Hasta la tarde de ayer se celebró en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo el congreso El mundo del libro y la cultura editorial en la España del siglo XVIII, coordinado por el Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII (IFESXVIII) de la Universidad de Oviedo, y la participación también de la Queen’s University Belfast, a la que pertenece el profesor Gabriel Sánchez Espinosa, uno de nuestros grandes expertos en bibliografía material, en bibliotecas y en los aspectos históricos referidos al libro en diversas épocas y principalmente en el siglo XVIII, el período que ha sido el objeto de esta convivencia de investigadores. He podido beneficiarme de una parte pequeña de las aportaciones que se han presentado a esta reunión científica; pero lo mejor que me he traído de una ciudad preciosa y lluviosa, en un junio días atrás caluroso en extremo, ha sido asistir al homenaje que la Universidad de Oviedo dedicó el miércoles en su antiguo paraninfo a una dieciochista como Inmaculada Urzainqui Miqueleiz. La «excusa» fue su jubilación como profesora de la Universidad de Oviedo, después de cincuenta años de vinculación con ella, también como exdirectora del IFESXVIII y como catedrática de Literatura Española, y la expresión material del agradecimiento de todos es ahora la publicación del libro La República de la Prensa: periódicos y periodistas en la España del siglo XVIII, que, en edición de Eduardo San José Vázquez y María Fernández Abril (Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII. Universidad de Oviedo. Ediciones Trea, 2022), reúne los estudios más destacables de la autora sobre los orígenes y el desarrollo del periodismo español en el siglo XVIII, estudios que no han perdido vigencia y que cobran, reunidos ahora, un valor renovado muy especial para los estudiosos e interesados. Novecientas doce páginas rematadas con un poblado índice onomástico y de cabeceras periodísticas, que es la última de las tres secciones con las que se cierra el volumen que remite, además, a una Bibliografía citada —que facilita las consultas— y que relaciona todas las publicaciones de Urzainqui desde 1978 —la primera fue una reseña de la bibliografía de Francisco Aguilar Piñal sobre La prensa española en el siglo XVIII. Diarios, revistas y pronósticos— hasta 2021. Aunque supongo que los editores del compendio han estado en comunicación constante con la autora, se aprecia mucho su labor en la estructuración del conjunto en cinco nutridos bloques de trabajos que dejan distribuida la obra de muchos años de Inmaculada en (I) Panorama de la prensa en el dieciocho español —aquí quedan recogidos trabajos de referencia principal en el estado de los estudios de nuestro Setecientos—; (II) Prensa de opinión y crítica. Los espectadores; (III) Un nuevo espacio para la crítica literaria; (IV) Mujer y prensa —interesantísima su atención a los espacios de la mujer en la prensa—; y (V) Algunos nombres propios —Feijoo siempre, Isla, Rubín de Celis, Jovellanos…—. Pesa poco el tocho reparador de La República de la Prensa de Inmaculada Urzainqui comparado con la cantidad de amistad y estima que uno encuentra con tan solo desplazarse unos quinientos kilómetros para estar —a distancia por el puñetero virus que afectó a la homenajeada— con una «maestra también en cordialidad, constancia, entusiasmo y convicción», como deja escrito en las «Palabras preliminares» del libro la actual directora del IFESXVIII, Elena de Lorenzo, con quien, nuevamente, disfruté de su conversación, esta vez en un local de la Plaza Porlier en el que hablamos de Inmaculada, de Feijoo y Jovellanos, de los muchos colegas con los que departimos, de libros, de poesía contemporánea, de la amistad como asunto de la literatura del Dieciocho. Y eso. De la buena gente y de las buenas sensaciones que a la mañana siguiente me traje durante otros quinientos kilómetros.
viernes, junio 24, 2022
En Oviedo, con Inmaculada Urzainqui
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sábado, junio 18, 2022
Saramago
Hoy, en el año de su centenario, se cumplen doce de la muerte de José Saramago. El Premio Nobel portugués nació en la freguesia o pedanía Azinhaga en 1922 y murió en Tías, en la isla de Lanzarote, en junio de 2010. He vuelto esta mañana a las páginas de El año de la muerte de Ricardo Reis, porque me lleva a Fernando Pessoa y me vuelve a evocar a Ángel Campos Pámpano, que tradujo la poesía completa de Saramago (Alfaguara, 2005). Y aprovecho esta efeméride para difundir el Curso de Verano del Campus Yuste y de la Universidad de Extremadura, con el apoyo de siempre del Gabinete de Iniciativas Transfronterizas de la Junta de Extremadura, que homenajea así a su persona y a sus obras. Tendrá lugar en el Monasterio de Yuste entre los días 27 y 29 de junio de 2022 y, felizmente, en formato presencial. Aquí está la información. Con orgullo, la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste recuerda que Saramago fue nombrado académico —ocupó el sillón Rembrandt— en junio de 1998, unos meses antes de que se le distinguiese como Premio Nobel. Pero quiero anotar que también siguió manteniendo con Extremadura una constante vinculación al aceptar la propuesta que le hizo la Junta extremeña de ser el presidente del jurado del Premio Extremadura a la Creación en su modalidad de Trayectoria Artística de Autor Iberoamericano desde su primera edición, cuando en 2000 se otorgó al insigne poeta Eugénio de Andrade, que poco después obtuvo el Premio Camões, la máxima distinción para un escritor en lengua portuguesa y que ya mereció José Saramago en 1995. El autor de La balsa de piedra estuvo en la presidencia de ese premio extremeño en las siguientes ediciones, las que premiaron a otros escritores como Ernesto Sábato (2002), Rafael Sánchez Ferlosio (2003), Juan Marsé (2004), Juan Goytisolo (2005), y Eduardo Lourenço, es decir, hasta mayo de 2006. En aquella su última rueda de prensa como presidente del jurado, celebrada en el actual Hotel NH Palacio de Oquendo de Cáceres, Saramago hizo una contundente propuesta para abrir más las candidaturas de los premios a Iberoamérica. En aquel entonces, tener al Premio Nobel todos los años en Extremadura se convirtió en algo habitual, y disfrutar de su conversación en público y en privado es una de esas preciadas experiencias que uno recordará siempre. Por todo ello, y por más, será un gusto estar en Yuste recordando a un gran hombre.
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viernes, junio 17, 2022
Ex Libris Alonso Zamora Vicente
Hermano con este título esta entrada con otra que dediqué aquí al fondo bibliográfico de Pedro de Lorenzo (1917-2000) para hacer mi crónica de esta inauguración, celebrada esta mañana en la Biblioteca Central de la Universidad de Extremadura en Cáceres. Pongo en cursiva inauguración porque los libros de Pedro de Lorenzo están en la Diputación de Cáceres desde 1983 y los de Zamora Vicente desde 1990, y han formado parte del patrimonio bibliográfico de la institución desde entonces. Sin embargo, hoy se ha inaugurado —ahora sí, en redonda— una nueva ubicación de la colección y una nueva idea sobre cómo poner a disposición de los usuarios un patrimonio bibliográfico impresionante. Confieso que me he emocionado esta mañana viendo todo aquello, sintiéndolo mío —otra vez la cursiva, claro—, como el resultado de la colaboración de dos instituciones que han dado un ejemplo de sensibilidad y de generosidad, como nos consta que ocurrió hace más de cincuenta años en los orígenes de lo que hoy somos. Y hoy somos una biblioteca universitaria con escasísimos parangones en valor entre aquellas que se fundaron el siglo pasado. Ya nos sentíamos orgullosos de los más de cien miles volúmenes del campo humanístico y social, de un estimable fondo histórico y de un admirable fondo hemerográfico, y este incremento por depósito compartido es una acción de notable importancia. Nos beneficiamos los investigadores y también los estudiantes que pueden sacar oro para sus trabajos de fin de estudios o sus tesis doctorales, como un añadido de lujo a la bibliografía utilitaria que toda universidad alberga. He disfrutado mucho viendo el resultado material de un esfuerzo grande de personas cercanas de la Diputación de Cáceres y de mi «casa», la Universidad, que dice tanto del mimo y de la delicadeza que se han puesto en mostrar todo; como he compartido esta mañana con mi admirada Ana Zamora, nieta de don Alonso, sobre la que podría poner aquí varios enlaces sobre su dedicación y su excelencia. Las raíces, el medio, la educación, el teatro, la vida. Y qué alegría, claro, ver a tantas personas cercanas y queridas, de las dos casas que se han encontrado esta mañana. Qué buen ambiente. Y qué llamativa la irrupción de toda la comitiva en la sala de lectura de la Biblioteca Central con los estudiantes que preparaban sus exámenes sin dar crédito a que el Rector, el diputado de Cultura de la Diputación de Cáceres, la directora de la Biblioteca Central y otras autoridades y adláteres, se presentasen allí para celebrar la recepción de más de cuarenta mil volúmenes, objetos personales, papeles manuscritos, y una parte de la colección de cerámicas que la filóloga, dialectóloga y novelista María Josefa Canellada (1912-1995) y su marido Alonso Zamora Vicente (1916-2006) fueron adquiriendo en sus muchos viajes por España. Un emocionante disfrute. He echado en falta esta mañana a Mª Antonia (Queca) Fajardo, alma desde el inicio de la Biblioteca de don Alonso acogida por la Diputación. Como funcionaria de la institución, fue la que mejor conocía el fondo y sobre el que escribió algunas líneas —en aquellas actas de un Congreso Internacional dedicado a Zamora Vicente en la Universidad de Alicante de 2003— que reconozco ahora publicadas sin firma en las noticias que se difunden en los medios y que, indolentes por intención objetiva, nos alejan tanto de lo que verdaderamente tiene un valor. Intelectual. Y sentimental.
