domingo, julio 22, 2018

Con Birilo

Este jueves estuvo en mi despacho Birilo, que es como responde y firma sus textos Juanjo Cuello González, un oliventino —del 1º de mayo de 1988— licenciado en Filosofía por la Universidad de Salamanca que conocí en la primavera de 2016 por mediación de Paco Lobo. En aquel tiempo, quería enseñarme sus escritos; y el jueves vino a charlar sobre su primera novela publicada, que yo leí en dos versiones, la que recibí en noviembre de ese año y la que me envió en noviembre del pasado —de noviembre a noviembre. Es esta, claro, la que cimenta la princeps —una de esas ediciones primerizas y manifiestamente mejorables— de La vida amputada (Badajoz, Ediciones Cucaracha-Andergrão Olivença, 2018), con poco más de dos meses en la calle. Poco hablamos del texto y sí de literatura o de cómo se vive la escritura. Le dije que tengo ganas de releer La vida amputada y de escribir algo aquí sobre ella; sin embargo, ayer mismo, después de tan agradable conversación, pensé en no dejar pasar más tiempo sin difundir su pasión por lo que hace y sin vocear la publicación de esta opera prima que se presentará el próximo jueves 26 de julio en Badajoz, a las diez de la noche, en el café-bar Zapatería, 13, cerca de la Plaza Alta. Birilo tiene dosis suficientes de humildad como para no darse más importancia que la que le lleva a confesar que se sintió bien presentando  su libro el pasado 28 de junio en Olivenza ante unas setenta personas, y que vendió más de una veintena de ejemplares. Se despidió de mí con la idea de volver a Montevideo —allí vivió durante dos años y Onetti salió varias veces en nuestra conversación—, que es la primera frase de la parte tercera y última de su novela. Este Birilo es un personaje, que sigue fluctuando al escribirme entre el tú y el usted en el mismo párrafo de sus cartas. Este Birilo vive entre la coruñesa Noia, donde trabaja a veces de albañil y pintor, y Olivenza, que es la sede de su colectivo cultural «Andengrão Olivença» y de su sello editorial independiente «Ediciones Cucaracha». Este Birilo es el que escribe esto en la tercera parte de su novela: «El único que creía en mi proyecto de editorial era un profesor jubilado que había currado en la Facultad de Filosofía de Cáceres, impartiendo crítica literaria y comparada. Por alguna razón secreta nos habíamos hecho amigos, y la verdad es que seguía tomando la literatura en serio, y eso, a [la] larga, siempre es agradable. Le pasé el manuscrito de Vardiero sin contarle nada, sin decirle nada de su autor. El escritor siempre tiene que aparecer ausente; si lo conoces te puede parecer un idiota; un escritor escribe. Pero también vive y hace el gilipollas como otro cualquiera. | A la semana quedé con él para tomar café. El profesor Lama me dijo que no estaba mal, pero que existían cosas que no había entendido. No entendía, por ejemplo, la opción de los dos epílogos. Yo le dije que tampoco y la única manera de saberlo era preguntárselo. Como no comprendió a qué me refería, le conté toda la historia de Vardiero y de Caroline. Le conté cómo saqué dos copias del manuscrito robado. Y también, que pensaba publicarlo. A Lama no le pareció mala idea y entre ambos decidimos un título: Siempre recordaré a ese gato.» (pág. 109). Curiosa manera de leerse en un libro.

miércoles, julio 18, 2018

18 de julio

La relación que las fechas tienen con la historia es la misma que la de un punto del mapa con el lugar real. Señalizan. Simplemente. Conocerlas no nos hace más sabios en historia o en geografía. Sobre todo, cuando se trata de grandes fechas y de lugares únicos. Distinto es cuando asociamos una fecha o un sitio a lo cotidiano e íntimo; porque entonces sí que uno aprende, conoce más e incluso se cree mejor persona por haber logrado saber un poquito más sobre algo que tiene importancia. Mi 18 de julio —el mismo día de aquel año del desastre dicen que el matrimonio Curie hizo su descubrimiento— comenzó, casi, en una librería, para recoger un libro que luego puse en el correo para alguien que sé que lo apreciará. Poco después, tomé café en el patio de la Facultad de Derecho —creo que es la terraza más fresquita en verano de todas las cafeterías del campus— con Maribel Rodríguez Ponce, Carmen Galán, y con José Luis Bernal, aunque a tenor de la conversación, debería escribir con dos compañeras y un compañero —y decano— de mi departamento; o, ya puestos, con tres bocas y seis manos. Es que, aparte las bromas y las veras, hablamos, con mucho conocimiento de causa y sentido común, del lenguaje inclusivo tan de actualidad. Un día histórico. Además, viene mi hermano a casa, así que, aunque ya no compartimos habitación, hoy no dormiré solo. Leo que hoy es el cumpleaños de Elsa Pataky y que un 18 de julio de 1959 Federico Martín Bahamontes fue el primer español que ganó el Tour de Francia. El 18 de julio de 2000 murió José Ángel Valente, el mismo día que el arquitecto Sáenz de Oiza. Un día como hoy he trabajado algo, he escrito un poco, que supongo que es lo mismo; he compartido con mis hijos una noticia sobre un documental dedicado al actor Robin Williams y espero vivir lo suficiente para dar un paseo cuando caiga la tarde y picar algo en la plaza más bonita de Cáceres con mi hermano y su sabio socio, Javier Moreno Romagueras. Fecha, la de hoy, y nombres. Un día histórico. 18 de julio.

