lunes, noviembre 19, 2018

Otros retales

El cuaderno tiene más de diecisiete años y las pastas verdes. Lo he consultado para buscar un dato sobre un libro de Antonio Gómez, El peso de la ausencia, del que he estado escribiendo no hace mucho. Yo quería saber desde cuándo tengo mi ejemplar de la edición que hizo de aquel libro-objeto de Antonio Gómez Luis Felipe Comendador en sus Libros del Consuelo en 2001. He logrado averiguarlo gracias a esa memoria exenta que está en mis cuadernos. Fue el 12 de mayo de ese año, sábado. Yo había comido con mi madre en Zafra y por la noche asistí a una obra de teatro —El pan de la vida—, de Honorio Blasco, en la Sala Trajano de Mérida, y fue Elías Moro quien me dio, de parte de A. G., aquel libro, que es una joya y, ya, una rareza. Solo tres meses y diez días me duró aquel cuaderno verde. Escribí mucho en poco tiempo; porque suelen durarme más de medio año, o un año los que tienen el doble de páginas. Hay entre las hojas de aquel de hace tantos una servilleta de un Restaurante-Cafetería con el nombre de «Mejorana», cuyo local sigue existiendo en la Plaza de San Juan y que puedo ver desde mi balcón. Ahora es la casa de «José Márquez». En ese cuaderno hay una anotación que dice: «He terminado de leer Soldados de Salamina». Hay un recorte de El País, de una brevísima carta al director, firmada por Fernando Savater, en la que escribe: «¿por qué no se va usted de una santa vez al cuerno, señor Haro Tecglen?» (8-4-2001). Y hay cosas sobre mi hijo Pedro que me gustan, como cuando con cinco años vino a enseñarme un libro que había leído entero: Éste es Milo (Montena, Grijalbo Mondadori, 2000). Por aquel tiempo leía lo que venía en las cajas de los cereales; como ahora, que es más raro verlo leer en libros, y sí, y mucho, en otros soportes. Él y su hermana Julia están muy presentes en aquellas páginas, que, curiosamente, ya evoqué aquí. Lecturas sobrevenidas. Retales.

sábado, noviembre 17, 2018

Ana Holgado

Un comentario de Pedro Cid que ha puesto hoy en mi blog, en la entrada dedicada a Ana Holgado a principios de este año, me incita a llorarla también ahora. Ha escrito Pedro a primera hora de la mañana de este sábado: «Mañana hubiese sido el 63 cumpleaños de nuestra amiga Ana. Desde aquí vaya mi mejor recuerdo. Siempre nos faltará algo bueno en nuestras vidas. Donde estés, mi recuerdo, Ana». En efecto, nació un 18 de noviembre; pero creo que de 1953. Así que el amigo le ha quitado dos años. Da igual, lo cierto es que pronto va a cumplirse —sí, ya— el primer aniversario de su muerte. La cronológica debe de ser la única medida que, cuando se aplica al recuerdo de una pérdida, acerca y no aleja, si se agranda. Las líneas cariñosas de Pedro Cid, el impresor que para mí seguirá siéndolo por mucho que se haya jubilado —y no estoy seguro—, me han llevado de inmediato a un apunte que yo quería poner aquí antes de que se cumpliese el primer aniversario de Ana. Y era una nota que empezaba con «Mis lágrimas son mías» y que apoyaba la recuperación de una fotografía —de 2004—, la que ilustra esta entrada, a la que aludí en mi necrología de enero, un texto «muy especial», que motivó una carta de alguien que se condolía por haber iniciado yo el año con una pérdida así. En fin, es solo un recuerdo. Con Ana Holgado, sentada, en su primer plano siempre merecido, y con Chelo, de pie a mi izquierda, con Inés, sentada, y con Anabel. Mujeres. Imborrable.

sábado, noviembre 10, 2018

Glorias de Zafra (XXII)


Acabo de volver a casa desde Zafra, en donde desde ayer he vivido nuevamente experiencias de civilidad y de participación ciudadana que desde hace mucho pongo como un ejemplo que no encuentro con tanta frecuencia en la ciudad en la que resido; con tanta frecuencia tan floja e indolente en materia cultural. Ayer noche, en la Casa de la Cultura, la inauguración de Las miradas del silencio, la exposición fotográfica de Fernando Clemente, que ha querido reinterpretar muy significativos cuadros de la pintura barroca —de Velázquez, Zurbarán, Caravaggio, George de la Tour, Vermeer, Murillo, Bernini...— e incorporar a su propuesta una buena dosis de «participación ciudadana», pues sus modelos han sido mujeres y hombres reconocibles, muchos de los cuales estaban allí anoche junto a un más que sobrado centenar de asistentes. He leído el catálogo de la exposición, con el texto —«Las miradas del silencio. El Eón barroco en las fotografías de Fernando Clemente»— de Michel Hubert Lépicouché —que siempre sugiere y enseña—, he vuelto a contemplar, ya en couché, las fotografías y he adjudicado a los rostros de los figurantes el índice onomástico; y habría mucho que añadir de positivo a lo visto; pero ahora me interesa decir que hoy por la mañana he vivido otra manera de implicarse en un proyecto de dinamización de la realidad ciudadana que nos rodea, y de la mejor manera de hacerlo, a mi modo de ver. Una veintena de personas que dedican dos horas y pico de la mañana de un sábado a debatir sobre el sentido, los fines, las mejoras y las actividades de una asociación cultural como el «Colectivo Manuel J. Peláez» —constituida en Zafra en 2010— sin ánimo de lucro, que «funciona exclusivamente con personas voluntarias, genera sus propios recursos y solo excepcionalmente y con carácter finalista tramita ayudas económicas de entidades privadas o públicas», como se indica en la «Presentación» que hoy se nos ha repartido a los socios y a las socias que allí estábamos. Soy socio fundador y ha sido mi primera asamblea. Bien está.

jueves, noviembre 08, 2018

Feria educativa

He vuelto esta tarde de la décima edición de la Feria Educativa de la Universidad de Extremadura en su convocatoria de Badajoz —Edificio Siglo XXI—, que se ha clausurado hoy, desde que se inaugurara el pasado martes, día 6 —en Cáceres se celebrará del 13 al 15 de noviembre, en el Palacio de Congresos—, y ha sido mi primera experiencia, ay, después de tantos años. No tiene por qué ser la última; pero no estoy convencido de la utilidad genuina y cierta de esta manera legítima de hacer publicidad. Porque quizá se trate solo de eso, de un anuncio o reclamo. La información que he aportado de los estudios que se imparten en mi Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres podría haberla dado mucho mejor que yo una buena azafata o un buen azafato de congresos bien provistos de todos los datos. Está muy bien que los estudiantes de Secundaria y Bachillerato acudan a estas convocatorias —se les notaba a casi todos las ganas de conocer y de saber, unos despistados y otros convencidos, sobre todo, entre estos últimos, los de Filología Clásica o Filología Hispánica—; pero creo que nuestra misión está en los centros de los que provienen. Hay que acudir allí para que alguien que es lingüista les hable de la pragmática del lenguaje y de las posibilidades de conocimiento que sugiere; o que les haga en una clase una lectura analítica de un poema de Luis Cernuda; o que comparta con ellos sus experiencias como experto en psicopedagogía. No sé. Se me ocurren tantas cosas... Recién llegado a casa, he recibido una propuesta de una antigua alumna, hoy profesora con plaza en un Instituto de Enseñanza Secundaria, para ir a dar una charla sobre una escritora de nuestra historia literaria. No lo he dudado. Iré. Como dije hace meses a otra antigua alumna, hoy profesora con plaza en un Instituto de Enseñanza Secundaria, para ir a dar una charla sobre una escritora de nuestra historia literaria. Y así debería ser. No creo que sean demasiadas las veces que he dicho que mi principal motivación para dedicarme a lo que me dedico fue escuchar en un aula de un instituto de bachillerato de hace muchos años a un profesor dar una clase sobre literatura. Y punto.

lunes, noviembre 05, 2018

Rosalía

Recibo de mi colega en la Universidad de Valladolid (UVA) María Jesús García Garrosa la triste noticia de la muerte este jueves pasado, 1 de noviembre, de Rosalía Fernández Cabezón, a los 59 años. Era profesora de Literatura Española en el Departamento de Literatura Española, Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la UVA y la conocía desde mis primeros pasos en la docencia y en la investigación filológicas. Fue en abril de 1988, en el cuarto encuentro «De la Ilustración al Romanticismo», que todavía siguen celebrándose en Cádiz, cuando coincidimos, y ella llegó con su compañera de departamento Irene Vallejo, con la que casi siempre, durante treinta años, la he asociado. Tanto, que hoy, al recibir la noticia, he marcado su número de teléfono para darle el pésame.  Tenía «un corazón inmenso», me ha dicho Irene, que sabe mucho de pérdidas y que, por eso, me dice también, «hay que seguir», que no vale rendirse. A Irene Vallejo, «mi maestra y amiga», dedicó el último trabajo que yo le escuché decir a Rosalía en el salón de actos de la Biblioteca Central de la UEX en Cáceres, una ponencia en un congreso sobre el dramaturgo dieciochesco Vicente García de la Huerta, en la que habló de mi paisano como crítico teatral —y de la que proviene la foto, de marzo de 2015. Compartí con ella muchos momentos, también con su marido Pablo; y también en Cádiz muchos años después de aquel primer encuentro, hace casi nada; y qué lástima que se haya ido sin darme la receta de la que tanto me habló del pastel de cabracho que ella, montañesa, decía que le salía extraordinario. Así era Rosalía, enérgica y activa, de una vitalidad contagiosa que ahora suena, sin ella, a embuste, a una de las trampas que nos pone, nadie sabe cómo, esta vida. Da igual, me he acordado de lo que leí ayer en una columna de Manuel Vicent en El País sobre su querido Álvaro de Luna: «la inmortalidad es ese don que los dioses depositan en la memoria de los amigos». Sabía que un día de estos iba a utilizarla, y por eso la copié en mi cuaderno; pero no quería que fuese tan pronto. Un beso, Rosalía.

