domingo, septiembre 20, 2020

Maluco


Al cabo de unos meses, el viento volvió a soplar, y todo se puso en marcha, la flota y el relato. Ojalá que todo sea también una representación de lo que nos pueda ocurrir pronto, tras esta calamitosa escollera en la que nos hemos metido sin saber salir. Me refugio en el relato ficticio, y no en el real, en estos días, y debo esta diversión de leer y escribir a los directores —Rosa Mª Martínez de Codes y César Chaparro Gómez— del Curso de Verano-Otoño del Campus Yuste 2020 «Carlos V y el mar: el viaje de circunnavegación de Magallanes-Elcano y la era de las especias», que se celebrará on line entre los cercanos 21 y 25 de septiembre. Tengo que hablar sobre una estupenda novela que es todo menos novela histórica. Y por eso me divierte, pues soy poco afecto a ese subgénero en el que nunca incluiré títulos como Memorias de Adriano, La muerte de Virgilio, El bobo ilustrado o El doncel de don Enrique el Doliente. Es Maluco. La novela de los descubridores (Barcelona, Seix Barral, 1990), del escritor uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León, que ya cité aquí. Ojalá pueda poner en orden todas mis anotaciones sobre esta obra para hacer justicia a un texto que merece más reconocimiento que el Premio Casa de las Américas que logró en 1989. Y ya es. El personaje que narra la novela desde un pueblino de León al emperador ya retirado en Yuste dice que el olvido es «ese pozo oscuro y sin fondo al que arrojamos las ofensas recibidas y los errores cometidos, para seguir viviendo» (págs. 208-209), y evoca sus tiempos de niño y cómo le gustaba asomarse al brocal de un pozo y contemplar su espejo de agua. A su capitán, a quien le cuenta en esa conversación, no le gusta nada, pues detesta el agua estancada; pero a él —que me lo cuenta— le excitan esas aguas ciegas y esa hondura que parece como la mente humana. Ando en esto para escribir algo con sentido que decir el jueves, que es cuando me toca en el Curso de Verano-Otoño del Campus Yuste 2020 «Carlos V y el mar: el viaje de circunnavegación de Magallanes-Elcano y la era de las especias», que, insisto, se celebrará on line entre los cercanos 21 y 25 de septiembre.

viernes, septiembre 18, 2020

Deje una idea para mejorar la situación cultural de nuestro país

© dreamstime20
Los viernes casi siempre cierro la lectura de El Cultural con la entrevista «Esto es lo último» que el suplemento hace a alguna personalidad de la cultura. Una pregunta, salvo en algunos pocos casos, que se repite como la última de un cuestionario que inquiere sobre el libro que el personaje tiene entre manos, sobre sus hábitos de lectura o sobre qué tipo de música escucha en casa. La última proposición es «Déjenos una idea para mejorar la situación cultural de nuestro país». Hoy responde a ella el filósofo Manuel Cruz: «Poner en un pedestal a quienes se dedican a la enseñanza a todos los niveles». Después de leerla he pensando en la cantidad de veces que uno de los entrevistados en esa sección ha respondido algo similar. Como conservo apiladas decenas y decenas de ejemplares de El Cultural no me ha llevado mucho tiempo constatar la apabullante mayoría de respuestas que mencionan la educación como remedio. Pongo unos pocos ejemplos: «Absoluta prioridad a la educación» (Santiago Auserón, 15.11.2019); «Copiar el modelo educativo de los finlandeses y todas las medidas de protección a la cultura de los franceses» (Isabel Coixet, 13.12.2019); «Dar mucho mejor trato a los profesores. Hacen un trabajo muy importante» (Cristina Rosenvinge, 29.3.2019); «Invertir en educación […]» (Josep Pons, 8.5.2020); «Intentar lo imposible: negociar una ley educativa mayoritaria en la cámara e impulsarla con todo el dinero que se pudiera detraer de otras prioridades. Sería indispensable rebajar el papel de la Iglesia Católica y de los nacionalismos y provincianismos diversos. Como se ve, utopía pura» (Emilio Martínez Lázaro, 22.5.2020); «Creo que todo comienza en la defensa de una buena educación pública» (Elvira Lindo, 29.5.2020); «Sonroja por obvio: dotar de recursos a la educación» (José Luis Guerín, 13.3.2020). Y así un montón.

domingo, septiembre 13, 2020

La Ternura


Solo por tener en Cáceres, en el Festival de Teatro Clásico, la obra que recibió el Premio Max de 2019 al mejor montaje, hay que felicitarse y felicitar a Silvia Gordillo, la directora del Gran Teatro y de esta XXXI edición del Festival —la felicito más por lo del viernes —, que ha programado esta pieza que alude al Shakespeare cómico. Es un texto contemporáneo interesadamente clásico por su ambientación en el año de la Armada de Felipe II y por los reiterados guiños al dramaturgo inglés en los diálogos de sus personajes, que mencionan todas sus comedias: desde Mucho ruido y pocas nueces o Sueño de una noche de verano, hasta Como gustéis o La comedia de las equivocaciones. Y, sobre todo, una obra como La Tempestad, con la que quiere compartir casi la rotulación del título y, claro, el incidente de un naufragio y el espacio de una isla desierta. La Ternura es un inteligente texto de Alfredo Sanzol, que es también el que dirige a los actores y actrices (tres más tres), entre los que se encuentran Eva Trancón y Juan Antonio Lumbreras, que menciono por ser extremeños —de Jaraíz ella y de Cáceres él— y porque les he visto numerosas veces en escenarios de aquí y me parece admirable y siento satisfacción por comprobar cómo han crecido tan bien en sus carreras como intérpretes. (Espero que no suene paternalista, que no tengo tanta edad). Dice el director y autor del texto que esta obra se titula La Ternura «porque habla de la fuerza y de la valentía para expresar amor. La ternura es la manera en la que el amor se expresa. Sin ternura el amor no se ve. La ternura son las caricias, la escucha, los pequeños gestos, las sonrisas, los besos, la espera, el respeto, la delicadeza. Una sociedad sin ternura es una sociedad en guerra. Por eso si no eres tierno por mucho que le digas a alguien que le amas te arriesgas a que te diga: ¡Pues no se nota!». Está muy bien. Estos textos que antes uno leía en los programas de mano están muy bien, porque te traen un sentimiento muy verdadero de quien ha puesto todo su empeño en mostrarte una parte de su quehacer y de la pasión con la que lo vive. Pero me parece que, a menos que yo anoche estuviese desentendido y duro, poco de eso, de esa teoría de la ternura, salvo en el cierre y telón con la explicación del título, hay en esta divertida comedia. Y sí mucho de comicidad sobre tan socorrido asunto como la querella entre hombres y mujeres —ellas que quieren vivir sin ellos y ellos que gozan sin su presencia coinciden en la isla—, y con recursos muy bien llevados para provocar malentendidos, fingimientos y llevar todo hasta la revelación para el leñador Azulcielo de que las mujeres no son monstruos de un solo ojo y piel de sapo. Tan hilarante y compartido que si las autoridades sanitarias hubiesen irrumpido en la sala, habrían declarado la zona de alto riesgo de contagio por las risas y no por la ternura. Así todo, y más, y muy bien llevado, que es lo que provocó ayer que el público del Gran Teatro se lo pasase bien con mascarilla. Es alucinante. El público con máscara y los actores sin ella. Lo nunca visto.

