jueves, junio 21, 2018

En torno a Torres Naharro


Aprovechando la representación de esta noche (22:30 en el Palacio de las Veletas) de la Comedia Aquilana, de Bartolomé de Torres Naharro, por la Compañía Nao d'amores y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el XXIX Festival de Teatro Clásico de Cáceres, se celebra esta tarde un encuentro «Resucitar a Torres Naharro», en el que participarán los actores y músicos que participan en el montaje, junto a su directora, Ana Zamora, y al profesor de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, que fue el director del Congreso «Bartolomé de Torres Naharro en los orígenes del teatro renacentista español», celebrado en Torre de Miguel Sesmero y Cáceres en octubre del año pasado. Hace unos años, en 2012, celebramos un encuentro parecido en torno a la representación de las Farsas y églogas de Lucas Fernández, en el mismo espacio, el patio de la Biblioteca Alonso Zamora Vicente, y el formato y los contenidos resultaron muy atractivos, como esta tarde ocurrirá igualmente. Será a las 19:00 horas (Biblioteca Zamora Vicente. C/ Cuesta de Aldana, 5. Cáceres) y la entrada libre hasta completar aforo.

miércoles, junio 20, 2018

Oeste XXI en el Congreso de la Asociación Hispánica de Humanidades

Participo hoy en una mesa redonda en el IX Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Humanidades, que ha comenzado esta mañana en Cáceres (en el Instituto de Lenguas Modernas) y que durará hasta el viernes 22, cuando se clausure tras una conferencia plenaria de Malcolm Compitello, de la Universidad de Arizona, sobre «Cartografías culturales españolas modernas». El programa es nutridísimo —el libro editado con todos sus contenidos tiene ciento sesenta y cinco páginas, casi tantas como congresistas participantes— y es todo un acontecimiento que la ciudad de Cáceres acoja esta reunión científica que ha adoptado el título de Aportaciones y retos de la tradición cultural hispánica en una sociedad global. La mesa de esta tarde (19:30 horas) tiene el epígrafe «Oeste XXI», para tratar las artes y las letras en la Extremadura contemporánea, sobre cómo se ha superado la noción localista de una cultura «extremeña» para incorporar Extremadura como espacio de referencia de una creación artística de calidad, y referente en un ámbito internacional. Las obras de quienes intervienen en la mesa de debate lo muestran. Dos poetas —Ada Salas y Álvaro Valverde—, un artista plástico —Hilario Bravo— y una cineasta —Irene Cardona.

miércoles, junio 13, 2018

La de San Antonio de 1823

Hoy se cumplen ciento noventa y cinco años de aquel desastre. Fue otro 13 de junio. Absolutistas contra liberales —«las dos Españas»— en aquella segunda invasión francesa que aniquiló el Trienio y aquel saqueo terrible que el pueblo de Sevilla hizo de los bienes de la comitiva liberal que embarcaba en el Guadalquivir y huía hacia Cádiz. Muchas víctimas respetables e ilustres; pero, sobre todas ellas, a una, la del extremeño Bartolomé José Gallardo, le ocurrió un suceso que sigue clamando al cielo. Cinco serones, un cajón, una maleta negra con dos candados, una escribanía de palo rosa y un gran baúl patente inglés negro, con dos candados y una chapa de bronce con las iniciales B.J.G. Muchos de sus papeles manuscritos e impresos desaparecidos en las oscuras aguas del río. Una Historia crítica del ingenio español, un Romancero y un Cancionero, un Teatro antiguo español y su Historia crítica, una Filosofía de la Lengua Castellana, un Diccionario autorizado de la lengua castellana..., proyectos todos de Gallardo, junto a casi dos centenares de libros, se perdieron en La de San Antonio de 1823, que es como subtituló —gran hallazgo parentético— esa otra cumbre de la historia cultural de Extremadura, que fue don Antonio Rodríguez-Moñino, su libro Historia de una infamia bibliográfica (Editorial Castalia, 1965), el brillantísimo estudio bibliográfico sobre la realidad y la leyenda de lo sucedido con los libros y papeles de Bartolomé José Gallardo aquel día de junio de hace ahora ciento noventa y cinco años.

martes, junio 12, 2018

Autobiografía (I)

Siempre que veo el estuche de un reloj antiguo me acuerdo de mi padre (1915-1992), que guardaba el de un Omega de oro que estimaba mucho y que luego llevó puesto mi madre (1923-2016) hasta sus últimos años. Son como pequeños féretros de un lujo doméstico, con el interior acolchado y de limpio y blanco raso, que no sé por qué guardo; como si quisiese enfrascar el tiempo con ese reloj parado que yace ahí desde hace años. Lo bueno es que algunas de esas cajas están vacías. He hurgado hoy en el nicho en que guardo esos desechos, que es un cajón que contiene también un par de tarjeteros con un montón de tarjetas de visita. Tienen, la verdad, algo de funesto por el negro del escay y el dorado de sus letras y esquinas, como si esos tarjeteros estuviesen pensados para las últimas voluntades. Tienen ambos —solo tengo dos— veinte fundas cada uno de ellos y en cada una hay cuatro bolsitas que pueden contener dos tarjetas visibles, y como hay otras tarjetas sueltas y hay más de dos en cada receptáculo, creo que tengo a la vista doscientas y pico de tarjetas, varios papelitos con notas y el boletín de la inyección del tétanos de diciembre de 1996 que solo repetí en dos ocasiones más —hasta septiembre de 1997— y no cumplí, como era preceptivo, diez años después. Por fortuna, vivo sin secuelas de aquello. Se ve en la imagen el pasquín que me dieron en el hospital después de ponerme Anaxotal junto a la tarjeta de Miguel Murillo cuando era director de la Editora Regional de Extremadura (1993-1995). Tengo ahora presente uno de los poemas visuales de Antonio Gómez; el que cerró su libro De acá para allá (León, 2007), compuesto por veintiuna tarjetas personales, desde las bancarias o las sanitarias hasta las solidarias. Las mías son de otros: hay una de una empresa de diseño de muebles auxiliares de hierro al lado de la de un restaurante de Cáceres que ya no existe; hay otra de una carpintería del polígono de la Charca Musia frente a una de la casa que me puso las primeras persianas de esta casa. Tengo la tarjeta del director de un Máster de Edición de la Universidad de Salamanca, otra del director gerente de los Transportes Urbanos de Mérida, otra del jefe técnico de Canon en Cáceres, otra del que fue jefe de prensa y protocolo del Ayuntamiento del Real Sitio y Villa de Aranjuez, al lado de las de escritores como Rafael Courtoisie, Luis Javier Moreno (1945-2015), Antonio Onetti, Olvido García Valdés y Miguel Casado. Tengo también una tarjeta del Consejero Cultural de la Embajada de Egipto, el profesor Soliman El Altar, que lamento no recordar cómo ha llegado hasta aquí. Sí me acuerdo de Manuel Rodríguez Cancho con su tarjeta de la oficina de la candidatura de Cáceres 2016 cuando acepté colaborar en el proyecto antes de que se fuese al traste y de todas esas empresas aquí representadas de clima para el hogar, montaje de armarios, instalación de suelos que representan, cada una a su modo, la época en que dispuse el espacio en el que ahora vivo. No sé por cuánto tiempo, como dijo el otro.

miércoles, junio 06, 2018

Nimio

Es fascinante cómo han campado algunas palabras por los vastos  y a veces tornadizos territorios del uso lingüístico. Es el caso de nimio. Significa «Demasiado, excesivo, prolijo», como recogió el tomo cuarto del primer diccionario académico (1734), que ya avisaba, después de definir nimiedad como «exceso o demasía», que esta palabra, en el estilo familiar «se usa por poquedad o cortedad; y se debe corregir, pues significa esta voz totalmente lo contrario». Poco cuajó la advertencia, porque creo que, aunque en el diccionario actual convivan acepciones opuestas —«insignificante, sin importancia» junto a «excesivo, exagerado»—, todos consideramos que una nimiedad es algo que no tiene importancia y que algo nimio es insignificante. En latín no hay duda: nimius es «excesivo, abundante». Sin embargo, como se lee en el Diccionario crítico etimológico de Corominas-Pascual —en la imagen— «hoy esto no tiene remedio». Sea.

miércoles, mayo 30, 2018

La Pradera

Aula 30. Examen con tan solo tres alumnas de mi curso de Textos de la Literatura Española Contemporánea. Pronto darán las siete de la tarde de un miércoles de feria en esta ciudad que parece que ahora vive para eso, como siempre, a rachas, vive para algo siempre festivo. Qué alegría. «—Hay que reconocer —me ha dicho alguien— que la feria mueve mucho dinero». Y he dicho que sí. Eso ha sido esta mañana. En cuanto pueda, me marcho a casa. Ayer, poco antes de esta hora, eran las cinco y diez de la tarde, y como tantas, yo escuchaba Radio 3, Disco Grande, el magnífico programa que dirige y presenta Julio Ruiz. Me gusta esta emisora que frecuento —o esta frecuencia que emisoro— desde que arrancó en 1979 («Me dormía con Tris, tras, tres y me despertaba con Jack el despertador», me parece que dijo un oyente. Lo suscribo); porque abrieron, al lado de la extremeña de Campanario Cristina Martínez y los «Boss Hog», con el recuerdo en homenaje a María Dolores Pradera (1926-2018), que murió el lunes. Escuchar en Disco Grande «El rosario de mi madre» no deja de ser un acontecimiento muy significativo, una demostración de que gente como Julio Ruiz sabe lo que es dedicarse a la divulgación musical con la elegancia y el respeto de quien ama la música como una de las bellas artes. Belleza y arte estaban asociadas a María Dolores Pradera. Aula 30. Examen. Segunda tarde de feria. 

