jueves, julio 15, 2021

Sin pronunciar tu nombre

Mañana viernes tenía que celebrarse la presentación de la antología de Santiago Castelo, Sin pronunciar tu nombre. Antología poética (1976-2015), publicada, con selección y prólogo de Carlos García Mera, en la colección «Avis rara» de la Editorial Urutau de Pontevedra. Iba a ser en Don Benito, en el Museo Etnográfico «Agustín Aparicio» a las 21:00 horas, con la actuación musical de «Las Nietas del Charli». Lamentablemente, y por la puñetera situación pandémica que padecemos, no podrá ser. Esperemos que en septiembre. Como había querido estar, escribo esta nota sobre este libro de pequeño formato y atractiva apariencia —hay segunda edición— que contiene textos de José Miguel Santiago Castelo desde sus comienzos poéticos (Tierra en la carne, de 1976) que me han permitido revisitar su obra por la ajustada selección de poemas de todos sus libros: tres textos de su primer libro, cuatro de Memorial de ausencias (1979), cinco de La sierra desvelada (1980), seis de Cuaderno del verano (1985) —el primer libro que yo leí de Castelo—, siete de Siurell (1988), dos de Al aire de su vuelo (1993) y de Diario de a bordo (1994), cuatro de Hojas cubanas (1998), dos de Cuerpo cierto (2001), seis de Quilombo (2008), nueve de La hermana muerta (2011), tres de Esta luz sin contorno (2013), y doce, en un colofón tremendo, de La sentencia (2015), su libro póstumo. La lectura seguida de estos sesenta y cinco poemas es una experiencia de reencuentro con uno de los poetas más singulares de las letras extremeñas; así, como a él le gustaba. Que el prólogo de Carlos García Mera solo dedique unas pocas —y acertadas— palabras a la poesía de Castelo en sus dos párrafos finales, y que todo lo anterior sea sobre la persona, dice mucho de lo que aún pervive de la extraordinaria figura que fue. Un ejemplo de la admiración de quien le retrata en el delantal de esta antología, que ojalá se convierta para un lector que no lo conozca en la puerta de entrada a la poesía toda del autor: «A Castelo le encantaba pertenecer a otro tiempo donde se estilaban las galanterías y los ademanes nobiliarios. Le rodeaba siempre un aura de misterio, esbozada con una sonrisa socarrona, pero sin malicia, seguro de gustar —porque gustaba, y lo sabía— donde se escondía toda la verdad del mundo. Sin duda, su voz, como de tormenta estival, refrescante y tronadora, dictaba sentencias inequívocas o susurraba los consejos certeros en los momentos precisos. O, de pronto, te acogía en su declamatoria, rebosante de anécdotas, que adornaba con paréntesis o silencios exactos para mantener la atención del público […]». Esta manera de subrayar la persona, la vida y la carne, y no los matices de su poesía, nos arrastra a todos, por estar ante una personalidad tan arrolladora. Quede, sin embargo, en esta nota, la vida y la carne de estos alejandrinos sobre la hermana muerta: «Temo volverme oscuro y el dolor siempre andando; / por eso en vuestros ojos quiero ser sol de un día». Sol de muchos días en su recuerdo. Un beso, sin pronunciar tu nombre. 

miércoles, julio 14, 2021

Sello de calidad

Esta mañana me han comunicado, en resolución provisional, que la revista Cuadernos dieciochistas ha sido reconocida con el Sello de Calidad de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Hay que celebrarlo ahora que reordeno y actualizo como puedo todo lo que ha llegado en los últimos meses para publicar en el volumen de este año, el veintidós, dedicado a «Las matemáticas en el siglo XVIII español». Sí, porque uno de los grandes valores de esta publicación es su interdisciplinaridad. En su sección monográfica, ha tratado asuntos como las religiones y culturas en el XVIII, la cultura literaria y la identidad en la Ilustración hispánica, la Guerra de Sucesión, el teatro y la música, la arquitectura y el urbanismo, autores destacados por algún centenario como Pablo de Olavide, Jovellanos, Meléndez Valdés o Nicasio Álvarez de Cienfuegos, y otros temas como las artes decorativas de la época, la economía o la guerra; y, en su sección de «Varia», otros numerosísimos aspectos encuadrables en el marco cronológico de sus intereses. La revista nació en el año 2000, auspiciada por la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII (SEESXVIII) y editada por Ediciones de la Universidad de Salamanca, que sigue difundiéndola. Su primer director fue el historiador Antonio Morales Moya, que, cuando dejó la universidad salmantina, pasó la dirección a la dieciochista María José Rodríguez Sánchez de León, actualmente catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en Salamanca. Directora de la revista desde 2002, desde el volumen tercero, estuvo al frente hasta el publicado en 2014, y la situó en estimables índices de impacto. En abril de 2015, cuando la junta directiva de la SEESXVII me propuso para seguir sacando adelante esta publicación, asumí la tarea con la ayuda impagable de Fernando Durán (Universidad de Cádiz) hasta 2020, y con la de Antonio Calvo Maturana (Universidad de Málaga) desde 2018, y Mª Dolores Gimeno Puyol (Universitat Rovira i Virgili), desde 2019, sin los que esto no podría sostenerse. Parte del informe de valoración de la FECYT dice que Cuadernos dieciochistas tiene una orientación claramente científica y que centra su foco en una centuria clave para España y Latinoamérica, y que se ha convertido en una referencia para los estudios de todo tipo del siglo XVIII. Nos proponen asumibles vías de mejora que, desde la rigidez de los dictámenes, son acicates para continuar trabajando para ofrecer a la comunidad científica en el campo de las Humanidades un espacio en el que dar a conocer sus trabajos. Agradecido. Un abrazo.

domingo, julio 11, 2021

Autorretratos de pluma y espada (y 2)

© Josep Lago (AFP)
La fotografía de Josep Lago que hoy publica El País en la página 35 de su edición nacional en papel me ha sugerido estas líneas, después de recuperar ayer unas notas sobre el montaje de Autorretratos de pluma y espada. Dramaturgas del Barroco en primera persona, de Karlik Danza, visto en el XXXII Festival de Teatro Clásico de Cáceres. Todo el mundo comprende la metonimia de «pluma» por escritura que está en el título de la obra y que se repite en las notas presentativas de la compañía sobre su trabajo: «Su pluma como arma será el vehículo de expresión de sus opiniones frente a los tópicos establecidos por costumbre y la acción dramática se convierte en tesis para demostrar que la mujer es firme, que puede defender su agravio ella sola y por lo tanto no debe ser considerada débil ni mudable». Y así como esto es claro, también lo es que no hay metonimia —o a mí me lo parece— en el texto de la pancarta que exhibe el joven de la fotografía; sino un uso figurado extendido a toda una identidad sexual y no al significado restrictivo y de apariencia —nada militante, como es el caso— que la Real Academia tiene en su diccionario: «Afeminamiento en el habla o los gestos de un varón». Lo cierto es que distintas causas de polisemia han coincidido en ambas maneras, la de la compañía teatral y la del manifestante, de reivindicación muy actual y muy justa. La más artística la traje aquí ayer y la más palpitante en estos días la ha llevado hoy el periódico a un titular reafirmativo e indignado contra la homofobia: «La comunidad LGTBI dice basta». Por eso he escrito esto.

