jueves, agosto 22, 2019

Julián


En varias ocasiones hoy he evocado a Julián Rodríguez por la razón de que este jueves habría cumplido cincuenta y un años. Una en Zafra, otra en Burguillos del Cerro y la última aquí en Cáceres. Con el mismo lamento que hoy mismo lo habrán hecho su familia y sus amigos. Yo tenía la costumbre desde hacía años de enviarle un escueto mensaje al móvil con mi felicitación, con la complicidad infantil de alguien que también nació en agosto. Antes de su muerte, entre mis notas para publicar en este cuaderno, estaba una que iba a titular «Movida y movimiento», a costa de la escritura de un texto que debí entregar hace mucho tiempo sobre creación literaria y movida en Cáceres en los años ochenta. En cerrar esa tarea estoy aún y por eso he vuelto a publicaciones y revistas, a noticias y a recuerdos de aquellos años en una ciudad universitaria casi recién nacida y en la que muchos nos formamos. Es un regalo poder retomar contacto con personas como Vicente Pozas o Tomás Pavón, con las que nunca he dejado de compartir afectos, inquietudes y situaciones de civil convivencia; y es triste constatar que ahora no puedo preguntar a Jesús Alviz, a Diego Ariza o a Julián Rodríguez por alguna circunstancia o detalle de aquel tiempo, que yo viví sin la conciencia que luego sí tuve de que todo lo que pasase tenía que contarlo, o anotarlo, o guardarlo en la materialidad de un recorte de periódico, de una fotografía o de un afiche. Aun así, guardo mucho. Y aun así, ahora ya uno confía en lo que se acumula en la nube global e incierta para encontrar con asombrosa rapidez un dato, un título, una fecha. Una mañana de julio, en casa, hablé sobre Julián con alguien más joven que le conoció hace menos que yo —claro— y por razones distintas, aunque tan cercanas y familiares como su colaboración de años con el proyecto de la Editora Regional de Extremadura. También a los más jóvenes fascinó su capacidad y su gusto. Me acuerdo ahora igualmente de Ninguna necesidad, de su novela, y de otro apunte antiguo que no llegué a materializar en esta página. Fue el 8 de agosto de 2006 cuando quedamos en el entonces Hotel Meliá de la cacereña plaza de San Juan, en donde me la dedicó «con la amistad de siempre». Escribía yo que antes de abrirla, había pensado en la fotografía de la cubierta, que me recordó, y no sólo por la perspectiva, aquella de una de las primeras ediciones de Encerrados con un solo juguete, de Juan Marsé, quizá una de Seix Barral, si mal no recuerdo. En blanco y negro, y sobre una cama, una chica leyendo una revista de época. En la novela de Julián eran dos los personajes de la fotografía, en color, y los elementos que aparecían quizá no tuviesen nada que ver con aquella antigua ilustración de la primera de Marsé, pero a mí me vino a visitar esa imagen. A mí me valió. Después de abrir y de leer la novela, pensé en la melancolía, y también recurrí a un elemento externo: una conversación publicada en el periódico El País entre Joan Manuel Serrat y José Luis García Sánchez en la que el cantante hablaba de «no estar demasiado a disgusto con lo que ha sucedido y pensar que la vida es lo que tienes y lo que te queda por delante», y el director de cine que decía que no, que eso era nostalgia, y que lo único que podía admitirle era la melancolía. Entonces, Serrat decía que él amaba la melancolía, corrigiendo. Hay dos interpretaciones de la elipsis. Una, que sugiere mucho. Otra, que esconde demasiado. Acostumbrado como estoy a leer textos del siglo XIX y novelas como las de Marsé, que tanto deben a las grandes novelas tradicionales, si se entiende por esto la novela tradicional, la lectura de la de Julián me chocó por algunos procedimientos y, por eso, me interesó, porque honraba el género. Me resultó admirable que la literatura difícil se convirtiese con un texto tan tenue en literatura admitida por aquellos que sólo leen literatura fácil. Ahora, todo, lectura, melancolía, movida, movimiento, nostalgia, agosto y toda necesidad tienen otro sentido. Lástima.

lunes, agosto 19, 2019

Antonio Sánchez Barbudo lee a Antonio Machado


Creo que hoy se cumplen veinticuatro años del fallecimiento del profesor y crítico Antonio Sánchez Barbudo (Madrid, 1910-Florida, 1995), que hasta su jubilación perteneció al claustro de la Universidad de Wisconsin. Es una casualidad, sí, que hace un par de días mi amigo Isidro Timón se presentase con este regalo, con el libro de Sánchez Barbudo Los poemas de Antonio Machado. Los temas. El sentimiento y la expresión (Barcelona, Lumen, 1967). Me consta que contó con la ayuda de mi querido Jaime Naranjo, librero que conoce mis gustos y buena parte de mi biblioteca; así que acertaron plenamente, pues no tenía este clásico de los estudios machadianos que yo creo que ni siquiera tenemos en nuestra Biblioteca Central universitaria. Yo siento la lectura de este libro como si estuviese delante de un lector del gran poeta que va pasito a pasito, poema a poema, desde Soledades (1899-1907), Campos de Castilla (1907-1917) o Nuevas canciones (1917-1925), hasta el Cancionero apócrifo y otras poesías, comentando los textos en clase. Vamos, me imagino estar en un aula escuchando a don Antonio Sánchez Barbudo mientras da sus explicaciones: «En Nuevas canciones se encuentran hacia el final diecinueve sonetos. Éstos tienen valor muy desigual, pero algunos de ellos quizás sean de los mejores poemas que Machado escribió, y desde luego son de los mejores de esta parte de su obra. Por ellos vamos a empezar» (pág. 319). Muchos de sus comentarios son impagables, como lo es para un profesor contar con el índice de poemas que el autor menciona y destacados aquellos que se analizan más extensamente. Me gusta su antigua manera de abordar el análisis textual, procurando «siempre atender sobre todo al tema, esto es, a lo que el poema realmente dice, o parece que dice. Y también, especialmente, al sentimiento contenido, a la emoción, diferenciando ésta del mero pensamiento; o sea que he tratado de recrear —hasta donde esto es posible— la experiencia allí encerrada y ver de qué clase era. Y por último, he atendido a la expresión, o sea a la forma misma en que el poema aparece. Pero claro es que todo esto es en cierto modo inseparable», escribe en las páginas 11 y 12 de su «Introducción». Una delicia de lectura con la añadidura de volver a toparse con los versos de Machado en casi doscientos ejemplos, desde «El viajero» hasta «Estos días azules y este sol de la infancia».

