domingo, julio 22, 2018

Con Birilo

Este jueves estuvo en mi despacho Birilo, que es como responde y firma sus textos Juanjo Cuello González, un oliventino —del 1º de mayo de 1988— licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca que conocí en la primavera de 2016 por mediación de Paco Lobo. En aquel tiempo, quería enseñarme sus escritos; y el jueves vino a charlar sobre su primera novela publicada, que yo leí en dos versiones, la que recibí en noviembre de ese año y la que me envió en noviembre del pasado —de noviembre a noviembre. Es esta, claro, la que cimenta la princeps —una de esas ediciones primerizas y manifiestamente mejorables— de La vida amputada (Badajoz, Ediciones Cucaracha-Andergrão Olivença, 2018), con poco más de dos meses en la calle. Poco hablamos del texto y sí de literatura o de cómo se vive la escritura. Le dije que tengo ganas de releer La vida amputada y de escribir algo aquí sobre ella; sin embargo, ayer mismo, después de tan agradable conversación, pensé en no dejar pasar más tiempo sin difundir su pasión por lo que hace y sin vocear la publicación de esta opera prima que se presentará el próximo jueves 26 de julio en Badajoz, a las diez de la noche, en el café-bar Zapatería, 13, cerca de la Plaza Alta. Birilo tiene dosis suficientes de humildad como para no darse más importancia que la que le lleva a confesar que se sintió bien presentando  su libro el pasado 28 de junio en Olivenza ante unas setenta personas, y que vendió más de una veintena de ejemplares. Se despidió de mí con la idea de volver a Montevideo —allí vivió durante dos años y Onetti salió varias veces en nuestra conversación—, que es la primera frase de la parte tercera y última de su novela. Este Birilo es un personaje, que sigue fluctuando al escribirme entre el tú y el usted en el mismo párrafo de sus cartas. Este Birilo vive entre la coruñesa Noia, donde trabaja a veces de albañil y pintor, y Olivenza, que es la sede de su colectivo cultural «Andengrão Olivença» y de su sello editorial independiente «Ediciones Cucaracha». Este Birilo es el que escribe esto en la tercera parte de su novela: «El único que creía en mi proyecto de editorial era un profesor jubilado que había currado en la Facultad de Filosofía de Cáceres, impartiendo crítica literaria y comparada. Por alguna razón secreta nos habíamos hecho amigos, y la verdad es que seguía tomando la literatura en serio, y eso, a [la] larga, siempre es agradable. Le pasé el manuscrito de Vardiero sin contarle nada, sin decirle nada de su autor. El escritor siempre tiene que aparecer ausente; si lo conoces te puede parecer un idiota; un escritor escribe. Pero también vive y hace el gilipollas como otro cualquiera. | A la semana quedé con él para tomar café. El profesor Lama me dijo que no estaba mal, pero que existían cosas que no había entendido. No entendía, por ejemplo, la opción de los dos epílogos. Yo le dije que tampoco y la única manera de saberlo era preguntárselo. Como no comprendió a qué me refería, le conté toda la historia de Vardiero y de Caroline. Le conté cómo saqué dos copias del manuscrito robado. Y también, que pensaba publicarlo. A Lama no le pareció mala idea y entre ambos decidimos un título: Siempre recordaré a ese gato.» (pág. 109). Curiosa manera de leerse en un libro.

miércoles, julio 18, 2018

18 de julio

La relación que las fechas tienen con la historia es la misma que la de un punto del mapa con el lugar real. Señalizan. Simplemente. Conocerlas no nos hace más sabios en historia o en geografía. Sobre todo, cuando se trata de grandes fechas y de lugares únicos. Distinto es cuando asociamos una fecha o un sitio a lo cotidiano e íntimo; porque entonces sí que uno aprende, conoce más e incluso se cree mejor persona por haber logrado saber un poquito más sobre algo que tiene importancia. Mi 18 de julio —el mismo día de aquel año del desastre dicen que el matrimonio Curie hizo su descubrimiento— comenzó, casi, en una librería, para recoger un libro que luego puse en el correo para alguien que sé que lo apreciará. Poco después, tomé café en el patio de la Facultad de Derecho —creo que es la terraza más fresquita en verano de todas las cafeterías del campus— con Maribel Rodríguez Ponce, Carmen Galán, y con José Luis Bernal, aunque a tenor de la conversación, debería escribir con dos compañeras y un compañero —y decano— de mi departamento; o, ya puestos, con tres bocas y seis manos. Es que, aparte las bromas y las veras, hablamos, con mucho conocimiento de causa y sentido común, del lenguaje inclusivo tan de actualidad. Un día histórico. Además, viene mi hermano a casa, así que, aunque ya no compartimos habitación, hoy no dormiré solo. Leo que hoy es el cumpleaños de Elsa Pataky y que un 18 de julio de 1959 Federico Martín Bahamontes fue el primer español que ganó el Tour de Francia. El 18 de julio de 2000 murió José Ángel Valente, el mismo día que el arquitecto Sáenz de Oiza. Un día como hoy he trabajado algo, he escrito un poco, que supongo que es lo mismo; he compartido con mis hijos una noticia sobre un documental dedicado al actor Robin Williams y espero vivir lo suficiente para dar un paseo cuando caiga la tarde y picar algo en la plaza más bonita de Cáceres con mi hermano y su sabio socio, Javier Moreno Romagueras. Fecha, la de hoy, y nombres. Un día histórico. 18 de julio.

domingo, julio 15, 2018

Glorias de Zafra (XIX)

Hace más de siete meses que experimenté de manera más especial esa sensación de retomar la posesión de un mundo como el de la infancia y la juventud, sobriamente, sin épica alguna, con una pizca de melancolía. Ayer y hoy he vuelto a encontrar un entorno amable, acogido en el interior de una casa casi propia y recibido en un exterior que te ofrece gratas novedades. Ayer volví a la Plaza Grande y a la Plaza Chica, anegadas —esto no es tan grato— por un mar de terrazas de los bares que les dan vida y ambiente nocturnos. Esta mañana he recorrido con mis hermanos el parque de mis tardes y noches de adolescente y he descubierto el Rincón de Ajedrez «Ruy López», que tanto dice de las buenas iniciativas de personas que creen en los valores de la educación. No sé si el grande Leontxo García sabrá de esto. Seguro que sí, y estoy convencido de que se habrá alegrado de que exista en una ciudad extremeña como Zafra un espacio público así. Como hay que alegrarse de que exista otro espacio admirable que, en este caso, he revisitado. Es el Museo Santa Clara de Zafra. Sigue sorprendiéndome encontrar un espacio expositivo así, más esperable en una gran capital, tan bien planteado y en un continente tan singular: «El Museo ocupa una parte sustancial de la clausura monástica: la iglesia y sacristía conventuales, la enfermería nueva y una serie de espacios de tránsito que permiten dar a conocer la grada, una celda y el claustro: espacios todos, construidos entre los siglos XV y XVII, sin los que el visitante difícilmente podría hacerse una idea de lo que es un convento desde el punto de vista material», se lee en la página web del museo, de recomendable lectura. Me impresiona y me emociona pensar en que podría llevar a Zafra a mis más cercanas amistades y faltarme días en un fin de semana tan corto como el mío para mostrarles sus lugares de interés. 

viernes, julio 13, 2018

Heterónima, 4

«Sigue Heterónima, sí, en sus trece, tendiendo lazos entre la casa y el camino, entre nuevos y viejos alumnos, entre asiduos visitantes y recónditos invitados». Son palabras de la «Salutación» (pág. 6) de este nuevo número de la revista de creación y crítica que nació por estos meses de 2015. Me he traído a casa un ejemplar del despacho de José Luis Bernal, el decano de mi facultad, que acoge esta publicación —«verdadero mecenas de este proyecto», se le llama en esas páginas—, en el que también estaba el exultante director de Heterónima, Antonio Rivero Machina, que ha aprobado las oposiciones de profesor de Enseñanza Secundaria en Lengua y Literatura, como Sandra Benito, secretaria de redacción, y como Ismael López Martín, que forma parte del consejo de redacción de la revista. Todos han sido alumnos. Y hay más en este empeño; y será una alegría —porque lo será— saber que todos irán colocándose para trabajar como interinos y luego con plaza en una profesión que los necesita, porque estoy convencido de que haremos una sociedad mejor si ellos, esta juventud, toma las riendas de una educación maltrecha por los políticos. Recomiendo vivamente la lectura de este nuevo número de Heterónima, que ya está disponible en su página. Si sigo el orden de sus apellidos como Revista de creación y crítica, y no el de su índice, se impone el gusto de haber leído publicado un poema de Patricia Amigo, que forma parte también de esta familia de la Facultad de la que estoy hablando y de la que espero seguir hablando los años que me queden de vida. Por su modestia la destaco al lado de grandes como Santos Domínguez y de poemas tan sugerentes como los de Aitor Francos, Emilia Oliva o Javier Pérez Walias, que es entrevistado en unas páginas de la sección de «Crítica» que contienen respuestas elocuentes, por ejemplo, sobre la situación de la educación. Otra vez. Julio Neira republica y revisa un antiguo artículo dedicado a la poesía de su maestro Juan Manuel Rozas y David Matías pone la guinda de este número con su artículo «El feminismo y los sacerdotes de la literatura», tan justificado —sobre la opinión de Vargas Llosa— que hará de esta entrega de Heterónima un sitio de debate necesario. Me alegro mucho de haber estado esta mañana, otra vez, en el despacho del decano.

