viernes, julio 28, 2017

Fin de curso

Al volver del paseo estos viernes vuelvo con mis monedas en una faltriquerita casi secreta que tiene el nuevo pantalón corto que elegí hace unas semanas en un pasillo de Eroski frente a unos sujetadores de señora. Me cuesta, no crean, de tan secreta, sacar las piezas para pagar mi ejemplar de El Cultural, de venta «conjunta e inseparable con El Mundo» y que me venden sin él. Antes venían pocos y algunos días me decía B. en el kiosco: «—Ya se lo ha llevado Liborio Barrera (*)». Hoy, bien temprano, me he llevado la que debe de ser la última entrega hasta septiembre. Lo dice en su sección «Mínima molestia» Ignacio Echevarría  —«esta última columna del curso»— con su viva recomendación de Huracán en Jamaica, la novela de Richard Hughes, que acaba de reeditar Alba Editorial. Ya sabía por Álvaro Valverde que incluía también tres nuevas reseñas suyas de sendos libros con poemas, el Cuaderno ruso de Alfonso Armada (Bartleby), El mundo se derrumba y tú escribes poemas, de Juan Cobos Wilkins (Fundación José Manuel Lara) y la edición de la académica Clara Janés de Las primeras poetisas en lengua castellana (Siruela), una ampliación y actualización de una antología que publicó Endymion en 1986. Ahora son cuarenta y tres poetisas, incluidas las extremeñas Luisa de Carvajal y Catalina Clara Ramírez de Guzmán. Otra afinidad trae este ejemplar de El Cultural, porque en la página 19 está la reseña que Pilar García Mouton ha escrito sobre un libro que tengo encima de mi mesa y estoy terminando de leer con especial disfrute: María Rosa Lida & Yakov Malkiel, Amor y filología. Correspondencias (1943-1948). Edición y prefacio de Miranda Lida. Prólogo de Francisco Rico (Barcelona, Acantilado, 2017). Que incluye la edición de las Cantigas de amigo de María Rosa Lida que da y comenta Francisco Rico, y las más de ciento treinta páginas de notas y comentarios a toda la correspondencia a cargo de Juan Miguel Valero. Finalmente, la página de cierre —salva sea la parte de la publicidad— trae el cuestionario a Cayetana Guillén Cuervo, que, nacida en Madrid en 1969, dice que «siendo muy niña» su padre puso en sus manos El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, que se publicó en 1988. La «muy niña» tendría 19 añitos, digo yo. Pues nada, otros que cierran hasta septiembre. 


(*) Me gustan sus notas de diario Como aire africano (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017). En estos últimos años no me había hablado tanto en ninguno de nuestros esporádicos encuentros.

jueves, julio 27, 2017

El lejano Oeste

He comido en «El Figón» con mi hermano Josemari y mi hijo Pedro. No celebrábamos más que estar juntos; y he recordado que hace muchos años cené allí con Luis Goytisolo la primera vez que él visitó Cáceres. Aquella noche de abril de 1986 estaba también el pintor Juan José Narbón (1929-2005), que formaba parte de la organización del ciclo de conferencias que la Junta extremeña programó aquí con autores como Juan Benet o Fernando Savater; y entre los dos recomendamos al escritor que probase el lagarto —que por aquel entonces aún figuraba en la extensa carta de este restaurante cacereño de toda la vida. Lo probó y no le desagradó. Y tanto, porque meses después escribió esto en El País: «¿Es una muestra de atraso comer filetes de lagarto? Es un hábito, al igual que comer ancas de rana o caracoles. Y, por desgracia para el lagarto, su carne es tan suculenta como la de las no menos simpáticas ranas». Se publicó en las páginas de opinión del diario un martes 12 de agosto de 1986, y allí hablaba de que solo conocía Coria y —«más pasajeramente»— Plasencia; y se afanó en elogiar las cualidades de este desasistido «lejano Oeste» que, tantos años después, sigue adoleciendo de los mismos encantos. Lo de que el revisor, en un momento dado del viaje, le dijera a Goytisolo que no se preocupase, que llevaban unos minutos de adelanto, y que podía bajarse a tomar un café porque el bar del tren estaba cerrado, es antológico. Y lo de «sin prisas, que yo le espero» es, cuando menos, encantador. Por cierto, en el texto de Goytisolo hay un «emprendedor empresario» que será muy del gusto de los estudiosos del cambio semántico y de la pragmática lingüística. Hemos comido bien, como siempre.

miércoles, julio 26, 2017

Aguinaldos de Víctor Infantes


En más de una ocasión me he referido aquí a los aguinaldos que el llorado maestro Víctor Infantes (1950-2016) enviaba a sus amigos cada Navidad, sorprendiendo siempre con un original formato que habría costado ensobrar o con una curiosidad —sin faltar la broma— bibliográfica o la difusión de una rareza tipográfica. Desde 1997 sin falta envió estas felicitaciones y recuerdos, hasta el mismo diciembre de su muerte. 20 años, pues, y veinte rarezas las que ahora su amiga y colaboradora Ana Martínez Pereira ha reunido en este libro-catálogo: Una colección de rarezas bibliográficas: los Aguinaldos impresos de Víctor Infantes (1997-2016) (s.l., Los Libros de Forforeda, 2017), del que se han impreso 333 ejemplares numerados a mano, en una edición cuidada por la citada Ana Martínez Pereira y por el diseñador Miguel Naranjo, responsable de una atractiva maquetación con las ilustraciones de todas las piezas y en algunos casos la reproducción de los sobres del envío. Desde el Pronóstico y Calendario de 1628 (Valladolid, Gerónimo Morillo, 1627), de Luis Gutiérrez Ortiz —que fue el primero—, hasta Enla arca chica, la reproducción de la portada de un ejemplar de la Segunda parte del Quijote (Madrid, 1615), con la letra y firma de Cervantes —que fue el último—, se reseñan, uno a uno y con detalle, todas estas rarezas y curiosidades que definían a su productor. Unos versos de Salinas, de La voz a ti debida («¡Qué pronto!/¡Tanto que hablar, y tanto/que nos quedaba aún!»), y una dedicatoria («A Víctor, porque ha vivido») encabezan este nuevo aguinaldo de aguinaldos que me ha llegado en verano y que vuelve a traerme el recuerdo del amigo que sí llegó a rotular el sobre en el que vino el último desde Hoyo de Manzanares, su residencia, once días después de su muerte. Ana Martínez Pereira, promotora de este homenaje, me ha permitido completar una colección de «diversiones impresas» y de sorpresas que ella describe con rigor en su libro, y en cuya presentación expresa la dificultad de definir el corpus: «un calendario en papel tamaño cartel [1627], la imagen de una bula de excomunión escrita sobre madera [1572, en fotografía de A.M.P.], una bula de indulgencia en papel [1503], un marcapáginas de papel [1767], dos fragmentos de textos publicados en libros [1526], un cartel tipográfico [1689], dos portadas de libro [1604 y 1615], una composición de dos imágenes obtenidas de diferentes fuentes [1621], una agenda [1806], un auca/lotería [1685], un caligrama tipográfico [1673], un tablero del Juego de la Oca [1652], un desplegable gráfico poético [1688], un entremés [1670], un tratadito de curiosidades [1624], dos sonetos ilustrados [1701], una imagen de la Virgen de la Salud representada sobre azulejos cerámicos y un cartel de más de un metro de altura [1560]» Me he permitido ilustrar entre corchetes la cronología de estos primores tan varios.

