jueves, septiembre 20, 2018

Glorias de Zafra (XXI)


Me acuerdo de mi padre (Zaragoza, 1915-Zafra, 1992) cuando, después de haber tenido una conversación con alguien, apago el teléfono —ya no lo cuelgo. Y recuerdo aquella casa en Zafra de la calle Cánovas del Castillo (hoy Gobernador), esquina con Cristóbal de Mesa (hoy Cerrajeros) las mañanas de verano con los balcones abiertos y abiertas las ventanas de la planta baja, donde estaba la oficina de CAMPSA, la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima, que fue uno de los primeros nombres extravagantes para otros y familiares para mí que yo aprendí de memoria, o decía de carrerilla, como decíamos entonces. Se escuchaba todo lo que venía de abajo aquellas mañanas de verano: el tecleo de las máquinas de escribir, el zumbido tenue y constante de los ventiladores, las conversaciones de quienes allí trabajaban, la melodía misteriosa —así la denominaba mi padre— que silbaba siempre un vecino cercano, los pocos coches que pasaban, y, sobre todo, esa manera estentórea de mi padre de decirnos que estaba trabajando, que hablaba por teléfono —aquel sí se colgaba— con algún proveedor, con la subsidiaria, como yo siempre creí que se llamaba la parte más industrial del adminículo zafreño del monopolio, y que daba esas voces que a mí, ahora, cuando hablo por teléfono, después de tantos años, me vienen como una reconvención de que yo también hablo a voces por el aparatino. Antiguamente, podría comprenderse, cuando era «conferencia», y había que hablar alto para que llegase tan lejos... No es lo mismo ya, claro; y esta tarde, que he conversado con una colega de Barcelona, que sabe mucho de literatura y que es una gran señora, me ha dado la sensación de que yo daba las mismas voces que mi padre cuando hablaba a lo suyo. La gran señora se llama Rosa Navarro Durán y me ha gustado mucho hablar —alto— con ella. Me ha contado que el próximo mes de enero vendrá a Extremadura para inaugurar la exposición, que sigue itinerando desde 2016, Dieciséis personajes que maravillan... y Miguel de Cervantes, de Acción Cultural Española, que recalará en la Biblioteca Pública «Bartolomé José Gallardo» de Badajoz, donde hemos quedado para que mis alumnos la visiten y que mis antiguos alumnos que sean profesores lleven a sus alumnos. Y así todo. Y así ha sido que me he acordado de mi padre.

RCEH

No conozco personalmente a la profesora Rosalía Cornejo Parriego, de la Universidad de Ottawa (Canadá), que ha sido directora hasta su más reciente número (42.2. Invierno 2018) de la Revista Canadiense de Estudios Hispánicos. Sustituyó en 2014 a Jesús Pérez Magallón, que dirigió la revista desde 2003, y a quien sí tengo el gusto de conocer desde hace mucho. Me ha llamado la atención la «Nota de la directora» con la que se abre el número dedicado al suicidio en las representaciones culturales españolas e hispanoamericanas que lleva el antetítulo de Muerte por mano propia. Recoge este volumen, compilados por Rita de Grandis y María Teresa Grillo, trabajos sobre suicidio y creación literaria en autores como Ganivet, Horacio Quiroga, Azorín, Vila-Matas o José María Arguedas, entre otros. Pero me he detenido en la nota en la que ella se despide de la dirección, y en la que, después de decir que ha sido un honor desempeñar su puesto y recordar las palabras con las que asumió dirigir la revista —que se referían a los criterios pragmáticos dominantes y la minusvaloración de las Humanidades—, subraya que «el pensamiento crítico, la reflexión innovadora, el análisis cultural desde perspectivas múltiples, lejos de ser irrelevantes, son fundamentales y cada vez más urgentes para cualquier sociedad democrática que quiera estar a la altura de los retos que plantea el siglo XXI». Claro que sí. Son palabras con las que todos podemos estar de acuerdo, siempre que no escondan una defensa de los estudios culturales como la única manera de acercarse a la literatura actual, despreciando a veces la verdadera filología como ciencia que interpreta a los autores y los textos, con especulación general de todas las demás ciencias. Bien está, en cualquier caso. Y enhorabuena a Rosalía Cornejo —y a Jesús— por haber logrado una revista de la calidad de la RCEH y bienvenida sea la nueva etapa con Odile Cisneros en la dirección. No sé, a lo mejor esto interesa a alguien.

martes, septiembre 18, 2018

Menú

Hoy he ido a la Biblioteca Central a devolver unos libros y he vuelto a cruzar la plaza que nos separa desde la Facultad —qué pena (o no) que aquella pasarela que iba a comunicar los dos edificios no se hiciese— al sol y sin sombrero. A mi edad, tan provecta como el que quiera considerar cincuenta y seis años de vida, conviene reparar en las manchas que salen en la calva —rasgo físico que para personas como Federico Jiménez Losantos puede merecer el vejamen intencionado de «calvorotas», que así llamó al periodista José Antonio Zarzalejos, y, con otras lindezas, por el que fue condenado a pagar un porrón de miles de euros. Más, sin duda, que mis hipotecas. Bueno, yo no quería hablar de esto. Otra vez me pasa que me voy por los ramos. Ramos & Ramos, imagino, sería una empresa distribuidora de frutas en mi pueblo. De lo que yo quería escribir hoy es que he ido a la Biblioteca de mi universidad a devolver unos libros, y, entre ellos, un ejemplar de la Bibliografía fundamental sobre la literatura española (Madrid, Editorial Castalia, 2003), de Francisco Muñoz Marquina, en el que me he encontrado, empaginada entre la 506 y la 507, una cartulina azul con este menú que muestro en la foto de arriba. En la biblioteca había mucho jaleo —no sé si algo como un curso para quienes allí trabajan o son del servicio en otras partes del campus— y los despachos a los que llamé estaban cerrados; de manera que no pude mostrar mi hallazgo —solo a A.C., que, la verdad, no pudo entretenerse conmigo; pero que sí reparó en postre tan enigmático como «Magia negra». Todo, otra vez, por un libro. Bien. 

lunes, septiembre 17, 2018

Huelva

De la Ría de Vigo, frente a las Islas Cíes, a las Marismas del Odiel de Huelva en el mismo Atlántico. Dentro de unas horas comienza el tercer Taller Metodológico «Contextos, métodos y retos de la investigación doctoral en Lenguas y Culturas» y que terminará mañana, martes 18. Lo organiza la Universidad de Huelva y es una de esas actividades que ofrece el Programa Interuniversitario de Doctorado que Jaén, Córdoba, Huelva y Extremadura compartimos como oferta sostenible para los estudiantes que quieren cursar estos estudios, algo tan difícil en universidades pequeñas, con menos población que otras. Quiero hablar de bibliografía, de cómo organizar toda la información bibliográfica que un investigador maneja en el desarrollo de su investigación. No, no son solo cuestiones técnicas. Me gustaría citar, cuando venga al hilo, una frase de Unamuno en el preliminar de sus Tres novelas ejemplares y un prólogo: «La pereza mental, el no saber juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se consagran a críticos». Porque nos hemos dado que la acumulación de datos es erudición. Y no, no es eso; y menos en los tiempos que corren. También me gustaría comenzar —lo he improvisado hoy— con una ilustración de actualidad, un corte del programa Hora 25, de la SER, en el que Antón Losada —entre el minuto 10 y el 15— habla, a propósito de la polémica de la tesis de Pedro Sánchez, y, de paso, sobre el asunto que dentro de unas horas nos ocupará en este taller del Doctorado Interuniversitario de las Universidades de Jaén, Córdoba, Huelva y Extremadura, que tanto nos lo llevamos trabajando. En Huelva, pues.

sábado, septiembre 15, 2018

El club de la comedia

Tienen el escenario y los focos. El escenario puede ser la calle, un pasillo o el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Los focos pueden ser de verdad, como en el teatro, o las luces de las cámaras que graban o, simplemente, los flashes de las fotográficas. También tienen los aplausos, en vivo y en directo, como en cualquier espectáculo que se precie. Por ejemplo, en el discurso del presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, cuando hace el chiste de que hay dos Valles de los Caídos, uno el que está «cerca de El Escorial», y otro el que está en La Moncloa, en el que ya han caído dos ministros —él y ella— y una directora general. Luego, o antes, da igual, sale la exministra de Sanidad, Carmen Montón, que dice a propósito de las sospechas de irregularidades sobre su máster en la Universidad Rey Juan Carlos que «fue hace ocho años y a estas alturas me supone un gran esfuerzo recordar y recuperar el trabajo que hice». Otro chiste. Sin aplausos. ¿Ocho años? No hace nada que me puse, como muchos compañeros que conozco, a defender mi currículum con documentos originales que provienen de hace treinta años. Mañana podría mostrar un ejemplar de mi tesina de licenciatura, encuadernado en pasta dura marrón, un mecanoscrito que tiene la friolera de treinta y dos años. También conservo los trabajos que hice en la carrera y en varias carpetas de mi ordenador tengo hasta tres versiones de una treintena de trabajos de fin de máster de mis alumnos, por si alguno tiene la necesidad algún día de demostrar que lo hizo. Mi tesis está publicada en otro formato, distinto al que fue cuando la defendí; pero mis trabajos, y los de todos mis compañeros pueden leerse en la red, y a ninguno se nos traspapela nada que pueda probar lo que hemos hecho para que alguien de los ministerios a los que acceden los de los másteres de filfa nos reconozca que los profesores e investigadores no somos unos gandules. Qué lástima que ya no esté Eva Hache para presentar de otro modo esta comedieta vulgar a la que tanto contribuyen —será porque no está ya E. H.— los medios de comunicación que tanta cancha dan a futbolistas de primera como a políticos de segunda. Menos mal que los filósofos, los que juegan al ajedrez, los maestros de escuela y miles de personas con dignidad no salen en esos medios en los que siguen trabajando tan dignas mujeres como Pepa Bueno o Àngels Barceló. Claro, ellas no pueden compararse con la Hache en dirigir el desalentador teatrillo de casi todos los días. Comencé a escribir esta entrada ayer y me alegro hoy de leer en el editorial de El País —que en pág. 34 de su edición en papel trae la flaqueza ortográfica «La juez no haya ni rastro del dinero» cuando trata el caso IVAM— «Cortina de humo», sobre el asunto de la tesis doctoral de Pedro Sánchez, que «Las acusaciones sin pruebas no hacen más transparente la vida política española. Más bien lo contrario: en la versión ibérica de Trump, reducen la política a la cultura del espectáculo». Eso, más o menos, el club de la comedia. Lástima.

