domingo, noviembre 12, 2023

El tiempo confeso

2022 fue un año de celebración para Hilario Bravo (Cáceres, 1955). Celebró los cincuenta años de trayectoria artística con una gran exposición —Diario de un chamán. 50 años— que estuvo en la Sala El Brocense de Cáceres, en septiembre-octubre, y en el MEIAC de Badajoz, en noviembre-diciembre; y que luego remontó en San Sebastián en mayo-junio de 2023 en la Casa de Cultura Okendo, para culminar así un largo recorrido de medio siglo iniciado precisamente en Donostia con una primera muestra colectiva en 1972. Otro gesto recopilatorio, menos público, fue la edición de una carpeta con el mismo título de Diario de un chamán que incluía cinco reproducciones y un cuaderno explicativo de otros tantos ejemplos de series o etapas de su pintura en estos cincuenta años: las series ‘Tenerife’ —de finales de los setenta— ‘Berlín’ —en los ochenta—, ‘Roma’ —testimonio de la beca en la Real Academia de España en el curso 1995-1996—, ‘Las cuentas de Caronte’ —que recibieron el nuevo siglo— y la serie ‘La ventana de Malevich’ —de 2019. Pero, sin duda, fue la acción expositiva lo más notorio de esa mirada histórica hacia una labor constante y una obra copiosa que ha hecho girar su reflexión sobre el ser humano en torno a ejes temáticos como la existencia, la naturaleza, la noción de lugar o, también, la expresión artística del texto literario, que es hacia donde está orientado el otro gran acontecimiento del año de Hilario Bravo: la publicación de la primera entrega de una trilogía —Escritos en la niebla— bajo el título de El tiempo confeso (1972-2022). Diarios de Hilario Bravo (Cáceres, Edición del autor, 2022), que recoge todos los textos sobre arte del autor. A mí esto me parece muy importante, pues no suelo disponer de tanta cantidad de páginas que alberguen el pensamiento de un artista plástico contemporáneo, no solo sobre su propio quehacer, sino sobre muy diversos asuntos, como la política cultural o el modelo de ciudad, el cine o la obra de otros creadores. No es una mera recopilación cronológica de textos, desde un primer apunte facsimilado de agosto de 1972, sino que es una reunión de escritos razonada estructuralmente, articulada en cuatro grandes bloques: «Dibujando en la niebla» sí es el compendio más exhaustivo, y extendido en el tiempo (1972-2022), de notas y apuntes sobre el arte, que permite ver la evolución del pensamiento de Hilario Bravo. «Escribiendo en la niebla» como segundo corte tiene el carácter recopilatorio de recoger escritos dispersos en muchas publicaciones, periódicos, revistas, catálogos o redes sociales. «Diarios en la niebla» son las apuntaciones creadas en torno a algunas de las creaciones del autor entre 1997 y 2019, como Las cuentas de Caronte, La ventana de Malevich, Los papiros de Nut o Las paredes de la idea. Y «Conversaciones bajo la lucerna» cierra el volumen como larga y pensada entrevista con Maider Beunza, que es también un rico venero del que nutrirse para acceder al pensamiento artístico y vital de Hilario Bravo. Celebro esta lectura porque siempre se ha insistido en la presencia de la literatura en su obra, que incorpora texto o palabra al trazo o al dibujo, o que toma el texto como inspirador en propuestas como el Cantar de los cantares  (1990),  las Jarchas mozárabes (el agua incendiada) (1997), La pluma y el espino. I Centenario de Carolina Coronado (2010), o las serigrafías ‘catulianas’ de Odi et amo (2020), entre otras. Su insistencia me la confirmó la charla que programó para el 27 de octubre en el Espacio de Arte y Creación Belleartes de Cáceres sobre «La palabra pintada. ¿Palabra o imagen?» y que coincidió con la inauguración de la exposición Como una llamada a los cuervos en medio del silencio, de la colección de videoarte de Teresa Sapey, organizada por la Fundación Caja Extremadura en el Museo Vostell Malpartida. Lo cierto es que la obra pictórica de Hilario Bravo siempre ha estado relacionada con la literatura, con su propia vocación literaria, y estos ‘escritos en la niebla’ de El tiempo confeso —tras aquel sugerente Cuaderno de Roma (2002)— deben ser tenidos en cuenta en un panorama todavía no historiado de una escritura ensayística y diarística que entre autores extremeños viene dando destacables ejemplos. Y el de Hilario Bravo merece mucha atención por su hondura y por su capacidad de acompañar luminosamente la comprensión de su propia obra. 

 

sábado, noviembre 04, 2023

Tan solos los muertos

Por segunda vez, y ahora en torno a fechas tan señaladas como los días de Todos los Santos y de Difuntos, la editorial vallisoletana Deméter presenta en Extremadura una de sus novedades, esta edición del texto de Gustavo Adolfo Bécquer Tan solos los muertos. Ilustrado por Roger Olmos (Valladolid, Editorial Deméter, 2023). La conocida rima LXXIII —la 71 en el Libro de los gorriones— como ejemplo clásico de recreación de lo fúnebre, seña de identidad de este singular sello editor. Será el viernes 10 de noviembre, dentro de las VIII Jornadas Góticas de Cáceres que organizan conjuntamente las asociaciones Norbanova y Letras Cascabeleras, y cuyo programa puede verse aquí. La rima conocida por su estribillo «¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!» ha sido una de las que ha ocupado más espacio a la crítica sobre la obra poética de Bécquer. Por un lado, por su historia textual, en la que destaca un manuscrito que ha sido editado modernamente, y como más reciente, una edición facsimilar que publicó su propietario Enrique Toral al cuidado de una especialista como Marta Palenque (Editorial de la Universidad de Sevilla, 2020). Por su contenido, ha propiciado algunas de las lecturas que alimentan la leyenda becqueriana y se afanan en encontrar correspondencias en sus versos con la vida del poeta, o, simplemente, ha generado lecturas muy razonables que han tenido en cuenta unos precedentes literarios tan cercanos al autor como el Diablo Mundo de Espronceda, precisamente. Lo funeral de la rima LXXIII tiene en Bécquer el contrapunto cómico-macabro de los dibujos que el poeta hizo en el álbum de Julia Espín bajo el título de Les morts pour rire, que nos ofrecen esos «muertos de risa» que juegan al tenis, hacen esgrima atravesándose la osamenta o fuman en pipa, y que editara y estudiara brillantemente Jesús Rubio Jiménez en su revista El Gnomo en 1997 y luego en su reconocido libro Pintura y literatura en Gustavo Adolfo Bécquer (Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2006); y que pueden verse en la prodigiosa Biblioteca Digital Hispánica de la Biblioteca Nacional de España. Qué interesantísima conciencia sobre la muerte la de Bécquer que ahora me recuerda esta esmerada edición de Tan solos los muertos, como otra materialidad por mano ajena —la del ilustrador barcelonés Roger Omos— de la coexistencia artística y vital de escritura y dibujo en el gran poeta de las Rimas.



