La unanimidad que suele darse entre los lectores de Basilio Sánchez con casi todos sus libros poéticos ha sido más rotunda y entusiasta con este último, un libro poético en prosa de ensayo diarístico (sic) como El buen lugar (Valencia, Pre-Textos, 2025). El escritor Fernando Aramburu escribió en ABC Cultural: «No le cae a uno en las manos todos los días un libro tan rico en reflexiones lúcidas, a la vez tan claro de lectura y tan ameno». La poeta y artista plástica Julia Otxoa puso en el muro de Facebook de Jordi Doce: «Es el mejor libro de pensamientos poéticos que he leído nunca»; y el mismo Jordi Doce, en su reseña de El Cultural de junio del año pasado, calificó esta obra de Basilio como una «propuesta cuya convicción y coherencia la convierten en un testimonio de excepción —tan certero como luminoso— que el lector no tarda en sentir como propio.». «Una guía espiritual fascinante» es para el poeta José Luis Puerto. Para el placentino Juan Ramón Santos, El buen lugar es «una suerte de ética, de afirmación de una cierta forma de enfrentarse al mundo», y un vergel en el que los lectores querrán habitar bastante tiempo. «Es, sin boatos ni publicidad, uno de esos libros que se quedan grabados a fuego lento, cocción eterna y reposo calmo», escribió Pedro Bosquet en el Heraldo de Aragón el pasado septiembre. Enrique García Fuentes, en las páginas del diario Hoy, calificó en octubre El buen lugar como «un libro de por vida, al que volver y del que aprender continuamente; que no se agota en su lectura». Finalmente, podría sumar a estas opiniones las numerosas, y todas en la misma dirección encomiástica, de las lectoras y lectores con quienes he comentado la experiencia de haber leído o estar leyendo El buen lugar desde que comenzó a difundirse en mayo de 2025. Yo puedo añadir que es un libro de una claridad y de una profundidad deslumbrantes, que personalmente me sirve para comprender mejor toda la escritura de Basilio y también a la persona que es Basilio Sánchez, que me favorece con su amistad. Así que El buen lugar también tiene esa función benéfica para quienes lo leemos: es una ayuda para cuando nos faltan palabras, es amparo frente a la desolación, protección en la intemperie y cobijo en el desvalimiento. Es un ejemplo muy válido para responder a aquellos que nos preguntan para qué sirve la literatura. El carácter aparentemente misceláneo de El buen lugar como «ensayo en fragmentos, rosario de citas y reflexiones literarias» —dice un texto promocional de la editorial que se ha llevado a la cartulina marcapáginas— puede estimular una lectura que suele hacerse en este tipo de obras: una lectura no lineal, discontinua, sincopada y a saltos, persuadida de que encontrará en cada fragmento un hallazgo feliz, un motivo para el goce estético y la reflexión. Es verdad, aunque no estamos ante un libro de aforismos cuya ordenación suele desviarse de una lógica, y habrá lectores que abran el volumen por sitios distantes porque entienden que la propia naturaleza de un ensayo en fragmentos les invita a hacerlo. Yo no lo veo así en El buen lugar, que me parece que tiene una estructura no visible, una disposición sin marcas mayores, y, por supuesto, un principio, un desarrollo y un final con sentido. De este modo, debe ser leído sin saltos ni interrupciones, de principio a fin. En consonancia con una idea que Basilio Sánchez aplica a la poesía cuando dice —en la página 24 de El buen lugar— que su unidad de medida en poesía no es el verso, ni siquiera el poema, sino el libro. Estamos ante una sucesión de textos de muy variada extensión, pero mayoritariamente breves, sin más división que la que separa cada uno de los fragmentos o trozos, y que se indica por el espacio en blanco y una discreta y elegante estrellita como marca. La variedad formal está en la extraordinaria heterogeneidad de la extensión de sus fragmentos, que van desde una única línea —creo que «La poesía, la masa madre del corazón» (pág. 69), de siete palabras, es la unidad más pequeña de todo el conjunto— o dos líneas, pues hay varios textos de nueve, diez, trece palabras o poco más, hasta aquellos trozos que ocupan las dos páginas, que son pocos, y que superan las mil trescientas palabras —y