Llevo semanas conviviendo con esta obra inconmensurable. Incluso ha volado conmigo. Su primer editor, Javier Fernández, en el «Prólogo», utiliza el adjetivo «inclasificable» y dice que en algún momento se le ha puesto la etiqueta de «miscelánea»; pero que «si tuviera que atacar hoy su núcleo, que diría Lakatos, seguramente usaría la palabra novela, al menos como punto de partida» (pág. 17). Yo prefiero inconmensurable. Lo que no está sujeto a medida o valuación. Algo parecido a novela, sí; pero le viene bien a lo que fue Circular (Plurabelle, 2003) y luego Circular 07 (Berenice, 2007) por la dificultad hasta ahora de abordar las dimensiones de una obra que se acaba de detener por el momento en Circular 22 (Galaxia Gutenberg, 2022) después de tantas estaciones, tras más de veinticinco años de escritura. La «joven y todavía inexperta» editora polaca que introduce esta edición, autora de una tesis sobre Vicente Luis Mora en la Universidad de Łódzki, demuestra una gran desenvoltura, sobre todo, en el «Epílogo crítico» que cierra el volumen, en donde llama a mi amiga Bénédicte Vauthier «eminente sabia y políglota suiza» con justa precisión, menos en lo de «suiza», porque es belga de toda su vida. Quizá por ser polaca la joven Monika Sobolewska no ha reparado en que la obra del Arcipreste de Hita se titula Libro de buen amor, y no con ese del impreso en la página 617 —una errata, sin duda. No he leído su tesis, y nunca la leeré; pero creo que debería haberse explayado más en las notas que pone a un texto que rebasa las seiscientas páginas fechado en Córdoba (1998), en Albuquerque (2007), en Marrakech (2010), en Estocolmo (2017) y en Málaga (2022). Buena parte de una vida hecha de literatura. La misma que me permite decir lo de Flaubert de la «orgía perpetua» —la lectura— como uno de los mejores modos de estar bien mientras estemos aquí. De muchas lecturas está hecho Circular 22, que presentamos este jueves 27 de octubre en la librería La Puerta de Tannhäuser (19:30 horas) de Cáceres y mañana viernes 28 en el Parador de Zafra (20:30 horas), en una de las actividades del Colectivo Manuel J. Peláez de este curso.
jueves, octubre 27, 2022
miércoles, octubre 26, 2022
Alonso Zamora Vicente
Cuando se inauguró la Biblioteca Alonso Zamora Vicente en su nueva ubicación del campus universitario, me quedé con las ganas de un fin de fiesta. Sin alumnos en el pasado junio, sin clases y atareados con los exámenes, les debíamos otra manera de celebrar que contemos tan a la mano con un fondo bibliográfico tan filológico, tan útil para todos. Así que hoy nos visita Mario Pedrazuela Fuentes, que es quien mejor ha estudiado la vida y la obra de Alonso Zamora Vicente, para decir su conferencia «Alonso Zamora Vicente y la filología española del siglo XX». Le acompañaremos en una jornada en la que también estarán el hijo de don Alonso, Alonso Zamora Canellada, y su nieta Ana Zamora, la directora teatral que nos ha regalado tantos montajes de nuestro teatro renacentista con su compañía Nao D’Amores, que participarán en una mesa redonda sobre las figuras de filólogos tan eminentes como don Alonso y doña María Josefa Canellada.
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lunes, octubre 24, 2022
De San Cristóbal a San Juan
Este jueves pasado me senté a esperar a mi amiga I. —a la que conozco por razones que algún día habría que relatar por su argumento literario— en la cafetería del Hotel Laguna Nivaria de San Cristóbal de La Laguna, que fue donde la vi por última vez, hace casi diez años, en diciembre de 2012, con motivo de la lectura de la tesis doctoral de «Pepe». Si pudiese poner aquí una nota al pie escribiría que se trata de José Antonio Ramos Arteaga, que defendió el 18 de diciembre de aquel año su tesis Calles, plazas y salones: textos y espectáculos teatrales en el Tenerife de la primera mitad del siglo XIX. Yo estuve en el tribunal que evaluó aquel trabajo en una sesión tras la que se me acercó una señora para compartir conmigo su felicidad por el acto al que había acudido. En estos días, he vuelto a constatar que Pepe sigue siendo una persona entrañable y especial. No pude verlo esta vez y me volví de allí con ese pesar, mitigado con creces por haberme encontrado con I., y con otra colega como V., a quien también hacía años que no veía, y con la que desayuné con la complicidad de los que se conocen desde hace mucho. Como amantes apócrifos. Digo que este jueves me senté a esperar a mi amiga y me leí buena parte del periódico del día, o sea, El Día. La Opinión de Tenerife, que traía la noticia de la muerte del guanche histórico del independentismo canario Álvaro Morera. El periódico decía que su hijo leyó el testamento vital de su padre «que dio paso al Awañak que interpretó el propio Luis Morera y que acabó cantando hasta el cura antes de proceder al enterramiento, a ritmo de sirinoque y entre bucios como soñó un Álvaro amortajado con su bandera de las siete estrellas verdes» (pág. 13). Me recordaron mucho estas palabras a aquel dirigente del emepaiac, el Movimiento por la Autodeterminación e Independencia del Archipiélago Canario (MPAIAC), que fue Antonio Cubillo, muy presente en los medios durante los años ochenta en los que uno lo encontraba en los periódicos y en revistas como Cambio 16. Pero lo que me llamó la atención fue la esquina de la noticia en la que se decía eso del sirinoque, del Awañak y de los bucios, y tuve la necesidad de recurrir a un traductor que no tenía. Ni siquiera I. —que se excusó por no ser canaria de nacimiento— pudo iluminarme sobre ese canto, sobre ese baile o ese instrumento que todavía no soy capaz de concretar y definir. Es fascinante encontrar palabras así en la prensa diaria de un lugar que no es el tuyo; pero en el que te sientes tan cordialmente acogido. Bucios, sirinoque y Awañak. Y las siete estrellas verdes. Inmersión lingüística. De San Cristóbal a San Juan no es más que un título para anotar la experiencia de haber estado en una ciudad Patrimonio de la Humanidad y volver a otra que también lo es.
