jueves, junio 22, 2017

En un Tenorio


Lo de siempre. Conversación de café con dos profesores de literatura. Una alusión —solo esa— a que el Tenorio que vi anoche en el XXVIII Festival de Teatro Clásico de Cáceres vistió a los actores como en el tiempo de Zorrilla y no como a la mitad del siglo XVI, últimos años del Emperador Carlos V, y ardió la Troya de la ortodoxia. «Eso no es lo que escribió el autor». Y vuelta la burra al trigo. Y, además, Zorrilla no es un clásico del Siglo de Oro. ¡Ay, y yo que todavía creo que nos podemos poner de acuerdo para reformar la Constitución! Lo cierto es que el trabajo que Amarillo Producciones, bajo la dirección de Pedro A. Penco, mostró ayer en el escenario de la Plaza de Las Veletas de Cáceres fue sobresaliente, con un elenco de actores experimentados y —aparte desigualdades en la cantidad de texto entre principales y secundarios— muy homogéneos en capacidad interpretativa, en buen hacer. Guillermo Serrano, Fermín Núñez, Memé Tabares, Rafael Núñez —excelente Comendador—, Ana Batuecas, Francis Lucas, Elena de Miguel, Carlos Castillejo, Gema González. Estuvo bien dicho todo y bien puesta en escena una obra archiconocida —inevitable entre el público el parafraseo de algunos versos sabidos— sobre la que se avisó que duraba una hora y media en su primera parte y, tras una pausa de diez minutos, cuarenta más. Alguno resopló, se hizo tarde para un miércoles por la noche; pero no se hizo larga —al menos para un servidor. Ni siquiera para una pequeña niñita rubia de muy pocos años que miraba embelesada sobre las piernas de su abuelo —lo que yo diga— lo que allí acontecía. Admirable. Haría falta tener el texto delante para percibir los matices de la versión de Miguel Murillo; pero, en líneas generales, aquello era lo que escribió Zorrilla con destreza tan extraordinaria, incluyendo los ovillejos de la escena XI del acto II de la primera parte cuando Don Juan habla con Lucía, la criada de Doña Ana de Pantoja («Quiero ver a tu señora»). Así que otra buena muestra del saber leer de Miguel Murillo. Mi vecina de asiento —que fue vecina vecina en tiempos— con cándida ignorancia, me preguntó si el árbol de la escenografía era de verdad, que estaba en la plaza «de siempre». Estas cosas solo pasan en el teatro. Me dieron ganas de continuar —después de borrarle la duda— y hablarle de que los escasos recursos escénicos, bien dispuestos, daban muy buenos resultados para representar un mesón, una calle, un convento o un panteón, y que a lo largo de toda la obra iba a ser así de sobresaliente. Dos incidentes notorios anoche en el Juan Tenorio. Un foco que reventó con sobresalto de actores y público, bien llevado por todos; y una señora desvanecida al final de la primera parte («Llamé al cielo y no me oyó / y pues sus puertas me cierra, / de mis pasos en la tierra / responda el cielo y no yo»), asistida por su marido y una vecina de asiento que desde arriba la abanicaba, otro espectador dispuesto y allí que no pasó nada. Y como Ana Ozores en La Regenta, no aguantó la segunda parte.

domingo, junio 18, 2017

Un libro «escojido»

El otro día nos hablaba Andrés Trapiello en Badajoz en una comida privada de algo de lo que habló en su conferencia pública —«La galería de retratos de la Hispanic Society of America»— en el Museo Nacional de El Prado el pasado 24 de mayo. Citó y mostró en pantalla una «joya» —así la denominó— como la edición de las Poesías escojidas (1899-1917), de Juan Ramón Jiménez, que la Hispanic Society of America publicó en una tirada de seiscientos ejemplares firmados por el autor y no destinados a la venta. Se cumplen ahora cien años de aquello. 1917. Igual que de la edición de Calleja del Diario de un poeta recién casado. Nos contó Trapiello —y lo cuenta a partir del minuto 18:32 de la conferencia— que aquel libro sufragado por Huntington fue un modelo de costosa y preciada edición, al cuidado de un Juan Ramón que lo dedicó en letra impresa a su mecenas, que se enojó por aquello, pues —le escribió Archer M. Huntington— «atenta contra el buen gusto y la buena educación». Y Juan Ramón Jiménez no se resistió a responderle: «he cumplido con mi deber y mi delicadeza». Lo cierto es que ese libro lo he tenido en mis manos esta mañana, gracias a José Luis Rozas Bravo, con quien he estado —con su madre, Tina, y su hermano Agustín— para hablar de un proyecto, que ojalá salga adelante, de textos inéditos —Conversaciones y semblanzas de hispanistas (Diario)— de su padre, Juan Manuel Rozas, que se hizo con un ejemplar de esas Poesías escojidas de Juan Ramón —la primera vez que en letras de molde se muestra la grafía del autor— dedicado por él a Eduardo Marquina. Una joya. Cuando yo llegué a Cáceres para estudiar Filología, la Delegación Provincial del Ministerio de Cultura que dirigía Teófilo González Porras, sostuvo un simposio sobre Juan Ramón Jiménez y una exposición bibliográfica —abril de 1981— en cuyo catálogo —nutrido por los fondos de la biblioteca en la que esta mañana he vuelto a estar acogido— figuraba este ejemplar con el número 19: Poesías escojidas (1899-1917) de Juan Ramón Jiménez. New York, 1917 (con un retrato del autor por Sorolla grabado en metal. Tirada de 600 ejemplares no venales. Con dedicatoria autógrafa a Eduardo Marquina). 350 págs. (Tela editorial). Una joya.