jueves, noviembre 01, 2018

Todos los Santos

Había quedado ayer con Paco Rebollo para tomar una caña; pero él no pudo y ha tenido que ser hoy, Día de Todos los Santos, festividad religiosa que yo no celebro y de la que me beneficio. Se ha sumado José Luis Bernal a la caña —buena conversación de los tres en mi plaza favorita de Cáceres— y luego Paco y yo nos hemos ido a comer al «Calenda». Hemos comido muy bien y, sobre todo, hemos hablado. Paco habla mucho y come poco; y yo como lo que me pongan y escucho. No es la primera vez que Paco se presenta con varios ejemplares de Versión Original recién salidos de imprenta, y así ha sido con el último número —275, de noviembre— dedicado a «Vagabundos», que por eso la cubierta va ilustrada con una imagen que proviene del cartel de la película de Caye Casas y Albert Pintó Matar a Dios (2017), recientemente reconocida con el premio del público en el Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges. Además, nos ha regalado una «reliquia», el primer número de la colección de libros «Versión Original», aquel de Ana Alonso, Literatura y cine. La relación entre la palabra y la imagen, de 1997. No he tardado, claro, al llegar a casa, en hojear las páginas de un libro tan mejorable en fondo y forma y de una revista que sigue sin tener parangón en fondo y forma, al menos, en nuestro ámbito español. Guardo como curiosidad el análisis comparativo «entre el discurso literario y el fílmico» (pág. 43) de Ana Alonso y me quedo con la vigencia del ultimísimo número de la revista y la recomendación de Paco Rebollo de leer el editorial. Lo primero que me sorprende es que en un texto así, generalmente sin firma, se utilice la primera persona —«Conocí el proyecto desde su gestación...»—; así que a buen entendedor... Lo segundo es que se dedique enteramente el editorial a hablar de una película, Matar a Dios. Y aunque en las noventa páginas de esta publicación se escriba sobre películas como Luces de bohemia (en el artículo de Marcos Jiménez González), Los amantes de Pont Neuf (en el texto de Deborah Vukusic), Al servicio de las damas (en el de Mª de los Llanos García Medina), Slumdog millonaire (Ángeles Pérez Matas), El solista (Ángela Recuero Pérez), Diario de un rebelde (Diego J. Corral), y así, después de más de veinte colaboraciones, hasta una colaboración de Rodrigo Arizaga Iturralde basada en la película Doce monos (1995), de Terry Gilliam, me llama la atención que en esa presentación se centre todo en la peli de Casas y Pintó. Claro, y es que lo que se dice en ese editorial es importante, y supongo que pasará inadvertido a todo el mundo, a pesar de la distribución de Versión original y de su buena selección de lectores. Recomiendo su lectura a los que quieran conocer o reconocer una enumeración de casos, desde El Papus hasta Willy Toledo, de denuncias por ofensas a las creencias religiosas; pero, sobre todo, a los que quieran tener en cuenta que el apartado 1 del artículo 525 del Código Penal —«aprobado en 1995 con el PSOE en el Gobierno», recuerda el editorial de V.O.— favorece denuncias de actos de libre expresión sin ánimo de escarnio. Da para mucho una página de una revista estupenda y tan longeva. Y más da un rato de buena conversación. Qué gusto. Así hacemos ciudad, región y vida. Por decir algo.

lunes, octubre 29, 2018

La extravagante epopeya del Endocrino con mayúscula

Me gustan las novelas que dan que hablar. Esas que, por mucho espacio que te den para una reseña, siempre te suscitan para escribir más. Y estoy seguro de que El verano del endocrino (Tegueste, Tenerife, Baile del Sol, 2018), de Juan Ramón Santos (Plasencia, 1975), se convertirá con el tiempo en objeto de un estudio crítico enmarcable dentro de algún género académico como un artículo, un trabajo de fin de máster o una tesis doctoral. Lo digo convencido por haber puesto a ordenar mis notas sobre la lectura que hice este verano de esta novela y reparar en la importancia que di en su momento —y por qué no ahora— a un detalle paratextual que tanto me gusta que ocupe dos páginas. Son los cinco extractos, y no breves, de Josué (10, 12-13), de Schopenhauer, de Wislawa Szymborska, de Gustave Flaubert y de Nuno Júdice que reciben al lector pasada la portada de esta espléndida novela. Para este lector, no es mala propuesta para adentrarse en un libro que ha propiciado una lectura tan gustosa. Es la de Juan Ramón Santos una de las principales obras literarias publicadas en este año 2018. Lo dijo antes Enrique García Fuentes en las páginas de Hoy —el periódico que no deja ver en la red lo que dedica a la literatura todos los sábados— en una reseña del Endocrino que tituló «Homenaje», y en la que decía algo que yo creo que nos hemos planteado casi todos los que hemos leído el libro. El homenaje abierto y sin complejos a un maestro como Gonzalo Hidalgo Bayal, a cuyas novelas cualquier lector leído mirará cuando empiece a leer El verano del endocrino. Pero no cuando termine la novela; porque se sostiene sola, solo con la dependencia de toda obra que pertenezca a este gran árbol de la literatura. De su maestro, Juan Ramón Santos se ha contagiado de creatividad lingüística, de autorreferencialidad literaria, incluso de la creación de ambientes y de personajes —el extraño que llega en taxi una mañana a Labriegos y ahí empieza todo—; pero este Endocrino vuela con solvencia sin necesidad de arneses. La novela tiene veintidós divisiones numeradas y un epílogo, y creo que su retranca está en la extravagante epopeya de un personaje con mayúscula —el Endocrino— que esconde a un tapado. Ese tapado es el narrador, ese yo que está concernido en la primera frase: «Nunca supimos su nombre». Y que no se esconde desde el principio, como en el comienzo del cuarto capítulo: «Yo por entonces aún no lo conocía personalmente».  Creo que es tan poderosa la presencia —si no física, sí estilísticamente— del narrador que me parece que en el tratamiento de esa figura radica el problema sin resolver de esta novela como artificio literario. Ahí hay otra novela. Compare, si no, el lector el «Epílogo» con el tono del resto de la obra. En esta parte final, el narrador, tan oculto en un relato centrado en una figura tan enigmática como la del Endocrino, parece otro, menos distanciado y prepotente —estilísticamente hablando—; y a este lector que escribe le habría gustado otra solución. Otros lectores se quedarán con las peripecias y resoluciones de personaje tan peculiar y tan dudoso. Tan sospechoso, diría. En una novela muy bien escrita, muy sugerente, cervantina, bayaliana, recomendable, como hace —a día de hoy, al menos— la página de la Biblioteca Central de la Universidad de Extremadura en su club de lectura «Nos gusta leer». Es algo bien extraordinario haber recorrido lo escrito de un autor casi desde sus inicios y saber que, por lo escrito, todavía la excelencia de ahora será superable, según lo visto.

domingo, octubre 28, 2018

Un beso

El otro día, en una tienda, la mujer que me atendió y a la que di mi tarjeta me hizo firmar el resguardo y yo, sobre la firma, escribí: «Un beso». Como si estuviese despidiéndome de ella por escrito. Me disculpé —«por si no vale»—; y me dijo que sí. Que vale. Y es que son tantas las veces que escribo cartas electrónicas, mensajes de whatsapp o de messenger en las que mi despedida es un beso que debe de ser la explicación de que luego cuando escribo en mi cuaderno «Hoy he salido de clase contento. Bien. Ellas, las tres alumnas que han venido habrán aprendido algo —creo—, igual se han entretenido», añada: «Un beso». Que es lo mismo que tenía hace días al final de la lista de la compra prendida en el tabloncillo de corcho de mi cocina: «Cervezas. Pañuelos. Vino blanco. Sandía. Café. Pescado. Galletas para Julia. Bolsa para ensalada. Atún de lata. Whisky. Tomates. Patatas...». Y debajo: «Un beso». Ahora acabo de anotar una cita en mi agenda y otro beso. Mejor así. Mejor convertirse en un tímido que pasa todo el tiempo mandando besos por ahí sin atreverse a darlos. No sea que le llamen fastidioso por besucón —peor sería sobón. Yo siempre he sido muy besucón; aunque no lo parezca. Yo, verdad sea dicha, no parezco nada notable. Ni sobón ni besucón. Eso sí, lo que resulta fastidioso es consultar el diccionario para saber que besucón es un adjetivo coloquial que significa «que besuca», y que besucar es «besuquear»; y que, finalmente, besuquear es «besar repetidamente a algo o a alguien». Lo que yo vengo haciendo desde hace mucho tiempo sin poder parar. Y sin daño físico. Un beso.

