jueves, febrero 14, 2019

Alonso Guerrero en el Aula Valverde

Esta tarde, a las 19:15 intervendrá el escritor Alonso Guerrero en el Aula literaria «José María Valverde» (Salón de Actos del Palacio de la Isla), en la tercera lectura de este curso, que cerrará en marzo el narrador Hipólito G. Navarro. Mañana, el encuentro con los estudiantes de Secundaria y Bachillerato de los centros educativos que participan será en el Paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, en la que Alonso Guerrero estudió —aunque no en su ubicación actual, que ha visitado también en otras ocasiones como escritor—, a las 12:15, en un acto igualmente abierto a todo el público que quiera asistir.

miércoles, febrero 06, 2019

Valentina Varas en Letras

Valentina Varas (Buenos Aires, 1991) es autora de los libros La velocidad de una fiesta (Pánico el pánico, 2016) y Volcán (Caleta Olivia, 2018). Ambos han sido recogidos, junto a un puñado de poemas inéditos, en el volumen De todas las cosas que nunca entendí siempre vas a ser mi favorita, publicado por Ediciones Liliputienses en su Colección de poesía Fundación Obra Pía de los Pizarro (Trujillo) a finales de diciembre de 2018. En su página www.valentinavaras.com publica sus textos, fotografías e inquietudes. La escritora argentina leerá sus poemas y hablará sobre su obra en el Aula 7 de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres mañana jueves 7 de febrero de 2019, a las 12:10 horas.

martes, febrero 05, 2019

Glosolalias femeninas


He tenido la suerte de ver crecer este libro. Durante meses, he compartido con su autora, antes del diario despacho matutino sobre alguna miseria burocrática, buena parte de la fascinación por una religiosa renana como la abadesa Hildegard von Bingen (siglo XII) y sus trances o por la escritura marciana de una vidente suiza, Hélène Smith (1861-1929), a la que ha dedicado esta obra brillante, como todo lo que ha escrito Carmen Galán Rodríguez: Glosolalias femeninas e invención de lenguas. Córdoba, UCOPress. Editorial Universidad de Córdoba, 2018. También, entre la elaboración del orden del día de una reunión, la modificación del plan docente o un pedido de folios para el departamento, me contó que iba a presentarse al XXII Premio Leonor de Guzmán que convoca la Cátedra de Estudios de las Mujeres y financia la Delegación de Igualdad de la Diputación de Córdoba. Y lo ganó. Y no porque diga en sus primeras páginas que la historia de la invención de lenguas se haya escrito en masculino y reivindique la legitimación del espacio propio en femenino de aquellas que inventaron sus lenguas, no. Ha merecido el premio porque el libro está bien escrito y ofrece una investigación curiosísima y muy bien fundamentada. Explica la glosolalia o hablar en lenguas en su evolución histórica y por sus carencias e interpretaciones como patología o desorden psíquico para regenerarla con el neologismo de autoglosia bien creativa. Toda una lección. Carmen Galán se fija en un tratado del profesor de psicología Théodore Flournoy publicado en 1900 sobre las experiencias de una iletrada H. Smith para reivindicar su extraordinaria habilidad lingüística frente a los observadores masculinos que consideraron su capacidad como un trastorno psicótico. El relato sobre las autoglosias astrales de la vidente Smith y su producción marciana a partir de febrero de 1896 es asombroso, por la cantidad de ejemplos sobre esta manera de creación, y se prolonga en la escritura ultramarciana en 1900 y en el análisis de un nuevo ciclo referido al planeta Urano. Uno tiene que pararse un poco y pensar en que realmente está ante un estudio riguroso y sobre textos verificables, de tan chocante que puede resultar leer cómo esta mujer tomaba un lápiz y, en estado de trance, escribía extraños caracteres que —sostiene la autora de este luminoso ensayo— conforman una autoglosia consciente en unas mujeres protagonistas cuyas lenguas son «el espejo lingüístico que devuelve reflejado el efecto de sus deseos, un espacio propio de enunciación en cuyos límites se legitiman sus voces» (pág. 111). Extraordinario. 

