lunes, abril 19, 2010

Límites y progresiones


"No sé si debería haberme callado todo esto", escribe José María Cumbreño en este libro, en un apunte fechado en diciembre de 2007.
—No. —Le digo ahora.
Porque esta obra, Límites y progresiones, Tegueste (Tenerife), Ediciones de Baile del Sol, 2010, cuya cubierta está ilustrada por el grande Luis Felipe Comendador, es un potente ejemplo de coraje.
Coraje literario, si tal cosa existe. Si es así —que existe—, lo tiene José María Cumbreño en este libro. Por razón y pasión en la escritura. Va más allá de lo que dice, que, para algunos será impúdico, inapropiado, innecesario. Para mí es una demostración de mucho. Y, además, incorpora a su discurso una reflexión (o escena) sobre la licitud y los límites de lo escrito en una nota de julio de 2007 que titula El pacto autobiográfico. Interesante.
Ahora bien; no es un volumen de cuentos, como dice el consabido texto de cuarta de cubierta, ni un poemario sin poema, ni, menos, un breve tratado de retórica. Tampoco, menos todavía, un diccionario de bolsillo. No es nada de eso. Es un diario con coraje. Es un cuaderno de apuntaciones sueltas sobre la propia vida, casi sin concesiones, con la rotundidad de lo vivido y sentido. Lo escribo como lector, con nombre y apellidos, profesión y razón social. Otros, aquellos que sean distantes, podrán tomarlo —yo también— como un relato con un argumento doméstico, en donde hay un narrador-testigo (Chema), una heroína (Chose), dos protagonistas (Manu e Irene) y un antagonista.
Aunque haya momentos en este libro valiente que prolonguen lo leído en el Diccionario de dudas de su autor, o en De los espacios cerrados, impera el argumento íntimo que tanto puede incomodar a los lectores que conocemos a Chose, a Manu, a Irene, a Chema, a Manuel Garrido, a casi todos los que salen en estas páginas.
Dos notas:
1ª. Discrepo radicalmente en tono amable de la frase: "Ana Ozores lleva lustros muerta y enterrada". Ni siquiera en sentido figurado la admito. Ni Ana Ozores muere en la inmortal novela, ni ha muerto y —menos— ha sido enterrada para la literatura ni para la sociología de provincias.
2ª. Prueba de la falta de distancia de este lector con respecto al relato. Anotación de febrero de 2008: Basilio Sánchez. Se la dedica Cumbreño al autor de Las estaciones lentas (Madrid, Visor, 2008), que había ganado el premio de poesía Tiflos. Y aprovecha para hablar de la mujer de Basilio, matrona, que asistió a Chose en el parto de Irene. "La primera persona que Irene Cumbreño Garrido vio al nacer", escribe. Mi hija Julia vio la misma cara amable de Maribel Muriel hace diecinueve años. No sé si fue en el mismo paritorio. ¡Ay, la literatura!
A falta de epistolarios como los de antes como fuente para los biógrafos, nos quedarán estos libros; que son como cartas dirigidas al lector. Un placer.

1 comentario:

tino dijo...

Me parece estupenda esta reseña del libro de nuestro común amigo Jose María. Me gustó mucho. Un abrazo. Faustino Lobato