miércoles, diciembre 31, 2025

Espectador de provincias

Zorrilla, en sus Recuerdos del tiempo viejo, escribió que su padre firmó 72 000 pasaportes para pasar a Madrid a ver la famosa comedia de magia de Grimaldi La pata de cabra, estrenada en febrero de 1829 —en aquel momento, estaba prohibido entrar en Madrid sin una razón justificada. Nos lo recordó un experto en el teatro decimonónico como David T. Gies en su esclarecedora edición de aquella singular comedia en la colección «Tramoya» de Bulzoni Editore en 1986. Han cambiado los tiempos; pero cada vez que acudo a la capital a ver teatro pienso en aquello, y me siento como el espectador de provincias que va a la villa y corte a completar las carencias que la cartelera de una ciudad como Cáceres tiene. (De enero a mayo de 2026, los espectáculos estrictamente teatrales del Gran Teatro público de esta ciudad no llegan a la media docena; y no hay nada que se pueda considerar de calidad contrastada). En estos días propicios para el recuento anual, he recopilado mis notas sobre algo de lo visto en los teatros capitalinos, y puedo concluir ya que echo en falta aquella época en la que aquí podíamos ver grandes producciones de la cartelera nacional, a veces, incluso antes de que fuesen estrenadas en Madrid. En marzo viajé con el único motivo de ver el montaje de Historia de una escalera dirigido por Helena Pimenta para el Teatro Español. Me gustó mucho estar en el mismo espacio, setenta y cinco años después de su estreno; y suscribí la mayor parte de los calificativos que se pueden decir sobre el espectáculo, desde imprescindible y expresivo hasta soberbio, también el gran nivel dramático, la validez artística, lo impecable de la escenografía o el destacado desempeño de los actores y las actrices; pero me salí con el runrún de una precisa idea —que comparto— publicada por Raquel Vidales unos días antes en Babelia de El País (15.03.2025, pág. 15) bajo el título de «Teatro como Dios manda»: «el teatro es un arte que sucede en presente y las aproximaciones arqueológicas no contribuyen a su supervivencia, más allá de que puedan ser correctas, contentar al público tradicional y satisfacer a estudiosos de la literatura dramática o profesores de instituto». E insisto, no veo nada reprochable desde el punto de vista artístico y de conocimiento teatral a esta Historia de una escalera de Pimenta. Eso sí, no acabé de encajar las risas del público en determinados momentos de alta intensidad dramática y de expresión sobria de mensaje sombrío y desencantado, que se atenuó al final con el texto que dijo el niño —aquel sábado lo encarnó Eneko Haren—, y que Helena Pimenta había rescatado de unas palabras que el dramaturgo publicó en Primer Acto en 1957: «Los hombres no son necesariamente víctimas pasivas de la fatalidad, sino colectivos e individuales artífices de sus venturas y desgracias. Convicción que no se opone a la tragedia, sino que la confirma. Y que, si sabemos buscarla, advertimos en los mismos creadores del género. Mas, al tiempo, convicción que abre a las mejores posibilidades humanas una indefinida perspectiva. Pese a las reiteradas y desanimadoras muestras de torpeza que nuestros semejantes nos brindan de continuo, la capacidad humana de sobreponerse a los más aciagos reveses y de vencerlos inclusive, difícilmente puede ser negada, y la tragedia misma nos ayuda a vislumbrarlo. Esta fe última late tras las dudas y los fracasos que en la escena se muestran; esa esperanza mueve a las plumas que describen las situaciones más desesperadas. Se escribe porque se espera, pese a toda duda. Pese a toda duda, creo y espero en el hombre, como espero y creo en otras cosas: en la verdad, en la belleza, en la rectitud, en la libertad. Y por eso escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a las más graves pero esperanzadas interrogantes». Son palabras que ahora, al final de un año y en el contexto español y mundial, cobran una significación muy particular. A la semana siguiente volví a Madrid, y en esa ocasión, al Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya sección Joven puso en pie un digno Don Gil de las calzar verdes. Me llamaron la atención y me gustaron las modificaciones que sobre el texto de Tirso se hicieron para aclarar al público el complicado enredo de la comedia, pero me llevé un chasco cuando comprobé que el libreto que vendían a la salida era el texto mondo y lirondo original tirsiano. Habíamos visto a la Joven Compañía Nacional en junio del año pasado, en la trigésimo quinta edición del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, con un talentoso montaje de La discreta enamorada en el que nos tocó Cristina Marín-Miró como Fenisa, y esta actriz fue, precisamente, una de las destacadas de un elenco de Don Gil que resuelve muy bien una intencionada diversificación de los papeles del texto entre sus actrices y sus actores.  En ese caso, se quiso dividir las tres caras de un personaje —la Juana de Don Gil de las calzas verdes— en tres intérpretes: Cristina Marín-Miró (Don Gil), Ania Hernández (doña Juana) y Cristina García (Doña Elvira y Fabia). Fue una experiencia muy grata, con el añadido de que sirvió como actividad didáctica con nuestras alumnas y nuestros alumnos de Filología Hispánica, que disfrutaron, como yo, en su papel de público de provincias. Feliz año 2026. 

jueves, diciembre 25, 2025

Robert Walser

Me acuerdo de Robert Walser, que murió tal día como hoy. Murió en la nieve, el día de Navidad de 1956, mientras paseaba por los alrededores del manicomio de Herisau (Suiza) en el que estaba ingresado desde hacía veintitrés años. Aunque vuelvo a su magnífica obra El paseo, y visito algunos sitios en los que se escribió sobre él —la revista Turia le dedicó en 2020 el cartapacio del número 133-134—, sigo teniendo como mejor recreación de la figura de Robert Walser la novela Doctor Pasavento (2005) de Enrique Vila-Matas, una inspirada invitación a pensar en la feliz identidad de paseante anónimo Walser, el loco aparente a quien homenajea hasta la obsesión fetichista en esa narración en la que el protagonista acude al escenario en el que murió el escritor. En la cuarta y última parte, «Escribir para ausentarse», Pasavento rumia algo que decir y surge el nombre de Kafka, en aquel paisaje de nieve, y me ha recordado el libro de poemas Nevada (2000), de Julián Rodríguez, y en una probable presencia de Walser, más por simpatía genérica por las estampas que por alusión anecdótica a las circunstancias de la vida retirada —y de la muerte— del suizo, más por cualquier otra relación formal que por asociación con su poema «Nieve», que Vila-Matas transcribe en su novela. Doctor Pasavento es una gran exaltación de quien atrajo a ese personaje por «su ironía secreta y su prematura intuición de que la estupidez iba a ir avanzando ya imparable en el mundo occidental» (pág. 248).

martes, diciembre 23, 2025

Cuento de Navidad

He terminado de leer Zadig-Micromegas (Barcelona, Editorial Fontamara, 1974), un pequeño volumen de unas cuantas novelitas de Voltaire, traducidas por el mal llamado abate Marchena, que compré este verano en Santander por cuatro perras. El penúltimo relato es la «historia filosófica» Micromegas, que Voltaire publicó en Londres en 1752, y que iba entre las Novelas traducidas por Marchena en 1819.  En él, Micromegas, habitante del planeta Sirio, viaja por el espacio con otro de Saturno —como tal, Saturnino— y ambos —que son dos gigantes, de ocho leguas de alto el primero, y de dos mil varas el segundo, o sea, «enano»— avistan en el planeta Tierra a unos pequeñísimos hombres en un navío, por quienes se interesan sobre su naturaleza y, una vez comprobado que son «átomos inteligentes», sobre sus ideas. Asombrados, creen que estos deben de gozar de la verdadera felicidad, y uno de los hombres les replica: «¿Sabéis por ejemplo que a la hora ésta cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombreros, están matando a otros cien mil animales cubiertos de un turbante, o muriendo a sus manos, y que así es estilo en toda la tierra, de tiempo inmemorial acá?» ¿Y por qué?, preguntó el viajero más pequeño; a lo que uno de los que llamaban filósofo respondió: «Trátase […] de unos pedacitos de tierra tamaños como vuestro pie, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden la vida solicite un terrón siquiera de dicho pedazo; que se trata de saber si ha de pertenecer a cierto hombre que llaman Sultán, o a otro que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni menos casi ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha visto tampoco al animal por quien asesina.» ¿Pero cómo es posible un despropósito así?, dijo el pequeño de los extraterrestres, que no se calló sus ganas de estrujar de tres patadas a esos asesinos ridículos. «No os toméis ese trabajo, le respondieron, que sobrado se afanan ellos en labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el diezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todos se los lleva la hambre, la fatiga o la destemplanza, aparte de que no son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados que, metidos en su gabinete, mandan, mientras digieren la comida, degollar un millón de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias a Dios» (págs. 198-199). Me ha recordado aquello de Las galas del difunto de Valle-Inclán, cuando el sorche repatriado se queja de la cochina vergüenza de la guerra y dice a la daifa: «El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes.». Las historias del librito son críticas, instructivas y entretenidas, y, en su mordacidad, una buena muestra de los más característicos «engendros volterianos», como dijo don Marcelino Menéndez Pelayo cuando en su Historia de los heterodoxos españoles se ocupó largamente del ateo y revolucionario José Marchena (1768-1821), que fue quien colaboró en traer aquellas nuevas ideas en tiempos poco propicios. Feliz Navidad. 

