domingo, mayo 24, 2020

Poeta en Nueva York

Hace unos años, en abril de 2016, escuché a Dionisio Cañas decir en el aula 31 de mi Facultad que «el libro español de poesía que más ha influido en las literaturas del mundo entero ha sido Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, un libro que muchos críticos no entienden y que a la mayoría de los lectores les parece de difícil lectura». Lo entrecomillo porque Dionisio me dio el texto de aquella charla, que conservo. Resulta admirable que el libro de poesía más influyente de la literatura española sea uno de esos que no se «entienden». Dos cursos después de aquel de la conferencia de Dionisio Cañas expliqué por última vez el libro de Lorca en clase. Me lo pasé bien en aquella promoción de Paqui, Silvia, Inés, Sara, Marina y Marina, José Manuel, Lara, Estrella, Elisa, Ana y Carlos, Andrea, Wafae, Araceli, Sofía… No sé si se me olvida alguien de aquella convocatoria de entrevistas sobre las lecturas que ahora echo de menos. Me acordé ayer de aquello al escuchar en Radio 3 el programa de Isabel Ruiz Lara, Tres en la carretera, dedicado al octogésimo aniversario de la publicación de aquel libro póstumo de Federico García Lorca, que se cumple hoy domingo, 24 de mayo. Escuché a Ben Clark —que leyó con ímpetu «Grito hacia Roma»—, a Rosa Berbel, Fernando Valverde, Raquel Lanseros, Olalla Castro —«Mirad el mascarón»—, Pedro Larrea —«Ciudad sin sueño»— y a Antonio Praena —que también leyó a su modo «Grito hacia Roma», con el recuerdo de sus maestros. Reparador. Casi al mismo tiempo aparecieron las dos «primeras ediciones» de Poeta en Nueva York, con una separación de tres semanas: la edición bilingüe de William Warder Norton, The Poet in New York and other poems (Nueva York, 1940), en traducción de Rolfe Humphries, el traductor del Romancero gitano. Esa fue la que apareció el 24 de mayo. La otra, la de México, el 15 de junio, en Editorial Séneca, Bergamín mediante. Qué maravilla. No duerme nadie por el mundo, ni por el cielo.

viernes, mayo 22, 2020

Noticias frescas

Ayer bajé por primera vez al campus desde el 13 de marzo, que fue viernes. No es la primera vez que reparo en el tiempo que ha pasado. Más de dos meses. Se dice pronto. Al llegar a mi despacho, me dio la sensación de que alguien lo había desinfectado. Y ha debido de ser cierto, pues aquello tenía todo el aspecto de haber sido removido y toda la apariencia de un orden ajeno. No habrá sido más que la aplicación del protocolo de limpieza que se mencionaba en el «Procedimiento de retorno a la actividad presencial en la Universidad de Extremadura tras el confinamiento decretado por alerta sanitaria por COVID-19», elaborado por mi querida compañera Avelina Rubio, que me hace pensar en que estamos en buenas manos. No como las mías, pues al volver en el coche, con el botín de unos libros que tendría en la Facultad desde no sé cuánto tiempo (Porque olvido. Diario 2005-2019, de Álvaro Valverde, y la edición crítica de Felice Gambin de la Política Angélica, de Antonio Enríquez Gómez), en un descuido, dejé una botella de agua mal cerrada en el asiento vacío del copiloto —¿por qué se dirá esto si tenemos que especificar que no pilota y que es solo acompañante? Cuando me di cuenta, parado en un semáforo, que es cuando siempre tomo cabal conciencia de lo que ocurre mientras me desplazo en coche por la ciudad, el periódico estaba empapado y gracias a ello no se mojaron ni el asiento ni los libros que llevaba. Todo lo absorbió El País que al llegar a casa puse al sol en el diminuto tendedero que tengo en la única ventana antigua y practicable que da al patio. Una vez soleado y seco, el aspecto del periódico era tan deplorable como las noticias de su interior. «PSOE y Podemos pactan con EH Bildu derogar ‘de forma íntegra’ la reforma laboral». «Casado recupera a ETA en su discurso contra el Ejecutivo y defiende las protestas. Santiago Abascal imputa a Sánchez ‘responsabilidad criminal’». «Bolsonaro autoriza dar a enfermos de covid-19 un fármaco sin aval científico». Menos mal que los acontecimientos del día, por orden cronológico, fueron que pude recuperar mi certificado digital y normalizar, gracias a mi compañero Jesús Ureña —ubicuo espíritu benefactor muy real—, el portafirmas que me permitirá cumplimentar desde casa las actas de los exámenes; esta casa en la que ayer —segundo gran acontecimiento— comí por primera vez con Pedro, aunque cada uno en un extremo de la mesa. Ganas de abrazar no faltan.

miércoles, mayo 20, 2020

Poesía y dinero

En mi biblioteca faltan obras fundamentales. Por las razones que sean; y nunca por voluntad. A veces por ignorancia. No sé: Ana Karenina —no la encuentro—, una buena edición de Petrarca, una digna colección estuchada de En busca del tiempo perdido, de Proust, o un estudio filológico esencial —un ensayo, pongamos por caso aquella Aproximació al Tirant lo Blanc, de Martín de Riquer, de 1990 en los Quaderns Crema, creo. La lista sería inabarcable. Son obras que he requerido de otras bibliotecas, públicas casi siempre. Sin embargo, entran con frecuencia fruslerías editoriales que mis amigos y allegados me critican. «—¿Qué haces leyendo eso?» —me dicen algunos cuando ven en mi casa el último libro de un poeta que acaba de presentarlo en un bar de Cáceres. (Como si los bares no fuesen tan dignos lugares como el paraninfo de mi Facultad o el Círculo de Bellas Artes de Madrid, y los poetas locales no mereciesen un poco de atención). Se me ocurre esto delante de la antología A mi trabajo acudo, con mi dinero pago. Poesía y dinero. Antología poética desde el Arcipreste de Hita hasta la actualidad. Ed. de José Carlos Rosales. Madrid, Vaso Roto Ediciones, 2019, que está en casa desde diciembre. Las casi cien páginas que ha escrito el poeta José Carlos Rosales («Poesía y dinero: ¿las dos caras de una misma moneda?») puede que sean lo más interesante de esta edición que recoge un montón de textos de un montón de autores desde el Arcipreste de Hita hasta Begoña Ugalde Pascual, una poeta chilena nacida en 1984 cuyo poema «Pájaros que soportan el invierno» comienza con un verso que dice que «Mi padre trabajó en un banco hasta jubilarse», que debe de ser la patente que le ha dado derecho a figurar en esta antología, a pesar de que tiene muchos más méritos para estar en otra sobre pájaros, ya que en su texto se posan chincoles, tórtolas y zorzales. No sé. Yo creo que esto es un ensayo libre y personal sobre literatura con la excusa de poner el foco en el tratamiento poético del dinero al que se le han sumado ciento ochenta páginas de poemas cuyo interés no está, sin duda, en que aludan al dinero. Dos ejemplos solo, «La moneda de hierro», del libro homónimo de Jorge Luis Borges, y «Alto jornal», de Claudio Rodríguez (de Conjuros). Ay, no sé. A mí me da que con esta antología me han timado. Perdón, me he timado yo, que la he buscado y comprado. Y eso que a mí este tipo de florilegios temáticos no me dicen nada. Que digo yo que por qué está aquí «Aceituneros» de Miguel Hernández —¿porque se menciona la palabra «dinero» en el sexto octosílabo?— y por qué uno de los autores con más poemas —cuatro, como Fonollosa, Claudio Rodríguez y Manuel Vilas— es José María Cumbreño, del que se seleccionan versos muy poco pertinentes. De verdad, si hace unos años me hubiesen dicho que estos cuatro poetas merecerían estar en una antología así de dineraria, lo habría dudado. Como propuesta editorial, vale; pero para publicar un ensayo libérrimo —en nota al pie 116 (pág. 78) aparece el Papa Francisco— sobre poesía y dinero no sé si era necesario enmascararlo en un recuento de poemas del siglo XX y los primeros del XXI, pues tan solo once textos de los ciento y pico son anteriores. El último día de febrero, el poeta y crítico Luis Bagué Quílez publicó una reseña de este libro que viajó conmigo a Don Benito y sobre la que tengo una opinión distante solo por su final: «Ya saben que el tiempo es oro. Les garantizo que no lo gastarán en balde, si deciden invertir 23 euros en este libro». Yo los invertí. Veintitrés, sí. En balde. 

