No puedo publicar mis entradas en el blog. Solo me deja publicar las primeras palabras de la primera línea. No sé qué ocurre, la verdad. Hago esta prueba por si acaso alguien puede decirme qué puede ocurrir. He probado a quitar las cursivas y me deja publicar. Pero si pongo cursivas, el texto desaparece de la entrada del blog.
jueves, julio 30, 2020
miércoles, julio 29, 2020
Salud, Gonzalo (0.2)
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viernes, julio 24, 2020
Sobre Sentido y melancolía
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martes, julio 21, 2020
En el quiosco con Marsé
A pesar de los varios miles de páginas de Juan Marsé que hay en casa —todas sus novelas, sus cuentos en varias ediciones principales, alguna recopilación de artículos (Tusquets sacó en 1988 en sus «Cuadernos ínfimos» la reunión de retratos para El País de Señoras y señores, y Lumen publicó en 2004 las crónicas del siglo XX de La gran desilusión)…—; y de los centenares de papeles sobre el maestro —artículos fotocopiados, volúmenes de estudios sobre el escritor, abultadas carpetas con recortes —desde aquel capítulo apócrifo de Sin noticas de Gurb, de Eduardo Mendoza, que publicó El País en abril de 1991, hasta el especial que El Cultural le dedicó por Caligrafía de los sueños en febrero de 2011…— que, sin clasificar, tengo debidamente localizados. A pesar de eso, ayer por la mañana, al bajar al quiosco compré varios periódicos para recortar y guardar parte de lo mucho que había salido en la prensa sobre el autor de Si te dicen que caí (1973). Y a pesar de que en estas circunstancias lo mucho que se publica son datos conocidos, lugares comunes y necrologías en las que casi hay más presencia del que firma que del finado. Mi periódico abría en portada con una fotografía de Marsé que le hizo Consuelo Bautista hace quince años y que yo recorté para posarla en su momento en uno de los estantes en los que están sus libros en mi casa. Escribieron Juan Cruz y Enrique Vila-Matas; Carles Geli hizo la crónica con los datos y Elsa Fernández-Santos reseñó la inevitable —y mejorable— materialización al cine de las novelas del cinéfilo Marsé. Había un artículo de Andreu Jaume («La última lección») que estaba muy bien y anunciaba la próxima publicación del libro inédito Viaje al sur, y un texto muy cercano de Javier Rodríguez Marcos que evocaba el descubrimiento de la lectura gracias a Juan Marsé en una esquinada comarca de Extremadura. Yo viví cómo ese lector, y su hermano Julián, seguirían sintiendo, años después, las huellas de aquella lectura de, por ejemplo, Últimas tardes con Teresa. «Papel», la revista diaria de El Mundo, abrió con una fotografía en blanco y negro de José Aymá del rostro curtido del escritor, y recogía varias semblanzas y opiniones, con poco cuidado formal —por errores de maquetación y por erratas— entre las que ya salía el nacionalismo catalán. Esto ya fue insistente en el ABC, que abrió la crónica de Sergi Doria, que destacaba que es un autor catalán en castellano «que abominaba de los nacionalismos», y que le dedicó su Tercera firmada por Fernando García de Cortázar, bien firme en su texto centrado sobre el espacio y, sobre todo, sobre la memoria. En este mismo periódico, eso sí, en el «Enfoque», con fotografía de Marsé cuando presentó Las muchachas de las bragas de oro (1978), Arturo Pérez Reverte tituló (?) su texto «Un autor ninguneado por el nacionalismo», que remató con su deseo de que «quede constancia del miserable ninguneo y la marginación a los que ha sido sometido por los políticos nacionalistas catalanes». No sé si porque no es su medio; pero Pérez Reverte no ha publicado aún su artículo prometido «A buenas horas, hijos de la gran puta», tan suyo. Todo se andará en el XL Semanal. Lo cierto es que la lectura de quiosco de ayer lunes, hecha con mi admiración, no me ha deparado mucha literatura. Lógico. Algo más el artículo de Fernando Valls en Infolibre, cuyo enlace me ha llegado hoy, y en el que no solo recoge la próxima publicación de Viaje al sur, sino la de un título como Notas para unas memorias que nunca escribiré, «del que no teníamos noticia», dice en su artículo Fernando Valls, que no desaprovecha la ocasión para