miércoles, julio 19, 2017

Zorrilla. Su vida y sus obras


La Casa de Zorrilla, del Ayuntamiento de Valladolid, tuvo la gentileza de enviarme esta monumental edición facsimilar de un clásico, el estudio biográfico de Narciso Alonso Cortés, Zorrilla. Su vida y sus obras (Valladolid, Imprenta Castellana, 1916-1920), conmemorativa del cuadragésimo quinto aniversario de la muerte de Alonso Cortés y el bicentenario del nacimiento de Zorrilla. La primera edición del libro apareció entre los años señalados en tres volúmenes; y en 1943, al cumplirse los cincuenta años del fallecimiento de Zorrilla, apareció una segunda edición también en Valladolid, en la Librería Santarén, en la que Alonso Cortés corrigió errores y amplió con nuevos datos y documentos su anterior entrega. De ese mismo año de 1943 fue la edición, también de Narciso Alonso Cortés, de las Obras completas del escritor vallisoletano en dos volúmenes. De estas vicisitudes editoriales, de la trayectoria intelectual de Alonso Cortés y del contenido de Zorrilla, su vida y sus obras nos habla el profesor de la Universidad de Burgos Pedro Ojeda Escudero en la «Introducción» (págs. XI-XXVII) a este tomazo de más de mil trescientas páginas, en la que también se constata la fortuna póstuma de Zorrilla hasta la actualidad. Pedro Ojeda publicó en 1994 junto a la profesora Irene Vallejo González el libro José Zorrilla. Bibliografía con motivo de un centenario (1893-1993), que muy sucintamente se actualiza hasta el año 2016 al final de esta introducción en la que quedan reseñadas las más importantes aportaciones editoriales desde la publicación en 1995 de las Actas del Congreso sobre José Zorrilla de 1993 hasta el rescate de un drama juvenil del autor, El condestable de Castilla, en edición de José Luis González Subías, de 2016. El diccionario define facsímil como la perfecta imitación o reproducción de un impreso; pero esto va más allá de la reproducción fiel de un ejemplar singular de una obra publicada por segunda vez en 1943, pues no solo hay que ponderar el estudio introductorio, sino los índices con los que se remata —utilísimos en un libro de mil doscientas páginas—: uno de nombres —más de dos mil—, otro de publicaciones periódicas y otro de títulos, elaborados todos por la ya citada profesora Irene Vallejo González. Insisto, esto no es solo una edición facsimilar. Por último, me gustaría mencionar un detalle que quizá no se aprecie a primera vista. Atribuyo el diseño de la cubierta a la firma RQR Comunicación que figura en la página de créditos y la autoría de esa especie de ideograma logradísimo que es un retrato de José Zorrilla y que se podrá apreciar mejor poniéndole al lado el más convencional. Excelente libro y excelente edición.


viernes, julio 14, 2017

Carta de Yuste

Conduzco carretera abajo a 39º en las curvas y a 120 km/h al sol, camino de casa, después de haber pasado día y poco entre el Monasterio de Yuste y Jarandilla de la Vera. Vuelvo del curso del Campus Yuste 2017 «El mundo de Carlos V: 500 años de protestantismo. El impacto de la reforma en la Europa imperial y actual», dirigido por César Chaparro Gómez y Rosa Martínez de Codes y organizado por la Fundación Academia Europea de Yuste (FAEY) en el marco de los XVIII Cursos de Verano-Otoño de la UEX. Acompañé ayer a Rosa Perales y a Javier Remedios en una mesa moderada por el codirector del curso sobre la imagen de Carlos V y de Lutero en el arte, el cine y la literatura. Fue a las cuatro de la tarde en uno de los sitios que los medios citaban en alerta roja con riesgo extremo por la ola de calor; y al finalizar el debate el sol me daba en el lomo y en todas mis escasas reflexiones. La audiencia, muy amable, nos felicitó por haber salido airosos y haber entretenido minutos tan férreos —al menos, logramos la variedad de mostrar imágenes fijas en lienzos clásicos, imágenes en movimiento de una selección de trozos de películas sobre el autor de las noventa y cinco tesis de Wittenberg de 1517, y algunas pocas palabras entresacadas de un corpus textual innumerable que estudiosos como Patrocinio Ríos Sánchez o Gregorio Torres Nebrera ya publicaron hace años. Aunque en esto de los elogios por cortesía hay que tener cautela, que hemos escuchado en público tildar de brillante lo que todo el mundo vio mate y falso. Entre esto lo mío, que, si no falso, falto del brillo de lo bien dicho. Me ha gustado mucho reencontrarme con Miguel Ángel Martín, delegado y responsable de asuntos europeos de la FAEY y mantenedor de estos atractivos cursos en los que participan estudiantes becados que copan las plazas que se ofrecen y participan activamente en los debates. No en vano el criterio de selección es la nota de sus expedientes académicos, que no baja de un ocho. Me ha gustado saludar a Juan Gil, latinista y académico de la RAE; y a Juan Carlos Moreno, director de la FAEY, y ponerle cara a Patrocinio Ríos, de cuya tesis doctoral sobre Lutero y los protestantes en la literatura española desde 1868 me he servido para poder sostener ciertos juicios, que espero, como dirían «Les Luthiers» —gracioso por lo de Lutero—, no haber expresado fuera del recipiente. El soporte técnico de un curso que se graba y difunde y su organización refuerzan su excelente nivel académico. En un receso, me he acercado a la tienda del Real Monasterio y he preguntado si tenían algún libro sobre el Cementerio Alemán de Yuste. El dependiente me ha dado Veintiséis olivos. Ficciones inspiradas en el Cementerio Alemán de Yuste (Jaraíz de la Vera, Tallertulia. Patio de Escritores, 2013), con un prólogo de Pilar Galán y las colaboraciones de trece autores —«en su mayoría procedentes de Talleres de Escritura dirigidos por Pilar Galán e Ignacio del Dedo», se lee en la cuarta de cubierta. No lo conocía y lo he comprado. He insistido y he preguntado si no han tenido el libro editado por Salvador Retana, Cementerio alemán, Yuste. Antología poética (Jaraíz de la Vera, Ediciones La Rosa Blanca, 2016). Y quien me atendía me ha respondido: «—No. Me parece que nos lo ofrecieron; pero no lo han cogido». He salido de allí con mi libro y con una rara sensación de extravío. Y he vuelto al curso.