miércoles, octubre 24, 2018

Los bibliófilos con José Luis Bernal


Después del episodio del parapentista felizmente rescatado en el Himalaya, tengo asegurada más de una vista de esta entrada. Me alegraré también si se difunde que a nuestro José Luis Bernal —Salgado— se le rinde un homenaje mañana en el marco de un Día del Bibliófilo que siempre ha tenido otro formato y otro lugar de celebración. Bueno estará, porque el hombre lo merece. José Luis, decano de mi Facultad, fue presidente de la Unión de Bibliófilos Extremeños desde 1997 hasta 2002 —que alguien me corrija, porque no tengo delante la exigible prueba documental— y, sin duda, es alguien que ha vivido y vive en el mundo de los libros. Conozco su biblioteca y merece comentario; y me consta que en su formación mucho tuvo que ver la biblioteca de su maestro Juan Manuel Rozas, que fue recordada también en un Día del Bibliófilo en homenaje a Tina Bravo. «El mejor camino» tituló José Luis Bernal uno de sus textos firmados como presidente de la Unión de Bibliófilos Extremeños, para un catálogo de «Visiones de Badajoz» de la segunda edición de «Un paseo por nuestras bibliotecas» (1999), y en él hablaba de nuestro afán por «compartir, iluminar y hacer accesible nuestro patrimonio bibliográfico». Digo yo que algo habrá hecho para merecer el homenaje de mañana. Por todo, será una tarde emotiva, que me pierdo por volver a Jaén, esta vez, por razones de trabajo. José Luis Bernal recibirá el reconocimiento de sus amigos, familiares y colegas por una parte de lo mucho que ha hecho. Ya lo celebraremos juntos.

viernes, octubre 19, 2018

XII Congreso de Escritores Extremeños

Mañana 20 de octubre comienza en Villanueva de la Serena el XII Congreso de Escritores Extremeños y ayer 18 se cumplieron seis años de la muerte de Agustín Villar (1944-2012). No es la primera vez que recuerdo al excelente escritor que fue Agustín en el contexto de las reuniones que la Asociación de Escritores Extremeños viene celebrando desde 1980. El XI Congreso, celebrado en Badajoz y presidido por Isabel Mª Pérez González, comenzó precisamente el 18 de octubre de 2014 y se me encargó hablar de los géneros ensayísticos en Extremadura en una ponencia que inicié evocando algunos textos de Agustín Villar que podrían formar parte de cualquier repaso valorativo del panorama del ensayo literario en Extremadura en los últimos años. En esta duodécima edición del Congreso de Escritores Extremeños no tengo que trabajar; voy de oyente y gustosamente a saludar a amigas y a amigos. Y el programa promete, bajo el concepto de Emergencias aplicado a la literatura, a los emergentes que son «los nombres de las autoras y los autores […] y las nuevas formas de mirar, la escritura de género y la liberación de los géneros en la escritura, los conflictos de la identidad, el espacio que los libros ocupan entre los autores y la agenda pública: textos y voces emergentes, de intervención, pero también lectores interventivos, y entornos, como las librerías y bibliotecas, diferentes y recién llegados». Un marco conceptual que se materializará estos dos días en una muestra documentada de los treinta y cinco años de la AEEX preparada por Isabel Pérez González y Antonio Gómez, una ponencia de la novelista Marta Sanz sobre «Nuevos lenguajes del feminismo», una mesa redonda sobre poesía actual en la que participarán Carmen Hernández Zurbano, Ada Salas y Ben Clark y otra sobre acción cultural en la que algo tendrán que decir la librera María Vaquero, la periodista Olga Ayuso y el director de la Editora Regional extremeña Fran Amaya Flores. Tan atractiva programación contendrá también dos diálogos, uno entre los escritores Manuel Vilas y Gonzalo Hidalgo Bayal, y otro, diálogo sobre el diálogo, entre Antonio Sáez Delgado y Gonçalo M. Tavares; y comunicaciones y otras actividades como el homenaje a los presidentes de la asociación en sus treinta y cinco años, cuentacuentos o la preceptiva asamblea general que abrirá la mañana del domingo. Menú abundante y deleitoso para el fin de semana. «El escritor es aquel que da más de lo que tiene. Es el excelso corruptor de la realidad, promotor de turbaciones y metáforas, inventor de artificios, extrañezas, mistificaciones, referencias y secretos» (Agustín Villar, Razón de mudo, pág. 145).

miércoles, octubre 17, 2018

Ben Clark en el Aula Valverde

Mañana, a la vuelta de Badajoz (*), acudiré a la lectura del poeta Ben Clark en el Aula literaria «José María Valverde», en el Palacio de la Isla, a las siete y cuarto de la tarde. El viernes intervendrá con los estudiantes de Bachillerato de varios institutos de Cáceres en el «Javier García Téllez», a las doce y media. Hoy me recordaba un amigo que la última vez que escuchó a Ben Clark fue en Plasencia, en Centrifugados, el encuentro de literatura independiente y periférica que nos ha venido ofreciendo José María Cumbreño durante cuatro años desde su sello Ediciones Liliputienses, que acaba de recibir el reconocimiento merecido del Premio para el Fomento de la Lectura de Extremadura. Excelente noticia.

(*) Voy, como espero que muchos, a un homenaje-sorpresa a una personalidad apreciada a quien me apetece acompañar, como tantas veces en los últimos veinticinco años.

martes, octubre 16, 2018

Información

Hay días en los que la información que trae el periódico es tan previsible y tan inane que un pequeñito anuncio en una esquina de la página te da fuerzas para seguir creyendo en que todo puede llegar a estar bien y en su sitio, en paz y sin disgustos. Sencillamente, porque una gran cadena de centros comerciales informa a sus clientes que en uno de sus folletos sobre productos de frutería se indica por error que el precio del kiwi «SunGold» es por kilo, cuando la información correcta es que el precio es el de la bandeja. Este universo debe ser efectivamente mejor que cualquier otro universo posible, me parece que dijo Leibniz.

domingo, octubre 14, 2018

Alacrán

Hasta anoche, después de ver en el Teatro Maltravieso Capitol de Cáceres Alacrán o La ceremonia, de José Antonio Lucia, no supe que se aproximaba un huracán al que han puesto el nombre de Leslie y que traía vientos de hasta cien kilómetros por hora. Después de un rato agradable con Isidro Timón y Amelia David y la gente de Maltravieso, y con algunas actrices y actores del montaje de Hipólito que vimos este verano en el Festival de Mérida, volví a casa para enrollar y amarrar bien mis alicantinas, en un gesto que hoy me parece excesivo, una sobreactuación, habida cuenta de la normalidad del tiempo, lo más alejado de un estado de alerta que supongo ha obligado a cerrar hoy las puertas del Parque del Príncipe. El que no sobreactuó anoche fue un José Antonio Lucia en estado de gracia con un texto propio interpretado de un modo que refuerza mágicamente su autoría. La dirección es de Román Podolsky, a quien cabe atribuir efectivos hallazgos en el aprovechamiento de los pocos elementos escénicos, una mesa de tijera, un par de sillas de enea, una maleta de la que salen los zapatos de bailar de La Cangrejo —amor ausente, partenaire canalla— o un estuche de maquillaje en el que el punto valleinclanesco de Alacrán, un medio fracaso de cantaor flamenco, repasa su vida y crea una atmósfera que a veces puede recordar al mejor Rafael Álvarez El Brujo de aquellos tiempos de La sombra del Tenorio (1994). Son elementos escasos que se usan con genialidad para imitar un zapateado o un paso de Semana Santa, en una lección de teatro que mantiene al espectador prendido de la escena desde la que el protagonista proyecta registros muy variados. Cuando ha llegado a Cáceres este Alacrán ya traía su trayectoria, como Leslie, el huracán. Desde Buenos Aires y desde Badajoz y otros lugares de Extremadura. Como me ha pasado a mí con José Antonio Lucia, que le conozco desde hace mucho, desde muy chico, y con quien solo hace unos años me he reencontrado para conocer su profesión de cómico, su pasión, y ahora, su escritura, tan digna de verse, tan admirable como su manera de escribir lo que le pasa: «Intento mantener la concentración. Hace rato aparecieron miedos que me dicen que olvidaré el texto, que se caerá de ritmo, que la gente se aburrirá… En ese momento repaso en mi mente todo el proceso y aparece la primera imagen que desencadenó la aventura. Ese primer bosquejo debe estar siempre presente: es un amuleto y hay que defenderlo a muerte para que la liturgia siga teniendo rumbo, entonación y sentido. Recupero la confianza y sonrío pensando por qué me dediqué al teatro. Pero para eso tengo respuesta: me hace feliz y solo necesito alguien que esté dispuesto a escucharme. Casi puedo hacerlo en cualquier lugar. Me duelen las piernas. Son nervios. Me levanto de la silla. Es la hora. Se apagan las luces y se hace un silencio severo y hermoso en la sala. La próxima vez que me ocurra pensaré en las consecuencias porque esto es lo que me espera cuando la imagen persiste». (José Antonio Lucia, «Cuando la imagen persiste», en todoteatro.com.ar).