miércoles, mayo 23, 2018

Algo así

El pasado viernes estuve en Badajoz, en la inauguración de la Feria del Libro. Al recoger el coche para volver a Cáceres escuché y vi, en el interior de una cafetería que estaba echando el cierre cercana al Parque de San Francisco, a una camarera llorando. Me fijé después en que en la pared de la barra en la que recogía —aferrada con las dos manos al palo de una fregona— había un rótulo con una de esas frases sobre la felicidad que te invitan a que valores la vida, algo así como «La felicidad suele colarse por una puerta que no sabías que habías dejado abierta». Algo así. Me resultó tan extraño que me quedé allí parado y anduve un rato por la acera hasta la esquina que esa cafetería tiene con otra calle a la que da por las traseras el almacén del local. Y allí otra vez la chica llorando desconsoladamente, con un cigarrillo en los dedos y un pañuelo que se llevaba a los ojos y la nariz con la cabeza gacha como el que mira al suelo porque ha perdido algo. Me quedé allí un momento como si esperase a alguien que vendría a decirme que todo puede dar un giro de repente. Y regresé a la puerta principal para volver a leer la frase feliz, algo así como «La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía». Algo así. Pero ya el compañero de la joven, que me pareció demasiado tibio con el disgusto de ella y que había terminado de recoger las sillas de la terraza, había bajado la persiana metálica y cerrado ruidosamente la noche de ese pasado viernes y la racha de pena y de desolación de esa chica desconsolada. Fue algo así.

sábado, mayo 19, 2018

Trieste

Impresiona lo que la vida te da, incluso cuando te extravía o te arrincona en un lugar del que temes que no vas a salir nunca. Pero siempre, o casi siempre, se sale. Más de veinte años después de escribir a un novelista —hoy de mucha fama— sobre lo que dijo Pavese de que la literatura es una defensa contra las ofensas de la vida, porque él lo recordó en una novela en la que al personaje le ocurría lo que a mí me ocurría, eso de que cuando alguien se siente de aquella manera —allí se decía «desgraciado»— indefectiblemente percibe que todas las cosas aluden a su situación o a su estado, he vuelto a sentir algo parecido. Perdón por el estrépito sintáctico; pero casi viene al caso. El caso es que leí hace más de dos meses Trieste (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2017), de Urbano Pérez Sánchez (Hervás, 1981) y anoté «levedad» y «profundidad» como palabras relevantes, como sugerencias de lectura, de una primera lectura que quedó en aquel tiempo y a la que se le han sobrepuesto la que hago ahora y la que hice cuando el propio Urbano presentó el libro en la Feria del Libro de Cáceres el miércoles 25 de abril, cuando él habló de que su texto alude a otro de sus textos, su primer libro de poemas, Del tiempo los cambios (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010). Porque Trieste es un libro deliberada y afortunadamente autorreferencial, ensimismado, que tiene una ciudad italiana mitificada, tiene libros, tiene lecturas, y tiene, sobre todo, vida. Una vida en cuyas páginas hay tan solo una línea para escribir la vida. Desde «Salgo a comprar algunas cosas», «Creo que soy feliz. Trato de convencerme de ello», «Entonces me he despertado», «Me conocen todos. No me conoce nadie», hasta romper esa intención para demorarse en momentos tan introspectivos y sugerentes como el que dice, tan prolijo, «Como si fuera la conciencia de otra persona me digo: dile a tu cliente que la tristeza no se convierta en costumbre, que sea solo la elección de ciertas noches en las que no pasa nada y es suficiente. | Dile, mejor susúrrale: tu gloria, por diminuta que sea, por breve el momento en el que tenga lugar, es real». Quizá alguien pensará en que esta levedad tan breve no es comparable con el principio —y el final— de La comedia humana de Balzac, o con el combustible que tuvo que consumir Galdós para escribir lo que escribió. Me da igual como lector. Urbano Pérez ha dado con uno al que le caen bien estas maneras de hacer literatura de mimbres tan visibles. Por cierto, el novelista era Javier Cercas y la novela El vientre de la ballena (Barcelona, Tusquets Editores, 1997).

miércoles, mayo 16, 2018

Pedro


Cuando nació su hermana no pude comprar los periódicos del día porque cayó en Sábado Santo; pero cuando él nació sí. Mis ejemplares han amarilleado; y, sin embargo, el papel mantiene su prestancia, y diríase que es de mejor calidad que el actual. Tal día como hoy, aquel 16 de mayo de 1995, el diario Hoy traía en portada una fotografía de la confluencia de la calle Gil Cordero de Cáceres con Plaza de América llena de ovejas en un acto divulgativo de la tradición trashumante. Era alcalde de Cáceres Carlos Sánchez Polo y el músico Rades interpretó un concierto de cencerros con un instrumento que él llamó «tintinábulo». Fue cuando Carlos Ménem volvió a ganar las elecciones en Argentina y estaba secuestrado por ETA el empresario guipuzcoano José María Aldaya, para cuya localización Francia reforzó su ayuda al gobierno español, como llevó a portada El País de ese martes. Es curiosa la coincidencia; y es que Francisco Umbral tituló aquella mañana su columna de la última de El Mundo «La oveja», una tremenda alegoría en el contexto de las elecciones municipales sobre el episodio que sufrió el ministro de Agricultura Atienza, a quien lanzaron unos manifestantes una oveja al coche oficial. Entre los sucesos, «Tres menores de edad matan a palos a un anciano en Valencia». Lo que no recogieron aquellos periódicos fue el gran acontecimiento del día: la muerte de Lola Flores. Qué curioso también que ahora repare en que la abuela Justa de Pedro, mi madre, naciese el mismo año que «La Faraona» (1923). Nació Pedro ese día dieciséis de mayo de hace veintitrés años y hoy es una felicidad celebrarlo, aunque nos separen más de novecientos kilómetros; lo que hay de aquí a Barcelona, en donde vive un año crucial en su vida. La gente que lo conoce sabe que es especial. Podría poner nombres de muchos de sus amigos, de antiguos compañeros de clase en Cáceres o en Salamanca, de amigos míos, de familiares..., muchos. El de Gaby, una compañera actual de estudios, es el último que tengo. Le pide que se anime a ser él el que grabe la locución para un acto memorable de su promoción de máster. Una delicia. Cuando cumplió once años escribí también aquí. Ya era hora de volver a hacerlo. Felicidades.

martes, mayo 15, 2018

Pies

Esta tarde he leído en la consulta del podólogo un folletito satinado y en color con una docena de cuidados para el pie diabético. Todas las recomendaciones eran razonables, incluso —diría— de una obviedad obvia; desde la de usar un calzado cómodo hasta la de lavarse los pies todos los días. Así, hasta doce consejos, como el de consultar al podólogo si uno aprecia cualquier cosita mala en los pinreles. Lo que me ha llamado la atención de este dodecálogo que lleva la firma del Colegio Oficial de Podólogos de Extremadura ha sido la falta de cuidado con la lengua en la que está escrito. Como estoy acostumbrado a que algunas personas duden sobre estas reconvenciones, indicaré en cursiva dónde están los yerros: «Sequese los pies con cuidado»; «no olvidar sercar entre los dedos»; «si tiene problemas para mirarselos»; «las probabilidades de que surgan heridas»; «no fume y realize deporte sino está contraindicado». Estoy tan convencido de que hay que cuidar la salud del pie como un podólogo lo estará de expresarse bien por escrito. Así que lo uno por lo otro. A mí me arreglan los pies y yo les arreglo el folleto. Eso sí, gratis; porque yo pagué treinta y cinco euros por la consulta y ciento cincuenta por unas plantillas y todavía estoy esperando que alguien me envíe una factura con los impuestos debidamente recogidos. 

jueves, mayo 10, 2018

Ángel Campos Pámpano

Hoy habría cumplido años Ángel Campos Pámpano (1957-2008). Mañana, en su pueblo, en San Vicente de Alcántara, entregaremos el IV Premio de Poesía Joven que lleva su nombre a Isabel Maria Jaló Alexandre, de Grândola, una de las pocas estudiantes que de todos los institutos de Extremadura, del Alentejo y del Instituto Español de Lisboa ha respondido a este ofrecimiento en recuerdo de un poeta y profesor que lo dio todo por gestos como el que nos mueve desde que tenemos uso de razón literaria y desde cuatro ediciones por la memoria del poeta y del amigo. No comprendo por qué tantos profesores que conocieron a Ángel, que se dicen sus amigos, o tantos otros que no lo conocieron, y que dan clases en centros de enseñanza secundaria de Portugal y de Extremadura, no son capaces de motivar a sus estudiantes con inquietud por la literatura para que envíen sus poemas a un premio tan modesto como sentido. Dicho esto, produce sonrojo escribir que a la ganadora se le entregarán seiscientos euros, una obra original del pintor Javier Fernández de Molina y un ejemplar de la poesía reunida (La vida de otro modo) de Ángel Campos Pámpano. Como si esto fuese el reclamo.