lunes, julio 03, 2017

Colección particular de Juan Marsé


Cada vez que leo al «congestionado y con ojos de loco» no puedo evitar la carcajada. Es uno de los cuentos más desternillantes que conozco. Algo así como del chiste a la novela, como escribe Marsé en «Teniente Bravo y yo», que se publica como apéndice a este relato —«Teniente Bravo», claro— incluido en esta nueva edición de los cuentos de Juan Marsé, Colección particular, que esta pasada primavera ha sacado Lumen (Penguin Random House Grupo Editorial) con un prólogo de Ignacio Echevarría, responsable también de la edición de unos textos que ningún editor se cansaría de reeditar. Y ningún lector de releer. Qué gusto. Está compuesto este libro por tres partes, precedidas por el prólogo y cerradas por una «Nota sobre los textos» en la que se nos dice que la primera parte es la edición de los tres cuentos que conformaron la edición definitiva de Teniente Bravo —la de 1997—, con «Historia de detectives», «El fantasma del cine Roxy» y «Teniente Bravo»; la segunda es la que reúne cinco relatos que se cierran con lo que hace poco fue vendido como un libro exento e ilustrado, «Noticias felices en aviones de papel», y la tercera y última es como un añadido con el texto publicado por entregas en El País entre diciembre de 1988 y mayo de 1989 y que da título al volumen («Colección particular»), y una sugerente pieza hasta el momento inédita («Conócete a ti mismo, Fritz»), que vuelve a llevarnos desde Marsé a su mundo del cine, pues se trata de un esbozo argumental que surgió de una sugerencia del cineasta Fernando Trueba y que tiene la particularidad de que el escenario no es Barcelona. Esta edición de cuentos de Marsé, después de la indispensable de Enrique Turpin en dos «presentaciones» (en Espasa en 2002 y 2003), muestra, según lo que puede intuirse de las palabras de Ignacio Echevarría, la voluntad del autor en la inclusión de unos textos y la exclusión de otros —«por haber estimado su autor y los editores que no alcanzan la suficiente entidad como relatos». En cualquier caso, vuelve a ser un motivo para fijarse en la mirada de un escritor sobre su propia obra. Y la mirada de Marsé sobre lo propio siempre es especial, y un filón para un filólogo que quiera detenerse en el cuerpo vivo de esa prosa. Una de las prosas más sugerentes de los escritores vivos, o, como escribe Echevarría, la de «el mejor narrador que ha dado la literatura española en muchas décadas». 

domingo, julio 02, 2017

La Judía de Toledo

En el mismo escenario de anoche —la Plaza de San Jorge recuperada por fin para el Festival de Teatro Clásico de Cáceres— vi hace veintiséis años —era la segunda edición del Festival— la Raquel de García de la Huerta en una versión de Jorge Márquez —ya me vale, que no he terminado de leer su singular novela Trienios. Diario y bestiario de un funcionario (De la luna libros, 2016). Ayer asistimos a un precedente de aquella Raquel —una de las mejores tragedias del siglo XVIII—, la pieza de Lope de Vega Las paces de los Reyes y Judía de Toledo, versionada y dirigida por Laila Ripoll y puesta en escena por la Compañía Nacional de Teatro Clásico en coproducción con Micomicón Teatro. Echo mano de mi poca experiencia como espectador y enlazo un texto con otro por la nutrida tradición de la historia de los amores del rey Alfonso VIII y la judía Raquel, que no solo ha dado obras teatrales, sino poemas y novelas. Por eso, recurrir al inicio del montaje de ayer al recurrido No-Do con imágenes de Francisco Franco como representación del poder me pareció, cuando menos, superficialmente cándido. Ahora lo veo: qué bueno habría sido mostrar aquel gesto sin precedentes: «Lo siento mucho. Me he equivocado y no volverá a ocurrir» del Rey Emérito Juan Carlos I que mientras pedía disculpas aseguraba estar deseando volver a trabajar. Habría venido al pelo en una obra en la que se trata de la dejación del poder de un monarca por un amorío. Lo peor es que en la obra de Lope de Vega al amorío se le asesina y el rey se arrepiente y queda exento. (Cosas literarias, nada que ver con la realidad). Y lo peor es que la interpretación del texto de Las paces de los Reyes y Judía de Toledo ha sido un desastre. Hacía tiempo que no veía tan pocos atractivos en un montaje teatral. El más imponente atractivo fue el marco escénico, que lo puso Cáceres con su plaza de San Jorge, y luego, en este orden, el envolvente sonido de los pocos recursos musicales de la obra. Sin embargo, para la palabra de los actores fue todo rácano, hasta el final —quizá hubo algún problema técnico—, cuando al público nos llegó con nitidez todo lo dicho. Pero todo lo dicho por los actores fue como si fuese un ensayo general y poco serio, sin desbastar, con una dicción monótona, rígida, de malos intérpretes sin entusiasmo, nada natural, y como si estuviesen delante de un público —lo saben— nada exigente. Eso sí, me alegra que ese público tan poco exigente manifestase con sus aplausos tibieza tanta. Eso me pareció. Y me pareció así porque lo que vimos ayer no tuvo la calidad que merece una compañía con tanto nombre como la CNTC y su partícipe Micomicón. Sin duda, como era lógico, prescindieron del primer acto de la obra de Lope, y todo se centró en Alfonso VIII y su conflicto entre deber y deseo, resuelto sin sustancia —también en el texto de partida—; pero casi nada funcionó, ni el ritmo ni la convicción de los actores. La del público, lo dicho. El poco entusiasmo —estimo— de sus aplausos despidió a la Plaza de San Jorge hasta nueva cita, un día antes de la despedida, hoy, con La Celestina de  Atalaya, que me pierdo. Lástima por lo uno y por lo otro.