sábado, septiembre 12, 2020

La tragedia de Inés de Castro

© Álvaro Serrano Sierra

«—¿Por qué la matan?», me preguntó anoche un conocido al salir de la admirable representación en la Plaza de las Veletas de Nise, la tragedia de Inés de Castro, otro montaje de la compañía Nao d’amores, que no suele faltar a la cita del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, y que llegó aquí anoche después de su estreno —creo— en La Abadía en Madrid en diciembre de 2019. La pregunta no fue la del que se ha perdido algo o no ha estado atento; y quizá estuviese motivada porque el público no avisado sobre la leyenda o historia trágica de la gallega Inés de Castro, amante del infante don Pedro de Portugal, pueda necesitar una demostración más explícita en esta versión de las injustificables e incomprensibles razones políticas y solo políticas de la muerte de esta Nise lastimosa que luego será laureada. Esas son las dos partes (Nise lastimosa y Nise laureada), que se funden en esta espléndida versión de Ana Zamora de los textos de Jerónimo Bermúdez publicados con otro nombre como Primeras tragedias españolas de Antonio de Silva en 1577. La que cuenta cómo el heredero se enamora de Inés de Castro y puede, ya viudo de su anterior esposa, casarse con la que ya tenía descendencia y cómo ve que algunos «envidiosos del reino» la asesinan. Y la que, como segunda parte, cuenta que, muerto el Rey don Alfonso, el Príncipe su hijo desentierra a su Inés y la corona como reina —Reinar después de morir, de Vélez de Guevara, que me falta por ver en la dirección de Ignacio García con la Companhia de Teatro de Almada y la Compañía Nacional de Teatro Clásico—, a quien ofrece los corazones arrancados de sus matadores. Quizá una torpe sinopsis como esta pueda justificar el ejercicio de síntesis sobre el texto de una conocida leyenda y la utilización de determinados recursos escénicos, espléndidos, como el estanque que se abre con el agua luminosa de la vida sobre la que se abate la muerte de la heroína y que tapa la tierra oscura de la muerte. Como es norma, el trabajo de la compañía de Ana Zamora —tan filológico siempre con el subrayado de una dicción que nos muestra un decir mixto de antaño—, es impecable, por la dramaturgia, por la interpretación y por ese elemento tan imprescindible ya de la música —grande la dirección musical de Alicia Lázaro—, que añade más excelencia a una creación brillante que pone el acento en la mala gestión del poder, con todas sus reminiscencias contemporáneas en términos de monarquía, por ejemplo. Recuerdo que yo conocí la leyenda de Inés de Castro por la historia de Raquel, de García de la Huerta, y toda la tradición en la que también estuvo el Lope de Vega de Las paces de los Reyes y judía de Toledo. Recuerdo la llamada de atención de Juan García Gutiérrez en un artículo de 1993 sobre la relación entre la Raquel de mi paisano y la Castro del portugués António Ferreira, precedente de las piezas de Jerónimo Bermúdez. Anoche, en las gradas con aforo limitado de la Plaza de las Veletas, sin perder hilo de una historia tan bien contada y tan plástica y sugerente en su escenificación, pensé en estas referencias que están en la base de un trabajo tan serio y tan riguroso como el que por fortuna nos viene ofreciendo una compañía como Nao d’amores, que solo por ocuparse de géneros tan insospechados en la escena contemporánea como la tragedia renacentista merece una respuesta entusiasta, aunque sea de una butaca sí y de una no. 

viernes, septiembre 11, 2020

Jota Mayúscula

© Radio 3
Cuando escucho en la radio, sin anuncio previo, varias piezas musicales del mismo autor casi siempre pienso en que algo ha ocurrido. No tiene por qué ser malo, pues a lo mejor le han dado a Bob Dylan el Premio Nobel de Literatura, como hace cuatro años. Esta vez no. En Siglo XXI, de Radio 3, volví a escuchar este mediodía la voz de Jota Mayúscula después de mucho tiempo sin seguirla, y, tras la pieza «En el cielo no hay alcohol», con Kase. O —que recomiendo—, la voz de Tomás Fernando Flores que anunciaba que Jota Mayúscula nos ha dejado esta madrugada. Y a continuación —no sé si la secuencia es exacta— un mensaje en el contestador de alguien llorando —literalmente— la muerte de Jesús Bibang González, Jota Mayúscula, el dj, rapero y productor musical, que cumplió durante el confinamiento sus 48 años. Digiero mi lamento con el recuerdo de las mañanas de muchos sábados que ocupaba la escucha del programa de Iñaki Peña, Trébede, en Radio 3, al que seguía El rimadero, cuya entrada sonora con ese efecto eco y su «¡Locooo!» tengo presente a lo largo de todo este día desde la noticia. Si la memoria no me falla, creo que seguí aquel programa desde su inicio, en 1998, con la extrañeza de quien apercibía que yo escuchaba también esa música, y, años después, con la generosidad de mi acompañante en el coche cuando empezaba la sintonía y las primeras piezas de hip-hop que me dejaba escuchar un momento. Solo no; estando solo, escuchaba como ritmo de fondo para mis tareas programas enteros de El rimadero, «uno de los programas que más han hecho por la popularización del género en nuestro país y también uno de los que más ha logrado que este siga pareciendo algo fresco, a pesar de ser ya algo absolutamente asimilado por el sistema», como ha dicho Xavi Sancho en El País. Una pena. A su memoria, a la de Jota Mayúscula —al que creo que habrían gustado—, dedico estos versos anónimos del Cancionero musical de Barbieri: «Memoria del bien pasado / da consuelo al mal presente».

miércoles, septiembre 09, 2020

Vuelta 2020


Una de las primeras cosas que hice esta mañana al llegar a la Facultad fue ir a las aulas en las que estaban mis alumnos conocidos con los que terminé el curso pasado en remoto. Tenía ganas de volver a verlos de verdad. Fue un ratito breve pero agradable, pues tenían clase. Todas y todos con mascarillas, las ventanas y puertas abiertas en todas las aulas y la necesidad, fuera, no solo de mantener la distancia de seguridad y respetar las indicaciones para moverse, sino de guardar silencio para no molestar a los de dentro. La de esta mañana ha sido una experiencia infrecuente. Recorrer el pasillo y escuchar tan cercana la voz de los compañeros que hablaban de la Historia de España y de las compañeras que aludían al Arte Moderno o a la Sintaxis. También me ha llamado la atención de esta anormalidad, cuando otros años el comienzo del curso —y más si se nos viene en un miércoles— siempre ha sido de poca afluencia, que esta mañana me dijera un profesor que había tenido casi un pleno de asistencia de los matriculados en su asignatura, como si en este año académico que hoy se ha iniciado hubiese una avidez insólita por empezar. Por cierto, empezar antes que los niños chiquininos de Primaria y antes que los chavales de Secundaria y Bachillerato, que parece que pueden tener más problemas. Y el caso es que es verdad que la educación no es una prioridad en España, que lo pone de manifiesto la gestión de esta vuelta a las aulas después de seis meses, el «caótico inicio de curso», como ha declarado Francisco García, el Secretario de Enseñanza de CC. OO. Ay, no sé. También he aprendido de los camareros de mi barrio y he desinfectado con un limpiador en spray y una bayeta la silla de mi despacho en la que se han sentado dos compañeros y una alumna. Otra experiencia nueva ha sido mi vuelta a la biblioteca, donde he tocado dos libros recibidos y provocado que, por la presunción de haberlos contaminado, tengan que estar tres días en cuarentena; y donde, tras sentarme en una silla, he tenido que voltearla y dejarla encima de la mesa. La primera vez en mi vida de lector. No me fui muy seguro de la estabilidad de la pirueta. No sé si lo hice bien. La última constatación de toda esta anomalía ha sido ahora releer en este blog la «Vuelta» del año pasado.

sábado, septiembre 05, 2020

Delibes

© Fotografía de Luis Magán

Ayer dediqué unas horas al gran Miguel Delibes, a leer sobre él en el monográfico de El Cultural «Cien por cien Delibes» por el centenario de su nacimiento. Me había encontrado por la mañana con un amigo que al verme con el suplemento, que lleva en portada un espléndido dibujo de Ricardo Martínez, me dijo que ya lo había leído y que no estaba de acuerdo con Luis María Anson en su «Primera palabra»; o sea, con que Delibes, junto a Cervantes y Pérez Galdós, es el tercero entre los más grandes novelistas de la historia literaria española. No soy muy amigo de este tipo de afirmaciones jerárquicas, pero no voy a discutir si las hacen otros lectores que saben lo que dicen y que, además, tuvieron relación afectuosa con la persona ensalzada. Delibes, para mí, es uno de los grandes; lo he leído con agrado siempre y, sin embargo, no tiene mucha presencia en mi biblioteca. También Rafael Narbona en su repaso biográfico («Miguel Delibes, una vida de fidelidades») lo equipara a Cervantes y a Galdós por su manera de fijarse en los excluidos, en los marginados. Darío Villanueva destaca en persona, pasión, paisaje, mito, estructura y lenguaje los seis caminos del autor de El hereje. Cine, teatro —el que no escribió pero al que le llevaron por sus novelas—, naturaleza, periodismo… se tratan en las páginas de este recuerdo del «escritor de la clase media», como le llama Ignacio Echevarría en un texto muy certero. Todo ese rato con Delibes me trajo el recuerdo de aquel encuentro de hace tantos años al que me referí aquí cuando murió. Hoy, aquella errata no me parece tan estrepitosa cuando se trataba de un conservador como él, de un matador de conejos y de perdices compatible con el pensamiento de un humanismo ecológico tan reparador como el que se desprende de la relectura —ahora, en 2020— de su discurso de ingreso en la Real Academia Española, cuyo exordio laudatorio culminó con estas palabras: «Vais a permitirme un inciso sentimental e íntimo. Desde la fecha de mi elección a la de ingreso en esta Academia me ha ocurrido algo importante, seguramente lo más importante que podría haberme ocurrido en la vida: la muerte de Ángeles, mi mujer, a la que un día, hace ya casi veinte años, califiqué de ‘mi equilibrio’. He necesitado perderla para advertir que ella significaba para mí mucho más que eso: ella fue también, con nuestros hijos, el eje de mi vida y el estímulo de mi obra pero, sobre todas las demás cosas, el punto de referencia de mis pensamientos y actividades. Soy, pues, consciente de que con su desaparición ha muerto la mejor mitad de mí mismo. Objetaréis, tal vez, que al faltarme el punto de referencia mi presencia aquí esta tarde no pasa de ser un acto gratuito, carente de sentido, y así sería si yo no estuviera convencido de que al leer este discurso me estoy plegando a uno de sus más fervientes deseos y, en consecuencia, que ella ahora, en algún lugar y de alguna manera, aplaude esta decisión mía. Vengo, pues, así a rendir público homenaje, precisamente en el aniversario de su nacimiento, a la memoria de la que durante cerca de treinta años fue mi inseparable compañera». Miguel Delibes Setién fue elegido el 1 de febrero de 1973 y tomó posesión el 25 de mayo de 1975 con el discurso titulado «El sentido del progreso desde mi obra», que respondió en nombre de la RAE Julián Marías. También la lectura de y sobre Delibes me ha traído a Antonio Otero Seco, al periodista extremeño de Cabeza del Buey, escritor y profesor exiliado en Rennes, a cuya muerte sus compañeros de universidad promovieron un Hommage à Antonio Otero Seco (Rennes, Centre D'Études Hispaniques. Université de Haute Bretagne, 1971) en el que publicaron textos Victoria Kent, Jean Cassou, Ramón J. Sender, Carmen Conde, Ana María Matute, Camilo José Cela, Ángel María de Lera, y, entre otros, Miguel Delibes con «La muda», un fragmento de su futura obra Los santos inocentes (1981), que, como me dijo Domingo Ródenas Moya —autor de una excelente edición de ese título en Clásicos y Modernos de Editorial Crítica—, sería una de esas «rebanadas» que Delibes fue cortando a su novela en fárfara para cumplir algún compromiso como esa propuesta de homenaje. Delibes.

