lunes, febrero 17, 2020

Mar Rojo

Suele darse, felizmente, una conjunción entre el aficionado al teatro y el teatro aficionado. Y muchas veces, este es la consecuencia de la necesidad que el aficionado al teatro tiene de formarse, de seguir cursos o talleres de artes escénicas en cualesquiera de sus modalidades. De tal manera que la verdadera afición al teatro trasciende el hecho de ir con frecuencia a comprar una entrada y se convierte en una vocación fuerte, distinta a la profesional pero no menos intensa. Si admiro que una actriz se suba a un escenario para estar durante hora y media representando una historia que ha escrito otra persona, que diga palabras que no son suyas como si le saliesen de dentro —me acordaré de dos grandes ahora, Lola Herrera y Concha Velasco, sin ir más lejos, aquí en Cáceres, hace ya un tiempo—, imaginen qué puedo pensar de una profesora, de una enfermera o de un guardiacivil que dedican parte de su tiempo libre después de sus ocupaciones a formarse como actores y a levantar espectáculos como el que el sábado 25 del pasado mes de enero pudimos disfrutar en la Escuela de Artes Escénicas Maltravieso (Calle Parras, 23. Cáceres). Admirable. Mar Rojo es una propuesta escénica que ha salido del magín de Maribel Rodríguez Ponce, que es la encarnación de la extensión universitaria: profesora en la UEX del área de Lingüística General, con trabajos sobre análisis del discurso, morfología léxica o español como lengua extranjera, que durante años ha estado vinculada al mundo del espectáculo musical, con varias formaciones vocales, como fue Son del Rosel, y ahora con sus contribuciones en el Coro de la Orquesta de Extremadura —es contralto—, escribe también e interpreta piezas teatrales —en Mar Rojo escribe el texto, hace la dramaturgia, dirige e interpreta el papel estructural de la Colega terapeuta—, un trabajo que ha mostrado principalmente como fruto de su formación en la Escuela de Teatro Maltravieso que dirigen Amelia David e Isidro Timón. De ahí se han expandido también las vocaciones de los dos principales actores de Mar Rojo, Mercedes Fuentes y Fernando Royo, y la de Fátima Castillo, creadora de la coreografía. Muy buena señal fue aquella noche que todos saliésemos algo sorprendidos por la corta duración del montaje y con ganas de más. Mar Rojo es una propuesta de diagnosis de la existencia con la excusa de una sesión terapéutica de alguien que escribe y que imagina. En principio, el efecto especular es el de un psicólogo que, sentado frente a una pantalla de ordenador, escucha a la paciente, que interpreta su papel. El final del texto es claro: «crear vida para alguien que escucha en la penumbra» para expresar la verdad de toda ficción; y más específicamente, de toda ficción teatral, con su oscuro, con sus luces. La utilización de la música, del audiovisual de los pecios del Mar Rojo (el buque británico «Thistlegorm» hundido durante la Segunda Guerra Mundial)…, y la coreografía que enmarca la obra, muy plástica y expresiva en casi el final, demuestran la hondura que puede haber en un montaje aparentemente menor solo por su formato; pero no por la calidad y por la entrega de unos actores verdaderamente admirables. Como en toda escuela, la constatación de que quienes se están formando progresan adecuadamente es la mejor de las críticas que estos empeños pueden recibir. A estos niveles de medios sencillos manejados desde una afición no profesional, es encantador que se cuiden tantos matices del hecho teatral, desde el texto o la elección de la música, hasta el apoyo visual y la expresión corporal. En una sinopsis que creo proviene de un pase anterior en el Ateneo de Cáceres se dice que Mar Rojo es «la historia de una superviviente, de su lucha tragicómica por salvar lo que va quedando de su personalidad aun teniéndolo todo en contra. Es una obra que nos habla del autoengaño y del engaño ajeno, de cómo la belleza necesita al mal; de cómo el arte, si no cura, por lo menos puede aliviar esa gran carga que nos agobia. Es una reivindicación de la hermosura de las ruinas y del derecho a la diferencia y a la imperfección». A mí, como se ha visto, me dijo algo más.

jueves, febrero 13, 2020

Escritura Creativa

Conservo alguna carta de Javier Morales Ortiz, de agosto de 2018, con la proposición de hacer algo sobre Escritura Creativa en la Universidad de Extremadura. Hemos tardado en montarlo; pero, finalmente, pudimos darle salida en la estructura de las Aulas Culturales del Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la UEX. Así que mañana, en el aula 6 del antiguo Instituto de Lenguas Modernas o, antes, antigua Escuela de Magisterio (Avenida de la Montaña, 14, Cáceres), a las cinco de la tarde, pondremos en marcha esta actividad que ya cuenta con más del número de matrículas exigido. Adelante. Me gustaría presentar mañana a Javier Morales Ortiz, periodista, profesor de talleres de escritura en Madrid, escritor, autor de libros que yo he tenido el gusto de reseñar aquí, como alguien muy capaz para iniciar, perfeccionar, proponer en la actitud de ponerse a escribir. Trabajar cansa (Baile del Sol, 2016), es una novela que parece un libro de relatos. Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014), fueron relatos. Pequeñas biografías por encargo (Huerga y Fierro), una novela. Lisboa (Editora Regional, 2011), relatos. Son algunas de sus obras. Quizá la más reciente, que no sé, sea El día que dejé de comer animales (Sílex, 2017), en cuya presentación en Cáceres estuve, pero no escribí nada. Ahora escribo para recibirlo aquí con tan buen propósito. 

