La fotografía debe de tener más de cuarenta años, pues fue la que se publicó en la solapa del libro de poemas de Felipe Núñez Nombres o cifras (Editora Regional de Extremadura, 1985). El mismo año de Territorio, el primer libro de Álvaro Valverde, que ha sido quien me ha dado hoy la noticia de la muerte de Felipe Núñez (Plasencia, 1955) y al que siempre he asociado a su paisano. Precisamente, entre los «Primeros poemas» rescatados por Valverde para su reedición en Territorio. Poesía reunida (1985-2025), uno de aquel libro es «Mr. T. S. Eliot, Russell Square», que había dedicado a «Felipe Núñez y Ada [Calvo]». Me gustaría recordar al poeta de Los seres y las fuerzas con unas palabras sobre su formación que se publicaron en una auto-entrevista que apareció en el suplemento Batuecas de Tribuna de Salamanca en agosto de 1998, con motivo de la publicación de su ensayo Para escapar de la voz media (Editora Regional de Extremadura, 1998): «Mis cuatro abuelos fueron maestros de escuela. En mi casa hubo siempre abundantes libros, pero no formaban una biblioteca deliberada. Aprendí a tocar la bandurria (¡), no el piano, y mi profesor de música no sabía solfeo, tocaba de oído y de oído me enseñaba (y me enseñaba a tañer, no piezas de Chopin, que esas no se tañen, se interpretan, sino la Picolíssima Serenata y otras del estilo). Recibí desde muy chico clases de francés, porque en mi casa se pensaba que era el francés la lingua franca. El mundo anglosajón (hoy, el mundo a secas) se ignoraba o se tenía por cosa bárbara, tan ininteligible como el farfullar del Pato Donald. De todo eso no me quejo, aunque lo parezca. Esa formación del espíritu fragmentaria, a medias fallida, no del todo desnortada, deja sitio a cierta radicalidad de la que me precio. Me ha obligado a llenar huecos con mis propios medios, a mi libre arbitrio. En cierto modo me ha obligado a hacerme único, diferente, y a pretender en mis derrames poéticos y filosóficos lo diferente y lo único (como en barraca de feria: el portento, lo nunca visto). Me ha privado de ciertos instrumentos de comprensión del mundo que arrastran inexorablemente a la complicidad con ese mundo, aunque sea bajo la modalidad no menos cómplice de su resistencia (una resistencia prevista, previsible, una "reticencia gárrula", que forma parte de la fábula del mundo por más que lo refute). La biblioteca familiar delirante fue para mí un regalo sin precio. Es, con mucho, mejor que una biblioteca coherente o que ninguna biblioteca. En ambos casos (una y ninguna biblioteca), su lector se hace homogéneo, normalizado, conmensurable. Desde esas coherencias de la nada y el todo, uno aprende a hablar como si supiera de qué y como si supiera cómo. Y desaprender tales dos habilidades me parece a mí requisito de cualquier práctica artística que merezca la pena (su no poca pena) y de una vida que no consista en mera aclimatación y sobrevivencia».
martes, febrero 24, 2026
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