miércoles, septiembre 02, 2020

Septiembre


El primero de septiembre siempre me trae algo de agosto. Realmente, solo son unas horas las que vivimos en esa distinción tan tremenda que algunos hacen entre uno y otro mes, entre la vacación y la vuelta a las labores. Ayer, en mi despacho. Echaba de menos mi despacho de la Facultad, aunque pasé por allí algunos días del mes pasado. No recuerdo en qué fase, C., una compañera querida, me decía que tenía ganas de volver a ver la puerta de mi despacho abierta, como suele estar si no recibo a alguien. Me gusta ese momento en el que un espacio tan reducido se convierte en una especie de confesonario; sea para atender una tutoría o para recibir a una colega que te cuenta una cuita. Lo que no podía imaginar es que en estos días la autoridad sanitaria recomendase que la ventana y la puerta de mi despacho permanezcan abiertas para que corra el aire. A la vuelta, me he encontrado con un vestigio reciente, de hace unos pocos meses: en una visita, una alumna me preguntó qué podría hacer alguien para publicar algo que había escrito. Fue tan enigmática como discreta, pues tuve que pedirle que me dijese por qué me preguntaba aquello. Averigüé que hablaba de alguien de su familia que había escrito algo que me dejó días después, que ya leí y de lo que no volví a saber nada más. Era un texto mal escrito, con mucho por recorrer, pero que me conmovió porque vi en sus costuras las ganas de compartir una inquietud. Seguirá en septiembre la puerta del despacho abierta o las tutorías en la calle, como ayer, en una céntrica terraza, aún de «vacaciones», disfrutando de una apacible conversación sobre la literatura y los libros, sobre las clases y el profesorado, sobre la vida y sobre el futuro. Ayer pensé en este agosto distinto que también se ha ido y cómo, por las entradas escritas aquí, suelen pasárseme por la cabeza las mismas cosas en la rueda de un existir que maldita la gana que tengo que se me trunque. Quise hablar hace unos días de mi Diccionario de citas y ya en agosto de 2011 aludí a él. Quise transcribir un fragmento de una carta de amor ficticio que proviene de un antiguo proyecto sobre el que también hablé aquí en agosto del año pasado. Y quise escribir sobre escribir cuando el otro día leí una entrevista con Antonio Garrigues Walker en la que decía que le encanta escribir teatro y que recomendaba a todo el mundo que no renuncie a pintar, «a hacer poesías… aunque lo hagan mal. Esa parte creativa de cada uno tiene mucho que ver con la felicidad», y volví a querer escribir sobre lo que ya escribí otro agosto pasado. Me repito, como agosto, como septiembre…

sábado, agosto 29, 2020

Amazon y la tortuga


Una vez transcurridos dos meses desde la solicitud de envío, a la indignación progresiva le acompañó un permanente estado de triste contrición por comprar libros ahí. Mis excusas están alojadas en una urgencia sentimental. Lo cierto es que Amazon —cuyo nombre pronuncio en vano— acaba de enviarme un mensaje en el que sienten informarme que «debido a la falta de disponibilidad, no podemos proporcionarte los siguientes productos de tu pedido. […] Hemos cancelado el/los producto(s) y te pedimos disculpas por las molestias causadas. También nos disculpamos por el tiempo que nos ha llevado llegar a esta conclusión. Hasta hace poco, esperábamos poder conseguirte este/estos producto(s) […]» En una de mis reclamaciones, y después de recibir comunicación de Amazon —en vano pronuncio el nombre— que me aclaraba que «el envío está en un tiempo de 1 a 2 meses desde la fecha de compra», dije a Paola, pues así firmaba quien me atendió, que por qué no ponían en la publicidad de la tienda más grande del mundo esa información que tan bien nos vendría a los cándidos. Que Amazon —vuelvo a tomar el nombre en vano— no pueda conseguir un «producto», como ellos lo llaman, recientemente puesto a la venta, resulta paradójico. No hace mucho, recibí en ocho días un libro inencontrable desde una librería americana de Seattle. El caso es que la historia de este malogrado regalo se resume en indignación, en contrición y, finalmente, en cierto regocijo que me permite acordarme de la paradoja de Zenón de Elea de Aquiles y la tortuga, que sirvió a Jorge Luis Borges para regalarnos su texto «La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga», de Discusión. Así que no me arrepiento de haberme precipitado por la urgencia sentimental de hacer un regalo de cumpleaños, que había que enviar a poco más de cien kilómetros desde aquí, ya que puedo demostrar que esa distancia puedo recorrerla a pie en unas veintitrés horas, que, a razón de etapas de quince o dieciséis kilómetros al día, podría culminar en una semana. La paradoja se basa en la disputa de una carrera del gran héroe Aquiles contra una tortuga. Si Aquiles concede a la tortuga una ventaja, y suponiendo que ambos comiencen a correr a una velocidad constante, a pesar de que la tortuga recorrerá una distancia mucho más corta, cada vez que Aquiles llegue a algún lugar donde ha estado la tortuga, todavía tendrá algo de distancia que recorrer antes de que pueda alcanzarla. Así conmigo y Amazon —cuyo nombre vuelvo a pronunciar en vano—, pues nunca podrá alcanzarme en mi afán de llegar hasta la meta de entregar un modesto pero gran libro en un destino deseado. Con razón —y lo escribo a poco de leer un reportaje sobre Jeff Bezos, el dueño de eso, que dicen que es el hombre más rico del mundo—, escribió Borges que la paradoja de Zenón de Elea no solo era atentatoria a la realidad del espacio, sino «a la más invulnerable y fina del tiempo».

martes, agosto 25, 2020

Marsé y el sur

En una de las provincias andaluzas en las que no estuvo Juan Marsé cuando visitó Sevilla, Cádiz y Málaga el año en que yo nací. Aquí leí este domingo el avance del libro inédito Viaje al sur (Barcelona, Lumen, 2020), que se publica esta semana, con fotografías de Albert Ripoll Guspi, sobre aquel viaje que el autor de Últimas tardes con Teresa hizo con su amigo Antonio Pérez para recorrer ese «amor perdido» de España que fue la Andalucía retratada por el escritor. Algunas líneas de ese avance son suficientes —a la espera de recibir el jueves el libro— para comprender que habría habido razones poderosas de censura para su desautorización, si los problemas económicos de la mítica editorial El Ruedo Ibérico no hubiesen cancelado su publicación. La mejor crónica que he leído de esta obra póstuma antes de su edición es la del crítico y poeta Manuel Rico, más bien la crónica de un hallazgo anunciado en su propio blog hace ahora ocho años, como él explica. Él menciona como ejemplos de una corriente de narrativa de viajes en los años sesenta Campos de Níjar, de Juan Goytisolo, Caminando por las Hurdes (1960), de Antonio Ferres y Armando López Salinas, o el viaje por Tierra de Campos de Jesús Torbado Tierra mal bautizada (1968); y yo me he acordado también, de otro modo de una crónica como la de Juan Goytisolo de España y los españoles, que también publicó Lumen ya en otro momento histórico, en 1979.