viernes, febrero 01, 2019

Aula 34

Mi Facultad tiene treinta y tres aulas numeradas, sin contar otros espacios en los que también se dan clases, se hacen prácticas o se realizan seminarios. Así pues, el aula número 34 no está en la Facultad, está fuera, y hay veces que supera en mucho las dimensiones y la capacidad de los laboratorios docentes, de las salas multimedia y del resto de las aulas del centro en el que trabajo todos los días y del que en ocasiones me alejo para estar a gusto en esa aula 34 a la que, sin pedir permiso, entra mucha gente de esta ciudad, que dice que no puede desplazarse al campus. Es mentira. Se puede. Pero en la 34 hemos disfrutado de muchas horas también de literatura. Lo curioso es que casi nadie de mi Facultad entra en esa aula 34; así que el parte de firmas tiene muchos huecos en blanco. Por eso, me gustaría tanto contribuir a que el aula 34 de mi Facultad se llene de mucha gente en todos los sitios posibles. Una especie de aula que supere su número y se abra a todos los espacios. Del mismo modo, cuánto me gustaría que mis conciudadanos supiesen que hay un aula magna en Cáceres que tiene treinta y tres aulas numeradas, sin contar otros espacios en los que también se dan clases, se hacen prácticas o se realizan seminarios, y que está abierta a todo el que quiera una mañana o una tarde escuchar algo de su interés. Hay mucha variedad hasta completar aforo.

miércoles, enero 23, 2019

Tomás Sánchez Santiago

Me ha escrito esta tarde Tomás Sánchez Santiago a propósito de la antología dedicada a Ángel Campos Pámpano En el vuelo de la memoria, promovida por Suso Díaz, que la Editora Regional de Extremadura acaba de enviar a sus autores. Tomás es uno de los poetas que escriben —«Convocatoria» es su poema sentido, que se abre con unos versos de «La despedida», de La semilla en la nieve, uno de los libros de Ángel más invocados en el volumen— y una de las personas que mejor puede evocar quién fue aquel sobre quien ya escribió hace muchos años. En su espléndido libro Para qué sirven los charcos (Badajoz, Del Oeste Ediciones, 1999), Tomás puso un apunte antiguo que trajo a un Ángel vivo: «Recibo Abierto al aire, antología de la última poesía extremeña compilada y prologada por Ángel Campos y por Álvaro Valverde, a quien no conozco. Mientras vivimos en Salamanca, Ángel fue siempre el animal literario del grupo. Todo lo que hacía estaba trascendido de literatura y cuando los demás, con menos de veintidós años todavía, dudábamos si era moral o no quedarse leyendo a Mallarmé antes que unirse a una manifestación o a una juerga, él traducía pacientemente a Pessoa en su oscura casa de la calle de Libreros» (págs. 149-150). Es curioso que esta mañana yo me haya acordado de Tomás cuando volvía de la Facultad con un pan bajo el brazo y el periódico. «Pan y prensa: sustento diario», me he dicho, recordando aquello que Tomás escribió en su citado Para qué sirven los charcos: «Ay, los maridos del domingo: pan y prensa» (pág. 109). Qué bueno es saber así de alguien a quien se quiere y convocarlo así. Y que esta misma tarde me haya puesto sus líneas siempre cariñosas, siempre amigas.

miércoles, enero 16, 2019

Eleonora Finkelstein en el Aula Valverde

No conozco a la escritora Eleonora Finkelstein, y me ha agradado ver alguna foto de su intervención en una lectura poética en el Seminario Humanístico de Zafra esta misma semana. He tenido ocasión de leer algunos de sus poemas y espero poder escucharla en el Aula Literaria «José María Valverde» de Cáceres, en la que interviene mañana en el Palacio de la Isla (19:15 horas) y el viernes en la lectura con los estudiantes de Secundaria en el Instituto «El Brocense» (12:15 horas). Y me ha gustado mucho saber que es la responsable editorial de RIL editores, en cuyo consejo de dirección está un paisano como Francisco Najarro, que ha propiciado que pronto pueda publicarse bajo ese sello una novela —le viene chico el género— de otro paisano como Luciano Feria, autor de un texto extraordinario que saldrá —creo— con el título de El lugar de la cita, que es como yo lo leí hace ya casi dos años. Qué grato es que alguien que viene de lejos te traiga querencias de cerca. Lo dicho, Eleonora Finkelstein, mañana, en el Aula Literaria «José María Valverde». 