viernes, octubre 27, 2023

Traducir

Tengo mucha admiración por quienes se dedican a la traducción literaria, y celebro cuando esta se reconoce cumplidamente en las ediciones traducidas de una obra extranjera. No ha sido siempre así y ha tenido que pasar su tiempo hasta que la mención de quien ha traducido una obra se imprima en su cubierta, y no solo en la portada o en los créditos. Libros del Asteroide, Anagrama, Galaxia Gutenberg, Nórdica o Pre-Textos son sellos que lo publican en la tapa, y otros con una importante producción de literatura extranjera, como Tusquets, Periférica o Capitán Swing lo hacen en la portada interior. Adiós a Berlín, de Christopher Isherwood, se publicó por primera vez en Seix Barral en 1967, y ni en cubierta ni en portada se puso quién la tradujo. Dentro, en los créditos, se decía que el traductor fue Jaime Gil de Biedma. Hoy, la misma editorial lleva el nombre de Rosa Martínez-Alfaro a la tapa trasera de Mateo perdió el empleo, de Gonçalo M. Tavares, y lo repite, claro, en la portada. Hace unos meses anoté mi experiencia de lectura de la trabajada traducción de Victoria Pradilla del libro de Anna Sherman sobre Tokio, y poco después volví a fijarme en el trabajo de creación de quienes nos traen las palabras del cercado ajeno, que diría un traductor eminente como Enrique Díez-Canedo. Fue cuando leí algunas obras traducidas de Annie Ernaux: La vergüenza (Traducción de Mercedes y Berta Corral. Tusquets Editores), Pura pasión (Traducción de Thomas Kauf. Tusquets Editores), Los armarios vacíos (Traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Cabaret Voltaire) Y, especialmente, Los años, traducida también por Lydia Vázquez Jiménez, catedrática de Filología Francesa en la Universidad del País Vasco, para esa misma editorial Cabaret Voltaire en 2019. Y me fijé en expresiones como «¡qué chorrada!», «mola», «chungo», «chachi» o «de puta madre», que aparecen —todas juntas— en uno de los breves fragmentos con los que se construye la obra, y me pregunté por las palabras de origen en francés. Conseguí una reimpresión de la edición francesa de Gallimard (Col. Folio, núm. 5000) de 2008 y comprobé el texto original: «c’est cloche», «formidable», «la vache», «vachement» (pág. 55). Sin duda, la traductora ha elegido términos más adecuados al uso del lector español para que se este se haga una idea de ese «lenguaje nuevo» de los jóvenes de clase media de los que habla el fragmento. A partir de ese momento, y apreciando la licitud de esta connaturalización de la versión española de un texto en otra lengua, fui anotando momentos destacables como este: «A ellos les importaba un pito, cantaban a voz en grito Pinocho fue a pescar, imitaban las voces de Piolín y Silvestre, se lo pasaban bomba repitiendo Chocolate con leche Nestlé extrafino, un gran vaso de leche en cada tableta, Bic Bic Bic, Bic naranja, Bic cristal, Moussel, Moussel de Legrain Paríiiis» (pág. 176). Que transcribo por mi edición francesa: «Ils n’en avaient cure, chantaient à tue-tête À la pêche aux moules moules moules, imitaient les voix de Titi et Grosminet, s’enchantaient de répéter Mammouth écrase les prix, Mamie écrase les prouts, les Muppet Show et les durs pètent froid» (pág. 139). Confirmaba que la intención de la traductora no es buscar la fidelidad con el texto de partida, sino congeniar, por así decirlo, con el medio sociolingüístico del receptor español. Así también cuando se alude a los periódicos gratuitos distribuidos en París por los SDF (sans domicile fixe), los sin techo o mendigos en la traducción, y Le Réverbère o La Rue se convierten en La Farola y La Calle. Hay una clara voluntad de adaptación que conlleva un tratamiento muy especial del lenguaje directo y actual de Annie Ernaux en su escritura, «una escritura donde cada palabra pesa un kilo», como dijo Lydia Vázquez en un artículo en el que explicaba buena parte de lo que a mí me interesó cuando leí las obras de la autora normanda, que no se traducen palabras sino experiencias, que es muy difícil encontrar una equivalencia que funcione: «Por ejemplo, en Los armarios vacíos, Ernaux menciona “le quat'sous”. Quat'sous o quatre sous, literalmente “cuatro céntimos”, en francés se utiliza para definir algo sin valor. Pero ella utiliza esa expresión para nombrar al sexo femenino (según el léxico infantil de su Normandía natal en su época). Yo conocía el primer significado pero no el segundo. Descubrirlo me sirvió para entender la polisemia de quat'sous y poder traducirlo en español como hucha». En Los años, se renuncia al calambur en francés compromis (compromiso) / con promis (coño prometido) y se traduce: «cariño, ¿tú y yo qué somos? Dos pronombres» (pág. 22). El quehacer fascinante de quienes nos traen los textos de otras lenguas nos puede proporcionar un redoblado disfrute en la lectura.

jueves, octubre 19, 2023

Mujeres sobre Elena Garro

Tomo notas para unas clases futuras en las que quiero trabajar sobre la narrativa de Elena Garro (México, 1916-1998) y he leído las miradas de cinco escritoras en la edición de Alfaguara de 2019 de Los recuerdos del porvenir, la novela principal de la autora mexicana que voy a programar en el curso. El pasado tuve la experiencia de vivir la fascinación por Elena Garro demostrada en la elaboración de un trabajo de fin de grado de Adriana Sánchez Vaquero que mereció la máxima calificación, centrado en ese caso en el eco de la escritora en España, y, principalmente, en su faceta de poeta, pues ha sido una editorial española —extremeña para más señas— la que más ganas ha puesto y está poniendo en dar a conocer su obra poética completa: Cristales de tiempo. Poemas de Elena Garro. Edición, estudio preliminar y notas de Patricia Rosas Lopátegui. Galisteo (Cáceres), La Moderna, 2018. Es una edición hecha sobre la que se publicó en la Universidad Autónoma de Nuevo León en enero de 2016, para celebrar el centenario del nacimiento de la escritora. Lo cierto es que quien quiera leer en España su poesía tiene felizmente a su disposición esta edición promovida por David Matías y Lidia Gómez en La Moderna. En lo que ando ahora es en Los recuerdos del porvenir, la obra que, junto con los cuentos, ha tenido más recorrido editorial en España, y una de las que mejor representa la postergación de la autora y de su literatura en relación con la presencia y la pujanza de los escritores contemporáneos de su entorno mexicano, desde Juan Rulfo o Carlos Fuentes, hasta el que fue su marido, Octavio Paz. «Se la ha considerado una ‘precursora’ del realismo mágico, del mismo modo que a Juan Rulfo aunque a ella se le ignoró por décadas» (pág. 317), dice Gabriela Cabezón Cámara. Esta escritora argentina es la encargada de abrir el apéndice —«Más allá de Ixtepec»— que se incluye en la edición citada de Los recuerdos del porvenir; «una gran aventura para leer y releer» (pág. 323), según la chilena Isabel Mellado, la violinista autora de Vibrato (Alfaguara, 2018). Muy oportunamente, la española Lara Moreno escribe sobre «Las mujeres de Ixtepec», pero también sobre el narrador y sobre el espacio de este libro «hermoso, suave y duro como un paisaje olvidado» (pág. 332). Completan estas miradas sobre Elena Garro dos autoras de la misma edad, la mexicana Guadalupe Nettel y la colombiana Carolina Sanín. La primera es una de las más firmes en protestar por determinadas circunstancias de subestimación y en reivindicar el lugar que merece la literatura de Garro y un título como Los recuerdos del porvenir, «la mejor novela mexicana escrita en el siglo XX» (pág. 340); y Sanín destacará de nuevo la evidencia de lo femenino y de una noción de lugar en ese relato en su texto «La piedra aparente», que retoma la primera frase de todo: «Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente» (pág. 15). Es un buen coro de voces para envolver Los recuerdos del porvenir, un coro sobre el que ya llamó la atención otra mujer, Berna González Harbour, en el diario El País, en donde Javier Rodríguez Marcos publicó una ocurrente columna —«Las fajas las carga el diablo»— sobre la metedura de pata de una editorial española en la promoción de la reedición de la novela Reencuentro de personajes (2016), de Elena Garro: «Mujer de Octavio Paz, amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges». ¡Ay! 