jueves, junio 22, 2017

En un Tenorio


Lo de siempre. Conversación de café con dos profesores de literatura. Una alusión —solo esa— a que el Tenorio que vi anoche en el XXVIII Festival de Teatro Clásico de Cáceres vistió a los actores como en el tiempo de Zorrilla y no como a la mitad del siglo XVI, últimos años del Emperador Carlos V, y ardió la Troya de la ortodoxia. «Eso no es lo que escribió el autor». Y vuelta la burra al trigo. Y, además, Zorrilla no es un clásico del Siglo de Oro. ¡Ay, y yo que todavía creo que nos podemos poner de acuerdo para reformar la Constitución! Lo cierto es que el trabajo que Amarillo Producciones, bajo la dirección de Pedro A. Penco, mostró ayer en el escenario de la Plaza de Las Veletas de Cáceres fue sobresaliente, con un elenco de actores experimentados y —aparte desigualdades en la cantidad de texto entre principales y secundarios— muy homogéneos en capacidad interpretativa, en buen hacer. Guillermo Serrano, Fermín Núñez, Memé Tabares, Rafael Núñez —excelente Comendador—, Ana Batuecas, Francis Lucas, Elena de Miguel, Carlos Castillejo, Gema González. Estuvo bien dicho todo y bien puesta en escena una obra archiconocida —inevitable entre el público el parafraseo de algunos versos sabidos— sobre la que se avisó que duraba una hora y media en su primera parte y, tras una pausa de diez minutos, cuarenta más. Alguno resopló, se hizo tarde para un miércoles por la noche; pero no se hizo larga —al menos para un servidor. Ni siquiera para una pequeña niñita rubia de muy pocos años que miraba embelesada sobre las piernas de su abuelo —lo que yo diga— lo que allí acontecía. Admirable. Haría falta tener el texto delante para percibir los matices de la versión de Miguel Murillo; pero, en líneas generales, aquello era lo que escribió Zorrilla con destreza tan extraordinaria, incluyendo los ovillejos de la escena XI del acto II de la primera parte cuando Don Juan habla con Lucía, la criada de Doña Ana de Pantoja («Quiero ver a tu señora»). Así que otra buena muestra del saber leer de Miguel Murillo. Mi vecina de asiento —que fue vecina vecina en tiempos— con cándida ignorancia, me preguntó si el árbol de la escenografía era de verdad, que estaba en la plaza «de siempre». Estas cosas solo pasan en el teatro. Me dieron ganas de continuar —después de borrarle la duda— y hablarle de que los escasos recursos escénicos, bien dispuestos, daban muy buenos resultados para representar un mesón, una calle, un convento o un panteón, y que a lo largo de toda la obra iba a ser así de sobresaliente. Dos incidentes notorios anoche en el Juan Tenorio. Un foco que reventó con sobresalto de actores y público, bien llevado por todos; y una señora desvanecida al final de la primera parte («Llamé al cielo y no me oyó / y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo y no yo»), asistida por su marido y una vecina de asiento que desde arriba la abanicaba, otro espectador dispuesto y allí que no pasó nada. Y como Ana Ozores en La Regenta, no aguantó la segunda parte.

domingo, junio 18, 2017

Un libro «escojido»

El otro día nos hablaba Andrés Trapiello en Badajoz en una comida privada de algo de lo que habló en su conferencia pública —«La galería de retratos de la Hispanic Society of America»— en el Museo Nacional de El Prado el pasado 24 de mayo. Citó y mostró en pantalla una «joya» —así la denominó— como la edición de las Poesías escojidas (1899-1917), de Juan Ramón Jiménez, que la Hispanic Society of America publicó en una tirada de seiscientos ejemplares firmados por el autor y no destinados a la venta. Se cumplen ahora cien años de aquello. 1917. Igual que de la edición de Calleja del Diario de un poeta recién casado. Nos contó Trapiello —y lo cuenta a partir del minuto 18:32 de la conferencia— que aquel libro sufragado por Huntington fue un modelo de costosa y preciada edición, al cuidado de un Juan Ramón que lo dedicó en letra impresa a su mecenas, que se enojó por aquello, pues —le escribió Archer M. Huntington— «atenta contra el buen gusto y la buena educación». Y Juan Ramón Jiménez no se resistió a responderle: «he cumplido con mi deber y mi delicadeza». Lo cierto es que ese libro lo he tenido en mis manos esta mañana, gracias a José Luis Rozas Bravo, con quien he estado —con su madre, Tina, y su hermano Agustín— para hablar de un proyecto, que ojalá salga adelante, de textos inéditos —Conversaciones y semblanzas de hispanistas (Diario)— de su padre, Juan Manuel Rozas, que se hizo con un ejemplar de esas Poesías escojidas de Juan Ramón —la primera vez que en letras de molde se muestra la grafía del autor— dedicado por él a Eduardo Marquina. Una joya. Cuando yo llegué a Cáceres para estudiar Filología, la Delegación Provincial del Ministerio de Cultura que dirigía Teófilo González Porras, sostuvo un simposio sobre Juan Ramón Jiménez y una exposición bibliográfica —abril de 1981— en cuyo catálogo —nutrido por los fondos de la biblioteca en la que esta mañana he vuelto a estar acogido— figuraba este ejemplar con el número 19: Poesías escojidas (1899-1917) de Juan Ramón Jiménez. New York, 1917 (con un retrato del autor por Sorolla grabado en metal. Tirada de 600 ejemplares no venales. Con dedicatoria autógrafa a Eduardo Marquina). 350 págs. (Tela editorial). Una joya.

