domingo, septiembre 30, 2007

De Cáceres (1)


El recorte arrugado de la última página del periódico HOY del viernes presenta un titular sobre una intervención de Bill Clinton que, con el debido respeto, debería haber encabezado la crónica, medida, poco apasionada, escéptica, y para leer entre líneas, de Claudio Mateos en ese mismo periódico referida al acto en apoyo “de Extremadura” [sic] a la candidatura de Cáceres como Ciudad Europea de la Cultura en 2016. Fue el jueves, y no acudí porque no entendí la convocatoria. Se han cumplido ya los tres años desde la propuesta y algunos aún andan adhiriéndose con discursos que reto a cualquiera a analizar.
Me alegré, porque lo pasé bien donde estuve y con quien estuve, y aproveché el tiempo. Dos personas amigas, Eduardo Alvarado e Isidro Timón, al día siguiente, coincidieron en hablarme de lo mejor del acto, la intérprete de LSE sobre las piezas de Miguel de Tena. Lo peor, la asistencia. Lástima. ¿Hay dudas aún sobre la adhesión de Extremadura, de su gobierno, de los ayuntamientos de todas sus ciudades..., al proyecto de Cáceres 2016? ¿Es necesario convocar actos así? ¿Por qué no en el Círculo de Bellas Artes de Madrid o en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona? Más inteligente, al día siguiente, Julián Rodríguez y su Editorial Periférica hacían más por Cáceres y su cultura, dando a conocer sus libros en la FNAC de Callao en Madrid. Sí.

viernes, septiembre 28, 2007

Me llaman Calle

Me envía un mensaje Mamen Briz, del colectivo HETAIRA, para divulgar que en la página web de Manu Chao puede verse y escucharse el videoclip de éste y de Fernando León de Aranoa sobre las princesas, las sin salida, Me llaman Calle. El colectivo HETAIRA desea agradecer a ambos, a Manu Chao y a Fernando León, su compromiso en defensa de los derechos de las prostitutas, nos escribe Mamen. Me hago eco.

miércoles, septiembre 26, 2007

Una lección de Estilística


"Pongámonos frente al poema."

—Dámaso Alonso, Poesía española (1950)—


Un eneasílabo (mixto)

Para ti, que no tienes nada.

martes, septiembre 25, 2007

Una calle para mi hermano

Mi hermano merece una calle en Zafra. La merece más que Cánovas del Castillo, que Gregorio Fernández, que el Olivo, el Almendro, el Laurel, la Cruz, que Santa Catalina y, por supuesto, que el comandante —o lo que fuese— Castejón. Mi hermano José María ha dedicado tanto tiempo y tanto trabajo, inteligencia e ingenio a su ciudad que cualquier calle sería estrecha, si así tuviese que medirse uno de los reconocimientos que merece quien decidió vivir en Zafra y dedicarse a ella. Artífice de tanto, puso en pie una de las más pujantes universidades populares de aquellos años, ideó y construyó luego un taller de educación que hoy tienen como madre varias iniciativas modernas que dan de comer a muchos; estuvo una década entregado a la política municipal como concejal del Ayuntamiento de Zafra y ha escrito uno de los libros principales de historia local —y universal— que pueden escribirse, por valiente, justo y riguroso. Por menos, algunos nombran avenidas.
El final del fin de semana, que cayó en domingo, casi como siempre, fue apoteósico. Me planté en Zafra en hora y poco con el único propósito de escuchar a mi hermano diciendo el pregón de la Feria de nuestro pueblo, quingentenaria y superior. Una pieza oratoria memorable la de mi hermano José María, que tomó como hilo de su discurso el ingenio como blasón inmaterial de nuestro pueblo. Eché en falta a nuestro amigo Manolo Peláez —y allí estuvo, como siempre, Mercedes Santos—, a quienes saludo desde estas líneas que sé que sentirán muy cercanas, por dedicadas a Josemari. Sea. Esa misma noche, después de un rato en el espléndido patio del Parador, el Castillo de los Duques de Feria, dormí en casa, en mi cama. Era tarde ya, casi la una y media de la noche; y soñé que volvía a Zafra porque mi hermano descubría el letrero de su calle en un acto multitudinario —y en vida, claro—, como el de la otra noche.

En la fotografía, puede observarse, de nuevo, su actitud protectora. Además, parece como si me tomase el pulso. Sin duda, merece una calle. Impresionante.

XII Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval

Nuestra Universidad y esta ciudad de Cáceres acogen el duodécimo Congreso de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval que preside Carlos Alvar. En el ámbito de los estudios filológicos y de historia literaria es todo un acontecimiento que viene celebrándose cada dos años, y más acontecimiento hoy aquí por el marco de esta edición, que por primera vez se celebra en Extremadura y en su Universidad, en nuestra Facultad de Filosofía y Letras, en donde contamos con profesores, como Javier Grande Quejigo o Jesús Cañas Murillo, directores de este congreso, que en el presente o en un pasado reciente, hacen y han hecho aportaciones notables al panorama de los estudios medievales.
Hoy he disfrutado nuevamente escuchando a quien fuera mi profesor de Literatura Medieval, Miguel Ángel Pérez Priego, que nos ha hablado de la presencia de la poesía de cancioneros en el teatro castellano desde Juan del Encina a Lucas Fernández o Torres Naharro. Sobre la poesía del siglo XV —comencé con los cancioneros de burlas— habría empezado a investigar yo de no irse de Cáceres, cuando yo aún alumnaba, este insigne medievalista, hoy profesor en la UNED.
En un apunte de la trastienda de este blog —la que esconde esbozos previos a la publicación— tengo unos versos de Juan del Encina: “Es vida perdida / vivir sin amor. /Mejor es vivir/ pesar y dolores / que estar sin amores.” Llevan la anotación lamentosa y sorprendente de “¡Qué poca poesía medieval se lee en los blogs!” Así, sin complejos. Y tiene años el apunte.
Hoy he revivido aquello al escuchar y leer en la conferencia de Pérez Priego otros versos, de Torres Naharro, por ejemplo: “Una tierra sola, Roma,/ y un Señor, un solo Dios, / y una dama sola, vos.” O los de la Farsa llamada Rosiela tomados del Cancionero General: “No quexo de mi passión, / aunque muero en padescella, / que escusa la querella / quando la causa razón.” Qué bonito.
A partir de hoy y hasta el sábado, un montón de gente sabia —Alan Deyermond, Isabel Uría, Cristina de Almeida de Ribeiro, Juan Paredes Núñez, María E. Lacarra, Vicente Beltrán..., además de los citados y otros— pisarán las calles de Cáceres, también de Guadalupe y de Trujillo, y resonarán en ellas ecos de las cantigas de escarnio alfonsíes, de la poesía cancioneril, de la galaico-portuguesa o de la prosa de don Juan Manuel. Un grato privilegio.

miércoles, septiembre 19, 2007

La BVPB

El otro día conversaba con una colega sobre actitudes y modos en la enseñanza de la literatura, y, en concreto, sobre los usos y abusos de internet por parte de los estudiantes —y de los profesores, añado. Me decía, entre otras muchas cosas sabias que siempre tengo a gala compartir y aplicar en mis clases, que están acostumbrándose —estamos acostumbrándonos, añado— a no visitar las bibliotecas ni las hemerotecas, a que todo —parte de todo— puedan bajarlo de la red, y que llegará el momento en que no sabrán qué es una biblioteca.
Días después de aquella conversación y vuelto a la tarea cotidiana de buscar información en la biblioteca, entre papeles y libros que huelen, y en la red, utilísima e inodora, no estoy con mi dilecta colega en aquello que decía. Y apuesto por un estudiante de filología que, sin perder el contacto con las bibliotecas —algo, por el momento, imposible según a qué altura de su formación—, saque todo el partido —y qué maravilla, y qué bien si nosotros, cuando hacíamos nuestras tesis, hubiésemos tenido esa posibilidad— a consultar desde la silla de su estudio en casa las 675 páginas de las Definiciones de la Orden de Calatrava elaboradas por Jerónimo de Mascareñas y otros, y publicadas en 1661. Sin pisar la biblioteca. Porque no es lo mismo trabajar sobre bibliografía material, para lo que es inexcusable tocar el libro, que buscar casos de oraciones de relativo en el Persiles.
Saludo, pues, la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico, un proyecto del Ministerio de Cultura y las Comunidades Autónomas para la difusión mediante facsímiles digitales de colecciones de manuscritos y libros impresos antiguos, y que incluye, por el momento, más de doscientas cincuenta mil páginas de casi mil títulos conservados en las Bibliotecas Públicas del Estado. Sin salir de casa.