jueves, julio 12, 2018

Fulgen Valares

Profunda pena al llegar a casa y encender la radio: Fulgen Valares ha muerto. Golpetazo y sorpresa saber que llevaba unos días en coma por un infarto que no ha superado, que falleció ayer y que esta mañana ha sido su funeral. En la inopia. He escuchado en la SER de Extremadura las voces de Silvia Gordillo, directora del Gran Teatro de Cáceres, de Olga Estecha, que trabajó con Fulgen en la dirección del Festival de Teatro Clásico de Alcántara desde 2013, y de Isidro Timón, gran valedor del escritor y actor desde sus inicios en el Aula de Teatro de la UEX y compañero también en la Escuela de Arte Dramático de Extremadura. Profunda pena. Fulgencio Valares Garrote había nacido en San Sebastián en 1972, pero a los cinco años se vino a vivir a Miajadas (Cáceres), y allí trabajó como carpintero en la empresa familiar. A finales de los años noventa se trasladó a la capital cacereña, en donde se vinculó como actor a actividades teatrales como la que desarrollábamos en la Universidad con Isidro Timón como director del Aula de Teatro de la UEX, y ya en 2001, casi coincidiendo con mi distanciamiento de la primera fila de aquella memorable aventura, estrenó Pared con pared como responsable del Aula de la UEX en Badajoz, texto al que siguieron Punto de partida y Compañera del alma (2003 y 2004). Su capacidad de trabajo era admirable y me alegraban mucho sus cada vez más frecuentes novedades literarias, como la publicación de La mancha de la mora (Badajoz, Los Libros del Oeste, 2006), que obtuvo el Premio de Novela «Carolina Coronado Ciudad de Almendralejo» de ese año, o su pieza teatral Santo silencio profeso (Mérida, De la luna libros, 2007), centrada en la figura de Francisco de Quevedo. Antes de decirme cualquier cosa, la encabezaba con un «—Señor», que también le servía para cerrar sus «—Gracias». Era su delicada forma de tratar a la gente, tan especial, como su manera de reírse; aunque siempre he creído que quería ser agradable conmigo como una muestra de respeto a un profesor universitario interesado en el teatro más vivo. Así ocurrió en nuestros últimos encuentros para organizar alguna actividad paralela en el Festival de Alcántara, con Olga Estecha. Fulgen fue el último dramaturgo incluido en el tomo dedicado al teatro y al ensayo de la antología Literatura en Extremadura 1984-2009 que publicó la Editora Regional de Extremadura en 2010, junto a seis autores —Martínez Mediero, Leandro Pozas, Miguel Murillo, Jorge Márquez, Juan Copete e Isidro Timón—, y ha sido el primero en irse. Quien hizo esa selección, Gregorio Torres Nebrera (1948-2013), escribió que «estamos ante un autor que sabe inventar situaciones, que sabe dialogar con soltura, y con poesía, y al que le interesa el ejercicio de acercar, y contrastar, la historia y el presente, el ayer con el hoy». Acertó; pero también dijo de Valares que era «la última promesa de los dramaturgos del teatro extremeño de ahora mismo» y hoy lamentaría conmigo haberse equivocado, porque, evidentemente, no somos nada. O casi nada. Porque ahí queda lo hecho. Y Fulgencio Valares nos ha dejado mucho, ha aportado mucho a la vida teatral de este entorno que es teatrero, que no es mal hábitat para seres como él, a quien ahora recuerdo estremecido. Y es que haber sabido así que Fulgen Valares se ha ido es lo más parecido a una muerte súbita, por accidente, como un sobresalto aterrador y trágico que uno recibe en su sitio de este patio de butacas numeradas sin orden que es la vida.

lunes, julio 09, 2018

Lorenzo Lotto en El Prado

No había mucha cola en el Museo del Prado ayer domingo. Un grupito de alumnas rusas me retuvo un momento durante el que pude consultar las tarifas y ver que había una reducida a la mitad para docentes. Así que al llegar a la taquilla mostré mi identificación como profesor, dispuesto a pagar siete euros y medio, y la chica, muy agradable, me dijo: «Es gratis, señor». Ignoraba este privilegio —exención suprema para algo tan valioso— que me equipara a los menores de dieciocho años, a los estudiantes hasta veintiocho y a los discapacitados, según me he informado en la página del Museo del Prado. Un amigo me había recomendado la exposición de los retratos del veneciano Lorenzo Lotto; pero, con tiempo como ayer, pude disfrutar de la de Rubens pintor de bocetos y la curiosa In lapide depictum, pinturas de autores italianos sobre pizarra y mármol, muy curiosa; además del formidable paseo por el Edificio Villanueva para volver a ver cuadros de El Bosco, Durero o Goya. Y tantos, tantos otros. (Vaya mañana de domingo en Madrid. Horas. Los de provincias, que somos así). Vuelvo a Lotto. Formidable, espléndida exposición. No sé cuántas veces habré visto en mi vida una «imagen mental» pintada en un lienzo. Ayer la vi en el cuadro San Antonio de Florencia repartiendo limosnas (1540). Choca un cuadro así en una exposición de retratos, y por eso los responsables —comisarios de lujo como el director del Prado Miguel Falomir y el profesor de la Universidad de Verona Enrico Maria Dal Pozzolo— lo avisan en la cartelería que acompaña a la muestra. Los rostros de los mendicantes están pintados «al natural» y uno de ellos, el que lleva una hoja de laurel en la cabeza, puede ser el mismísimo Lotto; así que se autorretrata en esta obra. Pero lo que a mí más me ha llamado la atención es lo de la «imagen mental», que ahora me cuesta recordar si la he visto en algún pintor de la misma manera en que ayer me visitó por este veneciano del siglo XVI. Una «imagen real» sí es la de los espléndidos retratos en los que, en efecto, parece que uno contempla un estado de ánimo, y que aprecia la innovación del retrato doble de un matrimonio y la incorporación a la imagen de otros símbolos —la exposición incorpora algunos objetos representados en los lienzos, como sortijas, camafeos, estolas...—, y una imagen real es la del rostro de Marta, una camarera que me dijo por la noche que estaba invitado porque se había confundido y le había puesto mi cena a otros clientes. A veces las cosas no tienen ningún sentido. Y esa noche de ayer, la tristeza con la que llegué a un sitio se duplicó por una tontería. Qué tontería, la verdad. Fastuosa exposición.

sábado, julio 07, 2018

Autobiografía (II)

No sé, la verdad, de dónde ha salido este texto. Sonaba una música que venía de «Alma de león», ese programa de Radio 3 que tengo asociado a aquellos mis viajes los domingos de vuelta de Zafra después de haber estado con mi madre. Recuerdo que recibía las luces de Cáceres siempre con música jamaicana o ritmo de reggae, a las once y cuarto de la noche, más o menos. El texto lo había titulado «Una recomendación», que, a estas alturas, no es ya el definitivo para esta entrada del blog. Decía que, por favor, no te creas mejor que nadie. Ni siquiera mejor que ese tipo al que hace nada pusiste a caldo —tú no dices nada malo en público contra caldo alguno— por despreciable, por haber ridiculizado ante todo el mundo a una chica indefensa. Así que, te aviso, no creas que tú eres mejor que otros. Y hay, además, otro texto que ahora rescato: me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Haber escrito «siempre» me hace más tonto que cándido, más iluso que bobo, más sin sustancia, más estúpido. Además, he habitado durante más tiempo en los barrios iluminados de la dicha que en los andurriales de la tristeza, sombríos como ellos solos. A nadie puedo dar lecciones de haber sufrido. Y me alegro, claro, de esa ineptitud que a veces ha sido tan altiva que me ha hecho creer que mi experiencia pudiera servir a otros. A los hijos, por esa supremacía que te otorga la naturaleza; o a un amigo que lo ha pasado mal, por no sé qué ínfulas. En el mismo escenario —la cocina— en el que leo ficción —esas novelas a las que no logro hacer sitio entre todo lo que quiero leer— me salta a la cara insostenible la realidad de «Un hombre denunciado seis veces por maltratar a dos mujeres mata a su actual pareja» y «Encarcelado un profesor que abusó durante tres años de una menor», en la misma página del periódico que sigo recogiendo todas las mañanas del kiosco del barrio y del que no sé cómo quitarme. Me pasa con todo. Y no me quito. Me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Y no me quejo. Que conste.

lunes, julio 02, 2018

QWER

El otro día quise escribir la palabra «amargura» y me salió «amagua». Al principio, me asusté, como debe de pasar a un enfermo que pierde el habla de un momento a otro y no logra articular lo que quiere decir. Y fue solo que el teclado de mi ordenador cayó en la desgracia de perder el pulso de las teclas Q, W, E, y R. Así que todo lo que quería escribir que contuviese las cuatro letras afectadas resultó tan inteligible como sta fras u scibo ahoa. Me acordé de inmediato de Georges Perec y del Oulipo, de sus juegos de palabras que tanto siempre me han fascinado, y de su novela La disparition (1969), que omitía la letra E, y que se publicó en Anagrama en español con el título de El secuestro (1997), omitiendo la letra A. Vaya brete. Yo quiero creer que la afección de esas teclas de mi teclado es eventual, que es fruto de un excesivo celo en la limpieza, y que han debido de mojarse demasiado. Pero no se secan, y así llevan ya más de dos días. Vamos, que no reaccionan. De manera que un «Te quiero» es «T uio» y un «entierro» es «ntio»; y que «me quiero beber un whisky» es «m uio bb un hisky» y el principio de Cien años de soledad, pongamos por caso: «Muchos años dspus, fnt al plotón d fusilaminto, l coonl Auliano Bundía había d coda aulla tad mota n u su pad lo llvó a conoc l hilo». Se acorta mucho pero es molesto. Esta estupidez me ha recordado mis prácticas de mecanografía, hace ya miles de años. Y también me ha traído a la memoria un libro de alguien, que he localizado, con el título de Qwerty. Es verdad, de Itziar Minguez Arnaiz, que publicó La Isla de Siltolá en 2017, aunque a mí me suena también como título de un poema que ahora no logro saber de quién puede ser; pero me suena que de alguien cercano. Qué cabeza. Que si lo tuviese que escribir en el otro ordenador sería «u cabza». Vamos, que «ya m val». Mientras tanto, me va bien con estas otras qwer sobre las que escribo, con delicadeza, sin apretar mucho, para que no se ofendan y que no me dejen en blanco.


