domingo, febrero 27, 2022

Guerra y tanques

Será síntoma de la incapacidad de abstraerse de este ambiente terrible por lo que sucede lejos de aquí —o cerca, quién sabe. «Ucrania planta cara a Putin» titula a toda plana hoy El País sobre una fotografía de un niño aupado por su madre a la ventanilla de un tren en el que huyen de Kiev hacia la frontera con Polonia. El otro día tratamos en clase algunos poemas del libro de guerra de César Vallejo, España, aparta de mí este cáliz (1939), con los que dejamos cerrada la lectura de la obra del poeta peruano de Santiago de Chuco. Nos paramos en el sobrecogedor «Masa»; pero también en el extenso «Himno a los voluntarios de la República», por algunas referencias históricas y literarias. Vallejo menciona en su poema a Coll («el paladín en cuyo asalto cartesiano/tuvo un sudor de nube el paso llano»), el mallorquín Antonio Coll, el «cazador de tanques» —destruyó con granadas de mano varios blindados durante la defensa de Madrid en noviembre de 1936—, un militante de las juventudes de Esquerra Republicana voluntario de las Milicias Populares al comenzar la Guerra Civil; y cuyas acciones individuales contra los inexpugnables tanques que le dieron fama me recordaron algunas imágenes de películas bélicas. Pero ese día no puse en pie una que recordaba haber visto hacía algunos años. Fue antes de que Rusia lanzase su ofensiva contra Ucrania, y ayer, por una columna de Jacinto Antón en El País, «Guerra de tanques en la sala de exposiciones», en la que reseñaba la exposición Brothers in Arms en el National Army Museum de Londres (Chelsea), di con la referencia precisa que yo quería recordar. La película Corazones de acero, dirigida por David Ayer en 2014 con Brad Pitt como protagonista. Espero que ya no se me olvide ampliar mi nota al pie sobre Coll en el poema de Vallejo con la alusión a la escena en la que un soldado alemán logra colar dos granadas en el interior de un Sherman M4A3E8 llamado «Fury», que fue el título original de aquella película. En otra ocasión comentaré los versos «(Todo acto o voz genial viene del pueblo/y va hacia él, de frente o transmitidos/por incesantes briznas, por el humo rosado/de amargas contraseñas sin fortuna)». De alguien que representa a todos aquellos que aún tienen vigentes sus creencias personales, Vallejo.

sábado, febrero 26, 2022

Diarios de Zweig

Dejo lo que estoy leyendo y encuentro este hueco para escribir sobre un libro —los Diarios de Stefan Zweig— que me regaló por mi cumpleaños M. Lo abordé por los tramos en que está compuesta la magnífica edición de Knut Beck, con el prefacio de Mauricio Wiesenthal («Memorial Zweig») y la traducción de Teresa Ruiz Rosas (Barcelona, Acantilado, 2021): el diario de septiembre de 1912 a la primavera de 1914, luego el de los dos primeros años de la Gran Guerra (1914 y 1915), y a continuación su estadía en Suiza con una licencia del servicio militar hasta justo el final de esa guerra en noviembre de 1918 que percibió, en lugar de con alegría, con «esta inquietud sofocante, el horror ante todo lo que se avecina» (pág. 381), sobre lo que insistió en su última anotación de ese tramo: «Ya han pasado tantas cosas y quedan tantas por pasar… Uno ya no da más de sí. Al menos yo consumo la mitad de mis fuerzas pensando en los espantosos escenarios que se avecinan, en que el odio entre clases y estamentos inundará el mundo» (pág. 382). Después, el volumen sigue con las anotaciones de diario de los primeros años treinta, con los apuntes de Nueva York, sus viajes a Londres (1935) o a Brasil (1936), llenos de señales de fascinación. Todo acaba en otro desastre, la Segunda Guerra Mundial, con los cuadernos de 1939 y 1940, en los que es cronista de la tragedia desde la ciudad inglesa de Bath, desde donde anota las penalidades de Freud, ya muy enfermo, y su muerte, junto a su lamento por una situación en la que «están en juego acontecimientos de un alcance impredecible» (pág. 494). Son las páginas —el libro entero de quien vivió dos guerras mundiales— que recuerdo ahora por culpa de lo que trae la prensa del día: «La batalla de Kiev. Las tropas rusas asedian la capital ucrania […]». Stefan Zweig escribió el jueves 23 de mayo de 1940: «Los alemanes siguen avanzando y ya están en las puertas de Boulogne» (pág. 493). Qué turbadoras son siempre las comparaciones de resultas de la historia.

miércoles, febrero 23, 2022

Sacrificios humanos

Volví al número doble 859-860 de la revista Ínsula de julio-agosto de 2018, dedicado a «La novísima literatura latinoamericana (2001-2015)», para volver a preguntarme cómo es posible abarcar en poco más de medio centenar de páginas, aunque sea a dos columnas, algo tan vasto y tan complejo como la producción literaria en español de tantos países del ámbito iberoamericano. No comprendí muy bien, por tantas referencias a estudios teóricos que no he leído, lo que escribió en la presentación Ana Gallego Cuiñas, que basó su método en campos regionales que en ese momento excluyeron a Ecuador, Bolivia y Panamá. Como si tuviesen que ver sus literaturas con las de Cuba o Argentina, con las de Venezuela o Colombia. Tenía razón Ana Gallego Cuiñas cuando anotaba sobre la «(sobre)exposición del escritor, la performance permanente, la extensión de su espacio virtual, etc., que pareciera suplantar a la obra. Los escritores devienen en franquicias en las que deben (re)producir, de manera más o menos sostenida, obra y espectáculo» (pág. 4a). Nada de literatura real, pues; y nada específico de lo latinoamericano. Todo lo contrario a lo que me movió a releer ese monográfico de tan amplio espectro, por fijarme en un minúsculo caso de una literatura más novísima aún que aquella «novísima literatura latinoamericana (2001-2015)». Una manera de llamar la atención sobre lo que realmente hace la historia literaria, el ejemplo pequeño, el texto sin excesiva exposición, sin más performance que la lectura que uno hace en su casa cuando le llega recomendado —o no— un libro a las manos. Sacrificios humanos, de María Fernanda Ampuero (Guayaquil, Ecuador, 1971), publicado por Páginas de Espuma en marzo de 2021. Son doce relatos, algunos muy breves, que orbitan sobre la violencia, que es lo que se destaca de una más de «las voces imprescindibles de la literatura latinoamericana actual», en ese lenguaje tan de solapa de promoción que de tanto repetir la excelencia y lo superlativo hace dudar. Es casi inevitable que la notoriedad de un libro nos venga por su argumento o los asuntos que trata. Así son las etiquetas de novela histórica, feminista o gótica. O tantas otras. Encasillan de un modo tan estricto que se oculta la verdadera singularidad de todo texto con la intención artística de un acto de lenguaje. En el caso de este volumen, es cierto que se impone una historia digna por tremenda para formar parte de un libro; pero conviene llamar la atención sobre la manera en que están escritas esas historias tan fuertes. Rotundamente cierta es la violencia y el terror que contienen los relatos de la humillación de una mujer inmigrante, de la brutalidad de un marido, de la vivencia cotidiana de las débiles… «¿Cuánto tiempo hay que fingir que todo está bien hasta reconocer que estás infinitamente jodida y que lo sabes? ¿Cuánto debes esperar hasta intentar alcanzar un cenicero, un atizador, un florero para estampárselo en la cabeza? ¿Cuánto de prudencia puede demostrar un animal amenazado? ¿Y una mujer?» (pág. 21).  Desde ese primer relato, «Biografía», fui subrayando lo que me conmovió, que fue cómo lo expresaba Ampuero, y no lo que decía. Otro testimonio más de lo tremendo: «Una mujer no debería de llorar de miedo cada vez que su hombre se mete en la cama» (pág. 133). A esas alturas, en el penúltimo relato —«Lorena»—, el lector ya está inmerso en una atmósfera terrorífica; sin embargo, lo verdaderamente destacable es la brillantez con la que la autora narra el terror, el terror cotidiano de las miserables, de las débiles. María Fernanda Ampuero, que merece figurar en cualquier vacua por urgente revisión de la ultimísima literatura latinoamericana, logra esto con una suerte de lenguaje admirable, en donde los afanes formales, desde la estructura del cuento hasta la selección de palabras y, por supuesto, su colocación en la frase, explican que al lector le afecten asuntos tan brutales servidos en una prosa tajante y cautivadora. Provocar en el lector un estremecimiento tiene su técnica; y María Fernanda Ampuero demuestra conocerla.