sábado, julio 10, 2021

Autorretratos de pluma y espada

Ayer, mi experiencia teatral en este blog con Niceto Alcalá-Zamora no me llenó del todo. Un relieve de erudición está bien de vez en cuando; pero cuando el teatro es vivido y sirve para salir a la calle un rato, relacionarse con otros, aprender de los que saben del oficio por asistir a un montaje en donde hay actrices, directoras, técnicos de iluminación y sonido, tanta gente, entonces, la experiencia es plena, muy gratificante. Incluso te permite socializar y salir de la huronera para ir bien acompañado a disfrutar del teatro al aire libre una noche agradable de junio. Nada más ni nada menos que la noche de San Juan, que fue cuando vimos en Las Veletas Autorretrato de pluma y espada, un montaje de Karlik Danza en el que participó mucha gente conocida. Lo primero que me llamó la atención sobre el escenario fue una reproducción encajada en una grabación en blanco y negro de la estupenda actriz Memé Tabares interpretando a María de Zayas. Cuando se hizo la luz se apreció cómo se vestía el rostro de la mujer en un traje de época de gran copa. Su miriñaque —todo un símbolo— sería luego utilizado en otros cuadros de la obra, y fue uno de los recursos valiosos de este montaje, con su intención reivindicativa de la presencia de las mujeres en la literatura de nuestros Siglos de Oro: Ana Caro, Ángela de Acevedo, Leonor de la Cueva o la también citada Catalina Clara Ramírez de Guzmán, como una mención extremeña más que justificada. A la mayor parte de esos nombres ponen rostro las experimentadas actrices, además de Memé Tabares, Carmen Galarza —a la poeta andaluza Ana Caro de Mallén—, Ana García —a Ángela de Acevedo, portuguesa que escribió sus obras en castellano—, Olga Estecha —a la vallisoletana Leonor de la Cueva y Silva, autora de La firmeza en la ausencia—, y, finalmente, el actor, director, y profesor en la ESAD de Extremadura, Alfredo Guzmán, como Fray Luis de León, también en plasma. Le puse algunos reparos a la estructura argumental, a la solución para hilar las diferentes historias con un motivo único que se cifró en esa reivindicación justa del papel de las mujeres silenciadas en la historia literaria. Pero como tal recreación, no me acabó de convencer en su unidad y en su ritmo. Y eso que basta con la llamada de atención para que el público empatice con un empeño artístico así. Como, más en mi ámbito, proyectos de investigación académica como BIESES (Biografías de escritoras españolas), la base de datos de acceso libre para todos los investigadores que completa, recopila y sistematiza las fuentes informativas de que disponemos para el estudio de la escritura femenina anterior al siglo XIX, y que impulsó y coordina mi querida Nieves Baranda. Lo que sí convenció aquel jueves 24 es el papel de todos los actores y de todos los que intervinieron en levantar esos Autorretratos que proponen levantar la pluma como arma frente al discurso masculino. Desde una espléndida Guadalupe Fernández, hasta las más que solventes Chloé Bird —a quien por primera vez vi en el escenario sin cantar ni tocar— y Lara Martorán, más Sergio Barquilla y un cercano Jorge Barrantes que sigue creciendo, apoyados en la expresión corporal coreográfica tan ajustada a la dirección y el propósito de Karlik Danza —Cristina D. Silveira. Mucha gente conocida entre el elenco, como decía al principio; y para prueba sirva que, cuando pronuncié el nombre de uno de los intérpretes al terminar la obra con la grada en pie aplaudiendo, se giró una señora de la fila inferior para decirnos orgullosa: «—Es mi sobrino». Mereció la pena, como siempre, salir de casa para ir al teatro bajo el cielo de otro junio pasado que no ha sido inclemente. Me alegro de que don Niceto me haya obligado a sacar esta entrada del morral; si no, se hubiese perdido, como tantas.

viernes, julio 09, 2021

Derecho y teatro

Hace unos años tuve el gusto de participar, por invitación de mi admirado amigo Jesús García Calderón, en un Curso sobre Modernización del Lenguaje Jurídico celebrado en Madrid en septiembre de 2011, que luego tuvo una segunda edición en diciembre de ese mismo año en el Parlamento de Andalucía en Sevilla, y al que me referí aquí a propósito de una de las publicaciones de la Real Academia Española. Ante un auditorio compuesto mayoritariamente por jueces y fiscales —entre los que se encontraban algunos conocidos por la notoriedad de sus procesos en los medios de comunicación—, hice lo que pude para relacionar la literatura con la justicia, con algunos casos o ejemplos sabidos, como el pleito contra el autor de Madame Bovary en el que un abogado sacó adelante su defensa con una explicación convincente y definitiva del estilo indirecto libre. De haberlo conocido por aquel entonces, habría sumado el discurso de ingreso en la Real Academia Española de Niceto Alcalá-Zamora, del 8 de mayo de 1932, titulado Los problemas del Derecho como materia teatral, que he leído no hace mucho, aunque pude saber de él gracias a una pieza tan magistral como En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta, leída en la recepción pública de Pedro Álvarez de Miranda en junio de 2011, que recogió en su versión impresa un «Catálogo de los discursos de ingreso en la Real Academia Española (1848-2011)». Son todos textos que hoy, afortunadamente, pueden leerse en la página de la RAE. A mi parecer, el del Presidente de la Segunda República Española en aquel momento no destaca como pieza amena y sí por su cargada retórica y espesura; pero tiene su interés en tanto reflexión que relaciona el mundo del teatro con el mundo del Derecho, y daría como fuente para hablar algo más sobre lo jurídico y lo literario, aunque en el texto de don Niceto mandó más la «conciencia jurídica española» que la historia del teatro español, y hasta su segunda parte no se abordó el «Enlace del Derecho con la Literatura». Ahí tiene su enjundia la consideración de que «un proceso y un drama suelen parecerse tanto que, diferenciándolos con frecuencia tan sólo un aspecto escénico, decisivo —el interés—, pudieran definirse diciendo que muchos dramas son procesos imaginados, que interesan a todos, y muchos procesos, dramas reales, que interesaron sólo a algunos» (pág. 40). Y confieso que he corregido la puntuación, enmendando la plana a lo publicado por la RAE en 1932. Buen fin de semana.

lunes, julio 05, 2021

La cultura contemporánea

Decía que mi coche duerme cerca de donde vivo, o que está cerca de donde duermo. Donde mi coche hay tres plantas de panteones para cuatro ruedas en ángulos insólitos, en ubicaciones a veces inverosímiles. Hay muchas plazas para los que no somos vecinos del inmueble, y unas pocas hay también que son propiedad de hoteles próximos que las ofrecen a sus clientes. Con ellos me encuentro casi a diario, cuando entran o salen del garaje. Si entran, les abro sin que tengan que marcar el código que traen en el papelín que sacan; y si salen, hay veces que no saben que la estrecha portezuela nos lleva a todos a la calle; y es cuando les ayudo y sostengo esa puerta para que salgan con sus maletas, como si les diese la bienvenida a Cáceres, un gesto que siempre reciben bien. Si algún día pongo un bar en esta ciudad, se llamará «La cultura contemporánea». Ya me imagino las grandes y elegantes letras en la fachada: LA CULTURA CONTEMPORÁNEA. Como esto es una estupidez improbable, dejo aquí el comentario por si alguien que tenga posibilidades de abrir un negocio así, un bar que no tenga por qué tener relación con la cultura, le ponga ese nombre. Lo ideal sería que se hiciese famoso por un servicio exquisito, unos baños impolutos y la calidad de sus tapas. No sé, unos callos para chuparse los dedos. Luego, igual a alguien se le ocurre utilizar el espacio para presentar un libro o para colgar en las paredes las obras de algún artista. Pero esta tarde se me ha ocurrido que estaría bien que en la ciudad en la que vivo podría haber un bar más al que acudir y llamarlo «La cultura contemporánea». De estar bien, sería, además, singular, curioso. Quizá algún día termine de escribir un texto que tengo titulado «Tú y yo» —o «Yo y tú», pues todavía dudo— sobre el mito de Narciso, como el Luis de Baviera de Cernuda «Se inclina y se contempla en la corriente / Melodiosa e, imagen ajenada, su remedio espera / Al trastorno profundo que dentro de sí siente». En mi bar quisiera versos así, cerveza fresca y callos exquisitos.