jueves, septiembre 13, 2018

Ignacio

Hace casi treinta y tres años, en octubre de 1985, me hice cargo de las asignaturas de Literatura Hispanoamericana que impartía mi compañero y hoy amigo Ignacio Úzquiza (Burgos, 1948). Aquella situación, por circunstancias que ahora resultaría prolijo enumerar, me permitió convertirme en profesor de la Universidad de Extremadura. Este curso pasado, después de cuarenta y tres años dando clases en Cáceres, Ignacio se ha jubilado, y las asignaturas que deja de impartir, «Fundamentos de la Literatura Hispanoamericana», en primer curso del Grado de Filología Hispánica, y «Textos de la Literatura Hispanoamericana», optativa en el tercer curso de ese mismo grado, las incorporo a mi plan docente, y cierro una especie de ciclo, orgulloso de volver a vincularme desde lo profesional en lo afectivo, esas dos caras de la vida que muchos no quieren que se mezclen. Una especie de símbolo de los que me gusta mostrar después del paso del tiempo. Un gusto, como pasear con el compañero y amigo por el campus extraordinario de la Universidad de Vigo. Una gozada en una mañana luminosa y azul a una temperatura que le lleva a decir a un vigués de un bar de la Plaza de América que el tiempo está volviéndose loco. Un apego apacible. Que de Apegos feroces, el libro de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2017), que tanto ha tardado en ser traducido al español desde su primera publicación en inglés (1986), habló ayer por la mañana la periodista y escritora peruana Gabriela Wiener en la sugerente plenaria —que concluyó cantando— del XIII Congreso Internacional de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, que, hasta el viernes, se celebra en esta ciudad de Vigo en la que Ignacio y yo no hemos parado de hablar, como si nos fuese la existencia en ello. En pocas horas hemos levantado acta del sabor a vida que tiene cada gesto pequeño en una ciudad en la que a cada paso uno se gradúa en sociabilidad. Como un joven travieso, mi amigo ha querido presentarme a una joven a la que ha preguntado en la calle por una dirección que ya conocíamos, y le ha besado la mano. Como un compañero responsable que me cede un testigo importante, me ha presentado a colegas conocidos y desconocidos, y me he sentido como aquel inexperto de veintitrés años que, sin pensarlo, se atrevió a dar sus primeras clases. En esta Galicia tan cálida un taxista apasionado y amable nos ha recomendado un paseo, hemos disfrutado de la buena comida y de largas caminatas por itinerarios tan raros como unos muelles con olor industrial y pesquero, o tan deseables como los verdes senderos que te llevan hacia esas playas sobrevenidas y pequeñas de la zona de Bouzas de este Vigo —o no— desde el que escribo estas líneas por la pura gana de darme un homenaje.

domingo, septiembre 09, 2018

Un cadáver exquisito

Ayer acudí a ver en el Teatro Maltravieso Capitol el espectáculo de Estudi Zero Teatre Un cadáver exquisito, sobre textos dadaístas, que se estrenó hace un par de años para conmemorar el centenario de la fundación del movimiento Dadá en el Cabaret Voltaire de Zúrich en 1916. Estudi Zero es una compañía y escuela de teatro de dilatada trayectoria —me contó anoche Isidro Timón que llevan remontando uno de sus primeros trabajos, La cantante calva, de Ionesco, desde hace tres décadas— y se nota esta experiencia y esta sabiduría en la muy trabajada propuesta que han hecho, difícil de ejecutar cuando el referente objetivo de un texto convencional se pierde, como es el caso. De ahí que la música, las imágenes proyectadas sobre el foro, el extraordinario juego de la tela elástica, el movimiento de los actores, el vestuario colorista, sugerente, la expresión gestual, todo muy bien trenzado, sostengan un divertimento teatral de gran calidad en el que sobrevuela la palabra histórica, plural y compartida de un Hugo Ball y su poesía fonética, de un pionero como Georges Ribemont-Dessaignes o del mismísimo y principal Tristan Tzara y su diálogo El corazón a gas, que es una de las bases de las que parte el texto de Un cadáver exquisito; y no en vano los seis actores se corresponden con el número de personajes de ese texto (Ojo, Boca, Oreja, Nariz, Ceja y Cuello). A la salida, compartí con Luis Molina (La Almena Producciones) la satisfacción por haber visto algo que no se suele ver en estos tiempos; un espectáculo difícil, radical y antiartístico —sin zapatillas—, del aire de aquellos —decíamos— que hace veinte o treinta años veíamos con frecuencia y con una naturalidad que casi diría que era ideológica. En una más que voluntariosa recreación de cierto ambiente antiguo de vanguardia, los actores te reciben en la sala y te invitan a pasar al ambigú para tomar un vasito de absenta y, minutos antes de que empiece la función, departir con ellos junto a alguna simulación de poemas dadaístas —ya se sabe: lo de coja un periódico, coja unas tijeras, recorte...— para abrir boca a una proposición digna de verse. Enhorabuena.

sábado, septiembre 08, 2018

Primera persona


He terminado de leer otra novela escrita en primera persona. Esta, diré, en primerísima persona; y muy interesante como indagación —de nuevo— sobre el hecho de escribir, por mucho que el motivo que la pone en marcha sea tremendo y cree unas expectativas que el autor ha sabido resolver con mucha maestría y honestidad. Me envuelve una manera de contar que tanto acerca al narrador a hechos intransferibles y que, a pesar de todo, pueden resultar muy próximos al lector que soy. Me veo a mí mismo escribiendo ahora y la lectura de un fragmento en el que el personaje principal conduce su coche me devuelve mi imagen al volante, una mañana muy limpia por una carretera con tráfico escaso, trazado conocido y parajes hermosos. Yo volvía a casa, como el que regresa para encontrarse, paradójicamente, con una despedida inevitable. De no haber resultado una imprudencia que nadie puede permitirse, habría pasado más tiempo mirando por el espejo retrovisor que hacia aquel asfalto que el frente de mi coche se tragaba a más cien kilómetros por hora; pero con mucha precaución. Dejaba atrás una delicia. Una despedida puede llegar a ser tan solo una más de esas despedidas que se olvidan con un reencuentro. Aquella forma de separarse y ponerse en marcha es un hecho tan digno de ser escrito como el relato real o ficticio que uno tenga ante los ojos. Estoy en ello. Por emulación, como tantos escritores inseguros cuando terminan de leer un buen texto literario.

viernes, septiembre 07, 2018

Desayuno


Comparto con alguien que el desayuno es la mejor comida del día. Después del aseo, es el segundo rito con el que uno recibe la dicha de seguir vivo; y también es deleite para el cuerpo. Es más que eso. Lo preceden el gesto a veces arisco de apagar el despertador e, insisto, el de abrir el grifo de la ducha, que todavía a esa hora sigue siendo un despertar embargado. Pero desayunar ya lo dice todo. Es la única comida que no se devalúa por repetirse estrictamente todos los días; vamos, yo creo que es especial porque se repite, por consistir, y a conciencia, siempre en lo mismo. Hay quien cena, sí, un yogur todas las noches; pero a mí en eso no me parece ver la sana disciplina y la naturalidad que tiene la presencia en tu vida de unos trozos de frutas, un café caliente y una tostada de aceite que, sin entrar en disputas de ortorexia, son razones por las que yo, al menos, me levanto un poco más temprano. Hay un texto de Cortázar que se titula «Desayuno», de la segunda parte de Último round (1969), del que me he acordado alguna vez, aunque no tiene ninguna relación con este sentimiento que me lleva a escribir sobre esa situación que es lo mejor que a uno le puede pasar también en compañía. Además, por lo que puede acabar por haber significado. Y me ha pasado, claro. Afortunadamente. Desayuno solo y no puedo salir a la calle sin haber desayunado. Sin embargo, mis mejores recuerdos son en compañía, y el último, curiosamente, en una cafetería de una calle cualquiera. Y bien, siempre bien.

