y última de su novela. Este Birilo es un personaje, que sigue fluctuando al escribirme entre el tú y el usted en el mismo párrafo de sus cartas. Este Birilo vive entre la coruñesa Noia, donde trabaja a veces de albañil y pintor, y Olivenza, que es la sede de su colectivo cultural «Andengrão Olivença» y de su sello editorial independiente «Ediciones Cucaracha». Este Birilo es el que escribe esto en la tercera parte de su novela: «El único que creía en mi proyecto de editorial era un profesor jubilado que había currado en la Facultad de Filosofía de Cáceres, impartiendo crítica literaria y comparada. Por alguna razón secreta nos habíamos hecho amigos, y la verdad es que seguía tomando la literatura en serio, y eso, a [la] larga, siempre es agradable. Le pasé el manuscrito de Vardiero sin contarle nada, sin decirle nada de su autor. El escritor siempre tiene que aparecer ausente; si lo conoces te puede parecer un idiota; un escritor escribe. Pero también vive y hace el gilipollas como otro cualquiera. | A la semana quedé con él para tomar café. El profesor Lama me dijo que no estaba mal, pero que existían cosas que no había entendido. No entendía, por ejemplo, la opción de los dos epílogos. Yo le dije que tampoco y la única manera de saberlo era preguntárselo. Como no comprendió a qué me refería, le conté toda la historia de Vardiero y de Caroline. Le conté cómo saqué dos copias del manuscrito robado. Y también, que pensaba publicarlo. A Lama no le pareció mala idea y entre ambos decidimos un título: Siempre recordaré a ese gato.» (pág. 109). Curiosa manera de leerse en un libro.

miércoles, julio 18, 2018

18 de julio

La relación que las fechas tienen con la historia es la misma que la de un punto del mapa con el lugar real. Señalizan. Simplemente. Conocerlas no nos hace más sabios en historia o en geografía. Sobre todo, cuando se trata de grandes fechas y de lugares únicos. Distinto es cuando asociamos una fecha o un sitio a lo cotidiano e íntimo; porque entonces sí que uno aprende, conoce más e incluso se cree mejor persona por haber logrado saber un poquito más sobre algo que tiene importancia. Mi 18 de julio —el mismo día de aquel año del desastre dicen que el matrimonio Curie hizo su descubrimiento— comenzó, casi, en una librería, para recoger un libro que luego puse en el correo para alguien que sé que lo apreciará. Poco después, tomé café en el patio de la Facultad de Derecho —creo que es la terraza más fresquita en verano de todas las cafeterías del campus— con Maribel Rodríguez Ponce, Carmen Galán, y con José Luis Bernal, aunque a tenor de la conversación, debería escribir con dos compañeras y un compañero —y decano— de mi departamento; o, ya puestos, con tres bocas y seis manos. Es que, aparte las bromas y las veras, hablamos, con mucho conocimiento de causa y sentido común, del lenguaje inclusivo tan de actualidad. Un día histórico. Además, viene mi hermano a casa, así que, aunque ya no compartimos habitación, hoy no dormiré solo. Leo que hoy es el cumpleaños de Elsa Pataky y que un 18 de julio de 1959 Federico Martín Bahamontes fue el primer español que ganó el Tour de Francia. El 18 de julio de 2000 murió José Ángel Valente, el mismo día que el arquitecto Sáenz de Oiza. Un día como hoy he trabajado algo, he escrito un poco, que supongo que es lo mismo; he compartido con mis hijos una noticia sobre un documental dedicado al actor Robin Williams y espero vivir lo suficiente para dar un paseo cuando caiga la tarde y picar algo en la plaza más bonita de Cáceres con mi hermano y su sabio socio, Javier Moreno Romagueras. Fecha, la de hoy, y nombres. Un día histórico. 18 de julio.

domingo, julio 15, 2018

Glorias de Zafra (XIX)

Hace más de siete meses que experimenté de manera más especial esa sensación de retomar la posesión de un mundo como el de la infancia y la juventud, sobriamente, sin épica alguna, con una pizca de melancolía. Ayer y hoy he vuelto a encontrar un entorno amable, acogido en el interior de una casa casi propia y recibido en un exterior que te ofrece gratas novedades. Ayer volví a la Plaza Grande y a la Plaza Chica, anegadas —esto no es tan grato— por un mar de terrazas de los bares que les dan vida y ambiente nocturnos. Esta mañana he recorrido con mis hermanos el parque de mis tardes y noches de adolescente y he descubierto el Rincón de Ajedrez «Ruy López», que tanto dice de las buenas iniciativas de personas que creen en los valores de la educación. No sé si el grande Leontxo García sabrá de esto. Seguro que sí, y estoy convencido de que se habrá alegrado de que exista en una ciudad extremeña como Zafra un espacio público así. Como hay que alegrarse de que exista otro espacio admirable que, en este caso, he revisitado. Es el Museo Santa Clara de Zafra. Sigue sorprendiéndome encontrar un espacio expositivo así, más esperable en una gran capital, tan bien planteado y en un continente tan singular: «El Museo ocupa una parte sustancial de la clausura monástica: la iglesia y sacristía conventuales, la enfermería nueva y una serie de espacios de tránsito que permiten dar a conocer la grada, una celda y el claustro: espacios todos, construidos entre los siglos XV y XVII, sin los que el visitante difícilmente podría hacerse una idea de lo que es un convento desde el punto de vista material», se lee en la página web del museo, de recomendable lectura. Me impresiona y me emociona pensar en que podría llevar a Zafra a mis más cercanas amistades y faltarme días en un fin de semana tan corto como el mío para mostrarles sus lugares de interés. 