jueves, julio 01, 2021

Trastero

En las casas modernas el trastero suele estar en el subsuelo, donde también guardamos uno de nuestros bienes más preciados y objeto de ostentación: el coche. En la mía está arriba. Vendría a ser lo que antiguamente era el desván. Sin embargo, al mío no se accede desde casa; sino que hay que salir a la escalera compartida con un vecino y subir hasta el cubículo en el que guardo casi solo papeles —también materiales sobrantes de las obras de reforma, juguetes antiguos de mis hijos, libros y folletos…— y se acumula el polvo. Tengo que pedir ayuda para limpiarlo, me digo algunos días. Otros no, pues puedo solo. O podo suelo. O lo uso como suelo. Ya empiezan a rondarme los juegos palindrómicos para los que no estoy dotado como amigos inteligentes. A mi coche lo tengo subrogado fuera, aunque cerca de donde duermo. Me gusta subir al trastero. Allí encuentro restos del tiempo que llevo en esta casa; y sobre todo papeles que son los que siempre me distraen de la tarea de limpiar, tirar y ordenar lo acumulado en tan reducido espacio. Ha habido días que me han llevado muy lejos, como cuando me bajé un ejemplar de hace cuarenta y un años de un suplemento que publicaba el diario Hoy titulado Seis y Siete, que, para ilustrar un informe sobre los hábitos de los jóvenes españoles del momento —«se drogan poco y son bastante apolíticos»— publicó una fotografía en la que se nos veía a la pandilla en el Parque de Zafra. Teníamos entre diecisiete y dieciocho años. Fue en aquella revista que recogía al final la programación de solo dos canales, el «normal», y el «UHF», que el lunes 7 de julio de 1980 emitió en el programa A fondo, presentado por Joaquín Soler Serrano, una entrevista al escritor Francisco Candel. En estas páginas con marcas de la edad hay una colaboración de F. Moreno Guerrero sobre la editorial Esquina Viva y sobre José Antonio Zambrano, a quien llamaba «poeta sentío», que es uno de los que yo siento entre mis papeles, entre algún archivador rotulado en el ancho frente como «Creación ajena», en el que se especifican muchos nombres queridos. Lo importante es que mi propio presente ronda parecidos intereses sobre otras creaciones, como la de Zambrano. Ahí sigo, escribiendo sobre él, como puedo. Sobre el hombre —y son palabras removidas del último poema de su último libro— que sostiene en sus manos un barco de papel que fija el rumbo sobre un mar que mantiene su condición de espacio. 

lunes, junio 21, 2021

Lope manda. Lope al toque. Lope al baile

© Javier Remedios
No creo que los tiros vayan por una necesidad de atraer a un público que no acude al teatro de siempre, al más convencional; no, no lo creo. El público sigue llenando las salas cuando remontan monólogos como Cinco horas con Mario o clásicos clásicos, como La vida es sueño o Hamlet si están bien hechos. Lo que, a mi parecer, viene ocurriendo desde hace mucho tiempo es que el teatro también busca formatos que totalizan el espectáculo, que lo hacen más grande y rico, más actual. En esta edición, la XXXII del Festival de Teatro Clásico de Cáceres hemos tenido la ocasión de asistir a dos propuestas de este tipo que me han parecido extraordinarias y que han contribuido a que la programación de este año esté siendo muy diversa y rica, de mucha calidad; y que está, yo creo que no por un aforo más reducido por la situación pandémica, noche a noche agotando las entradas. El Caballero de Olmedo del pasado miércoles en Las Veletas fue un espectáculo total, con música en directo, con un cantaor, Manuel Pajares, soberbio, con actores que bailaban y con bailarines que actuaban, en un intento de integración que siempre es arriesgado por el desequilibrio del que pierde el paso. Ocurrió por momentos en los que este espectador apreció una sobrecarga del baile —excelente— frente al texto. Para mí tenía, además, el atractivo de volver a ver en el escenario a mi exalumno Sergio Adillo, autor, ahí es nada, de la versión de la obra, que interpretó de manera destacada el papel del criado Tello. Lo del sábado fue más allá aún, tanto que tuvo que trasladarse por la lluvia al Gran Teatro: Castelvines y Monteses, de la Compañía Nacional de Teatro Clásico y Barco Pirata Producciones, que montaron la pieza de mediados del siglo XVII en la que Lope teatralizó la historia de los amantes de Verona, que conoció alguna edición en el primer tercio del siglo XIX junto a Los bandos de Verona de Rojas Zorrilla, otra de las obras orbitales del Romeo y Julieta de Shakespeare y, antes, de la novelita de Bandello. No lo digo por falsa erudición, sino por lo importante que es que no olvidemos de dónde proviene lo que contemplamos en espectáculos así de contemporáneos. Por eso me ha parecido tan certero lo dicho por el autor de la versión y director del montaje, Sergio Peris-Mencheta, al referirse a que, a pesar de todo, de la tan sugerente envoltura en música, baile y movimiento de esto, se trata de un teatro de texto y que «Lope manda». Y trece intérpretes tan asombrosamente conjuntados que en este caso no mostraron ningún desequilibrio entre la parte musical o vocal y la de interpretación. Geniales todos. Debe de ser muy difícil lograr tanta armonía y mantenerla a lo largo de más de dos horas y que dé la sensación de que te las han subrogado por la mitad. Espectáculos así consiguen llenarlo todo y minimizar los eventos consuetudinarios que acontecen en la sala, como el comportamiento de esa gente que no sabe comportarse en un patio de butacas, sin respeto a los actores ni a los vecinos de filas, hablando a voces como si estuviesen en el Parlamento. Como no sé si tendré tiempo para seguir escribiendo esta crónica improvisada del XXXII Festival de Teatro Clásico de Cáceres, diré, para abundar en lo de la calidad y la diversidad, que este fin de semana pasado también hemos visto dos propuestas muy distintas y exquisitas de teatro de actor, con los elementos necesarios para subrayar la interpretación de los portavoces del texto. Ha sido, también a cobijo del Gran Teatro por la lluvia, con El mercader de Venecia el viernes 18 y con Eduardo II el domingo 20. Sobresaliente. 

sábado, junio 19, 2021

Teatro universitario

Hace días que anoté en mi agenda una de esas actividades del Festival de Teatro Clásico de Cáceres que quedan menos visibles en el programa. La verdad es que no sé cómo llegué a ella, porque ahora no encuentro por ningún sitio una noticia sobre su programación. Lo más probable es que no tuviese ninguna relación con el cartel, y que fuese una de las que me llegan al ordenador o al teléfono y que esta ciudad ofrece a un paso de casa y gratuitamente. Me alegro de haber anotado algo así. Fue en la sala de Maltravieso Teatro, este jueves, a las 20:00 horas —casi puntual—, con aforo reducido, controlado (te ponen una pistola en la cabeza y amagan el tiro solo cuando comprueban que estás degradado). El grupo del Aula de Teatro de la Universidad de Extremadura representó su Romeo y Julieta. Una tragicomedia musical, bajo la dirección de Raquel Bravo. No voy a escribir (!) la estupidez de que rejuvenecí —por muy figurado que sea— casi treinta años; pero sí que me transporté a 1992, a cuando colaboré en la revitalización del Aula de Teatro de la UEX, junto a alguien que tiene mucho que ver con lo que vi: Isidro Timón. Vimos algo que sigue emocionándome. Algo tan elemental y verdadero como que un grupo de estudiantes representen su afición, sus ganas y sus inquietudes, sean cuales sean los textos o dramaturgias que les sirvan de base. Tengo delante las palabras que publicó en 1932 el extremeño Enrique Díez-Canedo sobre la agrupación universitaria «La Barraca». Decía que sus estudiantes no aspiraban a ser gente de teatro y que su cuadro dramático no era un plantel de actores, que en estos grupos aficionados el teatro era un medio, no un fin; y que eran «sembradores de un gusto, despertadores de una afición, cuyo provecho irá a recaer en el teatro regular a poco que éste sea digno de su misión de cultura» (El Sol, 20-XII-1932, que cito por la selección de artículos de crítica teatral de Díez-Canedo que publicó Gregorio Torres Nebrera en la Editora Regional de Extremadura en 2008, El teatro y sus enemigos. El teatro español de su tiempo…). Tal cual el jueves con los estudiantes del Aula de Teatro de la UEX y su propuesta sobre Romeo y Julieta, que algunos recordarán como una experiencia única en las que se vieron un poco a sí mismos, y otros quizá lleguen con el tiempo a interpretar, a ser actores, lo que significará que habrán logrado ser irreconocibles, personajes absolutamente enajenados de sus identidades civiles. Porque de estas experiencias siempre sale algo que lleva a la profesión teatral. Allí mismo, con Isidro, hablamos de esa mágica manera de hacer grupo que motivan actividades así. Todavía —me decía él— quedan para verse aquellos con los que trabajamos hace tantos años, y de esta piña brotará algo seguro. Una piña de doce estudiantes que consiguió cautivarnos con su trabajo, con el mérito de hacer teatro bajo la dirección de alguien como Raquel Bravo, formada en la Escuela Superior de Arte Dramático de Extremadura, que supo sacar lo mejor de un elenco del que destaca quien interpretó a Julieta, y que demostró saber aprovechar recursos escasos —y no por precariedad sino por talento— para hacer una propuesta atractiva con movimientos corales, con detalles como un palo que hace de barandal o una pañoleta que caracteriza a un personaje de notable significación secundaria. En otros tiempos también hacíamos lo que podíamos y me entusiasma reconocer estas vocaciones que, como decía Díez-Canedo, serán misión de cultura.

