La fotografía debe de tener más de cuarenta años, pues fue la que se publicó en la solapa del libro de poemas de Felipe Núñez Nombres o cifras (Editora Regional de Extremadura, 1985). El mismo año de Territorio, el primer libro de Álvaro Valverde, que ha sido quien me ha dado hoy la noticia de la muerte de Felipe Núñez (Plasencia, 1955) y al que siempre he asociado a su paisano. Precisamente, entre los «Primeros poemas» rescatados por Valverde para su reedición en Territorio. Poesía reunida (1985-2025), uno de aquel libro es «Mr. T. S. Eliot, Russell Square», que había dedicado a «Felipe Núñez y Ada [Calvo]». Me gustaría recordar al poeta de Los seres y las fuerzas con unas palabras sobre su formación que se publicaron en una auto-entrevista que apareció en el suplemento Batuecas de Tribuna de Salamanca en agosto de 1998, con motivo de la publicación de su ensayo Para escapar de la voz media (Editora Regional de Extremadura, 1998): «Mis cuatro abuelos fueron maestros de escuela. En mi casa hubo siempre abundantes libros, pero no formaban una biblioteca deliberada. Aprendí a tocar la bandurria (¡), no el piano, y mi profesor de música no sabía solfeo, tocaba de oído y de oído me enseñaba (y me enseñaba a tañer, no piezas de Chopin, que esas no se tañen, se interpretan, sino la Picolíssima Serenata y otras del estilo). Recibí desde muy chico clases de francés, porque en mi casa se pensaba que era el francés la lingua franca. El mundo anglosajón (hoy, el mundo a secas) se ignoraba o se tenía por cosa bárbara, tan ininteligible como el farfullar del Pato Donald. De todo eso no me quejo, aunque lo parezca. Esa formación del espíritu fragmentaria, a medias fallida, no del todo desnortada, deja sitio a cierta radicalidad de la que me precio. Me ha obligado a llenar huecos con mis propios medios, a mi libre arbitrio. En cierto modo me ha obligado a hacerme único, diferente, y a pretender en mis derrames poéticos y filosóficos lo diferente y lo único (como en barraca de feria: el portento, lo nunca visto). Me ha privado de ciertos instrumentos de comprensión del mundo que arrastran inexorablemente a la complicidad con ese mundo, aunque sea bajo la modalidad no menos cómplice de su resistencia (una resistencia prevista, previsible, una "reticencia gárrula", que forma parte de la fábula del mundo por más que lo refute). La biblioteca familiar delirante fue para mí un regalo sin precio. Es, con mucho, mejor que una biblioteca coherente o que ninguna biblioteca. En ambos casos (una y ninguna biblioteca), su lector se hace homogéneo, normalizado, conmensurable. Desde esas coherencias de la nada y el todo, uno aprende a hablar como si supiera de qué y como si supiera cómo. Y desaprender tales dos habilidades me parece a mí requisito de cualquier práctica artística que merezca la pena (su no poca pena) y de una vida que no consista en mera aclimatación y sobrevivencia».
martes, febrero 24, 2026
domingo, febrero 22, 2026
Peor que pedir
Recoloco libros leídos este pasado año. No hay tiempo de poner en limpio todas las apuntaciones hechas y de preparar algún texto para publicar; pero hay lecturas que han llenado esta mesa que me han suscitado un interés digno de especial consideración. La de Peor que pedir (Pre-Textos, 2025), el libro de poemas de Antonio Méndez Rubio, por ejemplo. Cuando llegó, no hacía mucho que había terminado de leer Torno, de Pablo Aros Legrand, un libro de Conversaciones con Antonio Méndez Rubio (Poéticas y políticas del encuentro) (Varasek Ediciones, 2023), que todavía andaba entre los libros de uso, y por eso creo que recuperé mi ejemplar del estudio de Jorge Fernández Gonzalo que tuvo una mención especial en el Premio Arturo Barea de 2021, El paisaje invisible. La poesía de Antonio Méndez Rubio (Departamento de Publicaciones de la Diputación Provincial de Badajoz, 2022), que estaba junto a lo de Aros. Leí Peor que pedir, y lo mejor que tiene un libro así es que te retiene más tiempo que otros, pues no se agota en una primera lectura, por supuesto, y hay que volver sobre él. Entre otras cosas, porque está concebido así, como un espacio que convoca a una experiencia lectora distinta, en la que la tarea de comprensión es su abono. En realidad, esa lectura me devolvió a ese territorio del pensamiento poético que venía de recorrer con las mencionadas obras en torno a AMR. Por aquellos días, un amigo me regaló un ejemplar del número 114 de diciembre de 1932 de la Revista de Occidente, donde Cernuda publicó los primeros poemas de Donde habite el olvido. Allí se incluyó una reseña de Dámaso Alonso de Espadas como labios de Aleixandre, libro al que aplicaba una frase que me pareció correspondiente con la propuesta poética de Méndez Rubio: «Esta poesía no tiene —literalmente— sentido común. No tiene sentido común porque tiene sentido poético y exclusivamente sentido poético». El sentido poético de Peor que pedir está en su búsqueda, y esta búsqueda se hace contra el sentido común o enfrente del uso común, dados los elementos formales con los que se presenta. La apariencia formal no es del todo disonante en su disposición en tres partes crecientes —17, 24 y 36 poemas— y un poema de obertura que es «Escribir... (l)o peor», y que, en la línea de la poética de Méndez Rubio, tiene el carácter interrogativo propio de un afán indagatorio («No sabe para qué / tantas palabras», escribirá en «De puño y letra», pág. 49). Sin embargo, en la formalización de los poemas de la primera de las secciones hay una quiebra de lo convencional, la propuesta de un nuevo artificio, distinto, con la utilización de barras dobles (//) y de otras simples (/) que se suman a la disposición versal, pero que no siempre coinciden con ella. De este modo, los textos se construyen con un patrón o unas señales equivalentes a las pautas métricas de un poema tradicional. Todos tienen un título o lema entre paréntesis como paratexto final, y todos se abren y se cierran con sintagmas vinculados, como si de un broche que enlaza el texto se tratara: «De qué // Di sí.», «Por cierto // por destino.», «A solas // por lo menos a veces.», «Sin imagen // sin nada.», «Agradeces // Te proteges.», «Dentro de ti // dentro de nada.», «Por lo menos // por lo pronto.», «Una playa nublada // una suerte alcanzada.», «Esa necesidad // esa realidad.», «En todo // en nada.», «Es esto: // es esta:». «Quietud vacía // señal de vida.», «Tan lento // tan cierto.», «La calle en calma // la noche en pausa.», «Que no // que esta.», «Antes de las estrellas // después de que amanezca.», «De nuevo // de nuevo.». Son los broches — con esa función diacrítica de las negritas— de los diecisiete poemas de esa primera parte, que se titula «No por nada», y que se vincula en esa negación con las otras dos partes: «No por ahora» y «No del todo». Son como tres etiquetas de cierto aire coloquial que contienen un pensamiento profundo sobre la noción de lo real y su acceso a través de la expresión poética, de la palabra poética o el arte, y que parecen dialogar con algunos momentos del libro. Es clara la apelación del poema «¿Quién eres tú para decir que no?» (pág. 40). La formalización de estas dos partes del conjunto se explicita en la brevedad epigramática —del poema y del verso— de la segunda sección y en el carácter más compacto de las composiciones de la última, con algunas excepciones (por ejemplo, en «Hacia las nubes», de un único verso: «Aunque no haya palabras aquí están»). Peor que pedir, cuyo título evoca el de una de las estampas de los Desastres de la guerra de Francisco de Goya («Lo peor es pedir») y que se utiliza como viñeta de la cubierta, fija su objeto en escribir, que es el primer texto, pero también en el decir, en el ver y en el oír, sentidos —y su carencia, su negación— que transitan por el libro como ejes esenciales que participan de la creación. El momento histórico del referente goyesco establece un telón muy interesante, en tanto que tiempo de crisis parangonable al contexto crítico en el que Antonio Méndez Rubio sitúa siempre su discurso. Un discurso que propone una contestación al orden establecido («El poema sin poema es un poema / también», pág. 35), o que puede ser celebración por su capacidad de sentir: «Hablar de un destierro no dicho / a quien no lee ni escribe / porque ni siquiera cree en eso... / ... acaba por ser mejor / mirar con todo el cuerpo / ausentarse lo igual / en el trino de los mirlos.», de «De cero», pág. 61). Un libro para pedir y esperar en él. Un libro también en torno a la idea de que todo sea «otra forma / de buscar otras palabras» (pág. 54).
