Hoy me ha amargado el domingo el matrimonio Elvira Lindo-Antonio Muñoz Molina. Lo peor es que estoy de acuerdo con lo que nos dice —«La otra pandemia»— en la página principal de Opinión de El País el santo de la autora de El otro barrio, que a su vez firma su texto, con el que también estoy de acuerdo, «Justos por pecadores», que está detrás, en la página siguiente, la par. Creo que sería necesario difundir lo que escribe Muñoz Molina: «No sé, sinceramente, qué podemos hacer los ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria. Nos ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos algo más esta gente va a hundirnos a todos». Su pareja, la autora de Corazón abierto (Seix Barral, 2020), un libro que me han recomendado lectores diversos, y tengo en casa después de haberlo prestado, tiene —también yo— la desagradable sensación de que volverán a confinarnos y que pagarán justos por pecadores, «aquellos que han cuidado con esmero los protocolos del ocio y del negocio, [sic] acusarán las imprudencias de los que han ido amontonándose en terrazas y restaurantes, perdiendo la cabeza, tanto dueños como clientes». Y eso que este domingo había empezado bien, con un paseo mañanero con Javier del Pino, al que hoy le ha salido un A vivir que son dos días redondo, desde el diálogo —sí, promocional— con Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga —La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020)—, o el espacio que ha ocupado Jacinto Antón hablando —con Inés Macpherson— de Ray Bradbury —eterno, sí—, hasta la conversación amena y emotiva con Jordi Évole y Enric González, el primero presentándonos a los trabajadores de un montón de países que acuden desde lejos y temprano a trabajar debajo de su casa a una obra, o anunciándonos su entrevista con Pau Donés poco antes de morir; el otro, que vive en Buenos Aires, con su relato distendido ya de un problema de cálculo renal, y ambos junto a escoltas y conductores que han aprendido a ver, a oír y a callar después de haber llevado a políticos y mandatarios. Como todo pasa y todo queda porque lo nuestro es grabar, cualquiera puede revivir en un podcast estos momentos de hoy, previos a mi lectura de la prensa y a esos artículos de Elvira Lindo y de Antonio Muñoz Molina, que, como pareja, se pusieron de acuerdo para amargarme un día que bien, muy bien, como casi siempre.
domingo, septiembre 27, 2020
Rebrotes (I)
Hoy me ha amargado el domingo el matrimonio Elvira Lindo-Antonio Muñoz Molina. Lo peor es que estoy de acuerdo con lo que nos dice —«La otra pandemia»— en la página principal de Opinión de El País el santo de la autora de El otro barrio, que a su vez firma su texto, con el que también estoy de acuerdo, «Justos por pecadores», que está detrás, en la página siguiente, la par. Creo que sería necesario difundir lo que escribe Muñoz Molina: «No sé, sinceramente, qué podemos hacer los ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria. Nos ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos algo más esta gente va a hundirnos a todos». Su pareja, la autora de Corazón abierto (Seix Barral, 2020), un libro que me han recomendado lectores diversos, y tengo en casa después de haberlo prestado, tiene —también yo— la desagradable sensación de que volverán a confinarnos y que pagarán justos por pecadores, «aquellos que han cuidado con esmero los protocolos del ocio y del negocio, [sic] acusarán las imprudencias de los que han ido amontonándose en terrazas y restaurantes, perdiendo la cabeza, tanto dueños como clientes». Y eso que este domingo había empezado bien, con un paseo mañanero con Javier del Pino, al que hoy le ha salido un A vivir que son dos días redondo, desde el diálogo —sí, promocional— con Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga —La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020)—, o el espacio que ha ocupado Jacinto Antón hablando —con Inés Macpherson— de Ray Bradbury —eterno, sí—, hasta la conversación amena y emotiva con Jordi Évole y Enric González, el primero presentándonos a los trabajadores de un montón de países que acuden desde lejos y temprano a trabajar debajo de su casa a una obra, o anunciándonos su entrevista con Pau Donés poco antes de morir; el otro, que vive en Buenos Aires, con su relato distendido ya de un problema de cálculo renal, y ambos junto a escoltas y conductores que han aprendido a ver, a oír y a callar después de haber llevado a políticos y mandatarios. Como todo pasa y todo queda porque lo nuestro es grabar, cualquiera puede revivir en un podcast estos momentos de hoy, previos a mi lectura de la prensa y a esos artículos de Elvira Lindo y de Antonio Muñoz Molina, que, como pareja, se pusieron de acuerdo para amargarme un día que bien, muy bien, como casi siempre.
