Creo que la proliferación de otros medios para la difusión de contenidos en las redes sociales ha ido relegando a los blogs literarios que tanto apogeo tuvieron hace ya casi una veintena de años. Recuerdo aquel momento que vivió el género con la aparición, al menos en este ámbito de autores extremeños, de páginas en las que estos trataban sobre libros y asuntos de literatura. Santos Domínguez, Álvaro Valverde, Gonzalo Hidalgo Bayal, José María Lama (2005), Álex Chico, Hilario Jiménez (2006), Manuel Simón Viola, José María Cumbreño, Jesús García Calderón (2009), o Elías Moro y Carlos Medrano (2010) fueron algunos escritores —más tarde se animarían algunas escritoras— que por aquellos años comenzaron a publicar en la blogosfera. Salvo excepciones notables, con el paso del tiempo, la actividad en estos sitios ha ido menguando y, en algún caso, cesó hace unos años. Por esto, no deja de ser chocante que ahora surja un nuevo espacio de esta índole. Acaba de propiciarlo el escritor Alonso Guerrero, que ha inaugurado el pasado agosto su bitácora titulada Dj Lowry, en un homenaje a Malcolm Lowry, «un genio en los ratos en que la dipsomanía se lo permitió, quizá no los suficientes», escribe el autor de El durmiente (1998), que presenta su página con estas palabras: «pretende ser una plataforma para expresar voces propias: la mía y las de quienes deseen aportar las suyas. Pretendo que sirva de foro de participación completamente abierto. Es un blog literario, de pensamiento, de vida y obra, en el que se debatan las ideas que nunca salen en periódicos, revistas especializadas, cadenas televisivas, editoriales o en los foros de la red, ya que al parecer —y es casi una maldición— somos incapaces de superar el meme. Se trata, sobre todo, de un encuentro donde se aporten ideas y se interprete lo que ocurre en el mundo y en la literatura. Espero que predomine lo importante. En este país apenas existe nada que merezca ese adjetivo y, si lo hay, lo recibimos como la escarapela que le ponen a las vacas en la oreja. Hablemos de esa literatura que todavía contiene lo que no conocemos del hombre y del mundo. Intentemos reflexionar y poner las cosas en claro. Si no se consigue, al menos tengamos en cuenta que es una pretensión insoslayable. ¿Os parece abstracto, pretencioso? Bienvenidos. Que Lowry ponga la música». A los espacios en los que se encuentra esa justificación, datos sobre su producción literaria y sobre su persona, Alonso ha distinguido cuatro categorías en las que por el momento distribuye los contenidos que va publicando: «Pensar», «Leer», «Escribir» y «Vida», en los que leemos, por este orden, observaciones sobre lo que ocurre en el mundo («El retorno de Piranesi», «La realidad y sus mentiras», «El apagón»...), reseñas de libros y notas sobre lecturas («Kafka y sus biógrafos», «Volver a Conan» y «Patrones eternos»), reflexiones sobre literatura y el oficio de escribir («Expiación») y juicios propios y pensamientos de todo tipo («Testimonios», «La felicidad» y «Cuestiones políticas»). Celebro este modo de expresión de un escritor de tanto fuste como Alonso Guerrero, que siempre ha sido un caso cierto de lo que para uno es una aspiración no satisfecha todavía: tener algo inteligente que decir y escribirlo bien.
