lunes, agosto 08, 2022

Perros flacos

© Ilustración de portada: Miguel Ángel Martín, 2021
Poco sé sobre la novela española que aborda los años ochenta e imagino que alguien habrá hecho algún corpus de textos narrativos en torno a las circunstancias de aquel tiempo, a episodios como la movida madrileña y de otros lugares. Siempre me vienen ejemplos de mi biblioteca de antaño como Historias del Kronen (1994) o Mensaka (1995), de José Manuel Mañas, o Caídos del cielo (1995), de Ray Loriga; pero también Mary Ann (Libertarias, 1985), de Fernando Márquez, y otros textos que conozco de lejos: como el de David Valdehíta, Euforia (2012), la novela de Miguel Mena, Foto movida (Suma de Letras, 2013), la de Enrique Llamas, Todos estábamos vivos (2020), o, aún más cercanos, Fernando Benzo, con Los viajeros de la Vía Láctea (Planeta, 2021), o Alberto de la Rocha, Los años radicales (2021), algunos de ellos, como el de Mari Cruz Vázquez, Perros flacos (Madrid, Apache Libros, 2021), que tratan otra movida, y no la más glamurosa y central. No sé qué lugar ocupará en un futuro inventario de estas novelas la que ha escrito ella, esta madrileña de Cáceres; pero debería estar entre las principales. Solo espero que, como es una obra publicada cuarenta años después de los hechos que relata, no se la incluya en esa especie genérica sin sentido —ni siquiera lo tuvo en su esplendor de principios del siglo XIX— de «novela histórica», por lo que habría que recriminarle que ojiplático (pág. 174) no se decía en aquellos años. Cumple con el más importante rasgo del género de novelas sobre la movida: estar bien escrita. Véase un ejemplo: «Y mientras, aquí estamos nosotros tiraos, humillaos, doblegaos y oprimidos. Unos putos pringaos. Y seguimos sin reaccionar, sin dar una patada y mandar todo a la puta mierda.» (pág. 128). No es ironía. El ejemplo está extraído de uno de los muchos diálogos en los que se cimenta todo el relato, y que es uno de sus valores. La reproducción del lenguaje de una época —con la inmersión en un registro lingüístico nada convencional y a veces vulgar— es uno de los afanes literarios de una obra arriesgada por eso, por adoptar un estilo directo muy directo que hay que combinar con una voz narradora en tercera persona que constantemente se deja arrastrar por el primer nivel —diré que la novela comienza en estilo directo: «Yo no bebo», dice ella (pág. 13)— y se acomoda muchísimas veces en el estilo indirecto libre: «El día que tuviera cojones para salir del cuartel puede que consiguiera sacudirse un poco de toda la mierda que lo comía por dentro» (pág. 185); aunque en otras retoma una relativa neutralidad: «El paso elevado de Cuatro Caminos se extendía y alargaba, dibujado por las luces de los coches. Un viernes, en la zona de los puentes, a esa hora en que se salía del curro, la vida estallaba. Coches, autobuses, taxis, motos y motocicletas daban elásticas pinceladas de luz a la calle Reina Victoria, a Raimundo Fernández Villaverde, a la calle Orense» (pág. 111). Hay