Una vez más, me quedo sin escuchar en directo música de Cabo Verde. Tengo algún disco de Cesaria Evora y hace unos años me regaló Carmen uno de la colección de World Music de Putumayo con música caboverdiana, con piezas, entre otros, de Cesaria, de Maria Alice y de Teofilo Chantre, a quien ayer fuimos a escuchar a los jardines del Museo Pedrilla. Ya me pasó en Lisboa., en uno de aquellos encuentros de Hablar/Falar de Poesia, con Antonio Gamoneda, Miguel Casado y Olvido García Valdés, Miguel Suárez, Gustavo Martin Garzo, Ángel Campos Pámpano, Ildefonso Rodríguez, José Ramón Ripoll, Juan Carlos Suñén y tantos otros. Manuel Hermínio Monteiro (q.e.p.d.) nos animó a ir a un garito a escuchar buena música caboverdiana en directo. Y unos cuantos nos despedimos del grupo en el Chiado. Al día siguiente había que trabajar. En fin... Lo lamenté.
Ayer por la noche me acordé de aquello. Llovió en Cáceres y supongo que se suspendió el concierto. Porque nos sentamos en una terraza cercana a esperar las diez de la noche y la lluvia nos impidió asomarnos fuera de la sombrilla, y supusimos que todo se fue al garete. Mi madre, Carmen y yo. A mi madre le parecía bien, a pesar de un enojoso dolor en la cadera que no la deja estar a gusto. Y nada. Lo lamentamos.
Y prometía. Un concierto de Teofilo Chantre. (En la prensa local, Teófilo Chantré, con todos los acentos y oculto bajo titulares genéricos. Y eso que estuvo en Cáceres en el Womad hace cinco años, creo).
sábado, agosto 25, 2007
Caboverdiana
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viernes, agosto 24, 2007
Miró
No tengo delante más que un apunte tomado en un cuaderno de 1999. Leí un artículo de Carlos Ruiz Silva publicado en el primer número de la revista Castilla, de 1980, en el que daba un texto inédito de Gabriel Miró que era una autodefensa ante una mala opinión de Ortega sobre su novela El obispo leproso (1926). Miró escribió:
“Yo no amo mi oficio, que casi no ejerzo como oficio, yo amo mi arte, o mejor dicho, soy mi arte como soy mi carne y mi sangre; por eso mi máximo deseo de escritor sería no la gloria como consecuencia de un libro puro y bello, sino la gloria de escribirlo mientras lo escribo.”
Se habla de él en círculos académicos, principalmente, pero su huella no está incorporada como merece a la actualidad de los escritores que hoy son los que pueden ayudar a difundir nuestra tradición literaria, aquí, y en Europa, en Europa y en América, en el mundo entero.
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El signo móvil

Ayer, a primera hora de la mañana, recogí un sobre con esta carpeta que, bajo el título de El signo móvil, incluye tres cuadernos dedicados en homenaje a Julio Campal, Francisco Pino y Juan Eduardo Cirlot. Me la enviaba Roberto Farona (Zafra, 1973), un inquieto activista de todo lo relacionado con la poesía experimental, con el arte postal y otras escrituras; alguien que, creo, proviene de la fascinación que en algún momento pudo provocarle la obra y la vocación de un autor como Antonio Gómez, tan cercano, aquí, en Extremadura. Que me corrija si no es así.
Enigmático puede parecer el sello editor, labcromdisol, que no es otra cosa que referente de Labcrom di Sol, la fusión de El Laboratorio di Cromografia de Milano en Italia, el de Claudio Jaccarino, y El Taller del Sol de Tarragona, fundado por César Reglero, director de BOEK861.
Los cuadernos contienen una breve introducción divulgativa con bibliografía referida a cada uno de los tres homenajeados, Campal+Pino+Cirlot, y obra de diferentes autores actuales: Agustín Calvo, José Luis Campal, Francisco Peralto, Antonio Orihuela, César Reglero, Antonio Gómez, Francisco Aliseda, Isabel Jover, Pablo de Barco, JM Calleja, Bartolomé Ferrando...
Se lo dije a Roberto Farona ayer mismo por la mañana, por correo electrónico. No casa el carácter divulgativo de las introducciones, a cargo de firmas tan autorizadas como Rafael de Cózar, Gustavo Vega y el propio Farona, y esos datos que informan al interesado, con la limitadísima tirada de este proyecto editorial. 30 ejemplares.
Lo selecto no sólo lo hace la limitación de una tirada, sino, fundamentalmente el contenido y la forma o ejecución de un contenido singular. Por ello, dado el de este homenaje, de este reconocimiento, convendría difundirlo masivamente. Me alegra que venga de Zafra.
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jueves, agosto 23, 2007
Cuatro minutos

Ayer casi todo salió moderadamente bien. Estuve en la Facultad, y dejé terminado, por fin, un trabajo, que envié por la tarde. A mi madre le hicieron la manicura sin queja, y por la tarde tuvo visitas en casa. Encantada. Luego fuimos al cine. Cuatro minutos, la premiada película de Chris Kraus, sostenida por la interpretación de una joven Hannah Herzsprung (Jenny) y la madurísima Monica Bleibtreu (Traude Krüger). Nos la recomendaron unas amigas, y merece la pena.
Su crudeza es la del cartel en alemán, porque la imagen de promoción que se da por aquí, y que también reproduzco, es, como poco, una estafa. Es falsa, además. Porque Jenny no toca el piano esposada y con ese vestido en ningún momento de la película. Las esposas y el vestido ocupan momentos distintos y distantes. Qué cosas. Pero es muy recomendable, dura y sublime a la vez, como la propia historia. Con dos pegas importantes: el tratamiento excesivamente victimista del lesbianismo y el despliegue de medios policiales, de serie americana. No doy más datos por respeto a los que no la han visto. Sí, sobre la música, imprescindible.
A mi madre no le gustó. Todavía no ha dicho nada. Y hoy va al podólogo.
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martes, agosto 21, 2007
Lo que pasa en la calle
—¿Es usted de aquí?
—Sí. Bueno, no; pero llevo aquí más de treinta años. Nací en un pueblecito de Toledo, Tembleque se llama. Vaya nombre, ¿verdad? Pero es muy bonito, el pueblo. Nos vinimos porque a mi padre lo trasladaron. Yo estudié aquí, ¿sabe usted?, y aquí me puse a trabajar..., hasta ahora. La friolera, fíjese, de treinta años llevo viviendo aquí. Y se vive bien, que esto es pequeño pero no falta de nada. Dígame.
—¿La Plaza Mayor?
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lunes, agosto 20, 2007
Russell P. Sebold
Le conocí hace veinte años, y cumple hoy 79. Fue en Cáceres. Habíamos mantenido algún contacto epistolar y, por fin, nos encontramos en esta ciudad, cuando Jesús Cañas y yo le
invitamos a un simposio sobre un literato del siglo XVIII nacido en mi pueblo. Recuerdo cierta incredulidad lamentosa en el periodista A. Sánchez Ocaña, de HOY, cuando Russell P. Sebold declaraba que “García de la Huerta y la literatura del XVIII se estudian más en el extranjero”, que fue el titular de aquella página del periódico del 13 de noviembre de 1987.
Mi primera experiencia notable con Russell P. Sebold es de ese mismo día. Una comida en el restaurante del antiguo Hotel Extremadura de Cáceres, con él y con Jesús Aguirre, Duque de Alba. Para un licenciado en Filología tan reciente como yo en aquel momento compartir mesa y mantel con un catedrático de la Universidad de Pennsylvania —así, a pesar del Diccionario panhispánico de dudas—, autor de libros y artículos que uno había leído durante la carrera, y con un académico —también lo es Russell P. Sebold, correspondiente, de la Española—, ensayista, editor, como Aguirre, fue algo especial. Yo tenía veinticinco años y escuchaba hablar, si miraba a mi derecha, de don Américo Castro a un alumno suyo, y, si miraba a mi izquierda, de Ferrater Mora a alguien que le conoció bien.
Russell P. Sebold me hizo doctor antes de serlo, me trató como un amigo, y desde aquel primer conocimiento me consideré uno de sus alumnos, como otros colegas y amigos que tuvieron el placer de recibir sus clases en Penn.
Anda ahora como un padre orgulloso asistiendo a la promoción de la obra narrativa de su hija Alice, que publica su segunda novela, The Almost Moon, en octubre, cuando empiece el rodaje de una película sobre su primera novela, que se publicó en español bajo el título Desde mi cielo. Y, también, incansable en su tarea como ensayista, a la espera de nuevas obras, su libro En el principio del movimiento realista, que publica Cátedra, su nueva edición de la Poética de Luzán, o la versión inglesa de las Noches lúgubres de Cadalso (Lugubrious Nights), que aparecerá en University of New Mexico Press.
Felicidades, Bud.
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domingo, agosto 19, 2007
Mariano
Mariano. Mariano Encomienda. Mariano Fernández Daza y Fernández de Córdova. Excelententísimo Señor. Un mensaje ‘sms’ recibido esta mañana daba noticia de su muerte. Lo siento. Sentí siempre por él el respeto que merece la edad autorizada y la condición —la intelectual, quiero decir. Y el afecto cercano del que tiene que corresponder a quien, a pesar de la diferencia de años, da tanta confianza.
Uno de mis primeros recuerdos liga la figura de Mariano, cómo no, con los libros. Los de la Biblioteca de Cultural Santa Ana, o sea, la “Biblioteca IX Marqués de la Encomienda” desde 1996. Yo trabajaba en mi tesina y tenía que consultar textos y estudios que estaban en aquel fondo, cuyo perfil extremeño lo hace tan singular y único. Él me acompañaba, me abría la biblioteca, cerrada aquellos días —no recuerdo si era un sábado o un domingo, o, simplemente, días de vacaciones de verano—; y me dejaba allí solo, con mis pesquisas. A la hora del aperitivo, pasaba de nuevo por allí y me llevaba al comedor del centro, en donde, solos en aquel espacio vacío, dábamos buena cuenta de un platito de chorizo y de unos vasos de vino. Alimentaba más la conversación de Mariano. Allí me habló de su amistad con Jorge Demerson, fallecido en 2002, y cómo descubrieron datos desconocidos sobre Meléndez Valdés en Almendralejo, leyendo protocolos notariales. Allí me proponía aspectos para la investigación, modos de la misma. Allí me hablaba de alguna preciada edición, con ostentación nula.
Cuando preparaba la edición en el Departamento de Publicaciones de la Diputación de Badajoz de los artículos sobre Extremadura de Demerson, pedí a Mariano un texto. Me envió casi media docena de folios. Alguien me dijo años después que cómo lo había conseguido, si Mariano era ágrafo. Escribió poco, es verdad, y ojalá sea matizable con decir que publicó poco. Con su prodigiosa memoria, su don de palabra y sus vivencias, cualquier texto suyo se llenaba de un especial valor, como ocurrió con aquellas páginas que me envió y fechó en Almendralejo un Domingo de Pascua de 1995. Era consciente de esa parquedad; y en alguna ocasión llegó a citar a José María Pemán, que decía de Pedro Sáinz Rodríguez que escribió poco, que se iba a llevar la cultura en la tripa. Ojalá Mariano lo haya evitado, aunque sea sólo en parte. Descanse en paz.
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Auden por Doce
Hoy recoge Álvaro Valverde en su blog el excelente poema de W. H. Auden que apareció ayer en Babelia de El País, junto a la reseña de la edición preparada para Galaxia Gutenberg y Círculo de Lectores por Jordi Doce. No fue poca ayer la difusión; pero vocear por aquí estas lecturas comunes no sobra.
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sábado, agosto 18, 2007
Madre no hay más que (1)