volver a aludir al carácter sincero, insobornable y valiente de quien «se enfrentó a los malos directores de cine, a los mecanismos de los premios fraudulentos, a los políticos de la derecha rancia española y a los insolidarios, intolerantes y racistas que han gobernado Cataluña en las últimas décadas, de Pujol a Torra, pasando por el fugado Puigdemont, tres mamarrachos, por repetir el calificativo que les daba Marsé». Hoy también he leído una carta al director de El País firmada por Daniel García Delicado, de Albacete, que vuelve sobre lo mismo, que sufrió «el totalitarismo de la tierra que lo vio nacer» y que remata con otro lugar común que no por común deja de encerrar una verdad grande, que «el mejor homenaje que se le puede hacer a Juan Marsé es leerlo como lo que ha sido, un clásico moderno de la literatura en castellano». Luego, Carles Geli vuelve a escribir sobre el maestro una página —y pico de columna— con imágenes de la Barcelona de su contador de historias en la que recorre la «Geografía de Sarnita y Pijoaparte», en la que, ahora sí, uno encuentra más literatura, mucha más literatura. Y el gesto humano de Berta Marsé, la hija, que ha escrito una carta de agradecimiento «a todo el equipo médico de la Fundación Puigvert y del Hospital Sant Pau de Barcelona, especialmente al equipo de urgencias», por las atenciones que han tenido con su padre, que tanto confiaba —dice— en los médicos y en las enfermeras, a quienes gustaba escuchar. Y cierra: «Más de una vez me dijo que todos aquellos que trabajan en contacto íntimo con la vida y con la muerte tienen algo que decir. En estos tiempos difíciles para todos, tal vez sea un consejo a tener en cuenta. Escuchémosles». Nada más. Por ahora.
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domingo, julio 19, 2020
Muere Marsé
A principios de este mes pregunté a Fernando Valls por Juan Marsé. Quería volver a hablar al maestro del manuscrito —o de alguna versión previa a su impresión— de El embrujo de Shanghai (1993), aquella extraordinaria novela, para un trabajo que me gustaría terminar algún día. Me escribió Fernando que Marsé tenía problemas graves de salud, y que no se atrevía a visitarlo, ni siquiera a llamarlo por teléfono, que antes se lo encontraba en la calle, pues vivían cerca; pero que hacía tiempo que no lo veía. Hoy por la mañana, una compañera me ha comunicado la noticia de su muerte, y luego han ido llegando otros mensajes de condolencia, como si yo fuese un allegado. Lo cierto es que lo he sentido mucho, sí. Es un día triste. Si murió ayer, 18 de julio, me alegro de tener otro recuerdo encomiable que vaya tapando una fecha infausta. Se va uno de los grandes, uno de esos viejos grandes de la literatura más moderna y honesta. Yo no era amigo de Marsé, era un lector y seguiré siéndolo. Así, más o menos, se expresó Arturo Pérez Reverte en un simposio dedicado al maestro en Barcelona en noviembre de 2003, del que se publicó un libro que recogí aquí, y en el que Pérez Reverte dijo: «Yo me he comprometido ante Marsé a que, si él palma antes que yo, a escribir un artículo que se titule A buenas horas, hijos de la gran puta.» (pág. 86). La ha palmado antes que él y seguro que lo cumple; o que lo ha cumplido ya. «A buenas horas, hijos de la gran puta». Qué cosas, ay. Al entierro de Juan Marsé tienen confirmada la asistencia los pálidos espectros que fueron sus interlocutores por los rincones de Gracia, La Salud y el Guinardó, y algunos de los que acudieron al del capitán Blay. Por supuesto, Dani, el cronista de un tiempo pasado; pero también Forcat, y los hermanos Chacón, el Pijoaparte, que se dejará ver sin haber sido convocado, la señora Victoria Mir —hoy es domingo y del mes de julio—, que ha sentido un extraño reclamo para levantarse desde unos raíles inservibles y ha dejado de quitarse la vida para acudir a acompañar en su muerte a un escritor que conoce del barrio. Desde lejos, lo observará todo el inspector Galván, obsesionado aún con David Bartra, y también acudirá al entierro algún que otro lector que no sea un hijo de la gran puta por acordarse del maestro a estas horas en las que él debe de estar ya aferrado a su escritura, al testimonio más elocuente de su vida.