martes, junio 13, 2017

Goytisolo


Lo que ayer publicaba en La Marea el gran fotógrafo Gervasio Sánchez sobre Juan Goytisolo es verdad: «Juan me demostró su generosidad con creces. Era muy celoso de su intimidad y no le gustaba que se supiera las gestiones que solía hacer en privado para ayudar a tal o cual persona». Ya no está, y no se va a molestar por que yo ahora publique esta muestra documental de esa generosidad a la que aludía su amigo y admirador Gervasio Sánchez. Fue en Cáceres, el lunes cinco de septiembre de 2005, cuando vino a recoger el Premio Extremadura a la Creación con el que le reconoció la Junta de Extremadura. Habíamos viajado a Zafra en mi coche. A la vuelta, como si yo fuese un alumno aventajado, respetado; pero probablemente ignorante, me dejó en el reverso de una hoja de esas libretillas de los hoteles —Sol Meliá de aquel entonces— este apunte al que he quitado las direcciones y los números de teléfono que Juan Goytisolo se preocupó de anotar para que no tuviese ninguna dificultad, no solo de localizar las obras de sus amigos, sino de contactar con ellos si hiciese falta: Antonio Pérez Ramos, José María Pérez Álvarez, Javier Pastor, José María Ridao y Juan Francisco Ferré. Las novelas recomendadas: El Paraíso Perdido (Seix Barral, 2001), Nembrot (DVD Ediciones, 2002), Fragmenta (Editorial Lumen, 1999), El mundo a media voz (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2001) y La fiesta del asno (DVD Ediciones, 2005). Tengo todos esos títulos en mi biblioteca, leí todas esas obras y, en su mayoría, por la sencilla razón de que un escritor tan reconocido como Juan Goytisolo, con toda su obra narrativa principal ya publicada, se había demorado en hacer esa lista antes de bajar a la cafetería del hotel después de la siesta, para entregársela a un profesor y lector potencial de sus amigos escritores, de los que habíamos hablado la noche anterior cenando en El Figón. Semanas después, sería el presentador de una mesa redonda sobre nuevos narradores en el Instituto Cervantes de París, y en la que participaron casi todos ellos. Tiene razón Gervasio Sánchez en lo de la generosidad.

lunes, junio 12, 2017

Casa tomada


Tengo una idea personal de la vida literaria, que, como concepto, carece de connotaciones peyorativas. No es la pose, el vacuo intelectualismo, el escaparate o el negocio. La vida literaria, mi vida literaria, es otra cosa. Es una manera de sentir que tu cotidianidad está impregnada de literatura, desde un aroma a una tarea doméstica. No digamos un rincón lleno de libros o la lectura en un parque. Hoy, por ejemplo, mientras disponía la mesa para comer, he visto en un antiguo número de Clarín —de 2014, por estas fechas—, la revista de José Luis García Martín, un texto de Eduardo Jordá sobre «Casa tomada», de Julio Cortázar. Sin dejar de trajinar en la cocina, he leído lo escrito por Jordá, con el ejemplar en una mano, a veces, por trozos, en voz alta, por afianzar la sugerencia nítida que he sentido: el mismísimo Eduardo Jordá estaba sentado allí contándome que a él le parece que «Casa tomada» no es un cuento fantástico, que el propio Cortázar dijo a Omar Prego en una entrevista publicada en 1985 que surgió de una pesadilla, y que es posible que dijera la verdad; pero que no deberíamos fiarnos. Dice Jordá que puede que Cortázar soñase el chispazo inicial de ese cuento, pero lo que le salió luego no fue un relato onírico ni un relato fantástico, que lo que le salió fue otra cosa. Y ahí me ha tenido el escritor recordándome lo que yo ya sabía, que es uno de los relatos del argentino que más interpretaciones y más distintas ha suscitado, desde que es una alegoría del peronismo o de la expulsión de Adán y Eva del Paraíso, hasta que los intrusos que echan a los dos hermanos representan a los lectores. Y he notado una ironía molesta en las palabras de Jordá, que insiste en que «Casa tomada» no es un relato sobre una relación incestuosa ni sobre unos fantasmas que invaden una casa, «sino un relato sobre el peso insoportable que adquiere el pasado —y la soledad y el vacío y la vacuidad vital que se han ido acumulando a lo largo de ese pasado— en el alma de dos pobres hermanos que comparten una casa».  Un relato sobre la soledad. Y sobre el miedo. Y cuando ha hablado de esto Jordá he sentido un escalofrío parecido al escalofrío que sentí cuando leí el cuento por primera vez. Ha sido cuando Jordá me ha recordado el que él dice que es el único momento en que el relato entra en el terreno de lo fantástico; cuando el hermano oye un ruido, «un sonido impreciso y sordo, como un volcarse de silla sobre la alfombra o un ahogado susurro de conversación», cierra la puerta con llave y le dice a su hermana: «Han tomado la parte del fondo». A esto me refiero con mi vida literaria, que hay veces, y son frecuentes, que el espacio en el que respiro está tomado por lecturas, por hechos de literatura, por sonidos o por personas inteligentes y viajadas como Eduardo Jordá que se sientan ahí —no es la primera vez— para contarme cosas y para que yo me ilustre.