martes, diciembre 16, 2025

Literatura y responsabilidad

Si evito el más manido título de «Literatura y compromiso» es para compartir la solidez del modo de abordar los conceptos que giran en torno a las relaciones entre política y estética que se tratan en los trabajos reunidos en este volumen coordinado por Bénédicte Vauthier, Adriana Abalo Gómez y Raquel Fernández Cobo: Modernidades político-estéticas hispanas e historia de los conceptos. Autonomía, engagement, responsabilidad (Madrid-Frankfut am Main, Iberoamericana-Vervuert, 2024). Las dos primeras, junto a Rebeca Rodríguez Hoz, firman la introducción que deja claro desde su título cuáles son los fundamentos metodológicos desde los que se afronta la «literatura problemática», en ese texto preliminar programático: «Arte problemático. Modernidades político-estéticas hispanas a la luz de la historia de los conceptos de Reinhart Koselleck». La importancia como referente epistemológico del teórico alemán (1923-2006) se ha querido patentizar con la fotografía de mayor tamaño de todas las que componen el mosaico de la cubierta, de arriba abajo, bordeando la de Koselleck: Josefina Ludmer, Benjamín Jarnés, Isaac Rosa, Max Aub, Carmen Martín Gaite, Jean-Paul Sartre, Guillermo de Torre, Ricardo Piglia, Francisco Ayala, Manuel Vázquez Montalbán y Julio Cortázar. El libro es el más reciente foro sobre la cuestión del compromiso en la literatura, partiendo de una propuesta de superación del término en favor de otros como autonomía o responsabilidad de la obra literaria. O engagement, del que se parte en las primeras páginas de la mencionada introducción para defender su comprensión teniendo en cuenta toda su red de conceptos (págs. 9-69). Este es el hilo que une la docena de trabajos que conforman esta obra en la que las diferentes perspectivas de las contribuciones sobre la problemática relación entre política y estética y la galería de autorxs estudiadxs —en consonancia con una idea de la expresión política o ideológica, las coordinadoras del volumen reiteran el uso de la «x»,«pero no de forma mecánica», como marca de lenguaje inclusivo— engrandecen el interés del conjunto y sus aportaciones. Cabría repartir las zonas de interés del libro entre España y América, en dos secciones no equilibradas, y significativamente relacionadas por la circunstancia del exilio republicano. El ensayo de Geneviève Champeau indaga en formas de inserción de la literatura en problemas ideológicos desde la narrativa realista y social de Arconada o López Salinas o los casos de Sender y de Francisco Ayala, hasta llegar a la literatura del siglo XXI con un autor como Isaac Rosa, y abre, con un planteamiento más conceptual, diferentes miradas hacia revistas y autores en los de Juan Herrero-Senés («Cuestionamiento del espacio del compromiso: una mirada a la España de los años treinta»), Sofía González Gómez («La revista Nueva España en 1930 y la configuración de un modelo de escritor comprometido»), Fernando Larraz («Crisis autorial y exilio. Max Aub, Francisco Ayala y la responsabilidad del escritor en los años cuarenta»), Domingo Ródenas de Moya («El compromiso de la responsabilidad en Guillermo de Torre») y Adriana Abalo Gómez («Cuando el compromiso venció a la responsabilidad. Un vis à vis entre Jean-Paul Sartre y Guillermo de Torre»). A partir de aquí, y salvo el caso del trabajo de Luca Scialò sobre la memoria como clave del compromiso literario en Vázquez Montalbán, las aportaciones se dirigen hacia autoras y autores iberoamericanxs: Óscar Collazos, colombiano, Mario Vargas Llosa, peruano, y Julio Cortázar, argentino, en el trabajo de Gustavo Guerrero sobre compromiso y autonomía literaria en la polémica entre esos tres autores entre 1969 y 1970, como una antesala del caso Padilla (pág. 198); los representantes del ensayo hispanoamericano del siglo XXI, un salvadoreño como Horacio Castellanos, un ecuatoriano como Leonardo Valencia, y un autor de México, Jorge Volpi, en las páginas de Félix Terreros; o algunos ejemplso de la literatura de Argentina que son tratados en los capítulos redactados por Annick Louis («El compromiso del objeto. Transformar la institución desde las prácticas en la posdictadura argentina (1984-1986)», Luciana Pérez («Historia de una sutil polémica: Juan José Saer, David Viñas y el escritor comprometido») y Raquel Fernández Cobo («Ricardo Piglia y su ejército invisible: tres maniobras para construir una literatura argentina revolucionaria»). Muy bien concebido y muy abarcador, creo que este libro clarifica los interrogantes que se plantean sus coordinadoras en torno a una problemática —responsabilidad frente a gratuidad—que afecta a gran parte de la literatura de los siglos XX y XXI.

domingo, diciembre 07, 2025

La otra orilla

El pasado viernes 28 de noviembre acompañé a Beatriz Pulido Flores en la presentación de su libro La otra orilla (Badajoz, Fundación CB, 2025), una colección de textos en prosa sobre ruinas localizadas en Extremadura. No hubo mucha gente en el salón de actos de la Biblioteca Pública de Cáceres, que nuevamente acogía un acto literario de esta índole, en este caso, con poca asistencia, reducida a la familia y a algunos amigos. Una asistencia no sé si previsible para una persona nacida en Madrid, pero con una notable vinculación con Cáceres por ser nieta de Tomás Pulido y Pulido (1896-1978), a quien editó en 2022 en la colección Rescate de la Editora Regional de Extremadura: Beethoven (Sugestiones) Ensayo íntimo. Su amor por Extremadura y su historia es incuestionable, y La otra orilla es otra demostración de la vivencia de esta tierra por alguien que no vive en ella pero que tiene hondas raíces aquí. A todos los asistentes al acto del viernes se les entregó un ejemplar del libro presentado; y el gesto de generosidad implica un hecho que no es tan conveniente, pues ahí puede decirse que termina la distribución de un título editado sin ánimo de lucro y sin ni siquiera precio de venta al público. Confío en que pronto se agoten los ejemplares impresos y que se pueda hacer una segunda edición —por la Fundación Caja Badajoz o por otra entidad— con otras miras, pues merece la pena el texto y la idea —con muchas posibilidades para ser difundida como acompañamiento a un reportaje fotográfico de los lugares del libro a la manera de las revistas de gran difusión o con perfiles de divulgación turística. No es la intención de la escritura de La otra orilla, pero valdría. Porque la obra de Beatriz Pulido es algo más que un cuaderno de notas de viajera fascinada ante la contemplación de lugares históricos desamparados por el paso del tiempo y la mano del hombre. Es el testimonio de una experiencia casi de cronista. Desde el principio —desde el primer texto sin título que sirve de prólogo justificativo (págs. 9-12)— se aprecia la dimensión de periodista de Beatriz Pulido que entrevista a un ser vivo. Si no, cómo explicar que nos diga que hace diez años «viajaba por una vieja carretera que conduce de Olivenza a Elvas. […] En mitad de aquella angosta carretera, coronada por cigüeñales que reposaban en cada farola, a la derecha del camino (lo recuerdo como si fuera hoy) asomó como una aparición un puente rutilante y algo quejumbroso. Desde la calzada, juraría que escuché su lamento y su llamada. […] Jamás antes había escuchado el gimoteo de una piedra. Parecía como si le hubieran dado un bocado en mitad de su esqueleto y asomaba repleto de malas pintadas en sus costados. […] Me senté a su vera y dejé que fuera adquiriendo confianza. Poco a poco se abrió y me contó su historia. Lo único que hice fue dejar que se posara en mí.» (págs. 9-10). Estamos ante alguien que habla con las piedras, que incluso, al final, en un escenario como los Barruecos, en el momento del cierre de este libro conmovedor, nos dice: «Me vuelvo piedra y sangre y circulo bajo este suelo extremeño uniendo todos los mundos posibles, todos los tiempos, todas las ruinas.» (pág. 70). El mapa que dibujan los lugares visitados en el libro recorre toda la geografía extremeña, de norte (Hervás) a sur (Alconchel), de este (Puebla de Alcocer) a oeste (Ajuda o Zarza la Mayor). Invita el libro a recorrerlos, a tomar La otra orilla como una guía que nos lleve a esos parajes llenos de mágica desolación, que son: la Ermita de la Magdalena de Puebla de Alcocer (Badajoz), el Castillo de Portezuelo en Cáceres, el ya mencionado Puente Ajuda junto a Olivenza (Badajoz), el Jardín del Palacio Sotofermoso en Hervás (Cáceres), el Castillo de Peñafiel en Zarza la Mayor (Cáceres), el Pozo de la Iglesia de Santa Cruz de la Sierra (Cáceres), la Torre de Rocafrida o Floripes en Garrovillas de Alconétar (Cáceres), Zamarrillas (Cáceres), el Castillo de Hornachos (Badajoz), el Convento de la Luz en Alconchel (Badajoz), Talavera la Vieja (Cáceres), la Ermita de la Encarnación en Arroyo de San Serván (Badajoz) y el yacimiento del Turuñuelo en Guareña (Badajoz). Sin duda, son puntos de interés, pero el principal del libro es su intención literaria, visible en los muchos ecos que se explicitan en los epígrafes que encabezan algunos de los textos (Bécquer —el Bécquer de las estampas sobre lugares, claro—, Bashô, los Salmos, Paul Elouard, y el Génesis), en otras menciones y citas como las de Luis Cernuda, Rainer Maria Rilke, José Ángel Buesa, Pablo Neruda, Vizma Belševika, Fernando Pessoa o Juan Ramón Jiménez, y también en la rica tradición de literatura sobre ruinas que resuena en estas páginas, con nombres como Garcilaso, Rodrigo Caro, Quevedo, Lope..., algunos de los cuales están, por ejemplo, en el trozo sobre el jardín renacentista —lo que fue Sotofermoso— titulado «Naturaleza contenida» (págs. 27-30). La otra orilla es un libro poético y reflexivo —«Toda ruina habla más del observador que de cualquier otra cosa» (pág. 54)— que trasmite una serenidad pareja a la que acompaña a su autora en unos enclaves que el lector querrá revisitar animado por la escritura de Beatriz Pulido.  