viernes, agosto 21, 2020

Superíndice

Julia me ha enviado hoy la segunda entrega de Superíndice, un podcast ideado junto a su amigo David que están subiendo a la plataforma Spotify. Lo anuncian como una conversación sobre libros y asuntos como política, feminismo, movimientos LGTBIAQ+, sociología, semiótica…, «entre amigos que no son expertos de nada. Sin pretensiones, pero con muchas ganas de compartir y alargar el disfrute de nuestras lecturas». He gozado y aprendido mucho de las dos primeras sesiones, de aproximadamente una hora de duración, en cada una de las que uno de los dos ha ejercido de portavoz-lector, por así decir, y ha compartido con el otro las impresiones sobre un libro que es la excusa para tratar sobre temas diversos y de actualidad. Por mi trabajo gustoso, suelo tener contacto renovado cada curso con muchos jóvenes que me muestran casi siempre la parte más creativa y edificante de su mundo. Y también es verdad que en alguna de las escasas veces que voy en bus al campus he escuchado hablar a estudiantes de muy diferentes carreras sin dar crédito, espantado por el modo de expresarse, por la pobreza léxica y por los asuntos de interés; pero me gana lo que veo en las personas jóvenes más cercanas. Mis hijos, por ejemplo. Me quedo como bobo cuando escucho hablar a Pedro, o a mi sobrino Juan, que son el resultado de una buena educación basada en unos valores de tolerancia y de convicción sobre el significado de la sensibilidad que a ratos estoy convencido de que no van a perderse en las generaciones venideras. David y Julia son también un ejemplo de ello. Y a los hechos de estas dos entregas de Superíndice remito. El primero de los podcasts lo dedicaron a la lectura que él hizo de un ensayo del filósofo esloveno Slavoj Žižek (1949), Pandemia. La covid-19 estremece al mundo (Traducción de Damián Alou. Barcelona, Anagrama. Nuevos Cuadernos Anagrama, 2020), y me gustó mucho, a pesar de que se les notó algo la inquietud al lanzar lo que no sabían cómo iba a funcionar. Pero lo de hoy —lo grabaron hace días— me ha parecido como la continuación de una conversación después de años de experiencia de dos lectores que se llevan muy bien y que tienen muchas afinidades. Por la naturalidad, por la frescura, por la inteligencia, por la simpatía y la racionalidad cuando abordan algún asunto espinoso (¿espinoso?) como el lenguaje inclusivo. Esta segunda entrega la ha sostenido Julia con su lectura de la norteamericana Rebecca Solnit (1961), de su libro, del que parece que no hay aún traducción al español, Whose Story Is This? Old Conflicts, New Chapters. (Chicago, Haymarket Books, 2019). En palabras de Julia, un ensayo sobre quién tiene el poder de hacer la historia, de quién es, como sugiere el título, y sobre movimientos colectivos que intentan cambiar el estado de las cosas y que ponen de manifiesto —lo apostilla David a propósito de algo referido también a Rebecca Solnit— la colisión que hay entre la sociedad civil y la autoridad institucional que no resuelve lo que la primera se afana en subvertir o reparar. He pasado tan buen rato de este agosto que por momentos he tenido la frustración de no poder intervenir en la conversación. Bueno, los tengo cerca y puede ser fácil propiciar una ocasión de intercambio. Por ahora, me conformaré con comentar a posteriori el mucho placer que he sentido escuchándolos.

lunes, agosto 17, 2020

Manuel Arroyo-Stephens

Esta mañana he leído en la prensa la noticia de la muerte del editor y escritor Manuel Arroyo-Stephens (1945-2020), y el hecho me motiva para recuperar el apunte de una entrada que debe de estar en la antesala desde hace tres o cuatro años. El que fuera fundador de las madrileñas librería y editorial Turner protagoniza una modesta historia personal nacida de mi biblioteca. Porque hay libros que son como esos aleros altos que acumulan, sin darnos cuenta, objetos, plumas, un pájaro muerto, canicas, unos palitos... Hasta que un día subimos al tejado para limpiar y encontramos allí restos de todo lo que el tiempo ha acumulado. Las ganas de subir al alero de mi biblioteca me llegaron hace años cuando leí una entrevista que Juan Cruz publicó en El País el domingo 1 de mayo de 2016 a Arroyo Stephens, autor de Contra los franceses, un libelo Sobre la nefasta influencia que la cultura francesa ha ejercido en los países que le son vecinos y especialmente en España (Madrid, Ediciones Turner, 1980). Yo había comprado en los ochenta un ejemplar de esa edición que no llevaba firma, que se publicó como un texto anónimo. No pongo en pie la necesidad que tuve de escribir a la editorial en diciembre de 1988 pidiendo algún dato más concreto sobre el extraño libelo; pero tengo la respuesta de Manuel Arroyo-Stephens en una carta mecanografiada de 26 de diciembre de ese año que, entre otras cosas, decía: «El autor del libelo es bastante perezoso, y aunque promete y promete no entrega la segunda parte, que tantos reclaman». Suponía, me decía, que tardaría un año, más o menos, en entregar la continuación —el libelo de 1980 terminaba con un «Fin de la primera parte»—; pero que en cuanto se publicase me haría llegar un ejemplar dedicado por «el supuesto autor». Me gustó averiguar de ese modo que Arroyo-Stephens era el autor de aquel libro, cuya continuación no llegó a enviarme, y que yo compré en una edición que casi nadie cita de Ediciones del Equilibrista —de los primeros años de la década de los noventa— que añadía como novedad en portada las iniciales M.A.S. y el añadido de cinco capítulos. Mi interés por el asunto volvió cuando leí un excelente artículo —como tanto de lo suyo— de René Andioc publicado en 1994 en el Hommage à Robert Jammes, en Toulouse, en el que citaba, aunque no la había visto, la edición del Equilibrista. «Justa repulsa de inicuas acusaciones» lo tituló, tomándolo de la obra de Feijoo, y fue una defensa con más enjundia y valor que aquel inicuo libelo al que más tarde el propio autor se refirió como un texto injusto o no comprendido. La historia editorial de Contra los franceses continuó luego, pues hubo una edición francesa en Éditions Exils, de 2015 (Contre les Français. De l'influence néfaste exercée par la culture française), con las iniciales M.A.S., en traducción de Philippe Thureau-Dangin, y, en 2016, ya con el nombre completo en cubierta y portada de Manuel Arroyo-Stephens, en la editorial Elba con una ilustración en la tapa de Miquel Barceló. Merece la pena detenerse algo en la reseña de la vida de este editor que Andrea Aguilar firma hoy en El País y en la necrología de la directora editorial de Alfaguara, Pilar Álvarez, que le conoció bien.

miércoles, agosto 12, 2020

Dos libros de poemas (y II)

El primer libro de García Mera, Acercanza (Madrid, Beturia, 2014) tuvo unos maestros cercanos y visibles: Santiago Castelo, Carlos Medrano y Antonio Reseco, que, en cierto modo, siguen presentes en El contorno del eco como libro de un lector que convoca en sus poemas la música del mundo. «Epílogo», poema espléndido que lo cierra, presidido por una cita de Basilio Sánchez —hay otra en el libro de Sandra Benito—, es el epítome en heptasílabos de un poemario tripartito (I. La raíz. II. La hora. III. El canto), diverso, pero equilibrado. Un poema final en el que la raíz, la hora y el canto, en ese orden, se recogen junto con el título del libro todo en el verso: «el contorno del eco». La comparación inevitable entre esta obra y aquella primera de hace seis años encumbra a esta hasta un lugar preeminente entre lo editado en poesía en los últimos años por autores de Extremadura y a Carlos García Mera como un buen ejemplo de precoz maduración en términos literarios. Hay muchos momentos en los que detenerse en El contorno del eco que es muchos ecos, pues están los recuerdos de lo vivido y lo visto, están las personas —otra vez Santiago Castelo— y lo que han dejado, y están las lecturas y la historia, y lo que dejan. Esta última parte, la de «El canto», está llena de hallazgos, de poemas memorables por sus sugerencias y su intensidad; y agrada suponer que otros lectores elegirán otros textos igualmente favorecidos por el acierto en el decir. El de Sandra Benito es un gran primer libro, y vuelvo a ponerlo al lado de su compañero de salida porque con él representa un brillante ejemplo de cómo la poesía joven ha incorporado a su equipaje lector la tradición más cercana de la poesía española escrita por autores extremeños. Ya he citado a Basilio Sánchez, evocado en las dos obras; pero están Ángel Campos Pámpano o Álvaro Valverde, además de los mencionados, en la de García Mera; y Ada Salas, en dos poemas de la de Sandra Benito. Porque en Ciudad abierta, salvo en el «Umbral» y la «Coda», que, como sus títulos indican, abren y cierran el libro, sus treinta poemas numerados (I-XXX) van encabezados por un lema poético, con la intención de ofrecer una galería de lecturas que acompaña al propio discurrir de la autora. Esto no es un rasgo autorreferencial y menos un ademán erudito; es, en mi opinión, una seña de la humildad de una escritora que empieza, y que quiere acogerse a la sombra de algunas de las principales voces que ha leído. Y que conforma una galería de treinta epígrafes con sus veintiocho nombres —también repite José Hierro— para enmarcar una ciudad trazada imaginariamente a partir de la escritura, una ciudad también vivida realmente en la que situar las experiencias tempranas de la vida, las que todavía la están construyendo, como la familia, el amor, los primeros tanteos en la transmisión de la pasión literaria en el marco de un aula o el propio descubrimiento y la luz de la creación poética que articula temas como el tiempo, el olvido e incluso la muerte pensada a los veinticinco años. Sentido del ritmo, conciencia formal en clave de verso y de poema, y un bien afirmado bastidor simbólico en la mayoría de los textos son algunos de los argumentos de Ciudad abierta como ese primer libro luminoso que es y que ojalá le abran ámbitos distintos que vuelvan a confirmar que la Editora Regional de Extremadura acertó con apuestas así.  