lunes, junio 14, 2021

Gonzalo Hidalgo Bayal en «Turia»

Hay días que el correo trae a casa algo de leer que lo altera todo y trastoca las prioridades para imponerse como lectura principal. Pasó el lunes 19 de abril cuando recibí el número doble (137-138) de la revista Turia, que edita el Instituto de Estudios Turolenses de la Diputación Provincial de Teruel, fundada y dirigida por Raúl Carlos Maicas. Tenía que haberlo recogido en el acto de su presentación previsto aquí en Cáceres para el 23 de marzo de este año; pero no pudo ser, dadas las circunstancias. Y sus editores tuvieron el buen acuerdo de enviarlo a los colaboradores. A pesar de la fruición del momento en que recibí mi ejemplar, me detuve tan solo en algunos de los textos publicados en el «Cartapacio» dedicado al escritor Gonzalo Hidalgo Bayal, lleno de textos inteligentes sobre su obra literaria. Y en uno, sobre todos: el del propio Gonzalo titulado «Las lágrimas de Miguel Strogoff», que, a partir de ahora, hay que poner como uno de los principales de su bibliografía y no apto para niveles triviales del consumo literario. También aquel día de abril pude picotear en la sección de «Poesía» llena de nombres conocidos, no solo por ser extremeños en su mayoría: Nuria Barrios, Sandra Benito, Pureza Canelo, José Antonio Conde, Efi Cubero, Álex Chico, Jordi Doce, María José Flores, Eugenio Fuentes —y la visita imprevista de unos versos—, Carlos García Mera, Carmen Hernández Zurbano, Javier Lostalé, Mario Martín Gijón, Elías Moro, Ana Muñoz, Javier Pérez Walias, Antonio Rivero Machina, Ada Salas, Basilio Sánchez, María Fernanda Sánchez, Irene Sánchez Carrón, Enrique Villagrasa y José Antonio Zambrano —cuyos libros ocupan mi escritorio estos días por trabajo y por querencia. En realidad, pude leer tan solo una parte de las más de cuatrocientas cincuenta páginas de este volumen con ilustraciones de Fermín Solís que se presenta hoy en Cáceres (Sala Malinche del Complejo Cultural San Francisco, 19:30 horas). Sobre él dio buena cuenta Álvaro Valverde, que destacó mucho de lo importante; pero es tanto el contenido, que es bien difícil pararse a seleccionar. Desde que el volumen está en casa, sí es cierto que lo he podido leer casi enteramente desde lo que Teodosio Fernández escribe sobre Luis Sepúlveda hasta la última reseña de esa sección, «La Torre de Babel», que me atrevo a decir que no tiene parangón en número de colaboraciones entre las revistas culturales que se publican en España. En vecindad con la sección monográfica bayaliana, hay dos conversaciones, una con el artista Vicente Rojo, que firma Alejandro García Abreu, y otra muy especial por la cercanía con el objeto del «Cartapacio» de esta espléndida Turia, la que mantiene Fernando del Val con el poeta Álvaro Valverde, que leí con gusto y complicidad. Muchas conversaciones puede tener el lector con la literatura contemporánea entre las páginas de este valioso volumen de tan veterana revista; y buena conversación nos ofrecerán esta tarde el propio Álvaro Valverde —que escribe sobre la razón poética de Gonzalo Hidalgo Bayal—, Luis Landero —que responde en una entrevista a las preguntas de Fernando del Val sobre su amigo Gonzalo Hidalgo Bayal— y Gonzalo Hidalgo Bayal, el protagonista del encuentro.



domingo, junio 13, 2021

Peribáñez

Exterior noche. Plaza de Las Veletas. Acababa de empezar la obra, en la escena primera, con Casilda y Peribáñez de novios, cuando comenzó a llover, encendieron las luces del público y se paró la representación. Silvia González Gordillo, la directora del Gran Teatro de Cáceres y del Festival de Teatro Clásico, anunció sobre tablas que íbamos a esperar unos minutos y que, si cesaba la lluvia, continuaría la función. Y así fue. La duda era si volverían al principio o retomarían por donde lo dejaron. Y fue esto último, con el acierto de Isabel Rodes (Casilda) de adaptarse a la métrica del momento con un «Como te iba diciendo»…, al que reaccionó con risas el público, y que enlazó, pongamos por caso con versos como «Pareces cirio pascual / y mazapán de bautismo / con capillo de cendal, / y paréceste a ti mismo, / porque no tienes igual», que ahora no recuerdo haberlos escuchado en la versión de Yolanda Pallín, que me ha parecido respetuosa con unos versos de Lope bien seleccionados para ajustarlos a una hora y media sin pausa. Una hora y media que se quedó en una hora hasta casi el final del segundo acto, antes de que todo lo importante de la intención que sostiene la obra se expresase: la firmeza de Casilda y la dignidad de Peribáñez. La dignidad de ambos. Y un llover a chuzos que vació las gradas sin protocolo, y que nos dejó en Cáceres sin saber cómo resuelve este montaje el desenlace, cómo Peribáñez defiende su honradez y su honra como villano y caballero ante el poderoso, o si aparecen los reyes al final para cerrar todo. Es fácil averiguarlo; pero esta crónica de teatro es de las que a mí me gustan, esas que hablan de lo que pasó por una vez única en muchas veces repetidas (o no). Paraguas abiertos y protestas de los de atrás que no veían nada, señora. Nos vamos a empapar, cariño; vámonos. Han dicho que si escampa siguen. Yo no he escuchado nada; podrían decirlo por megafonía. La crónica de lo extraño de que todos los aplausos de anoche fuesen extemporáneos, pero muy justificados. En el primer parón, el público aplaudió; cuando se reanudó la representación también; igual que cuando, finalmente, nos levantamos, frustrados y mojados, quisimos dejar ese reconocimiento al intento de los profesionales de terminar su trabajo. El imponderable de ayer no me impide seguir calificando que el ejercicio machista de la autoridad del Comendador es una violación —irrumpe en la casa de Casilda— como la de Tarquino sobre Lucrecia —también ve invadida su casa— en la tragedia de Nicolás Fernández de Moratín. La pieza de Lope termina bien —aunque ayer no—, y sirve para confirmar algo que Eduardo Vasco, el director de este Peribáñez, siempre ha defendido en unas propuestas sobre el teatro clásico que propician que el espectador se plantee asuntos de su presente mientras contempla una historia de su pasado. 

viernes, junio 11, 2021

De nada

 Hay días en que a uno se le quitan las ganas de todo.

lunes, junio 07, 2021

7-J

Creo que no fue por timidez, sino por parecerme ridículo pedir un autógrafo a la mujer que esta mañana me puso la segunda dosis de la vacuna. Llevaba, con los periódicos, el cuaderno en el que escribo mucho de lo que luego pongo en este blog, y podía habérselo ofrecido para que me firmase en la página que tenía marcada. No lo hice. Quizá debí asumir las consecuencias y verme señalado durante los quince minutos posteriores al pinchacino, como aquel que había pedido un autógrafo a la auxiliar que le había vacunado, que se corriese la voz entre sus compañeras y que buscasen a un tipo calvo sentado con unos periódicos, un cuaderno y un sombrero sobre su regazo, y con un problema importante: apagar la linterna de su teléfono. No sé cómo pasó; pero quizá se activó cuando me sentí iluminado por la idea de pedir una rúbrica a mi vacunadora, y me acomodé en la sala con una luz que luego supuse que habría hecho sentir a todos que estaban a oscuras y que yo era el único que sabía guiarme. No comprendí nada, no me explicaba por qué la pantalla de mi teléfono no reaccionaba para apagar una luz tan innecesaria en un espacio tan luminoso a las nueve y media de la mañana. Qué torpeza. Tanta como para que uno de mi quinta, sentado una silla cercana, me advirtiese de que se me había caído al suelo la tarjeta sanitaria, mi mayor orgullo. Se lo agradecí, claro. Por el momento, todo bien. El único efecto secundario tras la inoculación ha sido esta entrada.