otros constituyentes muy visibles en este tipo de novelas tan marcadas por su realismo social; y creo que entre los principales están el tratamiento de los personajes, el espacio y el tiempo, y los que se quieran añadir. En Perros flacos todo está bien pensado. Se pone tanto por delante la necesidad de representar una escena situada en un lugar y en unos años, en donde dejar que se expresen unas figuras, que me resulta todo el relato muy cercano al lenguaje teatral —el capítulo 13 contiene un acto primero—, al guion cinematográfico y a la crónica periodística. La novela en estado puro. La galería de tipos justifica el hilo del relato coral: son nueve perdedores que se presentan en las primeras páginas como un reparto cuyos caracteres precisos no caben en esta nota. Valga la cita de arriba (pág. 128) como divisa. El tiempo, la cronología, estructura la novela en sus veintiún cortes —tres sin fecha, un «Hoy» y un «Ayer» al inicio, y otro «Hoy» de cierre que con el primero remite al 1989 de las revueltas de la Plaza de Tiananmen en junio y de la caída del Muro de Berlín en noviembre; y el resto desde el sábado 9 de febrero de 1980 hasta el jueves 29 de septiembre de 1988. Supónganse en ese arco temporal hechos que están en la novela como el 23-F o la masacre de campesinos por Sendero Luminoso en Perú en abril de 1983, entre otros. Y el espacio es otro significante, porque se trata de la Unidad Vecinal de Absorción (UVA) de Hortaleza —y no de un barrio céntrico como Malasaña en el contexto de la movida madrileña—, que tiene una unidad de lugar menor en La Factoría como sede de un microcosmos réplica de algún referente mundial como las Factory de Andy Warhol (pág. 77), igual que la Hortaleza de la novela también tendrá su Sofía Loren de la película Ayer, hoy y mañana (1963) en el personaje de Anita (pág. 295). Un acierto más de esta novela de Mari Cruz Vázquez que está llena de incentivos para un lector que vivió aquel momento; y que también funcionará para lectores más jóvenes, en los que pienso cuando me imagino Perros flacos como un texto anotable —profusamente— para algunas clases de literatura y sociedad sobre las últimas décadas del siglo XX. Perros flacos ganó una beca de Creación Literaria de la Comunidad de Madrid en 2019 y se cierra con un apéndice titulado «¿Qué suena en cada capítulo?», que incluye —en QR— una lista de reproducción y el listado de canciones que aparecen. Y es que la música es uno de los primeros componentes de esta novela que tanto sugiere. La elección de un periodista y crítico musical como el gran Jesús Ordovás, uno de los míticos locutores de Radio 3, como prologuista dice mucho sobre esto. Cabría —aquí no— hacer un análisis de cómo se acoplan esos sonidos a un relato así. Hay pocos capítulos sin música, que va desde Kaka de Luxe o la Alaska de los Pegamoides, mucho de Ramones y de Pink Floyd —que ocupa el capítulo 11—, hasta Lou Reed o Queen. La verdad es que Mari Cruz Vázquez tiene una entrevista para preguntarle sobre su novela.