domingo, julio 15, 2018

Glorias de Zafra (XIX)

Hace más de siete meses que experimenté de manera más especial esa sensación de retomar la posesión de un mundo como el de la infancia y la juventud, sobriamente, sin épica alguna, con una pizca de melancolía. Ayer y hoy he vuelto a encontrar un entorno amable, acogido en el interior de una casa casi propia y recibido en un exterior que te ofrece gratas novedades. Ayer volví a la Plaza Grande y a la Plaza Chica, anegadas —esto no es tan grato— por un mar de terrazas de los bares que les dan vida y ambiente nocturnos. Esta mañana he recorrido con mis hermanos el parque de mis tardes y noches de adolescente y he descubierto el Rincón de Ajedrez «Ruy López», que tanto dice de las buenas iniciativas de personas que creen en los valores de la educación. No sé si el grande Leontxo García sabrá de esto. Seguro que sí, y estoy convencido de que se habrá alegrado de que exista en una ciudad extremeña como Zafra un espacio público así. Como hay que alegrarse de que exista otro espacio admirable que, en este caso, he revisitado. Es el Museo Santa Clara de Zafra. Sigue sorprendiéndome encontrar un espacio expositivo así, más esperable en una gran capital, tan bien planteado y en un continente tan singular: «El Museo ocupa una parte sustancial de la clausura monástica: la iglesia y sacristía conventuales, la enfermería nueva y una serie de espacios de tránsito que permiten dar a conocer la grada, una celda y el claustro: espacios todos, construidos entre los siglos XV y XVII, sin los que el visitante difícilmente podría hacerse una idea de lo que es un convento desde el punto de vista material», se lee en la página web del museo, de recomendable lectura. Me impresiona y me emociona pensar en que podría llevar a Zafra a mis más cercanas amistades y faltarme días en un fin de semana tan corto como el mío para mostrarles sus lugares de interés. 

viernes, julio 13, 2018

Heterónima, 4

«Sigue Heterónima, sí, en sus trece, tendiendo lazos entre la casa y el camino, entre nuevos y viejos alumnos, entre asiduos visitantes y recónditos invitados». Son palabras de la «Salutación» (pág. 6) de este nuevo número de la revista de creación y crítica que nació por estos meses de 2015. Me he traído a casa un ejemplar del despacho de José Luis Bernal, el decano de mi facultad, que acoge esta publicación —«verdadero mecenas de este proyecto», se le llama en esas páginas—, en el que también estaba el exultante director de Heterónima, Antonio Rivero Machina, que ha aprobado las oposiciones de profesor de Enseñanza Secundaria en Lengua y Literatura, como Sandra Benito, secretaria de redacción, y como Ismael López Martín, que forma parte del consejo de redacción de la revista. Todos han sido alumnos. Y hay más en este empeño; y será una alegría —porque lo será— saber que todos irán colocándose para trabajar como interinos y luego con plaza en una profesión que los necesita, porque estoy convencido de que haremos una sociedad mejor si ellos, esta juventud, toma las riendas de una educación maltrecha por los políticos. Recomiendo vivamente la lectura de este nuevo número de Heterónima, que ya está disponible en su página. Si sigo el orden de sus apellidos como Revista de creación y crítica, y no el de su índice, se impone el gusto de haber leído publicado un poema de Patricia Amigo, que forma parte también de esta familia de la Facultad de la que estoy hablando y de la que espero seguir hablando los años que me queden de vida. Por su modestia la destaco al lado de grandes como Santos Domínguez y de poemas tan sugerentes como los de Aitor Francos, Emilia Oliva o Javier Pérez Walias, que es entrevistado en unas páginas de la sección de «Crítica» que contienen respuestas elocuentes, por ejemplo, sobre la situación de la educación. Otra vez. Julio Neira republica y revisa un antiguo artículo dedicado a la poesía de su maestro Juan Manuel Rozas y David Matías pone la guinda de este número con su artículo «El feminismo y los sacerdotes de la literatura», tan justificado —sobre la opinión de Vargas Llosa— que hará de esta entrega de Heterónima un sitio de debate necesario. Me alegro mucho de haber estado esta mañana, otra vez, en el despacho del decano.

