viernes, junio 14, 2019

Derroches


© Centro de Artes Visuales Fundación Helga de Alvear
Yo creo que cuando hablamos de derrochar casi siempre lo hacemos en clave dineraria. Sin embargo, hay derroches de otros bienes que creemos sobrantes y que no lo son. De ningún modo. La amistad, el cariño, la buena literatura o el agua que sale del grifo con un leve giro de la mano —en su caso— son capitales de los que nos olvidamos cada día y que despreciamos cada vez que nos envanecemos orgullosos y prepotentes, sin pararnos a pensar en nada; tan solo por tenerlos. Derrochamos la necesaria humildad cuando sometemos a los otros por un error cometido, y derrochamos cuando dejamos que los minutos pasen sin hablar con quien tenemos enfrente o, por una fruslería que se esquina, sin abrazar a quien tenemos a nuestro lado. Qué derroche el desprecio de una lectura apestosa sin reparar en lo bien que huele la intención de quien ha querido escribir el poema o el relato que sean. Derrochar es la prepotencia de la mayoría absoluta, la del poder absoluto, la de que yo tengo el mando o estoy sobrado, pues nada me falta. Así que el grifo sigue abierto y se nos van perdiendo la racionalidad, la mesura, los principios democráticos, la delicadeza, el sentido común, los buenos modales y la buena prosa. Esa manera de cuidar cómo nos expresamos, que es otro modo de respetar a quien nos escucha o nos lee. Cada uno que haga lo que pueda. Pero que lo haga. Que se le note. Hoy me decía alguien a quien quiero más —veinticuatro años— que le gustaría conocer mejor nuestra historia y nuestra literatura —toda, intuí, la mundial—; y me pareció bonito pensar en que tiene todo el tiempo por delante. Sobre todo, porque es posible que algún día necesitemos buena parte de lo que hemos estado derrochando del saldo que nos queda de amor, de generosidad, de libertad, de buena literatura… En fin, otra tontería.

martes, junio 11, 2019

La página en blanco


He ido a buscar a la Biblioteca Central este poema de Eliseo Diego y me lo he encontrado en la edición mexicana de Veintiséis poemas recientes (Ediciones del Equilibrista S.A. de C.V., 1986), en un ejemplar donado por un escritor extremeño que pasó por la Universidad de Extremadura y dejó una colección de libros que siempre me hace distinguir entre la investigación y la docencia, que son los principales motivos por los que adquirimos libros para nuestra biblioteca universitaria, y las razones de un lector. El diseño de ese libro fue de Gonzalo García Barcha, el diseñador e ilustrador, hijo de Gabriel García Márquez, que firmó una nota previa junto al editor Diego García Elío, en la que evocaban unas palabras de Eliseo Diego, en un ensayo breve titulado «Cómo tener y no tener una alondra»: «[...] para mí, la poesía es en un primer estadio una iluminación de cierto aspecto de la realidad que nos conmueve o sobrecoge: en este primer estadio, todos somos poetas. Luego, algunos resultan capaces de trasladar el aspecto iluminado de una materia a otra: en nuestro caso, de la realidad a la materia idiomática. El tránsito ha de ser hecho con tal delicadeza, que no se pierda ni una sola de las infinitas sugerencias vivas adentro de lo real, así como ni uno solo de sus múltiples significados posibles. Únicamente de esta forma se podrá llegar al tercer y último estadio en que el poema alcanza su consumación definitiva: la fase de la comunicación de lo iluminado, en que el lector, el otro sin el cual nada habría, recrea la experiencia originaria a través de aquellas mismas sugerencias y significaciones, aún tibias de vida, que el poeta-artesano guardó cuidadoso para él en el cofrecillo también vivo de la palabra».

