jueves, julio 30, 2020

Último jueves de julio

No puedo publicar mis entradas en el blog. Solo me deja publicar las primeras palabras de la primera línea. No sé qué ocurre, la verdad. Hago esta prueba por si acaso alguien puede decirme qué puede ocurrir. He probado a quitar las cursivas y me deja publicar. Pero si pongo cursivas, el texto desaparece de la entrada del blog.

No sé.

miércoles, julio 29, 2020

Salud, Gonzalo (0.2)

Ayer subí a Plasencia. (¡Cuán gritaban esos malditos —anoche, al final del día— en la terraza de San Juan! Nadie debería hablar a gritos ni carcajearse en la cara del otro, y menos en este tiempo de precaución y rebrotes. Ni a esas horas). Al salir con el coche desde el garaje, la primera matrícula en la que me fijé —de las innúmeras que a lo largo del día ocupan mi atención— llevaba las letras HGB. Aunque no en el orden de su coincidencia exacta, su relación con las iniciales de Gonzalo Hidalgo Bayal, con quien me había citado en su casa, me pareció un buen augurio. El que anunció un día espléndido, a pesar del calor —siempre soportable cuando uno tiene otras cosas en las que pensar—, que me devolvió a Cáceres con la grata experiencia de un encuentro de varias horas de conversación con el autor de Conversación (2011), el volumen con cinco historias que encabeza una cita del Tesoro de Covarrubias, de sus definiciones de conversar, entre las que está «Conversación, la comunicación y plática entre amigos». Creo que así fue, aunque yo solo preguntaba y Gonzalo hablaba y hablaba, indeciso en alguna fecha e inquieto por no confirmar un dato o referencia que, luego, gracias a algún libro de su biblioteca, compartió conmigo, sentado frente a él y con las manos en el teclado de mi portátil, a debida distancia y con mascarilla antes de comer, y sin mascarilla después de comer. (Inseguridades de la precaución y los rebrotes. En realidad, habíamos comido María José, él y yo en una mesa de Casa Juan sin mascarillas, y luego, vueltos a casa, yo seguí alimentándome sin mascarilla de lo que decía GHB). Después de anotar un montón de datos que no conocía de la vida de Gonzalo —y nos conocemos desde hace mucho—, cada vez me preocupa menos saber si en sus novelas hay un hecho biográfico o no lo hay; pues lo que vale es la pura ficción y el afán narrativo, que yo ahora intento remedar. La verdad es que lo que más me interesa como lector es cómo envaina o blanquea un novelista la experiencia vivida en el hueco o en el líquido, según sea, de su escritura libérrima y suprema. (¡Cómo siguieron gritando esos malditos anoche cuando todavía no había terminado de escribir esta entrada. Parecía mentira. Lo nunca visto. Como una verbena. Y ayer fue martes, día de diario, como hoy). Tantas horas con Gonzalo es tan octosílabo como los de una de esas brillantes espinelas que se sabe de memoria y que compartió conmigo. Tengo que escribir sobre esto. También me salen ocho sílabas métricas.

viernes, julio 24, 2020

Sobre Sentido y melancolía

El pasado martes 14 de este mes de julio tan extraño tuve la satisfacción de volver a estar con Luciano Feria (Zafra, 1957) y muchos amigos y paisanos en la presentación por videoconferencia de Sentido y melancolía (Santiago de Chile, Valparaíso, Barcelona, RIL editores, 2020), que reúne sus tres libros de poemas (El instante en la orilla, Fábula del terco y De la otra ribera), que él, en más de treinta años, ha concebido como el primer ciclo de su trayectoria literaria, continuada en otro, de corte narrativo (La ciudad y la siembra), inaugurado con la publicación de su novela —extraordinaria— El lugar de la cita (RIL editores, 2019), y que se proyecta en dos entregas más, Colonizaron nuestras almas y Capítulos de espera. Qué bien pensado todo cuando alguien sabe pensar y trasmitir en escritura su pensamiento. Así viene siendo Luciano Feria desde siempre, y algún día, cuando cualquiera, con más criterio y con más voz que yo, se tope con su obra, se preguntará por qué no fue más difundida la de este autor que ha releído en este volumen toda su obra poética. Por eso, el pórtico justificativo de esta edición lo titula Luciano «Relectura», y es toda una declaración de lo que ha sido su intención a lo largo de tantos años de afán por «incorporar a la vida cotidiana la paz y la plenitud de la revelación estética» (pág. 13). Es un texto clarividente, como su poesía toda, que se acoge a la mejor tradición poética española, desde San Juan de la Cruz a José Ángel Valente, y a las teorías de autores que tanto ha evocado, como el maestro del psicoanálisis C. G. Jung. Si su escritura es la clarividencia y la penetración, su actitud ante ella es diáfana como su personalidad, como su manera de estar en el mundo, cuya conquista no concibe separada de la palabra poética. Otros, sin embargo, quieren llegar a la cumbre de una vida que acaba en la nada con la acumulación de todo lo posible en bienes materiales. Por eso, a mí me parecen la escritura y la actitud vital de Luciano Feria lecciones reconfortantes. Quise decirlo el otro día: que aunque parezca que flaco favor le hacemos los paisanos y amigos con ensalzar su literatura —pues hay gente que desconfía de una buena crítica unida al afecto—, ya llegará alguien forastero y ajeno para decir lo mismo. La relectura propuesta por Luciano Feria en su Sentido y melancolía tiene, además, el aliciente de que el autor ha revisado en profundidad su primer libro, El instante en la orilla. La colación entre lo que ahora se publica y lo que se editó en la colección «Alcazaba» de poesía del Departamento de Publicaciones de la Diputación Provincial de Badajoz en 1989, permite a esta «persona curiosa» (pág. 12) comprobar cómo el verso de antaño se acomoda a la disposición versicular de los libros posteriores, como otra manera de confirmar la unidad de tono y pensamiento que es toda la obra poética de Luciano. El lector común no se parará en esto; simplemente, disfrutará. Pero es que hay lugares de este libro que están llenos de relectura y de reescritura, como cuando Luciano añade el complemento «de la melancolía» a «la memoria» en un poema lleno de variantes ahora que a mí se me antojan justificadas por una voluntad de explicar y explicarse, después de tantos años. Filólogo como uno, y formado casi en las mismas aulas y con los mismos maestros, Luciano Feria sabe que es un lujo tener a un escritor tan cerca —basta con hacerse con su libro— que tiene tan limpia conciencia de obra constante y abierta, en el mejor de los sentidos de otro de sus grandes referentes: Juan Ramón Jiménez. «Ahora mi palabra está encarnando ciertamente su ofrecida verdad: escribo / como aventura, / tengo que creer en la providencia, / soy espera, / soy ignorancia, / soy sobre todo sorpresa: sorpresa / de estar diciendo esto, / de haber llegado a esto, / y no saber —grieta vieja y desierta— si he logrado con la palabra / verdaderamente / estar en disposición.» Escribe Luciano Feria. Un placer.