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viernes, julio 17, 2020
Otra realidad
Hoy me he topado con esta fotografía en el periódico, y me ha parecido de otro tiempo, no de ahora. Creo que son ya una docena de Comunidades Autónomas las que han decretado obligatorio el uso de mascarillas en todos los espacios públicos, aunque se pueda mantener la distancia interpersonal. En Cataluña, el Govern ha anunciado nuevas medidas y está pidiendo a la ciudadanía que no salga a la calle más que para lo imprescindible; y, además, impedirá reuniones de más de diez personas, incluso en los domicilios particulares. Es el resultado de la nueva movilidad que no afecta a todos por igual. Mientras los músicos y los actores siguen padeciendo un parón irreparable y un montón de gente sigue teletrabajando, como los profesores, cuando los bares y discotecas han abierto antes que los centros educativos…; pues parece ser que ya hay otros que ya tienen su copa en casa. En mayo, leíamos en El Confidencial que el fútbol en España «vive al margen de las fases de desescalada en cada provincia y se rige por un protocolo único para todos los equipos de cualquier Comunidad. Desde este lunes [18 de mayo], todos los equipos pueden entrenarse de forma grupal, con un máximo de diez jugadores, sin tener en cuenta los datos sanitarios». La foto me ha inquietado. Quizá la gente normal siente lo mismo. Y luego dicen que quienes reponen, quienes transportan, quienes barren las calles, quienes curan a la gente… son imprescindibles. Lo importante ya se ve en la foto, que, por cierto, tiene poca diferencia con la de abajo, la de aquel partido con el Málaga, cuando el Madrid ganó la Liga en 2017. Salvo el público. Público y cámaras delante de los que los futbolistas nunca han dejado de escupir decenas de veces cada diez minutos sobre el césped. ¿Seguirán haciendo lo mismo?
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martes, julio 14, 2020
Sentido y melancolía
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domingo, julio 12, 2020
La cultura
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sábado, julio 11, 2020
Diario de ayer
El mediodía de ayer fue especial. Como la foto de Yolanda Pérez Lorenzo, del Gabinete de Comunicación de la UEX, que cubrió el acto de presentación de Conclausa (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2020), el libro coordinado por Victoria Alzina Lozano y Carlos Iglesias Crespo. Especial, sí. Creo que es una foto especial. Y, probablemente, lo menos especial —aunque sí lo más llamativo— sea que todos llevemos mascarilla. Arriba, de izquierda a derecha, estamos Dionisio López, Carmen Galán, Malén Álvarez, Paco García Fitz y Jorge Fernández Avilés. Abajo están Rui Díaz Correia, Antonio Rivero Machina, Emilia Oliva, Juan Ricardo Montaña, Carlos Iglesias Crespo, Victoria Alzina Lozano, Matilde Granado, Julián Canelo, Guadalupe Nieto Caballero y Tete Alejandre. Una buena representación de quienes tuvieron la generosidad de participar en este proyecto ideado por dos de mis alumnos de 4º del Grado de Filología Hispánica, y que ha ocupado algunas horas de un período de estrecha relación con quienes solo podía ver en la pantalla del ordenador. El diacrítico de estrecha debería ser innecesario en un contexto tan extraordinario como el que hemos vivido, y un producto de lo más cercano de lo que yo he vivido —sí, con dos de mis alumnos— ha sido lo que ya es una realidad y fue solo una posibilidad aquel sábado de abril que publiqué la trigésima entrega de mi diario de «estos días», cuando yo me refería así a la recién pasada rareza de un confinamiento nunca vivido. Mi entrada en el Palacio de la Generala auguró lo mejor. En el control de acceso, en el que había que escribir nombre y apellidos, número del D.N.I. y teléfono móvil, conocí a la madrina de Carlos Iglesias. Le dije que yo era de Zafra y ella me dijo que de Ahillones, por el que, precisamente, pasé dos veces hace meses para ir a Córdoba. Ya en el salón, la primera persona a la que saludé fue al extraordinario y siempre elegante y hombre tranquilo Juan Ricardo Montaña —qué placer—, uno de los colaboradores del libro, con un poema discursivo titulado «Versos de confinamiento» que no deja de experimentar —él, tan de obra experimental— con un cuidado