jueves, septiembre 20, 2018

Glorias de Zafra (XXI)


Me acuerdo de mi padre (Zaragoza, 1915-Zafra, 1992) cuando, después de haber tenido una conversación con alguien, apago el teléfono —ya no lo cuelgo. Y recuerdo aquella casa en Zafra de la calle Cánovas del Castillo (hoy Gobernador), esquina con Cristóbal de Mesa (hoy Cerrajeros) las mañanas de verano con los balcones abiertos y abiertas las ventanas de la planta baja, donde estaba la oficina de CAMPSA, la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos Sociedad Anónima, que fue uno de los primeros nombres extravagantes para otros y familiares para mí que yo aprendí de memoria, o decía de carrerilla, como decíamos entonces. Se escuchaba todo lo que venía de abajo aquellas mañanas de verano: el tecleo de las máquinas de escribir, el zumbido tenue y constante de los ventiladores, las conversaciones de quienes allí trabajaban, la melodía misteriosa —así la denominaba mi padre— que silbaba siempre un vecino cercano, los pocos coches que pasaban, y, sobre todo, esa manera estentórea de mi padre de decirnos que estaba trabajando, que hablaba por teléfono —aquel sí se colgaba— con algún proveedor, con la subsidiaria, como yo siempre creí que se llamaba la parte más industrial del adminículo zafreño del monopolio, y que daba esas voces que a mí, ahora, cuando hablo por teléfono, después de tantos años, me vienen como una reconvención de que yo también hablo a voces por el aparatino. Antiguamente, podría comprenderse, cuando era «conferencia», y había que hablar alto para que llegase tan lejos... No es lo mismo ya, claro; y esta tarde, que he conversado con una colega de Barcelona, que sabe mucho de literatura y que es una gran señora, me ha dado la sensación de que yo daba las mismas voces que mi padre cuando hablaba a lo suyo. La gran señora se llama Rosa Navarro Durán y me ha gustado mucho hablar —alto— con ella. Me ha contado que el próximo mes de enero vendrá a Extremadura para inaugurar la exposición, que sigue itinerando desde 2016, Dieciséis personajes que maravillan... y Miguel de Cervantes, de Acción Cultural Española, que recalará en la Biblioteca Pública «Bartolomé José Gallardo» de Badajoz, donde hemos quedado para que mis alumnos la visiten y que mis antiguos alumnos que sean profesores lleven a sus alumnos. Y así todo. Y así ha sido que me he acordado de mi padre.

RCEH

No conozco personalmente a la profesora Rosalía Cornejo Parriego, de la Universidad de Ottawa (Canadá), que ha sido directora hasta su más reciente número (42.2. Invierno 2018) de la Revista Canadiense de Estudios Hispánicos. Sustituyó en 2014 a Jesús Pérez Magallón, que dirigió la revista desde 2003, y a quien sí tengo el gusto de conocer desde hace mucho. Me ha llamado la atención la «Nota de la directora» con la que se abre el número dedicado al suicidio en las representaciones culturales españolas e hispanoamericanas que lleva el antetítulo de Muerte por mano propia. Recoge este volumen, compilados por Rita de Grandis y María Teresa Grillo, trabajos sobre suicidio y creación literaria en autores como Ganivet, Horacio Quiroga, Azorín, Vila-Matas o José María Arguedas, entre otros. Pero me he detenido en la nota en la que ella se despide de la dirección, y en la que, después de decir que ha sido un honor desempeñar su puesto y recordar las palabras con las que asumió dirigir la revista —que se referían a los criterios pragmáticos dominantes y la minusvaloración de las Humanidades—, subraya que «el pensamiento crítico, la reflexión innovadora, el análisis cultural desde perspectivas múltiples, lejos de ser irrelevantes, son fundamentales y cada vez más urgentes para cualquier sociedad democrática que quiera estar a la altura de los retos que plantea el siglo XXI». Claro que sí. Son palabras con las que todos podemos estar de acuerdo, siempre que no escondan una defensa de los estudios culturales como la única manera de acercarse a la literatura actual, despreciando a veces la verdadera filología como ciencia que interpreta a los autores y los textos, con especulación general de todas las demás ciencias. Bien está, en cualquier caso. Y enhorabuena a Rosalía Cornejo —y a Jesús— por haber logrado una revista de la calidad de la RCEH y bienvenida sea la nueva etapa con Odile Cisneros en la dirección. No sé, a lo mejor esto interesa a alguien.

