Dos de las primeras fechas históricas que me aprendí cuando era pequeño fueron los años de nacimiento de mi padre y de mi madre: 1915 y 1923, respectivamente. Se llevaban ocho años. Cuando se casaron, mi madre ya había cumplido hacía pocos días sus veintidós años. Fue el doce de septiembre de 1945; una fecha, sin embargo, que nunca me propuse retener, como tantas otras que se nos desvanecen por una rara desgana, pues bastaría con proponérselo para reconstruir sin mucho esfuerzo todos los hitos de un pasado tan remoto como afectivo. Mi madre nació el mismo año que Lola Flores, que era de enero, y me hace gracia siempre pensar en la coincidencia de que su nieto, mi hijo Pedro, naciese el día que murió «La Faraona», el dieciséis de mayo de 1995, como si estableciésemos así un vínculo entre nuestra familia y una parte de la historia con mayúsculas que a mi madre le gustaba mencionar. Del 23 fueron también Italo Calvino, Mário Cesariny, Fina García Marruz —que murió con noventa y nueve— y Jorge Semprún, por llevar esta tontería con las fechas al terreno literario en el que en nada tendremos a la uruguaya Ida Vitale celebrando en vida su centenario. Otra de 1923. Titulo así esta nota —y no «Glorias de Zafra»— para equipararla con la que dediqué a «El centenario de mi padre»; aunque aquella la publiqué con un mes de retraso por haberme dejado llevar por el genealogista de la familia. Mi padre se quedó lejos de la longevidad de los cien, para los que le faltaron veinticuatro; pero mi madre llegó hasta los noventa y tres. Nunca me pareció mayor para mi edad; y menos aún, luego, cuando en su fase declinante fue por necesidad tomando los hábitos de una niña pequeña que se dejaba asear y vestir, y que pedía sin decir palabra un brazo en que apoyarse. En la fotografía de arriba tenía cuarenta y un años, y cinco partos —el último el mío, hacía dos años y diez meses. Era junio de 1965, según el genealogista. Hoy, 29 de agosto, mi madre habría cumplido cien años y lo escribo como el que conmemora las buenas razones del paso por la tierra de la gente notable, y no por lamentar que no los celebre. Habría sido sin ella. La realidad de la vida es lo que tiene; que nos deja jugar con la redondez de las fechas como si fuese una pelota que, mientras tengamos fuerza para lanzarla a la pared, nos vuelve a las manos. Fervor de Buenos Aires es un libro también del 23, y las Elegías de Duino (Duineser Elegien) de Rilke…
martes, agosto 29, 2023
jueves, agosto 24, 2023
Getúlio Vargas
De no haber sido así de fortuito, no lo contaría. El caso es que esta mañana temprano, en el desayuno, seguí con Delirio americano, el libro de Carlos Granés del que voy espigando algunos datos de contexto para mis clases, y lo primero que leí fue lo siguiente: «El 24 de agosto de 1954, atribulado, Getúlio se encerró en su despacho. Tomó lápiz y papel y redactó una carta en la que saldaba cuentas con la historia» (pág. 184). Pura chiripa esto de leer la misma fecha de hoy, pero sesenta y nueve años atrás. Así se introduce en el libro el final del presidente de Brasil (1930-1945 y 1951-1954) Getúlio Vargas, que se pegó un tiro en el corazón días después de que el periodista crítico Carlos Lacerda sufriese un atentado en el que implicaron a algunos miembros de la guardia personal del mandatario, que no aguantó la presión y «no tuvo cabeza para pensar», como parece que dijo Perón. En la segunda parte del libro de Granés se tratan en un primer capítulo las nuevas revoluciones y la institucionalización de la vanguardia, y una de esas revoluciones es la de Getúlio Vargas, cuyo término se ilustra con un fragmento de la carta que dejó al morir: «He luchado mes a mes, día a día, hora a hora, resistiendo una presión constante, incesante, soportando totalmente en silencio, olvidándome de mí mismo, tratando de defender al pueblo que ha quedado desamparado. Nada más puedo darles salvo mi sangre. Si las aves de rapiña quieren la sangre de alguien, si quieren continuar chupándosela al pueblo brasileño, ofrezco mi vida en holocausto. Elijo este medio para estar para siempre con vosotros. Cuando los humillen, sentirán mi alma sufriendo a vuestro lado. Cuando el hambre golpee vuestra puerta sentiréis en vuestro pecho energía para la lucha por vosotros y vuestros hijos. Cuando os vilipendiaren sentiréis la fuerza de mi pensamiento para reaccionar. Mi sacrificio os mantendrá unidos y mi nombre será vuestra bandera de lucha. Cada gota de mi sangre será una llama inmortal en vuestra conciencia que mantendrá sagrada vibración para vuestra resistencia. Al odio respondo con el perdón. Y a los que piensan que me han derrotado les respondo con mi victoria. Era esclavo del pueblo y hoy me libero para la vida eterna. Pero ese pueblo del que fui esclavo ya no será más esclavo de nadie. Mi sacrificio permanecerá siempre en su alma y mi sangre será el precio de su rescate. Luché contra la expoliación del Brasil. Luché contra la expoliación del pueblo. He luchado a pecho descubierto. El odio, las infamias, la calumnia no abatieron mi ánimo. Les di mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte. No recelo. Doy serenamente el primer paso hacia el camino de la eternidad y salgo de la vida para entrar en la historia». Un 24 de agosto.