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jueves, octubre 20, 2022
Congreso en La Laguna
Desde primera hora de ayer miércoles estamos trabajando en el VII Congreso Internacional de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII que se celebra en la Universidad de La Laguna (Campus de Guajara) bajo el título de Ilustración, centro y periferia, con dieciséis mesas en torno a las que se ofrecerán aportaciones en forma de comunicaciones breves sobre género, libros, ciencias y medicina, sociabilidad, América, arte y urbanismo, teatro y música, literatura, prensa y almanaques, política, economía, ciudad y territorio, pensamiento, imaginarios y simbología, viajes y cartografía e instituciones, en un gran abanico temático que es la enseña de una sociedad interdisciplinar y bien avenida como la SEESXVIII. La sesión de ayer incluyó dos conferencias plenarias: de Luis Perdices de Blas y José Luis Ramos Gorostiza sobre historia económica; y de Juan Calatrava sobre arquitectura en el período de las Luces. Hoy jueves y el viernes serán Isaac Donoso, sobre Filipinas y el universalismo de la Ilustración hispánica, Pedro Álvarez de Miranda, sobre el mapa lingüístico del XVIII español, e Inmaculada Perdomo, sobre ciencia y técnica en la Ilustración canaria, quienes ocupen estos espacios de mayor desarrollo sobre un aspecto de interés de la historia y la cultura dieciochescas. La jornada de apertura de este VII Congreso de la SEESXVIII culminó hace pocas horas en el Lago Martiánez de Puerto de la Cruz, en donde se homenajeó a Inmaculada Urzainqui Miqueleiz, quien fuera catedrática de Literatura Española y directora del Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII (IFESXVIII) de la Universidad de Oviedo, reconociéndola como «Maestra del Dieciochismo» en un emotivo acto presidido por la 1ª Tenienta de Alcalde y Concejala del Ayuntamiento de Puerto de Santa Cruz, Carolina Rodríguez Díaz, y en el que participaron Fernando Durán López, presidente de la SEESXVIII, Elena de Lorenzo, directora del IFESXVIII, Pedro Álvarez de Miranda, dieciochista destacado, catedrático de Lengua Española y académico de la RAE, e Inmaculada Urzainqui, que evocó en varios momentos a su querido Benito Jerónimo Feijoo, el eminente escritor ilustrado —y sin tilde—, por el que el dieciochismo sigue pujando para que no pierda presencia en las búsquedas de Google.
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martes, octubre 18, 2022
Agustín Villar
Hoy se cumple el décimo aniversario de la muerte de Agustín Villar (1944-2012). No sé quién se acordará de esto fuera de su entorno familiar; aunque espero que alguien en el ámbito literario sí recuerde a Agustín y siga estimando lo que dejó en su escritura. Creo que leí todo de él, desde Seducción de la bruma (1982), que significó algo distinto en aquellos años, hasta lo último. Todo, porque con posterioridad pude conocer obras anteriores, como Memoriales y futuros, de 1978, su primer libro poético publicado en Madrid en la colección Sala Editorial, antes de que comenzase a publicar aquí en Extremadura. Luego vino el resto de sus libros, en poesía y en narrativa, y la reunión de muchos de sus escritos de carácter aforístico y de memoria personal en su «mamotreto fragmentario», como denominó a Razón de mudo (Editora Regional de Extremadura, 2008). Cuando murió Agustín Villar dejé escrito que debería propiciarse un homenaje civil y literario en Cáceres. Diez años después, supongo que puedo decir que sigo solo en el empeño y que aquello no fue una reacción en caliente, pues estoy convencido de que debería hacerse. ¿Quién podría hacerlo? Quien sepa bandearse entre las envidias y rencores, las desconfianzas y las disputas que surjan sobre las propuestas que en recuerdo de lo que merece la pena se hagan por aquí. Mientras tanto, converso con Agustín a través de su obra. Puedo preguntarle, tantos años después, cómo se siente cuando escribe: «El poeta sabe y desea el poema como una embriaguez consciente. Pero esa embriaguez se produce en los momentos de la captación, del encuentro entre lo observado y lo sentido, la recreación a través de la palabra. Es, por tanto, un estado previo al poema, que una vez logrado se independiza»; o qué me puede decir de la muerte. Y no dudar sobre en qué lugar voy a encontrar su respuesta entre lo mucho escrito. Insisto, como si fuese una conversación. ¿Qué digo?, como la conversación que es volver a leer a quien estuvo y ya no está charlando frente a uno. Una conversación íntima, además, cuando se trata de releer unos folios que me confió porque quería que yo los tuviese. ¿Para qué? —me pregunto. Para mí —me digo. Espero la benevolencia de quien lea esto por haber recordado tan desmañadamente a un escritor tan cercano en el décimo aniversario de su muerte.
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sábado, octubre 15, 2022
Antonio Sáenz de Miera
Me pone de buen ánimo leer a Rafael Reig por casi todas sus novelas. Estoy con la reciente El río de cenizas (Tusquets Editores, 2022), y tengo anotado lo de «Cuánto consuelo, cuánta esperanza repentina encontramos siempre en el buen humor y en la benevolencia hacia los demás» (pág. 72). Ojalá se lo apliquen tantos de los agriados que andan por ahí con afán de hacer daño. Leía esta tarde la novela y me acordé de Antonio Sáenz de Miera, porque hasta hace poco Rafael Reig tuvo una librería en Cercedilla, en la localidad de la sierra en la que nació mi amigo importante, con el que hablé cuando el novelista abrió el local hace unos años. Me acordé de él. Y esta misma tarde anoté entre mis asuntos pendientes llamar o escribir a Antonio Sáenz de Miera (¿Estará bien? Cuánto tiempo), por ver qué me podía decir de Reig y de su novela, si la había leído. El río de cenizas de Rafael Reig. Me acordé de Antonio. Alcé la mirada del libro y afuera me encontré con la fecha de su muerte: 25 de julio de 2021. Me pone de buen ánimo leer a Rafael Reig; pero hoy tengo una tristeza insoportable por su culpa. Por su culpa he leído una necrología de Juan Cruz sobre mi amigo que se publicó en las páginas de Madrid de El País y de la que no tuve noticia —por eso, por Madrid— hace más de un año; y ya sé por varios medios que Antonio murió sin enterarme. Le he dedicado a lo largo de estos años muchas entradas aquí, que cualquiera con paciencia podría leer en su orden, desde 2008, hasta un «Panorama matritense» de 2018, cuando coincidimos por buscarnos en la capital de la que volví ayer. No podría añadir ahora mucha más expresión de afecto que la que he mostrado por él durante ese tiempo. Abatido por la noticia, me pregunto por qué nadie me ha dicho nada. Porque yo no he sido nadie, me respondo. Pero se me ha muerto una persona muy querida, la única —por consiguiente— que habría podido darme la noticia de su muerte. Por eso, desde que lo he sabido, me he sentido tan solo y tan idiota. Por haberme enterado hoy, y sin despedirme. El personaje de la novela de Rafael Reig escribe en su cuaderno que hay que vivir como si cada día fuera el último de la vida de todos los demás (pág. 83), y, por su culpa, estoy de acuerdo; porque yo tenía que haber pensado en Antonio Sáenz de Miera antes de ese día de julio del año pasado, el día de su muerte. No me lo creo. No lo asimilo aún; después del tiempo que para mí son horas de un día como hoy. Qué tristeza siento. Y qué poco es haberle dedicado una tarde de mi vida y estas escasas letras. Tan a destiempo.