Escribo aquí mientras mi madre, octogenaria, lee el Diccionario de símbolos de Juan Eduardo Cirlot. Dicho así, parece que mi más inmediato entorno familiar adora a Claudio Abbado dirigiendo a la Sinfónica de Chicago que interpreta el Concierto para violín nº 1 de Bruch, con cuyos acordes —preferible el adagio del segundo movimiento— mi madre se echa en los brazos de Morfeo, esa divinidad alada que luego la despide al amanecer y la deja en el seno de la mañana, el desayuno, dispuesto ya en la mesa de la cocina, a la que mi madre llega con una de las ediciones de Crimen y castigo que hay por la casa y que viene leyendo desde hace unos días.
No. Y menos mal. Mi madre anda con el Diccionario de Cirlot porque quiere saber a qué se refería su nieta cuando le dijo que le gustan los colgantes con símbolos. Símbolos gráficos, se entiende. Así que mi madre se ha quedado prendada de algunos ternarios y cuaternarios, y le han llamado la atención las esvásticas, las espirales y las estrellas. Porque anda empeñada en comprarle un collar a la niña. Sea. Todo vuelve a la realidad. Ahora mi madre come chocolate en el sofá y ve en la tele La tonta del bote, una película de Juan de Orduña con Lina Morgan y Arturo Fernández en los papeles principales.
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viernes, agosto 17, 2007
Perú

Esta mañana escuchaba en la radio hablar de la tragedia en Perú. Da igual lo que decían los acomodados tertulianos. Da igual. Porque he escuchado que este tipo de catástrofres son más fuertes en países así. Porque he escuchado que podían haber sido más muertos.
Esta tarde hemos sabido que una amiga ha dado desde allí noticias. Está bien.
Falta otro amigo y compañero, del que no sabemos nada.
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martes, agosto 14, 2007
Anacronía
Por las noches, sobre la una o las dos, la página web del periódico me permite ver en pdf la portada del día. O sea, la de la mañana siguiente. Casi nunca la veo. No acaba de gustarme poner fin a la jornada con la imagen del día siguiente. Es como si, antes de acostarme, me hiciese un café, unas tostadas y un zumo de naranja. Y a dormir. Si alguna vez ocurre, si alguna noche me voy a la cama tras ver los titulares y las fotografías del periódico del ‘día siguiente’; por la mañana, al recoger del kiosco mi ejemplar de El País, me siento extraño, como si el día que inicio a las ocho de la mañana hubiese caducado; o, lo que es más inquietante, como si ya hubiese vivido lo que estoy viviendo. Debe de ser una forma moderna de aquella razón de la sinrazón del sueño de la rima LXXV de Bécquer. Y que conste el eco cervantino.
Hace años —vaya, más de diez—, en Madrid, a las dos de la madrugada, después de la presentación de un número especial de la revista Primer Acto, Paco Muñoz nos llevó, a Juan Margallo y a mí, a la Puerta del Sol para comprar el periódico. Un ejercicio de nostalgia. Le gustaba.
Meses después, me acosté en una solitaria cama de la madrileña calle del Arenal con los periódicos del día, horas antes de coger el coche para regresar a casa, a la que llegué con los periódicos del día, leídos antes de acostarme, tras una agradable noche de amigos y poetas. Yo venía de Cádiz. Pasando por Madrid. No he vuelto a hacerlo.
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domingo, agosto 12, 2007
Lectura de Antonio Carvajal

La leí cuando se publicó en el cuaderno del ciclo "Poética y Poesía" de la Fundación Juan March, que recibí gracias a Antonio Gallego, director del Servicio de Actividades Culturales de la Fundación, en última instancia, y a Álvaro Valverde, en primera, porque fue éste quien me habló del ciclo y me anunció su lectura —la cuarta, tras las de Antonio Colinas, Antonio Carvajal, de quien se trata, y Guillermo Carnero.
La leo esta tarde de agosto, y la debió de leer Antonio Carvajal en Madrid —inédita aún en libro— el 20 de mayo de 2004. Es la Canción de un alto gozo, un poema que termina con los siguientes versos:
“En estas horas, dones
postreros de una dicha
que conformar no supe pero consta
como canción, como acunado gozo
donde el placer se alcanza
y es llamarada lenta si segura
de una brasa más prieta
que el fruto aquél dorado, consumido
con fruición, pero pronto devorado,
quiero guardarte en mí, no pronunciarte,
no darte a los demás como triunfo.
Comprende mi silencio,
único nombre que me cabe dentro
con igual plenitud que la ebriedad.”
En fin, la palabra. Alta literatura.
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viernes, agosto 10, 2007
Lo noticiable
Estoy buscando algún medio —virtual, prensa escrita, radio, televisión...— que no haya hablado de las declaraciones de un abogado, J. Mariano Trillo-Figueroa, sobre su presunto defendido. Me pregunto en qué parte del desvarío está la justificación de lo noticiable. Y me imagino qué pasaría —mejor, qué crónica haríamos del caos— si a un montón de gente se le ocurriese que sería interesante que la opinión pública conociese lo que dice desde una oscura celda un individuo que dice haber tenido relaciones carnales con Napoleón y Josefina en la misma cama, u otro que dice que prestó dinero a Rodrigo Rato antes de irse al Fondo Monetario Internacional y que todavía no se lo ha devuelto. Pero qué digo... A veces tengo síntomas de turreburneísmo.
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Tríptico (I)
Estoy invitado por mi colega de la Universidad de Burgos Pedro Ojeda a participar en unas jornadas sobre Lenguaje y Periodismo. En esta edición —la tercera— se dedicarán a “Mutantes. Las palabras en la red”, y están previstas para los días 23, 24 y 25 de octubre, en Burgos. Quiero hablar sobre blogs literarios, sobre nuevas formas de literatura y de lectura en la red. Nada nuevo y todo nuevo. Hay ya mucha bibliografía sobre el asunto, y cada día, tantos testimonios como fuentes primarias para la reflexión...
Ando en ello, leyendo, tomando notas, sobre contenidos y sobre formas y modos. Aunque sólo me interesa para este trabajo lo propiamente literario, es casi inevitable detenerse en aspectos de forma, hasta en los afectos virtuales, que diría mi admirado Gonzalo Hidalgo sobre Portorosa, últimamente. (Un buen ejemplo para el análisis, aunque ahora sea más un objeto de preocupación solidaria y la expresión de un ánimo.)
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Tríptico (II)