viernes, febrero 07, 2020

Enciclopedia B-S

Este es otro de los últimos libros que traje a casa en 2019. Es la nueva edición de uno que ya estaba aquí desde 2011. Fue en septiembre de ese año cuando me llamó Víctor Infantes para preguntarme si yo podría procurarle la compra de un ejemplar de aquella primera edición en «Pequeños tratados» de Periférica que apareció en enero de 2011 y cuya cubierta muestro abajo. Conservo un mensaje de Julián Rodríguez, de 2007, anunciando esa colección que nacía bajo el signo de Walter Benjamin, que escribió en Trauerspiel: «Los tratados pueden ser didácticos en el tono; pero su talante más íntimo les niega el valor conclusivo de una enseñanza que, al igual que la doctrina, podría imponerse en virtud de la propia autoridad. Los tratados no recurren tampoco a los medios coercitivos de la prueba matemática. En su forma canónica se encontrará la cita autorizada como el único elemento que responde a una intención que es casi más educativa que didáctica. La exposición es la quintaesencia de su método». No pongo en pie por qué Víctor tuvo que recurrir a mí, pues supongo que en muchas librerías de Madrid estaría disponible la obra de Burucúa, un autor que, con La imagen y la risa, inauguró aquella colección. Tampoco conservo ninguna carta a Julián Rodríguez ni recuerdo una llamada para que atendiese la solicitud y el interés de mi colega. Lo cierto es que el cuatro de octubre de aquel año Víctor me enviaba unas líneas por correo electrónico diciéndome que ya le había llegado el libro. Por aquel tiempo, el escritor argentino José Emilio Burucúa ya llevaba al menos tres años concentrado en la primera parte —la de su propia familia— que iba a salir después de la segunda parte —que es aquella de 2011, y atinente a la familia de su esposa. Imbuido en la pulsión biográfica de la enciclopedia de Burucúa, y de escribir sobre los que ya no están, se me ha presentado esta tarde la carta que envié a Víctor Infantes diciéndole «Querido Víctor: Te escribo por no demorar más noticias mías a propósito de tus atenciones. Iba a dártelas a través de mi blog, pero no soy capaz de encontrar el hueco. (Mi madre, de ochenta y siete punto com, se rompió la cadera y la operaron ayer. Todo bien. Ahora, a recuperarse; pero supongo que aún me toca viajar a Zafra algún día para hacer alguna noche más en el hospital). Gracias por lo de las geometrías de Pino y el adn de Gutiérrez-Colomer, que son espléndidos asedios a la poesía de ambos. Daré cuenta de mi lectura. Y también de la de tu texto sobre «El Culebro» en Hibris (gracias por la cita de la edición de El Criticón de Moñino) y de la reseña de Marcelo Grota sobre eso de Libros ibéricos. Echa uno en falta de vez en cuando que le avisen, como haces tú. Y más. Un favor. Una consulta. Tengo en casa un manuscrito caligrafiado con esmero de unos Proverbios reales falto de portada y preliminares. Están dedicados al «Príncipe Nuestro Señor» y escritos en décimas. Sus capítulos son «Amor de Dios del prójimo», «Humildad y soberbia», «Santificación de las fiestas», «Amor y honra y reverencia de los padres»... etc. Cito solo los cuatro primeros, de veinticuatro (el último «Paz y guerra»). Supongo que, por sus trazas, el manuscrito es copia fiel de un impreso. Debe de estar dirigido al Príncipe Carlos de Austria. Se alude al emperador vivo, por lo que, si se trata de Carlos, debe de ser anterior a 1558. Pero no sé. En unas notas que me han pasado las propietarias del manuscrito se alude al Obispo de Osma, Honorato Juan, y he visto que en Pliegos de bibliofilia hay un artículo sobre su biblioteca, pero no tengo ese número de la revista. Es de 2003. ¿Puedes mirar si hay algo que me pudiese orientar? En cuanto tenga tiempo te daré más datos». A mi madre la operaron el jueves 10 de marzo de 2011 y creo que el primer día de abril mostré en Cáceres a Víctor Infantes y Nieves Baranda el manuscrito de los Proverbios reales, del que me dio pistas. Y Burucúa escribió que la «Historia parece estar compuesta por individuos que son el objeto primitivo de nuestras sensaciones y de nuestras percepciones directas sobre las fuentes de nuestras deducciones indirectas sobre el pasado» (pág. 326, de la edición de septiembre de 2019, dedicada, in memoriam et ingenti gratitudine, a Julián Rodríguez).

miércoles, febrero 05, 2020

Luciano Feria en Letras

Mañana jueves, a las 11:00 horas en el aula 11 de la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres, el profesor y escritor Luciano Feria (Zafra, 1957), tendrá un encuentro con los estudiantes de Filología Hispánica para hablar de su vocación por la filología cuando comenzó a cursar estudios en el antiguo edificio de la Facultad cacereña a mediados de los años setenta, de sus maestros Juan Manuel Rozas o Ricardo Senabre, de su pasión por la literatura y de sus experiencias docentes como profesor de Lengua y Literatura en institutos de Educación Secundaria durante casi cuatro décadas. El autor de los libros de poemas El instante en la orilla (1989), Fábula del terco (1996) y De la otra ribera (2004), presentará por la tarde su primera —y excepcional— novela El lugar de la cita (Santiago de Chile-Valparaíso-Barcelona, RIL editores, 2019), en el Espacio Belleartes (C/ Donoso Cortés, 6, de Cáceres) a las 20:30. Mañana jueves 6 de febrero de 2020.