martes, septiembre 18, 2007

Grados de la barbarie

Leo la prensa del día. Hoy no trae muertos en Irak, aunque los ha habido. Los cadáveres que trae hoy el periódico llevan fríos ya cuarenta y ocho horas, porque son los de los ocho civiles que han provocado que la compañía de mercenarios 'Blackwater' haya sido privada de su permiso (?) por parte del Gobierno iraquí para trabajar en el país. Los mataron el domingo en un fuego cruzado tras la explosión de un coche bomba.
Sigo leyendo. Ingrid Betancourt, la que fuera candidata presidencial, lleva más de cinco años secuestrada por las FAR de Colombia. Durante muchos meses de ese tiempo ha permanecido encadenada, según cuenta otro secuestrado como John Pinchao, que ha logrado huir tras ocho años de cautiverio.
Entre un semáforo y otro termino, como todas las mañanas, la columna de la última página. Hoy, los “Gamberros”, de Rosa Montero. ¿Por qué alguien escenifica su deseo de hacer mal a otro quemando su retrato? Me hace dudar. O no hay diferencia entre eso y la agresión o el asesinato; o en España no hay medios en los que expresar las convicciones contra la monarquía como modelo de Estado.

lunes, septiembre 17, 2007

José Antonio Bravo


Podrá sorprender encontrarse una esquela en un blog, o, por extensión, en la red. Quizá ahí radique una de las diferencias entre leer el periódico en pantalla o en papel. Como suelo leer el periódico en papel, lo que me sorprendió ayer fue el nombre leído en la sección de esquelas, que habitualmente leo, como hacía mi padre y sigue haciendo mi madre. A veces ocurre. Que el mazazo llega a través de la lectura consuetudinaria.
José Antonio Bravo era una de las personas más importantes de Cáceres. Alguien podrá preguntarse cómo es posible eso si no salía en los medios asiduamente, si no ostentaba cargo alguno ni se dejaba ver en los actos sociales de la ciudad. Nació bueno y trabajador, y con esas dos cualidades, poco a poco, llegó a ser una de las personas más importantes de Cáceres. O sea, que naciendo así, ya fue una de las personas más importantes de esta ciudad. Un notable empresario de aquí, un hombre profundamente religioso, abierto y entrañable, sensible a los hechos culturales y a la necesidad social de su entorno. Un ejemplo que hoy puede verse en sus hijos José Antonio, Pablo, Fernando, Jesús Carlos, David y en su hija Begoña, en cuyos gestos y pasos en la vida he visto siempre la huella de sus padres, de José Antonio, que en paz descanse, y, por supuesto, de Nandi, la madre de todos, a quien ayer abracé.
Ya jubilado él, me lo encontré en el Paseo de Cánovas después de un tiempo sin vernos. Nos alegramos del encuentro. Me contó que colaboraba con Cáritas y que iba al banco, para acompañar a un toxicómano en rehabilitación, y ayudarle a cobrar su subsidio y, de paso, a convencerle para gastarlo bien. Luego, con Nandi y con él, varias veces, recordando los tiempos aquellos, hace más de veinte años, y sus hijos... Aquellos tiempos en los que esta familia regentaba la cocina y el bar de la Residencia Universitaria San José en la que vivimos un tiempo un grupo de personas que hoy recordamos con cariño a José Antonio. Allí, con él, hablábamos de literatura, hacíamos una revista —Residencia— en la que los suscriptores en los primeros lugares de la lista —por orden alfabético— eran los Bravo; allí, en alguna de aquellas noches jugando a los dados y tomando algo comenzó a fraguar el proyecto de abrir un restaurante en la Plaza Mayor, lo que fue El Puchero. Claro, nosotros queríamos que abriese una especie de café literario y bohemio; y José Antonio, más inteligente y mayor —tendría unos cuarenta y ocho años— que unos estudiantes de segundo o tercer año de carrera, no nos hizo caso y montó un negocio importante, para dar empleo a muchos. Allí organizamos el Premio Aldecoa de Cuentos, con Josefina R. de Aldecoa, con José Antonio Gabriel y Galán, con otros colegas de la Facultad. Lo ganó Santiago Aragón y el segundo lugar fue para Carmen Galán, y ambos publicaron sus cuentos en la revista Anaquel, en 1987.
José Antonio vivía estas iniciativas con pasión. Nos ayudaba, desprendido. Cuando, por aquellos años, unos amigos alquilamos un piso sin muebles en Cáceres, nos dejó las llaves de su chalet en Malpartida, adonde acudimos con una furgoneta y nos llevamos de allí electrodomésticos, sillas, enseres varios. Fue aval de todos los amigos que, cuando crecimos, nos dimos cuenta de que también era aval de muchos cacereños para más importantes empeños. Así era, generoso, como su sonrisa. Lloro su muerte.

sábado, septiembre 15, 2007

Vasos comunicantes

He recibido el último número (37) de Vasos comunicantes, la revista de la Sección Autónoma de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores, cuando estaba escribiendo un texto sobre la lengua, sobre mi lengua. No sé si lo terminaré, a pesar de que no es largo. Si lo termino, no sé si lo publicaré aquí. Supongo que sí. Ha resultado una curiosa coincidencia recibir esta revista que habla de las lenguas y de sus trasvases.
Tiene como saluda un texto merliniano, militante, llamativo, en el mejor de los sentidos, invocador. De Mario Merlino, el director junto a Carmen Francí de Vasos comunicantes, traductor de Lobo Antunes y de Nélida Piñon. A Mario Merlino lo conocí hace casi un año en Cáceres en el último encuentro de Ágora. El debate peninsular, que tiene su presencia en este número en los textos de traductoras como Ana Belén García Benito o Eloísa Álvarez.
“Nuevas batallas por la propiedad de la lengua” es uno de los textos de este número que más de lleno me ha llegado mientras yo pensaba en mi lengua. Se trata del texto de la conferencia de Marcelo Cohen (traductor de Jane Austen, Henry James o Clarice Lispector, entre otros muchos) que en lo que tiene de crónica de una parte de la propia vida resulta interesante y en lo que tiene de referencias al mundo de la traducción lo mismo.
Luego me he enterado de la concesión del XVIII Premio Stendhal de traducción que convoca la Fundación Consuelo Berges y que ha recaído en Ascensión Cuesta por su traducción de la obra de Léon Bloy Historias impertinentes, editada por Menoscuarto. Ignacio Echevarría hizo la presentación del acto de entrega, y por su texto de nuevo aprendo con las consideraciones de quienes reflexionan sobre el hecho de traducir, en este caso, las de Echevarría, que habla de Bloy, de Karl Kraus, de Borges, de las buenas y de las malas traducciones...
Tienen estos Vasos comunicantes un recuerdo de Eduardo Naval firmado por Julia Escobar. Necesario y curioso. Curioso porque puede leerse una versión ampliada de esta nota necrológica de la escritora y traductora, publicada en noviembre de 2004; una versión más encendida, en la que, al tiempo que se lamentaba por el retraso en conocer la noticia de la muerte solitaria de Naval, hablaba de algunas circunstancias del Premio Planeta, de la vergüenza de un digno novelista como Marsé, y de Lucía Etxebarría y de su “novela abominable”, “impregnada de oxitocina, estimulante sustancia que segregan las parturientas y sin la cual Etxebarría ni hubiera sido madre, ni hubiera podido escribir este libro, sobre todo ante imágenes como la de estaba más pelada que el chocho de la Nancy y de ahí para arriba.” Yo reconozco que el recuerdo de Eduardo Naval, a quien debemos traducciones de Lídia Jorge, de Saramago, de Mia Couto, de João de Melo, de Mario Cláudio o de Eça de Queirós, no merece en la revista de la ACEtt tanto mandoble y tanta vulgaridad para otros y de otros. Claro, era en otro medio.
Y para terminar, de lo mejor. Una amena reseña —qué bien— del Diccionario panhispánico de dudas de la Real Academia Española, firmada por Ricardo Bada, que sólo por hablar de diccionarios me cae simpático. Pone Bada algunos reparos lógicos al DPD, obra que considera “formidable”: sobre la correcta acentuación de miligramo o de milímetro, o sobre la forma agujerada, como variante de agujereada. A este respecto, dice Bada que escribió a la costarricense Anacristina Rossi, que es la autoridad citada en el DPD con su obra María la noche (Barcelona, Editorial Lumen, 1985) como fuente de esa variante: agujerada. La contestación de Rossi: “Me sorprende con lo de agujerada. Porque lo que recuerdo es que yo escribí agujereada, como se dice en Costa Rica. ¡Si pone agujerada quiere decir que lo corrigieron en Lumen sin que yo me diera cuenta!”