Llevo escribiendo aquí desde finales de junio de 2005, gracias a Santos Domínguez, que fue quien me animó y quien me introdujo en esto. Como en todo, poco a poco uno va haciéndose con el medio. Por ejemplo, al principio, aconsejado por unos y otros, y viendo la experiencia de los unos y los otros, no activé la posibilidad de los comentarios de los lectores. Luego sí, y no me arrepiento. Me ha parecido esa interactividad uno de sus valores. Precisamente, desbastada la morralla, los comentarios que se vierten en un medio así son interesantísimos desde el punto de vista de la recepción de un texto literario. Estoy trabajando, a partir del diario de lecturas de Vicente Luis Mora, sobre lectores de poesía. Interesante. Reitero. Y aunque sólo por ahora me interesa lo puramente literario en términos convencionales, hay en este mundo objetos de interés para el análisis. El blog de Unaexcusa tiene lados muy sugerentes.
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, agosto 10, 2007 4 comentarios
Tríptico (y III)

No es mi cuaderno de bitácora uno de los más leídos. No lo pretendo. Y no lo rechazo. Con ello, gusta que los pocos lectores se muestren de vez en cuando en el cuaderno. Y con esa intención puse hace un año un crucigrama aquí. Sin reacciones. Con una intención más honrosa quise, sin éxito, generar una lectura en cadena de una novela de García Márquez. En homenaje. Escaso eco. Y sorprendente lo de ahora: hace nada, unos días, puse mi item sobre “Teatro Clásico en Alcántara” y ha sido el que más comentarios ha suscitado desde que abrí este espacio. Me da vergüenza, pero sólo han sido, por ahora, diecisiete. Basta con que uno visite algunos cuadernos por ahí para llamarla ridícula cantidad. Lo curioso es cómo los comentarios derivan y fluyen, y se alejan del primer objeto o del primer propósito del texto original. En el caso del que hablo, una referencia al tratamiento en la prensa del Festival de Alcántara ha suscitado una serie de notas en su mayoría centradas en una obra representada en el Festival de Mérida, y me sumo, lógicamente, a este modo digresivo.
Y es que leer un blog con más de cien entradas o items resulta igual que leer un diccionario. No se lee, se consulta. Se ojea.
Nota bene. Me he permitido, con un rato de dedicación, este ejercicio de alteración del modo de lectura, y perdón por hablar tanto de mí mismo. Hoy me tenía más a mano.
La ilustración , en tres entregas, es de un poema del humanista polígrafo Juan Caramuel. Un poema en honor al Papa Alejandro VII (1599-1667) que permite 71 lecturas diferentes. La tomo de un excelente libro, el de Mârius Serra, Verbalia. Juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario. Barcelona, Península, 2000. Recomendación, en su día, de mi amigo Honorio Blasco.
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jueves, agosto 09, 2007
Farmacia y libros
Para un texto largo que lleva por título Casa de los Ribera —y que igual quedará, como otros, inédito, o peor, inconcluso, en un cajón o en una carpeta virtual— he anotado en mi cuaderno un comentario sobre lo que publicaba el otro día El País en su última página, la conversación de Javier Rodríguez Marcos con los editores Beatriz de Moura (Tusquets) y Javier Santillán (Gadir). Dice ella que una posible solución al difícil problema de la distribución es el modelo alemán, con una distribución similar a la de los productos farmacéuticos. “Si éstos —dice— pueden llegar a una farmacia, de uno en uno y en 24 horas o menos, ¿por qué un libro no?”
¿Alemán? —pregunto. ¿Modelo alemán? —insisto. ¿Por qué no extremeño? —me digo. El modelo extremeño, sí. Reconozco que es de difícil aplicación para las distribuidoras potentes. Consiste en que uno está en una librería de Cáceres, digamos la Librería Boxoyo, pues fue el caso, y que llega un cliente preguntando por un libro publicado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. En ese momento, no hay ningún ejemplar de ese título en la librería; pero una llamada telefónica lo resuelve todo. El librero llama a su distribuidor principal, consanguíneo, que fue el caso, y éste, que tampoco tenía ejemplar del mencionado título, recoge del editor, el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, a doscientos metros, el libro solicitado por el cliente. Yo estaba allí, igual que el cliente; y yo vi cómo el cliente se llevó su libro en poco más de media hora de espera.
El modelo —extremeño, y como en farmacia— está bien; pero prefiero las librerías de fondo. Lo curioso es que yo estaba en una librería de fondo, tan de fondo como Boxoyo Libros, antiguos, viejos; pero valdría para otras de Cáceres, por poner el caso, desde El Buscón a Vicente. Calidad de vida.
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martes, agosto 07, 2007
Manual Pimentel
En la pila de libros —veinte— que Santos Domínguez pone en su blog como lecturas para las cuatro semanas de agosto, encuentro el Manual del editor de Manuel Pimentel publicado por Editorial Berenice, que compré por recomendación, con algún reparo, de Tomás González, de Todolibros, de Cáceres. Lo he leído. Lo digo porque parece que hay en el aire un prurito lector medido en cifras. Santos tiene las suyas, apabullantes, y el otro día Javier Castro terciaba, y bien, sobre mi conversación con Bolaño y daba su marca de lecturas en un mes —treinta. Apabullante. Más comedido es lo que dice Darío Jaramillo en Historia de una pasión —apud Santos Domínguez—, cuando habla de la necesidad de reseñar un libro por semana. Darío Jaramillo, que, por cierto, tiene una curiosa novela también publicada por Pre-Textos, Novela con fantasma (2004).
Yo he tardado en leer las quinientas treinta y dos páginas de Calle Feria de Tomás Sánchez Santiago más de un mes —y habrá que hablar también de lo que no me ha gustado de esta obra espléndida. Bien es cierto que he hecho otras cosas: escribir, poner lavadoras, limpiar la casa, ocuparme de la edición de otros libros, ir y venir al supermercado, leer otras páginas, conocer otros lugares, cenar en un buen restaurante... (Aposiopesis se llama la interrupción del discurso por sobreentendido o por comprometido. Lo digo por si alguien repara en que sólo haga esas cosas).
Vuelvo a Manuel el editor, bueno, al Manual del editor, el libro de quien es responsable de la editorial Almuzara, Manuel Pimentel. Reconozco que me gustan más los libros escritos por editores del tipo de los de Esther Tusquets, Jorge Herralde o Mario Muchnik, y me habría gustado mucho más que Pimentel me contara su experiencia —seguro que de interés—, y no este manual de manual sobre “la moderna industria editorial”. Tiene su utilidad, como todo manual; pero también su obviedad, propia de todo manual. Léase: “El éxito de una editorial radica en el acierto en la elección de los libros que edita” (pág. 74); “El editor está obligado a liquidar con honestidad los derechos correspondientes al autor” (pág. 129); “Sin autor ni existe libro ni editor. El autor y su talento son la materia con la que trabaja el editor” (pág. 181); “El editor debe conocer bien la realidad de las librerías” (pág. 211)...
Es verdad que el autor advierte en la “Introducción” que, después de leer las memorias de grandes editores españoles y extranjeros, quería escribir un libro distinto, “un libro que no contara la relación que había mantenido con escritores, políticos ni artistas, sino que enseñara la parte interna del oficio, esa de la que nunca hablan los editores, pero que constituye el motor de la empresa editorial” (pág. 12). Bien, aunque los libros de los citados editores no son sólo eso. Pero para distinguirse de ellos no hay que escribir un manual en el que se nos informa sobre el protocolo de cursos de autor para teleformación, como es el caso (págs. 245-250). Y bien, pues puede hablarse de la parte interna del oficio sin distanciarse enumerando los pasos de un cronograma en materia editorial; puede hablarse, quizá, desde la experiencia personal sobre ese cronograma, y seguro que Pimentel tiene mucho que contar y enseñar. Aun así, el libro tiene su utilidad para los lectores de manuales autoayuda, y es una obra que, en este panorama, aporta algo de información más o menos veraz —gestión económica del libro, gestión de tesorería, gestión de la propiedad intelectual...— sobre un mundo apasionante.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, agosto 07, 2007 0 comentarios
lunes, agosto 06, 2007
Teatro Clásico en Alcántara
La verdad es que ayer la prensa regional traía el teatro que se está viendo en la XXIII edición del Festival de Teatro Clásico de Alcántara algo diluido entre tapas y malabares. En la edición cacereña de Hoy, la fotografía de portada, de Lorenzo Cordero, era inquietantemente equívoca. Véase.
Sigo, pues, insistiendo en la necesidad de que los medios difundan el teatro con la atención a la crítica formada y formadora; pero no. Hoy, lamentablemente, se publica, también en Hoy, un anuncio con la programación del Festival de hace tres días, la del viernes 3 y el sábado 4, con El Lazarillo de Tormes de Miguel Murillo y Las mujeres sabias de Molière. Un error. Menos justificable es este otro que anuncia que "Alcántara ofrece esta noche la antología de Fernando Rojas", cuando se trata del ya referido aquí autor de Entre bobos anda el juego, Francisco de Rojas Zorrilla. Lo peor es que está así en la programación del Festival, y los medios no hacen otra cosa que repetirlo.
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, agosto 06, 2007 24 comentarios
viernes, agosto 03, 2007
Rojas Zorrilla en la 'Revista de Literatura'
El número más reciente de Revista de Literatura, la del CSIC, y van 137 con éste, desde 1952, está enteramente dedicado a Francisco de Rojas Zorrilla, con motivo del centenario del nacimiento de este dramaturgo en Toledo en 1607. Coordinado por Luciano García Lorenzo y Abraham Madroñal es, además de una puesta al día sobre la bibliografía generada por la obra de Rojas, un asedio de gran interés sobre lados fundamentales de la producción del autor.
Tiene razón Gregorio Torres, cuando reseña la edición de Felipe Pedraza y Milagros Rodríguez Cáceres en Clásicos Castalia de Donde hay agravios no hay celos y Abrir el ojo, al poner el dedo sobre la situación flagrante en el panorama de la “maltrecha” edición de nuestros clásicos que lleva a repetir títulos y autores en los catálogos de las colecciones de clásicos de gran difusión y en los repertorios de las compañías que afrontan montajes de esos mismos clásicos... Lope, Tirso y Calderón. Desde luego, es muy saludable abrir el canon —como se hizo en épocas anteriores, y léase lo escrito por Joaquín Álvarez Barrientos en este volumen para el XVIII y el XIX— y disfrutar de creaciones de tanta altura como las de Rojas.
En este número especial, podemos leer sugerentes análisis sobre el espacio en las obras de Rojas Zorrilla, en una pieza, quizá de encargo, como Los trabajos de Tobías, en el artículo de Javier Rubiera —autor de un libro sobre la construcción del espacio en la comedia española del Siglo de Oro (Madrid, Arco/Libros, 2005)—, o en el de Ana Suárez Miramón en Casarse por vengarse y Lo que quería ver el marqués de Villena, una de las obras en las que mejor puede analizarse este aspecto. Podemos conocer la recepción de Rojas en Italia en los siglos XVII y XVIII, por la aportación de una buena conocedora del autor, Maria Grazia Profeti, la recepción “romántica” de Rojas desde los hermanos Schlegel y desde Böhl de Faber, o sea, casi nula, y la meritoria atención crítica de nombres como Martínez de la Rosa y Alberto Lista, en el trabajo de Felipe Pedraza. La recepción también de obras como Entre bobos anda el juego en la escena del teatro Español y la figura de María Guerrero, en un interesante texto de Carmen Menéndez Onrubia, y en el artículo de Luciano García Lorenzo una revisión de la fortuna escénica del autor desde el siglo XVIII —47 veces se representó Los áspides de Cleopatra entre 1709 y 1798— hasta los últimos montajes, como el de Entre bobos... en Almagro, el pasado verano, o aquel Abre el ojo que vimos en el Festival de Alcántara, con la dirección de Francisco Plaza, en el verano de 2002. Y podemos —y me gusta mucho, porque descubro sobre lo no sabido— conocer documentos nuevos sobre Rojas Zorrilla y la producción “menor” del autor, sus poemas, algún entremés. Doble y buena aportación de Abraham Madroñal. Bien.
Junto a la Bibliografía que publicaron Rafael González Cañal, Ubaldo Cerezo y Germán Vega García-Luengos (Kassel, Reincherberger, 2007) y el volumen Estudios sobre Rojas Zorrilla, de Felipe B. Pedraza Jiménez, publicado por la Universidad de Castilla-La Mancha, también en 2007, este número de la Revista de Literatura convierte esta conmemoración en un hito en el estado de los estudios sobre el dramaturgo toledano y en la labor de difusión e investigación sobre su figura y sus obras.
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, agosto 03, 2007 2 comentarios
jueves, agosto 02, 2007
El Callejón del Gato

