sábado, octubre 17, 2020

Cultura segura

Ayer fui a ver la exposición de Kamilo Guevara que está en el Palacio de la Isla hasta el más próximo 5 de noviembre. Estuve solo; y con mascarilla, claro. No había nadie y nadie entró mientras estuve recorriendo las dos salas. Pude releer y volver a ver El jardín de las flores pájaro, que ya tuve ocasión de recoger aquí. Recomiendo su lectura in situ, allí en la sala grande, antesala de la chica, para solazarse con los textos de Javier Alcaíns y los dibujos de un artista que quiere poner por delante su obra frente a su persona, y que redacta, bajo seudónimo, el texto de presentación de la exposición en términos como los que siguen: «Los autores desaparecen, las obras permanecen, aunque se guarden en olvidados lugares. Allí permanecerán en silencio, hasta que alguien las descubra. Las obras hablan por sí mismas. Se defienden o se descalifican por sí solas. No necesitan elogios ni adornos. Qué importa si el autor expone mucho o poco, qué importa si mostró su obra en París o en Madrid. Lo importante es que una parte de esa obra esté aquí colgada, expuesta para que tú la valores. Tu opinión es lo importante. Yo debo limitarme a mostrarlas. El resto es cosa tuya. Juzga con rigor. Olvida el elogio fácil y complaciente. Gracias por aceptar mi invitación. Un saludo». Como se dirige a mí, sabe el autor que yo no voy a ser complaciente por politesse, que voy a dar mi opinión entusiasta sobre su trabajo por afinidad y cercanía, que me gusta lo que hace y que volví de su muestra —eso sí, con medios escasos, mejorables— encantado de volver a estar cerca de su obra original y luminosa, llena de colores y de sugerencias. Ya hoy, sábado, me he asomado a las dos convocatorias de la asamblea general de la Asociación de Escritores Extremeños, que, siendo por videoconferencia, yo creía que iban a ser un éxito en cuanto a quorum. En cualquier caso, ha sido un desayuno tardío relacionado con la cultura del libro y la escritura, a pesar del trámite administrativo y con el gustoso añadido de ver las caras a compañeros de este empeño en el que algunos estamos desde hace muchos años. Bien. Así que cultura segura, como la presentación del libro de Isidro Timón, esta mañana en la Biblioteca Pública, con un aforo limitado —otro quorum— a veintiuna personas, con Pilar Galán oficiando de presentadora en un acto muy grato en torno a ser-veleidades (Mérida, De la luna libros, 2020), una colección de relatos muy breves —el más largo de seis páginas—, que, como me escribió Isidro un día de este junio, podría ser como la fotografía de un instante: «las palabras colocadas de una determinada manera, con una intención… Tras el clic, siguen su camino infinito de mezclarse, abandonarse, amarse, odiarse… ¿Serán la vida misma esas palabras?». Qué alegría me da ver este libro publicado. Y qué raro tener que terminar esta nota con la convicción de que la cultura tiene que continuar de algún modo siempre seguro, antes que las comuniones y los bautizos, los botellones y las bodas. Qué sé yo.