viernes, julio 13, 2018

Heterónima, 4

«Sigue Heterónima, sí, en sus trece, tendiendo lazos entre la casa y el camino, entre nuevos y viejos alumnos, entre asiduos visitantes y recónditos invitados». Son palabras de la «Salutación» (pág. 6) de este nuevo número de la revista de creación y crítica que nació por estos meses de 2015. Me he traído a casa un ejemplar del despacho de José Luis Bernal, el decano de mi facultad, que acoge esta publicación —«verdadero mecenas de este proyecto», se le llama en esas páginas—, en el que también estaba el exultante director de Heterónima, Antonio Rivero Machina, que ha aprobado las oposiciones de profesor de Enseñanza Secundaria en Lengua y Literatura, como Sandra Benito, secretaria de redacción, y como Ismael López Martín, que forma parte del consejo de redacción de la revista. Todos han sido alumnos. Y hay más en este empeño; y será una alegría —porque lo será— saber que todos irán colocándose para trabajar como interinos y luego con plaza en una profesión que los necesita, porque estoy convencido de que haremos una sociedad mejor si ellos, esta juventud, toma las riendas de una educación maltrecha por los políticos. Recomiendo vivamente la lectura de este nuevo número de Heterónima, que ya está disponible en su página. Si sigo el orden de sus apellidos como Revista de creación y crítica, y no el de su índice, se impone el gusto de haber leído publicado un poema de Patricia Amigo, que forma parte también de esta familia de la Facultad de la que estoy hablando y de la que espero seguir hablando los años que me queden de vida. Por su modestia la destaco al lado de grandes como Santos Domínguez y de poemas tan sugerentes como los de Aitor Francos, Emilia Oliva o Javier Pérez Walias, que es entrevistado en unas páginas de la sección de «Crítica» que contienen respuestas elocuentes, por ejemplo, sobre la situación de la educación. Otra vez. Julio Neira republica y revisa un antiguo artículo dedicado a la poesía de su maestro Juan Manuel Rozas y David Matías pone la guinda de este número con su artículo «El feminismo y los sacerdotes de la literatura», tan justificado —sobre la opinión de Vargas Llosa— que hará de esta entrega de Heterónima un sitio de debate necesario. Me alegro mucho de haber estado esta mañana, otra vez, en el despacho del decano.

jueves, julio 12, 2018

Fulgen Valares

Profunda pena al llegar a casa y encender la radio: Fulgen Valares ha muerto. Golpetazo y sorpresa saber que llevaba unos días en coma por un infarto que no ha superado, que falleció ayer y que esta mañana ha sido su funeral. En la inopia. He escuchado en la SER de Extremadura las voces de Silvia Gordillo, directora del Gran Teatro de Cáceres, de Olga Estecha, que trabajó con Fulgen en la dirección del Festival de Teatro Clásico de Alcántara desde 2013, y de Isidro Timón, gran valedor del escritor y actor desde sus inicios en el Aula de Teatro de la UEX y compañero también en la Escuela de Arte Dramático de Extremadura. Profunda pena. Fulgencio Valares Garrote había nacido en San Sebastián en 1972, pero a los cinco años se vino a vivir a Miajadas (Cáceres), y allí trabajó como carpintero en la empresa familiar. A finales de los años noventa se trasladó a la capital cacereña, en donde se vinculó como actor a actividades teatrales como la que desarrollábamos en la Universidad con Isidro Timón como director del Aula de Teatro de la UEX, y ya en 2001, casi coincidiendo con mi distanciamiento de la primera fila de aquella memorable aventura, estrenó Pared con pared como responsable del Aula de la UEX en Badajoz, texto al que siguieron Punto de partida y Compañera del alma (2003 y 2004). Su capacidad de trabajo era admirable y me alegraban mucho sus cada vez más frecuentes novedades literarias, como la publicación de La mancha de la mora (Badajoz, Los Libros del Oeste, 2006), que obtuvo el Premio de Novela «Carolina Coronado Ciudad de Almendralejo» de ese año, o su pieza teatral Santo silencio profeso (Mérida, De la luna libros, 2007), centrada en la figura de Francisco de Quevedo. Antes de decirme cualquier cosa, la encabezaba con un «—Señor», que también le servía para cerrar sus «—Gracias». Era su delicada forma de tratar a la gente, tan especial, como su manera de reírse; aunque siempre he creído que quería ser agradable conmigo como una muestra de respeto a un profesor universitario interesado en el teatro más vivo. Así ocurrió en nuestros últimos encuentros para organizar alguna actividad paralela en el Festival de Alcántara, con Olga Estecha. Fulgen fue el último dramaturgo incluido en el tomo dedicado al teatro y al ensayo de la antología Literatura en Extremadura 1984-2009 que publicó la Editora Regional de Extremadura en 2010, junto a seis autores —Martínez Mediero, Leandro Pozas, Miguel Murillo, Jorge Márquez, Juan Copete e Isidro Timón—, y ha sido el primero en irse. Quien hizo esa selección, Gregorio Torres Nebrera (1948-2013), escribió que «estamos ante un autor que sabe inventar situaciones, que sabe dialogar con soltura, y con poesía, y al que le interesa el ejercicio de acercar, y contrastar, la historia y el presente, el ayer con el hoy». Acertó; pero también dijo de Valares que era «la última promesa de los dramaturgos del teatro extremeño de ahora mismo» y hoy lamentaría conmigo haberse equivocado, porque, evidentemente, no somos nada. O casi nada. Porque ahí queda lo hecho. Y Fulgencio Valares nos ha dejado mucho, ha aportado mucho a la vida teatral de este entorno que es teatrero, que no es mal hábitat para seres como él, a quien ahora recuerdo estremecido. Y es que haber sabido así que Fulgen Valares se ha ido es lo más parecido a una muerte súbita, por accidente, como un sobresalto aterrador y trágico que uno recibe en su sitio de este patio de butacas numeradas sin orden que es la vida.