Dentro de unos años, la calle Pizarro de Cáceres será una de las rutas ciudadanas más interesantes de este lugar. Es verdad que hubo en ella una galería de arte, la Galería Nacional de Praga, y otra luego, casi en la calle, Bores & Mallo, y ya no están; es verdad que hubo una librería, Anaquel, la de Eva Cerezo, y ya no está; es verdad que en ella se abrió uno de los locales más interesantes de esta ciudad, La Torre de Babel, y ya no está; y que, lindando, otro, La Caballeriza, fue una de las terrazas interiores más visitadas y acogedoras; y es verdad incluso que uno de sus bares fue escenario de una novela corta, aquella por entregas de Antonio G. Mogollón, La chica del pelo cobrizo, que El Periódico Extremadura censuró hace ya unos cuantos años. Corría 1999. Qué historia. Y ya no están.
Pero creo que dentro de unos años la calle Pizarro de Cáceres tendrá otras muchas razones para ser visitada. Quizá la más notoria vaya a ser la ubicación en ella del Centro Helga de Alvear de Arte Contemporáneo; pero el paseante podrá disfrutar de la terraza —en otra calle, pero casi la misma, la de antes— de La Traviata, o de rincones como La Farándula, de locales como Habana, de otro arte, el de la encuadernación, en una tienda tan singular como Roma, a la que peregrinan bibliófilos y amantes del papel... Y casi en esta onda de lo que vendrá, nuestra amiga Viki acaba de abrir El Callejón del Gato, un restaurante bien concebido con dos zonas. La de tapas y un acogedor saloncito para comer tranquilo.
Se llama así, El Callejón del Gato, con toda la gana de su dueña, Viki. Por los gatos que con ella han convivido y conviven, y por la intención literaria que ella ha querido. Recuerdo que en la misma acera, pocos metros más allá, y unos ocho años más allá también, estuvo el Gabriel Bocángel, estrechamente literario, regentado por el escritor y editor Julián Rodríguez. Calle Pizarro, hace ocho años. Recuerdo una agradable cena con José Luis García Martín. Y otra noche con Javier Alcaíns, con Javier Rodríguez Marcos, su hermano Julián, y Victorio Montes, que en paz descanse, y que nos hizo una foto que guardo, además de haber hecho todas las fotos de los libros de poemas de Javier Rodríguez, sí. Me voy por las ramas. A lo que iba, que en la intención de Viki está un nuevo y antiguo referente literario y estético, el de la deformación de los espejos cóncavos y convexos de ese callejón madrileño del Gato o de Álvarez Gato, que inmortalizaron en la escena XII de Luces de bohemia don Latino de Híspalis y Max Estrella. Ayer se lo recordamos Carmen y yo un ratito. Me quito el cráneo y toda la suerte para Viki. Recomendable.
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domingo, julio 29, 2007
Conversación