lunes, mayo 18, 2020

Diario de estos días (y LXIV)

«No recuerdo cual fue mi primer libro, pero sí los veinte primeros» (Luis R. Lama)

Viernes, 15. Sábado, 16. Domingo, 17. Lunes, 18. Fase 1. Antes de retomar la página de un trabajo que dejé sin terminar la noche del jueves, quiero escribir esto hoy. Como cierre de una fase personal sin nada que ver con las fases de esta desescalada que no me imaginaba que iba a afectar así a la escritura de este diario, que doy por concluido. Ya vendrán —o no— otras anotaciones sin el pie forzado del día. El viernes por la mañana recibí la noticia del estado crítico de mi hermano L., el mayor de los cuatro, ingresado en el hospital de Zafra desde hacía más de dos semanas después de aquella primera crisis que dejó su rastro en este relato de un confinamiento. Llamé a la Comandancia de la Guardia Civil para informarme sobre el requisito para poder salir de la provincia de Cáceres y visitar a mi hermano; y poco después, mi hermano J. me enviaba al teléfono una fotografía de un documento de la administración del hospital en que se hacía constar el ingreso y mi necesidad de acudir. En más de dos meses, era la primera vez que iba a viajar y que iba a estar en contacto con otro entorno que no fuese el de los pocos clientes de un supermercado y unos cuantos paseantes a horas menos transitadas. […] Tengo escritas bastantes líneas más sobre lo que ha ocurrido desde el viernes hasta ahora, casi todas hablando de mí mismo; razón de más para descartarlas e indicar todo con esa señal de omisión. Solo diré que el sábado fue el cumpleaños (25) de mi hijo, y no quiero cerrar estas páginas sin mencionarlo, como un hecho más, acaecido en este período tan extraño. Y tampoco sin dejar recuerdo aquí de la muerte de mi hermano L., el mayor de los cuatro, a las 3.30 de la madrugada de ayer domingo 17, que es límite de una escritura que a él tanto le apasionaba desde joven. La imagen de arriba es la dedicatoria que me escribió en mi ejemplar de La tentación de escribir (2000), una suerte de autoedición limitadísima a media docena de ejemplares de sus escritos —inéditos en su mayoría— de 1964, con dieciocho años, más unos pocos de aquel presente al límite del nuevo milenio. En ese texto, siempre se refiere a sí mismo en las anotaciones posteriores como «la criatura»; o el «imberbe», cuando evocó sus primeras adquisiciones en la Librería Guerra, en la que veía siempre en las baldas más altas de las estanterías los mismos libros y por lo que propuso al dependiente —Jesús, de apodo «Muela»— comprar toda la fila, casi a peseta el ejemplar, escribió mi hermano, que añadió: «Se fueron pagando poco a poco, sacrificando las pipas y altramuces de la señora Rita» (pág. 211). En esa biblioteca que comenzó a formarse por entonces, mi hermano J. y yo tomamos las principales referencias de lo que hoy somos. Nada del otro mundo; pero todo de este. De este que J. dejó escrito en su blog hace años. Entre aquellos veinte primeros libros a los que alude el epígrafe que encabeza esta triste entrada, están el Quijote y las Novelas ejemplares, Os Lusiadas, las Memorias de un médico de Alejandro Dumas, el Fausto de Goethe, dos tomos de la novela de Enrique Pérez Escrich Los ángeles de la tierra, o el primero de De la oración y meditación, de Fray Luis de Granada. Qué horas tan tajantes desde que dejé la página de la noche del jueves, y qué cantidad de circunstancias y sensaciones en una crisis como la que estamos viviendo tan propicias para ser contadas en un diario como este. Da igual. Cierro aquí estas líneas. Sin más detalles.


jueves, mayo 14, 2020

Diario de estos días (LXIII)

«Es por ello» (Gobierno de España)

Jueves, 14. Fase 1. Esta mañana he conocido la comunicación del Rector sobre el acuerdo del Consejo de Gobierno de la UEX del recién pasado martes 12 por el que se aprueba que los exámenes de las convocatorias de junio y de julio de este año tendrán carácter no presencial. Era previsible. Es la última comunicación que he archivado desde que el segundo día de encierro decidí abrir una carpeta en mi ordenador para guardar todos los documentos oficiales relativos a esta crisis. Una especie de Biblioteca de Resoluciones y Decretos de la Pandemia. La clásica acepción de biblioteca como obra bibliográfica aún se mantiene; pero ha perdido mucho, ha bajado —en términos lexicográficos— frente al significado común. El significado de una palabra va descendiendo peldaños o líneas en el diccionario hasta que, supongo, desaparece. La recupero en esta relación incompleta —no quiero cansar— que comencé al principio de todo esto para recoger lo que en ese momento me pareció que podría ser histórico cuando pase un tiempo. El Real Decreto 463/2020, de 14 de marzo, por el que se declaró el estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19. La Resolución del Rector de la Universidad de Extremadura, de 15 de marzo de 2020, por la que se suspendió toda actividad presencial en la UEX como consecuencia de la declaración del estado de alarma provocado por el COVID-19. La Resolución del Rector de la Universidad de Extremadura, de 13 de abril, por la que, como consecuencia de la situación producida por el coronavirus (COVID-19), se dictó la impartición definitiva de toda la docencia en régimen no presencial hasta la finalización del curso 2019-2020. Las Recomendaciones sobre criterios generales para la adaptación del sistema universitario español ante la pandemia del Covid-19, durante el curso 2019-2020, de 15 de abril de la Conferencia General de Política Universitaria. La Resolución del Rector de la Universidad de Extremadura, de 16 de abril de 2020, por la que, como consecuencia de la situación producida por el coronavirus (COVID-19), se modificó el calendario de exámenes y de defensa de Trabajos Fin de Grado y Máster del curso 2019-2020. Los Criterios académicos de adaptación a la docencia no presencial en el segundo semestre del curso 2019-2020, válido para el conjunto de titulaciones oficiales de la UEX. Y la adenda a los criterios académicos de adaptación a la docencia no presencial durante el Decreto por el estado de alarma por el COVID-19, de 21 de abril. O el Procedimiento de retorno a la actividad presencial en la Universidad de Extremadura tras el confinamiento decretado por alerta sanitaria por el COVID-19, de 27 de abril. Sin contar los escritos y documentos oficiales que a nivel estatal se han venido publicando durante estos dos meses y pico. Una biblioteca realmente inquietante que más de uno debería tener en cuenta cuando saca a la calle cacerolas y banderas sin importarle la responsabilidad honesta de quien toma las decisiones de gobierno.

miércoles, mayo 13, 2020

Diario de estos días (LXII)

«de los miércoles quemados de magnesio» (Antonio Martínez Sarrión)

Miércoles, 13. Fase 1. La foto de hoy la hice ayer con la cámara de mi teléfono, cuando daba el paseo.

martes, mayo 12, 2020

Diario de estos días (LXI)

«Pasan los trenes / por el gran túnel / entre las varas de nardo / que tricotean» (Juan Larrea)