miércoles, septiembre 12, 2007

Moratín padre

Espero que no parezca extraño que me alegre de la novedad estupenda que supone que en los dos últimos años se haya dado tan inocua redundancia editorial: dos ediciones anotadas del teatro de Nicolás Fernández de Moratín. De una hablé aquí y hablaré en una reseña que publicará la revista Dieciocho, la edición de las Tragedias a cargo de Josep Maria Sala Valldaura en Editorial Crítica. De la otra hablo ahora, la edición de Jesús Pérez Magallón, profesor de McGill University en Canadá, almeriense trasplantado a Barcelona, en donde publicó sus poemas —tiene libro en Ámbito literario—, buen lector, autor de diversas y excelentes ediciones de textos —entre ellas la de la poesía de Leandro Fernández de Moratín y, junto a Russell P. Sebold, la de una rareza necesaria como El hombre práctico (1686), del Conde de Fernán Núñez. Se trata del Teatro completo de don Nicolás en la colección Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra.
Se dice pronto. Ha pasado siglo y medio desde la última vez que se editaron estas obras en papel, así reunidas. De La petimetra, la comedia, hay ediciones modernas y bien cercanas; pero lo de las tragedias empezaba a ser ya preocupantemente trágico. Y espero que no parezca extraño lo que digo.
Junto a la extensa introducción de Sala Valldaura en su edición citada, las palabras escritas para la suya por Pérez Magallón son una de las aportaciones de mayor rigor e importancia sobre la figura del que fuera empleado de la Casa Real, buen amigo de Cadalso, uno de los más activos reformadores del teatro español y autor de uno de los libros en verso más netamente didácticos de su siglo: el Arte de las putas.
La petimetra, Lucrecia, Hormesinda y Guzmán el Bueno, las cuatro piezas, las puede tener en su mano el lector en esta edición tan manejable sin manual de instrucciones.

lunes, septiembre 10, 2007

Por La Vera amable


El sábado caminamos desde el Monasterio de Yuste hasta Garganta la Olla, y, desde allí, saliendo por el “puente romano”, hasta volver a la Cruz del Humilladero del camino de Cuacos al monasterio, muy cerca del Cementerio Alemán. Volví a entrar y, por primera vez, hice fotografías.
Para el visitante de la comarca de La Vera sólo hay una palabra que represente la experiencia. Amabilidad. La que a veces uno no encuentra en su propia ciudad o en otros núcleos supuestamente volcados hacia el turismo, o sea, hacia el servicio social con fin lucrativo. En Jaraíz de la Vera, si uno pregunta en una casa rural como La Casona —Marisa— si puede quedarse otra noche y no hay habitación, te la procuran en la casa de al lado, en la Finca Valvellidos —Avelino. Y ahí, en donde te buscan acomodo con familiar disposición, si preguntas por rutas andariegas, te las dan impresas desde el ordenador. También, en Garganta la Olla, en La Taberna, si preguntas dónde puedes comprar los periódicos, te dicen que te los traen, que ellos tienen que ir a comprar tabaco al estanco, donde se venden el Hoy y El País. En La Taberna, al lado de la iglesia, un cochinillo excelente, y un queso, y un tomate con pimentón, exquisitos. En Jaraíz de nuevo —que tiene, por cierto, una de las avenidas más ruidosas de España—, te tratan tan bien que puedes disfrutar de un partido de baloncesto sintiéndote en casa o de un disco casi completo de ‘El desván del duende’. Sintiéndote en casa. Amables.

viernes, septiembre 07, 2007

miércoles, septiembre 05, 2007

El Príncipe de la Alameda (I)


No quiso cantar después de una mala actuación de don Antonio Chacón por no dejar en evidencia al maestro. Se llevó a Juanito Valderrama de una fiesta porque se rieron de él, porque cerraba los ojos al cantar; “—Vámonos de aquí, Juanito, que tú no eres un cantaor de borrachos”, dicen que dijo. Se casó con su compañera de siempre el mismo día de su muerte, en julio de 1952, a los 59 años. Se pirraba por la música de Chopin. Era Tomás Pavón, el gran genio del cante de todos los tiempos, un cantaor de ensueño, rotundo, y “raro como un perro verde”, en palabras del sabio Manuel Bohórquez Casado, autor del libro que acaba de llegarme como mi mejor regalo de cumpleaños. Viene acompañado de un disco que incluye toda su discografía, 21 piezas. Es el Juan Rulfo del cante flamenco.
Llevaba desde el día de mi cumpleaños esperando el pedido, y hace una semana me encontré en la calle con otro Tomás Pavón, escritor, funcionario de la Diputación de Cáceres, socialista, presentador de un excelente programa de música en Canal Extremadura Radio. Le conté que iba a tener dentro de pocos días el libro de Manuel Bohórquez con el disco. Y me contó una anécdota. Cuando conoció a Antonio Carmona, el de ‘Ketama’, el hijo de Pepe Habichuela —ahí es nada. Cuando Tomás le dijo al Carmona cómo se llamaba, fue y le dijo éste: “—Qué flipe; lo que daría yo por llamarme así.” Se refería al Príncipe de la Alameda, la de Hércules en Sevilla, donde vivió este hombre que nació el 16 de febrero de 1893.

Manuel Bohórquez Casado, Tomás Pavón. El Príncipe de la Alameda. Sevilla, Pozo Nuevo, 2007.

La voz en espiral

Estoy disfrutando con la lectura de nuevo, a saltos —ventajas de haberla visitado tanto—, de la poesía de Ángel Campos Pámpano. La editorial Calambur va a publicar su Poesía, es decir, la primera recopilación de su obra poética desde 1984 hasta ahora, y quiero escribir el prólogo. Espero confirmar de visu que esta edición de Calambur será la primera, a la que le seguirá otra. U otras. Digo quiero porque ha sido el autor el que me ha pedido que escriba y yo el que estoy empeñándome en hacerlo, a pesar de mi incapacidad y de mis agobios con el tiempo y los encargos y tareas.
Quiero escribir un prólogo discreto, sin entrar en detalles. Los detalles los dejo para otros momentos. Hoy puedo decir que tengo miedo. (Perdón, ha sido una errata). Que tengo medio centenar de páginas sueltas escritas sobre la poesía de Ángel, a quien acompañé al Puerto de Santa María hace ya unos cuantos años, en unos días de lecturas poéticas, compartidas con Álvaro Valverde, Santiago Castelo, Antonio Gómez, Félix Grande. Escribí y hablé sobre La voz en espiral en el pueblo del poeta, San Vicente de Alcántara, una noche que me traje a Cáceres un lomo ibérico y una botella de vino y el olor de la noche y sus ruidos en la Sierra de San Pedro. Tengo, además, entre las páginas de La ciudad blanca, una cuartilla manuscrita, autógrafa de este año, con su primer poema escrito, a los doce años. Su título: “La noche”. Hoy puedo decir que estoy comenzando a construir un texto con algo de sentido sobre una poesía que es levedad y mirada, que es...

Anochece. Tu voz o tu silencio
—escrito a la intemperie contra el viento—
no es una comprensión
sino una misteriosa disciplina,
una necesidad tal vez, un balbuceo
que se pierde en la dureza del aire,
calcinada labor contra la muerte.

(De La voz en espiral, Valencia, Pre-Textos, 1998)

martes, septiembre 04, 2007

Septembrina


Me ha parecido ser uno más de los que ayer volvieron al trabajo, como si no hubiese estado aquí todo el mes de agosto. Uno más de los que saludan a todos en la Facultad, en el reencuentro. Y a empezar. Me lo ha parecido porque ayer, el primer día laborable de septiembre, hice mi primer examen. Cuatro alumnas. Una no era del curso; me pidió que le adelantase la fecha del examen oficial porque se va ‘de Erasmus’ dentro de unos días. Otra me entregó el folio en blanco tras leer las preguntas. Las otras dos supervivientes hicieron un juego dispar, porque mientras A resolvió todo con holgura —hora y media antes del límite—, C agotó el último segundo antes de entregar su examen.
Y hablando de juego y de últimos segundos. Vaya bochorno por la retransmisión del primer partido de la selección de baloncesto en el Campeonato de Europa por La Sexta. El primer partido de una selección campeona del mundo, en un campeonato que se celebra en España. Si hablásemos de fútbol... Pero no. O sí, porque el fútbol —un partido entre el Sevilla y AEK de Atenas, muy importante, clasificatorio para la Champions— se ha interpuesto, ha anulado, ha interrumpido, el primer partido de la magnífica selección española de baloncesto. Es una falta de respeto para los jugadores y todos los componentes de este excelente equipo, y para todos los aficionados al baloncesto. Ni preliminares, ni comentarios, ni cuartos completos, ni pantalla completa en momentos importantes de un partido sencillo pero transcendente. Un auténtico despropósito en una retransmisión deportiva. Qué cosas.

domingo, septiembre 02, 2007

"—No como Rosa Regàs"

