domingo, septiembre 17, 2017

H. Beck

Humberto Beck es un escritor mexicano que trabaja en la Universidad de Boston y en la que ha estudiado la historia intelectual europea del siglo XX. Es autor del libro Otra modernidad es posible. El pensamiento de Iván Illich (Malpaso Ediciones, 2017). Ayer sábado, La Vanguardia llenaba su última página con una entrevista hecha por Ima Sanchís en la que el profesor hablaba del sacerdote católico austriaco Iván Illich, que es objeto de su estudio y que concibió nuevos modos de organizar la sociedad basados en la educación y en la igualdad. A la pregunta de la periodista sobre qué alternativa proponía Illich, el autor responde: «Proveer a todo el mundo de las herramientas para que pueda aprender cualquier conocimiento de la manera y al ritmo que cada quien se proponga. El modelo sería la biblioteca pública». Al leer esto ayer mientras regresaba de Barcelona he revivido la plácida sensación que volví a tener el pasado martes cuando, para constatar un dato, pasé tan solo unos minutos en la Biblioteca Pública de Cáceres, que lleva los nombres del ilustre matrimonio «A. Rodríguez-Moñino/María Brey». No es solo el silencio o la actitud de los lectores, ni siquiera la supuesta avidez de quienes esperan en la puerta desde varios minutos antes de la apertura de la biblioteca para leer la prensa diaria; es, más bien, lo que dice Beck que dijo Illich, es esa conciencia de que esa especie de templo del saber es una herramienta utilísima para vivir y para ser un ciudadano ejemplar. Es un lugar de trabajo para muchos; pero también un lugar de ocio para tantos que podría decirse que habrá un tiempo en que se convierta en asilo, en bar, en balneario, en ágora de más importancia que un parlamento.

martes, septiembre 12, 2017

Emilio Palacios


Esta mañana me ha escrito Joaquín Álvarez Barrientos, presidente de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII, para comunicarme la triste noticia de la muerte de Emilio Palacios Fernández, el que fuera Catedrático Emérito de la Universidad Complutense, compañero dieciochista, colega cercano, natural de Elciego, en la Rioja alavesa, en donde nació en 1944. Joaquín me ha enviado también el primer borrador de una necrología que publicaremos en el número de este año de Cuadernos dieciochistas, cuya parte monográfica irá dedicada al ilustrado a quien tantas páginas ofreció Emilio, al escritor y magistrado extremeño Juan Meléndez Valdés, y que incluirá la reedición de un trabajo suyo que, por razones de enfermedad, no le pudimos pedir personalmente. En noviembre de 2011 se le rindió un homenaje en Madrid promovido por la Fundación Universitaria Española  y la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País con motivo de la publicación de Para Emilio Palacios Fernández. 26 estudios sobre el siglo XVIII español, el libro que estas dos instituciones, en edición al cuidado de Joaquín Álvarez Barrientos y Jerónimo Herrera Navarro, publicaron ese año 2011. Su tesis doctoral fue sobre Félix Mª de Samaniego, a quien editó en varias ocasiones, trabajó sobre la poesía y el teatro españoles del siglo XVIII y fue editor también de las obras completas de Meléndez Valdés. Trabajó incansablemente, como lo atestigua su extensísimo currículum y como él mismo me escribía en una carta del año 2000 que comenzaba con «Hace tiempo que no sé nada de ti. Algo tramas en silencio» y que acompañaba a unas copias de varios artículos suyos («Como ves no sirvo más que para trabajar»). Dispuesto siempre a ayudarme cuando le pedía algún dato o referencia de algún trabajo, Emilio era un amante de la comida y buen conocedor del mundo del vino, que le servía también para estar conectado con sus raíces. Después de una de sus visitas a Cáceres, me escribió en noviembre de 1997: «gozo con la prolongación de Extremadura en Madrid en forma de chorizo, queso o licor de bellota». Me entristeció mucho saber que estaba enfermo y me apena profundamente saber ahora que ha muerto.