martes, octubre 09, 2018

Lolo

Mi amigo y compadre Miguel me ha puesto un mensaje esta noche para darme la «tristísima noticia» de la muerte de Lolo. Solo él y un reducido grupo de íntimos identificamos de inmediato ese corto hipocorístico con quien fue nuestro amigo de infancia y juventud Manolo Ramírez Miranda. No he sabido de él más que por referencias de amigos —nunca buenas, por su precaria salud— y no le he visto durante casi veinte años —quizá menos, en un encuentro fugaz en Zafra—; pero afecta que se te muera alguien que forma parte del reparto de aquella etapa crucial desde los diez a los dieciocho, cuando la actual calle Gobernador se llamaba Cánovas del Castillo —en la foto. Allí vivía Lolo y allí pasamos horas y horas, después de cruzar el vestíbulo, mirar con curiosidad la habitación —a la izquierda— en la que pasaba consulta su padre —ginecólogo— y subir la suntuosa escalera que nos llevaba a una buhardilla en la que yo escuché por primera vez y casi de primera mano discos de Tangerine Dream, Pink Floyd o Jethro Tull, o en la que leí aquellos cómics de Marvel que nos inspiraron correrías en las que Migueli era el Hombre Gigante, José Manuel Thor, Miguel el Capitán América y yo quería ser Pantera Negra. En aquellos tiempos en que Federico el Grande nos puso en nuestro sitio y nos llamó como éramos. Me gustaría tener la memoria de mi compadre Miguel y escribir aquí el nombre de la señora —¿Valentina?—, que trabajaba en la casa, y el de aquel mastín que nos amedrentaba cuando íbamos a la huerta a bañarnos bajo una fastuosa higuera. Me da igual que hayan pasado tantos años, que no haya visto a Lolo desde el siglo pasado. Me duele enormemente su muerte y en estas líneas está ese guiño que sí recuerdo que nos hacíamos cuando él anduvo por ciertos callejones y yo me quedé en las avenidas. Mi mejor abrazo, amigo. Mis gracias.

martes, octubre 02, 2018

Memento mori

Me envía la sección de Seguros de mi banco una carta con fecha de 26 de septiembre en la que me agradecen la confianza que deposito en ellos —«para seguir protegiendo a sus [mis] seres queridos»— y me detallan el importe de cada uno de los recibos que me cargarán desde julio de 2019 hasta junio de 2020. Me ha llamado la atención la ambigüedad de la primera de las coberturas que indican en un cuadrito con mi nombre. Es tan elocuente como esos versos finales de un poema de Quevedo: «Corto suspiro, último y amargo, / es la muerte forzosa y heredada; /mas si es ley y no pena, ¿qué me aflijo?». No me aflijo, qué remedio; pero resulta llamativo por venir de quien quiere que vivas hasta que te mueras. Tampoco hay que insistir tanto, digo yo, en decirnos que tenemos la muerte asegurada y la vida mortal. Por cierto, como yo, habrán recibido esa carta miles de personas que son clientes del mismo banco; y, como todo el mundo sabe, no hace falta ser cliente de mi banco para sentirse concernido por el sintagma. A disfrutar, y ojalá sigamos durante más tiempo recibiendo estas misivas que casi son las únicas que llegan a casa en un sobre blanco y con membrete, como debe de ser la muerte cuando venga, en un sobre blanco y con membrete al que cada uno de nosotros tendremos que poner el contenido.

lunes, octubre 01, 2018

1-O

El abrazo (1976), de Juan Genovés. Congreso de los Diputados. Madrid.
Una fecha, representada con esta manera abreviada que cuesta no confundir con el resultado de un partido ajustado, y que, vistas las circunstancias, parece todo un símbolo. Un año ya desde entonces. Y Quim Torra anima a que aprieten. Y no el abrazo, precisamente.

sábado, septiembre 29, 2018

Mi «De re rustica»

A Beatriz Crespo Cadenas
Realizar mis labores en el campus es mi manera de trabajar la tierra.

miércoles, septiembre 26, 2018

David T. Gies

Llamo a Madrid a unos amigos y se pone al teléfono este tipo de la foto. Dicen que es  Commonwealth Professor of Spanish and former Chairman of the Department of Spanish, Italian and Portuguese de la Universidad de Virginia (USA). Es, desde 1993, director de la revista Dieciocho, y uno de los hispanistas más hispanistas que he conocido, si cabe denominar así a un profesor de español en los Estados Unidos de América que ha sabido zambullirse en la cultura y las gentes de España, hasta ese punto de inmersión que un español admira en un extranjero que demuestra más pasión por las cosas de aquí que muchos de aquí. Es un orgullo tenerlo cerca. Me ocuparía demasiado espacio en esta página referir aquí lo principal de su currículum científico en el campo de los estudios —por citar uno de sus muchos intereses— sobre la literatura española de los siglos XVIII y XIX, en el que ha trabajado sobre autores como Nicolás Fernández de Moratín, ha editado textos clásicos como Don Juan Tenorio o ha abordado la historia del teatro español decimonónico. Me da reparo resumir así lo mucho que David T. Gies ha escrito. Entre 2013 y 2016 fue presidente de la Asociación Internacional de Hispanistas, y ese año del final de su responsabilidad en la AIH, la Academia Norteamericana de la Lengua Española le otorgó, junto a la profesora Raquel Chang-Rodríguez, el Premio Enrique Anderson Imbert, que reconoce la trayectoria de quienes han contribuido con sus estudios al conocimiento y difusión de la lengua, las letras y las culturas hispánicas en los Estados Unidos. A principios de este mes de septiembre, David enviaba el anuncio de la publicación del último número (41.2. Fall 2018) de su Dieciocho, con artículos interesantes de Philip Deacon sobre dictámenes de la Inquisición y el Arte de putear de Nicolás Moratín —qué ganas de conocer pronto ese libro sobre el erotismo poético en el siglo XVIII—, de Sally-Ann Kitts sobre la Raquel de García de la Huerta y los aspectos ilustrados, filosóficos e ideológicos de la obra relacionados con la subjetividad moderna, o la transmisión manuscrita de la poesía de Feijoo de un joven y feijooniano, y también poeta, como Rodrigo Olay Valdés... Esta revista, es, hoy por hoy, obra, casi exclusivamente, de David T. Gies. Genialidad y alegría son palabras que siempre me vienen cuando me acuerdo de David, el personaje de la fotografía. Y no digamos si llamo a Madrid a unos amigos y se pone él al teléfono para hacer alguna chanza.

domingo, septiembre 23, 2018

Vecina extremosa

© Fotografía de Demetrio Fernández Vaquero
Hay veces que la noche enmarca sucesos que por la mañana tienen la misma precariedad que un sueño mal recordado. Eran las seis cuando me desperté a causa de las voces y el llanto de una mujer que llegaban desde la calle, desde alguna vivienda con los balcones abiertos, como los míos en estas noches del veranillo de mi santo. Al poco, todo parecía muy alarmante, y la presunción de que aquello estaba provocado por algún infame nos puso en alerta a unos cuantos vecinos desvelados. Llamar a la policía. Lloraba desconsoladamente, y gritaba; pero no decía un nombre y yo sería incapaz ahora de reproducir alguna frase de su expresión extrema en el silencio de la noche de un sábado en una calle estrecha. Poco a poco se serenó todo y tan solo un aislado gimoteo se hizo audible. Y me quedé dormido. A las siete volví a despertarme y reconocí la misma voz. A esa hora —me alegré— eran jadeos y gemidos cadenciosos sin reparo alguno de perturbar el sueño de la vecindad. Qué maravilla entonces, qué ganas de poner la parte más conocida de la obertura de la Caballería ligera de Suppé, para que toda la calle la escuchase. Desde mi cama, alegre y agradecido, no habría podido saber si aquello era fingido o la entrega tras una reconciliación. Me quedé con lo último, cómo no. Si ella disfrutaba, sus vecinos también. Ella, la protagonista de una tragedia y, por fortuna, de un vodevil, seguía viviendo la vida, como yo, que continué tumbado, con las manos sobre el pecho, sin tiempo para excitarme, con media sonrisa, diciéndome, casi dormido: —«Ya escampó».