viernes, junio 04, 2021

Adolescente Gómez de Liaño

Turpin Editores y Gráficas Almeida —impresores desde 1954— están muy presentes en mis apuntaciones de este blog por culpa de Víctor Infantes (1950-2016), a quien tengo en el recuerdo mientras escribo estas líneas. José Manuel Martín, que fue buen amigo y cómplice de taller de Víctor, continúa, afortunadamente, editando libros; y desde hace cuatro años en la calle Alondra de Carabanchel que ahora ha llevado al nombre de su editorial y a esta colección, después de muchos en el madrileño Barrio de las Letras (Calle Santa María). Para que se vea cómo se las gastan algunos impresores, copio el colofón del libro que me ocupa esta noche: «Este libro se terminó de imprimir el 14 de marzo con la luna nueva de Piscis. Festividad de Santa Matilde, piadosa reina, madre de Otón el Grande, emperador de Alemania». Y luego llegarán tipos como yo diciendo que todos los colofones mienten. Una verdad como un tipo; digo, como un templo. El libro: Ignacio Gómez de Liaño, Poemas de un adolescente (1960-1965). Madrid, Turpin Editores (Colección Alondra, 1), 2021. El profesor Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946) es uno de los nombres más significados en el panorama de la poesía experimental española desde los años setenta. Aparte de la curiosidad histórica de airear poemas muy juveniles, este libro de Turpin, editores de la calle Alondra, contiene el relato personal de aquellos años: «Esa fase de poeta experimental tuvo su momento álgido en el año 1972. En mayo de ese año construí un laberinto de aire con forma de tripa que ocupaba varias salas del Instituto Alemán de Madrid. En junio realicé varios poemas públicos y aéreos en los Encuentros de Pamplona. Y entre julio y noviembre me concentré en un Poema Privado, que realicé en una zona campestre de la isla de Ibiza. Ese Poema Privado representa la culminación de mi poesía experimental. Lo evoqué en mis novelas Extravíos (2007) y El juego de las salas de Salas (2018) y el MNCARS ha dado cuenta del mismo en la ya mencionada exposición Ignacio Gómez de Liaño: Abandonar la escritura y también se ha dado cuenta en la que hizo el Museo de Arte Contemporáneo de Ibiza en 2016 con el título de 1972. Los juegos del Espinario. El proceso de creación de ese Poema Privado se puede seguir en En la red del tiempo 1972 1977. Diario personal (2013)» (págs. 14-15). Estas palabras de la «Presentación», testimonio de una época, preceden a un grupito de poemas adolescentes entre los que hay sonetos, una redacción en verso, alguna traducción —de Ovidio—, y algunos textos desestructurados que fueron los primeros brotes de lo experimental. Ganas me dan también de compartir con artistas como Antonio Gómez, referente de la poesía experimental, estas menudencias de bibliófilo que se alegra de tener otro libro tan bien cuidado y nunca exento de errata. Conste aquí como una nótula sobre un libro invisible.

miércoles, junio 02, 2021

Géneros dramáticos del siglo XVIII

Ayer me ocupé de este libro. No solo custodié en mi despacho varias cajas con medio centenar de ejemplares, sino que repartí unos pocos entre algunos compañeros y, al final de la mañana, fui a casa de su autor a entregarle los diez ejemplares que quería tener. De la familiaridad y de la amistad que lo explican todo ya hablé aquí el septiembre anterior a todo el desastre de la pandemia. Además, son las prendas que justifican que uno figure en la cubierta y el interior de este volumen que no incluiré en mi currículum académico y sí en el afectivo. El sello que lo edita —nuestro Servicio de Publicaciones— y la colección que lo envuelve son especialmente cercanos para mí. No sé si todo esto ha influido en que ayer me ocupase de este libro como he estado ocupándome todo este rato al escribir estas líneas. Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura —Colección Magistri, 9—, 2021) es un homenaje a su autor, Jesús Cañas Murillo, y un signo de los tiempos. Hace décadas, los studia in honorem a los filólogos se convirtieron en referentes bibliográficos de los estudios de áreas como lengua y literatura españolas, como teoría o crítica literarias. No mencionaré nombres de todos conocidos, que podría ampliar a campos tan cercanos como la historia, y a figuras como los grandes historiadores españoles y extranjeros. Actualmente, los compendios en homenaje están devaluados y las agencias de evaluación han decidido, sin entrar en los contenidos de los trabajos, que son aportaciones que no deben ser consideradas. De manera que algunos volúmenes colectivos y misceláneos evitan cualquier atisbo de compadreo y se nombran, pondré por caso, Aún aprendo. Estudios de Literatura Española, un título que esconde —cuesta decirlo— los trabajos en su mayoría relevantes dedicados al insigne profesor Leonardo Romero Tobar (Prensas Universitarias de Zaragoza, 2012). No solo por eso —pero también—, el sentido de Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración es contribuir a la reunión de unos ensayos del homenajeado que tienen el denominador común de atender todos algún aspecto del teatro del siglo XVIII; pero no como una gavilla de trabajos diversos y previamente dispersos, sino como un conjunto con la lógica de constituir una historia teatral dieciochesca, en la que se aborda de manera general la periodización, la transmisión y los constituyentes genéricos de las diferentes modalidades del teatro de esa época. Una historia, sí, del teatro en la España de la Ilustración. Salvo un capítulo sobre la comedia de espectáculo, todos los demás son reescritura y refundición de otros que aparecieron en forma de artículos en revistas españolas y extranjeras, o en ediciones y libros que Jesús Cañas Murillo ha venido publicando en sus años de labor investigadora. Por eso es un libro utilísimo, sobre todo, para los estudiantes e interesados en la literatura teatral del XVIII, y, claro, lo diré, el mejor legado que podría haber dejado, después de sus clases allá por los años ochenta del siglo pasado, a quien ahora se encarga de su curso en la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres. Por cierto, cuando las revisiones preceptivas sobre los programas de nuestras asignaturas para el próximo curso lo permitan, incluiré en la bibliografía en lugar destacado este volumen tan esencial para la materia que es Sobre géneros dramáticos en la España de la Ilustración de Jesús Cañas Murillo.

lunes, mayo 31, 2021

De llamadas (arriba) y de notas (abajo)

Si no hubiese llegado a interesarme por una grabación de un homenaje al escritor peruano José María Arguedas celebrado en el Instituto Cervantes de Madrid en enero de 2019, no habría conocido en ese momento la reedición española de la novela póstuma El zorro de arriba y el zorro de abajo (Prólogo de Dora Sales. Madrid, Drácena Ediciones, 2018), que tengo delante ahora porque estuvimos en clase con este autor y Los ríos profundos, «una de las novelas más admirables de la literatura latinoamericana», en palabras de Ricardo González Vigil en su admirable edición de la obra en la colección «Letras Hispánicas» de Ediciones Cátedra. Nos ocupó la historia de 1958, la que evoca el Ernesto narrador sobre el Ernesto personaje de sus catorce años en un internado religioso de una localidad al sur de los Andes peruanos, de nombre Abancay. Aunque Los ríos profundos es la obra de lectura, aludí a otros textos de Arguedas y a esa novela que se publicó en 1971 después de su suicidio en diciembre de 1969, y de la que ahora releo fragmentos —yo recuerdo haber tenido mi primer conocimiento por un ejemplar creo de Losada de 1972 de nuestra biblioteca universitaria— por esa edición moderna cuyos criterios editoriales me parecen insólitos. No sé, al menos, raros. Muy raros. Intentaré explicarme. Resulta que se da el texto de la novela, con sus partes de novela y sus partes de diario, y se anota. Hay hasta ciento cuarenta y nueve notas, incluyendo las que el propio Arguedas puso en el original de su obra tremenda y última. Hay notas léxicas que aclaran el significado de una palabra, otras resuelven la identidad de una personalidad literaria o la alusión a una entidad social como el Fondo de Beneficio del Pescador (nota 94)… Así, hasta el número dicho. A mí las notas no me molestan; al contrario, me gustan, y si son largas me zambullo en ellas porque creo encontrar ahí nutrientes añadidos al texto principal. Pero lo de ahora es como una exacerbación del universo de las notas al pie. Porque resulta que una vez que se anota una voz —por ejemplo, «pincho», que es pene, o «Cuerpo de Paz», que fue un organismo de los Estados Unidos creado para labores de inteligencia e información en los países latinoamericanos—, cuando vuelva a aparecer en la novela volverá a llevar esa palabra el numerito volado de la primera nota. Así que, si en una página hay tres menciones de pincho, pues tres pinchos habrá con su numerito volado, el mismo, el 20, por ejemplo, junto al 147, que remite a otra nota, esta sí al pie. Lo nunca visto, la verdad. La única justificación que se me ocurre es que la voluntad de los editores haya sido facilitar a los lectores la lectura con todas las redundancias. Como si el lector fuese tan estúpido y con tan poca retentiva como para no acordarse de la nota 20 que le explicaba el significado de una palabra que luego aparecía cincuenta páginas más adelante. Y como si no existiesen los glosarios que tanto ayudan en estas cuestiones. En fin, lo nunca visto en una editorial cuyo catálogo no deja de ser estimable. Tengo que anotarme esto como raro ejemplo cuando hable en clase de los modos de referencia en nota en la edición de un texto literario. Aunque ahora que me refiero a esto, creo que está muy bien que a los estúpidos con poca retentiva nos multipliquen los avisos al pie. Yo qué sabré.