sábado, septiembre 09, 2017

Fernando Dacosta


El miércoles recibí un correo electrónico con la notificación de que en mi Facultad se leía el jueves 7 una tesis doctoral dirigida por mis colegas Iolanda Ogando y Enrique Santos Unamuno, de un tal Fernando Dacosta Pérez. Su título: 25 años de teatro universitario gallego. Las aulas de teatro universitarias de Galicia (1990-2015). Ocupado en varios asuntos, pensé por momentos en pasarme por el aula polivalente para saludar a los directores, mis amigos, porque siempre gusta compartir un acto así. Pasé, sí, y vi a Iolanda, sola, sin Enrique —luego supe que estaba con su hijo Duarte, en pleno procés d'adaptació a la guardería—; pero no me paré. Hasta que, al preparar todo para marcharme ya a última hora de la mañana, relacioné un nombre con un asunto: Fernando Dacosta y las aulas universitarias de teatro. ¿Sería el mismo Fernando Dacosta que yo conocí con Isidro Timón cuando remontamos el Aula de Teatro de la Universidad de Extremadura en 1993? Era. Claro que era. El mismo. Todo cuadraba. Iolanda, que había estado vinculada al teatro universitario y había sido dirigida por Fernando Dacosta, ahora le dirigía la tesis a quien años antes le había formado en el arte escénico. Fue un encuentro muy grato, después de tantos años. Una sorpresa estupenda. Recordamos nombres y montajes. En diez años, desde 1993, que yo recuerde, montamos textos como la Farsa y licencia de la reina castiza, de Valle-Inclán; El andamio, de Miguel Barro; Una semana en Miami, de Miguel Murillo; El relevo, de Gabriel Celaya; La extraña noche de bodas, de Edgar Neville; Rebelión en la granja, de George Orwell; El Diablo Mundo, de Espronceda; Los habitantes de la casa deshabitada, de Enrique Jardiel Poncela; El vergonzoso en Palacio, de Tirso de Molina; y La enamorada del rey, de Valle-Inclán. Y celebramos varias ediciones de muestras de teatro universitario en las que uno de los grupos que siempre participaba —y de los más solventes— era el dirigido por Fernando, el Aula de Teatro de la Universidad de Ourense, a quienes también visitamos en un intercambio nutriente y en el que también participó la actriz y directora Asun Mieres. El curriculum de Fernando le avala. Encontrarlo en mi Facultad después de tanto tiempo sin vernos me pareció fascinante. Me quedé a la parte final del acto de defensa de una tesis doctoral, cuando se proclama la calificación: Sobresaliente cum laude. Felicitaciones y abrazos muy sentidos. De verdad. Con esa verdad y ese sentimiento me fui a la compra, y desde el supermercado y cargado con mis bolsas me pasé por la Sala Maltravieso para contárselo a Isidro Timón. Interrumpió su clase para escucharme que acababa de encontrarme con Fernando Dacosta. Qué recuerdos. Sobresaliente cum laude.

miércoles, septiembre 06, 2017

Mucho latín

«Mucho latín para principio de obra lega». Esto está en el Fray Gerundio, y me vendría bien para algo. Un apunte. Otra bobada.

martes, septiembre 05, 2017

Primum vivere, deinde...