martes, mayo 08, 2018

Lenguaje

Ayer publicó Álex Grijelmo en El País un artículo —«Un lenguaje que lo contaminó todo»— sobre la manera de expresarse en comunicados y declaraciones de la banda terrorista ETA, cuya obsesión «plasmada en su léxico consistía en verse como un ejército que defendía un hipotético Estado vasco y que hacía la guerra de igual a igual contra el Estado español y sus fuerzas armadas». Glosa el periodista palabras y sintagmas como grupo armado, prisioneros, conflicto vasco, activista o ejecuciones. Sin duda alguna, esa nomenclatura bien pensada para contaminarlo todo fue así; pero Grijelmo no se ha referido a cómo ha sido la respuesta del Estado español a ese lenguaje. Y solo voy a poner un ejemplo, con una palabra: derrota. En declaraciones de políticos, en editoriales o en artículos de opinantes se repite lo de la derrota de ETA. Ayer mismo, páginas atrás del artículo referido, publicaba Eduardo Madina otro, convencido y convincente, aunque no por su estilo —«A las personas dignas en aquella noche»—, en el que hablaba de «victoria» y escribía «derrota» tres veces. Dan por hecho que esto ha sido una guerra, un combate, o un conflicto, como siempre repitieron los terroristas. Y no. Cuando a un violador, a un secuestrador, a un extorsionador o a un asesino se les detiene nadie dice que han sido derrotados por la policía. ¿Entonces? Tendrá razón Álex Grijelmo: un lenguaje que lo ha contaminado todo.

lunes, mayo 07, 2018

Alonso Guerrero en el Aula HOY


Ayer supe que Alonso Guerrero viene a Cáceres, al Aula HOY (C/ Clavellinas, 7. 20:15 horas), a hablar sobre su reciente novela El amor de Penny Robinson (Córdoba, Berenice, 2018). Se dice en la promoción que la obra «es una ficción que pudo convertirse en realidad, pero también una realidad que necesita la ficción para parecer creíble», y también que es «una epopeya moderna». Todavía no la he leído. Si lo mediático no se impone sobre lo literario, pasaré a saludar a Alonso y a escuchar su intervención. El día de San Isidoro de hace ya once años vino a la Facultad de Filosofía y Letras a dar una conferencia y lo presenté recordando cómo respondió al cuestionario de la antología de nuevos y novísimos narradores extremeños Alquimia, de Moisés Cayetano Rosado (Editora Regional de Extremadura, 1985): «Mi obra es una bomba de relojería que me explota en las manos. Soy un escritor manco, escribo con la boca en los períodos de convalecencia. […] Escribir es una fecundación, una mitosis, convertir dos vivencias en una sola vivencia artística, personal, lo más inverosímil posible, ya que la literatura no es una cuestión de verosimilitud, sino de creatividad. […] Los libros me han ayudado a ver la vida y el mundo de otra manera, esa es la manera en que escribo. Mi corto curriculum literario, que ha sido mi obsesión por escribir, no ha sufrido nunca desánimos». En 2004 publicó una colección de cuentos en Del Oeste Ediciones bajo el título De la indigencia a la literatura, que aquel día yo recordé para aludir a un texto, «Cada uno por su zurra”, que representaba bien las virtudes literarias de Alonso Guerrero. El cuento está escrito en primera persona, y en él, el protagonista, un chico de doce años,  cuenta cómo acude con su abuelo al rebusco de la uva, con el objeto de sacarse unas trescientas pesetas, las necesarias para comprarse dos tomos en rústica que llevaba admirando varias semanas en el escaparate de una librería: Crimen y Castigo, de un tal Dostoievski. El botín de diez arrobas de uva lo cargan en una bicicleta y sufren lo indecible por un tremendo aguacero que intentan combatir bajo un paraguas portugués, grande como una carpa de circo, atado a la barra de la bici. «Deja que la uva se moje, así pesa más», le decía el abuelo al protagonista. La anécdota del relato, llena de contratiempos hasta que logran llegar a la bodega a pesar la uva, se convierte en una espléndida evocación del camino elegido hace tanto tiempo por Alonso Guerrero de dedicarse a la escritura, en la evocación del día de un descubrimiento, una revelación: haber nacido escritor.

sábado, mayo 05, 2018

Literatura

Es verdad que el Diccionario de la Lengua Española, el de la Academia, trae como sexta acepción de la palabra «literatura», en uso coloquial, la remisión al artículo «palabrería», que es «f. Abundancia de palabras vanas y ociosas», y que la declaración que he leído hoy en HOY de José Antonio Monago («Los ganaderos necesitan menos literatura y más ayudas») es conforme con ese significado; pero tengo que reconocer que la he sentido, como escribió Lorca, como una uña que aprieta en el tallo de mi vocación y de mi vida. ¿Qué se le habrá pasado por el magín al expresidente de la Junta de Extremadura para contraponer tan negativamente una palabra tan cargada de belleza a la necesidad imperiosa de los ganaderos extremeños? Ni siquiera el excelso Diccionario del español actual, de Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, es tan desfavorable con «literatura» como lo es la RAE desde, más o menos, creo, los años ochenta, pues añade al arte que consiste en la utilización estética del lenguaje, especialmente escrito, otras definiciones como palabras dichas con arte o artificio para disimular una realidad poco grata (como cuando en Anillos de oro (1985), Ana Diosdado escribe: «Para decirme que te has cansado de mí, no hace falta que le eches tanta literatura»). Y luego está el uso que algunos le dan como prospecto o texto explicativo que se incluye en el envase de un producto farmacéutico. Pues eso, que si hay otros sinónimos de palabrería, qué necesidad habrá de apoyar a los ganaderos con la cara más sucia de una palabra tan hermosa como literatura.

viernes, mayo 04, 2018

Hartzenbusch


No nos conocíamos mucho; pero este hombre se ha venido a vivir a mi casa y parece que no quiere irse. Yo, encantado.

jueves, mayo 03, 2018

ETA


© Reuters. Susana Vera
No sé cómo titular esta entrada así: ETA. En mis apuntaciones para el blog hay varias que esperan, todavía en fárfara, para abrir este mes de mayo; y me alegro de que la noticia de hoy haya sido, desde la hora de la comida, la disolución de la banda asesina ETA, y que se anteponga a todo. Me he acordado de las veces que aquí he escrito sobre ello, y de cómo me alegré de aquel «alto el fuego permanente» de marzo de 2006 y cómo todo se deshizo con sangre y dolor por la bomba en Barajas a finales de diciembre de ese año. Luego vino el «alto el fuego permanente y verificable» y meses más tarde el abandono de las armas, en octubre de 2011. Hoy escribía en la mesa de mi cocina, como siempre escuchando la radio, y pensaba en esta jornada histórica, aunque solo fuese por el cambio de la programación de todos los días, por no haber escuchado el telegrama de Miguel Ángel Aguilar, ni la intervención de Juan Cruz, ni las conexiones locales en «Hora 14», que se ha comido —afortunadamente— la estentórea información deportiva. Para celebrar. Sin más ambages sobre víctimas de una u otra categoría. Qué terrible inutilidad todo, qué disparatada estupidez, qué estremecimiento pensar en todos los muertos, aunque los haya más notorios o más espantosos, desde el extremeño Wenceslao Maya (1987), el padre de una alumna mía, Francisco Tomás y Valiente (1996) o  Miguel Ángel Blanco (1997), hasta Ernest Lluch (2000). Qué tremendo todo. Me da igual que ETA haya desaparecido para seguir defendiendo el acercamiento de los presos al País Vasco. Lo único que espero es no confundirme, como en aquel brindis de 2006.

