sábado, mayo 15, 2021

15-M

© Hoy
Esta mañana de sábado me he acordado de un artículo celebrativo de Eugenio Fuentes que publicó el diario Hoy el domingo 28 de marzo de este año con el título de «Me vacuné con AstraZeneca». Lo leí con sana envidia y con fe y confianza compartidas en la campaña de vacunación para inmunizarse ante el maldito virus. Hoy vuelvo a suscribirlo, aunque yo tendría que decir «Pfizer». Acudí a la cita para la que fui llamado hace cuatro días y ha sido un sábado festivo. En primer lugar, porque en parte parecía una de esas convocatorias de antiguos compañeros de promoción que celebran reencontrarse con afecto y alegría; pero también porque hay que aplaudir la organización perfecta de algo tan complicado. En primera línea, los voluntarios de ARA (Asociación Radio Ayuda), luego, auxiliares que tomaban los datos, una médica que te preguntaba, otro control en mostrador y una silla dispuesta para vacunarte con amabilidad. Todos atentos a todo. Ahora sí que no comprendo por qué hemos dejado de aplaudir desde los balcones a todos los responsables de la sanidad pública. Sé que P., docente ya vacunado, con quien me he encontrado en la zona de la fruta del supermercado, no comparte conmigo esto, pues él siempre se fija en lo que no funciona. Pero C., médico, sí me ha confesado que él también se emocionó cuando se vio en otra fase feliz, después de toda la pesadilla, y que estaba admirado por la acción de quienes han podido fabricar en un año una vacuna y lograr esta hazaña, la de quienes compensan la de otros tirando con precisión bombas sobre Gaza. El «venturoso antídoto», como decía aquel verso de Manuel José Quintana de un poema de 1806 dedicado «A la expedición española para propagar la vacuna en América bajo la dirección de don Francisco Balmis», que fue un cirujano responsable de esa expedición y que tradujo una obra principal de su colega J-L. Moreau de la Sarthe con el título de Tratado histórico y práctico de la vacuna, que contiene en compendio el origen y los resultados de las observaciones y experimentos sobre la vacuna, con un examen imparcial de sus ventajas y de las objeciones que se le han puesto, con todo lo demás que concierne a la práctica del nuevo modo de inocular (Madrid, Imprenta Real, 1804). Vamos, como hoy. Es la segunda vez que titulo «15-M» una entrada de este cuaderno, y espero que se me disculpe que celebre así un décimo aniversario.

miércoles, mayo 12, 2021

Emilia Pardo Bazán (1921-2021)

De haber tenido hoy clase, y si esa clase hubiese sido, como hace ya unos cursos, sobre la novela del siglo XIX, habría preguntado en el aula, como otras veces: «¿Por qué llueve al comienzo de La madre Naturaleza?» Habría vuelto a llamar la atención sobre la grandeza de la escritura de Emilia Pardo Bazán, de cuya muerte se cumplen cien años, aunque en más de una edición académica de las que andan por casa se da la fecha del día 2 de mayo. También habría repetido —lo he hecho muchas veces— que es tan grande la estatura literaria de la autora de Los pazos de Ulloa y de La cuestión palpitante que cualquier especialista en su literatura que intente explicar su obra quedará muy superado por su sabiduría, su conocimiento de la materia. Aunque La madre Naturaleza se publicó con el aviso de «2ª parte de Los pazos de Ulloa», las dos novelas se han venido editando independientemente, e incluso se han programado en diferentes cursos como lecturas exentas. O bien unos cursos inferiores leen La madre Naturaleza, o bien otros, más avanzados, leen Los pazos de Ulloa. Es lícito. Pero, como me parece que La madre Naturaleza, que, propiamente, no es «continuación» de la novela anterior pero ilumina y aclara su lectura, propuse hace tiempo que se leyesen juntas. Y la experiencia creo que fue provechosa. Aunque solo sea por volver al goce de comentar en clase fragmentos brillantes de la prosa de la gran autora, recordaré cómo ella monta con palabras una cámara que filma una panorámica narrada ya desde el interior de la escena: «Uno de los deleites más sibaríticos para el feroz egoísmo humano, es ver—desde una pradería fresca, toda empapada en agua, toda salpicada de amarillos ranunclos y delicadas gramíneas, a la sombra de un grupo de álamos y un seto de mimbrales, regalado el oído con el suave murmurio del cañaveral, el argentino cántico del riachuelo y las piadas ternezas que se cruzan entre jilgueros, pardales y mirlos— cómo vence la cuesta de la carretera próxima, a paso de tortuga, el armatoste de la diligencia. Hace el pensamiento un paralelo (fuente de epicúreos goces, sazonados por el espectáculo del martirio ajeno), entre aquella fastidiosa angostura y esta dulce libertad, aquellos malos olores y estas auras embalsamadas, aquel ambiente irrespirable y esta atmósfera clara y vibrante de átomos de sol, aquel impertinente contacto forzoso y esta soledad amable y reparadora, aquel desapacible estrépito de ruedas y cristales y estos gorjeos de aves y manso ruido de viento, y por último, aquel riesgo próximo y esta seguridad deliciosa en el seno de una naturaleza amiga, risueña y penetrada de bondad». Ojalá supiese presentar convenientemente lo que hace recomendable esta lectura en este centenario. Dijo Isabel Burdiel en una conferencia-presentación —que comparto— de su biografía Emilia Pardo Bazán (Madrid, Taurus, 2019) que la mejor obra de la escritora gallega fue su propia vida. Sin duda, está llena de contrarios, moderna y antimoderna, tradicionalista y radical, conservadora y progresista, y llena de hallazgos, y de hechos; pero sus textos son los que perviven y esos, sin vivencias ni datos explícitos, sí que están plagados de vidas.