jueves, agosto 04, 2022

Segni della memoria

La primera persona con la que compartí la recepción de este libro fue mi hija Julia, a quien debo el conocimiento de algunas de las obras y algunos de los autores que son referencia en sus páginas, como Alfonso Zapico, Paco Roca o José Pablo García, los que más he leído. La segunda persona fue mi hermano Josemari, por su dedicación al estudio de la Guerra Civil española y su reivindicación rigurosa de la memoria histórica. Pensé en ambos cuando recibí de mi colega de la Universidad de Verona Felice Gambin, a quien sigo desde hace muchos años, Segni della memoria. Disegnare la Guerra civile spagnola. (Alessandria, Edizioni dell’Orso, 2020). Recoge las aportaciones de varios estudiosos a un congreso que con ese mismo título se celebró en Verona en abril de 2018, y también la «entrevista» o respuestas a un cuestionario de los autores Antonio Altarriba, Lorena Canottiere, Vittorio Giardino, Paco Roca y Alfonso Zapico en 2020, montadas por Felice Gambin. Me parece admirable este interés de fuera por la cultura y la historia españolas, y que existan colecciones como la Biblioteca di «Spagna Contemporanea», fundada en los años noventa por los historiadores Alfonso Botti y Claudio Venza, y que en los últimos años ha iniciado una nueva serie en la que se incluye este volumen colectivo en torno a los cómics o historietas (fumetti) que han tratado la Guerra Civil española y otros sucesos con ella relacionados. Precisamente, en el mismo año de celebración de aquel congreso, se publicaba en España el libro de Michel Matly El cómic sobre la Guerra civil (Madrid, Ediciones Cátedra, 2018), que insistía en la atracción del tema, y que queda bien reseñado en la nota 1 de la página 25 de este Segni della memoria. Felice Gambin presenta el libro en una introducción muy evocadora de las metáforas de la escritura y de la conjunción de palabra e imagen, y da paso a una decena de trabajos que abordan diferentes aspectos del asunto. Daniele Barbieri fija un corpus esencial constituido por novelas gráficas (utiliza el término fumetti) de Vittorio Giardino (No pasarán), Alfonso Zapico (La balada del norte), Antonio Altarriba y Kim (El arte de volar y El ala rota), y Paco Roca (Los surcos del azar). Junto a Lorena Canottiere (Verdad), son los dibujantes que concurren, como ya he dicho, en el ilustrativo capítulo final bilingüe y que responden al cuestionario del coordinador en «Raccontarsi a fumetti» (págs. 209-221). Son también los principales referentes de los trabajos del crítico y guionista de historietas Pepe Gálvez («¡No pasarán!: La vertiente internacional de la guerra española de 1936-39, en un relato gráfico que supera los límites del género»), del profesor de la Universidad Ca’Foscari de Venecia Alessandro Scarsella («Allegorie italiane della Guerra civil: da Romano il legionario a Verdad di Lorena Canottiere»), de Rosa María Rodríguez Abella en su análisis de la traducción de Los surcos del azar (I solchi del destino, por Francesca Gnetti), y también, en parte, de Felice Gambin en su «Imagini, parole e suoni della Guerra civile spagnola nel fumetto italiano». Hay otras contribuciones más generales, como las del propio Felice Gambin en una puesta al día de los kilómetros de lápiz y de colores dedicados a la Guerra Civil que sigue al trabajo de Barbieri. Luego vienen otros muy interesantes y muy bien ilustrados como el de Tomás Ortega (Universidad de Sevilla) sobre «Viñetas de la mujer en la Guerra civil española» (págs. 51-75), o el de Paola Bellomi (Università degli Studi di Siena), que alude a títulos menos conocidos y a un aspecto tan especialísimo como la presencia de los judíos en el cómic sobre la Guerra Civil, como un trazo de lo que supusieron las brigadas internacionales. Matteo Rima, de Verona, se ocupa sobre los cómics en Estados Unidos de América dedicados a la guerra española, lo que indicia el nivel de aproximación que este volumen tiene para abordar un asunto como este, que culmina sus aportaciones con «Enfoques cruzados: el paso de Robert Capa por la Guerra civil española en la novela gráfica ultra-contemporánea», de Maura Rossi (Universidad de Padova) y lo citado de Rosa María Rodríguez Abella, de Verona. Me quedo, finalmente, con la dedicatoria de Paola Bellomi en su trabajo, que cierra con un poema de José Agustín Goytisolo («Queda el polvo»), de Claridad (1961), creo: «Vorrei concludere dedicando il testo di Goytisolo ai partigiani di oggi, i volontari della resistenza curda che lottano da anni per porre fine alla guerra civile nelle loro terre e lottano per un ideale democratico que noi, forse, diamo troppo per scontato. Dalle ceneri, come dimostrano anche i romanzi grafici su cui stiamo riflettendo in questo volume, può rinascere la vita, attraverso la memoria: nostro dovere è non lasciarla ingrigire nuovamente» (pág. 87). Que vendría a decir en esta traducción de andar por casa: «Quisiera terminar dedicando el texto de Goytisolo a los partisanos de hoy, los voluntarios de la resistencia curda que luchan desde hace años por poner fin a la guerra civil en cualquier lugar y luchan por un ideal democrático que nosotros, quizá, damos demasiado por hecho. De las cenizas, como demuestran también las novelas gráficas sobre las que estamos tratando en este volumen, puede renacer la vida, gracias a la memoria: nuestro deber es no dejarla envejecer de nuevo». 