viernes, junio 09, 2017

Suroeste, 7


«Así es que aquí, si no se sabe nada o casi nada de Portugal, es, ante todo, porque se sabe poco de cualquier parte».  Con estas palabras de Leopoldo Alas «Clarín», que escribió varios artículos para defender unas relaciones culturales entre Portugal y España que afianzasen una sola nación intercontinental —y con una de las más difundidas imágenes del autor de La Regenta—, se ilustra la cuarta de cubierta del último número —van siete— de Suroeste. Revista de literaturas ibéricas, que dirige desde Badajoz Antonio Sáez Delgado y editan la Junta de Extremadura y la Fundación Godofredo Ortega Muñoz. Los encartes de este número son de los artistas Firehn Hate y de Maite Cajaraville y Gisle Frøysland. Me ha interesado mucho lo que escribe sobre José Antonio Gabriel y Galán Álex Chico, autor de ese ensayo ficción titulado Un hombre espera (2015), que se acompaña en esa sección dedicada al ensayo por Sara Afonso Ferreira, que escribe sobre la colaboración entre Almada Negreiros y Ramón Gómez de la Serna, y Ana Luísa Vilela, que lo hace sobre la novelista Teolinda Gersão con motivo de la entrega en Évora del Prémio Vergilio Ferreira 2017. Bien pobladas de buenos poetas están las páginas de la sección «Poesía» (Marta Agudo, Ana Luísa Amaral, Verónica Aranda, Patrícia Baltazar, Marica Campo, António Carlos Cortez, Juan Kruz Igerabide, Santos Domínguez, Margarida Vale de Gato, Abraham Gragera, Pau Joan Hernández, Miguel Hubert Lépicouché, César Iglesias, Martín López-Vega, Mario Lourtau, Jordi Mas, Luís Filipe Castro Mendes, Eduardo Moga, Nuno Moura, Pablo Javier Pérez López, Josep M. Roquer y Javier Pérez Walias). Diez colaboraciones son las que nutren «Narrativa», siete en portugués (António Barata, Eduardo Brito, Nuno Corvacho, valter hugo mãe, Fernando Cabral Martins, Miguel Filipe Mochila y Abel Neves), en español la de Mercedes Cebrián («Comercio exterior»), en gallego la de Antón García («Hecatombe») y en catalán la de Jordi Puntí («Ronyó»). Revista de literaturas ibéricas. Un buen ejemplo de convivencia cultural. De inclusión, no de exclusión. Confluencia de identidades, como las que se sugirieron en el número de la revista Turia (Letras de España y Portugal), que reseña Eloísa Álvarez en el «Escaparate de libros» en donde volvemos a colaborar algunos de los habituales, como María Jesús Fernández; pero también Antonio Rivero Machina, Antonio Jiménez Morato o el ya citado Miguel Filipe Mochila. Esto no es una reseña; es una nómina. Pero sea.

miércoles, junio 07, 2017

Lectura de Claudio Rodríguez


«LO QUE NO ES SUEÑO»

Déjame que te hable en esta hora
de dolor, con alegres
palabras. Ya se sabe
que el escorpión, la sanguijuela, el piojo,
curan a veces. Pero tú oye, déjame
decirte que, a pesar
de tanta vida deplorable, sí,
a pesar y aun ahora
que estamos en derrota, nunca en doma,
el dolor es la nube,
la alegría, el espacio;
el dolor es el huésped,
la alegría, la casa.
Que el dolor es la miel,
símbolo de la muerte, y la alegría
es agria, seca, nueva,
lo único que tiene
verdadero sentido.
Déjame que, con vieja
sabiduría, diga:
a pesar, a pesar
de todos los pesares
y aunque sea muy dolorosa, y aunque
sea a veces inmunda, siempre, siempre
la más honda verdad es la alegría.
La que de un río turbio
hace aguas limpias,
la que hace que te diga
estas palabras tan indignas ahora,
la que nos llega como
llega la noche y llega la mañana,
como llega a la orilla
la ola:
irremediablemente.

De Alianza y condena (1965)

Difundí este excepcional poema en una entrada dedicada a mis días con mi madre («Lo que no es sueño»), y volver a difundirlo para que se lea es como una deuda pendiente, como una promesa no cumplida. Además, me sirve para recordar que sigue abierto hasta el 15 de junio el plazo para presentar comunicaciones a las VII Jornadas Claudio Rodríguez. Ciencia, materia y poesía, que tendrán lugar del 16 al 18 de noviembre de 2017 en Zamora.

lunes, junio 05, 2017

Carta abierta a Juan Goytisolo (1982)

«Muy señor mío: Por estos días hace año y medio que empecé a intimar con usted a través de un libro suyo, Juan sin Tierra, lo cual me ha servido para penetrar, o por lo menos intentarlo, en los renglones de su ajetreada vida. Dice Ortega que pensar es buscarle tres pies al gato; usted, por fortuna, busca los tres pies, las dos cabezas e incluso los cinco rabos del dichoso félido. Gracias a usted, un servidor, aquí escribiente, ha podido no comprenderle en una primera lectura —agitadísima— y en una segunda cazar ráfagas de su prosa ardiente y fresca, incisiva y pulcra. Cuántas noches he soñado oír el ringorrando de su pluma sobre folios afortunados por verse escritos, manchados de su tinta. Cuántas otras he imaginado cabalgar sobre las palabras en una interminable llanura de textos suyos. Yo no sé si tomarle por un loco, o un arúspice, o un druida, o un amanuense a sueldo. Yo ya no sé nada; sea usted lo que quiera y déjeme —con perdón— ser admirador suyo. Y es que cuando usted escribe: «según los gurús indostánicos, en la fase superior de la meditación, el cuerpo humano, purgado de apetitos y anhelos, se abandona con deleite a una existencia etérea, horra de pasiones y achaques, atenta sólo al manso discurrir de un tiempo sin fronteras, alado y leve como esas avecillas vagabundas aparentemente sujetas a la suave y melodiosa inspiración de una invisible brisa,... » a mí se me retuerce el duodeno en el píloro y las costillas me claquetean como si de frío se tratase. O cuando usted nos habla de ofrendas en cuclillas de «esas partes carirredondas, joviales», que nos recuerdan alegremente «a los mofletes rubicundos de Eolo» a mí se me aparecen su Virgen Blanca, su Ojo de Dios, su Redentor, su Divina Intercesora y me obligan a pensar que yo a usted mejor le comprendo en árabe —idioma que me domina porque no entiendo nada— que en castellano. Tengo que admitir que nunca había llegado a estar tan desmesuradamente extasiado leyendo las páginas de un libro, sobre todo, cuando sentía sobre mis asentaderas la curiosa frescura de la taza del water. A usted no le valen las preguntas de «un espectador irónico e incisivo», «un mozo imberbe», «una joven de pechos abultados», «un licenciado en filosofía» o «una celadora de una cofradía parroquial»; no, nada de eso, y menos mis líneas. Para usted, señor mío, lo único que vale es el idioma, que es su fortaleza, su confortable estudio y su vida placentera. En el fondo, es usted un curioso animal «libre» en esas reservas naturales en las que los bichos se pueden ver desde los coches siempre y cuando se tengan las ventanillas herméticamente cerradas. Siga, siga usted, por favor: «...el inalienable pero denegado por años, lustros, centurias, derecho a la palabra, en la negra soledad de la mazmorra o potro de tortura...». Ya lo dijo François Villon: «Toda bestia salva el pellejo». Le saluda, Miguel Á. Lama.» [Este texto lo escribí como un ejercicio de clase hace treinta y cinco años. Me lo corrigió el profesor César Nicolás, que escribió ese comentario que aparece manuscrito en el folio que entregué mecanoscrito por ambas caras. Vaya en homenaje a Juan Goytisolo y —sin pudor— a un tiempo que pasó y del que hay efusiones que siguen vigentes.]