sábado, septiembre 22, 2018

Serrat

Foto © Efe
Disfruto de la lectura de la prensa sentado en mi terraza favorita de la Plaza de San Juan. Se está muy bien, incluso cuando se llena de gente y, sin poder evitarlo, te llegan las conversaciones de las mesas vecinas. La preocupación de una hija con un bebé en los brazos que cuenta a sus padres los problemas digestivos de la pequeña. Lo mucho que le ha gustado a una señora la ciudad, que hacía tantos años que no visitaba. De quién habrá sido el entierro de esta mañana —yo lo sé; estoy leyendo la esquela. Suele ocurrir cuando ya llevo un buen rato de lectura apacible y sin sobresaltos, ni siquiera de un tráfico que no acaban de restringir. Estremecido aún por la lectura de la noticia de ayer de la muerte súbita de una criatura de ocho meses en la guardería de la UEX, levanto la vista y veo en la acera a Joan Manuel Serrat —esta noche canta en el Teatro Romano de Mérida—, muy sonriente y amable con las personas que le saludan. A mi lado, desde una mesa ocupada por tres parejas, una de las mujeres pregunta al cantante si pueden hacerse una foto con él. —«Diez euros», responde Serrat, con una sonrisa de oreja a oreja mientras rodea con su brazo la cintura de la mujer rubia encantada de la amabilidad, la simpatía y el sentido del humor del autor de Mediterráneo. —«Es admirable —dice uno de los hombres —pelo oscuro de brillantes caracolillos, camisa blanca y bronceado de verdad— que alguien así sea tan atento y que, en lugar de quitarse de encima a los pesados, no le importe hacerse unas fotos. Qué simpático». Serrat sigue su camino, hacia el hotel, quizá, donde debe de alojarse, y desaparece. Si yo fuese como uno que yo me sé, me habría levantado y le habría invitado a sentarse a mi mesa para que tomase lo que quisiese, por los muchos ratos estupendos que me ha hecho pasar. —«¿Desde cuándo no nos vemos, Juan?». Fuera de bromas, quien desaparece sin darme cuenta es uno de los maridos de la mesa de la foto. Ha debido de ser en el mismo momento en que reconocimos a aquel señor con atuendo informal y una gorrilla como Joan Manuel Serrat. Y ha tenido que desaparecer por lo siguiente: al cabo de unos quince minutos, durante los que mis vecinos han seguido hablando del encuentro con el genial artista, ha vuelto el tipo —más bronceado de verdad que el otro, camisa blanca de Ralph Lauren, entradas marcadas por esa manera de peinar hacia atrás un cabello inseguro que acaba caracoleando con brillantez en la nuca y gafas de sol que para mí todas son Ray-Ban—, haciendo un gesto con su brazo derecho, como el que espanta un olor pestilente, y ha preguntado a todos —«¿Ya se ha ido el rojo ese?». Y ha añadido a voces, para que todos los que allí estamos lo escuchemos: —«¿Sabéis que ese quiso cantar «Mediterráneo» [sic] en el Festival de Eurovisión; pero en catalán? ¿Y sabéis lo que le dijo Franco? Pues sí, vas a cantar «Mediterráneo»; pero en la ducha, je, je.». He pedido la cuenta, y mientras espero, el energúmeno ha dicho a la que he supuesto su mujer con mechas: —«¡Déjame hablar, hostia puta!». A lo que ella ha contestado: —«Tranquilo, X, relájate». En un sorprendente cambio de tercio y para contemporizar, uno de los maridos ha dicho que Garcilaso de la Vega tuvo muchas disputas literarias con Miguel de Cervantes. Lo juro. A pesar de todo, se sigue disfrutando mucho de la lectura de la prensa en la calle y hoy ha sido un buen día —toco madera, que aún no ha terminado—, y «que todo cuanto te rodea / lo que han puesto para ti / no lo mires desde la ventana / y siéntate al festín. / Pelea por lo que quieres / y no desesperes / si algo no anda bien. / Hoy puede ser un gran día / y mañana también». Sigue gustándome leer la prensa en papel; pero basta con levantar la vista para ver la vida de otro modo.

viernes, septiembre 21, 2018

Esperando las noticias del agua

Suele pasarme con libros memorables sobre los que escribo. Es una sensación extraordinaria, de plenitud y de placer —casi podría decir que de salud física, por completar la manera de expresar un bienestar que, aunque parezca exagerado, puede llegar a ser el motivo principal de una recomendación literaria. Es, insisto, muy gustoso —un privilegio— dedicar un tiempo a la lectura y a la reflexión sobre lo leído para escribir algo sobre un libro de poemas como Esperando las noticias del agua, de Basilio Sánchez (Valencia, Pre-Textos, 2018). No soy yo de los que creen en la crítica literaria impresionista y de retórica evanescente; y por eso ando una y otra vez sobre estos cuarenta y ocho poemas (I-XLVIII), sin títulos, que son como estancias de un único texto que comienza con «Fue el año de la sed» y que termina cuando ella dice, respondiendo al segundo poema del principio, en el que él decía lo que decía, que podría haberle mirado de distinta manera y haberle dicho no «cuando nos conocimos / en vez de, sonriéndote, responderte que sí». Todo, claro, habría sido distinto para la entereza y la perseverancia, que son palabras clave (*) para mí de este libro de Basilio Sánchez que conozco desde noviembre de 2015 gracias a su confianza. Esperando las noticias del agua es una historia de amor en clave de libro de poemas; así que no espere el lector una historia de amor al uso, sino una de las buenas. De las que uno disfruta, y en las que hay una casa como espacio de la intimidad, y una ciudad como lugar de convivencia, en la que el tiempo se hace paisaje, en la que los sentidos, claro —poema XXII—, son protagonistas, y en la que hay poemas que deberían figurar en esa antología imaginaria e imposible que todos tenemos de la mejor poesía escrita desde hace un siglo, por lo menos. Los últimos versos del primer poema son «Pero fui yo el que estuvo / sentado junto al pozo / esperando las noticias del agua». Estoy feliz escribiendo sobre esto para decir unas pocas palabras que no tapen las principales, las del poeta Basilio Sánchez cuando lea sus versos el jueves 4 de octubre —qué lujo, también, con Álvaro Valverde— en el Salón de Actos del Instituto de Lenguas Modernas de Cáceres, a las ocho de la tarde. Será en el «Aula de la Palabra» de la Asociación Cultural Norbanova.

(*) «En las construcciones formadas por dos sustantivos que constituyen una unidad léxica, en las que el segundo de ellos modifica al primero como si se tratara de un adjetivo, normalmente solo el primer sustantivo lleva marca de plural: horas punta, bombas lapa, faldas pantalón, ciudades dormitorio, pisos piloto, coches cama, hombres rana, niños prodigio, noticias bomba, sofás cama, etc. No obstante, hay casos en que el segundo sustantivo puede adquirir un funcionamiento plenamente adjetivo y adoptar también la marca de plural, como es característico en esta clase de palabras. Normalmente esto sucede cuando el segundo sustantivo puede funcionar, con el mismo valor, como atributo del primero en oraciones copulativas; esta es la razón de que pueda decirse Estados miembros, países satélites, empresas líderes, palabras claves copias piratas (pues son posibles oraciones como Esos Estados son miembros de la UE, Estos países fueron satélites de la Unión Soviética, Esas empresas son líderes en su sector, Estas palabras son claves para entender el asunto, Las copias requisadas son piratas).
Es decir, tanto palabras clave o copias pirata como palabras claves o copias piratas son expresiones posibles y correctas. En el primer caso, clave pirata están funcionando como sustantivos en aposición y no adoptan la marca de plural. En el segundo, están funcionando como adjetivos plenos (con el sentido de ‘fundamental’,  en el caso de clave, y de ‘ilegal o no autorizado’, en el caso de pirata),  de ahí que adopten la marca de plural en consonancia con el sustantivo plural al que modifican. (Real Academia Española)


jueves, septiembre 20, 2018

Glorias de Zafra (XXI)


Me acuerdo de mi padre (Zaragoza, 1915-Zafra, 1992) cuando, después de haber tenido una conversación con alguien, apago el teléfono —ya no lo cuelgo. Y recuerdo aquella casa en Zafra de la calle Cánovas del Castillo (hoy Gobernador), esquina con Cristóbal de Mesa (hoy Cerrajeros) las mañanas de verano con los balcones abiertos y abiertas las ventanas de la planta baja, donde estaba la oficina de CAMPSA, la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima, que fue uno de los primeros nombres extravagantes para otros y familiares para mí que yo aprendí de memoria, o decía de carrerilla, como decíamos entonces. Se escuchaba todo lo que venía de abajo aquellas mañanas de verano: el tecleo de las máquinas de escribir, el zumbido tenue y constante de los ventiladores, las conversaciones de quienes allí trabajaban, la melodía misteriosa —así la denominaba mi padre— que silbaba siempre un vecino cercano, los pocos coches que pasaban, y, sobre todo, esa manera estentórea de mi padre de decirnos que estaba trabajando, que hablaba por teléfono —aquel sí se colgaba— con algún proveedor, con la subsidiaria, como yo siempre creí que se llamaba la parte más industrial del adminículo zafreño del monopolio, y que daba esas voces que a mí, ahora, cuando hablo por teléfono, después de tantos años, me vienen como una reconvención de que yo también hablo a voces por el aparatino. Antiguamente, podría comprenderse, cuando era «conferencia», y había que hablar alto para que llegase tan lejos... No es lo mismo ya, claro; y esta tarde, que he conversado con una colega de Barcelona, que sabe mucho de literatura y que es una gran señora, me ha dado la sensación de que yo daba las mismas voces que mi padre cuando hablaba a lo suyo. La gran señora se llama Rosa Navarro Durán y me ha gustado mucho hablar —alto— con ella. Me ha contado que el próximo mes de enero vendrá a Extremadura para inaugurar la exposición, que sigue itinerando desde 2016, Dieciséis personajes que maravillan... y Miguel de Cervantes, de Acción Cultural Española, que recalará en la Biblioteca Pública «Bartolomé José Gallardo» de Badajoz, donde hemos quedado para que mis alumnos la visiten y que mis antiguos alumnos que sean profesores lleven a sus alumnos. Y así todo. Y así ha sido que me he acordado de mi padre.