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jueves, octubre 13, 2022
Hergé
He visto la exposición del Círculo de Bellas Artes de Madrid (16,40 €) esta tarde y me he traído el catálogo editado (18 €). Me sitúo en la última de las tres clases de potenciales visitantes que enumera en su prólogo —«El misterio Hergé»— Julián Hernández: tintinófagos fundamentalistas, tintinófilos moderados y público en general. Por eso me ha sorprendido tanto saber de dónde viene el nombre con el que firmaba sus creaciones Georges Remi (1907-1983), que son las iniciales invertidas —er y ge—; pero ¿de dónde sale la hache?, se pregunta el prologuista, que dice que el «misterio Hergé va más allá de la hache en su nombre». También me ha sorprendido mucho conocer el proceso de composición de sus dibujos —que he compartido con mi hija Julia—, y que puede verse en varios de los acogedores y envolventes espacios de la exposición, espigada con declaraciones de Hergé al escritor y periodista Numa Sadoul en 1971. A este —sí tintinófilo— le habló de su dimensión como pintor abstracto, como una especie de evasión del universo figurativo de Tintín, que abandona en 1964: «El cómic es mi único medio de expresión. ¿Qué más tengo a mi disposición? ¿La pintura? Hay que dedicarle la vida entera. Y dado que solo tengo una vida (y ya tengo unos cuantos años), debo elegir entre la pintura o Tintín, ¡no puedo con ambos! No puedo ser un pintor de domingo a sábados por la tarde, ¡es imposible!» (pág. 15). Hay una buena representación en la muestra madrileña de aquellos cuadros y de su colección de arte (Warhol, Lichtenstein…). Nunca había leído tanto sobre la historia del personaje principal de Hergé, de su origen scout, y del de algunos de sus compañeros de viñetas como el Capitán Haddock, que aparece por primera vez en El cangrejo de las pinzas de oro (1941). En una tarde como la de hoy, uno ha podido demorarse sin ninguna apretura en cada uno de los sectores de esta exposición dividida en dos grandes salas —primera planta y planta baja—, en un itinerario o relato inverso como el de las iniciales del dibujante belga, pues concluye en el nacimiento de un mito y en los primeros años —con catorce ya publicó en Jamais Assez— de lo que sería una trayectoria universal. Es un paseo bien pensado que parte del expresivo rótulo «La grandeza del arte menor» y que en el catálogo se apoya en una introducción muy útil y documentada de Joan Manuel Soldevilla Albertí: «Las aventuras de Tintín y Hergé en España». Hasta finales de la década de los cincuenta no llegó con regularidad el Tintín que nació en las páginas de Le Petit Vingtième en 1929, y fue en los ochenta cuando aquí se vivió un boom en la difusión de las aventuras del personaje. Esta exposición corrobora su vigencia. Y su futuro, que he visto y he dejado de ver en la escena vivida en la inevitable tienda en la que he comprado el catálogo: un niño con uno de los álbumes de Tintín en la mano tiraba del borde de la camiseta de su padre suplicándole que se lo comprara; y el padre, de expresión adusta, solo quería llevarse una libreta de anillas. No sé en qué habrá quedado la cosa.
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lunes, octubre 10, 2022
Einaudi
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jueves, octubre 06, 2022
Arqueologías
Hoy se presenta en Badajoz, en la Librería Tusitala, el libro de poemas de Ada Salas Arqueologías (Pre-Textos, 2022). Acompañará a la autora el profesor y escritor Luis Sáez Delgado, director de la Editora Regional de Extremadura. Yo sigo admirado, después de varias lecturas desde este julio, con estas Arqueologías que han mantenido la altura de su anterior libro, Descendimiento (Pre-Textos, 2018). Algo de esta impresión me gustaría compartir mañana aquí en Cáceres, porque volveré a tener el privilegio de estar con Ada en la presentación de una de sus obras. Será en el Museo de Cáceres, a las 20:00 horas de este viernes 7 de octubre de 2022. Así, con la mención del año, no como viene siendo el uso de la cartelería efímera actual y de antaño. Porque en mi arqueología personal, me he encontrado con esta tarjeta que pongo abajo —y accedo al sustrato— de la presentación del primer libro de Ada Salas, Arte y memoria del inocente (1987), que fue, aunque no figure, en febrero de 1988. El jurado de aquel Premio Juan Manuel Rozas que obtuvo su Arte… lo presidió Guillermo Carnero, y formaron parte de él Jesús Cañas Murillo, Gregorio Torres Nebrera, Álvaro Valverde, Agustín Villar y José Luis Bernal Salgado, que fue su secretario. En aquella presentación estuvimos unos cuantos cuando éramos más jóvenes. Me permitirá Ada que difunda el acto de mañana buscando debajo de los papeles para recordar una pieza del pasado que nos hace presentes.
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miércoles, octubre 05, 2022
David Huerta
Me sorprendió ayer la noticia de la muerte del poeta mexicano David Huerta (1949) mientras escribía unos apuntes sobre un libro de teatro sostenido sobre un volumen que lleva en mi escritorio más de un mes y que comencé a leer por el final, por el «Discurso de aceptación del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances» que pronunció el poeta —sí, David Huerta— en Guadalajara (México) en noviembre de 2019. Gracias a Jordi Doce, editor de su poesía en la espléndida antología (1972-2020) El desprendimiento (Galaxia Gutenberg, 2021) —sí, el volumen—, estaba leyendo poemas de libros tan ignotos como El jardín de la luz (1972) o Cuaderno de noviembre (1976). Luminosas palabras las de Jordi Doce en su «Hay una llama viva» como introducción a una obra plural y diversa, sorprendente por lo que depara de poema en poema. Sobre ese volumen con sus versos reposaba hace nada mi brazo sin saber que David Huerta había muerto. Tampoco, cuando escuchaba en la mañana de ayer un responso dedicado al familiar de un amigo que el sacerdote llenó de unas metáforas que nos conturban siempre, a pesar de que estamos acostumbrados a leer la muerte en los textos de los poetas, y no escucharla de la boca de los predicadores: «El problema de un muerto / es su lugar en el pasado. […] Al muerto le preocupa ese lugar / que sólo podemos reconocer / en el momento en que la brisa murmurante / le da vuelta a la página o en el gesto / de los perros amarillos de la ciudad; / esos perros que buscan su lugar, sin encontrar / más que mendrugos de vida, instantes / de distracción y ojos abiertos, / minutos esmaltados / por una piedad irreflexiva». De Canciones de la vida común (México, K Editores, 2018), y los versos del poema de mismo título que en esta soberbia antología están en las páginas 301 y 302, y que continúa hasta «Fantasmas en los árboles» (pág. 303).