martes, julio 21, 2020

En el quiosco con Marsé


© José Miguel Marco

A pesar de los varios miles de páginas de Juan Marsé que hay en casa —todas sus novelas, sus cuentos en varias ediciones principales, alguna recopilación de artículos (Tusquets sacó en 1988 en sus «Cuadernos ínfimos» la reunión de retratos para El País de Señoras y señores, y Lumen publicó en 2004 las crónicas del siglo XX de La gran desilusión)…—; y de los centenares de papeles sobre el maestro —artículos fotocopiados, volúmenes de estudios sobre el escritor, abultadas carpetas con recortes —desde aquel capítulo apócrifo de Sin noticas de Gurb, de Eduardo Mendoza, que publicó El País en abril de 1991, hasta el especial que El Cultural le dedicó por Caligrafía de los sueños en febrero de 2011…— que, sin clasificar, tengo debidamente localizados. A pesar de eso, ayer por la mañana, al bajar al quiosco compré varios periódicos para recortar y guardar parte de lo mucho que había salido en la prensa sobre el autor de Si te dicen que caí (1973). Y a pesar de que en estas circunstancias lo mucho que se publica son datos conocidos, lugares comunes y necrologías en las que casi hay más presencia del que firma que del finado. Mi periódico abría en portada con una fotografía de Marsé que le hizo Consuelo Bautista hace quince años y que yo recorté para posarla en su momento en uno de los estantes en los que están sus libros en mi casa. Escribieron Juan Cruz y Enrique Vila-Matas; Carles Geli hizo la crónica con los datos y Elsa Fernández-Santos reseñó la inevitable —y mejorable— materialización al cine de las novelas del cinéfilo Marsé. Había un artículo de Andreu Jaume («La última lección») que estaba muy bien y anunciaba la próxima publicación del libro inédito Viaje al sur, y un texto muy cercano de Javier Rodríguez Marcos que evocaba el descubrimiento de la lectura gracias a Juan Marsé en una esquinada comarca de Extremadura. Yo viví cómo ese lector, y su hermano Julián, seguirían sintiendo, años después, las huellas de aquella lectura de, por ejemplo, Últimas tardes con Teresa. «Papel», la revista diaria de El Mundo, abrió con una fotografía en blanco y negro de José Aymá del rostro curtido del escritor, y recogía varias semblanzas y opiniones, con poco cuidado formal —por errores de maquetación y por erratas— entre las que ya salía el nacionalismo catalán. Esto ya fue insistente en el ABC, que abrió la crónica de Sergi Doria, que destacaba que es un autor catalán en castellano «que abominaba de los nacionalismos», y que le dedicó su Tercera firmada por Fernando García de Cortázar, bien firme en su texto centrado sobre el espacio y, sobre todo, sobre la memoria. En este mismo periódico, eso sí, en el «Enfoque», con fotografía de Marsé cuando presentó Las muchachas de las bragas de oro (1978), Arturo Pérez Reverte tituló (?) su texto «Un autor ninguneado por el nacionalismo», que remató con su deseo de que «quede constancia del miserable ninguneo y la marginación a los que ha sido sometido por los políticos nacionalistas catalanes». No sé si porque no es su medio; pero Pérez Reverte no ha publicado aún su artículo prometido «A buenas horas, hijos de la gran puta», tan suyo. Todo se andará en el XL Semanal. Lo cierto es que la lectura de quiosco de ayer lunes, hecha con mi admiración, no me ha deparado mucha literatura. Lógico. Algo más el artículo de Fernando Valls en Infolibre, cuyo enlace me ha llegado hoy, y en el que no solo recoge la próxima publicación de Viaje al sur, sino la de un título como Notas para unas memorias que nunca escribiré, «del que no teníamos noticia», dice en su artículo Fernando Valls, que no desaprovecha la ocasión para volver a aludir al carácter sincero, insobornable y valiente de quien «se enfrentó a los malos directores de cine, a los mecanismos de los premios fraudulentos, a los políticos de la derecha rancia española y a los insolidarios, intolerantes y racistas que han gobernado Cataluña en las últimas décadas, de Pujol a Torra, pasando por el fugado Puigdemont, tres mamarrachos, por repetir el calificativo que les daba Marsé». Hoy también he leído una carta al director de El País firmada por Daniel García Delicado, de Albacete, que vuelve sobre lo mismo, que sufrió «el totalitarismo de la tierra que lo vio nacer» y que remata con otro lugar común que no por común deja de encerrar una verdad grande, que «el mejor homenaje que se le puede hacer a Juan Marsé es leerlo como lo que ha sido, un clásico moderno de la literatura en castellano». Luego, Carles Geli vuelve a escribir sobre el maestro una página —y pico de columna— con imágenes de la Barcelona de su contador de historias en la que recorre la «Geografía de Sarnita y Pijoaparte», en la que, ahora sí, uno encuentra más literatura, mucha más literatura. Y el gesto humano de Berta Marsé, la hija, que ha escrito una carta de agradecimiento «a todo el equipo médico de la Fundación Puigvert y del Hospital Sant Pau de Barcelona, especialmente al equipo de urgencias», por las atenciones que han tenido con su padre, que tanto confiaba —dice— en los médicos y en las enfermeras, a quienes gustaba escuchar. Y cierra: «Más de una vez me dijo que todos aquellos que trabajan en contacto íntimo con la vida y con la muerte tienen algo que decir. En estos tiempos difíciles para todos, tal vez sea un consejo a tener en cuenta. Escuchémosles». Nada más. Por ahora.

domingo, julio 19, 2020

Muere Marsé

© Crónica Global

A principios de este mes pregunté a Fernando Valls por Juan Marsé. Quería volver a hablar al maestro del manuscrito —o de alguna versión previa a su impresión— de El embrujo de Shanghai (1993), aquella extraordinaria novela, para un trabajo que me gustaría terminar algún día. Me escribió Fernando que Marsé tenía problemas graves de salud, y que no se atrevía a visitarlo, ni siquiera a llamarlo por teléfono, que antes se lo encontraba en la calle, pues vivían cerca; pero que hacía tiempo que no lo veía. Hoy por la mañana, una compañera me ha comunicado la noticia de su muerte, y luego han ido llegando otros mensajes de condolencia, como si yo fuese un allegado. Lo cierto es que lo he sentido mucho, sí. Es un día triste. Si murió ayer, 18 de julio, me alegro de tener otro recuerdo encomiable que vaya tapando una fecha infausta. Se va uno de los grandes, uno de esos viejos grandes de la literatura más moderna y honesta. Yo no era amigo de Marsé, era un lector y seguiré siéndolo. Así, más o menos, se expresó Arturo Pérez Reverte en un simposio dedicado al maestro en Barcelona en noviembre de 2003, del que se publicó un libro que recogí aquí, y en el que Pérez Reverte dijo: «Yo me he comprometido ante Marsé a que, si él palma antes que yo, a escribir un artículo que se titule A buenas horas, hijos de la gran puta.» (pág. 86). La ha palmado antes que él y seguro que lo cumple; o que lo ha cumplido ya. «A buenas horas, hijos de la gran puta». Qué cosas, ay. Al entierro de Juan Marsé tienen confirmada la asistencia los pálidos espectros que fueron sus interlocutores por los rincones de Gracia, La Salud y el Guinardó, y algunos de los que acudieron al del capitán Blay. Por supuesto, Dani, el cronista de un tiempo pasado; pero también Forcat, y los hermanos Chacón, el Pijoaparte, que se dejará ver sin haber sido convocado, la señora Victoria Mir —hoy es domingo y del mes de julio—, que ha sentido un extraño reclamo para levantarse desde unos raíles inservibles y ha dejado de quitarse la vida para acudir a acompañar en su muerte a un escritor que conoce del barrio. Desde lejos, lo observará todo el inspector Galván, obsesionado aún con David Bartra, y también acudirá al entierro algún que otro lector que no sea un hijo de la gran puta por acordarse del maestro a estas horas en las que él debe de estar ya aferrado a su escritura, al testimonio más elocuente de su vida.

viernes, julio 17, 2020

Otra realidad

© Gabriel Bouys/AFP

Hoy me he topado con esta fotografía en el periódico, y me ha parecido de otro tiempo, no de ahora. Creo que son ya una docena de Comunidades Autónomas las que han decretado obligatorio el uso de mascarillas en todos los espacios públicos, aunque se pueda mantener la distancia interpersonal. En Cataluña, el Govern ha anunciado nuevas medidas y está pidiendo a la ciudadanía que no salga a la calle más que para lo imprescindible; y, además, impedirá reuniones de más de diez personas, incluso en los domicilios particulares. Es el resultado de la nueva movilidad que no afecta a todos por igual. Mientras los músicos y los actores siguen padeciendo un parón irreparable y un montón de gente sigue teletrabajando, como los profesores, cuando los bares y discotecas han abierto antes que los centros educativos…; pues parece ser que ya hay otros que ya tienen su copa en casa. En mayo, leíamos en El Confidencial que el fútbol en España «vive al margen de las fases de desescalada en cada provincia y se rige por un protocolo único para todos los equipos de cualquier Comunidad. Desde este lunes [18 de mayo], todos los equipos pueden entrenarse de forma grupal, con un máximo de diez jugadores, sin tener en cuenta los datos sanitarios». La foto me ha inquietado. Quizá la gente normal siente lo mismo. Y luego dicen que quienes reponen, quienes transportan, quienes barren las calles, quienes curan a la gente… son imprescindibles. Lo importante ya se ve en la foto, que, por cierto, tiene poca diferencia con la de abajo, la de aquel partido con el Málaga, cuando el Madrid ganó la Liga en 2017. Salvo el público. Público y cámaras delante de los que los futbolistas nunca han dejado de escupir decenas de veces cada diez minutos sobre el césped. ¿Seguirán haciendo lo mismo?


