lunes, enero 30, 2023

Sin fines de lucro

También ando estos días con el repaso de apuntes y notas para mis clases en el segundo cuatrimestre que empieza mañana, último día de enero. Tomo el título de esta entrada del libro de Martha Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (Katz Editores, 2010), traducido por María Victoria Rodil, del que supe por La utilidad de lo inútil. Manifiesto, de Nuccio Ordine (Acantilado, 2013). Se me ha ocurrido que ambos títulos serían un buen modo de presentarse en una clase de una Facultad de Letras siempre que el profesor relativice un poco los tonos apocalípticos de ilustres que piensan sobre la educación de hoy. Ya hablaré de ellos; pero a partir de mañana, como siempre, llevaré otros ejemplos que la actualidad me trae a la mesa todos los días. La literatura es una manifestación artística sublime, una representación de nuestro mundo que nos incluye a todos, con nuestras preocupaciones y nuestras certezas. Por eso, siempre que puedo llevo a clase un reflejo del programa de la asignatura en los medios de costumbre. No tiene mucha ciencia —pero me gusta— mostrar en clase el titular de El País del 9 de enero de 1986, que daba noticia de la muerte de Juan Rulfo con «Juan Rulfo pasa a la literatura con 250 páginas», que me viene muy bien para explicar el «proceso de mitificación» del escritor del que ha hablado quien mejor lo ha editado, el profesor José Carlos González Boixo. Esto pasa en mi asignatura de Textos de la Literatura Hispanoamericana. Pero en Textos de la Literatura Española del Siglo XVIII, con la que inauguro mañana el cuatrimestre, he puesto en los últimos años para empezar un artículo de mi admirado Juan Goytisolo —aquel día mal informado y peor lector— sobre la literatura española de ese tiempo, para intentar rebatir con argumentos basados en las formas y las ideas tanta desafección. En fin, en pocas horas, y durante la placentera costumbre de leer el periódico, encontré en estos días dos textos para llevar a clase que mencionaban la literatura al referirse a un hecho lamentable de palpitante actualidad. La noticia de que el futbolista Dani Alves había sido detenido por la violación de una mujer en una discoteca, y luego que su víctima había renunciado a ningún tipo de indemnización por tal delito, generó y genera un ruido informativo casi inabarcable. Selecciono tan solo la columna («Anatomía de Twitter») de Nuria Labari («Violada pero no indemnizada»), que terminaba aludiendo a la historia de una de las obras que vamos a leer este año, Lucrecia (1763), la tragedia de Nicolás Fernández de Moratín. Escribe Nuria Labari: «Hace 2.500 años, la noble Lucrecia decidió suicidarse después de ser violada en la antigua Roma. Le pareció que solo así conservaría su honor. En 2023, el honor de una mujer violada no se paga con la vida, pero sigue teniendo un precio». Y también la columna de Leila Guerriero —que ya sola daría para una clase de literatura hispanoamericana— «Víctimas puras», que tomaba la misma noticia como fundamento para decir que «Nadie debería sentirse obligado a demostrar pureza moral para tener derecho a tener derecho»; y que aludía al poema «Tú me quieres blanca» de Alfonsina Storni (1892-1938), la escritora argentina cuya biobibliografía bastaría para armar la otra asignatura que estoy preparando sin fines de lucro.