domingo, junio 04, 2017

Juan Goytisolo (1931-2017)


©Fotografía de Bernardo Pérez
«Ha muerto Juan Goytisolo. Lo siento mucho, hermano» (4-6-2017. 14:39). He brindado desde casi mis primeros balbuceos de lector una singular veneración a Juan Goytisolo, con el que me recuerdo en la Biblioteca Pública de Zafra leyendo páginas difícilmente comprensibles y asimilables hace muchos años, de bachiller. Poco dado al fetichismo —por tímido—, solo he caído en la manía coleccionista y el deseo de estar con quien escribió lo que leo con dos autores vivos —no cuento a los amigos que se han hecho escritores y de los que de algunos guardo más papeles que los que ellos tienen—: Juan Goytisolo y Juan Marsé. Precisamente, dos autores tan coetáneos como antagónicos. Juan Goytisolo ya no es uno de los más grandes escritores vivos; pero su obra ya le ha llevado a la cumbre de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX y de las dos primeras décadas del siglo XXI, siglo en el que ha recibido sus principales reconocimientos en España. Vueltos de Madrid, en donde anoche nos salpicamos del entusiasmo blanco en el caudaloso río de la Castellana que gritaba hacia Cibeles contra el Barça y Cataluña, hemos querido seguir en la televisión pública española la noticia de la muerte de un escritor universal nacido catalán que ha escrito en castellano, y, sorprendentemente, solo hemos podido ver a la hora de comer treinta y tres segundos dedicados a Juan Goytisolo, frente a los casi tres minutos para la muerte de David Delfín —con declaraciones de un ministro incluidas—, y los diecisiete minutos ofrecidos a la victoria del Real Madrid. Y evidentemente, más tiempo que al atentado de Londres. No es reproche. Diecisiete minutos, tres minutos y treinta segundos. Es constatación del reflejo público de la trascendencia que cada cosa tiene en la educación de nuestra sociedad. Algo así como lo que dejó dicho Juan Goytisolo sobre la transición pendiente en asuntos de educación. Algo así. Por eso me alegro ahora de haber celebrado sus éxitos. Y me entristece la noticia de su muerte, que los amigos me han comunicado también como si fuese la de un pariente. Así me ha conmovido el pésame de mi hermano hace unas horas por la de un escritor querido que sabe que he leído. «Ha muerto Juan Goytisolo. Lo siento mucho, hermano». Parece ser que mañana lunes será enterrado en el cementerio civil de Larache en Marrakech.

miércoles, mayo 31, 2017

Lujo para todos en Cáceres Abierto


Hoy he estado con Dionisio Cañas, que ha venido a Cáceres para participar en Cáceres Abierto, y muy gentilmente me ha traído su nuevo libro —y último de poesía, me ha dicho—, La noche de Europa. Madrid, Amargord Ediciones (Col. Palabreadorxs), 2017. La colección que dirige David Trashumante lleva el subtítulo de «Libros para leer a viva voz», y este va acompañado de un disco —un collage de voces y sonidos que contiene Las 8 puertas de la noche, con más textos de Dionisio Cañas— más un reclamo del proyecto participativo sin ánimo de lucro accionrefugiados.es que el poeta sostiene junto a la periodista Carla Fibla. Dionisio Cañas ha venido a Cáceres para realizar hoy un taller preparatorio en la Biblioteca Pública «A. Rodríguez-Moñino/María Brey» de la ManifestACCIÓN que tendrá lugar mañana jueves, con salida desde la biblioteca, y recorrido por el Paseo de Cánovas, hasta la Cruz y final en la Sala de Arte «El Brocense», donde se expondrán los materiales utilizados en la manifestación con un lema luminoso en el que se leerá Lujo para todos, título del manifiesto escrito por Dionisio Cañas que da sentido a la acción: «Nos manifestamos porque queremos ser felices. El lujo es una manera de conseguir la felicidad. Manifestar pacíficamente los deseos es también una forma de la felicidad colectiva porque el deseo de lujo nos une, aunque para cada persona la palabra lujo tenga su significado particular, individual: para algunas personas es un lujo poseer una obra de arte original, para otras puede ser simplemente tener tiempo libre. […] El lujo, material o inmaterial, es un valor absoluto pero nuestra percepción del lujo es relativa.  El lujo es un signo de la riqueza de algunas personas. Nosotros proponemos que el lujo sea asequible para todo el mundo, es decir que lo innecesario, como es el caso del arte, esté al alcance de todos y todas, ya sea a través de eventos participativos o de una democratización sistemática de las instituciones artísticas para que todas las personas que lo quieran puedan disfrutar del arte, es decir, del lujo de mirar y de disfrutar del arte aunque no podamos poseerlo».