La mejor manera que tengo de combatir la gana de conversar con alguien de literatura —sí, lo siento, me pasa a veces— es levantarme para buscar un libro de un lector; es decir, una de esas obras que reúnen textos diversos de un novelista, un poeta, un crítico, en los que éstos hablan de sus preferencias o reflexionan sobre un asunto literario.
Intercambiar pareceres sobre la lectura de un libro; charlar sobre qué le pedimos al relato, imaginación o lenguaje, o ambas cosas; criticar a aquellos autores que defienden el carácter ficticio y la fuerza creadora de sus textos y se enfadan porque alguien tiene otra versión sobre los hechos históricos que sirven de base a su creación...; todo —si fuese— lo he sustituido hoy por un rato de lectura de textos antiguos de Roberto Bolaño (1953-2003).
Me he quedado esta tarde un rato con su recomendación rendida del libro de Juan Rodolfo Wilcock La sinagoga de los iconoclastas: “Si quieren reírse, si quieren mejorar su salud, cómprenla, róbenla, pídanla prestada, pero léanla.”, escribió Roberto Bolaño en una de sus columnas periodísticas reunidas, póstumamente, en Entre paréntesis. Ensayos, artículos y discursos (1998-2003), en edición de Ignacio Echevarría (Barcelona, Anagrama, 2004).
Y así, un rato, hablando con Roberto Bolaño, con sus consejos sobre el arte de escribir cuentos. Que si nunca aborde los cuentos de uno en uno, que es mejor de tres en tres, o de cinco en cinco; que si hay que leer a Quiroga, a Felisberto Hernández, a Borges, a Rulfo, a Monterroso; pero nunca, jamás, a Cela ni a Umbral. Que si hay que ser valiente, y que hay que leer a Cortázar, a Bioy Casares, a Marcel Schwob, a Jules Renard. Y a Poe. Y a Chéjov. Que no aborde los cuentos de uno en uno, porque, si no, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.
Y así hemos estado un rato.
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jueves, julio 26, 2007
Ángel Duarte y Fernando Turégano
Por el diario Hoy me enteré ayer de la muerte de Fernando Turégano y de Ángel Duarte. El periódico publicaba una nota de la redacción con el fallecimiento, a los 75 años, de Fernando Turégano en Bruselas el lunes 23, camino de Budapest, en uno de sus viajes en busca de algún acontecimiento cultural, algún concierto. Lo apuntaba Marce Solís en una carta al director de ese mismo periódico: Fernando era “uno de los hombres más cultos que he conocido y a la vez una de las personas más divertidas y amenas.” Por desgracia, le traté poco, coincidimos en alguna ocasión, en el homenaje hace ya más de media docena de años a Jesús Alviz en La Fontana con la presentación de su novela póstuma, El fuego lento del hinojo; y más recientemente, por la publicación del libro de fotografías de Luis Casero y Pepe Higuero Sorprendente Cáceres Sorprendente (Asamblea de Extremadura, 2007), en el que Fernando celebraba la candidatura de Cáceres a Ciudad Europea de la Cultura en 2016 y aunaba la incomparable naturaleza y el patrimonio histórico y monumental de nuestro entorno como valores. Los testimonios de quienes le conocieron —Blanca y Rosa, Diego, Enrique y Paco, de la Filmoteca de Extremadura, también publican en Hoy su recuerdo— me confirman su calidad humana excepcional.
Páginas después del sobresalto por la noticia de la muerte de Fernando Turégano, la crónica sentida de otra pérdida. Y de la mano de un amigo y compañero como Miguel Ángel Melón, sobrino del protagonista. “Ángel Duarte in memoriam”, un artículo en la “Tribuna Extremeña” de Hoy. El escultor de Aldeanueva del Camino (1930) fallecía en la ciudad de Sion (Suiza) el domingo 22 de julio. Golpeado por la guerra civil desde niño por el fallecimiento de su madre y de una hermana chica en un bombardeo en 1939, el perfil vital del artista —uno de los componentes del Equipo 57— se me antoja de la dureza de alguno de los materiales utilizados para sus piezas, pero también cercano a esa interactividad como concepto artístico aplicada al carácter y a la humanidad de una persona cuyo lado menos técnico he conocido a través de Miguel Ángel Melón, quien recuerda la necesidad ahora de continuar con el proceso de recuperación de esta obra tan importante y con tanta proyección internacional. Pongo aquí la foto de Vicente Novillo del artista ante la maqueta de su pieza E.4.A.I.B. en la entrada del MEIAC de Badajoz. Se publicó en el número 17, de julio de 2001, de la revista Qazris, como ilustración de un documentado artículo de Javier Cano Ramos sobre Ángel Duarte.
Todos los días el periódico trae demasiadas muertes, demasiadas razones para abatirse. Ayer también.
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martes, julio 24, 2007
El escribidor
Le habían dicho que sus novelas eran morosas, que no contaban nada en muchos de sus tramos, que la narración se ralentizaba de una manera que echaría para atrás al lector. Él lo reconocía, sabía que no podía evitar esa especie de incontinencia narrativa que le llevaba a contar no sólo lo ocurrido en una fiesta en casa del protagonista, sino cómo la asistenta limpiaba el salón en el que había tenido lugar la reunión. La ordenada recogida de vasos y ceniceros, la limpieza de las mesas, el afanoso aseo del suelo y de las alfombras le ocupaban, cuando menos, un par de páginas. Para él, la elipsis era un procedimiento remoto.
Un tanto sobre sí, un día decidió hacer de su incapacidad una dedicación, que él quiso nombrar como técnica narrativa. Y a los muchos ejemplos que podrían citarse de sus propios textos inéditos añadió el relato de cómo el ama y la sobrina de don Quijote limpiaron el corral en el que fueron quemados los libros tras el donoso y grande escrutinio en la inmortal novela de Cervantes. Y también escribió tres folios sobre cómo un personaje inventado colocó los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes que quedaron caídos después de que el gitano Melquíades en Cien años de soledad usase sus dos lingotes metálicos. Así pasó casi su vida entera, completando los vacíos voluntarios de las grandes novelas. El caso es que siempre le salían relatos de intendencia, en los que alguien recomponía la escena después de los hechos. Nunca llegó a saber contar qué hizo la nodriza tras pedirle con ojos suplicantes a Madame Bovary un botijo de aguardiente.
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domingo, julio 22, 2007
Algarve

Hemos estado unos días en toda la orilla baja de Portugal, y hemos tomado como centro un pequeño núcleo al lado de Tavira. El domingo 15 de Julho compré El País (cuarenta y cinco céntimos de euro más caro que en España, ya que ser suscriptor —de cupones— allí no vale) y el Diário de Notícias con las declaraciones de José Saramago en portada “Portugal acabará por integrar-se na Espanha”. Leí casi toda la entrevista –cuatro páginas del rotativo— ese mismo día en Lagos, donde comimos, y toda la semana he seguido la sección específica abierta por el DN sobre la ‘polémica’ por las declaraciones del autor de O Evangelio segundo Jesus Cristo. Ese mismo día me llamó mi amigo Ángel Campos Pámpano, que estaba en ‘España’, cerca de La Codosera, al lado de ‘Portugal’, y le referí en primicia lo de las declaraciones de Saramago. Noté cierta indolencia en él ante el hecho, como el que vuelve a saber algo ya manido. Para mí Ángel es mi referente ‘portugués’; pero su indiferencia o distancia —y seguro que no soy preciso— no es la mía, y, por eso, me apasioné con la idea ibérica de Saramago. Carmen asentía también cuando comentábamos las declaraciones del Premio Nobel. Es más, Carmen me había dicho días antes que Portugal y España deberían ser la misma ‘cosa’. Lo dijo sin matices, como supongo que lo dijo Saramago, y por ello la polémica.
Hoy, domingo 22 de Julio, El País trae en portada la muerte de Jesús de Polanco y abre Internacional con “La unión de España y Portugal, a debate”, con un texto de Miguel Mora y otro de Miguel Á. Villena, a costa de lo dicho por Saramago hace una semana. Me agrada la idea de hablar sobre Portugal y España, de vivirlas, y tengo amigos que la viven de otra manera. Ojalá no quedase esto en la crónica de una estancia. Que perdure el pensamiento común. En definitiva, la unión la hacemos los que no somos nada.
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viernes, julio 13, 2007
Los diez espárragos de Moratín