Martes, 12. Fase 1. Ayer por la mañana llamó el cartero para que bajase. Que me traía un envío certificado. Me lo había anunciado hacía unos días Julián Mesa, por si prefería recibirlo en casa, ya que suponía que aún no iba a ir por la Facultad. Yo también prefería verlo ya, y no esperar a cuando pueda bajar al campus. Era su más reciente proyecto editorial, esta vez del pintor Jorge Galindo, Álbum (Badajoz, Libros de Mesa, 2020). Creo que es la cuarta entrega, después de las obras de Luis Costillo (2017), Felicidad Moreno (2018) y Emilio Gañán (2019), y el propósito sigue siendo el mismo: la edición cuidada de una tirada reducida de ejemplares (125), ochenta de los cuales van numerados para los «socios» o suscriptores que se han sumado a esta «forma de coleccionar arte con muy pocos medios», como decía el primer prospecto de la aventura, que indicaba que cada uno de esos ejemplares incluía una obra original firmada por el autor o autora. A mí me ha tocado una de las pequeñas (13,5 x 8,5 cm.) tarjetas postales antiguas —francesas, de los años treinta y cuarenta— que conforman la base de esta colección de ochenta y una cartes con motivos florales sobre las que Jorge Galindo (Madrid, 1965) ha añadido trazos de un cromatismo muy diverso y sugerente, casi, diría, con la intención de poner la mano del presente sobre antiguos vestigios de vida, pues las tarjetitas están timbradas y escritas, la mayoría para felicitar las fiestas navideñas y el Año Nuevo. Hago todos los días en mis tareas un receso para escribir estas notas, que a veces vienen preparadas por apuntes de días atrás. Ayer, gracias a mi hermano J., dejé preparada esta referencia final al cartero que me trajo, sin saberlo, el libro de Galindo. Resulta que este cartero de mi zona se llama Juan José Ramos Vicente (Logrosán, 1960) y es un apasionado estudioso de la historia del ferrocarril en Extremadura, y tuvo contacto con mi hermano cuando se hizo en 2013 una estupenda exposición sobre los ciento cincuenta años de la circulación del primer tren por Extremadura. A veces, Juan J., cuando me ha traído alguna carta, me ha recordado el parentesco familiar; pero ayer pegamos un poco más la hebra y me contó que está ultimando otro libro gracias a este parón por el confinamiento. Tiene ya varios títulos publicados: Palazuelo-Astorga. Una línea estratégica (2013). El ferrocarril de Talavera de la Reina a Villanueva de la Serena. Historia de una ilusión. (2015). Almorchón-Belmez-Córdoba. El ferrocarril del Guadiato (2016). Todos autoeditados. Todos agotados, según me dijo ayer mi cartero. Y no menos de quinientos ejemplares. Así que con los Libros de Mesa hay que seguir aumentando la tirada, que hay mercado.

lunes, mayo 11, 2020

Diario de estos días (LX)

«Ninguna multitud de gente que se ha juntado» (Emily Dickinson)

Lunes, 11. Fase 1. En la otra vida, a las tres en punto, coincidiendo con las señales horarias, cambiaba de emisora antes de que —los domingos con estridencia telúrica— empezara el informativo de deportes. Ni que decir tiene que ponía Radio 3. Y dónde va a parar, ay. Pero desde que La ventana de Carles Francino en la SER ha adelantado su hora, me encuentro todas las tardes con este grupo de amigos con sentido común y del humor que aportan tanto y tan bien a los que estamos solos, y es una delicia. También Beethoven ayuda con la Séptima que sonó en Radio Clásica el otro día en una reposición de Música y significado, de Luis Ángel de Benito, que es el único presentador a quien consiento que hable tanto entre música y música. Tomo aire —a pesar de la mascarilla— durante el paseo, ya cuando cae la tarde, y se lleva mucho mejor volver a la clausura ya de noche. Se acentúa, sin embargo, aquello del afecto frustrado que dije el primer sábado que salí, pues cada día hay más gente conocida con la que uno se encuentra. Y volverse aquí cuesta. Quizá eso explique que más de una noche haya compartido con alguien la música que escucho. Ahora, en esta fase, como si las autoridades tuviesen miedo a una rebelión, podemos reunirnos con nuestros allegados y abrirán las terrazas en ciertas condiciones estipuladas, además de otras medidas que se han publicado y seguirán difundiéndose en los próximos días. Yo estoy contento porque en algunos de mis paseos en la semana puedo ver a P., con quien recorro la ciudad monumental como si fuese una experiencia insólita de un padre con su hijo. Todo parece insólito. Ya se ha dicho y repetido infinidad de veces en todos estos días. Ahora, de fondo, está sonando una rana o un grillo, no sé. Debe de haber sido una alarma que ya se ha callado.

domingo, mayo 10, 2020

Diario de estos días (LIX)

© Diario HOY

«¡Cuál gritan esos malditos!» (José Zorrilla)

Domingo, 10. Fase 0. Ayer leí un mensaje de Jacinto García Alonso (Cáceres, 1934) en el que, tras presentarse, decía: «estoy viviendo el distanciamiento social (cuarentena) del Covid 19. Trato de mantener aquí en Facebook solamente personas por las que tengo aprecio, o que han pasado por mi vida en algún momento. Me encantaría ver si aún podemos comunicarnos con más que emoticonos y/o gifs y realmente escribir algo el uno para el otro. La idea es ver quién lee un post sin foto como este. Estamos tan inmersos en tecnología que olvidamos la cosa más importante: la buena amistad. Y si os consideráis mis amigos, participad en esta experiencia. Si nadie lee este mensaje, será una corta experiencia social, pero si la lees tú hasta el final, quiero que comentes con una palabra sobre nosotros. Por ejemplo, un lugar, un objeto, una persona, un momento con el que te identificas o recuerdas de mí. Si quieres, copia este texto y publica en tu muro (no compartas) e iré al tuyo para dejar una palabra que te recuerde. Por favor, no escribas ningún comentario si no tienes tiempo para copiar el texto o no te apetece. Eso arruinaría la experiencia. Por cierto, al principio, cambia mi nombre y escribe el tuyo. Veamos quién tomó un tiempo para leer y responder según esta historia compartida más allá de Facebook. Muchas gracias, amigos». Me pareció enternecedor que alguien como él se preocupase por combatir la frialdad y la premura de la distancia social con las que despachamos todo. Con la mejor de las intenciones, muchos no han hecho caso al mensaje y han escrito comentarios en su muro; y yo quizá tampoco esté haciendo lo correcto al escribir aquí sobre uno de esos cacereños que merece un libro por lo mucho hecho a lo largo de una vida y por la inquietud que todavía tiene para todo. Yo le conocía por ser el dueño de la famosa pastelería «La Salmantina» de la Plaza Mayor y, sobre todo, por el café «Neguri», en cuya última etapa unos cuantos conocidos participamos en una tertulia literaria en la que tuvieron especial notoriedad amigos que ya faltan, como Agustín Villar o Julián Rodríguez. Pasados los años, volví a ver a Jacinto —hombre de teatro— como estudiante aplicado en los cursos de verano Lecciones de Teatro Clásico que organizamos durante seis ediciones seguidas hasta que en 2016 se vinieron abajo por falta de interés de los presuntos interesados. Menos Jacinto, entusiasta, que ha seguido preguntándome hasta no hace mucho —cuando nos encontrábamos en el supermercado— sobre si seguíamos programándolos en la Universidad. Hace unos años, María José Torrejón publicó una crónica en su periódico Hoy sobre la «clase magistral» de Jacinto García Alonso a los alumnos de Hostelería del IES Universidad Laboral, de donde he sacado el detalle de la foto. Ahí se pueden leer más cosas sobre Jacinto.

sábado, mayo 09, 2020

Diario de estos días (LVIII)

«donde, para mi bien, conmigo vives» (Álvaro Valverde)

Sábado, 9. Fase 0. Hoy hace veintiocho años que murió mi padre. Esta mañana —muy temprano, como siempre— me enviaba un correo electrónico Álvaro Valverde en el que compartía sus comunicaciones a propósito de una futura colaboración. Una coincidencia, porque recuerdo que aquel sábado —como hoy— de 1992 escribí el nombre de Álvaro en una nota que dejé a mi amigo Ángel Campos Pámpano excusándome por no poder leer en el VI Congreso de Escritores Extremeños, que se estaba celebrando desde el viernes en Cáceres, la ponencia conjunta que habíamos preparado Jesús Cañas y yo. Álvaro había sido invitado a un encuentro literario organizado por Iñaki Abad en el Instituto Cervantes de Nápoles, que coincidió con el congreso extremeño, y su ponencia («La lección suspendida») no recuerdo si tuvo que leerla el propio Ángel o Luciano Feria. Me había indignado que en la primera sesión alguien criticase la ausencia de Álvaro, que despreciaba —decían— nuestro congreso y prefería el pavoneo literario de un acto internacional. Deberían —dije— estar orgullosos de que un escritor extremeño, un socio de la AEEX, hubiese sido invitado a aquello. Por eso, en la nota que dejé a Ángel escribí que confiaba en que nadie me criticase por ausentarme y no leer nuestro texto —que leyó Jesús—, porque mi padre agonizaba. (Mis hermanos no quisieron decirme que había muerto de madrugada para que no viajase abatido. Debí agradecérselo, porque, por momentos, pocos y fugaces, durante el trayecto hasta Zafra, creí que me daría tiempo a despedirme de él). Siempre me acuerdo de Álvaro cuando evoco aquel hecho y me acordé también cuando él, ocho años después, perdió a su padre, a quien dedicó «Entonces la muerte», una de las secciones de su libro Desde fuera (Tusquets, 2008), una elegía en cuatro poemas, el último de los cuales se cierra con el verso que copio arriba. Fernando Aramburu dedicó un hermoso comentario a ese poema en una colaboración que yo leí en el periódico Hoy cuando se publicó y que Álvaro recordó el año pasado. Hoy hace veintiocho años que murió mi padre. Desde entonces, en una de las habitaciones de su antigua casa, como oculto detrás de una de las hojas de una puerta siempre abierta, estuvo colgado en la pared el calendario de la foto, hasta que, al vaciarla para su venta después de morir mi madre en noviembre de 2016, lo desclavé y lo guardé. En el circulito sobre el día 9 se aprecia, con la letra de mi madre, dificultada por la escritura en vertical, el nombre que hoy me ocupa: «Luis».