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domingo, junio 12, 2022
Tartufo
El montaje que vimos anoche en la Plaza de San Jorge del Tartufo de Molière, en el XXXIII Festival de Teatro Clásico de Cáceres —que ha comenzado con muy buen pie—, me llevó a rescatar días antes una singular edición que tengo de esa obra, publicada junto a La escuela de los maridos, con el título de El hipócrita. Lo singular no es solo que sea uno de los tomitos de la popular colección Cisneros de Ediciones Atlas, con un estudio preliminar de don Marcelino Menéndez Pelayo, sino que el texto es el de la versión en octosílabos que publicó el escritor felizmente volteriano José Marchena (1768-1821) en 1811. Fue prohibida su lectura y su representación en 1814, que reparó el Trienio Liberal, para volver a ser censurada en 1824. Se reeditó en 1836 y en 1860, y yo tengo una reedición de 1944 presentada por el historiador de los heterodoxos españoles, entre los que estaba Marchena. Otra versión bien distinta, pero no menos importante, es la que ha hecho Ernesto Caballero para mostrarla al público del siglo XXI en un montaje que ya adelanto que considero notable como lectura de un clásico y demostración del arte escénico en el que tantas personas participan, desde la iluminación, la decoración o la confección del vestuario, hasta la cara más visible de quienes interpretan su papel frente al público. Un año más, se quedó pequeño el graderío de la Plaza de San Jorge en una noche en la que habríamos agradecido mayor distancia de seguridad —se vieron algunas mascarillas— entre el público, es decir, que corriese más el aire. Entradas agotadas. Ya comenzó a pintar bien el asunto cuando se hizo el silencio al salir a escena una chica con bata blanca de limpiadora y con una mopa que pasó por el suelo del escenario, justo cuando escuchamos el aviso grabado de «Faltan cinco minutos para que comience la representación». El personal, por lo extemporáneo, mostró cierto regocijo y desenfado, que fue el que tomaron —pasados los cinco minutos— los actores para mostrarse como si fuesen unos cómicos que venían a representar a Cáceres una obra de Molière, un clásico antiguo que ninguno sabe cómo va a tomarse el respetable. Este discurso es el que pone en marcha la obra con la preocupación por el lugar del teatro clásico en nuestro tiempo, y la reflexión sobre la mentira, y el juego argumental entre apariencia y realidad llevado al marco metateatral, con un actor conocido —Pepe Viyuela— que interpretará su papel de famoso para afrontar el del mentiroso, cuestionándose a sí mismo como intérprete, hasta el final de una obra que arranca con la hilarante escena de Dori (Dorina) sorprendida por ver al «calvo de la tele» —el «Chema» de Aída—, sorprendiendo —y no sé si incomodando a los puristas—, y que, sin embargo, resulta sabiamente acorde con el personaje de la criada resolutiva del texto de Molière, cuyas intervenciones marcan los cambios de ritmo de la acción, como ocurre con la interpretación sobresaliente de la joven María Rivera, que hace de una secundaria principal, la chica de la mopa y de la bata. La explotación de la figura de un gran primer actor como Pepe Viyuela —que ocupa el falso brillo del cartel promocional— obliga al director a tenerlo en escena desde el principio —como Pepe y como la señora Pernelle, madre de Orgón—, pues su personaje, de lo contrario, no saldría a escena hasta el principio del acto tercero de la pieza. Un acierto, obviamente, y ocasión justificada para el lucimiento de tan imponente actor que sabe equilibrar su incuestionable vis cómica con los rasgos de un villano despreciable, el falso devoto que engaña a un Orgón que vive fuera del mundo más que por su «necia bondad», por su mera y simple necedad, bien mostrada por un experimentado Paco Déniz, que comparte con Silvia Espigado, estupenda en el papel de su esposa Elmira, la caracterización indirecta y el sostenimiento del enredo dirigidos hacia Tartufo. Jorge Machín como Damis, el hijo, Estíbaliz Racionero como Mariana, la hija, Javier Mira como Valerio, su pretendiente, y Germán Torres como Cleante, cuñado de Orgón, completan un elenco que contribuye a la solidez de este montaje como expresión moderna de la lectura de un clásico controvertido en su tiempo. Expresión moderna, como toca en el nuestro, de complementos como el vestuario, de objetos como un teléfono móvil, o los espejos de camerino que recuerdan siempre el marco en el que nos movemos, o en el tik tok que las actrices y los actores hacen como un nuevo modo de saludo casi final. Por cierto, el texto base que ha manejado Ernesto Caballero para su propuesta ha sido el de José Marchena. Qué cosas. Otra agradable noche de teatro en buena compañía.
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viernes, junio 10, 2022
El Bufón
Entre «Somos El Bufón y a veces tiramos piedras» y «…recuerda que aquí no servimos a dioses», mensajes de presentación y de cierre, hay todo un mundo que he disfrutado gracias a los podcasts que Teatro del Bufón viene editando desde enero de 2021. Debo el gusto a mi querida Mercedes Martínez Esperilla, que ha compartido conmigo un proyecto apasionante que debería contar con todos los apoyos de espectadores, lectores e instituciones con sintonía con el teatro periférico que se hace lejos de las grandes superficies del espectáculo o de los centros del poder escénico. Un teatro de verdad. Conozco bien el empeño de Maltravieso Teatro en Cáceres y de Guirigai en Los Santos de Maimona, y agradezco que alguien con la sensibilidad de Mercedes me haya dado acceso a otro proyecto afanoso y ejemplar de gente que cree como cree en el teatro. Raúl Cortés, escritor y director teatral, y Cristina Mateos, actriz, directora de La Periférica Compañía de Cómicos, son los impulsores también de Ediciones del Bufón, una editorial especializada en artes escénicas de la periferia que es la responsable de la edición de los interesantísimos audios que se pueden escuchar aquí: sobre un olvidado dramaturgo como Alfonso Jiménez Romero (editado el 20 de enero de 2021), sobre la actriz y dramaturga colombiana Paola Guarnizo (20 de octubre de 2021), sobre la bailarina, coreógrafa y directora Nieves Rosales (24 de noviembre de 2021), sobre la emocionante historia de María Pisador, que murió de leucemia a sus treinta años, que no quiso morirse sin asistir a una representación de La Zaranda en el Teatro Principal de San Sebastián, muy enferma. Luego, Eusebio Calonge, de La Zaranda, montó Convertiste mi luto en danza basado en su historia. Mercedes, aquí, dice muy bien un poema de María. O, en el más reciente podcast (30 de enero de 2022), sobre Juan Bernabé, director del Teatro (Estudio) Lebrijano, y su manera de reivindicar a los jornaleros en tiempos tan difíciles como los del franquismo. La vocación de este propósito es andaluza y latinoamericana, periferia auténtica; y el interés es central, sin lugar a dudas. Desde Morón de la Frontera. Los anteactos y los entreactos de los actos que son los podcasts principales de El Bufón no tienen desperdicio, y recomiendo escucharlos. Qué interesante. Gracias, Merceditas. Qué grande.