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miércoles, agosto 23, 2023
El caballo español de Alfredo Gómez
Qué indescifrable modo de cruzarse el de ciertas lecturas. No hace mucho estaba leyendo la novela Como polvo en el viento (Barcelona, Tusquets Editores, 2020), de Leonardo Padura, de la que me resultó muy sugerente el personaje de la madre que aparece —por teléfono— en las primeras líneas y que ocupa el capítulo 7 «La mujer que les hablaba a los caballos». Es una veterinaria con una relación especial con Ringo, un hermoso caballo de la exclusiva raza Cleveland Bay. Todavía no había llegado a ese capítulo cuando recibí este libro de Alfredo Gómez Martínez (Zafra, 1958-Mérida, 2015): El Siglo de Oro del caballo español y los albéitares. Edición a cargo de Miguel Ángel Vives Vallés, José Antonio Mendizabal Aizpuru y María Cinta Mañé Seró. Zaragoza-Pamplona, Editorial Imanguxara (Serie Historia de la Veterinaria, nº 6), 2023. Supe por mi amiga Carmen Pro, viuda de Alfredo, que había salido y lo pedí a la editorial. Es un estudio histórico sobre el caballo español —en el libro, PRE (pura raza española)—, y sobre el papel de los albéitares en su proceso de selección que, aparte de las razones sentimentales de estar ante la obra póstuma de un amigo añorado, me interesó desde el principio por darme unos rudimentos básicos sobre tipos de caballos de la antigüedad destinados al laboreo, a la guerra y a las caballerizas de los reyes. Lo curioso fue que, en estas de ir conociendo como un desinformado las últimas investigaciones de Alfredo, llegué al capítulo séptimo de la novela de Padura y me vi en sintonía con lo allí escrito: «En realidad, muy pocos criadores y doctores habían atendido a un animal de aquella raza [la Cleveland Bay], con más de mil años de historia, y en el siglo XX abocada a la extinción. Empleados durante mucho tiempo como corceles de tiro en la guerra y en la paz, los había salvado de la desaparición la coyuntura de que, gracias a su porte aristocrático, hubieran sido por dos siglos los animales de enganche de las carrozas de la casa real inglesa, que los había preservado para aquella faena y revitalizado su reproducción» (pág. 425). Me pareció fascinante la conexión y continué leyendo el estudio promovido por la asociación Amigos de la Historia Veterinaria, que entiendo radicada en Zaragoza y Pamplona, y editado por la empresa editorial Imanguxara, que está en Cáceres. Había pedido la obra a los amigos del Norte y me había llegado desde la cacereña calle Osa Mayor del R-66. Me gustaría tener más competencia en la materia para apreciar justamente las aportaciones de un trabajo así, en buena medida explicadas en la introducción de los editores, que vuelven a aparecer en las «Conclusiones», y se dejan ver en diferentes momentos de la obra, como en algunas notas, aunque no en todas de manera explícita. Por eso, a pesar de las explicaciones, a alguien tan profano como yo no le queda claro en qué grado la estructura general estaba ya en el documento de partida y cuánto de reescritura ha habido en algunos momentos del libro: «Los editores, con nuestro criterio, mejor o peor, hemos intentando con el mayor interés y dedicación, tratar de traducir y trasladar lo que hemos interpretado como los deseos del autor, guiándonos por las referencias y pistas que hemos encontrado, en orden a dejar por escrito el testimonio del trabajo, el esfuerzo, el conocimiento y la dedicación del autor, así como el producto de su trabajo, un texto que actualmente se puede considerar, sin empacho alguno, como texto de referencia, y que sin duda creemos que se revelará fundamental en la historia de la veterinaria del siglo XVI». Sin duda, un interés y un entusiasmo que son el mejor homenaje que se le podía rendir póstumamente —sobre todo, de dos amigos que fueron profesores en la Universidad de Extremadura, María Cinta y Miguel Ángel— a quien dedicó tantas horas al margen de su trabajo a su pasión como historiador. El Siglo de Oro del caballo español y los albéitares es un tributo en forma de libro que patentiza la capacidad indiscutible de Alfredo Gómez para defender su investigación como una tesis doctoral que no pudo ser. Me ha gustado mucho saber que los albéitares tuvieron un destacado papel en el proceso de selección de la raza española; pero que no quedó reflejado en la documentación conservada; en ocasiones muy mal conservada (pág. 232) y consultada con grandes dificultades, pero con sustanciosos resultados por el investigador. Me ha gustado el recorrido propuesto por tratados de veterinaria y las características de los «tipos caballares», y también por su representación en la pintura de los siglos XVI y XVII. En cierto modo marcado por el sentimiento, he recordado cómo Alfredo hablaba con pasión —siempre embridada por una modestia tan verdad como excesiva— de sus progresos en su campo de estudio; y estar ahora ante su libro resulta una instructiva manera de recobrar una amistad entrañable.
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domingo, agosto 20, 2023
Escribir todos sus nombres
Este martes de fiesta visité la exposición temporal del Museo Helga de Alvear Escribir todos sus nombres. Artistas españolas desde 1960 hasta hoy, comisariada por Lola Hinojosa Martínez, y que puede verse hasta el próximo 29 de octubre en las dos salas de arriba del edificio de la Casa Grande. Solo una pareja y yo, a las doce y pico de la mañana festiva que más vacía deja la ciudad; pero con algunos otros visitantes en la exposición permanente, pues tuve que ir a recepción para hacerme con el catálogo, editado en Alemania para la edición de la muestra en el PalaisPopulaire de Berlín desde octubre de 2022 hasta el pasado febrero. Las fichas de las autoras, las reseñas sobre ellas y sobre las obras expuestas, la introducción de Lola Hinojosa y la inclusión de una conversación de esta con dos artistas de generaciones diferentes, Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) y Dora García (Valladolid, 1965), nutren un catálogo excelente, que es más que un testimonio compendiado de lo visto. Un recuerdo de libro que nunca puede sustituir a la experiencia personal de la visita, ni recoger el sugerente itinerario propuesto. Por ejemplo, el pórtico de la «frase de oro» Revolución, cumple tu promesa, que recibe al visitante y que es una petición y una queja basada en la reivindicación de la sufragista mexicana Margarita Robles de Mendoza que pidió el voto femenino frente a la Cámara de Diputados de México en 1936. Su recreadora, Dora García —también la que está en la base del título Escribir todos sus nombres—, lo amplía y lo aplica a todas las revoluciones, y lo concreta en la petición de que cumplan con la promesa de «emancipar a todas las mujeres». Con ese mensaje, el visitante se adentra en una muestra de las artistas citadas, más Elena Asins, Ángela de la Cruz, Cristina Iglesias, Aurèlia Muñoz, Eva Lootz, Erlea Maneros, Soledad Sevilla y Susana Solano, una decena como representación de los varios centenares de mujeres presentes en la colección de Helga de Alvear. Aunque en el interior de la exposición se imponen las propuestas individuales de las autoras, desde la peculiaridad del paisaje blanco de Carmen Laffón hasta los ejercicios sobre la abstracción de Erlea Maneros, queda patente la necesidad de visibilizar esta forma de nombrar el mundo en femenino, como sugiere en su texto la comisaria Lola Hinojosa. Con la fascinación inicial por el paseo lisboeta de Soledad Sevilla (Los días con Pessoa, 2021), recorrí los diferentes espacios y, curiosamente, me demoré ante Heartbeat (Mapa), un collage con fotografías, flechas de relaciones y textos en una de las piezas con más narrativa de todas, precisamente de la autora, Dora García, con más vinculaciones con la literatura entre las participantes. Una suerte de esquema —o mapa— de lo que en otros momentos ha tomado la forma de video-instalación que, sobre los ejes de identidad, intimidad, adicción y locura, me atrajo quizá por su base literaria. Sería por algo.
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jueves, agosto 17, 2023
Fritz Wunderlich
Hace un año por estas fechas anoté el nombre del magnífico tenor Fritz Wunderlich (1930-1966) por una extravagante conformidad con la causa de su muerte. El cantor lírico alemán, considerado como uno de los más grandes de la segunda mitad del siglo XX, murió, poco antes de debutar en el Metropolitan de Nueva York y de cumplir los treinta y seis años, a consecuencia de una caída por las escaleras de la casa de un amigo. Yo acababa de caerme por las escaleras de mi casa, tres días antes de cumplir los sesenta años, y me pareció muy estimulante recordar, sano y salvo, el trágico final de aquella voz «plateada» de repertorio mozartiano. Mi caída fue tremenda. Mal calzado, con una bolsa de basura en cada mano, resbalé la noche de aquel sábado de agosto y caí de espaldas sobre los peldaños de un tramo de siete y me golpeé en el brazo y en la pierna izquierdos hasta llegar de culo al suelo del descansillo. Desde entonces, el viejo y firme pasamanos de mi escalera es un aliado al que me aferro todos los días, pase lo que pase. Aturdido, me vine arriba con mi propósito de enmienda hasta imaginarme un mal golpe, una parálisis irreversible, y luego pensar en Fritz Wunderlich y en la muerte. Mucho dramatismo para una insignificancia sin más consecuencias que unos hematomas; pero el mero hecho de contarlo me parece que le da mayor veracidad y me permite revivir ese pensamiento en la fugacidad que se acentúa cuando uno cumple años. Fue por aquellos días cuando escuché a Wunderlich en La flauta mágica, en el programa de Ricardo de Cala «Maestros cantores», de Radio Clásica; y ahora, un año después, he buscado su limpia voz de plata y he encontrado momentos memorables como algunos programas en los que el crítico musical compartió espacio con Arturo Reverter (Ars canendi), de la misma emisora, y doblaron el placer de escuchar. Solo quizá por el festivo recuerdo de una cabriola tan indecorosa en caliente como reflexiva luego en frío. Por cierto, estoy terminando Los años, de Annie Ernaux (Madrid, Cabaret Voltaire, 2019). No conozco todavía el original francés (Les années, 2008), pero una traducción así —de Lydia Vázquez Jiménez— seguro que es digna de nota.