domingo, agosto 18, 2019

Pan y prensa


I. Disgustos con Plácido. Es interesante el debate que hoy plantea Carlos Yárnoz, el defensor del lector de El País sobre el caso de Plácido Domingo. Al periódico le han llovido las críticas por difundir acusaciones anónimas, por no contrastar la noticia, a pesar de que la fuente haya sido la prestigiosa agencia Associated Press y del valor noticioso de un hecho que afecta a un gran artista que ha declarado que los parámetros con los que hoy tratamos el acoso «son muy distintos de cómo eran en el pasado». II. En la página vecina Olivia Muñoz-Rojas titula su columna «Conducir» y me he acordado de mi hermano Josemari, que sostiene que el automóvil es una prolongación del pene, y no le falta razón, que comparte la investigadora y escritora: «Desde el movimiento futurista y aquellos poemas de Marinetti en los que veneraba la máquina y la velocidad, resaltando su dimensión erótica, incluso afrodisíaca, la industria del automóvil se ha encargado de totemizar el coche y convertir la conducción en expresión de libertad y poderío (masculino)». III. Mi compañera Victoria Pineda me ha hecho últimamente dos buenas recomendaciones: la poesía de José Luis Parra —ya he leído Tiempo de renuncia (Pre-Textos, 2004) y De la frontera (Pre-Textos, 2009)— y los cuentos de Guadalupe Nettel —Pétalos y otras historias incómodas (Anagrama, 2008). De la escritora mexicana me he encontrado esta mañana muy gratamente con el relato «Los últimos días de Ulises», en El País Semanal, y me he acordado de que Victoria me dijo que algunos de sus textos le parecieron excelentes, pero perturbadores. Lo he suscrito hoy. IV. Lástima. En el Hoy, una necrología muy sentida de Pakopí sobre Luis Costillo en la que repasa los lugares y las cosas de Badajoz en las que el amigo sigue presente de un modo u otro. «A pesar de todo —finaliza su texto—, cuánto vamos a echarte de menos, Luis… ¡Me cago en la pena negra…!». Pan y prensa.

miércoles, agosto 14, 2019

García Blázquez


Por un texto de Álvaro Valverde me he enterado de la noticia publicada en el Hoy de la muerte de José Antonio García Blázquez, el escritor placentino (1940-2019). No sé por qué el periódico lo da como nacido en 1936. Me he acordado de una novela que habría que recuperar, Señora muerte (Ediciones Destino, 1976), buena pauta para quien quiera medir la altura de este autor. Me he acordado también de una excelente alumna a la que le sugerí que trabajase sobre él, y ahí quedó la cosa. Eso creo. Y he recordado que una de las primeras cositas que publiqué de crítica literaria fue una breve nota sobre «La palpitante construcción de El rito de José Antonio García Blázquez», en la revista Anaquel, núm. 6 (noviembre de 1987), que publicaba por aquellas fechas la Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Extremadura. Así empezaba: «José Antonio García Blázquez (Plasencia, 1940), en el ámbito literario en que nos movemos, resulta hoy un escritor ejemplar. Por dos razones. La primera, su notable obra narrativa digna de un respetable hueco en la historia de la novela española contemporánea. García Blázquez inicia su trayectoria con Los diablos (Plaza y Janés, 1966), a la que siguió, con el reconocimiento del jurado del premio Alfaguara al destacarla como finalista en 1967, No encontré rosas para mi madre (Alfaguara, 1968). Varios años después obtiene el premio «Eugenio Nadal» de 1973 con su novela El rito (Ediciones Destino), publicada en 1974 con otra entrega ya en la calle, Fiesta en el polvo (Plaza y Janés, 1974). A éstas sigue la novela de García Blázquez que mayores elogios ha recibido de un importante sector de la crítica española y extranjera, Señora muerte. De ella, Ignacio Soldevila ha destacacado el especial diseño de los personajes —una constante en toda su obra—, que «combaten entre el egoísmo feroz y primitivo que ocupa el lugar fundamental de sus conciencias y la experiencia de sus debilidades, de sus deficiencias, que les fuerza a servirse de complicidades ajenas, en una extraña mezcla de autocompasión y sadismo» (La novela desde 1936, Alhambra, 1980, pág. 402). Una novela más cercana es Rey de ruinas (Plaza y Janés, 1981), hasta ahora su última narración larga, que no se despega sustancialmente de las maneras demostradas por su autor en el resto de su obra. Por último, reaparece el novelista placentino con el relato corto La identidad inútil (ERE, 1986), publicado el pasado año en la oportunísima colección «La centena» y que resulta una píldora cuidada de cuantos elementos han caracterizado la narrativa de García Blázquez, un eco comprimido de las inquietudes rastreables en otras novelas. La segunda razón de esa ejemplaridad de la que hablábamos al principio es la de su promoción y sustento como novelista. García Blázquez no ha hipotecado en ningún momento su pluma a ese etnocentrismo endémico que padece gran parte de los autores españoles de ahora cuando miran al ombligo de sus regionalismos. Conseguir esa imagen de escritor abierto e independiente no sólo se debe a oportunidades favorables, sino también a intención y deseo propios (quizá deba pedir disculpas por subrayar siempre este aspecto fundamental que para nada incide en la escritura de los buenos autores)». La cosa continuaba con una especie de análisis de la técnica de composición de El rito, una novela «perfectamente ideada para facilitar el desarrollo de una narración inquietante y el movimiento de unas figuras […] en un proceso alternativo de expansión y retraimiento. La novela, toda ella centro, corazón, funcionará dilatándose, encogiéndose y dilatándose al final por su lógico cierre. La tarea aquí será demostrar cómo dicha ordenación comulga enteramente con los contenidos de la novela, con el drama de un personaje que sufre un profundo desarraigo de su niñez, fruto de una meditada racionalización nihilista de un presente no vivido y un pasado añorado. La alternativa de esos dos tiempos será la ordenadora de las relaciones de los personajes y de las acciones de cada uno de ellos. Un agonista principal que se aferrará a un pasado que vanamente intentará identificar y sustituir en la segunda parte de El rito, su hijo Toy. Así, la construcción de la novela se establece en tres movimientos de diástole, sístole y diástole: cobra vida, como cada una de las figuras que van a dibujarse en ella». Y luego seguía un análisis de los seis capítulos de la novela y el juego de sus tiempos narrativos. No sé. Me he acordado de aquello como homenaje a García Blázquez.

