miércoles, diciembre 04, 2019

La adivinanza del agua en Madrid

Mañana jueves 5 de diciembre, a las siete de la tarde, estaremos Javier Alcaíns y yo presentando La adivinanza del agua (Cáceres, Javier Martín Santos Editor, 2019) en la Librería Panta Rhei de Madrid, en la calle Hernán Cortés núm. 7, entre Fuencarral y Hortaleza. Será un placer volver a hablar sobre este delicioso libro y animar a su disfrute.

lunes, diciembre 02, 2019

La isla del fin del mundo


Haber compartido durante tanto tiempo el relato en primera persona del personaje de esta novela, Aidan Fitzwater —joven irlandés de veinte años en la página 188—, es lo primero que me viene a la cabeza cuando escribo sobre esta obra. Tengo mi ejemplar desde el verano de 2018 y lo he leído a sorbos en los desayunos durante casi un año. ¿Se puede leer así? Yo creo que se puede. De hecho, creo que ha sido una de las claves de mi grata lectura de esta obra de Selena Millares, poeta, novelista y profesora de literatura hispanoamericana en la Universidad Autónoma de Madrid. Leo otros comentarios sobre la novela poco después de su publicación —dos especialmente queridos, de Santos Domínguez y de Fernando Valls— y me siento fuera de lugar, como un advenedizo que se pone a escribir sobre una novedad del año pasado. Me pasa mucho. Lo cierto es que este modo de lectura me ha permitido reproducir la travesía del personaje, que parte de un puerto, Waterford, y que llegará hasta las Islas Canarias, de donde proviene la autora de esta historia. Está escrita en primera persona y se inicia con el relato del comienzo de una travesía y como la puesta en marcha también de unos recuerdos, de tal manera que la lectura va avanzando o acompañando al lector en ese mismo periplo del personaje que habla desde su «extraño encierro» (pág. 9) —que cobrará sentido al final— a un lector que escucha. Perdón, que lee. Y es que una de las claves de esta historia articulada en siete capítulos sin titular y solo numerados es que haya unos ojos que le den «sentido, alma y resurrección» (pág. 210). El lector acompaña a esta búsqueda de una especie de tierra prometida que también es un paraíso perdido, una utopía que siempre tiene su lado de amargura y de frustración. Selena Millares sabe contarlo, sabe de sobra trenzar su relación autobiográfica, con sutiles cambios al que implica a la amada —«Ahora que te recuerdo en la distancia, Marella mía, desde este extraño encierro en que te pienso y te espero, me parece que fue ayer aquella noche última en que nos despedimos» (pág. 77); «mi bella Marella, mi cautivadora leanhaun shee, qué lejos te siento y qué cerca también» (pág. 146)—, en un texto que se lee con mucho gusto. Millares de besos a la autora por eso. No me gustan tanto los tramos del relato en los que se nota un afán documental de «novela histórica» —y esta no lo es— y cierta voluntad de dar detalle de lugares verificables; pero, afortunadamente, son pocos. Hay en esta novela muchos guiños —ya que soy el lector, me los tomo así— que me la hacen especialmente cercana. Que su tiempo sea el penúltimo decenio del siglo XVIII y que de pronto aparezcan figuras como Feijoo o como ese «viejo amigo», director del Real Gabinete de Historia Natural, José Clavijo —el de El Pensador. O que, además, en esta novela se use la referencia mítica a la isla de San Borondón o San Brandán, esa superficie fantasma y cambiante, aislada, esquiva, legendaria y utópica, que es la «razón social y literaria» de una editorial tan próxima a mis intereses como Ediciones Liliputienses que lleva con buena mano José María Cumbreño, cuya infancia, si no estoy equivocado, estuvo vinculada a un sitio en el que nació un ilustrado como José de Viera y Clavijo —del que me gustaría hablar aquí un poquito después de la exposición Viera y Clavijo. De isla en continente, que se montó en la Biblioteca Nacional de España entre enero y mayo de este año. Ojalá esta novela no pase inadvertida, como tantas; y ojalá sigan cayendo lectores con quimérica sensibilidad, de los que no solo leen lo más visible y mediático. [Selena Millares, La isla del fin del mundo. Madrid, Ediciones Barataria, 2018]

