jueves, diciembre 06, 2018

Constitución Española

No voté la Constitución Española. Tenía dieciséis años. Pero me la leí entera por los fascículos de Forges que El País fue publicando un mes antes del referéndum. ¿Dónde andarán, ay? Días después de aquel hecho histórico, anoté los libros que había comprado, hasta enero de 1979. Los dos Trópicos de Henry Miller —que no encuentro por ningún sitio—, a trescientas cincuenta pesetas el de Cáncer y a cuatrocientas setenta y cinco el de Capricornio, Extramuros, de Fernández Santos (260 pesetas), los Cuentos de Ignacio Aldecoa (150 pesetas), Residencia en la tierra (180 pesetas), la edición de Losada, o El túnel, de Sábato (150 pesetas), entre otros. También, luego, cuando se votó, anduvo por casa el folleto que se editó con cubierta crema —en la imagen que he rescatado en la red— y que creo que ahora todavía conserva mi hermano Josemari en su casa, y por el que consultábamos algún artículo cuando nos petaba. Por aquel entonces, yo ya tenía el anhelo de tener la mayoría de edad que me habilitase para votar, sobre todo aquel texto que tanto costó acomodar en un momento especialmente trascendente y al que ahora algunos quieren quitar la importancia que tuvo. No comprendo tanta ignorancia; ni la trivialidad de las conmemoraciones que no conllevan importantes reformas legislativas. Cuarenta años sin tocar la Constitución en un país que ha cambiado tanto es una barbaridad. Y una vergüenza que la única reforma importante en todo este tiempo haya sido —artículo 135—, por vía de urgencia y sin referéndum, para garantizar la estabilidad presupuestaria y contentar a Europa. Yo propondría poner sobre el dintel de la puerta de entrada al Congreso de los Diputados el cartelón más grande que encuentren y en el que diga: «La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. La sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado, el varón a la mujer, y en el mismo sexo, la persona de más edad a la de menos». Eso, «el varón a la mujer», con dos cojones. Y que todos los días que entren las diputadas y los diputados al Congreso lo lean, y que se les recuerde cuando cobren su nómina que es el artículo 57.1 de la mejor Constitución que podemos tener para reformarla. Hoy soy pesimista. Creo que es demasiado tarde ya. Que no ocurrirá nunca. Que a nadie interesa. Si no, ya estaría resuelto, como jugar la final de la Copa de Libertadores a diez mil kilómetros de Buenos Aires. Otra desgracia.