martes, febrero 15, 2022

Hervaciana

Cuando leí en el capítulo 12 de este libro «un ejercicio de la memoria» (pág. 236), ya tenía anotado algo casi igual para un posible título de una entrada aquí. Exactamente, «un brillante ejercicio de memoria» es como se me ocurrió calificar las narraciones reunidas por Gonzalo Hidalgo Bayal en su nuevo título, Hervaciana (Barcelona, Tusquets Editores. Colección Andanzas, 996. 2021). Como quizá tendría que explicar que no es estrictamente eso —aunque sí estrictamente «brillante»—, y por si el lector interpretaba que el yo narrador es el del autor histórico, propongo un rótulo referencial sin nada especulativo. «Hervaciana», pues. De esta manera me reafirmo en lo que dije hace un tiempo sobre que «cada vez me preocupa menos saber si en sus novelas hay un hecho biográfico o no lo hay; pues lo que vale es la pura ficción y el afán narrativo […]. La verdad es que lo que más me interesa como lector es cómo envaina o blanquea un novelista la experiencia vivida en el hueco o en el líquido, según sea, de su escritura libérrima y suprema.» Y ahora es cuando toca irme por la rama tonta de fijarme en el número por el que anda la colección en la que se publicó esta obra de Gonzalo Hidalgo Bayal, y que, ya puestos —y como el número 1000 se ha reservado para un autor tan relevante como Haruki Murakami—, digo yo que a Gonzalo no le habría importado ocupar el 969, tan inclinado como es a las correspondencias especulares y capicúas, a la cábala humana y sencilla del cómputo y de la cifra. Desde que leí la dedicatoria («A Felipe Hernández Jiménez»…) y las primeras líneas de estos relatos sabiamente trenzados en los que salen la poesía de Juan Ramón Jiménez y Mientras agonizo, de William Faulkner, sentí como un vínculo íntimo con lo escrito. No porque los nombres y títulos comprobables hiciesen más biográfica y referencial la narración, sino por la confirmación de la importancia que tiene en la escritura de este autor —y de tantos— la rebusca en la memoria para tejer una red de sutiles claves que se han venido repitiendo casi desde el principio de su trayectoria literaria. Por eso quizá el narrador de Hervaciana alude tanto a que ya ha hablado en otros sitios de determinado asunto, o se siente incómodo por hablar «a estas alturas». Es solo que quiero subrayar la importancia que —por hache o por be—, en la narrativa de GHB, tiene la memoria o la conciencia sobre el ejercicio de la memoria, sea el relato en tercera persona o en primera, que es expresión al parecer más grata al autor en los tiempos que corren. En tiempos, preciso, en los que el autor mira desde más lejos hacia lo vivido, desde La sed de sal (2013) —Travel mediante—, Nemo (2016) o «Las lágrimas de Miguel Strogoff» (Turia, núms. 137-138, marzo-mayo 2021, págs. 240-250), que es un yo más yo, como diría Luis Landero, sin llegar a «yoyear». Aunque yo, sin categorizar nada, tengo mi punto de partida en aquel cuento de Gonzalo titulado «Luz de agosto» y publicado en El País el sábado 2 de agosto de 2008 en la página 9 de la Revista de Verano de su edición en papel. Habría que tratar con tiempo esta manera de abordar la ficción, y que tiene en Hervaciana la penúltima muestra brillante. En el recomendable racimo compacto de trece retratos en los que el narrador es el verdadero protagonista, y convierte como quiere atisbos de recuerdos en personajes de novela, en dramatis personae de un pasado hecho aquí presente. «A estas alturas», no dice nada uno por recomendar la lectura de unas páginas —este presente— que procuran sin pausa tanto disfrute.

martes, febrero 08, 2022

Neoclásicos y románticos

Más de treinta años he tardado en incorporar a mis anotaciones sobre la poesía del siglo XVIII una importante referencia bibliográfica que ignoré en mi añeja tesis doctoral, en la edición de la poesía de Vicente García de la Huerta (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1997) y en la de los Ocios de mi juventud de José de Cadalso (Madrid, Ediciones Cátedra, 2013), entre otros trabajos. A pesar de que Guillermo Carnero, en su Antología de los poetas prerrománticos españoles (Barcelona, Barral Editores, 1970), que ya tiene más de cincuenta años, la mencionó, luego no la tuvimos en cuenta en casi ningún estudio o recopilación de la poesía del siglo XVIII y la primera mitad del siglo XIX. Se trata de Neoclásicos y románticos. Selección y prólogo de Félix Ros. Madrid, Editorial Emporyon (Col. Poesía Española. Antología), 1940; y es una de las más destacables y amplias colectáneas de versos del siglo ilustrado y de la primera mitad del XIX. Si no he contado mal, son ciento uno los autores recogidos, entre los que solo hay cinco mujeres, y qué mujeres (Margarita Hickey, la reina María Amalia de Sajonia, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Robustiana Armiño de Cuesta y Carolina Coronado). Más recientemente, Carnero volvió sobre ella en su lección salmantina El poeta subterráneo, o mis tres criptomanifiestos (Salamanca, Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas, 2010), en el primero de sus «manifiestos encubiertos» en sus primeros trabajos de investigación. Cuenta el poeta y sabio dieciochista que cuando comentó con Carlos Barral lo de aquella antología «fue como si hubiera mentado a la bicha, ya que Ros era personaje de ominosa memoria en Barcelona, como miembro de la Falange catalana, y acaso porque se lo confundía con el valenciano Samuel Ros, por la amistad de este último con Juan Ramón Masoliver. Samuel, también falangista, había publicado en 1940 una Historia del traslado de los restos de José Antonio, y no importaba que hubiera sido un estimable vanguardista, autor de El ventrílocuo y la muda (1930), El hombre de los medios abrazos (1932) e Historia de las dos lechugas enamoradas (1939). Y cuando para mayor inri se me ocurrió decir que Félix Ros había publicado uno de los mejores libros de poemas de los años treinta, Verde voz (1934), el escándalo ideológico llegó a su paroxismo. Se me propuso que, a cambio de lo que despertaba asociaciones tan inquietantes, preparase una antología de poesía romántica; y la solución de compromiso —estando yo entonces engolfado en el estudio del origen dieciochesco del Romanticismo— fue lo que apareció con el discutido y discutible título de Antología de los poetas prerrománticos españoles, donde con todo conseguí meter de tapadillo —como venganza filológica contra la confusión debida a la intransigencia— el nombre de Félix Ros» (pág. 3). La palinodia de Carnero es de agradecer por lo que explica sobre lo que muchos lectores, que en los años ochenta teníamos pocas antologías dieciochescas a las que agarrarnos, no comprendimos nunca sobre una lista de «prerrománticos» que abrían Feijoo y Diego de Torres Villarroel, y cerraban Estanislao de Cosca Vayo y Manuel de Cabanyes (1808-1833), «el más puro poeta neoclásico español», como lo calificó un estudioso como Joaquín Arce. Lo cierto es que la antología de Félix Ros de 1940 es realmente estimable —incluye a García de la Huerta, a Cadalso, a Francisco Gregorio de Salas, a Bartolomé José Gallardo—, que hay que incorporar a la historia de la difusión moderna de la poesía dieciochesca, y que pude adquirir con el nuevo año al módico precio de diez euros en un ejemplar primorosamente conservado en su encuadernación en piel.