jueves, septiembre 06, 2018

Libros

Siguen llegando libros a casa. Uno de ellos se ha hecho notar. Con sus 1.062 páginas sus 29 x 23 cm., la edición facsimilar de la revista Espadaña (León, 1978), que me ha regalado mi hermano José María, me recuerda mis primeros años en el departamento de Literatura Española en la antigua Facultad y aquellos ejemplares de los facsímiles de algunas de las revistas más importantes de la vanguardia y la posguerra españolas. Otro regalo me lo traje antes, el de mi compadre: la «edición completa» de las Poesías de Meléndez Valdés que se publicó en 1849 en Barcelona (Juan Oliveres, impresor de S. M.), y que reproduce en paginación y contenido la de 1838 (Barcelona, Francisco Oliva), que también tengo, y que los editores del poeta, los hispanistas Polt y Demerson, decían no haber visto. Y hoy ya está en casa el último libro de Pureza Canelo, Retirada (Pre-Textos, 2018), con cuarenta y cinco textos en prosa como apuntaciones de dietario más uno de cierre, de tan solo una línea, que es como un pie a un fondo musical (flamenco). Merece lectura más sosegada y un espacio aparte. Como también ya están aquí los Poemas póstumos de Luis Eduardo García, que ha editado Cumbreño en Liliputienses y que han llegado con el tercer número de la «revista microscópica de poesía» Los poetas no son gente de fiar, que trae también un poema del mexicano García. Esta noche es más de asientos bibliográficos, como puede comprobarse. Es que yo siempre he tenido afición a escribir; pero una vez que me pongo a la tarea, me sale esa inclinación inevitable a escribir tonterías. Y últimamente escribo demasiadas. A mí me suena que en El tío Vania de Chejov alguien le dice a alguien que solo escribe tonterías. Pues yo debo de ser ese. Yo necesito a alguien que me diga no sé qué de los tontos y que siempre queda alguno. Qué gracia. En serio, siguen llegando libros a casa y es mi problema buscar la manera de acogerlos.

martes, septiembre 04, 2018

Dice

Dice que ha escrito en una servilleta de papel «Busco refugio en la lectura», y que no sabe a qué se refiere. Que no huye de nadie y que nada necesita, que no sabe por qué ha escrito eso. Ahora me doy cuenta, pues soy yo mismo quien habla ante algún espejo imaginario. Lo que yo no sé es por qué me lo dice. Yo sí que necesito refugio... En la lectura y en cualquier cosa que valga la pena. No me canso de decir a quien tengo a mano que he vivido como nunca la importancia de cualquier detalle, de un instante. Si me llevo el tenedor a la boca o tomo un sorbo de vino, si veo un amanecer, es decir, la luz del día, o el sentir de una conversación de una pareja a la noche por esta calle en la que todo se oye. Y sobre todo si miro a los ojos de alguien que no puede sentir lo mismo que yo porque no es lo mismo; pero que seguro que sabe a qué me refiero. Es todo tan importante, tan vital. Tan sentido como sentir una cabeza sobre tu pecho o tu cabeza sobre el pecho de quien te abre a la vida. Parece mentira que sea verdad todo lo que ocurre, pase lo que pase. Dice que le gusta que me levante de pronto para leerle un poema. Que nadie se llame a engaño, pues no puede ser mío. Nunca he escrito nada parecido a algo que merezca ser considerado un poema; pero llevo toda la vida afanado, como tantos otros, en buscar el bien de quien quiero. Y no lo consigo. Por eso yo siempre aparento y quedo bien leyendo textos de otros. De Fray Luis de León a Gabriel Ferrater. De Lezama a Lima.

domingo, septiembre 02, 2018

Vuelta

Este año no he visto el mar. Eso creo. Pero lo veré, cuando dentro de poco vaya a Galicia. No me he bañado en las aguas de ninguna costa; ni siquiera en las de una piscina. No lo he echado de menos. El día de mañana igual no soporto algo así y me convierto en un ser acuático. Qué tontería. No hay remedio. Hasta en los programas de radio más alternativos se recurre a esa idea de que el fin del verano es una estación término y un estado de ánimo volver a lo que muchos llaman rutina, que, para mí, no es más que un diminutivo de ruta. La ruta que algunos quieren que sigamos. Siguen llegando mensajes de hoteles en los que me preguntan por Madrid o Budapest, por Córdoba o Berlín, y me dicen que yo soy el que tiene que decidir cuándo acaba el verano, para que no deje de viajar «ni en septiembre». Lo cierto es que mañana volveré al trabajo gustoso que me permitirá leer y escribir, como ha pasado siempre, sin necesidad de hacer un mundo de ello, sin dar más importancia que la que tiene volver a ver el mar después del tiempo que sea. Qué más dará.

sábado, septiembre 01, 2018

De «Los entendidos»

Es un fragmento de esas páginas que tengo escritas desde hace mucho bajo el título de Los entendidos, sobre la crítica literaria. Ahora veo que no tiene mucha relación con la crítica; pero como se trata de un diálogo con un personaje llamado Nuria al que el narrador cuenta sus impresiones sobre lo que lee, sí viene al caso que le hable sobre los modales en la manera de escribir, de un tipo de escritura en la que, se hable de lo que se hable, el policía siempre es un madero, el extranjero un guiri, el dinero es la pasta, los guardia civiles picoletos, el asunto la cosa, trabajar es currar, nada de nada nasti de plasti, la gente todo cristo, muchos tropecientos, y no respetar, por ejemplo, es pasarse por el forro de los huevos cualquier cosa o asunto. El trozo tiene casi quince años, y lo copio aquí sin tocar: «Tengo delante de mis ojos varios ejemplares de suplementos con textos de Pérez-Reverte. Tratan del uso de la lengua, del proyecto de restauración de una catedral, la de Vitoria, de la Academia Española, de los mendigos en las calles... El más antiguo es de diciembre de 2003, y hay otros de febrero y de junio y de la primera semana de agosto de 2004. Tomo al azar uno de ellos —«Hay diez justos en Sodoma»—, y en la séptima línea me encuentro con «la puta foto de prensa», y a partir de ahí a «golfos», «sinvergüenzas», «meapilas de sacristía», a la «estúpida arrogancia», en definitiva, a «anda y que nos den por saco». Yo, en realidad, no quiero referirme al contenido, sino a la manera de escribir, porque aunque un determinado asunto parece que impone un registro, en Pérez-Reverte da la sensación de que el hecho de hablar de los acontecimientos consuetudinarios que suceden en la rúa genera esa mala hostia escribiendo que permite a cualquier lector con un simple vistazo subrayar palabras y expresiones del tipo de las mencionadas o estas otras: «a mamarla a Parla», «patada en los huevos», «esos mierdas», «hijoputa», «acojonado», «el chichi de la Bernarda», «esos hijoputas»... Los ejemplos, ya digo, son los que tengo más a la mano, pero el lector puede hartarse si consulta algunas de las recopilaciones publicadas de estos artículos, Patente de corso (1993-1998), en Alfaguara, de 1998, y —obsérvese el título— Con ánimo de ofender (1998-2001), en la misma editorial, en 2001, ambas con prólogo y selección de José Luis Martín Nogales». Han pasado los años y yo, simplemente, estaba leyendo unos textos que escribí y que ahora justifican que me acuerde de lo que leí este pasado fin de semana y que reivindique al Pérez Reverte que escribió esto que aquí puede leerse: «No pasa nada, se puede».

miércoles, agosto 29, 2018

Glorias de Zafra (XX)

Hoy mi madre habría cumplido noventa y cinco años. Viví sus aniversarios con ella desde sus treinta y nueve, y no los había cumplido cuando me tuvo, después de cuatro partos. Yo nací del último. Y la última vez que escribí aquí sobre el día de su cumpleaños fue en agosto de 2015, en esta entrada en la que salen mis hermanos, mi padre, mi pueblo y, claro, ella. Como es natural, no traigo aquí su recuerdo por haber leído no hace mucho Ordesa, de Manuel Vilas  (Alfaguara, 2018), ni porque ahora esté con la novela de Miguel Ángel Hernández El dolor de los demás (Anagrama, 2018), que va encabezada por una cita de Susan Sontag («La memoria es, dolorosamente, la única relación que podemos sostener con los muertos»); obras de no-ficción que, en primer lugar, sirven a quienes las escriben y, luego, y no en todos los casos, a quienes las leen. No, claro, porque me acuerdo mucho de mi madre, y no siempre en fechas señaladas como la de hoy, y he escrito bastante sobre ella mientras estaba viva y después de muerta. Este año de 2018 también es especial, aunque ella no lo sepa, porque su hermano Enrique, el único que tuvo, murió el séptimo día de febrero. Había nacido en 1932. Y tengo un texto que iba a publicar algún día —o no— y que en parte me gustaría hoy editarlo en recuerdo de la que habría cumplido noventa y cinco años. Al fin y al cabo, estas glorias nacieron como tributo a señora tan principal; pero no me acababa de convencer el tono tan directamente sentimental con esa implicada segunda persona del singular. Yo le decía algo así: «Te cuento. Lo primero: que te han puesto en la esquela. Que sí, que tú, como todos los que estamos vivos, también lamentas la muerte de tu hermano. ¿Cómo no? —me pregunto yo, que tanto me extraño de que sigan incluyendo en las condolencias de ahora a los que ya no estáis. Os ponen una cruz entre paréntesis y santas pascuas». Y luego le decía que le habría gustado saber que había estado unos pocos días antes con él, en la habitación 132 del Hospital de Zafra, y que «se despidió de mí con un apretón de la única mano que movía, y me acordé de las veces que te visitó en tu casa cuando yo estaba contigo, y del cariño con el que te hablaba cuando tú estabas mal». En el texto hay más datos precisos, como el número del nicho —2971— en el que reposan los restos de mi tío, en el mismo y desahogado patio de la zona nueva del residencial sin tráfico ni bullicio del cementerio de Zafra. La verdad es que a todos los de mi familia siempre nos han gustado los datos precisos, las pruebas documentales. Como esta, que ilustra esta entrada sentida, de marzo de 1986, de mi madre, que ya sabía que en la universidad española las plazas se dan o se «conceden». Me la envió mi hermano Josemari con el siguiente texto: «Nota manuscrita de tu madre. La escribía para no olvidarse y poder contárselo, orgullosa, a sus amigas».