lunes, diciembre 03, 2018

Primer domingo de diciembre

O primer domingo de adviento, que fue ayer. No sé. Los que se afanan en la organización de comidas y cenas de empresas quizá ya han olvidado el significado de ese tiempo litúrgico que tan alejado parece ahora del exceso que se avecina en estas fiestas. A los ateos de formación cristiana / nos gusta más el adviento que el alimento /  no por sustento / que en poco tiempo / llenará las calles de tanto contento / y algarabía. Ayer, primer domingo de adviento, fue un día memorable, litúrgico. Me hice unos macarrones como los hacía mi madre, con tomates fritos a fuego lento —contento, alimento, sustento y adviento—, mucho cariño y cebolla picadita. No puedo demostrar que me quedaron tan suculentos como a ella, que se me apareció al gusto. La banda sonora la puso Videodrome, el programa de Gregorio Parra en Radio 3 al que mi hija Julia, cuando era muy pequeña, se refería cuando preguntaba a su padre por qué veía el cine por la radio. Ayer, primer domingo de adviento, el protagonista fue el general George A. Custer y el 7º de Caballería, y no sé qué decir del guerrero principal de los lakotas, «Caballo Loco». Los fragmentos sonoros de las películas fueron de Murieron con las botas puestas (1941), Soldado azul (1970) o Pequeño gran hombre (1970). Luego entró en casa el aire de la almena que lo transfiguró todo y que hizo el bien, el de «cuando yo sus cabellos esparcía, / con su mano serena / en mi cuello hería, / y todos mis sentidos suspendía». Y se llenó con el grato recuerdo de un sábado distinto. E intenso, el de la I Feria de la Cultura y el Territorio. Salimos Eugenio Fuentes y yo hacia Montijo a las nueve de la mañana y regresamos a Cáceres pasadas las nueve de la noche. La motivación de la Diputación Provincial de Badajoz de dar a conocer el catálogo de su Departamento de Publicaciones, creado hace treinta y cuatro años —esa edad tiene el primer número de la colección «Alcazaba» de poesía, los Poemas de la espera y el canto, de José Antonio Zambrano—, me pareció solo un apetitoso entrante del menú principal: la voluntad de convertir este fin de semana la Biblioteca Pública de Montijo en un lugar desde el que reflexionar sobre la memoria histórica, sobre literaturas periféricas, sobre la despoblación rural o sobre gastronomía tradicional. Cultura y territorio. La primera persona querida que saludé fue Isidoro Bohoyo, responsable en el Servicio Provincial de Bibliotecas de la Diputación de Badajoz, entrañable compañero y kameraden de promoción de mi hermano Josemari; y a partir de ahí, David Matías, de La Moderna que dio forma a ese encuentro tan atractivo, a Lidia Gómez, a Elisa Moriano, directora del área de Cultura de la Diputación, al historiador Javier García Carrero, a Gonzalo Hidalgo Bayal y María José, a José Vicente Moirón —qué alegría—, que nos regaló al final de la tarde una lectura dramatizada de los cuentos de El hombre almohada, tremendos, sacados de su contexto teatral. Eugenio Fuentes habló, y muy bien, sobre cultura y territorio, sobre todo, de desiertos demográficos, desarrollo y literatura, y otros participamos como oyentes de la mesa sobre memoria histórica y como intervinientes en la de literatura periféricas, con Susana Martín Gijón y Manuel Simón Viola Morato. El domingo no estuve, ya digo, que fue el adviento, que, en latín —adventus—, significa «llegada». Y quedeme y olvideme, y el rostro recliné.