jueves, abril 26, 2018

Día de Letras en Cáceres


Con motivo de la festividad de San Isidoro de Sevilla, patrón de mi Facultad, se celebra mañana viernes 27 de abril el Día de Letras en Cáceres. En el Instituto de Lenguas Modernas (Avda. de la Montaña, 14), por la mañana, desde las diez hasta la una, un grupo de profesores ofrecerán unas microconferencias de quince minutos cada una sobre asuntos de nuestro ámbito de estudio dirigidas a alumnos de los institutos de Enseñanza Secundaria de la región. Felipe Leco Berrocal («Geograficando tu piel»); Moisés Bazán de Huerta («Inspirarte»); Encarnación Pérez («False friends o los falsos ¿amigos?»); Pilar Galán («De Cicerón a la sordera de Beethoven. Razones de una pasión por la enseñanza»); Pedro E. López («Pasear la ciudad para aprehenderla: pasear por Cáceres»); Atilana Guerrero («Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla»); Sigfrido Vázquez («¿Qué ha hecho América por nosotros?»); Carmen Galán («Del bisonte al whatsApp») e Isabelle Moreels («Amor en París: el señuelo del cine francés traducido al español»). Por la tarde, a las 20:30, y tras la entrega de reconocimientos a personas especialmente destacadas de la Facultad, el catedrático de Historia Contemporánea de la UEX Enrique Moradiellos dará una conferencia titulada «La sombra de Franco es alargada». Es la quinta edición, desde 2013, de este Día de Letras en Cáceres y doy fe de que en estos años ha resultado muy atractivo para los chavales de los institutos que se forman y divierten por la mañana con estas píldoras de formación muy digeribles, y para el público en general que a la caída de la tarde acude a este ejemplo de extensión universitaria en el centro de la ciudad. Se clausurará la jornada con una actuación musical de mi compañera del área de Lingüística General Maribel Rodríguez Ponce, del grupo vocal Son del Rosel. La entrada será libre, hasta completar el aforo del salón de actos del Instituto de Lenguas Modernas.

miércoles, abril 25, 2018

Cáceres, moderna y cosmopolita


© Jorge Rey. Diario HOY
«La regla de la creencia del vulgo es la posesión. Sus ascendientes son sus oráculos; y mira como una especie de impiedad, no creer lo que creyeron aquellos. No cuida de examinar qué origen tiene la noticia: bástale saber, que es algo antigua para venerarla, a manera de los egipcios que adoraban el Nilo, ignorando dónde o cómo nacía, y sin otro conocimiento que el que venía de lejos. […] ¡Qué quimeras, qué extravagancias no se conservan en los pueblos a la sombra del vano pero ostentoso título de tradición! ¿No es cosa para perderse de risa el oír en este, en aquel, y en el otro país, no sólo a rústicos y niños; pero aun a venerados sacerdotes, que en tal o tal parte hay una mora encantada, la cual se ha aparecido diferentes veces? Así se lo oyeron a sus padres y abuelos, y no es menester más. Si los apuran, alegarán testigos vivos que la vieron; pues en ningún país faltan embusteros que se complacen en confirmar tales patrañas. […] Esto es lo que siempre sucedió; esto es lo que siempre sucederá; y esto es lo que eterniza las tradiciones más mal fundadas, por más que para algunos sabios sea su falsedad visible. Una especie de tiranía intolerable ejerce la turba ignorante sobre lo poco que hay de gente entendida, que es precisarla a aprobar aquellas vanas creencias que recibieron de sus mayores, especialmente si tocan en materia de religión. Es ídolo del vulgo el error hereditario. Cualquiera que pretende derribarle, incurre, sobre el odio público, la nota de sacrílego. En el que con razón disiente a mal tejidas fábulas, se llama impiedad la discreción; y en el que simplemente cree, obtiene nombre de religión la necedad. Dícese, que piadosamente se cree tal o tal cosa. Es menester para que se crea piadosamente, el que se crea prudentemente; porque es imposible verdadera piedad, así como otra cualquiera especie de virtud que no esté acompañada de prudencia». Discurso XVI del tomo V del Teatro crítico universal, de Benito Jerónimo Feijoo —«Tradiciones populares» lo tituló, en 1733, hace doscientos ochenta y cinco años. Ahí es nada. La foto de Jorge Rey que veo en la edición digital de su periódico, el HOY, es de esta tarde, en el momento, según dice el pie, de la entrega «del bastón de mando de la ciudad a la Patrona, a su llegada a Fuente Concejo». El bastón de mando, sí. Otra metáfora.

martes, abril 24, 2018

En el día siguiente del Día del Libro


El caso es como sigue. I, que viene todas las semanas a casa para salvarme de la plancha y de la limpieza menos rutinaria, me ha traído este libro para que yo lo devuelva a la Biblioteca de la Facultad de Derecho de Cáceres. Quien lo recibió en préstamo fue una estudiante mexicana que tenía que haberlo devuelto antes del 19 de enero de 2015. El marido de I acaba de traspasar el bar que tenía en La Madrila cacereña y el libro ha aparecido entre decenas de objetos al recoger la trastienda. No sé si es habitual dejar libros en los bares; pero me imagino que este ha estado unos años rodeado de llaveros con llaves, de fundas de gafas, de sudores sin fruto después de un baile, de la carcasa de un teléfono móvil, de bufandas y de guantes, o de los restos de un anhelo en la noche. El marido de X debe de saber de esto y ha contado que aquella chica encomendó la devolución del manual a un amigo que terminó muy borracho una noche de farra y olvidó el encargo. Allí estuvo hasta ahora, que está a buen recaudo para ser devuelto mañana a su estante. Debe de ser un libro útil, aunque no está bien escrito, por ese mal entendido lenguaje espeso de los textos legales, con gerundios inoperantes, puntuación incorrecta y redundancias. Escribe un lego —yo— en estas materias, que reconoce que este Manual sobre protección de consumidores y usuarios de Carlos Lasarte Álvarez, cuya cuarta edición revisada y actualizada es la de la imagen, la que se llevó la estudiante mexicana que igual algún día me lee, va ya por la novena edición según la página de su especializada editorial Dykinson. No he podido evitar reseñar el asunto, con permiso de I.

lunes, abril 23, 2018

En el Día del Libro


No sé si es el libro más gordo que tengo en casa. No lo traigo aquí por eso, aunque tiene dos mil páginas. Esta colosal edición ideada a comienzos de este siglo por Manuel Hermínio Monteiro (1952-2001) en su editorial lisboeta Assírio & Alvim me apetece que represente la celebración de un día como hoy. Rosa do mundo. 2001 poemas para o futuro es un gran monumento a la lectura y a la poesía, y «é uma obra colectiva feita por muitas dezenas de pessoas com sensibilidades diferentes, mas tendo em comum o grande amor pela poesia. Trata-se de uma obra ambiciosa, procurando abarcar a poesia conhecida ao longo da História, desde as civilizações mais remotas até aos autores nascidos en 1945», porque sus editores —yo creo que Hermínio— entendieron que ese límite temporal abarcaba la producción poética de su momento presente. Supongo que C. recuerda que me regaló este libro en la Librería Lello de Oporto —y aquí lo puse—, como yo recuerdo aquella tarde de principios de junio de 2001, en Lisboa, cuando lo de Hermínio, y cuando Ángel Campos Pámpano (1957-2008) me abrazó en aquella calle del Bairro Alto para darme noticia de su muerte y me dijo que había visto en la mesilla de su dormitorio, al lado de su cama, este tomo, Rosa do mundo. Qué mejor recuerdo de Hermínio que un libro editado por él. Encuentro en las páginas 997 y 998 el primer poema de Juan Meléndez Valdés que he leído en portugués: «Aos meus leitores» («Não co'esta amena lira / hão-de ser en ais tristes / chorados os azares / do reis pouco felizes […]». Aquí dejo este trozo. Por cierto, nunca he estado más solo que a la una, cuando pasaba hoy por el Gran Teatro de Cáceres tentado de entrar para leer, como otros años, algún fragmento de un libro en ese acto que hoy me ha parecido públicamente desamparado, casi desatendido por todos los que pasábamos por las aceras de San Antón. Yo llevaba uno en mis manos recién comprado. Ya hablaré de él, porque me está interesando, por lo que tiene de crónica íntima, de desgarro, de emoción —ay, las solapas—, o porque leí lo que sobre él escribió Juan José Millás,  y sobre su autor, a quien deseó con buen ánimo «que Dios confunda por rompernos el alma». Yo, todavía, no me lo creo. Tengo que leerlo; que para eso estamos en el día del libro. Mustia esta fiesta local de mi casa con uno de los libros más gordos que tengo. Y hermoso.