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jueves, junio 09, 2022
Gente que cuenta
Como dice Antonio Muñoz Molina, autor del prólogo («Arte y oficio de la entrevista», págs. 11-17), creo que uno de los atractivos de este libro —dedicado a Julián Rodríguez— está en las páginas en las que la autora cuenta algo de sí misma, lo más personal, lo que no estaba en el texto publicado en El País Semanal, en donde salieron por primera vez las veintisiete entrevistas que se incluyen en este volumen de Anatxu Zabalbeascoa, Gente que cuenta (Madrid, Círculo de Tiza, 2022). Me enteré de que no era una mera recopilación de las conversaciones ya publicadas cuando escuché por la radio a Anatxu el jueves 10 de febrero, en el programa La ventana, de Carles Francino, durante un viaje en coche conduciendo por la A-5 hacia la capital. Me parece que fue el periodista quien le dio pie microfónico para que hablase de eso, y habló de su enfermedad. Dos semanas después compré el libro en Cáceres —acerté con la librería que lo tenía y no necesité que me lo pidieran, que suele ser lo habitual—, y tardé poco en leer y releer esta galería de gente que pertenece al ámbito selecto de las celebridades en campos tan diferentes como la música, la arquitectura, el diseño, la sociología, el cine, el urbanismo, el arte, la antropología, la edición, el deporte o la literatura…, en las que los nombres de Patti Smith o María Jiménez, de Zaha Hadid o Rem Koolhaas, de Milton Glaser o Miguel Milá, de Richard Sennett, de Isabel Coixet, de Santiago Beruete, de Jacobo Siruela, de Susana Rodríguez, o, en ese orden de dedicación, de Ian McEwan o Jhumpa Lahiri, entre otros nombres incluidos en este carrusel de voces que uno escucha con delectación gracias a que alguien previamente pregunta para que cuenten. Para quien conoció en su día las respuestas de estas personalidades, lo interesante, insisto, de este volumen es que quien pregunta también cuenta. De tal modo que, cuando Carles Francino propició que Anatxu hablara en la radio de sus dos cánceres, los lectores del libro ya comprobasen que no era nada que no estuviese ya en esas nótulas de cierre en las que la entrevistadora titula las entrevistas sin título, pues en una de ellas, en la que hace a la escritora estadounidense de origen bengalí y Premio Pulitzer Jhumpa Lahiri, Anatxu escribe: «La entrevista fue en el piso que tiene alquilado, desde hace más de una década, en el Trastévere. Le conté que había vivido en ese barrio durante un año, hacía entonces veintiuno, y que allí había conocido a mi marido. Como me estaba tratando con quimioterapia un segundo cáncer de pecho, mi marido me acompañó a Roma. […] Jhumpa no preguntó por mi pañuelo en la cabeza en pleno mes de julio. Pero al terminar la entrevista lo señaló. Y me deseó suerte» (pág. 55). Este es el cariz de este libro que sobrepasa el interés y el buen hilo de las entrevistas que se publican en El País Semanal. Es tan sugerente que, ahora, cuando leo las que recientemente aparecen en las páginas del semanario —a la arquitecta y activista alemana Anna Heringer, a la psicoterapeuta Anabel Gonzalez (sin tilde), a la arquitecta Paola Antonelli o al sociólogo Eric Klinenberg, en las últimas semanas—, me quedo con ganas de conocer el comentario de Anatxu sobre cómo se hicieron, y anhelo un nuevo volumen que actualice sus quehaceres en otro Gente que cuenta. No es un libro que pueda comentarse en tan poco espacio, y espero tener ocasión de decir algo más. Esto es un poquito insuficiente sobre tanto aire fresco de fuera que nos trae gente que conocer.
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sábado, junio 04, 2022
La herejía de Durango
Conozco a Pedro Martín Baños por sus obras, que no es mal modo, como dejó escrito Cervantes. La primera de las suyas me llegó en forma de revista —Per Abbat—, gracias a una exalumna, María V. Soriano, que compartió con él pasillos y pasiones en un instituto de Almendralejo, el «Carolina Coronado», del que fue director y en el que sigue dando clases. Luego supe de sus publicaciones sobre El arte epistolar en el Renacimiento europeo 1400-1600 (Universidad de Deusto, 2005), que fue el asunto de su tesis doctoral, la edición de la Apologia, de Antonio de Nebrija, para la que escribió el estudio preliminar (Universidad de Huelva, 2014), y, más recientemente, La pasión de saber. Vida de Antonio de Nebrija, con prólogo de Francisco Rico (Universidad de Huelva, Biblioteca Biográfica del Renacimiento Español, 2019). Para mí, Pedro Martín Baños es una persona cercana en su lejanía, por no habernos tratado lo debido en estos casos y por dedicarnos a tramos distantes en la historia literaria. Por eso estimo tanto mi sentimiento admirado de cercanía. La muestra más reciente ha sido la edición primorosa que ha publicado de La herejía de Durango en una serie de la que soy adicto por culpa del buen hacer del profesor Pedro M. Cátedra. Estas ediciones de la Sociedad Española de Historia del Libro (SEHL) y del Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas (SEMYR) llevan nutriendo la bibliografía de raros textos con estudio desde hace décadas, y una de sus novedades más reciente es esta edición de Pedro Martín Baños de La herejía de Durango y la inédita «Responsio Apologitica ad Epistolam Fratris Alfonsi de Zamora» (c. 1441). Salamanca, SEHL & SEMYR, 2021. Es un placer siempre recibir ejemplares tan cuidados en la elección del papel, de la letra y sus tamaños, en la pulcritud de su resultado e incluso en este caso en la nota como encarte que su artífice Pedro M. Cátedra envía a los suscriptores aludiendo a la invasión rusa de Ucrania —un «vergonzoso sindiós»—por dejar noticia del presente en el afán exquisito de dar piezas singulares del pasado. Lo es este testimonio desconocido hasta ahora de la herejía de Durango, el movimiento heterodoxo del siglo XV (1440-1441) que cualquier curioso puede reconstruir con la lectura de la contextualización de Martín Baños en los primeros capítulos de su introducción, antes de hacer la descripción de un códice conservado en la Catedral de Oviedo, en el que se encuentra el texto que ahora se da a la luz por primera vez con su traducción, cuya edición constituye el motivo de este cuidado volumen. Recuerda Pedro Martín Baños que el único escrito conocido de la herejía de Durango era la carta de uno de los heresiarcas, fray Alonso de Zamora, dirigida al rey Juan II, y es precisamente el texto editado una respuesta directa —«Amigo fray Alfonso, aunque todo esto habría debido bastar para poner freno a tu boca y quebrar tu altísona lengua […]» (pág. 150)— y coetánea que refuta los argumentos y la doctrina de los disidentes que huyeron al reino de Granada para evitar la represión, y que confirma buena parte de la secuencia de los hechos que se conocen. El manejo preciso de las fuentes primarias y secundarias que derrocha este estudio es admirable, y abre variadas vías al conocimiento de la religiosidad y de las corrientes espirituales de aquel momento en el que un texto como el de Zamora proponía puentes de conexión entre creencias diferentes, entre el mundo cristiano y el mundo musulmán. Tanto propone este estudio que, con los pies en la tierra de la profesionalidad honesta del investigador, Martín Baños escribe: «El asunto no está ni mucho menos cerrado, pero la lectura que la Responsio apologitica hace de la carta de fray Alfonso establece, creemos, una sólida base sobre la que seguir investigando» (pág. 61). Queda en mi modesta biblioteca una pieza más que me ha permitido unas horas de erudito disfrute —sintagma que reivindico—; y la cercana lejanía que conlleva aprender de ámbitos que uno desconoce gracias a las exquisitas hechuras de un libro que aportan un sabor mejor aún a lo leído. Tenía ganas de escribir algo sobre esto, que me ha tenido ensimismado.