lunes, mayo 10, 2021

Caballero Bonald

En estas horas tras su muerte, reconforta la mirada sobre algunas de las páginas escritas por José Manuel Caballero Bonald (1926-2021). Me he parado en Entreguerras o De la naturaleza de las cosas, un libro de versículos que publicó Seix Barral a principios de 2012. Si existe La novela de la memoria, que recogió sus dos volúmenes, Tiempo de guerras perdidas (1995) y La costumbre de vivir (2001), Entreguerras es otro registro poético de su autobiografía que está más lleno de hallazgos de lenguaje que de información repartidos en catorce capítulos de un poema único, «con sus predecibles injertos de ficción» y la «obstinación retórica» de un gran poeta. Refugio es este recogerse en su palabra como homenaje íntimo y doméstico, tomar uno de sus libros, y leer: «vivo detrás de mí entre aquellos ausentes a quienes quise antaño tan de cerca / y que fueran un día igual que dioses en un mísero reino de rufianes». Recuerdo con agrado su visita a Cáceres para leer poemas en noviembre de 1997 y estar presente en la defensa de la tesis doctoral de María José Flores sobre la obra poética de C.B. y sus variantes el mismo día de la trágica riada de Badajoz. Ayer sentí ganas de dar el pésame a María José, a José Ramón Ripoll, a Julio Neira, a tantos de los que le conocieron de cerca y con los que he compartido admiración por la literatura del escritor que llaman en sus necrologías y homenajes el de las mil vidas. Leo ahora también los versos de otro poeta a quien tengo que presentar mañana en su pueblo y el mío, tomo notas sobre sus libros, y tengo delante la cuarta de cubierta de uno de ellos, Estudio del enigma (Visor Libros, 2015), con unas palabras rematadas con el nombre de José Manuel Caballero Bonald: «Poemas reflexivos, de trascendencia filosófica, que ahondan de una manera personal en lo real. Un libro meditativo, muy bien construido en su tono y adjetivación, que justifica el premio recibido y la calidad de su autor». Sean o no sean del puño y la letra del autor de Descrédito del héroe, me han parecido esas palabras concurrencia amable en estas horas, previas a las que mañana nos tendrán en Zafra en la lectura de poemas de otro José Manuel.



sábado, mayo 08, 2021

Buen Valle

Minutos antes de las cinco y media de esta tarde ya estaba sentado en una de las cuarenta sillas —por restricción de aforo— dispuestas en la Sala Maltravieso de Cáceres, para ver el primer pase —el segundo habrá sido a las ocho— del estreno de Los cuernos de don Friolera, de Valle-Inclán, del Taller de Montaje «Edipo», uno de los grupos que integran el TAM, el Teatro Amateur de la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso. Tenía muchas ganas de volver a ver teatro, aunque siga siendo con mascarilla y a deshoras; pero quería ser de los primeros en darse el gustazo de escuchar decir alta literatura en escena. Y me ha parecido admirable lo que he visto. Porque Isidro Timón, el director, ha sacado buen provecho de algunas de las jugosísimas acotaciones con la voz en off de Pedro Tirado y un fondo de música —acortadas por el tiempo que obliga—, y ha sabido mantener con respeto el lenguaje del genio. Porque cuando se separa de él sabe hacerlo: «Soy verato», dice Pachequín, para reivindicarse; y el Coronel de doña Pepita lee en la prensa que van a instalar en la ciudad un centro budista que va a atraer a mucha gente. Porque tan solo cuatro actores —¿aficionados?— han levantado con brillantez una maravillosa propuesta de gestos y de textos asumiendo el texto y el gesto de más de diez personajes de un elenco original en el que también estaban, gracias al mundo de Valle-Inclán, un carabinero, un perrillo de lanas, el Barallocas mozo de los billares y una cotorra. Es admirable, sí, volver a ver a quienes ponen tanta pasión y talento en lo que hacen: Fernando Royo (Don Friolera), al que no hace falta llevar sobre su testa más papeles que el que le ha tocado para coronarse como actor principal. Debería ser más fantoche matasiete, menos natural, más rígido y cuadrado, como quiso su creador. Mercedes Fuentes, que sorprende por su capacidad de adaptarse a registros tan antagónicos como la vieja cetrina con manto de merinillo (Doña Tadea), el Teniente Rovirosa o el matutero Curro Cadenas, y en todos borda el papel. Creo que a Rodrigo Gutiérrez Cepeda no lo había visto actuar; pero ha resuelto con solvencia creciente su papel como Pachequín, como uno de los militares e incluso como la doña Calixta del billar y la mano de la niña Manolita. Y también Maribel Rodríguez Ponce —que hace de doña Loreta, de militar, de ciego…— es una pieza esencial para que todo esto se mantenga y funcione como un espectáculo teatral con unos medios limitados con un resultado portentoso. Impecable está ella en unos papeles que exigen el uso de la voz —su fuerte— para lograr los matices que llegan a un espectador que yo creo que en más de una de las transiciones habría aplaudido por el buen hacer de los actores. La verdad es que en hora y media este montaje ha logrado incluir casi todo del sainete valleinclanesco. Casi todo. Falta, para mí, lo principal —y es comprensible que no esté. Faltan las claves con las que don Ramón María quiso enmarcar la pieza central —como la comedia principal de aquellas funciones de teatro de los pasados siglos, con su loa, su tonadilla, su entremés…—, con su prólogo y epílogo para que se comprendiese su propuesta estética. Por eso el romance de ciego como cierre de esta función, tan bien dicho y cantado por Maribel Rodríguez Ponce, no tiene el sentido que en la pieza de Valle quería tener. Por eso, don Estrafalario, después de escuchar el romance, dice a don Manolito que se gaste una perra y lo compre. Y cuando don Manolito le pregunta para qué, el genial don Estrafalario le responde: «¡Infeliz, para quemarlo!»