martes, agosto 13, 2019

Cartas


Hay cartas que he recibido que me gustaría saber de memoria para poder leerlas cuando quiera y donde quiera. Son un tesoro íntimo sin valor alguno en otras manos y que, en las mías, casi siempre logran que sienta querer ser mejor persona. Hace muchos años, más de veinte, llené un cuaderno de cien hojas apaisadas con mi letra menuda con cartas ficticias de más de treinta personajes que formaban parejas de corresponsales en el conjunto de una especie de relato epistolar tan complejo y peregrino que hoy me sería muy arduo retomar, si se me ocurriese la disparatada idea de publicarlo. Ha pasado tanto tiempo que incluso lo que en esos textos hay de vivida verdad hoy me resulta muy ajeno e impropio. Por aquel tiempo, busqué todo lo referido a literatura epistolar y leí mucho. Todavía continúo con esa propensión; pues hace nada, unos días, en Santander, compré Cartas a Mercedes, de Miguel Espinosa (Cieza, Alfaqueque Ediciones, 2017), setecientas páginas de correspondencia dividida en tres épocas, desde 1956 a 1981, del gran novelista murciano con Mercedes Rodríguez, su amiga, confidente, esposa de amigo íntimo, y personaje, y no sé si musa, de sus novelas. Sí, por aquel tiempo vino a la Facultad Claudio Guillén para hablar sobre «La carta como ficción» y allí estuve yo, en primera fila; pero con la conferencia ya leída que se había publicado poco antes como artículo con otro título («El pacto epistolar: las cartas como ficciones») en Revista de Occidente (núm. 197, 1997). Leí cartas de John Keats a Fanny Brawne, las Cartas de Abelardo y Heloísa por nueva edición, incluso una comedia de José Garcés de 1734, Cuatro eses ha de tener amor para ser perfecto: sabio, solo, solícito y secreto  —ignoro por qué—, también La filósofa por amor, de Francisco de Tójar, y El defensor, de Pedro Salinas, y aquella novela de Fernando Savater, El jardín de las dudas (Planeta, 1993). Leí las Últimas cartas de Jacobo Ortis, de Ugo Foscolo, y busqué un libro de Laurent Versini, Le roman épistolaire (Paris, PUF, 1979), y encontré La carta de amor, de Cathlenn Schine (Barcelona, Emecé Editores, 1995), que conservo en mi biblioteca, como el libro de Mario Pasa, El escritorio de las maravillas (Barcelona, Península, 1997). Todo de aquel tiempo. Demetrio, en De elocutione, dice la evidencia de que la carta es como una de las dos partes de un diálogo y Séneca en las Epístolas morales decía que las cartas nos procuran las huellas auténticas del amigo ausente, sus auténticos rasgos. Conservo muchas cartas. La mayor parte de ellas es reparadora y da gusto zambullirse en la relectura deleitosa de un tiempo que pasó, de unas circunstancias escritas en folios y cuartillas tan diversos como los formatos en los que sigo recibiéndolas inmaterial o electrónicamente; pero con la misma intensidad que algunas de aquellas misivas en tinta azul y papel verjurado que conservo y que me gustaría saber de memoria para poder leerlas siempre. En aquellas cartas de ficción que yo escribí hace tanto buscaba una posibilidad narrativa o cierta justicia poética que propiciase que lo que quedó escrito confluyese de algún modo al cabo de los años y que las palabras se encontrasen en un presente feliz. Me gustaría aplicar ese afán con la última recibida, por correo electrónico, y ya debidamente impresa y archivada en mi memoria personal. Y me gustaría saberla entera de memoria para poder, todas las veces que quiera, dar las gracias a quien se ha ocupado en escribirla.

sábado, agosto 10, 2019

Del asueto


Ayer a las ocho de la mañana estaba paseando por el parque de La Magdalena en Santander. Escribo en casa, con toda la ropa traída ya lavada y tendida. La maleta vacía, en su sitio, a la espera de ser reclamada para otro oficio, siempre dispuesta, y grande, acogedora. Ayer a las seis de la tarde me senté en una mesa de la Cervecería Santa Bárbara de Madrid y creo que por primera vez estuve solo, con la sola compañía de una camarera que me atendió dentro, de un camarero joven y extranjero —me pareció marroquí— en la barra, y de otro, mayor, que se ocupaba de la terraza, más concurrida que el interior vacío como mi maleta ya recogida a estas horas en el altillo del armario. Afuera, en la plaza, hacía más calor y más bullicio; y más libros en la librería-kiosco en la que compré minutos antes un par de títulos antiguos sobre teoría y crítica literaria, que hojeé pensando en un viaje que ha tenido de todo. No es, claro, la primera vez que escribo aquí sobre la experiencia de un viaje y la sensación que uno tiene cuando vuelve a acomodarse a su espacio. Una tontería comparada con las crónicas e impresiones de diario de los grandes viajeros. Me he traído la experiencia de estar con buena parte de mi familia, de haber conocido gentes y sitios, de haber hecho kilómetros caminando muy temprano como si me fuese la vida en ello, de haber conducido horas como antaño, tragando asfalto para llegar hasta donde nos habíamos fijado llegar, sin prisas y sin dilación. Me he traído más libros. Nada del otro mundo.

miércoles, agosto 07, 2019

FLVS


O Feria del Libro Viejo de Santander, que lleva más de veinte años organizándose en esta ciudad. Ayer, precisamente, y allí, recibí la llamada de José Luis Rozas Bravo, para preguntarme si yo sabía algo de una reedición de una edición de su padre sobre los Milagros de Berceo, y de la que ni él ni su familia tenían noticias. Pero es que yo andaba dando vueltas a un apunte en este blog que quiero escribir sobre un poema de su padre en otra edición, pero de Lope de Vega, a quien tantos años dedicó. Una coincidencia. Como que hoy hayamos podido ver por primera vez la reproducción del manuscrito del «Llanto por Ignacio Sánchez Mejías» de Lorca en la Casona de Tudanca, la de Cossío, y contemplar tanto relacionado con el ámbito de la vanguardia española y el 27 a que tanto dedicó también Juan Manuel Rozas. Nos hemos reencontrado con nombres como Rafael Alberti, Fernando Villalón, Miguel Hernández o el extremeño Godofredo Ortega Muñoz. Por Rozas, por un comentario en un libro que espero que pronto pueda ver la luz, mañana vamos mi hermano Josemari y yo a la Biblioteca Central de Cantabria para consultar un poco de lo mucho que hay allí del fondo de aquel intelectual amigo de poetas, toreros y artistas. Antes que Los toros, lo primero que leí suyo fueron las Fábulas mitológicas en España (1952), por razones de redacción de mi tesis sobre la poesía de García de la Huerta, autor de una recreación en verso de la fábula mitológica de Endimión. Por hablar de coincidencias —y este viaje está teniendo más de una—, dejo anotado aquí que antes de recibir la llamada de José Luis Rozas, nos encontramos en la FLVS a otro querido personaje relacionado con los libros, a nuestro querido camarada Isidoro Bohoyo, alma mater del sistema bibliotecario provincial de Badajoz y mucho más. Grato encuentro. Vacaciones cortas, intensas y provechosas.


domingo, agosto 04, 2019

La respiración poética


Leo en varios sitios de referencia científica que el ritmo respiratorio en un adulto medio es de quince respiraciones por minuto. No es cierto. De toda la vida han sido trece. Dicen los libros que en reposo puede ser alrededor de eso, y que quizá en situación de un ejercicio intenso puede llegar a las sesenta respiraciones por minuto, aproximadamente. Nada, no se mojan. Quien sí se mojó fue Gabriel Celaya, con su precisión poética: «Poesía para el pobre, poesía necesaria /como el pan de cada día, /como el aire que exigimos trece veces por minuto, / para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica». Este apunte está escrito después de la muerte de la poeta Paca Aguirre el sábado 13 de abril de 2019, en su recuerdo. Ese mismo día, el diario Información de Alicante publicaba un texto de José Luis Ferris en el que se lamentaba del exceso de ignorancia, de la escasa sensiblidad y de la supina inoperancia de quienes no supieron gestionar que la poeta tuviese una calle con su nombre en su amada ciudad, y que «Francisca Aguirre se fuera de este mundo sin ver la promesa cumplida».