martes, noviembre 25, 2025

Ángel en un jardín cerrado

Es un recuerdo perenne el de Ángel Campos Pámpano (1957-2008), de cuya muerte se han cumplido hoy diecisiete años. La fecha alienta la conmemoración; pero hoy ha sido la poesía quien ha propiciado la evocación del amigo. Qué mejor modo. Ha sido la relectura —o lectura inducida— de un libro tan reciente como memorable: Jardín cerrado, de Carlos García Mera (Guadalajara, 1992). Publicado por Devenir hace un par de meses como Premio Internacional de Poesía «Miguel Hernández-Comunidad Valenciana», es un libro confirmativo de la calidad de una voz que se dio a conocer de tan natural modo en nuestro contexto como la colección de Poesía de la Editora Regional de Extremadura, con la publicación de El contorno del eco (2019) —le había precedido algo más que una plaquete, Acercanza, en 2014. Sin menospreciar los valores de Jardín cerrado —la exploración formal constante de todos los poemas y el magnífico cierre en cuatro poemas de lírico estoicismo (De vita beata) son esencias que justifican un análisis más demorado—, mi nueva inmersión en sus páginas ha sido para ver hoy —fecha señalada— a Ángel Campos Pámpano, a quien Carlos García Mera evoca en el cuarto poema de su libro, cuyos dos primeros versos,  «Todavía si llamas / acudo a ti» (pág. 16), repite en homenaje los del primer poema —«La dignidad»— del gran libro La semilla en la nieve (2004). Se veía venir, podría decirse, pues el primer poema de Jardín cerrado menciona a la madre y el segundo trae «un lirio encendido en mitad de la nieve» (pág. 14), que al lector le llevan a la emocionante elegía de Campos Pámpano, que se revalida, insisto, en el poema mencionado, cuarto de la serie de García Mera. El homenaje explícito en este libro a compañeros de viaje del poeta de San Vicente de Alcántara como Álvaro Valverde y Basilio Sánchez —que apadrinan a García Mera con sendos textos en cuarta de cubierta— confirma cómo la poesía joven —y me repito— ha incorporado a su equipaje la tradición más cercana de la poesía escrita por autores extremeños que se convierten en maestros cercanos, en un rasgo destacado recientemente por Dionisio López en la fundamentada justificación de su antología Los últimos del Oeste (RIL editores- Ærea, 2025), en la que Carlos García Mera está entre los autores más jóvenes incluidos —con  Francisco José Chamorro, y Sandra Benito. En Jardín cerrado, los ecos se entreveran menos explícitamente en otros poemas, y el de Ángel Campos resurge de forma inesperada en la segunda mitad del libro, en el poema que comienza «He aprendido del liquen», en cuyo segundo verso, «la paciencia antigua de su oficio», resuena «la costumbre / antigua de su oficio» de «Oficio de palabras», de Siquiera este refugio (1993). El recuerdo perenne del amigo se ha acentuado hoy gracias a la lectura del magnífico Jardín cerrado de Carlos García Mera. Gracias.

martes, noviembre 18, 2025

Bibliografía de Bartolomé José Gallardo

Me cupo el honor, hace ya algo más de treinta años, de presentar la edición facsimilar que publicó la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx) del imponente libro de Antonio Rodríguez-Moñino Don Bartolomé José Gallardo (1776-1852). Estudio bibliográfico, cuya primera edición databa de 1955. Fue en Badajoz, en las primeras Jornadas Bibliográficas que la UBEx comenzó a organizar bajo el nombre del insigne polígrafo de Campanario, y que, con ese título, publicado en 1994, afirmaba su función de rescatar en facsímil buena parte del más representativo patrimonio bibliográfico de Extremadura —aquel año también saldría el Ábito y Armadura Espiritual de Diego de Cabranes (1544), y el anterior, 1993, se había publicado el primer libro impreso aquí, en Coria en 1489, el Blasón General y Nobleza del Universo, de Pedro de Gracia Dei. Aquellas publicaciones de los primeros pasos de la UBEx fueron muy oportunas, y, además, identitarias, si vale así destacar su conformidad con los principios fundacionales de tan singular asociación que recogía en el artículo II de sus Estatutos la «valoración, exhibición, publicación y reedición facsimilar de otras antiguas, raras y agotadas que sea conveniente difundir por su especial contribución a los valores de tipo cultural de Extremadura». Pero no siempre pudo mantenerse un nivel tan alto en cantidad y calidad, y la UBEx pasó por un período intrincado en el que las dificultades económicas estuvieron a punto de dar al traste con la asociación, que logró mantenerse y conocer una etapa, la actual, en la que a su mando sigue Matilde Muro Castillo, y en la que se han publicado las que a mi parecer han sido unas ediciones que han devuelto a la UBEx a sus afanes de aquel comienzo ilusionado de los años noventa del pasado siglo. Estas dos publicaciones señeras han sido el tomo V del Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos de Bartolomé José Gallardo (en edición de Ana Martínez Pereira. Badajoz, UBEx, Ayuntamiento de Campanario y Diputación Provincial de Badajoz, 2022) y la novedad más reciente, que se presentará dentro de dos días en Badajoz: Bartolomé José Gallardo: Bibliografía, de Alejandro Pérez Vidal (Unión de Bibliófilos Extremeños, 2025). Es, setenta años después de la publicación de aquel libro de don Antonio Rodríguez-Moñino que fue un hito en los trabajos vindicadores del gran bibliógrafo Gallardo, el más importante y actualizado estudio bibliográfico sobre el extremeño. Además, en el libro de Pérez Vidal hay transcripciones de dos poemas y un texto en prosa y de cinco manuscritos inéditos. El apéndice (págs. 235-371) tiene nada más y nada menos que ciento treinta y seis páginas. Es un trabajo monumental y riguroso, hecho por un excelente conocedor del período que va desde el último tercio del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Alejandro Pérez Vidal (Barcelona, 1953), que fue profesor de Literatura Española en la Universidad de Gerona y después traductor del Consejo de la Unión Europea en Bruselas, hizo su tesis doctoral sobre la obra satírica de Bartolomé José Gallardo, de la que derivó su libro Bartolomé José Gallardo. Sátira, pensamiento y política (Editora Regional de Extremadura, 1999). En ese sello de la Editora Regional apareció su «cuaderno popular», de carácter más divulgativo, Bartolomé José Gallardo. Perfil literario y biográfico (2001). Como uno de los más eminentes especialistas en la obra del de Campanario, colaboró con su trabajo «Materiales para los estudios gallardianos: epistolario y cabos sueltos» en el volumen La razón polémica. Estudios sobre Bartolomé José Gallardo, coordinado por Beatriz Sánchez Hita y Daniel Muñoz Sempere, que publicó la Fundación Municipal de Cultura de Cádiz en 2004; y fue el responsable de la redacción de la biografía de Gallardo en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia, de 2009. Ha estudiado igualmente la obra de Mariano José de Larra, que editó en Fígaro. Colección de artículos dramáticos, literarios, políticos y de costumbres, en la colección Biblioteca Clásica de Editorial Crítica en 1997, actualizada en la misma colección en la Real Academia Española en 2016. Su magnífica obra Bartolomé José Gallardo: Bibliografía (UBEx, 2025) se presentará este jueves 20 de noviembre, a las 19:30 horas, en la sede de la Unión de Bibliófilos Extremeños en Badajoz (C/ Encarnación, 3).