martes, junio 13, 2017

Goytisolo


Lo que ayer publicaba en La Marea el gran fotógrafo Gervasio Sánchez sobre Juan Goytisolo es verdad: «Juan me demostró su generosidad con creces. Era muy celoso de su intimidad y no le gustaba que se supiera las gestiones que solía hacer en privado para ayudar a tal o cual persona». Ya no está, y no se va a molestar por que yo ahora publique esta muestra documental de esa generosidad a la que aludía su amigo y admirador Gervasio Sánchez. Fue en Cáceres, el lunes cinco de septiembre de 2005, cuando vino a recoger el Premio Extremadura a la Creación con el que le reconoció la Junta de Extremadura. Habíamos viajado a Zafra en mi coche. A la vuelta, como si yo fuese un alumno aventajado, respetado; pero probablemente ignorante, me dejó en el reverso de una hoja de esas libretillas de los hoteles —Sol Meliá de aquel entonces— este apunte al que he quitado las direcciones y los números de teléfono que Juan Goytisolo se preocupó de anotar para que no tuviese ninguna dificultad, no solo de localizar las obras de sus amigos, sino de contactar con ellos si hiciese falta: Antonio Pérez Ramos, José María Pérez Álvarez, Javier Pastor, José María Ridao y Juan Francisco Ferré. Las novelas recomendadas: El Paraíso Perdido (Seix Barral, 2001), Nembrot (DVD Ediciones, 2002), Fragmenta (Editorial Lumen, 1999), El mundo a media voz (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2001) y La fiesta del asno (DVD Ediciones, 2005). Tengo todos esos títulos en mi biblioteca, leí todas esas obras y, en su mayoría, por la sencilla razón de que un escritor tan reconocido como Juan Goytisolo, con toda su obra narrativa principal ya publicada, se había demorado en hacer esa lista antes de bajar a la cafetería del hotel después de la siesta, para entregársela a un profesor y lector potencial de sus amigos escritores, de los que habíamos hablado la noche anterior cenando en El Figón. Semanas después, sería el presentador de una mesa redonda sobre nuevos narradores en el Instituto Cervantes de París, y en la que participaron casi todos ellos. Tiene razón Gervasio Sánchez en lo de la generosidad.

lunes, junio 12, 2017

Casa tomada


Tengo una idea personal de la vida literaria, que, como concepto, carece de connotaciones peyorativas. No es la pose, el vacuo intelectualismo, el escaparate o el negocio. La vida literaria, mi vida literaria, es otra cosa. Es una manera de sentir que tu cotidianidad está impregnada de literatura, desde un aroma a una tarea doméstica. No digamos un rincón lleno de libros o la lectura en un parque. Hoy, por ejemplo, mientras disponía la mesa para comer, he visto en un antiguo número de Clarín —de 2014, por estas fechas—, la revista de José Luis García Martín, un texto de Eduardo Jordá sobre «Casa tomada», de Julio Cortázar. Sin dejar de trajinar en la cocina, he leído lo escrito por Jordá, con el ejemplar en una mano, a veces, por trozos, en voz alta, por afianzar la sugerencia nítida que he sentido: el mismísimo Eduardo Jordá estaba sentado allí contándome que a él le parece que «Casa tomada» no es un cuento fantástico, que el propio Cortázar dijo a Omar Prego en una entrevista publicada en 1985 que surgió de una pesadilla, y que es posible que dijera la verdad; pero que no deberíamos fiarnos. Dice Jordá que puede que Cortázar soñase el chispazo inicial de ese cuento, pero lo que le salió luego no fue un relato onírico ni un relato fantástico, que lo que le salió fue otra cosa. Y ahí me ha tenido el escritor recordándome lo que yo ya sabía, que es uno de los relatos del argentino que más interpretaciones y más distintas ha suscitado, desde que es una alegoría del peronismo o de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, hasta que los intrusos que echan a los dos hermanos representan a los lectores. Y he notado una ironía molesta en las palabras de Jordá, que insiste en que «Casa tomada» no es un relato sobre una relación incestuosa ni sobre unos fantasmas que invaden una casa, «sino un relato sobre el peso insoportable que adquiere el pasado —y la soledad y el vacío y la vacuidad vital que se han ido acumulando a lo largo de ese pasado— en el alma de dos pobres hermanos que comparten una casa».  Un relato sobre la soledad. Y sobre el miedo. Y cuando ha hablado de esto Jordá he sentido un escalofrío parecido al escalofrío que sentí cuando leí el cuento por primera vez. Ha sido cuando Jordá me ha recordado el que él dice que es el único momento en que el relato entra en el terreno de lo fantástico; cuando el hermano oye un ruido, «un sonido impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación», cierra la puerta con llave y le dice a su hermana: «Han tomado la parte del fondo». A esto me refiero con mi vida literaria, que hay veces, y son frecuentes, que el espacio en el que respiro está tomado por lecturas, por hechos de literatura, por sonidos o por personas inteligentes y viajadas como Eduardo Jordá que se sientan ahí —no es la primera vez— para contarme cosas y para que yo me ilustre.

viernes, junio 09, 2017

Suroeste, 7


«Así es que aquí, si no se sabe nada o casi nada de Portugal, es, ante todo, porque se sabe poco de cualquier parte».  Con estas palabras de Leopoldo Alas «Clarín», que escribió varios artículos para defender unas relaciones culturales entre Portugal y España que afianzasen una sola nación intercontinental —y con una de las más difundidas imágenes del autor de La Regenta—, se ilustra la cuarta de cubierta del último número —van siete— de Suroeste. Revista de literaturas ibéricas, que dirige desde Badajoz Antonio Sáez Delgado y editan la Junta de Extremadura y la Fundación Godofredo Ortega Muñoz. Los encartes de este número son de los artistas Firehn Hate y de Maite Cajaraville y Gisle Frøysland. Me ha interesado mucho lo que escribe sobre José Antonio Gabriel y Galán Álex Chico, autor de ese ensayo ficción titulado Un hombre espera (2015), que se acompaña en esa sección dedicada al ensayo por Sara Afonso Ferreira, que escribe sobre la colaboración entre Almada Negreiros y Ramón Gómez de la Serna, y Ana Luísa Vilela, que lo hace sobre la novelista Teolinda Gersão con motivo de la entrega en Évora del Prémio Vergilio Ferreira 2017. Bien pobladas de buenos poetas están las páginas de la sección «Poesía» (Marta Agudo, Ana Luísa Amaral, Verónica Aranda, Patrícia Baltazar, Marica Campo, António Carlos Cortez, Juan Kruz Igerabide, Santos Domínguez, Margarida Vale de Gato, Abraham Gragera, Pau Joan Hernández, Miguel Hubert Lépicouché, César Iglesias, Martín López-Vega, Mario Lourtau, Jordi Mas, Luís Filipe Castro Mendes, Eduardo Moga, Nuno Moura, Pablo Javier Pérez López, Josep M. Roquer y Javier Pérez Walias). Diez colaboraciones son las que nutren «Narrativa», siete en portugués (António Barata, Eduardo Brito, Nuno Corvacho, valter hugo mãe, Fernando Cabral Martins, Miguel Filipe Mochila y Abel Neves), en español la de Mercedes Cebrián («Comercio exterior»), en gallego la de Antón García («Hecatombe») y en catalán la de Jordi Puntí («Ronyó»). Revista de literaturas ibéricas. Un buen ejemplo de convivencia cultural. De inclusión, no de exclusión. Confluencia de identidades, como las que se sugirieron en el número de la revista Turia (Letras de España y Portugal), que reseña Eloísa Álvarez en el «Escaparate de libros» en donde volvemos a colaborar algunos de los habituales, como María Jesús Fernández; pero también Antonio Rivero Machina, Antonio Jiménez Morato o el ya citado Miguel Filipe Mochila. Esto no es una reseña; es una nómina. Pero sea.