martes, enero 15, 2019

Entra el editor y dice

Es una suerte compartir índice en esta obra que acaba de aparecer en la prestigiada colección «Biblioteca di Rassegna iberistica», de la editorial Ca'Foscari de Venecia, con extraordinarios especialistas en el teatro del Siglo de Oro español y en crítica textual. «Entra el editor y dice»: ecdótica y acotaciones teatrales (siglos XVI y XVII). Venezia, Edizioni Ca'Foscari, 2018, es, según se desprende de las palabras introductorias de los coordinadores del volumen, Luigi Giuliani y Victoria Pineda, una manera, desde el texto, de alejar la mirada, contemplar el escenario de teatro y asomarse a la realidad extratextual y material de la representación (pág. 7). El lector podrá hacerse una idea de la motivación de esta obra echando una ojeada a este sumario: «Herramientas embotadas. Lachmann y las acotaciones», por Luigi Giuliani (Università degli Studi di Perugia); «La edición de las acotaciones. El caso del aparte en los autógrafos de Lope de Vega», por Javier Rubiera (Université de Montréal); «La acotación como texto. Con ejemplos de Lope de Vega», por Gonzalo Pontón (Universitat Autònoma de Barcelona); «Lope ante la puesta en escena. Las acotaciones en las comedias autógrafas», por Sònia Boadas (Università di Bologna); «Las Comedias escogidas de Lope de Vega por Juan Eugenio Hartzenbusch. Editar y reescribir», por Miguel Ángel Lama (Universidad de Extremadura); «Las acotaciones de Calderón. De los autógrafos a las ediciones de Vera Tassis», por Fernando Rodríguez-Gallego (Universitat de les Illes Balears, Institut d'Estudis Hispànics); «Las acotaciones en los impresos y manuscritos de La dama duende (siglo XVII)», por Fausta Antonucci (Università degli Studi Roma Tre); «La edición de variantes didascálicas en el teatro inglés de la época de Shakespeare», por Jesús Tronch Pérez (Universitat de València); «'Un apoyo que no hay que desdeñar'. Formas y funciones de las acotaciones francesas (siglos XVI y XVII)», por  Véronique Lochert (Université de Haute-Alsace); «Editar el escenario portugués», por José Camões (Centro de Estudios de Teatro, Universidade de Lisboa); «Acotaciones en las adaptaciones neerlandesas de las comedias de Lope de Vega», por Antonio Sánchez Jiménez (Université de Neuchâtel). «Despojadas de la elegancia propia de los versos, escatimadas por los dramaturgos, manipuladas por las compañías, maltratadas por los copistas, desatendidas por los lectores, a las acotaciones siempre se les ha asignado un papel subalterno con respecto del texto dialogado», leemos en el principio de la introducción aludida (pág. 7); el «patito feo» dentro de los estudios textuales sobre teatro áureo las llama Fernando Rodríguez-Gallego en el principio de su trabajo; y para Gonzalo Pontón en su interesante capítulo son «el portillo (siempre demasiado angosto, siempre solo entreabierto) por el que contemplar cómo vivían esas obras en escena, cómo la palabra del dramaturgo se convertía en espectáculo, en acontecimiento social colectivo» (pág. 70), y, como signos performativos, parece que se eluden en la tradición de la crítica textual; de ahí la necesidad de reivindicarlas, como hace Pontón sobre autógrafos de Lope de Vega. En fin, valga este apunte como acotación a un texto principal como el libro coordinado por Victoria Pineda y Luigi Giuliani.