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, febrero 22, 2026 0 comentarios
domingo, febrero 15, 2026
Pérez Álvarez, Chesi
No lo supe en su día, y me ha sorprendido para mal leer hoy en El País la crónica de Silvia R. Pontevedra sobre José María Pérez Álvarez, «Chesi», y enterarme de que falleció el pasado diciembre de 2025. Lo aprecié mucho literariamente y tuvimos contacto epistolar desde, al menos, 2006, a propósito de un fallido encuentro literario en Cáceres con motivo de los preparativos de la candidatura de la capitalidad cultural para 2016, tan frustrante en su día. Sin embargo, lo conocí antes por el premio Constitución de Novela de la Junta de Extremadura que ganó en su quinta edición con Las estaciones de la muerte (Editora Regional de Extremadura, 1988), y luego fue una gran satisfacción que Juan Goytisolo me recomendase la lectura de su novela Nembrot (2002), que posteriormente reeditó en Trifolium en 2016 con el título de Nembrot (Transmigraciones y máscaras), y con la incorporación de quince capítulos inéditos, un prólogo de Goytisolo y un epílogo de Sergio Gaspar, que fue el primer editor de la novela en DVD Ediciones. Aparte las citadas, La soledad de las vocales (2008), que fue Premio Bruguera de Novela, y Examen final (2014) fueron obras que disfruté y de las que guardo grato recuerdo. Lamento mucho ahora la desaparición de un escritor tan auténtico como Pérez Álvarez y me alegra conocer por la noticia del periódico algo más de su entorno: lo que dice su hija Beatriz, la alusión a la melliza Elena y a su mujer Pilar Rodríguez, a sus amigos Jorge Velasco y Antonio Meilán, y el anuncio de un homenaje en el Liceo de Ourense el próximo 9 de mayo. Chesi celebró que los blogs se estuviesen convirtiendo en su momento «en un arma eficacísima contra la literatura canónica» y que abriesen «una grieta por la que se cuela el aire fresco y renovador de otro tipo de literatura o, más bien, la voz de unos autores que reclaman una nueva forma de entender el hecho literario», y por ello tuvimos ciertas complicidades. Vaya desde aquí mi recuerdo de su voz discordante y arriesgada que espero que pueda seguir sonando en los títulos que ha dejado sin publicar (Sha Mat, Nunca, La palabra, Proceso de demolición), según puede leerse en el texto de Silvia R. Pontevedra de hoy.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, febrero 15, 2026 0 comentarios
sábado, febrero 14, 2026
Dibujos de la Fundación Tatiana
No es extraño que alguien pague más o haga el esfuerzo de viajar lejos para disfrutar de algo muy apreciado, por su gracia o por su rareza. Por eso, es fantástico tener ese placer sin necesidad de pagar nada ni de desplazarse mucho. Me ocurrió hace unos días aquí, al lado de casa, en el Palacio de los Golfines de Abajo, sede cacereña de la Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, en donde, hasta el 15 de abril se puede visitar la extraordinaria exposición de la colección de dibujos de la Fundación que ha comisariado Anna Reuter, experta en dibujo y estampa antiguos y especialista en la obra gráfica de Goya. La mayor parte de la muestra es de dibujos inéditos, que nunca se habían expuesto, salvo cinco, que estuvieron en la Exposición de dibujos originales. 1750 a 1860, que organizó en Madrid en 1922 la Sociedad Española de Amigos del Arte: unas acuarelas de principios del XIX de José Rivelles y Helip y el excepcional dibujo La Aurora de José Elbo, que son los que reciben al visitante, junto al álbum primorosamente encuadernado —en París— en el que Narciso de Salabert y Pinedo (1830-1885), VII marqués de la Torrecilla, había conservado los dibujos de su colección. El resto, hasta setenta piezas, está organizado en cuatro ámbitos temáticos más: «Trazas de arquitecto», en el que destaca un desconocido diseño de 1691 para la antigua Puerta de Alcalá de Madrid; «Esplendor barroco y reglas académicas», con obra del siglo XVII y algunos apuntes de estudio vinculados al mundo de la Academia dieciochesca; «Un siglo romántico», que es la sección más numerosa, y que se articula en varios apartados que recogen una diversidad de asuntos y motivos que van desde caricaturas o dibujos sobre el mundo animal, sobre batallas y ejércitos, a los dedicados al viaje o tipos, lugares y escenas costumbristas. Aquí se encuentran dos singularidades del conjunto: el primer retrato conocido de Isabel II como reina de España, dibujado pocos días después de su proclamación en octubre de 1833, y que sirvió para acuñar las primeras monedas y medallas conmemorativas; y un delicado y sugerente dibujo de Théodore Géricault, el autor de Balsa de la Medusa, fechable hacia 1821-1823 y registrado como Caballo tordillo en una herrería. Por último, la sección «Mujeres pintoras» cierra la muestra con obras de una autora de renombre, Hortense Haudebourt-Lescot (1784-1845), y otra aficionada, María Dolores de Salabert y Torres, hermana del VI marqués de la Torrecilla, con unas acuarelas de esta, fechadas en 1813, con escenas pastoriles que estarían incluidas en el álbum por cortesía familiar. Enormemente atractiva exposición, que, además, está montada con exquisito gusto, y que retengo y revisito ahora gracias a la espléndida edición del libro-catálogo elaborado por Anna Reuter La colección de dibujos de la Fundación Tatiana: un singular tesoro desconocido (Cáceres, Fundación Tatiana Pérez de Guzmán el Bueno, 2025, 194 págs.).
