jueves, agosto 09, 2018

La «Cosmogonía» de Felicidad Moreno

Tenía pendiente esta entrada desde que se presentó en Badajoz, en el Pub Sala Mercantil, el 16 de junio pasado, este segundo libro de artista de la editorial Libros de Mesa, que impulsa Julián Mesa. Después del de Luis Costillo, ahora es la toledana Felicidad Moreno la que ve publicada una muestra de su obra en forma de libro, sin textos. No se trata de un catálogo con las consabidas líneas institucionales —costumbre aún no erradicada— o con un prólogo crítico. Ni siquiera tiene referencia textual alguna a las ilustraciones que contiene. Tan solo la justificación de la tirada en la última página impresa del libro: «Felicidad Moreno | Cosmogonía | Tirada de 100 ejemplares | Edición venal incluyendo una página original del libro | 50 ejemplares numerados | Edita Julián Mesa González - Libros de Mesa | Impreso en España |Primavera 2018», más el número de ejemplar con la reproducción de la firma de la autora. La propuesta editorial de Mesa es vender, casi bajo demanda, tiradas reducidas de un libro de artista que incluye un original de los que lo componen, y se mantiene, sin duda,  en esta segunda entrega la calidad con la que arrancó. Cosmogonía está compuesto por cincuenta reproducciones de una serie de piezas muy sugerentes que se agavillan bajo ese título que parece remitir a lo originario. La distancia que separa la manera de presentación de una obra así, en el formato de un libro estuchado de 21 x 31 cm., de la materialidad original de una obra pictórica que incorpora otros recursos no empece, creo, su capacidad de sugerencia. Felicidad Moreno nos acerca una realidad que está alejada del ojo humano, bien porque es astronómica o bien porque es microscópica. Por eso veo en estas formas esferoides y de otro tipo, figuras protozoicas, círculos, tentáculos, espirales, objetos ovoides, vilanos, flores y frutas, pedúnculos, rizomas, conchas y plantas..., un ámbito que enriquece la mirada. Celebro poder tener al alcance de mi mano —y mi bolsillo— tanto arte de altura.

Poquito a poco

Un mantra es un pensamiento que se verbaliza y se repite como un apoyo a la meditación budista, y yo lo conozco utilizado con el significado de algo que se repite con insistencia para convencerse de algo. No sé si es impropio; pero mi mantra de este verano es «Poquito a poco», que yo me digo para darme ánimos, para decirme que voy a salir del bache. Poquito a poco viene bien para sacar adelante un trabajo que uno tiene que escribir o para convencer a alguien que uno no es como imagina quien le reprocha, y poquito a poco también viene bien para cocinar y hacer las cosas con fundamento. Poquito a poco debería convertirse en una máxima contra el mucho. Aunque el mucho sea querer o echar de menos. Poquito a poco. Y tanta meditación se va al traste cuando me entero de que «Poquito a poco» es una canción —impagable, madre mía—, de El Arrebato; otra de Estopa —que lleva cositas como «Lo reconozco, fumo porros a diario» y «Calada a calada, poquito a poco»—; y también hay una de Maná y otra, con k, de Chambao, que esta sí está bien. Así que he decidido que no, que mi mantra no es poquito a poco. Mi mantra de este verano va a ser «Eres espacial»,  y se hará lo que se pueda, que no es poco. Y que se me disculpe la tontería.

martes, agosto 07, 2018

Pena

Un reclamo por carta electrónica —¿hasta cuándo habrá que especificar esto?— de Quico Magariño —él firma Kiko— me ha llevado a una antigua entrada de este blog sobre un excelente trabajo teatral que pude ver aquí en Cáceres hace once años. La entrada —insisto— comenzaba así: «Iba a escribir sobre el espléndido montaje de la compañía extremeña «Teatro del Noctámbulo» que vimos en el Gran Teatro de Cáceres el sábado pasado, El hombre almohada, cuando sentí el estremecimiento de la noticia en las emisoras de radio y en los periódicos. Detenidos en Barcelona y Valencia dos tipos de 21 y 29 años acusados de abusos sexuales y torturas a menores y distribución de pornografía infantil. Entre el material incautado hay videos en los que se golpea y tortura a niños y niñas de edades no superiores a los doce años, algunos incluso bebés». Me da mucha pena recordar aquí, a propósito de aquello, lo que he sabido hace muy pocos días sobre la desarticulación de una red de pedófilos y que me reproduce aquel estremecimiento, sobre todo, porque han pasado más de once años. Yo no quiero seguir cumpliendo años así; con esa mollar indolencia —sí, por partida doble— de que la historia se repite y que la educación ni nos ocupa ni nos preocupa. Lástima.