domingo, noviembre 16, 2025

Caminar con Javier Morales

Escribe Javier Morales que «El cobijo que nos ofrecen los buenos libros, los imprescindibles, que siempre leo en papel, es como el de los árboles, nunca defraudan» (pág. 35). Esa experiencia placentera la he tenido con la lectura de lo nuevo de Javier Morales, este libro titulado Caminar con Gary Snyder y otros poetas (Almenara, Tundra Ediciones [Col. Paseos, 18], 2025), del que proviene la frase, que vincula la escritura y la lectura a la benignidad de la naturaleza. Esto es un principio vital en este escritor placentino cuyas obras de ensayo desde 2017 (El día que dejé de comer animales, y Las letras del bosque, de 2021, o el «panfleto ecoanimalista» La hamburguesa que devoró el mundo, de este año) y de narrativa (Monfragüe, de 2022, o los relatos de Escribir la tierra, de 2024) han venido reafirmando su convicción de que nuestro futuro está en una nueva forma de relación con la naturaleza, una relación respetuosa, sostenible, no prepotente. Este nuevo libro es una prueba más de esa militancia naturalista, en esta ocasión en clave de paseo literario y real, pues recorre la obra de autores como el escritor norteamericano, naturalista y beat, Gary Snyder, cuya preeminencia lleva al título de este ensayo que reivindica también un entorno natural como la sierra de Guadarrama y el perderse en sus montañas y bosques. Morales vuelve a citar la sentencia de Snyder en La práctica de lo salvaje (Madrid, Varasek Ediciones, 2016): «los libros son nuestros abuelos» (pág. 36). La había recordado en su anterior libro ya citado La hamburguesa que devoró el mundo (Prólogo de Ruth Toledano y epílogo de Marta Tafalla. Madrid, Plaza y Valdés Editores, 2025, pág. 93), que incluía —al final y en letra pequeña, como para no pecar en exceso de insolente erudición— unas útiles notas con información bibliográfica sobre las obras aludidas en el texto. Esto lo echo en falta en Caminar con Gary Snyder y otros poetas, pues son muchas, como tal paseo literario, las alusiones a escritos de autoras —como Natalia Ginzburg, Mary Oliver, Robin Wall Kimmerer, Marta Tafalla, Maribel Orgaz, Grace Paley...— y autores — Yuval Noah Harari, Andrés Campos, Vicente Gallego, David Le Breton, Henry David Thoreau, Jorge Riechmann...— cuya localización precisa agradecería el lector interesado en estos temas. No es tanto problema para quien tenga La hamburguesa..., pues coinciden algunas referencias; pero no costaría nada añadir una lista al final y así dar más sentido a esa identificación entre el libro y la naturaleza que se exalta en estas páginas, a esa insistente voluntad de aprender a leer la naturaleza y ese «leo libros para entender la tierra que piso» (pág. 22). Por otro lado, la condición de Caminar con Gary Snyder como cuaderno de viaje a Cercedilla y su sierra en dos etapas («Otoño/Invierno» y «Primavera») me ha traído a la memoria a mi llorado amigo Antonio Sáenz de Miera (1935-2021), y aquel libro promovido por él de Aurrulaque (Madrid, Ediciones La Librería, 2017), que conmemoraba los treinta y cuatro años de marchas por la sierra que tomaron ese nombre de «resonancias euskéricas» y que siguen convocándose. Aquel libro fue testimonio y crónica de una devoción que logró la declaración de la Sierra de Guadarrama como Parque Natural en 2013, y lo firmaron, además de Antonio Sáenz de Miera, Antonio Guerrero, Álvaro Bermejo, Julio Vías y Eduardo Martínez de Pisón. Gracias a ellos, y ahora a Javier Morales y su Caminar por bosques y poetas, comparto el amor y la comprensión de un espacio natural en el gozoso ritual de la lectura. 

martes, noviembre 11, 2025

Vida y milagros de Antonio Gómez

«Poéticas indisciplinadas» es el título de la conferencia de Antonio Gómez programada este jueves por el Museo Vostell Malpartida. Una nota de difusión del acto dice que la «charla —parece que el término tiene un carácter más informal y menos solemne que el de conferencia— explorará la historia de las revistas ensambladas en España y utilizará la propia obra de Antonio Gómez para exponer similitudes y diferencias entre poesía visual, poesía-objeto y poesía performativa». Sin lugar a dudas, será un privilegio contar con el testimonio de primera mano de quien ha sido protagonista de una forma de difusión artística alternativa como las publicaciones colectivas que se conocen como revistas ensambladas —«museos transportables» se denominan en algún sitio— , pues Antonio Gómez no solo fue el promotor de revistas como Píntalo de verde o la Caja de truenos, ambas iniciadas en 1994, la primera de carácter gráfico y la segunda de carácter objetual, sino que posee una de las mejores colecciones de estas creaciones, por copiosa y por internacional, que existen en España. Será este jueves 13 de noviembre, a las 19:00 horas, en el Museo Vostell Malpartida de Malpartida de Cáceres. La noticia de este acto me llegó poco después de recibir un ejemplar dedicado del último libro de Antonio Gómez, publicado en la treintañera colección de cuadernos poéticos Planeta Clandestino de Ediciones del 4 de agosto de Logroño como número 276: Vida y milagros, con un prólogo («Mix-Álitos») de Antonio Orihuela. El libro es el resultado de una nueva manipulación del artista extremeño de Cuenca a partir de unos materiales que se reúnen o juntan, en una suerte de reconversión que deriva en subversión dada la naturaleza del objeto encontrado que sirve de origen. En este caso, l'objet trouvé  es un antiguo libro de Primera Comunión de 12 x 7 cm. cuyas páginas sirven de base para los collages de Vida y milagros. Me aventuro a suponer que el libro es El Consejero de la Primera Comunión. Obrita compuesta y arreglada con sencillez y claridad para uso de los niños y niñas que se preparan para hacer la Primera Comunión. Por un devoto mariano. Tours (Francia), Imprenta y Librería A. Mame é Hijos, s.f., una edición personalizable con las «Épocas notables de la vida» —nacimiento, bautismo, confirmación y primera comunión— que circuló desde principios del siglo XX en España, hasta los años setenta. Sobre 65 hojas sueltas de ese librino de 208 páginas, Antonio Gómez ha pegado recortes muy variados de papel provenientes del otro fondo material base de su obra: revistas ilustradas y otras publicaciones diversas. Salvo en el caso del «Índice» final, que lleva la huella dactilar entintada en azul del autor. Esta estampa cierra un conjunto abierto con una intencionada primera página que deja ver en el recordatorio del niño que recibe a Jesús Sacramentado la fecha de 1951, el año de nacimiento de Antonio Gómez. Vida y milagros, creado durante el confinamiento de 2020 con los materiales disponibles sin salir de casa, emparenta con la numerosa obra de Gómez relacionada con lo religioso o sacro, o que se apoya en las connotaciones de sus elementos representativos, y que traté en «Antonio Gómez, devoción por la imagen», un texto publicado en la revista Ars Sacra (núms. 26-27, 2023, págs. 135-136). En el prólogo de Vida y milagros, Antonio Orihuela destaca cómo Gómez descontextualiza un libro religioso y clausura «su lectura con nuevos materiales destinados a subvertir los valores instituidos, llevando a cabo una crítica demoledora contra los fetiches católicos y contra su discurso ideológico» (págs. 6-7). Así, sobre el soporte de las páginas de El Consejero de la Primera Comunión, gracias a un minucioso y paciente trabajo manual  que desoye la facilidad que nos ofrecen las herramientas digitales, se posan multitud de pedacitos de un mundo también de papel, gráfico y no textual, que remiten a muy diversos campos de significación: la sociedad moderna, la enseñanza religiosa, la mercantilización de lo espiritual, la monarquía, la prensa, la infancia, el mundo animal, la muerte, la imagen de Federico García Lorca, la naturaleza, la música, la represión...; todo un mosaico de vida y de milagros leído desde la imaginación y la contestación crítica de un poeta plural. 



