martes, octubre 15, 2019

Rodríguez Búrdalo


Sigue pareciéndome fascinante que la literatura como esencia de mi trabajo como profesor haya propiciado tanto conocimiento humano. Podría haberme quedado en casa y escribir sobre la poesía de un autor a quien no hubiese visto en mi vida. (Me ha ocurrido, claro; y no solo con los muertos). Pero lo que me ha pasado ha sido más bien lo contrario: he conocido a muchas buenas personas gracias a alguno de sus textos. No sé, seré, de natural, curioso e inquieto. A Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946) lo conocí gracias a la poesía, a su poesía. Ni las vivencias, ni las geografías, ni la ideología, ni los años —que también, puestos así— nos habrían acercado tanto como una actitud ante la escritura, como un montón de versos. Por eso, no dudé ante el ofrecimiento de participar en un acto literario el próximo sábado, en Piedras Albas, el sitio rayano con Portugal en donde pasó su infancia y adolescencia, en el que un grupo de amigos va a homenajearle. Me satisface mucho haber escrito sobre él y que me considere su amigo. Qué cosas logra esta afición a leer poesía. Sábado 19 de octubre. A las doce de la mañana, en la Casa de la Cultura de la localidad.

lunes, octubre 14, 2019

Hipérbole


Figura retórica consistente en ofrecer una visión desproporcionada de una realidad, amplificándola o disminuyéndola. Ejemplo: «Con cien cañones por banda / viento en popa, a toda vela, / no corta el mar, sino vuela/ un velero bergantín» […] 

domingo, octubre 13, 2019

El refugio de los libros


Di esta tarde un paseo por Italia leyendo El licenciado Vidriera. Tenía ganas de evadirme, de salir un poco de esta calle de Gallegos tan silenciosa hoy, domingo, y trasladarme a las apacibles de Florencia o a las de la majestad romana. Hasta que Tomás Rodaja vuelve a Salamanca en la novelita y por los veneficios que recibe de una dama despechada pierde el entendimiento; pero no el sentido común cuando dijo que los maestros de escuela eran dichosos porque trataban con ángeles. Qué cantidad de aforismos malintencionados salen de tan vidrioso caletre, y qué bien recibidos, para que luego Rodaja-Vidriera-Rueda acabe tan solito en su cordura. Quizá no merezca la pena nada; ni siquiera perder el juicio. Antes de volver a casa, me he parado en el rellano de la poesía de Horacio y una dichosa medianía me devuelve a mi sitio, a esta calle en la que escribo y desde la que viajo más que si mi fin de semana hubiese comenzado con un billete de avión cuya vuelta ahora tiro a la basura.

martes, octubre 08, 2019

Columna (vertebral)


[Primera parte] Genial la columna del pasado viernes 4 de octubre de Juan José Millás sobre una pareja de videntes que tuvieron una hija ciega a la que hicieron creer que veía y que los ciegos eran ellos. Esa niña creció y tuvo una hija vidente a la que hizo creer que era ciega. La niña preguntó un día a su madre en qué consistía ver y recibió esta respuesta: «En no tropezar». Aunque el texto de Millás termina con un «nunca se volvió a hablar del asunto» propicia hablar de él. Genial. [Segunda parte] Lo peor de la columna de Millás es el título —«Interruptores»—, porque privilegia un elemento interesante del relato pero no esencial. Esto es muy discutible, mucho. Me refiero a sugerir que un reparo sea que el título es lo peor. En realidad, no es más que un pretexto para proponer un estudio que analice la manera de encabezar piezas así de este género periodístico, desde aquellas míticas columnas de Umbral hasta estas de Millás. Y cómo el reducido espacio en el que se va a alojar un texto condiciona a su autor. O le impone, o le somete a titular con los caracteres que caben en el corsé en que se va a publicar lo que ha escrito. No estaría mal un estudio, si no se ha hecho —seguro que sí—, sobre estos microparatextos. Porque de ahí habrán salido los interruptores del relato de Millás del pasado viernes. Y los «Rituales» o el «Tenorio», de aquellas de Félix de Azúa; la «Istoria» de ayer de Almudena Grandes, que también escribió sobre «Aritmética» y «Sin perdón»; o las de Millás de otras fechas: «Áspero», «Taxidermia», «Atracos». Es curioso cómo el escritor se somete al imperativo del espacio y cómo el texto adolece de esa limitación. Lo de toda la vida. Yo me imagino que uno de esos escritores, desesperado por que no cabe «La insoportable levedad del ser» deja que le titulen su texto «Absolución». O algo parecido.

