jueves, enero 18, 2018

Ángel en Letras


© Foto de Sandra Sánchez Valares
Esta mañana he intervenido en mi Facultad en el II CICLE (Congreso Internacional de Investigación y Crítica sobre Literatura Española), dedicado a las relaciones hispano-lusas en la literatura, y organizado por jóvenes investigadores y profesores que fueron mis alumnos no hace tanto, con una ponencia titulada «Un mapa sin fronteras de la literatura de Portugal y de España (1985-2008)». Rótulo poco explícito que ha comprendido un nuevo recuerdo de mi querido amigo Ángel Campos Pámpano. Él es quien ha justificado el tramo de mi interés, desde 1985, por su antología —que no pudo llegar a reeditar, como tanto le hubiese gustado— Los nombres del mar. Poesía portuguesa 1974-1984 (Editora Regional de Extremadura), hasta 2008, la fecha de su muerte y de la publicación de su poesía reunida en el volumen La vida de otro modo [Poesía 1983-2008] (Calambur Editorial). Habrá quien diga que soy excesivo y sensiblero; pero he repetido que de Ángel sigo acordándome todos los días. Yo sigo firme. Un colega, al terminar, se me ha acercado para preguntarme cómo podría conseguir la antología de Ángel y su poesía, porque —me ha dicho— «por lo que has leído de él, es de esos poetas que me gustan». Otro colega me ha recriminado no haber sido más contundente y haberme contenido —quizá por pudor— en insistir más en el empeño extraordinario de Ángel Campos Pámpano por la difusión de la literatura portuguesa en España. Quizá por todo esto, he sentido como nunca que no hubiese más personas escuchándome. No, por favor, no soy tan cretino. Lo digo porque sería lógico hablar ante una docena de escuchantes sobre mi genial análisis de una tragedia desconocida de un más desconocido autor escondido bajo el acrónimo «Masara»; pero me entristece que no haya habido más público que —como ese colega que se me acercó al final de la charla— hubiese sabido de la existencia de un personaje extraordinario, de un gran profesor, de un traductor solvente, de un buen poeta, de un amigo. Como si no supiese yo que no es necesario trabajar sobre Ángel para acordarme de él.

martes, enero 16, 2018

De Aurora Luque


Un mensaje de Pilar Galán de ayer temprano comunicaba que la intervención en el Aula José María Valverde de Cáceres de la escritora Aurora Luque, que es de mi quinta, cambiaba lo programado, y que su visita se concentrará en el día 1 de marzo. Todos, supongo, hemos tomado nota; pero a mí me ha traído a la mente algo de su poesía que conozco —«El cuerpo amado nunca / es solamente un cuerpo»— y un libro que yo desconocía y que se titula Una extraña industria (De poética y poetas). Ed. de José Andújar Almansa (Valladolid, Secretariado de Publicaciones e Intercambio Cultural de la Universidad de Valladolid, 2008). Recoge esta obra más de una treintena de textos publicados o leídos —hay conferencias y presentaciones hasta ese momento inéditas— de esta poeta y profesora de griego que giran en torno al libro, a la lectura y al mundo clásico. En «La lectura como enfermedad jovial», que inauguró una feria del libro en Almería, dice: «No pretendo ser original —pero sí muy sincera— si les digo que la historia de mi vida es la historia de mis lecturas. Para saber quién soy tendría que hacer un escrutinio de los libros que he leído, al revés del quijotesco, no centrífugo, sino centrípeto, no para desecharlos como perniciosos ni para destruirlos con furia liberticida como sucedió en La Mancha, sino al contrario, con amorosa disposición, porque al acogerlos me constituyeron tal como soy». Y transcribe un poema de Jorge Riechmann («Un libro es un milagro» […]) y recuerda un libro del profesor Juan Mata (Como mirar a la luna. Confesiones a una maestra sobre la formación del lector) y una cita que lo encabeza de Chan Chao, de Dulces sombras soñadas. Se echan en falta en el libro de Luque referencias precisas a lo que lee. El poema de Riechmann es de Poema de uno que pasa (Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 2002) y el libro de Juan Mata está publicado en Barcelona por la Editorial Graó, en 2004. De lo de Chan Chao no tengo ni la más remota idea, aunque sean Dulces sombras soñadas. Lo cierto es que mañana quiero restituir el libro de Aurora Luque a la biblioteca de mi universidad, que me lo prestó.