martes, agosto 11, 2020

Dos libros de poemas (I)

Qué apreciable es que entre los fines implícitos de una editorial pública como la Editora Regional de Extremadura esté el dar a conocer las operas primas de autoras y autores noveles. Casi desde sus comienzos a mediados de la década de los ochenta así ha sido. Por solo hablar de la poesía, poetas como José María Cumbreño, Diego Fernández Sosa, María José Rozas, Carmen Hernández Zurbano, Francisco Pacheco Lozano, Fernando de las Heras, entre otros, si no me equivoco, publicaron sus primeros libros con el sello de la ERE. Una muestra de que esto por fortuna sigue siendo así es la publicación de Ciudad abierta (Mérida, ERE, 2019), el primer libro de poemas de Sandra Benito Fernández (Plasencia, 1992), que fue brillante alumna de Filología Hispánica en Cáceres y hoy da clases en un centro de Educación Secundaria —qué ilusión. Y, casi —pues ya publicó antes un primer libro—, el de El contorno del eco (Mérida, ERE, 2019), de Carlos García Mera (Guadalajara, 1992), poeta y guitarrista yepesiano de raíces extremeñas; pero que traigo aquí juntos por su publicación al mismo tiempo el diciembre pasado y por mi lectura de ambos a la vez. No sé si ocurre con las dos obras, pero por la nota de dedicatorias y agradecimientos que va en Ciudad abierta, se deduce que en su proceso de edición han estado implicados hasta tres responsables de la Editora Regional: Eduardo Moga, el primero en dar amparo al libro, Fran Amaya y Luis Sáez Delgado, que, como dice Sandra Benito, recogieron «el testigo». Y viene al caso del encomio de esa voluntad que siempre ha demostrado la ERE de acoger la poesía joven para que se abra paso en sus comienzos. También estos dos libros de poemas nacen hermanados, junto a la antología de José María Valverde (1926-1996) La bendición de la lluvia (Mérida, ERE, 2019), en edición de Jesús Aguado, por ser los primeros con los que la editorial recupera el diseño antiguo de su colección Poesía, «obra de Julián Rodríguez y, sin duda, un clásico contemporáneo de la tipografía», como se lee en alguna información promocional de la casa. Más elementos de relación. Seguí la videopresentación del libro de Sandra Benito el 18 de junio pasado, en la que ofició de presentador Javier Pérez Walias, pero no pude estar hasta el final, y me quedé con la curiosidad de preguntar por el colofón del libro, de si era a propuesta de ella. El colofón alude al centenario del theremín, «también música y ciudad». Hace muy poco, me encontré por San Juan a Sandra y a Antonio Rivero Machina (Podría ser peor, Hiperión, 2013; Contrafacta, La Isla de Siltolá, 2015), y pregunté; pero ella me dijo que no, que debió de ser cosa de los editores. En efecto, Luis Sáez acaba de confirmarme que se les ocurrió —María José Hernández siempre ahí— que cierta modernidad de la visión de la ciudad del libro recordaba a la estética del primer tercio del siglo XX, siglo al que algunos colofones de los últimos libros de la ERE aludieron. (El de García Mera, no, que se remonta a mil veinticinco años atrás, cuando murió Ibn Hazm de Córdoba, que habla en uno de los poemas; pero el de Valverde recoge los setenta años de la publicación de su libro La espera, de 1949). Conozco bien desde muchos años el cuidado que estos editores de lo público ponen en lo que hacen; pero se agradece que te confíen, además, que lo del theremín es un «guiño millennial, que es un poco la generación de la autora y sus posibles lectores cercanos: Sheldon Cooper tiene un theremín con el que machaca a los de The Big-Bang Theory». Por cierto, y antes de seguir en otro tramo; qué sano albedrío este de escribir sin que nadie te lo pida, sin cortapisas espacio-temporales, y de ensayar una especie de boba pirueta frente a los patrones de la reseña al uso.

domingo, agosto 09, 2020

Retal

O lo que es lo mismo, tal y tal. No he contado los «retales» que he puesto aquí. Eran esto, cositas así. «No tengo talento para nada. Tan solo inquietudes, sed de conocer, y cierta voluntad de trabajo. Ni siquiera sé explicarme», leo en un cuaderno de cuando estuve con unos amigos en Cáceres e hicimos un elogio y defensa del artículo para combatir esa costumbre de decir «estoy en Rectorado» o «voy a Diputación». Fue hace cinco años. «El Perú, el Ecuador, los Estados Unidos…» se citaron en la conversación. «Y La Codosera», dijo Luis Arroyo, que, felizmente, también estaba. Un año antes, el mayo que mi hijo cumplió diecinueve, yo estaba en París en un seminario sobre la imagen de España en Europa en el tránsito del XVIII al XIX; y acabo de leer que cené épaule d’aigneau, bien rica —así, en francés. Fue en un cuaderno antiguo, que me trae muchos recuerdos y ocurrencias como aquella del «producto anterior bruto», que me gustaría registrar como propia. Otro apunte recoge lo de «abastado de bienes» de Fray Luis de León, y no precisamente materiales, que es lo que yo valoro y anhelo. Para otras apuntaciones próximas ando rebuscando en lo escrito y han surgido estas naderías. La fotografía de Dmitri Shostakóvich es por la música que escucho.

viernes, agosto 07, 2020

Homenaje a Víctor Infantes (y III)

 Ya he mencionado la sección que recoge algo tan querido por el profesor homenajeado como las curiosidades bibliográficas, que añaden al «manogito» un libro de rezos «para uso proletario» que se le escapó a Moñino, a Askins y a Infantes (ahí es nada) —en el artículo sabio y divertido de Carlos Clavería Laguarda—, unos poemas inéditos y otros dispersos de Blas de Otero — en el de Lucía Montejo Gurruchaga—, y la historia editorial de un librito licencioso decimonónico —que hace Álvaro Piquero. Cierra los tramos académicos un «Jardín de letras ilustradas», que representa la vigencia a través de siglos que Víctor Infantes personalizó en sus intereses de lo que el llorado Rafael de Cózar, que murió por sus libros, historió como «formas de ingenio literario», desde la emblemática a la poesía experimental contemporánea. Por eso, creo que no desentona una reseña de un libro objeto tan único como El peso de la ausencia, de Antonio Gómez (1951), que sitúa a Víctor Infantes a finales de la década de los setenta y en los ochenta ya ávido de poesía visual, junto a otras aportaciones como la de María del Rosario Aguilar Perdomo, que se fija en cómo un texto literario —el poema en estancias Descripción de Buenavista, de Baltasar Elisio de Medinilla (1585-1620)— recrea el espacio antiguo de ese cigarral toledano; o junto a lo que propone Ignacio García Aguilar, que comenta imágenes y notas al margen de la novela Historia del Huérfano (1621), que había llamado la atención de Rodríguez-Moñino; o, finalmente, lo que Mª Carmen Marín Pina, Ana Martínez Pereira e Inmaculada Osuna escriben sobre las ilustraciones de una obra caballeresca, sobre el programa emblemático en la Santa Casa da Misericórdia de Oporto, y sobre la poesía muda en carteles del siglo XVII, respectivamente. Fascinante, como todo lo que llamaba la atención del estudioso de las Danzas de la Muerte y del editor anónimo y clandestino de los Sonetos del amor oscuro de Lorca en 1983. Ya he mencionado la sección creativa «Ingenios» y el álbum de fotografías, pero la guinda está en la escultura recortable de José Casanova —con la colaboración caligráfica de Víctor Infantes— que va encartada al final del libro: El burladero (Escultura recortable), que el escultor, buen amigo de Víctor, creó en 1990. Un amante de los libros, cohacedor de muchos buenos, poseedor de tanto raro y exquisito, merecía un libro así que considero que es una de las ediciones más imponentes en lo que va de este año con uve de «virus», pero también y por fortuna, con la uve de Víctor.