viernes, abril 20, 2018

Conversaciones en Extremadura


Ahora no pongo en pie cuándo pude leer este libro que encontré hace unos meses en Badajoz, en la librería y churrería «aAaaa», la de la Plaza Alta, como su propio nombre indica. Conversaciones en Extremadura, de Marciano Rivero Breña (Badajoz, Universitas Editorial, 1981) formaba parte de una biblioteca familiar; quizá la de uno de mis hermanos, en la que, por un ejemplar como éste, leí las entrevistas que Rivero Breña hizo —entre junio y diciembre de 1980— a personajes extremeños significados en los tiempos de la transición y de la construcción de una Extremadura que fue y que quizá por ello es lo que es: Pablo Castellano, Ricardo Senabre, Adolfo Maíllo, Víctor Chamorro, Juan Barjola, José Antonio Gabriel y Galán, Enrique Sánchez de León, Jesús Vicente Chamorro, Juan Rovira Tarazona, Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona y Antonio Hernández Gil. No sé cómo diría hoy José Julián Barriga, autor del prólogo de aquel libro, la importancia que tuvieron todos los personajes con sus responsabilidades en aquellos tiempos; pero estoy seguro de que expresiones como «páramo cultural» o «pionero» hoy deberían tener otro significado. De aquella lectura, durante muchos años retuve y repetí como un testimonio de una época una frase de Ricardo Senabre en la que decía que la ubicación de la Universidad de Extremadura se la habían querido jugar a los chinos. Muchas veces he dudado sobre la exactitud de aquella declaración, de si era una deturpación mía; pero ahora puedo retomar las palabras del fundador del Colegio Universitario de Cáceres: «La Universidad de Extremadura tomó cuerpo en el año 1974, y en cuanto a su lugar de emplazamiento casi, casi, se la juegan a los chinos por indicación del que entonces era director general de Universidades, el catedrático de Historia, Luis Suárez Fernández, quien en presencia de las autoridades de Badajoz y Cáceres, reunidas con él en Mérida, propuso por tres veces consecutivas y con la más absoluta seriedad, o al menos así les pareció a todos los asistentes, el que se jugaran a los chinos la ubicación de esta Universidad» (pág. 60). Rivero Breña le interpeló como si no le creyese: «Pero así; jugársela a los chinos»; sobre lo que Senabre insistió: «Sí, sí. Como lo oye. En presencia de los presidentes de Diputación, gobernadores civiles y alcaldes de las dos capitales extremeñas. Hay por tanto seis testigos que podrían ratificar esta afirmación. Y no creo que nadie pueda dudar de seis testimonios unánimes, procedentes de personas adultas que tienen una responsabilidad política. La reacción de estas seis personas fue de absoluto estupor ante tamaño disparate» (págs. 60-61). Aquel disparate se evitó y la Universidad de Extremadura fue la primera en España que tuvo sus facultades distribuidas en más de una provincia. En muchas ocasiones, los libros nos traen recuerdos personales; pero no siempre, como es el caso, nos los aclaran y precisan.

jueves, abril 19, 2018

Fraude

Cualquiera lo diría. Ayer, por una friolera, di en el diccionario con la palabra «fraude» y hoy parece que me he quedado a vivir en ella. Me la he encontrado en los tenebrosos rincones de mi cerebro, como escribió Bécquer, aunque suele ir por la calle relacionada con lo fiscal, lo dinerario. Parece, pues, que el fraude es un delito más sofisticado. Y «sofisticado» es un adjetivo que viene de un verbo transitivo de la primera conjugación mucho más contundente que el derivado: «Falsificar o corromper algo». No sé dónde leí esto de Luis Landero, con motivo de la publicación de La vida negociable: «Somos una tribu que no hay modo de cohesionar y llevamos cinco siglos intentándolo. Hay motivos para no amar a España, que ha sido gobernada por clérigos, militares y aristócratas, pero hay otros motivos para amarla profundamente: Cervantes, Jovellanos, Machado, Azaña... Para mí, a pesar de esa historia descarriada, a España siempre la llevo en el corazón». Yo también; pero sigo dando vueltas a lo del fraude. A lo que me atañe. Me importa. Mucho.

miércoles, abril 18, 2018

DLE


Acabo de saber que todas y cada una de las palabras de la definición de una entrada de la edición del Diccionario de la Lengua Española en la web de la RAE son vínculos que llevan a las definiciones de sí mismas. Que si yo busco «fraude» y me da como resultado «1. m. Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete», y clico en «perjudica», llego a «1. tr. Ocasionar daño o menoscabo material o moral. U. t. c. prnl.». Es genial esto y yo soy un ignorante. Y más. Vamos, como en la edición en papel; pero con alguna diferencia.

martes, abril 17, 2018

Vicente Cervera en Letras

Ayer, al terminar una reunión, me despedí de unos colegas diciéndoles que iba a una conferencia a formarme. Era la de Vicente Cervera Salinas, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia. Fue en el aula 27, en la que mi compañero Ignacio Úzquiza da sus clases —de 13:00 a 15:00— de Fundamentos de la Literatura Hispanoamericana en el primer curso del grado de Filología Hispánica. Dije «formarme» y me formé. Vicente Cervera dio ayer una clase magistral sobre Jorge Luis Borges que vino a ser una de las más ilustrativas introducciones —e incitaciones a su lectura, en la medida correcta de quien se dirige a estudiantes que no saben, o no manifiestan saber, en qué siglo escribió ese escritor argentino— que yo he conocido sobre la trayectoria literaria del autor de El hacedor, libro al que Cervera aludió en varios momentos de su intervención. Faltaron los textos. Qué bien habría estado mostrar —y tenemos medios en el aula—, qué sé yo, el «Poema de los dones» —cuyos primeros versos Vicente Cervera recitó de memoria—: «Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / De Dios, que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche.», o algunas de las pocas porciones de «El inmortal», de El Aleph. O la dedicatoria imposible de El hacedor a Leopoldo Lugones, que fue como un resumen de la charla de un Vicente Cervera que acabó leyendo, también de memoria, el soneto «Everness», de El otro, el mismo, para hablar de la memoria; y un poema propio, de un libro, El alma oblicua (Verbum, 2003). Le dije al final de su charla que mi primera conferencia como profesor, hace ya más de treinta años, fue sobre la poesía de Borges, a la que él dedicó su tesis, que defendió en 1989; que compré poco después de su publicación Los conjurados (1985), el último libro del maestro; y ahora le diría que en las primeras páginas de mi ejemplar de ese poemario acabo de encontrarme un recorte abarquillado —por el color— de El País, de 30 de abril del año de su muerte —1986— titulado «Del cielo y del infierno», a cuyo sentido Vicente Cervera aludió ayer en varios momentos de su clase. Una clase sencilla y magistral.

miércoles, abril 11, 2018

Javier Cercas con asterisco


Mañana será la última de las dos sesiones de dos horas que voy a dedicar este curso a Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y la primera vez que lo haga a partir de una edición anotada, muy rigurosa, muy bien hecha, y muy reciente —hasta noviembre de 2017 no me llegó mi ejemplar— que ha publicado Ediciones Cátedra en su colección Letras Hispánicas: Javier Cercas, Soldados de Salamina. Edición de Domingo Ródenas de Moya. Madrid, Ediciones Cátedra (Col. «Letras Hispánicas», 790), 2017). No hace tanto que programé por primera vez esta excepcional novela —dice Domingo Ródenas que dijo «en 2010 el premio Nobel japonés Kenzaburo Oé que Soldados de Salamina le pareció "una obra maestra" y no seré yo quien le contradiga» (pág. 172)— en mis clases de cuarto de Filología Hispánica, y ha sido una satisfacción en estos años incorporar novedades editoriales sobre el texto que nos ocupa. En el curso pasado fue la «edición escolar» con prólogo de Ángel Esteban y material didáctico de Yannelys Aparicio y Ángel Esteban (Madrid, Debolsillo, 2016), y ahora este espléndido estudio que rodea a un texto que se convirtió en un fenómeno editorial. Una edición como la que ha elaborado Domingo Ródenas de Moya es más que un estudio. Lo es, pero quintaesenciado, reduplicado. La introducción tiene más de ciento cincuenta páginas, y pocas veces tiene tanta justificación tal prolijidad, que aborda la novela como fenómeno de sociología literaria; a su autor, antes y después de Soldados de Salamina; que analiza su concepto de novela —otra vez el punto ciego—; que recorre el texto y su ficción y su realidad; que se detiene en las articulaciones del discurso narrativo —el contrapunto cómico del personaje de Conchi, el relato real, la figura del padre...— y en el tema del heroísmo; que, en fin, interpreta con justeza la obra y responde a muchas de sus miopes e injustas lecturas. Tanto esta introducción como la bibliografía están actualizadas hasta —supongo— no mucho antes de la aparición de la edición, pues se tiene en cuenta la última novela de Cercas, El monarca de las sombras, que tuvo fecha de febrero de 2017. Soldados de Salamina se anota con más de cien notas al pie, muy esclarecedoras, y se culmina con la relación de variantes entre la primera edición y la versión que estableció Cercas en 2015, y con unos apéndices con el epílogo a esa edición, aquel artículo determinante de Vargas Llosa en septiembre de 2001 que aceleró el éxito, y unos textos de Eugenio Montes, Jorge Luis Borges y Thomas Hardy que vienen al pelo para leer a ese Cercas. Ese Cercas que parece un nombre en plural. Más bien dual, lo que justifica la tercera nota de la introducción de esta gran edición: «Como marca de discriminación entre el Javier Cercas real (el autor) y el Javier Cercas ficticio (el narrador), distinguiré a este segundo con un asterisco (*)». Eso sí, yo habría añadido a lo de narrador un matiz: «el personaje».