sábado, septiembre 07, 2024
miércoles, septiembre 04, 2024
Hemeroteca
Sienta bien entretenerse con los papeles que se han amontonado durante un tiempo —ya lo dije aquí—, y encontrar acomodo a ese «material incandescente», como llamó Tomás Sánchez Santiago (La vida mitigada) a los recortes y fotografías que uno acaba desperdigando sobre la mesa como si se tratase del tablero de un juego cuyas reglas han prescrito. Me permite discurrir por un pasado del que casi siempre me llega algo placentero, que prevalece frente a otros sinsabores, afortunadamente transitorios, y constato en ello la razón por la que he conservado ese papel como la señal de un tiempo. Una señal que arrastra su contexto de entonces y que es el que ahora, pasados los años, me saca una sonrisa o un suspiro. Los documentalistas saben bien que la hemeroteca es una fuente fecunda de datos para el análisis histórico y los políticos saben que puede llegar a ser demoledora. Por eso los primeros la valoran tanto y los segundos la temen y la desprecian, como una forma de repulsa y negación de su propio pasado. Me gusta leer esa prensa envejecida como un testimonio de lo vivido que permite ahora hacerse preguntas, establecer ciertas comparaciones, lamentarse de que la piedra con la que topamos siga siendo la misma. Imagino la reacción de un lector sobre el papel añejo. La lectura de dos titulares del mismo día de hace varias décadas ya: «La xenofobia y los inmigrantes, cuestión clave en la campaña francesa» y «Un estudio oficial dice que los españoles están sobrealimentados» (El País, jueves 16 de enero de 1986, págs. 8 y 23). La irritación, al cabo de los años: «El Rey hace un llamamiento a la lucha contra la corrupción en su mensaje de Nochebuena» (El País, 26 de diciembre de 1994). Lo consuetudinario: «El Museo de Colecciones Reales se retrasa al menos 4 años» (El País, martes 12 de febrero de 2002); «El mito del peso de las mochilas escolares. Los 7,5 kilos de media que carga un estudiante suponen menos riesgo en la espalda que arrastrados por la muñeca» (El País, martes 7 de junio de 2005). La triste resignación: «La reforma del Senado contará con el apoyo del PP pero no del PNV» (Hoy, jueves 14 de octubre de 1993, pág. 27); «El Gobierno está dispuesto a discutir y modificar la Ley de Secretos Oficiales» (Hoy, sábado, 7 de septiembre de 1996, pág. 21); «Aznar rechaza una nueva reunión con Zapatero para negociar el pacto por la inmigración» (Hoy, miércoles 20 de septiembre de 2000). Son el contexto que fue de un hecho íntimo, más cercano, como la muerte de alguien —la necrología de Juan Manuel Rozas en El País coincidió con el recuerdo del cincuentenario del fusilamiento de Ciges Aparicio en agosto de 1936 en el suplemento de Libros que se publicaba los jueves—; o de un hecho histórico, como una declaración de guerra rodeada de la profundidad intrahistórica de una crónica de barrio. Otra vez esta tarea modesta de obsequiar a unos cuantos papeles con un orden perdurable.
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, septiembre 04, 2024 0 comentarios
domingo, agosto 25, 2024
Malos libros
Más de ocho meses después de visitar la exposición Malos libros. La censura en la España moderna, su catálogo me sirve, como un álbum de fotos, para revivir aquella mirada y amplificarla. Recupero la buena experiencia de aquella mañana de diciembre en la Sala Hipóstila de la Nacional en la que, en un principio, no evité coincidir con una decena de estudiantes que escuchaban a un profesor explicar la muestra. No lo evité porque, al llegar a la altura del grupo, oí pronunciar el nombre de Fernão Brandão, al que aludía el profesor delante de un panel rotulado con «La nómina de Barcarrota», y la simulación de un hueco en la pared en el que se proyectaba la imagen holográfica de la nómina-amuleto que se encontró entre los libros —los diez impresos y el manuscrito— del siglo XVI ocultos en una casa particular de Barcarrota. El nombre del hidalgo portugués de Évora, denunciado a la Inquisición, que figura en la citada nómina, es la pista más plausible en la actualidad sobre la identidad del poseedor de aquel reducido e