viernes, marzo 27, 2020

Diario de estos días (XV)

© Foto de Lorenzo Cordero HOY

«tanto en la medicina como en la literatura se establece una relación de ayuda» (Basilio Sánchez)

Viernes, 27. Quién iba a decirme que pondría aquí una fotografía de Basilio Sánchez con su bata de médico. Con las veces que he escrito sobre él por motivos literarios. También el sábado pasado, cuando celebrábamos anómalamente el Día Internacional de la Poesía, en plena crisis por el coronavirus, aludí a él para llamar la atención sobre su condición de poeta y cómo ha evitado siempre mencionar en sus publicaciones literarias su profesión de médico. Él escribió sobre esto en «Güelfos y gibelinos», uno de los capítulos de su delicioso libro de prosas La creación del sentido (Pre-Textos, 2015). Se apoyó en la palabra de otros médicos escritores, como Gregorio Marañón o Miguel Torga, y en imágenes imaginadas como la del médico y poeta gallego Luis Pimentel (1895-1958), tan de vanguardia, tan del 27, escribiendo en su consulta algunos poemas en el reverso de las recetas, para venir a decirnos que «quizá mi relación diaria con el dolor y la enfermedad estén en la raíz de una poesía que para mí ha sido siempre un lugar de acogida y de resistencia» (pág. 155) y que es posible que haya cierta reciprocidad entre ambas dedicaciones en los estratos más hondos de la vivencia de todo. Ahora está entregado con afán a los demás, a quienes tanto lo necesitan; y con ello, no sé, me parece que, en efecto, la poesía también ayuda. Y ahora a las ocho volveré a salir al balcón a aplaudir. Pero me he querido adelantar para asomarme aquí, mostrar la foto de Basilio y mandarle mi abrazo y mi agradecimiento. Esta vez, no por las dedicatorias de sus libros, no. Menos mal que a algunos lo único que nos piden es que nos quedemos en casa como la mejor manera de ayudar; porque si a mí me solicitasen que tuviese el arrojo que sanitarios, cuidadores, policías, guardia civiles, etc., están teniendo estos días, todo sería un desastre. Una amiga enfermera acude todos los días al hospital y cuando vuelve a casa se limpia bien, se desinfecta; pero no se quita ni un ápice de la entrega, la generosidad, la responsabilidad y la humanidad que ha llevado al espacio íntimo que comparte con su pareja, que es la que me dijo el otro día que a veces está acojonado —palabra suya— cuando su amor vuelve a casa. Es una situación particular que es tan global que habría que llevarla a cualquier escena, para que su valor enorme haga el efecto que necesitamos. Hoy, encima, que estamos en el Día Mundial del Teatro. Las butacas vacías y las camas llenas. Nos ha tocado esto.

jueves, marzo 26, 2020

Diario de estos días (XIV)


«oh misterio, oh engaño, oh espejismo» (Carlos Fuentes)

Jueves, 26. Ayer me acosté con una sensación de irrealidad después de escuchar en la radio una parte del debate en el Congreso de los Diputados sobre la prórroga del estado de alarma. Dudé si estaba ocurriendo en directo, porque no encontré ningún canal de televisión, ni privado ni público, que lo estuviese emitiendo. También dudé si era verdad que algunos ya hayan encontrado al responsable de tantos muertos. Como siempre, la comprensión, la generosidad, el sentido común, la cordura y la solidaridad son visiones de espejismo en política. Falsa expectativa. Irreales también han sido los minutos que he pasado solo esta mañana esperando a que mis estudiantes entrasen a la sesión virtual, cuando era yo el que había sido transportado a otro sitio que me pareció por un rato la casa triste y desdichada, la lóbrega y oscura del Lazarillo, una especie de limbo del que logré salir con esa prolongación de la mano que se llama ratón. Ya puesto, diré lo que el clérigo en el tractado segundo de la novelita: «Cómete eso, que el ratón cosa limpia es». Con solo unos minutos de retraso, la clase ha ido bien. Al menos, eso me ha parecido. Cada día que pasa hay una inquietud más preeminente que otra. Da reparo decirlo desde esta posición de privilegio; pero hoy me he preocupado por la posibilidad de no poder conectarme con el exterior desde los dispositivos que tengo aquí. Da vértigo, sin embargo, pensar en que nada valdría si se cayese la red eléctrica o el abastecimiento de agua potable. Otro día que me ponga apocalíptico hablaré de un inquietante ensayo de Umberto Eco sobre un no menos inquietante libro de Roberto Vacca (Il Medioevo prossimo venturo, 1971) que abrió un librito colectivo de Alianza Editorial —están también trabajos de Furio Colombo, de Francesco Alberoni y de Giuseppe Sacco—, La nueva Edad Media (1974), que hace años me recomendó Honorio Blasco y que yo compré en la desaparecida librería «Vicente Libros» de Cáceres, que tenía toda la colección de El Libro de Bolsillo. Qué casualidad. Esta tarde he salido a leer al balcón para que me diese el sol y sigo con el volumen de Jaime Salinas (Cuando editar era una fiesta), precisamente, por el capítulo segundo de la etapa de Alianza Editorial (1965-1976).