lunes, octubre 16, 2023

Villuercas

Al llegar a casa la noche del sábado fui a mi ejemplar del libro de Ada Salas que ilustra esta entrada. Estuve en las Villuercas, en Cabañas del Castillo, y pasé el día con Ada y Rafa Fontán, y con su amiga Catina Avendaño, una experta en arquitectura rural. Allí me señaló Ada una ruina que fue el modelo del dibujo de Jaime Anduiza que ilustró la cubierta de Esto no es el silencio (Madrid, Hiperión, 2008), por el que obtuvo el año anterior el XV Premio de Poesía Ciudad de Córdoba «Ricardo Molina». Con el libro en las manos, reparé en que el título tiene ahora una clave cómica que espero explicar en esta breve crónica; pero también una razón literaria que lo vincula al maravilloso entorno natural que acoge a estos amigos y que el sábado me tuvo como admirado visitante. Ahora, mi lectura de poemas como el inicial («El óxido / la zarza / algún resto que antiguos habitantes / no llevaron consigo. No es hospitalario / este lugar. Es hosco / y sin embargo / qué te trajo hasta aquí. / No hay nadie / ya lo ves / no hay nada / y sin embargo / esto no es el silencio» […]) se enriquece al asociarle lo visible de un paraje, cuyos elementos —las ramas, la roca, la grieta, el buitre…— pueblan los textos, que, en algunos casos, se me presentan, tantos años después y además, como un cuaderno de campo («Villuercas, I», «Villuercas, II») en el que los vestigios de un castillo están en «esta roca elevada / sobre la luz del mundo», y su relectura es un modo de perduración de un instante de especial plenitud. Es muy estimulante volver a mirar así un libro. Y es muy divertido bromear con su título y decir «Esto no es el silencio», o cuestionar el verso «No hay nadie», después de haber pasado unas horas en las que aquel entorno natural y apacible se llenó de un infrecuente y colorido gentío que acudió a la convocatoria de la Marcha Rosa contra el Cáncer de Mama. Bienvenida fue aquella inesperada invasión que nos ofreció una tarde también festiva en eso. 

sábado, octubre 07, 2023

Mi tía Carolina Coronado

Ayer pasé en coche por las traseras de las casetas de la XXXIII Feria de Otoño del Libro Viejo y Antiguo de Madrid que está en el Paseo de Recoletos, y las pocas horas que estuve en la capital no me dieron para echar un vistazo con tranquilidad y pescar alguna pieza apetente. Pero allí estaba mi hermano Josemari, a quien recogí en la Plaza de las Cortes, con este regalo espléndido que me compró en la feria: la primera edición de Mi tía Carolina Coronado, de Ramón Gómez de la Serna (Buenos Aires, Emecé Editores, 1942), un ejemplar excelente, encuadernado en holandesa con lomo en trapecio y que conserva las cubiertas originales. No recuerdo así la obra, y sí, probablemente, en las biografías completas; y está claro que cuando uno pasa por los libros con otro propósito no repara en lo que luego le interesará por otros motivos. Por ejemplo, que Ramón dedicó unas cuarenta páginas, antes de empezar con el «Nacimiento y primeros años de Carolina Coronado», al romanticismo, al «primer romántico de España, Cadalso el desenterrador», al «segundo romántico» —Larra— y a Espronceda. Y que en el novelesco capitulillo sobre el autor de las Noches lúgubres edita dos de sus poemas («Injuria el poeta al amor» y «Retráctase el poeta de las injurias que dijo al amor en el mismo metro»), como modelos de su «estro oscilante entre el creer y no creer» y de «su inquietud romántica» (pág. 34). Me gusta tener este libro como una pieza histórica sobre una autora que solo desde los últimos veinte años del pasado siglo ha sido bien estudiada y bien editada, como una recreación de una «silueta rica en tirabuzones» (pág. 57), que puso el acento más en la novelización de los detalles de vida y de dulzura que en el rigor documental. Me gusta leer esa imagen que Ramón escribe de la hermana de su abuela materna, aunque, en términos de rigor histórico y para compensar fabulaciones, me tranquiliza hacerlo con un antídoto cerca, este otro libro que me ocupa desde que me lo traje de Almendralejo el 7 de julio, cuando se presentó. Es el monumental estudio biográfico —y más— de Carmen Fernández-Daza Álvarez e Isabel María Pérez González Carolina Coronado, un siglo en rotación (Editora Regional de Extremadura, 2023), de casi novecientas cincuenta páginas. Aparte de sus muchos valores y aportaciones como trabajo de investigación y biografía principal y definitiva de la escritora, es una obra muy especial por su condición de alianza de dos afanes admirables. Es una obra de una doble autoría que es la unión de dos vidas dedicadas al estudio de la de Carolina Coronado, la unión de las dos biógrafas que más han aportado en trabajos muy citados como Carolina Coronado. Del Romanticismo a la crisis de fin de siglo (1999) —y antes su biografía Carolina Coronado. Etopeya de una mujer (1986)—, de Isabel Mª Pérez González; y La familia de Carolina Coronado. Los primeros años en la vida de una escritora (2011), de Carmen Fernández-Daza. Es tal la voluntad de sumar estos dos capitales intelectuales reunidos durante tantos años, y tal la complicidad, que en los veinte capítulos que conforman el libro y que firman individualmente Carmen —nueve— e Isabel —once— promueven un original diálogo entre ambas con los exergos de todos y cada uno de ellos, de tal manera que todos los redactados por Carmen Fernández-Daza se encabezan con citas del libro principal de Isabel Pérez, y los de ésta van encabezados por otras de La familia de Carolina Coronado, de Fernández-Daza. El conjunto es portentoso, y un comentario bien elaborado sobre sus virtudes precisaría de no pocas páginas para hacerle justicia. Ya que todo ha comenzado en Mi tía Carolina Coronado, añadiré lo que Carmen Fernández-Daza dice sobre el librito de Ramón para renegar «de la licencia de imaginar, que es don del novelista» (pág. 49) y hacer una contundente demostración de honestidad intelectual sobre su propia investigación: «Se trata de una reescritura del personaje femenino que nace del goce de solo presentir, de la ‘veraz’ imaginación de la intimidad, en todo ese universo que puebla la superhistoria del novelista. Ya en el prólogo del libro se nos sugieren la reivindicación de la fantasía y la lucubración del género biográfico que, lejos del rigor histórico, alientan en general a los personajes redivivos de Gómez de la Serna» (págs. 48-49). Contra esto, la mejor vacuna es la lectura de un estudio tan incontestable y honesto como Carolina Coronado, un siglo en rotación. 



martes, octubre 03, 2023

Leer mucho

Rafael Ximeno y Planes
A lo mejor en otro momento, si me vaga, me explayo sobre los motivos por los que compré y leí las Memorias de una mujer libre, de Nuria Amat (Madrid, La Esfera de los Libros, 2022). Uno de sus capítulos se titula «Escribe mucho y lee mucho» y coincidió su lectura con una clase en la que hablamos de escribir y de leer. Me acordé aquel día de que hacía años, mi colega —y entonces compañero de Facultad— Luigi Giuliani, a quien invité a mi curso para que hablase de crítica textual, preguntó a mis alumnos si tocaban algún instrumento. Lo hizo porque un poco antes había preguntado de quién era el verso «en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada», final del soneto «Mientras por competir por tu cabello» de Góngora, y nadie supo responder. De las chicas y chicos presentes, J. había dicho que sí, que tocaba la viola; y Luigi le preguntó cuántas horas al día: «—Dos» —respondió. Entonces mi colega dijo que un profesional de la música puede tocar entre cuatro y seis horas diarias, y que quien quisiera dedicarse profesionalmente a la literatura debería leer algo equivalente, parecido número de horas. Aquello me pareció muy bien llevado al aula y una aproximación cercana a un ideal que un joven con pretensiones literarias no debería despreciar. Y ojalá que el leer mucho lleve a escribir mucho, aunque lo escrito no germine en nada perdurable. Pero habrá merecido la pena, como constaté el sábado 16 del mes pasado en Badajoz, en el encuentro de la Escuela de Letras organizado por la Asociación de Universidades Populares de Extremadura (Aupex), la Editora Regional y la Asociación de Escritores y Escritoras de Extremadura, en la Biblioteca de Extremadura, y en el que varias alumnas y menos alumnos de los talleres del pasado curso leyeron sus textos en público, con vocación sobrada y pudor disimulado. El que superó Víctor Valadés Paredes al preguntarme si yo era yo y presentarse. Me regaló su libro de poemas Conversaciones con Mariel (Amargord Ediciones, 2022), y supe que tenía ya dos libros más publicados en la colección Alcazaba de la Diputación de Badajoz, avalados por Manuel Simón Viola, su valedor desde sus estudios en el Claret de Don Benito, de donde es natural Valadés. Leí el libro condicionado positivamente por el gesto de su autor, y sobre sus «conversaciones» con alguien no explícito me reservo unos comentarios que le haré llegar. Fue otra de esas experiencias en torno a la literatura más satisfactoria y humana, que no siempre coincide con la más culta y cualificada, y que aporta una autenticidad a lo que uno lee muy de agradecer. De lectura van unas palabras de Cervantes que hace años fotocopié y pegué en un cartón que tengo en una estantería de mi despacho: «[…] que el ver mucho y el leer mucho aviva los ingenios de los hombres.» Son de las que dice Auristela a Sinforosa en el capítulo sexto del libro segundo del Persiles; que es la misma idea que está en la segunda parte del Quijote, en el capítulo XXV: «Ahora digo […] que el que lee mucho y anda mucho vee mucho y sabe mucho.», capítulo por el que volví a pasar la otra noche. Viajar es leer y leer es viajar, o algo parecido, creo que se atribuye a Victor Hugo; y me gusta lo que leí en una novela que ya mencioné aquí, Tres luces, de Claire Keegan, cuando el personaje de la niña recuerda cómo leía con ayuda: «Al principio, me costaban las palabras más largas, pero Kinsella mantenía la uña debajo de cada una, pacientemente, hasta que la adivinaba y entonces hice eso yo sola hasta no necesitar más adivinar y seguí leyendo. Fue como aprender a andar en bici; sentí cómo arrancaba, y la libertad de ir a lugares a los que no había podido ir antes, y resultó fácil.» (págs. 70-71). Leí y anoté, con voluntad de volver a compartir este placer asequible que da la afición a la lectura.