lunes, febrero 07, 2022

Lecturas

¿Quién no ha aplaudido a su hijo después de desafinar en una función escolar? ¿Cuántas veces hemos tenido que aguantar a un sacerdote con su retórica vacua en el responso del amigo muerto? ¿Quién no ha soportado una conferencia plúmbea por compromiso? Como no soy de esos espíritus puros de convicciones profundas —de los de corbata ni muerto o de los de con corbata hasta la muerte—, y me creo que la vida es un valle de tolerancia y tragaderas, con las sonrisas y lágrimas consabidas —esa vida—, he vuelto a leer un libro malo solo porque me lo pidió quien lo firmó. Mi conclusión no es nueva. Lamento que se trate con tanto descuido un texto escrito con la mejor voluntad. Todo el empeño imaginativo de una buena historia —que no ha sido el caso— y toda voluntad estilística —estimable en algunos momentos, pero pocos— se van al traste por los errores y las torpezas formales que condenan con razón obras así a ese almacén superpoblado de los subproductos. Es una lástima que sigan publicándose tantos libros así, y que, sin embargo, hagan felices a quienes los han escrito y que te los traigan con mucha generosidad para que los leas. Me condiciona mucho el descuido en aquello que podría tener otros valores. En cualquier caso, suele coincidir la torpeza formal con unos contenidos irrelevantes. Me acuerdo de un profesor que no dio la matrícula de honor a un compañero porque este puso tilde a la segunda i de «lingüista». Pero no es esto. Aquí no se trata de penalizar por un desliz lo que es excelente; sino de lamentarse por la ignorancia y la incuria en una relajada exigencia en la creación literaria. Por supuesto, no quiero demostrar lo que digo, y no voy a dar nombres ni títulos que solo añadirían malestar o regodeo insano. Casi siempre he utilizado un canal privado para dar mi mala opinión de un libro. Habrá quien considere cortesía acusar recibo con encomio de una obra por correo particular y, al tiempo, creer que es una responsabilidad destrozarlo en una reseña pública. Lo que escribo por un escrito malogrado es solo la expresión de un deseo. Y razones de sobra tengo para celebrar la buena literatura.

domingo, febrero 06, 2022

El fin de muchas cosas

He escrito un texto sobre los libros que llegan de personas conocidas —o que uno lee porque sí—, autoeditados o publicados por editoriales de muy poca difusión, y que muchas veces tienen tantos defectos formales que los malogran. Pero como no quiero que se sienta aludido Juanjo Cortés, que me trajo hasta casa su libro de poemas El fin de muchas cosas (Cáceres, Buenas Costumbres Ediciones, 2021), escribo esta nota por si acaso. Muy lejos de eso queda este ejemplar de blancas cubiertas, con ilustraciones de Manu Pomet y encordado como un obsequio. Me gana esta manera de tomarse la escritura que tienen algunas personas con sensibilidad y sin más pretensión que disfrutar. Juanjo Cortés es cantante y autor de la mayoría de las letras que ha musicado. Reunió cuarenta y cinco canciones en Tuétano (2016); pero nos consta que escribe poemas no pensados —en principio— para ser cantados. El fin de muchas cosas es un libro de este tipo de textos en verso, aunque se atisban barruntos de canción en algunas rimas de asonancia sobrevenida en los poemas que menos me gustan de un conjunto de veintinueve repartidos en tres secciones: «énfasis» (4), «llaneza» (24) y «átono» (1). Hay juegos del cantante poeta en «pesadillas (casi un rap)», en los que funciona muy bien lo yuxtapuesto, y hay poemas como «la siembra» —qué antiguo me resulta lo de escribir en minúsculas— con una voluntad encomiable de poética explicativa. Para esto, lo mejor de este regalo que uno no va a ver en las mesas de novedades de las librerías ni en las listas de libros reseñados, es este modo de declararse de El fin de muchas cosas: «Alguien me dijo en cierta ocasión con motivo de la presentación de un trabajo: “que tengas éxito”. Desde la reflexión [,] y tras engullir algunos años más de experiencia [,] he llegado a la conclusión de que el éxito (no se lo dije entonces) es estar vivo. No seguir vivo, porque eso sería una suerte de supervivencia. Escribo por esto, no busco efectos secundarios más allá de la propia escritura, que ya es un cosmos tan intenso e inabarcable que exige toda la energía y tiempo que tengas y, aún pide más. Tras publicar Tuétano (45 canciones) y en el compás de espera de un disco con título larguísimo, todavía en el horno, he decidido compartir este breve poemario con todo el que sienta interés. A pesar del título, El fin de muchas cosas es muy anterior a la pandemia que nos asola desde hace dos años. No es tan pesimista como pudiera parecer; es, simplemente [,] percibir que en nuestro viaje todo consiste en empezar y acabar. Todo comienzo lleva implícito un final; el ayer, el hoy y el mañana, esas son nuestras señas de identidad. O, dicho de otro modo: somos lo aprendido, lo que estamos construyendo y la esperanza de materializar algún sueño. Así que, a seguir escribiendo; a seguir viviendo». No se puede poner en duda que este libro de Juanjo es una manera de reafirmarse en el viaje de la vida, en el que una forma de atender a lo que ocurre es escribir un poema para buscar el tono que él como lector sabe apreciar en las «huellas ajenas». Ya me quedo tranquilo dejando aquí mi nota de lectura del libro estupendo de Juanjo Cortés, y a lo mejor mañana publico lo que escribí el otro día.

viernes, febrero 04, 2022

Ex Libris Pedro de Lorenzo

Celebro por muchas razones —entre las que incluyo las afectivas— el acuerdo entre la Diputación Provincial de Cáceres y la Universidad de Extremadura por el que tan valiosos fondos bibliográficos como la Biblioteca Alonso Zamora Vicente y la Biblioteca de Pedro de Lorenzo han quedado depositados para consulta e investigación en la Biblioteca Central de la UEX en Cáceres. Pendiente aún la inauguración institucional, aunque ya difundido el acuerdo, habrá tiempo de escribir más sobre un acontecimiento así que ya merecería otros titulares. Ahora, lo que quiero compartir es mi entusiasmo —no exento de preocupación— por tener a escasos metros del lugar en el que trabajo y en libre acceso en sala los volúmenes, en su mayoría primorosamente encuadernados, de la biblioteca personal de Pedro de Lorenzo (1917-2000), el escritor cacereño de Casas de Don Antonio, protagonista de aquella Juventud Creadora acomodada en la «España Triunfal» desde 1939. Para cualquier estudioso de la obra de este escritor es un filón impagable del que saldría con relativa facilidad más de una tesis doctoral. Pero, además, contiene buena parte de la historia de la literatura española desde la guerra civil hasta finales del pasado siglo, y mucha novela, dedicada por los autores, con primeras ediciones de, entre otros muchos, Ignacio Aldecoa o Ana María Matute. He podido ver esta mañana casi todos los libros de Santiago Castelo encuadernados y dedicados, en una colección que hasta ahora no habíamos tenido. No es algo nuevo, pues desde hace muchos años sabíamos dónde estaban esos libros; y algunos tuvimos la suerte de consultarlos cuando estuvieron en un recoleto y acogedor espacio del Complejo Cultural San Francisco de Cáceres. Allí tuvieron «despacho» Tomás Pavón y Julián Rodríguez y allí Rodrigo Pastor, Teo Jiménez Parrón y yo grabamos una entrevista en 1999 con Ricardo Senabre para un documental sobre la antigua Biblioteca de la Facultad de Letras del edificio «Valhondo». Tiene mucha historia ese fondo de libros. Todavía la Diputación no ha actualizado en su página web nada relativo a esas bibliotecas; e incluso se sigue informando del horario de apertura de la Zamora Vicente por las mañanas de lunes a viernes. Todavía queda pendiente que la Universidad habilite los enlaces para que los interesados podamos averiguar la ubicación exacta de un ejemplar de los casi cuarenta mil que nos han llegado al campus. Una delicia que merece ser difundida. Hace dos días, a M., una alumna de cursos pasados, a la que todavía le falta presentar su Trabajo de Fin de Grado, propuse para desarrollar su estudio la localización, la consulta y el cotejo de todas las ediciones de La novela española… de Martínez Cachero. No encontramos en ese momento ninguna biblioteca pública que las tuviese todas; pero, al rato, cuando visité la sala general de la Biblioteca Central de la UEX en Cáceres, las tuve a la vista, todas, y encuadernadas en holandesa de media piel. Así que solo queda vincular las bases de datos que sean para que las búsquedas nos sigan sorprendiendo como favorecían los dioses a los que persistían en el ruego. Cuántas veces habrá rogado uno para encontrar un libro raro y cuántas, cada día más, ha sido escuchado gracias al trabajo de muchos. Gracias, gracias, gracias. A todos los que el otro día, en estos días, me han permitido disfrutar hojear con la debida delicadeza tanta cantidad de libros.