viernes, noviembre 30, 2018

El «Lazarillo» de TAPTC? teatro

Volví gratamente sorprendido por las actividades y la organización de la Muestra Ibérica de Artes Escénicas que se celebró la semana pasada en Cáceres. En la sesión matinal del jueves —Teatro Maltravieso Capitol—, pude ver De Lázaro a Lazarillo, la propuesta que «TAPTC? teatro», con dramaturgia de Raquel Bazo —también en el papel de Ana— y dirección de Juan Carlos Tirado, se ha atrevido a llevar a las tablas, a convertir en un hecho teatral, materia tan apasionante y difícil como el alijo encontrado en Barcarrota en 1992 que contenía una edición del Lazarillo de Tormes desconocida hasta el momento, publicada en 1554 en Medina del Campo. La sinopsis de la obra es la siguiente: «Año 1995. Ana, doctora en Filología Hispánica, ha llegado a Barcarrota para asesorar al gobierno de Extremadura sobre la compra de unos libros del S. XVI aparecidos allí, tras la tapia de una casa, en 1992. La acompaña Paco, un conductor de la Junta, más preocupado por terminar pronto su jornada laboral que por el valor de aquellos libros prohibidos por la Inquisición. Ambos esperan a que aparezca Alfredo, el albañil que los descubrió mientras hacía unas reformas. Entre los tesoros entonces encontrados estaba un ejemplar de La vida de Lazarillo de Tormes, de sus fortunas y adversidades, del año 1554. Las vidas de Lazarillo y de Alfredo se funden ante la presencia de Ana, preocupada en resolver dos grandes misterios: quién escondió los libros y quién fue el verdadero autor de El Lazarillo». Esos dos grandes misterios justifican dos fuentes principales, con nombres y apellidos, del texto de Raquel Bazo: Rosa Navarro Durán, catedrática emérita de Literatura Española de la Universidad de Barcelona, y autora del libro Alfonso de Valdés, autor del Lazarillo de Tormes (Madrid, Gredos, 2003), y el llorado Fernando Serrano Mangas, autor del estudio El secreto de los Peñaranda. El universo judeoconverso de la Biblioteca de Barcarrota. Siglos XVI y XVII, publicado por primera vez en Hebraica Ediciones en 2003, y como edición definitiva por la Universidad de Huelva en 2004. Ella se afanó en poner luz sobre aspectos esenciales —autoría e intención— de la novelita picaresca, y él fue quien puso en claro muchas de las circunstancias que llevaron a ese lote de libros a ser escondido en la pared de una vivienda de Barcarrota hace más de cuatro siglos. Ambos compartieron espacio en la edición de 2004 de El secreto... —pues la profesora figuerense escribió el prólogo— y ambos han quedado fundidos en el nombre imaginario del personaje de esta obra de teatro: Ana Serrano Durán. Queda claro, así, que Raquel Bazo ha tomado partido en su homenaje por dos de las líneas principales de investigación impulsadas a partir del hallazgo de los libros en Extremadura. Es, de verdad, un reto abordar para el lenguaje escénico un hecho histórico como el de aquel descubrimiento, con tantos elementos culturales especializados y que siempre puede resultar difícil divulgar. Y, además, combinarlo con la sustancia necesaria para que un espectáculo teatral pueda sostenerse y guste a todos los públicos; eso sí, con la voluntad evidente de atraer al espectador más joven —que disfruta y se lo pasa bien— por una motivación didáctica que puede ser el valor principal de este tan recomendable De Lázaro a Lazarillo. El trabajo de Francis J. Quirós —Paco, el conductor, Ciego, Clérigo, Escudero, Buldero y Arcipreste— y de Yoni González —Alfredo, trasunto de un original no tan basto ni ignorante, y Lázaro en sus dos tiempos— es extenuante y soporta con solvencia toda la parte cómica de la obra. La interpretación de Raquel Bazo marca claramente —ella descansa más al hacer de testigo y público en escena de lo que en ella sucede— los dos registros de divulgación y de comicidad de este montaje. Quizá el espectáculo se alargase innecesariamente —aunque, a juzgar por la reacción de los chavales cuando Lázaro dice «Y con esto termino mi narración...», que gritaron «¡Noo!», no lo pareció— y puedan acortarse algunos tratados o cuadros con los diversos amos —los tres primeros se representan: ciego, clérigo y escudero—, pues luego tienen espacio el buldero y el arcipreste en escenas de aún mayor intensidad cómica y de complicidad con el patio de butacas. Pero la sensación cuando uno sale de la sala es de satisfacción y de admiración por el esfuerzo en divulgar algo nuestro, que atañe a tantos aspectos siempre atribuidos a la erudición histórica, y, definitivamente, es un golpe de aire fresco una propuesta así, tan desinhibida y a la vez tan cabal y documentada. Un paso más, y más que honroso a la intrahistoria contemporánea de la historia de la Biblioteca de Barcarrota.