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lunes, febrero 09, 2026
La biblioteca oculta de Barcarrota
En la cronología de la historia del descubrimiento de la Biblioteca de Barcarrota en 1992, y su difusión pública en diciembre de 1995, estos días de febrero serán muy relevantes. Por la publicación de este libro de Pedro Martín Baños, La biblioteca oculta de Barcarrota y el hidalgo portugués Fernão Brandão (Cáceres, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura, 2026). Conozco bien el superior contenido de esta obra porque su autor tuvo la confianza de mostrármelo cuando estaba componiéndose y, una vez terminado, de pedirme unas páginas que presentaran a los lectores el contexto de un hallazgo tan inopinado e histórico. Esto explica que, aun antes de que propiamente se distribuya por los canales habituales esta publicación, escriba la presente nota que exalta su importancia y sus aportaciones, con la satisfacción de que haya salido con el sello de la Universidad de Extremadura en la que trabajo. Después de ver la magnífica exposición Malos libros. La censura en la España moderna en la Biblioteca Nacional de España en diciembre de 2023 y de disfrutar de la lectura de su catálogo, escribí aquí una entrada en la que celebré que el capítulo redactado para ese lugar por un filólogo como Pedro Martín Baños, «La Biblioteca oculta de Barcarrota» (págs. 91-97), apuntase la plausible hipótesis de que el poseedor de aquellos libros fuese el hidalgo portugués de Évora Fernão Brandão, que había sufrido persecución inquisitorial por sodomía entre 1547 y 1550 en su país. Ese fue el origen de una investigación que ahora —en la primera parte de esta obra, «En busca del ocultador de los libros» (págs. 21-142)— se desarrolla con todo detalle y rigor, y con el aporte de jugosa documentación de archivos portugueses y españoles. Lamentablemente, la brillante elucidación que lleva a cabo Martín Baños —que es uno de los pasos de averiguación más congruentes sobre el conjunto barcarroteño desde su descubrimiento— supone una contundente refutación de lo publicado por nuestro llorado colega Fernando Serrano Mangas (1954-2015), autor del libro El secreto de los Peñaranda, de 2003, reeditado en 2004 y 2010, que defendió que el médico judeoconverso de Llerena Francisco de Peñaranda fue el poseedor y ocultador de los libros. «Francisco de Peñaranda no tapió los libros ocultos» es el título del capítulo primero de esa parte, en el que se insiste desde el principio que «no hay un solo argumento objetivo que vincule de forma directa la Biblioteca de Barcarrota con Francisco de Peñaranda» (pág. 23). Por eso, una solidez argumentativa como la de Pedro Martín Baños en torno al evorense Fernão Brandão patentiza lo imposible de las réplicas o las matizaciones de quien ya no está. «La biblioteca de Barcarrota. Estudio histórico-bibliográfico» es la segunda parte (págs. 143-362), y ofrece por el momento la más completa descripción bibliográfica de todos los elementos de la biblioteca —incluida la determinante nómina-amuleto hallada entre los libros—, con el análisis de sus rasgos de heterodoxia, que fue, como señala el autor, «la premisa de que todos los volúmenes, incluido también el amuleto, resultaron comprometedores para su dueño, aunque no siempre fuera por los mismos motivos» (pág. 17). No se agotan con este portentoso estudio las muchas líneas que un hallazgo como el de Barcarrota plantea, en orden a la personalidad del poseedor de los libros, a la variedad de la heterodoxia de sus materias o a la cultura libraria en el siglo XVI, entre otros aspectos; y la «Recapitulación, con algunos cabos sueltos» (págs. 363-366) con la que cierra Pedro Martín Baños sus páginas es muy iluminadora, por realista y por honesta. No podía haber caído en mejores manos una investigación así, que es un gran paso en el esclarecimiento de un hecho verdaderamente extraordinario; las manos de un veterano profesor de Educación Secundaria en Almendralejo, excelente investigador, uno de los más grandes especialistas en la obra de Antonio de Nebrija, sobre el que escribió la biografía La pasión de saber. Vida de Antonio de Nebrija (Universidad de Huelva, 2019), y del que cuidó la edición del manuscrito de las Introductiones Latinae (Diputación de Badajoz, 2022), así como el volumen Antonio de Nebrija y la modernidad. Cinco siglos de espíritu crítico (2025), que ha publicado la Editora Regional de Extremadura y que recoge las intervenciones de las Jornadas sobre Humanismo extremeño que dedicó al personaje la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes en 2022.
Publicado por Miguel A. Lama en lunes, febrero 09, 2026 0 comentarios
martes, febrero 03, 2026
Territorio de Álvaro Valverde
Me emociona tener en mis manos este volumen de la poesía completa de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959). Sé que no es completa y que el rigor exige el término que lleva el subtítulo de este imponente Territorio. Poesía reunida (1985-2025), que acaba de aparecer en la colección «Nuevos textos sagrados» de Tusquets Editores, sello en el que el poeta placentino viene publicando sus libros desde 1995, cuando salió Ensayando círculos. La redondez de una poesía completa expresa mejor este entusiasmo de ver toda una vida poética de cuarenta años recogida en un volumen de setecientas veintiséis páginas. Como dice Gonzalo Hidalgo Bayal en su espléndido epílogo, «esta poesía reunida ofrece una idea bastante clara y bastante amplia de cómo ha sido y cómo es la vida de quien la ha escrito, de cuáles son sus hábitos y sus costumbres, cuáles sus inclinaciones y sus intereses, cuáles, en fin, su concepción de la existencia, sus preocupaciones y su pensamiento» (pág. 695); y por esto mismo nos pone delante a ciertos lectores un escenario que hemos conocido desde su comienzo hasta el momento presente. Digo más: incluso sobrepasando ese límite por el principio, pues hay una prehistoria de este Territorio de la que también supimos gracias a que la vida nos ha favorecido con la cercanía y la amistad del poeta. La lectura de tan apreciado volumen, que recupera el título de su primer libro de 1985, me trae, pues, muchos recuerdos: conversaciones, viajes, encuentros en el momento fatal de la despedida de algunos amigos, cartas, numerosos correos electrónicos, wasaps, presentaciones compartidas y esa manera de honda relación de muchas, muchas horas de lectura. Me emociona revisitar poemas de Una oculta razón (1991), de Mecánica terrestre (2002) o de El cuarto del siroco (2018) en los límites de este nuevo territorio que los aúna, un volumen que ofrece novedades felices y significativas, como marcas de vida y de poesía: la dedicatoria invariable durante tantos libros a Yolanda, Leticia y Alberto, que incluye a sus dos nietas, Vega y Gala; los lemas generales de Juan Ramón Jiménez («En realidad, voy haciendo mi poesía en el curso de la existencia. Si ofrece unidad en su continuidad es la que le imprime, desde su centro, la vida misma») y de Eliseo Diego («Aquí no pasa nada, no es más que la vida»), la incorporación de un libro nuevo, Geografías del jardín, fechado en 2025, y la inclusión de una sección final de «Poemas recuperados», con siete textos de publicación desperdigada en muy diferentes sitios entre 1998 y 2012. Una obra así es una especie de atlas de la geografía poética de un autor en el que, además, la idea de lugar es nuclear; también es el calendario poético de una vida que es, con todo, una «apacible huida hacia la muerte» (de «Autobiografía», en Desde fuera). Lugar y tiempo son nociones recurrentes en el libro y en toda la obra de Álvaro Valverde, y este Territorio de 2026, en tanto que obra nueva, lo corrobora. Novedades, decía arriba, y también invariantes tan sutiles y delicadas como la presencia —de nuevo, después de Mecánica terrestre, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco— de la amistad con el artista Salvador Retana, que ilustra la cubierta, y que contribuye así a esta conciliación de todo. Celebro, en fin, alborozado, la publicación de esta poesía completa y doy las gracias a Álvaro Valverde por haberme permitido durante todos estos años asomarme a este privilegiado mirador de su territorio. Ahora, a seguir leyendo.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, febrero 03, 2026 0 comentarios