miércoles, febrero 02, 2022

2 del 2 del 22

«—¿Pero tú has pensado en mí esta tarde?». En la zona de la judería cordobesa, esquina de la calle Romero, solo se la escuchaba a ella decir eso a su pareja, un chico muy joven. Ninguno de los dos me pareció que tuviese aún derecho a voto. No sé qué farfulló él; pero ella insistió: «—Es que a mí me gusta que hayas pensado en mí». El muchacho no estaba cómodo y mintió piadoso. Seguro. Desde ese momento, toda la estancia en Córdoba fue apacible. Nunca había visto amanecer la ciudad desde el río haciendo deporte sin correr tan a primera hora. Al llegar al hotel, con la prensa del día, repasé las notas de mi intervención. Todo bien. Ya en casa, se me ocurrió que tenía que poner en orden todo para recomenzar el curso en este cuatrimestre con clases, y en mi cuaderno hay apuntes que podría recoger como fin de cuentas del mes que terminaba ese lunes. Así que lo primero que hice fue escribir estas líneas, como para soltar la mano. La convivencia con las palabras de otros casi siempre incita a emular dedicación tan grande. Un café a deshoras, una conversación amable, el desayuno… «No estamos en tiempo de gullorías: es menester contentar-nos con lo qe nos den», escribió Bartolomé José Gallardo en una carta a Tomás García el 20 de diciembre de 1835. Soy un privilegiado: por convivir siempre con ese buen estilo que me falta. No sé si es de Borges la frase de que la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido. Apuntaciones de un cuaderno que cerraré pronto; no antes de que termine este mes. «—¿Qué tal de amores?» —dijo alguien y yo creí que no iba por mí y por eso respondí que bien, que en Córdoba R. B., un ilustre colega, nos había llevado al Círculo de la Amistad (C/ Alfonso XIII, 14), a cuyo salón de baile, de teatro y de asambleas de socios pertenece la fotografía de arriba; y que me resultó tan fastuoso, tan añejo y tan simpático por haber leído con gusto y aprovechamiento, y, además, haber escrito sobre los libros que atesora en el Catálogo de los libros del siglo XVIII en el Real Círculo de la Amistad (Gijón, Ediciones Trea, 2020) que ha hecho, mismamente, socio tan sabio como R.B. Pablo García Baena, «oh inmortal, eterna, augusta siempre», Córdoba. Esta tarde, leyendo otro libro de poemas, he recuperado estas notas para ponerme a prueba de los pudores que siguen visitándome cuando pongo algo así por escrito.



domingo, enero 30, 2022

Maldita Cultura

No sé si llamarlo afinidad o se trata, simplemente, de mera conterraneidad por la que se comparten circunstancias, sucesos, espacios por los que se llega a coincidir con las mismas personas. La última vez que pasé en Zafra más de dos noches —hace ya tres meses— tuve el placer de conversar, aunque no durante el tiempo deseado, con varios escritores, entre los que se encontraban Birilo y Agustín Iglesias. También en otra ocasión pude conocer —en pantalla— a Ana Lluch, una escritora alicantina vinculada desde hace años al Premio de Microrrelatos Manuel J. Peláez y más a la última edición que ganó con su texto «Memoricidio», y que leyó en un acto con aforo limitado en la capilla del Parador de Turismo de Zafra. Como en otras ocasiones en que vuelvo por ahí —esta vez de paso desde Córdoba en regreso a casa—, mi hermano JM me provee de nuevas lecturas o me pone en el interés de otras. El viernes me hice en la librería Atenea con un ensayo de Benito Estrella, Rescate primoroso de lo vulgar. Lectura de unos textos de Azorín (Madrid, Fundación Emmanuel Mounier, 2020), que es un lúcido y sereno relato de la lectura de un clásico moderno como Azorín, que se toma como principal excusa de una reflexión sobre el mundo y sus valores de deseable —pero frágil— perdurabilidad, y para la que también se usan, se leen, textos de Unamuno, de Machado, de Claudio Rodríguez, de Hermann Hesse, de Michel Henry, de Heidegger, más un largo etcétera. Y antier también JM me regaló el último número —el número 01— de Maldita Cultura. Magazine, la revista de la asociación que sostienen María Pachón y Bernardo Cruz. En portada, Birilo, a quien entrevistan, como a Agustín Iglesias, y a Ana Lluch, igual que a Pablo Guerrero, que es otro de esos nombres contenidos en otra entrega recién recibida y leída de una revista que ofrece tanto tan cercano. No son muchas las veces en las que uno se siente tan concernido en la lectura de una revista de actualidad —si entendemos por esto lo importante—, tan bien por algo tan bien hecho en tu entorno, como una manera de manifestar lo que se hace en la periferia, lejos de los mal llamados centros de poder, y con criterios de calidad que pueden competir con aquellos que copan la notoriedad, aunque no la excelencia. Para colmo de afinidades, María Pachón escribe sobre el hijo de Juan Rulfo, Juan Carlos, y su documental Del olvido al no me acuerdo (1999). Insisto, es muy agradable sentir tantas afinidades por la simple lectura de unas páginas compartidas con el convencimiento de que merecen la pena. Gracias.

lunes, enero 24, 2022

Las mujeres de Federico

Viene de la entrada anterior. Porque, estimulado al salir del teatro el pasado sábado 15 por la fuerza de las actrices de la Bernarda de José Carlos Plaza y la carga simbólica de los personajes, retomé la lectura de Las mujeres de Federico (Lunwerg Editores, 2021), un libro compuesto por el relato de la profesora y periodista Ana Bernal-Triviño y por los dibujos de la ilustradora Lady Desidia, seudónimo de Vanessa Borrell. El resultado es una bella edición, en la que las ilustraciones dialogan con el texto en las páginas en las que se integran o se muestran con colorida presencia a toda plana, a veces doble, como entreactos extraordinariamente sugerentes. Y es que Las mujeres de Federico puede ser un relato representable en cinco cuadros o actos, como si fuese una obra teatral, que para eso trata de unos personajes buscando —más bien esperando— a su autor. La «Galería de personajes» se resume en ocho, con sus retratos (Doña Rosita, Belisa, La Zapatera, Bernarda Alba, familia y servicio, Novia, Yerma, Dolores, la Conjuradora y Mariana Pineda); y para eso están tratados, en espacio y tiempo reducidos a la casa de la Huerta de San Vicente —un espacio de memoria— y a las veinticuatro horas anteriores al 18 de agosto de 1936, que van siendo marcadas por el lenguaje de una flor, la rosa mutabile que es «roja por la mañana, a la tarde se pone blanca y se deshoja por la noche» (pág. 14). Son ocho menciones agonistas, pero hay otras mujeres, como Poncia, Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio, la Adela resucitada, la Criada o la abuela María Josefa. Relato en femenino —también quien me regaló el libro fue una mujer amiga, M.— y feminista, en donde encuentra su verdadero sentir, aparte la pasión por Lorca y la intención poética. Sería fácil, sí, trasponer al teatro este relato que contiene también una representación teatral de sus personajes y que por momentos muestra una voluntad clara de dirección de actores con su disposición en escena y sus movimientos, como en una especie de acotación en la tercera parte: «Belisa y Rosita se cambiaron al banco de la izquierda de la entrada para estar más cerca de Dolores. La Zapatera permanecía al lado de la Novia y, algo más separada de ellas, Yerma. Detrás, juntas y sentadas en unas sillas del comedor, Angustias y Martirio, quienes giraban de vez en cuando su rostro hacia Bernarda, que permanecía sentada en una silla de la cocina en el umbral de la puerta verde […]». La autora ha imaginado este homenaje al universo lorquiano a partir de la convocatoria que esas mujeres de Federico reciben en una carta que escribe doña Rosita para que todas se reúnan en la Huerta y hablen de sus realidades, de sus dolores y limitaciones delante de quien les dio vida textual. «—¡A casi todas nos hubiese salvado ser hombres!», exclama Dolores (pág. 129), en uno de los preanuncios de la justificación de este viaje en el tiempo de un escritor tan grande para ser interpelado y hablar sobre la mujer en el siglo XXI a partir de las historias de estas figuras que se autorrepresentan —a veces con demasiada reiteración— en este poético libro, teatralizable, de justificados artificios —incluido su peliculero remate «Mañana del 18 de agosto»— por su buen fin reivindicativo de la posición de la mujer en el mundo contemporáneo. Y esto, lamentablemente, será lo que no gustará a algunos de esta obra.