viernes, mayo 08, 2020

Diario de estos días (LVII)

«Esto no puede durar mucho tiempo, Ramón, se decía Ramón al despertarse y ver que a nadie le importaba si se levantaba o si se quedaba en la cama» (Antonio Pereira)

Viernes, 8. Fase 0. [1] Tengo un cestillo en mi escritorio en el que guardo rotuladores y bolígrafos sin estrenar. En los días más duros me tranquilizaba levantar su tapa para comprobar si seguían ahí, si tenía existencias. Con los cuadernos en blanco me pasó lo mismo y constaté que podría aguantar varios años sin necesidad de comprar más. [2] Las campanas de San Juan están exactamente sincronizadas con el reloj digital de mi ordenador. Anoche, cuando cambió de 23:59 a 00:00, empezaron a sonar las doce cabales. [3] La fotografía es del Callejón del Gallo, con vistas a Las Veletas. Ayer no llegaron a la treintena las personas con las que me crucé en un paseo de una hora. [4] Me ha escrito L.: «Qué tiempo este, Miguel Ángel, qué sensación de estar como en los dibujos animados, cuando se caía el coyote por un precipicio y hasta que se daba la hostia tenía tiempo de hacer alguna cosa —como hacemos todos ahora en casa— para que nos partiésemos de risa, porque sabíamos cómo terminaba. Y da miedo pensar en cómo estará todo cuando salgamos». [5] Problemas con los tiempos verbales. A veces escribo tan cercano a los hechos que cuando voy a publicar ya es pasado y lo que era un «dice» muta en un «ha dicho». Hasta que, con el correr de las horas, tengo que quedarme con un «dijo».

jueves, mayo 07, 2020

Diario de estos días (LVI)

«Un andar apacible y un rostro» (Olvido García Valdés)

Jueves, 7. Fase 0. Es patente la diferencia que hay entre el escenario de mis paseos ahora y un pasillo recorrido centenares de veces en ambos sentidos durante cincuenta días. Salgo a la calle desde el sábado cuando ya cae la tarde y durante casi una hora, siempre por el entorno monumental. El paralelo de las perspectivas de las imágenes creo que refuerza su excepcional disimilitud y no me desdigo de alejarme, como escribía el pasado domingo con Olga Tokarczuk, de la humillante línea recta que idiotiza. La rectilínea bajada del Adarve de la Estrella desemboca en el zigzagueo de los aledaños del Archivo Histórico hasta la Puerta de Coria, desde la que se puede circunvalar el centro noble y eclesiástico, prolongar el recorrido y hacerlo distinto a cada vuelta. A pesar de ello, no hay noche que no me cruce en diferentes sitios con la misma persona que también se deja llevar por un trazado que invita a la improvisación y a lo arbitrario. Los mismos rostros embozados de dos chicas en Puerta de Mérida y poco después en Tiendas; la misma mujer que pasaba esta mañana por mi calle acompañando a un anciano con gorrilla con un caminar cauto pero diestro; el mismo corredor que el martes cruzaba a buen ritmo toda la Plaza Mayor. Pero muy poca gente, por la hora y por el marco incomparable. Es lo más especial de una circunstancia tan especial; que hay muy poca gente y que se respira la tranquilidad de ese tramo final de un día intenso, como tantos desde hace tanto. Casi sin salir de casa.

miércoles, mayo 06, 2020

Diario de estos días (LV)

«Cada vez parece más lejano el siglo XX» (Luis Sáez Delgado)

Miércoles, 6. Fase 0. Hace ya días que leí este libro extraordinario. Descubrimiento del continente negro (Mérida, De la luna libros, 2020), de Luis Sáez Delgado. Qué gusto leer un libro tan atrayente, tan distinto, tan inteligente. Nada tiene que ver su excepcionalidad con la de su modo de lectura, confinado aquí, pues lo leí entero —son unas sesenta páginas— mientras caminaba por la casa y en voz alta. Menciono su extensión porque es un valor añadido del texto el que permita concentrar su lectura en una sesión o en dos, a lo sumo, y sumergirse en estas «Cinco fábulas sobre el siglo XX», que es el subtítulo de la obra, como el que está bajo los efectos de algún estimulante intelectual durante un breve lapso de tiempo. Las cinco fábulas, que recorren hechos, personajes históricos, fechas, países y espacios o lugares concretos, propician enlaces entre ellas y aportan una unidad muy sugerente al conjunto. Por ejemplo, en la tercera —«Música popular contemporánea de la ciudad de Buenos Aires—, la portada de una revista trae a Nikita Kruschev, y la alusión al último de los edificios que Stalin ideó y que protagonizan el primero de los capítulos —«Siete hermanas»—, «las torres que Stalin deseaba para el cielo de la capital» (pág. 45), mencionadas de nuevo en el relato «Kampuchea», que, a su vez, por la alusión a las «tres aes seguidas» de OSPAAAL (Organización de Solidaridad con los Pueblos de África, América y Asia), se vincula con el ya citado tramo tercero y la paramilitar Triple A del peronismo más atroz. Luis Sáez traza de forma brillante una red intratextual que resulta un pedazo de atlas histórico interesantísimo sobre el siglo XX. En una muy reciente entrevista ha declarado que es muy perezoso para la escritura: «acumulo muchísimas notas, pero el momento real de la escritura me puede, y así ha ocurrido también con el libro de relatos que se acaba de publicar. En esencia, tengo la suerte de no considerarme escritor, con esa obligación de producir de forma permanente, siempre con algo que entregar; sino alguien que en un momento determinado ha querido compartir dos o tres historias que me parecían importantes, y nada más. Descubrimiento del continente negro es, en este sentido, el spin-off de un texto mayor que retomo episódicamente, y que terminaré cuando alguien me meta prisa». Ojalá sea pronto, porque este esqueje de obra mayor alimenta mucho pero no sacia. Luis Sáez ha tratado una realidad histórica como la segunda mitad del siglo XX como si fuera un objeto de ficción —«nadie puede imaginar el futuro, pero sí el pasado» (pág. 71), y ha trenzado cinco relatos que son una joya, rematada, por si fuera poco, con su propia explicación en «[Una escisión]», así, entre corchetes, para subrayar su condición de notal final sobre lo que uno ha leído. Interesantísimo.

martes, mayo 05, 2020

Diario de estos días (LIV)

«templanza y nervios de acero» (Manuel Rodríguez Cancho)