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lunes, agosto 14, 2023
Deformación profesional
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viernes, agosto 11, 2023
Las cosas de la lectura
La conversación con un amigo fascinado con la lectura de José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009) me picó la curiosidad sobre una edición que no conocía de Las cosas del campo (Sevilla, Renacimiento, 2015), y se la pedí a un librero propenso a su oficio como Antonio Sánchez Flores en su librería El Buscón, de Cáceres. No sabía que era de Juan Luis Hernández Mirón y que llevaba un prólogo de su buen amigo Luis Landero. Es algo más que una edición del texto del gran escritor malagueño, pues Hernández Mirón —autor de un libro proveniente de su tesis sobre La poética de José Antonio Muñoz Rojas en Las cosas del campo (Vitruvio, 2011)— propone una «edición crítica» que tiene en cuenta todas las anteriores y anota las variantes, desde la primera de 1951, hasta la cuarta en Pre-Textos, de 1999, que toma como base por ser el texto «más fiel y autorizado, el último elegido y revisado por el autor» (pág. 14). Escribe además unas notas complementarias al final de cada uno de los poemas en prosa; acopla unas «Glosas de las cosas del campo: poética de las sugerencias» (págs. 265-299) que son apuntaciones de lector entusiasta; remata con un «Epílogo» y cierra con una «Bibliografía» y un «Glosario» de términos específicos del campo que pudieran ser desconocidos para un lector común. En fin, una buena compra que hojeaba en la librería el penúltimo viernes de este pasado julio, y, como si la presencia inesperada de Luis Landero en la edición de su amigo sobre los textos de Muñoz Rojas fuese una especie de imán, vi entre las novedades el número doble (102-103) de abril de la revista albaceteña Barcarola con un dossier dedicado a «Landero. A través del espejo», coordinado por Luis Beltrán Almería (págs. 117-228). Más de cien páginas con fotografías y otros documentos en las que pueden encontrarse sugerentes estudios sobre el autor de Juegos de la edad tardía de José María Pozuelo Yvancos, Elvire Gomez-Vidal —quien ya coordinase el monográfico de Turia de 2017—, Concha D’Olhaberriague, Dolores Thion o Epicteto Díaz Navarro, y una entrevista que le hizo Alfonso Ruiz de Aguirre y a la que se ha referido Álvaro Valverde en su blog hace unos días. Me interesa mucho siempre lo que dice en conversación Luis Landero, pero también en este número especialmente lo escrito, en clave más personal que la de un estudio, por José Miguel Colldefors y, sobre todo, por Juan Luis Hernández Mirón, porque es este quien conecta los dos volúmenes de los que hablo y que reuní (o me reunieron) la misma mañana de julio en esa librería cacereña. Landero abre el «Prólogo» de Las cosas del campo con estas palabras: «Cansado de andar y soñar, el viejo poeta viene cada noche a decirle sus versos al lector. El poeta se llama José Antonio Muñoz Rojas, y el lector es Juan Luis Hernández Mirón. El lector es un hombre alto, alegre y cordial. Le gusta reír, y ríe con ganas, pero nunca con estridencia o con euforia […]» (pág. 9); y lo cierra con «Amigo y maestro, salud» (pág. 12). Ese amigo al que dedicó su novela El guitarrista (Tusquets, 2002): «A Juan Luis Hernández Mirón, a quien yo he visto crecer por dentro hasta llegar a ser el hombre grande que ahora es». Ese amigo es el que escribe en Barcarola, sin «enfoque academicista», y sí «intimista» y muy «a la altura de las circunstancias», un texto muy jugoso que titula: «Luis Landero, mi amigo». Leerlos juntos ha sido como estar convidado a un encuentro de dos que se conocen bien, que se entienden sin mediar palabra y, si estas median, fluyen con una galanura cómplice y admirable. Uno se sonríe cuando junta lo que Landero dice de Juan Luis y su pasión irrenunciable de la naturaleza que vive con la intuición de un niño y el conocimiento del hombre, con «la inocencia del poeta y la sabiduría del filósofo», y lo que Mirón cuenta del choteo de su amigo cuando este ha expresado su entusiasmo por el campo proclamando su «festival de florecillas». A mi parva y gustosa experiencia de verlos juntos en su complicidad, se suman ahora estos dos volúmenes dedicados a altas literaturas.
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miércoles, agosto 09, 2023
En la costa de Santiniebla
Más allá de la reserva de un lugar de destino, no soy muy de preparativos de viaje. No sé con qué intensidad. Ni mucha ni poca, como la distancia buena de manos para tocar las campanas de Paquito (Manuel Alexandre), el sacristán de Amanece que no es poco. Mucha cuando me llevé al lago de Como un ejemplar de Los novios de Manzoni, que seguí leyendo allí. Poca esta vez, pues, más allá de querer visitar Mondoñedo por recordar a Álvaro Cunqueiro, la única premeditación —la de mi hermano J— ha sido genealógica, ya que íbamos a estar muy cerca de las tierras lucenses del origen del apellido Lama. El Museo Provincial de Lugo que alberga un retrato al óleo de Manuel José de Lama y Castro, nuestro tío bisabuelo, y una parada en el cementerio neogótico de la parroquia de San Juan de Alba, a escasos kilómetros de Villalba, a la vera de la N-634, llena de lápidas con nuestro primer apellido, han sido dos lugares sobrevenidos de un viaje en el que casi todo lo hemos experimentado sin un guion previo. Ni siquiera en lo literario, que se nos podría suponer. No. Sin buscarlo, ha sido un viaje muy literario, y no solo porque los momentos de descanso los hemos llenado con lecturas —terminé de leer Valdargar. Memoria del desarraigo (Editorial Sonora), de Benito Estrella; leí Marcelo perdió el empleo (Seix Barral), de Gonçalo Tavares; y empecé Miseria (Alfaguara), de Dolores Reyes, que estoy terminando—, sino por la cantidad de referencias que han ido surgiendo en otros parajes distintos a ese municipio de nacimiento del autor de Las crónicas del Sochantre, en donde pasamos solo un par de horas —lo justo para encontrarme sorprendente y gratamente con una familia conocida de Cáceres. Entre Castropol y Vegadeo, se encuentra Seares, la parroquia de ese concejo de la leyenda de La Searila, que narra la historia de una bella joven de allí —Rosa Pérez Castropol— que murió prematuramente y cuyo cadáver fue mandado desenterrar por el marido —Antonio Cuervo Castrillón, que fue gobernador civil de La Coruña—, que quiso quedarse con un mechón de su cabello, desesperado por no haber llegado a tiempo para ver a su esposa con vida. En la Casa de la Cultura de Castropol, antiguo Casino y hoy sede de la Biblioteca Menéndez Pelayo, la pionera y centenaria Biblioteca Popular Circulante —otra de las lecciones no esperadas del viaje—, hay una inscripción que recuerda la leyenda. Desconocía esta curiosa secuela del arrebato necrófilo de las Noches lúgubres de Cadalso. También en Castropol —a donde llegamos andando desde Figueras— conocí que Luis Cernuda había estado allí en agosto de 1935, con el pintor Miguel Prieto, en las Misiones Pedagógicas organizadas por el Gobierno de la República, y que de su estancia de unas pocas semanas proviene su relato —poco amable, sin embargo, con el sitio— «En la costa de Santiniebla», que publicó en Hora de España (núm. X), en octubre de 1937, y que he leído en el tercer volumen —segundo de Prosa— de la Obra completa de Ediciones Siruela, la de Derek Harris y Luis Maristany (1994). Escribió Cernuda: «Pero Santiniebla tiene en cambio la ría. Cuando a la caída de una de esas largas tardes de verano se baja la senda que desde lo alto de la colina lleva hacia el malecón, el denso perfume del mar, el misterioso grito de las gaviotas sobre la brillante superficie de las aguas, sólo encrespadas allá, entre las sombrías rocas que guardan la entrada de la ría, entonces yo os aseguro que poco accesible será a la naturaleza quien no sienta sus pupilas enturbiadas por las lágrimas» (pág. 381 de la edición citada). Ha sido, pues, un viaje más literario de lo que se preveía, incluyendo una visita al negocio más antiguo de Ribadeo, la librería de Vivín, de 1929, en la que compramos media docena de volúmenes viejos y nuevos, y cuyo dueño es un superviviente que, por la memoria de los suyos, batalla para celebrar su centenario. Todo sobre la ría del Eo.