jueves, septiembre 28, 2023

Lisboa

Escribo cerca de la lisboeta Praça do Rossio por la que pasé al llegar aquí y de vuelta del Museu Nacional de Arte Contemporânea. Gustosamente inevitable el recuerdo de las «mañanas ruidosas» del poema de Ángel en La ciudad blanca, la que acorta las horas de un día al revisitarla un poco y transitar por la alfombrada presencia de los calceteiros, admirables. La cualificada recomendación de Antonio Sáez de bajar hasta Alcântara se concentró en la librería Ler Devagar. Me llevé un libro «antiguo» —de 2002— de Teresa Rita Lopes, A Fimbria da Fala, con dibujos de Mário Botas y un prólogo de António Ramos Rosa, y, como una cosa lleva a otra, eché a la bolsa el primer volumen de la Obra poética del poeta de Faro, una edición que no conocía, de Assírio & Alvim, de 2018, en 1264 páginas, de la que hay un segundo volumen que no tenían, publicado dos años después, y que me ha parecido un buen motivo para volver a esa nave inmensa llena de libros en la que un joven autor se afanaba por atraer la atención de las cuatro personas que se habían sentado para la presentación de su obra. Leo en los diarios de Miguel Torga anotaciones fechadas en España —Salamanca, Ávila, Madrid, El Escorial, Toledo Barcelona, Mallorca…— en agosto y septiembre de 1950: «Pensar, em Castela, é deambular numa prisão. A prisão da Fé e da Pátria». Dom Quixote editó hace años los volúmenes del Diário y también una Antologia poética en 1999, sobre la preparada por el propio autor un año antes de su muerte. He caminado de vuelta hasta Marquês de Pombal casi sin notar el peso, fijándome en todos los detalles de una zona con menos turistas como yo; y escribo ahora como por necesidad de rubricar una jornada provechosa fuera pero cerca de casa.

jueves, septiembre 21, 2023

Nao de sones

Había escrito buena parte de esta nota sobre este disco que he escuchado varias veces en estos días desde que lo recibí; y esperaba tener un hueco para revisarla y publicarla cuando me ha llegado la noticia de que a Ana Zamora le han concedido el Premio Nacional de Teatro 2023. Merecidísimo. Por el empeño y la profesionalidad que esta segoviana nieta de filólogos ilustres ha puesto en su trayectoria como directora de la compañía Nao d’amores, gracias a la que hemos conocido, montada con una calidad extraordinaria, una selección exquisita del teatro medieval y renacentista español, de autores poco vistos en la cartelera tradicional, como Juan del Enzina, Lucas Fernández, Gil Vicente, Bartolomé de Torres Naharro o Jerónimo Bermúdez. Claves y cornamusas, panderos y chirimías, flautas y salterios…, más las voces de tiples y altos, tenores y barítonos… han acompañado desde su fundación todas las propuestas dramáticas de Nao d’amores, inconcebibles sin una música cuya dirección durante muchos años corrió a cargo de la sabia mano de Alicia Lázaro (1952-2022), a quien va dedicado este disco: 20 años navegando. Espectáculos 2012-2021. Quizá llamen la atención las fechas, que acotan solo diez años. Veinte son los que llevaba la compañía «navegando», desde 2001, y la mitad que falta en la rotulación del cedé está en la edición de otro, el primero, que apareció en 2011 (Nao d’amores. 10 años navegando). Si aquel recogía piezas musicales y vocales de los memorables montajes Auto de los Reyes Magos, Dança da morte/Dança de la muerte, Misterio del Cristo de los Gascones, Auto de la Sibila Casandra, Auto de los Cuatro Tiempos y la Comedia llamada Metamorfosea; ahora, en la última década, la selección cubre un portentoso repertorio: Triunfo de amor (2015), Farsas y églogas de Lucas Fernández (2012), Comedia Aquilana (2018), Tragicomedia llamada Nao d’amores (2016), Europa que a sí misma se atormenta (2017), Nise, la tragedia de Inés de Castro (2019) y Numancia (2021). En la grabación, realizada en la iglesia de San Quirce de Segovia este año 2023, ha participado prácticamente todo el equipo de actores-cantores-músicos-intérpretes y técnicos de Nao d’amores, una demostración más de una filosofía teatral que integra en escena palabra, música, movimiento… con una maestría fundada siempre en una tenaz tarea de investigación y estudio, que ha convertido a esta compañía en una de las más exigentes y cualificadas del panorama teatral español. Parte de su gran banda sonora en todos estos años me acompaña ahora para celebrar este Premio Nacional de Teatro a su fundadora y directora. Enhorabuena, Ana.

viernes, septiembre 08, 2023

Extremadura

«Es una región Extremadura tanto más amada de sus hijos cuanto menos favorecida de la suerte; región que ha llenado la historia y no la tiene; región que con su ruina y oscuridad presentes compró a la patria común sus mayores grandezas pasadas; región, en fin, cuyos nombres y lugares parece que se trasladaran de raíz al Nuevo Mundo según los tiene el viejo de olvidados. Su rudeza natural, que no se me esconde, su ingénita incuria, que corre en proverbio, y la miseria de los tiempos que han sobrevenido, son parte a que de los extremeños pueda con verdad decirse lo que de todos los españoles decía el más ilustre historiador de nuestras guerras de Flandes: que no han tenido tanto cuidado de escribir sus hazañas como de hacerlas. Incapaz yo de ambas cosas, abrigué desde niño el ambicioso deseo de recordarlas.» (Vicente Barrantes, «Prólogo» a su Catálogo razonado y crítico de los libros, memorias y papeles, impresos y manuscritos, que tratan de las provincias de Extremadura, así tocante a su historia, religión y geografía, como a sus antigüedades, nobleza y hombres célebres. Madrid, Imprenta y Estereotipia de M. Rivadeneyra, 1865)