íntimo tesoro; y esto es lo que se hace constar en la exposición y en el capítulo redactado por Pedro Martín Baños en el catálogo: «La Biblioteca oculta de Barcarrota» (págs. 91-97). Es, en mi opinión, una de las mejores síntesis sobre las circunstancias y la tipología de aquel hallazgo; pero no es el único capítulo del volumen en el que se alude a ese conjunto tan concordante con el objeto principal de una muestra sobre la censura. También en los capítulos firmados por Folke Gernert, «Los libros de magia y adivinación» (págs. 203-216); por Marcela Londoño, «Superstición y piedad popular» (págs. 217-225); por Donatella Gagliardi, «Ente el silencio y la censura: los libros licenciosos» (págs. 227-228); y, de nuevo, por Pedro Martín Baños, «Las carajerías» (págs. 229-234). En ellos se alude a otras piezas, desde los libros de quiromancia o la Oración de la emparedada, hasta el interesante manuscrito del obsceno diálogo La cazzaria, de Antonio Vignali. Fue la Biblioteca de Barcarrota, de alguna manera, el vínculo afectivo, de mi visita a la exposición, y me alegra ahora incorporar el catálogo como una de las referencias principales en el estado de los estudios sobre ese conjunto de libros malos y nocivos que quedaron ocultos, a resguardo de la acción censoria y prohibitoria. De la delimitación de los significados de estos términos se ocupa la directora de la exposición —comisariada por Mathilde Albisson y José Luis Gonzalo Sánchez-Melero— y coordinadora y editora del catálogo, la catedrática de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona, María José Vega —otro vínculo afectivo—, que redacta, además de la «Presentación», dos partes fundamentales del volumen, el primer capítulo, «Censurar y prohibir» (págs. 25-38) y, en el segundo («En la oficina del censor. Los índices de libros prohibidos y expurgados en la Europa Moderna»), el segundo epígrafe sobre «Los índices de libros prohibidos» (págs. 67-87) y la mitad del quinto apartado, dedicado a «Expurgación y cultura hispánica en los siglos XVI y XVII» (págs. 98-116). Su presencia en la sección de «Bibliografía sucinta», en tanto que responsable principal del proyecto nacional de investigación Censura, expurgación y lectura en la primera era de la imprenta. Los índices prohibidos y su impacto en el patrimonio textual, es notoria, con más de una veintena de contribuciones desde 2008 a 2022. A ellas se suman, en buen número, las de los dos comisarios, y otros colaboradores, aparte de los citados, como Jorge Ledo, autor de varias páginas sobre el control de las imprentas, o como aquellos que escriben en el capítulo III dedicado a «Libros castigados. El impacto de la censura en la cultura hispánica»: Pablo García Acosta («La vigilancia de la escritura claustral»), Cesc Esteve («El libro de historia»), Laura Beck Varela («El libro de derecho») y Jimena Gamba, que se ocupa de los libros de entretenimiento y el teatro en los índices, en el penúltimo apartado del catálogo, que cierra José Luis Gonzalo ——fue Premio Bartolomé José Gallardo con Regia bibliotheca: el libro en la corte española de Carlos V, Editora Regional de Extremadura, 2005— con el capítulo final que recoge «Hacia la libertad de imprenta», como colofón de los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX —de 1790 fue el Índice último de los libros prohibidos..., de Agustín Rubín de Ceballos, y de 1810 la ley de libertad de imprenta. A este cierre, en términos historiográficos, hay que sumar el empeño de otros proyectos de investigación de ámbito nacional como el de Censura gubernamental en la España del siglo XVIII (1769-1808), dirigido por la profesora de la Universidad de Oviedo Elena de Lorenzo Álvarez, que ha culminado con algunas muestras impresas destacadas, como el número doble del volumen 101 del Bulletin of Spanish Studies (2024) o el libro coordinado por Lorenzo Álvarez y Rodrigo Olay Valdés, La censura en la España del siglo XVIII. Nuevas aproximaciones (Ediciones Trea, 2024). Exposición y catálogo permiten una inmersión de mucho provecho en los procesos de censura y control de lectura en un período crucial de nuestra Edad Moderna.