La ciencia del blasón. Así llama Moratín a la extravagancia de la nobleza, vista en la Inglaterra de sus Apuntaciones... , testimonio de su viaje de septiembre de 1792 a agosto de 1793. Estoy volviendo a mi literatura del siglo XVIII y ha vuelto a mis manos esta alegría de edición de los cuadernos de viaje de Leandro Fernández de Moratín que publicó Ediciones Península en 2003 con un epílogo del poeta Eduardo Jordá.
Un epílogo titulado “Los diez espárragos de Moratín” en el que puede leerse una declaración: “Sé que soy parcial con Moratín: desde aquel día en que empezó a nevar sobre París, ha sido uno de mis escritores favoritos.” Yo también soy parcial, y siempre que leo cosas así, que comparto, me alegro mucho por dedicarme a leer de otra forma la literatura del Setecientos.
Y tan parcial... Acababa yo de mudarme a esta casa en la que vivo cuando el mismísimo Eduardo Jordá , acompañado de Julián Rodríguez, la visitaba por ver si yo tenía algunos libros sobre Moratín hijo. Eduardo tenía que enviar con urgencia un texto como epílogo para una edición de las Apuntaciones sueltas de Inglaterra que iba a publicar Península. No me costó mucho encontrar la caja donde estaban el grueso tomo del Epistolario, el Diario —qué impagable tarea la de René Andioc—, La comedia nueva, todos de Castalia, los Sonetos escogidos, la edición de Belén Tejerina del Viage a Italia... Se sirvió y cumplió con su encomienda. Y recordó Jordá aquel episodio en que Moratín se encontró en una diligencia italiana con un boticario parlanchín que le contaba su vida mientras nuestro escritor se comía diez espárragos.
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lunes, julio 09, 2007
Nuevos peces
En las novelas de Galdós —en La desheredada hay un memorable sermón— se mueven con soltura unos personajes preciosos para configurar el universo de este autor mayúsculo. Los ‘peces’. Tengo delante a Manuel María José Pez, el de La de Bringas.
“Cuando hablaba, se le oía con gusto, y él gustaba también de oírse, porque recorría con las miradas el rostro de sus oyentes para sorprender el efecto que en ellos producía. Su lenguaje habíase adaptado al estilo político creado entre nosotros por la Prensa y la tribuna. Nutrido aquel ingenio en las propias fuentes de la amplificación, no acertaba a expresar ningún concepto en términos justos y precisos, sino que los daba siempre por triplicado.”
Lo escribió Galdós en 1884. A pesar de los años, tan familiar, tan común ahora, hoy, ayer, mañana, cuando en la radio hablan los munícipes —tengo uno muy cercano aquí en Cáceres—, los ministros —tenemos uno de los más nuevos y más sabios. Otra vez Manuel María José Pez, que habla:
“Al punto a que han llegado las cosas, amigo don Francisco, es imposible, es muy difícil, es arriesgadísimo aventurar juicio alguno. La revolución de que tantos nos hemos reído, de que tanto nos hemos burlado, de que tanto nos hemos mofado, va avanzando, va minando, va labrando su camino, y lo único que debemos desear, lo único que debemos pedir, es que no se declare verdadera incompatibilidad, verdadera lucha, verdadera guerra a muerte entre esa misma revolución y las instituciones, entre las nuevas ideas y el Trono, entre las reformas indispensables y la persona de Su Majestad.”
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domingo, julio 08, 2007
Final de curso
Mañana, noveno día de este mes, daré por terminado este curso académico cuando cierre, vía telemática, el acta de la asignatura de Quinto. Luego acudiré a la secretaría de mi Facultad a entregar una copia firmada en papel, que, todavía, sigue siendo necesaria. También tengo que intervenir en un tribunal extraordinario y que asistir a una reunión de mi departamento. No está mal para ser el último día. Del curso, lo que no significa que empiecen las vacaciones, no.
De un curso extraño. La normalidad la han impuesto los alumnos de Quinto, porque —es lógico— viven una situación que impone ciertas normas y ritos, ciertos constituyentes de género, aunque sólo sea por la aplicación de una de las tres partes convencionales del todo, el desenlace. Responsabilidad, complicidad, afecto... Tercero, sin embargo, ha traído este año la extrañeza. Raro ha sido el día en que el mismo grupo ha seguido las clases, y mis alumnos sólo han ido a visitar mi despacho en las horas de consultas en dos ocasiones, una, para comunicarme que no iban a ir a clase —no recuerdo por qué razón, si hay alguna que no sea por causa mayor—; otra, para pedirme hace pocos días que hiciese en otra fecha el examen de septiembre porque el curso para los del programa Erasmus se inicia en la universidad de acogida muy pronto. Nada más en todo un curso académico.
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viernes, julio 06, 2007
Releyendo a Helder
Tengo un vecino especial. Se llama Ricardo, y es director de un hotel que está al lado de casa: el Meliá de Cáceres. Ricardo es portugués, tan cumplido y correcto que me llama “Profesor” —con mayúscula, supongo— cada vez que se dirige a mí o me saluda, en lugar de llamarme por mi nombre. Alguna vez, también me ha llamado “vecino” —en minúscula, como es lógico. Supongo que no le molestará que le llame yo también “vecino”, aunque quizá, creo, lo de “especial” no lo comprenda.
Tengo la poesía portuguesa en el pasillo de casa. En una estantería en la que convive con la literatura hispanoamericana, con la filosofía, con algo de teatro, con una variedad de cosas y con todos los números que tengo —que ya no caben— de mi querida Revista de Estudios Extremeños. Paso ante ella, la poesía portuguesa —la estantería, con otras cumbres extranjeras y cercanas— unas treinta veces diarias. Por dar una cifra, más o menos real. A veces me paro ante ella —la poesía portuguesa, la estantería, con otras cumbres...— atraído por la familiaridad de un lomo, otras por el soplo extraño de no reconocer un título. Ocurre en ocasiones, que pasa el tiempo y nos olvidamos de un libro que tenemos y que reencontramos con alegría al pasar por él, después de treinta idas y venidas. Y esa rareza del aire que nos pregunta por qué y cuándo, dónde y cómo compramos aquel libro.
El otro día retomé La cuchara en la boca, de un poeta portugués grande, Helberto Helder. Creo que fue después del desayuno, ya vestido, camino del dormitorio, para hacer la cama. El libro en español lo publicó Icaria editorial con traducción y nota introductoria de José Luis Puerto en 2001. Dimos cuenta de él en Hablar/Falar de Poesia (núm. 6, de 2002). Y es que La cuchara en la boca apareció en 1961, y fue un libro saludado por otro gran poeta portugués —António Ramos Rosa— como uno de los mejores libros de poesía publicados por aquellos años. Quizá es demasiado el tiempo pasado desde aquella edición original y esta traducción en España. Un lapso irrelevante, sin embargo, para el lector que conozca a través de ésta por vez primera la poesía de la celebración de Helder. La celebración de lo construido, sean casas, sean palabras, sean amores, sean poemas que crecen como un cuerpo. La cuchara en la boca es una imagen de enorme fuerza, del alimento y de la creación que concilia todas aquellas otras imágenes vitales que recorre en su libro el autor como el que nos da un breve tiempo de sueño y de esperanza a los lectores. La boca de Helder se abre para la expresión, en largos poemas, en versículos de hondura, de un ensimismamiento, de una reflexión sobre el yo y la escritura que conecta con la mejor y más alta poesía moderna. Escribe el poeta: “despedirse de los meses es un oficio inquieto”.
Ricardo, el director del Meliá, vecino, y portugués que habla un español de Valladolid —es de Valladolid; diría que nos engaña— me ha prestado esta tarde la Obra poética de Manuel Alegre, la segunda edición en la Dom Quixote de Lisboa. Él no lo sabe, pero me ha hecho un regalo. Y no porque pretenda quedarme con un libro que me ha prestado “hasta la vuelta del verano”, sino porque es muy estimable que alguien te deje un libro sin que tú lo pidas. Las casi novecientas páginas de los libros de poemas de Alegre. Ya estoy leyéndolas.
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domingo, julio 01, 2007
Un cuento de invierno

En provincias el plural de ‘función’ es poco usado. Sólo cuando nos llega un espectáculo con un supuesto tirón —más por el vocerío de la fama que por la calidad—, y cuando el Festival de Teatro Clásico, llegamos a las dos representaciones del mismo montaje. Así que ver una buena obra dos días seguidos es un placer raro, por escaso.
Para mí ha sido —viernes y sábado— con el sespiriano Un cuento de invierno de Magüi Mira, sobre la formidable versión de José Sanchis Sinisterra. (Me gustaría mucho conseguir el texto de esta versión para aprender cómo se recrea o se ejecuta una partitura como la obra del inglés. Se ha aprendido, en parte, en TextoEscena, en las sesiones que ha llevado alguien de tanta solvencia como Gonzalo Pontón Gijón). Lo visto dos veces, dos veces magistral.
Y el maravilloso privilegio de ver en Cáceres a un actor como Will Keen, que, con 37 años, ha trabajado con la Royal Shakespeare Company y con Globe Theatre, y ha actuado en los más prestigiosos escenarios españoles, desde el Español hasta el Festival de Almagro... Es un acontecimiento tener el placer de ver interpretar a un actor así, de una escuela distinta a la que forma a los que por aquí pasan. Impresiona.
Sin los elementos escénicos de sus funciones en un teatro como el Albéniz de Madrid, donde estrenaron, lo visto dos veces en Cáceres es de lo mejor que se ha contemplado en el espacio que dispone la Plaza de las Veletas de nuestra ciudad monumental. Tampoco será lo mismo en Almagro, cuando acudan dentro de pocos días para hacer cinco representaciones, del 5 al 9 de julio. El aire libre cacereño podrá imponer renuncias de determinados recursos de escenografía, pero también es verdad que, no para el espectador de aquí, sino para los propios responsables de la compañía, esto debería ser una lección que pone de manifiesto el peso de la interpretación. En este caso, inconmensurable. Lucía Jiménez convence en sus dos papeles, sus dos tiempos, como el tiempo de Carolina Lapausa, que asume los de Mamilio y del Tiempo coral. Jordi Brunet como Antígono y Florisel, también en sus dos tiempos. Y todos los demás, las damas —la gorda, la vieja, la flaca— y en el otro tiempo el hijo bobo del pastor, éste, y Autólico, el "traficante de sábanas".
Los dos tiempos. El viernes, una noche apacible. El sábado, un frío casi de cuento de invierno.
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lunes, junio 25, 2007
Calle Feria
Tiene este medio la virtud de todo cuaderno de notas en el que uno puede escribir casi lo que le venga en gana. No sé. Quiero decir que este medio se diferencia de otros, por ejemplo, en que aquí sí puedo escribir sobre algo que no he terminado de leer. No me siento comprometido con nadie, ni con la editorial que lo ha publicado y espera que escriba; ni con un periódico que me ha pedido un texto; ni con el autor. Tengo la libertad de escribir mis primeras impresiones sobre una novela de más de quinientas páginas de las que llevo leídas ciento y pico —las ciento y pico primeras, nótese; pues en estos tiempos con modos raros de lectura, parece necesario avisarlo. En fin, las virtudes del medio.
La calidad de lo que estoy leyendo tiene la culpa de que escriba aquí sobre esta novela aún sin terminar de leer. Por ahora, diré que me ha recordado —y es lógico— una calle, una novela y una carencia.
Empezaré por lo último, que es lo menos personal. Hace poco se lo leí a José Ramón Alonso de la Torre en un artículo de HOY, pero creo haberlo escuchado antes a Jaime Naranjo: que Cáceres no tiene novela, que está por escribir la novela de Cáceres. Es verdad, pero decirlo entraña el peligro de que alguien se ponga a escribirla —para ser el primero. Yo no sé si Calle Feria, de Tomás Sánchez Santiago, Premio de Novela Ciudad de Salamanca (Sevilla, Algaida Editores, 2007), es la novela de Zamora; pero no me importaría que la de Cáceres fuese como es esta deliciosa narración con una pequeña calle comercial en una pequeña ciudad de provincias.
Una calle. Por eso me acerca tanto esta novela a la calle Sevilla de Zafra, y mis vivencias de adolescente en algunas trastiendas y de mayor —ojalá con mayor frecuencia— en el serano —de mañana o de tarde— de Cayetano, ese comerciante de curtidos del que habló mi hermano en su blog hace casi un año. Y es que en la novela de Tomás Sánchez Santiago hay un Pepe Crespo, dueño del bar, un Fabriciano, el de “Novedades Textiles”, un droguero llamado Manahem, el único comerciante de la calle que despachaba con corbata en la tienda, un Herminio... Ah, Herminio... Hay que leerlo. Y es que yo creo que nos tocan la fibra.
Y, por último, me acerca la novela de Tomás a otra novela memorable, Belarmino y Apolonio, de Pérez de Ayala, a su Rúa Ruera, ese epítome del universo, como el diccionario. Otra fibra tocada. Continuará.
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sábado, junio 23, 2007
El curioso impertinente