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domingo, septiembre 20, 2020
Maluco
Al cabo de unos meses, el viento volvió a soplar, y todo se puso en marcha, la flota y el relato. Ojalá que todo sea también una representación de lo que nos pueda ocurrir pronto, tras esta calamitosa escollera en la que nos hemos metido sin saber salir. Me refugio en el relato ficticio, y no en el real, en estos días, y debo esta diversión de leer y escribir a los directores —Rosa Mª Martínez de Codes y César Chaparro Gómez— del Curso de Verano-Otoño del Campus Yuste 2020 «Carlos V y el mar: el viaje de circunnavegación de Magallanes-Elcano y la era de las especias», que se celebrará on line entre los cercanos 21 y 25 de septiembre. Tengo que hablar sobre una estupenda novela que es todo menos novela histórica. Y por eso me divierte, pues soy poco afecto a ese subgénero en el que nunca incluiré títulos como Memorias de Adriano, La muerte de Virgilio, El bobo ilustrado o El doncel de don Enrique el Doliente. Es Maluco. La novela de los descubridores (Barcelona, Seix Barral, 1990), del escritor uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León, que ya cité aquí. Ojalá pueda poner en orden todas mis anotaciones sobre esta obra para hacer justicia a un texto que merece más reconocimiento que el Premio Casa de las Américas que logró en 1989. Y ya es. El personaje que narra la novela desde un pueblino de León al emperador ya retirado en Yuste dice que el olvido es «ese pozo oscuro y sin fondo al que arrojamos las ofensas recibidas y los errores cometidos, para seguir viviendo» (págs. 208-209), y evoca sus tiempos de niño y cómo le gustaba asomarse al brocal de un pozo y contemplar su espejo de agua. A su capitán, a quien le cuenta en esa conversación, no le gusta nada, pues detesta el agua estancada; pero a él —que me lo cuenta— le excitan esas aguas ciegas y esa hondura que parece como la mente humana. Ando en esto para escribir algo con sentido que decir el jueves, que es cuando me toca en el Curso de Verano-Otoño del Campus Yuste 2020 «Carlos V y el mar: el viaje de circunnavegación de Magallanes-Elcano y la era de las especias», que, insisto, se celebrará on line entre los cercanos 21 y 25 de septiembre.
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viernes, septiembre 18, 2020
Deje una idea para mejorar la situación cultural de nuestro país
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domingo, septiembre 13, 2020
La Ternura
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sábado, septiembre 12, 2020
La tragedia de Inés de Castro
© Álvaro Serrano Sierra
«—¿Por qué la matan?», me preguntó anoche un conocido al salir de la admirable representación en la Plaza de las Veletas de Nise, la tragedia de Inés de Castro, otro montaje de la compañía Nao d’amores, que no suele faltar a la cita del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, y que llegó aquí anoche después de su estreno —creo— en La Abadía en Madrid en diciembre de 2019. La pregunta no fue la del que se ha perdido algo o no ha estado atento; y quizá estuviese motivada porque el público no avisado sobre la leyenda o historia trágica de la gallega Inés de Castro, amante del infante don Pedro de Portugal, pueda necesitar una demostración más explícita en esta versión de las injustificables e incomprensibles razones políticas y solo políticas de la muerte de esta Nise lastimosa que luego será laureada. Esas son las dos partes (Nise lastimosa y Nise laureada), que se funden en esta espléndida versión de Ana Zamora de los textos de Jerónimo Bermúdez publicados con otro nombre como Primeras tragedias españolas de Antonio de Silva en 1577. La que cuenta cómo el heredero se enamora de Inés de Castro y puede, ya viudo de su anterior esposa, casarse con la que ya tenía descendencia y cómo ve que algunos «envidiosos del reino» la asesinan. Y la que, como segunda parte, cuenta que, muerto el Rey don Alfonso, el Príncipe su hijo desentierra a su Inés y la corona como reina —Reinar después de morir, de Vélez de Guevara, que me falta por ver en la dirección de Ignacio García con la Companhia de Teatro de Almada y la Compañía Nacional de Teatro Clásico—, a quien ofrece los corazones arrancados de sus matadores. Quizá una torpe sinopsis como esta pueda justificar el ejercicio de síntesis sobre el texto de una conocida leyenda y la utilización de determinados recursos escénicos, espléndidos, como el estanque que se abre con el agua luminosa de la vida sobre la que se abate la muerte de la heroína y que tapa la tierra oscura de la muerte. Como es norma, el trabajo de la compañía de Ana Zamora —tan filológico siempre con el subrayado de una dicción que nos muestra un decir mixto de antaño—, es impecable, por la dramaturgia, por la interpretación y por ese elemento tan imprescindible ya de la música —grande la dirección musical de Alicia Lázaro—, que añade más excelencia a una creación brillante que pone el acento en la mala gestión del poder, con todas sus reminiscencias contemporáneas en términos de monarquía, por ejemplo. Recuerdo que yo conocí la leyenda de Inés de Castro por la historia de Raquel, de García de la Huerta, y toda la tradición en la que también estuvo el Lope de Vega de Las paces de los Reyes y judía de Toledo. Recuerdo la llamada de atención de Juan García Gutiérrez en un artículo de 1993 sobre la relación entre la Raquel de mi paisano y la Castro del portugués António Ferreira, precedente de las piezas de Jerónimo Bermúdez. Anoche, en las gradas con aforo limitado de la Plaza de las Veletas, sin perder hilo de una historia tan bien contada y tan plástica y sugerente en su escenificación, pensé en estas referencias que están en la base de un trabajo tan serio y tan riguroso como el que por fortuna nos viene ofreciendo una compañía como Nao d’amores, que solo por ocuparse de géneros tan insospechados en la escena contemporánea como la tragedia renacentista merece una respuesta entusiasta, aunque sea de una butaca sí y de una no.