De verdad que ya no doy crédito. La expresión del titular de este item es de Javier Moreno, director de El País, quien firma la entrevista que publica hoy este diario con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Está dicha en una especie de suelto dialogado, entresacado de la entrevista principal, en el que ambos hablan sobre los gustos lectores y ciertas aficiones del presidente (Gamoneda, siempre). Dice el periódico que dice Zapatero que se levanta pronto, escucha la radio, desayuna, sale un rato a correr, y, a media mañana lee. “Incluso todos los periódicos”, dice el periódico que dijo Zapatero. Y luego: “En verano es cuando con más intensidad leo los periódicos. Tengo más tiempo y me gusta leer la parte menos política: cultura, sociedad, verano.” Pues, bien, entre un fragmento y otro, está el inciso de Javier Moreno:
—No como Rosa Regàs.
La suspicacia y la desconfianza cuando leo no las renonozco como rasgos propios. Sin ser tonto, para algunos puedo pecar de incauto porque creo en la buena voluntad de la gente, y ojalá mis allegados puedan confirmarlo. Es muy cansado estar leyendo siempre entre líneas cuando uno no está trabajando. Pero lo de hoy ha colmado el vaso.
El otro día puse aquí un texto sobre la Biblioteca Nacional, que dediqué a quien ha sido su directora hasta hace unos días. Generó algunos interesantes comentarios, e intervine aludiendo al editorial que El País el 31 de agosto —el mismo día que se celebraba en La Moncloa la entrevista con Rodríguez Zapatero—, dedicó a la Nacional, más bien a Rosa Regàs, de quien se decía que “debería moderar más su verbo y regresar a su pasión por la pluma olvidando esta breve y desafortunada experiencia como funcionaria”; y que el nuevo ministro está obligado a cerrar pronto este asunto con el nombramiento de un sustituto “que tenga la capacidad de gestión que Regàs no ha mostrado en tres años de mandato”.
Hoy, Rosa Regàs, en la entrevista con el presidente del Gobierno, tiene más menciones que Sarkozy, que Miguel Sanz, que el general Félix Sanz Roldán del Comité Militar de la OTAN y, por supuesto, que César Antonio Molina. A Rosa Regàs se le cita tres veces con su nombre y apellido, una como “la ya ex directora de la Biblioteca Nacional” y otra más, redundante y destacada, entrefileteada en la cabeza de la página. En total, cinco menciones. Dos menos que Mariano Rajoy, que es mencionado en la portada y en una de las citas de cabecera de página.
Pero es que, además, si uno lee el cuadernillo de Domingo, se encuentra con “No toquen el incunable”, un texto a casi toda la página, a falta del faldón, con la fotografía de Rosa Regàs y sus declaraciones sobre la necesidad de la digitalización de fondos y de sus grandes costes. Se llega a decir que la política llevada a cabo por la directora dimitida ha sido de “puertas abiertas, ausencia de controles.” El faldón se reserva para los mapas de Ptolomeo, los que han robado siendo directora Rosa Regàs.
Y todo esto después de la aclaración hecha por la escritora. De aquí a que alguien diga que a Rosa Regàs no le gusta que la gente lea...
¿Qué ocurre? Que alguien me lo explique, porque mi corto entendimiento...

Santa Lucía del Trampal

A Juan Rosco
Es una preciosidad a media hora de Cáceres, en un alcornocal, cerquita de Alcuéscar. El centro de interpretación se inauguró en mayo pasado. Santa Lucía del Trampal es la primera iglesia prerrománica hispánica de Extremadura. Estuvimos solos, en el centro y en la visita al templo, una de cuyas caras, la de la entrada, parece de casa solariega. Otra pareja, yéndose, charlaba con el encargado. Los buitres volaban alto y en círculos. Dice Carmen que llegará el día en que, por buscar la comida que ahora no tienen, van a venirse a anidar a las ciudades. Naranjos, ciruelos, olivos de rugosos troncos. Y en medio de este silencio, la belleza de la piedra y su color en el color del campo. Debería considerarse la ternura como una de las perspectivas desde la que uno puede contemplar analíticamente un monumento.
Ahora entiendo por qué Juan Rosco, un lugareño —de Montánchez— que redescubrió esta preciosidad, se dedica a la poesía visual. Y busco mi ejemplar de Opus lucis, de Hilario Bravo, el catálogo de sus piezas expuestas en Santa Lucía hace años, para comprender mejor todo.
Merece la pena pasear por aquí de vez en cuando. Entre otoño e invierno, la próxima.

sábado, septiembre 01, 2007

Cantigas de amigo y de loor

No hay cosa mejor que una enmienda a tiempo. En la segunda noche del VIII Festival de Música Antigua de Cáceres cambió todo en el Museo de las Veletas. La disposición de las sillas, que miraban ayer hacia la pasarela y la plataforma que servía de escenario elevado. Qué diferencia. En lo visual y en lo acústico, como es natural. Y en la música, su ejecución, y su fuente, las cantigas de amigo y de Santa María. Una delicia.
Seis músicos en el escenario —una mujer, Patrizia Bovi, y cinco hombres—, cornetas, flauta, dulzaina, viola, timbales, pandereta, darbuka, guitarras, rabel, gaita... Llenaron la noche con la grandeza del arte y con voces bien templadas, a mi corto entender en estas materias de oreja. Ensemble Micrologus llevan, creo, más de veinte años investigando sobre la música medieval, reconstruyendo instrumentos —mimándolos, como el percusionista cuando mojaba la piel de uno de los timbales, la acariciaba ayer— y construyendo una escena musical.
Pasar hora y media sublime en un rincón de la ciudad monumental de Cáceres con tamaño disfrute no tiene precio. Bueno, sí: 6 €. Hoy sábado, un oficio de difuntos —no hay que asustarse, por eso en latín, suena mejor— de Sebastián de Vivanco (1551-1622). Sea.


La ilustración es una miniatura de un manuscrito de las Cantigas de Santa María conservado en la Biblioteca del Monasterio de El Escorial.

viernes, agosto 31, 2007

Festival de Música Antigua de Cáceres


El año pasado fue mediado septiembre —y en este cuaderno hay un par de notas—, y éste se celebra este fin de semana, desde ayer jueves al próximo domingo. Había leído en el periódico que las entradas se ponían a la venta una hora antes del inicio del concierto. Supuse que habría cola, dado el reducido aforo del jardín del Museo de Cáceres; así que nos fuimos Carmen y yo a la puerta un cuarto de hora antes de las nueve de la noche. Nos dio tiempo a atender una llamada familiar al teléfono, a saludar a Susana —la primera persona que, con Fernando, conocí en el entorno de gestación de la Oficina de Cáceres 2016—, que acompañaba a los músicos —Xavier Díaz Latorre y Pedro Estevan, guitarra barroca y percusión, respectivamente—, y a charlar con Julia López, de la Universidad Popular de Cáceres. No hubo cola. Media docena de personas que con el debido respeto y sin prelación alguna aguardamos a la entrada, por el Rincón de la Monja.
Gracias a María José Casado, la Concejala de Promoción, Dinamización y Juventud del Ayuntamiento de Cáceres, entramos gratis; pero, a pesar de ella, compramos las entradas para hoy. (“Micrologus”, con las Cantigas de Martin Codax —qué buen sitio en la Biblioteca Virtual Cervantes— y Alfonso X).
Y hablando de sitios. Ayer, estúpidamente, no quisimos sentarnos en las primeras filas. Qué cosas. Lo mismo pensaron las autoridades, porque tienen reparo a sentarse en lugares de privilegio. Y digo yo: si yo fuese alcaldesa de Cáceres y llegase la primera, ¿por qué no voy a coger un buen asiento? Aunque entre sin pagar. El problema es que no llegan los primeros. Bueno, algunos ni llegan; porque a los mandatarios que hace dos años iban a los actos de este tipo no se les ve, claro.
El concierto estuvo bien. No lo escuché bien, porque supongo que alguien cree que la música antigua hay que escucharla como en el siglo XIII. Es como si hoy no pudiésemos leer los códices medievales en microfilm o en pdf, y tuviésemos que leerlos como en la época. Y digo yo que en según qué sitios y con cuánta gente. Y ayer yo no escuchaba bien —y las motos, los vecinos... Y tampoco lo vimos. Bueno, yo sólo vi a Xavier y a Pedro cuando llegaron con Susana, y cuando saludaban de pie al finalizar cada una de las tres partes de este buen comienzo del Festival.
Por cierto, el delantal del programa, el “Saluda de la Alcaldesa”, no lo tengan en cuenta; por las erratas, por los errores, por la puntuación. No lo ha escrito ella.
(Mañana, si puedo, seré menos frívolo. Lo prometo).