martes, julio 14, 2020

Sentido y melancolía

Cómo me gustaría escribir que hoy por la tarde (19:00) vamos a estar en Zafra; qué se yo, en la capilla del Parador de Turismo, en la Biblioteca Pública o en un bar, para presentar este libro de Luciano Feria (Zafra, 1957). Sentido y melancolía (Santiago de Chile, Valparaíso, Barcelona, RIL editores, 2020) recoge la poesía escrita por Luciano a lo largo de veinticuatro años, desde 1978 a 2002, materializada en una bibliografía de tres libros aparecidos entre 1989 y 2004: El instante en la orilla, Fábula del terco y De la otra ribera. Vamos a compartir un espacio virtual —aquí— de poesía, música y palabra que esperamos levantar hasta hacerlas tan reales como si estuviésemos todos juntos de verdad compartiendo poesía, música y palabra. Me place mucho volver a participar en un acto junto a Luciano Feria; y le agradezco que haya vuelto a invitarme, pues ya me recordó que hace más de treinta años presentamos en Zafra, sin pantallas, aquel su primer libro El instante en la orilla, aquel principio de todo que encabezó una cita de José Ángel Valente («Caer fue sólo / la ascensión a lo hondo») y que se cerró con otra de Francisco Brines («Y yo lo aprendí de ellos, y ellos no lo sabían»). Lecturas de poeta.

domingo, julio 12, 2020

La cultura

Hace años compré este libro de Dietrich Schwanitz, La cultura. Todo lo que hay que saber (Madrid, Taurus, 2002), publicado en España —en traducción hecha por Vicente Gómez Ibáñez— a rebufo del éxito que tuvo en Alemania, en donde vendió más de medio millón de ejemplares en un año (1ª ed., 1999). Se lee con gusto este extenso relato de la historia cultural de Europa, como un repaso de esos conocimientos que están recogidos en las grandes obras y enciclopedias, con mucha información, pero sin rebaba erudita. Más bien al contrario. La única nota a pie de página que hay en un libro de más de quinientas cincuenta es precisamente la que aborda el sentido y la finalidad de la nota al pie como rasgo distintivo de las ciencias del texto. Pero no quiero hacer una reseña de un volumen que tiene ya dieciocho años. Me he acordado de él por la banda sonora original y doméstica de la tarde de este domingo caluroso de julio. Fui a buscar un disco recopilatorio de Billie Holiday, a quien esta tarde Videodrome (Radio 3) ha dedicado la segunda entrega sobre las memorias —tremendas— de la cantante. A lo mejor es que no me habían bastado «East of the Sun West on the Moon», «You’d Be Easy to Love», «These Foolish Things», «You Go to My Head», «Lover Come Back To me», entre otras canciones que han sonado en este extraordinario programa en el que Marta Iraeta le ha puesto voz al relato de la vida extrema de Lady Day. Fue al buscar el disco de la de Filadelfia cuando reencontré el compacto que venía en el libro de Schwanitz, con el título La cultura. Todo lo que hay que escuchar. La verdad es que el autor alemán es dado a las listas, pues cierra su obra con un capítulo de «Libros que han cambiado el mundo», que empieza por De Civitate Dei de San Agustín y acaba en Mi lucha de Hitler: «Ilegible mezcolanza de antisemitismo, racismo, militarismo, fanatismo nacionalista, teoría del espacio vital, interpretación histórica y programa político que, dada su estupidez, nadie tomó en serio. Mi lucha ha sido el único libro cuya repercusión se debió precisamente al hecho de haber pasado inadvertido» (pág. 520), dice el comentario del ítem. Bueno, a lo mío. Que todavía sigo escuchando continuadamente el disco que encontré esta tarde con diecisiete piezas «que hay que escuchar» que ocupan una hora y cuarto aproximadamente. Así, de hora y cuarto en hora y cuarto, he ido sobrellevando el trabajo del domingo: la Misa del Papa Marcelo, de Giovanni da Palestrina; el segundo acto del Orfeo de Monteverdi; el primer Concierto de Brandenburgo, de J.S. Bach; el Himno del Emperador, de Haydn, que es el himno de la Alemania de Dietrich Schwanitz; la parte «Lacrimosa» del Réquiem de Mozart; la sonata Claro de luna de Beethoven; el cuarteto de cuerda La muerte y la doncella de Schubert; el Réquiem alemán de Johannes Brahms; la Sinfonía fantástica de Berlioz; las Escenas de niños de Schumann; la Marcha nupcial de Mendelssohn; La mañana de E. Grieg; El Cascanueces de Tschaikowsky; El anillo de los Nibelungos de R. Wagner; La Mer de Claude Debussy; la primera de las Gymnopédies de Erik Satie; y la Rapsody in Blue de George Gershwin.

sábado, julio 11, 2020

Diario de ayer

© Yolanda Pérez Lorenzo

El mediodía de ayer fue especial. Como la foto de Yolanda Pérez Lorenzo, del Gabinete de Comunicación de la UEX, que cubrió el acto de presentación de Conclausa (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2020), el libro coordinado por Victoria Alzina Lozano y Carlos Iglesias Crespo. Especial, sí. Creo que es una foto especial. Y, probablemente, lo menos especial —aunque sí lo más llamativo— sea que todos llevemos mascarilla. Arriba, de izquierda a derecha, estamos Dionisio López, Carmen Galán, Malén Álvarez, Paco García Fitz y Jorge Fernández Avilés. Abajo están Rui Díaz Correia, Antonio Rivero Machina, Emilia Oliva, Juan Ricardo Montaña, Carlos Iglesias Crespo, Victoria Alzina Lozano, Matilde Granado, Julián Canelo, Guadalupe Nieto Caballero y Tete Alejandre. Una buena representación de quienes tuvieron la generosidad de participar en este proyecto ideado por dos de mis alumnos de 4º del Grado de Filología Hispánica, y que ha ocupado algunas horas de un período de estrecha relación con quienes solo podía ver en la pantalla del ordenador. El diacrítico de estrecha debería ser innecesario en un contexto tan extraordinario como el que hemos vivido, y un producto de lo más cercano de lo que yo he vivido —sí, con dos de mis alumnos— ha sido lo que ya es una realidad y fue solo una posibilidad aquel sábado de abril que publiqué la trigésima entrega de mi diario de «estos días», cuando yo me refería así a la recién pasada rareza de un confinamiento nunca vivido. Mi entrada en el Palacio de la Generala auguró lo mejor. En el control de acceso, en el que había que escribir nombre y apellidos, número del D.N.I. y teléfono móvil, conocí a la madrina de Carlos Iglesias. Le dije que yo era de Zafra y ella me dijo que de Ahillones, por el que, precisamente, pasé dos veces hace meses para ir a Córdoba. Ya en el salón, la primera persona a la que saludé fue al extraordinario y siempre elegante y hombre tranquilo Juan Ricardo Montaña —qué placer—, uno de los colaboradores del libro, con un poema discursivo titulado «Versos de confinamiento» que no deja de experimentar —él, tan de obra experimental— con un cuidado popularismo juanramoniano, y el único colaborador que se desplazó desde fuera de Cáceres, creo, para estar en el acto. Recordé que el 11 de marzo la presentación de la reedición de los ensayos sobre Ferlosio de Gonzalo Hidalgo Bayal fue uno de los últimos actos culturales públicos en Cáceres y que el de ayer habrá debido de ser uno de los primeros, si no el primero, una vez que hemos vuelto a este extraño estado de normalidad. También en el formato de presentación de un libro; y también de un libro admirable, articulado en tres secciones bien pensadas por sus editores y lleno de textos, imágenes e ilustraciones de creadores que han propiciado algo especial, como el momento de ayer y la fotografía de arriba. Qué bien. Del libro se han editado unas decenas de ejemplares para los colaboradores; pero se puede leer aquí.

martes, julio 07, 2020

Conclausa


Victoria, Carlos, os envío la lista de los colaboradores del librino —hoy me he dado cuenta de que mide lo mismo, que es tan cuadrado como los pañuelos de papel extendidos Renova (Pure Sensitive, 21 x 21), que uso—, excluyéndonos a nosotros, para que la tengáis el viernes y anotéis quién se lleva su ejemplar o qué ejemplares recogemos para hacérselos llegar a los autores: Tete Alejandre, Javier Alcaíns, Malén Álvarez, David Borrego Pérez, Julián Canelo, Julio Díaz, Rui Díaz, Jorge Fernández Avilés, Carmen Galán Rodríguez, Pilar Galán, Antonio Gómez, Alonso Guerrero, Matilde Granado, Gordon Haskel, Victor M. Jiménez, Julia Lama, Dionisio López, José Martín Durán, Carlos Medrano, Juan Ricardo Montaña García, Ariel Nelson, Guadalupe Nieto Caballero, Emilia Oliva, María del Carmen Ordóñez Saavedra, Antonio Orihuela, Juan José Peñato Tarifa, Isidoro Reguera, Antonio Rivero Machina, Maribel Rodríguez Ponce, Francisco Javier Romo Cumbreño, Ada Salas, José Manuel Salazar, Basilio Sánchez, María Sanz Navarro, Adrián Segura, Alicia Sianes Bautista, Ana Suarez, Álvaro Valverde, Alberto Varona, Cristina Vazquiánez y José Antonio Zambrano. Así vais tachando nombres. A mí ya me han encargado algunos que les recoja su ejemplar. Nos vemos allí. Vaya, otra vez me he equivocado y he puesto en mal sitio lo que quería deciros. Ya da igual. Así sirve de publicidad del acto de presentación, que —no se os olvide— es el viernes 10 de julio, a las 12:00 de la mañana, en el Salón de Actos del Palacio de la Generala, en el edificio de Servicios Centrales de la Universidad, cuarta planta (por Adarve de Santa Ana). 