P.S.: mi sabio amigo Javier Alcaíns, siempre al quite, me recuerda que la cuarta y última entrega de los ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio (Random House Grupo Editorial, 2017), lleva por título QWERTYUIOP. Sobre enseñanza, deportes, televisión, publicidad, trabajo y ocio. Gracias. Pero yo sigo dando vueltas a eso del poema.

Plan de Fomento de la Escritura

Quiero que me escribas.

viernes, junio 29, 2018

Micrografías

Es espléndido este libro de Irene Sánchez Carrón, Micrografías (Madrid, Visor Libros, 2018), XVI Premio Emilio Alarcos. Espléndido en su micrografía —que es la descripción de lo que casi no se ve sin el refuerzo de una lente de aumento— y en apariencia sencillo y claro. Me alegro de haber leído en una temprana reseña —como todas las suyas— de Santos Domínguez lo que comparto: que esta poesía de Irene es meditativa «en su enfoque y conversacional en su tono» y «que bajo la transparencia verbal propone un sentido profundo y sugiere un itinerario de lectura que va de lo exterior a lo interior, de lo concreto a lo abstracto, de lo decible a lo indecible, de la rutina al misterio». Hay lecturas que reconfortan y son amables, y la de este libro es eso y más, porque me pareció tan grata como la conversación con un vecino afectuoso que llega a tu casa para arreglarte el día. Escribo sobre lo aparentemente sencillo de la poesía de Irene Sánchez Carrón porque tiene que ser muy difícil escribir con tanta naturalidad incorporando al texto jugosas referencias literarias, musicales y cinematográficas, como en el poema «Fiesta de despedida» (págs. 38-39) en donde hay —además de la única errata que he visto—, toda una exaltación de la experiencia sobre la evocación de un momento memorable de El apartamento (1960) de Billy Wilder. O, simplemente, introducir, sin que rechine, en un gran poema la palabra poliespán. O proponer sonetos como «Caligrafías» y poemas en alejandrinos como «La mañana siguiente». También me alegra, cómo no, coincidir con un lector como Álvaro Valverde en que el poema «Apartamento con una habitación» (págs. 44-45) es un relato perfecto, que yo anoté a lápiz en mi lectura: «Muy buena la forma, sí», quizá por esa manera de puntuar lo narrativo con una justificación que estructura el texto: «por eso te lo cuento». Micrografías es un libro de poemas que, como todos los de esta escritora que no hace ruido ni se promociona, que parece estar fuera del medio literario, volverá a mostrarse el día de mañana por contener textos que hay que tener en cuenta.

jueves, junio 21, 2018

En torno a Torres Naharro


Aprovechando la representación de esta noche (22:30 en el Palacio de las Veletas) de la Comedia Aquilana, de Bartolomé de Torres Naharro, por la Compañía Nao d'amores y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el XXIX Festival de Teatro Clásico de Cáceres, se celebra esta tarde un encuentro «Resucitar a Torres Naharro», en el que participarán los actores y músicos que participan en el montaje, junto a su directora, Ana Zamora, y al profesor de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, que fue el director del Congreso «Bartolomé de Torres Naharro en los orígenes del teatro renacentista español», celebrado en Torre de Miguel Sesmero y Cáceres en octubre del año pasado. Hace unos años, en 2012, celebramos un encuentro parecido en torno a la representación de las Farsas y églogas de Lucas Fernández, en el mismo espacio, el patio de la Biblioteca Alonso Zamora Vicente, y el formato y los contenidos resultaron muy atractivos, como esta tarde ocurrirá igualmente. Será a las 19:00 horas (Biblioteca Zamora Vicente. C/ Cuesta de Aldana, 5. Cáceres) y la entrada libre hasta completar aforo.

miércoles, junio 20, 2018

Oeste XXI en el Congreso de la Asociación Hispánica de Humanidades

Participo hoy en una mesa redonda en el IX Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Humanidades, que ha comenzado esta mañana en Cáceres (en el Instituto de Lenguas Modernas) y que durará hasta el viernes 22, cuando se clausure tras una conferencia plenaria de Malcolm Compitello, de la Universidad de Arizona, sobre «Cartografías culturales españolas modernas». El programa es nutridísimo —el libro editado con todos sus contenidos tiene ciento sesenta y cinco páginas, casi tantas como congresistas participantes— y es todo un acontecimiento que la ciudad de Cáceres acoja esta reunión científica que ha adoptado el título de Aportaciones y retos de la tradición cultural hispánica en una sociedad global. La mesa de esta tarde (19:30 horas) tiene el epígrafe «Oeste XXI», para tratar las artes y las letras en la Extremadura contemporánea, sobre cómo se ha superado la noción localista de una cultura «extremeña» para incorporar Extremadura como espacio de referencia de una creación artística de calidad, y referente en un ámbito internacional. Las obras de quienes intervienen en la mesa de debate lo muestran. Dos poetas —Ada Salas y Álvaro Valverde—, un artista plástico —Hilario Bravo— y una cineasta —Irene Cardona.

miércoles, junio 13, 2018

La de San Antonio de 1823

Hoy se cumplen ciento noventa y cinco años de aquel desastre. Fue otro 13 de junio. Absolutistas contra liberales —«las dos Españas»— en aquella segunda invasión francesa que aniquiló el Trienio y aquel saqueo terrible que el pueblo de Sevilla hizo de los bienes de la comitiva liberal que embarcaba en el Guadalquivir y huía hacia Cádiz. Muchas víctimas respetables e ilustres; pero, sobre todas ellas, a una, la del extremeño Bartolomé José Gallardo, le ocurrió un suceso que sigue clamando al cielo. Cinco serones, un cajón, una maleta negra con dos candados, una escribanía de palo rosa y un gran baúl patente inglés negro, con dos candados y una chapa de bronce con las iniciales B.J.G. Muchos de sus papeles manuscritos e impresos desaparecidos en las oscuras aguas del río. Una Historia crítica del ingenio español, un Romancero y un Cancionero, un Teatro antiguo español y su Historia crítica, una Filosofía de la Lengua Castellana, un Diccionario autorizado de la lengua castellana..., proyectos todos de Gallardo, junto a casi dos centenares de libros, se perdieron en La de San Antonio de 1823, que es como subtituló —gran hallazgo parentético— esa otra cumbre de la historia cultural de Extremadura, que fue don Antonio Rodríguez-Moñino, su libro Historia de una infamia bibliográfica (Editorial Castalia, 1965), el brillantísimo estudio bibliográfico sobre la realidad y la leyenda de lo sucedido con los libros y papeles de Bartolomé José Gallardo aquel día de junio de hace ahora ciento noventa y cinco años.

martes, junio 12, 2018

Autobiografía (I)

Siempre que veo el estuche de un reloj antiguo me acuerdo de mi padre (1915-1992), que guardaba el de un Omega de oro que estimaba mucho y que luego llevó puesto mi madre (1923-2016) hasta sus últimos años. Son como pequeños féretros de un lujo doméstico, con el interior acolchado y de limpio y blanco raso, que no sé por qué guardo; como si quisiese enfrascar el tiempo con ese reloj parado que yace ahí desde hace años. Lo bueno es que algunas de esas cajas están vacías. He hurgado hoy en el nicho en que guardo esos desechos, que es un cajón que contiene también un par de tarjeteros con un montón de tarjetas de visita. Tienen, la verdad, algo de funesto por el negro del escay y el dorado de sus letras y esquinas, como si esos tarjeteros estuviesen pensados para las últimas voluntades. Tienen ambos —solo tengo dos— veinte fundas cada uno de ellos y en cada una hay cuatro bolsitas que pueden contener dos tarjetas visibles, y como hay otras tarjetas sueltas y hay más de dos en cada receptáculo, creo que tengo a la vista doscientas y pico de tarjetas, varios papelitos con notas y el boletín de la inyección del tétanos de diciembre de 1996 que solo repetí en dos ocasiones más —hasta septiembre de 1997— y no cumplí, como era preceptivo, diez años después. Por fortuna, vivo sin secuelas de aquello. Se ve en la imagen el pasquín que me dieron en el hospital después de ponerme Anaxotal junto a la tarjeta de Miguel Murillo cuando era director de la Editora Regional de Extremadura (1993-1995). Tengo ahora presente uno de los poemas visuales de Antonio Gómez; el que cerró su libro De acá para allá (León, 2007), compuesto por veintiuna tarjetas personales, desde las bancarias o las sanitarias hasta las solidarias. Las mías son de otros: hay una de una empresa de diseño de muebles auxiliares de hierro al lado de la de un restaurante de Cáceres que ya no existe; hay otra de una carpintería del polígono de la Charca Musia frente a una de la casa que me puso las primeras persianas de esta casa. Tengo la tarjeta del director de un Máster de Edición de la Universidad de Salamanca, otra del director gerente de los Transportes Urbanos de Mérida, otra del jefe técnico de Canon en Cáceres, otra del que fue jefe de prensa y protocolo del Ayuntamiento del Real Sitio y Villa de Aranjuez, al lado de las de escritores como Rafael Courtoisie, Luis Javier Moreno (1945-2015), Antonio Onetti, Olvido García Valdés y Miguel Casado. Tengo también una tarjeta del Consejero Cultural de la Embajada de Egipto, el profesor Soliman El Altar, que lamento no recordar cómo ha llegado hasta aquí. Sí me acuerdo de Manuel Rodríguez Cancho con su tarjeta de la oficina de la candidatura de Cáceres 2016 cuando acepté colaborar en el proyecto antes de que se fuese al traste y de todas esas empresas aquí representadas de clima para el hogar, montaje de armarios, instalación de suelos que representan, cada una a su modo, la época en que dispuse el espacio en el que ahora vivo. No sé por cuánto tiempo, como dijo el otro.