domingo, noviembre 25, 2018

Ángel

Instituto Español de Lisboa, febrero de 2008
Muy temprano esta mañana he bajado al kiosco a recoger la prensa. G. siempre bromea conmigo cuando me la da. Hoy que las elecciones en la UEX del próximo martes vienen en la portada de El Periódico Extremadura, me ha preguntado que cuándo me presento yo a rector. No sabía G. que, dentro, en la página 63, a toda plana, el titular «Diez años sin Ángel» me concernía tanto como para teñirme este domingo lluvioso y gris de noviembre con una inevitable melancolía. La periodista Rocío Sánchez Rodríguez ha dedicado una página a Ángel Campos Pámpano, en una evocación bien hecha que le agradezco, también por tenerme en cuenta después de nuestra conversación del pasado martes. Hoy será un día de recuerdos. Ya he leído a Álvaro Valverde en su blog, y en facebook a Elías Moro y a Carlos Medrano, y ya anoche recibí la prometida acción poética de mi cuñada Eva y de Josemari leyendo los poemas «Rossio» y «Concerto no Carmo», de La ciudad blanca (1988), en esos dos lugares —plaza y convento— de Lisboa. Hace un par de horas me escribía Tomás Sánchez Santiago unas líneas llenas de «fe en las palabras y en la amistad» en las que lo recordaba. El viernes 23 estuvo en casa Ángela Campos Fernández, la hija menor de Ángel. Me gustó compartir con ella este espacio en el que está tan presente su padre, de una manera o de otra. Por ejemplo, acababa de recibir un ejemplar de la edición de los Ortónimos 1902-1913 de Pessoa que ha publicado Abada Editores con prólogo de Miguel Casado en edición bilingüe de Juan Barja, y se la enseñé. Desde aquí nos fuimos a San Vicente de Alcántara, el pueblo en el que nació el 10 de mayo de 1957 Ángel Campos Pámpano, para asistir al homenaje que todos los años desde hace diez su amigo José Juan Cuño y la Asociación Cultural Vicente Rollano organizan en su memoria. Desde hace tres, creo, se reúne un grupo de amigos, familiares y vecinos en la casa de su madre, Paula Pámpano, fallecida en abril de 2001 y a quien Ángel dedicó La semilla en la nieve (2004), y allí acudimos para leer textos del amigo o de otros autores en una velada realmente emotiva. Volví a casa, como siempre, muy de noche, y en esta ocasión inquieto y alerta ante la falsa inminencia de un peligro que cuando pasa se transforma en un presagio funesto también ficticio. Quizá fue una manera de estimular el pensamiento de la muerte con el peso y el paso de los diez años desde la de mi amigo Ángel, a quien he vuelto a leer esta mañana. Y a tantos otros por culpa de una obra tan intertextual como Siquiera este refugio (1993). En la dedicatoria de ese libro que me escribió en enero de 1994 me aludió con tres adjetivos: «empedernido», «impertinente» y «entrañable». Los dos primeros calificaban a «lector» y el último a «amigo». Son dos de las cualidades que más estimo entre las que gracias a Ángel me hice menos incapaz, menos torpe; son dos atributos que todos los días espero merecer. Lector y amigo.

lunes, noviembre 19, 2018

Otros retales

El cuaderno tiene más de diecisiete años y las pastas verdes. Lo he consultado para buscar un dato sobre un libro de Antonio Gómez, El peso de la ausencia, del que he estado escribiendo no hace mucho. Yo quería saber desde cuándo tengo mi ejemplar de la edición que hizo de aquel libro-objeto de Antonio Gómez Luis Felipe Comendador en sus Libros del Consuelo en 2001. He logrado averiguarlo gracias a esa memoria exenta que está en mis cuadernos. Fue el 12 de mayo de ese año, sábado. Yo había comido con mi madre en Zafra y por la noche asistí a una obra de teatro —El pan de la vida—, de Honorio Blasco, en la Sala Trajano de Mérida, y fue Elías Moro quien me dio, de parte de A. G., aquel libro, que es una joya y, ya, una rareza. Solo tres meses y diez días me duró aquel cuaderno verde. Escribí mucho en poco tiempo; porque suelen durarme más de medio año, o un año los que tienen el doble de páginas. Hay entre las hojas de aquel de hace tantos una servilleta de un Restaurante-Cafetería con el nombre de «Mejorana», cuyo local sigue existiendo en la Plaza de San Juan y que puedo ver desde mi balcón. Ahora es la casa de «José Márquez». En ese cuaderno hay una anotación que dice: «He terminado de leer Soldados de Salamina». Hay un recorte de El País, de una brevísima carta al director, firmada por Fernando Savater, en la que escribe: «¿por qué no se va usted de una santa vez al cuerno, señor Haro Tecglen?» (8-4-2001). Y hay cosas sobre mi hijo Pedro que me gustan, como cuando con cinco años vino a enseñarme un libro que había leído entero: Éste es Milo (Montena, Grijalbo Mondadori, 2000). Por aquel tiempo leía lo que venía en las cajas de los cereales; como ahora, que es más raro verlo leer en libros, y sí, y mucho, en otros soportes. Él y su hermana Julia están muy presentes en aquellas páginas, que, curiosamente, ya evoqué aquí. Lecturas sobrevenidas. Retales.