sábado, febrero 01, 2020

Jesús Alviz



No sé si voy a ser capaz de escribir una crónica que haga justicia al cariñoso recuerdo que ayer por la noche se vivió en el Ateneo de Cáceres dedicado a la personalidad de un escritor como Jesús Alviz (Acebo, 1946-Cáceres, 1998). Creo que lo promovió Santi Lindo, que fue su alumno, y que hoy sabe quién llegó a ser un personaje único como el autor de He amado a Wagner (1978), aquella primera memoria biliosa —la otra fue Trébedes (1982)— que hoy tampoco se arriesgaría a publicar una editorial. Porque fue una autoedición, como su primera novela, Luego, ahora háblame de China (1977). Tras una presentación del acto de Lindo, en el primer bloque, Manuel Simón Viola contextualizó la obra de Jesús, e hizo bien en relacionarlo con Felipe Trigo, y con la postura literaria de otros narradores más contemporáneos pero ya desaparecidos, como Agustín Villar o José Antonio García Blázquez. Debió entrar más en las novelas de Alviz, en El frinosomo vino a Babel (1979), Calle Urano (1981), Concierto de ocarina (1986)… Quizá no lo hizo por no parecer cargante ante un auditorio que mayoritariamente trató en persona a un escritor que él no conoció. Siempre prudente, discreto y tímido, Simón Viola cumplió con su homenaje literario. El segundo tramo del acto fue una lectura de unos fragmentos de Española dicen que es (1992), su última novela publicada en vida, pues dos años después de su muerte, Ángel Campos Pámpano logró editarle en Del Oeste Ediciones El fuego lento del hinojo (2000), otro de esos textos totales de los que solo las veleidades de un profesor de literatura que encargue un trabajo a sus alumnos o que proponga una tesis doctoral a un investigador podría sacar parcialmente del olvido. Contra ese olvido leyeron e interpretaron muy bien anoche las actrices Olga Estecha y Amelia David una parte bien divertida de la novela de Suso Alviz, como familiarmente se le nombraba en los carteles que difundieron el homenaje. Y según lo anunciado, de postre, en el último bloque, Santi Lindo abrió el micrófono a los presentes; aunque al concluir la conferencia de Manuel Simón Viola, Blanca Martínez, que lleva el nombre y la memoria del entrañable Carlos Guardiola por todas partes, se encargó de mostrarnos qué es una prolepsis e hizo, antes del tiempo pensado para eso, una evocación de Jesús Alviz que abrió, antes, claro, del tiempo, una serie de jugosas intervenciones espontáneas de profesores como Desiderio Guerra o Antonio Sánchez Buenadicha, de amigas como Teresa Rejas —yo no sabía que el broche-mariposa de la cubierta de Calle Urano era suyo—, de buenos lectores como Jesús González Javier —que insistió oportuno en lo literario, en el valor de la palabra artística del escritor—, y de los íntimos, como José Luis Alviz, que no pudo contener sus lágrimas y que a pesar de todo trasmitió a todos la raíz auténtica de la tierra, Acebo, que cruzaba el ser vital de su hermano, y ciertas vicisitudes de su educación sentimental en un Cáceres muy gris. Fue Miguel, quien fue su pareja, el que cerró el acto con otro ahogo de emoción que sobrellevó bien mostrando unas pocas fotografías en las que volvimos a recordar la fisonomía etrusca de un escritor tan singular, un personaje al que sus seres más queridos hicieron ayer este merecido homenaje. Confieso que copié en unos folios las palabras que publicó ayer en su muro de Facebook Jeremías Clemente, que se excusaba por no poder asistir, y me las llevé en el bolsillo por si había ocasión de leerlas; pero fue Santi Lindo el que aludió a su fraternal recuerdo, aunque no fue leído en público. En cualquier caso, quien no pudo estar, de alguna manera, también estuvo. Me acordé —no lo dije; lo he dejado para ahora— de cuando en 1985 le dedicamos un espacio en el número 12 de la revista Residencia. Cuadernos de Cultura. Con Jesús inauguramos una sección que titulamos «Señas de identidad», para proponer una mirada más atenta a determinados escritores de aquí. Fue mi compañero Miguel Ángel Teijeiro el encargado de redactar un artículo y editar la sección, y fue él quien recibió una carta mecanoscrita de Jesús Alviz, fechada el 5 de febrero de 1985 —se disculpaba Suso por la tardanza, porque a su padre lo habían ingresado en la «Residencia Sanitaria»— en la que respondía a un cuestionario sobre su vida y su obra y nos enviaba un fragmento inédito de Concierto de Ocarina (sic) que en aquellos momentos, decía, estaba leyendo el equipo de la editorial Alfaguara. (Apareció en Ediciones Libertarias en 1986 con una ayuda a la creación literaria de 1983). A Jesús le gustó que desde la Universidad reconociésemos su obra y luego estuvo en la antigua Facultad de Filosofía y Letras en el edificio «Valhondo» y conversamos esa noche en «La Torre de Babel» después de su lectura, poco tiempo antes de que se presentase en «La Machacona» su novela Española dicen que es. Cuánto le habría gustado saber que en 2011 un alumno mío, František Dratva, checo, del que llevaba unos cinco años sin tener noticias y del que hoy he sabido, a costa de este recuerdo, que vive y da clases en Madrid, defendió un Trabajo de Fin de Máster sobre «El mundo literario de Jesús Alviz», que fue su título. Ayer me acordé mucho de él. Y de Alviz, claro. Faltó ayer, como falta en mi crónica de hoy, por una justificada inflación de lo sentimental, hablar algo más sobre lo literario, sobre los valores de una escritura muy valiente en su tiempo y contexto. Quería decir esto; y ayer, que lo era, no fue el momento.

domingo, enero 26, 2020

Antonio Franco


© HOY
«Como el que se despierta de un sueño», respondió Antonio Franco (Badajoz, 1955-2020) a la pregunta de «¿Cómo le gustaría morir?» en un cuestionario Proust que se publicó en la revista Grada hace unos años. Sobrecoge leerlo el día que nos ha dejado, después de una enfermedad que empezó a dar la cara en noviembre sin darnos cuenta, cuando Antonio llamó para decir que no podía intervenir, por una indisposición, en el encuentro Signo y letra sobre la poesía experimental en Extremadura, con Fernando Millán, José Antonio Cáceres, Antonio Gómez, José Luis Bernal y Emilia Oliva. Fue el 13 de noviembre y fue uno de sus últimos gestos para contribuir al reconocimiento de un artista extremeño como José Antonio Cáceres (Zarza de Granadilla, 1941), al que siguió la publicación de un maravilloso libro-catálogo que recibí hace unos días y en el que Antonio escribe uno de los textos preliminares, que no sé si será uno de los últimos que habrá salido de sus manos. Esta tarde de domingo irreal, en el que de mañana he recibido en casa a dos amigos comunes de Antonio para viajar a Badajoz a despedirlo, desfilan por este salón, gracias a fotografías y publicaciones, imágenes nítidas de momentos que él tuvo la generosidad de compartir —desde las primeras reuniones del proyecto editorial del periódico de revistas poéticas Hablar/Falar de Poesia, o exposiciones varias en las que me benefició privilegiadamente como guía, o hasta los iniciales contactos sobre el fondo artístico y literario de Timoteo Pérez Rubio— y recuerdos de sus opiniones sobre arte, sobre todo; pero también sobre la literatura que más le interesaba y por la que en los últimos tiempos me incitó a volver a Azorín y a Felipe Trigo. Como yo soy buen escuchador y él era un buen conversador, me encantaba pasar largos ratos de nuestros ahora exiguos encuentros disfrutando de su voz queda, de esa tranquilidad de habla y de presencia que a mí siempre me ha trasmitido placidez durante todos estos años. He abrazado esta mañana a su hermana Isabel, a quien conocí antes que a Antonio, pues compartimos pasillos en la Facultad de Filosofía y Letras de Cáceres. Ella fue una de las amigas (B) con las que coincidí ese mismo noviembre, y quién nos iba a decir que hoy nos veríamos en este trance infausto y doloroso. Antonio Franco hizo milagros en su MEIAC —el Fuerte de Pardaleras y la antigua Cárcel de Badajoz— en los años duros en los que el presupuesto fue irrisorio y le gustaba mucho decirte que había descubierto un dato en la prensa local. Me alegra que el gran Juan Domingo Fernández haya republicado hoy en su página de facebook la excelente entrevista que hizo a Antonio Franco en su nutriente «Zona de paso» del HOY en marzo de 2009, porque lo recuerda, y da buena cuenta de quién fue A.F. Ayer mismo no imaginaba que hoy estuviese escribiendo sobre esto. Pasa a veces. Pena.