Homenaje a Víctor Infantes (II)

 «Ya sé que manojito lleva jota, pero creo que a Víctor le habría gustado que lo escribiera a la manera áurea» (pág. 207). Así dice la primera nota del artículo de Francisco Mendoza Díaz-Maroto («Un manogito de pliegos con pedigrí») incluido en la sección de «Curiosidades bibliográficas» y que va firmado por alguien que se autodenomina «bibliofilógrafo», que designa, según el propio Mendoza, al bibliófilo que describe sus propios ejemplares. Menciono esta nota como muestra de uno de los rasgos de este volumen lleno de relieves de erudición (El arte de la memoria. Homenaje a Víctor Infantes. Ed. de Ana Martínez Pereira. Madrid, Visor Libros, 2020): su cordialidad, en toda su hondura etimológica, como recuerdo muy presente del amigo y compañero. Entre los veintitrés trabajos científicos que nutren las cinco primeras secciones —la sexta antes del álbum, «Ingenios», recoge textos, fotografías y poemas visuales de familiares y amigos— son numerosos los que contienen algún guiño cómplice, una alusión afectuosa o una anécdota significativa, y, sin duda, en la inmensa mayoría Víctor Infantes está presente como autor en la información bibliográfica, pues, como ya se ha dicho, cada una de las divisiones del conjunto representa una de las parcelas de la historia literaria y libraria por las que se interesó y en las que trabajó. «Ad lectorem» es el pórtico con el que la editora abre este volumen, con una frase que justifica el título del libro: «La memoria define a Víctor Infantes». Sigue la semblanza o recorrido bio-bibliográfico que escribe Ana Martínez Pereira en un ejercicio de difícil síntesis sobre una tan vastísima producción que «provoca vértigo» (pág. 12) y sus muchas actividades organizativas y colaborativas en el ámbito de la filología. Y entre esos paratextos cordiales que reciben al lector está una carta —«Querido Víctor»— de Luis Alberto de Cuenca, fechada el 29 de septiembre de 2018, que parece como si impregnase o contagiase de amicitia el resto de colaboraciones, por muy especializadas y concretas que sean. Que lo son. Julián Martín Abad vuelve a dar una lección sobre la tipología aplicable a los impresos antiguos, en la sección «Hacedores del libro» en la que Emilio Blanco habla sobre los manuales de confesores y Manuel José Pedraza Gracia trata la impresión de efímeros en el XVI. Con buen criterio, el primero de los trabajos científicos —sobre un egotexto del XVII de una inglesa convertida al catolicismo— es el de Nieves Baranda, en cuya primera línea aparece Víctor Infantes, proponiendo ese rasgo de humanidad al que antes me refería que recorre todo el homenaje. Que está en el introito del artículo de Giuseppe Di Stefano que edita y filia un pliego suelto; y está igualmente en la carta-artículo de Juan-Carlos Conde sobre «un texto político ignorado del siglo XVII», y también en el último trabajo de esa sección «Taller de edición», que cierra Jacobo Sanz Hermida con la edición de una versión desconocida de una mascarada de Salamanca. Está, cómo no, en las palabras y el sentir del trabajo que firma Pedro Ruiz Pérez («Otorgar la vida a las letras: memoria bibliográfica y construcción autorial en la Biblioteca de Pellicer»), uno de los seis de la parte de «Gabinetes áureos», con las contribuciones de Esther Borrego —sobre la trasmisión oral y escrita de la historia de una imagen, la de la Virgen del Tránsito de Zamora—, de José Adriano de Freitas Carvalho —«Revendo bibliotecas, catálogos e inventários: as edicões dos Exercicios divinos revelados de Nicolás Eschio em Espanha e Portugal, 1554-1787»—, de Juan Montero —que da noticia de un manuscrito autógrafo de finales del siglo XVII que son las notas de «un lector curioso» llamado Juan Antonio Rico de la Mata—, de Blanca Periñán —que transcribe y traduce un soneto italiano «Alla charta» que es un elogio del papel con el que la profesora recuerda a Infantes—, y de Juan Miguel Valero Moreno —que escribe sobre El licenciado Vidriera, y también introduce su texto con un guiño (parentético) a V.I. 

jueves, agosto 06, 2020

Vacaciones

06:15. Me despierta una conversación áspera y alcohólica de una pareja vecina. Suena de fondo alguna versión de «Stand by Me», como si saliese de una pantalla. 06:39. No puedo seguir durmiendo. Dan demasiadas voces, y no es la primera vez. Alguna mañana otro vecino sufriente me ha preguntado por lo de la noche anterior de una forma que ha hecho que me sienta como si me hubiese perdido un episodio crucial de una serie favorita. De terror. 07:05. Renuncio al aire mañanero casi ya caliente que entra desde la calle y cierro las ventanas. Es 6 de agosto. 08:30. Como no pongo el despertador y el climalit es un invento, me he quedado un rato dormido. Todo en calma ya, y el despertar de la calle con su barrendero, con sus perros y con sus furgones de reparto me dan la vida; aunque me arrepiento de no haberme calzado las zapatillas y no haber ido a caminar temprano cuando los vecinos me despertaron con ese «Stand by Me» que libera me, Domine. 10:45. Me preparo para salir. Mi mascarilla, mi sombrero, lo propio, y un libro que quiero dar a un conocido que sé que siempre espera a las puertas de la iglesia a un familiar que oye misa todos los días. 11:00. Mis primeros buenos días son tardíos. Como tantas mañanas, son para B.: «Me llevo El País». 11:10. Primera conversación, con las hermanas M., a las que he comprado unos bolígrafos. Sobre las anuladas vacaciones en Navarra y a orillas del Duero. 11:20. Al salir de la papelería veo al conocido que va a la puerta de la iglesia. Le doy el libro y quedamos en vernos la próxima semana. 11:40. Paso por el súper y en la puerta una señora le dice a su perra «Tú aquí quieta, conmigo». Y me acuerdo del «Stand by Me». 12:00. Leo Maluco (Barcelona, Seix Barral, 1990), del uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León, que cada vez me gusta más; porque no es una novela histórica sobre la expedición de Magallanes que relata un bufón que escribe al mismísimo emperador. 13:07. Paro para escribir a la Biblioteca Nacional porque hay un error en la referencia de las Obras escogidas de Bécquer que prologaron los hermanos Álvarez Quintero. No puede ser de 1868. Es otra que publicó Fernando Fe con la CIAP en 1912, que también tienen. Me sonrío porque todo está relacionado con mi conocido que espera a la puerta de la iglesia todas las mañanas. 15:17. No es lo que parece. Me lo digo cuando veo dos botellas, una de blanco y otra de tinto, al recoger la mesa. Los culines que quedaban. 18.10. Escucho a Camarón mientras cumplimento un impreso con mis datos para un encargo de septiembre. Hay que adjuntar una foto. 19:45. Llaman a la puerta. Es arriba. No han llamado desde la calle. Podría ser el único vecino que sé que sigue por aquí estos días, o cualquiera que haya subido porque esté el portón abierto. Abro, y una mujer me pregunta si está la señora de la casa. Le respondo que la señora de la casa soy yo. Sonríe, se disculpa y empieza a bajar la escalera. Le digo: «Stand by Me». «No —me dice—, está bien, está bien». Y se ha ido.

martes, agosto 04, 2020

Cómo viajar con un salmón

El sábado pasado, en su sección de «Sillón de orejas» de Babelia, Manuel Rodríguez Rivero cerraba su artículo «Ensoñaciones del paseante cabreado» con una recomendación de este libro de Umberto Eco: Cómo viajar con un salmón. Traducción del italiano de Helena Lozano. Barcelona, Lumen, 2020. Decía: «Si quieren pasárselo bien leyendo reflexiones atinadas y repletas de humor sobre las mitologías contemporáneas (en el sentido de Barthes) y los gestos cotidianos, no se pierdan la recopilación de artículos Cómo viajar con un salmón, que contiene las mejores piezas breves que el añorado Umberto Eco publicaba semanalmente en L’Espresso. Algunas como «Cómo reconocer una película porno» o «Cómo justificar una biblioteca privada» constituyen pequeñas obras maestras». Lo suscribo. Porque fue leer la recomendación y pedir el libro, que me llegó muy temprano esta mañana y que ya he leído; que para eso estoy de vacaciones, y me puedo permitir hacer un receso en la lectura de una novela histórica sobre la que tengo que escribir, en la de un ensayo biográfico sobre Moratín, o en la de un artículo de un reciente alumno que espera mi respuesta. Puedo permitirme volver a quedarme en el año 1876 de la vida de Galdós (Yolanda Arencibia), cuando apareció Doña Perfecta por entregas en la Revista de España, y prolongar el saboreo de un par de libros de poemas de quienes no han cumplido aún los treinta. Ítem más; no he podido dejar de leer bien en la prensa la noticia del día a toda plana: «Juan Carlos I abandona España». Qué inmenso vórtice de tristeza, preocupación, indignación y de regocijo histórico por esas tradiciones —que diría mi hermano JM— de la realeza española. No he podido evitar buscar entre los cuarenta y cinco textos del libro de Eco uno que se acomode a la situación. Sólo algunos de los títulos —no los textos— podrían acercarse; por ejemplo, «Cómo elegir un trabajo rentable», o «Cómo salir en los medios aunque no seamos nadie». El primero, como también «Cómo hablar de los animales» o «Cómo no usar el fax», se había publicado en España en la edición de Segundo diario mínimo (Barcelona, Lumen, 1994) de Umberto Eco. Todos, o casi todos, provienen de los artículos escritos por el piamontés en la sección «La Bustina di Minerva» en la revista L’Espresso. De la compra de un salmón en Estocolmo hasta la factura de un hotel en Londres, estas breves crónicas de lo cotidiano y de la trascendente irrelevancia, me han recordado un video que ahora no sé si recibí durante el confinamiento en el que la cámara seguía al autor de El nombre de la rosa por la biblioteca de su casa durante casi minuto y medio. Fascinante, porque cuenta Eco en su justificación de su biblioteca privada algo que resulta incontestable: que hay quienes conciben las estanterías como depósitos de libros leídos y quienes concebimos nuestra biblioteca como instrumento de trabajo. Por eso Eco reflexiona en un capítulo brillante sobre esa pregunta de ese propio que se sorprende cuando llega a tu casa y dice: «¡Cuántos libros! ¿Los ha leído todos?» (pág. 148). Tenía razón Rodríguez Rivero, porque me lo he pasado pipa leyendo este libro, que tiene piezas maestras. Por cierto, no sé si será el calor o la medicación, pero lo he leído entero con acento argentino.