domingo, julio 05, 2020

Formas de vida

Se me ha olvidado este mediodía decir a C. que ayer leí el artículo de Muñoz Molina «Volver a dónde», y que quizá por eso le he dicho que salgo poco y no tengo muchas ganas de echarme a la calle, salvo el paseo diario o jugar al tenis, y que no me siento a gusto si estoy sentado en una terraza departiendo con los demás. Ella, como es así de discreta y nunca quiere molestar, me ha preguntado si prefería irme a casa. No, no se trataba de eso. Es lo que dice el escritor: «Ahora es cuando no tengo ganas de salir a la calle. El mundo de después, sobre el que tanto se especulaba, ha resultado ser muy parecido al de antes, salvo por el incordio añadido de las mascarillas». Si la gente las llevase, añado. He visto imágenes de celebraciones de más de una veintena de personas que habrían de fecharse antes de lo que ha ocurrido; y estoy convencido de que ninguna de esas personas es consciente de lo que ahora ocurre. O no quiere serlo. O no tiene la capacidad que se precisa para serlo. Añade Muñoz Molina que el tráfico en Madrid «es el mismo de otros veranos por ahora, quizás con un grado mayor de encono, porque la temperatura sube cada año, y porque los conductores de coches y de motos parecen ansiosos por compensar el tiempo perdido, la gasolina no gastada, los cláxones no apretados con gustosa violencia durante meses de silencio». Es así. Cuando salgo a la calle, la multitud que se agolpa en las terrazas me mira de refilón para decirme que estoy equivocado. La verdad es que no sé si merece la pena escribir sobre esto.

sábado, julio 04, 2020

El Cultural de los viernes

©  Foto de Wolfgang Volz. Pont Neuf de París. Christo and Jeanne-Claude


Ayer bajé a recoger el periódico a primera hora, y, como todos los viernes, pagué un euro por El Cultural, de venta «conjunta e inseparable con El Mundo, y en librerías especializadas». Yo no compro ese periódico, así que desde hace muchos años llevo haciendo trampa, con la complicidad de mis quiosqueros, que, igual si se mira así, puede que tengan una librería especializada. Aunque desayuné con la prensa, mi mañana de trabajo no me permitió detenerme en la lectura hasta sentarme a comer. Fue sustanciosa, con un buen vino. Yo no sé cuántos artículos habré leído en mi vida de The New York Times Book Review. Probablemente, el primero fue el de ayer, de Jennifer Szalai, sobre las memorias de John Bolton The Room Where it Happened (La habitación donde sucedió), exasesor de Seguridad Nacional de Donald Trump. El suplemento menciona la procedencia, también la autora de la fotografía que ilustra el artículo; pero no quién hace la traducción por la que yo pude leer que este libro de un tipo del que yo no me fiaría «está inflado de prepotencia y oscila entre dos registros discordantes: extremadamente tedioso y levemente desquiciado». Me pongo en el contexto de la opinión pública norteamericana cuando haya leído esta crítica, que el medio español que lo difunde da por supuesto que el lector de aquí sabe —yo espero que sí— quiénes son Ned Flanders y Sam Bigotes. No sé imaginarme la repercusión de una crítica que termina diciendo que es «una experiencia extraña leer un libro que empieza con repetidas andanadas contra ‘los intelectualmente perezosos’ escrito por un autor que se niega a pensar detenidamente sobre cualquier cosa». No sé que pasaría en España en un caso análogo. Antes, en el desayuno, volví a enfadarme por culpa de esos opinadores envanecidos en posesión de su verdad, que antes que por las ondas nos la dan en papel prensa —y son los mismos, calculados los turnos, sin salir de PRISA— y luego leí en las mismas páginas que me ocupan ahora una respuesta de Gregorio Luri en una entrevista en la que dice que «es más fácil fomentar la opinión que el razonamiento y porque, en la práctica, solemos considerar crítico aquel pensamiento que coincide con el nuestro». Pues sí. Me anoté que ha salido nueva novela de Rafael Reig, Amor intempestivo (Tusquets), que Nadal Suau en su reseña define como «un libro sobre la vida y la imposibilidad de que transcurra sin pérdidas». También subrayé afirmativamente una parte del artículo de Ignacio Echevarría sobre la sinrazón y la idiocia que se cierne ahora sobre las estatuas y otros símbolos, y su propuesta de adaptar las acciones artísticas del recientemente fallecido Christo y sus envolturas de grandes construcciones y monumentos, como una fórmula que resolvería «de un plumazo el problema que para algunos entraña convivir con monumentos que celebran hechos, personalidades o valores que estiman repudiables. Envolver en lona estos monumentos sirve para conservarlos y negarlos a la vez, con la ventaja de que su ocultamiento, además de ejemplarizante, es reversible, según soplen los vientos de la memoria histórica y del oportunismo político del momento». Estupenda solución. Lecturas de viernes.

jueves, julio 02, 2020

Beethoven

Había pensado en titular esta entrada «Adivinanza» y eliminar de la transcripción que sigue el nombre del músico, para que cada uno lo sustituyese por el de un maestro o guía que le haya marcado en la vida. Así escribió Romain Rolland (1866-1944), Premio Nobel de Literatura en 1915, en el centenario de la muerte de Beethoven en marzo de 1927: «Alta lección, y no solo para los artistas, para todos los hombres, porque esta absoluta simplicidad y verdad es, al mismo tiempo que la suprema conquista del arte, la virtud moral más viril. Los que se han fundido con el evangelio musical de Beethoven no pueden soportar la mentira, ni en el arte ni en la vida. Beethoven es el maestro de rectitud y de sinceridad. He aprendido más de él que de todos los maestros de mi tiempo. Lo mejor de mí mismo se lo debo a Beethoven; y creo yo que millares de seres humildes en todos los países le deben como yo el consuelo, la fuerza vital, y no diría la pureza de corazón y la verdad, porque, ¿quién de nosotros puede vanagloriarse de haberlas conquistado? Pero sí la aspiración ardiente hacia esas cumbres y hacia su hálito sin excepción. Vengo a depositar el homenaje de esos millares de discípulos, los oscuros, a los pies del maestro y compañero. Comulgamos con él, nosotros, los de todos los pueblos de la tierra. Beethoven es el símbolo radiante de la reconciliación de Europa, de la fraternidad humana». En la voz de María del Ser, de «Grandes ciclos», de Radio Clásica, puede escucharse aquí, en los tres últimos minutos, aunque recomiendo escuchar desde el primero.

martes, junio 30, 2020

Amor en crisis

© Marco Iacobucci / IPA / GTRES/ EL País

«Ahora pensarás que bastará cerrar los ojos para tenerla» (Carlos Fuentes)


