viernes, abril 20, 2018

Conversaciones en Extremadura


Ahora no pongo en pie cuándo pude leer este libro que encontré hace unos meses en Badajoz, en la librería y churrería «aAaaa», la de la Plaza Alta, como su propio nombre indica. Conversaciones en Extremadura, de Marciano Rivero Breña (Badajoz, Universitas Editorial, 1981) formaba parte de una biblioteca familiar; quizá la de uno de mis hermanos, en la que, por un ejemplar como éste, leí las entrevistas que Rivero Breña hizo —entre junio y diciembre de 1980— a personajes extremeños significados en los tiempos de la transición y de la construcción de una Extremadura que fue y que quizá por ello es lo que es: Pablo Castellano, Ricardo Senabre, Adolfo Maíllo, Víctor Chamorro, Juan Barjola, José Antonio Gabriel y Galán, Enrique Sánchez de León, Jesús Vicente Chamorro, Juan Rovira Tarazona, Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona y Antonio Hernández Gil. No sé cómo diría hoy José Julián Barriga, autor del prólogo de aquel libro, la importancia que tuvieron todos los personajes con sus responsabilidades en aquellos tiempos; pero estoy seguro de que expresiones como «páramo cultural» o «pionero» hoy deberían tener otro significado. De aquella lectura, durante muchos años retuve y repetí como un testimonio de una época una frase de Ricardo Senabre en la que decía que la ubicación de la Universidad de Extremadura se la habían querido jugar a los chinos. Muchas veces he dudado sobre la exactitud de aquella declaración, de si era una deturpación mía; pero ahora puedo retomar las palabras del fundador del Colegio Universitario de Cáceres: «La Universidad de Extremadura tomó cuerpo en el año 1974, y en cuanto a su lugar de emplazamiento casi, casi, se la juegan a los chinos por indicación del que entonces era director general de Universidades, el catedrático de Historia, Luis Suárez Fernández, quien en presencia de las autoridades de Badajoz y Cáceres, reunidas con él en Mérida, propuso por tres veces consecutivas y con la más absoluta seriedad, o al menos así les pareció a todos los asistentes, el que se jugaran a los chinos la ubicación de esta Universidad» (pág. 60). Rivero Breña le interpeló como si no le creyese: «Pero así; jugársela a los chinos»; sobre lo que Senabre insistió: «Sí, sí. Como lo oye. En presencia de los presidentes de Diputación, gobernadores civiles y alcaldes de las dos capitales extremeñas. Hay por tanto seis testigos que podrían ratificar esta afirmación. Y no creo que nadie pueda dudar de seis testimonios unánimes, procedentes de personas adultas que tienen una responsabilidad política. La reacción de estas seis personas fue de absoluto estupor ante tamaño disparate» (págs. 60-61). Aquel disparate se evitó y la Universidad de Extremadura fue la primera en España que tuvo sus facultades distribuidas en más de una provincia. En muchas ocasiones, los libros nos traen recuerdos personales; pero no siempre, como es el caso, nos los aclaran y precisan.

jueves, abril 19, 2018

Fraude

Cualquiera lo diría. Ayer, por una friolera, di en el diccionario con la palabra «fraude» y hoy parece que me he quedado a vivir en ella. Me la he encontrado en los tenebrosos rincones de mi cerebro, como escribió Bécquer, aunque suele ir por la calle relacionada con lo fiscal, lo dinerario. Parece, pues, que el fraude es un delito más sofisticado. Y «sofisticado» es un adjetivo que viene de un verbo transitivo de la primera conjugación mucho más contundente que el derivado: «Falsificar o corromper algo». No sé dónde leí esto de Luis Landero, con motivo de la publicación de La vida negociable: «Somos una tribu que no hay modo de cohesionar y llevamos cinco siglos intentándolo. Hay motivos para no amar a España, que ha sido gobernada por clérigos, militares y aristócratas, pero hay otros motivos para amarla profundamente: Cervantes, Jovellanos, Machado, Azaña... Para mí, a pesar de esa historia descarriada, a España siempre la llevo en el corazón». Yo también; pero sigo dando vueltas a lo del fraude. A lo que me atañe. Me importa. Mucho.

miércoles, abril 18, 2018

DLE


Acabo de saber que todas y cada una de las palabras de la definición de una entrada de la edición del Diccionario de la Lengua Española en la web de la RAE son vínculos que llevan a las definiciones de sí mismas. Que si yo busco «fraude» y me da como resultado «1. m. Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete», y clico en «perjudica», llego a «1. tr. Ocasionar daño o menoscabo material o moral. U. t. c. prnl.». Es genial esto y yo soy un ignorante. Y más. Vamos, como en la edición en papel; pero con alguna diferencia.

martes, abril 17, 2018

Vicente Cervera en Letras

Ayer, al terminar una reunión, me despedí de unos colegas diciéndoles que iba a una conferencia a formarme. Era la de Vicente Cervera Salinas, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia. Fue en el aula 27, en la que mi compañero Ignacio Úzquiza da sus clases —de 13:00 a 15:00— de Fundamentos de la Literatura Hispanoamericana en el primer curso del grado de Filología Hispánica. Dije «formarme» y me formé. Vicente Cervera dio ayer una clase magistral sobre Jorge Luis Borges que vino a ser una de las más ilustrativas introducciones —e incitaciones a su lectura, en la medida correcta de quien se dirige a estudiantes que no saben, o no manifiestan saber, en qué siglo escribió ese escritor argentino— que yo he conocido sobre la trayectoria literaria del autor de El hacedor, libro al que Cervera aludió en varios momentos de su intervención. Faltaron los textos. Qué bien habría estado mostrar —y tenemos medios en el aula—, qué sé yo, el «Poema de los dones» —cuyos primeros versos Vicente Cervera recitó de memoria—: «Nadie rebaje a lágrima o reproche / Esta declaración de la maestría / De Dios, que con magnífica ironía / Me dio a la vez los libros y la noche.», o algunas de las pocas porciones de «El inmortal», de El Aleph. O la dedicatoria imposible de El hacedor a Leopoldo Lugones, que fue como un resumen de la charla de un Vicente Cervera que acabó leyendo, también de memoria, el soneto «Everness», de El otro, el mismo, para hablar de la memoria; y un poema propio, de un libro, El alma oblicua (Verbum, 2003). Le dije al final de su charla que mi primera conferencia como profesor, hace ya más de treinta años, fue sobre la poesía de Borges, a la que él dedicó su tesis, que defendió en 1989; que compré poco después de su publicación Los conjurados (1985), el último libro del maestro; y ahora le diría que en las primeras páginas de mi ejemplar de ese poemario acabo de encontrarme un recorte abarquillado —por el color— de El País, de 30 de abril del año de su muerte —1986— titulado «Del cielo y del infierno», a cuyo sentido Vicente Cervera aludió ayer en varios momentos de su clase. Una clase sencilla y magistral.