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domingo, agosto 18, 2024
XXV FLVS
Sana costumbre la de visitar esta ciudad de Santander en agosto y pasar por su Feria del Libro Viejo (FLVS), que celebra este año su vigésima quinta edición. Gracias a Pedro Álvarez de Miranda he conocido a quien fue fundador de la feria, el librero Alastair Carmichael, que el jueves saludaba a alguno de los dieciséis expositores que han participado este año hasta hoy domingo 18, provenientes de Segovia, Ponferrada, Navarra, Barcelona, Bilbao, Valencia, Cantabria, o Madrid, de donde son Ortiz Marcos Libros Antiguos y Velintonia Libros, que han acudido por primera vez. El viernes volví a saludar a Javier y a Alicia, de Velintonia, en la madrileña Cuesta de Moyano, con quienes compartí comentarios sobre Gonzalo Hidalgo Bayal, a quien admiran, o sobre el Premio Dulce Chacón y la lastimosa polémica que ellos han seguido y lamentado. Esta edición ha girado en torno a «Cuentos y cuentistas» y ha habido talleres de microrrelato, lecturas con música del cuento Pedro y el lobo, charlas sobre el género; y el viernes culminaron las actividades con un diálogo con los escritores Gonzalo Calcedo Juanes y Fernando Menéndez Llamazares. Mucho libro de saldo para todos los públicos, aunque me detenga en los numerosos estudios literarios descatalogados que he ojeado, alguno con especial interés personal como el volumen de la serie «Acta Universitatis Upsaliensis» con el estudio de Ángel Crespo sobre Aspectos estructurales de El moro expósito del Duque de Rivas (1973), u otras piezas como la primera edición (1960) de Encerrados con un solo juguete, de Juan Marsé —si levantase la cabeza, me recriminaría por la adquisición—, un ejemplar inmaculado de la Floresta de varios romances (1652) de Damián López de Tortajada que editó Rodríguez-Moñino en Castalia en 1970, o una bella edición barcelonesa de El sí de las niñas de 1957 con un prólogo («Don Leandro en Barcelona») del extremeño de Villanueva de la Serena Joaquín Montaner. Al morral. Alfonso V de Aragón dijo que no hay mejor cosa que tener amigos ancianos para conversar y libros viejos para leer. En mis días en Santander no me han faltado ni los unos ni los otros; eso sí, la ancianidad de mis amigos solo puede ser imputable a su sabiduría y a su liberalidad, y no a sus años.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, agosto 18, 2024 0 comentarios
sábado, agosto 10, 2024
Colecciones Reales
En una esquina de Cea Bermúdez, poco antes de las ocho del primer viernes de agosto, una mujer me daba sin querer una previsión del día al pasar a mi lado junto a su acompañante: «—¿Solo 33 grados?». Más calor me hizo de camino a la Galería de las Colecciones Reales, cuya visita tenía pendiente desde su inauguración hace ahora un año. Cruzar sin sombrero ni sombrilla la Plaza de Oriente por la calle Bailén y la de la Armería con una larga cola para ver el Palacio aumentó la sensación de llegar a un oasis en el que te reciben con una amabilidad exquisita, hasta en el gesto del guarda de seguridad que me propuso taparme el reloj de pulsera con la mano para cruzar el arco. Dentro, la fascinación por un estuche impresionante a los pies del Palacio Real, un conjunto arquitectónico concebido por Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla en 2002 y culminado en 2015, y que tantos rasgos de parentesco sugiere a alguien de Cáceres, vecino del Museo Helga de Alvear, obra del mismo estudio. Las tres plantas descendentes ofrecen un espacio expositivo de más de cien metros en cada una de ellas, cuyo recorrido cronológico aprovecha la secuencia de los niveles -1, -2 y -3, para dividir con las dos primeras las dos dinastías: A (Austrias) y B (Borbones), dejando el último nivel para las exposiciones temporales y el Cubo como espacio audiovisual. La concordancia en Cáceres de un concepto museístico moderno en una colección contemporánea es en Madrid una divergencia que realza la importancia artística