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miércoles, junio 01, 2022
Escribir
Me cuenta una amiga que se escribe mejor cuando nadie te dice lo que tienes que escribir. Yo le digo que sí; pero que muchos también encontramos disfrute cuando escribimos por encargo, por obligación profesional. Y a veces obtenemos un beneficio. Otras, escribimos por escribir; como ahora, para recordar en este principio de junio un verso memorable que en estos momentos no me viene.
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viernes, mayo 27, 2022
Olvido García Valdés, Premio Reina Sofía de Poesía
Cuando supe ayer por la tarde que Olvido García Valdés había obtenido el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, después del alegrón, me vinieron muchos recuerdos de muchas personas y situaciones relacionadas con Olvido. Ángel Campos Pámpano estaría entusiasmado con la noticia, y se vanagloriaría, como yo ahora —me dije—, de haber compartido proyectos editoriales de mucho empeño como aquel periódico de revistas poéticas que fue Hablar/Falar de Poesia (1997-2002); igual que Luis Costillo, otro amigo que se fue y que ha quedado presente junto a la poesía de Olvido en la cubierta —elegida por ella— de la antología dentro del animal la voz (Ediciones Cátedra, Letras Hispánicas 838, 2020) que preparamos Vicente Luis Mora y yo deslumbrados por el sentir y el pensar de una palabra ya muy cercana. También me vino la satisfacción de nuestro encuentro reciente en la UNED de Madrid, de los dos, para hablar de la poesía de Olvido, para escucharla a ella, y para, con ella, con Miguel Casado y con Antonio Ortega compartir buena mesa y buena charla en el «Manolo» de Princesa 83, lleno ese jueves de abril en el que volví a acordarme de Ángel Campos y de Luis Costillo y de sus sillas vacías. Y volvió a crujir la madera de los peldaños de una escalera en otra imagen de ayer. Desde hace unos años visito con frecuencia la sede de Ediciones Universidad de Salamanca en la Plaza de San Benito, y cuando subo a pie me gusta contemplar los retratos en blanco y negro de las poetas y de los poetas que han sido reconocidos con el Premio Reina Sofía desde 1992, y me impresiona siempre saludar a María Victoria Atencia, a Ida Vitale, a José Emilio Pacheco y Sophia de Mello —otra vez Ángel—, a Antonio Gamoneda, a Francisco Brines, a Gonzalo Rojas… Me entusiasma saber que pronto Ediciones Universidad de Salamanca publicará el volumen de estudio y antología con el que siempre nos regalan, y estoy deseando volver a subir esa escalera con tanto sabor para reencontrarme con Olvido, a quien vuelvo a felicitar por un galardón que lleva un título y un nombre que siguen prestigiando lo que nombran, y que, lamentablemente, nos recuerda por contraste que no ocurra así para otro ocaso real.
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jueves, mayo 26, 2022
Abril flamenco
Me apetecía escribir sobre este nuevo número de Abril justo cuando José María Velázquez-Gaztelu estuviese presentando su programa en Radio Clásica Nuestro flamenco, que todos los martes y jueves se puede escuchar en esta emisora de referencia. Con la generosidad de sus redactores, recibí nuevamente la revista Abril en su entrega dedicada en esta ocasión al «Flamenco», que llegó desde Luxemburgo hace unas semanas. Por eso lo de haber intentado acomodar estas líneas a la escucha del programa de uno de sus colaboradores ilustres, el admirado José María Velázquez-Gaztelu Vecina, que se pronuncia en estas páginas con su discurso de recepción como académico de la Real Academia de Bellas Artes de Cádiz el 21 de octubre de 2021. Abril es una revista muy singular y que sigue siendo puntual a la cita con sus lectores cada semestre. Bien atento siempre su equipo de redacción a lo que puede tener un interés cultural, o como una manera de difundir la cultura española fuera de aquí, se han empeñado en esta ocasión en llenar sus páginas con un bien tan cultural como el flamenco, que Paca Rimbau, en su presentación, nos recuerda que no es la primera vez —número 22 de Abril, de 2001—, y que lo reivindica como materia de estudio. Y de literatura, que es en lo que se afana —sin conseguirlo del todo— este número de Abril de mayo. Todas las colaboraciones son pertinentes, idóneas para el objeto principal del número que difunde experiencias y acontecimientos relacionados con el mundo del flamenco desde el siglo pasado —se celebra el centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada en la crónica del parisino estudioso y guitarrista Claude Worms—; pero me pregunto qué ocurre cuando las colaboraciones que se reclaman no llegan de escritores, sino de profesionales del arte como cantaoras —Rocío Márquez fue Premio Lámpara Minera en 2008— o bailaoras —Leonor Leal bailó dirigida por Cristina Hoyos y estuvo en la Bienal de Flamenco de Sevilla de 2020, y la gaditana María Moreno tiene ya reconocida solvencia—, a las que se les pide que escriban. Ocurre que cuando se solicita a alguien que sabe hacer muy bien lo suyo —el baile o el cante, por ejemplo— que escriba unas líneas con apariencia de poema, el valor de su texto es solo un testimonio. Por eso es tan valioso lo que se puede leer en este número de Abril, que tampoco acierta con la presentación de los versos de las letras flamencas tradicionales y nuevas con las líneas centradas, como si la poesía flamenca se hubiese contagiado de esa reprensible manera de mostrar la poesía en internet. Otro ejemplo: si estuviese bien escrito, más sugerente habría sido el texto de Fernando López Rodríguez, no solo bailaor, sino teórico de la danza, con varios libros publicados, y con ancestros extremeños. Un testimonio que hace más sugerente este número de Abril que he leído en mayo. Después de tres o cuatro programas escuchando al sabio Velázquez-Gaztelu —o sea, dos o tres semanas— me he animado a publicar esta nota celebrativa de la publicación de otro número de Abril —con su andaluza voz de ambiente en mayo. Y la música, hoy, del guitarrista Pedro Bacán (Lebrija, 1951-Utrera, 1997), que murió en un accidente de tráfico al volver a su casa. Estupenda soleá y estupendo su acompañamiento con Chano Lobato. No digo más. Sigo escuchando.
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miércoles, mayo 25, 2022
Aquel miércoles de mierda
Aquella mañana volví a constatar que vivo rodeado de cosas que no sé nombrar. Es una incómoda ignorancia que siempre me ha parecido una forma de desperdiciar la vida. Saludo con frecuencia y familiaridad a árboles que no sé cómo se llaman y eso me genera un malestar que tendría fácil remedio a poco que dedicase un rato a estudiar o a preguntar a quienes saben. En algún sitio que ahora no recuerdo mencioné algo parecido escrito por Muñoz Molina, que aludía a esa forma de ceguera de quien pasea por el campo sin saber cómo se llaman las flores que tiene delante. Ahora sé que hay herramientas en el teléfono que solucionan eso. Aquella mañana, después del paseo, volví a casa, como siempre, con la prensa en las manos, con esos papeles —todavía— que sigo trayendo aquí como si tuviese alguna necesidad de conectar con la realidad, cuando la realidad que me viene del periódico ya pasó hace muchas horas. Es una realidad sobre la que también me faltan palabras para nombrarla. No sé cómo decir sobre la violencia, sobre la mentira, la ambición, que ya están dichas; y no sé cómo comprender algo así y verbalizarlo más allá de esa manera de nombrar sin mayor reflexión; pues reniego de la opinión marcada y dirigida de las tertulias que nos viene de los medios y de los extremos. Descreo de todo menos de la mirada de un perro abandonado. Descreo de esa forma de escribir, de la deslealtad, de la falta de confianza de alguien que te agradece algo cuando piensa de ti que eres un mierda; o peor, un librepensador. Para eso sí me han salido las palabras y la casi paranomasia. Miércoles, que fue cuando rescaté esta nota de mierda.