domingo, mayo 28, 2017

Libro de estilo de la Justicia


Dirigido por el jurista y académico Santiago Muñoz Machado —doctor honoris causa por la Universidad de Extremadura—, este Libro de estilo de la Justicia (Barcelona, Espasa Libros-Real Academia Española-Consejo General del Poder Judicial, 2017) está concebido para «ayudar al buen uso del lenguaje en todos los ámbitos donde el derecho se crea y aplica» (pág. XXXI). Contiene seis secciones y unos nutridos apéndices con abreviaturas, siglas, símbolos alfabetizables y no alfabetizables, numerales, cargos y tratamientos y gentilicios de comunidades autónomas y países. Me ha llamado la atención que tenga en esta obra tan poca presencia la iniciativa del Consejo de Ministros de 30 de diciembre 2009 por la que se creaba la Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico, que concluyó sus trabajos en 2011, cuando era Ministro de Justicia Francisco Caamaño y director de la RAE José Manuel Blecua. Nada se dice de eso en la «Presentación» de Muñoz Machado, e incluso el Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo del Poder Judicial, Carlos Lesmes, escribe sobre «una inédita andadura para la Justicia española». Aunque sí que en el capítulo 2 de la primera parte —«Hacia un lenguaje jurídico claro»— se resumen algunas de las medidas propuestas por la Comisión de Modernización del Lenguaje Jurídico. Sin embargo, se obvian las propuestas de acercamiento del lenguaje jurídico a la ciudadanía —claro, se aludía a educación para la ciudadanía—, que se sustituyen por un «Acercamiento del lenguaje jurídico a la población estudiantil» (?), cuando aquel Informe de la Comisión de modernización del lenguaje jurídico publicado por el Ministerio de Justicia se refería a la formación lingüística del profesional del derecho, que parece más claro y preciso. En fin, da la sensación de que este Libro de estilo de la Justicia no arranca de lo hecho anteriormente porque lo hecho antes está hecho por aquellos que estuvieron anteriormente. Conozco algo de esos antecedentes porque en septiembre de 2011, invitado por Jesús García Calderón, por aquel entonces Fiscal General de Andalucía, participé en el I Curso de Modernización del Lenguaje Jurídico —en el que por la RAE intervino el lingüista Salvador Gutiérrez Ordóñez— y dos meses después, en diciembre, en el II Curso, celebrado en la sede del Parlamento de Andalucía en Sevilla. Fue una experiencia gratificante en la que un filólogo como yo vio cómo podrían abrirse salidas laborales para los profesionales de mi campo con la  propuesta de creación de un cuerpo de filólogos jurídicos que pude leer en la ponencia-informe «Un nuevo derecho a comprender», del citado fiscal y también poeta Jesús García Calderón, alma de tan importante proyecto que ahora se materializa de esta manera en un libro de estilo que es más un léxico que un manual sobre el lenguaje jurídico o una gramática específica. Si las «Cuestiones de ortografía» —la parte quinta del libro— no pueden considerarse aplicables al lenguaje jurídico —aunque los ejemplos destacados sean atinentes a ello— y el «Léxico», que es la sexta parte, ocupan en total más de trescientas páginas, quedan poco más de cien para las verdaderas propuestas de mejora del lenguaje jurídico sobre su definición y su tipología, su semántica y su pragmática. En cualquier caso, es una obra de utilidad que suma, no resta, al propósito de claridad del lenguaje legislativo y forense; y su publicación debe de ser muy bien acogida; cómo no.

viernes, mayo 26, 2017

Los bibliófilos con Tina


Este año, la Unión de Bibliófilos Extremeños (UBEx) dedicará su tradicional «Día del Bibliófilo», en el marco de la Feria del Libro de Badajoz, a Agustina Bravo Ortuño, que alberga en su casa de Cáceres una de las bibliotecas privadas —y de ningún modo privativa— más eminentes de las que conozco de Extremadura. Tina fue la esposa de mi profesor Juan Manuel Rozas (1936-1986), y tras la temprana muerte de éste quiso y supo preservar el legado librario —palabra que no registra el DRAE, pero sí el Diccionario del Español Actual de Seco— de quien se dedicó a admirar y a ensalzar la bibliofilia y la labor bibliográfica de cumbres como Bartolomé José Gallardo o Antonio Rodríguez-Moñino, por citar a otros extremeños, no de adopción, como Tina y Juan Manuel —y sus cuatro hijos—, sino de nacencia. Será un gusto acompañar a Tina mañana sábado 27 de mayo junto a José Luis Bernal, Jesús Cañas y Malén Álvarez Franco, a José Luis Rozas, y a todos los que acudan a las 10:30 de la mañana —qué horas— al Parque de San Francisco de Badajoz para tributar el reconocimiento que merece una mujer que ama los libros de una manera tan generosa.