Martes, 5. Fase 0. En una entrada de los primeros días del mes pasado aludí a algunos diarios del encierro que he seguido y sigo. Me gusta picotear en estas notas de tono, estilo e intención variados, que también he leído en la prensa en papel, con firmas como Javier Sampedro o Íñigo Domínguez en El País. Habrá infinidad de textos así, algunos mucho más secretos y domésticos de personas que han querido anotar sus impresiones y reflejar por escrito su estado de ánimo ante una situación tan extraordinaria. En estos días he conocido uno de esos textos al que, con permiso de su autor, Manuel Rodríguez Cancho, voy a referirme. Manolo, geógrafo, fue compañero en la Facultad hasta su jubilación temprana, y, aparte otras responsabilidades públicas y cargos de gestión de rango municipal y autonómico, fue concejal de Turismo del Ayuntamiento de Cáceres en el momento —año 2004— en el que se puso en marcha la candidatura de esta ciudad como Capital Cultural en 2016. Consideró que yo podría ayudar en algo y me pidió que colaborase como asesor. Así lo hice hasta que todo se desbarató, antes del desbarajuste definitivo. Pero esa es otra historia. Dimitió dos años después como concejal por discrepancias con el proyecto urbanístico para la instalación de El Corte Inglés en Cáceres, y no ha sido ese el único hecho en el que ha mostrado su talante crítico y su integridad moral, su sentido común, y también su manera de tomarse la vida —disfrutándola. Una cita de La peste, de Albert Camus, encabeza el texto que me envió el sábado 18 de abril: «¿Qué hacer para no perder el tiempo? Sentirlo en toda su lentitud». Su título «¡Todo es cuestión de tiempo! COVID—19 en 2020» y su propósito «expresar y compartir preocupaciones, sobre la sorpresa que causa lo inesperado, los temores al día después. Un poco de todo, una visión personal que se va construyendo a diario». Por las referencias que hay a días de finales de marzo, deduzco que el texto, de casi dieciocho mil palabras en cuarenta y seis páginas, está escrito en los primeros quince de abril, no sé si con constancia diaria, hasta darlo por terminado para enviármelo con un «espero que te guste, y si es así compártelo con quien creas oportuno» y sin disimular cierta espontaneidad de pluma y despreocupada labor de lima. No es la primera vez que Manolo me confía algunos de sus escritos, que en más de una ocasión han visto la luz en forma de libro casi autoeditado. Diez propuestas para acabar con la riqueza (1995) es una de sus obras, y creo haber tenido otra que no encuentro en casa. He leído muchas reflexiones, a partir de esta situación —que él y su pareja comenzaron a vivir en la costa de Cádiz para regresar a Cáceres cuando ya estaba todo casi vacío—, sobre economía, salud pública, política, bien común, aficiones, literatura, cine…; que uno puede compartir o no, discutir a veces por la perspectiva porfiada de un ciudadano que protesta, pues no en vano son «las anotaciones compulsivas de un observador que actúa como un mirón»; pero lo que me interesa de estas páginas es la voluntad de quien se pone delante del ordenador para expresarse. Siempre he tenido un enorme respeto al hecho de la escritura cuando se hace con honestidad y, en este caso, franqueza, siempre para construir y no para deshacer nada. Al contrario, Manolo con su texto nos recomienda: «Pruebe a desconectarse de los cables umbilicales aferrados a su cuello, intente apagar el televisor durante horas, no sintonice la radio y oiga el silencio, apártese del ordenador, del móvil y pruebe a oírse a usted y a los suyos, escuche la cantidad de cosas nuevas que tienen que decirse». Por aquí pasan Borges, el ¡Indignaos! de Hessel, Nelson Mandela, Antonio Machado, Orwell, películas como El jovencito Frankestein, historiadores como Yuval N. Harari, Los Simpson, Cervantes… Desde luego, la lectura de un texto como el de Rodríguez Cancho es como escuchar de balcón a balcón a alguien que quiere conversar todas las tardes y en el que uno ve una gana enorme de que el futuro sea mejor: «Y si la presente generación, entendida como aquella que habrá de engendrar, desde una sociedad civil más estructurada y fuerte, nuevas formas de control a la política y a los políticos, nuevas relaciones sociales más permisivas y respetuosas, una nueva ética de comportamiento económico y productivo, de sostenibilidad con los recursos que utilizamos, de evolución positiva en las ideas, de equilibrio con el medio en que nos encontramos instalados. Y si fuéramos, para variar esta vez, menos ambiciosos y competitivos, más tolerantes con las diferencias, más humanos». Ojalá.

lunes, mayo 04, 2020

Diario de estos días (LIII)

«Dicho así, de repente, puede parecer raro, fantástico» (Gonzalo Torrente Ballester)

Lunes, 4. Fase 0. Vuelvo sobre anotaciones hechas en la fase dura. El miércoles 22 de abril recordé apenado en estos apuntes al periodista José María Calleja, al que, por cierto, el sábado de esa semana Antonio Muñoz Molina dedicó con mucho sentimiento su columna «Ida y vuelta» en Babelia, con una espléndida fotografía de Bernardo Pérez. Esa mañana fue cuando recibí la grabación de un programa de radio de un instituto de Mérida al que envié un saludo a petición de mi amiga P.; y me sentí —y me sentó— muy bien. Pero no conté lo que ocurrió horas antes. Quizá por pudor o por miedo a que alguien pensase en que estoy perdiendo la cabeza. Ahora creo que no es mal argumento el de perder la cabeza y por eso diré que aquella pasada madrugada mis zapatillas me dieron pie para este apunte. De la palabra simetría hay una definición global y dos específicas. La primera la explica como la correspondencia exacta en forma, tamaño y posición de las partes de un todo; que es la que, adaptada, se aplica al campo de la geometría que tiene en cuenta esa correspondencia en la disposición regular de un cuerpo o figura con relación a un centro, un eje o un plano. Ese cuerpo, de una planta o un animal, cuyas partes u órganos están dispuestos ordenadamente si hablamos de biología. Dos órganos vivos perfectamente equilibrados y alineados eran mis zapatillas, dos barcazas azules y simétricas para llevarme al baño. Cuando volví a la cama el reloj marcaba las 05:50, una hora capicúa que me daba tregua hasta las siete y media, e intenté dejar las chinelas —nunca uso esta palabra— en la misma posición en la que estaban, como si fuese una consigna u orden que luego seguí en la colocación armónica del bote de gel, del frasco de la colonia, de la barrita de desodorante o del espray de la espuma de afeitar. Pero todo se desbarata si uno pierde la concentración. Y así fue. No sé cómo pudo ocurrir. Me había puesto unos calcetines visiblemente desparejados. Y para colmo, la lectura continuada de unos modelos que tuvimos que cumplimentar con los nuevos criterios de evaluación ante la situación presente me hicieron bailar con los adjetivos «síncronas» y «asíncronas» aplicados a las clases y tutorías. Parece ser que yo las hago síncronas y asíncronas. Confío en que esto no sea crónico. 

domingo, mayo 03, 2020

Diario de estos días (LII)

«Camino y vago la mirada por el cansancio/ sereno de los palacios» (Agustín Villar)

Domingo, 3. Finalmente, salí anoche. Atuendo deportivo para disipar dudas sobre mi propósito de hacer ejercicio físico y no levantar ninguna sospecha de ir a un sitio concreto para perpetrar ningún quebrantamiento. En realidad, salí sin rumbo, pero sí hacia un escenario preciso: la ciudad monumental. En unos pocos pasos puedo estar en ella subiendo por Postigo hasta el Arco de Santa Ana; pero preferí bajar hacia la Plaza Mayor por San Juan, en donde me encontré con mi compañera P. y su hijo L., que regresaban ya a su casa. Creo que la de anoche fue la primera situación de expresión de afecto frustrado de las que nos esperan. Hablar a distancia, y renunciar a un abrazo, a un beso, a un leve apretar en un brazo, a una caricia… Ya eran las diez y no había mucha gente en la plaza, que abandoné para cruzar el Arco de la Estrella, llegar a Santa María y, tras pasar la Plaza de San Jorge, y subir por la Cuesta de la Compañía —paré a hacer esas dos fotos sin flash por falta de batería—, encarar la Plaza de San Mateo, en donde me crucé con dos parejas con mascarillas y otro caminante solitario como yo. Bajé por la calle Ancha y llegué a Las Claras, y cuando quise darme cuenta, después de pocos minutos, ya estaba a la altura de casa. Hasta cuatro vueltas, en ilusionado y extraño medineo, di al casco histórico. En la segunda, subí por la Cuesta de Aldana, la Casa del Mono —Biblioteca Zamora Vicente— y pasé por Olmos, Puerta de Mérida y otra vez mis pasos me sacaron fuera hasta la zona de Pizarro, en donde vi más gente. Y preferí volver a disfrutar de la noche templada entre las piedras. Esta mañana pensaba en que, si escribía aquí mi excursión y mencionaba mi recorrido, mi texto iba a ser lo más parecido a uno de esos folletos de Semana Santa que indican el itinerario de las procesiones que basan su encanto en su paso por el entorno monumental. Después de tantos días sometido a los estrictos términos de las paredes de esta casa, salir fue trazar otro dibujo distinto. Rebelarse ante lo que ayer mismo leí en la novela que tengo entre manos (Los errantes, de Olga Tokarczuk, que recomiendo, en Anagrama): «La línea recta: qué humillante. Cómo destroza la mente. Qué pérfida geometría la que idiotiza, ida y vuelta: una parodia del viaje. Partir y acto seguido regresar. Tomar velocidad y acto seguido frenar». La «parte antigua», como se la llama aquí, es todo lo contrario a lo rectilíneo y previsible, y en esa imperfección reside su belleza, y en ella me zambullí durante casi una hora anoche para volver a sentir esa noción de espacio tan distinta y tan cercana. Jugar con el espacio, y con el haz de posibilidades que implica, que diría Juan Goytisolo.