popularismo juanramoniano, y el único colaborador que se desplazó desde fuera de Cáceres, creo, para estar en el acto. Recordé que el 11 de marzo la presentación de la reedición de los ensayos sobre Ferlosio de Gonzalo Hidalgo Bayal fue uno de los últimos actos culturales públicos en Cáceres y que el de ayer habrá debido de ser uno de los primeros, si no el primero, una vez que hemos vuelto a este extraño estado de normalidad. También en el formato de presentación de un libro; y también de un libro admirable, articulado en tres secciones bien pensadas por sus editores y lleno de textos, imágenes e ilustraciones de creadores que han propiciado algo especial, como el momento de ayer y la fotografía de arriba. Qué bien. Del libro se han editado unas decenas de ejemplares para los colaboradores; pero se puede leer aquí.
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martes, julio 07, 2020
Conclausa
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domingo, julio 05, 2020
Formas de vida
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sábado, julio 04, 2020
El Cultural de los viernes
Ayer bajé a recoger el periódico a primera hora, y, como todos los viernes, pagué un euro por El Cultural, de venta «conjunta e inseparable con El Mundo, y en librerías especializadas». Yo no compro ese periódico, así que desde hace muchos años llevo haciendo trampa, con la complicidad de mis quiosqueros, que, igual si se mira así, puede que tengan una librería especializada. Aunque desayuné con la prensa, mi mañana de trabajo no me permitió detenerme en la lectura hasta sentarme a comer. Fue sustanciosa, con un buen vino. Yo no sé cuántos artículos habré leído en mi vida de The New York Times Book Review. Probablemente, el primero fue el de ayer, de Jennifer Szalai, sobre las memorias de John Bolton The Room Where it Happened (La habitación donde sucedió), exasesor de Seguridad Nacional de Donald Trump. El suplemento menciona la procedencia, también la autora de la fotografía que ilustra el artículo; pero no quién hace la traducción por la que yo pude leer que este libro de un tipo del que yo no me fiaría «está inflado de prepotencia y oscila entre dos registros discordantes: extremadamente tedioso y levemente desquiciado». Me pongo en el contexto de la opinión pública norteamericana cuando haya leído esta crítica, que el medio español que lo difunde da por supuesto que el lector de aquí sabe —yo espero que sí— quiénes son Ned Flanders y Sam Bigotes. No sé imaginarme la repercusión de una crítica que termina diciendo que es «una experiencia extraña leer un libro que empieza con repetidas andanadas contra ‘los intelectualmente perezosos’ escrito por un autor que se niega a pensar detenidamente sobre cualquier cosa». No sé que pasaría en España en un caso análogo. Antes, en el desayuno, volví a enfadarme por culpa de esos opinadores envanecidos en posesión de su verdad, que antes que por las ondas nos la dan en papel prensa —y son los mismos, calculados los turnos, sin salir de PRISA— y luego leí en las mismas páginas que me ocupan ahora una respuesta de Gregorio Luri en una entrevista en la que dice que «es más fácil fomentar la opinión que el razonamiento y porque, en la práctica, solemos considerar crítico aquel pensamiento que coincide con el nuestro». Pues sí. Me anoté que ha salido nueva novela de Rafael Reig, Amor intempestivo (Tusquets), que Nadal Suau en su reseña define como «un libro sobre la vida y la imposibilidad de que transcurra sin pérdidas». También subrayé afirmativamente una parte del artículo de Ignacio Echevarría sobre la sinrazón y la idiocia que se cierne ahora sobre las estatuas y otros símbolos, y su propuesta de adaptar las acciones artísticas del recientemente fallecido Christo y sus envolturas de grandes construcciones y monumentos, como una fórmula que resolvería «de un plumazo el problema que para algunos entraña convivir con monumentos que celebran hechos, personalidades o valores que estiman repudiables. Envolver en lona estos monumentos sirve para conservarlos y negarlos a la vez, con la ventaja de que su ocultamiento, además de ejemplarizante, es reversible, según soplen los vientos de la memoria histórica y del oportunismo político del momento». Estupenda solución. Lecturas de viernes.