viernes, mayo 28, 2021

La poesía de Luis Landero

Después de las numerosas reseñas que se han publicado desde su aparición en febrero de este año, y tras unos dos meses entre los diez títulos más vendidos en España, no hay pretensión de actualidad en esta nota sobre El huerto de Emerson (Tusquets, 2021) de Luis Landero que es fruto de una primera lectura admirada y de constantes regresos a sus páginas hasta hoy. No sé si la especie de que Landero iba a publicar una nueva novela me llevó a reflexionar sobre el género de un texto que me pareció de senectute —eso sí, sobre la infancia y la juventud—, en el que volvía la memoria como dilatador principal y la duda y desazón frente a la página en blanco, como ocurrió en El balcón en invierno (Tusquets, 2014), que alguno mal llamó crisis de vocación literaria. Sin duda, no son novelas como Juegos de la edad tardía, Absolución o Lluvia fina, y por eso, en el caso de El huerto de Emerson, muchas de las alusiones son a «libro», «obra» o «relato». Quizá haya sido la primera obra de Luis Landero, precisamente por su naturaleza, de la que he podido conocer avances; no sé si la única que el autor ha troceado para resolver con brillantez unas conferencias dichas por aquí o por allá. Por aquí, en Cáceres, sus lecturas de obras como El gatopardo, y su condición de estudiante de Filología y no filólogo, de lector, de profesor; y por allá, una conferencia en el Instituto Cervantes de Madrid en tiempos de pandemia que impidieron su presencia en Utrecht, en la que conocí la palpitante plegaria al señor de la invención y de la gramática. Sin voluntad de proponer nada, y menos aún de establecer una categoría genérica, se me ha ocurrido el título de esta entrada para sugerir una respuesta a la pregunta de por qué cautiva tanto la lectura de una obra así, como si se tratase de un poema memorable y emocionante. Que Luis Landero es un impenitente lector de poesía no es ninguna novedad. Constatar su admiración por la poesía española de la primera mitad del siglo XX, tampoco; como no lo es recordar las declaraciones que ha hecho en entrevistas sobre su rutina de escribir por las mañanas y de leer por las tardes, sobre todo poesía. Y escribir poesía desde antiguo. En el sexto capítulo de El balcón en invierno leemos: «No sabía lo que quería ser, salvo poeta. Había empezado a escribir mis primeros versos algo así como un año antes, cuando tenía quince años. Aquello fue un acontecimiento, otro de esos momentos estelares capaces de cambiar el curso de una vida hacia un nuevo destino» (pág. 82). Y un poco más adelante: «Y luego un día, no sé de qué manera, dejé de creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer. En aquel tiempo, yo solo tenía un libro en propiedad. Ese libro era Las mil mejores poesías de la lengua castellana». Creo que desde El balcón en invierno no había en una obra de Landero tanta poesía explícita, a la que habría que añadir la que contiene la prosa narrativa de un autor que alcanza cotas como la que remata el capítulo 4 («Donde Pache») de El huerto de Emerson, una alucinante manera de poner un estrambote lírico a una escena atroz (pág. 68). En este huerto poético, una de las primeras siembras que el lector encuentra es un poema de Antonio Machado (pág. 29). Qué decir de la aludida plegaria (pág. 149), que es un texto único en la narrativa de Landero. Luego, sin venir a cuento, los pespuntes de unas citas literarias de algunos artistas, poetas unos, como Eugenio Montale, Juan Ramón Jiménez o Fernando Pessoa, de los cuales, el español volverá con sus versos «¿Mar desde el huerto? / ¿Huerto desde el mar? / ¿Ir con el que pasa cantando? / ¿Oírlo desde lejos cantar?» (pág. 181) a uno de los capítulos finales («Mar desde el huerto»). Tiene delito que Landero diga en un momento de su poema narrativo (pág. 97), después de evocar las historias de su abuela Frasca y su tía Cipriana, que ahora no tiene a quién contárselas. Hacía tiempo que no encontraba un uso del tópico de modestia tan desviado, pues viene de alguien que ha logrado con su literatura reproducir aquellos relatos orales dichos en un corral o en sillas bajas, y ofrecérselos al lector acomodado en su sillón en un lugar apacible. Mucho más a gusto después de leer estas páginas sublimes. Vaya, no he dicho nada de la poética del lector, de la del escritor y de la del profesor, a la que hay que añadir la po-ética de este ser humano, ciudadano del mundo y de Alburquerque, que tiene esta extraordinaria manera de contar.

lunes, mayo 24, 2021

Roland Leighton

Un llanto sobre el mar se titula esta edición de los poemas de Roland Leighton (1895-1915).  Compré este libro el domingo 4 de abril y lo recogí el miércoles 7 un poco antes de la una, en la Facultad. A cualquiera parecerá un dato irrelevante; pero yo di mucha importancia a tener este libro de un autor que no había leído, pero que queda traducido por Paula Campos Fernández en este volumen publicado por El Desvelo Ediciones con fecha de 2020. Se abren sus ochenta páginas con un «Prefacio» de David Roland Leighton, sobrino del autor. Luego sigue un prólogo del poeta Ben Clark, que sabe situar desde ahí al escritor en el contexto de los ward poets que él recuerda haber leído en una antología heredada de su abuelo. La introducción —«Un llanto sobre el mar»—, que se divide en una nota biográfica y una reseña sobre la obra poética de Roland Leighton, es de Paula Campos Fernández, autora de la «Nota a la edición» y, ya lo he dicho, pero quiero decirlo otra vez, de la traducción de los poemas. Yo iba al aula 31 a realizar, con todo su protocolo, una encuesta a los alumnos de una compañera, cuando recogí el sobre que contenía el libro. La consecuencia ha sido leer a un poeta que murió en el frente francés en la I Guerra Mundial, a los veinte años. Su poesía, y los datos que se aportan en los textos preliminares de esta edición, me llevan a un período de la historia del que no me he preocupado de saber mucho —salvo lo que me ha venido dado por el cine y no por los libros. Un llanto sobre el mar contiene poemas llenos de sentimiento y que captan imágenes o sensaciones muy especiales, que están bien vertidas en la versión española y enriquecidas con notas como la que está al pie del poema «Violetas» («Violets»), escrito por alguien que acababa de cumplir la veintena y que había encontrado el cadáver de un soldado británico hundido en el barro. Se lo contó, en carta y en el poema, a su amada Vera Brittain, la escritora feminista y pacifista, la singular heroína, la autora de Testamento de juventud (Periférica y Errata Naturae, 2019), que aparece noblemente en esta sugerente edición de Un llanto sobre el mar. Lo cierto es que en estas pocas páginas está la obra completa de Leighton; pero también, con la edición de algunas cartas y fotografías, y otros paratextos, toda su exigua biografía.