Anoche, a la salida, en San Antón, Luigi Giuliani —con la familia— exclamaba:
—Qué montaje, ¿no?
Y asentíamos. Asentía también Jesús González Maestro, profesor de la Universidad de Vigo, que ha venido a Cáceres a dar su curso sobre El curioso impertinente en TEXTO ESCENA, una experiencia estupenda que sigue sin tener el eco que merece. Un experto que habla del texto que vamos a ver escenificado y que luego comenta con todos lo que hemos visto, antes de un encuentro con los actores. Que haya pocos inscritos en la actividad no es razón —nunca, por ahora— para desanimarse.
En San Antón, a las puertas del Gran Teatro.
—Qué montaje, sí.
Resulta siempre extraño vivir el Festival —cuando no llueve— en el recoleto espacio del Gran Teatro, en donde tan buenos espectáculos hemos visto en primicia y que luego se han ‘estrenado’ en las capitales. Exigencia —supongo— del aparato teatral. Así ha debido de ser. Porque el montaje, como decía Luigi, ha sido...
—Qué montaje, ¿no?
Espero no pasar por un entendido —y pedante— si digo que el de ayer se sustenta en la conjunción armónica de luz y movimiento, que se proyectan sobre un espacio escénico de una admirable funcionalidad. A estas alturas, dada la buena formación de nuestros actores, no es una sorpresa encontrarse con una buena interpretación. Ayer, además, bordaron una deliciosa sobreactuación física para marcar los caracteres. Pero a los excelentes ejecutantes hay que ponerlos en un medio expresivo que embriague. Y así fue.
La escenografía impresiona y está manejada de forma admirable —no sé por qué pero me recordaba a veces a algo visto de Óscar Tusquets como escenógrafo, quizá cuando aquella Historia de una escalera del CDN que vimos en Cáceres. Por cierto, también vimos en Cáceres Divinas palabras con la dirección de Gerardo Vera, que estará en el Lincoln Center Festival de Nueva York entre el 26 y el 28 de julio. Pero lo que ayer me gustó especialmente fue el uso de la luz en el teatro. Para aprender.
El curioso impertinente, de Guillén de Castro. Compañía Nacional de Teatro Clásico. Versión de Yolanda Pallín. Dirección de Natalia Menéndez. Intérpretes: Ángel Ramón Jiménez, Clara Sanchis, Nuria Mencía, María Álvarez, Fernando Cayo, Daniel Albadalejo, Fernando Sendio, Francisco Merino, Eva Trancón, José Vicente Ramos... Iluminación: Miguel Ángel Camacho (A. A. I.)...
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viernes, junio 22, 2007
Romances del Cid

Nos lo dijo Isidro Timón al salir anoche de la única función de los Romances del Cid —Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirección de Eduardo Vasco y versión de Ignacio García May— en esta decimoctava edición del Festival de Teatro Clásico de Cáceres:
—Dicen que es la primera vez que falla.
Lástima, porque es uno de esos efectos teatrales que gustan, que, puestos al cabo de la obra, aseguran un final en alto y que el público salga con una sensación muy placentera. Yo creo que el fallo no repercutió en la actitud de un público complacido que —me parece— no se percató del número. Ni del fallo, claro.
A toro —o pájaro— pasado, uno lamenta que no haya podido rematarse este recurso estructural que abre y cierra la obra. Jesús Hierónides (El arcángel) aparece al principio calzándose una lúa y haciendo el gesto de llamar al puño al ave. Y en los datos del programa de mano —apréciese la foto—, entre el ayudante de dirección, el asesor de verso y el iluminador, se lee “Maestro de cetrería”. Era para esperar algo. Cuando termina la obra, muerto y ‘resucitado’ Rodrigo, el soberbio castellano, vuelve el actor Jesús Hierónides al centro de la escena, y amaga el gesto..., y ahora silba. Tras el público, saliendo de una ventana, se lanza en vuelo el ave, que, aturdida por algo, queda prendida del entramado de los focos. Arriba quedó una noche de pájaros inquietos como nunca en la Plaza de San Jorge y en su jardín de al lado.
¿La obra? Espléndida. Otro arte es traducir a la escena en una hora y veinte minutos los textos que sobre el Cid nos dejó el Romancero. Sabia fue la utilización de los recursos teatrales en apoyo del verso sostenido por tres actores principales, el ya citado, la gallega Muriel Sánchez, que encanta, y la sólida presencia de Francisco Rojas. Dos ejemplos de ese uso, sin tener en cuenta el texto: el episodio del león y la visita a Roma. Uno más: la música y su ejecución, que no sólo acompaña y envuelve, sino que se incorpora como un elemento más de la expresión escénica. Muy recomendable.
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, junio 22, 2007 0 comentarios
miércoles, junio 20, 2007
José Luis Bernal, Premio Gerardo Diego
Hoy llega uno a la Facultad dispuesto a dar dos grandes abrazos a dos compañeros y amigos. A José Luis Bernal, por el premio de la Fundación Gerardo Diego por un ensayo sobre la plenitud creacionista de Manual de espumas, del poeta al que tantos años ha dedicado José Luis y que tan pulcramente ha venido editando en estos últimos tiempos. Estoy convencido de que las aportaciones documentales de este estudio, entre ellas el epistolario entre Diego y Larrea, han debido de ser determinantes para añadir más valor a su calidad como ensayo de investigación literaria.
El otro abrazo de esta mañana lo debo desde hace más días, no muchos; y es para Miguel Ángel Melón, que se ha traído de Barcelona su merecida habilitación al cuerpo de Catedráticos de Universidad. Un profesor de Historia Moderna de los más prestigiados en su área al que se le repara un injusto retraso de su natural condición. Sea.
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, junio 20, 2007 4 comentarios
martes, junio 19, 2007
El clavo solitario

Creo que mis ciento noventa y ocho milésimas de otro por ciento del inmueble en el que se ubica mi plaza de garaje se corresponden en parte, o casi, con el espacio que ocupó la Galería Bores & Mallo de Cáceres cuando estaba en la calle sin salida del actual Edificio Ceres. Tiene su gracia.
Este librito de 16 x 11 cms. ha estado en mi mesa durante varios meses. Leído ya hace tiempo, lo he recogido esta tarde, junto a otros, para ponerlo en su sitio, al tiempo, o casi, que la copia de la escritura de propiedad de la plaza de garaje que ocupo y que vigila mi banco. Tiene su gracia.
No luce mal el libro, porque ocupa un espacio poco transitado por aquí. ¿Literatura de galerista? Merece leerse. Y me temo que es —uno más— un libro invisible. Yo se lo compré a Antonio, de la Librería El Buscón —ocho euros, sin descuento—, y espero que aún tenga ejemplares, porque merece ser leído, insisto. Autoeditado, se ofrece en su interior como “Algunas páginas del libro De la moqueta a la manta: memorias de un galerista, que se editará en la primavera del año 2007”. El dulce tiempo de la primavera, que dijo Rubén Darío.
La hija de Francisco Bores, el poseedor de obra del maestro Rótula, el secretario de la tómbola, Soledad, la bisabuela Ramona..., personajes de un mundo reducido como mi plaza de garaje e inmenso como una pasión. La única nota al pie de libro, de lo mejor, a pesar de que contiene la confesión de su repudio.
Va a su sitio el libro de Javier Castro, como un cuadro a un clavo, solidario.
Javier Castro, El clavo solitario y otros textos del libro 'De la moqueta a la manta: memorias de un galerista'.
(Cáceres, Galería Bores & Mallo, 2006).
Publicado por Miguel A. Lama en martes, junio 19, 2007 3 comentarios
domingo, junio 17, 2007
Festival de Teatro Clásico. Interior, noche.

Van tres días de representaciones en el XVIII Festival de Teatro Clásico de Cáceres y aún no hemos estrenado el cielo de la ciudad monumental como escenario. Por ahora, todo lo programado se ha trasladado a espacios cubiertos. La lluvia sigue acompañándonos. El jueves fue el Lazarillo de Tormes en el Gran Teatro. No me gustó casi nada de lo que vimos. No es una versión del Lazarillo lo que ha hecho Miguel Murillo ni es una obra sobre la vida de los comediantes del Siglo de Oro. No es ni una cosa ni otra. Y nadie duda de la capacidad de uno, Miguel, como autor teatral, ni de la valía de Memé Tabares como directora. Pero me da la sensación de que ni Miguel ha quedado satisfecho con el encargo ni Memé se ha entusiasmado con el texto que dirigir. Los elementales recursos escenográficos, la interpretación irregular y los empeños de dirección de dar un aire ‘puro’ a la obra con esos efectos de guiñol y de dibujo animado no levantan el texto. Lástima.
Ayer, sin embargo, en el Auditorio, se vio algo bueno: el Cyrano de Bergerac dirigido por John Strasberg que traía Concha Busto Producciones. Sólo acudir a ver a José Pedro Carrión es más que una razón para salir de casa a las once de la noche de un sábado muy lluvioso. Le vimos en 1999, en la décima edición de este Festival, con un Ricardo III, también dirigido por Strasberg, en la que también se programó un Cyrano. Recurrencias de género.
Hoy, domingo, el Auto de los Reyes Magos, igualmente bajo techo, el del Complejo Cultural San Francisco. Su sitio era la Plaza de San Jorge; pero, sin duda, debió serlo —como, al parecer, se intentó— la Plaza de Santa María, a las puertas de la Concatedral. En esto está el Año Jubilar de Guadalupe, 2007. Me llama la atención leer sobre el espectáculo que se verá esta noche que se trata de un auto sacramental. Lástima por la impropiedad. Sobre el auto del XII y otros escritos medievales, Jack Taylor y Víctor Matellano han preparado un texto que pondrá en escena la compañía El Duende de Colmenar Viejo (Madrid).
A esta hora de la tarde, no llueve; incluso, entre nubes, luce el sol a veces. Ya no es trascendente.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, junio 17, 2007 3 comentarios
viernes, junio 15, 2007
Versión Original