jueves, julio 12, 2018

Fulgen Valares

Profunda pena al llegar a casa y encender la radio: Fulgen Valares ha muerto. Golpetazo y sorpresa saber que llevaba unos días en coma por un infarto que no ha superado, que falleció ayer y que esta mañana ha sido su funeral. En la inopia. He escuchado en la SER de Extremadura las voces de Silvia Gordillo, directora del Gran Teatro de Cáceres, de Olga Estecha, que trabajó con Fulgen en la dirección del Festival de Teatro Clásico de Alcántara desde 2013, y de Isidro Timón, gran valedor del escritor y actor desde sus inicios en el Aula de Teatro de la UEX y compañero también en la Escuela de Arte Dramático de Extremadura. Profunda pena. Fulgencio Valares Garrote había nacido en San Sebastián en 1972, pero a los cinco años se vino a vivir a Miajadas (Cáceres), y allí trabajó como carpintero en la empresa familiar. A finales de los años noventa se trasladó a la capital cacereña, en donde se vinculó como actor a actividades teatrales como la que desarrollábamos en la Universidad con Isidro Timón como director del Aula de Teatro de la UEX, y ya en 2001, casi coincidiendo con mi distanciamiento de la primera fila de aquella memorable aventura, estrenó Pared con pared como responsable del Aula de la UEX en Badajoz, texto al que siguieron Punto de partida y Compañera del alma (2003 y 2004). Su capacidad de trabajo era admirable y me alegraban mucho sus cada vez más frecuentes novedades literarias, como la publicación de La mancha de la mora (Badajoz, Los Libros del Oeste, 2006), que obtuvo el Premio de Novela «Carolina Coronado Ciudad de Almendralejo» de ese año, o su pieza teatral Santo silencio profeso (Mérida, De la luna libros, 2007), centrada en la figura de Francisco de Quevedo. Antes de decirme cualquier cosa, la encabezaba con un «—Señor», que también le servía para cerrar sus «—Gracias». Era su delicada forma de tratar a la gente, tan especial, como su manera de reírse; aunque siempre he creído que quería ser agradable conmigo como una muestra de respeto a un profesor universitario interesado en el teatro más vivo. Así ocurrió en nuestros últimos encuentros para organizar alguna actividad paralela en el Festival de Alcántara, con Olga Estecha. Fulgen fue el último dramaturgo incluido en el tomo dedicado al teatro y al ensayo de la antología Literatura en Extremadura 1984-2009 que publicó la Editora Regional de Extremadura en 2010, junto a seis autores —Martínez Mediero, Leandro Pozas, Miguel Murillo, Jorge Márquez, Juan Copete e Isidro Timón—, y ha sido el primero en irse. Quien hizo esa selección, Gregorio Torres Nebrera (1948-2013), escribió que «estamos ante un autor que sabe inventar situaciones, que sabe dialogar con soltura, y con poesía, y al que le interesa el ejercicio de acercar, y contrastar, la historia y el presente, el ayer con el hoy». Acertó; pero también dijo de Valares que era «la última promesa de los dramaturgos del teatro extremeño de ahora mismo» y hoy lamentaría conmigo haberse equivocado, porque, evidentemente, no somos nada. O casi nada. Porque ahí queda lo hecho. Y Fulgencio Valares nos ha dejado mucho, ha aportado mucho a la vida teatral de este entorno que es teatrero, que no es mal hábitat para seres como él, a quien ahora recuerdo estremecido. Y es que haber sabido así que Fulgen Valares se ha ido es lo más parecido a una muerte súbita, por accidente, como un sobresalto aterrador y trágico que uno recibe en su sitio de este patio de butacas numeradas sin orden que es la vida.