domingo, enero 13, 2019

Baldado

De haber incorporado etiquetas a este blog, una de ellas —por fortuna no muy cuantiosa— podría llevar el rótulo de «Dolencias», y me traería recuerdos de una rotura del manguito rotador, de una artritis reumatoide o de una fascitis plantar que quisieron sojuzgarme casi siempre por las mismas fechas de finales o de principios de años diferentes. Como en estos días de enero, baldado por una lumbalgia a la que me gustaría encontrar algún eco literario de un personaje de novela rusa; y, sin embargo, lo más ilustre que me trae cuando me levanto es al Quasimodo de Nuestra Señora de París, de Víctor Hugo. Lo que no me imaginaba era que iba a toparme con la lectura, en aquella sección de «Revista de Revistas» que redactaba Fernando Araujo en La España Moderna de Lázaro Galdiano, con un artículo sobre supersticiones calabresas —sí, y dentro del curioso epígrafe «Psicología Étnica»— en el que se dice que «El lumbago se cura extendiéndose en la cama y dejándose pisar en la región lumbar por una mujer que haya tenido gemelos» (La España Moderna, t. 187, julio de 1904, pág. 195). El artículo concluye que en la mayor parte de los casos, si hay curación, es debida a la sugestión exclusivamente por la acción de lo moral sobre lo físico; pero como también señala que en algunos de estos remedios empíricos existe una base científica que explica su acción curativa, si persiste el dolor, voy a poner un anuncio.

jueves, enero 10, 2019

Señales acústicas

En la casa de un vecino había albañiles trabajando. Desde mi baño se escuchaba la labor. Una tarde, el sonido era el mismo que tantas veces he escuchado en los cementerios. El rorro circular en el capazo de goma para la mezcla, el chof del cemento, el ras de la paleta de alisar. Chof y ras-ras, chof y ras-ras... Y el acabado con la llana. Y el acabose, terminada la faena.

martes, enero 08, 2019

Marsé, 86

© Fotografía de Marta Calvo
A pesar de que Juan Cruz ha felicitado hoy a Juan Marsé (Barcelona, 1933) en su espacio «El revés y el derecho» de Hora 14 en la SER, sigo dando más credibilidad documental a su biógrafo Josep Maria Cuenca en Mientras llega la felicidad (Barcelona, Anagrama, 2015) que al mismísimo Marsé y a la Wikipedia. Hoy ha sido la primera vez que alguien me ha traído su nombre después de un diciembre en el que aparecía como uno de los firmantes de un manifiesto contra Quim Torra, publicado en El Periódico de Catalunya y encabezado por el lema: «Ja n'hi ha prou! Que no ens divideixin. Per un Govern per a tots». Antes, me lo trajo mi colega Luigi Giuliani, de la Universidad de Perugia, en una entrevista que el profesor hizo al escritor en la revista cultural en línea Insula europea, en la que se aludía también a su posición ante el procés y a su relato El moco nacional, publicado en El País en julio, y que no sé si ha sido debidamente considerado como un lúcido precedente de la broma de Dani Mateo en El intermedio a costa de la bandera española y la indignación patriótica. En resumidas cuentas, de lo que se trata es de felicitar al maestro, y parece ser que da igual un día que otro. Este año toca el 8, que no quiero ser menos. Ni más. Felicidades, maestro.

lunes, enero 07, 2019

Carola de Matilde Muro

Me llegó el pasado día dos de este nuevo 2019 la estrena anual que envía Matilde Muro Castillo (MMC). Un sobre apaisado con mi nombre y dirección escritos en su reconocible letra que contenía ese original marcapáginas y ese tríptico en papel ahuesado con el texto «Carola». Es un recuerdo a una amiga fallecida, el relato de un suceso real acaecido a mediados del siglo pasado que me ha llevado a reflexionar sobre cuánto habremos cambiado en más de sesenta años. Ay. Me gusta que estos apuntes se vayan llenando de acuses de recibo de los detalles de MMC, como otra tradición con sabor literario de final o de principio de año. Y me apetece devolverle sus buenos deseos desde aquí.

sábado, enero 05, 2019

Historias dentro de una caja (y II)