A esta hora —las cinco de la tarde— seguirán los amigos de la revista Versión Original, en El Corral de las Cigüeñas de Cáceres, en su fiesta de celebración de los 150 números publicados desde 1993. Hemos presentado esta mañana —Liborio Barrera, Antonio Gasset— este número dedicado a la adolescencia que lleva esa fotografía en portada de la película de Bertolucci Soñadores.
A un buen amigo como Elías Moro, escritor, que gusta del coleccionismo, de libros y revistas principalmente, suelo guardar desde hace tiempo algún ejemplar repetido de esta revista que recojo de alguno de sus puntos de depósito y distribución: unos cuantos bares, un hotel, o el Rectorado de la Universidad, todo a menos de cien metros de casa, en donde queda el ejemplar para cuando Elías pase o para serle enviado a Mérida, en donde vive, trabaja y baila.
Pocas veces se da una relación tan especial entre un producto editorial de carácter cultural y sus consumidores. Porque un suscriptor recibe en casa un producto contratado, y su contrato es un acto de fidelidad y de apoyo, y, en cierto modo, se siente distinto a otros lectores. Y luego está el comprador de una revista o un libro, el que acude a una librería, algo, por otro lado normal, aunque debería ser cada vez más normal y más masivo. Pero con Versión Original, además de esto, ocurre esa relación singular y amable con el ciudadano que frecuenta determinados lugares que se corresponden con los patrocinadores publicitados de la revista, convirtiéndose en un elemento más del espacio urbano, de tal manera que el hábito se hace rito; y ocurre, además, que la gratuidad de la revista en ese modo de difusión, al contrario de quitarle valor, se lo añade. Y esto se ve poco en esos casos en los que el ciudadano se ve regalado así.
Una revista tan inusitadamente longeva —no tanto por el número de años que tiene, sino por su edad medida en números editados (150), con la dificultad de la periodicidad mensual— provoca con el paso del tiempo el lamento por no tener la colección completa. Tratamientos paliativos de esta dolencia de coleccionista y de bibliófilo, y de cinéfilos, serían emprender la edición facsimilar de la colección histórica, o elaborar índices de títulos de todos los contenidos de la revista desde su inicio.
Antonio Gasset lo ha dicho esta mañana: Versión Original es una revista única. Y original, añado.
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, junio 15, 2007 0 comentarios
lunes, junio 11, 2007
Los manuscritos iluminados de Alcaíns

El pasado jueves 7 se inauguró la exposición de Javier Alcaíns 25 manuscritos iluminados, que estará abierta en el edificio de Pintores, 10 de la Diputación Provincial cacereña hasta el 29 de este mes de junio. Coincidió con la inauguración, casi a la misma hora, de la muestra fotográfica de Tete Alejandre con textos de Ada Salas en la Sala de Caja Extremadura hasta el día 23 de junio. Estuve en la primera, porque he estado más implicado en ella. Hoy mismo ha publicado ABC un texto mío sobre Javier Alcaíns en su 'scriptorium'.
El catálogo de la exposición lo ha editado M. Moleiro —el editor del Apocalipsis de San Juan, del Cantar de Cantares y del Libro de Daniel, las tres grandes obras bíblicas de Alcaíns—, con el apoyo de la Institución Cultural "El Brocense" de la Diputación de Cáceres y recoge toda la información sobre los veinticinco manuscritos iluminados de Javier, desde la primera versión del Cantar de Cantares, de 1985-1986, hasta las Cartas portuguesas, de principios de este año, y los Alfabetos apócrifos, en realización. Fascinante.
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, junio 11, 2007 2 comentarios
sábado, junio 09, 2007
Claudio Rodríguez

He disfrutado leyendo este primer número de Aventura, la revista del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, en el que participa —y es una alegría— la Biblioteca Pública de Zamora, que ha organizado un fondo documental con todas las ediciones de las obras impresas y audiovisuales, antologías, artículos, conferencias, estudios críticos, traducciones del autor de Don de l’ébrieté.
Y de traducción va este volumen, que recoge los contenidos de las jornadas sobre Claudio Rodríguez y la traducción de poesía que se celebraron en Zamora entre el último día de noviembre y los dos primeros de diciembre del año pasado. Y hubo mucho de interés. Las notas para una teoría de la traducción de Emilio Lledó, el análisis de las lecturas inglesas de C.R. por Jordi Doce, ejemplos de traducciones del poeta a otras lenguas, como el portugués, en la aportación de António Salvado, como el francés en la experiencia contada por Laurence Breysse-Chanet, o como el inglés, en lo que aporta Louis Bourne, un grato reencuentro para mí.
Conocí a Louis Bourne en un lugar tan prestigioso como la tertulia del “Lyon” de Madrid; sí, la de Moñino, sí. Pero no. Muchos años después, en 1991, en julio. Estaban allí, entre otros, Russell P. Sebold, que fue mi ‘padrino’, y Carolyn Richmond, a quien también conocí esa tarde. Louis me regaló sus versiones de Aleixandre (The Crackling Sun, Madrid, SGEL, 1981), y ahora me reencuentro con él en Aventura con su texto sobre la poesía de Claudio y con algo impagable: la carta que le escribió C.R. en agosto de 1978 con varias hojas de notas a sus traducciones de los poemas, y que me presentan una imagen poco conocida de Claudio Rodríguez.
Y la forma. Porque la maqueta de la revista divierte y agrada. Bien por el diseño y concepto de esta Aventura de José Luis Gago Vaquero.
Le debo este placer al bueno de Tomás Sánchez Santiago, que es miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, que pertenece al Consejo de Redacción de la revista y que colabora en este número con su texto de presentación de la conferencia de clausura de aquellas jornadas, la de Jordi Doce.
Nota bene: la fotografía de la cubierta no es la de un C.R. abatiendo conejos por los campos de Zamora, no. Fechada en 1961, la instantánea constata la participación del poeta en una atracción de feria. Más detalles en el interior.
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miércoles, junio 06, 2007
Parler
He tenido hoy un grato encuentro con Maurice Toussaint, un ilustre lingüista (Contre l’arbitraire du signe, 1983), a quien conocí en la antigua Facultad, cuando él estaba de lector de francés, y yo era un estudiante. Como tantas veces me ha pasado ante alguien que conoce bien la lengua y la cultura de otro país, me maravilla la humildad del que se excusa —en un español envidiable, cuyo dominio para mí tuviera sobre el francés o cualquier otro idioma— por no hablar bien tu lengua.
Sobre mi mesa, el periódico y el recuerdo de lo escuchado en la radio esta misma mañana con las declaraciones de Luis Aragonés sobre la “españolía” de sus jugadores y esa falta de consideración por la lengua y por su uso. Se lo dijo al traductor, que pusiese lo que quisiera. Qué más da. La même chose.
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viernes, junio 01, 2007
Santiago Castelo

Ando escribiendo sobre la obra crítica referida a autores de Extremadura de quien fue mi profesor, Juan Manuel Rozas (1936-1986), para un volumen en su recuerdo que se publicará en los próximos meses. No le dio tiempo a escribir mucho sobre su tierra adoptiva; pero lo que hizo fue importante. Desde su puesta en pie de la singularidad del poeta del XVIII Francisco Gregorio de Salas, pasando por su ponencia consultada de la joven poesía extremeña, hasta el prólogo —“Tres poetas y un solo hombre”— que puso a la antología que publicó Adonais de Santiago Castelo y que no llegó a ver publicada.
Santiago Castelo. ¡Qué buena noticia! Premio Luca de Tena a su trayectoria periodística. Es una persona extraordinaria y un profesional del periodismo merecedor de éste y de más reconocimientos. He coincidido con él en muchas ocasiones, y en todas he aprendido de sus valores y calidades. No digo nada de lo que intuyo de su día a día y de ese “confesonario laico” –que no, y también, “confesionario”— del que hablan al referirse a su despacho en ABC. Su voz y su mirada poéticas son enormemente expresivas, y bien dirán a los lectores que disfruten de aquella antología que ilustra esta entrada, Como disponga el olvido, y de la más próxima La huella del aire (1976-2001), que editó la Editora Regional de Extremadura, con introducción de Manuel Simón Viola, en 2004. Yo sé que a él le gustará que ponga aquí unos versos de un poema que me gusta, “Azotea”:
“Gracias, tan solo. Sí, gracias, Dios mío,
por permitir al corazón que aún sueñe
y se quede dormido de Tu mano.”
Publicado por Miguel A. Lama en viernes, junio 01, 2007 0 comentarios