lunes, julio 09, 2018

Lorenzo Lotto en El Prado

No había mucha cola en el Museo del Prado ayer domingo. Un grupito de alumnas rusas me retuvo un momento durante el que pude consultar las tarifas y ver que había una reducida a la mitad para docentes. Así que al llegar a la taquilla mostré mi identificación como profesor, dispuesto a pagar siete euros y medio, y la chica, muy agradable, me dijo: «Es gratis, señor». Ignoraba este privilegio —exención suprema para algo tan valioso— que me equipara a los menores de dieciocho años, a los estudiantes hasta veintiocho y a los discapacitados, según me he informado en la página del Museo del Prado. Un amigo me había recomendado la exposición de los retratos del veneciano Lorenzo Lotto; pero, con tiempo como ayer, pude disfrutar de la de Rubens pintor de bocetos y la curiosa In lapide depictum, pinturas de autores italianos sobre pizarra y mármol, muy curiosa; además del formidable paseo por el Edificio Villanueva para volver a ver cuadros de El Bosco, Durero o Goya. Y tantos, tantos otros. (Vaya mañana de domingo en Madrid. Horas. Los de provincias, que somos así). Vuelvo a Lotto. Formidable, espléndida exposición. No sé cuántas veces habré visto en mi vida una «imagen mental» pintada en un lienzo. Ayer la vi en el cuadro San Antonio de Florencia repartiendo limosnas (1540). Choca un cuadro así en una exposición de retratos, y por eso los responsables —comisarios de lujo como el director del Prado Miguel Falomir y el profesor de la Universidad de Verona Enrico Maria Dal Pozzolo— lo avisan en la cartelería que acompaña a la muestra. Los rostros de los mendicantes están pintados «al natural» y uno de ellos, el que lleva una hoja de laurel en la cabeza, puede ser el mismísimo Lotto; así que se autorretrata en esta obra. Pero lo que a mí más me ha llamado la atención es lo de la «imagen mental», que ahora me cuesta recordar si la he visto en algún pintor de la misma manera en que ayer me visitó por este veneciano del siglo XVI. Una «imagen real» sí es la de los espléndidos retratos en los que, en efecto, parece que uno contempla un estado de ánimo, y que aprecia la innovación del retrato doble de un matrimonio y la incorporación a la imagen de otros símbolos —la exposición incorpora algunos objetos representados en los lienzos, como sortijas, camafeos, estolas...—, y una imagen real es la del rostro de Marta, una camarera que me dijo por la noche que estaba invitado porque se había confundido y le había puesto mi cena a otros clientes. A veces las cosas no tienen ningún sentido. Y esa noche de ayer, la tristeza con la que llegué a un sitio se duplicó por una tontería. Qué tontería, la verdad. Fastuosa exposición.

sábado, julio 07, 2018

Autobiografía (II)

No sé, la verdad, de dónde ha salido este texto. Sonaba una música que venía de «Alma de león», ese programa de Radio 3 que tengo asociado a aquellos mis viajes los domingos de vuelta de Zafra después de haber estado con mi madre. Recuerdo que recibía las luces de Cáceres siempre con música jamaicana o ritmo de reggae, a las once y cuarto de la noche, más o menos. El texto lo había titulado «Una recomendación», que, a estas alturas, no es ya el definitivo para esta entrada del blog. Decía que, por favor, no te creas mejor que nadie. Ni siquiera mejor que ese tipo al que hace nada pusiste a caldo —tú no dices nada malo en público contra caldo alguno— por despreciable, por haber ridiculizado ante todo el mundo a una chica indefensa. Así que, te aviso, no creas que tú eres mejor que otros. Y hay, además, otro texto que ahora rescato: me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Haber escrito «siempre» me hace más tonto que cándido, más iluso que bobo, más sin sustancia, más estúpido. Además, he habitado durante más tiempo en los barrios iluminados de la dicha que en los andurriales de la tristeza, sombríos como ellos solos. A nadie puedo dar lecciones de haber sufrido. Y me alegro, claro, de esa ineptitud que a veces ha sido tan altiva que me ha hecho creer que mi experiencia pudiera servir a otros. A los hijos, por esa supremacía que te otorga la naturaleza; o a un amigo que lo ha pasado mal, por no sé qué ínfulas. En el mismo escenario —la cocina— en el que leo ficción —esas novelas a las que no logro hacer sitio entre todo lo que quiero leer— me salta a la cara insostenible la realidad de «Un hombre denunciado seis veces por maltratar a dos mujeres mata a su actual pareja» y «Encarcelado un profesor que abusó durante tres años de una menor», en la misma página del periódico que sigo recogiendo todas las mañanas del kiosco del barrio y del que no sé cómo quitarme. Me pasa con todo. Y no me quito. Me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Y no me quejo. Que conste.

lunes, julio 02, 2018

QWER

El otro día quise escribir la palabra «amargura» y me salió «amagua». Al principio, me asusté, como debe de pasar a un enfermo que pierde el habla de un momento a otro y no logra articular lo que quiere decir. Y fue solo que el teclado de mi ordenador cayó en la desgracia de perder el pulso de las teclas Q, W, E, y R. Así que todo lo que quería escribir que contuviese las cuatro letras afectadas resultó tan inteligible como sta fras u scibo ahoa. Me acordé de inmediato de Georges Perec y del Oulipo, de sus juegos de palabras que tanto siempre me han fascinado, y de su novela La disparition (1969), que omitía la letra E, y que se publicó en Anagrama en español con el título de El secuestro (1997), omitiendo la letra A. Vaya brete. Yo quiero creer que la afección de esas teclas de mi teclado es eventual, que es fruto de un excesivo celo en la limpieza, y que han debido de mojarse demasiado. Pero no se secan, y así llevan ya más de dos días. Vamos, que no reaccionan. De manera que un «Te quiero» es «T uio» y un «entierro» es «ntio»; y que «me quiero beber un whisky» es «m uio bb un hisky» y el principio de Cien años de soledad, pongamos por caso: «Muchos años dspus, fnt al plotón d fusilaminto, l coonl Auliano Bundía había d coda aulla tad mota n u su pad lo llvó a conoc l hilo». Se acorta mucho pero es molesto. Esta estupidez me ha recordado mis prácticas de mecanografía, hace ya miles de años. Y también me ha traído a la memoria un libro de alguien, que he localizado, con el título de Qwerty. Es verdad, de Itziar Minguez Arnaiz, que publicó La Isla de Siltolá en 2017, aunque a mí me suena también como título de un poema que ahora no logro saber de quién puede ser; pero me suena que de alguien cercano. Qué cabeza. Que si lo tuviese que escribir en el otro ordenador sería «u cabza». Vamos, que «ya m val». Mientras tanto, me va bien con estas otras qwer sobre las que escribo, con delicadeza, sin apretar mucho, para que no se ofendan y que no me dejen en blanco.