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martes, octubre 04, 2022
Trilcien
«Trilce se empezó a escribir en 1918; la mayor parte del libro fue escrita en 1919 y los últimos dos poemas en 1922. La edición príncipe, impresa en los Talleres de la Penitenciaría de Lima, fue de 200 ejemplares y empezó a circular en octubre de 1922. Constaba de 121 páginas de texto y XVI de prólogo, escrito por Antenor Orrego. Llevaba en la portada un retrato a lápiz de Vallejo debido a Víctor Morey. El precio fue de tres soles. La edición, de autor, le costó a Vallejo 150 soles». Transcribo estas palabras de la «Nota sobre esta edición» de Julio Ortega en la suya de Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra, que es una de las que utilizo por mayor estimación en mis clases, el espacio en el que he podido comprobar que la poesía difícil llega a jóvenes que comprenden la dimensión de un poeta tan grande. Es posible que algunas de mis alumnas simulen y me digan lo que quiero escuchar cuando les pregunto y me responden que el hermetismo de Vallejo en Trilce es deslumbrante. Creo que no, que algo con garra les ha llegado. Salvando las distancias, hace poco me saludó una alumna del pasado curso y me dijo que había releído en verano una de las obras de la asignatura de la que ya se examinó y aprobó con buena nota. Era del siglo XVIII; lo que también resulta deslumbrante. Si mis alumnas se esfuerzan con los versos del de Santiago de Chuco para ganarme, yo estoy contento. Igual que cuando leo a alguien importante que habla de Trilce y de Vallejo. Uno siempre encuentra ecos en los medios de lo que íntimamente le interesa. No hace mucho, Sergio Ramírez en un artículo en El País escribió cosas tan ciertas como que César Vallejo fue un «adelantado que descoyuntaba las palabras, trastocaba la sintaxis, creaba neologismos, convertía los verbos en sustantivos, despellejaba el lenguaje hasta dejarlo en carne viva, porque su propósito no era espantar a los incautos con novedades provocadoras, un simple juego pirotécnico donde lo que importara fuera el artificio, sino calcar sus amargas experiencias de vida, la soledad y el sufrimiento. Un espejo oscuro en el que cada uno llegara a encontrar su propia claridad, y con el que revelaba la pesadumbre de la intimidad: la muerte reciente de su madre; una pena amorosa que pareciera de letra de bolero, porque su amada se alejaba de él, enferma de tuberculosis; la injusticia de la cárcel que no hacía sino revelar la injusticia social de un país estructuralmente injusto». Cien años y muchas maneras de acercarse a la lectura de un libro así. Tan incierto al salir hace un siglo y tan imponente hoy. «Si lloviera esta noche, retiraríame / de aquí a mil años. / Mejor a cien no más. / Como si nada hubiese ocurrido, haría / la cuenta de que vengo todavía» (XXXIII).
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miércoles, septiembre 28, 2022
Cáceres de novela (IV)
En ocasiones los libros aparecen como esa persona en la que estabas pensando y que encuentras en la calle, de camino a un recado que pospones para tomar un café, y que te altera dichosamente buena parte del día. Con los libros pasa. Basta que estés buscando unas palabras para un texto o unas flores para regalar y que estén en las páginas que han caído en tus manos. Apuntas las palabras y las flores; te abandonas a la lectura y dejas para más tarde lo que habías dispuesto al comenzar el día: escribir unas palabras y enviar unas flores. Me ha ocurrido hace nada, cuando culminaba aquello sobre esas novelas en que, por capricho o por fervor, la ciudad de Cáceres ha sido escenario de ficción. Recibí este libro de Carlos Romero Rey, Capital de provincia (Bilbao, Caniche Editorial, 2021), porque el año pasado fue beneficiario de una de las ayudas a la edición convocadas por la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura. De pronto, después de unas semanas dedicado a rematar un trabajo que recompone muchas notas tomadas durante unos cuantos años, aparece algo que alude al mismo objeto que me ha ocupado en ese tiempo. Y no es una novela. Es un libro bien editado y bien escrito que, además, tiene una pulsión narrativa muy interesante, estimulada por ser cacereño el autor, y que no puede estar junto a los textos literarios que he recabado —una treintena—; pero que debe figurar en una modesta contribución sobre la ciudad como escenario literario. Carlos Romero Rey (Cáceres, 1973) propone un ensayo no académico y sí muy personal y sentimental, sin alejarse del rigor y el conocimiento del urbanismo, sobre la ciudad de Cáceres y su entorno, su situación periférica y su rango de capital de provincia. Me ganó al leer en las páginas de introducción a los veintiún capítulos del libro que es un «análisis que no puedo desligar de mi propia subjetividad ni de un lugar preciso, Cáceres, la ciudad donde nací, en la que he vivido una parte importante de mi vida y a la que vuelvo de manera recurrente. Cáceres, como pequeña capital de provincia, como ciudad periférica de una región también periférica, me parece un laboratorio perfecto para ilustrar situaciones y lanzar preguntas que puedan tener un alcance global y que puedan generar una identificación con otros muchos contextos» (pág. 11). Me ganó también al rematar ese prefacio con esto: «Ser de provincias ha dejado de ser una desventaja para convertirse un puesto de observación y reflexión inmejorable sobre el mundo» (pág. 15). Carlos Romero Rey, doctor en Derecho y magistrado, ilustra situaciones y hace preguntas y propuestas a lo largo de las casi ciento cincuenta páginas que llevan insertadas con mucha pertinencia una treintena de fotografías en blanco y negro de los lugares del pasado y del presente que son revividos en ellas. Son muchos: La Madrila —en la que creció el autor—, el Parque del Príncipe, la plaza de Caldereros y el Palacio de la Generala cuando estuvo allí la Facultad de Derecho en la que estudió, el Hospital Provincial, el Cine Astoria, el antiguo Hotel Extremadura… Los recorre Carlos Romero para pensar y hacernos pensar en asuntos tan globales como lograr que nuestras ciudades sean más habitables; pero sus planteamientos tan de sentido común se los trae aquí, a los elementos patrimoniales que desaparecieron como el Cine Astoria o el sanatorio San José, o los que han llegado sin demoler nada como el Hotel Atrio o el Museo Helga de Alvear; a la recomposición urbanística del cerramiento o acristalamiento de muchas viviendas —en el capítulo «Carcel de oro»—; o a las posibilidades que pueda tener una mole tan céntrica como el Hospital Provincial. «La cantera» es un capítulo crítico, que merece leerse; que deberían leer los responsables de la planificación urbanística de la ciudad, que ya no tiene remedio, en decisiones —cuestionadas por Romero Rey— como la de despoblar el centro de la ciudad de sus estudiantes, cuya única vida común intercentros es un autobús atestado («Estar fuera, pero dentro» se titula ese capítulo). He disfrutado con la lectura de este libro que me ha sacado de lo que hago y me ha devuelto a lo que hacía. Ya todo se recompone con esta intención escrita de reutilizar, reciclar, rehabilitar, reinventar, como dice el autor de Ciudad de provincia, un espacio para hacerlo más vivible de lo que es.
