domingo, diciembre 31, 2017

Último día del año


Así. Así, así algunas tardes como esta del último día del año. Antes de prepararnos para pasar la noche con una cena especial. Otra vez el rito luego de tomar las uvas y sus supersticiones. Así he pasado estas tardes durante varios años releyendo algunas entradas de este blog con el mismo motivo del último día que toca un día como hoy. Antes de que existiese este soporte, hacía lo mismo con notas y cuadernos manuscritos. No hacía recuento; pero buscaba un recuerdo entre recuerdos, como una exaltación jubilosa de lo pasado —a pesar de los lutos, los fracasos, las pérdidas y las equivocaciones —, de lo que uno ha vencido al tiempo en su medida. Ahora estoy delante de esta pantalla escribiendo como si tuviese una necesidad en tan señalada noche. Qué tontería. Más de diez docenas de entradas de este blog en este año me avalan. Pero escribo. Con la banda sonora de los mensajes de felicitación que llegan, con tanto sentimiento, tantas faltas de ortografía, tanta falta de gusto a veces, y tanta buena voluntad. Feliz año nuevo. Y feliz disfrute de la lectura. De un «Elogio de la palabra» como el que escribió Juan Carlos Mestre: «Esta palabra no ha sido pronunciada contra los dioses, esta palabra y la sombra de esta palabra ha sido pronunciada ante el vacío, para una multitud que no existe. / Cuando la muerte acabe, la raíz de esta palabra y la hoja de esta palabra arderán en un bosque que otro fuego consume. / Lo que fue amado como cuerpo, lo escrito en la docilidad del árbol único, será consolación en un paisaje lejano. / Como la inmóvil mirada del pájaro ante la ballesta, así la palabra y la sombra de esa palabra aguardan su permanencia más allá de la revelación de la muerte. / Sólo el aire, únicamente lo que del aire al aire mismo trasmitimos como testamento de lo nombrado, permanecerá de nosotros. / La luz, la materia de esta palabra y el ruido de la sombra de esta palabra.». (De La poesía ha caído en desgracia, Visor Libros, 1992; y reedición en Calambur Editorial, 2014). La poesía sigue cayendo bien. Feliz año nuevo.

sábado, diciembre 30, 2017

Trienios


Recibí con alegría —gracias a Marino González, su editor— esta nueva novela del extremeño Jorge Márquez (Sevilla, 1958), entre otras razones, porque habían pasado trece años —como los perros de su primera novela El claro de los trece perros (Algaida, 1997)—  desde que se publicó la última, Los agachados (Algaida, 2003). He tardado en leerla, sí, más de un año; pero ha merecido la pena. Me ha devuelto al enorme escritor que es Jorge, con su prosa reconocible, su humor, su manera de presentar y tratar a sus personajes —unos tiernos, otros feroces, patéticos muchos—, que, no en vano, aquí, se trata de un bestiario. O, más bien, un zoológico, ya que los animales se ubican en la Casa, en la Casa Grande, que es como una inmemorial casa de fieras cuyos cimientos solo podrían abatirse en la imaginación de un sueño del que uno despierta «angustiado, sudoroso» (pág. 278). Esta novela tenía que haberla publicado el mismo sello institucional que publicó, por ejemplo, la primera novela de Gonzalo Hidalgo Bayal —Mísera fue, señora, la osadía—, los Cuentos de Jesús Delgado Valhondo, el Camino baldío de Ricardo Puente, Caminar por caminar cansa, de Antonio Gómez, o los Nocturnos de María José Flores. Qué sé yo. Es una novela muy especial. Porque, por ejemplo, a sus muchos valores —véanse solo algunos infra— cabría añadir lo políticamente incorrecto, que es lo que más agrada. Esto es, el juego que algunos lectores hemos podido urdir con las supuestas claves de la novela. Confieso haber intercambiado mensajes con una lectora cercana del mismo libro que me decía que sabía quién era «La rata» y quiénes «Los borregos». Un entretenimiento malicioso que no quita valor a una novela que merecería mucho más eco entre lectores menos contagiados de su ambiente. Me extraña, por eso, que, salvo en círculos muy privados —el otro día hablé de esto con Miguel Murillo, gran amigo de Jorge Márquez—, nadie haya metido el dedo travieso en la llaga institucional con la excusa de esta mueca satírica del funcionariado. Lo mejor es que Jorge Márquez vuelve, después de más de una década, a mostrar su solvencia como narrador, vuelve a su gusto —aquí más embridado— por marcar tipográficamente las voces y registros de su relato, que en Trienios se fundamenta en dos discursos trenzados, el del bestiario y sus treinta y siete especies —las hay que son peces, mamíferos, aves, reptiles, crustáceos..., todos humanos—, y el de un diario conmovedor con sus treinta y tres anotaciones desde un 27 de junio a un 31 de diciembre del mismo año que aportan al lector un contrapunto del personaje que escribe. Los trasvases y guiños entre ambas partes —el bueno de «Wes[ley] J. Weaver III Catedrático de Literatura Española de la Universidad Estatal de Nueva York. Autor del libro Personajes en busca de una realidad: Aproximaciones a la literatura de Jorge Márquez (Sevilla, Diputación de Sevilla. Servicio de Archivo y Publicaciones, 2010)», habla de novela «estremecedora» y de «estructura bipartita», en una nota previa que se extracta también en la cuarta de cubierta y que es absolutamente prescindible en una editorial que se precie de su autor— son sutiles y un acierto, como el relato de algunos lances, la pintura de algunos caracteres, los juegos, la ironía, el expresionismo valleinclanesco de muchísimas páginas y la expresión de unas ideas que a veces rematan un capítulo como para decirle al lector aquí estamos tú y yo: «Mi pobre padre no entendió la hondura de aquella reflexión, aunque intuyó que contenía una intensa lección de vida. Solo los años irían sedimentando en el carácter de mi padre la conversación con don Zaratustra hasta marcarle para siempre con la indeleble e inocultable señal de los ingenuos que hacen de la decencia, de la humildad y de la generosidad su norte.» (págs. 229-230). En fin, que esta novela me parece que es todo un acontecimiento.