viernes, junio 07, 2019

Así se hace un libro


A mis alumnas de «Fuentes para el estudio de la literatura española», una asignatura optativa que he dado en los últimos seis cursos académicos, les ponía delante un libro para que hiciesen su ficha bibliográfica sintética, la más sencilla —autor, título, lugar, editorial y año. Por ejemplo: Enric Jardí, Así se hace un libro. Barcelona, Alfa & Alfil Editores, 2019—, y todas se ponían a escribir sin abrir el libro, casi sin tocarlo. Miraban la cubierta y copiaban lo que veían; y en una ocasión les dije que estaba seguro de que si fuesen a comprar una funda para el teléfono móvil darían la vuelta al envoltorio para ver si era compatible con su marca y su modelo. E incluso que, si pudiesen, lo abrirían. Para aquella primera práctica era imprescindible abrir el libro, porque un libro, para que te diga algo, tiene que estar abierto. «Como en un libro abierto / leo de tus pupilas en el fondo», escribió Bécquer; y «como un libro abierto» es una expresión de la franqueza. Qué más. Parece innecesario repetirlo; pero Enric Jardí, que es de quien se trata aquí, lo hace: «La cubierta o la tapa es una parte autónoma de la tripa. Recordemos que es algo distinto de la portada, una pieza que físicamente sí forma parte de esta, como su diseño refleja. […] Tradicionalmente, los libros salidos de las imprentas se vendían sin cubierta. Si el comprador lo deseaba, los hacía encuadernar a su gusto para protegerlos y para facilitar su identificación en los estantes. Cuando se empezaron a marcar las cubiertas, se hizo primero en el lomo y solo posteriormente en la parte frontal. Cuando un diseñador hoy nos dice que hace libros, lo primero en lo que pensamos es inevitablemente en su parte exterior, pero esto es solo el envoltorio, el componente que llama nuestra atención en las mesas de las librerías o los escaparates» (pág. 167). De haber tenido mi ejemplar del libro de Enric Jardí, que compré en enero, cuando ya se terminaron las clases de la asignatura, les habría insistido: «—¿Veis? No soy el único que os machaca con esto». Aunque tiene un título tan atractivo como Así se hace un libro, a alguien podrá resultar demasiado técnico, demasiado centrado en el uso de algunos programas de maquetación, como el estupendo InDesign; pero es una obra que recorre toda la anatomía del libro de una manera amena y amable, y que junto a una recomendación de cómo se marca el interletraje —Tracking/Kerning— en la aplicación, encontramos sugerencias sobre el uso de la negrita o de tipografías como la Bembo o la Garamond; alusiones a la mala costumbre de sangrar el primer párrafo de un texto, que provoca un mordisco visual en la caja de texto; a las ligaduras de pares de caracteres como «fl» o la expresiva manera de definir la línea viuda como la que no tiene futuro —la que ha quedado descolgada de su párrafo— y la línea huérfana que no tiene pasado, porque ha quedado aislada de la columna o párrafo anterior. «Las viudas y las huérfanas son una cuestión estética pero también práctica: los párrafos han sido creados como unidades de significado. Si quedan partidos de una forma tan abrupta y desequilibrada, no cumplen bien su función» (pág. 136). Fue curioso que cuando estaba terminando de leer este libro una alumna de ilustre apellido —Moñino— me preguntase por estos asuntos de la edición y composición de textos —me faltó tiempo para prestárselo y ya me lo devolvió—, y que yo ya tuviese subrayada una de las expresiones más repetidas de este apetitoso manual: «Llevamos más de 500 años haciéndolos prácticamente igual» (pág. 13); «Por ello, los libros impresos hoy se parecen bastante a los hechos hace 500 años» (pág. 41); «El libro es un artefacto que ha cambiado poco en los últimos 500 años» (pág. 167). En fin, fascinante esta demostración de amor al texto, que, aparte algún reparo por errata casi invisible o por otras debilidades de uso —la puntuación o el infinitivo independiente—, el único reparo que puede ponérsele a un título tan atrayente —Así se hace un libro— es que sea tan imperativo.