miércoles, abril 11, 2018

Javier Cercas con asterisco


Mañana será la última de las dos sesiones de dos horas que voy a dedicar este curso a Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y la primera vez que lo haga a partir de una edición anotada, muy rigurosa, muy bien hecha, y muy reciente —hasta noviembre de 2017 no me llegó mi ejemplar— que ha publicado Ediciones Cátedra en su colección Letras Hispánicas: Javier Cercas, Soldados de Salamina. Edición de Domingo Ródenas de Moya. Madrid, Ediciones Cátedra (Col. «Letras Hispánicas», 790), 2017). No hace tanto que programé por primera vez esta excepcional novela —dice Domingo Ródenas que dijo «en 2010 el premio Nobel japonés Kenzaburo Oé que Soldados de Salamina le pareció "una obra maestra" y no seré yo quien le contradiga» (pág. 172)— en mis clases de cuarto de Filología Hispánica, y ha sido una satisfacción en estos años incorporar novedades editoriales sobre el texto que nos ocupa. En el curso pasado fue la «edición escolar» con prólogo de Ángel Esteban y material didáctico de Yannelys Aparicio y Ángel Esteban (Madrid, Debolsillo, 2016), y ahora este espléndido estudio que rodea a un texto que se convirtió en un fenómeno editorial. Una edición como la que ha elaborado Domingo Ródenas de Moya es más que un estudio. Lo es, pero quintaesenciado, reduplicado. La introducción tiene más de ciento cincuenta páginas, y pocas veces tiene tanta justificación tal prolijidad, que aborda la novela como fenómeno de sociología literaria; a su autor, antes y después de Soldados de Salamina; que analiza su concepto de novela —otra vez el punto ciego—; que recorre el texto y su ficción y su realidad; que se detiene en las articulaciones del discurso narrativo —el contrapunto cómico del personaje de Conchi, el relato real, la figura del padre...— y en el tema del heroísmo; que, en fin, interpreta con justeza la obra y responde a muchas de sus miopes e injustas lecturas. Tanto esta introducción como la bibliografía están actualizadas hasta —supongo— no mucho antes de la aparición de la edición, pues se tiene en cuenta la última novela de Cercas, El monarca de las sombras, que tuvo fecha de febrero de 2017. Soldados de Salamina se anota con más de cien notas al pie, muy esclarecedoras, y se culmina con la relación de variantes entre la primera edición y la versión que estableció Cercas en 2015, y con unos apéndices con el epílogo a esa edición, aquel artículo determinante de Vargas Llosa en septiembre de 2001 que aceleró el éxito, y unos textos de Eugenio Montes, Jorge Luis Borges y Thomas Hardy que vienen al pelo para leer a ese Cercas. Ese Cercas que parece un nombre en plural. Más bien dual, lo que justifica la tercera nota de la introducción de esta gran edición: «Como marca de discriminación entre el Javier Cercas real (el autor) y el Javier Cercas ficticio (el narrador), distinguiré a este segundo con un asterisco (*)». Eso sí, yo habría añadido a lo de narrador un matiz: «el personaje».

lunes, abril 02, 2018

La detonación


De mi blog de clases El trabajo gustoso. 
Nunca había programado en clase esta obra de Buero Vallejo, que fue la primera que estrenó muerto el dictador y después de la restauración de unas elecciones libres en junio de 1977, desde las últimas, en febrero de 1936. La mayor parte de mis alumnas —y J.M y C.— la leerán por la edición recomendada, la de Virtudes Serrano (Antonio Buero Vallejo, La detonación. Edición de Virtudes Serrano. Madrid, Ediciones Cátedra, Col. Letras Hispánicas, 636, 2009), que concluye su introducción con palabras que haré mías el primer día que explique la obra en clase: «La detonación sigue siendo una obra imprescindible dentro del teatro español desde la segunda mitad del siglo XX. La doble lectura histórica que propone no ha perdido actualidad más de treinta años después de su estreno, sino que ha ampliado su significado por recuperar para el lector más joven la memoria de un pasado próximo, hoy para muchos ajeno» (pág. 64). Ojalá pueda confirmar esa vigencia de este «drama subjetivo» —como lo denominó Luis Iglesias Feijoo en su clarividente y documentado estudio sobre el teatro de Buero, La trayectoria dramática de Antonio Buero Vallejo (1982)—; porque para mí es eso, más un drama subjetivo que un drama histórico en el que el autor supo manejar muy bien la ambientación en una época y unos personajes tan significativos. Crea la atmósfera histórica para sugerir algo importante e idéntico a la teatralidad que interpela al público contemporáneo. Me he detenido esta tarde en el momento de la segunda parte de la obra en el que Buero hace que los personajes de Espronceda y Larra, muy críticos con la desamortización —«Una farsa indignante», dice Fígaro— visiten a Mendizábal para comunicarle sus reparos. El ministro dice que «La plebe es ignorante. Darle hoy el voto sería el caos. Y todos hemos visto lo que sucede entonces. Asesinatos, motines...». A lo que Larra devuelve: «El poder también asesina»; y poco después, el escritor Buero hace decir al escritor Larra, dirigiéndose a Mendizábal, que «Usted ha sido un político desterrado por servir a la libertad, pero no nos ha dado libertad. Usted ha defendido la causa popular en sus discursos, pero es usted un millonario opulento, y su desamortización es otra hábil jugada de bolsa a favor de los ricos, no de los braceros. En resumen: usted inaugura otra sustanciosa etapa de privilegios. Y nosotros, aunque nos multe o nos encarcele, lo diremos.» A lo que Espronceda, escribe Buero, añade: «Hago mías las palabras de Larra. Y agrego que acaso nadie haya querido ayudarle mejor que nosotros». En la obra también sale Calatrava, un paisano extremeño querido, que era Presidente del Consejo de Ministros cuando Larra se pegó el tiro. En fin, qué delicia preparar clases así. Y, por cierto, la imagen de arriba es como esas que leemos en la prensa diaria, cuando dicen que la infografía es de «elaboración propia». Sí, la mía también, a partir de las ilustraciones de una crítica de Carlos Seco Serrano, el gran especialista en el escritor romántico, publicada en ABC en diciembre de 1977, en la que se notó más al especialista en Larra que al espectador de teatro. Hace cuarenta años.


domingo, abril 01, 2018

Los libros de allí

Hay veces que, aquí, solo, sentado en mi escritorio, necesito salir a buscar un libro que está fuera de este cuarto, en la habitación de J., por ejemplo. Allí están, mayormente, los de poesía española contemporánea. Para llegar tengo que cruzar el salón y —es curioso— me quedo parado por si hay alguien y tengo que saludar, como si tuviese que dar las buenas noches a quien, sentado en el sofá, espera no sé qué cosa. Es verdad, siempre me pasa por las noches. La otra noche había alguien. Estoy convencido. No tuve que saludar a nadie en el salón; pero el libro apareció en mi mesa. Nota de filólogo: si lo de arriba fuese un texto importante, por ejemplo, el poema de un gran poeta, y hubiese sido escrito como yo lo he creado, finalmente, con esfuerzo; entonces, si yo, como así ha sido, no he guardado ninguna de las seis versiones de esas líneas que escribí antes de publicarlas, no habrá textos previos, no habrá ante-textos, o habrá poco de algo. Me da igual el soporte, aunque yo esté aún acostumbrado a trabajar con papel; pero lo que digo, la historia textual de lo escrito cabría perfectamente en los nuevos formatos. Siempre que el escritor guardase las diferentes versiones de su texto. Difícil en los tiempos que corren. Yo, que quiero dedicarme a esto, pido a los que escriben que guarden las versiones previas a aquello que puede ser importante. Nota de usuario: llevo meses intentando recuperar centenares de páginas que escribí, en varias versiones, y no hay manera de que sistema alguno lea el formato en el que las escribí en su día. Vértigo.