miércoles, marzo 25, 2020

Diario de estos días (XIII)

«La vida se ha quedado de pronto huérfana de acción. Pero también así se está bien, ¿no?» 
(Luis Landero)

Miércoles, 25. Ha continuado el zafarrancho doméstico. Como I. lleva dos miércoles sin venir, me toca mantener todo esto a punto. Hoy el despliegue ha sido general, y he tenido que proveerme de todos los productos y pertrechos de limpieza para dejar la casa como una patena. Fue tal el arrebato de dos horas y media que hasta puse una lavadora —la ropa ya está debidamente tendida— y coroné el frenesí con una ducha reconfortante y el afeitado de cara y cabeza. De la cabeza quería yo hablar, porque estas simplezas hacen más efecto que un tráiler de lexatines. Mi compañera M. ya inauguró este encierro en ese papel, como ella dijo en facebook, de «gladiadora» del hogar, y bien a gusto que se quedó. Es también estimulante cómo uno puede volver a adaptarse a un protocolo que tenía delegado en la persona encargada de la limpieza semanal y de la plancha. He ido del ala este de esta mansión que es mi espacio íntimo a su ala oeste, desde la cocina hasta el salón, un recorrido en cuya lógica he estado pensando mientras limpiaba y que solo se rompe cuando le pido a I. que adelante tarea en otro distrito porque tengo que salir. Es estimulante todo, sí. Sin ir más lejos —locución adverbial bien oportuna para un confinado—, uno, mientras limpia, puede volver sobre un libro o sobre un objeto al que pasa el paño con un cariño especial ahora. Esta mañana ha sido con el tintinábulo que a principios de este enero compré a mi antigua compañera de carrera, amiga y vecina del barrio, Delia Sánchez Matas, que recibió uno de los Premios Nacionales Mestre 2017, el Premio al Mejor Proyecto de obra Final en la categoría Ciclo Grado Medio. Me encanta esta delicada pieza que cuelga en esa peana de hierro —hay otro modelo rectangular— y que recrea un tintinnabulum romano, esa campanilla de terracota o de bronce que a veces tenía forma fálica y se usaba como talismán. Delia le ha dado esa apariencia tan atractiva y se ha traído la tradición romana a la raya portuguesa con esa decoración del dorso. Cuando fui a recogerlo a su casa, que está a cien pasos de aquí, su marido, casi como excusa, me dio a conocer una nueva palabra: acojormao. Me dijo que la había escuchado para referirse a un sitio lleno de cosas acumuladas y desordenadas, que la había buscado y que existe como término. No en el diccionario académico; pero sí como leonesismo que se localiza en Extremadura, en lugares como Piedras Albas, en la frontera. Me gusta mi tintinábulo y me gusta la palabra que me dio a conocer L.; pero hoy he vuelto a hacer todo lo posible para que mi casa no sea un sitio acojormao. Aunque no espere visita.

martes, marzo 24, 2020

Diario de estos días (XII)

© M.Á.F.