e histórica de tapices, muebles, esculturas, armas y armaduras, porcelanas, cuadros, bordados..., de un variadísimo patrimonio. La integración de los restos del Madrid medieval y la muralla árabe del siglo IX, que se muestran y se explican en la planta -1 es otro ejemplo de exquisitez de la Galería. Pocos libros —los justos—, como un códice iluminado del XV o la Historia Universal manuscrita de Bernardino de Sahagún, o un ejemplar del Quijote de 1605 que la infanta Luisa de Orleans regaló al rey Alfonso XIII. Lo compensé llevándome de la tienda los tres tomos, de más de quinientas páginas cada uno y a buen precio —menos que el planeta de 2023— del catálogo de María Luisa López-Vidriero Abelló Constitución de un universo: Isabel de Farnesio y los libros (Madrid, Patrimonio Nacional, 2016). No desprecio, como es natural, lo mucho visto; pero me entretuve en buscar —sin éxito— algún vestigio del reinado de meses de Luis I, del que se están cumpliendo ahora los trescientos años, y me detuve en la curiosidad del retrato de espaldas de Carlos IV, un óleo del pintor de cámara Jean Bauzil, al que la reina María Luisa de Parma tildó de «loco» en una carta a Godoy —leo en la Guía de la Galería (pág. 160). Despide al visitante de la sala B un ejemplar de la Constitución de 1978, abierto por los artículos 43 a 47, para que se lea el 46: «Los poderes públicos garantizarán la conservación y promoverán el enriquecimiento del patrimonio histórico, cultural y artístico de los pueblos de España y de los bienes que lo integran, cualquiera que sea su régimen jurídico y su titularidad. La ley penal sancionará los atentados contra este patrimonio». No sé si alguien habrá lamentado que en la solución expositiva no se haya podido evitar el artículo siguiente, el 47: «Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos». He vuelto a acordarme —más en este contexto— de La de Bringas de Galdós, con ese don Francisco como oficial primero de la Intendencia del Real Patrimonio, habitante de aquella feliz vivienda a los pies de Palacio, «cumplimiento de todos sus gustos y deseos» (capítulo V).
Publicado por Miguel A. Lama en sábado, agosto 10, 2024 0 comentarios
miércoles, agosto 07, 2024
Lectura de verano
Es posible que las dos principales experiencias que me sitúan en el tiempo de las vacaciones de verano sean el viaje y la lectura, antes que pisar la arena de la playa o ponerme a la sombra de una higuera junto a una alberca. Son principales y extraordinarias en sí mismas, y, afortunadamente, habituales en cualquier momento del año; pero en estos días adquieren por contexto una dimensión distinta. El viaje casi siempre es en coche y no se limita al traslado de un punto de partida a otro de llegada para el disfrute del descanso, sino que se repite en distancias cortas para ir a sitios conocidos o ya vistos. La lectura solo es distinta por el cambio de lugar, ni siquiera por el tiempo que ocupa; y no comparto esa categoría de «lecturas de verano» que proscribe la reflexión e induce a una refrescante nadería. Eso sí, ocurre en este tiempo que se realimentan las experiencias gratas, de modo que el viaje propicia la adquisición de nuevas lecturas halladas en alguno de los lugares que uno visita; y estas provocan coincidencias con esos puntos sugeridos en algunas de sus páginas. En tierras navarras terminé de leer Castillos de fuego (Seix Barral, 2023), de Ignacio Martínez de Pisón, excelente reconstrucción realista de un tiempo a partir de una trama interesante ajustada a las fechas concretas que determinan los cinco libros en los que está estructurada, desde noviembre de 1939 a septiembre de 1945. Extensa hasta casi las setecientas páginas. Pero ya tenía conmigo la otra lectura que me ha ocupado en este tramo de vacaciones. La compré en Logroño, en Castroviejo, una librería en la que uno lamenta no quedarse, por ir de paso, como nosotros el último viernes de julio: Moisés Mori, Doble Autorretrato Mundo. Oviedo, KRK Ediciones, 