viernes, marzo 30, 2018

Al amor de Julia


Muchas veces no apreciamos la poesía que tiene la vida, su fonoestilística, la función expresiva de su lenguaje, aun cuando este sea áspero y desabrido. Nos cuesta encontrar ese valor poético de la existencia bajo el nublado de una desgracia, de un desamor, de un decaimiento. Nos cuesta; pero ahí está. Basta con pararse un poco a pensar en esa presencia. Afortunadamente, he tenido y sigo teniendo medios para encontrar su verdad, y uno de esos medios he de sumarlo al de la admiración que siento por la belleza que crean los artistas, y es tener a mis hijos. A Julia y a su hermano Pedro. Este año vuelvo sobre ella. Llevo así veintisiete con este. Hoy es su aniversario; y yo quiero felicitarla con este mensaje. Porque he vivido con ella mucho y quiero que sea así todos los días de mi vida. Felicidades, Julia.

jueves, marzo 29, 2018

Afectos


© El Periódico Extremadura. Fotografía de Antonio Martín
La lectura de la prensa de este pasado lunes de pasión, día de intenso trabajo en casa, me deparó dos buenos afectos de los buenos. Suele pasar cuando uno lee bien escrito aquello en lo que está pensando o lo que uno cree. Me ocurrió con el valiente artículo —con la que cae en Semana Santa, sobre todo, aquí, en Cáceres, hasta en mi calle (tengo video)— del historiador César Rina en Hoy (26.3.2018, p. 20) con el título de «Santa heterodoxia», que propone una contestación al discurso de sahumerio que nos llega de una parte —la más farisea— de quienes difunden una oficialidad semanasantera que no reconoce la integración en ella de un montón de ideologías y sentires. No es nuevo su interés por esto, pues fue premiado con el «Arturo Barea» por su estudio Los imaginarios franquistas y la religiosidad popular 1936-1949, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2015. La lectura de ese artículo me ha explicado meridianamente la imagen del domingo al lado de mi casa, en las traseras de la iglesia de San Juan: César Rina con su hábito de la cofradía de los Ramos esperando a procesionar por las calles de Cáceres. Una imagen edificante que me reafirma en mi disposición de alisar mis prejuicios. El otro caso es de una afinidad que ha venido a ser un enamoramiento incondicional por Maria Josep Estanyol, que lleva cuarenta y tres años dando clases de fenicio en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. Sí, dando clases de fenicio. Tiene 67 años y a mí no me importa la diferencia de edad, que no es tanta. De verdad; ni la lengua muerta. Admirable. No sé.

martes, marzo 27, 2018

Día Mundial del Teatro


Hoy, Día Mundial del Teatro, me he acordado de esta foto del patio de butacas del Gran Teatro de Cáceres vacío. Estaba con Isidro Timón, que era su director. Él sabrá decirme si fue en 2010, hace ocho años, o antes. Y yo tenía un teléfono móvil muy malo para hacer fotografías; pero esa mañana no quise dejar pasar el momento sin llevarme la imagen. Me he acordado de esta foto cuando he leído en el comunicado por el Día Mundial del Teatro que ha escrito la periodista mexicana Sabina Berman lo de desnudar al teatro: «Quitémosle al teatro todo lo superfluo. Desnudémoslo. Porque mientras más sencillo el teatro, más apto para recordarnos lo único innegable: somos mientras somos en el tiempo, somos mientras somos carne y huesos y un corazón latiendo en nuestros pechos. Somos aquí y ahora solamente. Viva el teatro. El arte más antiguo. El arte más presente. El arte más asombroso. Viva el teatro». Sí.

lunes, marzo 26, 2018

Soldadito marinero, ocho sílabas

© Fotografía de Begoña Rivas. Jot Down.
En las primeras clases del segundo cuatrimestre suelo hablar de un poema que siempre me ha parecido interesante, desde que lo leí en la edición de Imagen, de Gerardo Diego, que publicó José Luis Bernal hace la tira de años (Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27, 1990). «Ría» es un romance vanguardista —lo que dice mucho de lo que fue la vanguardia española. Me empeño con mis alumnos en que aprecien la pauta formal de un poema, bien sea su disposición estrófica o el tipo de verso que hace que el texto suene. También en clases primeras de otra asignatura me paro a advertir... —qué sabré yo en lo que me paro, la verdad. Por asuntos como este y por gustarme lo que canta Adolfo Cabrales Mato, para más señas, «Fito», me puse a buscar si la letra de lo cantado tenía su correspondiente negro sobre blanco, o azul sobre sepia, que en la red todo vale. Es tanta la ignorancia sobre el molde rítmico de la letra de una canción que no he encontrado aún —sigo buscando entre miles de resultados en la red— una transcripción correcta de la de un romance como «Soldadito marinero», una sencilla relación de octosílabos con rima asonante (e-a) en los pares, que haga justicia a la disposición versal de la pieza. Es fuerte, como se dice ahora. Cuánto analfabeto en métrica, ay. «Él camina despacito que las prisas no son buenas. / En su brazo dobladita, con cuidado la chaqueta» es la manera que la inepcia tiene de transcribir los versos de un romance tan sencillo como el del Duque de Rivas: «Al pie del cadalso el reo / de la alta mula se apea: / fervoroso el padre Espina / con él sube y no le deja. / De pie ya sobre el tablado / tres personas se presentan / a las medrosas miradas / de la muchedumbre inmensa». Así que:

Él camina despacito 
que las prisas no son buenas. 
En su brazo dobladita, 
con cuidado la chaqueta. 
Luego pasa por la calle 
donde los chavales juegan, 
él también quiso ser niño
pero le pilló la guerra. 
Soldadito marinero
conociste a una sirena, 
de esas que dicen te quiero
si ven la cartera llena. 
Escogiste a la más guapa
y a la menos buena. 
Sin saber cómo ha venido
te ha cogido la tormenta. 
Él quería cruzar los mares
y olvidar a su sirena,
la verdad, no fue difícil
cuando conoció a Mariela, 
que tenía los ojos verdes
y un negocio entre las piernas, 
hay que ver qué puntería,
no te arrimas a una buena. 
Soldadito marinero
conociste a una sirena 
de esas que dicen te quiero
si ven la cartera llena. 
Escogiste a la más guapa
y a la menos buena, 
Sin saber cómo ha venido
te ha cogido la tormenta 
Después de un invierno malo,
una mala primavera;
dime por qué estás buscando
una lágrima en la arena. 
Después de un invierno malo,
una mala primavera;
dime por qué estás buscando
una lágrima en la arena. 
Después de un invierno malo,
una mala primavera;
dime por qué estás buscando
una lágrima en la arena. 
Después de un invierno malo.

miércoles, marzo 21, 2018

Día Mundial de la Poesía

SITIO

Generosa poesía! Nos acoges
con qué oído, qué atención interminable!
Nuestra pequeñez juega en tu pecho
y sólo allí somos importantes.

Cada paso, cada eco, cada pena,
cada sucedido que sólo retumba en nuestro pecho,
te encuentra presta, vacía, allí esperándonos,
oyéndonos allí (¿en dónde?), alta, oyéndonos.

Es como un paraje de aguas al que bajáramos rápidos,
allí el silencio, allí el sonido eterno de las aguas
cayendo entre las piedras, a alturas desiguales,
allí lo que no cesa, cuando ya hemos partido.