miércoles, octubre 02, 2019

Vida


Mañana de un sábado pasado en casa, trabajando y leyendo el periódico a la hora del aperitivo, en silencio o con un poco de música de Radio 3 —Toma uno, de Manolo Fernández. Noticias locales, muy locales, bobadas de suplementos alienantes…, y la lectura más detenida de crónicas y artículos de interés, y ese malestar por lo que ofrece la prensa sobre lo que se hace notar sin ser importante. Me detuve en el artículo de Babelia de todos los sábados de Antonio Muñoz Molina —de quien hablaron en el programa de Javier del Pino desde Bilbao a propósito de una supuesta falta de humor del escritor, que supongo que no es cierta—, que tituló «En la vida real», y en el que hablaba de la gratitud ciudadana que él percibe cuando va a una consulta o a ver a un amigo médico a un hospital público, y dice que «También he sentido lo mismo entrando en un aula o en el salón de actos de un instituto donde los profesores y los alumnos han sabido conjurarse para no rendirse al deterioro planificado de la enseñanza pública». Sin duda, el deterioro de nuestra enseñanza pública está planificado desde los gobiernos; pero tengo la certeza de que quienes sostienen el sistema son los profesores —ahora, a mi edad, veo que casi todos han sido alumnos conocidos— que día a día se preocupan para que sigamos creyendo en aquellos mejores valores que también expresó hace unos años Javier Gomá en «La gran piñata», otro de esos artículos de periódico que yo suelo ver pinchados en los corchos de las salas de profesores de muchos institutos de Educación Secundaria. En ese texto de 2011, Gomá reivindicaba incitar al amor por las disciplinas que se enseñan en las aulas, mucho más que al conocimiento positivo de ellas: «Durante los años escolares no hay tiempo para que el pupilo asimile siquiera los rudimentos de literatura, lengua, matemáticas o física, pero si ‘ha aprendido a aprender’ enamorándose de estas asignaturas, dispondrá del resto de su vida, y en particular los años universitarios, para profundizar autónomamente en ellas. Y así, la intimidad desinteresada con estos saberes acabará decantando en esa conciencia una visión del mundo bien articulada a partir de la cual estimar los muchos logros de la sociedad en la que vive y también criticar, cuando procede, sus desviaciones y excesos». Resulta muy inquietante que lo del «deterioro planificado de la enseñanza pública» de Muñoz Molina el sábado pasado tenga tanta relación con lo dicho por Javier Gomá hace poco menos de ocho años: «Las actuales reformas ‘a la boloñesa’ de la Universidad española postergan temerariamente la misión de formar hombres cultos en beneficio exclusivo de la preparación de profesionales. Oímos que la Universidad ha estado demasiado alejada del mundo laboral y que lo prioritario ahora es crear puentes con la empresa. Por eso los nuevos planes prevén pocos años de estudio para obtener un título universitario, conocimientos técnicos especializados y aplicados, y muchas prácticas desde el primer curso. Mutilada la Universidad de su misión educativa, el resultado previsible será la producción industrial de una masa abstracta de individuos preordenados para competir y producir, tan hipercompetentes como incultos, autómatas como los niños cantores de villancicos, ávidos consumidores de escasa civilidad […] Empezarán a trabajar antes que nunca y se jubilarán más tarde que nunca, lo que, privados de conciencia crítica, romos en su visión del mundo, asegura más de medio siglo de dócil mansedumbre a las leyes del mercado […]». Es todo igual de inquietante que yo siga volviendo a la misma idea y retomando avisos que ya puse aquí hace unos años, con la misma foto, el mismo enlace. Y más inquietante aún que hoy mismo haya escuchado a un querido compañero argumentos parecidos —salvadas las distancias— en un benéfico encuentro entre personas que piensan y que crean, y cuyos objetivos no sé a qué nos llevarán. Ojalá que a algo bueno. Yo, por el momento, sigo leyendo, como decía hoy Enrique Santos Unamuno, el compañero aludido.