P.S.: mi sabio amigo Javier Alcaíns, siempre al quite, me recuerda que la cuarta y última entrega de los ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio (Random House Grupo Editorial, 2017), lleva por título QWERTYUIOP. Sobre enseñanza, deportes, televisión, publicidad, trabajo y ocio. Gracias. Pero yo sigo dando vueltas a eso del poema.

Plan de Fomento de la Escritura

Quiero que me escribas.

viernes, junio 29, 2018

Micrografías

Es espléndido este libro de Irene Sánchez Carrón, Micrografías (Madrid, Visor Libros, 2018), XVI Premio Emilio Alarcos. Espléndido en su micrografía —que es la descripción de lo que casi no se ve sin el refuerzo de una lente de aumento— y en apariencia sencillo y claro. Me alegro de haber leído en una temprana reseña —como todas las suyas— de Santos Domínguez lo que comparto: que esta poesía de Irene es meditativa «en su enfoque y conversacional en su tono» y «que bajo la transparencia verbal propone un sentido profundo y sugiere un itinerario de lectura que va de lo exterior a lo interior, de lo concreto a lo abstracto, de lo decible a lo indecible, de la rutina al misterio». Hay lecturas que reconfortan y son amables, y la de este libro es eso y más, porque me pareció tan grata como la conversación con un vecino afectuoso que llega a tu casa para arreglarte el día. Escribo sobre lo aparentemente sencillo de la poesía de Irene Sánchez Carrón porque tiene que ser muy difícil escribir con tanta naturalidad incorporando al texto jugosas referencias literarias, musicales y cinematográficas, como en el poema «Fiesta de despedida» (págs. 38-39) en donde hay —además de la única errata que he visto—, toda una exaltación de la experiencia sobre la evocación de un momento memorable de El apartamento (1960) de Billy Wilder. O, simplemente, introducir, sin que rechine, en un gran poema la palabra poliespán. O proponer sonetos como «Caligrafías» y poemas en alejandrinos como «La mañana siguiente». También me alegra, cómo no, coincidir con un lector como Álvaro Valverde en que el poema «Apartamento con una habitación» (págs. 44-45) es un relato perfecto, que yo anoté a lápiz en mi lectura: «Muy buena la forma, sí», quizá por esa manera de puntuar lo narrativo con una justificación que estructura el texto: «por eso te lo cuento». Micrografías es un libro de poemas que, como todos los de esta escritora que no hace ruido ni se promociona, que parece estar fuera del medio literario, volverá a mostrarse el día de mañana por contener textos que hay que tener en cuenta.

jueves, junio 21, 2018

En torno a Torres Naharro


Aprovechando la representación de esta noche (22:30 en el Palacio de las Veletas) de la Comedia Aquilana, de Bartolomé de Torres Naharro, por la Compañía Nao d'amores y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el XXIX Festival de Teatro Clásico de Cáceres, se celebra esta tarde un encuentro «Resucitar a Torres Naharro», en el que participarán los actores y músicos que participan en el montaje, junto a su directora, Ana Zamora, y al profesor de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, que fue el director del Congreso «Bartolomé de Torres Naharro en los orígenes del teatro renacentista español», celebrado en Torre de Miguel Sesmero y Cáceres en octubre del año pasado. Hace unos años, en 2012, celebramos un encuentro parecido en torno a la representación de las Farsas y églogas de Lucas Fernández, en el mismo espacio, el patio de la Biblioteca Alonso Zamora Vicente, y el formato y los contenidos resultaron muy atractivos, como esta tarde ocurrirá igualmente. Será a las 19:00 horas (Biblioteca Zamora Vicente. C/ Cuesta de Aldana, 5. Cáceres) y la entrada libre hasta completar aforo.

miércoles, junio 20, 2018

Oeste XXI en el Congreso de la Asociación Hispánica de Humanidades

Participo hoy en una mesa redonda en el IX Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Humanidades, que ha comenzado esta mañana en Cáceres (en el Instituto de Lenguas Modernas) y que durará hasta el viernes 22, cuando se clausure tras una conferencia plenaria de Malcolm Compitello, de la Universidad de Arizona, sobre «Cartografías culturales españolas modernas». El programa es nutridísimo —el libro editado con todos sus contenidos tiene ciento sesenta y cinco páginas, casi tantas como congresistas participantes— y es todo un acontecimiento que la ciudad de Cáceres acoja esta reunión científica que ha adoptado el título de Aportaciones y retos de la tradición cultural hispánica en una sociedad global. La mesa de esta tarde (19:30 horas) tiene el epígrafe «Oeste XXI», para tratar las artes y las letras en la Extremadura contemporánea, sobre cómo se ha superado la noción localista de una cultura «extremeña» para incorporar Extremadura como espacio de referencia de una creación artística de calidad, y referente en un ámbito internacional. Las obras de quienes intervienen en la mesa de debate lo muestran. Dos poetas —Ada Salas y Álvaro Valverde—, un artista plástico —Hilario Bravo— y una cineasta —Irene Cardona.