                                               —Fina García Marruz—

martes, marzo 20, 2018

Pezón


Tengo reciente el grato recuerdo de la lectura de nueve líneas —en total, cuarenta y tres palabras, una cifra (800) y un símbolo (€)— que fueron los nueve aforismos de Jonás Sánchez Pedrero que se publicaron en la novena y última entrega de la colección poética ideada por Antonio Gómez 3 x 3 (Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2010-2017), que el pasado octubre presentamos en Mérida, cuando conocí en persona a Jonás, de cuya obra escribí aquí. Cuando leía Pezón, un libro que contiene cuatrocientos veinte aforismos, diez por página —mis referencias serán en romano al texto y en arábigo a la página—, pensé en encontrarme los nueve conocidos; pero no. No hay ninguno (solo «Somos el límite de un posesivo» —VII, 39— podría ser considerado reescritura de «En el límite nace el posesivo» que se publicó en 3 x 3). Me ha encantado sumergirme en la lectura de este libro leve y breve, denso y centro, como su título y signo («Como un dardo convertido en diana, como una punta que viaja, el pezón, ojo sin dueño, no es 'ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve'. Así, la turgencia que culmina un pecho se antoja paradigma de la aforística. Certero, evocador, más allá del tacto y la fonética, provoca, sugiere, vigila», se lee en la cuarta de cubierta), un pezón. La fotografía de cubierta de Leinad Rodiger es todo un aforismo, certero, suficiente y sugerente. Son estas algunas de las cualidades de los textos de Jonás Sánchez Pedrero; aunque en tan largo recorrido de más de cuatrocientos pespuntes haya más de una ocurrencia. Por ejemplo, «Tenía desprendimiento de rutina» (X, 37), que me preocupa. Llevo años dando vueltas a esta obsesión mía de hallar historias originales que suelo anotar, como la de un viejo pescador llamado Santiago que pugna por un pez que captura y que, al cabo, se comen los tiburones; o la de la tontería —con perdón de Jonás— de un «desprendimiento de rutina» que quería aprovechar para algo y que conté un día a unos amigos antes de haber leído nada de este Pezón. No sé si el texto más largo es uno de once palabras (IX, 45) y los más cortos los de dos: «Olvidar duele» (IX, 25) y «Compro dinero» (VIII, 32). Sé que me ha gustado, por ejemplo, «La vida ocurre cuando no mira nadie» (VII, 35), que no acabo de hacerme con el de «La novedad nace en 1867» —lamento mi escasa listeza— y que algunos son endecasílabos. Y sé que los textos de Jonás Sánchez Pedrero son como las poldras de las que uno puede servirse para ir de lo que ayer supo a lo que hoy sabe. Un poquito más. Y así, paso a paso. «El disparo y la caricia nacen del mismo dedo» (I, 6).

Jonás Sánchez Pedrero, Pezón. Ediciones del Ambroz, 2018.

sábado, marzo 17, 2018

Panorama matritense


Pasarán los años y seguirá viva esta manera de sentirse aislado y protegido en el puro centro de una ciudad ruidosa, muchas veces incomprensible —los mendigos de ahora son tan diversos que parecen un invento más de una gran cadena de productos— activa siempre, incluso cuando duerme. Es una manera de estar abrigado en una especie de templo civil y laico que le nutre a uno de un alimento que le sustenta semanas y meses hasta un nuevo viaje. «En la Nacional», he escrito aquí más de una vez. Acomodado en uno de los pupitres de la Sala Cervantes, uno se siente rodeado de genios que surgen de algún sitio —una mesa, un mostrador, una puerta que da acceso a los depósitos— y que logran que tus deseos —una simple petición hecha a lápiz en una ficha autocopiativa rosa— se cumplan cada vez que se los escribes. Con una veneración por el trabajo bien hecho correspondiente con la de una funcionaria que no ha dejado de sonreírme mientras me daba un tutorial sin queja alguna sobre cómo montar en el lector —hacía años que no usaba algo así, una máquina estupenda para dejarse los ojos— un microfilm con unas cartas que escribió Agustín Durán a Juan Eugenio Hartzenbusch. Qué cosas; por si alguno duda que esto no es estar aislado y protegido en medio del tráfago de ahí fuera. Vivido así, Madrid es lo que tiene. Puedes encontrarte, como en la plaza del pueblo, con un querido colega que en la Sala General hace lo mismo que tú con otros libros; o puedes quedar en el bar de la esquina con un antiguo amigo que te emociona ver y que se emociona al verte. Me citó Antonio Sáenz de Miera en el lugar más cercano a mi centro de trabajo de ayer, para que no perdiese mucho tiempo. Antonio ha sido muchas cosas, y ahora es un sabio tranquilo. Desde que no le veo, además de seguir escribiendo libros y de viajar —ayer lo recordamos—, ha sido el responsable de que, hace un par de años, a la estación del metro madrileño de Sol se le restituyese su nombre y se le quitase la astracanada de «Vodafone». Volví a la Nacional —el personal de seguridad me permitió salir y entrar sin necesidad de devolver lo que consultaba ni recuperar mi tarjeta, con mi ordenador en el pupitre— y seguí mañana y tarde leyendo papeles delicados del siglo diecinueve que pertenecieron a quien fue director, precisamente, de la Biblioteca Nacional de España. Su hijo, Eugenio Hartzenbusch, del «Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios», escribió una Bibliografía de Hartzenbusch que pude consultar en otra sala; pero que, caprichos que uno tiene, pude comprarme en la Librería Bardón tras un apacible paseo de media hora por el Madrid más turístico cuando no llovía. Hoy paso del templo. Como me responden a veces en la farmacia de mi barrio, me dijeron en la Librería Jiménez (Calle Mayor, 66), que lo que quiero lo tienen que traer del almacén. He quedado en pasarme hoy sábado. Así me llevo a casa lo que quiero leer, las cartas entre Cecilia Böhl de Faber y Juan Eugenio Hartzenbusch, que publicó en 1944 otro rarito que pasó por la Nacional, un tal Theodor Heinermann. En fin, Madrid amable y sábado lluvioso. Y unas cañas en Malasaña.

jueves, marzo 08, 2018

8 de marzo


Aula 31. 12:05. 4º de Grado de Filología Hispánica. Nadie. Tengo en clase a diecisiete mujeres y dos hombres; y hoy no había nadie. No me importa. Al contrario. Estamos analizando Poeta en Nueva York y había pensado en no avanzar por si algunas alumnas hacían huelga, y dedicar la clase a hablar de mujeres en la historia de la cultura española. Habría estado bien, por no aparcar del todo a Lorca, comenzar recordando la fascinadora interpretación de Silvia Pérez Cruz del «Pequeño vals vienés», y luego citar a Concha Méndez y a María Teresa León, y a «Las sin sombrero», y mostrar un trozo del documental más imprescindible. Habría seguido avanzando en el tiempo y puesto sobre la mesa la eminencia de María Moliner y de su Diccionario; y, qué se yo, comentar un poema de Ángela Figuera y terminar hablando de algún texto narrativo de Carmen Martín Gaite. Me demostraría a mí mismo que las mujeres, en la historia literaria, no han parado nunca, y que hay donde fijarse sin perder nada de calidad ni de miras.