martes, agosto 28, 2018

Crítica de la crítica (III)

Un escritor favorito como Jorge Márquez utilizó hace años un comentario que le regalé sobre el poco daño que hace un libro malo. Como si no hubiese centenares de miles de obras sin valor literario —y con un enorme valor humano— en la órbita más alejada del gran libro que nos alumbra, del clásico, del que merece la pena explicar en clase —permítaseme la pedantería etimológica. «Criticar al crítico» subtituló Guillermo Carnero un artículo que le publicamos en la revista Laurel, en el segundo número, en 2000, en el que como autor matizaba lo que escribió alguien sobre él y explicaba su propia obra en unas reflexiones que calificó de «egocéntricas».  Me he acordado de algo que recordó Juan Marsé sobre aquel comentario de Faulkner cuando un periodista le pidió que hablase de su nueva novela: «Estoy demasiado ocupado escribiéndola. Tiene que satisfacerme, y si así ocurre, no hace falta que la explique. Si no me satisface, hablar de ella no la mejorará, ya que la única manera de mejorar la obra es trabajar más en ella. No soy un hombre de letras, soy un escritor. No me gusta nada hablar de la faena». Y yo tengo un proyecto de ensayo o de algo parecido que lleva por título Los entendidos. Tiene demasiados años como para que pueda sobrevivir; pero, bueno, lo menciono aquí por darle algo de la poca vida que le queda. Quién sabe. Va encabezado con varias citas, una de ellas es de José Ángel Valente: «No es misión de la crítica imponer una lista de títulos recomendados, sino suscitar la operación creadora de la lectura», y, ahora que lo he sacado de una de las carpetas de mi escritorio, he refrescado que era una especie de diálogo con una tal Nuria. Qué cosas. También me he encontrado con un recorte del ABC literario de julio de 1990 en donde el escritor Javier García Sánchez consideraba una «monumental incongruencia» que el crítico establezca «juicios de valor, con pavorosa frecuencia tajantes y subjetivos, y lo que es peor, públicos, sobre aquello que sale del alma de uno». Por eso llamaba a algunos «criticators», críticos que destrozan cuanta letra impresa se pone ante sus ojos. Lejos quiero estar de actitudes así y por eso tengo ganas de compartir una de mis más recientes lecturas, El verano del Endocrino, de Juan Ramón Santos, una novela extraordinaria. Porque, como decía unos días atrás, es bien gustoso compartir con otros una experiencia grata y propiciar que alguien más sienta lo que tú has sentido. Y ahora me sabe mal que el otro día, a costa de mi primera entrada de esta serie de crítica de la crítica, un buen periodista se disgustase por que su periódico se podía ver malparado por mi comentario y los de algunos de los que me leyeron. No era, por mi parte, una queja, ni solicitud de compensación, sino una reflexión sobre la necesidad de que el rigor, la responsabilidad y la seriedad de un trabajo placentero tengan más reconocimiento que la cocina mediática o la meteorología. Vamos, que la evanescencia.

Crítica de la crítica (II)

El domingo me encontré con E., una periodista, en el Teatro Romano de Mérida, en la última representación del Hipólito. Yo creía que lo mío era ya pasarse, porque acudí a la propuesta de Isidro Timón de ver la última función de la obra en la edición de este año del Festival, después de haber estado en el estreno. Lo bueno es que E. me dijo sonriente al terminar, y mostrándome tres dedos de su mano derecha, que era la tercera noche que acudía; y encantada. La verdad es que hacía mucho tiempo que no apreciaba la distancia que hay entre una primera representación y otra más amasada ya, con todo un equipo más hecho y con los pequeños defectos solventados. Fue otra noche mágica. En riguroso directo, como dice Afrodita en la introducción al drama, igual que hace dos mil quinientos años. Me pide el cuerpo escribir más líneas sobre lo visto, sobre las diferencias entre el estreno y el cierre, que no todas son favorables a la última función en Mérida, ya que la primera, a pesar de fallos técnicos —el viento y una tela; el agua y una manga— tuvo una grandeza especial. La que lleva a un crítico que no es un crítico ni cosa que lo valga a escribir con ánimo exultante sobre lo que le dan. Y a reflexionar un poco y con torpeza sobre tan saludable ejercicio. Leer o ver y escribir. Sí, porque, cuando yo me puse a pensar en esto a partir de la escritura de esa crónica de teatro, me parecía que era igualmente aplicable a la reseña de la lectura de un libro. La gran diferencia —que no es algo baladí; al contrario, es bien sustancial— está en el número de implicados en un montaje escénico como el que volví a ver esa noche y el que se deduce de la escritura de un libro de poemas. Por eso es tan importante una cosa como otra.

sábado, agosto 25, 2018

Crítica de la crítica (I)


La publicación ayer en el periódico Hoy de un breve texto sobre el estreno de la última obra que se programa en la edición LXIV del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida me ha hecho reflexionar sobre algo que siempre me ronda la cabeza. Tiene que ver con el ejercicio de la crítica literaria; en este caso, la crítica teatral. Yo no soy crítico ni cosa que lo valga. Solo soy un espectador que tiene la posibilidad de expresar su opinión en un medio público. Sin que le paguen. Y por aquí podría empezar; y conste que nada pido ni estoy quejándome de nada. Porque me pregunto cuánto me cobraría cualquier profesional después de haber hecho el trabajo previo a la escritura de las setecientas cuarenta palabras que yo escribí y que se publicaron ayer. Yo me leí el texto original de la obra de Eurípides que iba a comentar. Yo me leí la versión que Isidro Timón y Emilio del Valle hicieron del texto clásico. Además, fui a ver un sábado por la mañana un ensayo general, sin vestuario ni música, muy en fárfara aún, de la obra que vi el miércoles pasado, con un descuento en la entrada del cincuenta por ciento gracias a la productora, en su estreno en Mérida, adonde me desplacé, claro, desde Cáceres, en mi coche. Nadie me obligó, es cierto. Y esto me da pie para lo segundo que quería decir y que echa por tierra todo el sentido de la crítica tal y como algunos la entienden. ¿Es una crítica fiable y solvente aquella que no pone ni un reparo a lo visto o leído? Y yo, en estos casos, respondo que me da igual. Que allá cada uno con entender lo que quiera. Yo no escribo para dar lecciones a nadie, para echar por tierra un trabajo responsable o para enseñar al que no sabe. A veces sí lo he hecho, y supongo que habré tenido motivos; pero yo no soy así. Yo, en estos casos, solo pienso en mí, en mi propio disfrute. El que me aporta contar a alguien que he sido feliz, participar a otros que me lo he pasado bien. ¿Hay algo más bonito que eso? Sí, habrá; pero tengo que afirmar que es muy agradable escribir palabras amables como reconocimiento a lo que alguien con arte te ha dado. Vamos, que no lo hago por nadie; que lo hago por mí, para mí. Y por lo bien que se siente uno cuando le cuenta a los demás lo dichoso que ha sido con algo tan sencillo.

martes, agosto 21, 2018

Sevillanía (y II)


Mi compadre y yo siempre hemos hecho buena pareja. Tan distintos, hay algo o mucho que nos hace incondicionales; y la felicidad de estar juntos —aunque él nunca se calle ni debajo del agua del Guadalquivir— es algo que sabemos distribuir y que puede apreciar cualquiera que vea cómo él me elige en unos grandes almacenes la talla del niqui —del alemán nicki, como decía mi madre— o del polo —del tibetano pholo hasta el inglés polo— que quiero comprar; y cómo yo le ayudo a emparejar el zapato que con tan buen gusto quiere llevarse. El dependiente que nos atendió, sin duda alguna, supo que éramos compadres, cuando menos. Lo supo desde el mismo momento en que me senté en el mullido asiento circular de la sección de zapatería aquejado de una trocanteritis o bursitis de cadera —otro diagnóstico certero de mi pareja— que se me va pasando a base de reposo en sitios como este en el que escribo; o en el coche, si viajo, ida y vuelta. Mi baño de sevillanía de este verano ha tenido en los libros un emblema contundente, con piezas realmente admirables —aunque debería decir envidiables— desde el siglo XVI al XX; pero también han sido la amistad y el disfrute de esa exageración sevillana de que aquí como en ningún sitio o que en la bodeguita de la calle Adriano se toma la mejor tortilla de patatas del mundo, que su cántabra dueña no nos pudo servir por haberse agotado tal día como el de la procesión de la Virgen de los Reyes, que anuncian con toques de muchas campanas a primera hora de la mañana, aunque uno se haya acostado tarde. Sevillanía. Mercado de Triana el día del cumpleaños de mi compadre, y un mojón de flautista en las Setas de la Plaza de la Encarnación. El calificativo fue de un parroquiano que desayunaba con su indumentaria de trabajo en el bar en el que curra otra de mis parientes, a la que no veía desde hacía dieciocho años. De la Sevilla de Velázquez, de Bécquer, de Cernuda, de Juan Belmonte y de la Niña de los Peines a la Sevilla La Chica en la que nací. De paso para Cáceres, el otro día.