miércoles, junio 06, 2018

Nimio

Es fascinante cómo han campado algunas palabras por los vastos  y a veces tornadizos territorios del uso lingüístico. Es el caso de nimio. Significa «Demasiado, excesivo, prolijo», como recogió el tomo cuarto del primer diccionario académico (1734), que ya avisaba, después de definir nimiedad como «exceso o demasía», que esta palabra, en el estilo familiar «se usa por poquedad o cortedad; y se debe corregir, pues significa esta voz totalmente lo contrario». Poco cuajó la advertencia, porque creo que, aunque en el diccionario actual convivan acepciones opuestas —«insignificante, sin importancia» junto a «excesivo, exagerado»—, todos consideramos que una nimiedad es algo que no tiene importancia y que algo nimio es insignificante. En latín no hay duda: nimius es «excesivo, abundante». Sin embargo, como se lee en el Diccionario crítico etimológico de Corominas-Pascual —en la imagen— «hoy esto no tiene remedio». Sea.

miércoles, mayo 30, 2018

La Pradera

Aula 30. Examen con tan solo tres alumnas de mi curso de Textos de la Literatura Española Contemporánea. Pronto darán las siete de la tarde de un miércoles de feria en esta ciudad que parece que ahora vive para eso, como siempre, a rachas, vive para algo siempre festivo. Qué alegría. «—Hay que reconocer —me ha dicho alguien— que la feria mueve mucho dinero». Y he dicho que sí. Eso ha sido esta mañana. En cuanto pueda, me marcho a casa. Ayer, poco antes de esta hora, eran las cinco y diez de la tarde, y como tantas, yo escuchaba Radio 3, Disco Grande, el magnífico programa que dirige y presenta Julio Ruiz. Me gusta esta emisora que frecuento —o esta frecuencia que emisoro— desde que arrancó en 1979 («Me dormía con Tris, tras, tres y me despertaba con Jack el despertador», me parece que dijo un oyente. Lo suscribo); porque abrieron, al lado de la extremeña de Campanario Cristina Martínez y los «Boss Hog», con el recuerdo en homenaje a María Dolores Pradera (1926-2018), que murió el lunes. Escuchar en Disco Grande «El rosario de mi madre» no deja de ser un acontecimiento muy significativo, una demostración de que gente como Julio Ruiz sabe lo que es dedicarse a la divulgación musical con la elegancia y el respeto de quien ama la música como una de las bellas artes. Belleza y arte estaban asociadas a María Dolores Pradera. Aula 30. Examen. Segunda tarde de feria. 

miércoles, mayo 23, 2018

Algo así

El pasado viernes estuve en Badajoz, en la inauguración de la Feria del Libro. Al recoger el coche para volver a Cáceres escuché y vi, en el interior de una cafetería que estaba echando el cierre cercana al Parque de San Francisco, a una camarera llorando. Me fijé después en que en la pared de la barra en la que recogía —aferrada con las dos manos al palo de una fregona— había un rótulo con una de esas frases sobre la felicidad que te invitan a que valores la vida, algo así como «La felicidad suele colarse por una puerta que no sabías que habías dejado abierta». Algo así. Me resultó tan extraño que me quedé allí parado y anduve un rato por la acera hasta la esquina que esa cafetería tiene con otra calle a la que da por las traseras el almacén del local. Y allí otra vez la chica llorando desconsoladamente, con un cigarrillo en los dedos y un pañuelo que se llevaba a los ojos y la nariz con la cabeza gacha como el que mira al suelo porque ha perdido algo. Me quedé allí un momento como si esperase a alguien que vendría a decirme que todo puede dar un giro de repente. Y regresé a la puerta principal para volver a leer la frase feliz, algo así como «La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía». Algo así. Pero ya el compañero de la joven, que me pareció demasiado tibio con el disgusto de ella y que había terminado de recoger las sillas de la terraza, había bajado la persiana metálica y cerrado ruidosamente la noche de ese pasado viernes y la racha de pena y de desolación de esa chica desconsolada. Fue algo así.

sábado, mayo 19, 2018

Trieste

Impresiona lo que la vida te da, incluso cuando te extravía o te arrincona en un lugar del que temes que no vas a salir nunca. Pero siempre, o casi siempre, se sale. Más de veinte años después de escribir a un novelista —hoy de mucha fama— sobre lo que dijo Pavese de que la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida, porque él lo recordó en una novela en la que al personaje le ocurría lo que a mí me ocurría, eso de que cuando alguien se siente de aquella manera —allí se decía «desgraciado»— indefectiblemente percibe que todas las cosas aluden a su situación o a su estado, he vuelto a sentir algo parecido. Perdón por el estrépito sintáctico; pero casi viene al caso. El caso es que leí hace más de dos meses Trieste (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017), de Urbano Pérez Sánchez (Hervás, 1981) y anoté «levedad» y «profundidad» como palabras relevantes, como sugerencias de lectura, de una primera lectura que quedó en aquel tiempo y a la que se le han sobrepuesto la que hago ahora y la que hice cuando el propio Urbano presentó el libro en la Feria del Libro de Cáceres el miércoles 25 de abril, cuando él habló de que su texto alude a otro de sus textos, su primer libro de poemas, Del tiempo los cambios (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010). Porque Trieste es un libro deliberada y afortunadamente autorreferencial, ensimismado, que tiene una ciudad italiana mitificada, tiene libros, tiene lecturas, y tiene, sobre todo, vida. Una vida en cuyas páginas hay tan solo una línea para escribir la vida. Desde «Salgo a comprar algunas cosas», «Creo que soy feliz. Trato de convencerme de ello», «Entonces me he despertado», «Me conocen todos. No me conoce nadie», hasta romper esa intención para demorarse en momentos tan introspectivos y sugerentes como el que dice, tan prolijo, «Como si fuera la conciencia de otra persona me digo: dile a tu cliente que la tristeza no se convierta en costumbre, que sea solo la elección de ciertas noches en las que no pasa nada y es suficiente. | Dile, mejor susúrrale: tu gloria, por diminuta que sea, por breve el momento en el que tenga lugar, es real». Quizá alguien pensará en que esta levedad tan breve no es comparable con el principio —y el final— de La comedia humana de Balzac, o con el combustible que tuvo que consumir Galdós para escribir lo que escribió. Me da igual como lector. Urbano Pérez ha dado con uno al que le caen bien estas maneras de hacer literatura de mimbres tan visibles. Por cierto, el novelista era Javier Cercas y la novela El vientre de la ballena (Barcelona, Tusquets Editores, 1997).

miércoles, mayo 16, 2018

Pedro


Cuando nació su hermana no pude comprar los periódicos del día porque cayó en Sábado Santo; pero cuando él nació sí. Mis ejemplares han amarilleado; y, sin embargo, el papel mantiene su prestancia, y diríase que es de mejor calidad que el actual. Tal día como hoy, aquel 16 de mayo de 1995, el diario Hoy traía en portada una fotografía de la confluencia de la calle Gil Cordero de Cáceres con Plaza de América llena de ovejas en un acto divulgativo de la tradición trashumante. Era alcalde de Cáceres Carlos Sánchez Polo y el músico Rades interpretó un concierto de cencerros con un instrumento que él llamó «tintinábulo». Fue cuando Carlos Ménem volvió a ganar las elecciones en Argentina y estaba secuestrado por ETA el empresario guipuzcoano José María Aldaya, para cuya localización Francia reforzó su ayuda al gobierno español, como llevó a portada El País de ese martes. Es curiosa la coincidencia; y es que Francisco Umbral tituló aquella mañana su columna de la última de El Mundo «La oveja», una tremenda alegoría en el contexto de las elecciones municipales sobre el episodio que sufrió el ministro de Agricultura Atienza, a quien lanzaron unos manifestantes una oveja al coche oficial. Entre los sucesos, «Tres menores de edad matan a palos a un anciano en Valencia». Lo que no recogieron aquellos periódicos fue el gran acontecimiento del día: la muerte de Lola Flores. Qué curioso también que ahora repare en que la abuela Justa de Pedro, mi madre, naciese el mismo año que «La Faraona» (1923). Nació Pedro ese día dieciséis de mayo de hace veintitrés años y hoy es una felicidad celebrarlo, aunque nos separen más de novecientos kilómetros; lo que hay de aquí a Barcelona, en donde vive un año crucial en su vida. La gente que lo conoce sabe que es especial. Podría poner nombres de muchos de sus amigos, de antiguos compañeros de clase en Cáceres o en Salamanca, de amigos míos, de familiares..., muchos. El de Gaby, una compañera actual de estudios, es el último que tengo. Le pide que se anime a ser él el que grabe la locución para un acto memorable de su promoción de máster. Una delicia. Cuando cumplió once años escribí también aquí. Ya era hora de volver a hacerlo. Felicidades.