viernes, mayo 07, 2021

Papeles

Cuando veo los montones de recortes y fotocopias que se acumulan en algún lugar de esta casa pienso en que necesitaría otra vida para ordenarlos; pero a veces unos pocos, que llevan por ahí sueltos un tiempo, una tarde parecen decirme que quieren recogerse. Entonces me detengo en ellos, los releo y los pongo en su lugar. Me sienta bien esta terapia. No sé por qué tengo la fotocopia de una página del Diario de Cádiz del 5 de septiembre de 2012 con la reseña del libro de Charles Rosen Música y sentimiento (Alianza Editorial, 2012) escrita por Pablo J. Vayón con el título «Para qué sirve la música». Supongo que me acordé de mi padre que decía a su modo lo que el reseñador recuerda que dijo Sancho a la Duquesa en la segunda parte del Quijote: «Señora, donde hay música no puede haber cosa mala». (Esta cita está anotada también en un cuaderno mío de 2006 que acabo de encontrar). Mucho más antigua es la reproducción que tengo de dos páginas de El País con un artículo de Félix Grande («Un recuerdo para José María Arguedas») que se me ha cruzado cuando aún tengo pendiente escribir sobre una curiosidad de una edición moderna de El zorro de arriba y el zorro de abajo, la novela póstuma de la que habla el poeta español —el extremeño, el manchego, el andaluz, el de Santiago de Chuco— desde las primeras líneas de su texto. Cuenta Grande —sábado, 28 de noviembre de 1987— cómo conoció a Arguedas en el aeropuerto de La Habana, a principios de 1968, en un vuelo hasta Madrid, y se pregunta por las razones de su suicidio, sobre la muerte, sobre la palpitación de dos culturas, la indígena y la otra, sobre que la rabia no. De 2006 es la página de El País que recuerda el centenario del nacimiento de Dino Buzzati con un artículo de José María Guelbenzu y otro texto más breve pero no menor de su editor en España, Javier Santillán (Gadir Editorial), con el título incitativo de «¿Cómo no leerlo?». Por aquellos años creo que fue cuando empezaron a difundirse traducciones en español de Buzzati, también en Acantilado, y desde entonces tengo esa página con el propósito no cumplido de leer —salvo algún texto suelto— al autor de El desierto de los tártaros. Asuntos pendientes, como escribir algo largo sobre la cantidad de veces que he decidido no volver a narrar una historia ya contada por otro, a transcribir un pensamiento repetido por escrito por alguien con más luces. Quizá eso explique que tenga esa página de la foto de arriba, que nos regala un recuerdo de la muerte de Charles Aznavour, y del homenaje nacional que se le tributó en octubre de 2018, cuando Manuel Vilas se adelantó a mi idea y me robó la frase «Mi momento de oro es recorrer Madrid con mi coche los domingos a las nueve de la mañana». Me la robó porque yo ya la había escrito algunos años antes, una mañana de domingo con la Castellana vacía de coches, de camino a la casa de unos amigos antes de volver a Cáceres y escuchando en el coche «Madrid amanece», de Hilario Camacho, que se fue el día de mi cumpleaños de aquel 2006 de lo de Dino Buzzati. Quizá por todo esto tenía estas páginas encima de un montón de papeles aguardando el momento de ser recogidas en un lugar donde guardar un orden perdurable no sé hasta cuándo. 

domingo, mayo 02, 2021

2 de mayo

Ignoro qué clase de trastorno nos impide aguantar sin comprar dos días festivos seguidos. Esta mañana, en la calle, he visto a la hora de la apertura de un supermercado a varias personas esperando mientras una empleada subía (¡¡rrrrraaaaasssss!!) la persiana metálica del establecimiento. Media hora después, cuando faltaban aún cinco minutos para que diese la de abrir otro espacio de una conocida marca, conté diez que aguardaban a la puerta. Antes de la pandemia, yo creía que estas actitudes no eran más que reminiscencias de los ya lejanos tiempos de escasez de la posguerra; pero el tiempo, en efecto, pasa y no hay ninguna lógica que explique esa zozobra que produce el cierre durante dos días de algunas tiendas habituales. Hoy domingo he leído mucho, he trabajado bastante y no he hablado casi nada. Los «buenos días» y «gracias» al recoger la prensa, y poco más. Ni siquiera por teléfono, con el que cada día escribo más y hablo menos (*). He escrito en mi cuaderno: «Por sus heces los conoceréis». Ha sido después de pringarme con la lectura en los periódicos de tantos discursos de odio, y se me ha ocurrido que quizá pueda servirme para bosquejar un texto sobre lo mal que llevo los conflictos. «Dios le bendiga», me ha dicho un señor que pedía en la calle; y lo anoto aquí ahora por los vientos disímiles que nos trae la vida. Lugares comunes: (1) una gran obra de la literatura que fue rechazada por las más prestigiosas editoriales hasta que otra, más modesta o igual de importante, la publica; (2) un influyente crítico que escribe una elogiosa reseña en un medio de gran difusión que ayuda incontestablemente a catapultar y refrendar la obra. A veces, se han dado a la vez. Subestimo mi memoria y siempre dudo. El viernes no daba un céntimo por tener en casa lo que necesitaba: un libro y cinta para embalar. Una parte de mí decía que estaba segura de que los tenía; y la otra parte, después de minutos de rebusca sin resultados, me desalentó; hasta que por fin se impusieron los posos de autoestima que aún conservo. Encontré la cinta y el libro, y a ambos he dado el uso requerido. Por cierto, después de dos días festivos, me faltan cervezas y he bajado a la tienda a comprar unas latas.