domingo, marzo 04, 2018

Bernal, académico


©Real Academia de Extremadura
De la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. Trujillo, sábado lluvioso, alegría por el agua que viene del cielo, esa claridad que es un don, dijo Claudio Rodríguez. Un poeta, un poema. Un poeta, José Miguel Santiago Castelo, fue el primero de los evocados, sí, en la dedicatoria de este discurso. Un poema, «Breve tratado de la ignorancia», del libro de José Luis Bernal Tratado de ignorancia (Mérida, De la luna libros —Col. Luna de Poniente, Y— 2015), el comienzo del exordio de este nuevo académico que llenó de poesía y vida el salón de actos del Palacio de Lorenzana, sede de la academia extremeña, repleto de familiares, amigos, compañeros de José Luis Bernal, y, sin embargo, tibiamente arropado por ocho colegas —o por ahí— de una corporación de más de veinte miembros. «Literatura para vivir. El profesor y el poeta, cuerpo a cuerpo» es el título de este discurso tan bien dicho la mañana de un sábado lluvioso por quien tanto se ha dedicado al estudio de la literatura, a la creación literaria y a la gestión académica y cultural, que fueron las tres patas sobre las que montó su contestación Carmen Fernández-Daza Álvarez —me dan ganas de llamarla excelentísima señora—, que es, hablando en plata, amiga del recipiendario, y, por consiguiente, más que autorizada para saltarse, sin indumentaria ni retórica, el protocolo. No lo hizo, como yo siempre quiero. Viajé a Trujillo con las iniciales femeninas C., L., M. y G., todas mujeres, que son las menos en una institución como la Real Academia de Extremadura. Deseo que pronto cambien las cosas. En su exordio, y en el consabido elogio del antecesor, José Luis Bernal también fue pródigo, pues repartió su homenaje entre las figuras de Juan de Ávalos —que «tuvo, siendo republicano (un republicano cristiano y en ello no hay paradoja alguna), el carnet número 7 del PSOE» (pág. 15)— y de Félix Grande, elegido académico en 2009 y que murió en 2014 sin llegar a tomar posesión de su medalla. Juan Manuel Rozas como maestro, la familia, los amigos, la literatura y un montón de guiños intencionados a la tradición, a lo que han dicho otros, sobre cómo las obras literarias son «compañeras insustituibles para la vida (Jorge Urrutia), que llenaron el salón de nombres como Álvaro Valverde, otra vez Santiago Castelo, Antonio Machado, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Jorge Luis Borges... Si «Breve tratado de la ignorancia» fue el poema del comienzo, el nuevo académico concluyó con «Las palabras», otro poema del mismo libro, que resume en su título lo que fue la esencia del acto del sábado. Un profesor y poeta palabra a palabra, palabra sobre palabra. Cuando esas palabras se dicen como las dijo José Luis ocurre algo que a uno le gustaría definir con más sentimiento que razón. No sé. Lo único que ocurrió allí fue que estuvimos durante un tiempo que no se hizo largo, envueltos en palabras y palabras, como si estuviésemos sintiéndolas, reconociendo lo que son, respirando como ellas en el ambiente creado por alguien que las pronunció ese día. Ayer mismo.

sábado, marzo 03, 2018

Botín de Centrifugados


Plasencia, 25 de febrero. Se oyeron aplausos espontáneos que interrumpieron el discurso de Luis Landero cuando dijo que son las personas particulares las que propician cultura, y que los que gobiernan, los políticos, no hacen lo suficiente por ello, que incluso la entorpecen negándose a que encuentros editoriales «de literatura periférica» como el ya consolidado, cada vez más consolidado, Centrifugados, se celebren en su ciudad, en beneficio de todos. Reaccionó Landero a tiempo, delante del alcalde de Plasencia, para reconocer que en esa ciudad una iniciativa como la que propuso José María Cumbreño sí había sido bien recibida, como ha sido notorio desde hace cuatro años. Bien estuvo, hasta que Cumbreño comunicó que, por las razones que ya están difundidas en la red, lo dejaba; y que el próximo encuentro, de celebrarse, tendrá que ser lejos de aquí. Así las gasta —y se desgasta— quien tiene todo el derecho de apearse en marcha de una actividad que él mismo puso a funcionar y que, si hay voluntad, puede continuar su trayecto. En cualquier caso, fue un rato grato de un domingo grato, lleno de muchos saludos y reencuentros, y de unos cuantos libros. Alguno tuve que ir a buscarlo fuera, a la ejemplar librería La Puerta de Tannhäusser, los Cien centavos de César Martín Ortiz que Gonzalo Hidalgo Bayal —otro protagonista de esa mañana— va recomendando a todo el que se ponga a tiro. Otro me lo ofreció con su generosidad de siempre Elías Moro, un De nómadas y guerreros que yo recuerdo haber leído hace años y que ahora me llega tan fresco como recién escrito, tan intemporal que extraña en un autor y amigo tan rememorativo. Varios de los libros que me traje, así el de Esther Ramón, el de Javier Lostalé o el de Manuel Neila, se me quedaron mirando; y otros más me los ofreció mi antiguo alumno David Matías, que ya es doctor, editor y un encanto discreto, como tantos, artífice de las ediciones de La Moderna. En este sello, en papel y en formato electrónico, están apareciendo «contradiscursos» —me pregunto (?) si cabe emplear este término— de mucho interés, como el breve ensayo de Patricia de Souza Eva no tiene paraíso, en la imagen, junto a Los dilemas del profesor Heyman, el texto teatral del que diré algo luego. ¿Luego? Otro día.

martes, febrero 20, 2018

De Santa Teresa


No tiene fácil explicación; pero hasta que no he tenido colgado en la pared y debidamente enmarcado el dibujo de Antonio Oteiza que acompañaba mi ejemplar de De Santa Teresa, regalo de Salvador Retana, que lo editó en abril de 2017 en sus Ediciones La Rosa Blanca, no he hecho una lectura detenida de esta excepcional obra que contiene un poema extenso e inquietante —«Aparecida»— de la poeta mexicana Minerva Margarita Villarreal, el libro En el centro del centro, de José María Muñoz Quirós, una mirada a Teresa de Jesús y a sus obras pautada en cincuenta poemas, y la serie de dibujos sin título de Antonio Oteiza. La «Nota del editor», de Salvador Retana, es explícita: «[…] Cada autor da cuenta aquí  de su particular viaje. La doble textura punzante y luminosa de poemas y dibujos genera un vivo diálogo en torno a la figura de la Santa que, junto con la de san Juan de la Cruz, ocupa una de las más altas cimas de la mística y la literatura españolas del siglo XVI. El proyecto de este libro reúne, a la manera del pájaro solitario, las condiciones del editor independiente. La primera: que el afán de su aventura ha de tener altura de miras, pasión por la palabra, audacia y sagacidad; la segunda: que debe huir del ruido, la prisa y las tendencias de la moda, así encontrará la manera de realizar una obra meritoria; la tercera: que ha de estar abierto a promover y conservar todo aquello que pida un buen libro como bien cultural: valores humanos; la cuarta: que ha de ser capaz de aportar la debida consistencia, sobriedad y elegancia a la edición, para que el lector no confunda valor y precio; y la quinta: que ha de ser honesto y libre en su oficio, porque su labor como editor es la del tejedor partícipe de un tapiz que no deja de ser nuestro espejo del mundo». Cinco preceptos dignos de lo que debe ser un editor en los que concurren pasión, audacia, sosiego, creencia en la cultura auténtica, elegancia, honestidad y libertad. El libro, como suele Ediciones La Rosa Blanca, está cuidadísimo de factura. Nacido con 24,5 x 17,5 cm., encuadernado elegantemente en todo tela en un marrón carmelita —qué casualidad— y estampación clara del título y del motivo de cubierta de Oteiza, lleva por cima dos camisas con diferente ancho de solapa y es la mayor la que va impresa —todo Garamond, como todo el libro— con los títulos de la colección (Empalaos, Caracteres, El matadero, Cementerio alemán, Yuste). El papel volumen GardaPat 13 Kiara de 135 g/m2 e Insize Modigliani de 145 g/m2, que da gusto tocarlo. Blanco como la buena leche. Ciento treinta páginas que proceden impresas de los talleres de Gráficas Romero, de Plasencia, en quinientas copias, cincuenta de las cuales han sido numeradas y acompañadas de un dibujo de Oteiza. «Los grandes libros, los que nos hacen crecer / por encima de la línea brusca de la duda», escribe Muñoz Quirós en un poema que recupera el sentimiento de recreación de Santa Teresa al leer libros, en su Vida (Capítulo XXVI). Lo dicho, pasión, audacia, sosiego, cultura, elegancia, honestidad y libertad. 