martes, septiembre 18, 2018

Menú

Hoy he ido a la Biblioteca Central a devolver unos libros y he vuelto a cruzar la plaza que nos separa desde la Facultad —qué pena (o no) que aquella pasarela que iba a comunicar los dos edificios no se hiciese— al sol y sin sombrero. A mi edad, tan provecta como el que quiera considerar cincuenta y seis años de vida, conviene reparar en las manchas que salen en la calva —rasgo físico que para personas como Federico Jiménez Losantos puede merecer el vejamen intencionado de «calvorotas», que así llamó al periodista José Antonio Zarzalejos, y, con otras lindezas, por el que fue condenado a pagar un porrón de miles de euros. Más, sin duda, que mis hipotecas. Bueno, yo no quería hablar de esto. Otra vez me pasa que me voy por los ramos. Ramos & Ramos, imagino, sería una empresa distribuidora de frutas en mi pueblo. De lo que yo quería escribir hoy es que he ido a la Biblioteca de mi universidad a devolver unos libros, y, entre ellos, un ejemplar de la Bibliografía fundamental sobre la literatura española (Madrid, Editorial Castalia, 2003), de Francisco Muñoz Marquina, en el que me he encontrado, empaginada entre la 506 y la 507, una cartulina azul con este menú que muestro en la foto de arriba. En la biblioteca había mucho jaleo —no sé si algo como un curso para quienes allí trabajan o son del servicio en otras partes del campus— y los despachos a los que llamé estaban cerrados; de manera que no pude mostrar mi hallazgo —solo a A.C., que, la verdad, no pudo entretenerse conmigo; pero que sí reparó en postre tan enigmático como «Magia negra». Todo, otra vez, por un libro. Bien. 

lunes, septiembre 17, 2018

Huelva

De la Ría de Vigo, frente a las Islas Cíes, a las Marismas del Odiel de Huelva en el mismo Atlántico. Dentro de unas horas comienza el tercer Taller Metodológico «Contextos, métodos y retos de la investigación doctoral en Lenguas y Culturas» y que terminará mañana, martes 18. Lo organiza la Universidad de Huelva y es una de esas actividades que ofrece el Programa Interuniversitario de Doctorado que Jaén, Córdoba, Huelva y Extremadura compartimos como oferta sostenible para los estudiantes que quieren cursar estos estudios, algo tan difícil en universidades pequeñas, con menos población que otras. Quiero hablar de bibliografía, de cómo organizar toda la información bibliográfica que un investigador maneja en el desarrollo de su investigación. No, no son solo cuestiones técnicas. Me gustaría citar, cuando venga al hilo, una frase de Unamuno en el preliminar de sus Tres novelas ejemplares y un prólogo: «La pereza mental, el no saber juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se consagran a críticos». Porque nos hemos dado que la acumulación de datos es erudición. Y no, no es eso; y menos en los tiempos que corren. También me gustaría comenzar —lo he improvisado hoy— con una ilustración de actualidad, un corte del programa Hora 25, de la SER, en el que Antón Losada —entre el minuto 10 y el 15— habla, a propósito de la polémica de la tesis de Pedro Sánchez, y, de paso, sobre el asunto que dentro de unas horas nos ocupará en este taller del Doctorado Interuniversitario de las Universidades de Jaén, Córdoba, Huelva y Extremadura, que tanto nos lo llevamos trabajando. En Huelva, pues.