jueves, agosto 30, 2007

La Nacional

A Rosa Regàs

Que tenga mi carnet de investigador de la Biblioteca Nacional caducado hace un año por no haber tenido ocasión de renovarlo no debilita mis argumentos. Lo vengo renovando desde hace más de veinte, cuando, con un aval de mi profesor Juan Manuel Rozas, entré por primera vez —de la mano de mi también profesor y amigo Jesús Cañas, que yo creo que no ha vuelto desde entonces— en ese lugar en el que uno puede pasar horas y horas con una noción distinta sobre el discurrir del tiempo. Así lo he sentido siempre. Y sigo sintiendo cierta constricción reverencial compatible con un estado de placidez relajada cuando piso esa casa. Soy de provincias.
Me imagino lo injusto que sería si yo dijese que bastan diez minutos para convertirse en periodista tras que me acrediten para una rueda de prensa importante, con grandes medidas de seguridad, y con personalidades de primera magnitud (qué diablos significará ‘de primera magnitud’). Hoy, Lola Galán, en
El País, firma un breve destacado con el titular “Diez minutos para convertirse en investigador” —y con la foto de Rosa Regàs (curioso)—, en el que narra, de un modo efectista, pero poco riguroso, su acceso a la sala de investigadores de la Nacional, “cuatro habitaciones comunicada entre sí, prácticamente vacías esta mañana de agosto.” Eso escribe. También que “El investigador puede alargar la mano y coger cualquiera de los volúmenes archivados en las estanterías que rodean la sala”. Afortunadamente, porque es la biblioteca de referencia, de libre acceso, así dispuesta por los expertos bibliotecarios; pero ni siquiera, en esa sala puede, como yo ahora, alargar la mano —yo doy varios pasos hasta mi salón— y tomar el tomo tercero de las Obras completas de Fígaro, en la edición de Yenes de 1843. Ojalá pasase lo que yo vi que pasaba en la Herzog August Bibliothek de Wolfenbüttel (Alemania), en la que los investigadores tenían a la mano, cerca de sus pupitres maravillosos ejemplares hasta el siglo XVIII. Desconozco cuántos habrán desaparecido.
Nadie se convierte en la Biblioteca Nacional en investigador en diez minutos. Es la casa la que facilita el acceso a sus servicios especiales a miembros de instituciones docentes, académicas, culturales y de centros de investigación, a escritores, artistas, editores, bibliotecarios, archiveros, conservadores de museos, profesionales del sector del libro y la edición de obras culturales, doctores, licenciados, universitarios de segundo y tercer ciclo, o cualquier persona que acredite estar realizando un trabajo de investigación, según indican sus normas de acceso.
Yo ‘entré’ en la Nacional con Juan Pablo Fusi, que estuvo cuatro años, y fue un buen director según algunos funcionarios conocidos, y que inició lo que sé que llaman los que saben “biblioteca de último recurso”, y no centro de estudio y de lectura —menos— de estudiantes del distrito. Conocí la etapa, más o menos de cerca, de Carlos Ortega —cuando Ángel Campos y otros se quedaron encerrados en un ascensor de la casa—, la de Jon Juaristi, poeta, a quien, en Recoletos no me atreví a acercarme temiendo la reacción de sus guardaespaldas; y la de Luis Alberto de Cuenca, poeta y bibliófilo, sensible. Luego fue Luis Racionero. Y, ahora, se termina la etapa de Rosa Regàs. ¿Por qué tanto revuelo? Supongo que porque no se puede decir a nadie que no ha hecho nada. No, creo que no, que no es ésa la razón. Llega un nuevo ministro. Dentro de unos días iré a Madrid a renovar el carnet de investigador. Seguro que noto algo. Igual me piden un certificado de penales.

miércoles, agosto 29, 2007

Madre no hay más que (y 2)

Hace unos días discutí con ella, por algo que me importa nada apartar hasta lo más alejado de mis convicciones. No merece disgustos. No le di muchos de niño ni de adolescente. Quizá, más adulto, sí. El otro día, sin ir más lejos. Y parece, dirá ella, que a más edad, más preocupaciones por los hijos, más desvelos. —Y esto, con todos los hijos. Dirá ella. Ella merece lo mejor, como ella quiso darme. Ahora está aquí, velo por ella. Comencé a escribir estas líneas al filo de un día que celebró conmigo con la satisfacción de la que ha dado la vida que uno va cumpliendo. Fue el día de mi cumpleaños. Cuando salía Ursula Andress de las aguas del Agente 007 contra el Dr. No (1962), con su machete en la cadera, nací yo.
Mi comparación es amorosa, claro. La diferencia es notoria. Ya le gustaría a Ursula.
El machete de la Andress es como el bolso de mi madre, y las aguas de las que sale la actriz es la acera de la calle en la que nací, ancha, espaciosa para los juegos y los sueños de niños. Felicidades. No diré los que cumple para que no me diga
—le enseño mi blog siempre que salelo que ella contestó a un individuo un día: —Los suficientes como para saber que ha sido usted un impertinente.
Felicidades.

martes, agosto 28, 2007

Umbral

“ARTÍCULOS, artículos, artículos. Una forma de autodestrucción. He vuelto a hacer artículos. Cientos, miles de artículos. Los artículos, primero, fueron mi procedimiento para irme autoestructurando. Eran una construcción piedra a piedra, paso a paso, el hacerse un nombre, un hombre y una vida día a día, palabra a palabra. Ahora, consumado todo, son una autodestrucción, y con cada artículo voy quitando un soporte a mi vida, a mi obra, voy desarticulando pieza a pieza el armazón trabajoso e inútil de mi vida. Los críticos, los lectores, las gentes dicen que el escritor puede quemarse con tantos artículos, pero el escritor, contrito, aterido, solo, doliente, huérfano de todo, lo que quiere es eso, más que nada, y ha encontrado en el artículo una forma de arder, de desaparecer, una labor inútil y fragmentaria en la que deshojarse y morir. El artículo fue mi hacha de guerra, mi estilete, el arma que me dio la vida para entrar a saco y vencer, la espada corta y segura con que conquistar y construir un pequeño imperio personal. Y ahora lo vuelvo contra mí, deshago mi obra en artículos, me disperso, me fragmento, porque hacer libros es construir con voluntad de pervivencia, con fe arquitectónica, y eso me resulta ya siniestro. He hecho algunos libros, no muchos, demasiados, en todo caso. Y haré algunos más, quizás, atraído por el vértigo de la inutilidad, por esa concentración del vacío que es un libro. Pero lo que quisiera es este suicidio del artículo. Ya que no he tenido valor para destruir mi vida, voy a destruir mi obra, a fragmentar en artículos dispersos lo que pudiera haber sido un todo completo y edificado. Con cada artículo que escribo pierdo la posibilidad de hacer un poema, un ensayo, un relato, algo más resistente y continuo. Y así, en cada artículo entierro y amortajo para siempre una dirección de mi vida, o varias direcciones, dejándolo todo incompleto, insinuado, quebrado, roto, maltrecho y malogrado.
Estoy llegando, sí, a esta voluptuosidad negativa del artículo de periódico como sacrificio, como inmolación, como amortajamiento de criaturas que pudieron crecer y vivir. Con cada artículo desanudo el nudo de la trama de mi existencia, y me voy quedando suelto, ligero, vacío de posibilidades, irrealizado.
Con miedo, con sudor, con temblor, con frío, con calores, con inseguridad, con rabia, con luz o sin luz, escribo artículos todos los días y así hago el revés de mi obra, y contemplo el cristal suntuoso que pude fraguar, roto en los mil añicos de los artículos, deslogrado para siempre. No quiero hacer una obra, sino deshacerla. Me arranco artículos como el que se arranca la piel a tiras, como el leproso que se arranca la carne en pellas. He descubierto que el artículo es una brillante forma de fracasar.”


Francisco Umbral, Mortal y rosa (1975). Edición de Miguel García-Posada. Madrid,
Ediciones Destino y Ediciones Cátedra (Letras Hispánicas, 393), 1995, págs. 217-218.

lunes, agosto 27, 2007

El Séptimo Vicio


He añadido un enlace desde este cuaderno al blog de El séptimo vicio, el programa de cine de Radio 3 (de lunes a viernes, de cuatro a cinco de la tarde). Tiene sólo tres días. El blog, porque el programa, desde 1999, ha cumplido ya las ochocientas emisiones. Conocí a su director, Javier Tolentino, en la puerta del Meliá de Cáceres. Creo que le hice una reverencia, como a toda la gente buena de la radio que me topo. Fue en 2003, cuando los amigos de ‘Re Bross’ dieron a El séptimo vicio un ‘San Pancracio’.
Hoy Javier ha llamado a Miguel Marías y éste le ha contado que lo último que ha visto, y bueno, ha sido Naturaleza muerta, la película china, de Jla Zhang-Ke, que se llevó el León de Oro en el Festival de Venecia. Se estrenó, creo, que el mismo día que el blog de El séptimo vicio. Con un año de retraso. Si a Marías le ha parecido excelente, a Chico Viejo, que tiene un blog de cine, le ha parecido un bodrio. Unos se mofan de los snobs que hablan de obras maestras y otros insultan a los ignorantes, los muertos, los cortitos, los que no han visto suficiente cine... En fin. Lo que verdaderamente me ha dejado preocupado es este aviso entre los comentarios a Chico Viejo: “la descalificación al autor del post supone el baneo inmediato de esta página, estás avisado”. Bueno, que enhorabuena por el programa y por el blog. Y a ver cuando puedo ver Naturaleza muerta.