miércoles, enero 28, 2026
Juan Carlos Rodríguez Búrdalo
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, enero 28, 2026 2 comentarios
domingo, enero 25, 2026
José María Valverde, 100 años
Mañana, lunes 26, se cumple el centenario del nacimiento del profesor y escritor José María Valverde (1926-1996) en Valencia de Alcántara. Allí se celebrará mañana por la tarde un acto conmemorativo que dará inicio a unas jornadas en recuerdo del poeta y traductor vicentino que tendrán dos momentos: primero en su pueblo de origen, mañana y pasado, y luego en Cáceres, en la Facultad de Filosofía y Letras, los días 19 y 20 de febrero. El encuentro en Valencia de Alcántara se hace coincidir con el centenario y las jornadas se desarrollarán una vez que se haya reanudado el período lectivo en la Universidad de Extremadura, cuyo alumnado será el público principal de las actividades programadas. Mi compañero del área de Filología Inglesa Luis Javier Conejero ha sido uno de los impulsores de estos actos, y con él, el profesor de Derecho Constitucional de la UEX Gabriel Moreno. Ambos son de Valencia de Alcántara, y se han preocupado de buscar apoyos para la celebración de un centenario que contará mañana con la participación del escritor y crítico Jordi Amat, que fue responsable del libro Fons José María Valverde (1942-1996). Fragments d'una biografia intel-lectual (Centre d'Estudis Històrics Internacionals y Editorial Afers, 2010), sobre el valioso archivo personal del escritor, con manuscritos, documentos administrativos, cartas, prensa y papeles varios relativos a quien ha sido una de las figuras más respetadas de la cultura española de la segunda mitad del siglo XX. Participarán también la poeta Ada Salas y el artista Jesús Placencia, coautores de Ashes to Ashes. Catorce poemas a partir de catorce dibujos a partir de T. S. Eliot, un libro que publicó la Editora Regional de Extremadura también en 2010, y que les servirá de base de una lectura que será una manera de recordar al Valverde que vertió al español los Cuatro cuartetos de Eliot en sus Poesías reunidas (1978). El martes 27 intervendrá el catedrático de Filología Inglesa de la Universidad de Valencia Jesús Tronch y tendrán lugar diferentes actividades de carácter didáctico sobre el escritor en el IES Loustau-Valverde de la localidad. Para las jornadas de febrero se han programado charlas en torno a la poesía, la traducción y el pensamiento de Valverde por diferentes estudiosos, procedentes de diferentes universidades españolas y de la UEX. Programa completo aquí.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, enero 25, 2026 0 comentarios
jueves, enero 22, 2026
Antonio Rey Hazas
Hace algo más de un mes desde su fallecimiento y quiero recordarlo. Estoy seguro de que supe de la existencia de Antonio Rey Hazas (Guadalajara, 1950-Madrid, 2025) por su amigo y compañero de clase Jesús Cañas Murillo, que me hablaría de él en los primeros ochenta, antes de conocer alguna de sus numerosas publicaciones. Jesús estudió con Antonio en la Universidad Autónoma de Madrid, se hicieron amigos y ambos tuvieron como maestro a Juan Manuel Rozas (1936-1986), que luego ejerció en Cáceres desde 1978. Bajo su dirección, trabajaron juntos —con otros compañeros como Enrique Rull, José Rico Verdú, Mario Hernández o Miguel Á. Pérez Priego— en la elaboración de las unidades didácticas de la Historia de la literatura de la UNED, utilísima para el estudiante de tercero de Filología que yo era en 1983, cuando la compré. Quizá aquello fuese lo primero que yo conocía de Antonio Rey, porque, poco después, me hice con su edición de La pícara Justina, que salió, antes de que leyera su tesis doctoral sobre el carácter paródico de esa novela, en Editora Nacional, un sello también asociado ya desde entonces a su querido Jesús Cañas, por su magnífica edición del Libro de Alexandre, y a Rozas, a quienes ambos, Antonio y Jesús, dedicaron sus respectivas obras publicadas allí. Fue Malén Álvarez quien el martes dieciséis de este pasado diciembre me envió un mensaje de wasap comunicándome la muerte de Antonio Rey esa mañana. Ella lo había presentado en su intervención sobre Cervantes en el CPR de Cáceres en 2016, en uno de los muchos actos organizados por el centenario cervantino. Después supimos de los atisbos de la enfermedad que poco a poco fue agravándose y arrebatándole uno de sus fuertes, la memoria de la que echaba mano tan oportunamente cuando evocaba el pasaje de una obra, el dato de algún autor o una situación novelesca, de su Quijote o de otros textos. No me resulta difícil reconstruir algunas de las situaciones que todos estos años nos acercaron, desde aquel día que probablemente fuese mi primer encuentro con él, cuando participó en el tribunal de la tesis doctoral de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes en 1987, papel que desempeñó magnánimamente en otras ocasiones en nuestro departamento cacereño, hasta su conferencia inaugural en el Curso de Verano Lecciones de Teatro Clásico, en la quinta y última edición dedicada al teatro de Cervantes en junio de 2016. Es fácil recordarle ahora, cariñoso y amable siempre, lleno de sentido del humor, y con un talante que luego confirmaban las opiniones de quienes habían sido alumnos de un buen profesor, querido por todos, «de apacible condición y de agradable trato», como su amado don Quijote vuelto en Alonso Quijano el Bueno. También colegas como José Manuel Lucía Megías, Carmen Valcárcel o Rosa Navarro, entre otros, han dejado sus cariñosos comentarios en sus redes sociales. Presidió durante ocho años la Asociación de Profesores de Español «Francisco de Quevedo» de Madrid, cuyas actividades conocí gracias al ciclo «La literatura española y su contexto universal (siglos XVIII a XX)», por hablar sobre la Ilustración y los orígenes del romanticismo en noviembre de 1996, en un abarrotado salón de actos de un céntrico instituto de enseñanza secundaria madrileño, como buena prueba de su capacidad de convocatoria y su gestión. Aun siendo un investigador de la literatura española del Siglo de Oro, de la picaresca, del teatro barroco y de la novela cervantina principalmente, me llamó siempre la atención la amplitud de sus intereses y la calidad de sus estudios sobre otras épocas, como un espléndido trabajo sobre la estructura de Don Álvaro o la fuerza del sino, que publicó, precisamente, en el homenaje a Juan Manuel Rozas que le dedicó el Anuario de Estudios Filológicos de mi facultad. Otro autor del XIX, Pereda, mereció su atención, y una novela como Peñas arriba, que editó en Letras Hispánicas de Cátedra. Curiosamente, en otro homenaje a Rozas, el que editó la colección «Magistri» del Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura en 2008, apareció otro de esos trabajos singulares por su agudeza, el que trató el poema «Lope. La Noche. Marta» (Agenda) de José Hierro. Pero sus numerosas aportaciones cervantinas con Florencio Sevilla (1956-2020) —otra pérdida temprana—, como Cervantes: vida y literatura (Alianza Editorial, 1995), o sus ediciones de las obras completas de Cervantes; y, en solitario, las de El Buscón (1982), del Lazarillo (1984) o de Salas Barbadillo y Castillo Solórzano en Picaresca femenina (1986), y sus libros Deslindes de la novela picaresca (Universidad de Málaga, 2003), Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005), entre otras publicaciones, son las que mejor representan su perfil como estudioso. Por ello, específicamente «por el engrandecimiento de la cultura hispánica», en 2013 fue galardonado con la Medalla de Oro José Vasconcelos en México, que agradeció con un documentado discurso titulado «América en Cervantes», recogido en un volumen homónimo que publicó ese año el Frente de Afirmación Hispanista, asociación promotora del premio y de la revista Norte. Con su tan leído Quijote, ya fuese por la melancolía que le causaba el verse vencido por la suerte, o ya, según quien crea, por la disposición lacerante del cielo, se le arraigó la enfermedad fiera que no quiso que hiciese salida nueva y cesó su vida (II.LXXIIII). Sacudidos por ello, nos quedan su recuerdo y sus obras.