sábado, noviembre 17, 2018

Ana Holgado

Un comentario de Pedro Cid que ha puesto hoy en mi blog, en la entrada dedicada a Ana Holgado a principios de este año, me incita a llorarla también ahora. Ha escrito Pedro a primera hora de la mañana de este sábado: «Mañana hubiese sido el 63 cumpleaños de nuestra amiga Ana. Desde aquí vaya mi mejor recuerdo. Siempre nos faltará algo bueno en nuestras vidas. Donde estés, mi recuerdo, Ana». En efecto, nació un 18 de noviembre; pero creo que de 1953. Así que el amigo le ha quitado dos años. Da igual, lo cierto es que pronto va a cumplirse —sí, ya— el primer aniversario de su muerte. La cronológica debe de ser la única medida que, cuando se aplica al recuerdo de una pérdida, acerca y no aleja, si se agranda. Las líneas cariñosas de Pedro Cid, el impresor que para mí seguirá siéndolo por mucho que se haya jubilado —y no estoy seguro—, me han llevado de inmediato a un apunte que yo quería poner aquí antes de que se cumpliese el primer aniversario de Ana. Y era una nota que empezaba con «Mis lágrimas son mías» y que apoyaba la recuperación de una fotografía —de 2004—, la que ilustra esta entrada, a la que aludí en mi necrología de enero, un texto «muy especial», que motivó una carta de alguien que se condolía por haber iniciado yo el año con una pérdida así. En fin, es solo un recuerdo. Con Ana Holgado, sentada, en su primer plano siempre merecido, y con Chelo, de pie a mi izquierda, con Inés, sentada, y con Anabel. Mujeres. Imborrable.

sábado, noviembre 10, 2018

Glorias de Zafra (XXII)


Acabo de volver a casa desde Zafra, en donde desde ayer he vivido nuevamente experiencias de civilidad y de participación ciudadana que desde hace mucho pongo como un ejemplo que no encuentro con tanta frecuencia en la ciudad en la que resido; con tanta frecuencia tan floja e indolente en materia cultural. Ayer noche, en la Casa de la Cultura, la inauguración de Las miradas del silencio, la exposición fotográfica de Fernando Clemente, que ha querido reinterpretar muy significativos cuadros de la pintura barroca —de Velázquez, Zurbarán, Caravaggio, George de la Tour, Vermeer, Murillo, Bernini...— e incorporar a su propuesta una buena dosis de «participación ciudadana», pues sus modelos han sido mujeres y hombres reconocibles, muchos de los cuales estaban allí anoche junto a un más que sobrado centenar de asistentes. He leído el catálogo de la exposición, con el texto —«Las miradas del silencio. El Eón barroco en las fotografías de Fernando Clemente»— de Michel Hubert Lépicouché —que siempre sugiere y enseña—, he vuelto a contemplar, ya en couché, las fotografías y he adjudicado a los rostros de los figurantes el índice onomástico; y habría mucho que añadir de positivo a lo visto; pero ahora me interesa decir que hoy por la mañana he vivido otra manera de implicarse en un proyecto de dinamización de la realidad ciudadana que nos rodea, y de la mejor manera de hacerlo, a mi modo de ver. Una veintena de personas que dedican dos horas y pico de la mañana de un sábado a debatir sobre el sentido, los fines, las mejoras y las actividades de una asociación cultural como el «Colectivo Manuel J. Peláez» —constituida en Zafra en 2010— sin ánimo de lucro, que «funciona exclusivamente con personas voluntarias, genera sus propios recursos y solo excepcionalmente y con carácter finalista tramita ayudas económicas de entidades privadas o públicas», como se indica en la «Presentación» que hoy se nos ha repartido a los socios y a las socias que allí estábamos. Soy socio fundador y ha sido mi primera asamblea. Bien está.