lunes, abril 02, 2018

La detonación


De mi blog de clases El trabajo gustoso. 
Nunca había programado en clase esta obra de Buero Vallejo, que fue la primera que estrenó muerto el dictador y después de la restauración de unas elecciones libres en junio de 1977, desde las últimas, en febrero de 1936. La mayor parte de mis alumnas —y J.M y C.— la leerán por la edición recomendada, la de Virtudes Serrano (Antonio Buero Vallejo, La detonación. Edición de Virtudes Serrano. Madrid, Ediciones Cátedra, Col. Letras Hispánicas, 636, 2009), que concluye su introducción con palabras que haré mías el primer día que explique la obra en clase: «La detonación sigue siendo una obra imprescindible dentro del teatro español desde la segunda mitad del siglo XX. La doble lectura histórica que propone no ha perdido actualidad más de treinta años después de su estreno, sino que ha ampliado su significado por recuperar para el lector más joven la memoria de un pasado próximo, hoy para muchos ajeno» (pág. 64). Ojalá pueda confirmar esa vigencia de este «drama subjetivo» —como lo denominó Luis Iglesias Feijoo en su clarividente y documentado estudio sobre el teatro de Buero, La trayectoria dramática de Antonio Buero Vallejo (1982)—; porque para mí es eso, más un drama subjetivo que un drama histórico en el que el autor supo manejar muy bien la ambientación en una época y unos personajes tan significativos. Crea la atmósfera histórica para sugerir algo importante e idéntico a la teatralidad que interpela al público contemporáneo. Me he detenido esta tarde en el momento de la segunda parte de la obra en el que Buero hace que los personajes de Espronceda y Larra, muy críticos con la desamortización —«Una farsa indignante», dice Fígaro— visiten a Mendizábal para comunicarle sus reparos. El ministro dice que «La plebe es ignorante. Darle hoy el voto sería el caos. Y todos hemos visto lo que sucede entonces. Asesinatos, motines...». A lo que Larra devuelve: «El poder también asesina»; y poco después, el escritor Buero hace decir al escritor Larra, dirigiéndose a Mendizábal, que «Usted ha sido un político desterrado por servir a la libertad, pero no nos ha dado libertad. Usted ha defendido la causa popular en sus discursos, pero es usted un millonario opulento, y su desamortización es otra hábil jugada de bolsa a favor de los ricos, no de los braceros. En resumen: usted inaugura otra sustanciosa etapa de privilegios. Y nosotros, aunque nos multe o nos encarcele, lo diremos.» A lo que Espronceda, escribe Buero, añade: «Hago mías las palabras de Larra. Y agrego que acaso nadie haya querido ayudarle mejor que nosotros». En la obra también sale Calatrava, un paisano extremeño querido, que era Presidente del Consejo de Ministros cuando Larra se pegó el tiro. En fin, qué delicia preparar clases así. Y, por cierto, la imagen de arriba es como esas que leemos en la prensa diaria, cuando dicen que la infografía es de «elaboración propia». Sí, la mía también, a partir de las ilustraciones de una crítica de Carlos Seco Serrano, el gran especialista en el escritor romántico, publicada en ABC en diciembre de 1977, en la que se notó más al especialista en Larra que al espectador de teatro. Hace cuarenta años.


domingo, abril 01, 2018

Los libros de allí

Hay veces que, aquí, solo, sentado en mi escritorio, necesito salir a buscar un libro que está fuera de este cuarto, en la habitación de J., por ejemplo. Allí están, mayormente, los de poesía española contemporánea. Para llegar tengo que cruzar el salón y —es curioso— me quedo parado por si hay alguien y tengo que saludar, como si tuviese que dar las buenas noches a quien, sentado en el sofá, espera no sé qué cosa. Es verdad, siempre me pasa por las noches. La otra noche había alguien. Estoy convencido. No tuve que saludar a nadie en el salón; pero el libro apareció en mi mesa. Nota de filólogo: si lo de arriba fuese un texto importante, por ejemplo, el poema de un gran poeta, y hubiese sido escrito como yo lo he creado, finalmente, con esfuerzo; entonces, si yo, como así ha sido, no he guardado ninguna de las seis versiones de esas líneas que escribí antes de publicarlas, no habrá textos previos, no habrá ante-textos, o habrá poco de algo. Me da igual el soporte, aunque yo esté aún acostumbrado a trabajar con papel; pero lo que digo, la historia textual de lo escrito cabría perfectamente en los nuevos formatos. Siempre que el escritor guardase las diferentes versiones de su texto. Difícil en los tiempos que corren. Yo, que quiero dedicarme a esto, pido a los que escriben que guarden las versiones previas a aquello que puede ser importante. Nota de usuario: llevo meses intentando recuperar centenares de páginas que escribí, en varias versiones, y no hay manera de que sistema alguno lea el formato en el que las escribí en su día. Vértigo.

viernes, marzo 30, 2018

Al amor de Julia


Muchas veces no apreciamos la poesía que tiene la vida, su fonoestilística, la función expresiva de su lenguaje, aun cuando este sea áspero y desabrido. Nos cuesta encontrar ese valor poético de la existencia bajo el nublado de una desgracia, de un desamor, de un decaimiento. Nos cuesta; pero ahí está. Basta con pararse un poco a pensar en esa presencia. Afortunadamente, he tenido y sigo teniendo medios para encontrar su verdad, y uno de esos medios he de sumarlo al de la admiración que siento por la belleza que crean los artistas, y es tener a mis hijos. A Julia y a su hermano Pedro. Este año vuelvo sobre ella. Llevo así veintisiete con este. Hoy es su aniversario; y yo quiero felicitarla con este mensaje. Porque he vivido con ella mucho y quiero que sea así todos los días de mi vida. Felicidades, Julia.

jueves, marzo 29, 2018

Afectos


© El Periódico Extremadura. Fotografía de Antonio Martín
La lectura de la prensa de este pasado lunes de pasión, día de intenso trabajo en casa, me deparó dos buenos afectos de los buenos. Suele pasar cuando uno lee bien escrito aquello en lo que está pensando o lo que uno cree. Me ocurrió con el valiente artículo —con la que cae en Semana Santa, sobre todo, aquí, en Cáceres, hasta en mi calle (tengo video)— del historiador César Rina en Hoy (26.3.2018, p. 20) con el título de «Santa heterodoxia», que propone una contestación al discurso de sahumerio que nos llega de una parte —la más farisea— de quienes difunden una oficialidad semanasantera que no reconoce la integración en ella de un montón de ideologías y sentires. No es nuevo su interés por esto, pues fue premiado con el «Arturo Barea» por su estudio Los imaginarios franquistas y la religiosidad popular 1936-1949, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2015. La lectura de ese artículo me ha explicado meridianamente la imagen del domingo al lado de mi casa, en las traseras de la iglesia de San Juan: César Rina con su hábito de la cofradía de los Ramos esperando a procesionar por las calles de Cáceres. Una imagen edificante que me reafirma en mi disposición de alisar mis prejuicios. El otro caso es de una afinidad que ha venido a ser un enamoramiento incondicional por Maria Josep Estanyol, que lleva cuarenta y tres años dando clases de fenicio en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. Sí, dando clases de fenicio. Tiene 67 años y a mí no me importa la diferencia de edad, que no es tanta. De verdad; ni la lengua muerta. Admirable. No sé.

martes, marzo 27, 2018

Día Mundial del Teatro


Hoy, Día Mundial del Teatro, me he acordado de esta foto del patio de butacas del Gran Teatro de Cáceres vacío. Estaba con Isidro Timón, que era su director. Él sabrá decirme si fue en 2010, hace ocho años, o antes. Y yo tenía un teléfono móvil muy malo para hacer fotografías; pero esa mañana no quise dejar pasar el momento sin llevarme la imagen. Me he acordado de esta foto cuando he leído en el comunicado por el Día Mundial del Teatro que ha escrito la periodista mexicana Sabina Berman lo de desnudar al teatro: «Quitémosle al teatro todo lo superfluo. Desnudémoslo. Porque mientras más sencillo el teatro, más apto para recordarnos lo único innegable: somos mientras somos en el tiempo, somos mientras somos carne y huesos y un corazón latiendo en nuestros pechos. Somos aquí y ahora solamente. Viva el teatro. El arte más antiguo. El arte más presente. El arte más asombroso. Viva el teatro». Sí.

lunes, marzo 26, 2018

Soldadito marinero, ocho sílabas

© Fotografía de Begoña Rivas. Jot Down.
En las primeras clases del segundo cuatrimestre suelo hablar de un poema que siempre me ha parecido interesante, desde que lo leí en la edición de Imagen, de Gerardo Diego, que publicó José Luis Bernal hace la tira de años (Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27, 1990). «Ría» es un romance vanguardista —lo que dice mucho de lo que fue la vanguardia española. Me empeño con mis alumnos en que aprecien la pauta formal de un poema, bien sea su disposición estrófica o el tipo de verso que hace que el texto suene. También en clases primeras de otra asignatura me paro a advertir... —qué sabré yo en lo que me paro, la verdad. Por asuntos como este y por gustarme lo que canta Adolfo Cabrales Mato, para más señas, «Fito», me puse a buscar si la letra de lo cantado tenía su correspondiente negro sobre blanco, o azul sobre sepia, que en la red todo vale. Es tanta la ignorancia sobre el molde rítmico de la letra de una canción que no he encontrado aún —sigo buscando entre miles de resultados en la red— una transcripción correcta de la de un romance como «Soldadito marinero», una sencilla relación de octosílabos con rima asonante (e-a) en los pares, que haga justicia a la disposición versal de la pieza. Es fuerte, como se dice ahora. Cuánto analfabeto en métrica, ay. «Él camina despacito que las prisas no son buenas. / En su brazo dobladita, con cuidado la chaqueta» es la manera que la inepcia tiene de transcribir los versos de un romance tan sencillo como el del Duque de Rivas: «Al pie del cadalso el reo / de la alta mula se apea: / fervoroso el padre Espina / con él sube y no le deja. / De pie ya sobre el tablado / tres personas se presentan / a las medrosas miradas / de la muchedumbre inmensa». Así que:

Él camina despacito 
que las prisas no son buenas. 
En su brazo dobladita, 
con cuidado la chaqueta. 
Luego pasa por la calle 
donde los chavales juegan, 
él también quiso ser niño
pero le pilló la guerra. 
Soldadito marinero
conociste a una sirena, 
de esas que dicen te quiero
si ven la cartera llena. 
Escogiste a la más guapa
y a la menos buena. 
Sin saber cómo ha venido
te ha cogido la tormenta. 
Él quería cruzar los mares
y olvidar a su sirena,
la verdad, no fue difícil
cuando conoció a Mariela, 
que tenía los ojos verdes
y un negocio entre las piernas, 
hay que ver qué puntería,
no te arrimas a una buena. 
Soldadito marinero
conociste a una sirena 
de esas que dicen te quiero
si ven la cartera llena. 
Escogiste a la más guapa
y a la menos buena, 
Sin saber cómo ha venido
te ha cogido la tormenta 
Después de un invierno malo,
una mala primavera;
dime por qué estás buscando
una lágrima en la arena. 
Después de un invierno malo,
una mala primavera;
dime por qué estás buscando
una lágrima en la arena. 
Después de un invierno malo,
una mala primavera;
dime por qué estás buscando
una lágrima en la arena. 
Después de un invierno malo.

miércoles, marzo 21, 2018

Día Mundial de la Poesía

SITIO

Generosa poesía! Nos acoges
con qué oído, qué atención interminable!
Nuestra pequeñez juega en tu pecho
y sólo allí somos importantes.

Cada paso, cada eco, cada pena,
cada sucedido que sólo retumba en nuestro pecho,
te encuentra presta, vacía, allí esperándonos,
oyéndonos allí (¿en dónde?), alta, oyéndonos.

Es como un paraje de aguas al que bajáramos rápidos,
allí el silencio, allí el sonido eterno de las aguas
cayendo entre las piedras, a alturas desiguales,
allí lo que no cesa, cuando ya hemos partido.

                                               —Fina García Marruz—

martes, marzo 20, 2018

Pezón


Tengo reciente el grato recuerdo de la lectura de nueve líneas —en total, cuarenta y tres palabras, una cifra (800) y un símbolo (€)— que fueron los nueve aforismos de Jonás Sánchez Pedrero que se publicaron en la novena y última entrega de la colección poética ideada por Antonio Gómez 3 x 3 (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010-2017), que el pasado octubre presentamos en Mérida, cuando conocí en persona a Jonás, de cuya obra escribí aquí. Cuando leía Pezón, un libro que contiene cuatrocientos veinte aforismos, diez por página —mis referencias serán en romano al texto y en arábigo a la página—, pensé en encontrarme los nueve conocidos; pero no. No hay ninguno (solo «Somos el límite de un posesivo» —VII, 39— podría ser considerado reescritura de «En el límite nace el posesivo» que se publicó en 3 x 3). Me ha encantado sumergirme en la lectura de este libro leve y breve, denso y centro, como su título y signo («Como un dardo convertido en diana, como una punta que viaja, el pezón, ojo sin dueño, no es 'ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve'. Así, la turgencia que culmina un pecho se antoja paradigma de la aforística. Certero, evocador, más allá del tacto y la fonética, provoca, sugiere, vigila», se lee en la cuarta de cubierta), un pezón. La fotografía de cubierta de Leinad Rodiger es todo un aforismo, certero, suficiente y sugerente. Son estas algunas de las cualidades de los textos de Jonás Sánchez Pedrero; aunque en tan largo recorrido de más de cuatrocientos pespuntes haya más de una ocurrencia. Por ejemplo, «Tenía desprendimiento de rutina» (X, 37), que me preocupa. Llevo años dando vueltas a esta obsesión mía de hallar historias originales que suelo anotar, como la de un viejo pescador llamado Santiago que pugna por un pez que captura y que, al cabo, se comen los tiburones; o la de la tontería —con perdón de Jonás— de un «desprendimiento de rutina» que quería aprovechar para algo y que conté un día a unos amigos antes de haber leído nada de este Pezón. No sé si el texto más largo es uno de once palabras (IX, 45) y los más cortos los de dos: «Olvidar duele» (IX, 25) y «Compro dinero» (VIII, 32). Sé que me ha gustado, por ejemplo, «La vida ocurre cuando no mira nadie» (VII, 35), que no acabo de hacerme con el de «La novedad nace en 1867» —lamento mi escasa listeza— y que algunos son endecasílabos. Y sé que los textos de Jonás Sánchez Pedrero son como las poldras de las que uno puede servirse para ir de lo que ayer supo a lo que hoy sabe. Un poquito más. Y así, paso a paso. «El disparo y la caricia nacen del mismo dedo» (I, 6).

Jonás Sánchez Pedrero, Pezón. Ediciones del Ambroz, 2018.

sábado, marzo 17, 2018

Panorama matritense


Pasarán los años y seguirá viva esta manera de sentirse aislado y protegido en el puro centro de una ciudad ruidosa, muchas veces incomprensible —los mendigos de ahora son tan diversos que parecen un invento más de una gran cadena de productos— activa siempre, incluso cuando duerme. Es una manera de estar abrigado en una especie de templo civil y laico que le nutre a uno de un alimento que le sustenta semanas y meses hasta un nuevo viaje. «En la Nacional», he escrito aquí más de una vez. Acomodado en uno de los pupitres de la Sala Cervantes, uno se siente rodeado de genios que surgen de algún sitio —una mesa, un mostrador, una puerta que da acceso a los depósitos— y que logran que tus deseos —una simple petición hecha a lápiz en una ficha autocopiativa rosa— se cumplan cada vez que se los escribes. Con una veneración por el trabajo bien hecho correspondiente con la de una funcionaria que no ha dejado de sonreírme mientras me daba un tutorial sin queja alguna sobre cómo montar en el lector —hacía años que no usaba algo así, una máquina estupenda para dejarse los ojos— un microfilm con unas cartas que escribió Agustín Durán a Juan Eugenio Hartzenbusch. Qué cosas; por si alguno duda que esto no es estar aislado y protegido en medio del tráfago de ahí fuera. Vivido así, Madrid es lo que tiene. Puedes encontrarte, como en la plaza del pueblo, con un querido colega que en la Sala General hace lo mismo que tú con otros libros; o puedes quedar en el bar de la esquina con un antiguo amigo que te emociona ver y que se emociona al verte. Me citó Antonio Sáenz de Miera en el lugar más cercano a mi centro de trabajo de ayer, para que no perdiese mucho tiempo. Antonio ha sido muchas cosas, y ahora es un sabio tranquilo. Desde que no le veo, además de seguir escribiendo libros y de viajar —ayer lo recordamos—, ha sido el responsable de que, hace un par de años, a la estación del metro madrileño de Sol se le restituyese su nombre y se le quitase la astracanada de «Vodafone». Volví a la Nacional —el personal de seguridad me permitió salir y entrar sin necesidad de devolver lo que consultaba ni recuperar mi tarjeta, con mi ordenador en el pupitre— y seguí mañana y tarde leyendo papeles delicados del siglo diecinueve que pertenecieron a quien fue director, precisamente, de la Biblioteca Nacional de España. Su hijo, Eugenio Hartzenbusch, del «Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios», escribió una Bibliografía de Hartzenbusch que pude consultar en otra sala; pero que, caprichos que uno tiene, pude comprarme en la Librería Bardón tras un apacible paseo de media hora por el Madrid más turístico cuando no llovía. Hoy paso del templo. Como me responden a veces en la farmacia de mi barrio, me dijeron en la Librería Jiménez (Calle Mayor, 66), que lo que quiero lo tienen que traer del almacén. He quedado en pasarme hoy sábado. Así me llevo a casa lo que quiero leer, las cartas entre Cecilia Böhl de Faber y Juan Eugenio Hartzenbusch, que publicó en 1944 otro rarito que pasó por la Nacional, un tal Theodor Heinermann. En fin, Madrid amable y sábado lluvioso. Y unas cañas en Malasaña.

jueves, marzo 08, 2018

8 de marzo


Aula 31. 12:05. 4º de Grado de Filología Hispánica. Nadie. Tengo en clase a diecisiete mujeres y dos hombres; y hoy no había nadie. No me importa. Al contrario. Estamos analizando Poeta en Nueva York y había pensado en no avanzar por si algunas alumnas hacían huelga, y dedicar la clase a hablar de mujeres en la historia de la cultura española. Habría estado bien, por no aparcar del todo a Lorca, comenzar recordando la fascinadora interpretación de Silvia Pérez Cruz del «Pequeño vals vienés», y luego citar a Concha Méndez y a María Teresa León, y a «Las sin sombrero», y mostrar un trozo del documental más imprescindible. Habría seguido avanzando en el tiempo y puesto sobre la mesa la eminencia de María Moliner y de su Diccionario; y, qué se yo, comentar un poema de Ángela Figuera y terminar hablando de algún texto narrativo de Carmen Martín Gaite. Me demostraría a mí mismo que las mujeres, en la historia literaria, no han parado nunca, y que hay donde fijarse sin perder nada de calidad ni de miras.