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De la fotografía © Bob Thomas / Corbis - EL PAÍS 

lunes, septiembre 30, 2019

El teatro en tiempos de Carlos V y Felipe II


Es la concreción de 2019 de esta serie de congresos internacionales bajo el nombre de Bartolomé de Torres Naharro que mi departamento de Filología Hispánica y Lingüística General, bajo la dirección de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, viene organizando desde hace unos años entre Torre de Miguel Sesmero, la patria chica del dramaturgo, y Cáceres, sede de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, en donde esta edición se clausurará el jueves 3 de octubre, en el Salón de Actos de la Biblioteca Central de la UEX de Cáceres, con un homenaje a uno de mis profesores más entrañables, Miguel Ángel Pérez Priego, uno de los más prestigiosos medievalistas de la universidad española. Antes, desde mañana y durante la jornada del miércoles, un programa muy sugerente, con aportaciones de especialistas venidos de varias universidades (Extremadura, la Complutense, Toulouse…), con actividades como un recorrido literario por la localidad de Torre de Miguel Sesmero o la representación de la Comedia Aquilana por la compañía «Nao d’amores» que dirige con su sensibilidad y profesionalidad de siempre Ana Zamora, que tanto nos ha visitado con sus propuestas de difusión y relectura del teatro medieval y renacentista. Dejo el programa de la actividad como imagen de esta entrada.