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jueves, julio 02, 2020
Beethoven
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martes, junio 30, 2020
Amor en crisis
«Ahora pensarás que bastará cerrar los ojos para tenerla» (Carlos Fuentes)
Era el peor momento para vivir una historia de amor. Quise escribirlo cuando no salía de casa casi para nada. Imaginé que estaban en una de esas largas —por espaciadas— colas que se formaban al principio del estado de alarma. Ella entretenía la espera consultando su móvil. Él, detrás, recogió del suelo un billete azul, tocó la espalda de la joven, que se volvió, sorprendida y áspera, y le preguntó si era suyo. «—Ay, sí —le dijo, todavía molesta—. Lo llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón. Gracias». Él le dio el billete, metió la mano en una mochila y sacó un botecito de gel desinfectante y, sin volver a tocar a la chica, le pidió las manos con un «Lo siento» que a ella le supo a gloria bendita. Yo me imaginé que se habían enamorado en ese instante, justo cuando él agitaba el bote y dejaba sobre la piel de ella la parte entregada de su amor líquido. Y que él se afligía por estar viviendo algo así en una situación como esa. Y que ella estaba pensando en lo mismo. No podían invitarse a tomar un café en sitio alguno. No podían pasear juntos. Ni siquiera regresar a sus respectivas casas en compañía, por el riesgo a ser multados. Creo que se dieron cuenta de que yo estaba observándolos y que también pensaba en lo mismo. Y que, de haber sido posible, les habría dado mi opinión: que se confinasen juntos. Anoté esta idea en mi cuaderno y más de un mes después leí un artículo de Luz Sánchez Mellado en El País que se titulaba «Sexo sin lengua» —que en la versión digital va ilustrado con esta foto de una pareja dándose un beso con mascarillas en la Piazza Navona de Roma— en el que se lamentaba de que, además de llorar a los muertos y salvar a los enfermos, «muchos de los que dormimos solos no habíamos caído en que el virus se nos ha metido en la cama expulsando a posibles terceros» y que ningún BOE regula estas formas de amor en crisis. Recordé a la pareja y seguí leyendo: «Los expertos no se atreven a prohibir el sexo entre no convivientes, claro. Pero aconsejan practicarlo sin besos boca a boca ni posturas cara a cara para no compartir ni la saliva ni el aliento. […] Mirarse a los ojos. Besarse los labios. Permanecer abrazados un minuto más de lo necesario para recuperar el resuello. Ni guantes ni mascarillas sirven a tal efecto y, por ahora, no hay condones de lengua. Así que, entre la abstinencia y los trabajos manuales a solas o en compañía de otros, cada cual habrá de hallar su término medio. Hay que joderse con el virus. Décadas de prácticas para volver al magreo del instituto sin siquiera besos de tornillo». No, no es momento para vivir una historia de amor. Porque las historias de amor a distancia o virtuales a mí se me antojan, lo siento, peregrinas.