martes, diciembre 26, 2017

La visión estelar de Valle-Inclán


En 1916, Valle-Inclán fue invitado por el gobierno francés a visitar el frente de la Gran Guerra de 1914 a 1918. El escritor viajó a Francia, y fruto de su experiencia de dos meses fueron sus crónicas publicadas en El Imparcial y en Los Lunes de El Imparcial entre octubre de 1916 y febrero de 1917, que tituló Un día de guerra (Visión estelar). Pocos meses después, Valle publicó un libro de algo más de cien páginas titulado La Media Noche. Visión estelar de un momento de guerra, con colofón de 30 de junio de 1917. Esto era lo sabido, al menos, hasta hace casi diez años, cuando se conocieron los archivos personales de Valle-Inclán, y entre ellos, el cuaderno manuscrito —El Cuaderno de Francia— en el que el escritor fue anotando sus impresiones de viaje entre mayo y junio de 1916. Coincidiendo con el centenario de ese texto, Margarita Santos Zas, directora de la Cátedra Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela, publicó la edición facsimilar Con el alba: El Cuaderno de Francia (1916). Manuscrito inédito de Ramón del Valle-Inclán. Facsímil (Santiago de Compostela, Biblioteca de la Cátedra Valle-Inclán, Universidade  de Santiago, 2016). Ahora, esa misma Cátedra Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela puede estar orgullosa por publicar, en esa colección, en su «Biblioteca», esta primorosa y excepcional edición de La Media Noche. Visión estelar de un momento de guerra, de Valle-Inclán, con un estudio y dossier genético y editorial elaborado por Bénédicte Vauthier (Universidad de Berna) y la ya citada Margarita Santos Zas (Universidad de Santiago de Compostela). La edición consiste en tres volúmenes estuchados en una caja que presentan las dos versiones del texto y el estudio y dossier genético y editorial de Vauthier y Santos Zas. Buena parte de lo que me gusta del trabajo que siempre hace Bénédicte Vauthier es su afán por desfacer entuertos filológicos y luchar sin violencias contra las tibiezas o los hibridismos editoriales. En este caso, se ha fijado en la fortuna editorial de Valle-Inclán bajo el sello de Espasa-Calpe, y, de paso, en la tradición de la crítica textual europea, entre la que la crítica alemana destaca, según se ve en el planteamiento de las editoras de este Valle-Inclán, y que, sin desmerecer el trabajo conjunto, contiene epígrafes como «Un necesario paréntesis teórico», incluido en el volumen del estudio (págs. 35-57) que es marca indubitable del hacer de una experta como la profesora Bénédicte Vauthier. Aquí hay un libro de doscientas páginas, con cuatro apéndices, el último de los cuales consiste en un DVD que contiene la transcripción diplomática y la edición facsimilar de los borradores autógrafos de Valle. El hecho editorial merece nota; pero el análisis genético y del contenido —y su contexto— de lo que escribió el autor es soberbio, y despierta un interés enorme por la relación que se establece entre la circunstancia de volar en un aeroplano militar sobre el campo de batalla y la «visión estelar» como propuesta estética de renovación de un escritor tan grande. Añado, a lo mucho y bien dicho por las autoras de este estudio, que la visión desde arriba, levantado en el aire, que informa los esperpentos valleinclanescos de los años veinte tiene aquí un precedente nada desdeñable. Este volumen de la «Biblioteca de la Cátedra Valle-Inclán» es, sin ninguna duda, un trabajo excelente que merece muchos más reconocimientos que esta modesta y torpe nota.