miércoles, septiembre 06, 2023

Los ocho mil

No, no son esas imponentes montañas que Edurne Pasaban coronó hace años; se trata de las ocho mil personas que formaron parte de la columna que huía en septiembre de 1936 desde el suroeste de Badajoz para escapar de la represión de los sublevados franquistas, el primer éxodo de la Guerra Civil Española, como se nombra en esta magna exposición que se inaugura mañana 7 de septiembre a las ocho de la tarde en Fuente del Arco. Han pasado más de veinte años desde que Paco Espinosa y mi hermano Josemari publicaron los primeros datos sobre este atroz episodio en un artículo de escasa difusión entonces (Francisco Espinosa Maestre y José Mª Lama Hernández, «La columna de los ocho mil. Reina-Fuente del Arco, septiembre de 1936», Revista de Fiestas de Reina, núm. 3, agosto de 2001, págs. 27-31), que constituyó una de las fuentes principales del estremecedor documental de sesenta y ocho minutos —que podrá verse en la exposición— La columna de los ocho mil (Producciones Morrimer, 2005); y esta muestra es un gran avance en la investigación que desde entonces se viene haciendo sobre aquella «nube de misterio», como la llamó Josemari. La exposición, organizada por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica «José González Barrero» de Zafra, será itinerante, pues tras su inauguración mañana en el Salón de Actos del Ayuntamiento de Fuente del Arco, pasará por Burguillos del Cerro, Valverde de Burguillos, Jerez de los Caballeros, Medina de las Torres, Fregenal de la Sierra, Valencia del Ventoso, Llerena, Fuente de Cantos y Zafra, hasta finales de noviembre. Tuve hace unos días el gusto de ver una prueba impresa de los doce paneles con dibujos, textos, mapas y fotografías de que consta la exposición, y me parece un trabajo muy bien hecho, muy riguroso y muy atractivo, que, a la necesaria reconstrucción de una línea de tiempo, suma una narrativa conceptual muy didáctica que en la exposición no solo va a cumplir su función informativa, sino que afianzará la necesidad de la recuperación de nuestra memoria histórica.

lunes, septiembre 04, 2023

Glorias de Zafra (XXVIII)

No hace falta hacer ningún alarde para despedir el verano e iniciar septiembre con buen ánimo. Con la intención de disfrutar con cierta intensidad de los pequeños placeres de aquel entorno, uno puede ir a Zafra, y, desde allí, hacer dieciocho kilómetros más hasta Burguillos del Cerro para que una amiga le dedique su novela: Las razones del alma (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2022). María José Flores y Gianluca Nardis están allí en verano, aunque el resto del año viven en Italia, a pocos kilómetros de L’Aquila, en cuya Universidad ella da clases. No fue, claro, la razón verdadera de ver a estos amigos; pero bien está llevar el ejemplar de un texto leído con mucha complicidad esta pasada primavera para que te escriban algo, con la mención del lugar y la fecha —«Burguillos, 1 septiembre 2023»—, como me gusta que vaya bajo la firma. Zafra representa cada vez más un lugar apacible en donde todo adquiere un valor especial que, a mi vuelta por carretera, suelo enmarcar en el retrovisor del coche con la cenefa invertida del Castellar, como la imagen de un grato recuerdo que me acompaña hasta casa. Una reunión familiar con sobrinos y sobrinos nietos o una caminata por el campo se convierten en acontecimientos, por el puro disfrute que aportan. O una simple lectura, que cobra importancia por haberla hecho enteramente allí. Me ha pasado más veces, y ahora: Tres luces, de la irlandesa Claire Keegan, publicada en Buenos Aires por Eterna Cadencia Editora en 2022 pero impresa en Barcelona en mayo de 2023, en una nueva edición revisada por la autora y en traducción de Jorge Fondebrider. De la librería Atenea llegó el aviso a mi cuñada Eva, que bajó por el libro y yo lo leí. Sutilísima narración contada desde el punto de vista de la niña protagonista y llena de interés metonímico. Ochenta páginas. Julia me dijo por la noche desde el país de nacimiento de la escritora que allí se ven muchos títulos de ella, que ha leído Small Things Like These (Cosas pequeñas como esas) y ha visto la película The Quiet Girl, basada en la novelita que leí. También pasan otras cosas en Zafra dignas de nota, como que tu hermano se contagie por covid y que no podamos compartir con él toda la casa ni un poquito de la extraordinaria reunión de amigos y de literatura que nos regalamos el sábado: Isabel Collado y José Antonio Zambrano, María José y Gianluca, Eva y yo. Tanto echamos de menos a Josemari que recordamos una de sus perlas, interpretada por él mismo: «La novela es el epifenómeno del sistema capitalista». Me acordé de él, por antagonismo, cuando ayer leí el artículo —mejorable— de Vargas Llosa en El País: «Los seres humanos han evolucionado gracias a las novelas, que han sido el punto de partida del ser humano para ensanchar las fronteras del conocimiento […] Las novelas son una fuente de inspiración a la que los seres humanos han venido acudiendo una y otra vez en períodos de desánimo o crisis que ciertamente no se curan con remedios». Hubo nota musical con un encantador rasgo de alta cultura cuando pasábamos a los pies de una de las torres del Parador, del castillo de los Duques de Feria, y Gianluca apuntó que Moreno Torroba compuso una suite titulada Castillos de España que incluye una pieza titulada «Zafra», dedicada al alcázar. Bien por el melómano italiano que ilustra al paisano ignorante, aturdido todavía por lo que sea que explique la finura. Da gusto iniciar septiembre así, entre otras cosas. 

martes, agosto 29, 2023

El centenario de mi madre

Dos de las primeras fechas históricas que me aprendí cuando era pequeño fueron los años de nacimiento de mi padre y de mi madre: 1915 y 1923, respectivamente. Se llevaban ocho años. Cuando se casaron, mi madre ya había cumplido hacía pocos días sus veintidós años. Fue el doce de septiembre de 1945; una fecha, sin embargo, que nunca me propuse retener, como tantas otras que se nos desvanecen por una rara desgana, pues bastaría con proponérselo para reconstruir sin mucho esfuerzo todos los hitos de un pasado tan remoto como afectivo. Mi madre nació el mismo año que Lola Flores, que era de enero, y me hace gracia siempre pensar en la coincidencia de que su nieto, mi hijo Pedro, naciese el día que murió «La Faraona», el dieciséis de mayo de 1995, como si estableciésemos así un vínculo entre nuestra familia y una parte de la historia con mayúsculas que a mi madre le gustaba mencionar. Del 23 fueron también Italo Calvino, Mário Cesariny, Fina García Marruz —que murió con noventa y nueve— y Jorge Semprún, por llevar esta tontería con las fechas al terreno literario en el que en nada tendremos a la uruguaya Ida Vitale celebrando en vida su centenario. Otra de 1923. Titulo así esta nota —y no «Glorias de Zafra»— para equipararla con la que dediqué a «El centenario de mi padre»; aunque aquella la publiqué con un mes de retraso por haberme dejado llevar por el genealogista de la familia. Mi padre se quedó lejos de la longevidad de los cien, para los que le faltaron veinticuatro; pero mi madre llegó hasta los noventa y tres. Nunca me pareció mayor para mi edad; y menos aún, luego, cuando en su fase declinante fue por necesidad tomando los hábitos de una niña pequeña que se dejaba asear y vestir, y que pedía sin decir palabra un brazo en que apoyarse. En la fotografía de arriba tenía cuarenta y un años, y cinco partos —el último el mío, hacía dos años y diez meses. Era junio de 1965, según el genealogista. Hoy, 29 de agosto, mi madre habría cumplido cien años y lo escribo como el que conmemora las buenas razones del paso por la tierra de la gente notable, y no por lamentar que no los celebre. Habría sido sin ella. La realidad de la vida es lo que tiene; que nos deja jugar con la redondez de las fechas como si fuese una pelota que, mientras tengamos fuerza para lanzarla a la pared, nos vuelve a las manos. Fervor de Buenos Aires es un libro también del 23, y las Elegías de Duino (Duineser Elegien) de Rilke… 