martes, febrero 13, 2018

Su clara luz recibe


Mañana presentamos en Ribera del Fresno este librino sobre el magistrado y poeta Juan Meléndez Valdés (1754-1817). Su clara luz recibe. Estudios sobre Juan Meléndez Valdés (Mérida, Editora Regional de Extremadura. Colección «Estudio», 51, 2017). Intervendremos en el acto Piedad Rodríguez Castrejón, alcaldesa de la ciudad natal del escritor, Eduardo Moga, director de la ERE, y quien suscribe y mira con regusto un conjunto de escritos que incluye el primer trabajo académico publicado, con veinticuatro años, sobre los ecos de la poesía de Meléndez Valdés en Espronceda, que apareció en un volumen del Anuario de Estudios Filológicos en homenaje, precisamente, a quien marcó —Juan Manuel Rozas, que falleció en ese 1986— los inicios de una carrera que ya va, con suerte, para los treinta y dos años. Es, más o menos, el tiempo que recorren los seis breves estudios reunidos bajo un título declaradamente ilustrado, del tiempo de unas luces que hoy seguimos necesitando, y que remite a un poema, la oda «En una salida de la corte», en el que el poeta se lamenta de que se desdeñe la poesía, los bienes inmateriales: «La falsa corte y novelero vulgo / desdeña el numen; los tendidos valles / y el silencio le agrada, / y la altísima sierra al cielo alzada. / En ocio y paz de la verdad atiende / allí la augusta voz, el alma dócil / su clara luz recibe, / huye el error, y la virtud revive […]». No seré yo el que diga lo que escribió un colaborador de un periódico de su tiempo: «Su lenguaje compite con el de Petrarca. Su economía, prenda que si exceptuamos a fray Luis de León, no se encuentra en ningún poeta español, es admirable, no se hallará en todos sus versos uno que sea inútil como los que encaja a cada paso el común de los poetas para seguir el consonante.» (Correo de Madrid, junio de 1788). La presentación será en la Casa de la Cultura de Ribera del Fresno, a las 19:30 horas. Miércoles, 14 de febrero de 2018.

martes, febrero 06, 2018

Luis Pastor en el Aula Literaria José María Valverde


Mañana, miércoles 7, el Aula Literaria «José María Valverde» de la Asociación de Escritores Extremeños reanuda su programa de este curso con la lectura de Luis Pastor (Berzocana, 1952). «Soy un verso / lanzado al futuro, / proyecto seguro, / guitarra y canción», dice una de sus letras como un justificante de que esta aula de la literatura y de la palabra vuelve a recibir —ya pasaron por ella Pablo Guerrero y Javier Krahe— a un cantante que escribe. En el Palacio de la Isla de Cáceres, a las 19:15 horas de este miércoles 7 de febrero de 2018.

Xavier Escudero en Letras

Hoy martes 6 de febrero, el profesor Xavier Escudero, de la Universidad de Littoral Côte d’Opale (Boulogne sur Mer, Francia), dirá una conferencia sobre una de sus principales líneas de interés en la investigación: las Formas y aspectos de la decadencia en la novela española del final del siglo XX al principio del siglo XXI, que es el título del libro que está preparando en Francia. Hace semanas que el profesor Ramón Pérez Parejo, que forma parte del equipo de Literatura Infantil y Juvenil de la UEX, se me propuso para invadir benéficamente mis clases de Literatura Española Contemporánea con la aportación de este especialista sobre ejemplos de «decadencia» de la novela española como Luis Landero, Rafael Chirbes, Gonzalo Hidalgo Bayal o Enrique Vila-Matas. Santos todos de mi devoción. En Letras, en el aula 31, a las doce de la mañana. Entrada libre, claro.

domingo, enero 28, 2018

Culpables por la literatura


Este libro de Germán Labrador Méndez, Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986). (Madrid, Ediciones Akal, 2017), se presenta —por fin— este martes en Cáceres. Debo a Juan Andrade, director de la colección «Reverso. Historia crítica» en la que se publica, mi ejemplar, enviado por Akal el pasado verano. Es un libro, para mí, interesantísimo y que ojalá resulte controvertido —señal será, no solo de que lo es, sino de que se ha difundido. Es tan impugnable como el pasado que trata. De manera que no cabe más, como en aquellos tiempos, que ser tolerante, más comprensivo que sectario. Aún no he terminado de leerlo (pág. 269 de 666) y no puedo dedicarle una reseña; pero me gustaría reproducir unas líneas de Germán Labrador en sus páginas de «Agradecimientos»: «Sin desearlo, formé parte de una generación de investigadores que, a pesar de sus aportaciones en sus respectivos campos, lejos de haber sido aprovechados por el mundo del que proceden, fueron alejados de él con violencia». No me cuadra lo de «sin desearlo» y no comparto lo de «con violencia»; pero estoy con él en que es bochornoso que España forme en la enseñanza pública a jóvenes para luego desprenderse de ellos. No me imagino que  un club de fútbol acoja a un chaval de catorce años, lo eduque hasta convertirlo en balón de oro y le diga que se marche. Pongamos que hablo de Messi. «Parecería a veces —dice Germán Labrador en su libro (pág. 6)— que la función de las universidades, en el estado español, consistiese en la doma o desperdicio del talento más joven». Por eso me alegro de que libros así —y personas como Juan Andrade, como Enrique Santos Unamuno, que presentará el libro de Germán Labrador el martes— estén en nuestro panorama universitario. En la librería Psicopompo (Plaza Marrón,12), martes 30 de enero de 2018, 20:00 horas. En Cáceres. Se presenta el libro de Germán Labrador Méndez, Culpables por la literatura. Imaginación política y contracultura en la transición española (1968-1986). (Madrid, Ediciones Akal, 2017).