martes, noviembre 04, 2025

Sirat y el folio y medio

No hace mucho vi Sirat, la película de Oliver Laxe de la que se ha dicho que es impactante. Me impactó para bien. Para mal, la lectura de algunas opiniones sobre ella. Puedo entender que la observación final de una de las críticas que leí fuese «me pareció y me sigue pareciendo horrenda y cruel, y nunca más querría volver a verla», o incluso un juicio como «una tortura cinematográfica con los recursos más arteros»; pero ni comparto ni comprendo por injustos e irrazonables comentarios como: «Esto es lo que pasa cuando hombres vacíos intentan hacer cine, cultura en general, que queda un relato vacío», o que se trata de una película «sin sentido, vacía, sin dirección, sin mensaje, sin espiritualidad» con diálogos «ausentes, forzados […] con pretensiones de simbolismo que solo estropean la escena», a lo que se añadía una trama sin estructura e inverosímil. No puede ser que se diga eso del complejo artístico que supone toda película seria y honesta, como es, sin duda, Sirat, de este director cuya filmografía ha sido reconocida con premios reputados, como el del jurado de Cannes por esta obra. No pretendo destripar nada de una película que, más que otras, contiene un hecho sorprendente, un sobresalto; pero si alguien que no haya visto el filme no quiere seguir leyendo este comentario por si le induce a alguna revelación sería recomendable que lo dejase aquí. La negatividad y el carácter destructivo —y ofensivo— de algunos de los juicios que he podido leer sobre la película de Laxe me llevan a pensar en que quienes se expresan así lo hacen afectados por ese elemento de la historia que resulta sorprendente, inesperado, y que con su reacción están pidiendo al cine algo que no es. El cine no es solo una historia. Una sorprendente crueldad sin aparente justificación no puede ser utilizada como un argumento para acusar a una película de absurda, sin guion. Es lo posible, y a lo posible, por absurdo e innecesario que sea, no se le puede poner ese reparo. Siempre he defendido este reflejo de lo real absurdo e incómodo en el cine; frente a la lícita defensa de que uno no va al cine a pasarlo mal. (Así creo que rezaba una crónica que leí en El País sobre los ecos de la cinta tras su estreno). No es una película vacía, tiene argumento, los diálogos no estropean nada, y propone un mensaje que uno puede contextualizar en un marco apocalíptico en el que se sitúan unos personajes que proceden de otro medio —los europeos en la rave que se ubica en Marruecos y que se desplaza hacia el sur, hacia Mauritania—, desclasados o desnortados, tullidos, que finalmente compartirán con los autóctonos la huida o un camino distinto, que se abre hacia algún otro sitio, o ninguno. No pretendo hacer una reseña de la película, que me ha interesado mucho, está bien hecha y bien interpretada, desde Sergi López, destacado, hasta actrices desconocidas para mí como Jane Oukid o una espléndida Stefania Gadda; solo quiero manifestar la gran injusticia que es descalificar el trabajo de un director y de un amplio equipo de personas en folio y medio, que es esa medida en la que hace ya muchos años Muñoz Molina, hablando de crítica literaria, envasó la saña olímpica de un lector —o espectador— que despelleja y desdeña en ese espacio un esfuerzo de años.

sábado, noviembre 01, 2025

Los que vuelven

En estas fechas, la de hoy y la de mañana, me acuerdo de la expresión grotesca que Valle-Inclán nos dejó de un cementerio en Las galas del difunto, el esperpento en el que Juanito Ventolera suelta una opinión sobre la guerra que suelo recordar cuando suenan las bombas en el mundo o cuando Trump riñe al Gobierno español por no incrementar el gasto militar: «Allí solamente se busca el gasto de municiones. Es una cochina vergüenza aquella guerra. El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes». No es la primera vez que la transcribo aquí. Pero hoy recupero más a propósito una lectura que ya anuncié: la antología ilustrada Los que vuelven (Valladolid, Editorial Deméter, 2025), con dibujos de la artista vallisoletana Lucía Vázquez de Prada. Son relatos mortuorios breves de autores y autoras del XIX como Pedro Escamilla, Emilia Pardo Bazán, Enrique Fernández Iturralde, Guillermo Forteza y Carmen de Burgos, más una sección final con textos aparecidos en la prensa desde 1789 hasta 1866 sobre la preocupación de enterrar cuerpos aún vivos. El Periódico para Todos, El Imparcial, Los Sucesos o La América son algunas de las publicaciones que acogieron unos relatos que afrontaban, con negra ironía o con fantástica moralización, el delicado asunto de la muerte. Así, en el del prolífico Escamilla —«La catalepsia»— o el del juicioso y ocurrente mallorquín Guillermo Forteza —«Al través de un diamante»—. De Pardo Bazán se recogen dos cuentos, y creo que son más conocidos. De hecho, uno de ellos, «La resucitada», sigue siendo reeditado, como recientemente, este año, en el Colegio de México (La resucitada y otros cuentos de irrealidad, en edición de Claudia Cabrera Espinosa). El texto más próximo cronológicamente, el de Carmen de Burgos, La mujer fría, fue publicado en 1922 en la «revista frívola» Flirt, es también el más largo de la antología —incluido también en esa misma fecha en la colección «La novela corta»—, y es, en mi opinión, el más alejado de lo puramente tétrico y fantástico, que se ve superado por una profundidad en el dibujo de la figura de la mujer que resulta fascinante por su decadentismo y, casi, su superrealismo. Frente a quienes gustan de acompañar estos días de Todos los Santos y de Difuntos de sofisticadas ambientaciones, propongo naturalizarse con la lectura de estos relatos de cadáveres más aparentes que reales. ¿O es al revés?

miércoles, octubre 29, 2025

Haroldo Conti

Hace pocos días en una librería de Madrid me hice por siete euros con la segunda edición —quizá mera reimpresión, al mes de la primera— de En vida, la novela de Haroldo Conti que ganó el Premio Barral de 1971. Se me presentaron a la vista del ejemplar la circunstancia de que se ha cumplido este año el centenario del nacimiento de este escritor argentino y el hecho de que sigue siendo uno de los desaparecidos de la dictatura militar. También que este título no estaba entre los que busqué a finales de los ochenta en la biblioteca de la Facultad, y que sigue sin estar (tampoco en el fondo de Zamora Vicente, tan nutrido de literatura iberoamericana). Anoto, sin más, este recuerdo a Conti. Y, por cierto, el número de este mes de la Revista de Occidente (núm. 533, octubre 2025) publica el texto del discurso —«Escritura y exilio»— de Sergio Ramírez en el acto de graduación del Instituto Universitario Ortega-Marañón en Madrid el 6 de junio de 2024, en el que el escritor nicaragüense se incluye tristemente en la «larga tradición de quienes pagan un precio por sus palabras», y evoca nombres que habían padecido muerte, desaparición, cárcel o destierro, entre los que estaban «Haroldo Conti, secuestrado y desaparecido a manos de la dictadura del general Videla en Argentina en 1976; y Rodolfo Walsh, asesinado en Buenos Aires en 1977 por la misma dictadura» (pág. 247). Allí existe un Centro Cultural de Memoria que lleva el nombre de Haroldo Conti, que es un espacio de difusión y promoción de la cultura, la educación y los derechos humanos, ubicado en el edificio de la antigua y siniestra Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). En su página web se puede leer el legajo núm. 77 de la desaparición del escritor: «El día 4 de mayo de 1976 fue aprehendido cuando retornaba a su domicilio de Capital Federal a medianoche, junto a su compañera Marta Beatriz Scavac Bonavetti y el bebé de ambos. Allí tenía que aguardarlos un amigo. Al arribar a la vivienda, el amigo se encontraba ya maniatado, había un grupo de individuos vestidos de civil, quienes golpearon brutalmente a la pareja y la encerraron allí mismo, mientras se peleaban por el reparto del «botín»: los sueldos de ambos, percibidos esa mañana, efectos patrimoniales de toda naturaleza, etc., dejando escasamente los muebles de gran tamaño. Robaron los originales de todas las obras de Conti, y documentación personal». Estaba a punto de cumplir cincuenta y un años. 