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viernes, septiembre 11, 2020
Jota Mayúscula
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miércoles, septiembre 09, 2020
Vuelta 2020
Una de las primeras cosas que hice esta mañana al llegar a la Facultad fue ir a las aulas en las que estaban mis alumnos conocidos con los que terminé el curso pasado en remoto. Tenía ganas de volver a verlos de verdad. Fue un ratito breve pero agradable, pues tenían clase. Todas y todos con mascarillas, las ventanas y puertas abiertas en todas las aulas y la necesidad, fuera, no solo de mantener la distancia de seguridad y respetar las indicaciones para moverse, sino de guardar silencio para no molestar a los de dentro. La de esta mañana ha sido una experiencia infrecuente. Recorrer el pasillo y escuchar tan cercana la voz de los compañeros que hablaban de la Historia de España y de las compañeras que aludían al Arte Moderno o a la Sintaxis. También me ha llamado la atención de esta anormalidad, cuando otros años el comienzo del curso —y más si se nos viene en un miércoles— siempre ha sido de poca afluencia, que esta mañana me dijera un profesor que había tenido casi un pleno de asistencia de los matriculados en su asignatura, como si en este año académico que hoy se ha iniciado hubiese una avidez insólita por empezar. Por cierto, empezar antes que los niños chiquininos de Primaria y antes que los chavales de Secundaria y Bachillerato, que parece que pueden tener más problemas. Y el caso es que es verdad que la educación no es una prioridad en España, que lo pone de manifiesto la gestión de esta vuelta a las aulas después de seis meses, el «caótico inicio de curso», como ha declarado Francisco García, el Secretario de Enseñanza de CC. OO. Ay, no sé. También he aprendido de los camareros de mi barrio y he desinfectado con un limpiador en spray y una bayeta la silla de mi despacho en la que se han sentado dos compañeros y una alumna. Otra experiencia nueva ha sido mi vuelta a la biblioteca, donde he tocado dos libros recibidos y provocado que, por la presunción de haberlos contaminado, tengan que estar tres días en cuarentena; y donde, tras sentarme en una silla, he tenido que voltearla y dejarla encima de la mesa. La primera vez en mi vida de lector. No me fui muy seguro de la estabilidad de la pirueta. No sé si lo hice bien. La última constatación de toda esta anomalía ha sido ahora releer en este blog la «Vuelta» del año pasado.