RCEH

No conozco personalmente a la profesora Rosalía Cornejo Parriego, de la Universidad de Ottawa (Canadá), que ha sido directora hasta su más reciente número (42.2. Invierno 2018) de la Revista Canadiense de Estudios Hispánicos. Sustituyó en 2014 a Jesús Pérez Magallón, que dirigió la revista desde 2003, y a quien sí tengo el gusto de conocer desde hace mucho. Me ha llamado la atención la «Nota de la directora» con la que se abre el número dedicado al suicidio en las representaciones culturales españolas e hispanoamericanas que lleva el antetítulo de Muerte por mano propia. Recoge este volumen, compilados por Rita de Grandis y María Teresa Grillo, trabajos sobre suicidio y creación literaria en autores como Ganivet, Horacio Quiroga, Azorín, Vila-Matas o José María Arguedas, entre otros. Pero me he detenido en la nota en la que ella se despide de la dirección, y en la que, después de decir que ha sido un honor desempeñar su puesto y recordar las palabras con las que asumió dirigir la revista —que se referían a los criterios pragmáticos dominantes y la minusvaloración de las Humanidades—, subraya que «el pensamiento crítico, la reflexión innovadora, el análisis cultural desde perspectivas múltiples, lejos de ser irrelevantes, son fundamentales y cada vez más urgentes para cualquier sociedad democrática que quiera estar a la altura de los retos que plantea el siglo XXI». Claro que sí. Son palabras con las que todos podemos estar de acuerdo, siempre que no escondan una defensa de los estudios culturales como la única manera de acercarse a la literatura actual, despreciando a veces la verdadera filología como ciencia que interpreta a los autores y los textos, con especulación general de todas las demás ciencias. Bien está, en cualquier caso. Y enhorabuena a Rosalía Cornejo —y a Jesús— por haber logrado una revista de la calidad de la RCEH y bienvenida sea la nueva etapa con Odile Cisneros en la dirección. No sé, a lo mejor esto interesa a alguien.

martes, septiembre 18, 2018

Menú

Hoy he ido a la Biblioteca Central a devolver unos libros y he vuelto a cruzar la plaza que nos separa desde la Facultad —qué pena (o no) que aquella pasarela que iba a comunicar los dos edificios no se hiciese— al sol y sin sombrero. A mi edad, tan provecta como el que quiera considerar cincuenta y seis años de vida, conviene reparar en las manchas que salen en la calva —rasgo físico que para personas como Federico Jiménez Losantos puede merecer el vejamen intencionado de «calvorotas», que así llamó al periodista José Antonio Zarzalejos, y, con otras lindezas, por el que fue condenado a pagar un porrón de miles de euros. Más, sin duda, que mis hipotecas. Bueno, yo no quería hablar de esto. Otra vez me pasa que me voy por los ramos. Ramos & Ramos, imagino, sería una empresa distribuidora de frutas en mi pueblo. De lo que yo quería escribir hoy es que he ido a la Biblioteca de mi universidad a devolver unos libros, y, entre ellos, un ejemplar de la Bibliografía fundamental sobre la literatura española (Madrid, Editorial Castalia, 2003), de Francisco Muñoz Marquina, en el que me he encontrado, empaginada entre la 506 y la 507, una cartulina azul con este menú que muestro en la foto de arriba. En la biblioteca había mucho jaleo —no sé si algo como un curso para quienes allí trabajan o son del servicio en otras partes del campus— y los despachos a los que llamé estaban cerrados; de manera que no pude mostrar mi hallazgo —solo a A.C., que, la verdad, no pudo entretenerse conmigo; pero que sí reparó en postre tan enigmático como «Magia negra». Todo, otra vez, por un libro. Bien. 

lunes, septiembre 17, 2018

Huelva

De la Ría de Vigo, frente a las Islas Cíes, a las Marismas del Odiel de Huelva en el mismo Atlántico. Dentro de unas horas comienza el tercer Taller Metodológico «Contextos, métodos y retos de la investigación doctoral en Lenguas y Culturas» y que terminará mañana, martes 18. Lo organiza la Universidad de Huelva y es una de esas actividades que ofrece el Programa Interuniversitario de Doctorado que Jaén, Córdoba, Huelva y Extremadura compartimos como oferta sostenible para los estudiantes que quieren cursar estos estudios, algo tan difícil en universidades pequeñas, con menos población que otras. Quiero hablar de bibliografía, de cómo organizar toda la información bibliográfica que un investigador maneja en el desarrollo de su investigación. No, no son solo cuestiones técnicas. Me gustaría citar, cuando venga al hilo, una frase de Unamuno en el preliminar de sus Tres novelas ejemplares y un prólogo: «La pereza mental, el no saber juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se consagran a críticos». Porque nos hemos dado que la acumulación de datos es erudición. Y no, no es eso; y menos en los tiempos que corren. También me gustaría comenzar —lo he improvisado hoy— con una ilustración de actualidad, un corte del programa Hora 25, de la SER, en el que Antón Losada —entre el minuto 10 y el 15— habla, a propósito de la polémica de la tesis de Pedro Sánchez, y, de paso, sobre el asunto que dentro de unas horas nos ocupará en este taller del Doctorado Interuniversitario de las Universidades de Jaén, Córdoba, Huelva y Extremadura, que tanto nos lo llevamos trabajando. En Huelva, pues.

sábado, septiembre 15, 2018

El club de la comedia

Tienen el escenario y los focos. El escenario puede ser la calle, un pasillo o el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Los focos pueden ser de verdad, como en el teatro, o las luces de las cámaras que graban o, simplemente, los flashes de las fotográficas. También tienen los aplausos, en vivo y en directo, como en cualquier espectáculo que se precie. Por ejemplo, en el discurso del presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, cuando hace el chiste de que hay dos Valles de los Caídos, uno el que está «cerca de El Escorial», y otro el que está en La Moncloa, en el que ya han caído dos ministros —él y ella— y una directora general. Luego, o antes, da igual, sale la exministra de Sanidad, Carmen Montón, que dice a propósito de las sospechas de irregularidades sobre su máster en la Universidad Rey Juan Carlos que «fue hace ocho años y a estas alturas me supone un gran esfuerzo recordar y recuperar el trabajo que hice». Otro chiste. Sin aplausos. ¿Ocho años? No hace nada que me puse, como muchos compañeros que conozco, a defender mi currículum con documentos originales que provienen de hace treinta años. Mañana podría mostrar un ejemplar de mi tesina de licenciatura, encuadernado en pasta dura marrón, un mecanoscrito que tiene la friolera de treinta y dos años. También conservo los trabajos que hice en la carrera y en varias carpetas de mi ordenador tengo hasta tres versiones de una treintena de trabajos de fin de máster de mis alumnos, por si alguno tiene la necesidad algún día de demostrar que lo hizo. Mi tesis está publicada en otro formato, distinto al que fue cuando la defendí; pero mis trabajos, y los de todos mis compañeros pueden leerse en la red, y a ninguno se nos traspapela nada que pueda probar lo que hemos hecho para que alguien de los ministerios a los que acceden los de los másteres de filfa nos reconozca que los profesores e investigadores no somos unos gandules. Qué lástima que ya no esté Eva Hache para presentar de otro modo esta comedieta vulgar a la que tanto contribuyen —será porque no está ya E. H.— los medios de comunicación que tanta cancha dan a futbolistas de primera como a políticos de segunda. Menos mal que los filósofos, los que juegan al ajedrez, los maestros de escuela y miles de personas con dignidad no salen en esos medios en los que siguen trabajando tan dignas mujeres como Pepa Bueno o Àngels Barceló. Claro, ellas no pueden compararse con la Hache en dirigir el desalentador teatrillo de casi todos los días. Comencé a escribir esta entrada ayer y me alegro hoy de leer en el editorial de El País —que en pág. 34 de su edición en papel trae la flaqueza ortográfica «La juez no haya ni rastro del dinero» cuando trata el caso IVAM— «Cortina de humo», sobre el asunto de la tesis doctoral de Pedro Sánchez, que «Las acusaciones sin pruebas no hacen más transparente la vida política española. Más bien lo contrario: en la versión ibérica de Trump, reducen la política a la cultura del espectáculo». Eso, más o menos, el club de la comedia. Lástima.