viernes, enero 24, 2020

Tradición y originalidad


La responsable de que estas dos cubiertas estén hermanadas en la ilustración de arriba es Elena de Lorenzo Álvarez, profesora de Literatura Española de la Universidad de Oviedo, directora del Instituto Feijoo de Estudios sobre el Siglo XVIII y autora de esa magnífica edición de El Pelayo, la tragedia de Jovellanos (Gijón, Ediciones Trea, 2018). Magnífica, espléndida, rigurosa, bien hecha, un modelo de hacer en filología y en investigación histórica que he intentado mostrar en una reseña que hace poco terminé de redactar para que sea publicada en el Anuario de Estudios Filológicos de mi Universidad de Extremadura, y que ha sido la que me ha llevado al libro de Salinas. Me permito excederme aquí en los calificativos y ser más desenfadado y apasionado pues parece que en el género de la recensión uno se contiene para no dar la impresión de compadreo. El compadreo, la admiración y la efusiva objetividad que hay en lo que escribo en esta entrada. Una alusión y una nota de Elena de Lorenzo en su introducción han sido las que han provocado que haya ido al mítico libro de Pedro Salinas Jorge Manrique o tradición y originalidad (Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1947). Elena comienza uno de los capítulos menos importantes de su estudio preliminar curándose en salud y confesando que podría merecer la reconvención de aquel Pedro Salinas que repudiaba lo que ella llama «la crítica hidráulica, y la obsesión por las fuentes», por tratar en ese momento sobre las rutas literarias —francesas y españolas— de la tragedia de Jovellanos. Así que por su culpa he vuelto a leer que Salinas motejó a las fuentes como «adormideras de tantas labores críticas bien intencionadas» (pág. 115); pero, sobre todo, he vuelto a aquellas palabras que dedicó a la tradición, para él, «vasta presencia innumerable, como el aire circunda al individuo y se entra en él, es algo que está presente en nuestra vida espiritual» (pág. 116): «¿Qué sabe la moza que recolecta la aceituna en un olivar de Andalucía de la copla que canta? Esas palabras que ella echa al aire, con la inocencia del pájaro, están recogidas por los eruditos, yacen en alguna compilación de cantos populares, han sido confrontadas con otras parecidas, de muchos países; se ha rastreado su antigüedad, y hasta quién sabe si estará ya probado que lo que dice esa cuarteta amorosa es desgaje de un soneto de Petrarca. La muchacha actúa de agente inconsciente y purísima de una gran fuerza, que a su vez la contiene: la tradición» (pág. 117). Este primor tan sencillo lo escribió Pedro Salinas hace bastantes años en un libro formidable al que ahora he vuelto gracias no sé si a Jovellanos, si a don Pelayo; o, finalmente, no sé si gracias a una colega tan competente como Elena de Lorenzo. En realidad, gracias a todos y a su presencia innumerable.