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sábado, septiembre 05, 2020
Delibes
Ayer dediqué unas horas al gran Miguel Delibes, a leer sobre él en el monográfico de El Cultural «Cien por cien Delibes» por el centenario de su nacimiento. Me había encontrado por la mañana con un amigo que al verme con el suplemento, que lleva en portada un espléndido dibujo de Ricardo Martínez, me dijo que ya lo había leído y que no estaba de acuerdo con Luis María Anson en su «Primera palabra»; o sea, con que Delibes, junto a Cervantes y Pérez Galdós, es el tercero entre los más grandes novelistas de la historia literaria española. No soy muy amigo de este tipo de afirmaciones jerárquicas, pero no voy a discutir si las hacen otros lectores que saben lo que dicen y que, además, tuvieron relación afectuosa con la persona ensalzada. Delibes, para mí, es uno de los grandes; lo he leído con agrado siempre y, sin embargo, no tiene mucha presencia en mi biblioteca. También Rafael Narbona en su repaso biográfico («Miguel Delibes, una vida de fidelidades») lo equipara a Cervantes y a Galdós por su manera de fijarse en los excluidos, en los marginados. Darío Villanueva destaca en persona, pasión, paisaje, mito, estructura y lenguaje los seis caminos del autor de El hereje. Cine, teatro —el que no escribió pero al que le llevaron por sus novelas—, naturaleza, periodismo… se tratan en las páginas de este recuerdo del «escritor de la clase media», como le llama Ignacio Echevarría en un texto muy certero. Todo ese rato con Delibes me trajo el recuerdo de aquel encuentro de hace tantos años al que me referí aquí cuando murió. Hoy, aquella errata no me parece tan estrepitosa cuando se trataba de un conservador como él, de un matador de conejos y de perdices compatible con el pensamiento de un humanismo ecológico tan reparador como el que se desprende de la relectura —ahora, en 2020— de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, cuyo exordio laudatorio culminó con estas palabras: «Vais a permitirme un inciso sentimental e íntimo. Desde la fecha de mi elección a la de ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más importante que podría haberme ocurrido en la vida: la muerte de Ángeles, mi mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años, califiqué de ‘mi equilibrio’. He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que eso: ella fue también, con nuestros hijos, el eje de mi vida y el estímulo de mi obra pero, sobre todas las demás cosas, el punto de referencia de mis pensamientos y actividades. Soy, pues, consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo. Objetaréis, tal vez, que al faltarme el punto de referencia mi presencia aquí esta tarde no pasa de ser un acto gratuito, carente de sentido, y así sería si yo no estuviera convencido de que al leer este discurso me estoy plegando a uno de sus más fervientes deseos y, en consecuencia, que ella ahora, en algún lugar y de alguna manera, aplaude esta decisión mía. Vengo, pues, así a rendir público homenaje, precisamente en el aniversario de su nacimiento, a la memoria de la que durante cerca de treinta años fue mi inseparable compañera». Miguel Delibes Setién fue elegido el 1 de febrero de 1973 y tomó posesión el 25 de mayo de 1975 con el discurso titulado «El sentido del progreso desde mi obra», que respondió en nombre de la RAE Julián Marías. También la lectura de y sobre Delibes me ha traído a Antonio Otero Seco, al periodista extremeño de Cabeza del Buey, escritor y profesor exiliado en Rennes, a cuya muerte sus compañeros de universidad promovieron un Hommage à Antonio Otero Seco (Rennes, Centre D'Études Hispaniques. Université de Haute Bretagne, 1971) en el que publicaron textos Victoria Kent, Jean Cassou, Ramón J. Sender, Carmen Conde, Ana María Matute, Camilo José Cela, Ángel María de Lera, y, entre otros, Miguel Delibes con «La muda», un fragmento de su futura obra Los santos inocentes (1981), que, como me dijo Domingo Ródenas Moya —autor de una excelente edición de ese título en Clásicos y Modernos de Editorial Crítica—, sería una de esas «rebanadas» que Delibes fue cortando a su novela en fárfara para cumplir algún compromiso como esa propuesta de homenaje. Delibes.