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viernes, julio 28, 2023
Otro curso
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jueves, julio 27, 2023
La poesía de Manuel de Cabanyes
El día 2 del pasado mes de abril vi la grabación de la presentación en la Librería Alberti de Madrid de la antología de Jenaro Talens El azar nunca deja cabos sueltos. Antología (1960-2020). (Edición de José Francisco Ruiz Casanova. Madrid, Ediciones Cátedra —Letras Hispánicas, 843—, 2021), en la que el poeta tarifeño dialogó con el crítico Antonio Ortega. Me la recomendó un amigo con el que hablé de la poesía de Talens, y la vi diferida del martes 25 de mayo de 2021, cuando se celebró. La traigo aquí por lo siguiente: en un momento de la presentación, Antonio Ortega destacó el trabajo realizado como editor del profesor José Francisco Ruiz Casanova, que fue aludido como un «filólogo», alguien —añadió Jenaro Talens— que, además, no se había limitado a un área reducida en cuanto a sus intereses de estudios. Ciertamente, cualquiera que se acerque a su trayectoria puede certificar que Ruiz Casanova ha estudiado desde la literatura medieval y renacentista (Diego de San Pedro), el Siglo de Oro (Conde de Villamediana), el siglo XVIII (Leandro Fernández de Moratín), hasta la literatura del siglo XX y XXI, con sus antologías y ediciones de autores como Andrés Sánchez Robayna, o su conocido Manual de principios elementales para el estudio de la literatura española (Madrid, Cátedra, 2013), entre otros trabajos. Yo creo que tanto el crítico como el poeta querían subrayar que quien se acercaba a la obra de un autor contemporáneo, de un protagonista del panorama poético español de los últimos sesenta años, no era participante natural —poeta o crítico habitual de poesía actual—, sino alguien que provenía de otro ámbito, en este caso, el académico, como profesor de la Universidad Pompeu Fabra. Quizá la última demostración de la obra plural y abarcadora de este editor filólogo sea esta novedad que me entusiasma, pues el catálogo de Letras Hispánicas vuelve a acrecerse con un nombre del ámbito del neoclasicismo decimonónico. Este autor muerto con veinticinco años fue Manuel de Cabanyes (Vilanova i la Geltrú, 1808-1833) y solo publicó este libro que ahora se reedita en esta edición preparada por Ruiz Casanova. Por cierto, en eso de que Cabanyes fue autor de un solo libro impreso pocos meses antes de su muerte se insiste llamativamente a lo largo de las páginas (27, 33, 36 y 54) de una introducción en la que también se repiten citas de versos —el inicio del poema «La independencia de la poesía» en págs. 28 y 57— o de cartas —la que le envía a su amigo Joaquín Roca y Cornet preguntándole si ha leído la Ilíada traducida por Hermosilla en págs. 37 y 52). Son extrañas redundancias que quizá obedezcan a algún fallo en la revisión final de un texto escrito en diferentes fases. Hay que celebrar, en cualquier caso, esta puesta al día de los estudios sobre esta figura y esta presentación precisa y bien anotada de una obra tan solo compuesta por las doce odas —más un soneto— de los Preludios… y diez poemas más no recogidos allí y publicados en 1858 en Producciones escogidas, principal en cantidad de las colecciones de los versos de Cabanyes, que referencia el editor en las «Ediciones utilizadas» y entre las que debería incluirse la del libro del canónigo Sebastián Puig, El poeta Cabanyes (Barcelona, 1927), pues se trata de un estudio biográfico y con documentos del autor, pero también una estimable edición de su corta obra completa. No es habitual encontrar entre las novedades de ediciones textuales destinadas a estudiantes universitarios y estudiosos una de un nombre del siglo XVIII. Aunque Cabanyes es decimonónico, viene siendo asociado al estudio de la poesía dieciochesca desde que Joaquín Arce lo estudiase en La poesía del siglo ilustrado (Alhambra, 1981) y lo considerase en su último capítulo «Un puro neoclásico del siglo XIX: Manuel de Cabanyes», unas páginas que fueron mi primer conocimiento de este escritor de «indiscutible horacianismo», se decía allí (pág. 514). Con razón advierte Ruiz Casanova que aquí no se trata del rescate de un poeta menor, sino de la «ilustración de una propuesta poética que, aunque su autor no pudo desarrollar más allá de sus doce odas, es lo suficientemente rica y compleja (en cuanto a métrica, léxico, sintaxis, ritmos y temas) e ilumina una vertiente poco explorada de la herencia clásica de la modernidad» (pág. 61). Insistiendo en las menudencias, también me ha llamado la atención que se diferencie por el editor entre la letra cursiva que utiliza para las notas originales de Cabanyes a algunos de sus poemas, y la letra itálica para las notas que añade él (pág. 66). Con esta edición anotada —en los textos de manera detallada, conservando las notas originales del autor, y dejando al final las de aspectos generales y contextuales— se pone a disposición del lector actual la información más pertinente para conocer a un escritor del que destaca por encima de otros valores su voluntad de innovar o experimentar en materia de prosodia, en donde hizo propuestas variadas en materia de ritmo y rima —o sobre su evitación. Es una edición necesaria en el ámbito académico que suma un nombre a un canon exiguo y poco conocido, hecha por un estudioso al que uno lee con gusto, tanto cuando trata la cuestión metapoética en Jenaro Talens, como cuando habla de traducción en España, de Ángel Crespo, Cernuda o de Manuel de Cabanyes, Preludios de mi lira y otros poemas. Edición de José Francisco Ruiz Casanova. Madrid, Ediciones Cátedra (Letras Hispánicas, 880), 2023.