domingo, enero 29, 2023

Winterreise

Puede ocurrir que una mañana de sábado en la que uno tiene en la cabeza el modo rutinario y solitario del paseo y de lo doméstico —limpieza y compra—, después de un viernes lleno de mucha literatura y amistad desde la mañana hasta la noche, irrumpa felizmente una novedad que todo lo cambia. La lástima es que todo se de a la vez, y que personas distintas en el mismo día te inviten a cenar y te regalen dos entradas para un concierto. Dádivas de vida. Ayer fue la primera vez que he escuchado en directo un ciclo de lieder de Schubert. En el recital Winterreise (Viaje de invierno), compuesto por veinticuatro piezas que construyen un argumento del desamor de siempre y de la melancolía romántica. Los poemas (lied) son de Wilhem Müller (1794-1827), que no sería tan conocido si Schubert (1792-1828) no hubiese musicado sus textos. Son paseos solitarios, en lugar de en primavera, como el del poeta español Nicasio Álvarez de Cienfuegos —y que luego digan que los rasgos del romanticismo español no están ya en el siglo XVIII—, en invierno —«el tiempo de la meditación», según la oda de Meléndez Valdés—, y tras un amor no correspondido. Ayer fue el concierto central del festival «AtriuMMusicae ‘23» organizado por la Fundación Atrio Cáceres, y que ha añadido a esta ciudad otro interesante atractivo cultural. No se han andado con chiquitas y han recurrido a uno de los mejores gestores y directores artísticos de festivales de música en España, Antonio Moral. Se ha notado su experiencia en la concepción de una serie de conciertos en lugares especialmente significativos de Cáceres —más el Museo Vostell de Malpartida de Cáceres—, selectos y a la vez abiertos a todo el público interesado, con entradas —el de ayer— desde los cinco hasta los treinta euros. Y se ha notado en el programa. El de ayer fue brillante. El Gran Teatro casi lleno. Exquisita interpretación del alemán Alexander Fleischer al piano y del barítono suizo Manuel Walser, magistralmente armonizados cuando la pieza lo exigía y también perfectos en la alternancia de piano y voz. Gusta celebrar estos actos en esta ciudad en la que antes nos lamentábamos por la programación de lo poco que había casi al mismo tiempo y sin coordinación —como quienes me invitan—, y en la que ahora, con lo mucho que puede programarse nos resignamos a no conciliar, y tenemos que elegir. Aun así, nos vemos muchos en los mismos sitios, como es natural. Bien está.

martes, enero 24, 2023

Tomás Sánchez Santiago en el Aula Valverde

Imagine el lector de Pura tura mi entusiasmo por la participación en el Aula José María Valverde de Cáceres del escritor Tomás Sánchez Santiago, uno de los autores sobre los que más he escrito en este espacio en el que gozosamente vuelve a aparecer. Leerá y comentará su obra en el Instituto de Lenguas Modernas o Antigua Escuela de Magisterio (Avda. Virgen de la Montaña) el jueves 26 a las 19:00. Al día siguiente lo hará con los estudiantes de varios centros de Secundaria de la ciudad en el salón de actos del Instituto «Ágora», como viene siendo habitual en el formato de esta actividad que echó a andar en 1996. Después de tantos años y entre tantos nombres, uno se alegra mucho de haber convivido en el «Aula» con amigas y amigos —alumnas y alumnos, en algunos casos— que vinieron y siguen viniendo como invitados. No descarto que el «Aula», o las «Aulas» extremeñas, hayan predispuesto para un vínculo de amistad de los anfitriones con alguna de las figuras que nos han visitado desde hace tanto tiempo. Es una satisfacción grande repetir ahora la experiencia de asistir a una de las lecturas del Aula Valverde protagonizada por un amigo tan cercano y afín desde hace décadas, por, sin duda, la relación común con personas como Ángel Campos Pámpano, su compañero de estudios en Salamanca, su íntimo. La visita de Tomás dentro de dos días no solo me ha impelido a llamarlo ayer para charlar un rato, sino a buscar entre mis fruslerías del blog lo escrito sobre él. No sale su novela Años de mayor cuantía (Memoria y fábula) (Eolas, 2018), que fue galardonada con el XVIII Premio de la Crítica de Castilla y León en 2019; pero sí su Calle Feria, sobre la que un lector de Pura tura escribió el 15 de agosto de 2007 un comentario: «Una de las mejores novelas de los últimos años». Fue Ángel Campos quien me dijo que En familia (Valladolid, Fundación Jorge Guillén, 1994) era un libro de poemas extraordinario, que me dedicó Tomás en Plasencia en abril de 1996 «en el principio de una segura amistad». La complicidad entre amigos estuvo en aquella antología Cercano a lo que importa, y desde aquí celebré la publicación de libros, como Pérdida del ahí, en donde recordé las palabras de Álvaro Valverde sobre Tomás Sánchez Santiago: «No está todo perdido, como al cabo parece. No mientras haya hombres como Sánchez Santiago y libros como éste. La autenticidad puede ser revolucionaria». Un libro de libros, luego, fue El murmullo del mundo (2019), y, más recientes, Cerezas en el escondite o el que ocupó mi última nota sobre tan notable escritor, su La belleza de lo pequeño (Eolas, 2022). Lo recomiendo todo. Qué bien que venga. 