miércoles, junio 07, 2017

Lectura de Claudio Rodríguez


«LO QUE NO ES SUEÑO»

Déjame que te hable en esta hora
de dolor, con alegres
palabras. Ya se sabe
que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,
curan a veces. Pero tú oye, déjame
decirte que, a pesar
de tanta vida deplorable, sí,
a pesar y aun ahora
que estamos en derrota, nunca en doma,
el dolor es la nube,
la alegría, el espacio;
el dolor es el huésped,
la alegría, la casa.
Que el dolor es la miel,
símbolo de la muerte, y la alegría
es agria, seca, nueva,
lo único que tiene
verdadero sentido.
Déjame que, con vieja
sabiduría, diga:
a pesar, a pesar
de todos los pesares
y aunque sea muy dolorosa, y aunque
sea a veces inmunda, siempre, siempre
la más honda verdad es la alegría.
La que de un río turbio
hace aguas limpias,
la que hace que te diga
estas palabras tan indignas ahora,
la que nos llega como
llega la noche y llega la mañana,
como llega a la orilla
la ola:
irremediablemente.

De Alianza y condena (1965)

Difundí este excepcional poema en una entrada dedicada a mis días con mi madre («Lo que no es sueño»), y volver a difundirlo para que se lea es como una deuda pendiente, como una promesa no cumplida. Además, me sirve para recordar que sigue abierto hasta el 15 de junio el plazo para presentar comunicaciones a las VII Jornadas Claudio Rodríguez. Ciencia, materia y poesía, que tendrán lugar del 16 al 18 de noviembre de 2017 en Zamora.

lunes, junio 05, 2017

Carta abierta a Juan Goytisolo (1982)

«Muy señor mío: Por estos días hace año y medio que empecé a intimar con usted a través de un libro suyo, Juan sin Tierra, lo cual me ha servido para penetrar, o por lo menos intentarlo, en los renglones de su ajetreada vida. Dice Ortega que pensar es buscarle tres pies al gato; usted, por fortuna, busca los tres pies, las dos cabezas e incluso los cinco rabos del dichoso félido. Gracias a usted, un servidor, aquí escribiente, ha podido no comprenderle en una primera lectura —agitadísima— y en una segunda cazar ráfagas de su prosa ardiente y fresca, incisiva y pulcra. Cuántas noches he soñado oír el ringorrando de su pluma sobre folios afortunados por verse escritos, manchados de su tinta. Cuántas otras he imaginado cabalgar sobre las palabras en una interminable llanura de textos suyos. Yo no sé si tomarle por un loco, o un arúspice, o un druida, o un amanuense a sueldo. Yo ya no sé nada; sea usted lo que quiera y déjeme —con perdón— ser admirador suyo. Y es que cuando usted escribe: «según los gurús indostánicos, en la fase superior de la meditación, el cuerpo humano, purgado de apetitos y anhelos, se abandona con deleite a una existencia etérea, horra de pasiones y achaques, atenta sólo al manso discurrir de un tiempo sin fronteras, alado y leve como esas avecillas vagabundas aparentemente sujetas a la suave y melodiosa inspiración de una invisible brisa,... » a mí se me retuerce el duodeno en el píloro y las costillas me claquetean como si de frío se tratase. O cuando usted nos habla de ofrendas en cuclillas de «esas partes carirredondas, joviales», que nos recuerdan alegremente «a los mofletes rubicundos de Eolo» a mí se me aparecen su Virgen Blanca, su Ojo de Dios, su Redentor, su Divina Intercesora y me obligan a pensar que yo a usted mejor le comprendo en árabe —idioma que me domina porque no entiendo nada— que en castellano. Tengo que admitir que nunca había llegado a estar tan desmesuradamente extasiado leyendo las páginas de un libro, sobre todo, cuando sentía sobre mis asentaderas la curiosa frescura de la taza del water. A usted no le valen las preguntas de «un espectador irónico e incisivo», «un mozo imberbe», «una joven de pechos abultados», «un licenciado en filosofía» o «una celadora de una cofradía parroquial»; no, nada de eso, y menos mis líneas. Para usted, señor mío, lo único que vale es el idioma, que es su fortaleza, su confortable estudio y su vida placentera. En el fondo, es usted un curioso animal «libre» en esas reservas naturales en las que los bichos se pueden ver desde los coches siempre y cuando se tengan las ventanillas herméticamente cerradas. Siga, siga usted, por favor: «...el inalienable pero denegado por años, lustros, centurias, derecho a la palabra, en la negra soledad de la mazmorra o potro de tortura...». Ya lo dijo François Villon: «Toda bestia salva el pellejo». Le saluda, Miguel Á. Lama.» [Este texto lo escribí como un ejercicio de clase hace treinta y cinco años. Me lo corrigió el profesor César Nicolás, que escribió ese comentario que aparece manuscrito en el folio que entregué mecanoscrito por ambas caras. Vaya en homenaje a Juan Goytisolo y —sin pudor— a un tiempo que pasó y del que hay efusiones que siguen vigentes.]

domingo, junio 04, 2017

Juan Goytisolo (1931-2017)