lunes, agosto 01, 2022

Primer día de agosto

He consultado las entradas fechadas aquí el primer día de agosto y son muchas. Solo un par de ellas tituladas como esta, y otras sobre tan diversos asuntos como el anuncio de un acto, un recuerdo de un viaje al lago de Como, una reseña de un libro de poemas, o, entre más, una reivindicación sobre el arca de Pessoa y una protesta por el reconocimiento que no tuvo Ángel Campos Pámpano de la Medalla de Extremadura. Creía, pues, que no era día tan señalado el que inicia el mes principal del verano, que para muchas familias mide las vacaciones. Para mí también ahora. «Luz de agosto» podría haber puesto ahí arriba; pero era una previsible recurrencia literaria que hoy confirmo, por recoger del quiosco —estuve fuera— y leer el último número de julio de El Cultural dedicado a agosto y que se despide hasta septiembre. La revista dirigida por Manuel Hidalgo –y quizá por eso— ha tenido la ocurrencia de dedicar todas sus páginas a Agosto como tema: «Grandes obras, hechos y personajes que han reflejado y protagonizado el mes más veraniego», recalca la portada. Y, después de un cuento de Pablo Remón, el primer artículo literario, precisamente, es sobre Faulkner y Luz de agosto. El Jarama de Ferlosio, Cesare Pavese y su suicidio en agosto, ese mes de la estancia de Lorca en Nueva York, la fecha de la muerte de Francisco Umbral, y las de Marilyn Monroe con treinta seis años en 1962, cuando nací, y de Elvis Presley con cuarenta y dos, el mismo día que yo cumplí quince años, son algunos de los contenidos de un número especial que estoy convencido de que podría tener réplicas —con contenidos pertinentes— para cualquier otro mes del año. Quizá por eso, con ironía, escribe en esas páginas Ignacio Echevarría que «Agosto es también un mito cultural». Como noviembre, añado. Y enero… Para cualquier mes podríamos encontrar algo, como los dos primeros actos de un clásico como Tío Vania, o el cuento de Aldecoa «Los pájaros de Baden-Baden». Todo encuentra acomodo en el pie forzado del mes más veraniego. Lo que he sabido hoy de agosto es que la cartelera de cine de mi ciudad me ofrece Padre no hay más que uno 3, Héroes de barrio, DC Liga de supermascotas, entre otras perlas como el thriller del afamado Liam Neeson La memoria de un asesino. Y que he resuelto la incertidumbre sobre la página de sucesos en La Opinión de La Coruña: «Fallece un vecino de Ferrol en Abegondo al colisionar su turismo contra un camión»; «La Guardia Civil interviene picadura de tabaco de contrabando en el puerto de A Coruña»; «Un bañista fallece en la playa de Riazor». Todo lamentable; pero un alivio saber que la escena vista el sábado por la mañana no fue nada. Lo pasé muy mal. Volvía de mi caminata desde la Torre de Hércules hacia el centro de la ciudad y vi estupefacto cómo un crío de no más de dos años se asomaba a la balaustrada del paseo marítimo en la zona en la que la playa queda a diez metros de altura —o de caída—, y cómo la señora que acompañaba al niño a demasiada distancia, apoyada en la sillita vacía, se limitaba a reclamarle para seguir. Me llamó mucho la atención, y sentí un escalofrío cuando me giré, sin dejar de caminar, y vi al niño asomado con medio cuerpo ofrecido al vacío sin que aquella persona mostrase ninguna inquietud. Por eso, al día siguiente, miré la página de sucesos y fue un alivio, a pesar de todo. Agosto. 



