Recoloco libros leídos este pasado año. No hay tiempo de poner en limpio todas las apuntaciones hechas y de preparar algún texto para publicar; pero hay lecturas que han llenado esta mesa que me han suscitado un interés digno de especial consideración. La de Peor que pedir (Pre-Textos, 2025), el libro de poemas de Antonio Méndez Rubio, por ejemplo. Cuando llegó, no hacía mucho que había terminado de leer Torno, de Pablo Aros Legrand, un libro de Conversaciones con Antonio Méndez Rubio (Poéticas y políticas del encuentro) (Varasek Ediciones, 2023), que todavía andaba entre los libros de uso, y por eso creo que recuperé mi ejemplar del estudio de Jorge Fernández Gonzalo que tuvo una mención especial en el Premio Arturo Barea de 2021, El paisaje invisible. La poesía de Antonio Méndez Rubio (Departamento de Publicaciones de la Diputación Provincial de Badajoz, 2022), que estaba junto a lo de Aros. Leí Peor que pedir, y lo mejor que tiene un libro así es que te retiene más tiempo que otros, pues no se agota en una primera lectura, por supuesto, y hay que volver sobre él. Entre otras cosas, porque está concebido así, como un espacio que convoca a una experiencia lectora distinta, en la que la tarea de comprensión es su abono. En realidad, esa lectura me devolvió a ese territorio del pensamiento poético que venía de recorrer con las mencionadas obras en torno a AMR. Por aquellos días, un amigo me regaló un ejemplar del número 114 de diciembre de 1932 de la Revista de Occidente, donde Cernuda publicó los primeros poemas de Donde habite el olvido. Allí se incluyó una reseña de Dámaso Alonso de Espadas como labios de Aleixandre, libro al que aplicaba una frase que me pareció correspondiente con la propuesta poética de Méndez Rubio: «Esta poesía no tiene —literalmente— sentido común. No tiene sentido común porque tiene sentido poético y exclusivamente sentido poético». El sentido poético de Peor que pedir está en su búsqueda, y esta búsqueda se hace contra el sentido común o enfrente del uso común, dados los elementos formales con los que se presenta. La apariencia formal no es del todo disonante en su disposición en tres partes crecientes —17, 24 y 36 poemas— y un poema de obertura que es «Escribir... (l)o peor», y que, en la línea de la poética de Méndez Rubio, tiene el carácter interrogativo propio de un afán indagatorio («No sabe para qué / tantas palabras», escribirá en «De puño y letra», pág. 49). Sin embargo, en la formalización de los poemas de la primera de las secciones hay una quiebra de lo convencional, la propuesta de un nuevo artificio, distinto, con la utilización de barras dobles (//) y de otras simples (/) que se suman a la disposición versal, pero que no siempre coinciden con ella. De este modo, los textos se construyen con un patrón o unas señales equivalentes a las pautas métricas de un poema tradicional. Todos tienen un título o lema entre paréntesis como paratexto final, y todos se abren y se cierran con sintagmas vinculados, como si de un broche que enlaza el texto se tratara: «De qué // Di sí.», «Por cierto // por destino.», «A solas // por lo menos a veces.», «Sin imagen // sin nada.», «Agradeces // Te proteges.», «Dentro de ti // dentro de nada.», «Por lo menos // por lo pronto.», «Una playa nublada // una suerte alcanzada.», «Esa necesidad // esa realidad.», «En todo // en nada.», «Es esto: // es esta:». «Quietud vacía // señal de vida.», «Tan lento // tan cierto.», «La calle en calma // la noche en pausa.», «Que no // que esta.», «Antes de las estrellas // después de que amanezca.», «De nuevo // de nuevo.». Son los broches — con esa función diacrítica de las negritas— de los diecisiete poemas de esa primera parte, que se titula «No por nada», y que se vincula en esa negación con las otras dos partes: «No por ahora» y «No del todo». Son como tres etiquetas de cierto aire coloquial que contienen un pensamiento profundo sobre la noción de lo real y su acceso a través de la expresión poética, de la palabra poética o el arte, y que parecen dialogar con algunos momentos del libro. Es clara la apelación del poema «¿Quién eres tú para decir que no?» (pág. 40). La formalización de estas dos partes del conjunto se explicita en la brevedad epigramática —del poema y del verso— de la segunda sección y en el carácter más compacto de las composiciones de la última, con algunas excepciones (por ejemplo, en «Hacia las nubes», de un único verso: «Aunque no haya palabras aquí están»). Peor que pedir, cuyo título evoca el de una de las estampas de los Desastres de la guerra de Francisco de Goya («Lo peor es pedir») y que se utiliza como viñeta de la cubierta, fija su objeto en escribir, que es el primer texto, pero también en el decir, en el ver y en el oír, sentidos —y su carencia, su negación— que transitan por el libro como ejes esenciales que participan de la creación. El momento histórico del referente goyesco establece un telón muy interesante, en tanto que tiempo de crisis parangonable al contexto crítico en el que Antonio Méndez Rubio sitúa siempre su discurso. Un discurso que propone una contestación al orden establecido («El poema sin poema es un poema / también», pág. 35), o que puede ser celebración por su capacidad de sentir: «Hablar de un destierro no dicho / a quien no lee ni escribe / porque ni siquiera cree en eso... / ... acaba por ser mejor / mirar con todo el cuerpo / ausentarse lo igual / en el trino de los mirlos.», de «De cero», pág. 61). Un libro para pedir y esperar en él. Un libro también en torno a la idea de que todo sea «otra forma / de buscar otras palabras» (pág. 54).
domingo, febrero 22, 2026
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