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miércoles, septiembre 02, 2020
Septiembre
El primero de septiembre siempre me trae algo de agosto. Realmente, solo son unas horas las que vivimos en esa distinción tan tremenda que algunos hacen entre uno y otro mes, entre la vacación y la vuelta a las labores. Ayer, en mi despacho. Echaba de menos mi despacho de la Facultad, aunque pasé por allí algunos días del mes pasado. No recuerdo en qué fase, C., una compañera querida, me decía que tenía ganas de volver a ver la puerta de mi despacho abierta, como suele estar si no recibo a alguien. Me gusta ese momento en el que un espacio tan reducido se convierte en una especie de confesonario; sea para atender una tutoría o para recibir a una colega que te cuenta una cuita. Lo que no podía imaginar es que en estos días la autoridad sanitaria recomendase que la ventana y la puerta de mi despacho permanezcan abiertas para que corra el aire. A la vuelta, me he encontrado con un vestigio reciente, de hace unos pocos meses: en una visita, una alumna me preguntó qué podría hacer alguien para publicar algo que había escrito. Fue tan enigmática como discreta, pues tuve que pedirle que me dijese por qué me preguntaba aquello. Averigüé que hablaba de alguien de su familia que había escrito algo que me dejó días después, que ya leí y de lo que no volví a saber nada más. Era un texto mal escrito, con mucho por recorrer, pero que me conmovió porque vi en sus costuras las ganas de compartir una inquietud. Seguirá en septiembre la puerta del despacho abierta o las tutorías en la calle, como ayer, en una céntrica terraza, aún de «vacaciones», disfrutando de una apacible conversación sobre la literatura y los libros, sobre las clases y el profesorado, sobre la vida y sobre el futuro. Ayer pensé en este agosto distinto que también se ha ido y cómo, por las entradas escritas aquí, suelen pasárseme por la cabeza las mismas cosas en la rueda de un existir que maldita la gana que tengo que se me trunque. Quise hablar hace unos días de mi Diccionario de citas y ya en agosto de 2011 aludí a él. Quise transcribir un fragmento de una carta de amor ficticio que proviene de un antiguo proyecto sobre el que también hablé aquí en agosto del año pasado. Y quise escribir sobre escribir cuando el otro día leí una entrevista con Antonio Garrigues Walker en la que decía que le encanta escribir teatro y que recomendaba a todo el mundo que no renuncie a pintar, «a hacer poesías… aunque lo hagan mal. Esa parte creativa de cada uno tiene mucho que ver con la felicidad», y volví a querer escribir sobre lo que ya escribí otro agosto pasado. Me repito, como agosto, como septiembre…
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sábado, agosto 29, 2020
Amazon y la tortuga
Una vez transcurridos dos meses desde la solicitud de envío, a la indignación progresiva le acompañó un permanente estado de triste contrición por comprar libros ahí. Mis excusas están alojadas en una urgencia sentimental. Lo cierto es que Amazon —cuyo nombre pronuncio en vano— acaba de enviarme un mensaje en el que sienten informarme que «debido a la falta de disponibilidad, no podemos proporcionarte los siguientes productos de tu pedido. […] Hemos cancelado el/los producto(s) y te pedimos disculpas por las molestias causadas. También nos disculpamos por el tiempo que nos ha llevado llegar a esta conclusión. Hasta hace poco, esperábamos poder conseguirte este/estos producto(s) […]» En una de mis reclamaciones, y después de recibir comunicación de Amazon —en vano pronuncio el nombre— que me aclaraba que «el envío está en un tiempo de 1 a 2 meses desde la fecha de compra», dije a Paola, pues así firmaba quien me atendió, que por qué no ponían en la publicidad de la tienda más grande del mundo esa información que tan bien nos vendría a los cándidos. Que Amazon —vuelvo a tomar el nombre en vano— no pueda conseguir un «producto», como ellos lo llaman, recientemente puesto a la venta, resulta paradójico. No hace mucho, recibí en ocho días un libro inencontrable desde una librería americana de Seattle. El caso es que la historia de este malogrado regalo se resume en indignación, en contrición y, finalmente, en cierto regocijo que me permite acordarme de la paradoja de Zenón de Elea de Aquiles y la tortuga, que sirvió a Jorge Luis Borges para regalarnos su texto «La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga», de Discusión. Así que no me arrepiento de haberme precipitado por la urgencia sentimental de hacer un regalo de cumpleaños, que había que enviar a poco más de cien kilómetros desde aquí, ya que puedo demostrar que esa distancia puedo recorrerla a pie en unas veintitrés horas, que, a razón de etapas de quince o dieciséis kilómetros al día, podría culminar en una semana. La paradoja se basa en la disputa de una carrera del gran héroe Aquiles contra una tortuga. Si Aquiles concede a la tortuga una ventaja, y suponiendo que ambos comiencen a correr a una velocidad constante, a pesar de que la tortuga recorrerá una distancia mucho más corta, cada vez que Aquiles llegue a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía tendrá algo de distancia que recorrer antes de que pueda alcanzarla. Así conmigo y Amazon —cuyo nombre vuelvo a pronunciar en vano—, pues nunca podrá alcanzarme en mi afán de llegar hasta la meta de entregar un modesto pero gran libro en un destino deseado. Con razón —y lo escribo a poco de leer un reportaje sobre Jeff Bezos, el dueño de eso, que dicen que es el hombre más rico del mundo—, escribió Borges que la paradoja de Zenón de Elea no solo era atentatoria a la realidad del espacio, sino «a la más invulnerable y fina del tiempo».