martes, mayo 15, 2018

Pies

Esta tarde he leído en la consulta del podólogo un folletito satinado y en color con una docena de cuidados para el pie diabético. Todas las recomendaciones eran razonables, incluso —diría— de una obviedad obvia; desde la de usar un calzado cómodo hasta la de lavarse los pies todos los días. Así, hasta doce consejos, como el de consultar al podólogo si uno aprecia cualquier cosita mala en los pinreles. Lo que me ha llamado la atención de este dodecálogo que lleva la firma del Colegio Oficial de Podólogos de Extremadura ha sido la falta de cuidado con la lengua en la que está escrito. Como estoy acostumbrado a que algunas personas duden sobre estas reconvenciones, indicaré en cursiva dónde están los yerros: «Sequese los pies con cuidado»; «no olvidar sercar entre los dedos»; «si tiene problemas para mirarselos»; «las probabilidades de que surgan heridas»; «no fume y realize deporte sino está contraindicado». Estoy tan convencido de que hay que cuidar la salud del pie como un podólogo lo estará de expresarse bien por escrito. Así que lo uno por lo otro. A mí me arreglan los pies y yo les arreglo el folleto. Eso sí, gratis; porque yo pagué treinta y cinco euros por la consulta y ciento cincuenta por unas plantillas y todavía estoy esperando que alguien me envíe una factura con los impuestos debidamente recogidos. 

jueves, mayo 10, 2018

Ángel Campos Pámpano

Hoy habría cumplido años Ángel Campos Pámpano (1957-2008). Mañana, en su pueblo, en San Vicente de Alcántara, entregaremos el IV Premio de Poesía Joven que lleva su nombre a Isabel Maria Jaló Alexandre, de Grândola, una de las pocas estudiantes que de todos los institutos de Extremadura, del Alentejo y del Instituto Español de Lisboa ha respondido a este ofrecimiento en recuerdo de un poeta y profesor que lo dio todo por gestos como el que nos mueve desde que tenemos uso de razón literaria y desde cuatro ediciones por la memoria del poeta y del amigo. No comprendo por qué tantos profesores que conocieron a Ángel, que se dicen sus amigos, o tantos otros que no lo conocieron, y que dan clases en centros de enseñanza secundaria de Portugal y de Extremadura, no son capaces de motivar a sus estudiantes con inquietud por la literatura para que envíen sus poemas a un premio tan modesto como sentido. Dicho esto, produce sonrojo escribir que a la ganadora se le entregarán seiscientos euros, una obra original del pintor Javier Fernández de Molina y un ejemplar de la poesía reunida (La vida de otro modo) de Ángel Campos Pámpano. Como si esto fuese el reclamo.

martes, mayo 08, 2018

Lenguaje

Ayer publicó Álex Grijelmo en El País un artículo —«Un lenguaje que lo contaminó todo»— sobre la manera de expresarse en comunicados y declaraciones de la banda terrorista ETA, cuya obsesión «plasmada en su léxico consistía en verse como un ejército que defendía un hipotético Estado vasco y que hacía la guerra de igual a igual contra el Estado español y sus fuerzas armadas». Glosa el periodista palabras y sintagmas como grupo armado, prisioneros, conflicto vasco, activista o ejecuciones. Sin duda alguna, esa nomenclatura bien pensada para contaminarlo todo fue así; pero Grijelmo no se ha referido a cómo ha sido la respuesta del Estado español a ese lenguaje. Y solo voy a poner un ejemplo, con una palabra: derrota. En declaraciones de políticos, en editoriales o en artículos de opinantes se repite lo de la derrota de ETA. Ayer mismo, páginas atrás del artículo referido, publicaba Eduardo Madina otro, convencido y convincente, aunque no por su estilo —«A las personas dignas en aquella noche»—, en el que hablaba de «victoria» y escribía «derrota» tres veces. Dan por hecho que esto ha sido una guerra, un combate, o un conflicto, como siempre repitieron los terroristas. Y no. Cuando a un violador, a un secuestrador, a un extorsionador o a un asesino se les detiene nadie dice que han sido derrotados por la policía. ¿Entonces? Tendrá razón Álex Grijelmo: un lenguaje que lo ha contaminado todo.

lunes, mayo 07, 2018

Alonso Guerrero en el Aula HOY


Ayer supe que Alonso Guerrero viene a Cáceres, al Aula HOY (C/ Clavellinas, 7. 20:15 horas), a hablar sobre su reciente novela El amor de Penny Robinson (Córdoba, Berenice, 2018). Se dice en la promoción que la obra «es una ficción que pudo convertirse en realidad, pero también una realidad que necesita la ficción para parecer creíble», y también que es «una epopeya moderna». Todavía no la he leído. Si lo mediático no se impone sobre lo literario, pasaré a saludar a Alonso y a escuchar su intervención. El día de San Isidoro de hace ya once años vino a la Facultad de Filosofía y Letras a dar una conferencia y lo presenté recordando cómo respondió al cuestionario de la antología de nuevos y novísimos narradores extremeños Alquimia, de Moisés Cayetano Rosado (Editora Regional de Extremadura, 1985): «Mi obra es una bomba de relojería que me explota en las manos. Soy un escritor manco, escribo con la boca en los períodos de convalecencia. […] Escribir es una fecundación, una mitosis, convertir dos vivencias en una sola vivencia artística, personal, lo más inverosímil posible, ya que la literatura no es una cuestión de verosimilitud, sino de creatividad. […] Los libros me han ayudado a ver la vida y el mundo de otra manera, esa es la manera en que escribo. Mi corto curriculum literario, que ha sido mi obsesión por escribir, no ha sufrido nunca desánimos». En 2004 publicó una colección de cuentos en Del Oeste Ediciones bajo el título De la indigencia a la literatura, que aquel día yo recordé para aludir a un texto, «Cada uno por su zurra”, que representaba bien las virtudes literarias de Alonso Guerrero. El cuento está escrito en primera persona, y en él, el protagonista, un chico de doce años,  cuenta cómo acude con su abuelo al rebusco de la uva, con el objeto de sacarse unas trescientas pesetas, las necesarias para comprarse dos tomos en rústica que llevaba admirando varias semanas en el escaparate de una librería: Crimen y Castigo, de un tal Dostoievski. El botín de diez arrobas de uva lo cargan en una bicicleta y sufren lo indecible por un tremendo aguacero que intentan combatir bajo un paraguas portugués, grande como una carpa de circo, atado a la barra de la bici. «Deja que la uva se moje, así pesa más», le decía el abuelo al protagonista. La anécdota del relato, llena de contratiempos hasta que logran llegar a la bodega a pesar la uva, se convierte en una espléndida evocación del camino elegido hace tanto tiempo por Alonso Guerrero de dedicarse a la escritura, en la evocación del día de un descubrimiento, una revelación: haber nacido escritor.

sábado, mayo 05, 2018

Literatura

Es verdad que el Diccionario de la Lengua Española, el de la Academia, trae como sexta acepción de la palabra «literatura», en uso coloquial, la remisión al artículo «palabrería», que es «f. Abundancia de palabras vanas y ociosas», y que la declaración que he leído hoy en HOY de José Antonio Monago («Los ganaderos necesitan menos literatura y más ayudas») es conforme con ese significado; pero tengo que reconocer que la he sentido, como escribió Lorca, como una uña que aprieta en el tallo de mi vocación y de mi vida. ¿Qué se le habrá pasado por el magín al expresidente de la Junta de Extremadura para contraponer tan negativamente una palabra tan cargada de belleza a la necesidad imperiosa de los ganaderos extremeños? Ni siquiera el excelso Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, es tan desfavorable con «literatura» como lo es la RAE desde, más o menos, creo, los años ochenta, pues añade al arte que consiste en la utilización estética del lenguaje, especialmente escrito, otras definiciones como palabras dichas con arte o artificio para disimular una realidad poco grata (como cuando en Anillos de oro (1985), Ana Diosdado escribe: «Para decirme que te has cansado de mí, no hace falta que le eches tanta literatura»). Y luego está el uso que algunos le dan como prospecto o texto explicativo que se incluye en el envase de un producto farmacéutico. Pues eso, que si hay otros sinónimos de palabrería, qué necesidad habrá de apoyar a los ganaderos con la cara más sucia de una palabra tan hermosa como literatura.

viernes, mayo 04, 2018

Hartzenbusch


No nos conocíamos mucho; pero este hombre se ha venido a vivir a mi casa y parece que no quiere irse. Yo, encantado.