sábado, agosto 03, 2019

Me gustan todas


Desde la primera, todas me han gustado. Mis allegados dicen que no tengo criterio; pero lo cierto es que a todas, incluso con sus defectos, encuentro algo bueno. Casi todas han pasado por mis manos, he tenido el gusto de sentirlas, como en mis brazos, llevándolas a la cama o sobre el escritorio. O en el sofá y en todos los lugares propicios, como dijo el poeta, desde la mesa de la cocina hasta un banco en el parque. En aviones, autobuses o en el asiento de un vagón de metro. A otras solo les he puesto los ojos encima, sin roce; y las he sentido como el que mira un objeto deseado en un escaparate. Pero esta diferencia de trato no ha influido nunca en lo que he sentido con ellas; y ha sido determinante la recomendación de otros. Me dejo llevar por lo que ellas me dicen, por los lugares en los que estamos juntos —por cualquier quicio— o a los que me llevan, por todo lo que me sugieren, lo que me enseñan, por todas las palabras con las que aprendo, a veces como si me las susurrasen al oído. Hay una complicidad que se sustancia casi siempre en el tiempo que pasamos a solas. Con música, incluso con el televisor encendido, que, llegado el momento, y es recomendable, hay que evitar que suene. Otras veces no estamos solos, compartimos con otros todo, como si necesitásemos las relaciones sociales como forma de vida fuera de esta intimidad de un hogar cómodo, una luz natural que entra por la ventana o ese inevitable foco artificial del que uno se sirve para seguir disfrutando de ellas cuando es de noche. Obras que leo. Lecturas que me ocupan el tiempo en esta cuenta atrás de una vida tan corta que no me va a permitir disfrutar de todas las que deseo conocer, y que meto en casa, sin consultar a nadie, sin pedir permiso. A otras las conozco en casa ajena, fuera, y tengo la suerte de que la biblioteca me permite traérmelas aquí y disfrutar con ellas. Me las prestan. Así dicho, parece como de trata, de demasiado mercadeo, y alguno creerá que las tengo como objetos. No. Ellas saben que no, que son la sal de la vida. Y el ingrediente principal de mi trabajo. Hay entre mis allegados quien me dice que no puedo acumular tantas, que no me caben ya en casa; y yo no hago mucho caso. Dos notas finales: espero que nadie se moleste por la foto y el juego con ella y el título y texto de esta entrada. No he podido dar la referencia de autoría de la instantánea, sacada de esta página, que lleva un texto de Guillermina Torresi. También quiero decir que la primera y única persona que escuchó este texto antes de publicarse fue Mabel Dordio, a quien quiero tanto.

viernes, agosto 02, 2019

Las crónicas de Alfonso


Lamenté no haber podido estar en la presentación en Cáceres de Las crónicas dispersas (Cáceres, 2019), de Alfonso Domínguez Vinagre; pero me alegro de haberme traído un ejemplar de Boxoyo Libros que me he leído como si hubiese estado conversando con su autor, un gustoso no parar. Él mismo alude en uno de sus últimos apuntes que es de «temperamento nervioso y vital», y todos los que le conocen pueden confirmarlo. Yo lo he vivido leyendo estas páginas, que me gusta que contengan afirmaciones así: «Mantengo la palabra. Mantengo el equilibrio. Mantengo lo que quiero y lo que puedo. Mientras se pueda. Y respecto a lo que no pueda mantener porque se imponga la rotundidad del tiempo, la certeza del cuerpo corruptible y mortal, y la fragilidad de las redes neuronales, respecto a esto, que me quiten todo lo bailado. Todo. Que fue mucho». Sin embargo, esa incontinencia de Alfonso en el contar y opinar parece como embridada en estas crónicas. A estas alturas de la vida, y con lo vivido a las espaldas, uno podría tender a te vas a enterar ahora de todo lo que me pasó, de todo lo que yo he hecho; pero no, estas crónicas están muy medidas, incluso —o, sobre todo— aquellas que se expanden y dividen en secuencias, muy breves, de grata lectura. Dice uno de los muchos amigos de Alfonso, Isidro Timón, en el prólogo de este libro, que se queda con la «Crónica de cuando le dimos vida en los márgenes mientras mataba PISA a la educación», uno de los títulos más abstrusos del libro, así sin entrar en el texto, que merece atención y nota. Yo, sin embargo, me quedo con otros, como «Sobre resiliencias varias», porque aparece ese Alfonso agreste en estado puro al lado del profesor de filosofía, del lector de Camus y El mito de Sísifo. Sí. Me gusta mucho cómo está escrito ese trozo, con esa nula lluvia que no da manzanas, ni peras, ni bruños, ni ciruelas, ni almendras…, solo esos diminutivos cercanos de la higuerita, el «cuenquito de cerezas y unos perinos inmaduros» (pág. 92), y esa manera de pensar en toda la pasión que colocamos en el fracaso, como dice en un momento del libro en el que encuentro una de las más celebrables relecturas de un verso de Gil de Biedma. El autor de Moralidades escribió en «Albada»: «y silbarán los pájaros —cabrones—». Y Alfonso ha escrito: «Cuando cantan los pájaros que alimento, los joíos». Me gustan estas confluencias. Emociona cómo puede leerse una novela como La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco, en esa clave agreste y visceral con la que se mueve por el mundo Alfonso Domínguez, de los Vinagre (pág. 150). Este libro es la crónica parcial de la vida de un tipo entero y vero, entregado a las causas que importan —hay crónicas que hablan de ello—, partícipe de lo que ocurre en una ciudad, en un país y en una calle —Moret, por ejemplo, de donde salen personajes como Oswaldo o Dam—, un amigo que recuerda en el último texto a su amigo Luis Costillo; y está escrito de una manera entrañable, lúcida y reivindicativa, cabal y nostálgica, contundente, firme. Nada dispersa. Un libro local e individual, como tantas otras cosas que deberían elevarse a otra potencia.

jueves, agosto 01, 2019

Agosto


He recibido agosto con una canción de Lila Downs, «Ser paloma», que canta con la también mexicana Carla Morrison en su disco Salón, lágrimas y deseo (2017), que me traje de un concierto de Lila que vimos en directo C. y yo en Madrid en noviembre de ese año, un disco dedicado: «Para la mujer, la que lucha por el día y por la noche, la que baila en la ciudad, la que se levanta aunque pese la oscuridad a su alrededor…». Y recibo agosto con estos versos de Ida Vitale, de un libro de 1953, Palabra dada. «Agosto, Santa Rosa», se titula, y dice así:

Una lluvia de un día puede no acabar nunca,
puede en gotas,
en hojas de amarilla tristeza
irnos cambiando el cielo todo, el aire,
en torva inundación la luz,
triste, en silencio y negra,
como un mirlo mojado.
Deshecha piel, deshecho cuerpo de agua
destrozándose en torre y pararrayos,
me sobreviene, se me viene sobre
mi altura tantas veces,
mojándome, mugiendo, compartiendo
mi ropa y mis zapatos,
también mi sola lágrima tan salida de madre.
Miro la tarde de hora en hora,
miro de buscarle la cara
con tierna proposición de acento,
miro de perderle pavor,
pero me da la espalda puesta ya a anochecer.
Miro todo tan malo, tan acérrimo y hosco.
¡Qué fácil desalmarse,
ser con muy buenos modos de piedra,
quedar sola, gritando como un árbol,
por cada rama temporal,
muriéndome de agosto!