sábado, octubre 18, 2025

El solar de Gaza

Siempre habrá alguien que quiera pisotear al débil, que arrebate al otro lo poco que tiene, y siempre, mientras pervivan la maldad, la ambición, la violencia y el odio, será necesaria, siempre seguirá siendo necesaria, una llama encendida, la luz de una vela que testimonie la contestación pacífica contra la barbarie; pero también contra la paz precaria, con condiciones. Una vela encendida porque hay razones para el pesimismo, para temer que las operaciones cosméticas solo simulan un cambio, que toda paz es para preparar la guerra, y que quien ha destruido hasta lo más pequeño para ganarlo todo, ambiciona mayores riquezas con la necesaria reconstrucción de aquello que abatió. Por eso, cuando uno relee la prensa de hace más de cuarenta años a la luz de los sucesos recientes, sigue teniendo motivos para el pesimismo y el pensamiento sombrío, y sigue, pues, siendo necesario mantener una llama encendida. Quise esta mañana que estas palabras precedieran la lectura de unos pocos poemas de algunas autoras originarias de Palestina, como Hanah Ashrawi o Naomi Shihab Nye, y de otros poetas, como Najwan Darwish, en la Vigilia contra el Genocidio en Gaza, una acción de solidaridad y resistencia de 24 horas organizada ayer y hoy en la Plaza Mayor por la Plataforma de Personas Refugiadas de Cáceres y la Plataforma Cáceres con Palestina. La consulta estos días de algunos textos antiguos publicados en la prensa española sobre el conflicto palestino-israelí ha nublado la promesa de un futuro benigno. Me sacude lo escrito por Gema Martín Muñoz («Prolegómenos del Estado palestino»), en El País el 31 de enero de 1996; el mismo medio del que acumulo recortes de Juan Goytisolo («Israel, Palestina y sus diásporas», «Palestina: memoria y mito», de 1982 y 1987), que publicó allí una serie de seis artículos bajo el título de «Ni guerra, ni paz» con la entradilla de «La ilusión surgida de los acuerdos de Washington y Oslo se desvanece ante la cruda realidad de los hechos» (12 de febrero de 1995). Qué lejos su Diario palestino de 1988 —cuando su serie televisiva Alquibla—, que recogió años después en De la Ceca a La Meca. Aproximaciones al mundo islámico (Alfaguara, 1997), y en el que escribió: «El tratado de paz firmado simbólicamente por un grupo de escritores, artistas, universitarios israelíes y palestinos, fundado en el mutuo reconocimiento de sus respectivos Estados, retorno a las fronteras del 48 y desmilitarización de Jerusalén, convertida en ciudad abierta y capital simultánea de ambos, nos recuerda de forma oportuna que las situaciones creadas no son irreversibles y los conflictos étnico-religiosos, por arduos y enconados que sean, tienen salida.» Qué lejos. 

lunes, octubre 13, 2025

Don Giovanni

El pasado viernes cumplí un sueño. Puede sonar ampuloso; y en cuanto se conozca la causa, la impresión será de condescendencia por la falta de lustre del que tanto ha tardado en conocer lo sublime. Asistí por fin a una representación en vivo del Don Giovanni de Mozart. Fue en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, y en la buena compañía de mis allegados amigos Miguel y Rocío, que tienen la dicha de vivir a treinta pasos del sitio y usan su casa como aseo y ambigú del teatro en los entreactos. De veinte minutos fue el del viernes, para separar el acto I (80 minutos) del II (75 minutos), y nos dio tiempo a ir y volver evitando colas. Pocos reparos puedo poner a lo visto y lo oído, aunque ya no me encuentre en ese estado de arrebatamiento de saberme allí, en un teatro con el aforo de mil ochocientas butacas completo, asistiendo a la ópera de las óperas, que dijo Wagner. Poco sé de matices y de coloraturas, y todas las voces me parecieron sobresalientes, y no puedo compararlas más que con grabaciones recomendables. Además, tuve la suerte de repetir la experiencia —la primera fue con Carmen de Bizet en junio pasado, también allí— de oír a un segundo reparto cuyas críticas han sido mejores que las del primer plantel. Y así fue el viernes, con Jan Antem como don Juan, Daniel Noyola (Leporello), y las voces femeninas de Brindís Guðjónsdóttir (doña Anna), Karen Gardeazábal (doña Elvira) y Montserrat Seró (Zerlina), además de Pablo Martínez como don Ottavio, Luis López como el Comendador y Yoshihiko Miyashita como Masetto. Todo bajo la segunda dirección del jovencísimo Mariano García Valladares. Fastuoso. O, como escribió Antonio Moreno —«lo que puede cambiar una misma función de ópera según quien esté al frente de todo en el foso» —el sábado en el Diario de Sevilla: «Nervio y drama». En embocaduras así, me impresiona toda escenografía y la solución de una plataforma giratoria que permitía los cambios de las grandes paredes divisorias me pareció un acierto, salvo en algunos momentos en los que se perdió vista —desde nuestra terraza lateral— y se amortiguaron las voces. Una cabeza de toro que abrió la primera coreografía se repitió en varios momentos de la obra asociada a la fuerza y poder sexual de don Juan, y sirvió para matizar el cierre («Questo è il fin di chi fa mal!»). Mientras ignoré que la producción es alemana —de la Ópera de Colonia—, me sirvió para justificar el recurso como un guiño a la Sevilla de la plaza de toros colindante, ay. Dos circunstancias más me apetece anotar, una previa y otra posterior a la experiencia: la lectura de un sugestivo artículo de Ángela Pérez Castañera sobre literatura y música en la formación del mito de don Juan (Matèria, 21, 2023), que me gustó conocer antes de la escucha, quizá por confirmar que, como dijo Mozart, en una ópera «es absolutamente necesario que la poesía sea la hija obediente de la música». Lo segundo, finalmente, es que he escrito estas líneas con Don Giovanni, ossia  Il dissoluto punito resonando en una grabación bajo la dirección de Claudio Abbado que me aviva el recuerdo.
© Guillermo Mendo. Diario de Sevilla