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domingo, septiembre 25, 2022
Alicia Lázaro
Anoche, ya de madrugada, leí un correo electrónico de Ana Zamora (Nao d’amores), ya de vuelta en España de su representación de la Numancia de Cervantes en Los Ángeles (California), en el que me daba la noticia de la muerte de la musicóloga Ana Lázaro (Jaca, 1952), directora musical de la compañía de Ana Zamora desde su creación. Hoy me ha dado más detalles y he sabido que falleció el pasado domingo 18 de septiembre, prácticamente mientras su grupo mostraba sobre las tablas su trabajo al público americano, cuyos arreglos y dirección musical han sido de Alicia Lázaro. He tomado la fotografía de arriba de la página de la revista Scherzo, en la que Eduardo Torrico escribe una necrología que resume su vastísimo y extraordinario currículum como instrumentista —vihuela, laúd y guitarra barroca— e investigadora de la música española del Renacimiento y el Barroco, y da un dato que yo no conocía: que sus hermanos regentaron el café «La Fídula» en la calle Huertas de Madrid, que uno frecuentó cuando pasaba por Madrid a finales de los ochenta del siglo pasado. Era titulada por el Conservatorio Superior de Música de Ginebra, y había estudiado en la Schola Cantorum Basiliensis con los profesores Eugen M. Dombois y Hopkinson Smith, y de esa etapa Torrico cuenta también que allí «conoció a Jordi Savall y a Monserrat Figueras. En cierta ocasión, ella misma me confesó que había trabajado esporádicamente como choferesa de Savall y como niñera de sus hijos, Ariadna y Ferran, para poder financiarse los estudios en Suiza». Genial. Fueron numerosos sus conciertos y direcciones de programas dedicados a la música española de los siglos XVI y XVII por muchos países de Europa y de América. Por su imponente trayectoria como directora musical de espectáculos teatrales, vino a Cáceres en junio de 2010, para participar en el Curso de Verano de la UEX «Lecciones de Teatro Clásico. Teatro y música», junto a Ana Zamora, con una ponencia titulada «Nao d’amores: música y acción dramática en la puesta en escena del teatro prebarroco». Ya llevaba casi diez años dirigiendo la música de montajes de esa compañía (La Metamorfosea, Auto de la Sibila Casandra, Auto de los Cuatro Tiempos, Misterio del Cristo de los Gascones, Auto de los Reyes Magos, y luego, Danza de la Muerte, Farsas y églogas de Lucas Fernández, Nise, la tragedia de Inés de Castro… o la tan reciente Numancia), y cinco colaborando con la Compañía Nacional de Teatro Clásico (Romances del Cid, Manos blancas no ofenden, De cuando acá nos vino, y luego Un bobo hace ciento y otros). Fue la directora desde 1997 de la Sección de Investigación Musical de la Fundación Don Juan de Borbón en Segovia, y la Capilla de Música Jerónimo de Carrión. Ambas, Ana y Alicia, volvieron unos años después a Cáceres para participar en una mesa redonda «En torno a Lucas Fernández y su actualidad escénica», que organizamos en la antigua sede de la Biblioteca Zamora Vicente, con motivo de la representación de Farsas y Églogas de Lucas Fernández, coproducción de Nao d´amores y la CNTC, en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres en junio de 2012. A esa tarde en la que hablamos de teatro, de música y de filología pertenece la foto de abajo, en la que está Alicia Lázaro entre nuestro compañero Antonio Salvador Plans, Catedrático de Historia de la Lengua Española, y Ana Zamora; esa tarde en la que este moderador tanto aprendió de ellos. Justa y emocionada honra a Alicia Lázaro, que nos daba consuelo con sus melodías. Con su sabiduría.
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jueves, septiembre 22, 2022
Recobrada memoria
Se junta todo. Se juntan todos. Carlos Medrano presenta hoy, en unas horas, en Don Benito, su libro Entorno claro (Editora Regional de Extremadura, 2021). En el mismo acto, José Miguel Santiago Castelo será recordado por aquel Aire por aire. A Santiago Castelo (Don Benito, Vberitas, 2015), que se publicó en homenaje sentido por amigos poetas al cuidado del exquisito Juan Ricardo Montaña. Y también, allí mismo, se hará un recuerdo de Ángel Campos Pámpano, nuevamente, al que Carlos Medrano, que anima la memoria de los amigos que se fueron, ha querido homenajear con ese magnífico volumen (Recobrada memoria. A Ángel Campos Pámpano. Don Benito, Vberitas, 2022) que también y tan bien reseñó otro poeta amigo, Álvaro Valverde, y que con el mismo mimo ha cuidado Juan Ricardo, junto con una nueva y magnífica edición de Materia del olvido, aquella reducida plaquette que publicó Antonio Gómez en su colección «Arco iris» en 1985. Hoy se junta todo. Se juntan todos. Nos juntamos, porque quiero estar para ver a Carlos Medrano, que es el protagonista de un encuentro memorable con la poesía y con la amistad. Con la que nos une a los que estamos, con la que nos unió tanto también con los ausentes. Como para que alguien niegue que nos vemos a diario.