Ida Vitale dice en otro momento de su obra poética que el sobresalto fuera y dentro del poema es como aire contenido, y se recrea en el mero acto de leer y releer una frase, una palabra, un rostro, dice, y hay un momento en el que yo entiendo que ella hace una recomendación: «Caminar despacio, a ver si, tentado el tiempo, hace lo mismo».

miércoles, julio 31, 2019

La adivinanza del agua (I)


Javier Alcaíns y yo estamos convencidos de que este libro va a ser la repanocha. Yo más que él; aunque se ha animado a enviar una carta electrónica promocional entre familiares, amigos y conocidos en la que anuncia que la pitonisa Marijuli, de El Carneril de Cáceres, ha predicho que la primera edición se agotará en cuestión de días, por lo que invita a acercarse a los dos puntos de venta principales —las librerías cacereñas El Buscón y Boxoyo Libros— antes de que la falta de ejemplares provoque a los desidiosos un colapso emocional. Yo, por si acaso, me he hecho con un par de ejemplares para regalar; y admito encargos. Aparte las bromas —de verdad— este libro puede convertirse en una de las más codiciadas delicadezas editoriales del año. Por su aspecto externo, encuadernado en cartoné con cuidadosos hendidos en la tapa para mostrar una variación de una de las luminosas ilustraciones a color que el libro lleva en su interior, acomodándose al texto —y el texto a ellas— en una edición primorosa. Me alegro de que la firmen los hermanos Álvarez, de Tecnigraf (Badajoz). Van a sentirse muy orgullosos por ello. El colofón dice: «Javier Alcaíns escribió este libro, realizó las ilustraciones y diseñó las páginas con líneas de plata. Comenzó en abril de 2018 y le dio fin el primer domingo de junio de 2019, fecha en la que seguía sin saber la solución de la adivinanza del agua». Tengo que escribir sobre el enigma del título. Y será también un libro codiciado por su texto, unas tres mil y pico de palabras, unos doce folios de andar por casa y menos de treinta páginas en esta edición que lo acomoda espléndidamente a planas casi todas distintas e iluminadas con extraordinarias ilustraciones. Qué voy a contar yo a estas alturas sobre Javier Alcaíns. Eso sí, sobre el texto sí; que es una maravilla: «Ahora que la medianoche se deshace y la lluvia marca un ritmo de corazón tranquilo, busca la memoria el agua del origen» (pág. 9). Queda pendiente.

Apuntaciones de un domingo


Que me aspen si la fotografía que el domingo publicó El País de Matías Cortés (q.e.p.d.) no es junto a Ángel Juanes Peces, que fue presidente del Tribunal Superior de Justicia de Extremadura y de la Audiencia Nacional, y no, como dice el pie de foto de la edición en papel (pág. 31), con Juan Peces. Recuerdo que hace muchos años me contó un escritor muy estimado hoy cómo tuvo que administrar el éxito inmediato de una novela excepcional. Me dijo que le ofrecieron el premio más dotado de España, que el periódico más vendido de España le propuso colaborar cuantas veces quisiese y que incluso un ya fallecido famoso presentador de una televisión de España con una tertulia de éxito le ofrecía más de setenta y cinco mil pesetas de las de entonces por ir una vez a la semana a «tomar café y charlar con unos cuantos conocidos», como él me dijo para explicarme que acudió la primera vez por cortesía y que no volvió jamás a aquel programa. Parece que lo importante es el nombre, la fama. El domingo escuché a un actor estimable responder a las preguntas sobre su futura gestión en un importante cargo para el que lo más probable es que no esté tan bien dotado como para la interpretación sobre un escenario. Nombres, nombres, nombres. Un escritor de moda que firme una versión de Medea es una garantía de éxito; pero si la firma un extremeño de Azuaga llamado Antonio Jiménez Casero, autor de una novela como Medea murió en Corinto (2016), el asunto no tendría el gancho requerido. Mi hija me habla de su trabajo y el periódico del domingo me dijo que las horas extras no pagadas suben un 10,5%, que los «asalariados en España realizaron cada semana un total de 2,9 millones de horas extraordinarias que no son remuneradas por sus empresas en el segundo trimestre del año en que se implantó el registro obligatorio de jornada». Página 48, y ya no me extraña que noticias así no estén en portada. Ah, bueno, y lo impredecible de la vida, que queda prendido cuando ya ha pasado, y el asombro de estar vivos y la celebración de algo que uno no sabe cómo explicar. Pasé este domingo leyendo e intentando comprender su sábado más inmediato. Qué suerte.

viernes, julio 26, 2019

El murmullo del mundo


«Luis Javier Moreno con su habitual socarronería: «Ya sabes que si copias a un autor dirán que has plagiado; pero si copias a quinientos dirán que eres un investigador» (pág. 314). No recuerdo exactamente desde cuándo conozco al escritor y profesor Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). No sé si nuestro primer encuentro fue en Plasencia, cuando el Congreso de Escritores Extremeños de 1996, hace veintitrés años. Da igual, en verdad; y no sé por qué soy tan estúpido y escribo esto. Si hoy nos encontrásemos por primera vez, mañana estaría agradecido de su amistad. Este libro, El murmullo del mundo (Gijón, 2019), es muestra reciente de su gentileza, pues gracias a él me lo hicieron llegar desde Ediciones Trea a principios del mes pasado. Tiene más de cuatrocientas páginas y confieso que, con todo lo que uno tiene y los escasos sesenta días que han pasado desde que lo recibí, no lo he leído entero. Bueno, sí. Porque es el resultado de tres libros ya publicados —Para qué sirven los charcos, Los pormenores y La vida mitigada— y de uno inédito, Muda de siglo. Un paseo por el malestar, que dice Tomás en la nota previa que son apuntes «arrancados de unos cuadernos que regalé a mi hijo Diego allá por 2001, cuando cumplió dieciocho años, para entrar de algún modo junto a él en ese territorio de la sensatez obligada que los adultos llaman mayoría de edad» (pág. 7). Para qué sirven los charcos lo leí cuando Ángel Campos Pámpano y Manuel Vicente González se lo publicaron en Del Oeste Ediciones, así que ahora lo único en lo que me he fijado es que aquella tercera división de «Interior acuario» se ha retitulado en 2019 «Literario diario». Y de La vida mitigada ya hablé con pasión aquí. Por eso, en mes y medio he podido dar cuenta de aquellos pormenores que no llegué a leer y de lo inédito, claro. Ciento treinta páginas, más o menos. En ellas hay de todo un poco del «ajetreo habitual» de T.S.S. Por ejemplo: «En el Polo, donde habitan los osos polares, se llegan a alcanzar los treinta grados plantígrados. Eso me escribe un alumno en un ejercicio. Y lejos de espantarme, la respuesta me asombra. Ramón habría pedido permiso a este galopín para incorporar a su muestrario otra greguería» (pág. 233). «Encuentro por azar un libro, Muerte en Zamora, escrito por el hijo de Ramón J. Sender y que trata de dar claves sobre la ejecución de Amparo Barayón, su madre, por falangistas de la ciudad. Lo más estremecedor es el relato de la cárcel de mujeres y, entre menciones de lo horrible, nombres propios y apellidos que se convocan al estrado: Viloria, un tal Mariscal —que debió de ser feroz y sanguinario—, un gobernador de la estirpe de Pilatos, el obispo Ochotorena… No, en una guerra civil no hay ciudades inocuas. La mía tampoco lo fue, como nos hicieron creer durante tanto tiempo en la paz de nuestros comedores» (pág. 279). En la página vecina en la que Tomás habla de un vecino viudo y con soriasis, leo: «Estuvo dos horas y media —lo que duró el encuentro entre ambos con dos cervezas de por medio— hablando de sí mismo: firmas de libros, ventas, cenas, conferencias en pueblos… Cuando lo dejé hace un par de años era un joven bisoño que aspiraba a ser escritor. «Ahora escribo ya como me viene en gana», dice cándidamente ufano. Al despedirnos, justo antes de huir yo, me pregunta: «Bueno, ¿y tú qué haces ahora?». Me quedaban diez segundos de estar junto a él. ¿Y qué quería que hiciera?» (págs. 230-231). Es una gozada asomarse en estas páginas al cotidiano vivir y a la manera de pensar de coche de línea y de un sosiego distinto de Tomás Sánchez Santiago, que escribe como los ángeles que escriben bien. Certifico. E insisto en que estos libros deberían tener un índice de materias, porque son tantas: librerías, ancianos, política, literatura —aquí caben escritores, novelas, poesía, Gamoneda, Claudio Rodríguez, Luis Javier Moreno…, ay—, mujeres, calor, muerte, otoño, anuncios, rosquillas caseras, Diego, bares, madre, radio, Ana, cine, barrio, mercado…Un índice arduo de componer pero con la seguridad que da el orden alfabético.