jueves, agosto 24, 2023

Getúlio Vargas

De no haber sido así de fortuito, no lo contaría. El caso es que esta mañana temprano, en el desayuno, seguí con Delirio americano, el libro de Carlos Granés del que voy espigando algunos datos de contexto para mis clases, y lo primero que leí fue lo siguiente: «El 24 de agosto de 1954, atribulado, Getúlio se encerró en su despacho. Tomó lápiz y papel y redactó una carta en la que saldaba cuentas con la historia» (pág. 184). Pura chiripa esto de leer la misma fecha de hoy, pero sesenta y nueve años atrás. Así se introduce en el libro el final del presidente de Brasil (1930-1945 y 1951-1954) Getúlio Vargas, que se pegó un tiro en el corazón días después de que el periodista crítico Carlos Lacerda sufriese un atentado en el que implicaron a algunos miembros de la guardia personal del mandatario, que no aguantó la presión y «no tuvo cabeza para pensar», como parece que dijo Perón. En la segunda parte del libro de Granés se tratan en un primer capítulo las nuevas revoluciones y la institucionalización de la vanguardia, y una de esas revoluciones es la de Getúlio Vargas, cuyo término se ilustra con un fragmento de la carta que dejó al morir: «He luchado mes a mes, día a día, hora a hora, resistiendo una presión constante, incesante, soportando totalmente en silencio, olvidándome de mí mismo, tratando de defender al pueblo que ha quedado desamparado. Nada más puedo darles salvo mi sangre. Si las aves de rapiña quieren la sangre de alguien, si quieren continuar chupándosela al pueblo brasileño, ofrezco mi vida en holocausto. Elijo este medio para estar para siempre con vosotros. Cuando los humillen, sentirán mi alma sufriendo a vuestro lado. Cuando el hambre golpee vuestra puerta sentiréis en vuestro pecho energía para la lucha por vosotros y vuestros hijos. Cuando os vilipendiaren sentiréis la fuerza de mi pensamiento para reaccionar. Mi sacrificio os mantendrá unidos y mi nombre será vuestra bandera de lucha. Cada gota de mi sangre será una llama inmortal en vuestra conciencia que mantendrá sagrada vibración para vuestra resistencia. Al odio respondo con el perdón. Y a los que piensan que me han derrotado les respondo con mi victoria. Era esclavo del pueblo y hoy me libero para la vida eterna. Pero ese pueblo del que fui esclavo ya no será más esclavo de nadie. Mi sacrificio permanecerá siempre en su alma y mi sangre será el precio de su rescate. Luché contra la expoliación del Brasil. Luché contra la expoliación del pueblo. He luchado a pecho descubierto. El odio, las infamias, la calumnia no abatieron mi ánimo. Les di mi vida. Ahora les ofrezco mi muerte. No recelo. Doy serenamente el primer paso hacia el camino de la eternidad y salgo de la vida para entrar en la historia». Un 24 de agosto.

miércoles, agosto 23, 2023

El caballo español de Alfredo Gómez

Qué indescifrable modo de cruzarse el de ciertas lecturas. No hace mucho estaba leyendo la novela Como polvo en el viento (Barcelona, Tusquets Editores, 2020), de Leonardo Padura, de la que me resultó muy sugerente el personaje de la madre que aparece —por teléfono— en las primeras líneas y que ocupa el capítulo 7 «La mujer que les hablaba a los caballos». Es una veterinaria con una relación especial con Ringo, un hermoso caballo de la exclusiva raza Cleveland Bay. Todavía no había llegado a ese capítulo cuando recibí este libro de Alfredo Gómez Martínez (Zafra, 1958-Mérida, 2015): El Siglo de Oro del caballo español y los albéitares. Edición a cargo de Miguel Ángel Vives Vallés, José Antonio Mendizabal Aizpuru y María Cinta Mañé Seró. Zaragoza-Pamplona, Editorial Imanguxara (Serie Historia de la Veterinaria, nº 6), 2023. Supe por mi amiga Carmen Pro, viuda de Alfredo, que había salido y lo pedí a la editorial. Es un estudio histórico sobre el caballo español —en el libro, PRE (pura raza española)—, y sobre el papel de los albéitares en su proceso de selección que, aparte de las razones sentimentales de estar ante la obra póstuma de un amigo añorado, me interesó desde el principio por darme unos rudimentos básicos sobre tipos de caballos de la antigüedad destinados al laboreo, a la guerra y a las caballerizas de los reyes. Lo curioso fue que, en estas de ir conociendo como un desinformado las últimas investigaciones de Alfredo, llegué al capítulo séptimo de la novela de Padura y me vi en sintonía con lo allí escrito: «En realidad, muy pocos criadores y doctores habían atendido a un animal de aquella raza [la Cleveland Bay], con más de mil años de historia, y en el siglo XX abocada a la extinción. Empleados durante mucho tiempo como corceles de tiro en la guerra y en la paz, los había salvado de la desaparición la coyuntura de que, gracias a su porte aristocrático, hubieran sido por dos siglos los animales de enganche de las carrozas de la casa real inglesa, que los había preservado para aquella faena y revitalizado su reproducción» (pág. 425). Me pareció fascinante la conexión y continué leyendo el estudio promovido por la asociación Amigos de la Historia Veterinaria, que entiendo radicada en Zaragoza y Pamplona, y editado por la empresa editorial Imanguxara, que está en Cáceres. Había pedido la obra a los amigos del Norte y me había llegado desde la cacereña calle Osa Mayor del R-66. Me gustaría tener más competencia en la materia para apreciar justamente las aportaciones de un trabajo así, en buena medida explicadas en la introducción de los editores, que vuelven a aparecer en las «Conclusiones», y se dejan ver en diferentes momentos de la obra, como en algunas notas, aunque no en todas de manera explícita. Por eso, a pesar de las explicaciones, a alguien tan profano como yo no le queda claro en qué grado la estructura general estaba ya en el documento de partida y cuánto de reescritura ha habido en algunos momentos del libro: «Los editores, con nuestro criterio, mejor o peor, hemos intentando con el mayor interés y dedicación, tratar de traducir y trasladar lo que hemos interpretado como los deseos del autor, guiándonos por las referencias y pistas que hemos encontrado, en orden a dejar por escrito el testimonio del trabajo, el esfuerzo, el conocimiento y la dedicación del autor, así como el producto de su trabajo, un texto que actualmente se puede considerar, sin empacho alguno, como texto de referencia, y que sin duda creemos que se revelará fundamental en la historia de la veterinaria del siglo XVI». Sin duda, un interés y un entusiasmo que son el mejor homenaje que se le podía rendir póstumamente —sobre todo, de dos amigos que fueron profesores en la Universidad de Extremadura, María Cinta y Miguel Ángel— a quien dedicó tantas horas al margen de su trabajo a su pasión como historiador. El Siglo de Oro del caballo español y los albéitares es un tributo en forma de libro que patentiza la capacidad indiscutible de Alfredo Gómez para defender su investigación como una tesis doctoral que no pudo ser. Me ha gustado mucho saber que los albéitares tuvieron un destacado papel en el proceso de selección de la raza española; pero que no quedó reflejado en la documentación conservada; en ocasiones muy mal conservada (pág. 232) y consultada con grandes dificultades, pero con sustanciosos resultados por el investigador. Me ha gustado el recorrido propuesto por tratados de veterinaria y las características de los «tipos caballares», y también por su representación en la pintura de los siglos XVI y XVII. En cierto modo marcado por el sentimiento, he recordado cómo Alfredo hablaba con pasión —siempre embridada por una modestia tan verdad como excesiva— de sus progresos en su campo de estudio; y estar ahora ante su libro resulta una instructiva manera de recobrar una amistad entrañable.