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, enero 22, 2026 0 comentarios
domingo, enero 18, 2026
El buen lugar
La unanimidad que suele darse entre los lectores de Basilio Sánchez con casi todos sus libros poéticos ha sido más rotunda y entusiasta con este último, un libro poético en prosa de ensayo diarístico (sic) como El buen lugar (Valencia, Pre-Textos, 2025). El escritor Fernando Aramburu escribió en ABC Cultural: «No le cae a uno en las manos todos los días un libro tan rico en reflexiones lúcidas, a la vez tan claro de lectura y tan ameno». La poeta y artista plástica Julia Otxoa puso en el muro de Facebook de Jordi Doce: «Es el mejor libro de pensamientos poéticos que he leído nunca»; y el mismo Jordi Doce, en su reseña de El Cultural de junio del año pasado, calificó esta obra de Basilio como una «propuesta cuya convicción y coherencia la convierten en un testimonio de excepción —tan certero como luminoso— que el lector no tarda en sentir como propio.». «Una guía espiritual fascinante» es para el poeta José Luis Puerto. Para el placentino Juan Ramón Santos, El buen lugar es «una suerte de ética, de afirmación de una cierta forma de enfrentarse al mundo», y un vergel en el que los lectores querrán habitar bastante tiempo. «Es, sin boatos ni publicidad, uno de esos libros que se quedan grabados a fuego lento, cocción eterna y reposo calmo», escribió Pedro Bosquet en el Heraldo de Aragón el pasado septiembre. Enrique García Fuentes, en las páginas del diario Hoy, calificó en octubre El buen lugar como «un libro de por vida, al que volver y del que aprender continuamente; que no se agota en su lectura». Finalmente, podría sumar a estas opiniones las numerosas, y todas en la misma dirección encomiástica, de las lectoras y lectores con quienes he comentado la experiencia de haber leído o estar leyendo El buen lugar desde que comenzó a difundirse en mayo de 2025. Yo puedo añadir que es un libro de una claridad y de una profundidad deslumbrantes, que personalmente me sirve para comprender mejor toda la escritura de Basilio y también a la persona que es Basilio Sánchez, que me favorece con su amistad. Así que El buen lugar también tiene esa función benéfica para quienes lo leemos: es una ayuda para cuando nos faltan palabras, es amparo frente a la desolación, protección en la intemperie y cobijo en el desvalimiento. Es un ejemplo muy válido para responder a aquellos que nos preguntan para qué sirve la literatura. El carácter aparentemente misceláneo de El buen lugar como «ensayo en fragmentos, rosario de citas y reflexiones literarias» —dice un texto promocional de la editorial que se ha llevado a la cartulina marcapáginas— puede estimular una lectura que suele hacerse en este tipo de obras: una lectura no lineal, discontinua, sincopada y a saltos, persuadida de que encontrará en cada fragmento un hallazgo feliz, un motivo para el goce estético y la reflexión. Es verdad, aunque no estamos ante un libro de aforismos cuya ordenación suele desviarse de una lógica, y habrá lectores que abran el volumen por sitios distantes porque entienden que la propia naturaleza de un ensayo en fragmentos les invita a hacerlo. Yo no lo veo así en El buen lugar, que me parece que tiene una estructura no visible, una disposición sin marcas mayores, y, por supuesto, un principio, un desarrollo y un final con sentido. De este modo, debe ser leído sin saltos ni interrupciones, de principio a fin. En consonancia con una idea que Basilio Sánchez aplica a la poesía cuando dice —en la página 24 de El buen lugar— que su unidad de medida en poesía no es el verso, ni siquiera el poema, sino el libro. Estamos ante una sucesión de textos de muy variada extensión, pero mayoritariamente breves, sin más división que la que separa cada uno de los fragmentos o trozos, y que se indica por el espacio en blanco y una discreta y elegante estrellita como marca. La variedad formal está en la extraordinaria heterogeneidad de la extensión de sus fragmentos, que van desde una única línea —creo que «La poesía, la masa madre del corazón» (pág. 69), de siete palabras, es la unidad más pequeña de todo el conjunto— o dos líneas, pues hay varios textos de nueve, diez, trece palabras o poco más, hasta aquellos trozos que ocupan las dos páginas, que son pocos, y que superan las mil trescientas palabras —y están ubicados en el tramo final del libro (págs. 169-173 y 221-223). El reparto y cierto equilibrio de los textos según su extensión es uno de los criterios que organizan el contenido de la obra; de tal manera que los pecios más breves puntean la sucesión de segmentos de mayor extensión y operan como islotes o descansos en la lectura, que se detiene en ellos como en un foco que llama su atención: «La palabra que busco es un pez rojo que se esconde en el coral de una gruta» (pág. 31); «La última palabra del poema traza un puente en el aire» (pág. 35); «La escritura aprovisiona de migas los comederos de los pájaros» (pág. 41); «Un poema es un árbol cargado de limones cuya luz en la noche nadie ve» (pág. 66)... Son ejemplos que valdrían para sugerir esto que, por otro lado, es un rasgo que se ve en su poesía, y que fue reiterativo en El baile de los pájaros. Pero la lógica de El buen lugar va más allá, y cose la estructura de tal modo que las reflexiones exentas sobre la escritura se combinan con otros fragmentos que son lecturas de otros, hasta que surge un trozo en el que irrumpe en el discurso el yo del escritor, que recorre su obra poética, y del hombre, del médico que ejerció o del ciudadano que vive en Cáceres. Esto es así a lo largo de todo el libro, sin que se aprecie de una manera evidente, pero está. Es decir, hay un principio, un desarrollo y un final. Y esta conciencia del final, por ejemplo, se ve muy bien en un fragmento que ocupa las últimas páginas, a sabiendas de que estamos próximos a terminar: «Intento escribir un libro...», que es una cita de Pascal Quignard, pero luego añade «Intuyo que la mayoría de estos apuntes o notas han ido surgiendo poco a poco para hacerme pensar» (pág. 208). Es un trayecto que ha recorrido el escritor y que, una vez concluido, ahora, por ventura, nos brinda para disfrutar de una lectura encantada y provechosa.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, enero 18, 2026 0 comentarios
martes, enero 06, 2026
El corazón revolucionario del mundo
«—Este chaval es sobrino de Concha. Estamos muy contentos, claro» —me escribió mi amigo Fulgencio en un mensaje de mediados del pasado septiembre. Me enviaba la noticia del diario Hoy firmada por M[aría]. Fernández: «El escritor extremeño Francisco Serrano gana el Premio Tusquets 2025», que precisaba el lugar —Guareña— y el año de nacimiento —1982— del escritor, y me anunciaba que la novela estaría en las librerías el 8 de octubre. «Es, fundamentalmente, extremeño y sentimental», se lee de Francisco Serrano en la solapa de El corazón revolucionario del mundo (Barcelona, Tusquets Editores. Col. Andanzas, 100), 2025, 225 págs.), que compré en cuanto estuvo disponible en librerías y terminé de leer ya en noviembre. Y puedo decir que tan altas expectativas —un premio Tusquets de Guareña y sobrino de Concha— quedaron cumplidas, pues me parece muy buena novela, muy inteligente como propuesta narrativa, que demuestra que su autor tiene una postura muy clara con respecto al texto literario, desde el que todo parte para que todo funcione. La elección de la materia de la narración, el montaje del relato o el desarrollo psicológico del personaje femenino son elementos que están muy bien combinados y que confluyen en la idea principal que quiere proponerse al lector. El primer capítulo es magnífico, una muestra de cómo se pueden sugerir en un espacio reducido las claves interpretativas de toda la novela. Por un lado, las que atienden a las tres figuras principales —Valeria Letelier, Carlos Reseda y Joel Takahashi-Williams—, de una de las cuales —la de ella— parte la comparación con «una cosmonauta entrando en la atmósfera de un planeta desconocido» (pág. 22) que va a mantenerse durante toda la obra. Por otro, la sugestión, en las últimas líneas de ese capítulo, sobre los límites entre lo real y lo imaginado a través de una luz que parece envolverlo todo en «una bruma fría» (pág. 22), que son las tres palabras finales de ese trozo. La historia de estos tres personajes que pertenecen al Frente de Acción Revolucionaria (FAR), una organización terrorista anticapitalista que se extiende por toda Europa, el norte de África, Oriente Medio, Estados Unidos y Japón, se monta sobre una estructura de diecinueve capítulos, todos titulados con un texto extraído del contenido de esos trozos, representativo de una incidencia argumental o de