jueves, junio 21, 2018

En torno a Torres Naharro


Aprovechando la representación de esta noche (22:30 en el Palacio de las Veletas) de la Comedia Aquilana, de Bartolomé de Torres Naharro, por la Compañía Nao d'amores y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el XXIX Festival de Teatro Clásico de Cáceres, se celebra esta tarde un encuentro «Resucitar a Torres Naharro», en el que participarán los actores y músicos que participan en el montaje, junto a su directora, Ana Zamora, y al profesor de la Universidad de Extremadura, Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, que fue el director del Congreso «Bartolomé de Torres Naharro en los orígenes del teatro renacentista español», celebrado en Torre de Miguel Sesmero y Cáceres en octubre del año pasado. Hace unos años, en 2012, celebramos un encuentro parecido en torno a la representación de las Farsas y églogas de Lucas Fernández, en el mismo espacio, el patio de la Biblioteca Alonso Zamora Vicente, y el formato y los contenidos resultaron muy atractivos, como esta tarde ocurrirá igualmente. Será a las 19:00 horas (Biblioteca Zamora Vicente. C/ Cuesta de Aldana, 5. Cáceres) y la entrada libre hasta completar aforo.

miércoles, junio 20, 2018

Oeste XXI en el Congreso de la Asociación Hispánica de Humanidades

Participo hoy en una mesa redonda en el IX Congreso Internacional de la Asociación Hispánica de Humanidades, que ha comenzado esta mañana en Cáceres (en el Instituto de Lenguas Modernas) y que durará hasta el viernes 22, cuando se clausure tras una conferencia plenaria de Malcolm Compitello, de la Universidad de Arizona, sobre «Cartografías culturales españolas modernas». El programa es nutridísimo —el libro editado con todos sus contenidos tiene ciento sesenta y cinco páginas, casi tantas como congresistas participantes— y es todo un acontecimiento que la ciudad de Cáceres acoja esta reunión científica que ha adoptado el título de Aportaciones y retos de la tradición cultural hispánica en una sociedad global. La mesa de esta tarde (19:30 horas) tiene el epígrafe «Oeste XXI», para tratar las artes y las letras en la Extremadura contemporánea, sobre cómo se ha superado la noción localista de una cultura «extremeña» para incorporar Extremadura como espacio de referencia de una creación artística de calidad, y referente en un ámbito internacional. Las obras de quienes intervienen en la mesa de debate lo muestran. Dos poetas —Ada Salas y Álvaro Valverde—, un artista plástico —Hilario Bravo— y una cineasta —Irene Cardona.

miércoles, junio 13, 2018

La de San Antonio de 1823

Hoy se cumplen ciento noventa y cinco años de aquel desastre. Fue otro 13 de junio. Absolutistas contra liberales —«las dos Españas»— en aquella segunda invasión francesa que aniquiló el Trienio y aquel saqueo terrible que el pueblo de Sevilla hizo de los bienes de la comitiva liberal que embarcaba en el Guadalquivir y huía hacia Cádiz. Muchas víctimas respetables e ilustres; pero, sobre todas ellas, a una, la del extremeño Bartolomé José Gallardo, le ocurrió un suceso que sigue clamando al cielo. Cinco serones, un cajón, una maleta negra con dos candados, una escribanía de palo rosa y un gran baúl patente inglés negro, con dos candados y una chapa de bronce con las iniciales B.J.G. Muchos de sus papeles manuscritos e impresos desaparecidos en las oscuras aguas del río. Una Historia crítica del ingenio español, un Romancero y un Cancionero, un Teatro antiguo español y su Historia crítica, una Filosofía de la Lengua Castellana, un Diccionario autorizado de la lengua castellana..., proyectos todos de Gallardo, junto a casi dos centenares de libros, se perdieron en La de San Antonio de 1823, que es como subtituló —gran hallazgo parentético— esa otra cumbre de la historia cultural de Extremadura, que fue don Antonio Rodríguez-Moñino, su libro Historia de una infamia bibliográfica (Editorial Castalia, 1965), el brillantísimo estudio bibliográfico sobre la realidad y la leyenda de lo sucedido con los libros y papeles de Bartolomé José Gallardo aquel día de junio de hace ahora ciento noventa y cinco años.