miércoles, enero 22, 2020

González Iglesias en el Aula Valverde


El poeta Juan Antonio González Iglesias (Salamanca, 1964) participará mañana jueves 23 de enero en el Aula literaria «José María Valverde» de Cáceres, y al día siguiente tendrá un encuentro con estudiantes de Educación Secundaria de varios centros de la ciudad en el Instituto «Norba Caesarina», que, desde la inauguración de esta actividad ejemplar en enero de 1996, viene colaborando con la Asociación de Escritores Extremeños que la coordina. La visita de González Iglesias casi coincide con el vigésimo cuarto aniversario, pues Bernardo Atxaga abrió el Aula el día 22 de aquel enero. En estos días he sido yo el que he tenido el encuentro con Juan Antonio González Iglesias, pues he leído su libro de poemas Jardín Gulbenkian (Madrid, Visor Libros, 2019), que fue reconocido con el XXIX Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma. Es difícil abstraerse de la condición —«indistinguible», dice el escritor, «a estas alturas de mi destino como poeta»— de González Iglesias de catedrático de Filología Latina en la Universidad de Salamanca cuando se leen sus versos. Ya desde el primer poema se aprecia de nuevo en su poesía esa apacible clasicidad moderna, que está también como avance en el prólogo que encabeza este poemario, y en el que el autor —que fecha su texto el 22 de septiembre de 2019— ya habla de «algunas líneas clásicas» de un jardín concreto, el Jardín Gulbenkian de Lisboa. De ahí aflora la correspondencia mantenida por Saint-John Perse y Calouste Gulbenkian a mediados del siglo pasado, y tardará poco el autor salmantino en compararla con la amistad de Horacio y Mecenas. A pesar de la variedad de una colección de treinta y nueve poemas agavillados sin aparente voluntad orgánica, el jardín y el mundo clásico colaboran en dar cohesión al conjunto, desde diversos registros, y a veces juntos en el mismo poema, como en «Academia» que se cierra con una metáfora pertinente: «[…] el único / jardín que le quedó fue la poesía». Hay otros momentos que parecen querer llevar al lector a un estado de quietud, que no es mala condición en el acto de la lectura; como es el poema «Recogimiento»: «El poeta comparte con la vida / la lentitud y la tenacidad / puesta en aquello que otros desestiman, / el desentendimiento, la esperanza / en el grano perdido tierra adentro». Y hay crecidas celebrativas que parecen estar puestas ahí para tomarlas como lema del despertar diario: «[…] Otra vez de pie / está todo, otra vez estamos todos». Me imagino a una madre de familia llegar a la cocina, y, con las manos puestas en la taza de café humeante, dar fe de estar viva recordando esos versos. La lectura de este libro casi coincide con el encuentro con alguien que me dice que no es lector de novelas, que no tiene tiempo para las tramas de una narración larga; que prefiere la intensidad a la constancia —y esto es mío. Con muchos poemas de Jardín Gulbenkian mi amigo disfrutará, como lo hará, si no lo ha hecho ya, con una de las obras cimeras de este poeta: Esto es mi cuerpo (Visor, 1997). En otros tiempos menos vertiginosos, quienes pusimos a andar este empeño nos encargábamos también de redactar una introducción sobre el escritor, de elaborar su bibliografía y de seleccionar los textos; hoy, son las autoras y autores invitados quienes envían lo que se publica en el cuadernillo gratuito que se entrega a los estudiantes en los institutos y al respetable público en el acto vespertino. El cuaderno de mañana está dedicado a Julián Rodríguez Marcos (sic); pero no se dice por qué. Y aquí sí que creo que, a pesar de las circunstancias y los tiempos, habría que haber dicho que Julián fue uno de los fundadores del Aula literaria «José María Valverde», que nació en Ceclavín (Cáceres) en agosto de 1968 y que se nos ha muerto en junio de 2019. Poseo recorte del Hoy, con un texto de Pablo Calvo del 20 de enero de 1996 y con foto de Múñez en la que estamos Julián Rodríguez, Fernando T. Pérez, Teófilo González Porras y servidor con la inconsciencia de quien no piensa en que algo así pudiese llegar a durar veinticuatro años y, menos, que algunos no lo viviesen. La lectura de Juan Antonio González Iglesias será mañana jueves 23 en el Palacio de la Isla de Cáceres a las 19:15 horas, y el viernes en el «IES Norba Caesarina», a las 12:15.

martes, enero 21, 2020

Suroeste Luis Costillo


No como pasó en la última quedada de noviembre, mañana miércoles sí espero estar en el MEIAC de Badajoz para acompañar a buenos amigos en el recuerdo de Luis Costillo que ha quedado impreso en el último número 9 de la revista Suroeste. He buscado sin suerte —sin tiempo, mejor sea dicho— la anotación sobre un sueño que tuve en un cuaderno rojo del pasado 2019 porque aparecía Luis, de quien me hablaba hace pocas semanas en Madrid una amiga con la que compartimos proyectos y que me decía que L.C. ha sido el artista extremeño más importante que hemos tenido en estos años. De algo habrá servido. Pero no es consuelo. En el MEIAC, a las ocho de la tarde.

domingo, enero 19, 2020

Collazos


Han pasado ya más de veinte años desde que entrevisté para un documental sobre la antigua Biblioteca «Juan Manuel Rozas» de la Facultad de Filosofía y Letras a José Antonio Collazos, a quien abordé el otro día en la cacereña calle Pintores para hacerle la foto que ilustra esta entrada, pedirle permiso para publicarla y anunciarle esta laudatio. Desde hace mucho tiempo, cada vez que nos encontramos dando un paseo, no desaprovecha la ocasión para elogiar lo que escribo aquí y siempre hace comentarios de lector agudo. En realidad, nuestras conversaciones desde que nos conocemos, y hace ya una treintena de años, han obviado miserias laborales —él fue apoyo de administración y servicios, y uno de los mejores, en mi Facultad— y han ido como cosa natural al grano literario de lo que cada uno estaba leyendo o de la solicitud de una buena recomendación. Me honra con ser un lector fiel de lo que escribo y quiero agradecer su afecto y su generosidad conmigo. Ojalá yo pueda pasear dentro de diez o veinte inviernos como él hace con su mujer todos los días como una pareja envidiable. José Antonio tiene 81 años de sabiduría. Tuve la suerte de poder estar —y qué bien acompañado— en la cena en su homenaje con motivo de su jubilación que celebramos el jueves 5 de febrero de 2004, y para que no se diga que se me acaba de ocurrir este retrato para darme pisto por tener un lector tan sagaz y atento, diré en prueba de antecedentes que pronuncié un discurso en aquel acto que titulé «José Antonio Collazos o la mesura» y en el que recordé que Ricardo Senabre —tan admirado por José Antonio y que también participó como entrevistado en aquel documental sobre la biblioteca— se deshizo en elogios sobre quien registró los primeros libros que entraron en la biblioteca del antiguo Colegio Universitario cuando arrancó la Universidad de Extremadura en el semidistrito de Cáceres. Quédense con el porte y el semblante de este ciudadano, porque es normal que se lo encuentren en cualquier calle de Cáceres o sentado en un banco de la plaza de San Juan, sin alardear de su regular fortuna —en los términos menos materiales— y sin indicios de afectación por lo importante que es. En realidad, «José Antonio Collazos y la lectura».