© La Opinión de Zamora

domingo, enero 22, 2023

Infierno, Purgatorio, Paraíso

El otro día de diciembre del pasado año me preguntó Julia por qué llevaba tanto tiempo este libro en la mesa de mi cocina. Le respondí que es una de esas novelas que solo leo en los desayunos. No es por demérito de la obra, sino por una disciplina que me impongo para compaginar varias lecturas. Es verdad que hay otras que son por obligación profesional y aquellas que uno se lee en dos tardes porque le han subyugado; pero también será por algo, digo yo, demorarse tanto tiempo en la lectura de un libro de a poquito en la mejor refacción del día. «—¿Y te acuerdas de lo que vas leyendo?» —me preguntó. «—Perfectamente». Y luego calculé la media de páginas que leí al día durante los tres meses que estuvo ahí el volumen de cuatrocientas sesenta: cinco páginas cada mañana temprano, sin ser exacto; que no hay ninguna necesidad. Pocos días después de nuestra conversación lo terminé. Durante el tiempo que desayuné con la novela han pasado muchas cosas, y algunas vienen al caso. Por ejemplo, cuando escuché en el programa A vivir que son dos días (Cadena SER) una conversación que tuvo Javier del Pino con David Trueba, Enric González y Jordi Évole, a propósito del documental del cineasta en HBO sobre Jordi Pujol, «La sagrada familia. Auge y caída de los Pujol». Me llamó mucho la atención que no aludiesen para nada a esta novela, Infierno, Purgatorio, Paraíso (Tusquets, 2021), de Jordi Ibáñez Fanés. A medida que escuchaba, aumentaba mi estupefacción por no escuchar ninguna mención de ese libro que yo estaba leyendo y que tenía tanto que ver con todo lo que estos inteligentes y amenos tertulianos comentaban sobre Pujol, su círculo, sus costumbres, su relación con la prensa, sobre Andorra, Ubu President… y toda la estrambótica realidad que puebla tan notable obra que fue reconocida con el Premio de la Crítica el pasado año —que en la sección de poesía fue para Incendio mineral, de Mª Ángeles Pérez López. También leí que Ramón de España se había disculpado y aceptaba que se le considerase un paranoico por creer que «una de esas peculiares manos negras que actúan en la sombra en nuestro país ha contribuido a que al libro del señor Ibáñez no se le prestara la atención debida». Se preguntaba por los motivos que a mí se me ocurrieron cuando escuché el programa de Javier del Pino, y se respondía: «Pues solo se me ocurre uno: Infierno, purgatorio, paraíso es una monumental tragicomedia sobre el prusés en la que el autor no oculta la grima que le ha dado todo el asunto y así se lo explica al lector en lo que es un ajuste de cuentas en toda regla con una sociedad, la catalana, y su responsabilidad en uno de los mayores disparates que se hayan visto recientemente en nuestro país. La sátira, además, no se quedaba simplemente en eso, sino que iba bastante más allá, sobre todo estilísticamente, de una manera que a veces no le ponía las cosas fáciles al lector, quien se veía obligado a perseverar en la lectura para acabar haciéndose con el premio gordo una vez concluida». Sin embargo, luego leí retrospectivamente una reseña de Domingo Ródenas en Babelia, otra de Fernando Valls, de marzo de 2022, y una columna, nada más y nada menos que en El País Semanal y de Javier Cercas, sobre la novela de Ibáñez Fanés, y no me pareció, pues, que la novela no hubiese tenido eco. Eco por su asunto, y no por sus valores literarios, como suele ocurrir, salvando algunas oportunas referencias a la construcción narrativa y al estilo de una obra a la que se le nota que está vertida desde su original en catalán, también publicado en Tusquets como Infern, Purgartori, Paradís (Tusquets, 2021) —sí, con esa errata en cubierta de «Purgartori», como los descuidos en la edición española («Clotas volvió a mirarme cómo si me tuviera por un caso definitivamente perdido» pág. 111; «El día antes había despedido […]» pág. 199; «Capgràs se lo miraba ahora con una mueca amarga» pág. 236; «Eran de color rosa, muy parecidas, sino idénticas […]» pág. 279). Sorprendido por lo dicho sobre esta novela y también por lo no dicho, me quedo con los buenos ratos que he pasado con su buena resolución de una sátira esperpéntica —no con su prolijidad en cosas innecesarias—, del juego temporal y estructural, y con su buen uso de los recursos formales, como el diálogo teatral, para resolver la demasiada presencia de un narrador inteligente que se deja notar en muchos momentos. Me quedo con aquella grata impresión que me propició encontrar al principio de sus páginas una cita de Juan Marsé: «Creo en lo que dijo Walter Benjamin: la narración siempre viene de lejos y aunque no sea verificable le concedemos crédito, mientras que la información —prensa, televisión, radio— viene de lo próximo y es verificable, y sin embargo muchas veces no es creíble». Aunque no se menciona, proviene de una anotación del 16 de junio de 2004 incluida en las póstumas Notas para unas memorias que nunca escribiré (Lumen, 2001, pág. 123 y nota en 377). Ibáñez Fanés podría haber elegido muchas declaraciones de Marsé sobre el contexto de su novela; pero ha elegido esta tan precisa. Recomiendo la lectura de Infierno, Purgatorio, Paraíso, sobre todo; y —siempre después— también de la de quienes escribieron sobre ella, en donde cualquiera podrá encontrar apreciaciones aprovechables, de esas que se publican en su momento. No como estos apuntes personales y extemporáneos, como fuera de onda. Valga como una justificación de esta nota.