(*) Una conversación con mis hijos a distancia, y viéndonos las caras, ha venido a acomodarlo todo después de escrito esto.

sábado, mayo 01, 2021

Primeros de mayo

No he querido mirar mucho más atrás en esta costumbre mía de fijarme en fechas señaladas, porque seguro que saldrá algún apunte del primer día de mayo de otros años […] Lo sabía. El primer día de mayo de 2019 fue bien triste por culpa de la muerte de Luis Costillo. Y no digo nada del primero de mayo del año pasado, del que escribí aquí desde el diario de un confinamiento. Cómo va pasando todo. Como las imágenes esta mañana —así han ido corriendo— en un paseo luminoso por calles y avenidas, y por un parque exuberante y casi despoblado, desde el que volví a casa cargado de la prensa que a última hora del día todavía leo. Escucho buena música.

miércoles, abril 28, 2021

Hablar sobre Ángel Campos Pámpano

Eso es lo que nos han propuesto Juan José Salado, de Fundación Ciudadanía, y las otras personas que organizan la I Feria Iberoamericana del Libro y la Lectura, en la que también están la Fundación Impulsa CLM y el Observatorio del Futuro, además de varias instituciones de Castilla-La Mancha y Extremadura, y que ha tomado como título «La lectura en los tiempos del COVID». Hablaremos sobre Ángel Campos Pámpano sus hijas, Paula y Ángela, la profesora Eva Romero, el traductor Luis Leal Pinto, el poeta Álvaro Valverde y yo, durante unos cincuenta minutos el viernes 30 a las 18:00 horas, para tratar sobre su biografía familiar, su vida docente como profesor, querido y apreciado, y sobre su biografía literaria, como poeta, como traductor, como editor. Sé que nos parecerá poco el tiempo para hablar de alguien como el padre, el amigo, el compañero; así que intentaremos comprimir en ese espacio las largas horas de conversación que nosotros y tantos otros allegados de Ángel podríamos pasarnos hablando de él, de sus textos y de sus cosas. Quien quiera participar puede entrar aquí para hablar de Ángel Campos Pámpano. 

sábado, abril 24, 2021

Actos de fe y acciones concretas en Cáceres

Hoy, sábado 24, es el último día que está abierta la exposición Actos de fe. Acciones concretas (Julián Rodríguez, tipógrafo) en la Sala El Brocense de Cáceres, después de una primera muestra en el MEIAC de Badajoz a finales del año pasado y los primeros días de enero de este. En la inauguración cacereña, Juan Luis López Espada, comisario de la exposición, aludió al deseo expresado en Badajoz por la madre de Julián Rodríguez: «Esto debería verse en Cáceres». Lo recordó también Nuria Flores Redondo, Consejera de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura, en el acto celebrado este miércoles en la Biblioteca Pública de Cáceres, en homenaje a Julián, una figura que representa una manera inusitada de ser de pueblo. De algo de esto hablaron esa tarde Juan Luis López Espada, Javier Rodríguez Marcos, Luis Sáez Delgado y Andrés Trapiello en una conversación en la que salieron muchos de los variados perfiles del editor de Periférica, del creador de la galería Casa sin fin, del autor de Nevada, de Lo improbable, de Ninguna necesidad, que reunieron algunos de sus versos y sus prosas. Pero también del pintor de brocha gorda, del urdidor de fanzines adolescentes, del cocinero, restaurador, del activista cultural y del que servía cafés y copas en un local lleno de literatura hace un montón de años aquí cerca de casa, del tipógrafo, por supuesto. De los años y del tiempo también se habló, pues parece inconcebible —y me lo ha repetido alguien que no conoció a Julián ni vivió la efervescencia de su época— que una persona haya hecho tanto. En vida tan corta, mierda. Fue un rato muy agradable de reencuentros, con Miriam y Andrés —el mismo día que abrieron con sus hijos su editorial Ediciones del arrabal que seguirá publicando la novela enorme Salón de pasos perdidos—, con Luis Sáez, a quien tengo más cerca, con Javier Alcaíns, más todavía, con Javier Rodríguez Marcos y su madre, casi vecinos, con María Jesús Santiago, que sigue velando por que esta maravillosa biblioteca de nombres tan insignes se mantenga activa, con Mercedes Pulido, tan discreta siempre y tan sabia… Tan poca gente que da gusto salir un momento de casa con mascarilla. Era solo eso. Por Julián Rodríguez y sus actos de fe y sus acciones concretas. En Cáceres, en su pueblo y en el país entero, y en el mundo, que no son solo cabeceras de periódicos.