domingo, agosto 20, 2023

Escribir todos sus nombres

Este martes de fiesta visité la exposición temporal del Museo Helga de Alvear Escribir todos sus nombres. Artistas españolas desde 1960 hasta hoy, comisariada por Lola Hinojosa Martínez, y que puede verse hasta el próximo 29 de octubre en las dos salas de arriba del edificio de la Casa Grande. Solo una pareja y yo, a las doce y pico de la mañana festiva que más vacía deja la ciudad; pero con algunos otros visitantes en la exposición permanente, pues tuve que ir a recepción para hacerme con el catálogo, editado en Alemania para la edición de la muestra en el PalaisPopulaire de Berlín desde octubre de 2022 hasta el pasado febrero. Las fichas de las autoras, las reseñas sobre ellas y sobre las obras expuestas, la introducción de Lola Hinojosa y la inclusión de una conversación de esta con dos artistas de generaciones diferentes, Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) y Dora García (Valladolid, 1965), nutren un catálogo excelente, que es más que un testimonio compendiado de lo visto. Un recuerdo de libro que nunca puede sustituir a la experiencia personal de la visita, ni recoger el sugerente itinerario propuesto. Por ejemplo, el pórtico de la «frase de oro» Revolución, cumple tu promesa, que recibe al visitante y que es una petición y una queja basada en la reivindicación de la sufragista mexicana Margarita Robles de Mendoza que pidió el voto femenino frente a la Cámara de Diputados de México en 1936. Su recreadora, Dora García —también la que está en la base del título Escribir todos sus nombres—, lo amplía y lo aplica a todas las revoluciones, y lo concreta en la petición de que cumplan con la promesa de «emancipar a todas las mujeres». Con ese mensaje, el visitante se adentra en una muestra de las artistas citadas, más Elena Asins, Ángela de la Cruz, Cristina Iglesias, Aurèlia Muñoz, Eva Lootz, Erlea Maneros, Soledad Sevilla y Susana Solano, una decena como representación de los varios centenares de mujeres presentes en la colección de Helga de Alvear. Aunque en el interior de la exposición se imponen las propuestas individuales de las autoras, desde la peculiaridad del paisaje blanco de Carmen Laffón hasta los ejercicios sobre la abstracción de Erlea Maneros, queda patente la necesidad de visibilizar esta forma de nombrar el mundo en femenino, como sugiere en su texto la comisaria Lola Hinojosa. Con la fascinación inicial por el paseo lisboeta de Soledad Sevilla (Los días con Pessoa, 2021), recorrí los diferentes espacios y, curiosamente, me demoré ante Heartbeat (Mapa), un collage con fotografías, flechas de relaciones y textos en una de las piezas con más narrativa de todas, precisamente de la autora, Dora García, con más vinculaciones con la literatura entre las participantes. Una suerte de esquema —o mapa— de lo que en otros momentos ha tomado la forma de video-instalación que, sobre los ejes de identidad, intimidad, adicción y locura, me atrajo quizá por su base literaria. Sería por algo.  




jueves, agosto 17, 2023

Fritz Wunderlich

Hace un año por estas fechas anoté el nombre del magnífico tenor Fritz Wunderlich (1930-1966) por una extravagante conformidad con la causa de su muerte. El cantor lírico alemán, considerado como uno de los más grandes de la segunda mitad del siglo XX, murió, poco antes de debutar en el Metropolitan de Nueva York y de cumplir los treinta y seis años, a consecuencia de una caída por las escaleras de la casa de un amigo. Yo acababa de caerme por las escaleras de mi casa, tres días antes de cumplir los sesenta años, y me pareció muy estimulante recordar, sano y salvo, el trágico final de aquella voz «plateada» de repertorio mozartiano. Mi caída fue tremenda. Mal calzado, con una bolsa de basura en cada mano, resbalé la noche de aquel sábado de agosto y caí de espaldas sobre los peldaños de un tramo de siete y me golpeé en el brazo y en la pierna izquierdos hasta llegar de culo al suelo del descansillo. Desde entonces, el viejo y firme pasamanos de mi escalera es un aliado al que me aferro todos los días, pase lo que pase. Aturdido, me vine arriba con mi propósito de enmienda hasta imaginarme un mal golpe, una parálisis irreversible, y luego pensar en Fritz Wunderlich y en la muerte. Mucho dramatismo para una insignificancia sin más consecuencias que unos hematomas; pero el mero hecho de contarlo me parece que le da mayor veracidad y me permite revivir ese pensamiento en la fugacidad que se acentúa cuando uno cumple años. Fue por aquellos días cuando escuché a Wunderlich en La flauta mágica, en el programa de Ricardo de Cala «Maestros cantores», de Radio Clásica; y ahora, un año después, he buscado su limpia voz de plata y he encontrado momentos memorables como algunos programas en los que el crítico musical compartió espacio con Arturo Reverter (Ars canendi), de la misma emisora, y doblaron el placer de escuchar. Solo quizá por el festivo recuerdo de una cabriola tan indecorosa en caliente como reflexiva luego en frío. Por cierto, estoy terminando Los años, de Annie Ernaux (Madrid, Cabaret Voltaire, 2019). No conozco todavía el original francés (Les années, 2008), pero una traducción así —de Lydia Vázquez Jiménez— seguro que es digna de nota.

lunes, agosto 14, 2023

Deformación profesional

Hace años, mientras leía una novela que acababa de salir de un autor de mucho éxito y que no estaba gustándome, alguien que me había pedido opinión me dijo que yo tenía deformación profesional, que leía buscando defectos. —Soy filólogo y profesor, no inspector —debí contestarle al objetar. Al contrario, me gustaría tener la preparación para encontrar los hallazgos del texto; y, en cualquier caso, bienvenida sea esa deformación con la que afronto casi todo. Tengo la suerte de confundir placer y obligación en materia de lecturas, y, cuando alguien lee un libro de poemas porque sí, y vuelve sobre él por puro deleite, yo añado a la gana y al gusto el provecho que pueda sacarle para mis clases y mis cosas. Siempre he leído con un lápiz o un bolígrafo a mano, y no por anotar lo que me llama la atención de un texto estoy preparando clases. Eso sí, bien que me han venido siempre esos apuntes cuando he tenido la necesidad de volver sobre lo que leí en su día, aunque no haya sido estrictamente lo leído el sujeto tratado. Me ocurre ahora, desde que en 2018 empecé —volví— a dar clases de literatura iberoamericana, porque todo lo que cae en mis manos de esa inmensidad —que hemos sido tan audaces de constreñir con ese marbete académico y administrativo de una o varias asignaturas de programa— lo tomo como si fuese posible sustancia del curso. Me podría pasar —me ha pasado— con la literatura española; pero ya hace años que voy transitando por siglos más lejos. Así que llevo unas temporadas haciendo acopio de autores que no había leído o leyendo lo nuevo sobre los ya conocidos, y siento mucha satisfacción por esta manera de preparar mis clases antes de afrontar un nuevo curso. Un recuento repentino de algo de lo que he leído en los últimos tres o cuatro años de autoras y autores de Iberoamérica quizá me ahorre explicar más: Carlos Granés y su Delirio americano, ilustra estas palabras como si estuviese sobre mi mesa haciendo de marco de este deambular por textos. En poesía, la antología poética de David Huerta El desprendimiento (Galaxia Gutenberg), Rafael Cadenas y su Obra entera (Pre-Textos), que daría para un monográfico también con su prosa; y un buen número de los autores y autoras editados por Liliputienses que, con su variedad, casi siempre han sido novedad celebrada: los argentinos Lucas Soares, Mercedes Halfon, Patricio Grinberg, Daniela Ema Aguinsky, o Mario Pablo Ortiz y las más de mil páginas de los once volúmenes de sus Cuadernos de lengua y literatura. También el mexicano Fabricio Gutiérrez, o la peruana María Belén Milla Altabás, que me permiten ampliar un canon ya inabarcable. En novela, leí a Valeria Luiselli y su Desierto sonoro (Sextopiso), a Álvaro Enrigue, lo penúltimo de Leonardo Padura, a María Fernanda Ampuero, Mariana Enríquez, Aurora Venturini, a Pedro Mairal y Brenda Navarro, a Darío Jaramillo Agudelo, novelista de sus fascinantes Cartas cruzadas (Pre-Textos) —y prologuista de la Obra entera de Cadenas—, Leila Guerriero, Gustavo Faverón y su soberbia Vivir abajo (Candaya), Jaime Bayly y Los genios (Galaxia Gutenberg), Dolores Reyes, Patricio Pron, José Emilio Burucúa editado por Periférica, y los clásicos en nuevas ediciones y presentaciones Ibargüengoitia (Las muertas) o Rulfo (El gallo de oro y otros relatos), publicados en Letras Hispánicas de Cátedra. Ya. Por el momento. Hay más títulos y nombres, tan pródigos todos en afectos literarios que sigue mereciendo la pena llevar lápiz para subrayarlos, a costa de que te digan que estás corrigiendo exámenes, que sí que es deformación.