domingo, diciembre 24, 2017

Feliz Noche


© Reuters
Alguna vez he deseado Feliz Navidad en las páginas de este blog. Sin ir más lejos, el año pasado, cuando recordé un cuento de Movimiento perpetuo, de Augusto Monterroso, y esa costumbre de sentarte a escribir a mano varias decenas de christmas que enviabas a tus familiares y amigos. En la mesa del salón, hasta que había que usarla una noche como hoy para cenar, se acumulaban, abiertas y en alerta, verticales sobre sus cantos, las tarjetas recibidas desde casi principios de diciembre. Este año, en la mesa no hay más que lo de todos los días y más libros, y me parece que es el primero que no ha llegado ni una sola felicitación en papel —ni una sola— por correo ordinario. Ni personal ni institucional; ni siquiera publicitaria. No sé si lo notarán mis hijos cuando lleguen. Ay, mis hijos. Cuando yo empecé a escribir estas bobadas, tenían diez años —él— y catorce —ella; y hoy llegan a casa como si fuésemos una de esas familias que se reúnen en fechas señaladas. Bien está que por una vez Barcelona, Cáceres y Almendralejo sean los ingredientes con los que amasemos esta noche la distancia para que cuaje, se diluya. Seguro que sí. Otro año serán otros lugares, y así podrá ser que ellos sean, desde donde sea, el perímetro de mi centro. Feliz Navidad. Feliz Navidad a todos los que quiero. A todos los que me lean.

jueves, diciembre 14, 2017

Luis Costillo


© Pakopí. Diario Hoy
A primeros de octubre, el editor Julián Mesa —Libros de Mesa— envió una carta —a estas alturas, solo si la carta hubiese sido enviada por correo postal, manuscrita o mecanoscrita, habría que especificarlo— en la que daba a conocer un nuevo proyecto editorial que arrancaría con un libro, de tirada limitada y con obra original, de Luis Costillo (Badajoz, 1956). Explicaba en su misiva que «en este caso el producto final será un libro impreso en offset y un original de los que lo componen. Este libro tendrá un tratamiento de libro de artista y con un acabado acorde con la propuesta: tapa dura original en cada ejemplar, cosido a mano, papel de alta calidad y gramaje, guardas, etc...»; y proponía a cincuenta personas que lo comprasen, con una tirada de cien ejemplares, cincuenta de los cuales en edición no venal, como «una forma de coleccionar arte con muy pocos medios: los socios pueden comprar obras por muchísimo menos valor que tendrían en una galería». Mañana quiero ir a Badajoz a dar un abrazo a Luis Costillo —que lo ha pasado mal— y a recoger mi ejemplar. Será, entre 19:30 y 22:00 horas, en la sede de la Asociación de Vecinos del Casco Antiguo de Badajoz (Plaza Alta, 25-B). No es para exagerar; pero mañana me gustaría desdoblarme como otras veces —que cada uno crea lo que quiera—, y poder estar a las 21:00 horas en la inauguración de la exposición que al portugués Pedro Matos le han montado María Gil y Julián Gómez en su galería cacereña Kernel.

miércoles, diciembre 13, 2017

¿Periodismo en la UEX?