sábado, mayo 02, 2020

Diario de estos días (LI)


«Y ahora, ¿hacia dónde voy?, ¿tiro a la derecha o a la izquierda?» (Miguel de Unamuno)

Sábado, 2. Igual no salgo hoy. No tengo ninguna necesidad —con perdón. Después de más de cincuenta días creo que puedo esperar a no ser de los primeros como todo el mundo. En cualquier caso, si es, será en el tramo nocturno, desde las ocho a las once. Se me vienen a la cabeza aquellas imágenes que probablemente quedarán ya para la historia —bueno, quién sabe, después de conocer ayer la irresponsabilidad de quienes celebraron el cierre del hospital de IFEMA—; las de las aglomeraciones a las puertas de los grandes almacenes el primer día de rebajas. Todo el mundo habla de lo mismo, de ser prudentes. Todo el mundo no, verdaderamente. Esta mañana he visto en mi calle a dos vecinos sin máscaras ni guantes saludarse pegaditos y a uno de ellos dar al otro dos palmaditas en la espalda como despedida. Con ellos no va este asunto. Llevamos mirándonos al espejo —pero nos miramos de verdad, no como Pablo Casado— desde el principio del confinamiento, y cada nueva situación es analizada desde varios puntos de vista —desde el reflejo de cada uno— y recogemos nuevas recomendaciones que sumamos a las que hemos incorporado a nuestro vivir cotidiano. Ayer, un preparador físico dijo en la radio que hay que tener cuidado con las lesiones, después de todo este tiempo con escasa actividad, que hay que estar en forma para correr y no correr para estar en forma. Como nunca, y será por esta experiencia de escribir aquí todos los días, al escuchar un informativo o una tertulia radiofónica, o al leer la prensa, he sentido ir tan al compás de la normalidad más plana —aurea mediocritas—; como nunca, me he encontrado tan acomodado con lo que le ocurre a cualquiera. Por ejemplo, la primera frase de esta entrada de hoy fue ayer «Igual no salgo mañana». Y a la hora de comer, que es cuando leo el periódico, he visto en el titular de un texto de Sergio C. Fanjul en El País: «¿Volver a salir? Preferiría no hacerlo». En él se habla del síndrome de la cabaña y de la agorafobia, y de un niño de doce años que dice que no sale porque está bien en casa. También me he sentido aludido por el artículo de mi admirado Nuccio Ordine en el que dice que nunca había imaginado, después de treinta años de servicio, dar clases a través de una fría pantalla. Yo tampoco. Y destaca lo maravilloso que es leer un texto clásico mirando a los ojos a los estudiantes, y la importancia de sentir el soplo vital de una clase. Yo también. Pero habla de los «cantores del progreso» y de quien «se muestra exultante» porque considera que este es el momento de dar un salto adelante para llegar a una enseñanza telemática. Estoy con él y con los cantores. Del mismo modo que estoy con un pie dentro, en mi pasillo de estos días, y con un pie fuera, en mi privilegiado kilómetro de distancia de mi domicilio que comprende un área Patrimonio de la Humanidad. Igual sí salgo.

viernes, mayo 01, 2020

Diario de estos días (L)

«Era una noche del mes / de mayo, azul y serena» (Antonio Machado)

Viernes, 1. Hoy fue primero de mayo desde anoche, antes de acostarme, leyendo aquí con el fondo musical del programa de Luis Martín «Solo Jazz» (Radio Clásica). Por la mañana, una amiga que me ampara, M., me envió en un mensaje adornado con unas flores las redondillas machadianas dedicadas a Juan Ramón Jiménez cuando publicó Arias tristes (1903): «Era una noche del mes/de mayo, azul y serena./Sobre el agudo ciprés/brillaba la luna llena,/iluminando la fuente/en donde el agua surtía/sollozando intermitente./Sólo la fuente se oía./Después, se escuchó el acento/de un oculto ruiseñor./Quebró una racha de viento/la curva del surtidor./Y una dulce melodía/vagó por todo el jardín:/entre los mirtos tañía/un músico su violín./Era un acorde lamento/de juventud y de amor/para la luna y el viento,/el agua y el ruiseñor./“El jardín tiene una fuente/y la fuente una quimera…”/Cantaba con voz doliente,/alma de la primavera./Calló la voz y el violín/apagó su melodía./Quedó la melancolía/vagando por el jardín./Sólo la fuente se oía.» También me escribió mi querido lector J.A. para decirme que al ver ayer la fotografía de la estatua de Leoncia le vinieron los recuerdos. Dice que la conoció cuando vendía el vespertino Extremadura frente a la iglesia y que su «inolvidable amigo», el barítono Juan Sánchez Mayoral, cuando paseaba por San Juan y se encontraba con Leoncia, le compraba los periódicos que le quedaban por vender para que se marchase ya a su casa a descansar. Este Sánchez Mayoral me ha llevado al músico militar Juan Julián Sánchez Mayoral (1894-1936), que vivió en Cáceres y que fue fusilado por su lealtad a la República. Pero no tienen nada que ver. J.A. me ha enviado una fotocopia de un recorte del diario Hoy de 24 de febrero de 1989, con una necrología firmada por Paquita García («Murió Juanito “El de las aguas”») en la que hablaba de su indesmayable vocación por el canto de zarzuela, y que fue funcionario en el Servicio de Aguas del Ayuntamiento cacereño, y que todo lo que hacía entre contadores lo hacía cantando. Me dice mi corresponsal que en estos días de reclusión ha escuchado mucha música, y que hay un fragmento, la romanza  «Una furtiva lacrima», de L’elisir d’amore (1832) de Donizetti, que cantaba maravillosamente Alfredo Kraus, y «que Juan, aunque era barítono, la clavaba». Primero de mayo.

jueves, abril 30, 2020

Diario de estos días (XLIX)

«El resto se le desvanecerá aquí por vista de ojos» (Bartolomé José Gallardo)

Jueves, 30. No quiero echar las campanas al vuelo; pero ahora que puede estar cerca la salida de esta crisis, miro la cantidad de apuntes que como borradores se quedarán sin publicar entre mis notas. Más retales de lo que todavía no he podido desarrollar. Por ejemplo, un comentario en la radio de un guionista de cine que, con marcado sarcasmo, deseaba que los niños pequeños se convirtiesen pronto en perros para poder salir un rato a la calle. No comprendí nada, de verdad; porque tenía entendido que a los perros no les afectaba el coronavirus. Y a los niños tampoco (¿?). Había otra apuntación provisional sobre lo poco que usaron mis estudiantes mis horas de tutorías antes del 13 de marzo y cómo luego me han venido escribiendo casi diariamente correos electrónicos incluso en fin de semana. Siempre los he atendido y sigo en ello. Otro día anoté que me da la sensación de que ahora leo cosas tremendas, como una novela en la que ella dice a su padre que ha visto la porquería de los ojos de un hombre que la miraba lascivo. Muchas de esas notas deslavazadas e incompletas quedaban a la espera de retoques con su número de entrada. Hay una con el XXV, otra con el XXVII y otra con el XXX. Todas ya superadas por otras entregas. Hay una más que no he llegado a publicar que llevaba ya su epígrafe de encabezamiento: «Ese ruido, qué quieren que les diga, es el que se produce en una mesa de despacho cuando uno hace un programa desde casa» (Ricardo de Cala). Lo dijo la noche de un sábado el presentador del programa «Maestros cantores» de Radio Clásica. Por cierto, disfruté mucho de las cuatro horas, desde las siete hasta las once, de esa delicadeza que ahora también me acompaña gracias a los podcasts de Radio Nacional. Escucho ahora a Maria Callas. En la segunda semana, un viernes, anoté un «Espero no venirme abajo. Tengo muchas cosas que hacer». Infra: «No sé si podré permitirme escribir todos los días aquí». Es tremendo. Esta es la entrega cuadragésima novena de este diario. Bueno, he limpiado algunos rastrojos de uno de los documentos que me sirven de base para escribir aquí. Como quedan todavía días, quedo a expensas de lo que ocurra y de los retazos más grandes que espero publicar sin pisar aún la calle con la normalidad deseada. [La fotografía es mía, cuando volvía del supermercado a las cuatro de la tarde]

miércoles, abril 29, 2020

Diario de estos días (XLVIII)