jueves, septiembre 26, 2019

Jesús


Alguna vez me han dicho que por qué me arrogo la amistad de personas importantes. Me resbala. Otra cuestión es que alguien me diga que mi concepto de la amistad, según empleo calificativos como amiga o amigo, sea laxo. Lo reconozco, como supongo que reconocerá cualquiera; pero, en ese caso de flojera conceptual, la importancia no se instala en la notoriedad del nombre de alguien famoso —pongamos por caso un cantante o un escritor—, sino en la autenticidad de lo que uno ha sentido durante años y sigue sintiendo por el amigo a quien nadie conoce. Que es el importante. Por eso me parece tan especial considerarme amigo de Jesús Cañas Murillo (Madrid, 1951) antes de que fuese mi profesor en el cuarto curso de Filología Hispánica, pues lo conocí un año después de que él llegase a Cáceres desde la Universidad Autónoma de Madrid —fue uno de los fichajes de su maestro Juan Manuel Rozas al instalarse aquí—, cuando quizá él ya había cumplido los treinta años y yo no llegaba a los diecinueve. Aquello me otorgó cierta posición de privilegio bien entendido entre mis compañeros de clase, porque yo no tenía que plantearme la duda de si hablar de usted a mi profesor o tutearle, descartado, por supuesto, el melindre de dirigirme a él de una forma en el aula y de otra en el pasillo. La amistad manifiesta e incondicional con Jesús Cañas invalidaría todos y cada uno de los pasos de mi carrera académica por razón de una incompatibilidad por evidente parentesco. Desde las notas de algunas asignaturas hasta los concursos a plazas de cuerpos docentes por los que he pasado sin oposición alguna. En junio de 1986 él fue el primer director del Departamento de Filología Española de la UEX, y lo acompañé como secretario en aquellos años. Tres antes, celebré con él sus treinta y dos, en un día que yo siempre he fechado —y he confirmado— como el comienzo de su relación con la que hoy es su mujer, mi amiga Malén Álvarez Franco, que en aquel entonces era su alumna, y con la que se casó un año después, en agosto. Estuve en su boda. Han pasado treinta y tantos años y sigo teniendo una familiaridad especial con él, con ellos. Este martes, mismamente, con mi hijo Pedro, he podido volver a ver la biblioteca de Jesús y recordar el sitio que siempre han tenido sus libros —salvo modificaciones que no me ha contado— y volver a habitar el espacio tantas veces vivido de su cocina —ya remodelada desde aquellos años—, y comer juntos en esa casa en la que yo he pasado tanto tiempo. Hemos vivido mucho juntos. Y me gustaría vivir más por eso, como si atesorase todo lo que llevamos recorrido para usarlo cuando más nos plazca. Como yo en este momento, a pocas horas de celebrar con él y con casi todos mis compañeros de mi departamento una comida en su honor. Sin despedidas, con la firmeza de la amistad que él siempre ha fomentado. Desde siempre, y de verdad. Este lunes se me ocurrió la tontería de enviar a unos colegas suyos de otras universidades, que no podrán estar en su homenaje, la petición de unas líneas sobre Jesús. Me han llegado, y es extraordinario que los testimonios aludan en su mayor parte a su sonrisa, al bienestar que uno siente en su presencia… Qué me van a decir, si llevo con él desde hace más tiempo que Malén —aunque yo no lo he soportado tanto. Añadiré ahora que se trata de un especialista en el estudio de la Literatura Española de la Edad Media, del Siglo de Oro y del siglo XVIII, autor de unos ciento cincuenta artículos de investigación publicados en diversas revistas de referencia, españolas y extranjeras, y en volúmenes colectivos, impresos en editoriales de prestigio. Que cuenta con ediciones de obras como el Libro de Alexandre, el Libro de Buen Amor, Fuente Ovejuna o las Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos de Lope de Vega, publicada póstumamente junto a su maestro Juan Manuel Rozas —al que también recordó en la publicación de sus también póstumos Estudios sobre Lope de Vega—, La Petimetra de Nicolás Fernández de Moratín, o el recientisímo Teatro completo de Vicente García de la Huerta, etc., etc., etc… Hoy será un buen día. Seguro que le emociona —es de lágrima fácil— que estemos con él.

miércoles, septiembre 25, 2019

Una manera de ser


Escribía sobre esta misma mesa, con la tristeza del calor intempestivo de aquellas horas de una noche, y recuerdo en esta más templada de septiembre la confesión que ya recogí aquí de María Moliner: «La autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y su complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido». Eso. Algo así. Y para todo. Hasta en la manera de ser con los demás. Un imposible para los que no sabemos hacer las cosas como doña María. La autora, sí señora. Nada más. Y nada menos.

jueves, septiembre 19, 2019

Monroe Z. Hafter


Por la lectura de la necrología de Pedro Álvarez de Miranda en el último número de la revista Dieciocho (volumen 42, número 2) me entero de la muerte del hispanista Monroe Z. Hafter, a quien tuve el gusto de tratar. Es posible que Pedro me dijese algo y que ahora no lo recuerde; pero lo que sí sé es que fue él hace ya muchos años quien me habló de su conocimiento de este discípulo de Raimundo Lida en Harvard y profesor de la Universidad de Michigan con el que contactó cuando el que hoy es académico de la RAE trabajaba sobre utopías y viajes imaginarios. Según su testimonio, fue a principios de los 80 del siglo pasado. Por él, pude escribirme con Monroe Z. Hafter, cuando le pedí un artículo para la revista Laurel, que se publicó en el segundo número del segundo semestre de 2000: «El silencio en las tragedias de Cienfuegos» fue el título de aquel sugerente trabajo que comenzaba con la alusión a una «escena muda» ejemplar en teatro, la tercera de Don Álvaro o la fuerza del sino. Dos años después vino a Extremadura, para presentar su edición de la novela de Carolina Coronado Jarilla, publicada en la colección «Clásicos Extremeños» de la Diputación Provincial de Badajoz (2001). Allí estamos, en el salón de la calle del Obispo, en la foto mala, con él y con Isabel Mª Pérez, que le acompañamos en la presentación de esa edición. Mayo de 2002. La otra fotografía, la buena, es, en un parque, del día siguiente, con Isabel y Monroe, que visitaron la finca de la Jarilla de Carolina. Como dice Pedro Álvarez de Miranda en su recordatorio era una persona de un trato afectuoso y exquisito, propio de un tiempo en el que la cortesía se notaba mucho más que ahora —no soy capaz de comprender por qué no se es tan cortés como antaño con nuestros medios de hoy—, y un bibliófilo que ha donado centenares de volúmenes de su biblioteca a su Universidad de Michigan, que la atesora como «The Hafter Collection of Spanish Culture». Qué recuerdos. Lamento esta otra pérdida.