jueves, mayo 03, 2018

ETA


© Reuters. Susana Vera
No sé cómo titular esta entrada así: ETA. En mis apuntaciones para el blog hay varias que esperan, todavía en fárfara, para abrir este mes de mayo; y me alegro de que la noticia de hoy haya sido, desde la hora de la comida, la disolución de la banda asesina ETA, y que se anteponga a todo. Me he acordado de las veces que aquí he escrito sobre ello, y de cómo me alegré de aquel «alto el fuego permanente» de marzo de 2006 y cómo todo se deshizo con sangre y dolor por la bomba en Barajas a finales de diciembre de ese año. Luego vino el «alto el fuego permanente y verificable» y meses más tarde el abandono de las armas, en octubre de 2011. Hoy escribía en la mesa de mi cocina, como siempre escuchando la radio, y pensaba en esta jornada histórica, aunque solo fuese por el cambio de la programación de todos los días, por no haber escuchado el telegrama de Miguel Ángel Aguilar, ni la intervención de Juan Cruz, ni las conexiones locales en «Hora 14», que se ha comido —afortunadamente— la estentórea información deportiva. Para celebrar. Sin más ambages sobre víctimas de una u otra categoría. Qué terrible inutilidad todo, qué disparatada estupidez, qué estremecimiento pensar en todos los muertos, aunque los haya más notorios o más espantosos, desde el extremeño Wenceslao Maya (1987), el padre de una alumna mía, Francisco Tomás y Valiente (1996) o  Miguel Ángel Blanco (1997), hasta Ernest Lluch (2000). Qué tremendo todo. Me da igual que ETA haya desaparecido para seguir defendiendo el acercamiento de los presos al País Vasco. Lo único que espero es no confundirme, como en aquel brindis de 2006.

jueves, abril 26, 2018

Día de Letras en Cáceres


Con motivo de la festividad de San Isidoro de Sevilla, patrón de mi Facultad, se celebra mañana viernes 27 de abril el Día de Letras en Cáceres. En el Instituto de Lenguas Modernas (Avda. de la Montaña, 14), por la mañana, desde las diez hasta la una, un grupo de profesores ofrecerán unas microconferencias de quince minutos cada una sobre asuntos de nuestro ámbito de estudio dirigidas a alumnos de los institutos de Enseñanza Secundaria de la región. Felipe Leco Berrocal («Geograficando tu piel»); Moisés Bazán de Huerta («Inspirarte»); Encarnación Pérez («False friends o los falsos ¿amigos?»); Pilar Galán («De Cicerón a la sordera de Beethoven. Razones de una pasión por la enseñanza»); Pedro E. López («Pasear la ciudad para aprehenderla: pasear por Cáceres»); Atilana Guerrero («Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla»); Sigfrido Vázquez («¿Qué ha hecho América por nosotros?»); Carmen Galán («Del bisonte al whatsApp») e Isabelle Moreels («Amor en París: el señuelo del cine francés traducido al español»). Por la tarde, a las 20:30, y tras la entrega de reconocimientos a personas especialmente destacadas de la Facultad, el catedrático de Historia Contemporánea de la UEX Enrique Moradiellos dará una conferencia titulada «La sombra de Franco es alargada». Es la quinta edición, desde 2013, de este Día de Letras en Cáceres y doy fe de que en estos años ha resultado muy atractivo para los chavales de los institutos que se forman y divierten por la mañana con estas píldoras de formación muy digeribles, y para el público en general que a la caída de la tarde acude a este ejemplo de extensión universitaria en el centro de la ciudad. Se clausurará la jornada con una actuación musical de mi compañera del área de Lingüística General Maribel Rodríguez Ponce, del grupo vocal Son del Rosel. La entrada será libre, hasta completar el aforo del salón de actos del Instituto de Lenguas Modernas.

miércoles, abril 25, 2018

Cáceres, moderna y cosmopolita


© Jorge Rey. Diario HOY
«La regla de la creencia del vulgo es la posesión. Sus ascendientes son sus oráculos; y mira como una especie de impiedad, no creer lo que creyeron aquellos. No cuida de examinar qué origen tiene la noticia: bástale saber, que es algo antigua para venerarla, a manera de los egipcios que adoraban el Nilo, ignorando dónde o cómo nacía, y sin otro conocimiento que el que venía de lejos. […] ¡Qué quimeras, qué extravagancias no se conservan en los pueblos a la sombra del vano pero ostentoso título de tradición! ¿No es cosa para perderse de risa el oír en este, en aquel, y en el otro país, no sólo a rústicos y niños; pero aun a venerados sacerdotes, que en tal o tal parte hay una mora encantada, la cual se ha aparecido diferentes veces? Así se lo oyeron a sus padres y abuelos, y no es menester más. Si los apuran, alegarán testigos vivos que la vieron; pues en ningún país faltan embusteros que se complacen en confirmar tales patrañas. […] Esto es lo que siempre sucedió; esto es lo que siempre sucederá; y esto es lo que eterniza las tradiciones más mal fundadas, por más que para algunos sabios sea su falsedad visible. Una especie de tiranía intolerable ejerce la turba ignorante sobre lo poco que hay de gente entendida, que es precisarla a aprobar aquellas vanas creencias que recibieron de sus mayores, especialmente si tocan en materia de religión. Es ídolo del vulgo el error hereditario. Cualquiera que pretende derribarle, incurre, sobre el odio público, la nota de sacrílego. En el que con razón disiente a mal tejidas fábulas, se llama impiedad la discreción; y en el que simplemente cree, obtiene nombre de religión la necedad. Dícese, que piadosamente se cree tal o tal cosa. Es menester para que se crea piadosamente, el que se crea prudentemente; porque es imposible verdadera piedad, así como otra cualquiera especie de virtud que no esté acompañada de prudencia». Discurso XVI del tomo V del Teatro crítico universal, de Benito Jerónimo Feijoo —«Tradiciones populares» lo tituló, en 1733, hace doscientos ochenta y cinco años. Ahí es nada. La foto de Jorge Rey que veo en la edición digital de su periódico, el HOY, es de esta tarde, en el momento, según dice el pie, de la entrega «del bastón de mando de la ciudad a la Patrona, a su llegada a Fuente Concejo». El bastón de mando, sí. Otra metáfora.

martes, abril 24, 2018

En el día siguiente del Día del Libro


El caso es como sigue. I, que viene todas las semanas a casa para salvarme de la plancha y de la limpieza menos rutinaria, me ha traído este libro para que yo lo devuelva a la Biblioteca de la Facultad de Derecho de Cáceres. Quien lo recibió en préstamo fue una estudiante mexicana que tenía que haberlo devuelto antes del 19 de enero de 2015. El marido de I acaba de traspasar el bar que tenía en La Madrila cacereña y el libro ha aparecido entre decenas de objetos al recoger la trastienda. No sé si es habitual dejar libros en los bares; pero me imagino que este ha estado unos años rodeado de llaveros con llaves, de fundas de gafas, de sudores sin fruto después de un baile, de la carcasa de un teléfono móvil, de bufandas y de guantes, o de los restos de un anhelo en la noche. El marido de X debe de saber de esto y ha contado que aquella chica encomendó la devolución del manual a un amigo que terminó muy borracho una noche de farra y olvidó el encargo. Allí estuvo hasta ahora, que está a buen recaudo para ser devuelto mañana a su estante. Debe de ser un libro útil, aunque no está bien escrito, por ese mal entendido lenguaje espeso de los textos legales, con gerundios inoperantes, puntuación incorrecta y redundancias. Escribe un lego —yo— en estas materias, que reconoce que este Manual sobre protección de consumidores y usuarios de Carlos Lasarte Álvarez, cuya cuarta edición revisada y actualizada es la de la imagen, la que se llevó la estudiante mexicana que igual algún día me lee, va ya por la novena edición según la página de su especializada editorial Dykinson. No he podido evitar reseñar el asunto, con permiso de I.

lunes, abril 23, 2018

En el Día del Libro


No sé si es el libro más gordo que tengo en casa. No lo traigo aquí por eso, aunque tiene dos mil páginas. Esta colosal edición ideada a comienzos de este siglo por Manuel Hermínio Monteiro (1952-2001) en su editorial lisboeta Assírio & Alvim me apetece que represente la celebración de un día como hoy. Rosa do mundo. 2001 poemas para o futuro es un gran monumento a la lectura y a la poesía, y «é uma obra colectiva feita por muitas dezenas de pessoas com sensibilidades diferentes, mas tendo em comum o grande amor pela poesia. Trata-se de uma obra ambiciosa, procurando abarcar a poesia conhecida ao longo da História, desde as civilizações mais remotas até aos autores nascidos en 1945», porque sus editores —yo creo que Hermínio— entendieron que ese límite temporal abarcaba la producción poética de su momento presente. Supongo que C. recuerda que me regaló este libro en la Librería Lello de Oporto —y aquí lo puse—, como yo recuerdo aquella tarde de principios de junio de 2001, en Lisboa, cuando lo de Hermínio, y cuando Ángel Campos Pámpano (1957-2008) me abrazó en aquella calle del Bairro Alto para darme noticia de su muerte y me dijo que había visto en la mesilla de su dormitorio, al lado de su cama, este tomo, Rosa do mundo. Qué mejor recuerdo de Hermínio que un libro editado por él. Encuentro en las páginas 997 y 998 el primer poema de Juan Meléndez Valdés que he leído en portugués: «Aos meus leitores» («Não co'esta amena lira / hão-de ser en ais tristes / chorados os azares / do reis pouco felizes […]». Aquí dejo este trozo. Por cierto, nunca he estado más solo que a la una, cuando pasaba hoy por el Gran Teatro de Cáceres tentado de entrar para leer, como otros años, algún fragmento de un libro en ese acto que hoy me ha parecido públicamente desamparado, casi desatendido por todos los que pasábamos por las aceras de San Antón. Yo llevaba uno en mis manos recién comprado. Ya hablaré de él, porque me está interesando, por lo que tiene de crónica íntima, de desgarro, de emoción —ay, las solapas—, o porque leí lo que sobre él escribió Juan José Millás,  y sobre su autor, a quien deseó con buen ánimo «que Dios confunda por rompernos el alma». Yo, todavía, no me lo creo. Tengo que leerlo; que para eso estamos en el día del libro. Mustia esta fiesta local de mi casa con uno de los libros más gordos que tengo. Y hermoso.