lunes, junio 03, 2019

Visita a un poeta


A Antonio Raigada Ramos (q.e.p.d.)
Lo he pasado bien esta tarde en los exámenes, sí. A pesar de que eran las cinco, no hacía calor —la sala estaba bien refrigerada—y de que me habría gustado estar en una iglesia despidiendo a alguien conocido que, lamentablemente para mí, no fue más cercano, y que se ha marchado. He dedicado tres horas a conversar —que defiendo como modo de evaluar— sobre Los ríos profundos de José María Arguedas y sobre Estrella distante de Roberto Bolaño. He conversado con Lucía, Beatriz, Rubén, Carmen, Guido, Reyes, Pilar y Javier. El resultado ha sido satisfactorio. Cumplidos los protocolos, cuando tenga que ser, las calificaciones pasarán al acta, y aquí paz y después gloria. Ganas me dan de hacer una gracia con Octavio Paz y Gloria Fuertes. Me quedo en Paz. Porque sí, he recordado que en la prueba —conversación— anterior con este curso de Tercero de Filología Hispánica tratamos Piedra de sol, del poeta mexicano, Nobel de Literatura —y de Paz—, y que yo tenía un apunte escrito sobre «Visita a un poeta», un texto sobre Robert Frost de Las peras del olmo (1957), que evocó Álvaro Valverde y que, de haber habido tiempo, me habría gustado recomendar a mis alumnos. Un texto —una conversación en Vermont, en junio de 1945— que tuve presente hace meses cuando acudí a la casa de un amigo que había escrito un libro de poemas inconmensurable. Es lo que tiene esta red de vasos comunicantes de la escritura de cuadernos, de estos apuntes para un blog, de borradores de vida…, que trasvasan emociones y experiencias hasta llegar a un texto nuevo que pueda expresar el placer de llegar a la casa de alguien, un poeta, que quiere que leas lo que ha escrito. Y estar allí, y que suene el teléfono con la primera propuesta de presentar el libro que acaba de ser premiado. Fue con Basilio Sánchez. Un encuentro hermoso. Casi no parecía real.

miércoles, mayo 29, 2019

Ana María Martín Gaite


© Fotografía Ayuntamiento de El Boalo, Cerceda y Mataelpino.
Leo en El País de hoy, en papel, el recuerdo escrito por el profesor José Teruel de Ana María Martín Gaite, que falleció el pasado lunes 27 de mayo. La noticia de su muerte a los noventa y cuatro años —era dos más joven que mi madre y la ha sobrevivido dos y medio— me trae el grato recuerdo de cuando la conocí. No la vi en mi vida. Yo estaba en Madrid en casa de Pura Silgo y Pedro Álvarez de Miranda y les hablé de que en el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura íbamos a publicar un libro sobre Carmen Martín Gaite, y que estaba buscando una fotografía para ilustrar la cubierta. Me hablaron de alguien conocido, de Pepe Teruel, que podría ayudarme, y ponerme en contacto con Ana María, la hermana de la escritora, que ellos también conocían bien. Pepe me facilitó el teléfono y la dirección de Ana María y a partir de ahí todo fue cordialidad y colaboración, y mucho respeto por el legado de Carmen Martín Gaite. La estupenda fotografía que reprodujimos en la cubierta del libro, inédita, de la década de los ochenta, y que fue hecha por Pablo Sorozábal, hijo del músico, la recogió en casa de Ana María alguien de la empresa Dosgraphic de Madrid, que, una vez tratada mecánicamente para su reproducción, la devolvió el mismo día a su propietaria, a quien las necrologías ahora llaman la «guardiana del legado de Carmen Martín Gaite». Guardiana cordial y afable. El libro, además, es un gran libro, de María Coronada Carrillo Romero, La visión de lo real en la obra de Carmen Martín Gaite (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2010). Días después de aquello —lo tengo anotado, el 26 de febrero de 2010— hablé con Ana María para agradecerle su gentileza y pedirle los datos sobre la fotografía, y, simpática y encantadora, se puso muy contenta cuando le dije que conocía a Pedro y a Pura, y me dijo que cuándo íbamos a vernos en Cáceres para tomar algún día unos vinos. Genial proposición de una señora de ochenta y cinco años en aquel entonces. Descanse en paz. Creo que se enterraba hoy en el municipio donde vivía. Buena gente.