lunes, agosto 03, 2020

Sin ellas no hay nosotras

La buena noticia de que un ejemplar de este libro que envié como regalo ha llegado a su destino me mueve a publicar esta nota ya prevista sobre esta estupenda nueva propuesta de la editorial La Moderna. Es otro de los libros afectados por la pandemia; como tantos y como todo. Tengo un mensaje telefónico de David Matías (La Moderna) en el que anunciaba a finales de 2019 el comienzo de la cuenta atrás para que saliese a la calle un proyecto para el que habían pedido apoyo a muchas personas por el procedimiento tan de siempre, que a mí me gusta tanto, de la suscripción popular, y que ahora tiene un nombre en inglés mucho menos humilde y más codicioso. El libro muestra como fecha de edición la de abril de 2020 y de finales de mayo es otro mensaje para anunciarme el envío, en el que llegó también un sorprendente Los cementerios vacíos, de Alberto Torres Blandina (Galisteo, La Moderna, 2019), que recogí en la Facultad por aquellos días. Sin ellas no hay nosotras. Mujeres españolas que han hecho historia (Galisteo, La Moderna, 2020), de Marta Fornes, es un libro muy especial. Primero, por necesario. Y decir esto es lamentable. Porque si todavía hay que visibilizar a las mujeres que han hecho y hacen historia es porque habrá otros que no quieren verlo. También es especial por la cantidad de historias a las que Marta Fornes invita, con breves y atractivas semblanzas, a indagar y a conocer. Y especial también porque este libro es todo un manifiesto de que nosotras y nosotros no somos sin ellas. Sin Concepción Arenal (1820-1893), visitadora de cárceles, escritora y pionera del feminismo español, ilustrada en el libro por Tres Voltes Rebel; sin Clara Campoamor (1888-1972), abogada, política y defensora de los derechos de la mujer, a la que dibuja Ester García; sin la actriz Margarita Xirgu (1888-1969), ilustrada por Belén Segarra; sin la leonesa Ángela Ruiz Robles (1895-1975), una maestra, el oficio más noble, que inventó algo tan visionario como la Enciclopedia mecánica, y que retrata María Polán; sin María Moliner (1900-1983), lexicógrafa, santa laica para este estudiante de filología que empezó en los ochenta, ilustrada por Sara Paint; sin la pintora Maruja Mallo (1902-1995), que ilustra Gala Fiz; sin María Zambrano (1904-1991), ilustrada por Virginia Rivas, y de la que Marta Fornes recuerda su epitafio en el cementerio de Málaga: «Surge, amica mea, et veni», del Cantar de Cantares; sin la escritora Luisa Carnés (1905-1964), a quien hay que leer, y a quien ilustra María Solana; sin Federica Montseny (1905-1994), sindicalista anarquista, Ministra de Sanidad y Asistencia Social, que dibuja María Solana; sin la periodista Josefina Carabias (1908-1980), ilustrada por Loidi Beltrán; sin ese «modelo de mujer del futuro» que así se presenta en este libro a Hildegart Rodríguez Carballeira (1914-1933), ilustrada por Silvia Bezos, y sin su madre, Aurora Rodríguez, la creadora de una estatua que ella misma destruyó; sin Gloria Fuertes (1917-1988), poeta de guardia, por Tres Voltes Rebel; sin Joana Biarnés, fotoperiodista silenciada durante mucho, nacida en 1935 y muerta hace solo año y medio, en diciembre de 2018, y a quien yo conocía por haber sido abucheada en un estadio de fútbol. La dibuja Laura Ávila. Tampoco somos sin Josefina Castellví (1935), oceanógrafa, a quien ilustra Ester García; sin Purita Campos (1937-2019), ilustradora de cómic —la primera en la editorial Bruguera—, que me ha recordado a mi hija Julia y que está dibujada por Laura Vivancos; sin la asturiana Margarita Salas (1938-2019), otra pérdida reciente, académica de la RAE, bioquímica, ilustrada por María Polán; sin Pilar Miró, directora de cine (1940-1997), que ilustra Virgina Rivas; sin Ana María Prieto (1942-2018), la primera mujer programadora informática de España, dibujada por Laura Ávila; sin Rocío Jurado (1946-2006), la cantante, a quien me sorprende ver aquí, pero también me alegra ver retratada por Silvia Bezos y, sobre todo, recordada por su arte y sus respuestas; sin la pilota de avión Bettina Kadner (1946), con su ilustradora Ana Solana; sin la cocinera Carme Ruscalleda (1952), dibujada por Ana Oncina; con Maite Ruiz de Austri (1959), directora de cine de animación, que ilustra con originalidad Ana Solana; sin Gema Hassen-Bey (1967), esgrimista paralímpica que demuestra hasta dónde puede llegar a moverte una silla de ruedas y que «no hay discapacidades sino capacidades diferentes», dibujada por Mya Pagán; sin Balba Camino (1971), pilota de automovilismo, que ilustra Mayte Alvarado, que también lo hace con Tamara Rojo (1974), la bailarina, sin la que tampoco seríamos. En fin, sin Guru, María José Jiménez Cortiñas (1976), trabajadora social y presidenta de la Asociación de Gitanas Feministas por la Diversidad, que retrata Mya Pagán en este libro extraordinario; sin Myriam Barros Grosso (1978), una uruguaya de Montevideo que es camarera de piso y activista, a la que dibuja Gala Fiz con la camiseta de la asociación «Las Kellys», que es toda una historia —que cuenta en parte Marta Fornes—; sin la creativa de publicidad Eva Santos (1980), que ilustra Ana Oncina; sin la conocida —más, sin duda, que María Moliner— Mireia Belmonte (1990), la nadadora olímpica, que cierra con la rapera, poeta y politóloga Gata Cattana (1991-2017). A cada una, respectivamente, las dibujan Laura Vivancos y Loidi Beltrán. Pero a Gata Cattana, que se llamaba Ana Isabel García Llorente, Marta Fornes ha querido reservarle un espacio final que es un homenaje en un libro de mujeres que han hecho historia, como para recordarnos que ella, que esa joven rapera, hizo la suya con veinticinco años, antes de morir de un «shock anafiláctico severo». Muestro la cubierta del libro, con siete de las treinta mujeres en una ilustración de la menos citada de todas las ilustradoras: María Paredes Espinosa.

domingo, agosto 02, 2020

Homenaje a Víctor Infantes (I)

Escribe Ana Martínez Pereira en la última sección dedicada a reseñas, homenajes y recuerdos de la espléndida Bibliografía completa de Víctor Infantes (Madrid, Visor Libros, 2020, 122 págs.) que en Pura Tura han aparecido cerca de treinta entradas sobre libros de V.I., y me ha hecho el honor de reproducir una del 30 de septiembre de 2011 sobre Aurea Bibliographica. Es esta. La Bibliografía completa de Víctor Infantes es la deliciosa guarnición del plato principal de un tributo que lleva por título El arte de la memoria. Homenaje a Víctor Infantes. Ed. de Ana Martínez Pereira (Madrid, Visor Libros, 2020, 434 págs.), que ha sido uno de los libros afectados por la peste de la Covid-19. El colofón de la Bibliografía lleva la fecha del 12 de marzo de 2020, y el del homenaje la del 21 de marzo. Yo suelo decir que los colofones siempre mienten, cuando, por ejemplo, quieren reflejar una fecha señalada, como el aniversario de la proclamación de la Segunda República o la onomástica del autor del que se trate; y se sabe que, lógicamente, las imprentas no pueden ajustar el acabado final a la data simbólica. Tenía que ser en el libro de un amante, de un curioso y de un sabio de los libros que esto fuese otra curiosidad. Por eso creo que estos colofones añaden más significado a esta obra, empeño personal de Ana Martínez Pereira y resultado colectivo de una treintena de personas, entre colegas, amigos y familiares. El 5 de marzo, esta filóloga, profesora de la Complutense, enviaba la tarjeta de invitación a la presentación de El arte de la memoria, que iba a celebrarse el 26 de marzo en la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla de la calle Noviciado de Madrid. Cinco días después, Ana escribía que, por razones obvias, tenía que posponerse el acto, al menos, al 22 de mayo; pero lo único que ella pudo confirmar fue que la edición había quedado confinada con «cuerpo y existencia física palpable, visible», y que ya había recibido algunos ejemplares y que nos haría llegar pronto el nuestro. Lo hizo a finales de mayo. Mi ejemplar llegó la tarde del jueves 28 de mayo, ya que Ana Martínez Pereira tuvo a bien incluirme entre los colaboradores invitados a participar en el libro. Sin ser amigos de largo, Víctor Infantes siempre me mostró una comprensión y una confianza extraordinarias; sin haber sido mi maestro académico, me enseñó lo que no está escrito; e incluso compartimos tareas conjuntas y alguna que otra publicación. Un privilegio. Con un perfil intelectual y académico tan interesante y diverso, el homenaje impreso debía recorrer las más frecuentadas de las muchas áreas a las que V.I. se asomó como investigador y como lector, y por eso este volumen se articula tan ricamente en seis apartados: «Taller de edición», «Gabinetes áureos», «Curiosidades bibliográficas», «Hacedores del libro», «Jardín de letras ilustradas» e «Ingenios», cuya rotulación evidencia los contenidos sobre literatura medieval y del Siglo de Oro, edición y crítica textual, bibliografía, imprenta e historia del libro, relaciones entre texto e imagen y literatura de creación, que ocupan el grueso de este libro bellamente editado y que me permitirán extenderme en otras entregas de esta reseña.