sábado, mayo 15, 2021

15-M

© Hoy
Esta mañana de sábado me he acordado de un artículo celebrativo de Eugenio Fuentes que publicó el diario Hoy el domingo 28 de marzo de este año con el título de «Me vacuné con AstraZeneca». Lo leí con sana envidia y con fe y confianza compartidas en la campaña de vacunación para inmunizarse ante el maldito virus. Hoy vuelvo a suscribirlo, aunque yo tendría que decir «Pfizer». Acudí a la cita para la que fui llamado hace cuatro días y ha sido un sábado festivo. En primer lugar, porque en parte parecía una de esas convocatorias de antiguos compañeros de promoción que celebran reencontrarse con afecto y alegría; pero también porque hay que aplaudir la organización perfecta de algo tan complicado. En primera línea, los voluntarios de ARA (Asociación Radio Ayuda), luego, auxiliares que tomaban los datos, una médica que te preguntaba, otro control en mostrador y una silla dispuesta para vacunarte con amabilidad. Todos atentos a todo. Ahora sí que no comprendo por qué hemos dejado de aplaudir desde los balcones a todos los responsables de la sanidad pública. Sé que P., docente ya vacunado, con quien me he encontrado en la zona de la fruta del supermercado, no comparte conmigo esto, pues él siempre se fija en lo que no funciona. Pero C., médico, sí me ha confesado que él también se emocionó cuando se vio en otra fase feliz, después de toda la pesadilla, y que estaba admirado por la acción de quienes han podido fabricar en un año una vacuna y lograr esta hazaña, la de quienes compensan la de otros tirando con precisión bombas sobre Gaza. El «venturoso antídoto», como decía aquel verso de Manuel José Quintana de un poema de 1806 dedicado «A la expedición española para propagar la vacuna en América bajo la dirección de don Francisco Balmis», que fue un cirujano responsable de esa expedición y que tradujo una obra principal de su colega J-L. Moreau de la Sarthe con el título de Tratado histórico y práctico de la vacuna, que contiene en compendio el origen y los resultados de las observaciones y experimentos sobre la vacuna, con un examen imparcial de sus ventajas y de las objeciones que se le han puesto, con todo lo demás que concierne a la práctica del nuevo modo de inocular (Madrid, Imprenta Real, 1804). Vamos, como hoy. Es la segunda vez que titulo «15-M» una entrada de este cuaderno, y espero que se me disculpe que celebre así un décimo aniversario.

miércoles, mayo 12, 2021

Emilia Pardo Bazán (1921-2021)

De haber tenido hoy clase, y si esa clase hubiese sido, como hace ya unos cursos, sobre la novela del siglo XIX, habría preguntado en el aula, como otras veces: «¿Por qué llueve al comienzo de La madre Naturaleza?» Habría vuelto a llamar la atención sobre la grandeza de la escritura de Emilia Pardo Bazán, de cuya muerte se cumplen cien años, aunque en más de una edición académica de las que andan por casa se da la fecha del día 2 de mayo. También habría repetido —lo he hecho muchas veces— que es tan grande la estatura literaria de la autora de Los pazos de Ulloa y de La cuestión palpitante que cualquier especialista en su literatura que intente explicar su obra quedará muy superado por su sabiduría, su conocimiento de la materia. Aunque La madre Naturaleza se publicó con el aviso de «2ª parte de Los pazos de Ulloa», las dos novelas se han venido editando independientemente, e incluso se han programado en diferentes cursos como lecturas exentas. O bien unos cursos inferiores leen La madre Naturaleza, o bien otros, más avanzados, leen Los pazos de Ulloa. Es lícito. Pero, como me parece que La madre Naturaleza, que, propiamente, no es «continuación» de la novela anterior pero ilumina y aclara su lectura, propuse hace tiempo que se leyesen juntas. Y la experiencia creo que fue provechosa. Aunque solo sea por volver al goce de comentar en clase fragmentos brillantes de la prosa de la gran autora, recordaré cómo ella monta con palabras una cámara que filma una panorámica narrada ya desde el interior de la escena: «Uno de los deleites más sibaríticos para el feroz egoísmo humano, es ver—desde una pradería fresca, toda empapada en agua, toda salpicada de amarillos ranunclos y delicadas gramíneas, a la sombra de un grupo de álamos y un seto de mimbrales, regalado el oído con el suave murmurio del cañaveral, el argentino cántico del riachuelo y las piadas ternezas que se cruzan entre jilgueros, pardales y mirlos— cómo vence la cuesta de la carretera próxima, a paso de tortuga, el armatoste de la diligencia. Hace el pensamiento un paralelo (fuente de epicúreos goces, sazonados por el espectáculo del martirio ajeno), entre aquella fastidiosa angostura y esta dulce libertad, aquellos malos olores y estas auras embalsamadas, aquel ambiente irrespirable y esta atmósfera clara y vibrante de átomos de sol, aquel impertinente contacto forzoso y esta soledad amable y reparadora, aquel desapacible estrépito de ruedas y cristales y estos gorjeos de aves y manso ruido de viento, y por último, aquel riesgo próximo y esta seguridad deliciosa en el seno de una naturaleza amiga, risueña y penetrada de bondad». Ojalá supiese presentar convenientemente lo que hace recomendable esta lectura en este centenario. Dijo Isabel Burdiel en una conferencia-presentación —que comparto— de su biografía Emilia Pardo Bazán (Madrid, Taurus, 2019) que la mejor obra de la escritora gallega fue su propia vida. Sin duda, está llena de contrarios, moderna y antimoderna, tradicionalista y radical, conservadora y progresista, y llena de hallazgos, y de hechos; pero sus textos son los que perviven y esos, sin vivencias ni datos explícitos, sí que están plagados de vidas.

lunes, mayo 10, 2021

Caballero Bonald

En estas horas tras su muerte, reconforta la mirada sobre algunas de las páginas escritas por José Manuel Caballero Bonald (1926-2021). Me he parado en Entreguerras o De la naturaleza de las cosas, un libro de versículos que publicó Seix Barral a principios de 2012. Si existe La novela de la memoria, que recogió sus dos volúmenes, Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001), Entreguerras es otro registro poético de su autobiografía que está más lleno de hallazgos de lenguaje que de información repartidos en catorce capítulos de un poema único, «con sus predecibles injertos de ficción» y la «obstinación retórica» de un gran poeta. Refugio es este recogerse en su palabra como homenaje íntimo y doméstico, tomar uno de sus libros, y leer: «vivo detrás de mí entre aquellos ausentes a quienes quise antaño tan de cerca / y que fueran un día igual que dioses en un mísero reino de rufianes». Recuerdo con agrado su visita a Cáceres para leer poemas en noviembre de 1997 y estar presente en la defensa de la tesis doctoral de María José Flores sobre la obra poética de C.B. y sus variantes el mismo día de la trágica riada de Badajoz. Ayer sentí ganas de dar el pésame a María José, a José Ramón Ripoll, a Julio Neira, a tantos de los que le conocieron de cerca y con los que he compartido admiración por la literatura del escritor que llaman en sus necrologías y homenajes el de las mil vidas. Leo ahora también los versos de otro poeta a quien tengo que presentar mañana en su pueblo y el mío, tomo notas sobre sus libros, y tengo delante la cuarta de cubierta de uno de ellos, Estudio del enigma (Visor Libros, 2015), con unas palabras rematadas con el nombre de José Manuel Caballero Bonald: «Poemas reflexivos, de trascendencia filosófica, que ahondan de una manera personal en lo real. Un libro meditativo, muy bien construido en su tono y adjetivación, que justifica el premio recibido y la calidad de su autor». Sean o no sean del puño y la letra del autor de Descrédito del héroe, me han parecido esas palabras concurrencia amable en estas horas, previas a las que mañana nos tendrán en Zafra en la lectura de poemas de otro José Manuel.