jueves, julio 25, 2019

Teoría de la novela


Algunas cositas leí hace años y con desigual aprovechamiento sobre teoría narrativa, desde La retórica de la ficción de Booth, la perspectiva semiológica de Bobes Naves en La novela, lo de Bourneuf y Oullet, o muchos textos sobre análisis literario, de Carlos Reis, de Darío Villanueva, de tantos otros…; pero esto, más reciente, me pareció formidable cuando nos lo regaló su autor, sin notas a pie de página, sin apoyo bibliográfico: «Nunca, nunca, aunque no pase nada, la gente deja de contar, y si hay infierno, también allí seguirán contando por los siglos de los siglos, dándole cuerda una y otra vez al juguete de las palabras, intentando entender algo del mundo, tanteando en el absurdo de la vida en busca quizá de algún resorte que abra su ciega cerrazón, como la cueva de Alí Babá al conjuro de una palabra mágica, y nos descubra el gran tesoro de la razón, de la luz, del sentido exacto de las cosas…» (Luis Landero, Lluvia fina. Barcelona, Tusquets Editores, 2019, pág. 225).

Paseo


Ya a estas horas, el calor es más soportable y el callejeo me lleva por esquinas y chaflanes a comprobar cómo se levanta el aire hecho viento —todavía caliente y perezoso, como en la novela inmortal. A las —Clarín— diez de la noche llega uno a estas piedras desde las avenidas modernas, desde el «parque» que llaman, o cualquier plaza llena de gente, menos bulliciosos por ser julio; pero con una vida que parece ignorar a conciencia la ciudad monumental que tanto llena la boca a los que presumen de casco histórico. De paseo.

domingo, julio 21, 2019

Memorias


He leído hoy que las memorias personales y políticas del escritor italiano Andrea Camilleri, fallecido hace unos días, creador del comisario Montalbano, serán publicadas bajo el título de Carta a Matilda, como un texto dirigido a su bisnieta. Se me ocurre que si yo escribo alguna vez cosa parecida podría titularla Palabras para Julia y para Pedro. A la buscada eufonía del título, tan reconocible en su primera parte como un precedente literario, se suma la novedad o variante del añadido personal de un receptor más que se incorporó a la vida de su madre y a la mía en mayo de 1995, para quedarse en ellas, como se queda lo importante. Ya veremos. Por el momento, me ocupo en demostrar que soy fiable, que no soy malo, que no me río de nadie, ni juego con nadie y que respeto a las personas a las que quiero. Sería un buen modo de empezar escrito memorativo de tanto empaque y de tan escasa tirada —dos ejemplares—; aunque solo fuese como descargo de conciencia. No sé.

viernes, julio 19, 2019

Retales sueltos


Ayer tuve la oportunidad de recuperar de las pilas de libros acumulados en mi escritorio dos títulos de Victoria Pineda, a quien hoy he acompañado en su concurso para la obtención de una plaza de catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Esos libros eran hoy dos evidencias más de los muchos méritos presentados por mi colega: su brillante ensayo Écfrasis, exemplum, enárgeia. Luis Cernuda y la poesía de la evidencia (Madrid, Calambur Editorial, Col. Selecta Philologica, 8, 2018) y su traducción de la colección de nueve cuentos reunidos bajo el título de En la frontera del color (Tegueste, Tenerife, Baile del Sol, 2014), del escritor y activista afroamericano Charles W. Chesnutt (1858-1932), a la que Victoria puso una nota preliminar en la que destacaba al autor como «uno de los primeros escritores negros que gozó del favor del público y de la crítica en un ambiente literario y social predominantemente blanco, cuando las esperanzas suscitadas a raíz de la emancipación de los negros después de la Guerra de Secesión empezaban a difuminarse» (pág. 9). Feliz jornada de celebración académica. Recoloco esos libros sobre los que no llegué a escribir aquí y remuevo notas y apuntes de meses atrás, como vestigios de un tiempo lleno de intensidad y asombro en lo más cotidiano. Por ejemplo, una noche se rieron de mí por llevar este libro en la mano: Curvas de nivel. Artículos 1997-2017 (Sevilla, La isla de Siltolá, 2018), de Jordi Doce. Bueno, nadie sabía de qué libro se trataba; pero era un libro en un lugar extraño, en una situación poco propicia para leer; y me sigue llamando mucho la atención que la gente se preocupe o se fije en si llevas corbata un día sin motivo, en si vas de la mano de un amigo o si has comprado el ABC cuando tú eres de toda la vida de La Vanguardia. De algo habrá que hablar, dirá el otro. Septiembre. Tardé bien poco en reservar dos habitaciones en un hotel de Vigo, otra en uno de Madrid para un sábado de ese mes, un billete de ida y vuelta en el AVE de Madrid a Barcelona y un NH en la calle Valencia 105 de Barcelona para estar con mi hijo. La anotación ponía «Qué tontería publicar esto». La crítica de urgencia. Es tal la rapidez con la que la crítica se hace eco, por razones editoriales, de las novedades, que no da tiempo a veces a leer las obras de las que todas las semanas te hablan suplementos y otras publicaciones. Ocurre que los suplementos o la crítica de urgencia cumple un papel importante en las conversaciones de muchos lectores que hablan sobre lo mal que ha puesto alguien la novela que acaba de aparecer o lo bien que la ha puesto otro, pero ninguno ha leído la novela de la que se habla, porque, evidentemente, estamos a otras cosas y no hay tiempo. Dedicado a Jaime Naranjo, padre. Algo así como Moñino y las bibliotecas particulares. «Para llenar un gran hueco en la bibliografía nacional haría falta que alguien se ocupase en recoger noticias sobre bibliotecas particulares y públicas de antaño» (A. Rodríguez-Moñino, Historia de una infamia bibliográfica. La de San Antonio de 1823. Realidad y leyenda de lo sucedido con los libros y papeles de don Bartolomé José Gallardo. Estudio bibliográfico, Madrid, Editorial Castalia, 1965, pág. 14). Y no tanto de antaño, sino las actuales; la cantidad de bibliotecas que hoy están sin catalogar —o no hechas públicas por sus dueños. He hablado tanto de esto con mi apreciado Manuel Márquez de la Plata… Anagrama. Una persona a la que quiero mucho me ha dicho que está en un parque, que no le pasa nada, que no siente malestar alguno, ni picor en los ojos, ni reprensión de estornudar. Se me ha ocurrido que un anagrama, que es el cambio en el orden de las letras de una palabra que da lugar a otra, me vendría bien para decirle su bien. Vamos, que «Cuando desapareció la alergia, llegó la alegría». Apuntamientos de varias cosas. Ayer anocheció triste el día y esta mañana la secuela tuvo como lema unos versos de César Vallejo y el título de un poema, «Despedirse», de Margarit. Unamuno presente en un poema de Luis Rosales, que cerró así:  «que no te falte yo como me faltas». Habitación 214. Una cita: «En la forma consiste el arte» (Amor y pedagogía). Un pasillo de hotel ocupado por los carros de la limpieza diaria. Nueve y media de la mañana. Un verso («Sólo soledad sonando») y unas palabras escuchadas en la radio de una reportera con un recuerdo de infancia, porque alguien le dijo de niña que «Cuando no sepas si lo que vas a hacer está bien o mal, piensa en si podrías contarlo». Así, retales. En este mes de julio que empieza a ser caluroso; qué bien, qué tarde.