martes, septiembre 17, 2019

Alexandre Lacaze


© factorymag
Para mí era Alejandro, la pareja de Mercedes Martínez Esperilla, profesora de Educación Secundaria en Arroyo de San Serván (Badajoz), después de pasar por varios destinos en los que ha dejado huella, y antigua alumna mía de Filología Hispánica. Una de las alumnas más brillantes que he tenido. Para mí era Alejandro, a quien nunca vi. De hecho, cuando estuvo en Cáceres, siempre lo conocí en aislamiento en un hospital al que acudí para conversar con su pareja —siempre la he llamado Merceditas—, mientras ella salía un rato para desayunar. Yo siempre he creído hasta hoy que Alejandro el de Merceditas era otra persona, un profesor «malagueño» de un instituto de Extremadura —creo que su último destino activo fue el «Santa Eulalia» de Mérida—; y no el músico Alexandre Lacaze. Por eso ayer por la tarde, mientras conducía desde Cáceres hacia el tanatorio de Mérida, me sorprendió tanto que Julio Ruiz, en Disco grande (Radio 3), abriese su programa con una pieza cantada en francés por el compositor Alexandre Lacaze, una persona de la que hablaba emocionado como buen amigo y que había tenido la misma enfermedad —leucemia—, los mismos padecimientos —mejorías, recaídas, aislamiento, pruebas, un trasplante de médula…—, y que había muerto el mismo día que mi querido Alejandro, pareja de Merceditas. No me lo podía creer. Que esa voz que escucho desde hace tantos años, la de Julio Ruiz, estuviese diciéndome en directo y por la radio que yo iba a Mérida a despedir, como un allegado más, a un artista como el Alexandre Lacaze de L’Avalanche. A veces —o muchas veces— pierdo la memoria de los detalles, y no recuerdo que mis conversaciones con Mercedes se centrasen en esa dedicación docente y no artística —como si fuesen distantes— de su pareja; por eso me parece tan imponente lo que ocurrió ayer. Imponente. Emocionante. Por ejemplo, ver a Alfonso Domínguez Vinagre desconsolado —que llegaba de muy lejos de despedirse de su hija y a despedir a su amigo, que venía de la parte del músico, como en las bodas el que viene de parte de la novia o de parte del novio—, con los ojos rutilantes por las lágrimas, y que él no supiese bien qué hacía yo allí. Y yo estuve allí ayer tarde para abrazar a Mercedes, a su madre y su padre —vaya padres— y a algunas de sus compañeras que fueron mis alumnas y que hoy son profesoras —vaya profesoras—, además de otros queridos antiguos alumnos —qué profesores hoy— que no veía hacía años. Y todo por Alejandro. Por un artista tan valorado. Cómo no.  Viniendo de Merceditas…, ay. Qué emocionante. Qué lástima. Qué pena.