martes, mayo 28, 2019

Ofendiditos


Julia comió ayer en casa. Tiene una epicondilitis en ambos brazos y estamos preocupados por cómo puede afectarle a su trabajo de dibujanta. Para mí eso es tan importante como para un culé que a Messi se le rompa el menisco. Nadie lo quiera. Cuando Julia come en casa siempre nos recomendamos cosas. Yo prefiero retrasar un día reciclar los periódicos y revistas que se acumulan para que ella eche un vistazo a lo que no ha visto en pantalla; y a ella no le importa dejar por aquí algo de lo que trae en la mochila para que yo lo lea o recordarme que puedo ver —porque lo pago— una meritoria serie de televisión. Me dejó —literalmente, sobre el sofá— este ensayo que su amigo David le había regalado de Lucía Lijtmaer, que debe de ser uno de los ultimísimos títulos de la colección «Nuevos Cuadernos Anagrama»: Ofendiditos. Sobre la criminalización de la protesta. Me ha parecido muy interesante su reflexión sobre el nuevo puritanismo y sobre lo políticamente incorrecto, todo mezclado, aunque creo que, si se trata de divulgar —no un catecismo, sino una opinión inteligente— se dan por conocidos hechos muy conocidos, como el caso de Egon Schiele, la exposición de Balthus o la relectura de Lolita, que no se explican en estas páginas —aunque sí, con bastante detalle de fecha (9 de enero de 2018), lugar de publicación (Le Monde), autoría (Catherine Deneuve o Catherine Millet, entre otras muchas), la carta abierta, de la que se reproduce un fragmento, que respondía al revuelo del #MeToo —otro sobreentendido. No sé si yo estaré hoy muy espeso y no he comprendido del todo; pero me da la sensación de que no se expresan bien las ideas principales de este ensayo, que parece escrito como respuesta a una conversación de una red social en la que participa todo el mundo que está al cabo de la red —como de la calle. Es contundente el último capítulo «España no es diferente», que comienza con una frase lamentable: «La idea de corrección política llega a nuestro país como un calco estadounidense» (pág. 67), y que continúa con datos que ponen de manifiesto que las protestas de los ofendidos —no me gusta lo de ofendiditos, a pesar del guiño irónico— y de las feministas puritanas se sustancian en leyes y en opinión pública. Creo que yo tampoco he sabido difundir de qué va este librito que he disfrutado. Ni soy Fiero Analista ni Ofendidito. Lo siento.

sábado, mayo 25, 2019

En buena compañía


Ángela Velasco Bello, la directora de la revista de creación literaria Farraguas, de la cacereña asociación cultural «La croqueta», me ha dejado en mi quiosco de prensa, con buen criterio —la rapidez de entrega—, un sobre con un par de ejemplares del último número de esta publicación que incluye un espacio —«Inmortales»— dedicado a Ángel Campos Pámpano, con la reproducción en homenaje de su poema «La dignidad», de La semilla en la nieve, y un fragmento del texto manuscrito. Llega muy a tiempo, porque la próxima semana, el viernes 31, espero volver a San Vicente de Alcántara —nuevamente con Álvaro Valverde como presidente del jurado— para entregar el V Premio de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano», que se hará público en los próximos días. Llega a tiempo porque Ángela Velasco me ha pedido que entregue un ejemplar de su revista a las hijas de Ángel; y así lo haré, pensando en que a él le habría encantado leer versos como los que este año se han presentado al premio, escritos por estudiantes de catorce a dieciocho años, y en que a mí me ha gustado mucho compartir estas páginas con él. Otra vez.