lunes, enero 17, 2022

Bernarda Alba

A veces, antes de acudir al teatro a ver según qué clásicos, releo el texto como una aproximación a lo que va a ser puesto en escena y para tener más fresco lo que las actrices —en este caso— van a decir. Porque el sábado pasado fue La casa de Bernarda Alba, el montaje de la Compañía Miguel Narros (Producciones Faraute-Celestino Aranda), dirigido por José Carlos Plaza, lo que se representó en el Gran Teatro de Cáceres, interpretado todo por ocho mujeres: Bernarda (Consuelo Trujillo); sus cinco hijas, Angustias (Ana Fernández), de treinta y nueve años, Magdalena (Ruth Gabriel), de treinta, Amelia (Montse Peidro), de veintisiete, Martirio (Zaira Montes), de veinticuatro, y Adela (Marina Salas), la más joven de todas, de veinte años; su octogenaria madre María Josefa (Mona Martínez), y la criada Poncia (Rosario Pardo), sesenta años. Allí, sentado en la última butaca de los pares de la fila 9, vi en platea de patio a MJ, una amiga que reside en esta ciudad y que fue compañera de clase cuando estudiábamos Bachillerato en el Instituto «Suárez de Figueroa» de Zafra. Nos saludamos desde nuestras localidades mientras el patio iba llenándose, y bajo la mascarilla seguro que ella no pudo apreciar mi sonrisa cómplice por lo que me había ocurrido en casa cuando consulté el texto de Lorca para comprobar cuántos personajes o figurantes más intervienen en la tragedia; es decir, Prudencia, una Mendiga, otra Criada, cuatro Mujeres, una Muchacha y las doscientas (sic) Mujeres de luto de la acotación previa a la entrada de Bernarda con sus hijas tras el entierro del marido, con esa primera palabra («¡Silencio!») que será la última que pronuncie al final haciendo caer el telón. Tenía otros recursos y otras ediciones para acceder al drama lorquiano; pero tiré del volumen 48 de la colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra —en edición de Allen Josephs y Juan Caballero— en el que lo leí por primera vez en febrero de 1978, con dieciséis años, cuando estaba en tercero de Bachillerato en la misma clase que MJ. De ahí la satisfacción cómplice al verla en platea. Gustó mucho el montaje, sobre todo, por la interpretación de las actrices, en donde casi todas destacan a pesar de las diferencias de sus papeles; lo que se logra por la capacidad de todas ellas, desde la imponente Bernarda hasta la más cómica Poncia, sobre la que mi vecina de la fila 8, con un desprecio absoluto por la obra ya empezada, comenzó a indagar a través de un teléfono impunemente iluminado y que evité con mi programa de mano como escudo. En fin… Creo que la interpretación es el sostén principal de este espectáculo, sobrio en la escenografía de Paco Leal, intencionadamente neutra —más aquí, pues no se vieron los frescos con ninfas de una de las paredes en las primeras representaciones—, funcional para facilitar las entradas y salidas y los lugares desde los que unas observan a las otras. Poco puedo añadir sobre la sabiduría teatral de un José Carlos Plaza que ha buscado las soluciones más viables para presentar nuevamente al público una Bernarda Alba, y quizá entre ellas cierta estilización del sabor lorquiano popular y rural, como algunos interpretaron las palabras del poeta cuando dijo que los tres actos de su obra tenían «la intención de un documental fotográfico» sobre un suceso andaluz. Trasciende eso este montaje y acentúa lo que el drama tiene de expresión del conflicto entre la autoridad férrea y la libertad, bien la de la enajenada María Josefa que proclama los blancos cabellos y la blanca espuma frente a los mantos de luto, o bien la de la joven y arrebatada Adela que rompe la vara de la dominadora. Locura y amor como las formas del desvío del poder ominoso. Con textos tan conocidos, que uno puede revisitar horas antes de acudir al teatro, sentarse en el patio de butacas es entregarse a la lectura pública que un extraordinario plantel de actrices te hace como un regalo, a manera de recordatorio de la grandeza de un texto dramático, que suena distinto leído por otras. Sonó distinto y sonó bien la otra noche, con mejor dicción y más movimiento y plasticidad que en la lectura solitaria.

viernes, enero 14, 2022

Los años extraordinarios

Leyendo Hervaciana (Barcelona, Tusquets Editores, 2021), de Gonzalo Hidalgo Bayal, me pregunté en qué otra obra de reciente lectura me había topado con otro personaje llamado Zamora. Me preocupa que mis arrebatos de entusiasmo se aplaquen con el tiempo por culpa de otros quehaceres o de otras lecturas, con lo a gusto que se queda uno cuando comparte una alegría casi de inmediato. Es lo que reavivó el pasado domingo J. que, después de comer, se metió en mi despacho a fisgonear en los libros al uso, porque ahí siempre pesca algo que le interese, y sacó a la superficie la delirante y divertida novela de Rodrigo Cortés Los años extraordinarios (Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2021). Precisamente, la obra en la que yo había leído que el personaje de una niña se llamaba Zamora («Me llamo Zamora así de nombre es raro ya lo sé no pasa nada», pág. 238). Me puso de buen humor volver a ver ese libro. En realidad, me pone de buen humor siempre Rodrigo Cortés, aunque tenga películas inquietantes como Concursante (2007), su primer largometraje, o Buried (Enterrado) (2010); pero es la frescura de su talento la que me gana. Me parece un creador brillante, sobre el que escribí invitado por la revista Versión Original, que dedicó su número 300 (febrero 2021) a óperas primas, y motivado también por la lectura de la novela de Cortés Sí importa el modo en que un hombre se hunde (Madrid, Editorial Delirio, 2014), casi nacida en paralelo a un guion al que necesariamente había que someter a una importante poda. El libertinaje novelesco se imponía a la constricción del producto cinematográfico. Pero para libertinaje el de Los años extraordinarios como el relato de alguien (Jaime Fanjul Andueza, nacido en Salamanca en 1902, cuando esta ciudad «aún no tenía mar») que cuenta su propia vida con el desenfado que da la primera persona de los grandes títulos de nuestra novela picaresca o las páginas del Miguel Gila de Y entonces nací yo (1995), por mencionar solo dos ejemplos de una vasta tradición literaria por la que desfilan sin mostrarse Valle-Inclán, Quevedo, Flaubert, Jardiel Poncela, David Lodge o Gómez de la Serna, además de la novela bizantina. Un gazpacho tan inoperante como innecesario de rastrear en un relato en el que el narrador expresa, a través de los viajes, por ejemplo, la santa voluntad de su dominio sobre el hilo y la secuenciación de lo narrado. Al lector no le cabe más que aceptar los imposibles fantásticos junto a, con naturalidad, la reflexión cabal sobre los seres humanos o la vida —la novela.  El inteligente autorretrato confesional de un ente de ficción que escribe, se enamora, viaja por todo el mundo, vive la guerra de los de Alicante contra España o trabaja en un taller en el que se estropean aparatos de toda clase. Me apetecía detenerme sin ninguna disciplina en esta estimulante obra de Rodrigo Cortés, quizá como otra manera de lamentar que esos mis arrebatos de entusiasmo se pierdan por culpa de otras tareas. Aunque uno también se queda bien a gusto cuando comparte su alegría pasado un tiempo. Y no mucho tiempo.