Y las apostillas al índice. 1. Texto impecable e ilustración son buena prueba de que el autor es bien mandado y suele cumplir estrictamente con un encargo que une, por la sensibilidad creadora, palabra e imagen. 2. Si el anterior vincula la palabra con la imagen, no digamos este. Antonio Gómez, con palabras. 3. El autor, que escribió aquí sobre la caja, no nació en Extremadura, como Gómez, así que no viene al caso, referirse al título de este inquietante relato. 4. Son cuatro poemas de aire musulmán, se respira, se nota el agua del hamán. 5. Como si la propuesta creativa de estas Historias fuese la poética actual de Luis Costillo. 6. Un texto de los suyos. Lenguaje, humor y página de sucesos. 7. Cuatro relatos muy breves, sobre circunstancias sencillas y cotidianas, incluidos el primero y el último, que parece que se tocan, uno sobre un exhibicionista —metafórico— y otro sobre los que miran como el que escanea socialmente. Bueno, al fin y al cabo, sencillas y cotidianas. 8. La fotografía de una antigua locomotora y el relato en primera persona sobre personas primeras, en un texto titulado «Tierra de nadie» y sobre trenes que parece la crónica de nuestra actualidad, ay. 9. El viento de Levante frustrante en un texto acompañado por un dibujo que es como el relato deseado y nunca escrito. Habría sido mejor. 10. Una escena ante la luna en una estampa acompañada por una ilustración sugerente. En una noche de Reyes como la de hoy, qué bien vienen las palabras de Carmen Fernández al presentar su propuesta editorial: «La Caja con Historias que ahora tienes en tus manos nació como nacen todas las buenas ideas: de forma espontánea. Se inspira en la emoción que siempre nos produce recibir y abrir una caja. Porque una caja en las manos despierta en nosotros mundos de ilusiones y sorpresas. Objetos soñados que nos habría gustado recibir pero que nunca llegaron. Una caja que agitamos o zarandeamos en un intento de adivinar qué secretos esconderá». Felices Reyes.

Historias dentro de una caja (I)

Tenía que ser así. Así, de pronto, al pasar otra vez por ese estante que tengo frente a esta mesa y en el que se quedó, casi sin acusar recibo, desde que me llegase en diciembre de 2017. Vino con una tarjeta de José María Casado —11-12-17—, de la librería Universitas de Badajoz, editor de un proyecto ideado y sostenido por Carmen Fernández (Sally McClay, Carmen Fabrics & Papers). Es algo más de lo mucho pendiente que queda al cabo de un año, algo que entró en casa por la generosidad de alguien y que yo no pude ni supe agradecer, y que ahora pongo en su sitio, literalmente. Con esa zozobra hay que vivir. Pero no pasa nada. Historias dentro de una caja es una edición singular de diez textos  recogidos en una caja de cartón con su funda de cartulina como cubierta que explica lo que contiene, por ejemplo, que cada escritor ha dibujado, ilustrado o se ha expresado plásticamente para acompañar sus palabras. Tenía que ser así. Así, de pronto, al pasar otra vez por ese estante y, sobre mi mesa, abrir la caja y comenzar a leer cada uno de los diez cuadernillos mientras la luz natural entraba por el balcón y yo notaba que se recogía más rápidamente que otras tardes. Pude, sin embargo, leer cada una de las entregas que ofrece esta caja de historias ilustradas antes de que se hiciese el oscuro e irme a paseo. Sigo en esta relación el orden en el que van estuchadas, e ignoro el criterio que ha seguido Carmen Fernández. Solo sé que el primer nombre es el de un autor muy cercano a ella y el más notable; y que el último es el de una autora muy joven en la palestra literaria y la más cercana a Carmen. 1. Gonzalo Hidalgo Bayal, «Los duendes de Per Abat»; 2. Antonio Gómez, «Escrito a mano»; 3. Josemaría Mejorada, «El intruso; 4. Inma Chacón, «Asilah»; 5. Luis Costillo, «Cuando calienta el sol»; 6. Elías Moro, «Urbano»; 7. María Rosa Vicente, «Especímenes»; 8. Pilar Galán, «Tierra de nadie»; 9. Jesús Carrasco, «Levante»; y 10. Paula Campos, «La lluvia naranja». Este es su índice.