jueves, enero 18, 2018

Ángel en Letras


© Foto de Sandra Sánchez Valares
Esta mañana he intervenido en mi Facultad en el II CICLE (Congreso Internacional de Investigación y Crítica sobre Literatura Española), dedicado a las relaciones hispano-lusas en la literatura, y organizado por jóvenes investigadores y profesores que fueron mis alumnos no hace tanto, con una ponencia titulada «Un mapa sin fronteras de la literatura de Portugal y de España (1985-2008)». Rótulo poco explícito que ha comprendido un nuevo recuerdo de mi querido amigo Ángel Campos Pámpano. Él es quien ha justificado el tramo de mi interés, desde 1985, por su antología —que no pudo llegar a reeditar, como tanto le hubiese gustado— Los nombres del mar. Poesía portuguesa 1974-1984 (Editora Regional de Extremadura), hasta 2008, la fecha de su muerte y de la publicación de su poesía reunida en el volumen La vida de otro modo [Poesía 1983-2008] (Calambur Editorial). Habrá quien diga que soy excesivo y sensiblero; pero he repetido que de Ángel sigo acordándome todos los días. Yo sigo firme. Un colega, al terminar, se me ha acercado para preguntarme cómo podría conseguir la antología de Ángel y su poesía, porque —me ha dicho— «por lo que has leído de él, es de esos poetas que me gustan». Otro colega me ha recriminado no haber sido más contundente y haberme contenido —quizá por pudor— en insistir más en el empeño extraordinario de Ángel Campos Pámpano por la difusión de la literatura portuguesa en España. Quizá por todo esto, he sentido como nunca que no hubiese más personas escuchándome. No, por favor, no soy tan cretino. Lo digo porque sería lógico hablar ante una docena de escuchantes sobre mi genial análisis de una tragedia desconocida de un más desconocido autor escondido bajo el acrónimo «Masara»; pero me entristece que no haya habido más público que —como ese colega que se me acercó al final de la charla— hubiese sabido de la existencia de un personaje extraordinario, de un gran profesor, de un traductor solvente, de un buen poeta, de un amigo. Como si no supiese yo que no es necesario trabajar sobre Ángel para acordarme de él.

martes, enero 16, 2018

De Aurora Luque


Un mensaje de Pilar Galán de ayer temprano comunicaba que la intervención en el Aula José María Valverde de Cáceres de la escritora Aurora Luque, que es de mi quinta, cambiaba lo programado, y que su visita se concentrará en el día 1 de marzo. Todos, supongo, hemos tomado nota; pero a mí me ha traído a la mente algo de su poesía que conozco —«El cuerpo amado nunca / es solamente un cuerpo»— y un libro que yo desconocía y que se titula Una extraña industria (De poética y poetas). Ed. de José Andújar Almansa (Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Cultural de la Universidad de Valladolid, 2008). Recoge esta obra más de una treintena de textos publicados o leídos —hay conferencias y presentaciones hasta ese momento inéditas— de esta poeta y profesora de griego que giran en torno al libro, a la lectura y al mundo clásico. En «La lectura como enfermedad jovial», que inauguró una feria del libro en Almería, dice: «No pretendo ser original —pero sí muy sincera— si les digo que la historia de mi vida es la historia de mis lecturas. Para saber quién soy tendría que hacer un escrutinio de los libros que he leído, al revés del quijotesco, no centrífugo, sino centrípeto, no para desecharlos como perniciosos ni para destruirlos con furia liberticida como sucedió en La Mancha, sino al contrario, con amorosa disposición, porque al acogerlos me constituyeron tal como soy». Y transcribe un poema de Jorge Riechmann («Un libro es un milagro» […]) y recuerda un libro del profesor Juan Mata (Como mirar a la luna. Confesiones a una maestra sobre la formación del lector) y una cita que lo encabeza de Chan Chao, de Dulces sombras soñadas. Se echan en falta en el libro de Luque referencias precisas a lo que lee. El poema de Riechmann es de Poema de uno que pasa (Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 2002) y el libro de Juan Mata está publicado en Barcelona por la Editorial Graó, en 2004. De lo de Chan Chao no tengo ni la más remota idea, aunque sean Dulces sombras soñadas. Lo cierto es que mañana quiero restituir el libro de Aurora Luque a la biblioteca de mi universidad, que me lo prestó.

martes, enero 09, 2018

Marsé, 85

© Toni Albir (EFE)
Yo, ya, desde el año pasado, felicito al maestro tal día como hoy. Conversación de ayer con un colega muy leído: —Oye, estoy fascinado con lo que he leído de Juan Marsé. Es buenísimo. Creo que ya me he comprado todo. Lo leeré.

Felicidades.

lunes, enero 08, 2018

Ana


Hay relaciones profesionales que al cabo del tiempo toman un tono gozosamente más intenso que el que en su día tuvieron. Pasados los años, uno desescombra en lo superfluo y se queda con lo esencial, como supongo que debe pasar —se me ocurre ahora— a los matrimonios con muchos hijos o a los editores con muchos libros, que se quedan, sobre todo, con los hijos y con los libros. Pienso en esto por lo tanto que me duele la muerte de una compañera como Ana Holgado Holgado (Sierra de Fuentes, 1953). Compartimos siete intensos años —y varios centenares de ediciones— en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. Supuestamente, yo era su «jefe»; pero ella era el eje en torno al que giraba todo el mecanismo de una editorial universitaria. Lo ha sido durante más de treinta años, como Jefa de la Unidad Técnica del Servicio de Publicaciones de la UEX, y ha compartido, casi desde talleres, el nacimiento de más de un millar de libros que modesta y dignamente ha venido publicando este sello institucional desde su creación en 1982. Hace pocos días, conocimos que estaba ingresada en la UCI, tras una intervención urgente por una septicemia grave; y esta mañana, en la Biblioteca Central de la UEX en Cáceres me dieron la noticia de que acababa de fallecer. Es difícil de creer que alguien se vaya así, de manera tan súbita y casi sin querer molestar a los más cercanos en unas fechas propicias para lo festivo. Hoy, el saludo más repetido, el lexicalizado «feliz año» de la vuelta al trabajo y el reencuentro con los compañeros, se ha hecho mueca de infelicidad, horma de la pena. Ana era constante, muy metódica, y tenía una cabeza hecha para estructurar todo aquello que carecía de estructura; por eso logró levantar la base de un «servicio» —de primer apellido, le decía yo, y «editorial» de segundo— que era suyo, y que me perdonen todos los directores académicos que han pasado por él. Gran aficionada al cine y a la lectura, mostraba muchísimo interés por cualquier asunto relacionado con la cultura que uno tuviese entre manos. Ella misma se ponía retos incluso para lo más doméstico. Su visita a París para ver a una sobrina la tuvo meses dedicada a reforzar sus nociones de francés, y recuerdo que durante mucho tiempo tuvo como página de inicio del navegador de su ordenador la portada de Le Monde, que fue su forma previa de inmersión. Este lunes de su muerte habría leído con interés la crónica de la de France Gall (1947-2018), un «icono de la Francia yeyé» la llama hoy el periódico en una página que me ha recordado a Ana. A ella se refería una de mis primeras anotaciones, de enero de 2004, antes de llegar al Servicio de Publicaciones: «Llamar a Ana Holgado», y con ella estamos Chelo, Inés, la becaria Anabel y yo en una fotografía que no he logrado localizar para ilustrar esta nota, que lleva otra cedida por la prima de Ana, Marisa Holgado. Mis apuntes de cuadernos antiguos —he dedicado buena parte de la tarde a recordar a Ana— me traen ahora una nota de un 16 de diciembre del año que España ganó el Mundial de Fútbol en la que yo me lamentaba de la falta de personal del Servicio de Publicaciones por que nuestra «comida de empresa» fuese solo de cinco: Chelo, Laura, Javier el becario, yo, y, claro, Ana. Su funeral será mañana día 9, en la Parroquia de Sierra de Fuentes a las 10:30 horas. Pena.