jueves, octubre 09, 2025

'Dieciocho' y David T. Gies

Han sido varias las entradas que he dedicado en este blog a la revista Dieciocho, todas durante la etapa en la que la dirigió mi querido y admirado colega David T. Gies, a quien recordé cuando se jubiló en 2018 de las clases como catedrático de Español en la Universidad de Virginia, de cuyo departamento de Español, Italiano y Portugués fue director durante trece años. De su trayectoria como profesor, gestor —también fue, entre 2013 y 2016, presidente de la Asociación Internacional de Hispanistas— y estudioso —sobre todo, de la literatura de los siglos XVIII y XIX, con trabajos sobre autores como Nicolás Fernández de Moratín, géneros como la comedia de magia, textos clásicos como Don Juan Tenorio o panoramas históricos del teatro español decimonónico— hay mucha y cordial información en la página web en su homenaje que sus amigos y compañeros le ofrecieron; entre la que se incluyó una deliciosa conversación de David con su maestro Javier Herrero (1926-2023), que da idea de cómo se gestó uno de los departamentos americanos de estudios hispánicos más punteros. El viernes 3 de este mes me llegó el aviso de publicación de un nuevo número de Dieciocho, el 48.2, correspondiente al otoño de este año, que tiene la extraordinaria particularidad de que es el último en el que figurará como director David T. Gies, que se despide en las páginas introductorias del volumen («Importantes cambios: carta del director»), después de treinta dos años —desde 1993—. A partir de ahora, desde el primer número del próximo año, 49.1, la revista será codirigida por las profesoras Catherine M. Jaffe (Texas State University) y Elizabeth Franklin Lewis (Mary Washington University). Esta última colabora en esta entrega con un artículo sobre «Genre and Gender» en las odas de María Rosa de Gálvez, cuyo teatro, recientemente editado por Fernando Doménech en Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra, tengo pendiente comentar aquí. Además, y como siempre, el volumen contiene otros trabajos de especial interés, como el de Noelia López-Souto sobre «Las bibliotecas de José Nicolás de Azara» o el de Mónica Botta sobre la primera normativa teatral en Buenos Aires en 1783, una fecha tardía con respecto al establecimiento de locales para teatro en otras ciudades de América. O la sección, ideada en su día por David T. Gies, de «Cajón de sastre bibliográfico», con información sobre novedades editoriales en el campo del dieciochismo. La mano de quien ahora se despide como director se notó desde el principio —yo era suscriptor unos años antes de que asumiese la dirección David, cuando la llevaba la profesora Eva M. Kahiluoto—, tanto en los contenidos de la revista, como en su difusión y repercusión científica en su ámbito; y también en las facilidades que para los suscriptores españoles supuso poder abonar el importe de la suscripción en una cuenta española, y así evitar un sobrecoste de casi el importe de la suscripción por la suma de la comisión por cambio de moneda y de los gastos de envío. Los lectores de Dieciocho debemos agradecer tanto trabajo al profesor David T. Gies y desear lo mejor al nuevo equipo que toma las riendas de una de las publicaciones más reconocidas entre las que se dedican al estudio de la literatura setecentista. 

martes, septiembre 30, 2025

Órgia

Sigue pareciéndome un monumental empeño publicar teatro como lo hace Ediciones del Bufón. Su catálogo ya ha demostrado en los últimos dos años su esmero editorial en el tratamiento de las cubiertas, la elección del tipo de papel, la tipografía, la generosa maqueta que da aire a los textos de indudable interés en el panorama actual del teatro en español que nos vienen presentando. Por todos estos elementos, el lector toma conciencia de que está ante una editorial que cuida el teatro para ser leído. Pero en este caso del que hoy escribo, Órgia, de Julia Moyano y Rocío Hoces, hay dos detalles que hacen muy presente esta actitud de delicadeza y atención editoriales, que son reveladores de una manera de ser editorial que se agradece. Uno atañe a una suerte de militancia solidaria, pues en esta entrega de la colección se edita en la segunda solapa una relación de títulos de otra editorial —«Ese es un muestrario de las editoriales que nos gustan»—, la catalana Temporal, de la que se dan algunos títulos, entre los que está el libro de la psiquiatra María Huertas Zarco, Nueve nombres. Precisamente, María Huertas es la autora de un epílogo muy testimonial de Órgia (págs. 77-103) en el que también resume la historia de la salud mental en el sistema sanitario español de los dos últimos siglos. El otro detalle es un marcador expresivo, es la señal con la que se muestra una decisión editorial: tachar la palabra locura y otras formas (locos, loca, loco) cada vez que aparece en cualesquiera de los textos del libro, bien sea en el «Prólogo» de la directora de escena y dramaturga Lucía Miranda, en la polifónica pieza dramática Órgia, en los testimonios que siguen de antiguas trabajadoras del manicomio sevillano de Miraflores —el centro psiquiátrico ya desaparecido que se toma como un (no)lugar de memoria y de denuncia— o en el citado epílogo. Órgia, el texto central, incluye en sus tres partes la interacción teatral de sus personajes femeninos, la razón de ser del texto y la información necesaria sobre su montaje y sobre quienes lo montan. Así, «La Rara —que es la formación que componen las autoras Julia Moyano y Rocío Hoces— es un colectivo escénico abierto que nace en 2020 a partir de la búsqueda de una coherencia artística, vital y política. Trabajan en lo que les mueve y conmueve» (pág. 25). O: «A principios de los ochenta, varios artistas y profesionales de la salud mental ponen en marcha «Salta la tapia», que consistía en la celebración de un festival de música y artes escénicas en las instalaciones del psiquiátrico de Miraflores, dando la oportunidad a las personas allí encerradas de vislumbrar alegría y estímulo y a la ciudadanía, de acercarse a una realidad marcada por el desconocimiento y el estigma que habían alimentado durante décadas esos muros» (pág. 42). «¿Sabéis —dice Julia en la segunda parte— que órgia, en la antigua Grecia, eran actos colectivos en los que una verdad espiritual iba a ser revelada? ¿Sabéis que fue el cristianismo quien le dio la connotación carnal, pecaminosa?» (págs. 50-51). El lector se sumerge enteramente en una propuesta escénica con una perspectiva eminentemente social; pero, por si acaso —y es otra apuesta editorial— están los apoyos ya mencionados de Lucía Miranda («Unas loquis de verdad»), los testimonios de las militantes sanitarias del «Batallón de Miraflores» (Estrella Álvarez Navarro, Margarita Laviana Cuetos —fue directora de Miraflores cuando su desmantelamiento—, Carole Rodríguez Savart y Pilar Castellano Gallo) y el iluminador epílogo de María Huertas Zarco. «La Rara, hasta que la última esté bien» es el acto X de los pódcast del Bufón que pone mejor voz a lo que he querido destacar en esta nota. 

martes, septiembre 16, 2025

Canciones ilustradas de Alcaíns


Fue en mayo del año pasado cuando celebré en este blog las primeras muestras publicadas de Javier Alcaíns como autor musical. Sí. En aquel momento, cinco entregas de partituras ilustradas que —decía uno— lograrían encontrar intérpretes de sus letras y sus músicas, dado el empeño paciente de este magnífico escritor y dibujante, autor de unas de las creaciones artísticas —también como editor— más singulares de nuestra historia literaria desde los años ochenta. Aquella primera serie de canciones fue creciendo hasta configurar una colección de diez, que es la que este jueves 18 de septiembre se presentará, a las 19:30 horas, en la exposición Canciones ilustradas de la sala de Pintores, 10 de la Diputación Provincial de Cáceres, y que podrá verse hasta el 3 de octubre de 2025. En el catálogo de la exposición, Javier Alcaíns explica que su proyecto en estas Canciones ilustradas consta de seis apartados: letra, música, ilustración, diseño, interpretación y edición, concebidos como un conjunto con sentido; pero que pueden agruparse de dos en dos —letra y música o letra e ilustración—, de tres en tres —letra, música e ilustración o letra, ilustración y diseño, o letra, música e interpretación—, de cuatro en cuatro... Los recorre uno a uno, y dice de las letras quien escribe poemas desde los doce años que son algo distinto, que la letra escrita para ser cantada pide rima, de ahí que todas las que incluye la tengan, en asonante y aguda, en su mayoría, como tanta poesía popular. De la ilustración dice que «consiste en hacer bailar sin que se pisen pinturas y texto», y puede asegurarse que lo consigue en esta colección de diez dibujos sobre diez canciones. A la música dice haber llegado como un advenedizo hace unos cuatro años, cuando empezó a estudiarla; pero en el diseño editorial lleva mucho tiempo el que ha editado libros memorables con esmero y que en este ha cuidado el formato, el tipo de papel y la disposición de la partitura como la escritura bella que es y que se despliega ampliamente en algunas de las piezas de la serie, como en «Cabaliñu». De la buscada confluencia de letra, música, ilustración y diseño resultan los dos últimos apartados, que cabría considerar de producción y que solo tienen sentido en una exposición, que es, finalmente, la culminación de todo: la interpretación musical y la edición del libro-catálogo. Ambas serán el regalo que recibamos quienes visitemos el jueves la muestra. El grupo Budur —bautizado así por Alcaíns, devoto de los cuentos de Las mil noches y una... en la versión del egipcio Joseph-Charles Mardrus, un autor que él editó en varias ocasiones entre 2010 y 2011— está compuesto por Mar Cabezas (voz), Jara Ciordia (piano) y Carmen Valiente (violonchelo). Y el catálogo, si no estoy equivocado, tendrá más de setenta páginas. Ahora bien, a esos seis aspectos de estas Canciones ilustradas cabe añadir otro que me parece especialmente relevante y atractivo, y al que Alcaíns no alude: las glosas o comentarios que ha escrito para presentar cada una de sus piezas. Son escolios que acompañan a la canción, al margen o a pie de página, y solo en dos casos («Cabaliñu» y «Retrato de joven en la fiesta») constituyen textos más largos editados a continuación de los versos y que en su día formaron parte de la edición impresa. En el resto de los casos son textos nuevos para esta exposición. Por ejemplo, para «Tarabilla  y cardo», la primera canción, anota: «Pensé que, para empezar, lo más fácil sería una canción para niños. Ya he visto que no.» Son comentarios informativos, poéticos, irónicos, emotivos y luminosos, o serios y más sombríos, como el último, para el poema en cuartetos decasílabos agudos «Ciudad destruida», con el que cierro este apunte desde la súplica y el anhelo de que termine la barbarie de Gaza: «De todos los desatinos de la humanidad, el más cruel es la guerra; de todas las guerras, las peores son las de exterminio. Salvo aquellos que obtienen beneficio de ellas y algunos otros cuyo pensamiento se perdió en derivas de delirio, no habrá nadie en el mundo capaz de encontrar una razón para ensalzarlas. Sin embargo, ahí siguen prodigándose, como si fueran necesarias. Muchas veces el arte ha intentado darle la dignidad que no tienen, y el cinematógrafo ha creado elegantes coreografías de ejércitos en batalla; pero ante esos juegos la realidad opone la violencia y la destrucción de las bombas, las violaciones impunes, los abusos de fuerza, los niños destrozados... La continua exposición de muertos hace que se desdibujen ante nuestro ánimo, la neutra letanía de las cifras vuelve burocrática la muerte. El pensamiento se acomoda. Hay que tener cuidado.»