jueves, agosto 16, 2018

Sevillanía (I)


Diré de modo algo hiperbólico que las reacciones de quienes supieron que me iba a tomar mis primeros días de vacaciones entre Zafra y Sevilla, del 12 al 16 de agosto, fueron de desconcierto y casi de condolencia. La reacción lógica de quien solo piensa en el tiempo que hace sin reparar ni en la compañía ni en las esencias de la vida verdadera. Ahora me sonrío de tanta conmiseración por tan breve estancia en Sevilla la Chica y en la Sevilla de Adriano y de Machado. Y es que es difícil encontrar tanto discreto disfrute en lugares tan hermosos, tan buen trato, alimentos para el cuerpo tan suculentos y —que se fastidien los meteorólogos de pacotilla— tan buena temperatura. El baño de sevillanía a orillas del Guadalquivir tuvo el lunes su arranque en el concierto nocturno en el Real Alcázar de Antonia Fernández al cante y Riki Rivera al toque de una guitarra que sonó portentosa. Lleno absoluto en un jardín de ensueño. Salida por los Jardines de Murillo. Plaza de los Refinadores. Estatua de don Juan Tenorio. Callejeo nocturno por el barrio de Santa Cruz y fotografía —que todavía no he revelado— en el número 24 de la calle Ximénez de Enciso, donde nació mi abuela Laura Mejías Padilla (1903-1978). Arenal de Sevilla. Desde la terraza de mi sitio en la casa de R. y M., mis amigos, mi familia, que me acogen, la Giralda se asoma por el día y ha vigilado señorial las dos noches templadas que he pasado en una ciudad tan amable.

jueves, agosto 09, 2018

La «Cosmogonía» de Felicidad Moreno

Tenía pendiente esta entrada desde que se presentó en Badajoz, en el Pub Sala Mercantil, el 16 de junio pasado, este segundo libro de artista de la editorial Libros de Mesa, que impulsa Julián Mesa. Después del de Luis Costillo, ahora es la toledana Felicidad Moreno la que ve publicada una muestra de su obra en forma de libro, sin textos. No se trata de un catálogo con las consabidas líneas institucionales —costumbre aún no erradicada— o con un prólogo crítico. Ni siquiera tiene referencia textual alguna a las ilustraciones que contiene. Tan solo la justificación de la tirada en la última página impresa del libro: «Felicidad Moreno | Cosmogonía | Tirada de 100 ejemplares | Edición venal incluyendo una página original del libro | 50 ejemplares numerados | Edita Julián Mesa González - Libros de Mesa | Impreso en España |Primavera 2018», más el número de ejemplar con la reproducción de la firma de la autora. La propuesta editorial de Mesa es vender, casi bajo demanda, tiradas reducidas de un libro de artista que incluye un original de los que lo componen, y se mantiene, sin duda,  en esta segunda entrega la calidad con la que arrancó. Cosmogonía está compuesto por cincuenta reproducciones de una serie de piezas muy sugerentes que se agavillan bajo ese título que parece remitir a lo originario. La distancia que separa la manera de presentación de una obra así, en el formato de un libro estuchado de 21 x 31 cm., de la materialidad original de una obra pictórica que incorpora otros recursos no empece, creo, su capacidad de sugerencia. Felicidad Moreno nos acerca una realidad que está alejada del ojo humano, bien porque es astronómica o bien porque es microscópica. Por eso veo en estas formas esferoides y de otro tipo, figuras protozoicas, círculos, tentáculos, espirales, objetos ovoides, vilanos, flores y frutas, pedúnculos, rizomas, conchas y plantas..., un ámbito que enriquece la mirada. Celebro poder tener al alcance de mi mano —y mi bolsillo— tanto arte de altura.

Poquito a poco

Un mantra es un pensamiento que se verbaliza y se repite como un apoyo a la meditación budista, y yo lo conozco utilizado con el significado de algo que se repite con insistencia para convencerse de algo. No sé si es impropio; pero mi mantra de este verano es «Poquito a poco», que yo me digo para darme ánimos, para decirme que voy a salir del bache. Poquito a poco viene bien para sacar adelante un trabajo que uno tiene que escribir o para convencer a alguien que uno no es como imagina quien le reprocha, y poquito a poco también viene bien para cocinar y hacer las cosas con fundamento. Poquito a poco debería convertirse en una máxima contra el mucho. Aunque el mucho sea querer o echar de menos. Poquito a poco. Y tanta meditación se va al traste cuando me entero de que «Poquito a poco» es una canción —impagable, madre mía—, de El Arrebato; otra de Estopa —que lleva cositas como «Lo reconozco, fumo porros a diario» y «Calada a calada, poquito a poco»—; y también hay una de Maná y otra, con k, de Chambao, que esta sí está bien. Así que he decidido que no, que mi mantra no es poquito a poco. Mi mantra de este verano va a ser «Eres espacial»,  y se hará lo que se pueda, que no es poco. Y que se me disculpe la tontería.

martes, agosto 07, 2018

Pena

Un reclamo por carta electrónica —¿hasta cuándo habrá que especificar esto?— de Quico Magariño —él firma Kiko— me ha llevado a una antigua entrada de este blog sobre un excelente trabajo teatral que pude ver aquí en Cáceres hace once años. La entrada —insisto— comenzaba así: «Iba a escribir sobre el espléndido montaje de la compañía extremeña «Teatro del Noctámbulo» que vimos en el Gran Teatro de Cáceres el sábado pasado, El hombre almohada, cuando sentí el estremecimiento de la noticia en las emisoras de radio y en los periódicos. Detenidos en Barcelona y Valencia dos tipos de 21 y 29 años acusados de abusos sexuales y torturas a menores y distribución de pornografía infantil. Entre el material incautado hay videos en los que se golpea y tortura a niños y niñas de edades no superiores a los doce años, algunos incluso bebés». Me da mucha pena recordar aquí, a propósito de aquello, lo que he sabido hace muy pocos días sobre la desarticulación de una red de pedófilos y que me reproduce aquel estremecimiento, sobre todo, porque han pasado más de once años. Yo no quiero seguir cumpliendo años así; con esa mollar indolencia —sí, por partida doble— de que la historia se repite y que la educación ni nos ocupa ni nos preocupa. Lástima.

lunes, agosto 06, 2018

Escribir

El radiador de mi baño, sin nada que lo activase, tenía ayer por la tarde una temperatura casi óptima para un día de invierno y ayer también recibí, con pedido de opinión, un texto excelente, una especie de cuento que todavía no es nada, porque sigue en fárfara; pero es muy bueno. Empieza así: «Ahora que la medianoche se deshace y la lluvia marca un ritmo de corazón tranquilo, busca la memoria el agua del origen». Dicho esto, ayer leí en El País un artículo de la agente literaria Kate McKean (Howard Morhaim), traducido por Mª Luisa Rodríguez Tapia del original publicado en inglés hace once días en The Outline. «No, no todo el mundo tiene un libro dentro», es el título. La teoría literaria que lo sustenta es endeble («Un libro también puede consistir en cosas que han pasado o que nos habría gustado que hubieran pasado, adornadas para hacerlas más interesantes, pero con eso no basta»); y se nota que quien escribe se dedica comercialmente al texto literario y está bastante harta de recibir mecanoscritos de personas que quieren triunfar. Por eso considera que «dominar el lenguaje no implica necesariamente que se pueda escribir». ¿Cómo que no? Claro que se puede escribir. Pero es que ella se refiere a «escribir un libro», que es su concepto profesional. Sí que se puede escribir, y se debe escribir; pero quizá no lo que ella busca como agente literaria. Y estoy muy de acuerdo con el ejemplo que pone: «Pongámoslo así: yo corro desde que tenía un año. ¡Casi 40 años corriendo! Pero sería completamente incapaz de correr una maratón. No estoy capacitada físicamente para hacerlo aunque puedo correr varios kilómetros seguidos. Escribir un libro es una maratón. Hay que entrenarse, practicar, comprender cuáles son los propios puntos fuertes y débiles, y trabajar mucho para superarlos. Se necesita ayuda, comentarios y apoyo, y hacerlo muchas veces antes de que se llegue a correr la mejor carrera. Escribir un libro que alguien quiera leer es correr la mejor maratón posible. Nadie lo hace de buenas a primeras, y pocos escritores tienen el aguante necesario sin un entrenamiento riguroso». Está bien; pero el ejemplo parece una advertencia casi admonitoria. Me he acordado de un argumento parecido desde una posición bien distinta, precisamente la de un escritor, José Antonio Ramírez Lozano, que bastante antes de ese artículo de ayer, el 17 de mayo de 2004, en una entrevista que le hizo Manolo López, el redactor del Hoy en Badajoz dijo: «A mí me interesa ahora más que la gente escriba, no solo que lea sino que escriba. Que la gente monte en bicicleta sin ser Induráin, que la gente juegue al fútbol sin ser Maradona..., que esto de escribir permite una gran creatividad y libertad de la persona, llegue uno o no a ser profesional». Por eso, en más de una ocasión, he citado a Ramírez Lozano en público a este propósito, la mayoría de las veces en el aula, en mis clases. Me gusta más su sentido común y es más constructivo y tolerante que el profesional de Kate McKean, que también lleva su razón, claro.

