viernes, abril 21, 2017

Eduardo Mendoza, Premio Cervantes


Tengo asociados los discursos del Cervantes a un día de fiesta. En realidad, lo es; pero me refiero a que casi siempre los he seguido en directo desde casa porque coincidían con el 23 de abril, que es fiesta en Cáceres. San Jorge. La entrega del de Ana María Matute se celebró un 27 de abril de 2011 porque el 23 fue Sábado Santo; ahí es nada. Y otros años, en 2000 y 2006, porque coincidía en domingo (?), cuando lo recibieron Jorge Edwards y Sergio Pitol. El discurso de Mendoza me ha sorprendido en jueves, día laborable, un 21 de abril, cuando yo hablaba en mi última clase de este curso sobre algo parecido a lo que ha dicho Mendoza, que «Una novela es lo que es, ni la verdad ni la mentira», y que esto no lo comprende todo el mundo. Por ser en diferido, el discurso de Eduardo Mendoza no ha perdido nada de su autenticidad y hondura. Ha sabido reivindicar el humor, su género —yo no lo habría dicho así—; y ha acertado con recordarnos que las nuevas maneras de la tecnología no cambian nada —lógico— el abismo ante la página en blanco. La televisión debería sacar más al protagonista, a Eduardo Mendoza, y no demorarse tanto en el auditorio, en esos rostros artificiales y plásticos de quienes se saben observados, desde sus majestades graciosas, ministros y lacayos, hasta la representación del claustro universitario de la de Alcalá de Henares, con su paraninfo lleno. «La vanidad es una forma de llegar a necio dando un rodeo» (Eduardo Mendoza). Parece que este 23 de abril de 2017 también cae en domingo.

martes, abril 18, 2017

El escalerista


Lo conoció en el Metro de Madrid y se suponía que estaba allí para arreglar la avería de una de las escaleras mecánicas de la estación de Sainz de Baranda. Aguantaba con profesionalidad los comentarios de un encargado que le hablaba de lo que llamaba el atraso de la modernidad y de cómo, finalmente, la escalera de toda la vida es la que no falla nunca. La que no depende de nada más que de su propia sujeción. La que no se mueve. Fue entonces cuando escuchó al operario preguntar al molesto supervisor si había leído a Cortázar. ¿A quién? El escalerista no respondió y siguió manipulando en las tripas de aquel enorme dispositivo que todos los días transportaba a miles de personas para sacarlas a la superficie de la ciudad.

domingo, abril 16, 2017

Glorias de Zafra (XV)


Mis amigos poetas se reían. Si no hubiese sido por las circunstancias, se habrían reído más. Mi madre muerta y tanto poeta vivo risueño. «—Ni en el entierro de su madre descansa el crítico», vino a decir uno. Era verdad. El cuerpo de mi madre estaba allí, en su arca de madera color roble, rodeado de todos los suyos, de mucha gente, mientras el párroco de la Iglesia de San Miguel de Zafra, José Ángel Losada Gahete (Granja de Torrehermosa, 1959), dejaba el hisopo tras bendecir el féretro a las cinco y veinte de la tarde y con la misma mano me daba, como el que pasa una mercancía ilegal en un lugar concurrido, un sobre que contenía tres libros de poemas por él escritos. Habíamos quedado en ello antes —premeditación—; pero no me esperaba que fuese a dármelos con la casulla puesta —alevosía— y delante de una madre que se habría sentido orgullosa más por descubrir en su sacerdote a un poeta que por tener a otro hijo lector. En serio, yo, como lector de mucho de lo que por aquí se escribe, y con veleidades de bibliógrafo de escritores extremeños, también me siento orgulloso de conocer nombres como el de José Ángel Losada, autor de —que yo sepa— tres entregas poéticas: Avisos a náufragos (Villanueva de la Serena, Asociación Cultural Porticvs, 2008), Cuadernillo de plegarias (s.i., s.l., s.a [¿2009?]) y Poemas de los Cudriales (Madrid, Ediciones Vitruvio, 2011). Como suele ocurrir con aquellos aficionados a la escritura que no ejercen en el mundo literario, el trato editorial que reciben es deplorable; por la poca difusión que se da a sus textos o por la incuria con la que se despachan obras como ese Cuadernillo de plegarias, que, aparte de las numerosas erratas, no tiene ni seña de editorial ni de año. Consuela, en ese caso, que no es de lo mejor que ha escrito. Sí, sin embargo, hay hallazgos que merecen eco, como la sencillez de algunos poemas de Avisos a náufragos —«Estoy muy roto / por dentro,/ pero me he encontrado / este trocito blanco / y me he puesto a escribir.»; o la entereza de un libro de treinta y ocho textos —Poemas de los Cudriales— que fue reconocido con el IX Premio Nacional de Poesía «Ciega de Manzanares», y en el que el lector aprecia un convincente humanismo, un estar aquí sensible y esa manera de comprender la vida como «buscar la transparencia de la luz / entre las piedras.», quizá las de esas tierras de Burguillos del Cerro que localizan un conjunto de poemas que tiende a la concisión y al tono elegíaco. En Zafra, aquella tarde nubosa del primero de diciembre de 2016, José Ángel Losada ofició conmigo otra ceremonia llena de símbolos con mis amigos poetas, que seguirán encomiándome cuando bromeen con una situación como aquella en tan señalada fecha. 