una sensación, de un personaje...; así «Vuelve un espectro» (2), «Los alemanes» (5) o «Todas las de perder» (14). Algunos de ellos, por su brevedad, son descansos meditativos o metafóricos, piezas de señalización para el lector, sobre todo, de la evolución de la psicología de los personajes, entre los que —insisto— es el de la mujer identificada como Valeria Letelier el principal. A su vez, cada uno de esos capítulos se divide en otras unidades textuales marcadas como párrafos por el interlineado y que obedecen a cambios temporales, de foco, avances del relato, etc. La construcción artística de El corazón revolucionario del mundo acompaña sin alardes el desarrollo de una acción que mantiene el interés hasta el final, con el capítulo titulado «El mundo es un árbol»; pero hay muchos más aspectos que la hacen recomendable, aunque no voy a extenderme en ellos. Solo añadiré que fue tan neta la impresión que su lectura me causó de estar ante un escritor de especial entidad que me hice con otros de sus textos, y leí Hajira (Madrid, Episkaia, 2018), una novelita breve un punto distópica —descuidadamente editada por sus demasiadas erratas y con una solapa sobre Serrano que concluye: «Por lo demás, con frecuencia olvida peinarse»— que parece adelantar algo de la pedagogía de la violencia de Un corazón..., y todo un wéstern, En la costa desaparecida (Madrid, Episkaia, 2020), trepidante novela ambientada en 1898 en Arizona. Y puedo decir que en todas estas obras hay una mujer con pistola y un escritor como la copa de un pino.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, enero 06, 2026 0 comentarios
jueves, enero 01, 2026
Año Nuevo
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, enero 01, 2026 2 comentarios
miércoles, diciembre 31, 2025
Espectador de provincias
Zorrilla, en sus Recuerdos del tiempo viejo, escribió que su padre firmó 72 000 pasaportes para pasar a Madrid a ver la famosa comedia de magia de Grimaldi La pata de cabra, estrenada en febrero de 1829 —en aquel momento, estaba prohibido entrar en Madrid sin una razón justificada. Nos lo recordó un experto en el teatro decimonónico como David T. Gies en su esclarecedora edición de aquella singular comedia en la colección «Tramoya» de Bulzoni Editore en 1986. Han cambiado los tiempos; pero cada vez que acudo a la capital a ver teatro pienso en aquello, y me siento como el espectador de provincias que va a la villa y corte a completar las carencias que la cartelera de una ciudad como Cáceres tiene. (De enero a mayo de 2026, los espectáculos estrictamente teatrales del Gran Teatro público de esta ciudad no llegan a la media docena; y no hay nada que se pueda considerar de calidad contrastada). En estos días propicios para el recuento anual, he recopilado mis notas sobre algo de lo visto en los teatros capitalinos, y puedo concluir ya que echo en falta aquella época en la que aquí podíamos ver grandes producciones de la cartelera nacional, a veces, incluso antes de que fuesen estrenadas en Madrid. En marzo viajé con el único motivo de ver el montaje de Historia de una escalera dirigido por Helena Pimenta para el Teatro Español. Me gustó mucho estar en el mismo espacio, setenta y cinco años después de su estreno; y suscribí la mayor parte de los calificativos que se pueden decir sobre el espectáculo, desde imprescindible y expresivo hasta soberbio, también el gran nivel dramático, la validez artística, lo impecable de la escenografía o el destacado desempeño de los actores y las actrices; pero me salí con el runrún de una precisa idea —que comparto— publicada por Raquel Vidales unos días antes en Babelia de El País (15.03.2025, pág. 15) bajo el título de «Teatro como Dios manda»: «el teatro es un arte que sucede en presente y las aproximaciones arqueológicas no contribuyen a su supervivencia, más allá de que puedan ser correctas, contentar al público tradicional y satisfacer a estudiosos de la literatura dramática o profesores de instituto». E insisto, no veo nada reprochable desde el punto de vista artístico y de conocimiento teatral a esta Historia de una escalera de Pimenta. Eso sí, no acabé de encajar las risas del público en determinados momentos de alta intensidad dramática y de expresión sobria de mensaje sombrío y desencantado, que se atenuó al final con el texto que dijo el niño —aquel sábado lo encarnó Eneko Haren—, y que Helena Pimenta había rescatado de unas palabras que el dramaturgo publicó en Primer Acto en 1957: «Los hombres no son necesariamente víctimas pasivas de la fatalidad, sino colectivos e individuales artífices de sus venturas y desgracias. Convicción que no se opone a la tragedia, sino que la confirma. Y que, si sabemos buscarla, advertimos en los mismos creadores del género. Mas, al tiempo, convicción que abre a las mejores posibilidades humanas una indefinida perspectiva. Pese a las reiteradas y desanimadoras muestras de torpeza que nuestros semejantes nos brindan de continuo, la capacidad humana de sobreponerse a los más aciagos reveses y de vencerlos inclusive, difícilmente puede ser negada, y la tragedia misma nos ayuda a vislumbrarlo. Esta fe última late tras las dudas y los fracasos que en la escena se muestran; esa esperanza mueve a las plumas que describen las situaciones más desesperadas. Se escribe porque se espera, pese a toda duda. Pese a toda duda, creo y espero en el hombre, como espero y creo en otras cosas: en la verdad, en la belleza, en la rectitud, en la libertad. Y por eso escribo de las pobres y grandes cosas del hombre; hombre yo también de un tiempo oscuro, sujeto a las más graves pero esperanzadas interrogantes». Son palabras que ahora, al final de un año y en el contexto español y mundial, cobran una significación muy particular. A la semana siguiente volví a Madrid, y en esa ocasión, al Teatro de la Comedia, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, cuya sección Joven puso en pie un digno Don Gil de las calzas verdes. Me llamaron la atención y me gustaron las modificaciones que sobre el texto de Tirso se hicieron para aclarar al público el complicado enredo de la comedia, pero me llevé un chasco cuando comprobé que el libreto que vendían a la salida era el texto mondo y lirondo original tirsiano. Habíamos visto a la Joven Compañía Nacional en junio del año pasado, en la trigésimo quinta edición del Festival de Teatro Clásico de Cáceres, con un talentoso montaje de La discreta enamorada en el que nos tocó Cristina Marín-Miró como Fenisa, y esta actriz fue, precisamente, una de las destacadas de un elenco de Don Gil que resuelve muy bien una intencionada diversificación de los papeles del texto entre sus actrices y sus actores. En ese caso, se quiso dividir las tres caras de un personaje —la Juana de Don Gil de las calzas verdes— en tres intérpretes: Cristina Marín-Miró (Don Gil), Ania Hernández (doña Juana) y Cristina García (Doña Elvira y Fabia). Fue una experiencia muy grata, con el añadido de que sirvió como actividad didáctica con nuestras alumnas y nuestros alumnos de Filología Hispánica, que disfrutaron, como yo, en su papel de público de provincias. Feliz año 2026.
Publicado por Miguel A. Lama en miércoles, diciembre 31, 2025 0 comentarios
jueves, diciembre 25, 2025
Robert Walser
Me acuerdo de Robert Walser, que murió tal día como hoy. Murió en la nieve, el día de Navidad de 1956, mientras paseaba por los alrededores del manicomio de Herisau (Suiza) en el que estaba ingresado desde hacía veintitrés años. Aunque vuelvo a su magnífica obra El paseo, y visito algunos sitios en los que se escribió sobre él —la revista Turia le dedicó en 2020 el cartapacio del número 133-134—, sigo teniendo como mejor recreación de la figura de Robert Walser la novela Doctor Pasavento (2005) de Enrique Vila-Matas, una inspirada invitación a pensar en la feliz identidad de paseante anónimo Walser, el loco aparente a quien homenajea hasta la obsesión fetichista en esa narración en la que el protagonista acude al escenario en el que murió el escritor. En la cuarta y última parte, «Escribir para ausentarse», Pasavento rumia algo que decir y surge el nombre de Kafka, en aquel paisaje de nieve, y me ha recordado el libro de poemas Nevada (2000), de Julián Rodríguez, y en una probable presencia de Walser, más por simpatía genérica por las estampas que por alusión anecdótica a las circunstancias de la vida retirada —y de la muerte— del suizo, más por cualquier otra relación formal que por asociación con su poema «Nieve», que Vila-Matas transcribe en su novela. Doctor Pasavento es una gran exaltación de quien atrajo a ese personaje por «su ironía secreta y su prematura intuición de que la estupidez iba a ir avanzando ya imparable en el mundo occidental» (pág. 248).