Era el peor momento para vivir una historia de amor. Quise escribirlo cuando no salía de casa casi para nada. Imaginé que estaban en una de esas largas —por espaciadas— colas que se formaban al principio del estado de alarma. Ella entretenía la espera consultando su móvil. Él, detrás, recogió del suelo un billete azul, tocó la espalda de la joven, que se volvió, sorprendida y áspera, y le preguntó si era suyo. «—Ay, sí —le dijo, todavía molesta—. Lo llevaba en el bolsillo de atrás del pantalón. Gracias». Él le dio el billete, metió la mano en una mochila y sacó un botecito de gel desinfectante y, sin volver a tocar a la chica, le pidió las manos con un «Lo siento» que a ella le supo a gloria bendita. Yo me imaginé que se habían enamorado en ese instante, justo cuando él agitaba el bote y dejaba sobre la piel de ella la parte entregada de su amor líquido. Y que él se afligía por estar viviendo algo así en una situación como esa. Y que ella estaba pensando en lo mismo. No podían invitarse a tomar un café en sitio alguno. No podían pasear juntos. Ni siquiera regresar a sus respectivas casas en compañía, por el riesgo a ser multados. Creo que se dieron cuenta de que yo estaba observándolos y que también pensaba en lo mismo. Y que, de haber sido posible, les habría dado mi opinión: que se confinasen juntos. Anoté esta idea en mi cuaderno y más de un mes después leí un artículo de Luz Sánchez Mellado en El País que se titulaba «Sexo sin lengua» —que en la versión digital va ilustrado con esta foto de una pareja dándose un beso con mascarillas en la Piazza Navona de Roma— en el que se lamentaba de que, además de llorar a los muertos y salvar a los enfermos, «muchos de los que dormimos solos no habíamos caído en que el virus se nos ha metido en la cama expulsando a posibles terceros» y que ningún BOE regula estas formas de amor en crisis. Recordé a la pareja y seguí leyendo: «Los expertos no se atreven a prohibir el sexo entre no convivientes, claro. Pero aconsejan practicarlo sin besos boca a boca ni posturas cara a cara para no compartir ni la saliva ni el aliento. […] Mirarse a los ojos. Besarse los labios. Permanecer abrazados un minuto más de lo necesario para recuperar el resuello. Ni guantes ni mascarillas sirven a tal efecto y, por ahora, no hay condones de lengua. Así que, entre la abstinencia y los trabajos manuales a solas o en compañía de otros, cada cual habrá de hallar su término medio. Hay que joderse con el virus. Décadas de prácticas para volver al magreo del instituto sin siquiera besos de tornillo». No, no es momento para vivir una historia de amor. Porque las historias de amor a distancia o virtuales a mí se me antojan, lo siento, peregrinas.

domingo, junio 28, 2020

Una carta para Julián

Este viernes, al salir al paseo cargado con las bolsas de basura para dejar en los contenedores de las traseras de San Juan que siguen sin estar soterrados en esta ciudad Patrimonio de la Humanidad —qué insalubre todo—, recogí en mi escalera un sobre a mi nombre con una letra reconocible. Me asomé al interior para leer en la cartulina de cubierta de una de las dos copias Una carta de Henry James a Fanny Stevenson nuevamente impresa en memoria de Julián Rodríguez Marcos. Lo metí en el morral, sin leer las cuatro páginas impresas grapadas en su interior. Crucé con mis desperdicios, como siempre, por una de las terrazas de la plaza —como nunca tan concurrida e igualmente insalubre— y atisbé en otra de ellas a Ó., un camarero conocido que no veía en su tarea desde principios del mes de marzo. Desde los sucios contenedores rodeados de coches junto a una iglesia del XIII al XVIII, volví a la plaza a saludarle. Todo bien, aunque acabo de enterarme de que murió su suegro. Y enfrente, al irme, junto a uno de los bancos de la plaza, allí estaba el responsable del sobre con sus padres, Javier Rodríguez Marcos, el hermano inseparable de Julián que ha querido recordarlo en el primer aniversario de su fallecimiento —que se cumple hoy— con la publicación de esta carta de Henry James a la viuda de Robert Louis Stevenson (1850-1894), fechada en el diciembre de la muerte del escritor, que se incluyó en el volumen Crónica de una amistad. Correspondencia y otros escritos (Madrid, Hiperión, 2000), traducido por María Condor, y que Julián tenía en la estantería de su dormitorio de su casa de la calle Fuente Nueva, aquí al lado. Lo dice la nota escrita por Javier tras el texto de esta carta emocionante que parece escrita para la editora Irene Antón, la pareja de Julián, y que parece dedicada a la memoria de este: «Pensaría que decirle esto es una falta de delicadeza si no fuera porque sé que en su propio sentimiento de pérdida no hay nada de cicatero o egoísta. En cuanto a él, fue pese a todo un hombre con suerte. Quiero decir que tengo la sensación de que ha sido tan feliz en la muerte (abatido de esa manera, como los dioses, en una hora clara, gloriosa) como lo fue en los momentos de esplendor. Pese a todas las circunstancias tristes de su rica y exuberante vida, tuvo lo mejor de ella, lo más intenso de la lucha, lo más sonoro de la música, lo más fresco y espléndido de sí mismo. Sería distinto si no hubiese alcanzado la plenitud y la excelencia. Fue todo intenso, todo gallardo, todo exquisito desde el principio. Y en todo la experiencia y el goce tuvieron algo de dramática prodigalidad. Se ha ido a tiempo para no envejecer». Javier, ya por la noche de este viernes en que me dejó la carta en la puerta de esta casa en la que él mucho jugó de pequeño, me escribió, a petición mía, que la iniciativa de este recordatorio impreso ha sido algo familiar y de amigos —entre ellos, el otro hermano de Julián, Juan Luis López Espada— y añadió que la «carta siempre me emocionó. Con mi hermano muerto me pareció casi un retrato suyo». Y así es.

sábado, junio 27, 2020

Salud, Gonzalo (0.1)

«¿Cómo va a molestarme, querido profesor Lama, ninguna cuestión de genética textual? Salud. Gonzalo». Esta fue la respuesta de Gonzalo Hidalgo Bayal a una pregunta sobre los textos de su libro Conversación (Tusquets, Editores, 2011), cuando se me ocurrió que podíamos mantener una correspondencia pública sobre asuntos literarios, que, dada la talla intelectual de quien se trata, sigo creyendo que sería de mucho interés para todos los lectores. Gonzalo bromea conmigo cuando me da ese tratamiento de profesor que a mí tanto me gusta. Aquello fue en septiembre de 2011, y desde entonces, he intentado en varias ocasiones montar una serie de textos con sus respuestas a mis requerimientos sobre cuestiones de literatura, de lo que tanto sabe mi corresponsal. Ahora que ando con el encargo de escribir una especie de biobibliografía sucinta sobre el autor de Paradoja del interventor, me he acordado de aquellos mensajes cruzados, de muchos apuntes y de muchas notas, de muchos años de conocimiento y de relación. Ojalá la vida nos depare tiempo sobrado para dejar aquí constancia de nuestra voluntad de hablar y de compartir lecturas y otras costumbres, como la del furor taxonómico de alguno de sus personajes que viven la vida porque ven cómo pasa. Y la cuentan. Y cuentan. Por eso un día de febrero de hace dos años pregunté a Gonzalo por sus cómputos: «Nunca he cronometrado, querido Miguel Ángel, el tiempo de la lectura, porque la velocidad lectora no depende tanto del formato de página como de la sustancia o la complejidad o la ligereza del texto. Sí me acostumbré, en cambio, en los tiempos del Aula [José Antonio Gabriel y Galán, de Plasencia], a escribir presentaciones de en torno a mil palabras y siete u ocho minutos de lectura en voz alta. Y no hace mucho, para una semiconferencia de media hora, calculé algo más de tres mil quinientas palabras. Y en cuanto al recuento de palabras (no he sido tan adicto al recuento de caracteres, aunque es la norma en textos periodísticos de encargo) creo que la afición me viene de una entrevista que leí hace muchos años. Le preguntaron a un Graham Greene ya mayorcito cómo era un día de su vida (vivía entonces en la Costa Azul). «Escribo 300 palabras y después me aburro», respondió. Tal vez también Vladimir Nabokov incluyera en su Curso de literatura europea el número de palabras de que constaba una novela —Madame Bovary, La metamorfosis, Ulises— y yo me aficionara, en aquello tiempos, con máquina de escribir, a hallar una suerte de media ponderada teniendo en cuenta el número de palabras por línea, de líneas por página y de páginas del libro. No creo que el resultado final fuera muy descabellado. Pero al escribir no anticipo ningún cálculo sobre el número final de palabras ni de caracteres. Y mecanoscritos casi puedo decir que no tengo. Uso, sí, en pantalla, un formato de página A4 con márgenes laterales de 4 cm, letra Cambria de 11 puntos (estuve abonado mucho tiempo a la Palatino Linotype) y 1,3 de interlineado. Pero rara vez imprimo un texto amplio completo. Salud. Gonzalo».