lunes, abril 10, 2017

Trabajar cansa


Repite Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968) editorial (Ediciones de Baile del Sol) y colección (Sitio de Fuego) para mostrar, después de sus Ocho cuentos y medio, su nueva obra: Trabajar cansa (2016). Parece otro libro de relatos, de doce relatos enmarcados entre un prólogo y un epílogo; pero no, es un novela breve en la que el «Prólogo» es el primer capítulo, muy breve, de la historia, y el «Epílogo» el último, y, en mi opinión, uno de los mejores de un conjunto que se completa con seis capítulos en medio que se titulan «Amar y trabajar» y otros seis titulados «El expediente»; los doce alternos, como los días. Un buen autor de mediometrajes sacaría buen partido a esta narración. La verdad, no lo sé; yo no entiendo mucho de esto, pero a medida que iba leyendo me imaginaba la historia trasladada a imágenes. Porque la narración está montada sobre cuadros o piezas que van luego encajando —o encajándose, o rozándose—; y porque el narrador sabe administrar lo que cuenta, sabe escamotear datos y dosificar las alusiones a los «déspotas categóricos» del tiempo y del espacio de los que habló Unamuno —Amor y pedagogía. El narrador de Trabajar cansa es parco en las descripciones, a menos que sean necesarias, como cuando menciona algún elemento —la fotografía de Marilyn Monroe en el cuarto de Lidia (pág. 92). Quizá por eso me ha recordado su forma de hacerse presente la de la cámara de cine que sugiere y no se demora. El título de la novela, que retoma el Lavorare stanca de la obra poética de Cesare Pavese, y el de los capítulos de «Amar y trabajar» y «El expediente» —que alude a un expediente de regulación de empleo que se cierne sobre la agencia de viajes en la que trabajan algunos de los personajes— son las marcas de situación de un texto sobre nuestro tiempo presente, sobre un tiempo de crisis que se nos ha instalado como un huésped molesto. Javier Morales ha acertado con el tono gris de su relato y la manera contenida de contar un trozo de la vida de estas criaturas generando un interés incuestionable desde la primera frase. Y, principalmente, con el montaje de las piezas que conforman un todo compuesto, en lo que se refiere a los personajes, por triángulos —una abogada, su jefe, su marido y la amante de este—, y en lo que se refiere a la materia narrativa, por efectos de correlación, como en la vida. Así, para expresar esto, el autor ha sabido incorporar a su relato determinados reflejos sin conexión aparente, como la alusión del médico de Silvia al «Lieben und arbeiten» («Amar y trabajar») que contestó Freud a una mujer que le preguntó por su idea de la felicidad (págs. 63-64), y, muchas páginas después, casi al concluir el libro, el pensamiento de otro personaje, Nuria, sobre que el trabajo y el amor «son las dos patas con las que uno camina por la vida» (pág. 114). Debe estar satisfecho Javier Morales Ortiz por este trabajo —no por lo que muestra sino por cómo ha sabido mostrarlo—; y menos por las erratas —a las que ya he aludido al reseñar libros de Baile del Sol— del viento que «silva» furioso en la página 31 y el «Isidro» que ha usurpado el nombre de Félix en la cuarta de cubierta de la novela. De una novela corta muy bien hecha.