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martes, diciembre 23, 2025
Cuento de Navidad
He terminado de leer Zadig-Micromegas (Barcelona, Editorial Fontamara, 1974), un pequeño volumen de unas cuantas novelitas de Voltaire, traducidas por el mal llamado abate Marchena, que compré este verano en Santander por cuatro perras. El penúltimo relato es la «historia filosófica» Micromegas, que Voltaire publicó en Londres en 1752, y que iba entre las Novelas traducidas por Marchena en 1819. En él, Micromegas, habitante del planeta Sirio, viaja por el espacio con otro de Saturno —como tal, Saturnino— y ambos —que son dos gigantes, de ocho leguas de alto el primero, y de dos mil varas el segundo, o sea, «enano»— avistan en el planeta Tierra a unos pequeñísimos hombres en un navío, por quienes se interesan sobre su naturaleza y, una vez comprobado que son «átomos inteligentes», sobre sus ideas. Asombrados, creen que estos deben de gozar de la verdadera felicidad, y uno de los hombres les replica: «¿Sabéis por ejemplo que a la hora ésta cien mil locos de nuestra especie, que llevan sombreros, están matando a otros cien mil animales cubiertos de un turbante, o muriendo a sus manos, y que así es estilo en toda la tierra, de tiempo inmemorial acá?» ¿Y por qué?, preguntó el viajero más pequeño; a lo que uno de los que llamaban filósofo respondió: «Trátase […] de unos pedacitos de tierra tamaños como vuestro pie, y no porque ni uno de los millones de hombres que pierden la vida solicite un terrón siquiera de dicho pedazo; que se trata de saber si ha de pertenecer a cierto hombre que llaman Sultán, o a otro que apellidan César, no sé por qué. Ninguno de los dos ha visto ni verá nunca el rinconcillo de tierra que está en litigio; ni menos casi ninguno de los animales que recíprocamente se asesinan ha visto tampoco al animal por quien asesina.» ¿Pero cómo es posible un despropósito así?, dijo el pequeño de los extraterrestres, que no se calló sus ganas de estrujar de tres patadas a esos asesinos ridículos. «No os toméis ese trabajo, le respondieron, que sobrado se afanan ellos en labrar su ruina. Sabed que dentro de diez años no quedará en vida el diezmo de estos miserables; y que, aun sin sacar la espada, casi todos se los lleva la hambre, la fatiga o la destemplanza, aparte de que no son ellos los que merecen castigo, sino los ociosos despiadados que, metidos en su gabinete, mandan, mientras digieren la comida, degollar un millón de hombres, y dan luego solemnes acciones de gracias a Dios» (págs. 198-199). Me ha recordado aquello de Las galas del difunto de Valle-Inclán, cuando el sorche repatriado se queja de la cochina vergüenza de la guerra y dice a la daifa: «El soldado, si supiese su obligación y no fuese un paria, debería tirar sobre sus jefes.». Las historias del librito son críticas, instructivas y entretenidas, y, en su mordacidad, una buena muestra de los más característicos «engendros volterianos», como dijo don Marcelino Menéndez Pelayo cuando en su Historia de los heterodoxos españoles se ocupó largamente del ateo y revolucionario José Marchena (1768-1821), que fue quien colaboró en traer aquellas nuevas ideas en tiempos poco propicios. Feliz Navidad.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, diciembre 23, 2025 0 comentarios
martes, diciembre 16, 2025
Literatura y responsabilidad
Si evito el más manido título de «Literatura y compromiso» es para compartir la solidez del modo de abordar los conceptos que giran en torno a las relaciones entre política y estética que se tratan en los trabajos reunidos en este volumen coordinado por Bénédicte Vauthier, Adriana Abalo Gómez y Raquel Fernández Cobo: Modernidades político-estéticas hispanas e historia de los conceptos. Autonomía, engagement, responsabilidad (Madrid-Frankfut am Main, Iberoamericana-Vervuert, 2024). Las dos primeras, junto a Rebeca Rodríguez Hoz, firman la introducción que deja claro desde su título cuáles son los fundamentos metodológicos desde los que se afronta la «literatura problemática», en ese texto preliminar programático: «Arte problemático. Modernidades político-estéticas hispanas a la luz de la historia de los conceptos de Reinhart Koselleck». La importancia como referente epistemológico del teórico alemán (1923-2006) se ha querido patentizar con la fotografía de mayor tamaño de todas las que componen el mosaico de la cubierta, de arriba abajo, bordeando la de Koselleck: Josefina Ludmer, Benjamín Jarnés, Isaac Rosa, Max Aub, Carmen Martín Gaite, Jean-Paul Sartre, Guillermo de Torre, Ricardo Piglia, Francisco Ayala, Manuel Vázquez Montalbán y Julio Cortázar. El libro es el más reciente foro sobre la cuestión del compromiso en la literatura, partiendo de una propuesta de superación del término en favor de otros como autonomía o responsabilidad de la obra literaria. O engagement, del que se parte en las primeras páginas de la mencionada introducción para defender su comprensión teniendo en cuenta toda su red de conceptos (págs. 9-69). Este es el hilo que une la docena de trabajos que conforman esta obra en la que las diferentes perspectivas de las contribuciones sobre la problemática relación entre política y estética y la galería de autorxs estudiadxs —en consonancia con una idea de la expresión política o ideológica, las coordinadoras del volumen reiteran el uso de la «x»,«pero no de forma mecánica», como marca de lenguaje inclusivo— engrandecen el interés del conjunto y sus aportaciones. Cabría repartir las zonas de interés del libro entre España y América, en dos secciones no equilibradas, y significativamente relacionadas por la circunstancia del exilio republicano. El ensayo de Geneviève Champeau indaga en formas de inserción de la literatura en problemas ideológicos desde la narrativa realista y social de Arconada o López Salinas o los casos de Sender y de Francisco Ayala, hasta llegar a la literatura del siglo XXI con un autor como Isaac Rosa, y abre, con un planteamiento más conceptual, diferentes miradas hacia revistas y autores en los de Juan Herrero-Senés («Cuestionamiento del espacio del compromiso: una mirada a la España de los años treinta»), Sofía González Gómez («La revista Nueva España en 1930 y la configuración de un modelo de escritor comprometido»), Fernando Larraz («Crisis autorial y exilio. Max Aub, Francisco Ayala y la responsabilidad del escritor en los años cuarenta»), Domingo Ródenas de Moya («El compromiso de la responsabilidad en Guillermo de Torre») y Adriana Abalo Gómez («Cuando el compromiso venció a la responsabilidad. Un vis à vis entre Jean-Paul Sartre y Guillermo de Torre»). A partir de aquí, y salvo el caso del trabajo de Luca Scialò sobre la memoria como clave del compromiso literario en Vázquez Montalbán, las aportaciones se dirigen hacia autoras y autores iberoamericanxs: Óscar Collazos, colombiano, Mario Vargas Llosa, peruano, y Julio Cortázar, argentino, en el trabajo de Gustavo Guerrero sobre compromiso y autonomía literaria en la polémica entre esos tres autores entre 1969 y 1970, como una antesala del caso Padilla (pág. 198); los representantes del ensayo hispanoamericano del siglo XXI, un salvadoreño como Horacio Castellanos, un ecuatoriano como Leonardo Valencia, y un autor de México, Jorge Volpi, en las páginas de Félix Terreros; o algunos ejemplso de la literatura de Argentina que son tratados en los capítulos redactados por Annick Louis («El compromiso del objeto. Transformar la institución desde las prácticas en la posdictadura argentina (1984-1986)», Luciana Pérez («Historia de una sutil polémica: Juan José Saer, David Viñas y el escritor comprometido») y Raquel Fernández Cobo («Ricardo Piglia y su ejército invisible: tres maniobras para construir una literatura argentina revolucionaria»). Muy bien concebido y muy abarcador, creo que este libro clarifica los interrogantes que se plantean sus coordinadoras en torno a una problemática —responsabilidad frente a gratuidad—que afecta a gran parte de la literatura de los siglos XX y XXI.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, diciembre 16, 2025 0 comentarios
domingo, diciembre 07, 2025
La otra orilla