«No es extraño sentirse en compañía» (Pablo Guerrero)

Martes, 24. Mi amiga M. me envía una fotografía de las obras del Parque del Príncipe, en el que siguen trabajando operarios a debida distancia. Qué amplitud de miras. Y con esto enlazo con lo dicho en mi apunte del séptimo día y la envidia que me provocan esas vistas que abrirían de par en par cualquier encierro. Me he sorprendido con el trapo del polvo sobre un hombro y poniendo orden en el salón —libros reubicados y cojines recompuestos— como si fuese a venir alguien a casa. Me ha hecho gracia. Pero no estoy dispuesto a que el triste imposible de recibir visita sea motivo de mi abandono. Si tuviese tiempo y supiese hacerlo, pegaría a la foto de arriba un par de personajillos que son universales, como ayudando con las obras. Astérix y Obélix. Hoy ha muerto el dibujante Albert Uderzo, uno de los grandes creadores de la célebre historieta. Me he acordado de mi hija y de J., el socio de mi hermano, apasionado de los cómics, coleccionista y experto, a quien acompaño en el sentimiento desde la distancia. Me ha llamado P. y me ha recordado hoy que no he mencionado en mi diario que el otro día su hermana, él y yo lo pasamos bien jugando por skype al Scattergories, ese juego de mesa que consiste en escribir en un tiempo limitado palabras que comiencen por una misma letra y que pertenezcan a una misma categoría. Nombres de artistas, batallas o guerras, cosas que hay en un escritorio, ciudades de veraneo, enfermedades, palabras relacionadas con el dinero, diseñadores o diseñadoras de ropa, títulos de películas, juegos, cosas que uno se puede poner, marcas de cerveza, algo que se pueda hallar en un circo… P. tiró el dado alfabético y salieron las letras D y B, en un segundo turno. Resultado desigual y algunas coincidencias, que no puntúan, claro. La prueba final por lo visto es escribir palabras que empiecen por la letra sorteada pero de una misma categoría. Grupos de música por la A. Y yo: «Asfalto», «Amaral», y luego, «Banda de Música de Avilés», «Banda Sinfónica Municipal de Alicante», «Banda Municipal de Música de Almería», «Banda Municipal de Alpedrete», «Banda de Música de Ávila», «Banda Municipal de Alhaurín de la Torre»… Perdí.

lunes, marzo 23, 2020

Diario de estos días (XI)

«En el cielo brillaban nubes metálicas como grandes campos de miel» (José María Arguedas)

Lunes, 23. Hoy he dado mi primera videoclase de la asignatura optativa de literatura hispanoamericana, sobre Los ríos profundos de José María Arguedas. Salvo algún problema técnico debido a mi bisoñez en el medio, creo que ha ido bien. He podido compartir la presentación y homenaje al escritor peruano que se celebró en el Instituto Cervantes en Madrid el 17 de enero del año pasado con motivo de la reedición en Drácena de la novela El zorro de arriba y el zorro de abajo en 2018 —Santos Domínguez escribió sobre ella—, y por el cincuentenario de la muerte de Arguedas. De ello hablaron la autora del prólogo —la profesora Dora Sales—, y el escritor Gastón Segura, muy vinculado a la editorial. Es fascinante poder responder al confinamiento con una experiencia docente así, en casa, y con la posibilidad de compartir lo que veo en la pantalla de mi ordenador, desde el enlace a una página web hasta un documento elaborado precisamente para el análisis en clase de los textos. Mañana le tocará al teatro del siglo XVIII; y no dejará de ser chocante —y placentero— hablar de la Lucrecia de Nicolás Fernández de Moratín, o de la Raquel de García de la Huerta, desde casa, rodeado de mis libros, y saber que lo estoy haciendo simultáneamente a sitios como Azuaga, Torremayor, Badajoz, Mérida o Elvas, algunas de las localidades desde donde se ha conectado la docena y media de estudiantes que ha seguido la clase. Además, la Universidad de Extremadura, a través de su Vicerrectorado de Transformación Digital, está poniendo a disposición de su profesorado más de quinientas licencias de la plataforma que nos facilita dar estas clases virtuales; y esto me permitirá disponer de más de cuarenta minutos por sesión, aunque hasta el momento he superado ese límite y no ha pasado nada. Al finalizar la de hoy, fui a la cocina a llenar la botella de agua —en esto no hay cambio, pues necesito beber cuando hablo en público— y vi el papel que dejé anoche como recordatorio para la comida: «Tortilla de patatas». Me ha quedado jugosita. Lástima no poder demostrárselo a nadie.

domingo, marzo 22, 2020

Diario de estos días (X)

«Caminar por caminar cansa» (Antonio Gómez)