© Teresa Rejas

viernes, octubre 16, 2020

dentro del animal la voz

Me emociona por muchas razones ver esta antología anunciada, ya publicada y de inminente distribución. Porque surgió del primer encuentro que tuvimos Vicente Luis Mora y yo el lunes 13 de febrero de 2017. La mañana siguiente él daba en mi hora de clase en el aula 31 la conferencia «Formas de desdoblamiento subjetivo en los poetas del 27: de la máscara a la cáscara». Habló de Alberti, de Guillén, Salinas, Cernuda y de Josefina de la Torre, de Rosa Chacel y de Concha Méndez. Y antes habíamos hablado de la posibilidad de editar en Letras Hispánicas de Ediciones Cátedra una antología de Olvido García Valdés. Propusimos la edición y la aceptó Josune García, la directora de Cátedra. Han pasado más de tres años y medio desde aquello y han ocurrido muchas cosas; entre otras, un parón lógico del proyecto cuando a Olvido la nombraron en julio de 2018 responsable de la Dirección General del Libro, un puesto que ocupó hasta octubre de 2019, cuando reactivamos la recta final de un trabajo compartido. Y también nos sobrevino una pandemia. Con Vicente Luis Mora he trabajado más que a gusto, sirviéndome de su buen ojo lector, de su gran capacidad y su listeza. A mí tanto dominio, tanta capacidad de trabajo, tantas lecturas, me sobrepasan. Me emociona también mucho que, mientras preparábamos la última fase de producción de esta edición, a Olvido se le ocurriese proponer a la editorial que la ilustración de cubierta —esa viñeta tan característica de una colección histórica— llevase la reproducción de una obra de Luis Costillo, ese «Ouroboros» tan potente y luminoso del amigo. Qué gran homenaje a la memoria de uno de los artistas más eminentes que hemos tenido y que el destino me tocó con la gracia de conocer. Me emociona ahora estar involucrado en esta difusión tan grande de su gran obra. dentro del animal la voz es una reunión de su poesía hasta 2012; pero Vicente Luis Mora y yo habríamos tenido agallas para afrontar los poemas escritos desde aquel tiempo hasta ahora y que han venido a darse en un impresionante libro que es confía en la gracia (Tusquets Editores, 2020), que yo creo que confirma todo lo que está en la poética de esta autora, que es una de las voces principales de la poesía española de hoy. Ya habrá ocasión de seguir hablando de la palabra de Olvido García Valdés.




domingo, octubre 11, 2020

Glorias de Zafra (XXIII)

Esta mañana he vuelto de Zafra, en una luminosa mañana de domingo con muy poco tráfico en la carretera hasta Cáceres. En esta ocasión, solo; pero mis hijos saben que cuando vamos juntos volvemos con una sensación de plenitud muy grande porque sus tíos Eva y Josemari tienen la capacidad de extraer de lo cotidiano un momento especial o el mejor traído ejemplo de un manual de buenas prácticas de vida. Yo creo que ellos, que tienen su dedicación profesional, a la que se entregan con honradez y responsabilidad, se visten en los ratos libres de anfitriones y ejercen con generosa destreza la hospitalidad como forma de ser. Ayer la temperatura acompañó para estar al aire libre en una terraza envidiable en la que pude, a recomendable distancia, comer con ellos y con Mª Carmen Rodríguez del Río, que es una persona excepcional, a quien conozco desde que yo era alumno de Bachillerato. Yo quiero llegar a ser octogenario como ella lo es, ser tan buen lector como ella, tan activo y comprometido como ella. Me parecía estar conversando —entrevistando— a un personaje eminente; y me viene a la cabeza Mary Beard, que salió en la conversación. También María Teresa León y Stefan Szweig. Por la tarde, dimos un paseo y nos sentamos en el jardín del Parador. Salvo unos minutos, estuvimos solos y comparamos tan apacible y segura situación con la masificación de algunas terrazas en la Plaza Grande. Qué se le va a hacer. De vuelta a casa, preparativos para disponer un cine de verano en la terraza de casa, y beber y picar algo. Bebimos y picamos una película que tiene ya casi treinta años, Barton Fink (1991), de los hermanos Coen —con John Turturro y John Goodman como actores principales—, llena de guiños a la historia del cine, de giros y hallazgos, de detalles prolépticos, de incidencias no resueltas… Hay un momento memorable en el que Lipnick, el vociferante presidente de la productora Capital Pictures, dice repantingado en el jardín de su mansión que en esta vida no se puede ser sincero y honesto siempre y siempre decir la verdad: «—De lo contrario, no estaría ahora en esta piscina, a menos que la limpiara». En la película de los Coen se acentúa la abismal diferencia entre esa mansión del productor y el siniestro hotel en el que reside el protagonista —que tanto recuerda al Hotel Overlook de El resplandor de Kubrick—; un recurso irreparable esta mañana en la terraza de mi hermano y Eva con un desayuno de película antes de partir de vuelta. Una calle para mi hermano y para Eva. Ahora que el Gobierno reactiva la ley de memoria histórica, me gustaría recuperar una de mis apuntaciones de las semanas pasadas y que no ha podido encontrar hueco aquí hasta ahora. El 25 de septiembre de 2007 publiqué esta entrada con una fotografía antigua. Volvería a publicarla. No es solo lo que yo quiero a «Josemarilama», ni siquiera que merezca una calle, una plaza o una glorieta, sino que vi hace ya unas semanas el acto grabado y tan bien editado por los jóvenes Antifascistas de Zafra del que mi hermano me habló —y me envió foto— que se celebró en el anfiteatro al aire libre del Instituto «Suárez de Figueroa» —donde dio tantas clases Mª Carmen Rodríguez del Río— el miércoles 12 de agosto. «¿Qué pasó en Zafra el 7 de agosto de 1936? Según los testimonios de quienes lo vivieron» fue el título de una proyección comentada de documentos impagables, con todas las medidas de seguridad. «Mucho público, y joven», escribió mi hermano, que concluyó su crónica con «El pebetero de la memoria sigue ardiendo». Bueno, bien. Hacía tiempo que no recuperaba esta serie de las Glorias de mi pueblo.