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, julio 27, 2023 0 comentarios
jueves, julio 20, 2023
Las campanas del viejo Tokio
Si alguna vez viajo a Japón, me gustaría llevar conmigo este libro. No es una guía de viaje, pero permite estar de un modo distinto en lugares como los parques de Hibiya o Ueno, distritos como Mejiro, Tsukiji o Kitasuna, la estación de Nezu, la bahía, el Roukumeikan, el Hotel Imperial…; y me imagino el placer que debe de sentir uno allí con esta crónica, relato y ensayo en las manos, mientras conozca in situ parte de lo mucho que contienen estas meditaciones organizadas en un preliminar («Las campanas del tiempo») y diecisiete estaciones, casi todas cerradas con las breves anotaciones de una parte del diario de viajera de la autora —Anna Sherman, una americana de Arkansas licenciada o así en latín y griego—, que cuenta momentos de la relación con el dueño de un pequeño café —Daibo—, con quien conversa ayudado por Arthur, traductor estadounidense. El conjunto, eminentemente narrativo, tiene también la apariencia de un ensayo con voluntad académica, con 260 notas —de las que más de setenta son de la traductora, Victoria Pradilla— y una bibliografía de catorce páginas y pico. Entre lo primero que subrayé al comenzar Las campanas del viejo Tokio están: «Japón es un país de campanas»; «Antes que Tokio fuera Tokio, se llamaba Edo» (pág. 12); «Justo antes de morir, en 2003, el compositor Yoshimura Hiroshi escribió un libro titulado Las campanas del tiempo de Edo (Toshi no oto)» (pág. 13) y «Donde el inglés, el español u otras lenguas tienen una sola palabra para ‘tiempo’, el japonés tiene una miríada» (pág. 19). Es decir, en las primeras páginas tenía el motivo definidor que se lleva al título —y al hilo por la búsqueda de las antiguas campanas— del libro, el dato sobre una realidad histórica, social y geográfica que conozco poquísimo o solo a partir de lugares comunes, una fuente cultural como ejemplo de la solidez intelectual de la obra y, por último, su asunto principal o tema crucial: el tiempo. La lectura de la obra de Anna Sherman es una sostenida experiencia de descubrimiento de escenarios reales y de la historia sobre la base de una reflexión o meditación sobre el tiempo que queda envuelta por el viaje y la inmersión en un país, que sirve de marco. En cierto modo, como si leyésemos un ensayo sobre la violencia con la estructura de la crónica de un viaje a una zona en guerra. No falta aquí, por cierto, el análisis de la convivencia con radicales conflictos, como las bombas de 1945 y sus consecuencias, o el terremoto de 2011 y el accidente de la central de Fukushima. He dicho que entre las numerosas notas —muchas tan necesarias e ineludibles que su colocación al final y no a pie de página hace enojosa la placentera lectura— hay muchas de la traductora, que tiene una presencia muy significativa en la versión española de Las campanas del viejo Tokio, una presencia que se agradece como una acompañante que apostilla y completa lo que la autora nos cuenta, y que se manifiesta muy desde el principio, en el primer párrafo del primer capitulillo introductorio, en dos notas que anteceden a la primera de Sherman. Para mi lectura personal, esta presencia de Victoria Pradilla tiene un sentido entrañable, por ser ella la persona a través de la que vino a mi conocimiento la publicación de este recomendable libro al que Laura González dedicó una parte de su «Todos somos sospechosos», de Radio 3, en conversación con Victoria. Volví a escuchar aquel programa después de leer el libro casi como la culminación de una prolongada convivencia con ese mundo oriental y esa manera de concebir el tiempo que recorre todas sus páginas; una convivencia que conlleva que se te presenten otras obras en tu cotidiano vivir como si hubiesen sido atraídas por una recóndita fuerza. De mi biblioteca, el Cuaderno de Tokio de Emilio Gañán (Badajoz, Libros de Mesa, 2019) y su abstracción pictórica de la ciudad. De una noche del tercer domingo del año, la película Cuentos de Tokio (1953), de Yasujiro Ozu, y su lectura —en genuinos planos a ras del suelo— del tiempo en los ancianos y en sus sonrisas sempiternas y resignadas. Todo, durante Anna Sherman, Las campanas del viejo Tokio. Meditaciones sobre el tiempo y la ciudad. Traducción de Victoria Pradilla Canet. Madrid, Capitán Swing, 2022. Muy recomendable.
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, julio 20, 2023 0 comentarios
martes, julio 18, 2023
A Paco Muñoz, in memoriam
Buscaba esta crítica teatral de Francisco Muñoz Ramírez (1953-2023) publicada en El Público. Fue sobre el montaje de Espectáculos Ibéricos con la dirección de Paco Suárez de la tragedia Raquel, de Vicente García de la Huerta, en versión de Jorge Márquez. Apareció en el número 87 de noviembre-diciembre de 1991 y su lectura, que he hecho gracias la eficaz Unidad Técnica de Acceso a la Documentación y a la Información de la Biblioteca Central de la UEX, me recordó aquellos tiempos del estreno en Cáceres —junio de 1991—, en la Plaza de San Jorge, y la desmesurada reacción de Lázaro Carreter en Blanco y Negro contra la versión de Márquez, a la que dedicó tres artículos, el último como aparente respuesta a las «Razones para adaptar a los clásicos» que el extremeño expuso en El Urogallo en marzo de 1992. En otro lugar aludiré a esos ecos de un texto del siglo XVIII, porque lo que ahora me apetece es compartir que la lectura de aquella crítica de mi querido Paco Muñoz me llevó a pensar en los muchos textos que había leído de él en forma de breves críticas teatrales publicadas, principalmente, en la prensa regional, sobre todo, en el diario Hoy. Y en que en las necrologías y sentidas semblanzas que se han publicado desde el mismo día de su muerte en Madrid, el pasado 22 de junio, junto a su trayectoria política y de gestión limpia y eficaz en el campo de la cultura, de «tintes épicos» —como recuerda en su blog Álvaro Valverde— y evidentes resultados, se menciona sin más que fue crítico teatral. Y, aunque me lleve más espacio aquí, me parece justo que se recuerde una parte de su dilatada labor como comentarista de un género que le apasionó siempre. Sin ir más lejos, para la misma revista del Centro de Documentación Teatral que he citado, El Público, escribió, entre 1989 y 1992, crónicas y críticas sobre el Festival de Teatro Clásico de Mérida, los Festivales de Cáceres del 89, sobre la política de teatros públicos en Extremadura, y sobre montajes concretos como Miles Gloriosus en versión de José Luis Alonso de Santos, Catón, un republicano contra César, de Fernando Savater, en la XXXV edición del Festival emeritense; Perfume de mimosas de Miguel Murillo, en 1989; la primera Fedra de Miguel Narros con Manuela Vargas al baile, el Calígula de Albert Camus por José Tamayo en el Teatro Alcázar, con Imanol Arias en el papel principal… Colaboró también en otras revistas, como la Revista de Estudios Extremeños («El trabajo crítico de Manuel Sito Alba», núm. XLV, 1, 1989), El Urogallo («Teatro: luces y sombras», núm. 55, 1990; «¿Pero hay crisis? (Repaso por la escena extremeña)», suplemento al núm. 88-89, septiembre de 1993) o