miércoles, enero 18, 2023

Antonio Mestre Sanchis

© Las Provincias

Este lunes, en la lista de siglo-xviii, supe por Pedro Álvarez de Miranda que el pasado jueves murió el gran historiador dieciochista Antonio Mestre Sanchis (Oliva, 1933). Compartía Pedro las palabras de la necrología escrita por uno de sus discípulos y amigos, Enrique Giménez, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Alicante: «Los grandes maestros en la Universidad han sido aquellos que han despertado vocaciones, los que a través de su actitud han logrado apasionar a sus alumnos, que detectan de inmediato la identificación que existe entre el profesor y la materia sobre la que trabaja. Ayer nos dejó uno de ellos: Antonio Mestre, catedrático de la Universidad de Valencia y Alicante, y desde 1979 el primer decano de la Facultad de Letras de la incipiente Universidad lucentina. […]  Junto a la novedad que suponía situar los orígenes de la Ilustración a fines del XVII, al igual que sucedía en toda la Europa occidental, la influencia francesa se diluía en las investigaciones del Dr. Mestre, quien dedicó gran parte de su gigantesca labor historiográfica a sacar a la luz la extraordinaria importancia del ilustrado valenciano Gregorio Mayans en la cultura española del Setecientos. Antonio Mestre es el impulsor de una obra sin parangón en la historiografía española dedicada al siglo XVIII: la publicación de la ingente correspondencia mayansiana, de la que ya han aparecido 22 volúmenes, y ello gracias a la labor benemérita, que debe ser destacada, del Ayuntamiento de Oliva, la Diputación de Valencia y la Generalitat valenciana. […] Para quienes fuimos sus discípulos, parece que escribiera el poeta y premio Cervantes Francisco Brines, también nacido en Oliva y amigo íntimo de Antonio Mestre, un verso brillante, espléndido como todos los suyos, extraído de un poema que comienza «Delante estaba el monte», y que se titula «El barranco de los pájaros»: «Teníamos que subir todos juntos el más hermoso monte», y añade el poeta un consejo que invita a proseguir la senda abierta por el Maestro Mestre para recorrer las cordilleras y las barrancadas de nuestro siglo XVIII : «Hay que olvidar el sitio, ser más fuerte / que el destino ruin, y con la noche, /  vergonzoso en la sombra, penetrar / en una vastedad desconocida». Se refería Enrique Giménez a una suite poética de siete textos del primer libro de Brines, Las brasas (Rialp, 1960), que fue premio Adonais; y la amistad entre el gran poeta y el gran historiador enardece mi recuerdo de ambos. Tuve ocasión de conocer personalmente a Mestre en Cádiz, en el Congreso de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII que se celebró en octubre de 2012 y en el que se le homenajeó como maestro del dieciochismo —su discurso de agradecimiento está publicado en el volumen coordinado por Fernando Durán Hacia 1812 desde el siglo ilustrado (SEESXVIII y Ediciones Trea, 2013) y ahora me satisface haber insistido el pasado verano para que publicase en Cuadernos dieciochistas una reseña, precisamente, del libro de Enrique Giménez Tempestad en el tiempo de las luces. La extinción de la Compañía de Jesús (Cátedra, 2022), que ha sido una de sus últimas publicaciones en vida. Un admirable maestro entre los estudiosos del siglo XVIII, y del que podemos decir que casi todo lo que algunos hemos sabido y tenemos de Gregorio Mayans es suyo.