sábado, julio 30, 2022

Unión libre

 Unión libre es un título idóneo para rubricar nuestro encuentro el pasado martes en La Coruña, desde donde escribo. Es el de la revista cultural —Cadernos de vida e cultura es su subtítulo y «libre unión de persoas e de ideas, de análise e de creación» parte de su ideal— que desde 1996 dirigen la escritora y profesora Carmen Blanco y Claudio Rodríguez Fer, su pareja, el poeta y profesor de Literatura Española de la Universidad de Santiago de Compostela (USC), a quien volví a ver aquí después de más de veinte años desde que nos encontramos los tres en Badajoz por culpa de Unión libre, es decir, por una de las revistas de poesía que participaron en los encuentros promovidos por Ángel Campos Pámpano que dieron lugar al periódico hispano-portugués Hablar/Falar de Poesia. Claudio Rodríguez Fer es el director de la Cátedra José Ángel Valente de Poesía e Estética, que cumplió veinte años en 2020 y editó un extraordinario álbum-catálogo que, gracias a él, me llevo como un tesoro lleno de imágenes y de información sobre la propia cátedra, sobre su archivo y biblioteca, sobre actos en homenaje y recuerdo, traducciones, reseñas, documentos de archivo, libros —muchos dedicados— presentaciones, exposiciones, etc., en torno a un poeta grande como José Ángel Valente, que fue investido doctor Honoris Causa por la USC en 1999 y que donó su archivo y biblioteca personales en 2000, dando así pie a la creación de la Cátedra, que tiene su sede en la Facultad de Filología de la USC. También es la editora de la serie «Punto Cero», inaugurada en 2009 con el volumen de los Ensayos sobre Valente de Juan Goytisolo y el de Jorge Machín Lucas José Ángel Valente y la intertextualidad mística postmoderna. Del presente agónico al presente eterno. Luego, en su nutrido catálogo están el coordinado por Andrés Sánchez Robayna, Presencia de José Ángel Valente (2010), o el de Biblioteca de José Ángel Valente, de Francisco Xavier Redondo Abal, editor (2016), entre otros, como el reciente —de 2021— de Valente epistolar (Correspondencia de José Ángel Valente con sus amistades), con introducción y edición de Claudio Rodríguez Fer, que recoge estudios sobre el epistolario con el escritor orensano de Cernuda (por Claudio R. Fer), de Ramón Xirau (por Dolors Perarnau), de Rafael Gutiérrez Girardot (por Manuel Fernández Rodríguez), de Vicente Risco (por Olga Novo), de Rafael Dieste  y Carmen Muñoz (en un trabajo de Carmen Blanco, que se detiene algo en la figura de la esposa extremeña de Dieste, Carmen Muñoz Manzano (Malpartida de Plasencia, 1906-La Coruña, 2002), una de esas mujeres extraordinarias, vital e intelectualmente apasionantes, que me alegra tanto ver tratada en este volumen —en las más divulgadas semblanzas de Rafael Dieste ni siquiera se la menciona— como difundir la publicación reciente de la biografía de su paisano Emilio Oliva Fernández, Carmen Muñoz Manzano y su tiempo (1906-2002), publicada en 2021 por la Editora Regional de Extremadura). Vuelvo a Valente. Siguen los trabajos sobre las cartas de Antón Risco (por Armando Requeixo), de Camilo José Cela, a la luz de Papeles de Son Armadans (por Arantxa Fuentes Ríos), de Edmond Jabès (por María Lopo), de Emilio Adolfo Westphalen (por Juan Manuel do Río Surribas), de Juan Gelman (por Cristina Fiaño), de J. M. Cohen (por Adina Ioana Vladu), de algunos traductores alemanes y españoles y su interés por Paul Celan (en el trabajo de Rosa Marta Gómez Pato), de Enrique de Rivas y el interés de Valente por Montale (por Cristina Marchisio), y de José Bento, el gran traductor portugués (por Saturnino Valladares). El índice es notable y es un gran escaparate de lo que contiene en materiales epistolográficos el fondo de una Cátedra Valente que nunca he tenido tan cerca ni tan bien contada por quien la dirige y mantiene. Me llevo de La Coruña este gratísimo encuentro tras el que me siento más afín a un escritor y colega brillante, activo y amable, y otro militante cercano del empeño en la reivindicación de la memoria histórica. Y, además de libros, me llevo la satisfacción del motivo que nos reencontró a Claudio y a mí en esta ciudad: la defensa de una tesis doctoral sobre otra afinidad, un espléndido trabajo para obtener el título de doctora —que ya tiene cum laude— de Ariana García González sobre Olvido García Valdés. Poesía y poética. Ya habrá ocasión de recordarlo con merecimiento.