domingo, enero 09, 2022

Aplausos

He encontrado una anotación de hace un par de meses que incorporo a lo mucho que disfruté y descubrí de la música clásica durante mis días en Perugia. Es sobre un disco editado por EMI Classics, a partir de una grabación en directo en mayo de 1991 de la Sinfonía núm. 5 en mi Menor, op. 64, de Chaikoski. Es una de las piezas más reconocibles del ruso para el gran público, y su estructura es en cuatro movimientos: 1. «Andante. Allegro con anima»; 2. «Andante cantabile, con alcuna licenza»; 3. «Valse. Allegro moderato»; y 4. «Finale. Andante maestoso». La dirección, de Sergiu Celibidache, con la Münchner Philarmoniker. Lo que me llamó la atención de aquel disco compacto es que se añadía un quinto corte 5. «Applausi», de un minuto con ocho, 1’08’’. Creo que nunca lo había visto, o, al menos, no había reparado en algo así —en casa no encuentro ningún disco de música clásica grabado en directo—; y me pareció notable y motivo para añadir a esos análisis sobre los aplausos en la música clásica, de uno de los que extraigo esta consideración sobre otra de las grandes obras de Chaikoski: «El aplauso único final surge como necesidad de la obra, igual que no apreciamos un cuadro mirando sólo una cuarta parte del mismo». Pero nunca lo había visto en una grabación como una sección más del conjunto, que cualquiera puede marcar en su aparato para escuchar solo los aplausos. Curioso. Una extravagancia sin sentido, calificarían los responsables de la programación del cine en televisión, que no tienen ningún reparo en eliminar los créditos de cualquier película. Un derroche en cualquier libro que incluyese unas páginas finales en blanco para recoger las reacciones de los lectores —de esto sí creo que tengo algún ejemplar en casa. La curiosidad de que un disco incluya de esa manera más de un minuto de aplausos. Una sinfonía núm. 5 en mi Menor de Chaikoski en cinco movimientos.

jueves, enero 06, 2022

Palindropedia (II)

Hace poco más de un año anuncié que intentaría reproducir aquí algunos palindromos a cuya lectura me aficioné gracias al gran Augusto Monterroso, a su cuento «Onís es asesino», que mencionó mi compadre MSV en un comentario a una entrada más antigua que podría ser el pórtico de esta serie, si tengo a bien continuarla. Quiero fijar aquello en torno al día de mi cumpleaños de 1986, que es la fecha que anoté en mi ejemplar de Movimiento perpetuo (Barcelona, Seix Barral, 1981), el volumen en el que se incluyó el texto. Pero, en lo que toca a la palindromía, el otro hallazgo importante fue el conocimiento de la obra narrativa de Gonzalo Hidalgo Bayal, que se remonta a mi lectura, en enero de 1989 de Mísera fue, señora, la osadía (Departamento de Publicaciones de la Excma. Diputación Provincial de Badajoz, 1988), la primera novela del autor, en la que no encuentro ejemplos capicúos y reversibles como los que luego en El cerco oblicuo (Madrid, Editorial Calambur, 1993) se dieron alrededor de un personaje tan palindrómico como Saúl Olúas y a títulos de obras como Somos, Aires y miseria, Eres o no seré, Amo cada coma, entre otros. A partir de ahí, Gonzalo ha reincidido con ingenio en ese juego verbal de manera tan notoria como titular algunas obras Amad a la dama (Gijón, Llibros del Pexe, 2002) o La sed de sal (Barcelona, Tusquets Editores, 2013). O regodearse, por mediación de sus personajes, en novelas como El espíritu áspero (Barcelona, Tusquets Editores, 2009), una pieza que proviene —también sus personajes— de aquella primera Mísera…, y que quizá recoja todos los palindromos que no cupieron entonces. Sin agotar la lista de registros bayalianos en una futura palindropedia, solo en esa novela —en páginas 53-54, pues hay más ejemplos, incluso de aquel Saúl Olúas y un relato menor como Anhelé a Helena— un texto vertical de regodeo satisface el recuento por ahora:


0

O NO

O SERÁ PARAÍSO

(O NO)


I

EVA VE

EVA SABE

EVA SÍ SABE

EVA SE SABE

EVA (SE VE) SABE

EVA SÓLO SABE

EVA, LLAVE

EVA, YAVÉ


II

ADÁN ARA PARA NADA

HÁBLALA AL ALBA

OÍDO ODIO

ADANADA

A VECES SE CEBA

¿O NO?

ÁRBOL OBRA


III

EVA Y YAVÉ

EVA SE SABE

«YO SOY»

YAVÉ VA Y:

«SOY DIOS»

EVA YA VE


IIII

SE VA, ¿SABES?

¿EVA, NAVE?

EVA, NO NAVE

EVA + ALA = AVE


V

ETCTE

martes, enero 04, 2022

Poesía

El pasado miércoles 29 de diciembre estuve a punto de enviar una carta a El País para solicitar que la transcripción de los versos de un poema se marquen con algún signo como la barra (/) para que el lector pueda hacerse una idea de la disposición de los textos que por razones obvias no caben en los cuatro centímetros y medio de una columna de una plana a cinco en la edición en papel. Fue el caso de la crónica de Berna González Harbour titulada «La poesía que ha arropado a este 2021 —en la edición digital, «Poesía curativa para un mundo herido». Mejor, porque el primer titular parecía un contagio de lo que la joven escritora de Jaén Begoña M. Rueda dice: «Intento hacer del poema una prenda de abrigo. Hago versos como quien hace guantes, bufandas y gorros de croché con toda la intención de quitarle el frío a mis lectores». Ahí es nada. No quería entretenerme en la cuestionable calidad de los versos ni en la hondura de las ideas recogidas en ese artículo, y solo me interesaba llamar la atención sobre lo importante que es, en medios de tanta difusión como el periódico más vendido y leído en España, que el género poético se muestre como es y no se tergiverse —propuesta que hago como tercera acepción del verbo («Tergiversar.— 3. tr. Trastrocar o trabucar un verso»)—. La letra cursiva como diacrítico señala a los lectores en papel dónde están los poemas, pero poco ayuda la partición de las líneas. Nada de esto está en la edición digital, que prescinde de la cursiva, que sustituye por comillas, y corta bien los versos, interlineados con un impropio aire en torno que afea la presentación de palabras tan especiales e insólitas en la prensa diaria. Esto daría para un tratadito sobre la manera de editar modernamente los textos poéticos en los nuevos formatos de las redes sociales, de los blogs o de la prensa digital, en los que habría que poner el mismo cuidado que Juan Ramón Jiménez ponía en su labor de editor. En fin, el caso ha sido, con esa presencia en la prensa del miércoles de la poesía, que debe de ser el género que me ha elegido para despedir el año y recibir el nuevo en el que estamos. Y es que esta casa se ha llenado de más libros de poesía que los habituales. Lo llamativo es que hayan coincidido en tan poco tiempo. Compré por interés uno antiguo —de 2019—: Lara López, Derivas (Prensas de la Universidad de Zaragoza); y el más reciente de Marta Agudo, Sacrificio (Madrid, Bartleby Editores, 2021). En la escalera de casa recibí con entusiasmo de la mano de su autor —como debe ser en materia de autoediciones— El fin de muchas cosas (Cáceres, Buenas Costumbres Ediciones, 2021), de Juanjo Cortés. Por correo me llegó el nuevo libro de poemas de José Antonio Llera, El hombre al que le zumban los oídos (Santiago de Chile, RIL editores, 2021), publicado en la misma editorial que la sorprendente Poesía elemental (Santiago de Chile, RIL editores, 2021), de alguien que se recoge en los seudónimos de autor —Demetrio Meléndez Díez— y de editor literario —Imanol Mendizábal—, y que habrá que tener en cuenta entre lo que se sale de lo convencional. Coincidieron estas visitas poéticas con el envío ayer de las nuevas entregas —la tercera y la cuarta— de la colección Alondra: Lorenzo Martín del Burgo, Sueños del humo (1972-1980) y Luis Bodelón, Para siete cuerdas. Glosario, canto y orilla, ambas publicadas en Madrid, por Turpin editores (Gráficas Almeida, 2021). Insisto en esta obsesión: a fecha de hoy, son todos libros del año pasado. Como otra sorprenderte perla de Liliputienses: Lucas Soares, El poeta y el buey (Isla de San Borondón, Ediciones Liliputienses, 2021), que me ha llegado con el regalo de Patricio Grinberg, Kylgo Kabuki [instrucciones para vaciar una novela] (Isla de San Borondón, Ediciones Liliputienses, 2020), y el número sexto de la revista microscópica de poesía Los poetas no son gente de fiar, otra de las maneras de mostrarse de José María Cumbreño, siempre ahí, en su isla cosmopolita y abierta a las mejores aguas poéticas. Tengo lectura. Más. 