viernes, abril 23, 2021

De libros y de besos

«Sobre la falda tenía / el libro abierto; / en mi mejilla tocaban / sus rizos negros.» Así comienza la rima XXIX de Gustavo Adolfo Bécquer, que es la número 53 en el manuscrito del Libro de los gorriones. El poema tiene a los dos amantes muy juntos y en hondo silencio, tan juntos y tan en silencio, «que no se oía / más que el aliento, / que apresurado escapaba / del labio seco», hasta que los dos se volvieron a un tiempo, se miraron, «y sonó un beso». Sin embargo, la razón del poema y su significado están en el libro, creación de Dante, pues «era su Infierno». Y, sobre todo, en el verso del canto V que encabeza la rima becqueriana: «La bocca mi bacciò tutto tremante», y que proviene del episodio en el que Francesca de Rimini cuenta cómo Paolo la besó —todo él temblando— mientras ambos leían la historia de Lanzarote del Lago, justo cuando Lanzarote besa a Ginebra. Es la lectura y no el beso la que se impone en el magistral texto del sevillano en esta serie que parte de él, se refleja en el de Dante como el del florentino en el pasaje de la narración de la leyenda artúrica. Árbol de la literatura, espejo de espejos la lectura. Día del Libro. Un día acompañado por la banda sonora de la programación especial de Radio 3, que desde las siete de la mañana ha retransmitido —y retransmitirá hasta las ocho de la tarde— desde la sede del Instituto Cervantes de Madrid, en la que ha habido de todo, hasta un poema en castúo. Ay. Un día festivo en Cáceres —San Jorge— en el que he vuelto a pasar por el Gran Teatro y a escuchar la lectura pública del Quijote —y de otros textos— que desde hace mucho se organiza en la esquina de la calle San Antón en un día tan señalado como este, en el que, en circunstancias normales, habríamos visto la entrega del Premio Cervantes al poeta Francisco Brines. Por cierto, me ha llamado la atención que en estos días se haya celebrado el justo reconocimiento al autor de El otoño de las rosas con anuncios a toda página en la prensa nacional en los que se han destrozado poemas de Brines como «Reencuentro» centrando sus versos. Pena. Y felicidad en este día por las lecturas, por los textos, por los libros. Libros, muchos libros. Felicidad por recibir de alguien querido lo mejor: un libro. En un día como este es una fiesta que mi amiga —M. T.— se preocupase ayer de que me llegara hoy la novela de Leonardo Padura Como polvo en el viento (Tusquets). Un privilegio. Salud y lecturas. Y que suene un beso.

domingo, abril 18, 2021

Mañana de domingo

Una de las primeras frases que he escuchado esta mañana ha sido de la escritora Leila Guerriero que, en su píldora de A vivir que son dos días, ha dicho: «Pasar dos años convenciéndonos de que el cuerpo del otro es un peligro tendrá efectos colaterales gigantescos». Desde luego no ha sido lo mejor para afrontar un luminoso domingo, y, ciertamente, todo desde ese momento ha tenido un barniz de comprensible melancolía, desde la imagen de algunos paseantes durante el paseo observados por las miradas piadosas de sus perros, hasta la lectura de la prensa, que siempre nos trae anomalías (Enric González, dixit), como leer a un desconcertado Claudio Magris hablar de la lectura falsa para matar el tiempo durante los peores meses del desastre. Así que todo el día preocupado por el cuerpo del otro del que hablaba esta mañana Leila Guerriero mirando con asombro a una pareja abrazarse o besarse. He recordado algunos momentos muy frustrantes por no estrecharme con seres queridos en el pasillo de un hospital o en la terminal de un aeropuerto en despedidas distintas en las que la responsabilidad se sobrepuso al deseo. Una lástima que me ha acompañado todo el día desde eso de que el cuerpo del otro lleva tanto tiempo siendo un peligro, y que he ido mitigando, hora a hora, con lecturas y con los preparativos de las clases de la semana —he hecho un croquis para la imagen—, y quedo a la espera, si no están aquí ya, si no han tomado esta parte, como en el cuento de Cortázar, de los efectos colaterales gigantescos. Por último, y para compensar, recordaré una anécdota ajena que me encanta, y que conozco desde mucho antes de la última vez que la contó Javier Cámara en televisión. El actor, cuando llegó a Madrid desde su pueblo riojano, al entrar en el primer vagón de metro lleno de gente, dijo: «Buenos días».

sábado, abril 17, 2021

Sábado tarde

Entra ahora una luz muy bonita que se posa sobre lo escrito. Diario íntimo. P. ha venido a comer a casa y no solo se ha llevado una merluza al horno que le ha gustado —qué gusto que guste lo sencillo de hacer—, sino un par de libros para leer, unos poemas y una novela, que he creído que le vendrán bien, que anda el hombre decaído en demasía. La fotografía, que no refleja los matices de la luz que me han llevado a hacerla, muestra algunos libros sobre la mesa. Estoy terminando una reseña de la portentosa edición de la Poesía de Feijoo que ha hecho Rodrigo Olay Valdés como séptimo tomo de la serie de Obras completas del benedictino que publica desde hace mucho el Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII de la Universidad de Oviedo, y que dirige mi querida Elena de Lorenzo. Por cierto, hoy en el HOY reseña José Luis García Martín el libro de poemas de Rodrigo Olay, Vieja escuela, accésit del Adonais de 2020, que me envió el otro día; y su estudio sobre El endecasílabo blanco: la apuesta por la renovación poética de G. M. de Jovellanos, que ha publicado también el Instituto Feijoo de Oviedo. A pesar de lo que diga José Luis García Martín, a mí estos virtuosismos en poesía y esta erudición en filología me encantan y deberían ser disculpables. Ambos librinos están en una pila en un extremo de la mesa y no salen en la imagen. Sí se ve la edición y la traducción que ha publicado El Desvelo Ediciones de Un llanto sobre el mar, de Roland Leighton, que, me emociona porque la ha hecho Paula Campos Fernández, la hija mayor de mi amigo el poeta, el profesor y el traductor Ángel Campos Pámpano. Quiero escribir algo sobre esto cuando haya una luz parecida a la de esta tarde, y volveré sobre Ángel porque pronto, a finales de mes, conversaremos sobre él sus hijas y un puñado de amigos en sesión virtual de la I Feria Iberoamericana del Libro y la Lectura, organizada por la Fundación Ciudadanía, Fundación Impulsa CLM y Observatorio del Futuro. Próximamente.