sábado, agosto 01, 2020

En el Helga de Alvear

Este jueves treinta, del ya liquidado julio, una treintena de Amigos del Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear participamos en una visita guiada privada al nuevo edificio de lo que pronto se llamará Museo de Arte Contemporáneo Helga de Alvear de Cáceres. Desde las siete de la tarde hasta las nueve; y extraordinariamente bien guiados por María Jesús Ávila, coordinadora del Centro, y por Miguel Madera, arquitecto y coordinador técnico para la Fundación del nuevo proyecto del edificio ideado por Emilio Tuñón y que el Colegio Oficial de Arquitectos de Extremadura ha propuesto como candidatura al Premio «Mies van der Rohe» de 2021. Nos lo enseñaron como el que muestra satisfecho su casa, incluyendo el relato de todas las dificultades y problemas que han tenido que superarse en los cuatro años y pico que han durado las obras, con la explicación del uso y del significado de cada espacio, algunos de los cuales, como las grandes salas, nos presentaron el jueves una vista única que cambiará una vez que esos espacios sean panelados para mostrar la colección. Me acordé de Julián Rodríguez y de Antonio Franco. El primero habría vivido todo como una especie de recuperación culminante de una geografía urbana sentimental. Puerta de Mérida, Fuente Nueva, Gallegos o Pizarro son calles llenas de sus vivencias y aventuras, desde aquel mítico café-bar «La Torre de Babel» —que ha quedado dentro de su querido Centro—, pasando por «La Galería Nacional de Praga», su restaurante «Gabriel Bocángel», o, más reciente, su galería «Casa sin fin». Antonio habría disfrutado con sana envidia la posibilidad de integración en una zona urbana de Cáceres nada agraciada —como pasó, pero a medias, con el MEIAC en Badajoz hace años—, de un espacio tan impresionante como el que sin duda va a trasformar un entorno para mí tan cercano. No más de doscientos pasos dista el umbral de mi casa del Museo, y será fascinante entrar en él y sentirse en otro sitio, casi en otra ciudad, en una dimensión cultural distinta. O, simplemente, cruzarlo para que ir al otro lado a hacer un recado sea el gesto reivindicativo de un espacio propio.


viernes, julio 31, 2020

Viricida

© Paco Elvira

Hay un bar cerca de casa que tiene una alfombra viricida a la entrada. La información no es relevante; pero me apetecía colar el término en un texto, aunque no venga a cuento. Lo leí ayer en la crónica de Jesús Ruiz Mantilla en El País sobre el bis de la soprano Lisette Oropesa en La Traviata en el Teatro Real, entre las medidas preventivas que se han tomado para que los artistas, el público y los trabajadores estén protegidos. Quise publicar la entrada ayer mismo; pero no sé qué rara sinrazón lo impidió, pues a partir de la palabra viricida, así, en cursiva, el texto todo desaparecía y no logré editarlo tras muchos intentos. Ayer también jugué al tenis con C., por la mañana, más temprano de lo habitual —hacía, y hace, mucho calor—, y, por cierto, hay una alfombra viricida en el acceso al pabellón universitario que ahora tenemos que cruzar para llegar a las pistas. Así que sí viene tanto a cuento como la noticia en el periódico de que «La juez argentina Servini cita en septiembre al exministro del Interior Martín Villa», que firmó ayer Enric González desde Buenos Aires. Me acordé de que en la Semana Santa de hace cinco años, cenamos C. y yo en «El Rincón de Antonio», en Zamora, y vimos pasar a otro salón interior a Rodolfo Martín Villa y a quien supusimos que era su señora. Los dos pensamos en lo mismo: en lo mayor que estaba. Natural para quienes teníamos la imagen de un político franquista con lamentable notoriedad en los años de la transición democrática. Yo recuerdo clavar la imitación de la caricatura que Forges solía publicar de él en muchas de sus viñetas en Cambio 16. A Martín Villa le vienen acusando de una docena de delitos de homicidio agravado, cuando él era Ministro del Interior. Yo pensé en este señor mayor de 85 años que decía Enric González que dijo estar dispuesto a declarar y que ya había comprado un billete para viajar a Argentina. También pensé en todos aquellos que fueron víctimas de las decisiones tomadas y las órdenes dadas por quien tuvo tanto poder represivo. Ayer, lo que se me ocurrió fue pensar en que el siempre listo Enric González, después de explicar bien todo un proceso de diez años en torno al presunto delincuente, con todo el gasto de recursos humanos y económicos, remató su crónica en el penúltimo párrafo con el descojone viricida: la juez María Romilda Servini tiene 83 años. Quién los pillara.

jueves, julio 30, 2020

Último jueves de julio

No puedo publicar mis entradas en el blog. Solo me deja publicar las primeras palabras de la primera línea. No sé qué ocurre, la verdad. Hago esta prueba por si acaso alguien puede decirme qué puede ocurrir. He probado a quitar las cursivas y me deja publicar. Pero si pongo cursivas, el texto desaparece de la entrada del blog.

No sé.

miércoles, julio 29, 2020

Salud, Gonzalo (0.2)

Ayer subí a Plasencia. (¡Cuán gritaban esos malditos —anoche, al final del día— en la terraza de San Juan! Nadie debería hablar a gritos ni carcajearse en la cara del otro, y menos en este tiempo de precaución y rebrotes. Ni a esas horas). Al salir con el coche desde el garaje, la primera matrícula en la que me fijé —de las innúmeras que a lo largo del día ocupan mi atención— llevaba las letras HGB. Aunque no en el orden de su coincidencia exacta, su relación con las iniciales de Gonzalo Hidalgo Bayal, con quien me había citado en su casa, me pareció un buen augurio. El que anunció un día espléndido, a pesar del calor —siempre soportable cuando uno tiene otras cosas en las que pensar—, que me devolvió a Cáceres con la grata experiencia de un encuentro de varias horas de conversación con el autor de Conversación (2011), el volumen con cinco historias que encabeza una cita del Tesoro de Covarrubias, de sus definiciones de conversar, entre las que está «Conversación, la comunicación y plática entre amigos». Creo que así fue, aunque yo solo preguntaba y Gonzalo hablaba y hablaba, indeciso en alguna fecha e inquieto por no confirmar un dato o referencia que, luego, gracias a algún libro de su biblioteca, compartió conmigo, sentado frente a él y con las manos en el teclado de mi portátil, a debida distancia y con mascarilla antes de comer, y sin mascarilla después de comer. (Inseguridades de la precaución y los rebrotes. En realidad, habíamos comido María José, él y yo en una mesa de Casa Juan sin mascarillas, y luego, vueltos a casa, yo seguí alimentándome sin mascarilla de lo que decía GHB). Después de anotar un montón de datos que no conocía de la vida de Gonzalo —y nos conocemos desde hace mucho—, cada vez me preocupa menos saber si en sus novelas hay un hecho biográfico o no lo hay; pues lo que vale es la pura ficción y el afán narrativo, que yo ahora intento remedar. La verdad es que lo que más me interesa como lector es cómo envaina o blanquea un novelista la experiencia vivida en el hueco o en el líquido, según sea, de su escritura libérrima y suprema. (¡Cómo siguieron gritando esos malditos anoche cuando todavía no había terminado de escribir esta entrada. Parecía mentira. Lo nunca visto. Como una verbena. Y ayer fue martes, día de diario, como hoy). Tantas horas con Gonzalo es tan octosílabo como los de una de esas brillantes espinelas que se sabe de memoria y que compartió conmigo. Tengo que escribir sobre esto. También me salen ocho sílabas métricas.