©Fotografía de Bernardo Pérez
«Ha muerto Juan Goytisolo. Lo siento mucho, hermano» (4-6-2017. 14:39). He brindado desde casi mis primeros balbuceos de lector una singular veneración a Juan Goytisolo, con el que me recuerdo en la Biblioteca Pública de Zafra leyendo páginas difícilmente comprensibles y asimilables hace muchos años, de bachiller. Poco dado al fetichismo —por tímido—, solo he caído en la manía coleccionista y el deseo de estar con quien escribió lo que leo con dos autores vivos —no cuento a los amigos que se han hecho escritores y de los que de algunos guardo más papeles que los que ellos tienen—: Juan Goytisolo y Juan Marsé. Precisamente, dos autores tan coetáneos como antagónicos. Juan Goytisolo ya no es uno de los más grandes escritores vivos; pero su obra ya le ha llevado a la cumbre de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX y de las dos primeras décadas del siglo XXI, siglo en el que ha recibido sus principales reconocimientos en España. Vueltos de Madrid, en donde anoche nos salpicamos del entusiasmo blanco en el caudaloso río de la Castellana que gritaba hacia Cibeles contra el Barça y Cataluña, hemos querido seguir en la televisión pública española la noticia de la muerte de un escritor universal nacido catalán que ha escrito en castellano, y, sorprendentemente, solo hemos podido ver a la hora de comer treinta y tres segundos dedicados a Juan Goytisolo, frente a los casi tres minutos para la muerte de David Delfín —con declaraciones de un ministro incluidas—, y los diecisiete minutos ofrecidos a la victoria del Real Madrid. Y evidentemente, más tiempo que al atentado de Londres. No es reproche. Diecisiete minutos, tres minutos y treinta segundos. Es constatación del reflejo público de la trascendencia que cada cosa tiene en la educación de nuestra sociedad. Algo así como lo que dejó dicho Juan Goytisolo sobre la transición pendiente en asuntos de educación. Algo así. Por eso me alegro ahora de haber celebrado sus éxitos. Y me entristece la noticia de su muerte, que los amigos me han comunicado también como si fuese la de un pariente. Así me ha conmovido el pésame de mi hermano hace unas horas por la de un escritor querido que sabe que he leído. «Ha muerto Juan Goytisolo. Lo siento mucho, hermano». Parece ser que mañana lunes será enterrado en el cementerio civil de Larache en Marrakech.

miércoles, mayo 31, 2017

Lujo para todos en Cáceres Abierto


Hoy he estado con Dionisio Cañas, que ha venido a Cáceres para participar en Cáceres Abierto, y muy gentilmente me ha traído su nuevo libro —y último de poesía, me ha dicho—, La noche de Europa. Madrid, Amargord Ediciones (Col. Palabreadorxs), 2017. La colección que dirige David Trashumante lleva el subtítulo de «Libros para leer a viva voz», y este va acompañado de un disco —un collage de voces y sonidos que contiene Las 8 puertas de la noche, con más textos de Dionisio Cañas— más un reclamo del proyecto participativo sin ánimo de lucro accionrefugiados.es que el poeta sostiene junto a la periodista Carla Fibla. Dionisio Cañas ha venido a Cáceres para realizar hoy un taller preparatorio en la Biblioteca Pública «A. Rodríguez-Moñino/María Brey» de la ManifestACCIÓN que tendrá lugar mañana jueves, con salida desde la biblioteca, y recorrido por el Paseo de Cánovas, hasta la Cruz y final en la Sala de Arte «El Brocense», donde se expondrán los materiales utilizados en la manifestación con un lema luminoso en el que se leerá Lujo para todos, título del manifiesto escrito por Dionisio Cañas que da sentido a la acción: «Nos manifestamos porque queremos ser felices. El lujo es una manera de conseguir la felicidad. Manifestar pacíficamente los deseos es también una forma de la felicidad colectiva porque el deseo de lujo nos une, aunque para cada persona la palabra lujo tenga su significado particular, individual: para algunas personas es un lujo poseer una obra de arte original, para otras puede ser simplemente tener tiempo libre. […] El lujo, material o inmaterial, es un valor absoluto pero nuestra percepción del lujo es relativa.  El lujo es un signo de la riqueza de algunas personas. Nosotros proponemos que el lujo sea asequible para todo el mundo, es decir que lo innecesario, como es el caso del arte, esté al alcance de todos y todas, ya sea a través de eventos participativos o de una democratización sistemática de las instituciones artísticas para que todas las personas que lo quieran puedan disfrutar del arte, es decir, del lujo de mirar y de disfrutar del arte aunque no podamos poseerlo».

domingo, mayo 28, 2017

Libro de estilo de la Justicia


Dirigido por el jurista y académico Santiago Muñoz Machado —doctor honoris causa por la Universidad de Extremadura—, este Libro de estilo de la Justicia (Barcelona, Espasa Libros-Real Academia Española-Consejo General del Poder Judicial, 2017) está concebido para «ayudar al buen uso del lenguaje en todos los ámbitos donde el derecho se crea y aplica» (pág. XXXI). Contiene seis secciones y unos nutridos apéndices con abreviaturas, siglas, símbolos alfabetizables y no alfabetizables, numerales, cargos y tratamientos y gentilicios de comunidades autónomas y países. Me ha llamado la atención que tenga en esta obra tan poca presencia la iniciativa del Consejo de Ministros de 30 de diciembre 2009 por la que se creaba la Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico, que concluyó sus trabajos en 2011, cuando era Ministro de Justicia Francisco Caamaño y director de la RAE José Manuel Blecua. Nada se dice de eso en la «Presentación» de Muñoz Machado, e incluso el Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo del Poder Judicial, Carlos Lesmes, escribe sobre «una inédita andadura para la Justicia española». Aunque sí que en el capítulo 2 de la primera parte —«Hacia un lenguaje jurídico claro»— se resumen algunas de las medidas propuestas por la Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico. Sin embargo, se obvian las propuestas de acercamiento del lenguaje jurídico a la ciudadanía —claro, se aludía a educación para la ciudadanía—, que se sustituyen por un «Acercamiento del lenguaje jurídico a la población estudiantil» (?), cuando aquel Informe de la Comisión de modernización del lenguaje jurídico publicado por el Ministerio de Justicia se refería a la formación lingüística del profesional del derecho, que parece más claro y preciso. En fin, da la sensación de que este Libro de estilo de la Justicia no arranca de lo hecho anteriormente porque lo hecho antes está hecho por aquellos que estuvieron anteriormente. Conozco algo de esos antecedentes porque en septiembre de 2011, invitado por Jesús García Calderón, por aquel entonces Fiscal General de Andalucía, participé en el I Curso de Modernización del Lenguaje Jurídico —en el que por la RAE intervino el lingüista Salvador Gutiérrez Ordóñez— y dos meses después, en diciembre, en el II Curso, celebrado en la sede del Parlamento de Andalucía en Sevilla. Fue una experiencia gratificante en la que un filólogo como yo vio cómo podrían abrirse salidas laborales para los profesionales de mi campo con la  propuesta de creación de un cuerpo de filólogos jurídicos que pude leer en la ponencia-informe «Un nuevo derecho a comprender», del citado fiscal y también poeta Jesús García Calderón, alma de tan importante proyecto que ahora se materializa de esta manera en un libro de estilo que es más un léxico que un manual sobre el lenguaje jurídico o una gramática específica. Si las «Cuestiones de ortografía» —la parte quinta del libro— no pueden considerarse aplicables al lenguaje jurídico —aunque los ejemplos destacados sean atinentes a ello— y el «Léxico», que es la sexta parte, ocupan en total más de trescientas páginas, quedan poco más de cien para las verdaderas propuestas de mejora del lenguaje jurídico sobre su definición y su tipología, su semántica y su pragmática. En cualquier caso, es una obra de utilidad que suma, no resta, al propósito de claridad del lenguaje legislativo y forense; y su publicación debe de ser muy bien acogida; cómo no.