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domingo, junio 28, 2020
Una carta para Julián
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sábado, junio 27, 2020
Salud, Gonzalo (0.1)
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jueves, junio 25, 2020
Aforismos
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lunes, junio 22, 2020
Devaluación continua
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miércoles, junio 17, 2020
Vandalizar
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lunes, junio 15, 2020
Diario hablado
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, junio 15, 2020 0 comentarios
domingo, junio 14, 2020
Ex Bibliotheca Covid XIX
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viernes, junio 12, 2020
El silencio de lo invisible
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domingo, junio 07, 2020
Alcaíns fecit, 2019 (y V)
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miércoles, junio 03, 2020
Premio Princesa de Asturias de la Concordia
La prensa digital ya está llena a estas horas de tan jubilosa y edificante noticia. Leo en El País que por la «entrega incondicional» y el «heroico espíritu de sacrificio», según destaca el jurado, que han mostrado los profesionales sanitarios españoles que se han enfrentado desde la primera línea a la pandemia mundial de la covid-19 han sido reconocidos hoy con el premio Princesa de Asturias de la Concordia. «El galardón —dice el periódico— se dirige a los profesionales de la medicina, la enfermería, los auxiliares y el resto del personal sanitario que han atendido directamente a los pacientes contagiados y han realizado su labor desde que comenzó una emergencia sanitaria que se ha cobrado la vida de más de 27.000 personas, según el Ministerio de Sanidad». Me alegro mucho. He recibido la noticia por la radio, después de haber leído el testimonio de María Victoria Boyo, una médica de 35 años que hoy relata en El País su experiencia como afectada de covid-19, que ya contó aquí. Conmueve, verdaderamente. Ella termina su texto con un «¡Gracias!». Yo también. Gracias.
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martes, junio 02, 2020
Alcaíns fecit, 2019 (IV)
Pero antes de hablar de la geografía del texto, pondré algún ejemplo más de esa manera que el escritor Alcaíns propone para trenzar su prosa. El «oro del bosque de los Sonámbulos», por ejemplo, dora una secuencia (págs. 23-27) en la que se va repitiendo la palabra y que termina en «De plata será siempre», frase que da el relevo a otro segmento que comienza con «De plata afantasmada será el lomo de un caballo…». Así, en párrafos consecutivos. Como en «Abre la ventana y deja que entren», y el párrafo siguiente: «Abre la ventana, que el viento meta en casa la lluvia» (pág. 39). Es como si —¿como si?— el final de un parágrafo le diese pie al siguiente para que continúe y que discurra, como los cangilones de una noria que reciben el agua y la concatenan y comparten hasta dar en otro nivel de agua, en otra altura, sin que pare la corriente. Esto, en términos musicales, podría ser lo que conocemos como ostinato o repetición. Aquí funcionan como motivos melódicos, que hacen avanzar el texto como si se deslizase, como si corriese. En pintura me imagino lo difícil que tiene que ser dar movimiento a una imagen o pintar el agua; pero es literatura y estamos ante un brillante ejemplo de esa capacidad que demuestra Javier Alcaíns para expresar esa sugestión. Los ejemplos se suceden, son constantes a lo largo de un texto tan breve como La adivinanza del agua. Así en la serie «Si un ángel…» «Si un demonio…» (pág. 12) «Si un mago…» (pág. 13). «En el capítulo» se repite en estas páginas (18, 21, 22), en la 18, por tres veces, y en la 22 por cinco, pues se trata de los doce meses del año. Lo enumerativo es fundamental en la morfología del texto; porque sugiere mejor la sensación de discurrir, de lo que fluye. «Como una escena […] Como una escena […] Como una escena […]» (págs. 45-46). Y también —ahora sí— está la geografía del texto. La adivinanza del agua está llena de lugares, y también en eso va avanzando. Es recorrido y corriente constante. Propongo dibujar un mapa —con la indicación numérica de las páginas— en las que los lugares aparecen: Jálama, Eljas, China (11), Arizona (15), Bangladesh (15 y 16), Odesa (16), México (16), Tananarive (16), Río de Janeiro (16), Nara (16), España (18), Rusia (18), África (24), Las Hurdes (24), Cipango (34), Sáhara (36), Plaza Roja (36), Montánchez (36), Oporto (46), Maguncia (46), Tánger (46), Milán (46 y 48). Es lógico, pues, en un texto que corre, que recorre, que haya una geografía, un espacio, un espacio que se nombra… En fin, Jálama, Eljas, China, Las Hurdes, Cipango, Plaza Roja, Montánchez… El mundo sutil y sublime al que nos traslada el autor. Nota bene: la ilustración de Javier Alcaíns que encabezaba la entrega de ayer aquí es una variante no publicada de la que finalmente se imprimió en la página 23 de La adivinanza del agua, en la que ese mismo sobrio paisaje de encinas está cubierto por las características líneas oblicuas del agua de lluvia del libro.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, junio 02, 2020 0 comentarios
lunes, junio 01, 2020
Alcaíns fecit, 2019 (III)
Continúo con la publicación de esta serie de textos escritos sobre el libro de Javier Alcaíns. Creo que llegué a decirlo en alguna de las presentaciones que hicimos del libro. Que la lectura de La adivinanza del agua es todo un reto para aquel que quiera hacer el análisis de un texto. No, no estoy hablando de un examen, del mal llamado y mal hallado comentario de texto como prueba de evaluación para un estudiante de lengua o de literatura. Hablo del placer de leer con dedicación un texto, preguntándose —preguntando al texto— por las razones por las que una palabra está al lado de otra, por lo que explica el movimiento de lo escrito. Esta breve gran obra, La adivinanza del agua, comienza con lluvia y de noche, y surge en movimiento («busca», pág. 9). Luego «cruza» (pág. 10) y «va» (pág. 10), y luego «busca» por tres veces en la misma página décima. De ahí que yo me refiriese más abajo a que el texto va moviéndose a medida que avanza, que crece, que va llenando con armonía cada página. Alcaíns utiliza el engarce entre el final de un párrafo y el principio de otro como recurso formal para expresar el fluir constante y el pespunte entre una secuencia y otra. Así, en el final del párrafo, «un río» y «El río» del siguiente. «En ningún lugar del mundo llueve como en Bangladesh, la lluvia va escurriendo por los troncos, los animales callan con distinto silencio, porque antes fue distinto el grito. La lluvia resbala por los troncos de los árboles, por las paredes de los edificios, por la tela de los paraguas, por la frente de los que se levantaron temprano. Las agencias de viajes enseñan la fotografía de una playa de limpio azul profundo y dicen paraíso, pero ningún lugar es un paraíso. El monzón de barro, las pagodas de oro, los tigres en la jungla, las flores gigantes, las luces que esconden niñas en el burdel. En ningún lugar del mundo llueve como en Bangladesh. Nunca estuve allí. Nunca estuve en una calle de Odesa en la que hay una casa pequeña con una ventana verde y un gato asomado mirando caer el agua, nunca ensuciaron mis pies los vertederos de México, nunca sentí el soplo otoñal que arrastra hojas en los parques de Nara, nunca estuve en marzo en Tananarive, nunca pisé el barro de las favelas de Río de Janeiro ni el cuidado césped de otros barrios. En ningún lugar del mundo llueve como en Odesa, en ningún lugar del mundo llueve como en México, única es la lluvia de Nara y única también la de Tananarive, en ningún lugar del mundo llueve como en Río de Janeiro, en ningún lugar del mundo llueve como en la memoria. Esta luz que vuelve de una tarde antigua, esta luz que da al aire un ocre luminoso y envuelve tejas que gotean y dejan brillantes las chinas blancas del suelo, este largo susurro de agua algo quiere decir, pero qué quiere. Si no lo entiende el oído que lo entienda la piel, si no lo descifra el pensamiento que lo descifre la sangre» (págs. 15-16). Espero que pueda apreciarse con este fragmento —que, por cierto, es uno de los que más variantes tiene en la collatio siempre gustosa con las primeras versiones— cómo avanza el texto a partir de las repeticiones y los engarces formales y conceptuales, pues también son las ideas las que se concatenan, como el pensamiento sobre la lluvia y la confirmación de no haber estado nunca en un determinado lugar: Bangladesh, Tananarive, Odesa… Ay, los lugares… De ellos, de la geografía del texto que contiene esta obra también me queda por decir.
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, junio 01, 2020 0 comentarios


























