© Dieter Nagl (AP)
Era cosa sabida; pero dicha en un programa de gran difusión como A vivir que son dos días de la SER y por alguien tan simpático y formado como Máximo Pradera, adquiere la categoría de notición: el origen del Concierto de Año Nuevo fue una campaña de recaudación de fondos para el Partido Nazi en 1939, cuatro meses después de que Hitler invadiese Polonia. Todos los judíos que formaban parte de la Orquesta Sinfónica de Viena fueron expulsados y varios de ellos fueron asesinados en campos de concentración. La Marcha Radetzky que todo el mundo jalea con sus palmas conmemora una masacre militar de las tropas piamontesas por el ejército austriaco en 1848. Son unos antecedentes que dan más argumentos a aquellos que desdeñan esta tradición y le profesan incansable antipatía todos los primeros de año. Incluso para algunos de los partidarios podría ser motivo de cancelación. En cualquier caso, como dijo Máximo Pradera el sábado pasado, seguir disfrutando cómo suenan estos músicos es la mejor manera de olvidar ese poco edificante trasfondo histórico. El concierto de hoy ha estado lleno de novedades estupendas, desde la juventud —50 años— del director canadiense Yannick Nézet-Séguin, responsable de la Metropolitan Opera de Nueva York y de la Orquesta Metropolitana de Montreal, hasta la inclusión de varias piezas nunca interpretadas en una ocasión como esta. Aunque quizá la menos distinguida y más notoria haya sido la innovación del jovial y activo Nézet-Séguin al bajar al patio de butacas y dirigir desde allí las consabidas palmas de un público en pie que grababa con sus teléfonos móviles, para luego volver al escenario y cerrar el concierto. Franca y esperanzada felicitación de Año Nuevo con la paz como deseo ferviente y la bondad «para aceptar las diferencias y celebrarlas. La música puede unirnos a todos porque vivimos en el mismo planeta». Comedidos comentarios de Martín Llade, aunque, según él, este concierto ha hecho historia, por ser uno de los mejores en muchos años, al menos, desde 2017, cuando comenzó a retransmitirlos. Recordó, como es habitual, las conmemoraciones, entre las que están los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y el cuasquicentenario de la muerte de Leopoldo Alas «Clarín», y, finalmente, leyó un poema de Antonio Gamoneda: «Existían tus manos». ¡Viva Mozart!