miércoles, mayo 24, 2017

Meléndez Valdés


Juan Meléndez Valdés retratado por Francisco de Goya (1797)
The Bowes Museum (Barnard Castle, Gran Bretaña)
«El 24 víspera de Pentecostés, a las nueve y once minutos de la noche, fue Dios servido de llevarse para sí a mi amado y estimadísimo Meléndez. Había pasado el día de buen humor. Se acostó y dijo "traéme una taza de té, pues tengo un poco de flato...", se le trajo corriendo el té y al tomar el primer sorbo, meneó dos veces la cabeza: la levantó arriba y la inclinó. No se tardaron dos minutos en todo, y expiró en mis brazos». Esto es lo que escribió la mujer del poeta Juan Meléndez Valdés, doña María Andrea de Coca, desde Montpellier el 28 de mayo de 1817 a su sobrino Benito de la Riva y Coca sobre los ultimísimos instantes de la vida de su marido, que falleció tal día como hoy, 24 de mayo, hace doscientos años. Pero lo más conmovedor de un final aparentemente plácido según el relato es cómo una personalidad intelectual de la talla de aquel escritor y magistrado, nacido en Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo de 1754, sufrió una emigración forzosa por sus ideas, por su fe en el progreso y la libertad, por su modernidad. Tuvo que salir de España en 1813 y peregrinó como un miserable perseguido por lugares como Burdeos, Vic-sur-Losne, Nîmes, Alès, Montauban, Montpellier..., aquejado de perlesía, mal alimentado y, sobre todo, apesadumbrado por la desgracia de no poder volver a España. En Extremadura, este año 2017 se le va a recordar con diferentes actos y publicaciones, y una temprana actividad ha sido la convocatoria por parte del Ayuntamiento de Ribera del Fresno, en colaboración con la Diputación de Badajoz y la Junta de Extremadura, del I Premio Nacional de Poesía «Meléndez Valdés», que ha recaído en el poeta Jordi Doce (1967) por su obra No estábamos allí (Valencia, Pre-Textos, 2016). Este viernes 26 de mayo se entregará en Ribera del Fresno este premio que reconoce al mejor libro de poesía publicado en España el pasado año.

viernes, mayo 19, 2017

Ni mu de Nemo


Ni mu de Nemo (Tusquets Editores, 2016). Una de las mejores novelas que leí el año pasado y de la que, sin embargo, nada dije. Nada escribí. Ni el pasado año ni este. Hasta ahora. Un texto excepcional. Me pregunto por qué leí de manera tan impredecible esta novela de un escritor que admiro. Es extraño. No de un tirón, no; a tirones, como cuando se te iba a calar el coche. Y se calaba. Y tenías que volver a arrancarlo. Ni siquiera a trancos como leen tantos. Porque podría haberla leído a trozos. Y es que sus 285 páginas están divididas en ciento treinta y una secuencias. 131 es capicúa y anilina; y esto le gusta mucho al autor de Nemo. Trozo a trozo queda entera. Como finalmente la leí, a trozos y muy tarde. Tardé mucho. No sé por qué; porque yo leo muy bien todo lo de Gonzalo Hidalgo. Bayal. Vamos, que siempre me encuentro muy a gusto y me cuesta mucho cerrar el libro incluso ante una necesidad imperativa. «Todo se confabula en ocasiones contra los propósitos», o algo parecido, me ha parecido leer en esta novela, y algún misterio se me habrá colado por el balcón que alumbra mis lecturas ya que tanto silencio ha resultado ser copulativo del silencio de Nemo personaje y adversativo de la facundia de Nemo novela. Una novela excepcional con la que uno aprende mucho y entiende poco. Porque si no, no me explico cómo he podido estar sin decir nada todo este tiempo. Deberá ser lo que dice el lema de Sófocles que encabeza este libro: «que en lo que entiendo mal callarme suelo». Y al suelo acaba de caer una octavilla de Natalia Gil, jefa de prensa de la editorial Tusquets, que acompaña el envío de mi ejemplar, recibido —nótese— el 22 de enero de 2016 —para que quede constancia de la dilación— en la que yo vi una quintilla de eneasílabos y octosílabos —cuánto gustan a Gonzalo estas métricas diabluras— que vendría a decir «Por deseo expreso del autor / un ejemplar de su libro / le hacemos llegar./ Y aprovecho la ocasión / para darle un saludo cordial». Hasta ahora no acuso recibo.

viernes, mayo 12, 2017

En el bus


Se me hicieron eternos aquellos minutos en el bus como único pasajero. Me había sentado al fondo y divisaba todo el coche como un largo pasillo cambiante, como una siniestra diligencia conducida por un tipo avieso vestido de negro y con sombrero de copa que hiciese chascar su látigo sobre los lomos de seis caballos brunos, o casi brunos, «porque la pena tizna cuando estalla, / donde yo no me hallo no se halla / hombre más apenado que ninguno. / Sobre la pena duermo solo y uno, / pena es mi paz y pena mi batalla, / perro que ni me deja ni se calla, / siempre a su dueño fiel, pero importuno. / Cardos y penas llevo por corona, / cardos y pena siembran sus leopardos / y no me dejan bueno hueso alguno. / No podrá con la pena mi persona / rodeada de penas y de cardos: / ¡cuánto penar para morirse uno!». El bus paró y yo levanté la vista del libro. Entonces comenzó a subir gente.