miércoles, junio 13, 2018

La de San Antonio de 1823

Hoy se cumplen ciento noventa y cinco años de aquel desastre. Fue otro 13 de junio. Absolutistas contra liberales —«las dos Españas»— en aquella segunda invasión francesa que aniquiló el Trienio y aquel saqueo terrible que el pueblo de Sevilla hizo de los bienes de la comitiva liberal que embarcaba en el Guadalquivir y huía hacia Cádiz. Muchas víctimas respetables e ilustres; pero, sobre todas ellas, a una, la del extremeño Bartolomé José Gallardo, le ocurrió un suceso que sigue clamando al cielo. Cinco serones, un cajón, una maleta negra con dos candados, una escribanía de palo rosa y un gran baúl patente inglés negro, con dos candados y una chapa de bronce con las iniciales B.J.G. Muchos de sus papeles manuscritos e impresos desaparecidos en las oscuras aguas del río. Una Historia crítica del ingenio español, un Romancero y un Cancionero, un Teatro antiguo español y su Historia crítica, una Filosofía de la Lengua Castellana, un Diccionario autorizado de la lengua castellana..., proyectos todos de Gallardo, junto a casi dos centenares de libros, se perdieron en La de San Antonio de 1823, que es como subtituló —gran hallazgo parentético— esa otra cumbre de la historia cultural de Extremadura, que fue don Antonio Rodríguez-Moñino, su libro Historia de una infamia bibliográfica (Editorial Castalia, 1965), el brillantísimo estudio bibliográfico sobre la realidad y la leyenda de lo sucedido con los libros y papeles de Bartolomé José Gallardo aquel día de junio de hace ahora ciento noventa y cinco años.

martes, junio 12, 2018

Autobiografía (I)

Siempre que veo el estuche de un reloj antiguo me acuerdo de mi padre (1915-1992), que guardaba el de un Omega de oro que estimaba mucho y que luego llevó puesto mi madre (1923-2016) hasta sus últimos años. Son como pequeños féretros de un lujo doméstico, con el interior acolchado y de limpio y blanco raso, que no sé por qué guardo; como si quisiese enfrascar el tiempo con ese reloj parado que yace ahí desde hace años. Lo bueno es que algunas de esas cajas están vacías. He hurgado hoy en el nicho en que guardo esos desechos, que es un cajón que contiene también un par de tarjeteros con un montón de tarjetas de visita. Tienen, la verdad, algo de funesto por el negro del escay y el dorado de sus letras y esquinas, como si esos tarjeteros estuviesen pensados para las últimas voluntades. Tienen ambos —solo tengo dos— veinte fundas cada uno de ellos y en cada una hay cuatro bolsitas que pueden contener dos tarjetas visibles, y como hay otras tarjetas sueltas y hay más de dos en cada receptáculo, creo que tengo a la vista doscientas y pico de tarjetas, varios papelitos con notas y el boletín de la inyección del tétanos de diciembre de 1996 que solo repetí en dos ocasiones más —hasta septiembre de 1997— y no cumplí, como era preceptivo, diez años después. Por fortuna, vivo sin secuelas de aquello. Se ve en la imagen el pasquín que me dieron en el hospital después de ponerme Anaxotal junto a la tarjeta de Miguel Murillo cuando era director de la Editora Regional de Extremadura (1993-1995). Tengo ahora presente uno de los poemas visuales de Antonio Gómez; el que cerró su libro De acá para allá (León, 2007), compuesto por veintiuna tarjetas personales, desde las bancarias o las sanitarias hasta las solidarias. Las mías son de otros: hay una de una empresa de diseño de muebles auxiliares de hierro al lado de la de un restaurante de Cáceres que ya no existe; hay otra de una carpintería del polígono de la Charca Musia frente a una de la casa que me puso las primeras persianas de esta casa. Tengo la tarjeta del director de un Máster de Edición de la Universidad de Salamanca, otra del director gerente de los Transportes Urbanos de Mérida, otra del jefe técnico de Canon en Cáceres, otra del que fue jefe de prensa y protocolo del Ayuntamiento del Real Sitio y Villa de Aranjuez, al lado de las de escritores como Rafael Courtoisie, Luis Javier Moreno (1945-2015), Antonio Onetti, Olvido García Valdés y Miguel Casado. Tengo también una tarjeta del Consejero Cultural de la Embajada de Egipto, el profesor Soliman El Altar, que lamento no recordar cómo ha llegado hasta aquí. Sí me acuerdo de Manuel Rodríguez Cancho con su tarjeta de la oficina de la candidatura de Cáceres 2016 cuando acepté colaborar en el proyecto antes de que se fuese al traste y de todas esas empresas aquí representadas de clima para el hogar, montaje de armarios, instalación de suelos que representan, cada una a su modo, la época en que dispuse el espacio en el que ahora vivo. No sé por cuánto tiempo, como dijo el otro.

miércoles, junio 06, 2018

Nimio

Es fascinante cómo han campado algunas palabras por los vastos  y a veces tornadizos territorios del uso lingüístico. Es el caso de nimio. Significa «Demasiado, excesivo, prolijo», como recogió el tomo cuarto del primer diccionario académico (1734), que ya avisaba, después de definir nimiedad como «exceso o demasía», que esta palabra, en el estilo familiar «se usa por poquedad o cortedad; y se debe corregir, pues significa esta voz totalmente lo contrario». Poco cuajó la advertencia, porque creo que, aunque en el diccionario actual convivan acepciones opuestas —«insignificante, sin importancia» junto a «excesivo, exagerado»—, todos consideramos que una nimiedad es algo que no tiene importancia y que algo nimio es insignificante. En latín no hay duda: nimius es «excesivo, abundante». Sin embargo, como se lee en el Diccionario crítico etimológico de Corominas-Pascual —en la imagen— «hoy esto no tiene remedio». Sea.