martes, enero 01, 2019

Año Nuevo

Feliz año nuevo. Dirige la Orquesta Filarmónica de Viena el berlinés ultraconservador Christian Thielemann. Entre los primeros mensajes de 2019 que he recibido en mi teléfono está uno con un enlace a un blog que recoge el listado de los libros recomendados por la Asociación de Editores de Poesía y que también ha difundido la revista poesiaerestu.com como los 12 mejores libros de poesía de 2018.  Tres títulos de esa docena son de autores extremeños, y no creo que sea casual, sino un síntoma de la altura y la calidad artística de buena parte de los poetas de Extremadura y de lo muy significativo en el panorama nacional de sus ya largas y brillantes trayectorias: Pureza Canelo, Basilio Sánchez y Álvaro Valverde son los nombres, y los libros Retirada (Pre-Textos), Esperando las noticias del agua (Pre-Textos) y El cuarto del siroco (Tusquets Editores). Buena noticia o merecida confirmación para empezar el año.

lunes, diciembre 31, 2018

Último día de 2018

Recuerdo ahora tal tarde como la de hoy, hace un año, como por mirar atrás, sin ninguna nostalgia ni apego alguno por nada material que no sea un cuaderno en el que poder escribir en cualquier parte. Como siempre, me apoyaba en palabras ajenas, y hoy son las que leí ayer de Manuel Vicent («La luna»), que dice que la felicidad —esa metáfora de la luna como lo inalcanzable que dejó de serlo cuando se llegó a ella y no nos hizo más felices— puede concedérsela uno a sí mismo si no pide más de lo necesario. Vicent —qué lástima que todavía no hayamos logrado traerle a Cáceres al Aula «José María Valverde»— que escribe que «[...] cualquiera que remonte el río de la memoria hallará un aroma, el tacto en otra piel, un sabor en el paladar, el sonido de una música evanescente o una imagen velada en el espejo del pasado cuyo recuerdo le nublará el cerebro y le hará saltar las lágrimas de placer. Un instante de esta felicidad da sentido a toda una vida y en esas sensaciones hay que apoyar la palanca para sobrevivir», hace recuento de algunas de esas experiencias que durante el año que se acaba le han permitido alcanzar algo de esa luna de la que habla: ver dos o tres buenas películas, alguna exposición, sobremesas agradables con los amigos, una música y los resultados de una analítica favorable. Y es verdad, porque una de las mejores definiciones de la palabra «salud» que conozco es la de que «La felicidad consiste sobre todo en que el cuerpo guarde silencio por dentro», que escribe Manuel Vicent en esa misma columna, que esta última tarde del año me motiva también a recordar un libro excepcional, un desayuno con Pedro en la calle València de Barcelona, otro con Julia en una terraza de General Perón en Madrid, una visita reparadora y una espalda recorrida, la noticia que llegó por teléfono de la alegría de un amigo escritor por un premio merecido, una mañana con mis alumnas —y Javier— en la Biblioteca Pública de esta ciudad ante unos cuantos incunables —con Teresa Gómez—, otro desayuno en casa —la mejor comida del día, sin duda—, y, ojalá, un buen resultado de los análisis que no me he hecho. Feliz año nuevo.