miércoles, abril 05, 2017

Maruchi León en Letras


Maruchi León (Cáceres, 1965) es una actriz principalmente de teatro, pero con trabajos también en el cine (La ley del deseo, de Pedro Almodóvar, entre otros títulos) y en la televisión. En este medio tuvo especial notoriedad su papel de Pili en la popular serie de Antonio Mercero Farmacia de guardia (1991). En teatro ha tenido interpretaciones destacadas en numerosos montajes, como El zoo de cristal, de Tennesse Williams, dirigido por Mario Gas, y por el que recibió en 1995 el Premio Ercilla como actriz revelación; La venganza de don Mendo, de Muñoz Seca, bajo la dirección de Gustavo Pérez Puig; La dama boba con la Compañía Nacional de Teatro Clásico y la dirección de Helena Pimenta, por el que recibió el Premio Ágora de Teatro en 2002 a la mejor actriz; etc.. En 2010 obtuvo una beca en la Academia de España en Roma que le permitió desarrollar un proyecto metodológico de «Teatro para el canto», al tiempo que participó en el Seminario Internacional de Pedagogía de la Escena del director ruso Anatoli Vasíliev, y conocer el método etjudy o método de análisis activo. Derivado de este método es el «Ensayo Grabado de Etjudy sobre Las tres hermanas de Antón Chéjov. Boceto Teatral Audiovisual», que es una pieza artística hecha en colaboración con la artista plástica Clara González Ortega sobre los monólogos de los personajes de Olga, Masha e Irina. La proyección, que contiene seis monólogos de estas figuras, con una duración de cincuenta minutos, será vista mañana jueves a las 12:00 horas, en el aula 31 de la Facultad de Filosofía y Letras, y comentada por Maruchi León. Es una actividad abierta a todo el público interesado.

lunes, abril 03, 2017

Donde poder volver

Carlos Medrano me escribía en junio de 2012, en un comentario a una entrada en mi blog sobre un libro de Olvido García Valdés: «La lectura de la poesía, Miguel Ángel, como la escritura, no se puede dar de cualquier modo o lograrse bien en cualquier momento. Requiere de un estado personal donde la sintonía con la creatividad y la intención y sensibilidad del autor se den —es decir, ser también creativa como la escritura— para que los poemas nos lleguen. Por eso también hay autores que aunque los leamos tienen poco que ver con nosotros. Lo subjetivo es importante y tiene que generarse el puente entre lo leído y nosotros, a veces nunca, y a veces al cabo de los años se nos revelan o caen otros autores. No hay verdadero lector que lea un buen libro de poemas a la carrera y lo capte del todo o bien, sino con sucesivas y agradables lecturas hasta que sin esfuerzo lógico esas palabras escritas con otra intensidad se nos abren y despliegan las sensaciones y matices. La literatura, cuanto más personal, más exige este esfuerzo, y la poesía nace desde un estado y lenguaje particular de mayor conexión intuitiva con lo contado. Es como todo, saber situarnos dentro de las zapatillas de quien escribe para entenderlo tal como al escribir quiso hacerlo, y ser capaz de disfrutar de lo artístico, que es el otro componente que sobre todo esta atrayente palabra tiene. Y todo placer se repite y se vuelve a él mientras —sin que importe el porqué— nos dice algo». Cómo admiro esta facilidad para decir las cosas y saber expresar lo que uno quiere. No sería capaz ahora de poner por escrito lo que este libro de Carlos Medrano me ha sugerido. Quizá porque llevo mucho tiempo queriendo decir algo, porque hace mucho que lo leí. No. No se trata de eso. Pero, eso sí, es muy difícil que el lector se trasponga a «las zapatillas de quien escribe» y ponerse en el lugar del escritor cuando escribió. Creo más bien en esa otra gracia creativa del lector que reproduce un acto de conocimiento. Pero también esta entrada testimonia un acto de ofrecimiento, de alguien como Juan Ricardo Montaña, que ha propiciado esta plaquette que es separata de la revista Ventana abierta, de Don Benito, y que nos devuelve las palabras de Carlos Medrano, castellano y extremeño que lleva muchos años ya en Mallorca, en la isla de lápices en la que volvió a escribir, a mostrarse, a satisfacción de sus lectores, entre los que me cuento, de los cómplices e íntimos. Me gusta leer tan pensada pieza —breve, sí, de dos docenas de textos—, con su apertura y su cierre, sus paratextos explicativos, que elevan su significación sobre la importancia que tiene lo sencillo. «Nos aferramos / a sensaciones básicas», rezan los dos primeros versos de un poema como «Alacena», que es como un brote, un extracto de un día, de un momento que se escribe. Eso me ha parecido esta lectura de Donde poder volver. Gran título para un sitio que puede abrirse cuantas veces uno quiera y leer en él.

domingo, abril 02, 2017

Novedades literarias de la AEEX

Otra muestra del buen hacer de la nueva etapa de la Asociación de Escritores Extremeños es este tercer número de sus Novedades Literarias. Narrativa, poesía, ensayo, revistas y ediciones son los apartados que comprenden esta nueva entrega. No se trata de un boletín bibliográfico de la literatura de extremeños; es —y no es poco— un acta de lo que se publica de los socios de la AEEX. Habría que ver si se puede publicar desde la asociación todo lo que sale de autores extremeños, socios y no socios. Si fuese así, la lista sería mucho más nutrida. Estoy convencido de que el compromiso de fomento de la lectura y de la cultura de la AEEX en todos estos años es merecedor de un reconocimiento institucional.