martes, junio 12, 2018

Autobiografía (I)

Siempre que veo el estuche de un reloj antiguo me acuerdo de mi padre (1915-1992), que guardaba el de un Omega de oro que estimaba mucho y que luego llevó puesto mi madre (1923-2016) hasta sus últimos años. Son como pequeños féretros de un lujo doméstico, con el interior acolchado y de limpio y blanco raso, que no sé por qué guardo; como si quisiese enfrascar el tiempo con ese reloj parado que yace ahí desde hace años. Lo bueno es que algunas de esas cajas están vacías. He hurgado hoy en el nicho en que guardo esos desechos, que es un cajón que contiene también un par de tarjeteros con un montón de tarjetas de visita. Tienen, la verdad, algo de funesto por el negro del escay y el dorado de sus letras y esquinas, como si esos tarjeteros estuviesen pensados para las últimas voluntades. Tienen ambos —solo tengo dos— veinte fundas cada uno de ellos y en cada una hay cuatro bolsitas que pueden contener dos tarjetas visibles, y como hay otras tarjetas sueltas y hay más de dos en cada receptáculo, creo que tengo a la vista doscientas y pico de tarjetas, varios papelitos con notas y el boletín de la inyección del tétanos de diciembre de 1996 que solo repetí en dos ocasiones más —hasta septiembre de 1997— y no cumplí, como era preceptivo, diez años después. Por fortuna, vivo sin secuelas de aquello. Se ve en la imagen el pasquín que me dieron en el hospital después de ponerme Anaxotal junto a la tarjeta de Miguel Murillo cuando era director de la Editora Regional de Extremadura (1993-1995). Tengo ahora presente uno de los poemas visuales de Antonio Gómez; el que cerró su libro De acá para allá (León, 2007), compuesto por veintiuna tarjetas personales, desde las bancarias o las sanitarias hasta las solidarias. Las mías son de otros: hay una de una empresa de diseño de muebles auxiliares de hierro al lado de la de un restaurante de Cáceres que ya no existe; hay otra de una carpintería del polígono de la Charca Musia frente a una de la casa que me puso las primeras persianas de esta casa. Tengo la tarjeta del director de un Máster de Edición de la Universidad de Salamanca, otra del director gerente de los Transportes Urbanos de Mérida, otra del jefe técnico de Canon en Cáceres, otra del que fue jefe de prensa y protocolo del Ayuntamiento del Real Sitio y Villa de Aranjuez, al lado de las de escritores como Rafael Courtoisie, Luis Javier Moreno (1945-2015), Antonio Onetti, Olvido García Valdés y Miguel Casado. Tengo también una tarjeta del Consejero Cultural de la Embajada de Egipto, el profesor Soliman El Altar, que lamento no recordar cómo ha llegado hasta aquí. Sí me acuerdo de Manuel Rodríguez Cancho con su tarjeta de la oficina de la candidatura de Cáceres 2016 cuando acepté colaborar en el proyecto antes de que se fuese al traste y de todas esas empresas aquí representadas de clima para el hogar, montaje de armarios, instalación de suelos que representan, cada una a su modo, la época en que dispuse el espacio en el que ahora vivo. No sé por cuánto tiempo, como dijo el otro.

miércoles, junio 06, 2018

Nimio

Es fascinante cómo han campado algunas palabras por los vastos  y a veces tornadizos territorios del uso lingüístico. Es el caso de nimio. Significa «Demasiado, excesivo, prolijo», como recogió el tomo cuarto del primer diccionario académico (1734), que ya avisaba, después de definir nimiedad como «exceso o demasía», que esta palabra, en el estilo familiar «se usa por poquedad o cortedad; y se debe corregir, pues significa esta voz totalmente lo contrario». Poco cuajó la advertencia, porque creo que, aunque en el diccionario actual convivan acepciones opuestas —«insignificante, sin importancia» junto a «excesivo, exagerado»—, todos consideramos que una nimiedad es algo que no tiene importancia y que algo nimio es insignificante. En latín no hay duda: nimius es «excesivo, abundante». Sin embargo, como se lee en el Diccionario crítico etimológico de Corominas-Pascual —en la imagen— «hoy esto no tiene remedio». Sea.