miércoles, mayo 30, 2018

La Pradera

Aula 30. Examen con tan solo tres alumnas de mi curso de Textos de la Literatura Española Contemporánea. Pronto darán las siete de la tarde de un miércoles de feria en esta ciudad que parece que ahora vive para eso, como siempre, a rachas, vive para algo siempre festivo. Qué alegría. «—Hay que reconocer —me ha dicho alguien— que la feria mueve mucho dinero». Y he dicho que sí. Eso ha sido esta mañana. En cuanto pueda, me marcho a casa. Ayer, poco antes de esta hora, eran las cinco y diez de la tarde, y como tantas, yo escuchaba Radio 3, Disco Grande, el magnífico programa que dirige y presenta Julio Ruiz. Me gusta esta emisora que frecuento —o esta frecuencia que emisoro— desde que arrancó en 1979 («Me dormía con Tris, tras, tres y me despertaba con Jack el despertador», me parece que dijo un oyente. Lo suscribo); porque abrieron, al lado de la extremeña de Campanario Cristina Martínez y los «Boss Hog», con el recuerdo en homenaje a María Dolores Pradera (1926-2018), que murió el lunes. Escuchar en Disco Grande «El rosario de mi madre» no deja de ser un acontecimiento muy significativo, una demostración de que gente como Julio Ruiz sabe lo que es dedicarse a la divulgación musical con la elegancia y el respeto de quien ama la música como una de las bellas artes. Belleza y arte estaban asociadas a María Dolores Pradera. Aula 30. Examen. Segunda tarde de feria. 

miércoles, mayo 23, 2018

Algo así

El pasado viernes estuve en Badajoz, en la inauguración de la Feria del Libro. Al recoger el coche para volver a Cáceres escuché y vi, en el interior de una cafetería que estaba echando el cierre cercana al Parque de San Francisco, a una camarera llorando. Me fijé después en que en la pared de la barra en la que recogía —aferrada con las dos manos al palo de una fregona— había un rótulo con una de esas frases sobre la felicidad que te invitan a que valores la vida, algo así como «La felicidad suele colarse por una puerta que no sabías que habías dejado abierta». Algo así. Me resultó tan extraño que me quedé allí parado y anduve un rato por la acera hasta la esquina que esa cafetería tiene con otra calle a la que da por las traseras el almacén del local. Y allí otra vez la chica llorando desconsoladamente, con un cigarrillo en los dedos y un pañuelo que se llevaba a los ojos y la nariz con la cabeza gacha como el que mira al suelo porque ha perdido algo. Me quedé allí un momento como si esperase a alguien que vendría a decirme que todo puede dar un giro de repente. Y regresé a la puerta principal para volver a leer la frase feliz, algo así como «La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía». Algo así. Pero ya el compañero de la joven, que me pareció demasiado tibio con el disgusto de ella y que había terminado de recoger las sillas de la terraza, había bajado la persiana metálica y cerrado ruidosamente la noche de ese pasado viernes y la racha de pena y de desolación de esa chica desconsolada. Fue algo así.

sábado, mayo 19, 2018

Trieste

Impresiona lo que la vida te da, incluso cuando te extravía o te arrincona en un lugar del que temes que no vas a salir nunca. Pero siempre, o casi siempre, se sale. Más de veinte años después de escribir a un novelista —hoy de mucha fama— sobre lo que dijo Pavese de que la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida, porque él lo recordó en una novela en la que al personaje le ocurría lo que a mí me ocurría, eso de que cuando alguien se siente de aquella manera —allí se decía «desgraciado»— indefectiblemente percibe que todas las cosas aluden a su situación o a su estado, he vuelto a sentir algo parecido. Perdón por el estrépito sintáctico; pero casi viene al caso. El caso es que leí hace más de dos meses Trieste (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017), de Urbano Pérez Sánchez (Hervás, 1981) y anoté «levedad» y «profundidad» como palabras relevantes, como sugerencias de lectura, de una primera lectura que quedó en aquel tiempo y a la que se le han sobrepuesto la que hago ahora y la que hice cuando el propio Urbano presentó el libro en la Feria del Libro de Cáceres el miércoles 25 de abril, cuando él habló de que su texto alude a otro de sus textos, su primer libro de poemas, Del tiempo los cambios (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010). Porque Trieste es un libro deliberada y afortunadamente autorreferencial, ensimismado, que tiene una ciudad italiana mitificada, tiene libros, tiene lecturas, y tiene, sobre todo, vida. Una vida en cuyas páginas hay tan solo una línea para escribir la vida. Desde «Salgo a comprar algunas cosas», «Creo que soy feliz. Trato de convencerme de ello», «Entonces me he despertado», «Me conocen todos. No me conoce nadie», hasta romper esa intención para demorarse en momentos tan introspectivos y sugerentes como el que dice, tan prolijo, «Como si fuera la conciencia de otra persona me digo: dile a tu cliente que la tristeza no se convierta en costumbre, que sea solo la elección de ciertas noches en las que no pasa nada y es suficiente. | Dile, mejor susúrrale: tu gloria, por diminuta que sea, por breve el momento en el que tenga lugar, es real». Quizá alguien pensará en que esta levedad tan breve no es comparable con el principio —y el final— de La comedia humana de Balzac, o con el combustible que tuvo que consumir Galdós para escribir lo que escribió. Me da igual como lector. Urbano Pérez ha dado con uno al que le caen bien estas maneras de hacer literatura de mimbres tan visibles. Por cierto, el novelista era Javier Cercas y la novela El vientre de la ballena (Barcelona, Tusquets Editores, 1997).