jueves, junio 25, 2020

Aforismos

Casi coincidió con la publicación de un Babelia de El País (11 de enero de 2020) que llevaba el rótulo «La edad del oro del aforismo» como portada y tema de cabecera. «El banquete de la brevedad» tituló su texto José Luis Gallero en esa entrega que daba cuenta de varias recopilaciones de aforismos publicadas últimamente, entre las que se encontraban dos de las promovidas por el extremeño de Hervás Manuel Neila: Bajo el signo de Atenea. Diez aforistas de hoy (Renacimiento, 2017); y El cántaro a la fuente. Aforistas españoles para el siglo XXI, en colaboración con José Luis Trullo (Thémata-Apeadero de Aforistas, 2020). Pero también el Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos (1980-2012), de José Ramón González (Ediciones Trea, 2013), o el número que le dedicó la revista Ínsula («El aforismo español del siglo XX»), coordinado por Erika Martínez y publicado en septiembre de 2013 (núm. 801). Digo casi coincidió porque casi al mismo tiempo, un poco después, llegaron a mi casa estas tres muestras de aforistas extremeños: Pezón (Ediciones del Ambroz, 2020), de Jonás Sánchez Pedrero, Setecientos caballos desbocados (Arscesis, 2020), de José Manuel Díez y Lo inseguro. Sobre la escritura (Apeadero de Aforistas, 2020), de Elías Moro. Los tres títulos vinieron como una especie de certificado de la buena salud que entre nosotros gozan estas formas de lo breve y lo lapidario de las que trató Gallero en aquel suplemento. Jonás Sánchez Pedrero es reincidente, pues ha reeditado ahora su Pezón de 2018 —que ya traté aquí—, aumentado con ciento cuarenta y tres motas textuales de escasas palabras («La gente usa hijo», «Ponle gorra», «El drama hace teatro»…) y con un prólogo de Eduardo Moga que recupera la reseña que este escribió sobre la primera edición. Más prolijo ha sido el poeta y cantante José Manuel Díez, que subtitula sus Setecientos caballos desbocados como Pensamientos, aforismos, breverías 1998-2018. Una selección de los más de dos mil apuntes escritos a lo largo de veinte años en torno a tres ejes temáticos que definen los tres primeros libros o secciones («Filosofía y pensamiento», «Arte y emoción» y «Paradojas y correspondencias»), y que culmina en una cuarta división que son las «Breverías», casi un centenar de brevísimos poemas aforísticos, de «intención puramente formal», dice el autor en su prólogo, pero que tienen mucho de muchos de los caballos desbocados a lo largo de las partes anteriores. Por último, Lo inseguro es una porción extraída al conjunto de una obra constante de pensamientos concentrados, que ha venido tomando la forma de los apuntes breves y memorativos de aquel Me acuerdo (Calambur, 2009), de los aforismos de Algo que perder (La Isla de Siltolá, 2015), o de las Morerías (Ediciones Liliputienses, 2016), además de una obra narrativa —corta— y una poesía —llena de poemas de voluntad sucinta— que parece vislumbrarse en todos y cada uno estos dos centenares de textos sobre la escritura del escritor y letraherido que es Elías Moro. Recoger en esta entrada —y en la fotografía que tomé durante el confinamiento en marzo— tanto texto diseminado es otra manera de poner cada cosa en su sitio, de archivar tan numerosa relación de reflexión comprimida.

lunes, junio 22, 2020

Devaluación continua

Uno de esos apuntes que han ido postergándose y que con esta crisis ha quedado casi olvidado tiene que ver con un libro que compré y leí el año pasado. Muy recomendable para la profesión docente. Fue Devaluación continua. Informe urgente sobre alumnos y profesores de secundaria (Barcelona, Tusquets, 2019), de Andreu Navarra. Llegué a él gracias a otro de su autor, una de las novedades de la Editora Regional de Extremadura: Piedra y pasión: los viajes extremeños de Miguel de Unamuno (Mérida, ERE, 2019), en cuya primera solapa leí, en la nota biobibliográfica sobre Navarra, el título que me llevó a comprar este ejemplar para compartir su lectura con una joven profesora de Secundaria. Me sorprendió encontrarme en las primeras líneas del libro sobre Unamuno en Extremadura una alusión a Sergio Lorenzo, el periodista del diario Hoy, que es todo menos furibundo y tajante. En su delirante y formativa sección de los domingos («Desde la moto de papel»), Lorenzo habló del avinagrado rector por sus comentarios sobre Extremadura. La cosa es que Andreu Navarra ha escrito un ensayo con muchas referencias de Unamuno a Extremadura y Sergio Lorenzo publicó unas pocas palabras sobre una solitaria opinión del escritor sobre esta tierra en un periódico para llamar la atención del lector —Lorenzo, no Unamuno. Así que… Dicho esto, Devaluación continua me gustó y por eso lo recomiendo, como hizo en su día Eduardo Moga, que fue responsable de la publicación en Extremadura de Piedra y pasión. Aunque sea evidente que Andreu Navarra escribe sobre su experiencia en centros de educación en Cataluña, y en ciudades más populosas que las de este entorno, su relato intenta acercarse a una realidad asumible generalmente. El lector empatiza con el lamento por una realidad y con la expresión de la necesidad de cambiarla («Nos obligan a trabajar con una educación que frena, con una educación que estimula, presenta retos, entrena a afrontar dificultades, construye a través de la creatividad, exige la cultura mínima para que todo el mundo pueda ser autónomo», leo en pág. 214), y es posible que eche en falta propuestas concretas —que quizá no estén porque no sea esa la competencia de esta obra. La intención es recoger en pocas páginas tan arduo asunto como «hasta qué punto el problema del sistema educativo es un problema del sistema educativo» (págs. 134-135). Intención realista, sí, que se dice «alejada de los apocalipsis al uso» (pág. 134); pero que yo no creo que muy alejada, porque parece inevitable no ser apocalíptico —quizá por no conocer el terreno, yo no quiero serlo. No se quiere ser apocalíptico, pero el título de todo es Devaluación continua. Quiere evitarse esa visión; pero se insiste en que enseñar, «hoy, es resistir» (pág. 107), y sobrevuela por estas páginas el malestar docente de quien hace quince años no comprendía a un profesor harto, y ahora comprende todos sus problemas cuando los alumnos le gritan, como a él, a Andreu Navarra, «Me cago en tu puta madre» (pág. 118), porque el profesor les pide que bajen los pies de una silla. En la misma página en la que se lee que «ya no hay nada que explicar, sino retazos fragmentarios de restos de una ruina que alguien alguna vez era capaz de entender o paladear». No sé. Yo hablo desde otra experiencia —extraterrestre quizá— más reconfortante; pero no deja de ser agradable y formadora la lectura de este libro de Andreu Navarra que también alude al «trabajo gustoso» (pág. 102), que nos recuerda verdades como que la «prisa es enemiga de la pedagogía» (pág. 20), o que —volvemos a negar lo apocalíptico— tal y como «está planteado nuestro sistema educativo, nuestra democracia está en peligro» (pág. 253). Un libro, finalmente, que te depara la alegría —y que me perdonen los que esperaban una reseña al uso— de conocer a un lector de Pilar Galán («una excelente escritora, profesora y periodista extremeña. Desde que conozco sus columnas en El Periódico de Extremadura procuro no perderme ninguna», pág. 190). No por esto; pero también por esto, recomiendo que conozcan lo que escribe Andreu Navarra en su Devaluación continua. 

miércoles, junio 17, 2020

Vandalizar

Casi todos los viernes empiezo a leer El País por el final, por la columna de Millás. «¡Cuidado!» era el título de la semana pasada, y, como siempre, recomiendo su lectura. Después, ya vuelvo al principio, y este viernes en la portada había una fotografía de Rosa Maria Sardà, con gafas oscuras y la mano en la mejilla. Había muerto el jueves. Y en la página 3, en la crónica firmada por Pablo Guimón («El movimiento revisionista tras la muerte de Floyd alcanza a Cristóbal Colón»), sobre las protestas contra el racismo y cómo están ensañándose algunos manifestantes con el patrimonio simbólico de un país y de la historia, leí el participio en plural «vandalizados». Supongo que no habrá sido la primera vez que me topo con ese verbo, «vandalizar»; pero sí es la primera que me ha llamado la atención como para dedicarle este rato. Comprobé que está en el Diccionario de la Lengua Española tan solo desde 2014, desde la edición del Tricentenario. Con el significado de «Maltratar o destruir una instalación o un bien público». Sin embargo, ya en el Seco, en el Diccionario del Español Actual de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos (1999), estaba recogido el término como «Cometer actos vandálicos» y documentado en un artículo de Cuadernos para el diálogo de 1973: «El llamado ‘V Comando Adolfo Hitler’ ha asaltado la revista católica El Ciervo, maniatando a una secretaria y vandalizando el establecimiento». Sigue asombrándome este repertorio léxico elaborado sin los medios informáticos de ahora. Comparto esta admiración con mi amigo Pedro Álvarez de Miranda, a quien debo —siempre se pica con estas menudencias— el resultado de una consulta a Google que localiza el verbo vandalizar en el Compendio de las Memorias para servir a la historia del jacobinismo. Compuesto en francés por el Señor Abate Barruel y traducido al castellano con notas (Mallorca, Imprenta de Felipe Guasp, 1814). Un Google que, con unos años de retraso, también trae, si se busca, el ejemplo citado en su día por Seco y sus colaboradores. No es extraña la procedencia francesa de estas derivaciones de vándalo, pues también —y no solo en los impugnadores— se encuentra en textos oficiales de la órbita revolucionaria el término vandalismo, por ejemplo, en alguna instrucción pública de 1794 en la que se habla de «les destructions opérées par le Vandalisme, et sur les moyens de le réprimer». En España, había que esperar hasta los primeros decenios del siglo XIX para encontrar testimonios de ese uso. Y eso que casi todos los viernes empiezo por Millás.