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domingo, mayo 15, 2022
Atlas de Literatura Latinoamericana
Este Atlas de Literatura Latinoamericana ha sido un buen colofón de mis clases de Textos de la Literatura Hispanoamericana en el tercer curso del grado de Filología Hispánica. He propuesto una especie de reseña pública de esta notable y bella novedad editorial —un regalo de persona muy apreciada—, con la pretensión de ofrecer a mis alumnas un buen número de nombres y de rasgos que sobrepasan con mucho los estrictos límites de nuestra asignatura. Es la gran virtud de este libro. En cierta manera, constata la magnitud inabarcable de la literatura en lengua española de un continente y la imposibilidad de acaso acercarse a ella en la ficha docente de una asignatura de un grado universitario. Coordinado por Clara Obligado e ilustrado por Agustín Comotto, este Atlas de Literatura Latinoamericana (Arquitectura inestable) (Madrid, Nórdica libros, 2022, 222 páginas) propone cincuenta nombres de veinte países presentados con semblanzas por cuarenta y siete escritores y profesores. La nómina puede escandalizar, además, a quien se lleve las manos a la cabeza por no ver en ella a Borges, Cortázar, García Márquez, Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Elena Poniatowska, César Vallejo, Cristina Peri Rossi, Horacio Quiroga o Carlos Fuentes, entre otros muchos. Como es lógico; pues no caben y hay que optar por un criterio. En este caso, el criterio principal es ir contra lo más obvio por visible a lo largo de la historia de un canon instituido hasta en los programas de las universidades de medio mundo. Evitar esos nombres tan sonados. Respetable. En palabras de Clara Obligado, se trata de una selección anti-canon en donde no están los del boom por eso, por obvios y ya demasiado visibles. Otro afán es el de dar visibilidad a muchas mujeres que la merecen por sus obras. Así que está Elena Garro y no Octavio Paz, y Silvina Ocampo y no Bioy Casares; pero también un buen número de escritoras de un interés notable, como Julia de Burgos o Alejandra Pizarnik. Bienvenidas sean propuestas así, que nos permiten sobrevolar por la «arquitectura inestable» de este Atlas, que es una buena forma de agrandar o aumentar nuestra visión de una literatura inmensa. Así lo he aplicado en mis últimas clases, convencido de que podría montar, con el Atlas de Clara Obligado como mapa o guía docente, un curso estupendo de «Textos de Literatura Hispanoamericana», que es el título de mi asignatura. Mis dos principales reparos es que un libro así no contenga textos —una antología mínima, al menos— de las autoras y autores que se reseñan. Eso conllevaría una edición de más páginas, y yo comprendo las dificultades editoriales. Pero no habría supuesto tantas incluir una información sucinta —mínima, al menos— para el lector que quisiera saber dónde encontrar la obra de Salarrué, las mejores ediciones de Gabriela Mistral, dónde leer a Blanca Varela o a Elena Garro, que ha sido editada en Extremadura por La Moderna (Cristales de tiempo. Edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui. Galisteo. Cáceres, Rosas Lopategui Publishing y La Moderna, 2016). Curiosamente, se dan más datos de quienes colaboran en este libro —sabemos que Ana María Shua obtuvo el Premio Nacional de Argentina y una beca Guggenheim, y que su último libro fue publicado en Madrid y en Buenos Aires en 2019, que ha sido traducida a quince idiomas—, que de los autores protagonistas —de Augusto Monterroso, «escritor hondureño, nacionalizado guatemalteco y exiliado en México», no se da ni una sola referencia de sus obras. No es un prurito de profesor, es solo el reproche de un lector al que le gustaría conocer parte de lo mucho mostrado en esta atractiva forma de difundir una literatura tan plural. Que un Atlas así permitiese también una orientación sobre dónde leer la obra de Marosa di Giorgio, y si la editorial de Adriana Hidalgo (A.hache) distribuye bien su obra, y si se puede adquirir algo de lo que escribió. O si puedo leer la poesía de Julia de Burgos en la antología Yo soy mi ruta que publicó Torremozas en 2019. Este Atlas es un bonito montaje editorial que se podrá leer, como quieren sus promotores, como una obra de creación, pero que no ha tenido la generosidad para con sus lectores de ser un poquito más útil por informativa.
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domingo, mayo 08, 2022
Julio Neira
Ayer sábado, en varios medios y redes, leímos la noticia del fallecimiento de Julio Neira (Madrid, 1954), y resúmenes de su trayectoria profesional como Catedrático de Literatura Española en la UNED —fue decano entre 2015 y 2019 de su Facultad de Filología—, como investigador y ensayista en poesía española contemporánea y especialmente en la Vanguardia española, o como gestor desde su primer cargo como delegado del Ministerio de Educación y Ciencia en Cantabria entre 1986 y 1993, su vinculación a la política como candidato del PSOE en las elecciones autonómicas en Cantabria en mayo de 1995, o sus actividades en la gestión cultural cuando fue, entre 2003 y 2008, director del Centro Cultural Generación del 27 de la Diputación de Málaga, luego coordinador general del Centro Andaluz de las Letras (2008-2011), o director general del Libro Archivos y Bibliotecas de la Junta de Andalucía (2011-2012). Publicó numerosos trabajos sobre revistas como Litoral o autores como Jorge Guillén, José María Hinojosa —a quien dedicó su tesis doctoral y editó (La flor de Californía, Poesías completas, Epistolario…)—, Luis Cernuda, José Moreno Villa, José Antonio Muñoz Rojas, y, más recientemente, José Manuel Caballero Bonald, que biografió en Memorial de disidencias. Vida y obra de José Manuel Caballero Bonald (Fundación José Manuel Lara, 2014), que fue Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías, y a cuya poesía dedicó el libro Gestión de simulacros. La poesía de José Manuel Caballero Bonald (Calambur, 2021). Nos gustó mucho encontrarnos en Córdoba, hace cuatro meses, en el II Congreso Internacional SILEM Vidas para contar. La construcción biográfica del escritor en la modernidad temprana, al que acudió acompañando a María Dolores Martos, que habló sobre discurso biográfico femenino en la Filipinas del siglo XVII, y a la que me presentó. Era la primera vez que lo veía desde que supe lo de su enfermedad, que no le impidió del todo seguir aceptando invitaciones, como cuando Luigi Giuliani le pidió el año pasado que presentase en Madrid su edición de Roma, peligro para caminantes, que finalmente no pudo ser, precisamente, por culpa de su tratamiento. Nuestro afecto mutuo venía de años, de esa época de la que no hablan los resúmenes de las necrologías. Julio vino a Cáceres en el curso 1983-1984, procedente de la Universidad Mohamed V de Rabat, en la que había dado clases durante cinco cursos. Lo conocí esporádicamente como profesor, pues se hizo cargo de alguna asignatura de los últimos cursos, e incipientemente como compañero muy pocos meses, intensos en su aclimatación a Cáceres, que viví con él desde cerca. Más de una vez he contado que un catorce de enero de 1986, Julio se presentó en casa —yo vivía de alquiler con Miguel Ángel Teijeiro y otro amigo— y, llorando, nos comunicó la noticia de la muerte de Juan Manuel Rozas, pilar de aquel joven Departamento de Literatura Española. Creo que la desaparición del referente del maestro tuvo mucho que ver con que Julio y su familia dejasen Cáceres, una ciudad que solo podía motivarle en aquel entonces por trabajar junto a Rozas. En los últimos años, y cuando ya había vuelto a su dedicación como profesor de la UNED, retomamos el contacto por sus venidas a Cáceres para participar en alguna comisión de plazas docentes o en algún tribunal de tesis doctoral, y sabíamos bien de él por reuniones y congresos en los que coincidía con colegas como José Luis Bernal, que ha compartido siempre intereses de investigación, y que fue quien ayer por la mañana me dio la noticia de la muerte de Julio Neira. A quien recuerdo ahora y por quien escribo.