Marcela de Juan

Me gusta ir a los mismos sitios y tener esa condición o categoría de cliente habitual; que cuando me vean entrar por la puerta ya esté el café en marcha, o la caña; pasar por la misma calle cada día y cruzarme con la misma gente, en muda sintonía. Y no es un contrasentido —nunca lo es— que, también, me encante mirar a la monotonía por su naturaleza feble y frágil. En realidad, no la rompo; la ignoro. No hay vida monótona, sino costumbres repetidas por queridas.
El sábado por la noche fue la conversación, en casa de unos amigos, donde cenamos. Agradable reencuentro con Pepe Cabañas, médico, con quien siempre puedo hablar en cualquier contexto, a cualquier hora, de algo de literatura. Lo hace con pasión, con la misma con la que lee y se enamora de lo que lee. Puede llegar un día diciéndome sin ningún pudor que ha descubierto a Unamuno, o a María Zambrano; que ha leído todo, todo, lo que escribió Aníbal Núñez, o que está encantado con Li Po, y que qué bien escribía Azorín. Para agradecerle las atenciones con mi madre cuando necesitó rehabilitación en su brazo izquierdo le regalé la antología del haiku japonés Nieve, luna, flores, de José María Bermejo (Calima Editores, 1997).
Es muy recomendable hablar con alguien como Pepe. Me incita a volver sobre algo ya conocido, o a zambullirme con parecida pulsión sobre autores que elogia sin ambages. O a ilustrarme sobre lo mucho que no he leído. Ayer fue la poesía china y Marcela de Juan. Alianza Editorial ha publicado modernamente la Segunda antología de la poesía china (*), la de Revista de Occidente de 1962, que debe de ser la que está leyendo Pepe, con las traducciones de esta mujer que nació en La Habana en 1905, hija de un mandarín chino, Hwang, de ahí su nombre, Ma Ce Hwang, castellanizado en Marcela de Juan. Hace años, en Bilbao, compré los Cien poemas de Li Po, la edición de Icaria. Muchos años antes, y muchos, ya Marcela de Juan publicaba en 1948 su Breve antología de la poesía china, en la editorial de Ortega, y luego la Segunda, y luego, ya en Alianza Editorial, también Ortega, la Poesía china del siglo XXII a. C. Qué mundo.


(*) Hay reseña de Santos Domínguez en Encuentros de lecturas y lectores; y otra, de hace dos meses justos, de Alejandro Luque en el blog de Banda Aparte: La tormenta en un vaso.

domingo, agosto 26, 2007

Sin título

A Fernando Tomás Pérez, en la memoria

Hay que poner un poco de pintura en los manchones de las paredes y lucir bien lo que el tiempo ha afeado. Y dejar las manos bajo el agua y lavarlas con delicadeza por una razón inusitada. Sentir la realidad como cuando nos llevamos al bozo la ropa recogida del tendedero por comprobar si sigue húmeda.

sábado, agosto 25, 2007

Caboverdiana

Una vez más, me quedo sin escuchar en directo música de Cabo Verde. Tengo algún disco de Cesaria Evora y hace unos años me regaló Carmen uno de la colección de World Music de Putumayo con música caboverdiana, con piezas, entre otros, de Cesaria, de Maria Alice y de Teofilo Chantre, a quien ayer fuimos a escuchar a los jardines del Museo Pedrilla. Ya me pasó en Lisboa., en uno de aquellos encuentros de Hablar/Falar de Poesia, con Antonio Gamoneda, Miguel Casado y Olvido García Valdés, Miguel Suárez, Gustavo Martin Garzo, Ángel Campos Pámpano, Ildefonso Rodríguez, José Ramón Ripoll, Juan Carlos Suñén y tantos otros. Manuel Hermínio Monteiro (q.e.p.d.) nos animó a ir a un garito a escuchar buena música caboverdiana en directo. Y unos cuantos nos despedimos del grupo en el Chiado. Al día siguiente había que trabajar. En fin... Lo lamenté.
Ayer por la noche me acordé de aquello. Llovió en Cáceres y supongo que se suspendió el concierto. Porque nos sentamos en una terraza cercana a esperar las diez de la noche y la lluvia nos impidió asomarnos fuera de la sombrilla, y supusimos que todo se fue al garete. Mi madre, Carmen y yo. A mi madre le parecía bien, a pesar de un enojoso dolor en la cadera que no la deja estar a gusto. Y nada. Lo lamentamos.
Y prometía. Un concierto de Teofilo Chantre. (En la prensa local, Teófilo Chantré, con todos los acentos y oculto bajo titulares genéricos. Y eso que estuvo en Cáceres en el Womad hace cinco años, creo).

viernes, agosto 24, 2007

Miró

No tengo delante más que un apunte tomado en un cuaderno de 1999. Leí un artículo de Carlos Ruiz Silva publicado en el primer número de la revista Castilla, de 1980, en el que daba un texto inédito de Gabriel Miró que era una autodefensa ante una mala opinión de Ortega sobre su novela El obispo leproso (1926). Miró escribió:

“Yo no amo mi oficio, que casi no ejerzo como oficio, yo amo mi arte, o mejor dicho, soy mi arte como soy mi carne y mi sangre; por eso mi máximo deseo de escritor sería no la gloria como consecuencia de un libro puro y bello, sino la gloria de escribirlo mientras lo escribo.”

Se habla de él en círculos académicos, principalmente, pero su huella no está incorporada como merece a la actualidad de los escritores que hoy son los que pueden ayudar a difundir nuestra tradición literaria, aquí, y en Europa, en Europa y en América, en el mundo entero.

El signo móvil



Ayer, a primera hora de la mañana, recogí un sobre con esta carpeta que, bajo el título de El signo móvil, incluye tres cuadernos dedicados en homenaje a Julio Campal, Francisco Pino y Juan Eduardo Cirlot. Me la enviaba Roberto Farona (Zafra, 1973), un inquieto activista de todo lo relacionado con la poesía experimental, con el arte postal y otras escrituras; alguien que, creo, proviene de la fascinación que en algún momento pudo provocarle la obra y la vocación de un autor como Antonio Gómez, tan cercano, aquí, en Extremadura. Que me corrija si no es así.
Enigmático puede parecer el sello editor, labcromdisol, que no es otra cosa que referente de Labcrom di Sol, la fusión de El Laboratorio di Cromografia de Milano en Italia, el de Claudio Jaccarino, y El Taller del Sol de Tarragona, fundado por César Reglero, director de BOEK861.
Los cuadernos contienen una breve introducción divulgativa con bibliografía referida a cada uno de los tres homenajeados, Campal+Pino+Cirlot, y obra de diferentes autores actuales: Agustín Calvo, José Luis Campal, Francisco Peralto, Antonio Orihuela, César Reglero, Antonio Gómez, Francisco Aliseda, Isabel Jover, Pablo de Barco, JM Calleja, Bartolomé Ferrando...
Se lo dije a Roberto Farona ayer mismo por la mañana, por correo electrónico. No casa el carácter divulgativo de las introducciones, a cargo de firmas tan autorizadas como Rafael de Cózar, Gustavo Vega y el propio Farona, y esos datos que informan al interesado, con la limitadísima tirada de este proyecto editorial. 30 ejemplares.
Lo selecto no sólo lo hace la limitación de una tirada, sino, fundamentalmente el contenido y la forma o ejecución de un contenido singular. Por ello, dado el de este homenaje, de este reconocimiento, convendría difundirlo masivamente. Me alegra que venga de Zafra.

jueves, agosto 23, 2007

Cuatro minutos

Ayer casi todo salió moderadamente bien. Estuve en la Facultad, y dejé terminado, por fin, un trabajo, que envié por la tarde. A mi madre le hicieron la manicura sin queja, y por la tarde tuvo visitas en casa. Encantada. Luego fuimos al cine. Cuatro minutos, la premiada película de Chris Kraus, sostenida por la interpretación de una joven Hannah Herzsprung (Jenny) y la madurísima Monica Bleibtreu (Traude Krüger). Nos la recomendaron unas amigas, y merece la pena.
Su crudeza es la del cartel en alemán, porque la imagen de promoción que se da por aquí, y que también reproduzco, es, como poco, una estafa. Es falsa, además. Porque Jenny no toca el piano esposada y con ese vestido en ningún momento de la película. Las esposas y el vestido ocupan momentos distintos y distantes. Qué cosas. Pero es muy recomendable, dura y sublime a la vez, como la propia historia. Con dos pegas importantes: el tratamiento excesivamente victimista del lesbianismo y el despliegue de medios policiales, de serie americana. No doy más datos por respeto a los que no la han visto. Sí, sobre la música, imprescindible.
A mi madre no le gustó. Todavía no ha dicho nada. Y hoy va al podólogo.