domingo, enero 15, 2023

Silencio

Vuelvo a leer estas palabras que me acompañaron —las llevaba en el bolsillo— ayer en el teatro: «La situación es tan teatral que, al anticiparla con su fantasía y temiendo estropearla, quien escribió estas palabras pudo sentirse tentado, mientras las preparaba en soledad, de pedir, como acostumbra, a un intérprete que las pronunciase en su nombre. Si no se decidió entonces, ha podido hacerlo en la última hora. Hay tantos cómicos hoy en esta casa que el autor del discurso puede haber encontrado fácilmente actor o actriz dispuesta a intercambiar con él posición e indumentaria. Es muy probable, sí, que quien ahora lee o finge leer estas palabras no sea el que las escribió, sino un representante». Son del discurso de ingreso en la RAE de Juan Mayorga en mayo de 2019, y da la impresión de que ya estaba pensando en su puesta en escena en un futuro próximo, que llegó en enero de 2022, cuando se estrenó el montaje de Silencio que ayer vimos admirados en el Gran Teatro de Cáceres, e interpretado por la «representante» Blanca Portillo. Inconmensurable actriz, nuevamente inconmensurable anoche en el primer gran lleno de la temporada aquí. Cuando yo vi el discurso de Mayorga contestado por Clara Janés en la página web de la RAE —el texto también puede leerse en la RAE en pdf y por la edición de La Uña Rota de Silencio y Razón de teatro (septiembre de 2019), la que ayer llevaba en el bolsillo—, pensé en que el gran homenaje al teatro que fue de principio a fin comenzaba desde su manera de decirlo —o escenificación—, pues Juan Mayorga lo pronunció de memoria, sin casi mirar sus papeles, como hace poco hizo cuando agradeció el Premio Princesa de Asturias de las Letras en octubre de 2022. Un escritor de palabras acostumbrado a que otros, los actores y las actrices, las pronuncien en su nombre; pero que cuando tiene que decirlas en público se empeña en imitar a los profesionales que las memorizan para actuar procurando no quedarse en blanco. O sea, un homenaje al teatro y a sus protagonistas. Mayorga ha logrado que un acto que tiene su ritual y un género que tiene su estructura interna invariable desde más de siglo y medio —Pedro Álvarez de Miranda ya habló en el mismo escenario sobre ello— puedan trasladarse a un espectáculo teatral de cien minutos con una sola actriz arriba y que se hace corto. Lo sorprendente es que un texto de partida tan cerrado y ceremonial se mantenga en su casi literalidad y gane en su teatralidad. Y lo más sorprendente para mí fue que lo que yo creía que iba a caerse por su carácter circunstancial —una de las partes del género es el elogio del antecesor en su sillón—, quedó ahí en una síntesis de las palabras sentidas sobre el poeta y «pensador de la poesía» Carlos Bousoño. De lo que Mayorga sí prescindió en el montaje de Silencio es de las alusiones en su discurso académico a sus propias obras —La lengua en pedazos, Reikiavik— para ocupar el tiempo en tipos como Sófocles, García Lorca o Calderón de la Barca. Ya me cautivó escuchar a Mayorga en su discurso ante sus compañeros académicos. Ya me demoré con gusto por sus cuarenta y dos notas al pie en la versión impresa. Y ahora, me alegro mucho de lo deslumbrante de haber conocido todo eso puesto en escena gracias al trabajo gestual de una actriz, a su indumentaria —con la que se juega para los desdoblamientos—, a los diversos registros de su voz, a las luces…; en fin, al teatro en el que el Juan Mayorga que tomaba posesión de su sillón M en la RAE estaba pensando cuando pronunciaba ese discurso memorable. Silencio es una coproducción de Avance Producciones Teatrales y Entrecajas Producciones Teatrales, con diseño de espacio escénico y vestuario de Elisa Sanz; de iluminación de Pedro Yagüe; y de espacio sonoro de Manu Solís; en la que el maquillaje y peluquería son de Thomas Mikel Nicolas, y con las ayudantes, de dirección, Viviana Porras, y de escenografía, Sofía Skamtz. Siempre pienso en todos los que trabajan para ofrecer tanto talento por el módico precio de una entrada de teatro. Ayer fue en un Gran Teatro lleno. Compárese con lo que he pagado hoy en una cafetería del centro de Cáceres por dos cañas sin pincho: 6, 40 €. Se dice pronto. Silencio. 