2024. Gracias a Miguel Casado, que había reunido sus lecturas de Archivos en la misma colección, leí El nombre es lento (Burgos, Editorial Dossoles, 2004), y luego he seguido lo mucho escrito y publicado por este profesor y escritor asturiano (Cangas de Onís, 1950), al que debemos brillantes y nada convencionales lecturas de autores como César Aira, Stendhal, Ismael Kadaré, entre otros nombres, como el de la escritora francesa Annie Ernaux. No son ensayos al uso, como este sugerente Doble Autorretrato Mundo, cuyo título incorpora referencias a dos de las obras de los autores tratados, Autorretrato, de Édouard Levé, y Amor mundo, un libro de cuentos de José María Arguedas. Dos referencias como representación de un doble foco que toma como excusa de su indagación: el escritor francés (Neuilly sur Seine, 1965- París, 2007) y el escritor y antropólogo peruano (Andahuaylas, 1911- Lima, 1969), ambos suicidas después de la escritura de unas páginas reveladoras publicadas póstumamente: Suicidio (2008) y El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971). Esto, en el plano más literal de un ensayo de aproximación a dos literaturas distantes y ahora conectadas por la mirada del lector-personaje-narrador que interviene en el texto, amén de la coincidencia de que se trate de dos autores que acabaron suicidándose. Esa participación —o intromisión— del yo lector y narrador en forma de poemas, excursos, recuerdos de infancia y juventud, apuntaciones domésticas y de otras lecturas —principalmente, pero no exclusivamente en las paradas en cursiva que se interpolan en los capítulos o tramos textuales sin numeración ni títulos —casi— de un todo dividido en dos grandes partes (cómo no) que sí están rotuladas: «No fuiste a Perú» y «Tormenta en Angoisse»— constituye el plano figurado del libro o novela, y su originalidad, su valor fundamental. De este modo, Mori propone la narración de un autor, de un lector que cuenta su experiencia lectora, que viaja por la escritura múltiple, aquí, de dos autores, Édouard Levé y José María Arguedas (págs. 130-131), que vienen a representar la lucha del yo con su autorretrato, y funcionan «como un desvío —más o menos intencionado— de la atención, como ese gesto que hacen los magos para distraernos y que no nos fijemos en el truco.» (pág. 277). La mixtura del conjunto, la desaparición del autor —explícita en los finales de los dos escritores glosados—, la exploración sobre lo propio, ese asomarse a vidas y obras ajenas para interrogarse sobre la propia, o los trasvases entre lo leído de Levé y lo leído de Arguedas, representa una especie de anomalía —todos los términos, títulos, palabras o alusiones están interconectados— que configura un mundo —libro mundo, dominó mundo (pág. 650)— que es todas las obras —en un remedo del mestizaje de Todas las sangres de Arguedas. Es un doble o triple o múltiple retrato de gozosa lectura que me ha parecido fascinante y profundo. Útil para ahondar en unas obras transitadas —las de Arguedas, de Agua a El zorro de arriba y el zorro de abajo— e incitante para buscar las no conocidas —las de Levé—; al contrario que el personaje de la hija del narrador, Clara, ya aludida en las primeras páginas del libro (pág. 21), que lee Autorretrato del francés y no ha leído nada del peruano. Quizá algún día lleguen los aires nuevos y frescos que propone Doble Autorretrato Mundo a los géneros académicos convencionales —desde el artículo científico a la tesis doctoral—, y que valga como superior excelencia un artefacto tan lúcido como este. Lástima que cueste todavía, sin embargo, naturalizar un ensayo especulativo que incorpora un retrato íntimo tan profundo y tan sugerente, una combinación de biografemas y apostillas críticas como la perpetrada por Moisés Mori. Tan difícil de explicar en esta breve nota de un viajero deslumbrado ante un espacio textual que no acierta realmente —«Lo reconozco, no queda claro» (pág. 745), escribe el autor— a ponderar y a recomendar.