Se me ocurren otras palabras, además de «barbaridad» —en su acepción de dicho o hecho necio o temerario— para calificar la propuesta de implantación de un Grado de Periodismo en la Universidad de Extremadura sin un solo crédito de Lengua Española ni de Literatura Española. «Desatino», «despropósito», «negligencia» o «ignorancia» podrían valer. ¿La formación de futuros periodistas no contempla afianzar el conocimiento de la literatura española y el uso de la propia lengua como un fundamento esencial y demostrable en la mismísima historia del periodismo que nace en nuestro siglo XVIII? Un desatino. Lo que no acabo de comprender es que la UEX se hiciese no hace mucho la foto de la inauguración de una etérea Aula de Periodismo con el nombre de Juan Luis Cebrián, fundador del diario El País y presidente de PRISA, y, además, académico de la RAE, es decir, de la Lengua Española. Parece ser que Cebrián ha hecho un legado de su archivo y biblioteca a una institución académica que ignora lo que él mismo defiende, que el periodismo, la lengua y la literatura son indisociables. Parece que aquí estamos por encima de otras universidades que tienen más sentido común. La Universidad Complutense tiene la asignatura de «Lengua Española» en primero de sus estudios de Periodismo, y en segundo curso una «Literatura y Medios de Comunicación». Como optativa, en tercero, «Análisis de Textos Periodísticos: el relato», y «Literatura y prensa periódica»; y en cuarto curso «Análisis de Textos Periodísticos: el artículo y el ensayo». En el doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual de la Universidad Francisco de Victoria hay una «Literatura Española» obligatoria en tercer curso y «Lengua Española» en primero. En la Universidad de Sevilla, como asignaturas de formación básica, están, en primero, «Tendencias literarias en la cultura contemporánea», y, en segundo, «Lengua Española»; como en la Universidad Rey Juan Carlos, con una «Lengua Española» en primero y, en cuarto, «Periodismo y Literatura». Es más, en la Universidad Autónoma de Barcelona, que tiene, lógicamente, una «Llengua Catalana» en primero como asignatura de formación básica, tiene en segundo curso una que se llama «Estàndard oral i escrit de la llengua espanyola», y una «Literatura catalana contemporánea». Etcétera... Aquí, sin embargo, lamentablemente, nadie ha reparado en esto y seremos notables de la estulticia. Tengo delante la Memoria del Grado de Periodismo propuesto por la UEX para su implantación en el curso 2018-2019 y en sus más de ciento cuarenta páginas no aparece ninguna vez la palabra «literatura», y «lengua» solo se usa para referirse a la lengua inglesa, que se incluye como asignatura y como competencia específica, ahí es nada, para expresar que es importante, claro, el estimar el uso de la lengua inglesa en el ámbito de los medios de comunicación y elaborar textos periodísticos en inglés. Alucinante.

martes, diciembre 12, 2017

Javier Huerta Calvo en Letras


Este jueves 14 de diciembre, en el Salón de Actos de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, a las 19:00 horas, el profesor Javier Huerta Calvo, catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid, impartirá la conferencia «El encanto del teatro primitivo», enmarcada en los actos que el Departamento de Filología Hispánica y Lingüística General de la Universidad de Extremadura ha organizado este año de la conmemoración del V Centenario de la Propalladia de Bartolomé de Torres Naharro. Javier Huerta Calvo fue también catedrático en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Ámsterdam. Es fundador y director del Instituto del Teatro de Madrid. Se especializó en teatro breve y en la literatura festiva de los Siglos de Oro, sobre los que ha publicado varios libros: Teatro breve de los siglos XVI y XVII, Antología del teatro breve del siglo XVII, El nuevo mundo de la risa, Una fiesta burlesca del siglo de oro, El teatro breve en la Edad de Oro…), además de un centenar de artículos sobre el tema en numerosas revistas. Otras publicaciones suyas son El teatro medieval y renacentista, De Poética y políticaNueva lectura del Canto personal, de Leopoldo PaneroHistoria de mil y un juanes. Onomástica y Folklore (junto con José Luis Alonso Hernández), y Teatro español (de la A a la Z). Dirigió la Historia del teatro español en dos volúmenes (Editorial Gredos), y la Historia del teatro breve en España (Editorial Iberoamericana/Vervuert). En 2015 el Centro de Estudios Astorganos y la Fundación Gerardo Diego publicaron su libro Gerardo Diego y la Escuela de Astorga. Es Premio de Periodismo Ciudad de Astorga. Es autor del libro de poemas Razones coloradas, por el que recibió en 2015 el premio de poesía Joaquín Benito de Lucas. 