«A este lo confieso del plagio de Fúlkner» ( Amanece que no es poco)

Miércoles, 29. Vuelvo a mi apunte del lunes 20 después de haber conocido el plan para la transición hacia la nueva normalidad que anunció ayer el presidente del Gobierno. Tendré que ir pensando en la progresiva vuelta al ritmo de escritura normal en esta bitácora en la que no ha faltado una anotación desde el viernes 13 de marzo. Algo que no ha ocurrido nunca en los casi quince años —se cumplirán en junio— que llevo aquí. Decía yo ese lunes que podría ir imitando esa especie de deshilamiento de la novela de José Eustasio Rivera La vorágine (1924), que va consumiéndose, adelgazándose más en cada página hasta que concluye con cuatro palabras y en el vacío del blanco. Así, podré en la fase 0 hacer lo que hago hoy, o sea, escribir como si tal cosa y sin salir de casa; y en los días siguientes ir pensando en la fecha de la normalidad o cierta salida del confinamiento con entradas cada vez más escuetas y desnutridas, hasta no tener esta necesidad de decir todos los días. Tardará en llegar. Hoy la prensa me ha traído lo que quería escribir sobre lo que estas tardes he podido comprobar: menos gente aplaudiendo. Parece que la ultraderecha alienta caceroladas y no quiere que aplaudamos. En mi calle, solo el lunes salió una vecina con dos tapaderas de cacerolas mientras el resto aplaudíamos. Ya no sale para nada. Cuando salga me gustaría decirle que lo mío es más positivo. También es curioso leer hoy el diario de Íñigo Domínguez en El País, que ha titulado «Tengan cuidado ahí fuera», que es lo que yo le dije a mis alumnos no hace tanto al recordar aquella serie de Canción triste de Hill Street en la que el sargento mandaba a sus hombres a la calle con esa recomendación. Y, ya puesto, en defensa de la intención de estas notas, puede resultar desolador que, líneas más abajo, diga el periodista que hay vecinos que no salen a aplaudir y que no se había planteado que fuese porque les parezca mal, pues habrá a quien le da pereza o no le va algo así. «Pero ayer Vox dijo que esto de los aplausos está fatal, es directriz oficial. Son muy rápidos en crear mal rollo». En fin, que he vuelto a escribir Luz de agosto. Se me emplea, para que no me crea que estas notas pueden ser de interés para nadie.

martes, abril 28, 2020

Diario de estos días (XLVII)

«Pero duro, resisto, no me entrego a lo triste» (Gabriel Celaya)

Martes, 28. Uno está solo; pero no aislado. Y menos, blindado. Habrá quien evite escuchar las noticias que de ahí afuera traen tragedias y desvaríos, y se me antoja bien difícil comprender que eso sea un logro. Hay días en los que lo más cerca que estoy de cierto ajenamiento es cuando doy clases; pero solo por estar concentrado. Uno es consciente —también antes de que todo esto ocurriese, cuando nos juntábamos sin reparo en un aula— de que tiene delante vidas y circunstancias individuales de las que no cabe abstraerse como hace un actor ante su público, siempre querido pero siempre colectivo. No, la clase es la clase, con nombres y apellidos de aquí y de allá que a final de curso siempre se acomodan en un orden alfabético que teníamos asociado a las listas con las notas, hasta que la protección de datos ha convertido todo en una torre de números de identidad. Una alumna que el otro día me escribió para decirme que tenía problemas de conexión a las clases me dice hoy que ha dado positivo en coronavirus. Me he quedado de piedra. Ese día le dije que no se preocupara, porque hay otros medios para comunicarnos e intercambiar tareas, que la programación prevista de entrevistas orales para evaluar las lecturas del curso podría cumplirse por sesiones de videoconferencia; pero que, cuando no fuese posible, también podríamos recurrir a una llamada telefónica de fijo a fijo. Que lo importante era tener el canal abierto para que mitiguemos las consecuencias que esta situación pueda tener en su formación y en el seguimiento o evaluación de su trabajo y el de sus compañeros; que, aunque el estado sea de alarma, no hay que alarmarse; que estuviese tranquila en todo lo que a mi asignatura se refiriese. Ahora la preocupación es otra. Le he mandado mucho ánimo y le he pedido que se cuide todo lo posible. Recuerdo que en los primeros días de este largo encierro una persona cercana me dijo que tenía síntomas. Luego no fue nada más que un malestar pasajero. Anoté en mi cuaderno que ojalá aquella fuese la última vez que alguien querido me contase algo así. Así no ha sido. Como tampoco ha sido que más malas noticias de afuera hayan penetrado en casa. Quedo a la espera. Aquí, como desde hace tanto. Solo; pero no aislado.

lunes, abril 27, 2020

Diario de estos días (XLVI)

«tahona estuosa de aquellos mis bizcochos» (César Vallejo)

Lunes, 27. Ayer, después de los aplausos, mi vecina T. me pidió desde el balcón que bajase a la puerta de casa, que quería darme algo cuando pasase con el perro. Bajé y allí estaba, con su mascarilla y sus guantes, sosteniendo una bolsa que envolvía un bizcocho que acababa de hacer. «—Todavía está un poco caliente. Espero que te guste» —me dijo. En efecto, la base de la bandeja de cartón en la que venía me templó la mano. Ya arriba, tardé poco en abrir el papel de aluminio, descubrir el bizcocho y probarlo. Exquisito. Le envié un mensaje y hoy en el balcón he vuelto a darle las gracias y le he dicho que me ha alegrado mucho romper esta mañana la costumbre de acompañar el café con una tostada. Ella me ha dicho que para la próxima un flan. Así. No sé qué voy a hacer cuando pase todo, cómo agradecerle que me traiga el periódico hasta la escalera todos los días y que tenga detalles como el de ayer. Es bonito. Asomado a la calle, he mirado a un lado y a otro para comprobar si es que alguien ha puesto algún mensaje en la fachada que diga: «Aquí vive un tipo necesitado. Ayúdenle». Pero no, no hay nada. Estaría bueno, con la que está cayendo ahí afuera. Estoy seguro de que si pidiese a T. que me dejase a su perro lo haría para que yo pudiese salir un rato por los alrededores. Anoche solo salí bien tarde a tirar la basura y vi la calle Postigo así, como en la fotografía. La imagen, en sí misma, me emocionó. No sé por qué me he acordado de un libro de relatos de Alonso Guerrero, De la indigencia a la literatura (Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2004). No sé por qué. Además, esos cuentos merecen ser recordados en otro contexto. Hoy he hablado con L., que vive en el centro de Italia, y me habla de medidas de desescalada más tardías que las nuestras. Me preocupo, porque allí empezó todo antes. No sé. He visto en El País una fotografía de Emilio Morenatti, tomada ayer en Barcelona, en la que a mí me ha dado la sensación —será la perspectiva— de que había demasiada gente. Ojalá me equivoque. Diecinueve centímetros debió de tener de diámetro, y, eso sí, ocho de altura esponjosa. El bizcocho.

domingo, abril 26, 2020

Diario de estos días (XLV)

     
 «la escritura vista como un reloj que avanza» (Enrique Vila-Matas)