miércoles, enero 15, 2020

Videodrome


«A la una de la madrugada del sábado 8 de enero de 2000, se emitió el primer programa de Videodrome, titulado «Historicismo y nostalgia». Era un guion totalmente influenciado por varios escritos del profesor Fredric Jameson, principalmente El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado, de 1991, y La estética geopolítica. Cine y espacio en el sistema mundial, de 1992. El programa nació como una apuesta de Federico Volpini por nuevos formatos, tanto formales como de contenido, durante el tiempo que fue director de Radio 3. En aquella primera temporada, la narración estuvo a cargo de Luis Alonso, a quien se unió Mona León al año siguiente. Con el paso del tiempo, fueron participando Ana Sterling, Enrique Mazas y Sandra Urdín, además de diferentes colaboraciones de compañeros de Radio 3. Desde 2010, el equipo que perpreta el programa lo formamos Sandra Urdín y Gregorio Parra. A continuación, vamos a emitir este primer programa tal y como se emitió entonces. Así empezó todo». Así arrancó Videodrome este pasado domingo 12 de enero de 2020 a las tres de la tarde. No puedo recordar aquel primer programa emitido hace veinte años; aunque no es improbable que lo escuchase en directo. Luego, sí, escuché muchas entregas, porque llevo siendo fiel a Videodrome desde su origen. Lo que sí recuerdo, gracias a mis cuadernos, es que el 8 de enero de 2000 fui con mi hija Julia —tenía ocho años— a una obra de teatro de mi amigo Isidro Timón, La noche azul, y que más tarde varios amigos leímos poemas en la librería «El Buscón» de Cáceres en un acto en homenaje a Jaime Gil de Biedma por el décimo aniversario de su fallecimiento —poseo recorte. Cenamos en la calle Gómez Becerra («Donde Manuel»), Julián Rodríguez, su hermano Javier Rodríguez Marcos, Liborio Barrera y yo, y hablamos sobre nacionalismo vasco y terrorismo, y del libro de Jon Juaristi Sacra Némesis, y no recuerdo dónde se metieron otros que leyeron los versos del de «Pandémica y Celeste», entre ellos, Agustín Villar. Ya hablé aquí de Julia y de cómo le llamaba la atención de que su padre viese cine por la radio, y ahora, gracias a la rememoración del programa este domingo, vuelvo a afirmar la calidad y la altura de esa manera de hacer radio —yo tengo en un altar a Gregorio Parra— en la que se escuchan diálogos memorables de Dulce libertad, de Adan Alda, Dos mulas y una mujer, de Don Siegel, de Río Bravo, de Howard Hawks, de Apocalypse Now  o El Padrino, de Coppola, y cortes musicales de Vangelis, de Morricone, de Shostakovich, de Peter Gabriel o de Maurice Jarre en la banda sonora de Único testigo, de Peter Weir, y de tantos otros en aquel primer programa y en los centenares de los que se han emitido en estos veinte años. Y, siempre, terminando, desde aquel ocho de enero con «Malaika», de Angélique Kidjo, una canción tradicional de Tanzania, que me sé de memoria y que sé que cantó antes Miriam Makeba, por lo menos por allá en 1969. Qué bien.

domingo, enero 12, 2020

La Fiesta del Chivo


Ayer estuve en el Teatro Infanta Isabel de Madrid para ver La Fiesta del Chivo, el montaje teatral estrenado el pasado noviembre de 2019, dirigido por Carlos Saura sobre la novela de Mario Vargas Llosa y en adaptación del controvertido Natalio Grueso. Aforo casi lleno —la butaca 17 de la fila 7, justo delante de mí, permaneció vacía durante toda la función, y creo que fue la única que no se ocupó de todo el patio. En la primera fila, el personal de sala acomodó a media docena de invidentes. Ha sido la primera vez que he visto a un grupo de ciegos acudir al teatro. La cercanía de la sede de la calle Prim de la ONCE puede explicarlo. Confieso que me ha llegado más la historia del dictador Trujillo por esta representación que por la novela de 2000 de Vargas Llosa, salvando las distancias de género, y no las del tiempo y circunstancias, después de memorables novelas de dictadores, desde Tirano Banderas a Yo, el Supremo. No se trata, por esto, de un asunto de calidad literaria, que parece innegable en el texto de la novela. Quizá, en la adaptación se trate del modo de intentar embutir el material novelesco en una situación dramática a partir de recursos como la utilización del personaje de Urania —la hija del senador Cerebrito Cabral, que representa una espléndida Lucía Quintana— como narradora, primero ante su padre, hecho un despojo, mudo y en silla de ruedas, interpretado por Gabriel Garbisu, y luego delante del público. Con el primero, el monólogo informativo funciona también como justificado reproche —casi sentencia ya tardía de la que ha sido víctima propiciatoria—; y con el público como captatio igualmente dirigida a abrazar y defender al único personaje femenino —salvas sean la Prestante Dama como su Graciosa Majestad Angelita I, esposa e hija del dictador, respectivamente, que se muestran en las imágenes del gran panel del foro, utilizado también para dibujos del propio director— de esta atractiva función. En montajes con actores tan portentosos como Juan Echanove —sin desmerecer el papel de Eduardo Velasco como el embajador Manuel Alfonso, que ayer no tuvo su tarde, el de Manuel Morón como el criminal coronel Johnny Abbes o David Pinilla que hace creíble al Presidente Balaguer— no sería justo poner todo el peso en la interpretación, que fue lo que anoche aplaudió el respetable, porque hay valores en la dirección y en la adaptación que la crítica más sabia y más distanciada podrá escribir en su momento. No sé si como debe ser. Algún día, como yo he hecho con obras teatrales de otros siglos, alguien manejará un caudal inmenso de información y referencias sobre una pieza teatral como La Fiesta del Chivo, y aportará datos e interpretaciones muy válidas sobre una representación convertida en texto. Pero hoy me quedo con haber estado ayer en una sala de teatro y escuchar decir al personaje de Urania algo parecido a que se siente vacía como un desierto, como el desierto en el que dice el personaje haberse convertido en la novela de Vargas Llosa. Ayer, por la acera de los impares de la calle del Barquillo, escuché al salir del teatro que una mujer decía a su acompañante que la obra le había sorprendido porque no había leído la novela. Quizá lo mejor de todo habría sido que al llegar a casa esa mujer buscase la novela, como hice yo anoche para acabar de dar sentido a todo.