domingo, marzo 04, 2018

Bernal, académico


©Real Academia de Extremadura
De la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. Trujillo, sábado lluvioso, alegría por el agua que viene del cielo, esa claridad que es un don, dijo Claudio Rodríguez. Un poeta, un poema. Un poeta, José Miguel Santiago Castelo, fue el primero de los evocados, sí, en la dedicatoria de este discurso. Un poema, «Breve tratado de la ignorancia», del libro de José Luis Bernal Tratado de ignorancia (Mérida, De la luna libros —Col. Luna de Poniente, Y— 2015), el comienzo del exordio de este nuevo académico que llenó de poesía y vida el salón de actos del Palacio de Lorenzana, sede de la academia extremeña, repleto de familiares, amigos, compañeros de José Luis Bernal, y, sin embargo, tibiamente arropado por ocho colegas —o por ahí— de una corporación de más de veinte miembros. «Literatura para vivir. El profesor y el poeta, cuerpo a cuerpo» es el título de este discurso tan bien dicho la mañana de un sábado lluvioso por quien tanto se ha dedicado al estudio de la literatura, a la creación literaria y a la gestión académica y cultural, que fueron las tres patas sobre las que montó su contestación Carmen Fernández-Daza Álvarez —me dan ganas de llamarla excelentísima señora—, que es, hablando en plata, amiga del recipiendario, y, por consiguiente, más que autorizada para saltarse, sin indumentaria ni retórica, el protocolo. No lo hizo, como yo siempre quiero. Viajé a Trujillo con las iniciales femeninas C., L., M. y G., todas mujeres, que son las menos en una institución como la Real Academia de Extremadura. Deseo que pronto cambien las cosas. En su exordio, y en el consabido elogio del antecesor, José Luis Bernal también fue pródigo, pues repartió su homenaje entre las figuras de Juan de Ávalos —que «tuvo, siendo republicano (un republicano cristiano y en ello no hay paradoja alguna), el carnet número 7 del PSOE» (pág. 15)— y de Félix Grande, elegido académico en 2009 y que murió en 2014 sin llegar a tomar posesión de su medalla. Juan Manuel Rozas como maestro, la familia, los amigos, la literatura y un montón de guiños intencionados a la tradición, a lo que han dicho otros, sobre cómo las obras literarias son «compañeras insustituibles para la vida (Jorge Urrutia), que llenaron el salón de nombres como Álvaro Valverde, otra vez Santiago Castelo, Antonio Machado, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Jorge Luis Borges... Si «Breve tratado de la ignorancia» fue el poema del comienzo, el nuevo académico concluyó con «Las palabras», otro poema del mismo libro, que resume en su título lo que fue la esencia del acto del sábado. Un profesor y poeta palabra a palabra, palabra sobre palabra. Cuando esas palabras se dicen como las dijo José Luis ocurre algo que a uno le gustaría definir con más sentimiento que razón. No sé. Lo único que ocurrió allí fue que estuvimos durante un tiempo que no se hizo largo, envueltos en palabras y palabras, como si estuviésemos sintiéndolas, reconociendo lo que son, respirando como ellas en el ambiente creado por alguien que las pronunció ese día. Ayer mismo.

sábado, marzo 03, 2018

Botín de Centrifugados


Plasencia, 25 de febrero. Se oyeron aplausos espontáneos que interrumpieron el discurso de Luis Landero cuando dijo que son las personas particulares las que propician cultura, y que los que gobiernan, los políticos, no hacen lo suficiente por ello, que incluso la entorpecen negándose a que encuentros editoriales «de literatura periférica» como el ya consolidado, cada vez más consolidado, Centrifugados, se celebren en su ciudad, en beneficio de todos. Reaccionó Landero a tiempo, delante del alcalde de Plasencia, para reconocer que en esa ciudad una iniciativa como la que propuso José María Cumbreño sí había sido bien recibida, como ha sido notorio desde hace cuatro años. Bien estuvo, hasta que Cumbreño comunicó que, por las razones que ya están difundidas en la red, lo dejaba; y que el próximo encuentro, de celebrarse, tendrá que ser lejos de aquí. Así las gasta —y se desgasta— quien tiene todo el derecho de apearse en marcha de una actividad que él mismo puso a funcionar y que, si hay voluntad, puede continuar su trayecto. En cualquier caso, fue un rato grato de un domingo grato, lleno de muchos saludos y reencuentros, y de unos cuantos libros. Alguno tuve que ir a buscarlo fuera, a la ejemplar librería La Puerta de Tannhäusser, los Cien centavos de César Martín Ortiz que Gonzalo Hidalgo Bayal —otro protagonista de esa mañana— va recomendando a todo el que se ponga a tiro. Otro me lo ofreció con su generosidad de siempre Elías Moro, un De nómadas y guerreros que yo recuerdo haber leído hace años y que ahora me llega tan fresco como recién escrito, tan intemporal que extraña en un autor y amigo tan rememorativo. Varios de los libros que me traje, así el de Esther Ramón, el de Javier Lostalé o el de Manuel Neila, se me quedaron mirando; y otros más me los ofreció mi antiguo alumno David Matías, que ya es doctor, editor y un encanto discreto, como tantos, artífice de las ediciones de La Moderna. En este sello, en papel y en formato electrónico, están apareciendo «contradiscursos» —me pregunto (?) si cabe emplear este término— de mucho interés, como el breve ensayo de Patricia de Souza Eva no tiene paraíso, en la imagen, junto a Los dilemas del profesor Heyman, el texto teatral del que diré algo luego. ¿Luego? Otro día.

martes, febrero 20, 2018

De Santa Teresa


No tiene fácil explicación; pero hasta que no he tenido colgado en la pared y debidamente enmarcado el dibujo de Antonio Oteiza que acompañaba mi ejemplar de De Santa Teresa, regalo de Salvador Retana, que lo editó en abril de 2017 en sus Ediciones La Rosa Blanca, no he hecho una lectura detenida de esta excepcional obra que contiene un poema extenso e inquietante —«Aparecida»— de la poeta mexicana Minerva Margarita Villarreal, el libro En el centro del centro, de José María Muñoz Quirós, una mirada a Teresa de Jesús y a sus obras pautada en cincuenta poemas, y la serie de dibujos sin título de Antonio Oteiza. La «Nota del editor», de Salvador Retana, es explícita: «[…] Cada autor da cuenta aquí  de su particular viaje. La doble textura punzante y luminosa de poemas y dibujos genera un vivo diálogo en torno a la figura de la Santa que, junto con la de san Juan de la Cruz, ocupa una de las más altas cimas de la mística y la literatura españolas del siglo XVI. El proyecto de este libro reúne, a la manera del pájaro solitario, las condiciones del editor independiente. La primera: que el afán de su aventura ha de tener altura de miras, pasión por la palabra, audacia y sagacidad; la segunda: que debe huir del ruido, la prisa y las tendencias de la moda, así encontrará la manera de realizar una obra meritoria; la tercera: que ha de estar abierto a promover y conservar todo aquello que pida un buen libro como bien cultural: valores humanos; la cuarta: que ha de ser capaz de aportar la debida consistencia, sobriedad y elegancia a la edición, para que el lector no confunda valor y precio; y la quinta: que ha de ser honesto y libre en su oficio, porque su labor como editor es la del tejedor partícipe de un tapiz que no deja de ser nuestro espejo del mundo». Cinco preceptos dignos de lo que debe ser un editor en los que concurren pasión, audacia, sosiego, creencia en la cultura auténtica, elegancia, honestidad y libertad. El libro, como suele Ediciones La Rosa Blanca, está cuidadísimo de factura. Nacido con 24,5 x 17,5 cm., encuadernado elegantemente en todo tela en un marrón carmelita —qué casualidad— y estampación clara del título y del motivo de cubierta de Oteiza, lleva por cima dos camisas con diferente ancho de solapa y es la mayor la que va impresa —todo Garamond, como todo el libro— con los títulos de la colección (Empalaos, Caracteres, El matadero, Cementerio alemán, Yuste). El papel volumen GardaPat 13 Kiara de 135 g/m2 e Insize Modigliani de 145 g/m2, que da gusto tocarlo. Blanco como la buena leche. Ciento treinta páginas que proceden impresas de los talleres de Gráficas Romero, de Plasencia, en quinientas copias, cincuenta de las cuales han sido numeradas y acompañadas de un dibujo de Oteiza. «Los grandes libros, los que nos hacen crecer / por encima de la línea brusca de la duda», escribe Muñoz Quirós en un poema que recupera el sentimiento de recreación de Santa Teresa al leer libros, en su Vida (Capítulo XXVI). Lo dicho, pasión, audacia, sosiego, cultura, elegancia, honestidad y libertad.