lunes, julio 09, 2018

Lorenzo Lotto en El Prado

No había mucha cola en el Museo del Prado ayer domingo. Un grupito de alumnas rusas me retuvo un momento durante el que pude consultar las tarifas y ver que había una reducida a la mitad para docentes. Así que al llegar a la taquilla mostré mi identificación como profesor, dispuesto a pagar siete euros y medio, y la chica, muy agradable, me dijo: «Es gratis, señor». Ignoraba este privilegio —exención suprema para algo tan valioso— que me equipara a los menores de dieciocho años, a los estudiantes hasta veintiocho y a los discapacitados, según me he informado en la página del Museo del Prado. Un amigo me había recomendado la exposición de los retratos del veneciano Lorenzo Lotto; pero, con tiempo como ayer, pude disfrutar de la de Rubens pintor de bocetos y la curiosa In lapide depictum, pinturas de autores italianos sobre pizarra y mármol, muy curiosa; además del formidable paseo por el Edificio Villanueva para volver a ver cuadros de El Bosco, Durero o Goya. Y tantos, tantos otros. (Vaya mañana de domingo en Madrid. Horas. Los de provincias, que somos así). Vuelvo a Lotto. Formidable, espléndida exposición. No sé cuántas veces habré visto en mi vida una «imagen mental» pintada en un lienzo. Ayer la vi en el cuadro San Antonio de Florencia repartiendo limosnas (1540). Choca un cuadro así en una exposición de retratos, y por eso los responsables —comisarios de lujo como el director del Prado Miguel Falomir y el profesor de la Universidad de Verona Enrico Maria Dal Pozzolo— lo avisan en la cartelería que acompaña a la muestra. Los rostros de los mendicantes están pintados «al natural» y uno de ellos, el que lleva una hoja de laurel en la cabeza, puede ser el mismísimo Lotto; así que se autorretrata en esta obra. Pero lo que a mí más me ha llamado la atención es lo de la «imagen mental», que ahora me cuesta recordar si la he visto en algún pintor de la misma manera en que ayer me visitó por este veneciano del siglo XVI. Una «imagen real» sí es la de los espléndidos retratos en los que, en efecto, parece que uno contempla un estado de ánimo, y que aprecia la innovación del retrato doble de un matrimonio y la incorporación a la imagen de otros símbolos —la exposición incorpora algunos objetos representados en los lienzos, como sortijas, camafeos, estolas...—, y una imagen real es la del rostro de Marta, una camarera que me dijo por la noche que estaba invitado porque se había confundido y le había puesto mi cena a otros clientes. A veces las cosas no tienen ningún sentido. Y esa noche de ayer, la tristeza con la que llegué a un sitio se duplicó por una tontería. Qué tontería, la verdad. Fastuosa exposición.

sábado, julio 07, 2018

Autobiografía (II)

No sé, la verdad, de dónde ha salido este texto. Sonaba una música que venía de «Alma de león», ese programa de Radio 3 que tengo asociado a aquellos mis viajes los domingos de vuelta de Zafra después de haber estado con mi madre. Recuerdo que recibía las luces de Cáceres siempre con música jamaicana o ritmo de reggae, a las once y cuarto de la noche, más o menos. El texto lo había titulado «Una recomendación», que, a estas alturas, no es ya el definitivo para esta entrada del blog. Decía que, por favor, no te creas mejor que nadie. Ni siquiera mejor que ese tipo al que hace nada pusiste a caldo —tú no dices nada malo en público contra caldo alguno— por despreciable, por haber ridiculizado ante todo el mundo a una chica indefensa. Así que, te aviso, no creas que tú eres mejor que otros. Y hay, además, otro texto que ahora rescato: me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Haber escrito «siempre» me hace más tonto que cándido, más iluso que bobo, más sin sustancia, más estúpido. Además, he habitado durante más tiempo en los barrios iluminados de la dicha que en los andurriales de la tristeza, sombríos como ellos solos. A nadie puedo dar lecciones de haber sufrido. Y me alegro, claro, de esa ineptitud que a veces ha sido tan altiva que me ha hecho creer que mi experiencia pudiera servir a otros. A los hijos, por esa supremacía que te otorga la naturaleza; o a un amigo que lo ha pasado mal, por no sé qué ínfulas. En el mismo escenario —la cocina— en el que leo ficción —esas novelas a las que no logro hacer sitio entre todo lo que quiero leer— me salta a la cara insostenible la realidad de «Un hombre denunciado seis veces por maltratar a dos mujeres mata a su actual pareja» y «Encarcelado un profesor que abusó durante tres años de una menor», en la misma página del periódico que sigo recogiendo todas las mañanas del kiosco del barrio y del que no sé cómo quitarme. Me pasa con todo. Y no me quito. Me gustaría vivir siempre en un lado amable de la vida. Y no me quejo. Que conste.