El pasado viernes 28 de noviembre acompañé a Beatriz Pulido Flores en la presentación de su libro La otra orilla (Badajoz, Fundación CB, 2025), una colección de textos en prosa sobre ruinas localizadas en Extremadura. No hubo mucha gente en el salón de actos de la Biblioteca Pública de Cáceres, que nuevamente acogía un acto literario de esta índole, en este caso, con poca asistencia, reducida a la familia y a algunos amigos. Una asistencia no sé si previsible para una persona nacida en Madrid, pero con una notable vinculación con Cáceres por ser nieta de Tomás Pulido y Pulido (1896-1978), a quien editó en 2022 en la colección Rescate de la Editora Regional de Extremadura: Beethoven (Sugestiones) Ensayo íntimo. Su amor por Extremadura y su historia es incuestionable, y La otra orilla es otra demostración de la vivencia de esta tierra por alguien que no vive en ella pero que tiene hondas raíces aquí. A todos los asistentes al acto del viernes se les entregó un ejemplar del libro presentado; y el gesto de generosidad implica un hecho que no es tan conveniente, pues ahí puede decirse que termina la distribución de un título editado sin ánimo de lucro y sin ni siquiera precio de venta al público. Confío en que pronto se agoten los ejemplares impresos y que se pueda hacer una segunda edición —por la Fundación Caja Badajoz o por otra entidad— con otras miras, pues merece la pena el texto y la idea —con muchas posibilidades para ser difundida como acompañamiento a un reportaje fotográfico de los lugares del libro a la manera de las revistas de gran difusión o con perfiles de divulgación turística. No es la intención de la escritura de La otra orilla, pero valdría. Porque la obra de Beatriz Pulido es algo más que un cuaderno de notas de viajera fascinada ante la contemplación de lugares históricos desamparados por el paso del tiempo y la mano del hombre. Es el testimonio de una experiencia casi de cronista. Desde el principio —desde el primer texto sin título que sirve de prólogo justificativo (págs. 9-12)— se aprecia la dimensión de periodista de Beatriz Pulido que entrevista a un ser vivo. Si no, cómo explicar que nos diga que hace diez años «viajaba por una vieja carretera que conduce de Olivenza a Elvas. […] En mitad de aquella angosta carretera, coronada por cigüeñales que reposaban en cada farola, a la derecha del camino (lo recuerdo como si fuera hoy) asomó como una aparición un puente rutilante y algo quejumbroso. Desde la calzada, juraría que escuché su lamento y su llamada. […] Jamás antes había escuchado el gimoteo de una piedra. Parecía como si le hubieran dado un bocado en mitad de su esqueleto y asomaba repleto de malas pintadas en sus costados. […] Me senté a su vera y dejé que fuera adquiriendo confianza. Poco a poco se abrió y me contó su historia. Lo único que hice fue dejar que se posara en mí.» (págs. 9-10). Estamos ante alguien que habla con las piedras, que incluso, al final, en un escenario como los Barruecos, en el momento del cierre de este libro conmovedor, nos dice: «Me vuelvo piedra y sangre y circulo bajo este suelo extremeño uniendo todos los mundos posibles, todos los tiempos, todas las ruinas.» (pág. 70). El mapa que dibujan los lugares visitados en el libro recorre toda la geografía extremeña, de norte (Hervás) a sur (Alconchel), de este (Puebla de Alcocer) a oeste (Ajuda o Zarza la Mayor). Invita el libro a recorrerlos, a tomar La otra orilla como una guía que nos lleve a esos parajes llenos de mágica desolación, que son: la Ermita de la Magdalena de Puebla de Alcocer (Badajoz), el Castillo de Portezuelo en Cáceres, el ya mencionado Puente Ajuda junto a Olivenza (Badajoz), el Jardín del Palacio Sotofermoso en Hervás (Cáceres), el Castillo de Peñafiel en Zarza la Mayor (Cáceres), el Pozo de la Iglesia de Santa Cruz de la Sierra (Cáceres), la Torre de Rocafrida o Floripes en Garrovillas de Alconétar (Cáceres), Zamarrillas (Cáceres), el Castillo de Hornachos (Badajoz), el Convento de la Luz en Alconchel (Badajoz), Talavera la Vieja (Cáceres), la Ermita de la Encarnación en Arroyo de San Serván (Badajoz) y el yacimiento del Turuñuelo en Guareña (Badajoz). Sin duda, son puntos de interés, pero el principal del libro es su intención literaria, visible en los muchos ecos que se explicitan en los epígrafes que encabezan algunos de los textos (Bécquer —el Bécquer de las estampas sobre lugares, claro—, Bashô, los Salmos, Paul Elouard, y el Génesis), en otras menciones y citas como las de Luis Cernuda, Rainer Maria Rilke, José Ángel Buesa, Pablo Neruda, Vizma Belševika, Fernando Pessoa o Juan Ramón Jiménez, y también en la rica tradición de literatura sobre ruinas que resuena en estas páginas, con nombres como Garcilaso, Rodrigo Caro, Quevedo, Lope..., algunos de los cuales están, por ejemplo, en el trozo sobre el jardín renacentista —lo que fue Sotofermoso— titulado «Naturaleza contenida» (págs. 27-30). La otra orilla es un libro poético y reflexivo —«Toda ruina habla más del observador que de cualquier otra cosa» (pág. 54)— que trasmite una serenidad pareja a la que acompaña a su autora en unos enclaves que el lector querrá revisitar animado por la escritura de Beatriz Pulido.
Publicado por Miguel A. Lama en domingo, diciembre 07, 2025 0 comentarios
martes, noviembre 25, 2025
Ángel en un jardín cerrado
Es un recuerdo perenne el de Ángel Campos Pámpano (1957-2008), de cuya muerte se han cumplido hoy diecisiete años. La fecha alienta la conmemoración; pero hoy ha sido la poesía quien ha propiciado la evocación del amigo. Qué mejor modo. Ha sido la relectura —o lectura inducida— de un libro tan reciente como memorable: Jardín cerrado, de Carlos García Mera (Guadalajara, 1992). Publicado por Devenir hace un par de meses como Premio Internacional de Poesía «Miguel Hernández-Comunidad Valenciana», es un libro confirmativo de la calidad de una voz que se dio a conocer de tan natural modo en nuestro contexto como la colección de Poesía de la Editora Regional de Extremadura, con la publicación de El contorno del eco (2019) —le había precedido algo más que una plaquete, Acercanza, en 2014. Sin menospreciar los valores de Jardín cerrado —la exploración formal constante de todos los poemas y el magnífico cierre en cuatro poemas de lírico estoicismo (De vita beata) son esencias que justifican un análisis más demorado—, mi nueva inmersión en sus páginas ha sido para ver hoy —fecha señalada— a Ángel Campos Pámpano, a quien Carlos García Mera evoca en el cuarto poema de su libro, cuyos dos primeros versos, «Todavía si llamas / acudo a ti» (pág. 16), repite en homenaje los del primer poema —«La dignidad»— del gran libro La semilla en la nieve (2004). Se veía venir, podría decirse, pues el primer poema de Jardín cerrado menciona a la madre y el segundo trae «un lirio encendido en mitad de la nieve» (pág. 14), que al lector le llevan a la emocionante elegía de Campos Pámpano, que se revalida, insisto, en el poema mencionado, cuarto de la serie de García Mera. El homenaje explícito en este libro a compañeros de viaje del poeta de San Vicente de Alcántara como Álvaro Valverde y Basilio Sánchez —que apadrinan a García Mera con sendos textos en cuarta de cubierta— confirma cómo la poesía joven —y me repito— ha incorporado a su equipaje la tradición más cercana de la poesía escrita por autores extremeños que se convierten en maestros cercanos, en un rasgo destacado recientemente por Dionisio López en la fundamentada justificación de su antología Los últimos del Oeste (RIL editores- Ærea, 2025), en la que Carlos García Mera está entre los autores más jóvenes incluidos —con Francisco José Chamorro, y Sandra Benito. En Jardín cerrado, los ecos se entreveran menos explícitamente en otros poemas, y el de Ángel Campos resurge de forma inesperada en la segunda mitad del libro, en el poema que comienza «He aprendido del liquen», en cuyo segundo verso, «la paciencia antigua de su oficio», resuena «la costumbre / antigua de su oficio» de «Oficio de palabras», de Siquiera este refugio (1993). El recuerdo perenne del amigo se ha acentuado hoy gracias a la lectura del magnífico Jardín cerrado de Carlos García Mera. Gracias.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, noviembre 25, 2025 0 comentarios


