La prueba de un fracaso. Después de haber removido la tierra que trajimos para disponer en sus tiestos los geranios y begonias que ya lucen, discretamente y con mi mala cabeza, en mis balcones. Después de haber estado leyendo, como siempre, de varios sitios, y de haber anotado con mala letra asuntos de mañana. Después de todo, sí. Sí, se me olvidó la idea que acabo de recuperar ahora. Cómo uno se lee a sí mismo estas tonterías. (Por cierto, tengo que cortarme las uñas, porque por mucho que uno se lave las manos después de andar con las plantas siempre queda lo sucio. Y queda feo). Y eso, se me fue la idea; pero ha vuelto. Se trata de eso que algunos escritores dicen de su obra y de sus lectores, que aquella es de estos y que ellos no vuelven a ella. Menos Juan Marsé, que, cuando vuelve, vuelve para reescribirla. O algo parecido. Yo no. Yo, cuando vuelvo a leer algo que he escrito es por vanidad, por comprobar que yo he escrito eso, por releerme para decir que algo es algo. Aunque tenga unas irreprimibles ganas de reescribirlo. (A veces, ya lo dije, lo hago; porque en este blog puedo corregir una coma, una falta de ortografía o una conjunción inadmisible). Así estamos. Es más, cuando me pongo a leerme no paro. O me cuesta parar. Ya no es tanto el ego, sino el gusto por la memoria; sea grata o infausta. Y sea lo escrito lo público de este blog y lo que sale a las redes, o lo privado de mis cuadernos, en los que no caben reescrituras. Lo que me pasa en casa cuando leo lo que escribí, por ejemplo, hace siete años, solo me pasa en las bibliotecas cuando busco un libro para encontrar un dato y me detengo en otro libro en el que me demoro una eternidad que no se puede comparar con el ratito que me llevó anotar lo que anduve buscando. Lo que me cuesta escribir así. En fin, no saber escribir. Incluso molestar a alguien escribiendo así. Vaya frase. Hoy, de verdad, no me siento muy satisfecho de lo que escribo. Me ha pasado más veces. Y es curioso, porque, como me gusta leerme, acabo de darme cuenta de que me gustaría escribir que no sé qué tendrá septiembre para que Pavese siempre se me venga a la cara por estas fechas. («Cuando menos lo espero», iba a escribir). No sé. «El amor es verdaderamente una gran afirmación. Se quiere ser, se quiere importar, se quiere —si de morir se trata— morir con valor, con clamor, perdurar, en suma. Sin embargo, siempre va enlazada con él la voluntad de morir, de desaparecer: ¿quizá porque es tan poderosamente vida que al desaparecer en él, la vida se afirmaría aún más?» Es el Pavese de una traducción de Esther Benítez que yo leí hace ahora casi treinta y siete años. Cada año que pasa me preocupa ese Vendrá la muerte y tendrá tus ojos que siempre a uno se le aparece cuando recuerda al italiano. Casi siempre en septiembre. El día de mi cumpleaños, pero de 1950, diez u once antes de quitarse la vida —ese Vendrá la muerte y tendrá tus ojos—, Pavese escribió a su querida que «acaso tú eres de verdad la mejor —la verdadera. Pero ya no tengo tiempo de decírtelo, de hacértelo saber— y además, aunque pudiera, queda la prueba, la prueba, el fracaso». No tengo ni puñetera idea de quién fue verdaderamente Pavese. Solo he leído sus textos, que me visitan por septiembre. Me sirven para componer aquí una manera de mostrar sin ningún orgullo que hay que disculparse ante todos aquellos a los que uno ha defraudado —y estoy seguro defraudará— con la prevención de que se intentará de otro modo el día de mañana cuando quien sea vuelva a mostrarme la prueba del fracaso. Es la única forma que se me ha ocurrido ahora —hoy es una medida de tiempo demasiado larga— de llamar la atención. Un ejercicio de estilo.

domingo, septiembre 03, 2017

Septiembre

© CMD
Llevamos varios años haciendo de septiembre una costumbre de buscado sosiego en parajes distintos, casi siempre marítimos. Una especie de estímulo en forma de viaje sin mayor trascendencia para afrontar el curso. Miramos lo que para los demás es cotidiano y rutinario como algo único, no tanto por su naturaleza o por sus caracteres, sino por cómo los afrontamos, cómo nos valen en cortos días de largos paseos sintiendo el agua en los pies y de ratos provechosos para otro tipo de alimentos. A veces rodeado de escasos alicientes para fomentar el espíritu, me siento aquí como un extraño, una especie de raro visitante que lleva unos periódicos bajo el brazo. Leyendo a Álvaro Valverde, que escribió en otro sitio: «No es preciso partir para sentirse / un desterrado, un extranjero. Basta /con apartarse un poco de los otros, /con no participar de sus costumbres,/con ejercer sin más de solitario /por mucho que te arrastre esa marea /de pequeñas o grandes multitudes» (de «Destierro»,  Plasencias). Yo sí he partido a un lugar distinto; aunque no distante, y por escaso tiempo.