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martes, agosto 25, 2020
Marsé y el sur
En una de las provincias andaluzas en las que no estuvo Juan Marsé cuando visitó Sevilla, Cádiz y Málaga el año en que yo nací. Aquí leí este domingo el avance del libro inédito Viaje al sur (Barcelona, Lumen, 2020), que se publica esta semana, con fotografías de Albert Ripoll Guspi, sobre aquel viaje que el autor de Últimas tardes con Teresa hizo con su amigo Antonio Pérez para recorrer ese «amor perdido» de España que fue la Andalucía retratada por el escritor. Algunas líneas de ese avance son suficientes —a la espera de recibir el jueves el libro— para comprender que habría habido razones poderosas de censura para su desautorización, si los problemas económicos de la mítica editorial El Ruedo Ibérico no hubiesen cancelado su publicación. La mejor crónica que he leído de esta obra póstuma antes de su edición es la del crítico y poeta Manuel Rico, más bien la crónica de un hallazgo anunciado en su propio blog hace ahora ocho años, como él explica. Él menciona como ejemplos de una corriente de narrativa de viajes en los años sesenta Campos de Níjar, de Juan Goytisolo, Caminando por las Hurdes (1960), de Antonio Ferres y Armando López Salinas, o el viaje por Tierra de Campos de Jesús Torbado Tierra mal bautizada (1968); y yo me he acordado también, de otro modo de una crónica como la de Juan Goytisolo de España y los españoles, que también publicó Lumen ya en otro momento histórico, en 1979.
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viernes, agosto 21, 2020
Superíndice
Julia me ha enviado hoy la segunda entrega de Superíndice, un podcast ideado junto a su amigo David que están subiendo a la plataforma Spotify. Lo anuncian como una conversación sobre libros y asuntos como política, feminismo, movimientos LGTBIAQ+, sociología, semiótica…, «entre amigos que no son expertos de nada. Sin pretensiones, pero con muchas ganas de compartir y alargar el disfrute de nuestras lecturas». He gozado y aprendido mucho de las dos primeras sesiones, de aproximadamente una hora de duración, en cada una de las que uno de los dos ha ejercido de portavoz-lector, por así decir, y ha compartido con el otro las impresiones sobre un libro que es la excusa para tratar sobre temas diversos y de actualidad. Por mi trabajo gustoso, suelo tener contacto renovado cada curso con muchos jóvenes que me muestran casi siempre la parte más creativa y edificante de su mundo. Y también es verdad que en alguna de las escasas veces que voy en bus al campus he escuchado hablar a estudiantes de muy diferentes carreras sin dar crédito, espantado por el modo de expresarse, por la pobreza léxica y por los asuntos de interés; pero me gana lo que veo en las personas jóvenes más cercanas. Mis hijos, por ejemplo. Me quedo como bobo cuando escucho hablar a Pedro, o a mi sobrino Juan, que son el resultado de una buena educación basada en unos valores de tolerancia y de convicción sobre el significado de la sensibilidad que a ratos estoy convencido de que no van a perderse en las generaciones venideras. David y Julia son también un ejemplo de ello. Y a los hechos de estas dos entregas de Superíndice remito. El primero de los podcasts lo dedicaron a la lectura que él hizo de un ensayo del filósofo esloveno Slavoj Žižek (1949), Pandemia. La covid-19 estremece al mundo (Traducción de Damián Alou. Barcelona, Anagrama. Nuevos Cuadernos Anagrama, 2020), y me gustó mucho, a pesar de que se les notó algo la inquietud al lanzar lo que no sabían cómo iba a funcionar. Pero lo de hoy —lo grabaron hace días— me ha parecido como la continuación de una conversación después de años de experiencia de dos lectores que se llevan muy bien y que tienen muchas afinidades. Por la naturalidad, por la frescura, por la inteligencia, por la simpatía y la racionalidad cuando abordan algún asunto espinoso (¿espinoso?) como el lenguaje inclusivo. Esta segunda entrega la ha sostenido Julia con su lectura de la norteamericana Rebecca Solnit (1961), de su libro, del que parece que no hay aún traducción al español, Whose Story Is This? Old Conflicts, New Chapters. (Chicago, Haymarket Books, 2019). En palabras de Julia, un ensayo sobre quién tiene el poder de hacer la historia, de quién es, como sugiere el título, y sobre movimientos colectivos que intentan cambiar el estado de las cosas y que ponen de manifiesto —lo apostilla David a propósito de algo referido también a Rebecca Solnit— la colisión que hay entre la sociedad civil y la autoridad institucional que no resuelve lo que la primera se afana en subvertir o reparar. He pasado tan buen rato de este agosto que por momentos he tenido la frustración de no poder intervenir en la conversación. Bueno, los tengo cerca y puede ser fácil propiciar una ocasión de intercambio. Por ahora, me conformaré con comentar a posteriori el mucho placer que he sentido escuchándolos.