Primer Acto («Teatro en Extremadura. Política cultural», núm. 264, junio-agosto 1996); pero sus más numerosas y constantes colaboraciones fueron en las páginas del periódico Hoy, desde «Elisa Ramírez o el teatro de sofá» (Hoy, 8.5.1987), crítica de Juguetes para un matrimonio, de Alfonso Paso, representada en el Teatro Menacho de Badajoz, o las que sacó como crítico del Festival de Teatro Clásico de Mérida en su trigésima tercera edición «Una actriz que llena» (Hoy, 5.7.1987), sobre el recital de Irene Papas Poesía en el canto; «Extravagancias» (Hoy, 10.7.1987), sobre Las aventuras de Tirante el Blanco, de Francisco Nieva; «Variaciones sobre el mito» (Hoy, 10.7.1987), crítica de la Electra de Théâtre du Lierre; «Plauto arrevistado» (Hoy, 18.7.1987), sobre Rudens, de Plauto; o «Dionisio en Sevilla» (Hoy, 25.7.1987), sobre Las Bacantes, de Salvador Távora. Cubrió igualmente la edición de 1988 y escribió («Emotivo Alberti», Hoy, 5.7.1988) sobre el recital De lo vivo lejano en homenaje a Rafael Alberti dirigido por Lluís Pasqual y en el que intervinieron Montserrat Caballé, Nuria Espert, Nacho Martínez, Francisco Rabal, Manolo Sanlúcar, Manuela Vargas, Rafael Alberti, y, al piano, Miguel Zanetti. Y en esa misma edición, sobre la que hizo balance («Viejo teatro, nuevos espacios», Hoy, 30.7.1988), publicó las críticas: «Paisaje después de la batalla» (Hoy, 13.7.1988), sobre Medeamaterial, de Heiner Müller, montaje dirigido por Theodoros Terzopoulos; «Divorcio a la vista» (Hoy, 16.7.1988), de Los hijos de Medea, de Eusebio Lázaro; «Teatralidad» (Hoy, 17.7.1988), de El príncipe constante, de Calderón, por Alberto González Vergel; «El despertar a quien duerme» (Hoy, 18.7.1988), sobre la obra de Lope de Vega montada por Suripanta bajo la dirección de Francisco Suárez; y «Lo sublime y lo kitsch» (Hoy, 23.7.1988) sobre Alhucema, de Salvador Távora con La Cuadra de Sevilla. Paco Muñoz mantuvo sus críticas teatrales sobre lo que veía en Badajoz —escribió sobre Pares y Nines de Alonso de Santos, representada en el Teatro Menacho (18.12.1988)—, en Mérida —hizo la crítica de Tierra a la vista de Manuel Martínez Mediero en la Sala Trajano (29.1.1989)— o en Cáceres —en la primera edición del Festival de Teatro Clásico nos contó cómo vio el montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico de La dama duende de Calderón, en versión de Luis Antonio de Villena y dirección de José Luis Alonso, en un escenario ya imposible como la plaza de Moctezuma. Mantuvo su intensidad durante estos años en los que hizo también de cronista en Madrid de uno de los acontecimientos teatrales de aquel momento para un autor extremeño, el estreno en la capital, en el Teatro Bellas Artes, de Hazme de la noche un cuento, de Jorge Márquez, con un cartel en el que estaban Fernando Delgado, Amparo Baró y José María Rodero, que, por enfermedad, tuvo que ser suplido por Manuel Andrés, y murió unos días después de aquel 10 de mayo de 1991. El 12, en el periódico Hoy se publicaba el texto de Francisco Muñoz Ramírez: «El ‘todo Madrid’ se dio cita en el estreno de Hazme de la noche un cuento, de Jorge Márquez» (12.5.1991, pág. 61). Igualmente reseñable fue el impulso que dio desde su crítica al Teatro Estable de Cáceres y a actores como José Vicente Moirón y Quico Magariños, que hicieron Ácido lúdico, de Miguel Medina Vicario («Ácido lúdico, un espectáculo absolutamente recomendable», Hoy, 21.5.1991, pág. 18). Paco Muñoz fue nombrado en noviembre de 1992 director técnico del Departamento de Cultura de la Diputación Provincial de Badajoz, y siguió publicando a lo largo de 1993 sus críticas teatrales en el periódico, desde donde llamó la atención sobre la necesidad de respuesta del público. Así lo hizo al escribir sobre el montaje de la compañía Pentación dirigido por Gerardo Malla de Dígaselo con Valium, de José Luis Alonso de Santos, que se programó durante tres días con dos funciones diarias durante la Feria de San Juan de Badajoz, y lamentarse por la suspensión de una de ellas por falta de espectadores y por que hubiera tan solo treinta espectadores en otro de los pases (Hoy, 22.6.1993). En junio de 1994, Paco Muñoz fue nombrado director del Teatro López de Ayala de Badajoz y en julio de 1995 Consejero de Cultura y Patrimonio de la Junta de Extremadura, y, a partir de este momento, lógicamente, no pudo mantener esta dedicación, aunque, desde su puesto institucional, no desaprovechó la oportunidad de la reflexión sobre la gestión cultural en materia de teatro —en el artículo mencionado de Primer Acto de 1996— o sobre la propia esencia del arte escénico con motivo de una celebración como el Día Mundial del Teatro («Día Mundial del Teatro», en El Periódico Extremadura, 27.3.1998; o «De nuevo en busca de autor», en Árrago, suplemento del diario Hoy, 27.3.2002). Muchos datos, sí, contables, para visibilizar, aunque sea parcialmente una dimensión más del perfil de quien fue Consejero de Cultura extremeño durante doce años cruciales en legislación, infraestructuras, incentivos y muy diversas acciones en ese ámbito. No ocuparía poco, en dedicación y en páginas, una edición anotada de los textos sobre teatro de Paco Muñoz que nos permitiera confeccionar un mapa de la sociología y de la crítica teatrales de una época. Una cartelera histórica de mucho interés a la que tan sólo me he asomado en homenaje.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, julio 18, 2023 0 comentarios
miércoles, julio 12, 2023
Manifiesto
Hoy se ha difundido este Manifiesto del movimiento de memoria histórica y democrática de Extremadura contra el acuerdo de gobierno de PP-Vox que anuncia la derogación de la ley de memoria democrática de 2019 y de las políticas de memoria institucionales de la Junta de Extremadura, promovido por veinte asociaciones de memoria histórica de la región:
El movimiento por la MEMORIA HISTÓRICA Y DEMOCRÁTICA DE EXTREMADURA, integrado por miles de extremeñas y extremeños familiares de víctimas del franquismo, por veinte asociaciones memorialistas, por un centenar de historiadoras e historiadores dedicados al estudio de la represión franquista y por toda la ciudadanía sensible con el padecimiento de quienes fueron represaliados por razones políticas, ideológicas, sindicales, de creencia religiosa, de género o identidad y de orientación sexual durante la dictadura, reitera ante la opinión pública extremeña:
● Que a ninguna persona demócrata debería hacer falta recordarle que la memoria de las víctimas de cualquier conflicto o represión tiene que ver con los derechos humanos y que los principios de verdad, justicia, reparación y garantía de no repetición son esenciales y, según la ONU y el derecho internacional, rigen toda resolución de un asunto así en un Estado de Derecho.
● Que a ninguna persona justa debería olvidársele que, durante los cuarenta años de dictadura franquista, se glorificó a una parte de las víctimas del golpe de Estado y de la Guerra Civil, y que las restantes fueron sometidas por razones ideológicas al olvido, y que esa desmemoria de quienes fueron víctimas del franquismo ha proseguido durante muchos años tras la aprobación de la Constitución de 1978.