domingo, enero 07, 2018

Todas las palabras para decir roca


Estuve el último martes del año pasado en el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear. Y volví a contar los pasos que separan el umbral de mi casa de la puerta de entrada a este espacio de arte contemporáneo. Ciento treinta y cinco. Fui a conocer la propuesta de Julián Rodríguez como comisario de la exposición con los fondos de la Fundación y el pie forzado de la naturaleza como motivo temático. No sé si alegrarme por el medio natural creado —de incontestable efecto— por la exposición y la manera de vivirlo, yo solo, sin nadie —salvo el personal vigilante de la casa— en ninguna de las plantas del edificio; o lamentar que un atractivo turístico como este no tenga más visitas. Por eso me pareció muy destacable que en febrero de 2017 se llenase una de las salas más grandes del Centro cuando presentamos la antología Escribir y borrar, de Ada Salas y su libro Diez mandamientos, con los dibujos de Jesús Placencia. Todos suponemos que, cuando culmine la segunda fase de construcción del Centro, serán muchas más las oportunidades de abrir las puertas de un espacio expositivo de primera línea a más público. Incluso para quienes conocemos someramente —sin solvencia alguna— el fondo cacereño de Helga de Alvear, una muestra como la que propone Julián Rodríguez puede resultarnos «familiar» en algún momento de su recorrido, y llevarnos a decir que ya nos suenan algunas piezas. Todas las palabras para decir roca se articulan en un entorno que es muy relevante y significativo: Extremadura. Aunque en la muestra no haya casi ningún indicio de ello —quién sabe si uno puede apropiarse del inquietante y caótico zarzal de Álvaro Perdices—, esta lectura extremeña de la dualidad de Naturaleza y conflicto, que es el subtítulo explicativo y teórico de la exposición, es muy pertinente. Insisto, aunque lo que el visitante vea sean obras que provienen de Japón, Reino Unido, México, Austria, Alemania, Estados Unidos de América... Qué sugestiva esta manera de convivir con tan diversas percepciones de la naturaleza. También desde la lectura de los textos —de H. D. Thoreau, de R. Macfarlane, de Eva Lootz, de César Rendueles— que reciben al visitante de cada espacio, o desde la escucha de la lista de Spotify para la exposición, con piezas —elegidas por Julián Rodríguez y muy bien presentadas en el folleto por Luis Francisco Pérez— de Beethoven, Schubert, Mahler, Wagner, Webern y Richard Strauss. Esta música se escucha aquí, en este espacio, en esta calle. Así lo he sentido yo, y no solo porque el comisario de la exposición sea extremeño —de Ceclavín— y haya escrito mucho sobre el entorno rural que le ha educado, y que insista en la presentación de esta muestra que estará a ciento treinta y cinco pasos hasta el 27 de mayo de 2018. De mi calle. De todos los países. De todas las palabras.

jueves, enero 04, 2018

Aguinaldos



Ya escribí aquí, a propósito de la publicación del libro-catálogo Una colección de rarezas bibliográficas: los Aguinaldos impresos de Víctor Infantes (1997-2016) (Los Libros de Forforeda, 2017), que en más de una ocasión me he referido a estas felicitaciones impresas que el llorado Víctor Infantes (1950-2016) enviaba a los amigos cada Navidad, a los que sorprendía siempre con un original formato que habría costado ensobrar, con una curiosidad bibliográfica o la difusión de una rareza tipográfica. Sin falta, desde 1997, envió estas felicitaciones y recuerdos, hasta el mismo diciembre de su muerte. Ausente él, su amigo y cómplice en estos solaces de pasión libresca, José Manuel Martín, de Gráficas Almeida, ha enviado en estas fechas una tarjeta-homenaje a Víctor Infantes y una circular para la buena intendencia del proyecto de seguir publicando estos aguinaldos en recuerdo del maestro. Me han llegado pocos días antes que otro de esos emocionantes aguinaldos que uno siempre recibe y nunca corresponde como debe. Matilde Muro Castillo (MMC) también sigue enviando desde hace mucho —salvo un lapso de años que ya se anuló— sus felicitaciones elaboradas para los amigos. Las guardo como un tesoro, como una muestra siempre viva de la creatividad y el aprecio de MMC. Este año, su No están, un cuadernillo de cuatro hojas (15 x 10,5 cm), cubierto con papel vegetal y unido por una cinta dorada, nos trae una emotiva constatación de las ausencias («Han pasado muchos años desde que se han ido (¿se han ido?), pero este año se me ha ido tanta gente, tanta, tanta, que no puedo hacer como si no pasara nada») y una despedida jubilosa («Cuando recibáis mis mejores deseos para el año 2018 es muy posible que yo ya sea libre de verdad, que haya dejado de trabajar con horario de piñón fijo y órdenes absurdas»). Los copiados son los dos únicos párrafos, de dieciséis, me parece, que no traen esa letanía pagana y personal del «No están» que explica este presente, este aguinaldo, que tanto sentimiento comparte —comparto yo, que soy el que lo recibo— con los aguinaldos que enviaba Víctor Infantes a sus amigos. Y una triste diferencia con el que manda Matilde Muro. Que Víctor ya no está. Eso, No están.


lunes, enero 01, 2018

Año nuevo

Tengo la costumbre de seguir por televisión el Concierto de Año Nuevo y, por mucho que escriba aquí sobre esto, no creo que se convierta en una tradición, que es como una manera de enaltecer un hábito. En esta edición de 2018 un atractivo ha sido la dirección de Riccardo Muti —cuánto me sigue emocionando ese trozo con discurso de la representación de Nabucco en el centésimo quincuagésimo aniversario de la unificación de Italia que pude compartir aquí— y otro muy especial la interpretación a la cítara por Barbara Laister-Ebner de una parte de los «Cuentos en los bosques de Viena», de Johann Strauss, con la orquesta en silencio y el director extático con una mano en la mejilla. Excelentes la locución y los comentarios de Martín Llade y su emocionado recuerdo a José Luis Pérez de Arteaga. Y el repertorio —Franz von Suppé, Johann, Eduard y Josef Strauss, Alphons Czibulka. Recuerdo ahora que un día como este aludí a un soneto —cualquiera— de Lope de Vega. Pongo, este año, este que dice, sobre una calavera, el soneto XLIII: 

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola, detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos, de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa, en que tenía
el principio de todo movimiento;
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
Donde tan alta presunción vivía
desprecian los gusanos aposento.

La lectura de este soneto me ha llevado a otro sobre el que Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada llamaron la atención en una de sus antologías comentadas de la literatura española, la que publicó Cátedra en 2005 de poesía lírica del XI al XX. En ella, recordaron «A un esqueleto de muchacha», de Rafael Morales, de su libro El corazón y la tierra (1946):

En esta frente, Dios, en esta frente
hubo un clamor de sangre rumorosa,
y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa
de una fugaz mejilla adolescente.
Aquí el pecho sutil dio su naciente
gracia de flor incierta y venturosa,
y aquí surgió la mano, deliciosa
primicia de este brazo inexistente.
Aquí el cuello de garza sostenía
la alada soledad de la cabeza,
y aquí el cabello undoso se vertía.
Y aquí, en redonda y cálida pereza,
el cauce de la pierna se extendía
para hallar por el pie la ligereza.