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lunes, septiembre 19, 2022
Exequias
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martes, septiembre 13, 2022
Notas para Javier Marías
Nota 1. Murió el domingo. La noticia me la dio Álvaro Valverde después de un guiño afectuoso por el concierto de Ludovico Einaudi en Mérida el próximo sábado 24 del mes en curso. (Hace muchos meses que Pedro, mi hijo, compró dos entradas para ir juntos y repetir mejor la experiencia de escucharlo). Fue un impacto conocer la muerte de Javier Marías, que también me llegó por una profesora amiga luego y por otras vías. No sabía que estaba enfermo. Creía que había parado por las vacaciones la publicación de sus columnas en El País Semanal. Nota 2. Leí ayer la que estaba inédita, sobre los traductores. «—Muy buena» —me dijo por la mañana mi compañera Pilar Montero, que coincidió con él en Alemania. No la he compartido con mi hijo porque he supuesto que ya la habrá leído y que será viral entre los graduados en Traducción e Interpretación y entre el medio de los traductores literarios. Nota 3. Ocurre por ley de vida y de improviso radical injusto también. No sé cuántas páginas de papel prensa tendré guardadas —y localizadas, sí— que recogen la noticia y las colaboraciones necrológicas sobre la muerte de un autor eminente. Por aquí andan las que se publicaron sobre Vicente Aleixandre (1984), Juan Benet (1993), Adolfo Bioy Casares (1999), Rafael Alberti (1999), Camilo José Cela (2002), Ángel Campos Pámpano (2008), Gabriel García Márquez (2014), José Miguel Santiago Castelo (2015), Juan Goytisolo (2017), Antonio Fraguas «Forges» (2018), Julián Rodríguez (2019), Juan Marsé (2020)…, entre tantos y en estricto orden cronológico, que es lo que impone esta situación que incluye ahora a Javier Marías (2022) en mi humilde panteón de papeles, que es donde se reencarna cualquier escritor. (Que nos lo digan a los profesores de literatura). Nota 4. «A mi señor padre, el primer escritor que vi», tituló Marías un artículo publicado el Día del Libro y de San Jorge de 1999 en la página de Opinión (15) de El País que tengo guardado desde entonces. Ahora, junto a aquellas páginas que han dado noticia de su muerte. Incluidas las de hoy mismo, martes y trece. Nota 5. Me acuerdo de Elías Moro y de que el 6 de septiembre de 2010, en la entrega de los Premios Extremadura a la Creación en el Teatro López de Ayala, con el premiado José Antonio Zambrano, me regaló su ejemplar de la primera edición de Travesía del horizonte (1972) —en la foto de arriba—, la segunda obra de Javier Marías, cuya nota biográfica decía: «Javier Marías tiene 21 años y nació en Madrid, ciudad donde reside y en cuya Universidad cursa estudios de Filosofía y Letras». Nota 6. Hace muchos años intenté sin éxito traer a Cáceres al autor de Tomás Nevinson (2021) —aquí, todavía sin leer—, y mi primera llamada telefónica recibió la respuesta automática de un contestador: «Esta voz está de viaje. Deje su mensaje después de la señal». Dejé mi mensaje y luego no pudo ser. Creo que fue Luciano Feria quien me facilitó su contacto, pues él sí consiguió que fuese al Instituto «Suárez de Figueroa» de Zafra años antes. Luego, con motivo de la entrega del XIII Premio Dulce Chacón, volvió a finales de 2018 para recogerlo, y aquello, me contaron, fue muy gratificante. Me quedé sin conocerlo. Nota 7. Sin conocer a un escritor inmenso, muy leído, y muy contestado de manera muy encendida por fieros y elevados lectores que difundían la especie de que Javier Marías tenía éxito en países como Alemania porque la traducción mejoraba su sintaxis. Contra esa especie ha escrito hoy Manuel Vilas en El País. Me quedo con muchas de sus páginas. Queda en todas sus páginas. Nota 8 y última. «No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido.» Es el principio de la primera parte (Fiebre y lanza) de Tu rostro mañana (2002).
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jueves, septiembre 08, 2022
Cádiz y Azúa
No es corriente encontrarse en la prensa diaria referencias a algún texto o estudio que tenga tanta relación con lo que uno está; sobre todo, si se trata de algo de hace más de doscientos años. Yo, cuando ocurre, siempre lo celebro; pues se multiplica la difusión de una obra, constreñida por su naturaleza a un ámbito reducido, solo por ser citada por alguien que tiene muchos lectores o que escribe en un medio muy difundido. Ha sido el caso de una columna de opinión de uno de los escritores colaboradores del periódico que leo en papel todos los días, Félix de Azúa: «Los orígenes» es el título, y se publicó este martes en El País. Evocaba Azúa los convulsos años del Cádiz de las Cortes en los que cuajaron dos Españas que desgraciadamente han pervivido muchos años helándonos los corazones. Intuyo que el asunto de su texto está motivado por su conocimiento sobrevenido de varias novedades editoriales que tratan esa época: la antología, que no es ninguna novedad, Andalucía: cinco miradas críticas y una divagación (Fundación José Manuel Lara, 2003), con textos de Clarín, Azorín, Eugenio Noel, Ortega y Gasset, Luis Cernuda y Juan Gil-Albert, redifundidos así hace años en edición de Alberto González Troyano; la edición del Diccionario razonado, manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España…, de quizá Justo Pastor Pérez Santesteban que ha preparado (Renacimiento, 2021) la profesora de la Universidad de Cádiz Marieta Cantos Casenave; y la edición del Diccionario crítico-burlesco del que se titula Diccionario razonado… (Ediciones Trea, 2022), de Bartolomé José Gallardo, al cuidado de Alberto Romero Ferrer y Daniel Muñoz Sempere, también profesores de la Universidad de Cádiz. Todavía no tengo —me está llegando— la muy esperada edición del Diccionario del extremeño Gallardo; pero sí tuve durante muchas semanas en mi escritorio la del Diccionario razonado del antipático —si fue solo uno— Justo Pastor Pérez Santesteban al que respondió Gallardo con su brillantez crítica y burlesca. La leí y escribí una reseña que se publicará en el volumen de este año de los Cuadernos Dieciochistas de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII. Por todo, me alegro de que un periódico de tanta difusión como El País publique noticias u opiniones sobre textos que nos ocupan y entretienen a aquellos que nos dedicamos a difundir la historia literaria y política de épocas tan estimulantes para el estudio. En el Diccionario razonado y tan irracional de Justo Pastor Pérez, una de las palabras más citada es «filósofo», como sinónimo de barbón, de pisaverde, de cómico o farsante, de charlatán, de enemigo de las verdaderas luces, de aquel hombre que nunca pudo llegar «a estudiar las facultades mayores» (sic). De liberal se dice que es «todo lo que se dirige a quitar las trabas a los hombres». De la Razón que es un brindis «filosófico de un espíritu fuerte de opio que embriaga y adormece a unos y enfurece a otros». Gallardo respondió —sin saber a quién— a un retrógrado como Pérez Santesteban que decía que la Inquisición era un tribunal que debería conservarse para preservar el orden y los buenos principios. Al llegar al final de la columna de Azúa me acordé de esos azulejos que uno puede ver en algunos bares de este maravilloso país: «Hoy hace un día estupendo. Verás como entra alguien y nos lo jode». Yo estaba entusiasmado con que el autor de Cepo para nutria —siempre me gustó este título— y tanta obra más —aquel Diario de un hombre humillado, o su Diccionario de las artes— aludiese a unos libros tan cercanos y de autores que conozco; y leí con mucho interés que Azúa reiterase una verdad como que el tremendo final de los ilustrados, los afrancesados y los liberales «retrasó la modernización del país por lo menos un siglo». A eso llegaba uno cuando leyó las referencias a las obras ya conocidas que tanto celebro que sean citadas en un medio de tanta difusión; pero, sorprendentemente, Azúa concluía su texto comparando aquellos enfrentamientos entre liberales y absolutistas en las Cortes de Cádiz, en el contexto de la publicación de aquellas obras que fomentaban el odio como el Diccionario razonado, con la situación actual, como si no hubiese diferencias, pues decía: «Habría que ver dónde y bajo qué siglas caen hoy unos y otros. No es obvio». ¿Que no es obvio? Por favor… Que alguien no tenga certeza sobre esto es de un preocupante daltonismo intelectual y es una desgracia que inquieta.