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jueves, mayo 05, 2022
Del plagio
Ex Apocrypha Universitatis Biblia: § No cabe duda de que el plagio es una práctica contraria a los principios que rigen la educación universitaria. § La institución deberá proporcionar a los estudiantes la formación necesaria para la elaboración de trabajos que manejen y citen debidamente las fuentes utilizadas. […] § Así pues, el plagio, entendido como la copia de textos sin citar su procedencia y dándolos como de elaboración propia, conllevará automáticamente la calificación de suspenso en la asignatura en la que se hubiese detectado. § Eso sí, si el estudiante adujese como causa la lectura de «Pierre Menard, autor del Quijote» (1939), de Jorge Luis Borges, quedaría exonerado de toda pena. [f. 34r]
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lunes, mayo 02, 2022
Dos de Mayo
Es posible que el verso más recordado sobre esta fecha sea «Oigo, patria, tu aflicción», primero de la oda «El Dos de Mayo» de Bernardo López García (Jaén, 1838-Madrid, 1870), que, sin embargo, no vivió aquellos hechos. No voy a hacer ningún recuento sobre la poesía escrita en torno al 2 de mayo de 1808, pues hay bastante información. Juan Pérez de Guzmán hizo una relación histórica detallada a principios del siglo pasado y un libro de Christian Demange abordó hace menos a partir de aquello el sentimiento nacional español (El Dos de Mayo. Mito y fiesta nacional (1808-1958), Marcial Pons, 2004). He leído algunos textos poéticos de aquel tiempo, de encendido ímpetu versal, como el de unos cuartetos agudos de Arriaza, u otros poemas de Cristóbal de Beña, de Juan Nicasio Gallego…, que me han interesado por conocer algo más sobre la personalidad de sus autores. Me ha ocurrido con Francisco Sánchez Barbero (1764-1819), que escribió en la primera oda de su serie «La invasión francesa en 1808»: «¡Oh día dos de Mayo, / día de horror! Jamás, jamás la lumbre / del padre de las luces te amanezca; / maldígate el que mora / del quieto empíreo la estrellada cumbre, / y a ti con él, Murat, y cuantos fueron / presa de tu perfidia destructora». Al extremeño de Mérida José María Calatrava (1781-1846) debemos una carta conmovedora en la que relató la muerte de su amigo y compañero de destierro —por liberales y constituyentes— en Melilla y que publicó, antes de los poemas de Sánchez Barbero, Leopoldo Augusto de Cueto en el segundo tomo de sus Poetas líricos del siglo XVIII, que me acompañan desde hace tantos años de estudios dieciochescos. La carta la recordó Pedro J. Ramírez en su documentadísimo libro La desventura de la libertad. José María Calatrava y la caída del régimen constitucional español en 1823 (Madrid, La Esfera de los Libros, 2014). Está bien detenerse en una efeméride, recordar algún hecho o figura memorables e ir de una lectura a otra.
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domingo, mayo 01, 2022
Incunabula
El pasado miércoles 20 de abril me detuve en la página 32 de El País, que mostraba una fotografía del Sinodal de Aguilafuente, que es el primer libro impreso en España, y que iba a exponerse en Madrid al día siguiente, en la Biblioteca Nacional, después de un complejo traslado del ejemplar desde la Catedral de Segovia hasta Recoletos. Como esa misma tarde viajaba a la capital, miré sin mucha convicción en la página web de la BNE, o, más bien, con esperanza y sin convencimiento, y encontré una plaza entre las cinco últimas que quedaban en el tramo de las nueve y media de la primera mañana de la exposición. La hora me permitía visitar la muestra —treinta minutos es un tiempo más que suficiente— y acudir caminando al encuentro en la Biblioteca de la UNED con Olvido García Valdés, que resultó gratísimo. Los primeros visitantes de Incunabula. 550 años de la imprenta en España —del 21 de abril de 2022 al 23 de julio de 2022— compartimos el espacio de la escalinata de acceso al control durante los minutos que faltaban para que llegase la hora exacta de apertura. Un señor muy afable de unos setenta años con sus deportivas, que se identificó como usuario de la Biblioteca —llevaba su carpeta con folios— había reservado para ver la exposición antes de ocupar su sitio en alguna de las salas. Una mujer cargada con una mochila que debía de pesar lo suyo aguardaba igualmente a que nos llamasen para entrar en el primer turno del primer día de visitas. Estaba también un joven jubilado de la Enseñanza Secundaria al que una usuaria, antigua profesora, saludó y preguntó por su situación. Además de haber dejado la enseñanza —dijo—, había comenzado a redactar otra tesis. Estuvo luego durante la visita anotando en una libreta algo sobre los libros que allí estaban. Me pareció un poco absurdo, ya que la mayoría de los incunables de la Nacional están digitalizados y a disposición de quien quiera en el ordenador de su casa, desde el Lux bella (1492) de Marcos Durán o la Ethica ad Nicomachum Politica (1473) de Aristóteles, hasta las Ordenanzas reales de Castilla (1485). Eso sí, hicimos alguna foto, sobre todo del Sinodal de Aguilafuente (ca. 1472), que por primera vez se ha visto fuera de la Catedral de Segovia. Algún trabajador de la BNE de bata blanca aprovechó un receso para pasarse por la sala y curiosear. Me pareció que estábamos compartiendo una especie de celebración ritual sin aparato y por el mero disfrute de estar allí. Aquí se puede disponer más cómodamente de toda la información que allí había; y, sin embargo, nos parece mejor pasar por el sitio, aunque sea un rato. Menos mal; por eso seguimos yendo a los museos. Y a las exposiciones pequeñitas y extraordinarias como esta.
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jueves, abril 28, 2022
Archivo Índice
En el recibidor de Pintores 10, donde la Diputación Provincial de Cáceres tiene su Archivo-Biblioteca y otras dependencias, hay una esquinita en la que desde hace años se expone bajo el título de Hablan nuestros documentos algo de lo que se custodia allí —que no en vano ese edificio fue un banco. Demasiadas veces, esa mínima muestra tiene mucho más interés que la exposición de la sala interior, tan poco visitada como este pequeño rincón en el que casi nadie repara. Uno de mis más cercanos informantes de estas cosas es Javier Alcaíns —que atiende funcionarialmente como Javier Martín Santos—, y al equipo del Archivo-Biblioteca debemos la difusión de documentos sobre el origen del ferrocarril en la provincia de Cáceres o los antecedentes del Hospital Provincial en las fotografías de Javier García Téllez del Instituto de Maternología y Puericultura cacereño, la Casa Cuna. Portentoso, verdaderamente, lo expuesto en los últimos años, y que he tenido la oportunidad de ver como el que visita un sitio de un barrio compartido. Desde hace pocos días, ocupa ese rincón un pedacito de uno de los muchos tesoros documentales y bibliográficos que alberga la ciudad de Cáceres en sus archivos y bibliotecas: el fondo de la revista Índice (1945-1976) o archivo personal de Juan Fernández Figueroa (Ruanes. Cáceres, 1919-Madrid, 1996), su director. Hay en él correspondencia con más de quinientas personalidades políticas y literarias —desde Salvador Allende o Fidel Castro hasta Lezama Lima o Julio Cortázar—, ocho mil fotografías, la colección completa de la revista, incluyendo su segunda etapa —Nuevo Índice— de 1981 a 1983, los diez mil volúmenes de la biblioteca personal de Fernández Figueroa, y otras revistas españolas y extranjeras de aquella época. Un tesoro que puede propiciar estudios, tesis, proyectos de investigación sobre nuestra historia contemporánea, nuestra literatura u otros aspectos de nuestro pasado siglo. Insisto en llamar la atención sobre la posibilidad de ver un poema manuscrito de Vicente Aleixandre, una carta de Ramón Gómez de la Serna de 1955, otra de Carmen Laforet de 1961, la de Lezama Lima, o un mecanoscrito de Luis Cernuda de 1959 enviado desde el mismo México que Max Aub mandó sus escritos a Juan Fernández Figueroa, una figura de tantas extraordinarias que no acabamos de reivindicar debidamente. Gestos así van en lo suyo. En ese recibidor de Pintores 10 disfruté hace pocos días con el privilegio de las explicaciones de Javier Alcaíns y de Juan Domingo Fernández, eximio periodista de Hoy —y de siempre—, y sobrino del fundador de Índice, de este pequeño gran tesoro que tenemos tan a la mano.