jueves, septiembre 13, 2018

Ignacio

Hace casi treinta y tres años, en octubre de 1985, me hice cargo de las asignaturas de Literatura Hispanoamericana que impartía mi compañero y hoy amigo Ignacio Úzquiza (Burgos, 1948). Aquella situación, por circunstancias que ahora resultaría prolijo enumerar, me permitió convertirme en profesor de la Universidad de Extremadura. Este curso pasado, después de cuarenta y tres años dando clases en Cáceres, Ignacio se ha jubilado, y las asignaturas que deja de impartir, «Fundamentos de la Literatura Hispanoamericana», en primer curso del Grado de Filología Hispánica, y «Textos de la Literatura Hispanoamericana», optativa en el tercer curso de ese mismo grado, las incorporo a mi plan docente, y cierro una especie de ciclo, orgulloso de volver a vincularme desde lo profesional en lo afectivo, esas dos caras de la vida que muchos no quieren que se mezclen. Una especie de símbolo de los que me gusta mostrar después del paso del tiempo. Un gusto, como pasear con el compañero y amigo por el campus extraordinario de la Universidad de Vigo. Una gozada en una mañana luminosa y azul a una temperatura que le lleva a decir a un vigués de un bar de la Plaza de América que el tiempo está volviéndose loco. Un apego apacible. Que de Apegos feroces, el libro de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2017), que tanto ha tardado en ser traducido al español desde su primera publicación en inglés (1986), habló ayer por la mañana la periodista y escritora peruana Gabriela Wiener en la sugerente plenaria —que concluyó cantando— del XIII Congreso Internacional de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, que, hasta el viernes, se celebra en esta ciudad de Vigo en la que Ignacio y yo no hemos parado de hablar, como si nos fuese la existencia en ello. En pocas horas hemos levantado acta del sabor a vida que tiene cada gesto pequeño en una ciudad en la que a cada paso uno se gradúa en sociabilidad. Como un joven travieso, mi amigo ha querido presentarme a una joven a la que ha preguntado en la calle por una dirección que ya conocíamos, y le ha besado la mano. Como un compañero responsable que me cede un testigo importante, me ha presentado a colegas conocidos y desconocidos, y me he sentido como aquel inexperto de veintitrés años que, sin pensarlo, se atrevió a dar sus primeras clases. En esta Galicia tan cálida un taxista apasionado y amable nos ha recomendado un paseo, hemos disfrutado de la buena comida y de largas caminatas por itinerarios tan raros como unos muelles con olor industrial y pesquero, o tan deseables como los verdes senderos que te llevan hacia esas playas sobrevenidas y pequeñas de la zona de Bouzas de este Vigo —o no— desde el que escribo estas líneas por la pura gana de darme un homenaje.

domingo, septiembre 09, 2018

Un cadáver exquisito

Ayer acudí a ver en el Teatro Maltravieso Capitol el espectáculo de Estudi Zero Teatre Un cadáver exquisito, sobre textos dadaístas, que se estrenó hace un par de años para conmemorar el centenario de la fundación del movimiento Dadá en el Cabaret Voltaire de Zúrich en 1916. Estudi Zero es una compañía y escuela de teatro de dilatada trayectoria —me contó anoche Isidro Timón que llevan remontando uno de sus primeros trabajos, La cantante calva, de Ionesco, desde hace tres décadas— y se nota esta experiencia y esta sabiduría en la muy trabajada propuesta que han hecho, difícil de ejecutar cuando el referente objetivo de un texto convencional se pierde, como es el caso. De ahí que la música, las imágenes proyectadas sobre el foro, el extraordinario juego de la tela elástica, el movimiento de los actores, el vestuario colorista, sugerente, la expresión gestual, todo muy bien trenzado, sostengan un divertimento teatral de gran calidad en el que sobrevuela la palabra histórica, plural y compartida de un Hugo Ball y su poesía fonética, de un pionero como Georges Ribemont-Dessaignes o del mismísimo y principal Tristan Tzara y su diálogo El corazón a gas, que es una de las bases de las que parte el texto de Un cadáver exquisito; y no en vano los seis actores se corresponden con el número de personajes de ese texto (Ojo, Boca, Oreja, Nariz, Ceja y Cuello). A la salida, compartí con Luis Molina (La Almena Producciones) la satisfacción por haber visto algo que no se suele ver en estos tiempos; un espectáculo difícil, radical y antiartístico —sin zapatillas—, del aire de aquellos —decíamos— que hace veinte o treinta años veíamos con frecuencia y con una naturalidad que casi diría que era ideológica. En una más que voluntariosa recreación de cierto ambiente antiguo de vanguardia, los actores te reciben en la sala y te invitan a pasar al ambigú para tomar un vasito de absenta y, minutos antes de que empiece la función, departir con ellos junto a alguna simulación de poemas dadaístas —ya se sabe: lo de coja un periódico, coja unas tijeras, recorte...— para abrir boca a una proposición digna de verse. Enhorabuena.

sábado, septiembre 08, 2018

Primera persona


He terminado de leer otra novela escrita en primera persona. Esta, diré, en primerísima persona; y muy interesante como indagación —de nuevo— sobre el hecho de escribir, por mucho que el motivo que la pone en marcha sea tremendo y cree unas expectativas que el autor ha sabido resolver con mucha maestría y honestidad. Me envuelve una manera de contar que tanto acerca al narrador a hechos intransferibles y que, a pesar de todo, pueden resultar muy próximos al lector que soy. Me veo a mí mismo escribiendo ahora y la lectura de un fragmento en el que el personaje principal conduce su coche me devuelve mi imagen al volante, una mañana muy limpia por una carretera con tráfico escaso, trazado conocido y parajes hermosos. Yo volvía a casa, como el que regresa para encontrarse, paradójicamente, con una despedida inevitable. De no haber resultado una imprudencia que nadie puede permitirse, habría pasado más tiempo mirando por el espejo retrovisor que hacia aquel asfalto que el frente de mi coche se tragaba a más cien kilómetros por hora; pero con mucha precaución. Dejaba atrás una delicia. Una despedida puede llegar a ser tan solo una más de esas despedidas que se olvidan con un reencuentro. Aquella forma de separarse y ponerse en marcha es un hecho tan digno de ser escrito como el relato real o ficticio que uno tenga ante los ojos. Estoy en ello. Por emulación, como tantos escritores inseguros cuando terminan de leer un buen texto literario.

viernes, septiembre 07, 2018

Desayuno


Comparto con alguien que el desayuno es la mejor comida del día. Después del aseo, es el segundo rito con el que uno recibe la dicha de seguir vivo; y también es deleite para el cuerpo. Es más que eso. Lo preceden el gesto a veces arisco de apagar el despertador e, insisto, el de abrir el grifo de la ducha, que todavía a esa hora sigue siendo un despertar embargado. Pero desayunar ya lo dice todo. Es la única comida que no se devalúa por repetirse estrictamente todos los días; vamos, yo creo que es especial porque se repite, por consistir, y a conciencia, siempre en lo mismo. Hay quien cena, sí, un yogur todas las noches; pero a mí en eso no me parece ver la sana disciplina y la naturalidad que tiene la presencia en tu vida de unos trozos de frutas, un café caliente y una tostada de aceite que, sin entrar en disputas de ortorexia, son razones por las que yo, al menos, me levanto un poco más temprano. Hay un texto de Cortázar que se titula «Desayuno», de la segunda parte de Último round (1969), del que me he acordado alguna vez, aunque no tiene ninguna relación con este sentimiento que me lleva a escribir sobre esa situación que es lo mejor que a uno le puede pasar también en compañía. Además, por lo que puede acabar por haber significado. Y me ha pasado, claro. Afortunadamente. Desayuno solo y no puedo salir a la calle sin haber desayunado. Sin embargo, mis mejores recuerdos son en compañía, y el último, curiosamente, en una cafetería de una calle cualquiera. Y bien, siempre bien.

jueves, septiembre 06, 2018

Libros

Siguen llegando libros a casa. Uno de ellos se ha hecho notar. Con sus 1.062 páginas sus 29 x 23 cm., la edición facsimilar de la revista Espadaña (León, 1978), que me ha regalado mi hermano José María, me recuerda mis primeros años en el departamento de Literatura Española en la antigua Facultad y aquellos ejemplares de los facsímiles de algunas de las revistas más importantes de la vanguardia y la posguerra españolas. Otro regalo me lo traje antes, el de mi compadre: la «edición completa» de las Poesías de Meléndez Valdés que se publicó en 1849 en Barcelona (Juan Oliveres, impresor de S. M.), y que reproduce en paginación y contenido la de 1838 (Barcelona, Francisco Oliva), que también tengo, y que los editores del poeta, los hispanistas Polt y Demerson, decían no haber visto. Y hoy ya está en casa el último libro de Pureza Canelo, Retirada (Pre-Textos, 2018), con cuarenta y cinco textos en prosa como apuntaciones de dietario más uno de cierre, de tan solo una línea, que es como un pie a un fondo musical (flamenco). Merece lectura más sosegada y un espacio aparte. Como también ya están aquí los Poemas póstumos de Luis Eduardo García, que ha editado Cumbreño en Liliputienses y que han llegado con el tercer número de la «revista microscópica de poesía» Los poetas no son gente de fiar, que trae también un poema del mexicano García. Esta noche es más de asientos bibliográficos, como puede comprobarse. Es que yo siempre he tenido afición a escribir; pero una vez que me pongo a la tarea, me sale esa inclinación inevitable a escribir tonterías. Y últimamente escribo demasiadas. A mí me suena que en El tío Vania de Chejov alguien le dice a alguien que solo escribe tonterías. Pues yo debo de ser ese. Yo necesito a alguien que me diga no sé qué de los tontos y que siempre queda alguno. Qué gracia. En serio, siguen llegando libros a casa y es mi problema buscar la manera de acogerlos.