sábado, diciembre 29, 2018

Pezoa Véliz

© Fantasio (1929)
Un martes de este diciembre que se acaba, mis alumnas —y Javier— y yo estuvimos enredando en clase con un libro. Se trataba de algo muy sencillo: leer. Pero leer hasta las costuras. Algo así como leer bien el manual de instrucciones de un objeto que yo percibo que manipulan con más torpeza que un teléfono móvil o que la caja que contiene un fármaco. Buscar entre las páginas lo que parece que no está y que, sin embargo, cuando lo necesitamos, nos sirve. Por ejemplo, un índice onomástico; o una nota escondida que nos informa que el texto que leemos fue publicado en un periódico pocos meses antes de la muerte del autor, o después de su muerte, muy pocos días después de su muerte. Por otra tarea, he vuelto a esa obra póstuma de Roberto Bolaño, de la que hablé aquí, la recopilación de sus artículos, ensayos y discursos bajo el título de Entre paréntesis (Anagrama, 2004), bien cuidada por su —antaño— editor literario, Ignacio Echevarría, que es la que llevé a clase. Yo recordaba que Roberto Bolaño habló de un par de poemas memorables de un poeta chileno muy desconocido, Carlos Pezoa Véliz (1879-1908), y he vuelto a toparme, buscando otro asunto poético, con esa referencia. Ya he podido saber que uno de los poemas que Bolaño decía que merecía ser recordado era «Tarde en el hospital». Sin duda, es interesante, o como dijo Bolaño, auténticamente bueno:

Sobre el campo el agua mustia
cae fina, grácil, leve;
con el agua cae angustia:
llueve
Y pues solo en amplia pieza,
yazgo en cama, yazgo enfermo,
para espantar la tristeza,
duermo.
Pero el agua ha lloriqueado
junto a mí, cansada, leve;
despierto sobresaltado:
llueve
Entonces, muerto de angustia
ante el panorama inmenso,
mientras cae el agua mustia,
pienso.

viernes, diciembre 28, 2018

La hoguera de los inocentes

No parece mal día —aunque solo sea por lo nominativo— para hacer aquí un apunte sobre este ensayo de Eugenio Fuentes, La hoguera de los inocentes. Linchamientos, cazas de brujas y ordalías (Barcelona, Tusquets Editores, 2018). La palabra «ordalía» está en todos los títulos de los catorce capítulos —en el último, un derivado como «ordalizado»— y del epílogo de este libro. En la introducción a su obra, Eugenio Fuentes dice que leyó por vez primera esa palabra en La verdad y las formas jurídicas, de Michel Foucault y que la historia de la humanidad es una sucesión de ordalías, esa injusticia o aberración jurídica con apariencia de juicio —el «juicio de Dios»— que impelía a un acusado a demostrar su inocencia por la resistencia a la tortura o a otro tipo de pruebas irracionales y absurdas. Presentado en su origen histórico en el primer capítulo —«La ordalía primigenia»—, Fuentes se fija en el resto de estaciones de su ensayo —que también es un dietario de muy diversas lecturas, desde el libro del citado filósofo francés hasta, por ejemplo, El Proceso, de Kafka— en la esencia de su asunto, y va recorriéndolo por ejes temáticos y referencias literarias o cinematográficas. La religión católica y su combate contra su herejía, la caza de brujas, el racismo, las dictaduras, o la intolerancia ante la libertad sexual, son algunos de los puntos en los que focaliza el autor de Montehermoso su pensamiento en torno a esta actitud histórica que parece un pretexto para transitar por la historia de la literatura, del cine y del arte. Por eso, se echa en falta, sumado al índice onomástico, uno de títulos, pues son muchos, muchos más que los mencionados en el índice general que abre la obra, en el que están El hereje, de Delibes, Intruso en el polvo, de Faulkner, Las brujas de Salem, de Miller, De los delitos y las penas, de Cesare Beccaria, Huracán en Jamaica, de Richard Hughes—qué bien—, El cuento de la criada, de Margaret Atwood...; pero que también podrían mencionarse todos y cada uno de los títulos que se allegan a esta reflexión en forma de libro. Un pretexto, además, que se trae al texto y se expone admirablemente por Eugenio Fuentes. Una buena recomendación para el Día de los Inocentes, sin hogueras.

miércoles, diciembre 26, 2018

Análisis

Hay una clínica que está muy lejos de esta ciudad que me envía los resultados de los análisis de otra persona, que debe de tener una dirección electrónica parecida a la mía. Hace meses fue un hemograma y un lipidograma, y hace menos, un inquietante tac abdominopélvico con contraste. Ya avisé del error y continúo avisando, y, por supuesto, ignoro unos resultados para cuya lectura e interpretación me enviaron claves e instrucciones. Eliminados los mensajes, sigo intranquilo. A ver si no solo la dirección electrónica es lo que tenemos en común. Ojalá todo esté bien. Estoy deseando enterarme.