miércoles, abril 14, 2021

14 de abril

Esta mañana, nuestro Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, abría su intervención en el Congreso de los Diputados con una alusión al aniversario de la II República Española. Yo estaba escuchando la radio y gracias a ello me percaté del día. No sé, conozco las fechas históricas, y nadie tiene que recordármelas; pero a veces uno tiene la cabeza en otros asuntos y se olvida por un instante de un 14 de abril o de un 6 de diciembre. Incluso hay hechos históricos que no recordaría si no estuviesen vinculados a una película o al cumpleaños de alguien conocido. En este caso, valdría como ejemplo el 4 de julio. Salvo si se trata de mis hijos o de medio centenar de personas, olvido las fechas de los aniversarios; así que no me ha preocupado esta mañana darme cuenta así de que hoy se cumplían noventa años de la proclamación de la República de la que fue su presidente Manuel Azaña (1888-1940). He buscado mi ejemplar de El lucernario. La pasión crítica de Manuel Azaña (Barcelona, Ediciones Península, 2004), de Juan Goytisolo, y he leído: «Los testimonios de que disponemos sobre los últimos días del ex presidente republicano, amenazado con su inminente entrega a Franco por el gobierno de Vichy, y las circunstancias dramáticas de su muerte —el suicidio de su médico de cabecera, el doctor Pallete—, trazan un cuadro de soledad y abandono en los antípodas de los honores y ceremonias de la gloria oficial. […] El traslado de sus restos al cementerio [de Montauban] es a la vez conmovedor y ejemplar en la medida en que responde a sus desiderata. […] Azaña no podía soñar con mayor recompensa: disuelto el cuerpo en tierra extranjera, su obra permanece y llega hasta nosotros como algo que sentimos contemporáneo y ajeno del todo al oropel de la actualidad» (pág. 152).

lunes, abril 12, 2021

La foto

© Uly Martín
A Lara Garlito
El individuo de la foto tiene las palabras en las manos. Conservo la página —la 36 de El País del martes 17 de octubre de 2006— en la que se publicó esta fotografía que hizo Uly Martín desde que apareció con motivo de la presentación en Madrid de la novela de Juan José Millás Laura y Julio (Barcelona, Seix Barral, 2006). La página, unida a otra que contiene un texto de José María Guelbenzu a propósito del centenario del nacimiento de Dino Buzzati, ha amarilleado bastante desde entonces. El individuo de la imagen es conocido. Un escritor admirable, muy querido para mí. Recuerdo que la entrevista que le hizo Jesús Ruiz Mantilla volvió a desviarme de la literatura —que sí estaba en la consideración de Millás de la novela como un artefacto y su mención de Chesterton y Borges—, pues se le preguntaba al escritor por si su personaje Laura era más fría (¿o no?) y si el trabajo de fisioterapeuta era un enigma, y el escritor hablaba de que su personaje Julio, como si fuese un conocido de carne mortal, «quiere pasar al otro lado del espejo y convertirse en Manuel, porque cree que es mejor». En fin, no voy a quejarme otra vez de esta manera que algunos tienen de aludir a la literatura como si fuese un patio de vecinos. Lo que más me atrajo de aquella página fue la fotografía, que suscitó en mí la curiosidad de preguntarme dónde se hizo y de indagar sobre su escenario, los detalles de su fija realidad. (Ni que decir tiene que estoy intentando emular al tipo de la foto cuando él escribe esos luminosos pies de imágenes en su periódico; y ni que decir tiene también que tengo conciencia clara de mi frustración). La verdad es que parece que ese hombre tiene algo que decir. Se le nota en las manos. La derecha es la más expresiva y completa —luce cinco dedos—, frente a la izquierda, ancilar, y quiere decirnos que, de las dos, es la de uso. De la yema hundida del dedo pulgar de su mano izquierda, si no es de nacimiento —qué bonita expresión esta—, puede inferirse una presión previa, reciente, sobre algo que quizá podría ser el asa de la taza de la infusión que está tomando. Pero el tipo no tiene la expresión de ser tan vehemente y yo no quiero pensar en que sea alguna patología tratable. El ser humano que se ve a su espalda parece querer escuchar, y disimula mientras sus orejas de soplillo y su coronilla maltrecha miran hacia arriba a alguna pantalla situada en algún lugar del local. La servilleta que se ve sobre la mesa es un indicio claro del sitio de la escena, la cafetería restaurante Zahara, ya desaparecida de la Gran Vía de Madrid. Eso creo. Una alianza en el dedo anular de su mano derecha, la taza con una infusión de la que parece asomar la raja de un limón y el estuche de la Deutsche Gramophon podrían ser pistones narrativos para un relato biográfico. Por fijarme en otra cosa, el estuche contiene —así lo creo— tres discos compactos, la edición del Don Giovanni de Mozart de la Deutsche Grammophon interpretada por el alemán Fischer-Dieskau y dirigida por Karl Böhm. Se adivina eso por la ilustración de cubierta, con el galán dieciochesco y el fondo de un jardín de época. Una de las razones por las que, después de más de catorce años, me he animado a publicar este texto es el buen rato que paso muchas mañanas de domingo escuchando a Millás en amena y divertida conversación con Javier del Pino, en A vivir que son dos días —cuyo título es verdad tan grande como recomendable es el programa.