lunes, junio 15, 2020

Diario hablado

Bueno, no puedo decir que he escrito esto sin poner las manos en el teclaso —perdón, en el teclado. Pero casi. Es mi primera entrada de diario dictada a este ordenador que vive conmigo. Salvo la puntuación y algún error que habrá sido mío, todo lo que aquí está escrito es el resultado de este hablar solo. Así que, de pronto, he probado a decir que «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. “No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.” Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas». Asombroso. Lo tengo que probar más veces. Quede constancia aquí de que es mi primera entrada hablada en este blog. Diario hablado. Una lectura.

domingo, junio 14, 2020

Ex Bibliotheca Covid XIX

El jueves bajé a la Facultad a asuntos administrativos y aproveché para rescatar de mi despacho unos cuantos libros que quizá necesite ahora que estoy con revisiones de las lecturas que he evaluado. Ya en esta fase todo es más fácil; pero recuerdo las inquietudes por necesitar un libro imprescindible cuando estábamos en lo más duro. Nunca me he alegrado tanto de tener tantos libros en casa, porque me han solucionado muchas dudas y consultas. Algunas —perentorias e imposibles con lo puesto— las solventé durante el confinamiento con llamadas a amigos y conocidos en petición de auxilio. El resto, con esta herramienta asombrosa que es la red. El primer libro asociado a mi reclusión, es decir, afectado por la situación extrema de este desastre, fue grato. Fue un regalo. Fue el primer libro que llegó a casa desde fuera. Lo conté en una de las entregas de mis cosas. Y, verdaderamente, una de las buenas experiencias del encierro fue la lectura de Los errantes, de Olga Tokarczuk. Parece que hace años, por tan extraña vivencia de estos meses. Luego, en otra fase, me traje de la Facultad Porque olvido (Diario 2005-2019), de Álvaro Valverde (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2019), que no sé cuánto tiempo llevaría allí, como mi poto sin regar. Ya está en casa desde entonces, aunque afectado de algún virus —el libro, no el poto — pues me llegó falto de un cuadernillo de ocho páginas. Releyéndolo —conozco las entradas de su blog desde que publicó las primeras el 2 de mayo de 2005—, vuelvo a disfrutar con estas apuntaciones sobre una realidad muchas veces compartida, local y universal, como dijo en una reseña José Luis García Martín que ayer el Hoy volvió a publicar, después de haber salido en dos cabeceras más del grupo, El Diario Montañés y El Comercio. Otro de los libros afectados merecerá una entrada o más aquí, y es el monumental El arte de la memoria. Homenaje a Víctor Infantes. Ed. de Ana Martínez Pereira (Madrid, Visor Libros, 2020), cuyo colofón es de 21 de marzo, que quedó confinado en los almacenes de la editorial hasta que a mediados de mayo pudieron hacerse los envíos, y que iba a presentarse la tarde del 26 de marzo en Madrid en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla. Y no pudo ser, como tanto.

viernes, junio 12, 2020

El silencio de lo invisible

A pesar de su brevedad —42 páginas de texto—, esta nueva entrega de la colección «La Gaveta» de la Editora Regional de Extremadura llevaba tres o cuatro meses en casa sin ser leída. Sí leí la primera breve prosa —«El invierno holandés»— nada más recibir el libro, y pude vislumbrar que iba a interesarme la escritura de su autora, María Fernanda Sánchez (La Zarza, Badajoz, 1992), desconocida para mí. Y celebro mucho la aparición de una nueva voz en las letras de jóvenes extremeñas —el suyo es uno de los nombres incluidos en la antología coordinada por Pilar Galán La materia cambiante. Panorama de la joven narrativa extremeña, que también publicó la ERE el año pasado— que ha reunido en esta preciosa edición veintitrés textos que es un gusto leer por la apacible mirada que proponen sobre realidades y sobre momentos. También por el recorrido por los sentidos que sugiere esta prosa sencilla y ajustada a un tono de especial justeza estilística, que nos lleva a la vivencia de la grandeza de lo menor de la vida. Suscribo lo que publicó en su blog Álvaro Valverde, que dio más datos sobre esta autora que me ahorro repetir, aunque retome ahora lo que dice sobre estos relatos que «parecen a veces las anotaciones de un diario de alguien que observa o contempla lo que tiene delante de sus ojos, en numerosas ocasiones a través de una ventana, pero que también ve a través de sus recuerdos. Qué bonito el contraste entre el clima hostil parisino o londinense y el del tórrido verano extremeño que evoca su infancia. Hay en este libro una unidad de tono que propicia una voz propia. Las palabras nos llegan desde la soledad y el silencio. Desde dónde mejor. Sánchez ha logrado crear una atmósfera que aporta al conjunto un estado de ánimo no exento de melancolía», escribió Álvaro. Es extraordinariamente sugerente esa intención de lo sensitivo; pero yo me quedo con la escritura, con todo lo que envuelve este texto de alusión consciente al acto de escribir. Se contempla («De la pintura ausente», «La ventana», «Frío»…), se escucha («El desierto. El silencio del olvido», «Septiembre»…), se huele («Conflagración»…), se siente con todo; pero entiendo que, principalmente, desde la escritura, pues todo, un paisaje, un árbol, la evocación de un momento, un viaje… se materializa en la página en blanco ante la que se enfrenta la voz que nos habla y a la que constantemente se alude directa o indirectamente en estas prosas. Por ejemplo, cuando la manera de «capturar el otoño de infancia» es «atraparlo con palabras» (pág. 16); cuando sobre «el papel en blanco se dibujan mejor las siluetas de las sombras que son ya los abetos» (pág. 21); cuando se asocia la escucha de las palabras escritas por Virginia Woolf (Las olas) a las limitaciones de la propia voz o a un cuaderno vacío (pág. 39); cuando emergen las palabras «porque en el silencio tienen espacio para ser» (pág. 55). Cuando, en definitiva, en uno de los trozos más cortos de este libro apacible, «Niebla», el que lo cierra, una luz blanca y cambiante se convierte en una metáfora del estado de creación (literaria). No ha podido ser mejor comienzo para conocer la obra de una escritora hasta el momento desconocida. María Fernanda Sánchez. El silencio de lo invisible (Mérida, Editora Regional de Extremadura —Col. La Gaveta, 41—, 2019).

domingo, junio 07, 2020

Alcaíns fecit, 2019 (y V)

Geografía, o sea, espacio, tiempo, discurrir, memoria, todo se encadena en una mecánica perfecta en este libro tan sugerente que invito a leer. ¿Por qué la lluvia? ¿Por qué el agua? Aquí cada uno que se sume a esta devoción de quien nos habla a través de esta escritura sobre el agua. En una presentación de este libro —no sé si en Plasencia o en Madrid; quizá en Plasencia— me acordé de una persona querida que adora el agua de lluvia, que se transforma cuando un día amanece lluvioso, que disfruta, y supongo que también disfrutará leyendo y mojándose con este texto. Me acordé de ella. Y es que viene bien traído aquí por la memoria que está convocada en estas páginas, por el recuerdo como motor de un presente. ¿Por qué la lluvia? En palabras de Eduardo Moga, que fue, en su blog, uno de los primeros que escribió sobre La adivinanza del agua, la «busca de un arquetipo que explique la realidad —la realidad que se ha sido y la que todavía se es—, vinculado a un líquido primordial —la sangre, el semen, el agua de la que proviene la vida—, despierta rememoraciones y preguntas, que se engarzan en pasajes enumerativos, que pueden identificarse, a veces, como poemas sucesivos, como fragmentos autónomos de un único torrente poético. El trabajo del recuerdo suscita, también, la melancolía, que impregna toda La adivinanza del agua, y asociaciones clásicas, como la del río de la vida». Yo creo también que todo es una metáfora de la escritura como memoria, que fluye y corre como el agua, que cae en la página en blanco como las gotas se posan, a veces suaves, otras veces con fuerza tormentosa, para mojarla, para llenarla, para modificar su naturaleza virgen y yerma. Como la potencia germinal del agua sobre la tierra, así la de la palabra sobre el blanco de la página. Y el texto sugiere igualmente las trampas de la memoria, porque todo se tambalea cuando se intenta recordar o reconstruir un hecho pasado. Sin embargo, el relato o poema en prosa de Alcaíns es extraordinariamente sólido en su evocación, en su viaje a un pretérito que es como un sueño infantil, el de la imagen de ese niño pequeño y contento que cruza la calle en una mañana de verano «en un pueblo de algún país antiguo» (pág. 50). Para mí, es la imagen que mejor se acomoda a la del escritor y dibujante que ha puesto el punto final a un libro memorable y magnífico con la frase «Cada dos o tres pasos da un saltito de pájaro» (pág. 50) —el que da el artista satisfecho— y con una viñeta en la que varias gotas se sostienen sobre unos cables o alambres que parecen detalle del pentagrama de la vida —la que celebra el lector cumplido tras lectura tan grata.

miércoles, junio 03, 2020

Premio Princesa de Asturias de la Concordia

© Samuel Sánchez. El País.