Libros de un año y más (y III)

Tengo que volver a empezar a leer La isla del fin del mundo (Barataria, 2018), de Selena Millares, que comencé en mal momento, escrita en primera persona y sobre algo ocurrido en el último tercio del siglo XVIII, que tanto me interesa. Y debería nutrirme completamente —escribiendo— de la novela ejemplar del extremeño de Azuaga Antonio Jiménez Casero Medea murió en Corinto (Chiado Editorial, 2016), que también tiene su primera persona y es también una manera muy discreta de ser un atractivo ejemplo de difusión de la literatura clásica, y cuya lectura debo a Carmen Alfonso. En la fotografía que parece un mosaico están dos libros muy recomendables y muy distintos —o no— de José Antonio Llera, que es profesor de literatura española en la Universidad Autónoma de Madrid y fue estudiante y doctor en la de Extremadura: los diarios de Cuidados paliativos (Logroño, Pepitas de calabaza, 2017), en los que hay de todo, incluso un Julián Marcos, profesor de latín que yo conocí (pág. 43), menos un índice onomástico, que es lo que uno echa en falta en libros que se escriben con alusión a tantas personas, desde Roger Wolfe a Abdón Moreno. Rafael Morales Barba. Oscar Barrero. José María Cumbreño. Julio Cortázar. Miguel Labordeta, que es a quien dedica su libro Vanguardismo y memoria. La poesía de Miguel Labordeta (Pre-Textos y Fundación Gerardo Diego, 2018), excelente ensayo que recorre toda la trayectoria del poeta aragonés, desde sus primeros escritos, muy jovencito —los antetextos de los quince años—, hasta la experimentación de Los soliloquios, de 1969, año de su muerte, y que tiene muy en cuenta los ricos materiales del archivo Miguel Labordeta de la Biblioteca María Moliner de la Universidad de Zaragoza. Libros, libros, libros. El trastero va a tener que esperar.

Libros de un año y más (II)

Me recomendó Gonzalo Hidalgo Bayal en la última edición de Centrifugados en Plasencia la lectura de Cien centavos (Baile del Sol, 2015), de César Martín Ortiz (1958-2010), y se lo agradezco, porque es un autor que escribía muy bien, y se disfruta mucho leyéndolo, y porque vuelvo a plantearme por qué Baile del Sol, la editorial canaria, tiene tan buen ojo para difundir textos que son tan deslumbrantes. Hace cuatro años publicaron la colección de cuentos En la frontera del color, de Charles Waddell Chesnut (1858-1932), «uno de los padres de la narrativa de tradición negra y uno de los pilares del realismo americano», en palabras de Victoria Pineda, traductora de esta obra y autora del ensayo —que sí está en la foto— Écfrasis, exemplum, enárgeia. Luis Cernuda y la poesía de la evidencia (Madrid, Calambur Editorial, 2018), que recoge una serie de trabajos sobre cómo Cernuda llevó a su poesía la descripción de una imagen artística proveniente de un cuadro —por ejemplo, en «Ninfa y pastor, por Tiziano», un poema que insistentemente he explicado en mis clases cuando teníamos que leer Desolación de la Quimera—, y que es una estupenda introducción al concepto teórico de la écfrasis como exemplum. Recibí también dedicado este año La vida amputada, de Birilo, una primera novela de la que todo lo que tenía que decir se lo dije a su autor, que dará que hablar; y también, en su día, una antología, esa de las cubiertas bermejas y La sien en el puño del colombiano José Manuel Arango (1937-2002). Lo de Ramírez Lozano no tiene nombre. Me envía sus muchos libros y no acabo de reseñarlos como es debido. Este A cara de perro (Madrid, Reino de Cordelia, 2017), que lleva en mi escritorio mucho tiempo, fue Premio de Poesía Eladio Cabañero, y me devuelve al más auténtico nombre que tiene José Antonio Ramírez Lozano.