sábado, septiembre 15, 2018

El club de la comedia

Tienen el escenario y los focos. El escenario puede ser la calle, un pasillo o el hemiciclo del Congreso de los Diputados. Los focos pueden ser de verdad, como en el teatro, o las luces de las cámaras que graban o, simplemente, los flashes de las fotográficas. También tienen los aplausos, en vivo y en directo, como en cualquier espectáculo que se precie. Por ejemplo, en el discurso del presidente de la Comunidad de Madrid, Ángel Garrido, cuando hace el chiste de que hay dos Valles de los Caídos, uno el que está «cerca de El Escorial», y otro el que está en La Moncloa, en el que ya han caído dos ministros —él y ella— y una directora general. Luego, o antes, da igual, sale la exministra de Sanidad, Carmen Montón, que dice a propósito de las sospechas de irregularidades sobre su máster en la Universidad Rey Juan Carlos que «fue hace ocho años y a estas alturas me supone un gran esfuerzo recordar y recuperar el trabajo que hice». Otro chiste. Sin aplausos. ¿Ocho años? No hace nada que me puse, como muchos compañeros que conozco, a defender mi currículum con documentos originales que provienen de hace treinta años. Mañana podría mostrar un ejemplar de mi tesina de licenciatura, encuadernado en pasta dura marrón, un mecanoscrito que tiene la friolera de treinta y dos años. También conservo los trabajos que hice en la carrera y en varias carpetas de mi ordenador tengo hasta tres versiones de una treintena de trabajos de fin de máster de mis alumnos, por si alguno tiene la necesidad algún día de demostrar que lo hizo. Mi tesis está publicada en otro formato, distinto al que fue cuando la defendí; pero mis trabajos, y los de todos mis compañeros pueden leerse en la red, y a ninguno se nos traspapela nada que pueda probar lo que hemos hecho para que alguien de los ministerios a los que acceden los de los másteres de filfa nos reconozca que los profesores e investigadores no somos unos gandules. Qué lástima que ya no esté Eva Hache para presentar de otro modo esta comedieta vulgar a la que tanto contribuyen —será porque no está ya E. H.— los medios de comunicación que tanta cancha dan a futbolistas de primera como a políticos de segunda. Menos mal que los filósofos, los que juegan al ajedrez, los maestros de escuela y miles de personas con dignidad no salen en esos medios en los que siguen trabajando tan dignas mujeres como Pepa Bueno o Àngels Barceló. Claro, ellas no pueden compararse con la Hache en dirigir el desalentador teatrillo de casi todos los días. Comencé a escribir esta entrada ayer y me alegro hoy de leer en el editorial de El País —que en pág. 34 de su edición en papel trae la flaqueza ortográfica «La juez no haya ni rastro del dinero» cuando trata el caso IVAM— «Cortina de humo», sobre el asunto de la tesis doctoral de Pedro Sánchez, que «Las acusaciones sin pruebas no hacen más transparente la vida política española. Más bien lo contrario: en la versión ibérica de Trump, reducen la política a la cultura del espectáculo». Eso, más o menos, el club de la comedia. Lástima.

jueves, septiembre 13, 2018

Ignacio

Hace casi treinta y tres años, en octubre de 1985, me hice cargo de las asignaturas de Literatura Hispanoamericana que impartía mi compañero y hoy amigo Ignacio Úzquiza (Burgos, 1948). Aquella situación, por circunstancias que ahora resultaría prolijo enumerar, me permitió convertirme en profesor de la Universidad de Extremadura. Este curso pasado, después de cuarenta y tres años dando clases en Cáceres, Ignacio se ha jubilado, y las asignaturas que deja de impartir, «Fundamentos de la Literatura Hispanoamericana», en primer curso del Grado de Filología Hispánica, y «Textos de la Literatura Hispanoamericana», optativa en el tercer curso de ese mismo grado, las incorporo a mi plan docente, y cierro una especie de ciclo, orgulloso de volver a vincularme desde lo profesional en lo afectivo, esas dos caras de la vida que muchos no quieren que se mezclen. Una especie de símbolo de los que me gusta mostrar después del paso del tiempo. Un gusto, como pasear con el compañero y amigo por el campus extraordinario de la Universidad de Vigo. Una gozada en una mañana luminosa y azul a una temperatura que le lleva a decir a un vigués de un bar de la Plaza de América que el tiempo está volviéndose loco. Un apego apacible. Que de Apegos feroces, el libro de Vivian Gornick (Sexto Piso, 2017), que tanto ha tardado en ser traducido al español desde su primera publicación en inglés (1986), habló ayer por la mañana la periodista y escritora peruana Gabriela Wiener en la sugerente plenaria —que concluyó cantando— del XIII Congreso Internacional de la Asociación Española de Estudios Literarios Hispanoamericanos, que, hasta el viernes, se celebra en esta ciudad de Vigo en la que Ignacio y yo no hemos parado de hablar, como si nos fuese la existencia en ello. En pocas horas hemos levantado acta del sabor a vida que tiene cada gesto pequeño en una ciudad en la que a cada paso uno se gradúa en sociabilidad. Como un joven travieso, mi amigo ha querido presentarme a una joven a la que ha preguntado en la calle por una dirección que ya conocíamos, y le ha besado la mano. Como un compañero responsable que me cede un testigo importante, me ha presentado a colegas conocidos y desconocidos, y me he sentido como aquel inexperto de veintitrés años que, sin pensarlo, se atrevió a dar sus primeras clases. En esta Galicia tan cálida un taxista apasionado y amable nos ha recomendado un paseo, hemos disfrutado de la buena comida y de largas caminatas por itinerarios tan raros como unos muelles con olor industrial y pesquero, o tan deseables como los verdes senderos que te llevan hacia esas playas sobrevenidas y pequeñas de la zona de Bouzas de este Vigo —o no— desde el que escribo estas líneas por la pura gana de darme un homenaje.