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domingo, septiembre 04, 2022
Jardín privado compartido
Teníamos que retirarnos hasta un rincón de la casa desde donde él no se apercibiese de nuestra presencia cuando entrara. Yolanda lo había preparado todo para que llegase a Trujillo convencido de que iba a tener una reunión con sus amigos suizos de Grandson —el diseñador Jorge Cañete y su compañero Christophe Berdat— para preparar la exposición trujillana de Extemamour de noviembre. Nos apostamos en una preciosa terraza con vistas que mostraba en el muro esos primeros versos del poema «Mi jardín» de la fotografía de arriba. Es uno de los poemas de El cuarto del siroco (Tusquets, 2018), publicado poco antes de que Álvaro Valverde, el protagonista de ayer, me dijese que había enviado otro libro inédito a su editorial. Era el Cuaderno de Sofía, del que conocimos los textos que se publicaron en la revista Sibila en 2018 y otros dos que el propio Álvaro también publicó en su blog con sendas traducciones al búlgaro de la poeta y profesora Zhivka Baltadzhieva. Deshecha la sorpresa; ayer, ya caída la tarde, ante Yolanda, su hija Leticia y su amigo Carlos, con Fátima Beltrán y Juan Ramón Santos, y nuestros anfitriones Christophe y Jorge, Álvaro Valverde nos leyó entero su inédito Cuaderno suizo, que formará parte de su libro futuro en Tusquets Sobre el azar del mapa y que reunirá los dos cuadernos con ese nuevo título que proviene de uno de los poemas de Territorio (1985), su primer libro, con el que echó a andar su brillantísima obra poética. Gracias a la complicidad de (Y) quien lleva casi toda su vida con Álvaro, gocé de un lugar privilegiado y de una compañía selecta, de la emocionante lectura de los versos no conocidos de un amigo que es hoy una eminencia en la poesía española contemporánea; de conocer en directo versos que aludían al entorno que nos acogía, un patio con un olivo centenario, un ciprés discreto y un jazmín efusivo en su aroma cuando ya era de noche y nos despedíamos. Un entorno ya visto en aquel poema sobre un jardín de todos en el que alguien decidió escoger unos árboles, unos arbustos y plantas «para dar forma propia al paraíso», como yo mismo vi ayer. J. y C. nos acompañaron hasta los coches —abajo— por la Cuesta de San Andrés. Los había conocido hacía tres horas; pero el lugar, la compañía, la conversación, la complicidad, los gustos intuidos y hasta los fuegos artificiales de las fiestas de la Victoria que habíamos compartido pusieron un afecto tan especial en la despedida como si nos conociésemos desde antiguo. Por esto me ha apetecido escribir este encuentro poético tan memorable. Gracias a Yolanda. Gracias a personas tan hospitalarias como Jorge y Christophe. Con Álvaro Valverde, nuevamente.
P. S.: habría sido fácil cortar de las fotografías un botellín de cerveza ajeno al que en ese momento leía sus poemas; pero la escena habría perdido lo esencial de su entorno, la parte del jardín, la escalera que lleva a la terraza, las piernas y las manos de Christophe —a mi lado—, la piscina y el interior de la casa desde el patio. Aquí quedan, con la complicidad de Y.
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jueves, septiembre 01, 2022
Hernán Cortés, 35
Donoso y emocionante escrutinio de algunos de los libros y papeles de Ángel Campos Pámpano (1957-2008) que aún quedaban en su domicilio familiar en San Vicente de Alcántara, en la casa de Paula Pámpano, su madre, que falleció en abril de 2001 y a quien dedicó su libro de poemas La semilla en la nieve (2004). La casa en la que nació el poeta ha pasado ya a otros propietarios, y su familia —este verano— y algunos de sus amigos —hoy mismo— hemos ayudado a desocuparla y buscar sitio a un material que incluye centenares de periódicos y suplementos culturales, recortes de prensa, decenas y decenas de revistas literarias —Cuadernos hispanoamericanos, Revista de Occidente, Syntaxis, Fin de Siglo, El Ciervo, Ínsula…—, entre las que se encuentran las que el propio Ángel editó —hay numerosos ejemplares de diferentes números de Espacio/Espaço Escrito, aunque no dan para completar la colección de los veintiocho que se publicaron. Hay apuntes de sus años salmantinos de estudiante, y me he traído como recuerdo la papeleta de la nota de Lingüística Románica de 5º («Aprobado» en junio de 1980), y hay otros folios añejos que supongo sirvieron para sus clases ya en los institutos en los que estuvo. Hay dos copias mecanografiadas de la traducción de las Odas de Ricardo Reis que publicó en Balneario Escrito con prólogo de Gonzalo Torrente Ballester, a quien dejó esta nota manuscrita que tengo: «Ahí le dejo las Odas de Ricardo Reis, espero que le agraden y pueda escribir, sin compromiso alguno, unas palabras liminares de presentación (2 ó 3 folios). Le telefonearé el martes próximo. Agradecido. Ángel Campos». Vaya que si las escribió, sí; y estuvo don Gonzalo en la presentación de la edición en el bar-café Alcaraván de Salamanca en diciembre de 1980. Escribo ahora y redoblo el entusiasmo de esta mañana mientras toqueteaba papeles y libros junto a dos tan grandes amigos de Ángel como Luis Arroyo —que llevó unos menudillos de Navalvillar de Pela— y José Juan Cuño. Y doy noticia de lo que he visto y me he traído para que el que guste me pida cuentas. Para que sus hijas sepan que tengo un ejemplar del libro de José Antonio Maravall, Teatro y literatura en la sociedad barroca (Madrid, Seminarios y Ediciones, S.A., 1972) en el que su padre escribió, como en otros tantos libros que compraba: «para mi uso, mi abuso e incluso mi desuso». Lástima ahora que testimoniemos su desuso. Para que Elías Moro —que ya lo sabe— sepa que tengo un libro temprano de poemas inéditos —muy malos, dice él— que tituló Cuerpos en una playa, o para que a Gonzalo Hidalgo Bayal —que no sabe nada— le conste que en mi casa está desde hoy el mecanoscrito de su primera novela, Mísera fue, señora, la osadía. A su disposición. A Tomás Sánchez Santiago tengo que escribirle para decirle que he encontrado esta mañana una postal que envió a Ángel desde Algeciras cuando debió de empezar a dar clases en algún instituto de allí. Y a Ángel, desafortunadamente, no puedo decir nada. Pero puedo pensarle, y afirmar que he tenido la satisfacción de disfrutar un poco de él, de compartir documentos familiares como el original del libro que presentó Juan Manuel Rozas, con el lema «Ulysses-Joyce», al Premio «Residencia» para que le leyese un grupo de personas cercanas antes de publicar su primer poemario, De la consolación y de sus dioses (1984); o los folios que sirvieron para una memorable lectura poética en Zafra en la «Semana de la Poesía» (1983) en la que intervinieron Ángel, Basilio