martes, agosto 21, 2007

Lo que pasa en la calle

—¿Es usted de aquí?
—Sí. Bueno, no; pero llevo aquí más de treinta años. Nací en un pueblecito de Toledo, Tembleque se llama. Vaya nombre, ¿verdad? Pero es muy bonito, el pueblo. Nos vinimos porque a mi padre lo trasladaron. Yo estudié aquí, ¿sabe usted?, y aquí me puse a trabajar..., hasta ahora. La friolera, fíjese, de treinta años llevo viviendo aquí. Y se vive bien, que esto es pequeño pero no falta de nada. Dígame.
—¿La Plaza Mayor?

lunes, agosto 20, 2007

Russell P. Sebold

Le conocí hace veinte años, y cumple hoy 79. Fue en Cáceres. Habíamos mantenido algún contacto epistolar y, por fin, nos encontramos en esta ciudad, cuando Jesús Cañas y yo le invitamos a un simposio sobre un literato del siglo XVIII nacido en mi pueblo. Recuerdo cierta incredulidad lamentosa en el periodista A. Sánchez Ocaña, de HOY, cuando Russell P. Sebold declaraba que “García de la Huerta y la literatura del XVIII se estudian más en el extranjero”, que fue el titular de aquella página del periódico del 13 de noviembre de 1987.
Mi primera experiencia notable con Russell P. Sebold es de ese mismo día. Una comida en el restaurante del antiguo Hotel Extremadura de Cáceres, con él y con Jesús Aguirre, Duque de Alba. Para un licenciado en Filología tan reciente como yo en aquel momento compartir mesa y mantel con un catedrático de la Universidad de Pennsylvania —así, a pesar del Diccionario panhispánico de dudas—, autor de libros y artículos que uno había leído durante la carrera, y con un académico —también lo es Russell P. Sebold, correspondiente, de la Española—, ensayista, editor, como Aguirre, fue algo especial. Yo tenía veinticinco años y escuchaba hablar, si miraba a mi derecha, de don Américo Castro a un alumno suyo, y, si miraba a mi izquierda, de Ferrater Mora a alguien que le conoció bien.
Russell P. Sebold me hizo doctor antes de serlo, me trató como un amigo, y desde aquel primer conocimiento me consideré uno de sus alumnos, como otros colegas y amigos que tuvieron el placer de recibir sus clases en Penn.
Anda ahora como un padre orgulloso asistiendo a la promoción de la obra narrativa de su hija Alice, que publica su segunda novela, The Almost Moon, en octubre, cuando empiece el rodaje de una película sobre su primera novela, que se publicó en español bajo el título Desde mi cielo. Y, también, incansable en su tarea como ensayista, a la espera de nuevas obras, su libro En el principio del movimiento realista, que publica Cátedra, su nueva edición de la Poética de Luzán, o la versión inglesa de las Noches lúgubres de Cadalso (Lugubrious Nights), que aparecerá en University of New Mexico Press.
Felicidades, Bud.


El retrato es de Manuel Mampaso Bueno, e ilustraba las colaboraciones de Russell P. Sebold
en ABC, alternadamente con otro de Bernardo Olabarría.

domingo, agosto 19, 2007

Mariano

Mariano. Mariano Encomienda. Mariano Fernández Daza y Fernández de Córdova. Excelententísimo Señor. Un mensaje ‘sms’ recibido esta mañana daba noticia de su muerte. Lo siento. Sentí siempre por él el respeto que merece la edad autorizada y la condición —la intelectual, quiero decir. Y el afecto cercano del que tiene que corresponder a quien, a pesar de la diferencia de años, da tanta confianza.
Uno de mis primeros recuerdos liga la figura de Mariano, cómo no, con los libros. Los de la Biblioteca de Cultural Santa Ana, o sea, la “Biblioteca IX Marqués de la Encomienda” desde 1996. Yo trabajaba en mi tesina y tenía que consultar textos y estudios que estaban en aquel fondo, cuyo perfil extremeño lo hace tan singular y único. Él me acompañaba, me abría la biblioteca, cerrada aquellos días —no recuerdo si era un sábado o un domingo, o, simplemente, días de vacaciones de verano—; y me dejaba allí solo, con mis pesquisas. A la hora del aperitivo, pasaba de nuevo por allí y me llevaba al comedor del centro, en donde, solos en aquel espacio vacío, dábamos buena cuenta de un platito de chorizo y de unos vasos de vino. Alimentaba más la conversación de Mariano. Allí me habló de su amistad con Jorge Demerson, fallecido en 2002, y cómo descubrieron datos desconocidos sobre Meléndez Valdés en Almendralejo, leyendo protocolos notariales. Allí me proponía aspectos para la investigación, modos de la misma. Allí me hablaba de alguna preciada edición, con ostentación nula.
Cuando preparaba la edición en el Departamento de Publicaciones de la Diputación de Badajoz de los artículos sobre Extremadura de Demerson, pedí a Mariano un texto. Me envió casi media docena de folios. Alguien me dijo años después que cómo lo había conseguido, si Mariano era ágrafo. Escribió poco, es verdad, y ojalá sea matizable con decir que publicó poco. Con su prodigiosa memoria, su don de palabra y sus vivencias, cualquier texto suyo se llenaba de un especial valor, como ocurrió con aquellas páginas que me envió y fechó en Almendralejo un Domingo de Pascua de 1995. Era consciente de esa parquedad; y en alguna ocasión llegó a citar a José María Pemán, que decía de Pedro Sáinz Rodríguez que escribió poco, que se iba a llevar la cultura en la tripa. Ojalá Mariano lo haya evitado, aunque sea sólo en parte. Descanse en paz.

© Fotografía de Vicente Novillo. Publicada en Qazris. Revista cultural, núm. 22 (junio 2004)

Auden por Doce

Hoy recoge Álvaro Valverde en su blog el excelente poema de W. H. Auden que apareció ayer en Babelia de El País, junto a la reseña de la edición preparada para Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores por Jordi Doce. No fue poca ayer la difusión; pero vocear por aquí estas lecturas comunes no sobra.

sábado, agosto 18, 2007

Madre no hay más que (1)


Escribo aquí mientras mi madre, octogenaria, lee el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot. Dicho así, parece que mi más inmediato entorno familiar adora a Claudio Abbado dirigiendo a la Sinfónica de Chicago que interpreta el Concierto para violín nº 1 de Bruch, con cuyos acordes —preferible el adagio del segundo movimiento— mi madre se echa en los brazos de Morfeo, esa divinidad alada que luego la despide al amanecer y la deja en el seno de la mañana, el desayuno, dispuesto ya en la mesa de la cocina, a la que mi madre llega con una de las ediciones de Crimen y castigo que hay por la casa y que viene leyendo desde hace unos días.
No. Y menos mal. Mi madre anda con el Diccionario de Cirlot porque quiere saber a qué se refería su nieta cuando le dijo que le gustan los colgantes con símbolos. Símbolos gráficos, se entiende. Así que mi madre se ha quedado prendada de algunos ternarios y cuaternarios, y le han llamado la atención las esvásticas, las espirales y las estrellas. Porque anda empeñada en comprarle un collar a la niña. Sea. Todo vuelve a la realidad. Ahora mi madre come chocolate en el sofá y ve en la tele La tonta del bote, una película de Juan de Orduña con Lina Morgan y Arturo Fernández en los papeles principales.

viernes, agosto 17, 2007

Perú


Esta mañana escuchaba en la radio hablar de la tragedia en Perú. Da igual lo que decían los acomodados tertulianos. Da igual. Porque he escuchado que este tipo de catástrofres son más fuertes en países así. Porque he escuchado que podían haber sido más muertos.
Esta tarde hemos sabido que una amiga ha dado desde allí noticias. Está bien.
Falta otro amigo y compañero, del que no sabemos nada.

martes, agosto 14, 2007

Anacronía

Por las noches, sobre la una o las dos, la página web del periódico me permite ver en pdf la portada del día. O sea, la de la mañana siguiente. Casi nunca la veo. No acaba de gustarme poner fin a la jornada con la imagen del día siguiente. Es como si, antes de acostarme, me hiciese un café, unas tostadas y un zumo de naranja. Y a dormir. Si alguna vez ocurre, si alguna noche me voy a la cama tras ver los titulares y las fotografías del periódico del ‘día siguiente’; por la mañana, al recoger del kiosco mi ejemplar de El País, me siento extraño, como si el día que inicio a las ocho de la mañana hubiese caducado; o, lo que es más inquietante, como si ya hubiese vivido lo que estoy viviendo. Debe de ser una forma moderna de aquella razón de la sinrazón del sueño de la rima LXXV de Bécquer. Y que conste el eco cervantino.
Hace años —vaya, más de diez—, en Madrid, a las dos de la madrugada, después de la presentación de un número especial de la revista Primer Acto, Paco Muñoz nos llevó, a Juan Margallo y a mí, a la Puerta del Sol para comprar el periódico. Un ejercicio de nostalgia. Le gustaba.
Meses después, me acosté en una solitaria cama de la madrileña calle del Arenal con los periódicos del día, horas antes de coger el coche para regresar a casa, a la que llegué con los periódicos del día, leídos antes de acostarme, tras una agradable noche de amigos y poetas. Yo venía de Cádiz. Pasando por Madrid. No he vuelto a hacerlo.