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martes, abril 19, 2022
Con Olvido García Valdés en la UNED
«Ya habrá ocasión de seguir hablando de la palabra de Olvido García Valdés», publiqué aquí un viernes de octubre de 2020. No sé si cerré aquella nota con ese deseo inseguro pero sincero que expresamos a las personas muy queridas con el consabido «A ver si quedamos». Lo aproveché cuando comencé a leer confía en la gracia (Tusquets Editores), su impresionante libro de poemas de aquel mismo 2020, su reaparición en el panorama poético, ocho años después de su último título. O, realmente, aquello era una llamada ante la imposibilidad en esos momentos —de dificultades por la crisis sanitaria— de reunirnos y presentar aquella antología dentro del animal la voz (Antología 1982-2012) (Madrid, Ediciones Cátedra. Letras Hispánicas, 838, 2020). Y es que —ahora que caigo— no hubo ocasión desde su salida de presentar esa edición de alguien tan indispensable en el panorama poético español como Olvido García Valdés. Y sé que Olvido también se acordó cuando propuso a la dirección de la Biblioteca de la UNED —que quería organizar un acto con ella para el Día del Libro— que Vicente Luis Mora y yo la acompañásemos en el acto de este jueves 21, a las 12:00, en la Sala A de la Facultad de Derecho, para hablar, con Ana Isabel Zamorano y Antonio Ortega, sobre su poesía. Una gran idea para volver a vernos. Será un placer participar en una jornada preparada con mucho esmero por el personal de la Biblioteca de la UNED con motivo del Día del Libro, que se completará con un concierto poético a cargo de Carlos de Abuin, Eva Estebas, Enrique García Requena y José Manuel Maillo, y la exposición de la obra de Rebeka Elezegi, dedicada a las mujeres de la generación beat y una selección de obras de poesía del fondo bibliográfico de la Biblioteca de la UNED.
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domingo, abril 17, 2022
Vera
Es saludable que personas muy jóvenes te recomienden lecturas, y que te den las claves de algunos hechos editoriales. Más si se trata de novedades que tienen cien años. A M., una joven guionista extremeña con la que coincidí hace semanas en la librería La Puerta de Tannhäuser de Cáceres, le había recomendado R., una de las libreras que atienden al público, una novela de Elisabeth Von Arnim, Vera (Traducción de Clàudia Gispert Codina. Andorra la Vella, Trotalibros, 2021). Se la llevó. Anoté el título y la autora, y días después, volví donde R. y compré mi ejemplar. Yo no sabía quién era Jan Arimany, el editor. Cuando hablé con mi hija de lo que estaba leyendo, me dijo que sabía de Trotalibros, que le gustaba mucho el cuidado que ponían en sus ediciones, y que Arimany era un conocido bloguero —¿booktuber?— que recomendaba libros y que había decidido crear su propio sello. Sus recomendaciones ahora, en sus ediciones, se incluyen —me dijo— como «Nota del editor» al final del texto y antes del índice. Bien —y esto lo digo yo después de leer este relato de «suspense psicológico»—; pero ojo con estos paratextos, que recomiendo no leer si no se ha hecho con la novela entera y vera. Ni siquiera la faja vertical; ni, si me apuran, la noticia de «La autora», que aporta datos de situación como que nació en 1866 en Sidney, que fue prima de la escritora Katherine Mansfield y que se casó con un viudo barón alemán, Henning August von Arnim, que, a su muerte, tuvo relación con H. G. Wells, y luego matrimonió con el hermano de Bertrand Russell… Murió en Estados Unidos en 1941. Algo así, incompleto, funcionaría mejor para el lector que la información e insinuaciones que la editorial aporta en todos sus paratextos, que recomiendo no leer, insisto, sin haber leído la novela entera y Vera. Recomendable. Incluso los paratextos, el cuidado que el editor pone en cuidar incluso la visibilidad de la traductora, de la que se incluye reseña. Animo a meterse de lleno en este estupendo relato sobre el que, dado su final abierto e inquietante, nadie debería dar ninguna pista. Cuidado, pues, con la promoción de una editorial tan ardorosa.
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viernes, abril 15, 2022
Cartas peninsulares
En dos ocasiones de su Por tierras de Portugal y de España (1911) escribió Unamuno, casi con las mismas palabras, que no le parecía Joaquim Pedro de Oliveira Martins (Lisboa, 1845-1894) «el historiador más artista que dio en el pasado siglo la península ibérica», como dijo Menéndez Pelayo, «sino el único historiador de ella que merece tal nombre» (Madrid, Renacimiento, 1911, pág. 49). Los elogios de don Miguel a «aquel poderosísimo entendimiento —acaso el más robusto que tuvo en el pasado siglo Portugal—» (pág. 39) fueron por sus obras históricas (História de Portugal, História da civilização ibérica, entre otras), más conocidas que estas póstumas Cartas peninsulares (1895) que se editan y traducen exentas e íntegras por primera vez en España en esta magnífica edición del profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura César Rina Simón. Me hace feliz que este libro tan bien hecho se haya publicado, con el apoyo de la Fundação Calouste Gulbenkian, en coedición entre los sellos del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura y la Editorial La Umbría y la Solana, con su extraordinario catálogo de difusión en España de las letras y la cultura portuguesas. El estudio de César Rina que sirve de prólogo («El viaje peninsular de Oliveira Martins») es una brillante síntesis de la personalidad intelectual de un «historiador, articulista, político, gestor de minas, de ferrocarril, etc.», que no «tiene estudios superiores y no es un profesional del conocimiento en términos académicos» (pág. 22), y también una excelente presentación de las ideas con respecto al estudio de la historia de alguien que, precisamente, emprende su viaje a Castilla para empaparse del paisaje del pasado que quería historiar, y nos ofrece una obra «inclasificable», como subraya Rina, «a medio camino entre la historia documental, la divulgación y el análisis sociológico, económico y de la psicología de los pueblos y los personajes» (pág. 27). En cualquier caso, estamos ante un iberista que en la indagación castellana de su relato de viaje se separa de ese iberismo incluso por el empleo del adjetivo peninsulares de sus cartas y, en ellas, según César Rina, «insistió en señalar las diferencias paisajísticas, culturales y caracterológicas de ambos pueblos» (pág. 51). La lectura de estas Cartas peninsulares permite disfrutar de la visión de las tierras castellanas de un vecino buen conocedor de España, de la prosa diarística en ruta de una gran personalidad intelectual como Oliveira Martins; pero esta edición muestra igualmente el rigor y la sensibilidad de un estudioso sobre su objeto de estudio, y posibilita a los lectores un conocimiento preciso del autor y de su texto. El manejo de los precedentes bibliográficos es muy bueno y cuando Rina se hace eco, como yo vicariamente en esta nota, de la consideración que Unamuno tenía de Oliveira Martins, el investigador nos ofrece muy oportunamente una ojeada a la biblioteca del bilbaíno para constatar que las Cartas peninsulares no estaban en ella y que es probable que nunca las leyera. Del mismo modo, es indicativo de la pulcritud investigadora del traductor y editor la selección de fotografías, todas tomadas del fondo de la Biblioteca Nacional de España y todas de época, entre 1870 y 1892 las de Salamanca, entre 1864 y 1870 las de Zamora capital y de Toro, y de 1864, la de Medina del Campo, encabezadas por la reproducción de un mapa ferroviario portugués de 1895. En total, una docena. Es una aportación extraordinaria, que, además, me ha permitido conocer algo muy reseñable: la propuesta de convertir las Cartas peninsulares en un recurso didáctico para la enseñanza del español a estudiantes portugueses de María Concepción López Jambrina y David Mota Álvarez, en su «Oliveira Martins y As Cartas Peninsulares: una propuesta de viaje cultural por Castilla y León como herramienta didáctica para la enseñanza del español entre el alumnado portugués», en España y Portugal, tierras de encuentro y de proyección cultural. Lisboa, AEPE, 2014, págs. 149-161. En las primeras líneas de sus Cartas, Oliveira subraya dos motivaciones de su viaje: la necesidad de pisar el terreno sobre el que va a escribir en su proyecto de historiar en O Príncipe Perfeito al rey João II y su tiempo, y reponerse en el clima cálido del junio castellano de una enfermedad que le llevó a la muerte. Una lectura transfronteriza muy recomendable.