viernes, abril 20, 2018

Conversaciones en Extremadura


Ahora no pongo en pie cuándo pude leer este libro que encontré hace unos meses en Badajoz, en la librería y churrería «aAaaa», la de la Plaza Alta, como su propio nombre indica. Conversaciones en Extremadura, de Marciano Rivero Breña (Badajoz, Universitas Editorial, 1981) formaba parte de una biblioteca familiar; quizá la de uno de mis hermanos, en la que, por un ejemplar como éste, leí las entrevistas que Rivero Breña hizo —entre junio y diciembre de 1980— a personajes extremeños significados en los tiempos de la transición y de la construcción de una Extremadura que fue y que quizá por ello es lo que es: Pablo Castellano, Ricardo Senabre, Adolfo Maíllo, Víctor Chamorro, Juan Barjola, José Antonio Gabriel y Galán, Enrique Sánchez de León, Jesús Vicente Chamorro, Juan Rovira Tarazona, Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona y Antonio Hernández Gil. No sé cómo diría hoy José Julián Barriga, autor del prólogo de aquel libro, la importancia que tuvieron todos los personajes con sus responsabilidades en aquellos tiempos; pero estoy seguro de que expresiones como «páramo cultural» o «pionero» hoy deberían tener otro significado. De aquella lectura, durante muchos años retuve y repetí como un testimonio de una época una frase de Ricardo Senabre en la que decía que la ubicación de la Universidad de Extremadura se la habían querido jugar a los chinos. Muchas veces he dudado sobre la exactitud de aquella declaración, de si era una deturpación mía; pero ahora puedo retomar las palabras del fundador del Colegio Universitario de Cáceres: «La Universidad de Extremadura tomó cuerpo en el año 1974, y en cuanto a su lugar de emplazamiento casi, casi, se la juegan a los chinos por indicación del que entonces era director general de Universidades, el catedrático de Historia, Luis Suárez Fernández, quien en presencia de las autoridades de Badajoz y Cáceres, reunidas con él en Mérida, propuso por tres veces consecutivas y con la más absoluta seriedad, o al menos así les pareció a todos los asistentes, el que se jugaran a los chinos la ubicación de esta Universidad» (pág. 60). Rivero Breña le interpeló como si no le creyese: «Pero así; jugársela a los chinos»; sobre lo que Senabre insistió: «Sí, sí. Como lo oye. En presencia de los presidentes de Diputación, gobernadores civiles y alcaldes de las dos capitales extremeñas. Hay por tanto seis testigos que podrían ratificar esta afirmación. Y no creo que nadie pueda dudar de seis testimonios unánimes, procedentes de personas adultas que tienen una responsabilidad política. La reacción de estas seis personas fue de absoluto estupor ante tamaño disparate» (págs. 60-61). Aquel disparate se evitó y la Universidad de Extremadura fue la primera en España que tuvo sus facultades distribuidas en más de una provincia. En muchas ocasiones, los libros nos traen recuerdos personales; pero no siempre, como es el caso, nos los aclaran y precisan.

jueves, abril 19, 2018

Fraude

Cualquiera lo diría. Ayer, por una friolera, di en el diccionario con la palabra «fraude» y hoy parece que me he quedado a vivir en ella. Me la he encontrado en los tenebrosos rincones de mi cerebro, como escribió Bécquer, aunque suele ir por la calle relacionada con lo fiscal, lo dinerario. Parece, pues, que el fraude es un delito más sofisticado. Y «sofisticado» es un adjetivo que viene de un verbo transitivo de la primera conjugación mucho más contundente que el derivado: «Falsificar o corromper algo». No sé dónde leí esto de Luis Landero, con motivo de la publicación de La vida negociable: «Somos una tribu que no hay modo de cohesionar y llevamos cinco siglos intentándolo. Hay motivos para no amar a España, que ha sido gobernada por clérigos, militares y aristócratas, pero hay otros motivos para amarla profundamente: Cervantes, Jovellanos, Machado, Azaña... Para mí, a pesar de esa historia descarriada, a España siempre la llevo en el corazón». Yo también; pero sigo dando vueltas a lo del fraude. A lo que me atañe. Me importa. Mucho.

miércoles, abril 18, 2018

DLE


Acabo de saber que todas y cada una de las palabras de la definición de una entrada de la edición del Diccionario de la Lengua Española en la web de la RAE son vínculos que llevan a las definiciones de sí mismas. Que si yo busco «fraude» y me da como resultado «1. m. Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete», y clico en «perjudica», llego a «1. tr. Ocasionar daño o menoscabo material o moral. U. t. c. prnl.». Es genial esto y yo soy un ignorante. Y más. Vamos, como en la edición en papel; pero con alguna diferencia.

martes, abril 17, 2018

Vicente Cervera en Letras

Ayer, al terminar una reunión, me despedí de unos colegas diciéndoles que iba a una conferencia a formarme. Era la de Vicente Cervera Salinas, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia. Fue en el aula 27, en la que mi compañero Ignacio Úzquiza da sus clases —de 13:00 a 15:00— de Fundamentos de la Literatura Hispanoamericana en el primer curso del grado de Filología Hispánica. Dije «formarme» y me formé. Vicente Cervera dio ayer una clase magistral sobre Jorge Luis Borges que vino a ser una de las más ilustrativas introducciones —e incitaciones a su lectura, en la medida correcta de quien se dirige a estudiantes que no saben, o no manifiestan saber, en qué siglo escribió ese escritor argentino— que yo he conocido sobre la trayectoria literaria del autor de El hacedor, libro al que Cervera aludió en varios momentos de su intervención. Faltaron los textos. Qué bien habría estado mostrar —y tenemos medios en el aula—, qué sé yo, el «Poema de los dones» —cuyos primeros versos Vicente Cervera recitó de memoria—: «Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / De Dios, que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche.», o algunas de las pocas porciones de «El inmortal», de El Aleph. O la dedicatoria imposible de El hacedor a Leopoldo Lugones, que fue como un resumen de la charla de un Vicente Cervera que acabó leyendo, también de memoria, el soneto «Everness», de El otro, el mismo, para hablar de la memoria; y un poema propio, de un libro, El alma oblicua (Verbum, 2003). Le dije al final de su charla que mi primera conferencia como profesor, hace ya más de treinta años, fue sobre la poesía de Borges, a la que él dedicó su tesis, que defendió en 1989; que compré poco después de su publicación Los conjurados (1985), el último libro del maestro; y ahora le diría que en las primeras páginas de mi ejemplar de ese poemario acabo de encontrarme un recorte abarquillado —por el color— de El País, de 30 de abril del año de su muerte —1986— titulado «Del cielo y del infierno», a cuyo sentido Vicente Cervera aludió ayer en varios momentos de su clase. Una clase sencilla y magistral.

miércoles, abril 11, 2018

Javier Cercas con asterisco


Mañana será la última de las dos sesiones de dos horas que voy a dedicar este curso a Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y la primera vez que lo haga a partir de una edición anotada, muy rigurosa, muy bien hecha, y muy reciente —hasta noviembre de 2017 no me llegó mi ejemplar— que ha publicado Ediciones Cátedra en su colección Letras Hispánicas: Javier Cercas, Soldados de Salamina. Edición de Domingo Ródenas de Moya. Madrid, Ediciones Cátedra (Col. «Letras Hispánicas», 790), 2017). No hace tanto que programé por primera vez esta excepcional novela —dice Domingo Ródenas que dijo «en 2010 el premio Nobel japonés Kenzaburo Oé que Soldados de Salamina le pareció "una obra maestra" y no seré yo quien le contradiga» (pág. 172)— en mis clases de cuarto de Filología Hispánica, y ha sido una satisfacción en estos años incorporar novedades editoriales sobre el texto que nos ocupa. En el curso pasado fue la «edición escolar» con prólogo de Ángel Esteban y material didáctico de Yannelys Aparicio y Ángel Esteban (Madrid, Debolsillo, 2016), y ahora este espléndido estudio que rodea a un texto que se convirtió en un fenómeno editorial. Una edición como la que ha elaborado Domingo Ródenas de Moya es más que un estudio. Lo es, pero quintaesenciado, reduplicado. La introducción tiene más de ciento cincuenta páginas, y pocas veces tiene tanta justificación tal prolijidad, que aborda la novela como fenómeno de sociología literaria; a su autor, antes y después de Soldados de Salamina; que analiza su concepto de novela —otra vez el punto ciego—; que recorre el texto y su ficción y su realidad; que se detiene en las articulaciones del discurso narrativo —el contrapunto cómico del personaje de Conchi, el relato real, la figura del padre...— y en el tema del heroísmo; que, en fin, interpreta con justeza la obra y responde a muchas de sus miopes e injustas lecturas. Tanto esta introducción como la bibliografía están actualizadas hasta —supongo— no mucho antes de la aparición de la edición, pues se tiene en cuenta la última novela de Cercas, El monarca de las sombras, que tuvo fecha de febrero de 2017. Soldados de Salamina se anota con más de cien notas al pie, muy esclarecedoras, y se culmina con la relación de variantes entre la primera edición y la versión que estableció Cercas en 2015, y con unos apéndices con el epílogo a esa edición, aquel artículo determinante de Vargas Llosa en septiembre de 2001 que aceleró el éxito, y unos textos de Eugenio Montes, Jorge Luis Borges y Thomas Hardy que vienen al pelo para leer a ese Cercas. Ese Cercas que parece un nombre en plural. Más bien dual, lo que justifica la tercera nota de la introducción de esta gran edición: «Como marca de discriminación entre el Javier Cercas real (el autor) y el Javier Cercas ficticio (el narrador), distinguiré a este segundo con un asterisco (*)». Eso sí, yo habría añadido a lo de narrador un matiz: «el personaje».