viernes, enero 10, 2020

La reserva


Llevaba allí más de quince minutos sin que nadie apareciese por la barra de la cafetería de un hotel a las afueras de una ciudad cualquiera. Entretenía la espera leyendo los periódicos; pero, recién llegado, me apetecía tomar una cerveza y me inquietaba cada vez más por aquel vacío. Sonó un teléfono que había sobre el mostrador, no muy alejado de la mesa que yo ocupaba; y por fin apareció un camarero para atender lo que supuse era una reserva para el restaurante. —¿Para cuántas personas? —Sí; pero tendría que confirmárselo más tarde. ¿Le importaría darme un número de contacto? —649… Escuché perfectamente desde donde estaba sentado cómo repetía el camarero las seis cifras que quedaban hasta completar el número de mi teléfono. No me lo podía creer. Intenté avisarle con un gesto; pero colgó y se marchó sin darme tiempo siquiera a pedirle que me atendiese, para decirle que quería tomar algo. No podía creerlo. Me levanté y me asomé a una zona llena de mesas que parecía antesala de un salón más grande que se atisbaba al fondo y que debería ser el comedor principal. No había nadie. Me hice notar; pero nadie respondió. Acudí a la recepción para preguntar si podían atender en la cafetería, que llevaba allí más de veinte minutos y que quiero que me sirvan algo. Una mujer joven me dijo que le parecía extraño, que deberían estar por ahí «los compañeros», que no me preocupase, que ella ahora aviso. Volví a la cafetería y esperé el rato suficiente hasta saber que allí no había servicio alguno que yo quiero reclamar. Volví al mostrador de recepción y no había nadie. Me quedé mirando al llamador con timbre que había a la derecha de la encimera de falso mármol y sonreí triste. Esperé durante unos minutos y nadie apareció. Pulsé el llamador con la palma de mi mano como si aplastase un insecto y salí de allí sin esperanza alguna. A ochocientos metros del hotel había una gasolinera con una tienda express en la que compré unas latas frías de cerveza y un sándwich envasado que me vendrán muy bien. En recepción no había nadie; lo único que me pareció percibir fue el eco de mi timbrazo cuando salí. En la habitación, ya en el ordenador, me puse a preparar las últimas notas de la charla del día siguiente y, en ese momento, —serían las nueve de la noche—, sonó el teléfono móvil. —Disculpe la tardanza, tiene usted la mesa reservada para dos personas. Terminé la primera lata de cerveza, me puse los zapatos y he bajado al comedor.


jueves, enero 09, 2020

Vida y muerte de un poeta


A J. se lo regaló su hermano por Reyes, y me lo prestó. Lo leí en la tarde del pasado martes: Ian Gibson y Quique Palomo, Vida y muerte de Federico García Lorca (Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2018). La ilustración de la cubierta no forma parte del relato dibujado de este libro, que termina con un asesinato infame en unas páginas de las que desaparece el tono azulado de las viñetas para llevar a toda la plana blanca el negro de los coches y de la camioneta en unas escenas en las que lo más explícito y tremendo lo encontrará el lector en el texto —y no me refiero solo a los BANG, BANG tan de cómics. Pero la imagen a color de la primera y última de cubierta es una recreación interesada para hacer atrayente el libro: un Federico García Lorca arrodillado que se encara con dignidad ante la pistola que apunta a su cabeza. Está amaneciendo en un olivar entre Viznar y Alfacar, y del camión ya han bajado al maestro Dióscoro Galindo y arriba todavía espera uno de los dos banderilleros víctimas de aquel crimen atroz. No es ningún reparo por el fin comercial. Al contrario. La imagen es una reconstrucción más de la que todos hemos hecho sobre aquello. Se lee muy bien esta historia gráfica, amena y vistosa, que recorre una vida corta e intensa —¿qué habría dado la trayectoria de un genio que en solo veinte años, desde 1916, escribió tanto y tan sugerente?— y pienso en ella como un instrumento para complementar la lectura de sus textos en los centros educativos de enseñanza secundaria. Hay quien va más allá y cree que este género puede llegar a despertar el amor por la lectura, como me lo ha recordado hoy Ana Nebreda en su página de Facebook. Recuerdo ahora cuando yo intentaba enlazar en clase la lectura de la primera edición de La realidad y el deseo de Cernuda con la de Poeta en Nueva York de Lorca con la emocionante y hermosa elegía «A un poeta muerto», escrita en abril de 1937: «Por esto te mataron, porque eras / Verdor en nuestra tierra árida / Y azul en nuestro oscuro aire. / Leve es la parte de la vida / Que como dioses rescatan los poetas. / El odio y destrucción perduran siempre / Sordamente en la entraña / Toda hiel sempiterna del español terrible, / Que acecha lo cimero / Con su piedra en la mano». Tiene momentos muy luminosos la historia gráfica de aquella tragedia.

miércoles, enero 08, 2020

Marsé, 87


© EFE
Me remito a mis entradas del año pasado y de enero de 2017 para el asunto de la fecha. Felicidades, maestro. Este lunes, Juan Cruz publicó en El País «Las edades de Teresa», un artículo sobre Marsé y la vigencia de su gran novela, la que ganó el premio Biblioteca Breve en 1965. En él alude a su potencia narrativa, al desgarro y a la paciencia de la escritura, inherentes al oficio de este barcelonés de 1933. Siempre que he propuesto a mis alumnos —con prueba evaluable, eso sí— la lectura de esta obra, me ha interesado mucho su opinión sobre si les resulta vigente; y la respuesta afirmativa ha sido unánime. Felicidades. Con dedicatoria al maestro, contaré que hace unas semanas, ya el pasado año, un amigo me envió desde Montreal su ejemplar de la primera edición de Si te dicen que caí (Naucalpan de Juárez, Estado de México, Organización Editorial Novaro, 1973), un desastre que ni siquiera el autor pudo ver en pruebas, lleno de erratas y de errores; pero, en definitiva, una joya para un coleccionista que mi amigo no imagina cuánto le agradezco. Y contaré también, en dedicatoria al maestro, que ayer mismo me encontré en la calle, al lado de casa, con un escritor de aquí que me dijo que quería preguntarme algo sobre «nuestro queridísimo» Juan Marsé. Esto no es normal. A mí que no me digan. Yo iba cargado con bolsas de vidrio y plástico para reciclar, y por cima del culo con los primeros achaques de una lumbalgia que ahora combato en reposo sobre un escritorio en el que me gustaría reproducir aquella luz encrespada o la transparencia erizada y engañosa —de Caligrafía de los sueños (2011)— de una calle cualquiera pero en cuesta abajo, más soportable. Vamos, que va mi amigo y me dice que a mí qué me parece que el texto pórtico de Últimas tardes con Teresa cuente el final de una verbena y que la novela comience un día de verbena, la noche del 23 de junio de 1956. Yo le dije que tuviese en cuenta que la verbena del principio no era una verbena popular, sino una fiesta en un jardín con piscina en el barrio de San Gervasio. Pero al final es una verbena más. Y es determinante. Eso, que felicidades, maestro.