domingo, abril 11, 2021

Clases

El curso pasado tratamos en clase por primera vez —y en el confinamiento— La muerte de Artemio Cruz, la novela de Carlos Fuentes, que se publicó el año en que yo nací. En estos días vuelvo sobre ella, casi coincidiendo con el aniversario de su personaje, el 9 de abril. En realidad, tiene la misma edad que yo; pero él dice haber nacido ese día de ese mes del año 1889. Y muere —relata su muerte—, en abril de 1959, un día después de haber cumplido los setenta. Protesto que no puede ser. Como la muerte de don Quijote o de Alonso Quijano el Bueno. Estos son absurdos de tan potentes personajes de ficción. Artemio Cruz y la novela tienen la misma edad que yo desde que existen como entes textuales literarios. La que le tienen que atribuir mis estudiantes que ahora están leyendo o leerán la novela antes de que finalice este curso tan distinto al de por esta misma altura de 2020, pues no hay color entre aquello y esta benéfica manera de estar in praesentia de ahora, con todas las precauciones, con distancia suficiente, con mascarillas y con la puerta del aula y los ventanucos abiertos para tener ventilación. Sin embargo, qué paradoja, que la otra tarde, en un control de lecturas sobre César Vallejo y Octavio Paz —ahí es nada—, a distancia telemática, resultase experiencia tan grata la de por fin ver a tres de mis alumnas —y ellas a mí— sin tapabocas, como se dice en el México de Cruz y de Fuentes —«heredarás los rostros, dulces, ajenos, sin mañana porque todo lo hacen hoy, lo dicen hoy, son el presente y son en el presente: dicen ‘mañana’ porque no les importa mañana: tú serás el futuro sin serlo, tú te consumirás hoy pensando en mañana: ellos serán mañana porque sólo viven hoy:»—. A pesar de todo, no hay color entre las luminosas sonrisas de tres de quienes me han escuchado recomendarles que los días de bajón no se demoren mucho en algunos rincones del programa de lecturas —«Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo, / grave»—, y la más luminosa presencia con mascarilla, que es lo que nos ha tocado. Por el momento.

sábado, abril 10, 2021

Calambur


Contratos temporales = Precariedad
Con tratos temporales = Promiscuidad


viernes, abril 09, 2021

Baudelaire en casa

Ojalá estuviese en casa. Pues no sé por qué el día que se celebra el segundo centenario de su nacimiento no encuentro un volumen —me levanté de aquí a buscarlo con un convencimiento que ahora me preocupa— que creía tener de las obras de Charles Baudelaire (1821-1867). La edición no era gran cosa; pero siempre es enojoso no encontrar un libro. Mitigo la celebración de su centenario con Las flores del mal, en la edición de Alianza (1982), la versión de Antonio Martínez Sarrión, con un ejemplar que tiene versos manuscritos en francés dedicados a una propietaria a la que debería devolver su libro después de treinta y ocho años. Por cierto, en la «Nota del traductor», Martínez Sarrión dijo que Baudelaire no fue un hombre de suerte y que su mala racha continuaba —por aquellos años setenta cuando él tradujo sus poemas— por lo mal que había sido traído al español, excepto por —decía Sarrión— el extremeño Díez-Canedo, que «en la benemérita y antañosa ‘Austral’, acertó con los Pequeños poemas en prosa». Evidente. A falta de más Baudelaire en casa, está un volumen pequeño de la colección «Laurel» de la Editorial Bruguera, de 1954, que contiene una selección de Sus mejores poesías adaptadas por José Mª Lladó con voluntad de rima. Debería actualizar mi biblioteca con las sugerencias que trae hoy El Cultural, con textos de F. J. Irazoki, de Aurora Luque y de Agustín Fernández Mallo, y notas sobre novedades en España, en Nórdica, en Ediciones del Subsuelo, en Luces de Gálibo o, próximamente, en Anagrama. No ha pasado, pues, el día sin leer algunos poemas del maldito.

sábado, abril 03, 2021

Cuaderno español de JA Cáceres

 
Estaba leyendo y tomando notas sobre la fabulosa edición de Emilia Oliva de la Poesía completa de José Antonio Cáceres, publicada en dos notables volúmenes por la Editora Regional de Extremadura (diciembre de 2020), cuando me ha llegado esta comunicación de Emilia sobre la campaña que ha iniciado para apoyar con fondos privados la edición por parte de la editorial mhnñ del Cuaderno español de José Antonio Cáceres, una obra inédita de poesía concreta y espacialista compuesta en letraset, fechable en 1972, a la que Emilia Oliva se refirió en su edición de Figura como una culminante de una línea de expresión en la que «alcanza una belleza, equilibrio, abstracción y complejidad que le conducen hacia la fragmentación de signos y letras que encontramos en Unidad del mundo (1972-74), en Corriente alterna (1975), en Susurros (2000) […]» Si las obras de JA Cáceres —continúa el mensaje— no están en la Tate Gallery o en otros museos internacionales como las de artistas como Hansjörg Mayer o Franz Mon, que cita Emilia en su nota, «no es —dice— por la obra en sí, más rica y compleja que la de éstos, sino por otros motivos ligados quizá a nuestra permanente periferia. Las exposiciones y actividades llevadas a cabo desde el MEIAC y el Pérez Comendador-Leroux, las publicaciones desde la Asociación de Amigos del MEIAC, la Asociación Proyecto M, la Editorial Beturia, la UEx y la Editora Regional de Extremadura han permitido difundir una parte importante de su obra. Las publicaciones de la revista Egiar y la editorial mhnñ vienen a complementar la difusión de sus obras experimentales aún inéditas. Apoyar la publicación de Cuaderno español es contribuir a hacer visible un patrimonio artístico único y hacer posible que el autor todavía pueda ver que toda su vida dedicada a la creación más auténtica es apreciada, estudiada, difundida y conservada», concluye la infatigable escritora y estudiosa que ha estado detrás de cada una de las iniciativas de difusión de la obra del artista extremeño de Zarza de Granadilla. Aquí —https://vkm.is/editorialmhnn— se pueden encontrar las diferentes maneras de realizar aportaciones para la publicación de esta singular edición, desde 10 a 90 euros, según se quiera figurar mencionado como mecenas, recibir un ejemplar, recibir un ejemplar del libro y una foto del autor, añadir a todo una lámina, o varias láminas de José Antonio Cáceres y un póster además de las menciones como colaborador en las versiones de divulgación de la obra.