lunes, julio 15, 2019

Lectura secundaria obligatoria


Leo trabajos de fin de máster de alumnos que han realizado las prácticas en centros de Educación Secundaria y que tienen que cumplir con este requisito, excesivamente formalizado y poco creativo, para que les den el título. No puedo decir que los lea con el regocijo que me llevaría a reflejarlo en estas líneas, porque el género no se presta; pero sí que hay algo importante en casi todos ellos, tengan la calificación que tengan. Es ese carácter de crónica real y candente de la actividad que día a día se realiza en todos esos centros, mayoritariamente públicos, en la tarea de todos esos profesores que yo me imagino detrás de las páginas tan dadas a lo premioso que ahora leo. No es solo el período lectivo, que una madre que acude a una tutoría, una persona que visite el centro o un profesor invitado, como ha sido mi caso muchas veces, puede comprobar en pasillos, salas y aulas; sino todas esas actividades que se llaman «extraescolares» —y a las que no pillo el prefijo— que se organizan en todos esos espacios estratégicos —la educación es tan estratégica como la defensa nacional— que son los colegios y los institutos. Y leo que han organizado un viaje de estudios en el que voluntariamente se implican unos profesores, o un concurso de lectura en público, o una semana cultural con exposiciones y otras actividades, como un taller de protección solar, unos juegos de mesa para inculcar algo o una jornada de convivencia. Y leo la cantidad de horas que hay detrás de todo, y la cantidad de problemas que se llevan a casa los docentes, con sus necesidades. Extraigo ahora de esta lectura todo lo que he visto, que he conocido y que conozco, y concluyo con mi convencimiento de que lo que yo diga sobre los trabajos que leo no sirve para nada si nadie se cree que estoy convencido de lo que decía don José Manuel Blecua hace unos años, que no voy a volver a repetir. Porque ya está bien. O no. No sé. Qué lástima.


domingo, julio 14, 2019

Un afán de escritura

Leído en La escapada, de Gonzalo Hidalgo Bayal (Barcelona, Tusquets Editores, 2019): «(porque también yo creo que cuando termino las cosas es cuando estoy verdaderamente en condiciones de poder empezarlas)» (pág. 85).

martes, julio 09, 2019

1616


Hoy, al despertar de la siesta, ha sido inevitable reparar en la fecha señalada.
 «[…] no es maravilla que nuestros pensamientos se muden: que éste se tome, aquél se deje, uno se prosiga y otro se olvide; y el que más cerca anduviere de su sosiego, ése será el mejor, cuando no se mezcle con error de entendimiento» (Capítulo primero del Libro III de Los Trabajos de Persiles y Sigismunda. Historia setentrional).

lunes, julio 08, 2019

Lectura de César Vallejo


Considerando en frío, ya no en caliente, no sé si «imparcialmente, que el hombre es triste, tose y, sin embargo, se complace en su pecho colorado; que lo único que hace es componerse de días», y comprendiendo, con más esfuerzo que el resto de la gente, «que el hombre se queda, a veces, pensando, como queriendo llorar, y, sujeto a tenderse como objeto, se hace buen carpintero» —qué buen oficio el de carpintero—, «suda, mata y luego canta, almuerza, se abotona…». Considerando y examinando, en fin, la doble atrocidad de acostarse mal y despertar peor, y seguir vivo, sin embargo, y «comprendiendo que él sabe que le quiero, que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente… Considerando sus documentos generales y mirando con lentes aquel certificado que prueba que nació muy pequeñito… le hago una seña, viene, y le doy un abrazo» sin convicción alguna, flojo, indeciso, descreído de respuesta, sin la sustancia de la vida, como ido, extraño, sin afecto, sin suma, indiferente. Considerando que escribo por leer a César Vallejo para seguir sin saber nada y a pesar de todo ocupar las clases que me tocan cuando comience el curso como pasa siempre, siempre que esta rueda no se pare. Así, ya considerando en frío, en un nublado de julio, parcialmente.

jueves, julio 04, 2019

Teresa de Jesús, 1588


Examino a C. de la asignatura de «Fuentes para el estudio de la literatura española», muy práctica. Prácticamente, hora y media con ella para asegurarme de que se marche de vacaciones con una clase particular en la que conozca buena parte de lo que vimos durante el curso y con un aprobado raspado. Lástima. Busca la etimología de una palabra, consulta un repertorio bibliográfico, otro, una historia de la literatura, otra, le propongo buscar en la Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional la colección completa de Abeja española, el semanario publicado en el Cádiz de 1812 y 1813 con Bartolomé José Gallardo por ahí, de cuyo Ensayo de una biblioteca española de libros raros y curiosos le hablo sin que me haga mucho caso, casi sin darse cuenta de mi entusiasmo. Le pido que me responda a una de las preguntas del examen, a saber, que compruebe si de la edición de Salamanca impresa por Guillermo Foquel en 1588 de Los libros de la Madre Teresa de Jesús hay más ejemplares que los que el catálogo de la Biblioteca Nacional de España nos da. No estoy seguro —ay— de que no sea la primera vez que consulta el Catálogo Colectivo del Patrimonio Bibliográfico Español. Lo consulta y encontramos ejemplares en Galicia, en Salamanca, en Ávila, en Gerona… Animo a C. a ojear el libro y lo encuentra en Google Books y comprueba que la descripción física del impreso con la signatura de sus pliegos (Sign.: ¶⁴, A-Z⁸, 2A-2M⁸; ¶⁴, A-Q⁶; A-T⁸) concuerda con el original. Noto en ella cierto asombro. Se va C. con su aprobado y yo, después de tomar un café con una colega de lingüística francesa por culpa de Bartolomé José Gallardo —otra vez, felizmente—, he recogido el correo del día. Un sobre, acartonado como es costumbre, con un nuevo número —el 87, de enero-abril de 2019— de los Avisos de la Real Biblioteca de Madrid. Me ha costado creerlo. En él —sorpresa— un artículo firmado por Luis Crespí de Valldaura sobre Los libros de la Madre Teresa de Jesús y la edición de Salamanca de 1588, de la que ha cotejado cuatro ejemplares que están en la Biblioteca de las Descalzas Reales de Madrid. No sé. Creo que voy a salir ahora a comprar un décimo de la lotería.