lunes, abril 02, 2018

La detonación


De mi blog de clases El trabajo gustoso. 
Nunca había programado en clase esta obra de Buero Vallejo, que fue la primera que estrenó muerto el dictador y después de la restauración de unas elecciones libres en junio de 1977, desde las últimas, en febrero de 1936. La mayor parte de mis alumnas —y J.M y C.— la leerán por la edición recomendada, la de Virtudes Serrano (Antonio Buero Vallejo, La detonación. Edición de Virtudes Serrano. Madrid, Ediciones Cátedra, Col. Letras Hispánicas, 636, 2009), que concluye su introducción con palabras que haré mías el primer día que explique la obra en clase: «La detonación sigue siendo una obra imprescindible dentro del teatro español desde la segunda mitad del siglo XX. La doble lectura histórica que propone no ha perdido actualidad más de treinta años después de su estreno, sino que ha ampliado su significado por recuperar para el lector más joven la memoria de un pasado próximo, hoy para muchos ajeno» (pág. 64). Ojalá pueda confirmar esa vigencia de este «drama subjetivo» —como lo denominó Luis Iglesias Feijoo en su clarividente y documentado estudio sobre el teatro de Buero, La trayectoria dramática de Antonio Buero Vallejo (1982)—; porque para mí es eso, más un drama subjetivo que un drama histórico en el que el autor supo manejar muy bien la ambientación en una época y unos personajes tan significativos. Crea la atmósfera histórica para sugerir algo importante e idéntico a la teatralidad que interpela al público contemporáneo. Me he detenido esta tarde en el momento de la segunda parte de la obra en el que Buero hace que los personajes de Espronceda y Larra, muy críticos con la desamortización —«Una farsa indignante», dice Fígaro— visiten a Mendizábal para comunicarle sus reparos. El ministro dice que «La plebe es ignorante. Darle hoy el voto sería el caos. Y todos hemos visto lo que sucede entonces. Asesinatos, motines...». A lo que Larra devuelve: «El poder también asesina»; y poco después, el escritor Buero hace decir al escritor Larra, dirigiéndose a Mendizábal, que «Usted ha sido un político desterrado por servir a la libertad, pero no nos ha dado libertad. Usted ha defendido la causa popular en sus discursos, pero es usted un millonario opulento, y su desamortización es otra hábil jugada de bolsa a favor de los ricos, no de los braceros. En resumen: usted inaugura otra sustanciosa etapa de privilegios. Y nosotros, aunque nos multe o nos encarcele, lo diremos.» A lo que Espronceda, escribe Buero, añade: «Hago mías las palabras de Larra. Y agrego que acaso nadie haya querido ayudarle mejor que nosotros». En la obra también sale Calatrava, un paisano extremeño querido, que era Presidente del Consejo de Ministros cuando Larra se pegó el tiro. En fin, qué delicia preparar clases así. Y, por cierto, la imagen de arriba es como esas que leemos en la prensa diaria, cuando dicen que la infografía es de «elaboración propia». Sí, la mía también, a partir de las ilustraciones de una crítica de Carlos Seco Serrano, el gran especialista en el escritor romántico, publicada en ABC en diciembre de 1977, en la que se notó más al especialista en Larra que al espectador de teatro. Hace cuarenta años.


domingo, abril 01, 2018

Los libros de allí

Hay veces que, aquí, solo, sentado en mi escritorio, necesito salir a buscar un libro que está fuera de este cuarto, en la habitación de J., por ejemplo. Allí están, mayormente, los de poesía española contemporánea. Para llegar tengo que cruzar el salón y —es curioso— me quedo parado por si hay alguien y tengo que saludar, como si tuviese que dar las buenas noches a quien, sentado en el sofá, espera no sé qué cosa. Es verdad, siempre me pasa por las noches. La otra noche había alguien. Estoy convencido. No tuve que saludar a nadie en el salón; pero el libro apareció en mi mesa. Nota de filólogo: si lo de arriba fuese un texto importante, por ejemplo, el poema de un gran poeta, y hubiese sido escrito como yo lo he creado, finalmente, con esfuerzo; entonces, si yo, como así ha sido, no he guardado ninguna de las seis versiones de esas líneas que escribí antes de publicarlas, no habrá textos previos, no habrá ante-textos, o habrá poco de algo. Me da igual el soporte, aunque yo esté aún acostumbrado a trabajar con papel; pero lo que digo, la historia textual de lo escrito cabría perfectamente en los nuevos formatos. Siempre que el escritor guardase las diferentes versiones de su texto. Difícil en los tiempos que corren. Yo, que quiero dedicarme a esto, pido a los que escriben que guarden las versiones previas a aquello que puede ser importante. Nota de usuario: llevo meses intentando recuperar centenares de páginas que escribí, en varias versiones, y no hay manera de que sistema alguno lea el formato en el que las escribí en su día. Vértigo.

viernes, marzo 30, 2018

Al amor de Julia


Muchas veces no apreciamos la poesía que tiene la vida, su fonoestilística, la función expresiva de su lenguaje, aun cuando este sea áspero y desabrido. Nos cuesta encontrar ese valor poético de la existencia bajo el nublado de una desgracia, de un desamor, de un decaimiento. Nos cuesta; pero ahí está. Basta con pararse un poco a pensar en esa presencia. Afortunadamente, he tenido y sigo teniendo medios para encontrar su verdad, y uno de esos medios he de sumarlo al de la admiración que siento por la belleza que crean los artistas, y es tener a mis hijos. A Julia y a su hermano Pedro. Este año vuelvo sobre ella. Llevo así veintisiete con este. Hoy es su aniversario; y yo quiero felicitarla con este mensaje. Porque he vivido con ella mucho y quiero que sea así todos los días de mi vida. Felicidades, Julia.

jueves, marzo 29, 2018

Afectos


© El Periódico Extremadura. Fotografía de Antonio Martín
La lectura de la prensa de este pasado lunes de pasión, día de intenso trabajo en casa, me deparó dos buenos afectos de los buenos. Suele pasar cuando uno lee bien escrito aquello en lo que está pensando o lo que uno cree. Me ocurrió con el valiente artículo —con la que cae en Semana Santa, sobre todo, aquí, en Cáceres, hasta en mi calle (tengo video)— del historiador César Rina en Hoy (26.3.2018, p. 20) con el título de «Santa heterodoxia», que propone una contestación al discurso de sahumerio que nos llega de una parte —la más farisea— de quienes difunden una oficialidad semanasantera que no reconoce la integración en ella de un montón de ideologías y sentires. No es nuevo su interés por esto, pues fue premiado con el «Arturo Barea» por su estudio Los imaginarios franquistas y la religiosidad popular 1936-1949, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2015. La lectura de ese artículo me ha explicado meridianamente la imagen del domingo al lado de mi casa, en las traseras de la iglesia de San Juan: César Rina con su hábito de la cofradía de los Ramos esperando a procesionar por las calles de Cáceres. Una imagen edificante que me reafirma en mi disposición de alisar mis prejuicios. El otro caso es de una afinidad que ha venido a ser un enamoramiento incondicional por Maria Josep Estanyol, que lleva cuarenta y tres años dando clases de fenicio en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. Sí, dando clases de fenicio. Tiene 67 años y a mí no me importa la diferencia de edad, que no es tanta. De verdad; ni la lengua muerta. Admirable. No sé.

martes, marzo 27, 2018

Día Mundial del Teatro


Hoy, Día Mundial del Teatro, me he acordado de esta foto del patio de butacas del Gran Teatro de Cáceres vacío. Estaba con Isidro Timón, que era su director. Él sabrá decirme si fue en 2010, hace ocho años, o antes. Y yo tenía un teléfono móvil muy malo para hacer fotografías; pero esa mañana no quise dejar pasar el momento sin llevarme la imagen. Me he acordado de esta foto cuando he leído en el comunicado por el Día Mundial del Teatro que ha escrito la periodista mexicana Sabina Berman lo de desnudar al teatro: «Quitémosle al teatro todo lo superfluo. Desnudémoslo. Porque mientras más sencillo el teatro, más apto para recordarnos lo único innegable: somos mientras somos en el tiempo, somos mientras somos carne y huesos y un corazón latiendo en nuestros pechos. Somos aquí y ahora solamente. Viva el teatro. El arte más antiguo. El arte más presente. El arte más asombroso. Viva el teatro». Sí.