domingo, diciembre 01, 2019

Víctor Infantes, tres años


© Imago. Revista de Emblemática y Cultura Visual
Quiero que la primera entrada de este mes de diciembre esté dedicada a Víctor Infantes (1950-2016), porque hoy se cumplen tres años de su muerte. No me sorprende que sean tan numerosas —una treintena— las entradas de este blog que hablan de él, porque me tuvo entre los destinatarios de sus regalos de rara impresión, sus artificios bibliográficos y sus consejos; y siempre quise corresponder a su generosidad y reconocer su sabiduría en materia de libros. Espero que muy pronto se publique un volumen en su homenaje que ha coordinado su discípula y amiga Ana Martínez Pereira y que creo que llevará el título de Arte de la memoria. Ella, Ana, publicó en Imago. Revista de Emblemática y Cultura Visual, en el número 9 de 2017, una «Semblanza de Víctor Infantes» que encabezó con una cita de Manuel Altolaguirre que decía: «La memoria, que en la vida nos abandona con tanta frecuencia, en la muerte nos presta su abrigo, nos conforta, nos salva. El alma se queda envuelta con el paisaje de su conducta, de sus pensamientos, de sus emociones». Y, debajo, otro epígrafe, este de Víctor Infantes, que rezaba: «La memoria es un silencio de madera». Ana Martínez Pereira, que firmó con Víctor valiosos trabajos, cerró aquella semblanza con las siguientes palabras: «Su saber, y su modo de saber, son una gran pérdida para la filología española. Su ser, y su modo de ser (y estar) son insustituibles para sus amigos. Su memoria, impresa y vital, vivirá siempre en nuestro recuerdo». Por supuesto. Un recuerdo muy vivo.

jueves, noviembre 28, 2019

Clases


Echo de menos dar clases. Echo de menos dar clases, y por eso he disfrutado tanto esta mañana cubriendo una hora de una compañera que ha acudido a un congreso. Por primera vez en treinta y tres años, no tengo clases en el primer cuatrimestre. Si le sumamos el parón por los exámenes, esto quiere decir que hasta el 30 de enero no tendré carga docente. Alguno dirá que es un chollo. Yo no creo lo mismo, pues las echo en falta. Algún colega se compadecerá, porque ellos llevan ya muchos años con esa experiencia de un semestre sin docencia para estancias fuera o para lo que sea. Lo de esta mañana ha sido en un grupo muy peculiar de mi Facultad: primer curso del grado de Historia en la asignatura de Textos Fundamentales de la Literatura Española. Muy atentos, con interés, con preguntas, muy mayoritariamente hombres —curioso— y con la nota distintiva de que en primera fila había personas de mi edad, con cuarenta años más que sus compañeros de curso. Me han aplaudido al final y estoy convencido de que ha sido porque han notado que estaba disfrutando, y no por lo que he dicho ni por cómo lo he dicho. Como dijo Gustavo Adolfo Bécquer al dirigirse a la mujer de sus cartas literarias, «Yo nada sé, nada he estudiado; he leído un poco, he sentido bastante y he pensado mucho, aunque no acertaré a decir si bien o mal. Como sólo de lo que he sentido y he pensado he de hablarte, te bastará sentir y pensar para comprenderme». Y es que ha sido Bécquer y esa espléndida poética epistolar, que publicó en El Contemporáneo entre diciembre de 1860 y abril de 1861, el asunto principal de una clase que ha terminado con un alumno preguntándome si podría leer esa obra que los amigos del sevillano promovieron a su muerte en diciembre de 1870. Él quería saber de la edición madrileña de Fortanet en dos volúmenes (Obras) que se publicó en 1871 y en la que aparecieron por primera vez reunidas las Rimas. Ha sido tan fácil como hacer una búsqueda, en la misma aula, y mostrar en pantalla, gracias a Google Books, las páginas facsimiladas de lo que hacía un rato pudiera haberle parecido tan lejano e inaccesible. Un trabajo gustoso. Como hace unas semanas, en otra sesión esporádica sobre Don Álvaro o la fuerza del sino, y en otra más, con ese mismo grupo de Historia, sobre la Biblioteca de Barcarrota. Un trabajo gustoso y un aplauso para estudiantes así.

miércoles, noviembre 27, 2019

Un texto para algo


Me preguntó si podría ayudarla. Había metido la mano en un sumidero esquinado y no lograba sacarla. Me pareció extrañamente serena su actitud mientras me contaba que se le había caído por el hueco un anillo muy querido, un recuerdo de su madre, recientemente fallecida. Se afanaba tanto en su tarea mientras hablaba conmigo que mucho más me extrañó cómo me relataba que su mano, en busca de su apreciado aro en el agujero, palpaba algo con viscosidad que no podía ser una mousse de chocolate, que estaba segura de que aquello sería un excremento asqueroso. Yo seguí allí y ella me dijo —sentí un escalofrío— que había notado que una mano, allá abajo, estrechaba la suya. A partir de ese momento, solo recuerdo que un policía me preguntó si necesitaba ayuda. Yo estaba con la mano dentro de aquel sumidero; y me puse nervioso. Finalmente, la saqué sin dificultad, llena de mierda, y le dije que no, que todo estaba bien. Ni sentí asco ni nada.