domingo, enero 05, 2020

Fomento de la lectura


J. me pidió después de las uvas que le prestase Lluvia fina, de Luis Landero. Se llevó el libro y a su hermano, que había quedado en casa de un amigo para salir por ahí y pasar toda la noche hasta las tantas, como pedía la fecha. El jueves comí con ella y vino con la novela, que terminó de leer esa misma tarde, mientras yo hacía lo propio en mi estudio; terminar de leer otra novela. Ella, que se ha alegrado de volver a leer «tan de seguido un libro», quería preguntarme por el significado de algunos comentarios al margen que tengo anotados en mi ejemplar, el porqué de algunas flechas o de una doble raya vertical que llaman la atención sobre las líneas de un párrafo. Hay un círculo sobre el número del capítulo 3 y nombres de personajes en la cabecera, o al pie con un triángulo con dos nombres femeninos y uno de hombre, y un apunte («la novela») como ladillo de un pasaje (pág. 220, rima imperfecta del año que empieza) en el que el narrador resume lo que ocurre: «[…] las llamadas de Sonia y de Andrea, e incluso a veces de la madre, cada una con su historia, horas y horas con sus cuentos interminables, casi todos llenos de minucias mil veces oídas y que ellas no se cansaban jamás de repetir, con sus versiones encontradas, donde no había episodio, por pequeño que fuese, que no tuviera otras variantes, que se rebatieran o se negaran entre sí, que no admitieran los más prolijos y enrevesados comentarios […]». Le respondí como pude y me interesó mucho su opinión sobre el final. Bien. La experiencia me ha hecho pensar en que si vuelvo a prestar un libro que contenga mis anotaciones —hay quien cree que eso no debe hacerse; escribir sobre él y prestarlo—, debo cuidarme más para que cualquier lector vicario no sepa lo que va a ocurrir más adelante —ahora lo llaman spoiler. Por ejemplo, mi anotación en otro libro: «Prolepsis. [Una flecha] Luego se verá; cuando ella se despida de su hija antes de que su marido la abandone». Por ejemplo.

sábado, enero 04, 2020

Centenario de Galdós


No estoy capacitado para el cálculo rápido; y no sé si podría aproximarme a una medida de las horas de satisfacción que me ha dado la lectura de Galdós, que murió tal día como hoy hace cien años. Como profesor, por ejemplo, pienso en la cantidad de tiempo que le he dedicado para preparar mis clases y luego el buen rato que, junto a mis alumnos, he pasado en torno a obras como Doña Perfecta, La desheredada, El doctor Centeno, Tormento, La de Bringas, La corte de Carlos IV, El amigo Manso, Nazarín, Halma…, que son algunas de las novelas que he tenido el placer de incluir como textos en mis asignaturas a lo largo de muchos cursos académicos. Recuerdo la sorpresa de algunos cuando les leía una cita de alguna de esas novelas y la introducía diciendo que aquello lo había escrito Benito Pérez. Se reían con la broma de omitir su segundo apellido, que informalmente o en carteles y titulares siempre ha desplazado al primero: «Galdós para entender la España de hoy» encabeza el texto de Almudena Grandes que publica hoy El País (pág. 27); «100 años sin Galdós. Un episodio extraordinario» aparecía ayer en la portada de El Cultural, monográfico, desde el artículo de Anson («Galdós. El océano de las letras») hasta la «entrevista» final, incluyendo la mayoría de los anuncios publicitarios del número, que recomiendo, pues hay colaboraciones muy fundamentadas sobre un escritor tan total que ha podido llenar cada una de las secciones de la revista —letras, teatro, música, arte y ciencia— y ya es difícil. Germán Gullón, Marta Sanz, otra vez Almudena Grandes —sobre los Episodios nacionales—, José Esteban, Antonio Muñoz Molina y otros ofrecen trazos de interés sobre el gran escritor. Comienza un año que va a estar lleno de actividades de celebración —publicaciones, congresos, documentales…—, como la exposición que pude ver en la Biblioteca Nacional «Benito Pérez Galdós. La verdad humana», que estará hasta el 16 de febrero, y que me pareció excelente muestra del personaje y de su tiempo. Demasiada gente en algunos sitios; pero suficientemente extensa como para moverse con cierta comodidad si uno decide modificar el itinerario de su transcurso. Espero seguir el hilo galdosiano de 2020 en este blog en el que aparece bastante don Benito —incluso, en mi página de clases, es uno de los autores con más entradas después de Cervantes. Vuelvo a El Cultural del viernes en el que otro de sus colaboradores, Ignacio Echevarría, escribía que «sigue sin desaparecer la ligera incomodidad que produce invocar su magisterio» (pág. 21). No lo comparto. Será una apreciación personal sin voluntad categórica, porque yo me siento muy cómodo cada vez que lo invoco. Claro, yo no soy novelista.

miércoles, enero 01, 2020

Año nuevo


© Ronald Zak (AP)
Feliz año nuevo. Dirige la Orquesta Filarmónica de Viena el maestro letón Andris Nelsons. La obertura de 2020 ha sido la de la opereta Los vagabundos, del vienés Carl Michael Ziehrer, una novedad, nunca escuchada en la Sala Dorada del Musikverein. La sensación muchas veces vivida de un estreno dura lo mismo que desembalar un regalo. Un instante. De vita beata. No desear nada. No querer ser codicioso con el año que empieza y gozar con lo que se tiene, que no es poco.