martes, enero 09, 2018

Marsé, 85

© Toni Albir (EFE)
Yo, ya, desde el año pasado, felicito al maestro tal día como hoy. Conversación de ayer con un colega muy leído: —Oye, estoy fascinado con lo que he leído de Juan Marsé. Es buenísimo. Creo que ya me he comprado todo. Lo leeré.

Felicidades.

lunes, enero 08, 2018

Ana


Hay relaciones profesionales que al cabo del tiempo toman un tono gozosamente más intenso que el que en su día tuvieron. Pasados los años, uno desescombra en lo superfluo y se queda con lo esencial, como supongo que debe pasar —se me ocurre ahora— a los matrimonios con muchos hijos o a los editores con muchos libros, que se quedan, sobre todo, con los hijos y con los libros. Pienso en esto por lo tanto que me duele la muerte de una compañera como Ana Holgado Holgado (Sierra de Fuentes, 1953). Compartimos siete intensos años —y varios centenares de ediciones— en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura. Supuestamente, yo era su «jefe»; pero ella era el eje en torno al que giraba todo el mecanismo de una editorial universitaria. Lo ha sido durante más de treinta años, como Jefa de la Unidad Técnica del Servicio de Publicaciones de la UEX, y ha compartido, casi desde talleres, el nacimiento de más de un millar de libros que modesta y dignamente ha venido publicando este sello institucional desde su creación en 1982. Hace pocos días, conocimos que estaba ingresada en la UCI, tras una intervención urgente por una septicemia grave; y esta mañana, en la Biblioteca Central de la UEX en Cáceres me dieron la noticia de que acababa de fallecer. Es difícil de creer que alguien se vaya así, de manera tan súbita y casi sin querer molestar a los más cercanos en unas fechas propicias para lo festivo. Hoy, el saludo más repetido, el lexicalizado «feliz año» de la vuelta al trabajo y el reencuentro con los compañeros, se ha hecho mueca de infelicidad, horma de la pena. Ana era constante, muy metódica, y tenía una cabeza hecha para estructurar todo aquello que carecía de estructura; por eso logró levantar la base de un «servicio» —de primer apellido, le decía yo, y «editorial» de segundo— que era suyo, y que me perdonen todos los directores académicos que han pasado por él. Gran aficionada al cine y a la lectura, mostraba muchísimo interés por cualquier asunto relacionado con la cultura que uno tuviese entre manos. Ella misma se ponía retos incluso para lo más doméstico. Su visita a París para ver a una sobrina la tuvo meses dedicada a reforzar sus nociones de francés, y recuerdo que durante mucho tiempo tuvo como página de inicio del navegador de su ordenador la portada de Le Monde, que fue su forma previa de inmersión. Este lunes de su muerte habría leído con interés la crónica de la de France Gall (1947-2018), un «icono de la Francia yeyé» la llama hoy el periódico en una página que me ha recordado a Ana. A ella se refería una de mis primeras anotaciones, de enero de 2004, antes de llegar al Servicio de Publicaciones: «Llamar a Ana Holgado», y con ella estamos Chelo, Inés, la becaria Anabel y yo en una fotografía que no he logrado localizar para ilustrar esta nota, que lleva otra cedida por la prima de Ana, Marisa Holgado. Mis apuntes de cuadernos antiguos —he dedicado buena parte de la tarde a recordar a Ana— me traen ahora una nota de un 16 de diciembre del año que España ganó el Mundial de Fútbol en la que yo me lamentaba de la falta de personal del Servicio de Publicaciones por que nuestra «comida de empresa» fuese solo de cinco: Chelo, Laura, Javier el becario, yo, y, claro, Ana. Su funeral será mañana día 9, en la Parroquia de Sierra de Fuentes a las 10:30 horas. Pena.