lunes, mayo 08, 2017

Womad Cáceres 2017


Hace seis años escribí una nota para publicar en este blog sobre cómo veía el festival Womad tras veinte ediciones. Ahí llevaba la nota sin publicar desde que anoté que la mejor confirmación del paso de los años está en uno mismo. Porque uno, quizá, ya no comprenda la fiesta, que antes era cultural y ahora no tanto; me parece. He ido alejándome del Womad a medida que el Womad ha ido acercándose a mí; pues vivo en la zona afectada por la suciedad y el alboroto que resulta asociado a un acontecimiento multicultural de esta índole. Escribí hace seis años que el Womad fue una fiesta de la cultura y ya no lo es; y me preguntaba si hacía veinte años no me daba cuenta de que la gente bebía y ensuciaba la ciudad. Pero es que no era así, y no he perdido tanto la memoria. En aquellos tiempos escuchábamos música y bebíamos en vasos de cristal en los bares de la zona, y no pasaba nada. Ahora no, ahora todo es otra cosa. Unos lo llaman botellón, multicultural y con música; pero botellón. Y hoy, una cadena de supermercados que ha abierto tienda cerca de casa me lo ha confirmado. En lugar de anunciar la venta de discos o camisetas de Radio Tarifa, Juan Perro, Tarak de Haïdouks, Amparanoia, Elíades Ochoa, Khaled, Las Hijas del Sol, Concha Buika, la Mala Rodríguez, Kiko Veneno o Elefteria Arvanitaki, que son algunos de los músicos que yo he escuchado en estos años en Cáceres —qué antiguo—; sí, en lugar de anunciar la venta de discos y camisetas de los músicos que este año vienen a Cáceres, como Sharon Shannon, Mû Mbana, La Sra. Tomasa o los extremeños  Prexton o Javier Alcántara —qué moderno—; me han dejado en la escalera un folleto a color con el reclamo «Especial Womad 2017. Oferta del 9 al 14 de Mayo» que dice: «Ron Negrita o Ribera Caribeña Añejo + Cocacola o Fanta Naranja o Limón + Bolsa de Hielo y 10 Vasos = 10 Euros», «Whisky Highland Glendon + Cocacola o Fanta Naranja o Limón + Bolsa de Hielo y 10 Vasos = 10 Euros», «Vino Pitarra Vegas de Rivilla + Refresco Cola o Naranja o Limón […] + Bolsa de Hielo y 10 Vasos = 4 Euros», «Ron Barceló Cacique o Brugal Añejo + Cocacola o Fanta Naranja o Limón + Bolsa de Hielo y 10 Vasos = 15 Euros». Y hay más. «Ginebra SK Premium Strawberry + Cocacola o Fanta Naranja o Limón + Bolsa de Hielo y 10 Vasos = 12 Euros», «Vino Tinto Gran Duque + Refresco Cola o Naranja o Limón […] + Bolsa de Hielo y 10 Vasos = 3 Euros». Y hay más... A todo color.

domingo, mayo 07, 2017

Día de la Madre


Ahora que no está, la memoria me trae los recuerdos mejores. Incluso si vienen de los años más duros para ella, tienen el color del júbilo que sentía cuando salvaba con dificultad los treinta y cuatro peldaños de la escalera de casa. Sobre todo para salir; porque lo de volver a casa no lo llevaba bien. Y menos, subiendo. Ella y sus dificultades, su mermada capacidad para mucho, su dependencia; pero también la vida que afrontaba ilusionándose con tu disfrute, o con cualquier salida a la calle, por el motivo que fuese. Le gustaba sentarse en las terrazas, que había que amortizar todo el tiempo posible. Yo quiero ser como ella, una superviviente razonable.

viernes, mayo 05, 2017

«Mi nombre es Carmen Alfonso y no nos conocemos»


Así comenzaba su carta sin fecha —pero quizá de 1 de marzo de 2017— esta profesora de Lengua y Literatura Española de un instituto de Sevilla. Me enviaba con ella un ejemplar de esta novela de Antonio Jiménez Casero, Medea murió en Corinto (Barcelona, Chiado Editorial, 2016). Me predispone favorablemente saber que es el producto de una clase de Literatura Griega de este profesor extremeño de Azuaga (Badajoz), en donde nació en 1952, y que ha ejercido durante la mayor parte de su vida profesional en el IES Pino Montano de Sevilla y que fue Premio Felipe Trigo de novela en 1988 con El morador insomne (Madrid, Bitácora, 1989). Pero, sobre todo, me predispone el gesto de esta lectora que me manda dos folios mecanoscritos para recomendarme, disculpándose por la «intromisión osada», una obra «de visible valor» que es «la concienzuda deconstrucción del mito de Medea. Desarrolla un alegato literario sin estridencias contra la misoginia, bien dosificado. Pero hay en la novela muchos más elementos del pasado que han desembarcado en el presente. En la novela el poema épico aparece desenmascarado, sorprendido en sus verdaderas intenciones, antes de que hubiésemos acuñado el término «postverdad». El protagonista narrador nos desvela que el mito está lleno de mentiras urdidas hábilmente. Las mismas mentiras que tejen los asesores de imagen y los gabinetes de prensa de nuestros días. […] Sutilmente dibujada, como telón de fondo, está Corinto. Como cualquier gran ciudad de hoy, es abierta, cosmopolita, laboriosa, sin pobres en las esquinas, de edificios elegantes y seguros; una ciudad que habla cien lenguas pero en la que la gente se entiende fácilmente. La evolución de la ciudad en la narración nos puede servir hoy para explicar el ascenso al poder de manipuladores oportunistas por muy larga y consolidada que sea la experiencia democrática en algunas naciones. Basta con que la sociedad cosmopolita, abierta, culta y democrática sienta miedo. En esos casos puede suceder cualquier cosa. Y, por supuesto, está Medea, la mujer cuya inocencia se proclama. Esta Medea no es la que todos conocemos. No es la bruja colca, la princesa salvaje y sin conciencia que dio muerte a sus hijos para vengarse de un marido ambicioso que había olvidado sus promesas. Ella podría ser cualquier mujer con la que uno se cruza al caminar. Antonio Jiménez hace un uso ágil de los diferentes planos temporales cuando la novela se centra en la historia principal. Pero llama especialmente la atención el lenguaje cuidadosamente aquilatado, preciso, con un léxico rico, con frases a las que nada sobra ni falta. En un lenguaje evocador; siendo un castellano actual, resuena en esta prosa el ritmo de los poemas épicos. Sin embargo, no resulta pretencioso ni artificial, a pesar de su eficacia.» Éstas tienen que ser, pues, las primeras palabras de una reseña del libro que estoy leyendo. Son prueba de la amistad de una lectora, prueba de fervor por la lectura. Son, finalmente, una recomendación que ha calado en uno que ya está leyendo Medea murió en Corinto. 