sábado, enero 01, 2022

Año Nuevo

«Las entradas que he dedicado en este blog al primer día del año, unas con el título de una cifra y otras con el mismo título que esta, patentizan mi inclinación a subrayar de algún modo los estrenos de un ciclo», escribí el 1 de enero de 2017; y sigo teniendo esa consciencia al despertar, como el que toma posesión de algo y da una condición especial al sencillo gesto de abrir una ventana y recibir un día claro como el de hoy. Esa era mi intención, pues así repetía dos hábitos: dar un paseo temprano por la ciudad y escuchar el concierto de Año Nuevo, esta vez con Daniel Barenboim dirigiendo a la Orquesta Filarmónica de Viena desde la Sala Dorada del Musikverein. Una congestión nasal considerable y molestias en la garganta con dolor leve de cabeza me han retenido en casa, pendiente solo del hábito de la escucha musical, que sí pude hacer, con los comentarios de un siempre ameno y ocurrente Martín Llade, el crítico y locutor de Radio Clásica, que llamó esta mañana a este 2022 el año de los tres patitos y su estanque. Ni el emotivo saludo de Barenboim, ni el ritmo alegre de las polcas, ni las palmas de la Marcha Radezki me apartaron de un runrún sobre mis síntomas con la que está cayendo. Yo, en realidad, me había levantado con un reflejo condicionado: buscar y leer la anotación del martes 1 de enero de 2019 en el Diario de un editor con perro, de Julián Rodríguez (Mérida, Editora Regional de Extremadura. Col. La Gaveta, 2021). Un reflejo condicionado porque Raúl C. Maícas, el director de la revista Turia, me encargó hace unas semanas una reseña que tengo que enviar en febrero; y porque ayer mismo, en El País, apareció una columna de José Andrés Rojo («Un tiempo de otra época») muy evocadora de los valores del diario de Julián, alguien, como dice el periodista, que supo descubrir los otros mundos que están también en este, tan desquiciado. Y un reflejo condicionado porque ayer despedí el año con un paseo de mañana por la ciudad y sus parques en compañía de Javier, el hermano de Julián, a quien pregunté si el perro del Diario —que es perra— debe su nombre —Zama— a la novela del argentino Antonio Di Benedetto. Y me dijo que sí. Hoy he comprobado que en el muro de Facebook de Julián Rodríguez —de donde se nutre el Diario espléndidamente publicado por la Editora Regional—, en un comentario a un texto del 19 de junio de 2018, Elisa Rodríguez Court le preguntó eso y Julián respondió: «Claro, has acertado... Es una de las novelas en español que más me gusta». Dediqué gran parte de esta mañana a la relectura del Diario de un editor con perro, sobre el que he anotado y recopilado material suficiente para montar mi reseña futura. Todo con el fondo de los Strauss, como probablemente Julián aquel día primero de año: «Esta mañana, a las diez, daba el sol en el balconcillo. Y a pesar de ello, el termómetro marcaba dos grados en el exterior a esa hora. Menos dos anoche, poco antes del cambio de año, al salir (ni una nube en todo el día) para ver las estrellas. Al regresar a casa, con la linterna alumbrando el camino, se olía en el jardín el cordial humo de la chimenea y se oía tenuemente la música de Mahler que había dejado sonando. He ordenado la leñera, pues mañana traerán mil kilos de madera de encina. (Yo colocaba los leños y Zama jugaba con una piña seca que había rodado hasta el suelo). Se oían disparos a lo lejos, cazadores. También habría que colocar en las estanterías los libros que hay sobre el escritorio, material de trabajo, pero será otro día, pasado mañana tal vez. Hoy me apetecían churros para desayunar, pero olvidé comprar una churrera de plástico en ese mercadillo de los viernes, así que he tenido que fabricar una manga pastelera con una bolsa de congelación. Agua caliente, la misma cantidad de harina, una pizca de sal. Mezclar, luego amasar un poco. Mi madre me enseñó cuando yo era adolescente, ahora hace churros u hornea bizcochos para mis sobrinos y mi padre. De cuando en cuando, en Navidad casi siempre. Anoche, Mahler; esta mañana, Radio Clásica y un libro de viajes por el Mediterráneo de los años veinte. Periódicos atrasados, revistas ¿disparatadas? que regala la prensa regional. El reportaje central de una de ellas (Diez minutos) me hace reír durante un buen rato.» (págs. 117-118). Será un placer escribir sobre el mundo de Julián y Zama, que me han acompañado esta mañana de año nuevo, sobre los textos que fue escribiendo en los años 2018 y 2019, hasta un día antes de su muerte, y que debemos a una edición cuidada por Martín López-Vega. Como el runrún seguía, J. me trajo hasta la puerta de la calle un test de antígenos de autodiagnóstico que recogí con incertidumbre. Seguí con mucho cuidado todas las instrucciones y esperé el resultado: negativo. Voy a bajar a tirar la primera basura del año.

viernes, diciembre 31, 2021

Numancia 2021

© Fotografía de Sergio Parra

2021 no ha sido un año especialmente teatrero, y las razones son obvias por todo este desastre que me ha tenido muy renuente a acudir a salas con aforo completo. El telón negro a principios de enero por la muerte de Jacinto García Alonso abrió un año en el que, fuera de un Festival de Teatro Clásico de Cáceres con el aliciente del aire libre —en realidad, el Peribáñez y El Caballero de Olmedo; porque Castelvinos y Monteses, por la lluvia, se pasó al Gran Teatro, y lo del Aula de la UEX, un Romeo y Julieta, fue en Maltravieso con aforo limitado—, mi cartelera anual ofrece un resultado bastante pobre; en cantidad, no en calidad. Ítem más, Los cuernos de don Friolera del gran Valle-Inclán en Maltravieso, antes del verano; y, cuando volví de Italia, el Torquemada de Pedro Casablanc, que pasó por aquí como si nada. Y hace menos, el 28 de noviembre, la Numancia de Cervantes que han coproducido la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Nao d’amores, y que vi en el Teatro de la Comedia de Madrid con un lleno, o casi, que fue una de las excepciones, con el recital de Pablo Milanés en el Gran Teatro de Cáceres dos días antes, que, por otras razones, me llevaron a sentarme en un patio de butacas completo y con mascarilla. También vi Medea a la deriva. Pero mi última obra teatral vista este año fue esa Numancia cervantina en la que aprecié el rigor y la entrega que ponen en su trabajo personas que han demostrado desde hace muchos años su sabiduría en los términos —y no solo ahí— de la reposición en nuestros tiempos modernos del teatro anterior a los clásicos habituales del siglo XVII. Por ahí se cuela el texto trágico de Cervantes, que, por testimonios manuscritos, puede ser de la década de los ochenta del siglo XVI —tardó luego en publicarse dos siglos—; aunque no deja de distar bastante en el tiempo de ejemplos como el Auto de los cuatro tiempos (¿1507-1511?) de Gil Vicente, las Farsas y églogas (1514) de Lucas Fernández, o la Propaladia (1517) de Bartolomé de Torres Naharro, que han sido fuentes en las que ha bebido la inspiración teatral de una de las compañías más singulares del panorama español del teatro clásico: Nao d’amores, con veinte años ya desde su creación, ha querido ser fiel a sus modos de trabajar y ha abordado el teatro cervantino desde un contexto más renacentista que barroco, muy apreciable en la dicción antigua —la fonética histórica es marca de la casa de Zamora— y en la siempre extraordinaria reconstrucción musical de Alicia Lázaro. En lo que para algunos nos parece una fidelidad encomiable a unos principios dramatúrgicos, puede estar la clave de la falta de empatía de un público que se ve distanciado de la propuesta; pero esto ha sido así siempre en los montajes de esta compañía con suficientes recursos, demostrados con gran solvencia en este gran espectáculo de teatro a partir del texto de un autor tan grande como Miguel de Cervantes. Y es que si Nao d’amores ha conseguido su sitio en el repertorio contemporáneo del clásico español ha sido por su manera de tratar nuestros textos prebarrocos. Trabajar en escena la oposición entre numantinos y romanos con un mismo elenco que se desdobla se resuelve en esta Numancia con maestría, por la utilización del vestuario, que sirve para escenificar el desvestirse del ropaje romano para pasar al espacio intramuros de la ciudad sitiada, y por la marca elemental de ambos lugares con la aparición en escena de Cipión y Yugurta desde los palcos de platea, y también por la división de los espacios sonoros entre el poder y la resistencia popular al poder. Siguen admirándome estos trabajos, sostenidos por unos intérpretes que dicen bien el verso, que cantan, que tocan instrumentos y que se mueven para hacer de un momento que dura tan solo hora y cuarto un mundo más cómodo. Para haber visto tan poco teatro este año que hoy termina, no estuvo nada mal volver al coliseo de la calle del Príncipe, en buena compañía, con el encuentro con personas queridas y conocidas, en una de esas noches madrileñas que los de provincias vivimos con fruición perdurable hasta que haya otra. Feliz Nochevieja y buena entrada del año 2022.