sábado, octubre 10, 2020

El otro


Anoche fui al teatro, al Gran Teatro de Cáceres. Me costó la entrada 10 euros. Alucinante. Igual que un pollo asado al carbón con ración de patatas en la Mejostilla. Fila 11, butaca 2. Muy poca gente. Me dio lástima que no fuese por la pandemia; y que, probablemente, fuese más de lo mismo. Saludé al maestro y escritor Vicente Rodríguez Lázaro y a su esposa. Charlé antes de que empezase la función con Luis Molina, el productor teatral de La Almena Producciones. Vi a Inés, una antigua alumna, sola, filas más adelante. Levanté mi mano y me correspondió. Por el pasillo pasó el editor de La Moderna David Matías, que también fue alumno, y me dijo que sabía que iba a verme allí. Sabría de mi devoción por el actor José Vicente Moirón, a quien él, en cierto modo, editó cuando publicó la versión de Miguel Murillo del Edipo Rey de Sófocles dirigida por Denis Rafter para Teatro del Noctámbulo con la interpretación de un Moirón que consiguió nominación en los Premios Max. Fui a ver El otro, de Miguel de Unamuno, montado por El Desván Producciones y dirigido por Mauricio García Lozano. El texto está adaptado por Alberto Conejero. Alguna vez me he referido a la aversión de Unamuno por los «déspotas categóricos» del tiempo y el espacio en sus nivolas. Se nota también en su teatro, en el que prácticamente toda la carga se pone en el diálogo —como dijo Víctor Goti en Niebla—, que la «cosa es que los personajes hablen, que hablen mucho, aunque no digan nada». Quizá explique que si hay alguna acotación es referida a la actitud del personaje cuando habla. Y quizá sea la clave de un montaje teatral en el que todo se pone en la interpretación y en la dicción de los actores. Anoche, salvo una iluminación que ayudó a magnificar sombras y redoblar el gesto de quien expresaba un texto inquietante sobre el otro, sobre la otra identidad, todo el acento se puso en los actores, entre los que destaco —cómo no— a José Vicente Moirón, y también a sus mujeres Laura (Carolina Lapausa) y Damiana (Silvia Marty), que sostienen con más que solvencia la fuerza del actor principal, tan otro. Por eso, anoche, el espectáculo estuvo en la interpretación de unas actrices inconmensurables y de un actor espléndido. Nada más y nada menos. Qué buen montaje, casi en sesión privada.