sábado, septiembre 13, 2025

Acuse de recibo

Ayer viernes recogí en la Facultad dos sobres que no abrí hasta llegar a casa. Uno venía de Valladolid, de la calle Melendro, donde tiene su sede la Editorial Deméter, que desde 2022 nos está ofreciendo en su catálogo destacados ejemplos de literatura tenebrista y fúnebre, sobre todo, del siglo XIX. El otro sobre, sin remite, venía de la Editorial Candaya. Aunque presumo que debo el envío a la generosidad de Álex Chico, autor del libro que venía dentro, traía una amable carta personalizada pero sin fecha de Olga Martínez Dasi con una presentación de Geografía escrita. Viajes reales por lugares imaginarios, del escritor placentino afincado en Cataluña que tanto ha escrito sobre los lugares. Los textos que componen el volumen fueron publicados, en su mayoría —hay dos inéditos— en revistas como Quimera, Revista de Letras o Clarín, entre otras. Además, la edición tiene el interés añadido de que va precedida de un prólogo de Álvaro Valverde, «El viaje interminable», que conoce bien a Chico desde sus primeros pasos literarios y que tanto y tan bien ha pensado en el lugar como motivo literario —véase el acertado título de Meditaciones del lugar que dio José Muñoz Millanes a la antología poética de Valverde que publicó Pre-Textos el pasado año 2024. Tengo ganas de recorrer todos estos espacios escritos como crónicas, como apuntaciones de diario y como reflexiones ensayísticas de la mano de Álex Chico. Por su parte, Montse Ruiz, responsable de Editorial Deméter y que incluye en su envío un ensayo titulado Bécquer, ¿espiritista? (Editorial Deméter, 2024), con el que espero ponerme muy pronto—, me envía mi ejemplar —contribuí a su campaña de suscripción— de Los que vuelven (Editorial Deméter, 2025): una antología, ilustrada por la artista vallisoletana Lucía Vázquez de Prada, de relatos mortuorios breves de autores decimonónicos como Pedro Escamilla, Emilia Pardo Bazán —se recogen dos de ella, «Mi suicidio» y «La resucitada»—, Enrique Fernández Iturralde, Guillermo Forteza, o Carmen de Burgos, con un cuento, «La mujer fría», publicado en 1922; y que se cierra con un apéndice de textos aparecidos en la prensa desde1789 hasta 1866 sobre la preocupación de enterrar cuerpos aún vivos. Las últimas líneas de esta «antología oscura» van por ahí: «Si hay un sentimiento que deba igualar al respeto a la muerte es el del respeto a la vida» (pág. 149).

viernes, septiembre 05, 2025

Una belleza terrible

Tenía este apunte avanzado, pero sin terminar, cuando leí a finales de julio un texto de Edurne Portela y José Ovejero, «El misterio de Germaine», publicado en el número de verano (julio-agosto) de la revista Tinta Libre, de cuyo índice, por error, se omitió (págs. 56-58). Como un «hijuelo» que le ha crecido a la novela escrita por ambos Una belleza terrible (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2025) presentaban este relato sobre Germaine Huot d'Anglemont, la madrina de Raymond Molinier (1904-1994), el revolucionario troskista protagonista de esa obra, que, cuatro meses después de su publicación, se extendía para sus lectores con esta suerte de apostilla que confirmaba ese carácter de Una belleza terrible como singular ente literario. Para mí, prolongaba el magnífico sabor que me dejó la lectura de esa novela, que comencé muy motivado por la fascinación que sentí con la obra anterior de Edurne Portela, Maddi y las fronteras (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2023), la brillante narración sobre la vida de María Josefa Sansberro (Maddi) (1895-1944), una mugalari en la resistencia contra los nazis, que fue deportada y murió en un campo de concentración en Alemania. Añadiré que poco antes había leído Mientras estamos muertos (Madrid, Páginas de Espuma, 2022), el libro de relatos de José Ovejero que se alzó con el XVIII Premio de Narrativa Dulce Chacón en 2023. Teniendo en cuenta que ambos son pareja y que con Una belleza terrible han emprendido una tarea de escritura compartida muy sugerente, estas líneas quieren agradecer a ambos sus trayectorias como escritores y demostrar admiración por lo que hacen, y por lo último que han hecho. Han elaborado juntos una obra a partir de una biografía trepidante con tantos accidentes y derivaciones, «giros y acontecimientos sorprendentes» que «hacen muy difícil relatarla y apenas pueden caber en un solo libro» (pág. 177), con lo que incorporan a su definición —de la vida de Raymond Molinier— la valoración sobre la ejecución del empeño. Una sugestiva propuesta metaliteraria. Sobre una vida, además, que arrastra otra de las virtudes o implicaciones de esta novela, las mujeres que se relacionaron con el personaje principal y que estuvieron en el centro de la historia, pero que no dejaron testimonio ni memoria (pág. 178) —y cuya importancia subraya el apéndice aludido de Tinta libre. Muy a grandes rasgos, hay dos flujos en Una belleza terrible —el título proviene del poema de W. B. Yeats a los rebeldes republicanos irlandeses de 1916—, el de la narración que reconstruye unas vidas al servicio de la revolución —de las principales luchas revolucionarias del siglo XX— y el del relato, como fragmentos de diario, del proceso de escritura de una novela y los problemas que esa escritura suscita. En cierto modo, nos encontramos con una investigación que ficcionaliza a partir de los testimonios que la historia ofrece: imaginar, dicen los autores, frente a inventar; es decir, intentar deducir lo que no sabes una vez que conoces, aunque no enteramente, los hechos históricos: «No es lo mismo inventar e imaginar. No da lugar al mismo tipo de novela. La invención renuncia a acercarse a la verdad de los hechos, la imaginación lo intenta sabiendo que es imposible lograrlo por completo» (pág. 188). Seduce esta forma de revelarse: lo único verdadero, dicen, es su deseo de ver y de encontrar un orden en lo visto, es decir, construir un artefacto literario, una creación que hace presentes los materiales del pasado (pág. 185). La disposición de las cuatro secciones de la obra quizá no refleje estos dos flujos: I. Europa. II. Tierra de nadie. III. América. IV. Los huesos. El corazón. Son rotulaciones que expresan claves o etapas del recorrido biográfico de Molinier, y serán las divisiones internas —también tituladas— las que contengan, en algunos casos, los incisos metanarrativos de los escritores que escriben al alimón, completando esta doble cara que, sin menospreciar la historia —apasionante— que sirve de base a esta novela, la vida real de Raymond Molinier y de su gente, es para mí el gran valor de Una belleza terrible y lo que hace de ella una obra admirable. Y esta excelencia está en la forma que han dado a un material a la mano, el de las vidas de otros; pero también el de la propia vida de los que hacen literatura; de tal manera que el lector se asoma a la intimidad de los autores al mismo tiempo que imagina, gracias a ellos, la de los personajes de la historia, como una suerte de exaltación de la vida que explica la dedicación a la literatura. Excelente demostración de talento y de honestidad literarios.