Domingo, 22. Lo peor está por venir, repitió anoche el presidente del Gobierno. Lo comentaron luego algunos tertulianos en un programa que me arrepiento de haber visto, aunque fuese solo durante unos minutos. Me indigna que estén en un plató televisivo unos personajes ridículos con un presentador que interpreta muy bien su papel de impostor, todos juntos, cada uno llegado desde su domicilio, caminando por la calle o en un vehículo particular o público, preparados para intervenir —maquillados—, y luego todos vueltos a sus casas. A los demás nos cierran los centros de trabajo y nos piden que no salgamos a la calle para nada. Ya son diez días y lo vamos consiguiendo. Me estoy acostumbrando a leer mientras camino por la casa para hacer algo de ejercicio. Sigo con Cuando editar era una fiesta (Barcelona, Tusquets Editores, 2020), la correspondencia privada de Jaime Salinas con Gudbergur Bergsson, «el compañero de una vida», como dice el muñidor de esta espléndida edición, el profesor —de la Universidad Ca’Foscari de Venecia— Enric Bou, que ha pespunteado el cuerpo principal de las cartas con materiales diversos como fragmentos de entrevistas, trozos de estudios, artículos, noticias de prensa, etc. Grata e insólita lectura peripatética de la que igual un día extraeré una estricta tabla de correspondencias entre el número de pasos y el número de páginas. Nunca me lo había preguntado: ¿qué distancia recorre un lector medio después de haber leído completo caminando el capítulo 1 de Rayuela? Entretanto lo averiguo, hoy he comprobado que cuatro mil pasos son dos kilómetros y ochocientos metros. Y sin salir de casa.

sábado, marzo 21, 2020

Diario de estos días (IX)

«El poeta es un creador» (Juan Ramón Jiménez)

Sábado, 21. Día Mundial de la Poesía. Hoy la red se está llenando de versos. Y hay un montón de iniciativas que promueven, como trae La Vanguardia.com, festivales «poéticos por Internet, rimas en las redes sociales y pancartas en los balcones», como una forma de combatir la cuarentena a ritmo de verso. Mi querida compañera G. me envía una foto del poema que ha copiado a mano en un folio y ha pegado en la ventana hacia la calle, siguiendo la propuesta de la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes de la Junta de Extremadura. Lo ha hecho con un poema de Basilio Sánchez, el decimoquinto de la primera parte de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes (2018), XXXI Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe: «Pertenecer a algo, / al cauce de un riachuelo, / al país de las hojas del otoño, / al arriate verde de la casa / que un hombre solitario levantó en una noche. […]». El caso de Basilio Sánchez es poéticamente ejemplar por la calidad incuestionable de su escritura. Son muchos años, son muchos libros, muchos reconocimientos por ellos y, afortunadamente, he tenido muchas ocasiones de estar cercano en persona y por escrito a su quehacer literario, que también es humanamente edificante. Salvo en las entrevistas o en alguna nota biográfica redactada por alguien, nunca en los datos a él referidos publicados en las cubiertas y solapas de sus libros se menciona su profesión de médico intensivista en Cáceres. Por supuesto, en su poesía no hay nada que deje asomar esa circunstancia de su vida, nada de lo que rodea a una dedicación tan cercana a la vivencia extrema, como estos días de ahora nos muestran. Y es que ayer leí un libro de poemas que representa el otro extremo de Basilio. Me llegó junto a La patria de los náufragos, de José Antonio Ramírez Lozano, «Premio Leonor» 2019 de la Diputación de Soria. Es Hallar la vía, de Noelia Palacio Incera, que mereció el «Premio Gerardo Diego» 2019 de la misma institución. Noelia Palacio (Santander, 1985) es, según se lee en la solapa de este su primer poemario, psicooncóloga y experta en cuidados paliativos. Casi todo el libro, desde su título, es una extensión literaria —con momentos de cierta intensidad poética— de su profesión: hay un paratexto titulado «Sedación», hay poemas como «Cáncer», «Fagocitosis», «Quimio», «Aislamiento», «Enfermedad refractaria», y hay otro paratexto al final que se titula «Sanar», que culmina una segunda parte menos referencial y más sugerente. Curioso. Y por eso anoche me acordé del autor de La mirada apacible y de He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes; porque lo que leí es todo lo contrario a lo que llevo viendo poéticamente en un médico como Basilio Sánchez. Salud y poesía.