jueves, octubre 08, 2020

Pocos pero doctos libros juntos


Comenzó la semana con libros. Bueno, no es ninguna novedad convivir con ellos permanentemente; pero hay ocasiones en que algo conspira para compilar a través de varias vías un lote de novedades de vario tipo en pocas horas. Por el pasillo de mi Facultad me llegaron los estudios dedicados a mi amigo Jesús Cañas Murillo El teatro en tiempo de los Austrias mayores (Madrid, Ediciones del Orto, 2020), que mis compañeros José Roso y Miguel Ángel Teijeiro han coordinado. Este último fue quien me dio un ejemplar antes de la celebración —este martes y este miércoles— del IV Congreso Internacional Bartolomé de Torres Naharro, que ha estado dedicado a «El teatro en el siglo XVI: autores y prácticas dramáticas», que esta vez no ha podido repetir la experiencia de desplazar a todos los participantes a Torre de Miguel Sesmero (Badajoz), en unas jornadas de convivencia académica muy saludables que, desde sus comienzos, singularizan estos encuentros. Del último celebrado allí y en Cáceres provienen los trabajos que se reúnen en ese volumen en homenaje a un compañero como Jesús Cañas, que ha vuelto emocionado a la que ha sido su casa desde 1979. Otra compañera querida, Isabel Román Román, también por la coincidencia en estos pasillos marcados con flechas blancas y azules que nos indican el camino correcto o la dirección obligatoria, me regaló dedicado su monumental libro Galdós periodista. Artículos completos en La Prensa de Buenos Aires (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2020), una edición de novecientas nueve páginas de todo el periodismo literario de Galdós en Argentina entre 1884 y 1905, con textos inéditos de esta porción de la inmensa obra del escritor que con sus crónicas hizo también una especie de dietario y de autobiografía, y que hoy podemos leer gracias a la tenaz investigación de mi colega, que ha consultado directamente los archivos de hemerotecas y bibliotecas de Buenos Aires para ofrecernos un trabajo que nadie había hecho. Luego llegaron dos sobres. Uno traía La metáfora del mirlo (León, Editores descabezados menoslobos & Eolas, 2020), que ha trasladado a formato de bello libro las entradas escritas por mi querido Pedro Ojeda Escudero en su blog durante el confinamiento, aunque las ha sometido a revisión y hay, creo, textos nuevos. Desde el jueves 12 de marzo hasta el lunes 25 de mayo. Ay, quién lo diría, que hemos pasado todo este tiempo y estamos a 8 de octubre, que es la fecha en la que anunciaba Ediciones Cátedra la publicación de Jardín concluso (Obra poética 1999-2009), de Guillermo Carnero, en edición de Elide Pittarello (Col. Letras Hispánicas, 830). Ya la tengo, gracias al autor y a la editorial, y ya puede encontrarse, pues, en librerías la reunión de los cuatro libros de poemas (Verano inglés, Espejo de gran niebla, Fuente de Médicis y Cuatro noches romanas) escritos en esta última época de la poesía del autor de Dibujo de la muerte. La «Nota del autor» y el «Esbozo autobiográfico» que cierran una introducción de más de doscientas treinta páginas evidencian el egocentrismo confeso de Guillermo Carnero, a quien se puede leer, con profusión de notas y explicaciones, en las ciento cincuenta páginas restantes de su obra. Comenzó la semana con libros. 

jueves, octubre 01, 2020

Quino

© Quino

Fue un jueves, 6 de septiembre de 2007. Se entregaban en Cáceres los Premios Extremadura a la Creación, que se habían fallado en Badajoz en marzo. En la categoría de Premio a la «Mejor trayectoria artística de un autor iberoamericano» fue otorgado a «Quino», cuyos nombre y dos apellidos —Joaquín Salvador Lavado—, publicados a mediados de mayo en el Diario Oficial de Extremadura, pudieron llevar a alguna autoridad cultural de la consejería, que le saludaba poco antes del almuerzo, a no identificarlo como el creador de Mafalda. Cuando lo supo, se apresuró a encargar algunos ejemplares de las famosas tiras para solicitarle una dedicatoria. Y eso que el DOE sí mencionó su firma artística. Aquel fue el año del premio literario grande a Tomás Segovia, y el correspondiente a la mejor obra artística de autor extremeño al cantaor Miguel de Tena, y al mejor libro publicado por un escritor extremeño a Entre una sombra y otra, de Basilio Sánchez. También aquel año fue el del disgusto de José Miguel Santiago Castelo, Ángel Campos Pámpano o Luis Mateo Díez, entre otros, que lo expresamos por sentirnos poco apoyados por los nuevos responsables de Cultura de la Junta de Extremadura y por el mismísimo presidente Fernández Vara —que no acudió al almuerzo—, casi recién llegado al cargo, después del mandato de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que, creo recordar, no dejó de faltar a ninguna de las convocatorias de los jurados y de la entrega de aquellos Premios Extremadura a la Creación que en algunos casos se adelantaron a otros honorables galardones como el Premio Cervantes a Juan Marsé, a Juan Goytisolo o a Rafael Sánchez Ferlosio. En el del dibujante Quino, fueron siete años antes de que lo distinguiesen con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Tuve la suerte de conversar con el padre de Mafalda durante la comida de recepción a los premiados aquel jueves de septiembre de 2007, y de ayudarle como lazarillo debido a sus problemas de visión. Con él y con su esposa, Alicia Colombo, fallecida hace casi tres años; con la que urdí un plan para hacerle llegar una botella de un aguardiente casero de la Sierra de Gata a uno de sus tres domicilios, en Argentina, en España o en Italia. He recibido tarde la noticia de la muerte de Quino, y de inmediato me he acordado de aquellos momentos en Cáceres, y de su felicidad y su agradecimiento por estar en una tierra como la nuestra, que le reconocía su talento extraordinario. «—¿Y tú qué opinas de Machado?» es la pregunta que me ha venido a la cabeza y que yo todavía sigo haciendo como broma. Simplemente, para describir una tira de Quino que yo vi hace muchos años en la que Mafalda vaciaba por el pasillo de su casa la pasta del tubo dentífrico hasta llegar al baño, en donde estaba su madre frente al espejo, y alzando el tubo como si fuese un micrófono, le preguntaba, eso sí, «a la argentina», lo de Machado. Otra. «¿Nosotros llevamos una vida decente, mamá?» Y su madre responde: «¡Por supuesto!». Y la niña, después de cavilar, vuelve a su madre a preguntar: «¿Y hacia dónde la llevamos?». Gracias por tanto a Quino. Descanse en paz.