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, agosto 07, 2024 0 comentarios
domingo, julio 28, 2024
Escribir la tierra
La composición y el título principal de este libro de Javier Morales (Plasencia, 1968) son la mejor declaración de sus intenciones, que, de otro modo, están expresadas en el breve prólogo que llevan los relatos reunidos en él. «Por una escritura de la tierra» es esa presentación en la que se nos informa de la procedencia de los textos y, sobre todo, se hace un alegato por «una nueva escritura de la tierra, una nueva literatura que tenga en cuenta los bosques, las montañas y los ríos, que no se escriba en los surcos del dolor de los otros animales, sino desde la fraternidad y el reconocimiento de todos los seres vivos que habitan el planeta Tierra» (pág. 14) Pero, en realidad, el más contundente argumento en defensa de una escritura de la tierra es la decisión de retomar unos textos antiguos —«La despedida» fue el último cuento del volumen de mismo título que publicó la Editora Regional de Extremadura en la colección Vincapervinca en 2008—, ya publicados en otros lugares —en los libros Ocho cuentos y medio, de 2014, y en La moneda de Carver, de 2020—, y agruparlos ahora con el título de Escribir la tierra. El matadero y otros cuentos de la montaña (Madrid, Tres hermanas, Col. Tierras de la Nieve Roja, 2024) que es una especie de reescritura o de relectura de unos textos con unos principios compartidos, una esencia común. A ellos —«La despedida», «Profecías», «Cementerio alemán» y «El tiempo del tabaco»— se suma en esta edición «El matadero», único relato inédito, escrito, según indica el autor, en 2020, y el más largo de todo el volumen —págs. 21 a 55. No solo por ser para mí de primera lectura me ha interesado este relato, sino porque compendia en su narración rememorativa —en una primera persona habitual en los textos de Morales, que acerca los referentes del autor a los del personaje narrador — una sugerencia literaria y una sugerencia de vindicación ecológica que son cada vez más patentes en los escritos del placentino. La primera, implícita en la dedicación periodística del personaje, está en las alusiones a Borges y «Las ruinas circulares», en los libros de Emily Dickinson, Thoreau, que aparecen mencionados, en la poesía de e. e. cummings, en la analogía de un lugar como el Matadero con la Casa Usher del texto de Poe… La segunda es obvia en el conflicto entre el progreso y la conservación de un espacio natural que forma parte del argumento esencial del cuento; pero es sumamente significativa en el homenaje de nombrar a la protagonista femenina de la maestra como a la activista hondureña del medio ambiente y los derechos humanos asesinada en 2016: Berta Cáceres. «En nuestras cosmovisiones somos seres surgidos de la tierra, el agua y el maíz, de los ríos somos custodios ancestrales el pueblo lenca. Resguardados por los espíritus de las niñas que nos enseñan que dar la vida de múltiples formas por la defensa de los ríos es dar la vida por el bien de la humanidad», son palabras de la líder lenca no ficticia que elige Javier Morales como uno de los exergos que abren la sección de El matadero. Los otros son de Olga Tokarczuk y de Kafka, en otra manera de vincular las dos presencias, la de la naturaleza y la de la literatura —también en el homenaje a Miguel Torga del subtítulo. Ambas acompañan esta sugerente narración de restauración de un pasado personal con la escritura como nutriente. Del mismo modo que la tierra recibe sus fermentos más propicios, Javier Morales abona su libro con una mirada a un mundo rural emotiva y sensible, recolectada entre sus escritos anteriores como una suerte de reafirmación de sus convicciones naturalistas. Ahora, en la editorial Tres hermanas que lo acoge, y que debe extremar el cuidado formal para evitar erratas, menores pero molestas —págs. 27, 37, 38, 104— y más ostensibles como el error en la numeración de los capítulos posteriores al noveno. Confiemos en que sea un libro tan buscado y leído para ser reeditado con los oportunos retoques.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, julio 28, 2024 0 comentarios
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