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martes, abril 12, 2022
Las primas
Es un relato impactante. Es un golpe en la garganta que te deja sin habla y repercute como un mazazo en la mano que intenta anotar la experiencia, si acaso por compartirla, con una dificultad parecida a la de la narradora que sufre la diferencia entre lo que se le ocurre y «la palabra hablada» (págs. 62, 65, 77…). Es, por eso, un texto que incorpora su propio proceso de creación a su discurso. A los argumentos y circunstancias de su personaje, diría; pues a medida que ella va aprendiendo a escribir —Yuna, una discapacitada de diecinueve años, que se hace talentosa pintora—, el lector va avanzando en su lectura. Lo impactante es siempre la forma, esa manera de fijar en el lenguaje y en la estructura artística la base de todo, el énfasis de la literatura que es la sutileza verbal. No tanto el maltrato, la miseria, el asco, la prostitución, el asesinato, los hombres babosos y pederastas, el vómito, el sexo brutal, la mentira social, la perversión…, que serían unos cuantos puntos —unos cuantos solo—, insignificantes puntos que el lector encontrará en este relato sobrecogedor. Una «tragicomedia inmunda» (pág. 209) que me recomendó no hace mucho mi cuñada E., buena lectora, con cuyos libros de juventud, muchos en francés, convivo cuando me quedo en su casa. Su recomendación fue esta novela: Las primas (Tusquets Editores, 2021), de Aurora Venturini (La Plata, 1921-Buenos Aires, 2015), que me ha absorbido. No es, sin embargo, ninguna novedad, pues, editada en Argentina en 2007 por Página/12 y luego por Mondadori, se publicó en España por Caballo de Troya en 2009. Había sido reconocida allí con el Premio Página/12, «que la convirtió, después de cuarenta libros y seis décadas de anonimato, en la voz más singular de la literatura argentina de los últimos tiempos», escribió Leila Guerriero en una larga entrevista en Gatopardo tan fascinante como la novela de Venturini, que te vuela la cabeza, como dicen por allá. Las primas está llena de hallazgos en el modo de la narración. Uno no ha terminado de sorprenderse por la concisión de una relación sintética de casi toda la obra en treinta y siete palabras (págs. 178-179), cuando se topa con la eficacia del microrrelato de una muerte importante en treinta (pág. 180). O cae en la trampa de creer en la futura vida novelesca de un personaje que sale en la primera página —Rubén Fiorlandi, el hijo del almacenero— y que no volverá a aparecer. Una excepcional novela de una autora genialmente excéntrica, con la que, como con la narradora Yuna, el lector simpatiza por impacto.
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domingo, abril 03, 2022
José Hierro, 100 años
Fue en el curso 96-97. Programé en clase la lectura de Poeta en Nueva York, del libro de los primeros exilios de Luis Cernuda, Las nubes, y en estricto orden cronológico, de Espacio de Juan Ramón Jiménez, del Libro de las alucinaciones de José Hierro y de Sepulcro en Tarquinia, de Antonio Colinas, donde cerramos el recorrido por una parte de la poesía contemporánea en uno de aquellos cursos monográficos variables que se daban en los planes de antaño que ya ensayaban asignaturas cuatrimestrales. Continué con ella dos cursos más, hasta 1999. El libro de Hierro lo leímos por la edición de Dionisio Cañas (Ediciones Cátedra. Letras Hispánicas, 243, 1986). Hoy, que se cumplen los cien años del nacimiento del poeta, recuerdo aquellas clases con mucho gusto, y cómo el crítico y poeta de Tomelloso, en su introducción, al comentar el concepto de alucinación —luego estaba el de reportaje— en el autor de Cuanto sé de mí (1957) nos vino de perlas para enlazar la lectura que íbamos a hacer con la del último Juan Ramón Jiménez que ya habíamos hecho. Cañas decía que, junto con Antonio Machado, uno de los autores que más influyeron en la formulación de la teoría y la práctica de la alucinación de José Hierro fue el Juan Ramón Jiménez de Espacio, y aludía a que desde mucho antes de que Octavio Paz lo pusiera de moda en España ya Hierro elogiaba ese poema con fervor. Aquel curso 96-97 ocurrió algo muy especial para un profesor de literatura española como yo, ocupado en comentar en clase obras contemporáneas. José Hierro vino a Cáceres, para participar en las lecturas del Aula Literaria José María Valverde. Fue en noviembre de 1996; y tuve la oportunidad de contarle que tenía que hablar del Libro de las alucinaciones en el segundo cuatrimestre; y se alegró al tiempo que me sugirió que programase igualmente su libro Agenda (1991), que tanto apreciaba. La vitalidad, la energía, el humor y la lucidez del poeta llenaron todos los momentos de su estadía cacereña. Leyó en público su espléndido poema «Lope. La noche. Marta», bromeó en privado con la preparación de su «cóctel del 27», que ya era el «cóctel de Hierro», y nos dijo que José Luis Hidalgo, su amigo, el autor de Los muertos, era un chistoso. Fueron horas escasas pero intensas con uno de los grandes poetas españoles de la segunda mitad del siglo XX. Hace casi seis años, aquí en Cáceres, Dionisio Cañas me regaló de palabra una iluminadora nota al pie de la dedicatoria de Cuaderno de Nueva York (1998): «A José Olivio Jiménez porque en su casa fraterna —West Side, 90 Street— cercana al Hudson se me apareció mágicamente la ciudad de New York». Me dio la clave de las circunstancias de escritura de aquel libro tan vendido de Hierro, clave que me he guardado. Hasta que hoy en La Lectura, el suplemento cultural de El Mundo —mi quiosquero siempre me lo vende dos días después de su salida—, he leído el artículo de Manuel Llorente «El secreto neoyorquino de Hierro», que precisa, con imágenes también, aquella clave, y que anuncia, algo sensacionalista, que el propio Dionisio Cañas hará público este «secreto» el próximo 27 de abril «en un debate en Espacio Mercado de Getafe». En «Elementos para un poema», de Agenda, escribe José Hierro algo que merece reproducirse este domingo en su recuerdo, a los cien años de su nacimiento: «La poesía es dar nombre a las cosas: el nombre nuevo por el que serán, en adelante, conocidas. Es descubrir el nombre verdadero, tapado por los nombres falsos que ostentaban». Una nueva manera de nombrar las cosas que ya estaba en su primer libro de poemas, Tierra sin nosotros (1947).
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sábado, abril 02, 2022
El académico Jesús García Calderón
El orden de las imágenes es cronológico: el acto, el librino con el discurso y la vuelta por la iglesia de Santa María la Mayor antes de bajar por la Puerta de San Andrés y regresar a Cáceres. Lo principal fue lo que no sale en las fotografías. Yo había llegado a Trujillo con más de hora y media de antelación para visitar a una entrañable pareja: Margarita Corrales y Antonio Jiménez. Fueron, hace treinta años, las personas con las que más nos relacionamos durante nuestra breve residencia —doce meses— allí. Ella cuidó a nuestra hija Julia todos los días de aquel curso y él, ya guardiacivil jubilado, fue mi contertulio en lugares para mí insospechados: un cuartel todoporlapatria y un mesón lleno de cazadores en 1992, el último año, si no recuerdo mal, que se celebró el Día de Extremadura en Trujillo, cuando cantó Julio Iglesias en aquella Plaza abarrotada. Antonio me dijo esta mañana que dejase el coche por la cuesta de San Andrés, y me vino muy bien, porque hoy había una carrera popular por el casco histórico, e iban a cerrarlo a las cuatro de la tarde. A esa hora yo ya estaba camino de casa y pensando en lo mejor del día. Y que me perdone mi querido Jesús García Calderón, que tomó posesión por la mañana de su medalla como Académico de la Real Academia de las Artes y las Letras de Extremadura —el motivo de mi viaje—, con un discurso brillante sobre Una frontera invertida. La Raya de Portugal como antítesis de la frontera, contestado por su amigo el arquitecto y pintor Gerardo Ayala, que leyó dos poemas de Jesús de un libro aún inédito —La espalda de mi padre— en uno de esos actos de representación y disfraz en los que uno se alegra de estar por la alegría de los que están; aunque siempre que he asistido alguien se ha quejado de aquellos —demasiados— académicos que no van, como si con ellos no fuese la función. Qué placer volver a estar en Trujillo y saludar a muchos y charlar con C., con B., con J.J., con M., con J., con M., y más… Con Juan Ricardo Montaña, al que siempre encuentro con sentimientos compartidos. Con Antonio y Margarita.
Publicado por Miguel A. Lama en sábado, abril 02, 2022 0 comentarios
viernes, abril 01, 2022
Destrucción
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, abril 01, 2022 0 comentarios
