domingo, septiembre 27, 2020

Rebrotes (I)


Hoy me ha amargado el domingo el matrimonio Elvira Lindo-Antonio Muñoz Molina. Lo peor es que estoy de acuerdo con lo que nos dice —«La otra pandemia»— en la página principal de Opinión de El País el santo de la autora de El otro barrio, que a su vez firma su texto, con el que también estoy de acuerdo, «Justos por pecadores», que está detrás, en la página siguiente, la par. Creo que sería necesario difundir lo que escribe Muñoz Molina: «No sé, sinceramente, qué podemos hacer los ciudadanos normales, los no contagiados de odio, los que quisiéramos ver la vida política regida por los mismos principios de pragmatismo y concordia por los que casi todo el mundo se guía en la vida diaria. Nos ponemos la mascarilla, guardamos distancias, salimos poco, nos lavamos las manos, hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos. Si no hacemos algo más esta gente va a hundirnos a todos». Su pareja, la autora de Corazón abierto (Seix Barral, 2020), un libro que me han recomendado lectores diversos, y tengo en casa después de haberlo prestado, tiene —también yo— la desagradable sensación de que volverán a confinarnos y que pagarán justos por pecadores, «aquellos que han cuidado con esmero los protocolos del ocio y del negocio, [sic] acusarán las imprudencias de los que han ido amontonándose en terrazas y restaurantes, perdiendo la cabeza, tanto dueños como clientes». Y eso que este domingo había empezado bien, con un paseo mañanero con Javier del Pino, al que hoy le ha salido un A vivir que son dos días redondo, desde el diálogo —sí, promocional— con Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga —La vida contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2020)—, o el espacio que ha ocupado Jacinto Antón hablando —con Inés Macpherson— de Ray Bradbury —eterno, sí—, hasta la conversación amena y emotiva con Jordi Évole y Enric González, el primero presentándonos a los trabajadores de un montón de países que acuden desde lejos y temprano a trabajar debajo de su casa a una obra, o anunciándonos su entrevista con Pau Donés poco antes de morir; el otro, que vive en Buenos Aires, con su relato distendido ya de un problema de cálculo renal, y ambos junto a escoltas y conductores que han aprendido a ver, a oír y a callar después de haber llevado a políticos y mandatarios. Como todo pasa y todo queda porque lo nuestro es grabar, cualquiera puede revivir en un podcast estos momentos de hoy, previos a mi lectura de la prensa y a esos artículos de Elvira Lindo y de Antonio Muñoz Molina, que, como pareja, se pusieron de acuerdo para amargarme un día que bien, muy bien, como casi siempre.