miércoles, agosto 01, 2018

Primer día de agosto

Hace seis años, tal día como hoy, puse aquí que mi Facultad echaba el cierre los primeros quince días de agosto. La medida, justificada por ahorro, se ha instituido como norma y costumbre, y yo creo que casi nadie ya lamentará no poder acudir al lugar de trabajo. Más renuencia y desagrado habrá por la obligación de tomar vacaciones en esta primera quincena, sobre todo en el personal de administración y servicios. Lo cierto es que agosto empieza hoy con las temperaturas más altas de esta temporada y con las mismas sandeces repetidas con insistencia que recomiendan combatir el calor con lo que todo el mundo sabe. Es como si nos dijesen —y pasa también cuando hace frío: —«Sé que es usted tonto, y quiero recordárselo». Creo que fue un alcalde de Nueva York el que dijo que «Si no fuera por los asesinatos, NY sería la ciudad con menos criminalidad del mundo»; por eso no me extraña que la mayoría nos tome a los más por mayoritariamente idiotas, valga la redundancia. Esta mañana temprano se estaba muy bien en el paseo por Central Park. (No sé en qué estaré pensando) Quiero decir por el paseo central del Parque del Príncipe de Cáceres, una ciudad muy conservadora en esto de los nombres  —el estadio del Club Polideportivo Cacereño se llama «Príncipe Felipe»— que se ponen a sabiendas de su más que probable efímera condición. Lo que ocurre luego es que todo se lexicaliza y el Príncipe puede ser el de Maquiavelo, el azul o el de Vergara. En fin, hoy, primer día de agosto, no he escalonado salida alguna, no tengo prisa por llegar, no me he expuesto al sol, y muy pocos me han recomendado que lea un libro bajo el frescor de esta parra a la que pusieron el nombre de Fuji, el monte más alto de Japón, y que funciona con mando a distancia.

martes, julio 31, 2018

Último día de julio

Tan solo es el último día de otro mes, y el previo al primero de agosto. No significa el inicio de vacaciones ni la celebración de nada ni deshacer una maleta después de volver de un viaje. Así que, entre la col de un día que ha tenido un emotivo encuentro con alguien que solo piensa en salir de un hospital y la col de revisar, y casi premaquetar, textos ajenos para publicar en una revista, y seguir escribiendo un ensayino sobre lo que me gusta, esta lechuguita de poner aquí que recibí hace tiempo otro número —van seis— de Aventura, la publicación que recoge lo dicho en las Jornadas —van siete— del Seminario Permanente en torno al mundo poético de Claudio Rodríguez que se celebraron en noviembre del año pasado. Ciencia, materia y poesía es el título del volumen que las recoge y que tuvieron como intervinientes a Carlos García Gual, José Manuel Sánchez Ron y Amelia Gamoneda en las conferencias, y a José Manuel de la Huerga, Candela Salgado Ivanich, Pietro Taravacci, María Termes Sabater y el Colectivo DART (David Acebes, Rafael Marín y Atilano Sevillano) en las comunicaciones sobre Claudio Rodríguez, claro. Además de lecturas de poemas y presentaciones de libros, y música. Nunca he podido acercarme a la Biblioteca Pública de Zamora —aunque he incitado a gente—, a pesar de las invitaciones de Tomás Sánchez Santiago y de Concha González Díaz de Garayo; y siempre todo lo he conocido, como ahora, en diferido. Qué interesante todo el conocimiento de la materia a partir de la poesía de Claudio Rodríguez, qué gusto leer en él que la interpretación de la materia es fundamental en el poeta y eso de la salvación de la realidad como motivo esencial de interés. También, hoy, último día de julio, leo el final de un poema de Francisco Brines, de la misma generación —dos años mayor— que C.R., de Aún no (1971): «Con el recuerdo sólo de tu vida, porque fuiste mi vida, / qué abandonado estoy, / ¿y a quién le contaré lo que ahora siento?». Se me ha cruzado ese libro de Brines ahora, elegíaco y luminoso, como suele. Recuerdo una entrada antigua de Santos Domínguez, preciso siempre en sus síntesis, sobre una reedición de Aún no. Un apunte, tan solo un apunte. Último día de julio.

jueves, julio 26, 2018

José María Valverde y Friedrich Hölderlin

Una consulta de un compañero de la Facultad me ha servido para desempolvar —y mientras desempolvo me doy cuenta de que últimamente voy mirando mucho hacia el pasado, y a ver si va a ser un problema estar triste y melancólico por la dicha perdida— este tomito (LXI) de la colección Adonais. Llevaba el aula literaria «José María Valverde» tan solo cuatro cursos —tres años casi exactos— y quienes la coordinábamos en aquellos tiempos, Teófilo González Porras y yo, quisimos celebrar los cincuenta años de la publicación de los Doce poemas de Hölderlin que tradujo Valverde con esta edición facsimilar que financió Caja de Extremadura y que fue un homenaje al sanvicenteño que no pudo participar en su aula, ya que murió en junio de 1996, unos meses después de que comenzase su andadura esta encomiable actividad que, por fortuna, todavía pervive. En la «Presentación» de aquella edición, escribimos: «En 1976 aparecía la novela de Friedrich Hölderlin Hiperión o el eremita en Grecia como arranque editorial de un sello y colección que tomaban el nombre del texto del autor alemán y cuyo director, Jesús Munárriz, era el responsable de verter al español. Desde aquella fecha, Ediciones Hiperión se erigió en el más importante fondo de difusión de la obra de Hölderlin en España: los Ensayos, en versión de Felipe Martínez Marzoa, la tragedia Empédocles, traducida por Carmen Bravo-Villasante, los Poemas de la locura, en traducción de Txaro Montoro y José María Álvarez, Las grandes elegías, en versión de Jenaro Talens, la Correspondencia  editada por Helena Cortés y Arturo Leyte Coello... siguieron a aquel primer título que pronto se convirtió en éxito editorial que conformó un catálogo general por el que ha pasado, además, gran parte de la mejor poesía escrita en España en los últimos veinte años. Si echamos la vista atrás desde aquellas fechas es fácil destacar otro ejemplo de empeño editorial y amor por la poesía, con más edad, cincuenta y cinco años, como la colección Adonais de Ediciones Rialp, y que constituye parte esencial de la poesía española del siglo XX y de la divulgación de la poesía extranjera en España. El nombre del poeta Hölderlin nos sirve hoy para acercar gestos y empeños editoriales como los citados, pues se cumplen ahora los cincuenta años de la aparición de una de esas píldoras de conocimiento poético con que la colección Adonais ha venido nutriendo al lector español desde 1943, la traducción de los Doce poemas de Hölderlin que hiciera José María Valverde (1926-1996). La historia, así, de la difusión del poeta alemán en España se llena de nombres ilustres, de hitos de notable significación, en la que el de Valverde sucede a uno de los grandes, Luis Cernuda, quien publicara en Cruz y Raya  en 1935 su traducción de los Poemas de Hölderlin, luego reeditados en la mítica editorial Séneca en 1942 y en Visor en 1979 y antecede a tantos otros que nos han ayudado a leer al autor de El Archipiélago. «En la historia de la literatura los traductores suelen ser —cuando se les cita— la 'letra pequeña'; más que lo impersonal, lo anónimo», escribía Jenaro Talens presentando precisamente su versión ya mencionada de Las grandes elegías. Recordamos en estas páginas la magnitud de esa letra pequeña de uno de los más sabios traductores que hemos tenido, José María Valverde. El poeta que vierte al español en 1949 estos doce poemas de Friedrich Hölderlin tenía veintitrés años y contaba con un libro publicado en 1945, Hombre de Dios (La espera aparecía el mismo año de 1949). Estamos al principio de una trayectoria vital y literaria que en el terreno de la traducción daría luego magistrales lecciones de sabiduría y sensibilidad, calidades ya apreciables en las líneas que José María Valverde antepuso a esta docena de poemas […]».

martes, julio 24, 2018

Los frutos

Con Guadalupe, compañera de departamento y no hace tanto brillante alumna de la primera promoción del Grado de Filología Hispánica en el curso 2012-2013, he podido ver esta mañana la lista de «aspirantes seleccionados provisionales» en las recientes oposiciones de Enseñanza Secundaria en Lengua y Literatura, es decir, de futuros profesores de esta materia en institutos extremeños. Da mucha alegría encontrarse con tantos nombres conocidos. Me emociona. A medida que pasan los años yo creo que —casi como una manera de resistirme al paso del tiempo, de mi tiempo— voy estrechando más la relación con mis alumnas y mis más escasos alumnos, y sé mucho de todos. Es ya un conocimiento humano al que se suma mi condición de profesor, la principal en estos casos, que es la que lo propicia todo después de más de treinta años de profesión. Así que es un orgullo ver en la lista a Juana, a Carmen, a Cora, a Rui, a Reyes, a Jorge, a Óscar, a Sandra, a Antonio, a Ana, a Enrique, a Ana Belén, a María Jesús, a Ana M., a Ismael..., a tantos alumnos formados en mi Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres y que dentro de nada comenzarán a formar a estudiantes de Secundaria y Bachillerato que podrán seguir nutriendo estas aulas en las que aún algunos seguimos disfrutando de este trabajo gustoso. Y los que llegarán, en futuras convocatorias de sustituciones, interinidades y oposiciones. Qué ganas. Porque ojalá algún día la consejería del ramo incluya la vocación y las ganas como materias evaluables, o, al menos, como mérito baremable. ¿Cómo? —me dirán. Es fácil; esas cosas se saben. Eso se nota cuando el profesor no es solo el portavoz de una autoridad o un conocimiento o una aptitud que sale de la tarima. No. En fin, eso se sabe. La sabiduría la miden con muchos criterios; pero la ilusión y el afán saltan a los ojos con poco que uno observe con atención. Hay que seguir mimando esto y hay que seguir sintiéndose orgulloso —y proclamarlo en estos tiempos de tanto desdoro de la enseñanza pública falsificada con recortes, disputas, torpezas y títulos simulados— por aportar a la sociedad tanto bueno que ha salido de la Universidad. Esta misma tarde me escribía uno de mis alumnos mencionados: «Uno se debe siempre a quienes le hicieron, así que, felicidades a todos y gracias por lo que en su día me llevé y todavía me acompaña». Felicidades. Un trabajo gustoso.