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lunes, agosto 17, 2020
Manuel Arroyo-Stephens
Esta mañana he leído en la prensa la noticia de la muerte del editor y escritor Manuel Arroyo-Stephens (1945-2020), y el hecho me motiva para recuperar el apunte de una entrada que debe de estar en la antesala desde hace tres o cuatro años. El que fuera fundador de las madrileñas librería y editorial Turner protagoniza una modesta historia personal nacida de mi biblioteca. Porque hay libros que son como esos aleros altos que acumulan, sin darnos cuenta, objetos, plumas, un pájaro muerto, canicas, unos palitos... Hasta que un día subimos al tejado para limpiar y encontramos allí restos de todo lo que el tiempo ha acumulado. Las ganas de subir al alero de mi biblioteca me llegaron hace años cuando leí una entrevista que Juan Cruz publicó en El País el domingo 1 de mayo de 2016 a Arroyo Stephens, autor de Contra los franceses, un libelo Sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos y especialmente en España (Madrid, Ediciones Turner, 1980). Yo había comprado en los ochenta un ejemplar de esa edición que no llevaba firma, que se publicó como un texto anónimo. No pongo en pie la necesidad que tuve de escribir a la editorial en diciembre de 1988 pidiendo algún dato más concreto sobre el extraño libelo; pero tengo la respuesta de Manuel Arroyo-Stephens en una carta mecanografiada de 26 de diciembre de ese año que, entre otras cosas, decía: «El autor del libelo es bastante perezoso, y aunque promete y promete no entrega la segunda parte, que tantos reclaman». Suponía, me decía, que tardaría un año, más o menos, en entregar la continuación —el libelo de 1980 terminaba con un «Fin de la primera parte»—; pero que en cuanto se publicase me haría llegar un ejemplar dedicado por «el supuesto autor». Me gustó averiguar de ese modo que Arroyo-Stephens era el autor de aquel libro, cuya continuación no llegó a enviarme, y que yo compré en una edición que casi nadie cita de Ediciones del Equilibrista —de los primeros años de la década de los noventa— que añadía como novedad en portada las iniciales M.A.S. y el añadido de cinco capítulos. Mi interés por el asunto volvió cuando leí un excelente artículo —como tanto de lo suyo— de René Andioc publicado en 1994 en el Hommage à Robert Jammes, en Toulouse, en el que citaba, aunque no la había visto, la edición del Equilibrista. «Justa repulsa de inicuas acusaciones» lo tituló, tomándolo de la obra de Feijoo, y fue una defensa con más enjundia y valor que aquel inicuo libelo al que más tarde el propio autor se refirió como un texto injusto o no comprendido. La historia editorial de Contra los franceses continuó luego, pues hubo una edición francesa en Éditions Exils, de 2015 (Contre les Français. De l'influence néfaste exercée par la culture française), con las iniciales M.A.S., en traducción de Philippe Thureau-Dangin, y, en 2016, ya con el nombre completo en cubierta y portada de Manuel Arroyo-Stephens, en la editorial Elba con una ilustración en la tapa de Miquel Barceló. Merece la pena detenerse algo en la reseña de la vida de este editor que Andrea Aguilar firma hoy en El País y en la necrología de la directora editorial de Alfaguara, Pilar Álvarez, que le conoció bien.