domingo, enero 07, 2018

Todas las palabras para decir roca


Estuve el último martes del año pasado en el Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear. Y volví a contar los pasos que separan el umbral de mi casa de la puerta de entrada a este espacio de arte contemporáneo. Ciento treinta y cinco. Fui a conocer la propuesta de Julián Rodríguez como comisario de la exposición con los fondos de la Fundación y el pie forzado de la naturaleza como motivo temático. No sé si alegrarme por el medio natural creado —de incontestable efecto— por la exposición y la manera de vivirlo, yo solo, sin nadie —salvo el personal vigilante de la casa— en ninguna de las plantas del edificio; o lamentar que un atractivo turístico como este no tenga más visitas. Por eso me pareció muy destacable que en febrero de 2017 se llenase una de las salas más grandes del Centro cuando presentamos la antología Escribir y borrar, de Ada Salas y su libro Diez mandamientos, con los dibujos de Jesús Placencia. Todos suponemos que, cuando culmine la segunda fase de construcción del Centro, serán muchas más las oportunidades de abrir las puertas de un espacio expositivo de primera línea a más público. Incluso para quienes conocemos someramente —sin solvencia alguna— el fondo cacereño de Helga de Alvear, una muestra como la que propone Julián Rodríguez puede resultarnos «familiar» en algún momento de su recorrido, y llevarnos a decir que ya nos suenan algunas piezas. Todas las palabras para decir roca se articulan en un entorno que es muy relevante y significativo: Extremadura. Aunque en la muestra no haya casi ningún indicio de ello —quién sabe si uno puede apropiarse del inquietante y caótico zarzal de Álvaro Perdices—, esta lectura extremeña de la dualidad de Naturaleza y conflicto, que es el subtítulo explicativo y teórico de la exposición, es muy pertinente. Insisto, aunque lo que el visitante vea sean obras que provienen de Japón, Reino Unido, México, Austria, Alemania, Estados Unidos de América... Qué sugestiva esta manera de convivir con tan diversas percepciones de la naturaleza. También desde la lectura de los textos —de H. D. Thoreau, de R. Macfarlane, de Eva Lootz, de César Rendueles— que reciben al visitante de cada espacio, o desde la escucha de la lista de Spotify para la exposición, con piezas —elegidas por Julián Rodríguez y muy bien presentadas en el folleto por Luis Francisco Pérez— de Beethoven, Schubert, Mahler, Wagner, Webern y Richard Strauss. Esta música se escucha aquí, en este espacio, en esta calle. Así lo he sentido yo, y no solo porque el comisario de la exposición sea extremeño —de Ceclavín— y haya escrito mucho sobre el entorno rural que le ha educado, y que insista en la presentación de esta muestra que estará a ciento treinta y cinco pasos hasta el 27 de mayo de 2018. De mi calle. De todos los países. De todas las palabras.