domingo, julio 22, 2018

Con Birilo

Este jueves estuvo en mi despacho Birilo, que es como responde y firma sus textos Juanjo Cuello González, un oliventino —del 1º de mayo de 1988— licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca que conocí en la primavera de 2016 por mediación de Paco Lobo. En aquel tiempo, quería enseñarme sus escritos; y el jueves vino a charlar sobre su primera novela publicada, que yo leí en dos versiones, la que recibí en noviembre de ese año y la que me envió en noviembre del pasado —de noviembre a noviembre. Es esta, claro, la que cimenta la princeps —una de esas ediciones primerizas y manifiestamente mejorables— de La vida amputada (Badajoz, Ediciones Cucaracha-Andergrão Olivença, 2018), con poco más de dos meses en la calle. Poco hablamos del texto y sí de literatura o de cómo se vive la escritura. Le dije que tengo ganas de releer La vida amputada y de escribir algo aquí sobre ella; sin embargo, ayer mismo, después de tan agradable conversación, pensé en no dejar pasar más tiempo sin difundir su pasión por lo que hace y sin vocear la publicación de esta opera prima que se presentará el próximo jueves 26 de julio en Badajoz, a las diez de la noche, en el café-bar Zapatería, 13, cerca de la Plaza Alta. Birilo tiene dosis suficientes de humildad como para no darse más importancia que la que le lleva a confesar que se sintió bien presentando  su libro el pasado 28 de junio en Olivenza ante unas setenta personas, y que vendió más de una veintena de ejemplares. Se despidió de mí con la idea de volver a Montevideo —allí vivió durante dos años y Onetti salió varias veces en nuestra conversación—, que es la primera frase de la parte tercera y última de su novela. Este Birilo es un personaje, que sigue fluctuando al escribirme entre el tú y el usted en el mismo párrafo de sus cartas. Este Birilo vive entre la coruñesa Noia, donde trabaja a veces de albañil y pintor, y Olivenza, que es la sede de su colectivo cultural «Andengrão Olivença» y de su sello editorial independiente «Ediciones Cucaracha». Este Birilo es el que escribe esto en la tercera parte de su novela: «El único que creía en mi proyecto de editorial era un profesor jubilado que había currado en la Facultad de Filosofía de Cáceres, impartiendo crítica literaria y comparada. Por alguna razón secreta nos habíamos hecho amigos, y la verdad es que seguía tomando la literatura en serio, y eso, a [la] larga, siempre es agradable. Le pasé el manuscrito de Vardiero sin contarle nada, sin decirle nada de su autor. El escritor siempre tiene que aparecer ausente; si lo conoces te puede parecer un idiota; un escritor escribe. Pero también vive y hace el gilipollas como otro cualquiera. | A la semana quedé con él para tomar café. El profesor Lama me dijo que no estaba mal, pero que existían cosas que no había entendido. No entendía, por ejemplo, la opción de los dos epílogos. Yo le dije que tampoco y la única manera de saberlo era preguntárselo. Como no comprendió a qué me refería, le conté toda la historia de Vardiero y de Caroline. Le conté cómo saqué dos copias del manuscrito robado. Y también, que pensaba publicarlo. A Lama no le pareció mala idea y entre ambos decidimos un título: Siempre recordaré a ese gato.» (pág. 109). Curiosa manera de leerse en un libro.

miércoles, julio 18, 2018

18 de julio

La relación que las fechas tienen con la historia es la misma que la de un punto del mapa con el lugar real. Señalizan. Simplemente. Conocerlas no nos hace más sabios en historia o en geografía. Sobre todo, cuando se trata de grandes fechas y de lugares únicos. Distinto es cuando asociamos una fecha o un sitio a lo cotidiano e íntimo; porque entonces sí que uno aprende, conoce más e incluso se cree mejor persona por haber logrado saber un poquito más sobre algo que tiene importancia. Mi 18 de julio —el mismo día de aquel año del desastre dicen que el matrimonio Curie hizo su descubrimiento— comenzó, casi, en una librería, para recoger un libro que luego puse en el correo para alguien que sé que lo apreciará. Poco después, tomé café en el patio de la Facultad de Derecho —creo que es la terraza más fresquita en verano de todas las cafeterías del campus— con Maribel Rodríguez Ponce, Carmen Galán, y con José Luis Bernal, aunque a tenor de la conversación, debería escribir con dos compañeras y un compañero —y decano— de mi departamento; o, ya puestos, con tres bocas y seis manos. Es que, aparte las bromas y las veras, hablamos, con mucho conocimiento de causa y sentido común, del lenguaje inclusivo tan de actualidad. Un día histórico. Además, viene mi hermano a casa, así que, aunque ya no compartimos habitación, hoy no dormiré solo. Leo que hoy es el cumpleaños de Elsa Pataky y que un 18 de julio de 1959 Federico Martín Bahamontes fue el primer español que ganó el Tour de Francia. El 18 de julio de 2000 murió José Ángel Valente, el mismo día que el arquitecto Sáenz de Oiza. Un día como hoy he trabajado algo, he escrito un poco, que supongo que es lo mismo; he compartido con mis hijos una noticia sobre un documental dedicado al actor Robin Williams y espero vivir lo suficiente para dar un paseo cuando caiga la tarde y picar algo en la plaza más bonita de Cáceres con mi hermano y su sabio socio, Javier Moreno Romagueras. Fecha, la de hoy, y nombres. Un día histórico. 18 de julio.

domingo, julio 15, 2018

Glorias de Zafra (XIX)

Hace más de siete meses que experimenté de manera más especial esa sensación de retomar la posesión de un mundo como el de la infancia y la juventud, sobriamente, sin épica alguna, con una pizca de melancolía. Ayer y hoy he vuelto a encontrar un entorno amable, acogido en el interior de una casa casi propia y recibido en un exterior que te ofrece gratas novedades. Ayer volví a la Plaza Grande y a la Plaza Chica, anegadas —esto no es tan grato— por un mar de terrazas de los bares que les dan vida y ambiente nocturnos. Esta mañana he recorrido con mis hermanos el parque de mis tardes y noches de adolescente y he descubierto el Rincón de Ajedrez «Ruy López», que tanto dice de las buenas iniciativas de personas que creen en los valores de la educación. No sé si el grande Leontxo García sabrá de esto. Seguro que sí, y estoy convencido de que se habrá alegrado de que exista en una ciudad extremeña como Zafra un espacio público así. Como hay que alegrarse de que exista otro espacio admirable que, en este caso, he revisitado. Es el Museo Santa Clara de Zafra. Sigue sorprendiéndome encontrar un espacio expositivo así, más esperable en una gran capital, tan bien planteado y en un continente tan singular: «El Museo ocupa una parte sustancial de la clausura monástica: la iglesia y sacristía conventuales, la enfermería nueva y una serie de espacios de tránsito que permiten dar a conocer la grada, una celda y el claustro: espacios todos, construidos entre los siglos XV y XVII, sin los que el visitante difícilmente podría hacerse una idea de lo que es un convento desde el punto de vista material», se lee en la página web del museo, de recomendable lectura. Me impresiona y me emociona pensar en que podría llevar a Zafra a mis más cercanas amistades y faltarme días en un fin de semana tan corto como el mío para mostrarles sus lugares de interés. 

viernes, julio 13, 2018

Heterónima, 4

«Sigue Heterónima, sí, en sus trece, tendiendo lazos entre la casa y el camino, entre nuevos y viejos alumnos, entre asiduos visitantes y recónditos invitados». Son palabras de la «Salutación» (pág. 6) de este nuevo número de la revista de creación y crítica que nació por estos meses de 2015. Me he traído a casa un ejemplar del despacho de José Luis Bernal, el decano de mi facultad, que acoge esta publicación —«verdadero mecenas de este proyecto», se le llama en esas páginas—, en el que también estaba el exultante director de Heterónima, Antonio Rivero Machina, que ha aprobado las oposiciones de profesor de Enseñanza Secundaria en Lengua y Literatura, como Sandra Benito, secretaria de redacción, y como Ismael López Martín, que forma parte del consejo de redacción de la revista. Todos han sido alumnos. Y hay más en este empeño; y será una alegría —porque lo será— saber que todos irán colocándose para trabajar como interinos y luego con plaza en una profesión que los necesita, porque estoy convencido de que haremos una sociedad mejor si ellos, esta juventud, toma las riendas de una educación maltrecha por los políticos. Recomiendo vivamente la lectura de este nuevo número de Heterónima, que ya está disponible en su página. Si sigo el orden de sus apellidos como Revista de creación y crítica, y no el de su índice, se impone el gusto de haber leído publicado un poema de Patricia Amigo, que forma parte también de esta familia de la Facultad de la que estoy hablando y de la que espero seguir hablando los años que me queden de vida. Por su modestia la destaco al lado de grandes como Santos Domínguez y de poemas tan sugerentes como los de Aitor Francos, Emilia Oliva o Javier Pérez Walias, que es entrevistado en unas páginas de la sección de «Crítica» que contienen respuestas elocuentes, por ejemplo, sobre la situación de la educación. Otra vez. Julio Neira republica y revisa un antiguo artículo dedicado a la poesía de su maestro Juan Manuel Rozas y David Matías pone la guinda de este número con su artículo «El feminismo y los sacerdotes de la literatura», tan justificado —sobre la opinión de Vargas Llosa— que hará de esta entrega de Heterónima un sitio de debate necesario. Me alegro mucho de haber estado esta mañana, otra vez, en el despacho del decano.