martes, septiembre 04, 2018

Dice

Dice que ha escrito en una servilleta de papel «Busco refugio en la lectura», y que no sabe a qué se refiere. Que no huye de nadie y que nada necesita, que no sabe por qué ha escrito eso. Ahora me doy cuenta, pues soy yo mismo quien habla ante algún espejo imaginario. Lo que yo no sé es por qué me lo dice. Yo sí que necesito refugio... En la lectura y en cualquier cosa que valga la pena. No me canso de decir a quien tengo a mano que he vivido como nunca la importancia de cualquier detalle, de un instante. Si me llevo el tenedor a la boca o tomo un sorbo de vino, si veo un amanecer, es decir, la luz del día, o el sentir de una conversación de una pareja a la noche por esta calle en la que todo se oye. Y sobre todo si miro a los ojos de alguien que no puede sentir lo mismo que yo porque no es lo mismo; pero que seguro que sabe a qué me refiero. Es todo tan importante, tan vital. Tan sentido como sentir una cabeza sobre tu pecho o tu cabeza sobre el pecho de quien te abre a la vida. Parece mentira que sea verdad todo lo que ocurre, pase lo que pase. Dice que le gusta que me levante de pronto para leerle un poema. Que nadie se llame a engaño, pues no puede ser mío. Nunca he escrito nada parecido a algo que merezca ser considerado un poema; pero llevo toda la vida afanado, como tantos otros, en buscar el bien de quien quiero. Y no lo consigo. Por eso yo siempre aparento y quedo bien leyendo textos de otros. De Fray Luis de León a Gabriel Ferrater. De Lezama a Lima.

domingo, septiembre 02, 2018

Vuelta

Este año no he visto el mar. Eso creo. Pero lo veré, cuando dentro de poco vaya a Galicia. No me he bañado en las aguas de ninguna costa; ni siquiera en las de una piscina. No lo he echado de menos. El día de mañana igual no soporto algo así y me convierto en un ser acuático. Qué tontería. No hay remedio. Hasta en los programas de radio más alternativos se recurre a esa idea de que el fin del verano es una estación término y un estado de ánimo volver a lo que muchos llaman rutina, que, para mí, no es más que un diminutivo de ruta. La ruta que algunos quieren que sigamos. Siguen llegando mensajes de hoteles en los que me preguntan por Madrid o Budapest, por Córdoba o Berlín, y me dicen que yo soy el que tiene que decidir cuándo acaba el verano, para que no deje de viajar «ni en septiembre». Lo cierto es que mañana volveré al trabajo gustoso que me permitirá leer y escribir, como ha pasado siempre, sin necesidad de hacer un mundo de ello, sin dar más importancia que la que tiene volver a ver el mar después del tiempo que sea. Qué más dará.

sábado, septiembre 01, 2018

De «Los entendidos»

Es un fragmento de esas páginas que tengo escritas desde hace mucho bajo el título de Los entendidos, sobre la crítica literaria. Ahora veo que no tiene mucha relación con la crítica; pero como se trata de un diálogo con un personaje llamado Nuria al que el narrador cuenta sus impresiones sobre lo que lee, sí viene al caso que le hable sobre los modales en la manera de escribir, de un tipo de escritura en la que, se hable de lo que se hable, el policía siempre es un madero, el extranjero un guiri, el dinero es la pasta, los guardia civiles picoletos, el asunto la cosa, trabajar es currar, nada de nada nasti de plasti, la gente todo cristo, muchos tropecientos, y no respetar, por ejemplo, es pasarse por el forro de los huevos cualquier cosa o asunto. El trozo tiene casi quince años, y lo copio aquí sin tocar: «Tengo delante de mis ojos varios ejemplares de suplementos con textos de Pérez-Reverte. Tratan del uso de la lengua, del proyecto de restauración de una catedral, la de Vitoria, de la Academia Española, de los mendigos en las calles... El más antiguo es de diciembre de 2003, y hay otros de febrero y de junio y de la primera semana de agosto de 2004. Tomo al azar uno de ellos —«Hay diez justos en Sodoma»—, y en la séptima línea me encuentro con «la puta foto de prensa», y a partir de ahí a «golfos», «sinvergüenzas», «meapilas de sacristía», a la «estúpida arrogancia», en definitiva, a «anda y que nos den por saco». Yo, en realidad, no quiero referirme al contenido, sino a la manera de escribir, porque aunque un determinado asunto parece que impone un registro, en Pérez-Reverte da la sensación de que el hecho de hablar de los acontecimientos consuetudinarios que suceden en la rúa genera esa mala hostia escribiendo que permite a cualquier lector con un simple vistazo subrayar palabras y expresiones del tipo de las mencionadas o estas otras: «a mamarla a Parla», «patada en los huevos», «esos mierdas», «hijoputa», «acojonado», «el chichi de la Bernarda», «esos hijoputas»... Los ejemplos, ya digo, son los que tengo más a la mano, pero el lector puede hartarse si consulta algunas de las recopilaciones publicadas de estos artículos, Patente de corso (1993-1998), en Alfaguara, de 1998, y —obsérvese el título— Con ánimo de ofender (1998-2001), en la misma editorial, en 2001, ambas con prólogo y selección de José Luis Martín Nogales». Han pasado los años y yo, simplemente, estaba leyendo unos textos que escribí y que ahora justifican que me acuerde de lo que leí este pasado fin de semana y que reivindique al Pérez Reverte que escribió esto que aquí puede leerse: «No pasa nada, se puede».

miércoles, agosto 29, 2018

Glorias de Zafra (XX)

Hoy mi madre habría cumplido noventa y cinco años. Viví sus aniversarios con ella desde sus treinta y nueve, y no los había cumplido cuando me tuvo, después de cuatro partos. Yo nací del último. Y la última vez que escribí aquí sobre el día de su cumpleaños fue en agosto de 2015, en esta entrada en la que salen mis hermanos, mi padre, mi pueblo y, claro, ella. Como es natural, no traigo aquí su recuerdo por haber leído no hace mucho Ordesa, de Manuel Vilas  (Alfaguara, 2018), ni porque ahora esté con la novela de Miguel Ángel Hernández El dolor de los demás (Anagrama, 2018), que va encabezada por una cita de Susan Sontag («La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos»); obras de no-ficción que, en primer lugar, sirven a quienes las escriben y, luego, y no en todos los casos, a quienes las leen. No, claro, porque me acuerdo mucho de mi madre, y no siempre en fechas señaladas como la de hoy, y he escrito bastante sobre ella mientras estaba viva y después de muerta. Este año de 2018 también es especial, aunque ella no lo sepa, porque su hermano Enrique, el único que tuvo, murió el séptimo día de febrero. Había nacido en 1932. Y tengo un texto que iba a publicar algún día —o no— y que en parte me gustaría hoy editarlo en recuerdo de la que habría cumplido noventa y cinco años. Al fin y al cabo, estas glorias nacieron como tributo a señora tan principal; pero no me acababa de convencer el tono tan directamente sentimental con esa implicada segunda persona del singular. Yo le decía algo así: «Te cuento. Lo primero: que te han puesto en la esquela. Que sí, que tú, como todos los que estamos vivos, también lamentas la muerte de tu hermano. ¿Cómo no? —me pregunto yo, que tanto me extraño de que sigan incluyendo en las condolencias de ahora a los que ya no estáis. Os ponen una cruz entre paréntesis y santas pascuas». Y luego le decía que le habría gustado saber que había estado unos pocos días antes con él, en la habitación 132 del Hospital de Zafra, y que «se despidió de mí con un apretón de la única mano que movía, y me acordé de las veces que te visitó en tu casa cuando yo estaba contigo, y del cariño con el que te hablaba cuando tú estabas mal». En el texto hay más datos precisos, como el número del nicho —2971— en el que reposan los restos de mi tío, en el mismo y desahogado patio de la zona nueva del residencial sin tráfico ni bullicio del cementerio de Zafra. La verdad es que a todos los de mi familia siempre nos han gustado los datos precisos, las pruebas documentales. Como esta, que ilustra esta entrada sentida, de marzo de 1986, de mi madre, que ya sabía que en la universidad española las plazas se dan o se «conceden». Me la envió mi hermano Josemari con el siguiente texto: «Nota manuscrita de tu madre. La escribía para no olvidarse y poder contárselo, orgullosa, a sus amigas».