están ubicados en el tramo final del libro (págs. 169-173 y 221-223). El reparto y cierto equilibrio de los textos según su extensión es uno de los criterios que organizan el contenido de la obra; de tal manera que los pecios más breves puntean la sucesión de segmentos de mayor extensión y operan como islotes o descansos en la lectura, que se detiene en ellos como en un foco que llama su atención: «La palabra que busco es un pez rojo que se esconde en el coral de una gruta» (pág. 31); «La última palabra del poema traza un puente en el aire» (pág. 35); «La escritura aprovisiona de migas los comederos de los pájaros» (pág. 41); «Un poema es un árbol cargado de limones cuya luz en la noche nadie ve» (pág. 66)... Son ejemplos que valdrían para sugerir esto que, por otro lado, es un rasgo que se ve en su poesía, y que fue reiterativo en El baile de los pájaros. Pero la lógica de El buen lugar va más allá, y cose la estructura de tal modo que las reflexiones exentas sobre la escritura se combinan con otros fragmentos que son lecturas de otros, hasta que surge un trozo en el que irrumpe en el discurso el yo del escritor, que recorre su obra poética, y del hombre, del médico que ejerció o del ciudadano que vive en Cáceres. Esto es así a lo largo de todo el libro, sin que se aprecie de una manera evidente, pero está. Es decir, hay un principio, un desarrollo y un final. Y esta conciencia del final, por ejemplo, se ve muy bien en un fragmento que ocupa las últimas páginas, a sabiendas de que estamos próximos a terminar: «Intento escribir un libro...», que es una cita de Pascal Quignard, pero luego añade «Intuyo que la mayoría de estos apuntes o notas han ido surgiendo poco a poco para hacerme pensar» (pág. 208). Es un trayecto que ha recorrido el escritor y que, una vez concluido, ahora, por ventura, nos brinda para disfrutar de una lectura encantada y provechosa.
domingo, enero 18, 2026
martes, enero 06, 2026
El corazón revolucionario del mundo
«—Este chaval es sobrino de Concha. Estamos muy contentos, claro» —me escribió mi amigo Fulgencio en un mensaje de mediados del pasado septiembre. Me enviaba la noticia del diario Hoy firmada por M[aría]. Fernández: «El escritor extremeño Francisco Serrano gana el Premio Tusquets 2025», que precisaba el lugar —Guareña— y el año de nacimiento —1982— del escritor, y me anunciaba que la novela estaría en las librerías el 8 de octubre. «Es, fundamentalmente, extremeño y sentimental», se lee de Francisco Serrano en la solapa de El corazón revolucionario del mundo (Barcelona, Tusquets Editores. Col. Andanzas, 100), 2025, 225 págs.), que compré en cuanto estuvo disponible en librerías y terminé de leer ya en noviembre. Y puedo decir que tan altas expectativas —un premio Tusquets de Guareña y sobrino de Concha— quedaron cumplidas, pues me parece muy buena novela, muy inteligente como propuesta narrativa, que demuestra que su autor tiene una postura muy clara con respecto al texto literario, desde el que todo parte para que todo funcione. La elección de la materia de la narración, el montaje del relato o el desarrollo psicológico del personaje femenino son elementos que están muy bien combinados y que confluyen en la idea principal que quiere proponerse al lector. El primer capítulo es magnífico, una muestra de cómo se pueden sugerir en un espacio reducido las claves interpretativas de toda la novela. Por un lado, las que atienden a las tres figuras principales —Valeria Letelier, Carlos Reseda y Joel Takahashi-Williams—, de una de las cuales —la de ella— parte la comparación con «una cosmonauta entrando en la atmósfera de un planeta desconocido» (pág. 22) que va a mantenerse durante toda la obra. Por otro, la sugestión, en las últimas líneas de ese capítulo, sobre los límites entre lo real y lo imaginado a través de una luz que parece envolverlo todo en «una bruma fría» (pág. 22), que son las tres palabras finales de ese trozo. La historia de estos tres personajes que pertenecen al Frente de Acción Revolucionaria (FAR), una organización terrorista anticapitalista que se extiende por toda Europa, el norte de África, Oriente Medio, Estados Unidos y Japón, se monta sobre una estructura de diecinueve capítulos, todos titulados