lunes, agosto 06, 2018

Escribir

El radiador de mi baño, sin nada que lo activase, tenía ayer por la tarde una temperatura casi óptima para un día de invierno y ayer también recibí, con pedido de opinión, un texto excelente, una especie de cuento que todavía no es nada, porque sigue en fárfara; pero es muy bueno. Empieza así: «Ahora que la medianoche se deshace y la lluvia marca un ritmo de corazón tranquilo, busca la memoria el agua del origen». Dicho esto, ayer leí en El País un artículo de la agente literaria Kate McKean (Howard Morhaim), traducido por Mª Luisa Rodríguez Tapia del original publicado en inglés hace once días en The Outline. «No, no todo el mundo tiene un libro dentro», es el título. La teoría literaria que lo sustenta es endeble («Un libro también puede consistir en cosas que han pasado o que nos habría gustado que hubieran pasado, adornadas para hacerlas más interesantes, pero con eso no basta»); y se nota que quien escribe se dedica comercialmente al texto literario y está bastante harta de recibir mecanoscritos de personas que quieren triunfar. Por eso considera que «dominar el lenguaje no implica necesariamente que se pueda escribir». ¿Cómo que no? Claro que se puede escribir. Pero es que ella se refiere a «escribir un libro», que es su concepto profesional. Sí que se puede escribir, y se debe escribir; pero quizá no lo que ella busca como agente literaria. Y estoy muy de acuerdo con el ejemplo que pone: «Pongámoslo así: yo corro desde que tenía un año. ¡Casi 40 años corriendo! Pero sería completamente incapaz de correr una maratón. No estoy capacitada físicamente para hacerlo aunque puedo correr varios kilómetros seguidos. Escribir un libro es una maratón. Hay que entrenarse, practicar, comprender cuáles son los propios puntos fuertes y débiles, y trabajar mucho para superarlos. Se necesita ayuda, comentarios y apoyo, y hacerlo muchas veces antes de que se llegue a correr la mejor carrera. Escribir un libro que alguien quiera leer es correr la mejor maratón posible. Nadie lo hace de buenas a primeras, y pocos escritores tienen el aguante necesario sin un entrenamiento riguroso». Está bien; pero el ejemplo parece una advertencia casi admonitoria. Me he acordado de un argumento parecido desde una posición bien distinta, precisamente la de un escritor, José Antonio Ramírez Lozano, que bastante antes de ese artículo de ayer, el 17 de mayo de 2004, en una entrevista que le hizo Manolo López, el redactor del Hoy en Badajoz dijo: «A mí me interesa ahora más que la gente escriba, no solo que lea sino que escriba. Que la gente monte en bicicleta sin ser Induráin, que la gente juegue al fútbol sin ser Maradona..., que esto de escribir permite una gran creatividad y libertad de la persona, llegue uno o no a ser profesional». Por eso, en más de una ocasión, he citado a Ramírez Lozano en público a este propósito, la mayoría de las veces en el aula, en mis clases. Me gusta más su sentido común y es más constructivo y tolerante que el profesional de Kate McKean, que también lleva su razón, claro.

miércoles, agosto 01, 2018

Primer día de agosto

Hace seis años, tal día como hoy, puse aquí que mi Facultad echaba el cierre los primeros quince días de agosto. La medida, justificada por ahorro, se ha instituido como norma y costumbre, y yo creo que casi nadie ya lamentará no poder acudir al lugar de trabajo. Más renuencia y desagrado habrá por la obligación de tomar vacaciones en esta primera quincena, sobre todo en el personal de administración y servicios. Lo cierto es que agosto empieza hoy con las temperaturas más altas de esta temporada y con las mismas sandeces repetidas con insistencia que recomiendan combatir el calor con lo que todo el mundo sabe. Es como si nos dijesen —y pasa también cuando hace frío: —«Sé que es usted tonto, y quiero recordárselo». Creo que fue un alcalde de Nueva York el que dijo que «Si no fuera por los asesinatos, NY sería la ciudad con menos criminalidad del mundo»; por eso no me extraña que la mayoría nos tome a los más por mayoritariamente idiotas, valga la redundancia. Esta mañana temprano se estaba muy bien en el paseo por Central Park. (No sé en qué estaré pensando) Quiero decir por el paseo central del Parque del Príncipe de Cáceres, una ciudad muy conservadora en esto de los nombres  —el estadio del Club Polideportivo Cacereño se llama «Príncipe Felipe»— que se ponen a sabiendas de su más que probable efímera condición. Lo que ocurre luego es que todo se lexicaliza y el Príncipe puede ser el de Maquiavelo, el azul o el de Vergara. En fin, hoy, primer día de agosto, no he escalonado salida alguna, no tengo prisa por llegar, no me he expuesto al sol, y muy pocos me han recomendado que lea un libro bajo el frescor de esta parra a la que pusieron el nombre de Fuji, el monte más alto de Japón, y que funciona con mando a distancia.