● Que a ninguna persona sensata debería ser necesario insistirle en que la concordia se promueve cerrando heridas, no dejándolas abiertas, y que reivindicar en una democracia a las mujeres y hombres que fueron asesinados, torturados, encarcelados, robados y obligados al exilio por culpa de la dictadura solo pretende el reconocimiento de quienes lucharon por conseguir lo que ahora, en parte, tenemos.
● Que a ninguna persona cabal debería escapársele que no se puede olvidar lo que no se conoce y que la investigación histórica de las circunstancias de la represión, el libre acceso a los archivos y a la documentación histórica, y la promoción de la recogida de testimonios orales son procedimientos básicos donde asentar cualquier proceso de recuperación de la memoria.
● Y, en fin, que a ninguna persona de bien debería molestarle que saquemos a nuestros familiares de las cunetas y de las fosas comunes y los enterremos dignamente.
Estos fundamentos, que apelan a la justicia, a la sensatez, a la democracia y a la humanidad, en los que se basan las iniciativas de memoria democrática, los reiteramos con ocasión del acuerdo de gobierno para la Junta de Extremadura suscrito entre el Partido Popular y VOX. Ante este acuerdo el movimiento memorialista extremeño manifiesta:
1º. El rechazo absoluto al anuncio de PP y Vox de derogar las políticas institucionales y los proyectos públicos que trabajosamente se han conseguido en la región tras tantas décadas de desmemoria, especialmente la Ley 1/2019, de 21 de enero, de memoria histórica y democrática de Extremadura, todavía insuficientemente desarrollada.
2º. La determinación rotunda de seguir impulsando desde la sociedad civil, desde el compromiso personal y colectivo, y con el trabajo de las asociaciones, de la ciudadanía, de otros movimientos sociales y del resto de instituciones democráticas todas las iniciativas de recuperación de la memoria histórica de las extremeñas y de los extremeños.
Quienes hacen política con la memoria histórica son quienes dirigen PP y Vox, que pretenden derogarla. Quizás cancelen la ley, pero no nuestro derecho a conocer y restituir la dignidad de las víctimas del franquismo que —como las del nazismo en Alemania o las del fascismo en Italia— fueron precursoras en España de la lucha por la dignidad humana, por las libertades y por la democracia.
Quienes niegan que el derecho a la memoria sea un derecho humano, patrimonio de la ciudadanía, parecen no darse cuenta de que seguiremos ejerciéndolo, aunque no haya leyes, porque el proceso de recuperación de la memoria histórica y democrática es un movimiento popular, de la sociedad civil, que jamás erradicarán.
En Extremadura, a pesar de PP y Vox, desde el movimiento por la MEMORIA HISTÓRICA Y DEMOCRÁTICA seguiremos hablando del franquismo, seguiremos dignificando a las víctimas, seguiremos recordándoles la historia, seguiremos haciendo memoria.
Adhesiones:
comextremadura@gmail.com
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, julio 12, 2023 3 comentarios
jueves, julio 06, 2023
Don Alonso
«Como dijo don Alonso sobre la crítica de lo contemporáneo, nuestro ojo desenfoca lo demasiado próximo […]». No lo culpo. Aprendió que es obligatoria la mayúscula en las abreviaturas de tratamiento (Ortografía de la lengua española, 4.2.4.1.5) y mi alumno ha leído así un texto en el que pone: «Como dijo D. Alonso sobre la crítica de lo contemporáneo…». Es un caso más que pone de manifiesto la conveniencia de recoger en las referencias bibliográficas, además de los apellidos que alfabetizan una lista, los nombres de pila completos de cada uno de los ítems. Esta manera de citación de sentido común empieza a generalizarse ahora por lógicas razones de necesaria visibilidad de género, y se recomienda para facilitar el análisis de la paridad en las bibliografías y superar una visión androcéntrica del conocimiento; pero hace años lo habitual era la utilización de iniciales que no permitían al lector saber si «Villanueva, D.» respondía a Diana o a Darío. Presumo que, cuando no había los medios mecánicos de hoy, era por economía lingüística, a costa del rigor informativo de dar todos los datos de la autoridad correspondiente. Afortunadamente, normas como las del Publication Manual APA (American Psychological Association), muy generalizadas, se han adaptado en sus últimas ediciones y evitan el uso de iniciales —la mayoría de las revistas científicas que manejo ya dan los nombres completos—; pero aún perviven, sobre todo en monografías de áreas como Historia y en sellos editoriales destacados, en los que siguen Cruz Villalón, M., García Arenas, M. o Parker G.. Mi alumno, que confunde a Dámaso Alonso con el tal don Alonso, no ha hecho más que recoger el traslado de «Alonso, D.» del texto del artículo que estaba leyendo, y no tiene suficiente base como para deducir que se trataba del filólogo y poeta, del autor de Poesía española. No me imagino si la referencia fuese a trabajos más esquinados de don Dámaso, como el que dedicó a la correlación poética en Campanella… En fin, anda uno leyendo trabajos de fin de grado y quiere uno que sea moneda corriente el prurito de la forma.
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, julio 06, 2023 0 comentarios
lunes, julio 03, 2023
Sin Bartolomé J. Gallardo
Viene de «La de San Antonio de 1823» porque no se celebrará el Curso de Verano de la UEX «Bartolomé José Gallardo y la de San Antonio de 1823. 200 años de una infamia bibliográfica». Escribí el mes pasado con toda la intención un artículo sobre «La de San Antonio de 1823» para que se publicase ese mismo día en el diario Hoy, como un recuerdo de la figura de Bartolomé José Gallardo, que sigue mereciendo atención y estudio. Un estudio que modestamente pretendíamos mostrar en el curso que iba a celebrarse dentro de pocos días —del 12 al 14 de julio— en Cáceres y en Campanario, patria chica del escritor. Con toda la intención mencioné al final de aquel texto a todas las instituciones que apoyaban la organización, como un recordatorio de que íbamos a necesitarlas y que, por hecho consumado, se aplicasen a ello. Pero en una situación postelectoral y de relevos o impases, como viene siendo incomprensiblemente habitual, parece que la normalidad se altera y lo que debería ser sencillo se complica, y, cuando más se necesitaba cerrar los detalles de la organización de una actividad así, nadie aseguraba una tranquilizadora confirmación. Con mi dinero soy prudente y el ajeno me es indiferente; pero con el dinero público soy escrupuloso si me lo dan. Si no lo tengo, ni se me ocurre decir a un proveedor —al gerente de un hotel, por ejemplo— o a quienes intervengan con sus ponencias, que ya cobrarán, cuando la administración quiera, el uno su factura, y los otros sus honorarios y los gastos de sus viajes. En fin, una lástima no poder recibir aquí a buena parte de la mejor bibliografía crítica que se ha publicado en los últimos veinticinco años sobre el erudito bibliógrafo de Campanario, sobre sus obras principales y sobre el contexto político y literario que vivió. Otra vez será. Lo escribió Bartolomé José Gallardo en una carta de diciembre de 1835 dirigida a su amigo Tomás García Luna: «No estamos en tiempo de gullorïas: es menester contentar-nos con lo qe nos den».