miércoles, mayo 16, 2018

Pedro


Cuando nació su hermana no pude comprar los periódicos del día porque cayó en Sábado Santo; pero cuando él nació sí. Mis ejemplares han amarilleado; y, sin embargo, el papel mantiene su prestancia, y diríase que es de mejor calidad que el actual. Tal día como hoy, aquel 16 de mayo de 1995, el diario Hoy traía en portada una fotografía de la confluencia de la calle Gil Cordero de Cáceres con Plaza de América llena de ovejas en un acto divulgativo de la tradición trashumante. Era alcalde de Cáceres Carlos Sánchez Polo y el músico Rades interpretó un concierto de cencerros con un instrumento que él llamó «tintinábulo». Fue cuando Carlos Ménem volvió a ganar las elecciones en Argentina y estaba secuestrado por ETA el empresario guipuzcoano José María Aldaya, para cuya localización Francia reforzó su ayuda al gobierno español, como llevó a portada El País de ese martes. Es curiosa la coincidencia; y es que Francisco Umbral tituló aquella mañana su columna de la última de El Mundo «La oveja», una tremenda alegoría en el contexto de las elecciones municipales sobre el episodio que sufrió el ministro de Agricultura Atienza, a quien lanzaron unos manifestantes una oveja al coche oficial. Entre los sucesos, «Tres menores de edad matan a palos a un anciano en Valencia». Lo que no recogieron aquellos periódicos fue el gran acontecimiento del día: la muerte de Lola Flores. Qué curioso también que ahora repare en que la abuela Justa de Pedro, mi madre, naciese el mismo año que «La Faraona» (1923). Nació Pedro ese día dieciséis de mayo de hace veintitrés años y hoy es una felicidad celebrarlo, aunque nos separen más de novecientos kilómetros; lo que hay de aquí a Barcelona, en donde vive un año crucial en su vida. La gente que lo conoce sabe que es especial. Podría poner nombres de muchos de sus amigos, de antiguos compañeros de clase en Cáceres o en Salamanca, de amigos míos, de familiares..., muchos. El de Gaby, una compañera actual de estudios, es el último que tengo. Le pide que se anime a ser él el que grabe la locución para un acto memorable de su promoción de máster. Una delicia. Cuando cumplió once años escribí también aquí. Ya era hora de volver a hacerlo. Felicidades.

martes, mayo 15, 2018

Pies

Esta tarde he leído en la consulta del podólogo un folletito satinado y en color con una docena de cuidados para el pie diabético. Todas las recomendaciones eran razonables, incluso —diría— de una obviedad obvia; desde la de usar un calzado cómodo hasta la de lavarse los pies todos los días. Así, hasta doce consejos, como el de consultar al podólogo si uno aprecia cualquier cosita mala en los pinreles. Lo que me ha llamado la atención de este dodecálogo que lleva la firma del Colegio Oficial de Podólogos de Extremadura ha sido la falta de cuidado con la lengua en la que está escrito. Como estoy acostumbrado a que algunas personas duden sobre estas reconvenciones, indicaré en cursiva dónde están los yerros: «Sequese los pies con cuidado»; «no olvidar sercar entre los dedos»; «si tiene problemas para mirarselos»; «las probabilidades de que surgan heridas»; «no fume y realize deporte sino está contraindicado». Estoy tan convencido de que hay que cuidar la salud del pie como un podólogo lo estará de expresarse bien por escrito. Así que lo uno por lo otro. A mí me arreglan los pies y yo les arreglo el folleto. Eso sí, gratis; porque yo pagué treinta y cinco euros por la consulta y ciento cincuenta por unas plantillas y todavía estoy esperando que alguien me envíe una factura con los impuestos debidamente recogidos. 

jueves, mayo 10, 2018

Ángel Campos Pámpano

Hoy habría cumplido años Ángel Campos Pámpano (1957-2008). Mañana, en su pueblo, en San Vicente de Alcántara, entregaremos el IV Premio de Poesía Joven que lleva su nombre a Isabel Maria Jaló Alexandre, de Grândola, una de las pocas estudiantes que de todos los institutos de Extremadura, del Alentejo y del Instituto Español de Lisboa ha respondido a este ofrecimiento en recuerdo de un poeta y profesor que lo dio todo por gestos como el que nos mueve desde que tenemos uso de razón literaria y desde cuatro ediciones por la memoria del poeta y del amigo. No comprendo por qué tantos profesores que conocieron a Ángel, que se dicen sus amigos, o tantos otros que no lo conocieron, y que dan clases en centros de enseñanza secundaria de Portugal y de Extremadura, no son capaces de motivar a sus estudiantes con inquietud por la literatura para que envíen sus poemas a un premio tan modesto como sentido. Dicho esto, produce sonrojo escribir que a la ganadora se le entregarán seiscientos euros, una obra original del pintor Javier Fernández de Molina y un ejemplar de la poesía reunida (La vida de otro modo) de Ángel Campos Pámpano. Como si esto fuese el reclamo.

martes, mayo 08, 2018

Lenguaje

Ayer publicó Álex Grijelmo en El País un artículo —«Un lenguaje que lo contaminó todo»— sobre la manera de expresarse en comunicados y declaraciones de la banda terrorista ETA, cuya obsesión «plasmada en su léxico consistía en verse como un ejército que defendía un hipotético Estado vasco y que hacía la guerra de igual a igual contra el Estado español y sus fuerzas armadas». Glosa el periodista palabras y sintagmas como grupo armado, prisioneros, conflicto vasco, activista o ejecuciones. Sin duda alguna, esa nomenclatura bien pensada para contaminarlo todo fue así; pero Grijelmo no se ha referido a cómo ha sido la respuesta del Estado español a ese lenguaje. Y solo voy a poner un ejemplo, con una palabra: derrota. En declaraciones de políticos, en editoriales o en artículos de opinantes se repite lo de la derrota de ETA. Ayer mismo, páginas atrás del artículo referido, publicaba Eduardo Madina otro, convencido y convincente, aunque no por su estilo —«A las personas dignas en aquella noche»—, en el que hablaba de «victoria» y escribía «derrota» tres veces. Dan por hecho que esto ha sido una guerra, un combate, o un conflicto, como siempre repitieron los terroristas. Y no. Cuando a un violador, a un secuestrador, a un extorsionador o a un asesino se les detiene nadie dice que han sido derrotados por la policía. ¿Entonces? Tendrá razón Álex Grijelmo: un lenguaje que lo ha contaminado todo.