(A mi amigo de siempre, Miguel Salazar, mi coetáneo, coetáneo, que hoy cumple años).

domingo, agosto 12, 2007

Lectura de Antonio Carvajal


La leí cuando se publicó en el cuaderno del ciclo "Poética y Poesía" de la Fundación Juan March, que recibí gracias a Antonio Gallego, director del Servicio de Actividades Culturales de la Fundación, en última instancia, y a Álvaro Valverde, en primera, porque fue éste quien me habló del ciclo y me anunció su lectura —la cuarta, tras las de Antonio Colinas, Antonio Carvajal, de quien se trata, y Guillermo Carnero.
La leo esta tarde de agosto, y la debió de leer Antonio Carvajal en Madrid —inédita aún en libro— el 20 de mayo de 2004. Es la Canción de un alto gozo, un poema que termina con los siguientes versos:

“En estas horas, dones
postreros de una dicha
que conformar no supe pero consta
como canción, como acunado gozo
donde el placer se alcanza
y es llamarada lenta si segura
de una brasa más prieta
que el fruto aquél dorado, consumido
con fruición, pero pronto devorado,
quiero guardarte en mí, no pronunciarte,
no darte a los demás como triunfo.
Comprende mi silencio,
único nombre que me cabe dentro
con igual plenitud que la ebriedad.”


En fin, la palabra. Alta literatura.

viernes, agosto 10, 2007

Lo noticiable

Estoy buscando algún medio —virtual, prensa escrita, radio, televisión...— que no haya hablado de las declaraciones de un abogado, J. Mariano Trillo-Figueroa, sobre su presunto defendido. Me pregunto en qué parte del desvarío está la justificación de lo noticiable. Y me imagino qué pasaría —mejor, qué crónica haríamos del caos— si a un montón de gente se le ocurriese que sería interesante que la opinión pública conociese lo que dice desde una oscura celda un individuo que dice haber tenido relaciones carnales con Napoleón y Josefina en la misma cama, u otro que dice que prestó dinero a Rodrigo Rato antes de irse al Fondo Monetario Internacional y que todavía no se lo ha devuelto. Pero qué digo... A veces tengo síntomas de turreburneísmo.

Tríptico (I)


Ver completa la imagen y su referencia en la tercera parte del tríptico


Estoy invitado por mi colega de la Universidad de Burgos Pedro Ojeda a participar en unas jornadas sobre Lenguaje y Periodismo. En esta edición —la tercera— se dedicarán a “Mutantes. Las palabras en la red”, y están previstas para los días 23, 24 y 25 de octubre, en Burgos. Quiero hablar sobre blogs literarios, sobre nuevas formas de literatura y de lectura en la red. Nada nuevo y todo nuevo. Hay ya mucha bibliografía sobre el asunto, y cada día, tantos testimonios como fuentes primarias para la reflexión...
Ando en ello, leyendo, tomando notas, sobre contenidos y sobre formas y modos. Aunque sólo me interesa para este trabajo lo propiamente literario, es casi inevitable detenerse en aspectos de forma, hasta en los afectos virtuales, que diría mi admirado Gonzalo Hidalgo sobre Portorosa, últimamente. (Un buen ejemplo para el análisis, aunque ahora sea más un objeto de preocupación solidaria y la expresión de un ánimo.)

Tríptico (II)


Llevo escribiendo aquí desde finales de junio de 2005, gracias a Santos Domínguez, que fue quien me animó y quien me introdujo en esto. Como en todo, poco a poco uno va haciéndose con el medio. Por ejemplo, al principio, aconsejado por unos y otros, y viendo la experiencia de los unos y los otros, no activé la posibilidad de los comentarios de los lectores. Luego sí, y no me arrepiento. Me ha parecido esa interactividad uno de sus valores. Precisamente, desbastada la morralla, los comentarios que se vierten en un medio así son interesantísimos desde el punto de vista de la recepción de un texto literario. Estoy trabajando, a partir del diario de lecturas de Vicente Luis Mora, sobre lectores de poesía. Interesante. Reitero. Y aunque sólo por ahora me interesa lo puramente literario en términos convencionales, hay en este mundo objetos de interés para el análisis. El blog de Unaexcusa tiene lados muy sugerentes.

Tríptico (y III)


No es mi cuaderno de bitácora uno de los más leídos. No lo pretendo. Y no lo rechazo. Con ello, gusta que los pocos lectores se muestren de vez en cuando en el cuaderno. Y con esa intención puse hace un año un crucigrama aquí. Sin reacciones. Con una intención más honrosa quise, sin éxito, generar una lectura en cadena de una novela de García Márquez. En homenaje. Escaso eco. Y sorprendente lo de ahora: hace nada, unos días, puse mi item sobre “Teatro Clásico en Alcántara” y ha sido el que más comentarios ha suscitado desde que abrí este espacio. Me da vergüenza, pero sólo han sido, por ahora, diecisiete. Basta con que uno visite algunos cuadernos por ahí para llamarla ridícula cantidad. Lo curioso es cómo los comentarios derivan y fluyen, y se alejan del primer objeto o del primer propósito del texto original. En el caso del que hablo, una referencia al tratamiento en la prensa del Festival de Alcántara ha suscitado una serie de notas en su mayoría centradas en una obra representada en el Festival de Mérida, y me sumo, lógicamente, a este modo digresivo.
Y es que leer un blog con más de cien entradas o items resulta igual que leer un diccionario. No se lee, se consulta. Se ojea.
Nota bene
. Me he permitido, con un rato de dedicación, este ejercicio de alteración del modo de lectura, y perdón por hablar tanto de mí mismo. Hoy me tenía más a mano.


La ilustración , en tres entregas, es de un poema del humanista polígrafo Juan Caramuel. Un poema en honor al Papa Alejandro VII (1599-1667) que permite 71 lecturas diferentes. La tomo de un excelente libro, el de Mârius Serra, Verbalia. Juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario. Barcelona, Península, 2000. Recomendación, en su día, de mi amigo Honorio Blasco.

jueves, agosto 09, 2007

Farmacia y libros

Para un texto largo que lleva por título Casa de los Ribera —y que igual quedará, como otros, inédito, o peor, inconcluso, en un cajón o en una carpeta virtual— he anotado en mi cuaderno un comentario sobre lo que publicaba el otro día El País en su última página, la conversación de Javier Rodríguez Marcos con los editores Beatriz de Moura (Tusquets) y Javier Santillán (Gadir). Dice ella que una posible solución al difícil problema de la distribución es el modelo alemán, con una distribución similar a la de los productos farmacéuticos. “Si éstos —dice— pueden llegar a una farmacia, de uno en uno y en 24 horas o menos, ¿por qué un libro no?”
¿Alemán? —pregunto. ¿Modelo alemán? —insisto. ¿Por qué no extremeño? —me digo. El modelo extremeño, sí. Reconozco que es de difícil aplicación para las distribuidoras potentes. Consiste en que uno está en una librería de Cáceres, digamos la Librería Boxoyo, pues fue el caso, y que llega un cliente preguntando por un libro publicado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. En ese momento, no hay ningún ejemplar de ese título en la librería; pero una llamada telefónica lo resuelve todo. El librero llama a su distribuidor principal, consanguíneo, que fue el caso, y éste, que tampoco tenía ejemplar del mencionado título, recoge del editor, el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, a doscientos metros, el libro solicitado por el cliente. Yo estaba allí, igual que el cliente; y yo vi cómo el cliente se llevó su libro en poco más de media hora de espera.
El modelo —extremeño, y como en farmacia— está bien; pero prefiero las librerías de fondo. Lo curioso es que yo estaba en una librería de fondo, tan de fondo como Boxoyo Libros, antiguos, viejos; pero valdría para otras de Cáceres, por poner el caso, desde El Buscón a Vicente. Calidad de vida.