lunes, mayo 01, 2017

III Premio Hispano-Portugués de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano»


El ganador de la tercera edición del Premio Hispano-Portugués de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano» ha sido el alumno de IES Virgen del Puerto de Plasencia Pablo Sánchez González. El accésit ha sido para Ana Melo Palma Soto Cano, del Agrupamento de Escolas nº 2 de Serpa, Portugal. Ilustro esta entrada con el acta del jurado. La entrega del premio será este viernes 5 de mayo en San Vicente de Alcántara. Allí estaremos.

viernes, abril 28, 2017

Cáceres de novela (I)


En noviembre de 2007 Miguel Hurtado publicó un artículo en El Periódico Extremadura, que tituló «Novelas de Cáceres y el 2016», en el que llamó la atención sobre la necesidad de contagiar el entusiasmo por la cultura propia a través, por ejemplo, de divulgar la intención de aquellas novelas que han tratado sobre la ciudad de Cáceres —por eso la alusión a aquello que fue el fiasco de 2016—; porque él consideraba que una de las bazas para asegurar aquella candidatura de Cáceres como ciudad europea de la cultura era la publicidad de las raíces desconocidas o perdidas. Si mi recuento no es erróneo, Miguel Hurtado citaba los siguientes títulos sobre Cáceres: Alonso Golfín (1894), El rizo negro (1903) y El ídolo roto (1904), de Publio Hurtado; la eminente por curiosa Santa Lila de la Luna y Lola (1935), una novela escrita con seudónimo y a dos manos entre Pedro de Lorenzo y Leocadio Mejías; Crimen en el Museo (1976), de Cástulo Carrasco; la novela póstuma de Pedro Romero Mendoza (1896-1969), Angustia (1979); y el Carnaval Trágico (1928), del pintor Pedro Campón, que es obra inédita, y, según Miguel Hurtado, definida por su autor «como guión cinematográfico en la portada del manuscrito, que se conserva en una de las mejores bibliotecas particulares cacereñas». Me gustaría, con tiempo, paciencia y la ayuda de todos los que me lean, elaborar un corpus razonado y con criterio de textos narrativos en los que Cáceres o su trasunto disfrazado —como en Historias de Ciconia (2008), de Fran Rodríguez Criado, El testimonio del becario (2010), de José Antonio Leal Canales, o El sembrador de adoquines (2015), de Isidro Timón Rodríguez— sirva de escenario de la acción. No cito todas las que hasta este momento he recopilado; porque hay más. Sirva, por ahora, esta intención y este reclamo; y mi inclinación por escribir, sobre todo, sobre dos curiosos relatos: Santa Lila de la Luna y Lola —es una delicia histórica— y Crimen en el Museo, que tiene un arranque portentoso: «Cuando Eugenio Castro, recién salido de la Escuela Superior de Policía, recibió la noticia de que, para desempeñar su primer destino, había sido adscrito a la plantilla de Cáceres, sintió deseos de renunciar a la plaza. […] De haberle tomado juramento solemne sobre si tal población, capital de provincia y todo, tenía existencia real, quizá hubiese dudado antes de dar respuesta afirmativa. Resultaba muy problemático aquello de que la tal ciudad fuese algo más que un puntito en la piel de toro de la nación.» Luego la cosa mejora, vaya que si mejora.

lunes, abril 24, 2017

Día de Letras en Cáceres


Con motivo de la festividad de San Isidoro de Sevilla, patrón de mi Facultad, se celebra este miércoles 26 de abril el Día de Letras en Cáceres. En el Instituto de Lenguas Modernas (Avda. de la Montaña, 14), por la mañana, desde las diez hasta la una, un grupo de profesores ofreceremos unas «micro-conferencias» de quince minutos cada una sobre asuntos de nuestro ámbito de estudio dirigidas a alumnos de los institutos de Enseñanza Secundaria de la región. Alfonso Pinilla García («Historia y superhéroes Marvel. Un análisis de los atentados del 11-S desde el cómic»); Juan Carlos Iglesias Zoido («Una tablet en Pompeya»); Ana Belén García Benito («Dos jugadores y un tablero es todo lo que necesitas para trabajar la lengua y la literatura portuguesas»); José Julio García Arranz («El cine dentro del cine: el caso de Star Wars Episodio IV. Una nueva esperanza»); Francisco García Fitz («Monstruos S. A.»); Miguel Ángel Lama («Cruel belleza la poesía»); Felipe Leco Berrocal («Geografía. El ABC de las Ciencias Sociales»); Manuel Sánchez García («Cómo insultar en inglés»); y Carmen Galán Rodríguez («Del bisonte al WhatsApp o la historia de la escritura a través de la imagen»). Por la tarde, a las 20:30, y tras la entrega de reconocimientos a personas especialmente destacadas de la Facultad, el escritor Luis Landero dará una conferencia titulada «Devaneos de escritor». Se clausurará la jornada con un concierto del grupo musical Son del Rosel. La entrada será libre, hasta completar el aforo del salón de actos del Instituto de Lenguas Modernas.
Presentación de El balcón en invierno en la Biblioteca Pública de Cáceres. 
Con Gonzalo Hidalgo Bayal. 15 de octubre de 2014