© Cristóbal Manuel. El País
Solo en las emocionadas palabras del hijo, dichas en la misa funeral por Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (1946-2026), se ha mencionado su condición de poeta. Ha sido esta tarde en la Iglesia de Santiago de Cáceres, y en ellas el verso que cerraba De piel y humo (Alicante, Aguaclara, 2000): «Por encima de todo amo la vida». Desde que ayer supe por José Luis Bernal la noticia de su muerte, he vuelto a sus libros, quince desde 1985 hasta 2020, sin contar sus antologías y La luz ardida. (Poesía reunida, 1985-2006), que publicó la Obra Social y Cultural de Caja Castilla-La Mancha en 2006. He recordado de nuevo su comunicación en el VII Congreso de Escritores Extremeños de Plasencia, en 1996, «Otras voces, otros silencios», que siempre me pareció la manifestación del talante honesto y ejemplar de un poeta que reclamaba atención y que logró su humilde y digno propósito: ser leído. Lo consiguió abriéndose paso gracias a los premios que obtuvo y que le permitieron publicar sus versos, y ser cada vez más reconocido. Y lo logró también con casi una docena de antologías que ayudaron a mostrar una obra dispersa y poco distribuida, un modo compilatorio que fue un importante vehículo de expresión de la poesía de Juan Carlos, que no ha dejado de ser igualmente un viaje en la línea del tiempo, desde En el dócil fulgor de las palabras (Antología 1985-1998), publicada por Calambur en 1999, o Cuando llegue el olvido (2004), en la colección Abezetario de la Institución Cultural El Brocense de Cáceres, hasta Bóveda y estribo. (Poesía escogida), que editó el Instituto de Estudios Almerienses en 2012. Así se planteó la reunión de su poesía en aquel volumen de más de quinientas páginas de 2006, por la particularidad de su disposición desde el más reciente de sus libros en aquel momento, Los himnos devastados (2002), hasta el más antiguo, el primero de los escritos, El arpa cercenada (1985). El poeta nos proponía hacer un recorrido por su obra última y acompañarle en su mirada hacia el pasado, en una lectura rememorativa de casi una docena de títulos, como estaciones de una biografía. Un gesto que adelantó el autor al encabezar su libro Los himnos devastados con un lema de Petrarca: «Cuando me vuelvo atrás a ver los años». Toda una suerte de «poética del tiempo» de la que habló José Cenizo en el estudio introductorio de La luz ardida, que lo recorre todo, que se enfatiza, por ejemplo, en un mismo libro —aquel Si volviera mayo (2015)— en el título de una sección («La sombra del tiempo»), y en el de un poema memorable como «El certero fruto del tiempo». Que, en definitiva, es fundamento de la poética existencial de un escritor incorporado por su incansable tesón a la historia de la poesía de autores extremeños de las últimas décadas, contexto en el que tuve la fortuna de conocerlo y de mantener con él una relación principal con la literatura como pretexto. Al fin y al cabo, su poesía va a ser ahora la que me traiga la imagen sucesiva de la gran persona que fue Juan Carlos Rodríguez Búrdalo, y la que nos ha permitido hoy, con las palabras de su hijo, despedir a alguien que por encima de todo amó la vida.
miércoles, enero 28, 2026
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