Domingo, 26. Hoy me he hecho un pulpo a la gallega. Lo compré ayer ya cocido. Bien. He comido con la desenvuelta y discreta Altisidora gracias a ese programa favorito de Radio 3 que es Videodrome, que en estas notas de mi blog he mencionado más de una vez, y que ha dedicado su entrega de esta tarde a «De ínsulas y amores» (1ª parte), por el Quijote del 15, por esos episodios con los Duques y por esa doncella que asedia al caballero. Genial. He leído en el periódico un artículo de Luz Rodríguez, que es profesora de Derecho en la Universidad de Castilla La Mancha, muy bien intencionado; pero que creo que no ha sabido expresar bien por escrito lo que la entradilla de redacción ha aclarado: «Cuando la crisis sanitaria empiece a amainar, deberíamos revisar la valoración social del empleo de quienes nos cuidan y lo ocurrido en las residencias de mayores». Luego me he quedado en dos páginas del suplemento (EPS). En una, la escritora Nuria Barrios, que es de mi quinta, escribe una carta a un amigo entregado a causas posibles y admirables en las circunstancias peores. Se llama Javier. Como Marías, el novelista, a quien en la misma página Marta Mari Sáez dirige una carta por su último artículo ahí («Perdónenme el escepticismo») y le dice: «Ha vivido más que yo, así que habrá tenido más oportunidades para darse cuenta de que ante el mismo hecho vivido, unos aprenden o cambian algo en su vida; pero otros no. Y no puedo presumir mucho, porque yo solo he aprendido una cosa: a no dar nada por supuesto, y a veces se me olvida. Pero vienen en mi ayuda dos citas. Una es de Aldous Huxley: «La experiencia no es lo que te sucede, sino lo que haces con lo que te sucede». La otra, de Hanna Arendt: «Saber cómo aplicar lo general a lo particular es ‘disposición natural’ adicional, cuya carencia, según Kant es ‘lo que generalmente se llama estupidez, y no puede ser suplida por educación alguna’». Me ha gustado la objeción. Mañana lunes, mejillones a la vinagreta, un plato elaboradísimo. 

sábado, abril 25, 2020

Diario de estos días (XLIV)

«Terra da fraternidade» (José Afonso)

Sábado, 25. Dos amigos me enviaron esta mañana sendas grabaciones distintas de la canción Grândola, vila morena, de Zeca Afonso, para recordar el cuadragésimo sexto aniversario de la Revolución de los claveles. Qué bien, porque me emocionan la música y el hecho histórico. Coincide con el cumpleaños de mi amigo J., a quien debo mi carrera académica. Siempre me ha llevado once años, aunque a mí me quedan cuatro meses para cumplir los cincuenta y ocho. Hablamos un rato grato por teléfono. Todo bien, afortunadamente, a pesar de que salió en la conversación el nombre de un profesor ya jubilado de la Autónoma de Madrid que fue amigo de J. hace mucho tiempo y que ha muerto por coronavirus estos días. Lástima. Hoy, sábado, como otros desde casi el principio del confinamiento, me he reunido por videoconferencia con un grupo de amigas y amigos —salvo J., todos antiguos alumnos, también de J.—, en la sastrería, que es como el bueno de A., inteligentemente mordaz, ha llamado a este foro en que desde el primer día empezamos a cortar trajes a unas cuantas personas conocidas que se han ganado a pulso nuestro inocuo y divertido escarnio. Se nos pasa el tiempo volando porque lo pasamos bien, aunque siempre abordemos las cifras y la información de la semana, aunque siempre comparemos Portugal con España, y aunque siempre Portugal nos de lecciones. Así que hoy uno de los editoriales de El País lleva el título de «Ejemplar Portugal». Estamos haciéndolo bien. Me refiero a nuestra tertulia. De la que, por cierto, tuve que ausentarme unos segundos para recoger el periódico que mi vecina me dejó en la escalera —si puedo, me gusta agradecérselo—, y traía la recomendación de J.R.M., amigo de todos los que hablábamos, sobre Autorretrato en el estudio, del filósofo italiano Giorgio Agamben, que esta mañana temprano estuve leyendo en una entrevista que hace casi un par de años publicó la revista Ñ del diario argentino Clarín. Qué coincidencias. 

viernes, abril 24, 2020

Diario de estos días (XLIII)

«se le dio la llave del túnel que lleva al Abismo profundo» (Apocalipsis)

Viernes, 24. No tiene nada que ver con no poder salir, pues me habría ocurrido en cualquier otra circunstancia que no fuese tan extrema como esta. Lo cierto es que hoy he visto el vacío a mis pies. Sí puede tener relación con este estado de amarla —perdón, alarma—, y que me haya puesto nervioso sin motivo, ya que había otros recursos. Resulta que esta mañana todos los documentos en word que abrí en mi ordenador amanecieron con un mensaje que decía que no podía escribir sobre ellos, que solo tenía la posibilidad de verlos, y que debería comprar otra licencia de la suite ofimática universal que tiene nombre de oficina. Al finalizar la clase, y comprobar que no podía hacer nada, ni siquiera introduciendo las contraseñas solicitadas, llamé a G., una compañera muy diestra en estos asuntos, llamé a la tienda en la que compré mi aparato, y llamé a un servicio técnico al que el de la tienda me remitió y que no supo orientarme. Sí me propusieron que, si el problema persistía, que fuese allí, pues abren de lunes a viernes de diez a dos. G., providencial, me sugirió descargarme otra versión del paquete de marras —es más bonito lo de suite— y para ello me envió un enlace en el que tuve que volver a un sitio conocido, el que llaman «Gestión de credenciales» de mi Universidad. Lo hice, y gestioné mis credenciales, con el cambio de claves de acceso y otras divinas mandangas, y, sin necesidad de esperar a descargarme nada, logré convertir el abismo en el espacio que va del bordillo de una acera al suelo. Como desde que empezó todo esto vengo pensando en el peligro de que el sistema todo se venga abajo, estoy en tensión y acabo nervioso por problemas menores, como el de esta mañana. No había tal. Tengo otro aparatino portátil en el que sí habría podido seguir trabajando. Eso creo, porque luego vi —y quedé inquieto— que hay algo que se llama sincronización y que lo que le pasa a uno le pasa al otro. Qué cosas. En fin, va uno aprendiendo a golpes de sustos como este. Qué vulnerabilidad y dependencia. Bienvenidas sean ahora si no están infectas. Hoy voy a aplaudir también a los duendes invisibles de este mundo ignoto.

jueves, abril 23, 2020

Diario de estos días (XLII)

«y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca» 
(Miguel de Cervantes)

Jueves, 23. Día del Libro. No a otra causa que a este encierro se puede atribuir que a primera hora de la mañana de hoy haya estado escuchando el Quijote. Me había enviado mi cuñada E. el enlace a la página de facebook de la Mancomunidad Río Bodión, de la que es Gerente, con la parte correspondiente —un fragmento del capítulo IV mediado— a mi participación en la lectura colectiva que habían organizado —y muy bien— para el día de hoy. Excelente iniciativa que es muy agradable de ver —muchas caras conocidas— y de escuchar. Es normal que la prosa de Cervantes reviva en estas conmemoraciones; pero no lo es que, supongo que por razón de encierro así, se me haya infundido hablar como el disparatado y genial personaje de la novela a la única persona que he visto para mi contento y envidia pasar por la calle esta mañana de fiesta local suspendida en Cáceres (San Jorge), que así ha sido la verdad. Una joven dama de contrahecha figura por ir enfundada en un mono de trabajo azul cobalto con bandas amarillo limón, el pelo recogido en una coleta y con mascarilla. «—Quisiera hallarme en términos, fermosa y alta señora, de poder pagar tamaña merced como la que con la vista de vuestra gran fermosura me habedes fecho pasando por Gallegos; pero ha querido la fortuna, que no se cansa de perseguir a los buenos, ponerme en este confinamiento y al borde de este balcón desde el que no puedo menos que lamentarme por la mala fortuna de no poder ver el bello rostro que se esconde tras eso que llaman allá los mares tapaboca». La chica ni levantó la cabeza. Al alejarse, me fijé que le caían de las orejas los cablecitos blancos de unos auriculares. Nota bene por mi apunte de ayer. No podía ser otro que mi sabio y admirado amigo G., que no sé si por hache o por be, me envió ayer la cita literal del apócrifo de Valle-Inclán: «Señor comandante, no he nacido para ser atropellada por la soldadesca, ni he de consentirlo ahora. Puede ambicionarse el martirio bajo las garras de los tigres y de los leones, pero no bajo las herraduras de los asnos» («La guerra carlista, I. Los cruzados de la causa, Madrid, Librería de Victoriano Suárez, 1908, cap. XI, pág. 89). Son las palabras de la Madre Abadesa que defiende su convento y se enfrenta a los marineros, tan rumbosos. Si tuviese el correo del grande de Savater, se lo enviaría ahora mismo.