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, agosto 17, 2020 0 comentarios
miércoles, agosto 12, 2020
Dos libros de poemas (y II)
El primer libro de García Mera, Acercanza (Madrid, Beturia, 2014) tuvo unos maestros cercanos y visibles: Santiago Castelo, Carlos Medrano y Antonio Reseco, que, en cierto modo, siguen presentes en El contorno del eco como libro de un lector que convoca en sus poemas la música del mundo. «Epílogo», poema espléndido que lo cierra, presidido por una cita de Basilio Sánchez —hay otra en el libro de Sandra Benito—, es el epítome en heptasílabos de un poemario tripartito (I. La raíz. II. La hora. III. El canto), diverso, pero equilibrado. Un poema final en el que la raíz, la hora y el canto, en ese orden, se recogen junto con el título del libro todo en el verso: «el contorno del eco». La comparación inevitable entre esta obra y aquella primera de hace seis años encumbra a esta hasta un lugar preeminente entre lo editado en poesía en los últimos años por autores de Extremadura y a Carlos García Mera como un buen ejemplo de precoz maduración en términos literarios. Hay muchos momentos en los que detenerse en El contorno del eco que es muchos ecos, pues están los recuerdos de lo vivido y lo visto, están las personas —otra vez Santiago Castelo— y lo que han dejado, y están las lecturas y la historia, y lo que dejan. Esta última parte, la de «El canto», está llena de hallazgos, de poemas memorables por sus sugerencias y su intensidad; y agrada suponer que otros lectores elegirán otros textos igualmente favorecidos por el acierto en el decir. El de Sandra Benito es un gran primer libro, y vuelvo a ponerlo al lado de su compañero de salida porque con él representa un brillante ejemplo de cómo la poesía joven ha incorporado a su equipaje lector la tradición más cercana de la poesía española escrita por autores extremeños. Ya he citado a Basilio Sánchez, evocado en las dos obras; pero están Ángel Campos Pámpano o Álvaro Valverde, además de los mencionados, en la de García Mera; y Ada Salas, en dos poemas de la de Sandra Benito. Porque en Ciudad abierta, salvo en el «Umbral» y la «Coda», que, como sus títulos indican, abren y cierran el libro, sus treinta poemas numerados (I-XXX) van encabezados por un lema poético, con la intención de ofrecer una galería de lecturas que acompaña al propio discurrir de la autora. Esto no es un rasgo autorreferencial y menos un ademán erudito; es, en mi opinión, una seña de la humildad de una escritora que empieza, y que quiere acogerse a la sombra de algunas de las principales voces que ha leído. Y que conforma una galería de treinta epígrafes con sus veintiocho nombres —también repite José Hierro— para enmarcar una ciudad trazada imaginariamente a partir de la escritura, una ciudad también vivida realmente en la que situar las experiencias tempranas de la vida, las que todavía la están construyendo, como la familia, el amor, los primeros tanteos en la transmisión de la pasión literaria en el marco de un aula o el propio descubrimiento y la luz de la creación poética que articula temas como el tiempo, el olvido e incluso la muerte pensada a los veinticinco años. Sentido del ritmo, conciencia formal en clave de verso y de poema, y un bien afirmado bastidor simbólico en la mayoría de los textos son algunos de los argumentos de Ciudad abierta como ese primer libro luminoso que es y que ojalá le abran ámbitos distintos que vuelvan a confirmar que la Editora Regional de Extremadura acertó con apuestas así.
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, agosto 12, 2020 0 comentarios
martes, agosto 11, 2020
Dos libros de poemas (I)
Publicado por Miguel A. Lama en martes, agosto 11, 2020 0 comentarios
domingo, agosto 09, 2020
Retal
O lo que es lo mismo, tal y tal. No he contado los «retales» que he puesto aquí. Eran esto, cositas así. «No tengo talento para nada. Tan solo inquietudes, sed de conocer, y cierta voluntad de trabajo. Ni siquiera sé explicarme», leo en un cuaderno de cuando estuve con unos amigos en Cáceres e hicimos un elogio y defensa del artículo para combatir esa costumbre de decir «estoy en Rectorado» o «voy a Diputación». Fue hace cinco años. «El Perú, el Ecuador, los Estados Unidos…» se citaron en la conversación. «Y La Codosera», dijo Luis Arroyo, que, felizmente, también estaba. Un año antes, el mayo que mi hijo cumplió diecinueve, yo estaba en París en un seminario sobre la imagen de España en Europa en el tránsito del XVIII al XIX; y acabo de leer que cené épaule d’aigneau, bien rica —así, en francés. Fue en un cuaderno antiguo, que me trae muchos recuerdos y ocurrencias como aquella del «producto anterior bruto», que me gustaría registrar como propia. Otro apunte recoge lo de «abastado de bienes» de Fray Luis de León, y no precisamente materiales, que es lo que yo valoro y anhelo. Para otras apuntaciones próximas ando rebuscando en lo escrito y han surgido estas naderías. La fotografía de Dmitri Shostakóvich es por la música que escucho.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, agosto 09, 2020 2 comentarios
viernes, agosto 07, 2020
Homenaje a Víctor Infantes (y III)
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, agosto 07, 2020 0 comentarios
Homenaje a Víctor Infantes (II)
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, agosto 07, 2020 0 comentarios
jueves, agosto 06, 2020
Vacaciones
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, agosto 06, 2020 0 comentarios
martes, agosto 04, 2020
Cómo viajar con un salmón
Publicado por Miguel A. Lama en martes, agosto 04, 2020 0 comentarios




