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, julio 03, 2023 2 comentarios
sábado, julio 01, 2023
La niña boba
Tengo un amigo que tiene una colección de manuscritos imponente y que me dirá, si le enseño este, que vaya alarde. Lo sé; pero para mí tiene un gran valor que alguien haya considerado que puede interesarte lo que él compró por casualidad mientras buscaba otra cosa, y que te lo envíe para que seas tú el que lo tengas. A J., joven investigador sobre poesía española contemporánea, le gustará que, antes de guardar esta copia de uso de una obra de teatro que le costó lo que una entrada de cine en Cáceres, le dedique estas líneas. «‘La niña boba’ de Lope de Vega» se lee en la cabecera de esa primera hoja que, de las noventa de que consta el manuscrito, es la que más desgaste muestra. Es una copia de Buen maestro es amor, o la niña boba, una refundición de La dama boba de Lope que escribió el cordobés Dionisio Villanueva y Ochoa (1774-1834), que firmaba sus obras como Dionisio Solís. El bueno de Jerónimo Herrera Navarro, en su Catálogo de autores teatrales del siglo XVIII, la recogió como representada en el madrileño teatro de la Cruz el 21 de enero de 1826, y daba la segunda parte del título como la niña tonta. Hay más copias por ahí, en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid, por ejemplo; y me gusta tener a la mano un testimonio más de la historia de un texto que han estudiado competentes interesados en las refundiciones del teatro de Lope en el XIX y después. Leo en uno de los trabajos reunidos en un libro que tengo sobre Menéndez Pelayo y Lope de Vega (Editorial de la Universidad de Cantabria, 2016), uno de Gema Cienfuegos Antelo, que cuando Federico García Lorca hizo su adaptación de La dama boba en 1934 para su representación en Buenos Aires y luego en Madrid en 1935, por el centenario de Lope, se refirió a «una refundición lamentable», y esa debió de ser la de Solís. Me he acordado por esto de una conversación que tuve el otro día en la calle con un matrimonio de anticuarios, en la que la mujer decía, como quitando importancia a los libros, que los papeles tienen siempre algo especial que atrae, que son cosa distinta. Yo, que no trabajo el género, he querido emular esa pulsión enredando aquí y allá a costa del regalo de J., de estos papeles que me han llevado a otros, y a nombres como el de Juan Carlos de Miguel y Canuto, que estudió al Dionisio Solís refundidor de Lope en una tesis leída en Valencia en 1993. Baste el apunte antes de colocar los papeles en su sitio.
Publicado por Miguel A. Lama en sábado, julio 01, 2023 0 comentarios
sábado, junio 24, 2023
Las muertas
Era una edición de la novela que publicó la editorial Mondadori en 1987 y que llevaba en la sobrecubierta la reproducción del autorretrato de Frida Kahlo «Árbol de la esperanza, mantente firme». Debió de ser en los primeros meses de 1990, cuando Ignacio y yo empezamos a organizar el simposio de «Lo real maravilloso en Iberoamérica» (19-22 de noviembre de 1990) y él propuso que fuese aquel cuadro el motivo principal del cartel. Recuerdo que escribimos a la editorial para pedir permiso por la reproducción y nunca recibimos respuesta. Aquella reunión en Cáceres propició mi conocimiento de escritores como Elena Poniatowska y Daniel Moyano, y de profesores como Julio Ortega y Juana Martínez, entre otros, y parece ahora que me predestinó para no despegarme de la literatura iberoamericana en todos estos años, hasta hacerme cargo de una parte de su docencia en mi departamento. Desde aquel entonces ha sido aquella novela, Las muertas (1977), de Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), uno de los títulos de referencia de mi biblioteca americana. Encontrarla ahora en el catálogo de la colección Letras Hispánicas me ha parecido una novedad estupenda: Jorge Ibargüengoitia, Las muertas. Edición de Antonio Sánchez Jiménez. Madrid, Ediciones Cátedra (Letras Hispánicas, 879), 2023. La presentación del autor, de sus intenciones, del mensaje estético de su novela y de su precedente real, entre otros aspectos, es razonable de extensión, muy clara y completa en la introducción de Sánchez Jiménez (págs. 11-87), que sorprende a muchos con esta edición, dado su brillante y conocido perfil de especialista en el Siglo de Oro español. Son muy útiles las páginas en las que analiza la estructura y el tono de la novela, y su mosaico temporal, para el que ofrece un esquema ilustrativo, el análisis de su humor; y, sobre todo, es muy interesante la lectura que hace de Las muertas como tragicomedia y cómo pone el énfasis en el uso que hace el autor de los símbolos patrios más representativos de México en su condición también de sátira. La edición de Sánchez Jiménez es ya una guía excelente para el profesor universitario que quiera tratar este texto en sus clases. En esto, siempre planteo el dilema metodológico de afrontar la lectura de un texto sin apoyo, o, por el contrario, leer antes la introducción crítica y otros materiales, como las notas y la bibliografía, que aportan estas ediciones. Hay opiniones dispares. Yo siempre invito a leer sin muletas la primera vez, y así se obligan a volver sobre el texto cuando ya tienen a su alcance una información selectiva y razonada sobre él. Hace muchos años escribí un texto («Estrategias») que tocaba esto y en el que mencionaba a una alumna que me pidió permiso para salir del aula antes de que yo comentase los últimos capítulos de La Regenta. Puede ocurrir con ciertos textos narrativos o dramáticos, cuyas tramas motivan más al lector para descubrir por sí mismo la sucesión de los acontecimientos. En estos casos, el comentarista, por lógica necesidad, tiene que destripar o anticipar —hacer spoiler— algún episodio o el desenlace de la obra. Antonio Sánchez Jiménez tiene que aludir en su estudio a ciertos sucesos; así que el lector que quiera conocerlos autónomamente debería ir directamente al texto de la novela. Pero ojo, aviso que también hay notas al texto, como la 142 y la 159, en las que se nos adelanta lo que va a ocurrir. Las muertas, calificada aquí como «obra maestra», es una novela singular y fascinante, otra de las cumbres de una literatura, la mexicana, vasta y riquísima en el inmenso e inabarcable campo que hemos dado en llamar literatura iberoamericana, latinoamericana o hispanoamericana. (Tal vez algún día escriba sobre mi recurrencia en clase en otros nombres como Octavio Paz, Elena Poniatowska, Juan Rulfo, Elena Garro, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco o Fernando del Paso). Diré por último que la tabla de variantes que incluye Sánchez Jiménez en sus apuntes de «Esta edición» es demasiado notoria (págs. 72-79) para resultar tan insustancial y superflua, pues la inmensa mayoría de las que relaciona son errores o descuidos evidentes, erratas o minucias que nada aportan a los modos de escritura del autor —que sí se ven en otros interesantes vestigios textuales— en esta novela, de la que hay un borrador mecanoscrito —al que se llama «manuscrito a máquina con correcciones a mano del propio Ibargüengoitia» (pág. 71)— que se conserva en la Universidad de Princeton, que aquí es cotejado con las dos primeras ediciones de la obra, la de 1977 y la de 1978. Más útil es, en mi opinión, avisar ahora a la editorial en previsión de nuevas impresiones sobre las erratas de las páginas 117, nota 58 («Acalpuco»), 134 («El cliente pude regresar»), 176 («cinto cincuenta»), 178 («para para conectar») o 243 («estaba llenado»).
Publicado por Miguel A. Lama en sábado, junio 24, 2023 0 comentarios





