viernes, enero 13, 2023

As bestas

Peliculón. Ya no podía posponer más acudir al cine para ver algo con muy buena crítica en casi todos los medios. Pero si en estas últimas semanas ha habido un estímulo principal, ha sido la recomendación de personas cercanas muy jóvenes que me han puesto la película por las nubes. Ayer la vi, en buena compañía. No debe de ser muy habitual que hagas la cola con dos amigables conocidos como Mª Cruz Vázquez y César Serrano y que compren una entrada más para regalártela. Vimos, pues, As bestas (Rodrigo Sorogoyen, 2022) juntos; más una pareja varias filas detrás de nosotros. Ellos fueron los que me hablaron de la película documental Santoalla (2016), de Andrew Becker y Daniel Mehrer, que habían visto, sobre el hecho real que inspiró el guion de Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen. No he podido verla. Bastante tengo por el momento con haber disfrutado con las dos horas de esta obra maestra que es As bestas, que está dedicada «A Margo», la esposa de Martin Verfordern, el holandés que imbuye al personaje de Antoine en la película de Sorogoyen. Como en las mejores obras literarias, lo que hace admirable este cine es la forma de contar en su lenguaje una historia que no es nada insólita, a pesar de su crudeza. No sería lo mismo si la película no se abriese con esa escena en la que tres hombres abaten a un caballo como lo hacen en ese rito ancestral de la rapa das bestas, para imponer todo el peso simbólico a la historia. No sería lo mismo si no comenzase el relato con otra en la que los hombres hablan en la taberna a la vez que trazan cuáles son las lindes que separan a los unos y a los otros. A los otros que son dos, la pareja de franceses que se ha instalado en una aldea gallega, interpretada por los espléndidos Marina Foïs y Denis Menochet. Y a sus antagonistas en la ficción, igualmente buenos en la interpretación, Luis Zahera y Diego Anido. No sería igual sin el manejo del tempo narrativo y tampoco sin determinados encuadres ni elipsis puestas en boca de un personaje que pronuncia «un año» y el espectador ya sabe. Otro valor también está en hacer cine sin empachar, en no recrearse o ser insistente en los hallazgos, en sugerir, en insinuar, sin necesidad de prolongar lo ya apuntado de manera brillante. Valdrían como ejemplo de esta contención la vigorosa escena del caballo al principio; pero también las sutilezas de la vida conyugal de la pareja o la representación del quijotesco protagonista masculino a los pies del gigante molino de viento; recursos de potente significación sobre los que no se insiste. Sí hay mayor recurrencia en las escenas de la cantina que considero muy justificada, pues aporta a la película ese aire de western en un espacio solo poblado por hombres que juegan al dominó, con la tensión y el miedo, las miradas turbias y los duelos a sorbos sobre el mostrador con una botella casi en primer plano. Yo no quería hacer una crítica de cine; solo dejar testimonio de cómo uno puede llegar a tener desde hace tiempo tanto interesante que hablar con amigables conocidos, encontrarse con ellos, y pasarse dos horas sin mediar palabra. Y todos tan contentos.