jueves, enero 04, 2018

Aguinaldos



Ya escribí aquí, a propósito de la publicación del libro-catálogo Una colección de rarezas bibliográficas: los Aguinaldos impresos de Víctor Infantes (1997-2016) (Los Libros de Forforeda, 2017), que en más de una ocasión me he referido a estas felicitaciones impresas que el llorado Víctor Infantes (1950-2016) enviaba a los amigos cada Navidad, a los que sorprendía siempre con un original formato que habría costado ensobrar, con una curiosidad bibliográfica o la difusión de una rareza tipográfica. Sin falta, desde 1997, envió estas felicitaciones y recuerdos, hasta el mismo diciembre de su muerte. Ausente él, su amigo y cómplice en estos solaces de pasión libresca, José Manuel Martín, de Gráficas Almeida, ha enviado en estas fechas una tarjeta-homenaje a Víctor Infantes y una circular para la buena intendencia del proyecto de seguir publicando estos aguinaldos en recuerdo del maestro. Me han llegado pocos días antes que otro de esos emocionantes aguinaldos que uno siempre recibe y nunca corresponde como debe. Matilde Muro Castillo (MMC) también sigue enviando desde hace mucho —salvo un lapso de años que ya se anuló— sus felicitaciones elaboradas para los amigos. Las guardo como un tesoro, como una muestra siempre viva de la creatividad y el aprecio de MMC. Este año, su No están, un cuadernillo de cuatro hojas (15 x 10,5 cm), cubierto con papel vegetal y unido por una cinta dorada, nos trae una emotiva constatación de las ausencias («Han pasado muchos años desde que se han ido (¿se han ido?), pero este año se me ha ido tanta gente, tanta, tanta, que no puedo hacer como si no pasara nada») y una despedida jubilosa («Cuando recibáis mis mejores deseos para el año 2018 es muy posible que yo ya sea libre de verdad, que haya dejado de trabajar con horario de piñón fijo y órdenes absurdas»). Los copiados son los dos únicos párrafos, de dieciséis, me parece, que no traen esa letanía pagana y personal del «No están» que explica este presente, este aguinaldo, que tanto sentimiento comparte —comparto yo, que soy el que lo recibo— con los aguinaldos que enviaba Víctor Infantes a sus amigos. Y una triste diferencia con el que manda Matilde Muro. Que Víctor ya no está. Eso, No están.


lunes, enero 01, 2018

Año nuevo

Tengo la costumbre de seguir por televisión el Concierto de Año Nuevo y, por mucho que escriba aquí sobre esto, no creo que se convierta en una tradición, que es como una manera de enaltecer un hábito. En esta edición de 2018 un atractivo ha sido la dirección de Riccardo Muti —cuánto me sigue emocionando ese trozo con discurso de la representación de Nabucco en el centésimo quincuagésimo aniversario de la unificación de Italia que pude compartir aquí— y otro muy especial la interpretación a la cítara por Barbara Laister-Ebner de una parte de los «Cuentos en los bosques de Viena», de Johann Strauss, con la orquesta en silencio y el director extático con una mano en la mejilla. Excelentes la locución y los comentarios de Martín Llade y su emocionado recuerdo a José Luis Pérez de Arteaga. Y el repertorio —Franz von Suppé, Johann, Eduard y Josef Strauss, Alphons Czibulka. Recuerdo ahora que un día como este aludí a un soneto —cualquiera— de Lope de Vega. Pongo, este año, este que dice, sobre una calavera, el soneto XLIII: 

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que mirándola, detuvo.
Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos, de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.
Aquí la estimativa, en que tenía
el principio de todo movimiento;
aquí de las potencias la armonía.
¡Oh hermosura mortal, cometa al viento!,
Donde tan alta presunción vivía
desprecian los gusanos aposento.

La lectura de este soneto me ha llevado a otro sobre el que Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada llamaron la atención en una de sus antologías comentadas de la literatura española, la que publicó Cátedra en 2005 de poesía lírica del XI al XX. En ella, recordaron «A un esqueleto de muchacha», de Rafael Morales, de su libro El corazón y la tierra (1946):

En esta frente, Dios, en esta frente
hubo un clamor de sangre rumorosa,
y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa
de una fugaz mejilla adolescente.
Aquí el pecho sutil dio su naciente
gracia de flor incierta y venturosa,
y aquí surgió la mano, deliciosa
primicia de este brazo inexistente.
Aquí el cuello de garza sostenía
la alada soledad de la cabeza,
y aquí el cabello undoso se vertía.
Y aquí, en redonda y cálida pereza,
el cauce de la pierna se extendía
para hallar por el pie la ligereza.