con un texto extraído del contenido de esos trozos, representativo de una incidencia argumental o de una sensación, de un personaje...; así «Vuelve un espectro» (2), «Los alemanes» (5) o «Todas las de perder» (14). Algunos de ellos, por su brevedad, son descansos meditativos o metafóricos, piezas de señalización para el lector, sobre todo, de la evolución de la psicología de los personajes, entre los que —insisto— es el de la mujer identificada como Valeria Letelier el principal. A su vez, cada uno de esos capítulos se divide en otras unidades textuales marcadas como párrafos por el interlineado y que obedecen a cambios temporales, de foco, avances del relato, etc. La construcción artística de El corazón revolucionario del mundo acompaña sin alardes el desarrollo de una acción que mantiene el interés hasta el final, con el capítulo titulado «El mundo es un árbol»; pero hay muchos más aspectos que la hacen recomendable, aunque no voy a extenderme en ellos. Solo añadiré que fue tan neta la impresión que su lectura me causó de estar ante un escritor de especial entidad que me hice con otros de sus textos, y leí Hajira (Madrid, Episkaia, 2018), una novelita breve un punto distópica —descuidadamente editada por sus demasiadas erratas y con una solapa sobre Serrano que concluye: «Por lo demás, con frecuencia olvida peinarse»— que parece adelantar algo de la pedagogía de la violencia de Un corazón..., y todo un wéstern, En la costa desaparecida (Madrid, Episkaia, 2020), trepidante novela ambientada en 1898 en Arizona. Y puedo decir que en todas estas obras hay una mujer con pistola y un escritor como la copa de un pino.
Publicado por Miguel A. Lama en martes, enero 06, 2026 0 comentarios
jueves, enero 01, 2026
Año Nuevo
© Dieter Nagl (AP)
Era cosa sabida; pero dicha en un programa de gran difusión como A vivir que son dos días de la SER y por alguien tan simpático y formado como Máximo Pradera, adquiere la categoría de notición: el origen del Concierto de Año Nuevo fue una campaña de recaudación de fondos para el Partido Nazi en 1939, cuatro meses después de que Hitler invadiese Polonia. Todos los judíos que formaban parte de la Orquesta Sinfónica de Viena fueron expulsados y varios de ellos fueron asesinados en campos de concentración. La Marcha Radetzky que todo el mundo jalea con sus palmas conmemora una masacre militar de las tropas piamontesas por el ejército austriaco en 1848. Son unos antecedentes que dan más argumentos a aquellos que desdeñan esta tradición y le profesan incansable antipatía todos los primeros de año. Incluso para algunos de los partidarios podría ser motivo de cancelación. En cualquier caso, como dijo Máximo Pradera el sábado pasado, seguir disfrutando cómo suenan estos músicos es la mejor manera de olvidar ese poco edificante trasfondo histórico. El concierto de hoy ha estado lleno de novedades estupendas, desde la juventud —50 años— del director canadiense Yannick Nézet-Séguin, responsable de la Metropolitan Opera de Nueva York y de la Orquesta Metropolitana de Montreal, hasta la inclusión de varias piezas nunca interpretadas en una ocasión como esta. Aunque quizá la menos distinguida y más notoria haya sido la innovación del jovial y activo Nézet-Séguin al bajar al patio de butacas y dirigir desde allí las consabidas palmas de un público en pie que grababa con sus teléfonos móviles, para luego volver al escenario y cerrar el concierto. Franca y esperanzada felicitación de Año Nuevo con la paz como deseo ferviente y la bondad «para aceptar las diferencias y celebrarlas. La música puede unirnos a todos porque vivimos en el mismo planeta». Comedidos comentarios de Martín Llade, aunque, según él, este concierto ha hecho historia, por ser uno de los mejores en muchos años, al menos, desde 2017, cuando comenzó a retransmitirlos. Recordó, como es habitual, las conmemoraciones, entre las que están la de los ciento cincuenta años del nacimiento de Manuel de Falla y del cuasquicentenario de la muerte de Leopoldo Alas «Clarín», y, finalmente, leyó un poema de Antonio Gamoneda: «Existían tus manos». ¡Viva Mozart!
Publicado por Miguel A. Lama en jueves, enero 01, 2026 2 comentarios
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