jueves, diciembre 30, 2021

Nicaragua

Ayer mismo, para apuntes de clase, estuve hojeando la Poesía completa de Idea Vilariño (Montevideo, 1920-2009) y escribí una nota sobre un poema significativo por la circunstancia de su escritura, más que por su escritura. Y hoy he leído en El País un artículo de Gioconda Belli que está, con otras claves —«La crueldad también viste faldas»—, en el mismo punto de la historia. Qué coincidencia que anotase ayer sobre el poema «Por fin», de una poesía completa cronológicamente incomprensible —todo un reto para los estudiosos—, y que hoy Gioconda Belli diga lo que dice. Me preguntaba ayer qué pensaría la poeta uruguaya que escribió al pie de su texto la fecha de 19 de julio de 1979, el día que las fuerzas del Frente Sandinista de Liberación Nacional entraron en Managua y pusieron fin a la dictadura de Somoza. Vilariño, que dedica el poema al país de Ernesto Cardenal, en muy pocas palabras (59) y en dieciocho versos, escribe que dio un puñetazo sobre la mesa, dos en la pared, que no pudo respirar por un momento, y que dijo luego una palabrota. Muda e inmóvil, en el poema nos dice que pronunció luego la palabra «dios» y que todo sucedió por fin en la fecha de ese «diecinueve / del mes de julio del setenta y nueve». ¿Qué diría hoy? Me dan ganas de llorar, de dar un puñetazo —«dos / en la pared»—, unas ganas enormes de compadecerme por la candidez de quien escribió aquellos versos enajenada con la exaltación de las revoluciones. Habrá que seguir creyendo en que son posibles, sin golpes en las paredes ni palabrotas. Y no con los que ahora llegan de quienes se han hecho con el poder. Sigue pareciéndome increíble que ocurra esto que hoy cuenta Gioconda Belli con sus afanes mientras en las cárceles de Nicaragua hay opositores cautivos y un montón de muertos por la represión. «Este mes: Dora María Téllez, Ana Margarita Vijil, Suyen Barahona y Támara Dávila cumplen seis meses, seis meses de estar incomunicadas: encerradas solas en celdas mínimas, desnutridas, sin acceso a un libro, a leer o escribir, durmiendo en celdas frías sobre colchonetas plásticas, sin que se les permita a los familiares llevarles una cobija. Támara y Suyen tienen una niña de cinco años y un niño de cuatro, respectivamente. No se les ha admitido verlos en las escasas visitas familiares —permitidas apenas tras 90 días de encierro— Las madres no han podido siquiera hablarles por teléfono», escribe Gioconda Belli hoy en el periódico, desde donde denuncia a un dictador como Daniel Ortega y a su señora esposa vicepresidenta Rosario Murillo. ¿Qué haría hoy Idea Vilariño con aquello que escribió? Yo ayer leía un poema y levantaba la vista para ver. Hoy he hecho lo mismo desde una página del periódico. Sigo sin comprender nada.

miércoles, diciembre 29, 2021

La poesía y el silencio

Una ficha bibliográfica convencional no daría completa cuenta del contenido de este libro que me llegó dedicado y con una carta manuscrita de su autor en el mes de mayo de este año que ya termina: Jean Gabriel Cosculluela, S’amuïr suivi de Résister aux mêmes. Préface de Jean-Michel Maulpoix. Gravures de Gisèle Celan-Lestrange. Genouilleux, Éditions La passe du vent, 2019. Algo así es insuficiente para dar noticia del contenido exacto de ese poco más de centenar de páginas. El prefacio del poeta Jean-Michel Maulpoix («À la croisée des voix») subraya cómo en esta encrucijada de voces se da cita una familia de seres cercanos con nombres de poetas como José Ángel Valente, Roberto Juarroz, Marina Tsvetaïeva…, y, por supuesto, Paul Celan. En torno a él, al poeta alemán de origen judío-rumano, gira toda esta propuesta poética u homenaje de Cosculluela, el poeta francés (1951, Rieux-Minervois. Aude), con orígenes en el Pirineo aragonés —familia de exiliados—, bibliotecario hasta 2018, traductor —le conozco desde su interés en la traducción al francés de la poesía de Ángel Campos Pámpano; pero también ha traducido a Alfonso Alegre Heitzmann, a Albert Ràfols-Casamada, a Miguel Casado, a José Luis Jover, a Ada Salas…—, crítico de arte o comisario de exposiciones… La propuesta, S’amuïr, una propuesta de enmudecimiento, de mudez, de silencio con palabras («Chaque mot a son silence»), ocupa la parte principal de este volumen, variaciones de textos que van desde el minimalismo vertical de algunos poemas («La poésie du peu»), hasta algunos textos en prosa o en formalización versicular, como en «Le Dos de Saul», o estrófica, como en «Trois quintils pour JB», para Julien Bosc, el poeta y editor francés (1964-2018). Se siente uno bien acompañado en la lectura de este decir con poco, y es muy sugerente cómo el autor integra siempre la alusión a la palabra dentro de un paisaje o de una estampa, por ejemplo, de nieve, que remite también a lo escrito por Maulpoix, cuyo libro Pas sur la neige fue traducido en España por Evelio Miñano como Pasos sobre la nieve (La Garúa, 2010). Un paisaje de palabras esenciales. Después de las once secuencias que conforman S’amuïr como cuerpo principal, siguen tres breves ensayos del escritor sobre poesía («Résister aux mêmes»), muy clarificadores sobre lo que el lector ha explorado en los versos precedentes, y el complemento «Un moment privilégié. Conservation avec Jean Gabriel Cosculluela», en el que el poeta habla entre el verano y el otoño de 2018 con Thierry Renard, el director de un espacio de agitación poética como Pandora, en Vénissieux, donde supongo que se celebró la entrevista, que se titula «Un chant pauvre» —del poema dedicado a Bosc—, y a la que siguen una nota bibliográfica que recoge las fuentes de las que provienen algunos de los textos de este volumen, una breve noticia biográfica de Jean Gabriel Cosculluela, y una amplia lista de sus publicaciones, como coordinador de ediciones, como traductor o autor. En suma, resulta muy difícil resumir en una ficha catalográfica todo lo que ofrece este libro impreso en Bulgaria en 2019; pero bajo el sello de Éditions Le passe du vent y con la colaboración de L’Espace Pandora, y que acredita el tipo de papel y el gramaje que se ha utilizado. Se puede hacer, pues el modo antiguo de descripción bibliográfica, a la manera de insignes estudiosos como Antonio Rodríguez-Moñino —con quien ando entre manos— permitiría dar cuenta de todo el contenido que he preferido reseñar de esta manera, para no ser excesivamente boscoso, que lo he sido. En esa ficha completa habría que recoger las ilustraciones de Gisèle Celan-Lestrange para los libros de su marido Schwarsmaut  y Atemkristall, de 1969 y 1965, respectivamente. Qué chocante debe de resultar corresponder a la esencialidad y a la tensión lingüísticas de S’amuïr con tan prolijo texto, con tanto dato, sobre uno de los ejemplos que habrá que tener en cuenta en el futuro como recepción moderna de la estética del silencio proveniente de diferentes lenguas de nuestro entorno europeo.