domingo, septiembre 15, 2019

Savater y sus libros


© De la fotografía, Claudio Álvarez. El País.
El otro día compartí una frase del último libro de Fernando Savater (La peor parte. Editorial Ariel, 2019): «Un amor que no desazona y perturba cuando está vivo, que no aniquila cuando pierde irrevocablemente lo que ama, puede ser afición o rutina, pero no auténtico amor». Y hoy me he acordado de aquello al leer la entrevista que Javier Rodríguez Marcos hizo al filósofo y que publica El País, y que recomiendo, por lo mucho que dice en poco espacio. Pero lo primero que me ha llamado la atención ha sido esta fotografía del escritor en su casa. Me entusiasman las imágenes de bibliotecas particulares en las que uno puede reconocer los libros de otros. Aquella famosa, por ejemplo, de Gastón Baquero en su domicilio de Madrid, hace ya años, de Gorka Lejarcegui o la de mi buen amigo Philip Deacon, que yo publiqué aquí y de la que aún tengo pendiente de catalogar los volúmenes que se ven. Hay muchas, pues parece muy socorrido y recurrente retratar a un escritor con sus libros. Hace unos años debí de quedar como un descortés cuando me negué a que grabasen imágenes de mi biblioteca, que no merece ninguna difusión. Estaría bueno. Solo esa posibilidad me ruboriza. Vuelvo a Fernando Savater. En la fotografía de Claudio Álvarez que se publica en la edición en papel de El País —no la veo en la edición digital, en la que hay otra—, y que he visto esta mañana, se muestran los libros que tiene en la estantería a su espalda y sobre la mesa. No logro reconocer los títulos que hay detrás —no sé, algo de Rudyard Kipling…—; pero sí el Pensar sin asideros, de Hanna Arendt, el volumen I de sus Ensayos de comprensión 1953-1975–, y, sobre todo, un libro que es muy querido y que he reconocido en cuanto he abierto esa página y mirado esa fotografía. Fernando Savater tiene sobre su mesa un ejemplar de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes, de Basilio Sánchez (Madrid, Visor, 2019), el último Premio Fundación Loewe de Poesía, sobre el que estoy escribiendo. Qué cosas. Me gustan mucho estas coincidencias.

jueves, septiembre 12, 2019

Nevera


Entre las cosas que nunca hago sin pedir permiso hay dos que igualo en la misma categoría de lo impensable: abrir en casa ajena el cajón de la ropa íntima y abrir un frigorífico que no es el tuyo. Lo primero parece de cajón, claro. Pero abrir una nevera ignota es invadir las tripas o el espacio que la otra persona tiene al buen recaudo del frío más reservado. Me lo pensaría dos veces si mi acompañante en su cama me pidiese ir a por agua a su frigorífico; sencillamente, por el temor a encontrarme con más verdades. Unos supositorios de glicerina, la mitad de un plátano envuelto en una servilleta de papel, un tomate pocho, media docena de frascos de colutorio, tres bandejitas de salami, un cristo de chocolate blanco o el original del certificado de defunción de un familiar. Lo insondable. Abrir la nevera propia es como encontrarte con tu propio rostro, es lo más parecido a mirarte a primera hora de la mañana en tu espejo dispuesto a afeitarte y a enfrentarte con la misma imagen que todos los días te devuelven la fruta y los huevos, las sobras de ayer y la comida de mañana.

domingo, septiembre 08, 2019

Apertura de curso


© Luci Gutiérrez, El País.
Si el lector pudiese imaginar un texto inverso a esta viñeta genial de Luci Gutiérrez —ilustradora que tanto nos ha iluminado este verano—, tendría delante mi concepto de la enseñanza. Cuando la vi a mediados de agosto en el periódico pensé en utilizarla para una entrada dedicada a la apertura de curso. Sostengo que un profesor tiene que estar, principalmente, para ayudar en todo a un alumno; y no para esperar sus faltas y sus fallos. Sí para corregirlas. No comprendo que un médico diga a su paciente que no va a hacer todo lo posible para curarlo. Innoble y deshonesta metodología la de ese supuesto profesor que se asoma a la tarea de un estudiante receloso.