viernes, abril 02, 2021

Autismo

 
Si uno gira este libro hacia la derecha y lo abre como si fuese un calendario sobre las páginas no numeradas [162-165] encontrará a dos columnas una cronología dividida entre la obra lírica y la obra gráfica de Luis Eduardo Aute (1943-2020). En 1960 leerá que hubo una primera exposición de pintura en la Galería Alcón de Madrid, y que un año después se estrenó un cortometraje, Senses. En la columna de la izquierda aparece la publicación del primer disco, Diálogos de Rodrigo y Gimena, en 1967, y así, a un lado y a otro, y hasta 2018, libros y discos, exposiciones de dibujos, estrenos de películas. Una representación sucinta de toda una vida en el mundo de la creación artística. Una creación plural, diversa e inquieta, recogida en este volumen en el que Miguel Munárriz, que selecciona los textos, escribe sobre el escritor y sobre el pintor. Ya puestos, habría estado bien dar más referencias de editorial, circunstancias, año y de todo a cada una de las obras de tan copioso currículo. Se trata de Aute Auténtico. Antología poética. Retrospectiva gráfica (Madrid, Ya lo dijo Casimiro Parker, 2020), un libro bello, como objeto, editado con una prodigalidad que, cabría decir, homenajea el contenido y la importancia de la obra del autor que publica. Un libro, para mí, cargado de emoción y gratitud por ser un regalo de una amiga —M. T.— que lo acompañó de una carta en tinta azul dentro de un sobre violeta que comenzaba: «Espero que al recibo de la presente te encuentres bien». Si no fuese por el sentimiento veraz que me llegó en su momento, habría pensado en aquellos manuales antiguos que daban las indicaciones para la redacción de cartas. Los poemas y poemigas de Aute no pasarán a la historia de la literatura —o sí, quién sabe, dentro de cientos de años—; pero creo que hay otros que no están en este libro —lo que algunos consideran letras para canciones— que pueden perdurar gracias a la manera de difundirlos con voz y con música. Pienso en «Sin tu latido», y por eso creo que al auténtico Aute que representa este libro espléndido le habrían venido bien media docena de grandes canciones que de ninguna de las maneras son de un autor menos literario y auténtico. Hay muchos poemas en la historia recuperados gracias a la música y canciones cuyas letras han quedado cinceladas como poemas. No sé.

jueves, abril 01, 2021

Sergio Adillo, poeta


 A la memoria de María Núñez Antúnez

El lunes recibí la novela de una exalumna reciente, Carmen Clara Balmaseda, que ha escrito La crisálida (Salamanca, Editorial Amarante, 2021), de crímenes. Todavía no la he leído; pero siguen emocionándome estos sucesos; noticias que te llegan de las vidas de personas que aprecias, en este caso, con la complicidad de la literatura que alguien —una madre o un profesor de instituto—, en su benéfica tarea, inculcó a su debido tiempo. Hoy me ocupa este libro de poemas de otro exalumno, no tan reciente, Sergio Adillo, que ahora se las da —con razones sobradas— de actor, dramaturgo, investigador y pedagogo. Por su culpa, hay que añadir ahora a su brillante perfil su faceta de poeta, premiado con el XVII Premio César Simón de Poesía de la Universidad de Valencia con su libro La posibilidad de convertir pirañas en peces inofensivos (Valencia, Editorial Denes. Colección de poesía «Calabria», 2020), que es un conjunto de poemas organizado en cuatro trozos y enmarcado por dos textos de clara intención: «Autobiografía» y «Epitafio». En ambos hay su parte de ficción y vuelo lírico, y su parte de verdad. Luego, en las cuatro secciones («Alimañas», «Deseo de ser líquido», «Heridas leves» y «Otras voces») se suceden poemas con una libérrima voluntad de sacar de dentro de todo. Pero ese desembarazo, que combina varias formas y registros, no se aleja de la calidad, de un pulso poético que casi nunca se pierde y de la alusión, velada o no, a lo leído, que es lo que construye casi siempre lo escrito. Hay que saber traerse el recuerdo de las fábulas mitológicas del Barroco a la realidad pastosa y fluvial del camalote del Guadiana, recrear un son cubano que me parece una genialidad, proponer dos soleás sobre soledades que son hallazgos, o evocar a Machado en «Variación» y su «otro milagro de la primavera» para hacerlo rimar con «gasolinera» y que el poema sea verdad, que funcione. De otro que se llama «Falsos amigos» creo que proviene el título del poemario: «instrucciones para convertir pirañas en peces ofensivos», dice el verso en un contexto de comprensión lingüística muy sugerente para la intención de todo un libro. «Agosto en Badajoz» es un poema sobre aquella matanza en la Plaza de Toros en 1936, y «Pax Romana» es uno de esos textos que explican el conjunto y la forma que tiene su autor de entenderse con la escritura. Buen premio para una estupenda ópera prima.