* Había titulado este texto «La mierda»; pero me pareció que podría resultar demasiado contundente y de ningún modo malsonante. Así que he preferido «Un texto para algo», que es un apunte que suele repetirse en mis cuadernos cuando se me ocurre alguna bagatela. Es solo eso, un texto para algo, para desarrollar quizá, sin más significado. No tenía un porqué, pero justifica esta nota que a veces alguien de confianza me pregunta si me ha pasado algo, bueno o malo, por escribir según qué cosas. Eso sí, yo, a quienes me pregunten, daré las explicaciones que quieran. En este caso, me salió este texto y he querido publicarlo. En realidad, tampoco había que aclarar tanto. Aunque yo seguiría mareando la perdiz hasta alcanzar las mismas palabras en esta nota que el texto de arriba tiene. Que, si no he contado mal, son ciento sesenta y siete. Si no he contado mal. Ahora no sé si me quedo corto o si lo he cuadrado. Y creo que sí.

martes, noviembre 26, 2019

«El Pelayo», de Jovellanos


El sábado por la noche me encontré en la calle con una pareja amiga y con su perrito (A). Yo había salido a tirar la basura, a sacar dinero del cajero y a dar una vuelta corta con la idea de volver pronto a esta mi casa en la que había dejado la calefacción encendida, el teléfono móvil en el escritorio y la pantalla del ordenador luminosa aún con la primera página de una reseña que estoy escribiendo de la espléndida edición crítica de El Pelayo de Jovellanos que hizo Elena de Lorenzo y publicó Ediciones Trea (noviembre de 2018). En la calle, poco después y por detrás de nuestro encuentro, tuve la grata sorpresa de ver a otras amigas (B) que habían coincidido con la pareja (A) —no sé si con perrito— en la misma celebración por la jubilación de un amigo común (C). En la conversación en medio de la calle, salió el Pelayo como tarea pendiente que conté a (A) y a (B), y la calefacción, la basura, el móvil en casa. Todo el mundo, (A) y (B), se reía con lo del Pelayo y me animaba a dejarlo por un rato para cenar juntos. Ya solo con (B); y con ellas cené. Cuando volví a casa, no muy tarde —se vino conmigo otro amigo (D), marido de una de las (B), a quien dejé en el sitio en el que seguían todos los amigos de (C)—, la temperatura de mi salón era la ideal para llegar de afuera, y en el teléfono, después de cuatro horas, no tenía ni una llamada perdida, ni un mensaje. Nada. Parecía triste. El móvil fue el que me pareció triste; porque yo me alegré. No dejó de ser saludable que en el aparatino no hubiese ninguna señal después de mi ausencia. Eran las doce y pico de la noche y todavía tuve un rato para revisar algunos de los jugosos paratextos del Pelayo que ofrece en su edición Elena de Lorenzo. De verdad. El domingo por la mañana paseaba por el parque y se me ocurrió algo sobre una presentación de un libro; pero también me anoté que debía mencionar que la edición crítica de El Pelayo tiene muchas aportaciones, además de considerar textualmente por vez primera dos manuscritos que no se conocían cuando se inició el proyecto, en 1984, de las Obras completas de Jovellanos; uno de ellos, catalogado en 2017 en el Museo Casa Natal del escritor de Gijón. Al volver del paseo, me encontré en una dulcería con una de las amigas (B) y más tarde recibí un mensaje de otra de las amigas (B) para que comiese con ellas. Comimos los tres —(D), y sus chicas de (B) se marchaban a Mérida— y volvimos a bromear con «mi» Pelayo, que yo seguí ponderando como un ejemplo de buena filología, salvado el texto de Jovellanos, que tiene su aquel trágico y su nacionalismo godo —«En fin, ya empieza España a recobrarse / de una injusta opresión […]» (vv. 2398-2399). Iba a dar las claves o las pistas para identificar a (A), (B), (C) y (D); pero no tiene importancia. Ahora lo que me pregunto es si alguna revista me admitiría esto como recensión crítica de una de las más rigurosas y preparadas ediciones de un texto del siglo XVIII que he leído en los últimos años. Ya hablando en serio; a ninguna se le ocurriría. Sigo con El Pelayo: «[…] El inconstante / capricho de la suerte eleva un día / lo que al siguiente sin razón abate; / un corazón virtuoso nunca debe / ceder a estas mudanzas; los cobardes / se humillan al destino, pero el héroe / sufre inmóvil su halago y sus combates.» (vv. 2052-2058). Me han dado un plazo generoso y quince mil caracteres como máximo. En ello sigo, entre otros quehaceres y sinsabores.


lunes, noviembre 25, 2019

Ángel, 11 años


TACTO de sombra o de ceniza, bien 
lo sabes, es esta urgencia de decir lo efímero.

El poema retiene lo más simple,
lo más inesperado, y nos devuelve 
el límite borroso de otra vida 
que empieza siempre ahora.
Escribir un poema es entonces 
una lenta paciencia que quisiera, 
desnudadas las manos, reponer lo que falta,
abandonarse sin más a lo que nace
tan sólo para el sueño, al fragor
de la sangre trenzada que resiste
como quien obedece a una primigenia,
pura, fascinación.

                                                       (De La voz en espiral)

Once años ya con la nostalgia y la pesadumbre ocupando su lugar. Menos mal que el hueco en el corazón lo llena ahora en casa el espacio en el que tengo todos sus libros. Hoy también he leído sus poemas. El de arriba es el cuarto de la primera sección de aquel libro de 1998, una sección titulada «La voz abandonada dondequiera» compuesta por siete textos cuyas letras iniciales forman en el índice, a manera de acróstico, la palabra POÉTICA. In memoriam Ángel Campos Pámpano (1957-2008). De su amigo.