martes, julio 02, 2019

Fomento de la escritura

Lema de la primera campaña: 
«Quiero que me escribas»

sábado, junio 29, 2019

Julián Rodríguez


© Danny Caminal, El Periódico.
Hace muy pocos días, en esta casa de la calle Gallegos que tanto frecuentó de adolescente, estuvimos hablando Susana Gil, Antonio Sáez y yo de él. Les conté que le había saludado en la caseta de la Feria del Libro de Madrid que Periférica compartía con Nørdica y junto a Impedimenta, y les trasmití las buenas impresiones que tenía por el tratamiento de la dolencia que le llevó a desacelerar el ritmo en la galería Casa Sin Fin y en la editorial. Evocamos algunas de sus inquietudes y ellos también me pusieron al día de otras circunstancias. Ayer, sentado en una cervecería de la Plaza de Santa Ana de Madrid, recibí la llamada de Antonio para decirme que Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968) había muerto de un infarto en su casa de Segovia. El día 22 de agosto habría cumplido cincuenta y un años. Hoy sábado regresa a Cáceres para que su familia, sus amigos y sus muchos conocidos le despidamos en el Tanatorio San Pedro de Alcántara, en un camino de vuelta como el que ayer me trajo hasta esta calle y hasta esta casa en la que con dificultad asimilo otro de esos improvistos estragos de la muerte; y me acuerdo, claro, de su hermano Javier, de Anatxu, de Telmo y Pablo, sus sobrinos, de su madre, de su padre, a quien antier mismo vi caminar despacio con sus bastones por la plaza de San Juan de Cáceres, y de quien he hablado hoy con B. al recoger la prensa en el kiosco al que también todos los días acude por su ejemplar de El País el «Casi Anciano» de Cultivos, el sugerente libro de Julián  de 2008 en Mondadori. Llamé de inmediato a Álvaro Valverde, que escribió ayer una sentida nota, y luego a Susi Fernández Blasco, y comenté con amigos como Javier Alcaíns o Juanma Barrado el mazazo. De la inteligencia, del buen gusto y de las inquietudes de Julián nos hemos nutrido muchos, y son innumerables las experiencias culturales y sociales en las que estuvo implicado y nos implicó a otros en la ciudad de Cáceres, que sigue figurando como sede de Editorial Periférica (Apartado de Correos 293), hasta sus últimos títulos, como El ángel del olvido, de Maja Haderlap, que me llevé de la caseta de la Feria del Libro de Madrid la última vez que le vi, cuando me regaló La vida en tiempo de paz, de Francesco Pecoraro, sin darnos cuenta de que yo ya tenía esa novela desde junio del año pasado, cuando la publicó el sello de Julián. Libros, arte, estética y los valores intelectuales de alguien especial han rodeado su vida, y hacen tan incomprensible como negro —su color favorito en el vestir— este final. Me acuerdo de otros amigos que se han marchado antes, tan brillantes y determinantes en las últimas décadas de la cultura extremeña, como Ángel Campos Pámpano, Fernando T. Pérez González o Luis Costillo, y la idea de la muerte temprana sobrevuela cada vez con más descaro en los recuerdos y en las lecturas. La que hice ayer, por ejemplo, de las últimas páginas de Cultivos, dedicadas a Fernando bajo el título «Dos días de agosto». Ahora, un destino trágico titula este final «Dos días de junio», ayer, y hoy que termino estas líneas reescribiendo aquello que el de Ceclavín dejó dicho: «Julián se ha ido».

jueves, junio 20, 2019

La madre de Basilio


Pasado el mediodía de hoy, mientras un sacerdote oficiaba una misa de difuntos en la capilla abarrotada de un tanatorio de Cáceres, con una liturgia inevitable, cuya vacua retórica previsible nunca es consuelo, yo realizaba un ejercicio de memoria intentando recordar un texto de Basilio Sánchez, uno de los dolientes que esta mañana ha despedido a su madre de ochenta y tres años. Poco antes de la misa, él y yo hablábamos —mientras me mostraba una fotografía de hacía unos días de sus padres, él de noventa y cuatro años, de paseo y aperitivo— sobre la circunstancia cada vez más frecuente de incluir en ceremonias así un discurso o la lectura de un texto laudatorio de despedida de la persona fallecida. No sé si me lo ha comentado para saber mi opinión y así decidirse a última hora —aunque él nunca improvisa— a dedicar unas palabras a su querida madre; pero lo cierto es que yo he estado dando vueltas al texto que podría haber servido para tan sentido adiós en público. Al llegar a casa lo he encontrado en dos de los libros de Basilio. En El cuenco de la mano (Villanueva de la Serena, Littera Libros, 2007, págs. 65-67) y también en La creación del sentido (Valencia, Pre-Textos, 2015, págs. 77-79), en donde volvió a publicarse. Se titula «Dieciocho de junio», que es el cumpleaños de Basilio Sánchez (1958), que no ha podido celebrarlo hace dos días porque fue, precisamente, cuando su madre sufrió la hemorragia cerebral que la ha llevado a la muerte. Basilio testimoniaba en esa prosa el talento de su madre para el canto. «Siempre necesitaba que le insistiesen un poco». Así comienza ese texto, que extracto hasta su término en homenaje a una señora a quien tuve el gusto de saludar aunque escasas veces, y como un abrazo a su hijo que quizá no se ha atrevido esta mañana a repetir, con tanta gente delante, la expresión de su cariño: «Se hacía entonces el silencio a su alrededor y, entornando los ojos para que el sentimiento discurriese con fluidez, se iba hundiendo en la música que brotaba de sus labios como cuando alguien, desde la orilla, va adentrándose poco a poco en el mar y nos parece que se sale del mundo. […] Aquella vez, en cambio, nadie tuvo que pedírselo. Nadie tuvo que insistirle para que cantase y para que lo hiciese, además, como no lo había hecho jamás hasta ese instante. Estábamos los dos solos en una habitación de la que apenas recuerdo algunos detalles: la delicadeza de una luz que se encendía y apagaba sin motivo aparente, unos pasos amortiguados al otro lado de la puerta, el aire apacible de la ventana agitando con suavidad unos visillos a la altura de nuestras cabezas. Cantaba con una voz muy baja, casi susurrada, como si quisiera retenerla en aquel espacio reducido que compartíamos, pero aun así ofrecía todos los matices e inflexiones de los que era capaz, todo el virtuosismo que su garganta privilegiada le había permitido conseguir. Yo la oía, desde mi cercanía complaciente, con una percepción exacerbada que no he vuelto a tener nunca, como si me amparase la conciencia de estar asistiendo al milagro fecundo de una melodía creada por los sentidos para los sentidos que se abrirían en mí. Una armonía privada que, en aquel mismo momento, y sin que nada pudiera hacerlo sospechar, se estaba convirtiendo en una parte constitutiva de mi ser, en el hilo que hilvanaría en el futuro las diminutas cuentas de mi lenguaje, mi manera de relacionarme con las cosas. Dejó de cantar solo cuando estuvo convencida de que me había quedado dormido profundamente. Era el atardecer de un día caluroso de junio de 1958. Todavía estábamos los dos en la Clínica de San José y, con apenas unas horas de vida, yo era su primer hijo». Yo también me he acordado hoy de mi madre, de la que también hemos hablado un poquito esta mañana mi amigo y yo.