jueves, julio 12, 2018

Fulgen Valares

Profunda pena al llegar a casa y encender la radio: Fulgen Valares ha muerto. Golpetazo y sorpresa saber que llevaba unos días en coma por un infarto que no ha superado, que falleció ayer y que esta mañana ha sido su funeral. En la inopia. He escuchado en la SER de Extremadura las voces de Silvia Gordillo, directora del Gran Teatro de Cáceres, de Olga Estecha, que trabajó con Fulgen en la dirección del Festival de Teatro Clásico de Alcántara desde 2013, y de Isidro Timón, gran valedor del escritor y actor desde sus inicios en el Aula de Teatro de la UEX y compañero también en la Escuela de Arte Dramático de Extremadura. Profunda pena. Fulgencio Valares Garrote había nacido en San Sebastián en 1972, pero a los cinco años se vino a vivir a Miajadas (Cáceres), y allí trabajó como carpintero en la empresa familiar. A finales de los años noventa se trasladó a la capital cacereña, en donde se vinculó como actor a actividades teatrales como la que desarrollábamos en la Universidad con Isidro Timón como director del Aula de Teatro de la UEX, y ya en 2001, casi coincidiendo con mi distanciamiento de la primera fila de aquella memorable aventura, estrenó Pared con pared como responsable del Aula de la UEX en Badajoz, texto al que siguieron Punto de partida y Compañera del alma (2003 y 2004). Su capacidad de trabajo era admirable y me alegraban mucho sus cada vez más frecuentes novedades literarias, como la publicación de La mancha de la mora (Badajoz, Los Libros del Oeste, 2006), que obtuvo el Premio de Novela «Carolina Coronado Ciudad de Almendralejo» de ese año, o su pieza teatral Santo silencio profeso (Mérida, De la luna libros, 2007), centrada en la figura de Francisco de Quevedo. Antes de decirme cualquier cosa, la encabezaba con un «—Señor», que también le servía para cerrar sus «—Gracias». Era su delicada forma de tratar a la gente, tan especial, como su manera de reírse; aunque siempre he creído que quería ser agradable conmigo como una muestra de respeto a un profesor universitario interesado en el teatro más vivo. Así ocurrió en nuestros últimos encuentros para organizar alguna actividad paralela en el Festival de Alcántara, con Olga Estecha. Fulgen fue el último dramaturgo incluido en el tomo dedicado al teatro y al ensayo de la antología Literatura en Extremadura 1984-2009 que publicó la Editora Regional de Extremadura en 2010, junto a seis autores —Martínez Mediero, Leandro Pozas, Miguel Murillo, Jorge Márquez, Juan Copete e Isidro Timón—, y ha sido el primero en irse. Quien hizo esa selección, Gregorio Torres Nebrera (1948-2013), escribió que «estamos ante un autor que sabe inventar situaciones, que sabe dialogar con soltura, y con poesía, y al que le interesa el ejercicio de acercar, y contrastar, la historia y el presente, el ayer con el hoy». Acertó; pero también dijo de Valares que era «la última promesa de los dramaturgos del teatro extremeño de ahora mismo» y hoy lamentaría conmigo haberse equivocado, porque, evidentemente, no somos nada. O casi nada. Porque ahí queda lo hecho. Y Fulgencio Valares nos ha dejado mucho, ha aportado mucho a la vida teatral de este entorno que es teatrero, que no es mal hábitat para seres como él, a quien ahora recuerdo estremecido. Y es que haber sabido así que Fulgen Valares se ha ido es lo más parecido a una muerte súbita, por accidente, como un sobresalto aterrador y trágico que uno recibe en su sitio de este patio de butacas numeradas sin orden que es la vida.

lunes, julio 09, 2018

Lorenzo Lotto en El Prado

No había mucha cola en el Museo del Prado ayer domingo. Un grupito de alumnas rusas me retuvo un momento durante el que pude consultar las tarifas y ver que había una reducida a la mitad para docentes. Así que al llegar a la taquilla mostré mi identificación como profesor, dispuesto a pagar siete euros y medio, y la chica, muy agradable, me dijo: «Es gratis, señor». Ignoraba este privilegio —exención suprema para algo tan valioso— que me equipara a los menores de dieciocho años, a los estudiantes hasta veintiocho y a los discapacitados, según me he informado en la página del Museo del Prado. Un amigo me había recomendado la exposición de los retratos del veneciano Lorenzo Lotto; pero, con tiempo como ayer, pude disfrutar de la de Rubens pintor de bocetos y la curiosa In lapide depictum, pinturas de autores italianos sobre pizarra y mármol, muy curiosa; además del formidable paseo por el Edificio Villanueva para volver a ver cuadros de El Bosco, Durero o Goya. Y tantos, tantos otros. (Vaya mañana de domingo en Madrid. Horas. Los de provincias, que somos así). Vuelvo a Lotto. Formidable, espléndida exposición. No sé cuántas veces habré visto en mi vida una «imagen mental» pintada en un lienzo. Ayer la vi en el cuadro San Antonio de Florencia repartiendo limosnas (1540). Choca un cuadro así en una exposición de retratos, y por eso los responsables —comisarios de lujo como el director del Prado Miguel Falomir y el profesor de la Universidad de Verona Enrico Maria Dal Pozzolo— lo avisan en la cartelería que acompaña a la muestra. Los rostros de los mendicantes están pintados «al natural» y uno de ellos, el que lleva una hoja de laurel en la cabeza, puede ser el mismísimo Lotto; así que se autorretrata en esta obra. Pero lo que a mí más me ha llamado la atención es lo de la «imagen mental», que ahora me cuesta recordar si la he visto en algún pintor de la misma manera en que ayer me visitó por este veneciano del siglo XVI. Una «imagen real» sí es la de los espléndidos retratos en los que, en efecto, parece que uno contempla un estado de ánimo, y que aprecia la innovación del retrato doble de un matrimonio y la incorporación a la imagen de otros símbolos —la exposición incorpora algunos objetos representados en los lienzos, como sortijas, camafeos, estolas...—, y una imagen real es la del rostro de Marta, una camarera que me dijo por la noche que estaba invitado porque se había confundido y le había puesto mi cena a otros clientes. A veces las cosas no tienen ningún sentido. Y esa noche de ayer, la tristeza con la que llegué a un sitio se duplicó por una tontería. Qué tontería, la verdad. Fastuosa exposición.

sábado, julio 07, 2018

Autobiografía (II)

No sé, la verdad, de dónde ha salido este texto. Sonaba una música que venía de «Alma de león», ese programa de Radio 3 que tengo asociado a aquellos mis viajes los domingos de vuelta de Zafra después de haber estado con mi madre. Recuerdo que recibía las luces de Cáceres siempre con música jamaicana o ritmo de reggae, a las once y cuarto de la noche, más o menos. El texto lo había titulado «Una recomendación», que, a estas alturas, no es ya el definitivo para esta entrada del blog. Decía que, por favor, no te creas mejor que nadie. Ni siquiera mejor que ese tipo al que hace nada pusiste a caldo —tú no dices nada malo en público contra caldo alguno— por despreciable, por haber ridiculizado ante todo el mundo a una chica indefensa. Así que, te aviso, no creas que tú eres mejor que otros. Y hay, además, otro texto que ahora rescato: me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Haber escrito «siempre» me hace más tonto que cándido, más iluso que bobo, más sin sustancia, más estúpido. Además, he habitado durante más tiempo en los barrios iluminados de la dicha que en los andurriales de la tristeza, sombríos como ellos solos. A nadie puedo dar lecciones de haber sufrido. Y me alegro, claro, de esa ineptitud que a veces ha sido tan altiva que me ha hecho creer que mi experiencia pudiera servir a otros. A los hijos, por esa supremacía que te otorga la naturaleza; o a un amigo que lo ha pasado mal, por no sé qué ínfulas. En el mismo escenario —la cocina— en el que leo ficción —esas novelas a las que no logro hacer sitio entre todo lo que quiero leer— me salta a la cara insostenible la realidad de «Un hombre denunciado seis veces por maltratar a dos mujeres mata a su actual pareja» y «Encarcelado un profesor que abusó durante tres años de una menor», en la misma página del periódico que sigo recogiendo todas las mañanas del kiosco del barrio y del que no sé cómo quitarme. Me pasa con todo. Y no me quito. Me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Y no me quejo. Que conste.