domingo, diciembre 10, 2017

Mosaico (Libros)


Tengo imágenes de estas para aburrir. Suelen tomar el aspecto de torres de libros sobre mi mesa. Solo tengo dos modos de aliviarlas: leer y colocar. Leer lleva su tiempo y colocar es más fácil, pues basta con recibir un libro y ponerlo en su sitio; ¿pero quién se resiste a dejar un libro en su estantería sin haberle dedicado la atención que merece? La puede merecer por ser un regalo o por ser un capricho. Si es un encargo pagado para escribir, es otro asunto; y no suelo poner aquí nada que haya sido comprometido para otro lugar antes de que se publique en su destino. Me fijaba mucho frente a la casa de mi madre en esa gente que en la calle los sábados y domingos no hacía nada más que sentarse a hablar y tomar un café, una caña, o fumarse unos cigarrillos; y así todos los días. Pasa en todos los sitios. Hay personas que miden su existencia con las horas en un bar, con la cantidad de copas o de crucigramas, con el número de chistes y con trienios de insustancia. Hay quien no hace otra cosa en el día que pasear a los perros, comer y beber como sustento —casi nunca como placer—, interesarse por la vida de los vecinos y ver la televisión sin dejar de pulsar el mando hasta que el sueño llega. El día siguiente es igual. Y el siguiente. El desayuno, los perros, comer, ver la televisión, acostarse. Y así todos los días. Ni siquiera el aseo forma parte de su rutina. Ni el sexo. Conozco a mucha gente que, salvo cuando levanta la cabeza para beber, está cabizbaja, esto es, pasa todo el día mirando el móvil. Así un día y otro día de todos los días de su vida. No son peores que los míos, seguro. Lo que me hace ajeno a todos ellos es que los únicos papeles de sus vidas sean el periódico pringoso del bar en el que hacen el crucigrama o el tique de la cuenta que han pagado del carajillo que se han bebido. Mucho de lo que me ocurre tiene la forma de esas torres de libros que alguno imaginará, de este cuaderno en el que escribo antes de pasarlo a otro formato, o de estos papeles que yo no tengo ni idea de cuándo podré colocar en su sitio. Y, por supuesto, no me planteo que tenga alguna necesidad de escribir sobre todos y cada uno de los libros que están en las mesas de la casa en la que vivo. Leer y colocar; pero ¿escribir? Estaría bueno que uno no tuviese que hacer otra cosa que escribir sobre todo lo que lee sin perder la cabeza —por cierto, acabo de terminar de leer una edición excelente de La media noche. Visión estelar de un momento de guerra, de Valle-Inclán; y estoy deseando escribir sobre ella. Un mosaico así, como el de la imagen, es como las páginas de mi agenda, dan cuenta de mí, del encuentro con un amigo para darme su libro, del regalo que fue muestra de que un hermano se acordó de un cumpleaños, de una visita a una librería para buscar un libro y encontrar otros... Tengo imágenes de estas para aburrir. Y aburro, es verdad.

Palindromo de GHB

Orgullo y satisfacción por seguir en esto de los palindromos.
El último de Gonzalo Hidalgo:
http://bayal.blogspot.com.es/2017/12/top-spot.html

Segunda circular

Se recuerda a todos los que recibieron la primera comunicación que es importante que cada uno haga lo posible por querer a quien quiere y ser bueno con todos. Que no pasa nada si alguien falla, de verdad.