domingo, septiembre 09, 2018

Un cadáver exquisito

Ayer acudí a ver en el Teatro Maltravieso Capitol el espectáculo de Estudi Zero Teatre Un cadáver exquisito, sobre textos dadaístas, que se estrenó hace un par de años para conmemorar el centenario de la fundación del movimiento Dadá en el Cabaret Voltaire de Zúrich en 1916. Estudi Zero es una compañía y escuela de teatro de dilatada trayectoria —me contó anoche Isidro Timón que llevan remontando uno de sus primeros trabajos, La cantante calva, de Ionesco, desde hace tres décadas— y se nota esta experiencia y esta sabiduría en la muy trabajada propuesta que han hecho, difícil de ejecutar cuando el referente objetivo de un texto convencional se pierde, como es el caso. De ahí que la música, las imágenes proyectadas sobre el foro, el extraordinario juego de la tela elástica, el movimiento de los actores, el vestuario colorista, sugerente, la expresión gestual, todo muy bien trenzado, sostengan un divertimento teatral de gran calidad en el que sobrevuela la palabra histórica, plural y compartida de un Hugo Ball y su poesía fonética, de un pionero como Georges Ribemont-Dessaignes o del mismísimo y principal Tristan Tzara y su diálogo El corazón a gas, que es una de las bases de las que parte el texto de Un cadáver exquisito; y no en vano los seis actores se corresponden con el número de personajes de ese texto (Ojo, Boca, Oreja, Nariz, Ceja y Cuello). A la salida, compartí con Luis Molina (La Almena Producciones) la satisfacción por haber visto algo que no se suele ver en estos tiempos; un espectáculo difícil, radical y antiartístico —sin zapatillas—, del aire de aquellos —decíamos— que hace veinte o treinta años veíamos con frecuencia y con una naturalidad que casi diría que era ideológica. En una más que voluntariosa recreación de cierto ambiente antiguo de vanguardia, los actores te reciben en la sala y te invitan a pasar al ambigú para tomar un vasito de absenta y, minutos antes de que empiece la función, departir con ellos junto a alguna simulación de poemas dadaístas —ya se sabe: lo de coja un periódico, coja unas tijeras, recorte...— para abrir boca a una proposición digna de verse. Enhorabuena.

sábado, septiembre 08, 2018

Primera persona


He terminado de leer otra novela escrita en primera persona. Esta, diré, en primerísima persona; y muy interesante como indagación —de nuevo— sobre el hecho de escribir, por mucho que el motivo que la pone en marcha sea tremendo y cree unas expectativas que el autor ha sabido resolver con mucha maestría y honestidad. Me envuelve una manera de contar que tanto acerca al narrador a hechos intransferibles y que, a pesar de todo, pueden resultar muy próximos al lector que soy. Me veo a mí mismo escribiendo ahora y la lectura de un fragmento en el que el personaje principal conduce su coche me devuelve mi imagen al volante, una mañana muy limpia por una carretera con tráfico escaso, trazado conocido y parajes hermosos. Yo volvía a casa, como el que regresa para encontrarse, paradójicamente, con una despedida inevitable. De no haber resultado una imprudencia que nadie puede permitirse, habría pasado más tiempo mirando por el espejo retrovisor que hacia aquel asfalto que el frente de mi coche se tragaba a más cien kilómetros por hora; pero con mucha precaución. Dejaba atrás una delicia. Una despedida puede llegar a ser tan solo una más de esas despedidas que se olvidan con un reencuentro. Aquella forma de separarse y ponerse en marcha es un hecho tan digno de ser escrito como el relato real o ficticio que uno tenga ante los ojos. Estoy en ello. Por emulación, como tantos escritores inseguros cuando terminan de leer un buen texto literario.