Sánchez, Luciano Feria, Álvaro Valverde, José Antonio Zambrano y Joaquín Calvo Flores. Me ha emocionado encontrar esos folios que sé que están también en casa de mi hermano en Zafra. Vaya mañana llena de papeles, de recuerdos y emociones. Muchos libros también, los que fueron del estudiante de la Universidad de Salamanca que volvía al pueblo a finales de cada curso —la Crestomatía del español medieval de Ramón Menéndez Pidal, los Ensayos de lingüística general de Roman Jakobson…—, y que compraba en librerías amigas como Hydria; los del lector, del profesor, los del traductor…: en marzo de 1986 José Bento le dedica su monumental Antologia da Poesia Espanhola Contemporanea (Lisboa, Assirio e Alvim, 1985) deseándole que no desistiese en la batahla perdida (?) de aproximar a España y Portugal; y de 1987 es un volumen de Ensaio de uma despedida, una antología de textos de Francisco Brines traducidos por Bento y con prólogo de José Olivio Jiménez, que el portugués dedica a Ángel en enero de 1989, dedicatoria a la que se suma el mismísimo Brines con un abrazo. Con libros así logro recomponer algunos de los momentos de la biografía de Ángel Campos Pámpano, que luego llevaría a Brines al Aula Díez-Canedo, y a Bento, que presentó a Valente cuando leyó sus poemas en ese foro en abril de 1993. Me lo he pasado tan bien con Ángel que he leído a mis amigos algunos de mis hallazgos mientras rebuscaba. Por ejemplo, la copia a calca de un informe mecanoscrito que Ángel hizo en el verano de 1985 sobre un libro de poemas: «Los buenos propósitos no son siempre buenos consejeros para escribir como Dios manda. Para hacer poesía se debe respetar, al menos, la ortografía, y, si es posible, no «faltar contra la métrica», no «vulnerar la prosodia» ni «trabucar la gramática». Difícilmente el autor de este libro se atiene a estas prudentes consideraciones. […] Excesivos errores para un libro tan breve». Otra pieza que me llevé esta mañana: Poesía y reflexión. La palabra en el tiempo, aquel libro de Manuel Ballestero (Taurus, 1980), que también tenía Ángel, comprado «un mal día de marzo de 1982», según dejó escrito en su ejemplar con su letra tan reconocible. Podría seguir. Debería seguir. La familia de Ángel Campos Pámpano y sus amigas y amigos nos valemos de sobra para preservar lo que todavía queda de su biblioteca; pero no vendría mal que un centro educativo como el Instituto de Educación Secundaria «Joaquín Sama» de San Vicente de Alcántara, o la Biblioteca Pública, la Casa de la Cultura que lleva el nombre del poeta y traductor, o la Biblioteca de Extremadura que podría reclamar un espacio «Ángel Campos Pámpano», reaccionasen para poner al alcance de quien lo desee este fondo diverso y singular por estar marcado con los apetitos literarios de alguien tan especial, que tanto hizo para que los demás leyésemos. Llevo así todo el día, por razón de sus libros y papeles, tan cercano a lo que importa.
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, septiembre 01, 2022 9 comentarios
martes, agosto 30, 2022
Aerolitos completos
Supe de la existencia de esta edición gracias a la reseña que Jordi Doce le dedicó en el número 26 del 8 de julio de La Lectura, y quise hacerme de inmediato con el volumen, que completa estas creaciones —más de dos millares de «mínimas» u «ocurrencias»— del escritor gaditano (1923-2010) con 254 textos inéditos: Carlos Edmundo de Ory, Aerolitos completos. Prólogo e Ignacio F. Garmendia. Edición de Carmen Sánchez y Laure Lachéroy. Cádiz, Firmamento Editores, 2022. Algunas podían leerse en la imponente antología poética de Jaume Pont en Galaxia Gutenberg Música de lobo (2003), y exentas en Los aerolitos de Calambur (2005 y 2011) y las editadas por un oryano como José Ramón Ripoll en La Isla de Siltolá en 2019, entre otros lugares. Pero bien, por el momento, estos son los aerolitos completos de Ory, desde «Sin previo silencio las palabras no suenan» (pág. 31) hasta «Las palabras marchan hacia el silencio» (pág. 238), un principio y un final que ponen de manifiesto la opción de las editoras de ofrecer una «coherencia orgánica del conjunto» que uno no sabe si era la del autor. Descartada una ordenación cronológica —«elección más propia para una edición crítica, destinada a los filólogos» (sic), en palabras del prologuista Ignacio F. Garmendia, que hace que me sienta un rarito—, se hace edición, y, aunque se pretenda lo contrario, hay un «afán de sistematicidad» en cualquier propuesta así que se precie. De hecho, los inéditos se ponen en sección aparte. Creo que llegué solo a Carlos Edmundo de Ory y al postismo como movimiento de vanguardia de la posguerra española. Quiero decir que no recuerdo haber escuchado a ninguno de mis profesores nada sobre aquello, que sí conocí gracias a la antología Poesía española contemporánea (1939-1980), de Fanny Rubio y José Luis Falcó (Alhambra, 1981), que me compré en Zafra en mi verano de veinte años. Ahí conocí un poquito de la vanguardia desde 1939 y lo de la revista Postismo (1945), y los nombres de Eduardo Chicharro (1905-1969) y poemas de Carlos Edmundo de Ory como «El rey de las ruinas», «Poema escrito con el torso desnudo» o «Serenata». Lástima que el centenario del nacimiento de Ory el próximo año pueda verse solapado por el de mi madre. Vivía Ory cuando me traje de Cádiz una edición feúcha de su Poesía primera (1940-1942), que editó la gaditana Fundación Municipal de Cultura a finales de los ochenta, y una muy interesante compilación de artículos bajo el título de Iconografías y estelas que sacó el Servicio de Publicaciones de la Diputación de Cádiz en 1991, con una nota previa del propio «Alado Carlos Edmundo», que es como titula su prólogo Ignacio F. Garmendia, que tarda tan solo dos páginas y pico en decir que «los aerolitos de Ory […] son algo más que aforismos», que es lo que hay que decir, en realidad, si uno no quiere pararse en el ingenio sin genio («Errare divinum est») ni en calambures («¿Por qué te vas a Tebas?»), y celebrar la publicación de esta ventanita a una obra mayor como la de este personaje. Es tanto y tan diverso lo que uno puede encontrar en estos Aerolitos completos, que, como dice Jordi Doce, a quien debo esta lectura, no «hay página de la que el lector no salga con una sonrisa, pensativo o maravillado ante el don oryano para el relámpago verbal y la sorpresa feliz. Es como si nuestro poeta fuera capaz de convertir en ‘aerolito’ todo lo que toca y piensa y escribe». Otra lectura recomendable. «Sbrenica, julio 1995: milicianos serbios fuerzan a una madre para que beba la sangre de su hijo de dieciocho años degollado bajo sus ojos (de la prensa)» (pág. 191). En fin…
Publicado por Miguel A. Lama en martes, agosto 30, 2022 0 comentarios