sábado, mayo 08, 2021

Buen Valle

Minutos antes de las cinco y media de esta tarde ya estaba sentado en una de las cuarenta sillas —por restricción de aforo— dispuestas en la Sala Maltravieso de Cáceres, para ver el primer pase —el segundo habrá sido a las ocho— del estreno de Los cuernos de don Friolera, de Valle-Inclán, del Taller de Montaje «Edipo», uno de los grupos que integran el TAM, el Teatro Amateur de la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso. Tenía muchas ganas de volver a ver teatro, aunque siga siendo con mascarilla y a deshoras; pero quería ser de los primeros en darse el gustazo de escuchar decir alta literatura en escena. Y me ha parecido admirable lo que he visto. Porque Isidro Timón, el director, ha sacado buen provecho de algunas de las jugosísimas acotaciones con la voz en off de Pedro Tirado y un fondo de música —acortadas por el tiempo que obliga—, y ha sabido mantener con respeto el lenguaje del genio. Porque cuando se separa de él sabe hacerlo: «Soy verato», dice Pachequín, para reivindicarse; y el Coronel de doña Pepita lee en la prensa que van a instalar en la ciudad un centro budista que va a atraer a mucha gente. Porque tan solo cuatro actores —¿aficionados?— han levantado con brillantez una maravillosa propuesta de gestos y de textos asumiendo el texto y el gesto de más de diez personajes de un elenco original en el que también estaban, gracias al mundo de Valle-Inclán, un carabinero, un perrillo de lanas, el Barallocas mozo de los billares y una cotorra. Es admirable, sí, volver a ver a quienes ponen tanta pasión y talento en lo que hacen: Fernando Royo (Don Friolera), al que no hace falta llevar sobre su testa más papeles que el que le ha tocado para coronarse como actor principal. Debería ser más fantoche matasiete, menos natural, más rígido y cuadrado, como quiso su creador. Mercedes Fuentes, que sorprende por su capacidad de adaptarse a registros tan antagónicos como la vieja cetrina con manto de merinillo (Doña Tadea), el Teniente Rovirosa o el matutero Curro Cadenas, y en todos borda el papel. Creo que a Rodrigo Gutiérrez Cepeda no lo había visto actuar; pero ha resuelto con solvencia creciente su papel como Pachequín, como uno de los militares e incluso como la doña Calixta del billar y la mano de la niña Manolita. Y también Maribel Rodríguez Ponce —que hace de doña Loreta, de militar, de ciego…— es una pieza esencial para que todo esto se mantenga y funcione como un espectáculo teatral con unos medios limitados con un resultado portentoso. Impecable está ella en unos papeles que exigen el uso de la voz —su fuerte— para lograr los matices que llegan a un espectador que yo creo que en más de una de las transiciones habría aplaudido por el buen hacer de los actores. La verdad es que en hora y media este montaje ha logrado incluir casi todo del sainete valleinclanesco. Casi todo. Falta, para mí, lo principal —y es comprensible que no esté. Faltan las claves con las que don Ramón María quiso enmarcar la pieza central —como la comedia principal de aquellas funciones de teatro de los pasados siglos, con su loa, su tonadilla, su entremés…—, con su prólogo y epílogo para que se comprendiese su propuesta estética. Por eso el romance de ciego como cierre de esta función, tan bien dicho y cantado por Maribel Rodríguez Ponce, no tiene el sentido que en la pieza de Valle quería tener. Por eso, don Estrafalario, después de escuchar el romance, dice a don Manolito que se gaste una perra y lo compre. Y cuando don Manolito le pregunta para qué, el genial don Estrafalario le responde: «¡Infeliz, para quemarlo!»



viernes, mayo 07, 2021

Papeles

Cuando veo los montones de recortes y fotocopias que se acumulan en algún lugar de esta casa pienso en que necesitaría otra vida para ordenarlos; pero a veces unos pocos, que llevan por ahí sueltos un tiempo, una tarde parecen decirme que quieren recogerse. Entonces me detengo en ellos, los releo y los pongo en su lugar. Me sienta bien esta terapia. No sé por qué tengo la fotocopia de una página del Diario de Cádiz del 5 de septiembre de 2012 con la reseña del libro de Charles Rosen Música y sentimiento (Alianza Editorial, 2012) escrita por Pablo J. Vayón con el título «Para qué sirve la música». Supongo que me acordé de mi padre que decía a su modo lo que el reseñador recuerda que dijo Sancho a la Duquesa en la segunda parte del Quijote: «Señora, donde hay música no puede haber cosa mala». (Esta cita está anotada también en un cuaderno mío de 2006 que acabo de encontrar). Mucho más antigua es la reproducción que tengo de dos páginas de El País con un artículo de Félix Grande («Un recuerdo para José María Arguedas») que se me ha cruzado cuando aún tengo pendiente escribir sobre una curiosidad de una edición moderna de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la novela póstuma de la que habla el poeta español —el extremeño, el manchego, el andaluz, el de Santiago de Chuco— desde las primeras líneas de su texto. Cuenta Grande —sábado, 28 de noviembre de 1987— cómo conoció a Arguedas en el aeropuerto de La Habana, a principios de 1968, en un vuelo hasta Madrid, y se pregunta por las razones de su suicidio, sobre la muerte, sobre la palpitación de dos culturas, la indígena y la otra, sobre que la rabia no. De 2006 es la página de El País que recuerda el centenario del nacimiento de Dino Buzzati con un artículo de José María Guelbenzu y otro texto más breve pero no menor de su editor en España, Javier Santillán (Gadir Editorial), con el título incitativo de «¿Cómo no leerlo?». Por aquellos años creo que fue cuando empezaron a difundirse traducciones en español de Buzzati, también en Acantilado, y desde entonces tengo esa página con el propósito no cumplido de leer —salvo algún texto suelto— al autor de El desierto de los tártaros. Asuntos pendientes, como escribir algo largo sobre la cantidad de veces que he decidido no volver a narrar una historia ya contada por otro, a transcribir un pensamiento repetido por escrito por alguien con más luces. Quizá eso explique que tenga esa página de la foto de arriba, que nos regala un recuerdo de la muerte de Charles Aznavour, y del homenaje nacional que se le tributó en octubre de 2018, cuando Manuel Vilas se adelantó a mi idea y me robó la frase «Mi momento de oro es recorrer Madrid con mi coche los domingos a las nueve de la mañana». Me la robó porque yo ya la había escrito algunos años antes, una mañana de domingo con la Castellana vacía de coches, de camino a la casa de unos amigos antes de volver a Cáceres y escuchando en el coche «Madrid amanece», de Hilario Camacho, que se fue el día de mi cumpleaños de aquel 2006 de lo de Dino Buzzati. Quizá por todo esto tenía estas páginas encima de un montón de papeles aguardando el momento de ser recogidas en un lugar donde guardar un orden perdurable no sé hasta cuándo. 

domingo, mayo 02, 2021

2 de mayo

Ignoro qué clase de trastorno nos impide aguantar sin comprar dos días festivos seguidos. Esta mañana, en la calle, he visto a la hora de la apertura de un supermercado a varias personas esperando mientras una empleada subía (¡¡rrrrraaaaasssss!!) la persiana metálica del establecimiento. Media hora después, cuando faltaban aún cinco minutos para que diese la de abrir otro espacio de una conocida marca, conté diez que aguardaban a la puerta. Antes de la pandemia, yo creía que estas actitudes no eran más que reminiscencias de los ya lejanos tiempos de escasez de la posguerra; pero el tiempo, en efecto, pasa y no hay ninguna lógica que explique esa zozobra que produce el cierre durante dos días de algunas tiendas habituales. Hoy domingo he leído mucho, he trabajado bastante y no he hablado casi nada. Los «buenos días» y «gracias» al recoger la prensa, y poco más. Ni siquiera por teléfono, con el que cada día escribo más y hablo menos (*). He escrito en mi cuaderno: «Por sus heces los conoceréis». Ha sido después de pringarme con la lectura en los periódicos de tantos discursos de odio, y se me ha ocurrido que quizá pueda servirme para bosquejar un texto sobre lo mal que llevo los conflictos. «Dios le bendiga», me ha dicho un señor que pedía en la calle; y lo anoto aquí ahora por los vientos disímiles que nos trae la vida. Lugares comunes: (1) una gran obra de la literatura que fue rechazada por las más prestigiosas editoriales hasta que otra, más modesta o igual de importante, la publica; (2) un influyente crítico que escribe una elogiosa reseña en un medio de gran difusión que ayuda incontestablemente a catapultar y refrendar la obra. A veces, se han dado a la vez. Subestimo mi memoria y siempre dudo. El viernes no daba un céntimo por tener en casa lo que necesitaba: un libro y cinta para embalar. Una parte de mí decía que estaba segura de que los tenía; y la otra parte, después de minutos de rebusca sin resultados, me desalentó; hasta que por fin se impusieron los posos de autoestima que aún conservo. Encontré la cinta y el libro, y a ambos he dado el uso requerido. Por cierto, después de dos días festivos, me faltan cervezas y he bajado a la tienda a comprar unas latas.


(*) Una conversación con mis hijos a distancia, y viéndonos las caras, ha venido a acomodarlo todo después de escrito esto.

sábado, mayo 01, 2021

Primeros de mayo

No he querido mirar mucho más atrás en esta costumbre mía de fijarme en fechas señaladas, porque seguro que saldrá algún apunte del primer día de mayo de otros años […] Lo sabía. El primer día de mayo de 2019 fue bien triste por culpa de la muerte de Luis Costillo. Y no digo nada del primero de mayo del año pasado, del que escribí aquí desde el diario de un confinamiento. Cómo va pasando todo. Como las imágenes esta mañana —así han ido corriendo— en un paseo luminoso por calles y avenidas, y por un parque exuberante y casi despoblado, desde el que volví a casa cargado de la prensa que a última hora del día todavía leo. Escucho buena música.