La prensa digital ya está llena a estas horas de tan jubilosa y edificante noticia. Leo en El País que por la «entrega incondicional» y el «heroico espíritu de sacrificio», según destaca el jurado, que han mostrado los profesionales sanitarios españoles que se han enfrentado desde la primera línea a la pandemia mundial de la covid-19 han sido reconocidos hoy con el premio Princesa de Asturias de la Concordia. «El galardón —dice el periódico— se dirige a los profesionales de la medicina, la enfermería, los auxiliares y el resto del personal sanitario que han atendido directamente a los pacientes contagiados y han realizado su labor desde que comenzó una emergencia sanitaria que se ha cobrado la vida de más de 27.000 personas, según el Ministerio de Sanidad». Me alegro mucho. He recibido la noticia por la radio, después de haber leído el testimonio de María Victoria Boyo, una médica de 35 años que hoy relata en El País su experiencia como afectada de covid-19, que ya contó aquí. Conmueve, verdaderamente. Ella termina su texto con un «¡Gracias!». Yo también. Gracias.

martes, junio 02, 2020

Alcaíns fecit, 2019 (IV)

© Javier Alcaíns

Pero antes de hablar de la geografía del texto, pondré algún ejemplo más de esa manera que el escritor Alcaíns propone para trenzar su prosa. El «oro del bosque de los Sonámbulos», por ejemplo, dora una secuencia (págs. 23-27) en la que se va repitiendo la palabra y que termina en «De plata será siempre», frase que da el relevo a otro segmento que comienza con «De plata afantasmada será el lomo de un caballo…». Así, en párrafos consecutivos. Como en «Abre la ventana y deja que entren», y el párrafo siguiente: «Abre la ventana, que el viento meta en casa la lluvia» (pág. 39). Es como si —¿como si?— el final de un parágrafo le diese pie al siguiente para que continúe y que discurra, como los cangilones de una noria que reciben el agua y la concatenan y comparten hasta dar en otro nivel de agua, en otra altura, sin que pare la corriente. Esto, en términos musicales, podría ser lo que conocemos como ostinato o repetición. Aquí funcionan como motivos melódicos, que hacen avanzar el texto como si se deslizase, como si corriese. En pintura me imagino lo difícil que tiene que ser dar movimiento a una imagen o pintar el agua; pero es literatura y estamos ante un brillante ejemplo de esa capacidad que demuestra Javier Alcaíns para expresar esa sugestión. Los ejemplos se suceden, son constantes a lo largo de un texto tan breve como La adivinanza del agua. Así en la serie «Si un ángel…» «Si un demonio…» (pág. 12) «Si un mago…» (pág. 13). «En el capítulo» se repite en estas páginas (18, 21, 22), en la 18, por tres veces, y en la 22 por cinco, pues se trata de los doce meses del año. Lo enumerativo es fundamental en la morfología del texto; porque sugiere mejor la sensación de discurrir, de lo que fluye. «Como una escena […] Como una escena […] Como una escena […]» (págs. 45-46). Y también —ahora sí— está la geografía del texto. La adivinanza del agua está llena de lugares, y también en eso va avanzando. Es recorrido y corriente constante. Propongo dibujar un mapa —con la indicación numérica de las páginas— en las que los lugares aparecen: Jálama, Eljas, China (11), Arizona (15), Bangladesh (15 y 16), Odesa (16), México (16), Tananarive (16), Río de Janeiro (16), Nara (16), España (18), Rusia (18), África (24), Las Hurdes (24), Cipango (34), Sáhara (36), Plaza Roja (36), Montánchez (36), Oporto (46), Maguncia (46), Tánger (46), Milán (46 y 48). Es lógico, pues, en un texto que corre, que recorre, que haya una geografía, un espacio, un espacio que se nombra… En fin, Jálama, Eljas, China, Las Hurdes, Cipango, Plaza Roja, Montánchez… El mundo sutil y sublime al que nos traslada el autor. Nota bene: la ilustración de Javier Alcaíns que encabezaba la entrega de ayer aquí es una variante no publicada de la que finalmente se imprimió en la página 23 de La adivinanza del agua, en la que ese mismo sobrio paisaje de encinas está cubierto por las características líneas oblicuas del agua de lluvia del libro. 

lunes, junio 01, 2020

Alcaíns fecit, 2019 (III)

© Javier Alcaíns

Continúo con la publicación de esta serie de textos escritos sobre el libro de Javier Alcaíns. Creo que llegué a decirlo en alguna de las presentaciones que hicimos del libro. Que la lectura de La adivinanza del agua es todo un reto para aquel que quiera hacer el análisis de un texto. No, no estoy hablando de un examen, del mal llamado y mal hallado comentario de texto como prueba de evaluación para un estudiante de lengua o de literatura. Hablo del placer de leer con dedicación un texto, preguntándose —preguntando al texto— por las razones por las que una palabra está al lado de otra, por lo que explica el movimiento de lo escrito. Esta breve gran obra, La adivinanza del agua, comienza con lluvia y de noche, y surge en movimiento («busca», pág. 9). Luego «cruza» (pág. 10) y «va» (pág. 10), y luego «busca» por tres veces en la misma página décima. De ahí que yo me refiriese más abajo a que el texto va moviéndose a medida que avanza, que crece, que va llenando con armonía cada página. Alcaíns utiliza el engarce entre el final de un párrafo y el principio de otro como recurso formal para expresar el fluir constante y el pespunte entre una secuencia y otra. Así, en el final del párrafo, «un río» y «El río» del siguiente. «En ningún lugar del mundo llueve como en Bangladesh, la lluvia va escurriendo por los troncos, los animales callan con distinto silencio, porque antes fue distinto el grito. La lluvia resbala por los troncos de los árboles, por las paredes de los edificios, por la tela de los paraguas, por la frente de los que se levantaron temprano. Las agencias de viajes enseñan la fotografía de una playa de limpio azul profundo y dicen paraíso, pero ningún lugar es un paraíso. El monzón de barro, las pagodas de oro, los tigres en la jungla, las flores gigantes, las luces que esconden niñas en el burdel. En ningún lugar del mundo llueve como en Bangladesh. Nunca estuve allí. Nunca estuve en una calle de Odesa en la que hay una casa pequeña con una ventana verde y un gato asomado mirando caer el agua, nunca ensuciaron mis pies los vertederos de México, nunca sentí el soplo otoñal que arrastra hojas en los parques de Nara, nunca estuve en marzo en Tananarive, nunca pisé el barro de las favelas de Río de Janeiro ni el cuidado césped de otros barrios. En ningún lugar del mundo llueve como en Odesa, en ningún lugar del mundo llueve como en México, única es la lluvia de Nara y única también la de Tananarive, en ningún lugar del mundo llueve como en Río de Janeiro, en ningún lugar del mundo llueve como en la memoria. Esta luz que vuelve de una tarde antigua, esta luz que da al aire un ocre luminoso y envuelve tejas que gotean y dejan brillantes las chinas blancas del suelo, este largo susurro de agua algo quiere decir, pero qué quiere. Si no lo entiende el oído que lo entienda la piel, si no lo descifra el pensamiento que lo descifre la sangre» (págs. 15-16). Espero que pueda apreciarse con este fragmento —que, por cierto, es uno de los que más variantes tiene en la collatio siempre gustosa con las primeras versiones— cómo avanza el texto a partir de las repeticiones y los engarces formales y conceptuales, pues también son las ideas las que se concatenan, como el pensamiento sobre la lluvia y la confirmación de no haber estado nunca en un determinado lugar: Bangladesh, Tananarive, Odesa… Ay, los lugares… De ellos, de la geografía del texto que contiene esta obra también me queda por decir.