lunes, diciembre 04, 2017

Incendios


El sábado, antes de comenzar la función de Incendios en el Gran Teatro de Cáceres, se comunicó al público la sustitución de Ramón Barea por José Luis Alcobendas, en los papeles del notario Hermile Lebel, El Médico, Abdessamad y Malak, y que la función constaba de dos partes, la primera de una hora y veinticinco minutos, y la segunda, después de un descanso de quince, de una hora y treinta minutos. Ambas informaciones sonaron a advertencias, como si la compañía quisiese curarse en salud en prevención de las expectativas de un público que esperaba ver a un actor más conocido como Ramón Barea —Premio Nacional de Teatro de 2013— y, por otro lado, que no quería salir a las once de la noche, después de aguardar en la calle, con frío, desde las siete a que se abriesen las puertas del Gran Teatro. Pues ni una cosa ni la otra. Primero, porque José Luis Alcobendas es tan extraordinario actor que nos hizo olvidar a todos la ausencia de Barea desde el mismísimo principio de la obra, y nunca mejor dicho, porque es el primero por orden de aparición. También lo habría sido por orden alfabético. En cartel, ni lo uno ni lo otro, dada la presencia inconmensurable de Nuria Espert en esta lección de teatro que todos celebramos el primer sábado verdaderamente frío de diciembre. Y seco, sigue sin llover en esta tierra pobre que continúa sin trenes dignos. En segundo lugar, la otra advertencia, la del tiempo de duración de la obra, cayó por su propio peso a medida que en escena se desarrollaba la historia de los dos gemelos encomendados por su madre, mediante un albacea testamentario —José Luis Alcobendas— que es un personaje estructural básico para sostener la acción y el más útil para añadir la sal cómica a la tragedia, a buscar a su padre y a su hermano. Con solo un trazo así se atisba la presencia de la tragedia griega —Edipo, Antígona— en un texto contemporáneo, y qué genial concurrencia entre lo antiguo y lo moderno es la propuesta de un autor como Wajdi Mouawad. Mi hija Julia, ayer, me dijo que ella vio la película (Incendies, de Denis Villeneuve, 2010), que yo no conozco más que por los rasgos de una morfología muy distinta a la de un montaje teatral que podría ser considerado como una especie de manual para enseñar desde escritura dramática a dirección de actores, desde dicción —qué maravillosa serenidad de actriz la de la Espert— a escenografía y recursos técnicos. El teatro, aquí, sin duda, por encima del cine; aunque Mouawad deje en las tablas un tapiz tejido con los más ricos matices de los códigos audiovisuales del siglo XX — de la televisión a  Apocalipsis Now— , celebrado hasta la emoción por los espectadores. La anagnórisis como argumento. Y una lectura de la condición humana. Nada nuevo. «Ahora que estamos juntos, todo va mejor» son las palabras de Nawal, vicarias en las de Hermile Lebel, que dan sentido al final a la reunión de todo el elenco bajo el plástico que les protege de la lluvia o de las bombas de la vida. Es muy significativo a todo esto leer ahora lo que escribió Javier Vallejo sobre la ovación que mereció la obra en Madrid cuando él la vio, y que le pareció «la mayor y más cerrada que haya escuchado en un teatro español en los últimos años. Todo el público salió conmovido, es decir, movido por emoción idéntica». Igual que en Cáceres, con el añadido de que la del Gran Teatro el sábado fue la última función de la obra por esta compañía, y que, por eso —me dicen—, acudió el mismísimo Mario Gas, que salió al final a saludar con todos sus actores. Más aplausos.

sábado, diciembre 02, 2017

Glorias de Zafra (XVIII)


Pasan los años, me rozan otras circunstancias y vivo de manera distinta mi regreso a esta ciudad. Antes venía periódicamente, a fecha fija, para no salir más que a comprar pan y prensa, dedicado a la atención de una madre dependiente que se valió por sí misma durante más de ochenta años de su vida. Ayer, para ir de un lugar a otro no muy distante, elegí el camino más largo, el callejeo perpendicular por sitios de mi infancia y juventud: Cerrajeros —antes Cristóbal de Mesa—, Gobernador —en mis tiempos Cánovas del Castillo—, la Plaza del Corazón de María que para nosotros era la «Plaza del Parador» en la que jugábamos al fútbol sobre la tierra con una valla fija de hierro como portería y gritábamos para tapar el golpe del balón sobre los coches. Tantas horas seguidas en las calles de Zafra no me despojan de mi condición de visitante, de encontrarme con rostros lejanamente conocidos y cruzarme con otras muchas personas nunca vistas; pero hay un blasón que uno posee dignamente oculto por el que, cuando paseo por la ciudad, me siento investido de la autoridad del que nunca se fue de aquí.