lunes, mayo 07, 2018

Alonso Guerrero en el Aula HOY


Ayer supe que Alonso Guerrero viene a Cáceres, al Aula HOY (C/ Clavellinas, 7. 20:15 horas), a hablar sobre su reciente novela El amor de Penny Robinson (Córdoba, Berenice, 2018). Se dice en la promoción que la obra «es una ficción que pudo convertirse en realidad, pero también una realidad que necesita la ficción para parecer creíble», y también que es «una epopeya moderna». Todavía no la he leído. Si lo mediático no se impone sobre lo literario, pasaré a saludar a Alonso y a escuchar su intervención. El día de San Isidoro de hace ya once años vino a la Facultad de Filosofía y Letras a dar una conferencia y lo presenté recordando cómo respondió al cuestionario de la antología de nuevos y novísimos narradores extremeños Alquimia, de Moisés Cayetano Rosado (Editora Regional de Extremadura, 1985): «Mi obra es una bomba de relojería que me explota en las manos. Soy un escritor manco, escribo con la boca en los períodos de convalecencia. […] Escribir es una fecundación, una mitosis, convertir dos vivencias en una sola vivencia artística, personal, lo más inverosímil posible, ya que la literatura no es una cuestión de verosimilitud, sino de creatividad. […] Los libros me han ayudado a ver la vida y el mundo de otra manera, esa es la manera en que escribo. Mi corto curriculum literario, que ha sido mi obsesión por escribir, no ha sufrido nunca desánimos». En 2004 publicó una colección de cuentos en Del Oeste Ediciones bajo el título De la indigencia a la literatura, que aquel día yo recordé para aludir a un texto, «Cada uno por su zurra”, que representaba bien las virtudes literarias de Alonso Guerrero. El cuento está escrito en primera persona, y en él, el protagonista, un chico de doce años,  cuenta cómo acude con su abuelo al rebusco de la uva, con el objeto de sacarse unas trescientas pesetas, las necesarias para comprarse dos tomos en rústica que llevaba admirando varias semanas en el escaparate de una librería: Crimen y Castigo, de un tal Dostoievski. El botín de diez arrobas de uva lo cargan en una bicicleta y sufren lo indecible por un tremendo aguacero que intentan combatir bajo un paraguas portugués, grande como una carpa de circo, atado a la barra de la bici. «Deja que la uva se moje, así pesa más», le decía el abuelo al protagonista. La anécdota del relato, llena de contratiempos hasta que logran llegar a la bodega a pesar la uva, se convierte en una espléndida evocación del camino elegido hace tanto tiempo por Alonso Guerrero de dedicarse a la escritura, en la evocación del día de un descubrimiento, una revelación: haber nacido escritor.

sábado, mayo 05, 2018

Literatura

Es verdad que el Diccionario de la Lengua Española, el de la Academia, trae como sexta acepción de la palabra «literatura», en uso coloquial, la remisión al artículo «palabrería», que es «f. Abundancia de palabras vanas y ociosas», y que la declaración que he leído hoy en HOY de José Antonio Monago («Los ganaderos necesitan menos literatura y más ayudas») es conforme con ese significado; pero tengo que reconocer que la he sentido, como escribió Lorca, como una uña que aprieta en el tallo de mi vocación y de mi vida. ¿Qué se le habrá pasado por el magín al expresidente de la Junta de Extremadura para contraponer tan negativamente una palabra tan cargada de belleza a la necesidad imperiosa de los ganaderos extremeños? Ni siquiera el excelso Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, es tan desfavorable con «literatura» como lo es la RAE desde, más o menos, creo, los años ochenta, pues añade al arte que consiste en la utilización estética del lenguaje, especialmente escrito, otras definiciones como palabras dichas con arte o artificio para disimular una realidad poco grata (como cuando en Anillos de oro (1985), Ana Diosdado escribe: «Para decirme que te has cansado de mí, no hace falta que le eches tanta literatura»). Y luego está el uso que algunos le dan como prospecto o texto explicativo que se incluye en el envase de un producto farmacéutico. Pues eso, que si hay otros sinónimos de palabrería, qué necesidad habrá de apoyar a los ganaderos con la cara más sucia de una palabra tan hermosa como literatura.

viernes, mayo 04, 2018

Hartzenbusch


No nos conocíamos mucho; pero este hombre se ha venido a vivir a mi casa y parece que no quiere irse. Yo, encantado.

jueves, mayo 03, 2018

ETA


© Reuters. Susana Vera
No sé cómo titular esta entrada así: ETA. En mis apuntaciones para el blog hay varias que esperan, todavía en fárfara, para abrir este mes de mayo; y me alegro de que la noticia de hoy haya sido, desde la hora de la comida, la disolución de la banda asesina ETA, y que se anteponga a todo. Me he acordado de las veces que aquí he escrito sobre ello, y de cómo me alegré de aquel «alto el fuego permanente» de marzo de 2006 y cómo todo se deshizo con sangre y dolor por la bomba en Barajas a finales de diciembre de ese año. Luego vino el «alto el fuego permanente y verificable» y meses más tarde el abandono de las armas, en octubre de 2011. Hoy escribía en la mesa de mi cocina, como siempre escuchando la radio, y pensaba en esta jornada histórica, aunque solo fuese por el cambio de la programación de todos los días, por no haber escuchado el telegrama de Miguel Ángel Aguilar, ni la intervención de Juan Cruz, ni las conexiones locales en «Hora 14», que se ha comido —afortunadamente— la estentórea información deportiva. Para celebrar. Sin más ambages sobre víctimas de una u otra categoría. Qué terrible inutilidad todo, qué disparatada estupidez, qué estremecimiento pensar en todos los muertos, aunque los haya más notorios o más espantosos, desde el extremeño Wenceslao Maya (1987), el padre de una alumna mía, Francisco Tomás y Valiente (1996) o  Miguel Ángel Blanco (1997), hasta Ernest Lluch (2000). Qué tremendo todo. Me da igual que ETA haya desaparecido para seguir defendiendo el acercamiento de los presos al País Vasco. Lo único que espero es no confundirme, como en aquel brindis de 2006.