viernes, agosto 11, 2023

Las cosas de la lectura

La conversación con un amigo fascinado con la lectura de José Antonio Muñoz Rojas (1909-2009) me picó la curiosidad sobre una edición que no conocía de Las cosas del campo (Sevilla, Renacimiento, 2015), y se la pedí a un librero propenso a su oficio como Antonio Sánchez Flores en su librería El Buscón, de Cáceres. No sabía que era de Juan Luis Hernández Mirón y que llevaba un prólogo de su buen amigo Luis Landero. Es algo más que una edición del texto del gran escritor malagueño, pues Hernández Mirón —autor de un libro proveniente de su tesis sobre La poética de José Antonio Muñoz Rojas en Las cosas del campo (Vitruvio, 2011)— propone una «edición crítica» que tiene en cuenta todas las anteriores y anota las variantes, desde la primera de 1951, hasta la cuarta en Pre-Textos, de 1999, que toma como base por ser el texto «más fiel y autorizado, el último elegido y revisado por el autor» (pág. 14). Escribe además unas notas complementarias al final de cada uno de los poemas en prosa; acopla unas «Glosas de las cosas del campo: poética de las sugerencias» (págs. 265-299) que son apuntaciones de lector entusiasta; remata con un «Epílogo» y cierra con una «Bibliografía» y un «Glosario» de términos específicos del campo que pudieran ser desconocidos para un lector común. En fin, una buena compra que hojeaba en la librería el penúltimo viernes de este pasado julio, y, como si la presencia inesperada de Luis Landero en la edición de su amigo sobre los textos de Muñoz Rojas fuese una especie de imán, vi entre las novedades el número doble (102-103) de abril de la revista albaceteña Barcarola con un dossier dedicado a «Landero. A través del espejo», coordinado por Luis Beltrán Almería (págs. 117-228). Más de cien páginas con fotografías y otros documentos en las que pueden encontrarse sugerentes estudios sobre el autor de Juegos de la edad tardía de José María Pozuelo Yvancos, Elvire Gomez-Vidal —quien ya coordinase el monográfico de Turia de 2017—, Concha D’Olhaberriague, Dolores Thion o Epicteto Díaz Navarro, y una entrevista que le hizo Alfonso Ruiz de Aguirre y a la que se ha referido Álvaro Valverde en su blog hace unos días. Me interesa mucho siempre lo que dice en conversación Luis Landero, pero también en este número especialmente lo escrito, en clave más personal que la de un estudio, por José Miguel Colldefors y, sobre todo, por Juan Luis Hernández Mirón, porque es este quien conecta los dos volúmenes de los que hablo y que reuní (o me reunieron) la misma mañana de julio en esa librería cacereña. Landero abre el «Prólogo» de Las cosas del campo con estas palabras: «Cansado de andar y soñar, el viejo poeta viene cada noche a decirle sus versos al lector. El poeta se llama José Antonio Muñoz Rojas, y el lector es Juan Luis Hernández Mirón. El lector es un hombre alto, alegre y cordial. Le gusta reír, y ríe con ganas, pero nunca con estridencia o con euforia […]» (pág. 9); y lo cierra con «Amigo y maestro, salud» (pág. 12). Ese amigo al que dedicó su novela El guitarrista (Tusquets, 2002): «A Juan Luis Hernández Mirón, a quien yo he visto crecer por dentro hasta llegar a ser el hombre grande que ahora es». Ese amigo es el que escribe en Barcarola, sin «enfoque academicista», y sí «intimista» y muy «a la altura de las circunstancias», un texto muy jugoso que titula: «Luis Landero, mi amigo». Leerlos juntos ha sido como estar convidado a un encuentro de dos que se conocen bien, que se entienden sin mediar palabra y, si estas median, fluyen con una galanura cómplice y admirable. Uno se sonríe cuando junta lo que Landero dice de Juan Luis y su pasión irrenunciable de la naturaleza que vive con la intuición de un niño y el conocimiento del hombre, con «la inocencia del poeta y la sabiduría del filósofo», y lo que Mirón cuenta del choteo de su amigo cuando este ha expresado su entusiasmo por el campo proclamando su «festival de florecillas». A mi parva y gustosa experiencia de verlos juntos en su complicidad, se suman ahora estos dos volúmenes dedicados a altas literaturas.

miércoles, agosto 09, 2023

En la costa de Santiniebla

Más allá de la reserva de un lugar de destino, no soy muy de preparativos de viaje. No sé con qué intensidad. Ni mucha ni poca, como la distancia buena de manos para tocar las campanas de Paquito (Manuel Alexandre), el sacristán de Amanece que no es poco. Mucha cuando me llevé al lago de Como un ejemplar de Los novios de Manzoni, que seguí leyendo allí. Poca esta vez, pues, más allá de querer visitar Mondoñedo por recordar a Álvaro Cunqueiro, la única premeditación —la de mi hermano J— ha sido genealógica, ya que íbamos a estar muy cerca de las tierras lucenses del origen del apellido Lama. El Museo Provincial de Lugo que alberga un retrato al óleo de Manuel José de Lama y Castro, nuestro tío bisabuelo, y una parada en el cementerio neogótico de la parroquia de San Juan de Alba, a escasos kilómetros de Villalba, a la vera de la N-634, llena de lápidas con nuestro primer apellido, han sido dos lugares sobrevenidos de un viaje en el que casi todo lo hemos experimentado sin un guion previo. Ni siquiera en lo literario, que se nos podría suponer. No. Sin buscarlo, ha sido un viaje muy literario, y no solo porque los momentos de descanso los hemos llenado con lecturas —terminé de leer Valdargar. Memoria del desarraigo (Editorial Sonora), de Benito Estrella; leí Marcelo perdió el empleo (Seix Barral), de Gonçalo Tavares; y empecé Miseria (Alfaguara), de Dolores Reyes, que estoy terminando—, sino por la cantidad de referencias que han ido surgiendo en otros parajes distintos a ese municipio de nacimiento del autor de Las crónicas del Sochantre, en donde pasamos solo un par de horas —lo justo para encontrarme sorprendente y gratamente con una familia conocida de Cáceres. Entre Castropol y Vegadeo, se encuentra Seares, la parroquia de ese concejo de la leyenda de La Searila, que narra la historia de una bella joven de allí —Rosa Pérez Castropol— que murió prematuramente y cuyo cadáver fue mandado desenterrar por el marido —Antonio Cuervo Castrillón, que fue gobernador civil de La Coruña—, que quiso quedarse con un mechón de su cabello, desesperado por no haber llegado a tiempo para ver a su esposa con vida. En la Casa de la Cultura de Castropol, antiguo Casino y hoy sede de la Biblioteca Menéndez Pelayo, la pionera y centenaria Biblioteca Popular Circulante —otra de las lecciones no esperadas del viaje—, hay una inscripción que recuerda la leyenda. Desconocía esta curiosa secuela del arrebato necrófilo de las Noches lúgubres de Cadalso. También en Castropol —a donde llegamos andando desde Figueras— conocí que Luis Cernuda había estado allí en agosto de 1935, con el pintor Miguel Prieto, en las Misiones Pedagógicas organizadas por el Gobierno de la República, y que de su estancia de unas pocas semanas proviene su relato —poco amable, sin embargo, con el sitio— «En la costa de Santiniebla», que publicó en Hora de España (núm. X), en octubre de 1937, y que he leído en el tercer volumen —segundo de Prosa— de la Obra completa de Ediciones Siruela, la de Derek Harris y Luis Maristany (1994). Escribió Cernuda: «Pero Santiniebla tiene en cambio la ría. Cuando a la caída de una de esas largas tardes de verano se baja la senda que desde lo alto de la colina lleva hacia el malecón, el denso perfume del mar, el misterioso grito de las gaviotas sobre la brillante superficie de las aguas, sólo encrespadas allá, entre las sombrías rocas que guardan la entrada de la ría, entonces yo os aseguro que poco accesible será a la naturaleza quien no sienta sus pupilas enturbiadas por las lágrimas» (pág. 381 de la edición citada). Ha sido, pues, un viaje más literario de lo que se preveía, incluyendo una visita al negocio más antiguo de Ribadeo, la librería de Vivín, de 1929, en la que compramos media docena de volúmenes viejos y nuevos, y cuyo dueño es un superviviente que, por la memoria de los suyos, batalla para celebrar su centenario. Todo sobre la ría del Eo.