viernes, mayo 26, 2017

Los bibliófilos con Tina


Este año, la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx) dedicará su tradicional «Día del Bibliófilo», en el marco de la Feria del Libro de Badajoz, a Agustina Bravo Ortuño, que alberga en su casa de Cáceres una de las bibliotecas privadas —y de ningún modo privativa— más eminentes de las que conozco de Extremadura. Tina fue la esposa de mi profesor Juan Manuel Rozas (1936-1986), y tras la temprana muerte de éste quiso y supo preservar el legado librario —palabra que no registra el DRAE, pero sí el Diccionario del Español Actual de Seco— de quien se dedicó a admirar y a ensalzar la bibliofilia y la labor bibliográfica de cumbres como Bartolomé José Gallardo o Antonio Rodríguez-Moñino, por citar a otros extremeños, no de adopción, como Tina y Juan Manuel —y sus cuatro hijos—, sino de nacencia. Será un gusto acompañar a Tina mañana sábado 27 de mayo junto a José Luis Bernal, Jesús Cañas y Malén Álvarez Franco, a José Luis Rozas, y a todos los que acudan a las 10:30 de la mañana —qué horas— al Parque de San Francisco de Badajoz para tributar el reconocimiento que merece una mujer que ama los libros de una manera tan generosa.

miércoles, mayo 24, 2017

Meléndez Valdés


Juan Meléndez Valdés retratado por Francisco de Goya (1797)
The Bowes Museum (Barnard Castle, Gran Bretaña)
«El 24 víspera de Pentecostés, a las nueve y once minutos de la noche, fue Dios servido de llevarse para sí a mi amado y estimadísimo Meléndez. Había pasado el día de buen humor. Se acostó y dijo "traéme una taza de té, pues tengo un poco de flato...", se le trajo corriendo el té y al tomar el primer sorbo, meneó dos veces la cabeza: la levantó arriba y la inclinó. No se tardaron dos minutos en todo, y expiró en mis brazos». Esto es lo que escribió la mujer del poeta Juan Meléndez Valdés, doña María Andrea de Coca, desde Montpellier el 28 de mayo de 1817 a su sobrino Benito de la Riva y Coca sobre los ultimísimos instantes de la vida de su marido, que falleció tal día como hoy, 24 de mayo, hace doscientos años. Pero lo más conmovedor de un final aparentemente plácido según el relato es cómo una personalidad intelectual de la talla de aquel escritor y magistrado, nacido en Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo de 1754, sufrió una emigración forzosa por sus ideas, por su fe en el progreso y la libertad, por su modernidad. Tuvo que salir de España en 1813 y peregrinó como un miserable perseguido por lugares como Burdeos, Vic-sur-Losne, Nîmes, Alès, Montauban, Montpellier..., aquejado de perlesía, mal alimentado y, sobre todo, apesadumbrado por la desgracia de no poder volver a España. En Extremadura, este año 2017 se le va a recordar con diferentes actos y publicaciones, y una temprana actividad ha sido la convocatoria por parte del Ayuntamiento de Ribera del Fresno, en colaboración con la Diputación de Badajoz y la Junta de Extremadura, del I Premio Nacional de Poesía «Meléndez Valdés», que ha recaído en el poeta Jordi Doce (1967) por su obra No estábamos allí (Valencia, Pre-Textos, 2016). Este viernes 26 de mayo se entregará en Ribera del Fresno este premio que reconoce al mejor libro de poesía publicado en España el pasado año.

viernes, mayo 19, 2017

Ni mu de Nemo


Ni mu de Nemo (Tusquets Editores, 2016). Una de las mejores novelas que leí el año pasado y de la que, sin embargo, nada dije. Nada escribí. Ni el pasado año ni este. Hasta ahora. Un texto excepcional. Me pregunto por qué leí de manera tan impredecible esta novela de un escritor que admiro. Es extraño. No de un tirón, no; a tirones, como cuando se te iba a calar el coche. Y se calaba. Y tenías que volver a arrancarlo. Ni siquiera a trancos como leen tantos. Porque podría haberla leído a trozos. Y es que sus 285 páginas están divididas en ciento treinta y una secuencias. 131 es capicúa y anilina; y esto le gusta mucho al autor de Nemo. Trozo a trozo queda entera. Como finalmente la leí, a trozos y muy tarde. Tardé mucho. No sé por qué; porque yo leo muy bien todo lo de Gonzalo Hidalgo. Bayal. Vamos, que siempre me encuentro muy a gusto y me cuesta mucho cerrar el libro incluso ante una necesidad imperativa. «Todo se confabula en ocasiones contra los propósitos», o algo parecido, me ha parecido leer en esta novela, y algún misterio se me habrá colado por el balcón que alumbra mis lecturas ya que tanto silencio ha resultado ser copulativo del silencio de Nemo personaje y adversativo de la facundia de Nemo novela. Una novela excepcional con la que uno aprende mucho y entiende poco. Porque si no, no me explico cómo he podido estar sin decir nada todo este tiempo. Deberá ser lo que dice el lema de Sófocles que encabeza este libro: «que en lo que entiendo mal callarme suelo». Y al suelo acaba de caer una octavilla de Natalia Gil, jefa de prensa de la editorial Tusquets, que acompaña el envío de mi ejemplar, recibido —nótese— el 22 de enero de 2016 —para que quede constancia de la dilación— en la que yo vi una quintilla de eneasílabos y octosílabos —cuánto gustan a Gonzalo estas métricas diabluras— que vendría a decir «Por deseo expreso del autor / un ejemplar de su libro / le hacemos llegar./ Y aprovecho la ocasión / para darle un saludo cordial». Hasta ahora no acuso recibo.