viernes, julio 29, 2022

La Coruña, de libro

No es La Coruña más turística —que ya conocía en buena parte— y sí una ciudad recorrida de distinto modo por visitar librerías de ocasión y de vello, recomendadas por gente joven del lugar. Ir desde el número 97 hasta el 284 de la Ronda de Outeiro son unos treinta minutos a pie por una calle ancha y vibrante, poco vistosa y muy  populosa, para llegar a un negocio singular, «El baúl de los recuerdos», en el que uno puede encontrar discos, revistas, cómics, muñecos de todo tipo —calabazas rupertas o superhéroes de plástico…—, llaveros, cromos, postales, etc., o, entre centenares de libros, un ejemplar impecable y mucho mejor del que ya tengo de Bartolomé José Gallardo y la crítica de su tiempo (Fundación Universitaria Española, 1986), de Pedro Sáinz Rodríguez, la primera edición española (1975) en Seix Barral de La arboleda perdida (1959) de Alberti, o el alarde del profesor Cedomil Goic de escribir en menos de cien páginas una Brevísima relación de la historia de la novela hispanoamericana desde el siglo XVI (el Claribalte de Gonzalo Fernández de Oviedo) hasta El jardín devastado (2008) de Jorge Volpi. Tras pagar once euros por todo, había que volver por la misma ronda hacia la otra punta también a pie según la previsión de ejercicio físico del día. Si comí en «La sartén» de Plaza de España fue por pasarme por la Rua San Roque para ver lo que había en «Fiandon Libros de Vello», porque una agradable Cristina, una de las propietarias de la librería «Berbiriana» —libros e grolos—, me la había recomendado, y porque no abrían hasta las cinco. De «Berbiriana», que está en la zona de la Marina, frente al restaurante «A Espiga» —muy recomendable—, me llevé los primeros artículos y entrevistas en El Adelanto de José-Miguel Ullán, Vivir a manos llenas. Periodismo de juventud (Libros de la Ballena, 2022), con prólogo de Juan Cruz y un apéndice de su paisano y compañero de estudios Antonio Grande Benito. Es interesante conocer a ese Ullán de entre dieciocho y veintidós años escribiendo sobre la poesía de García Nieto, entrevistando a Gerardo Diego o a Buero Vallejo, haciendo la crónica de una noche de circo callejero o apelando a sus lectores de 1964 contra la pena de muerte. De «Fiandon», un sitio peculiar con rincones para estar sin comprar y solo leer u hojear, me traje algunos vetustos contemporáneos, como la premiada novela de Haroldo Conti En vida (Barral Editores, 1971), entre otras valiosas menudencias pagadas todas con un billete de veinte euros con vuelta jugosa. Al caer la tarde, y en buena compañía, pude contemplar desde el otro lado, desde el castillo de Santa Cruz, la línea de una ciudad que por la mañana había recorrido con las mismas ganas del turista y sin apariencia de serlo. Once kilómetros. Desde Rua San Roque volví en taxi, pues ya había caminado bastante, según el listo de mi teléfono, que me recordó que el miércoles hice menos pasos, cuando él ni siquiera sabía que no lo llevaba encima durante un grato paseo por la playa de Riazor. Qué ciudad.

domingo, julio 24, 2022

Alondra

Vuelvo sobre esta colección de poesía que sigue saliendo de los talleres de Gráficas Almeida de la calle Alondra de Madrid y a la que estoy suscrito. Dos nuevos títulos, de Santiago Miralles, Lázaro, y de Alfonso Lucini, Nunca se sabe, son la quinta y la sexta entregas de esta serie que invita a mirar a los primeros pasos poéticos, o a un pasado más o menos lejano, a sus autores, y a su única autora, María Antonia Ortega, que, con La hebra larga. La luz es una ciega desnuda, nos dio la segunda entrega. Luis Bodelón (4), Lorenzo Martín del Burgo (3) e Ignacio Gómez de Liaño (1) completan la nómina. Precisamente este, Gómez de Liaño, es quien escribe unas páginas de presentación («Alfonso Lucini y el correr medido de las palabras») de Nunca se sabe, los sonetos «escritos a lo largo de los años y de los sitios donde el autor ha vivido (Pekín, Damasco, Nicosia, Canberra, Bruselas, Roma, Atenas, Jerusalén)», dice la nota de la cuarta de cubierta. El número de textos —sesenta y dos— del poeta diplomático, el extenso tramo temporal que recorren y la variedad de sus registros y asuntos se avienen bien al carácter rememorativo de la colección dirigida por José del Río Mons. Todavía más Lázaro, del también diplomático Santiago Miralles, más novelista que poeta, que nos confiesa que lo primero que escribió en su vida «con ínfulas literarias fue poesía», pues reúne bajo ese título poemas resucitados muy antiguos y que resisten sobradamente una lectura actual.

miércoles, julio 20, 2022

Todos los fuegos el fuego

Pero de verdad, y en el bosque. Es un profundo pesar en nada comparable con la tragedia y la desolación de quienes ven cómo el fuego arrasa con todo lo suyo. Está ocurriendo en muchos lugares; pero nos fijamos en lo más próximo, y no por la distancia, que también, sino por las veces que uno ha tenido la ocasión de pisar unos parajes que ahora muestran una agonizante negrura: Las Hurdes, Miravete o Jerte, en el orden cronológico de sus devastaciones. O la sierra de La Culebra en Zamora, por remontarme al mes pasado y a la crónica que he seguido cómodamente instalado este fin de semana y aislado a fuerza de refrigeración artificial de la que estaba cayendo, gracias a que Tomás Sánchez Santiago me envió hace dos días sus cuatro colaboraciones —firmadas con el escritor zamorano Benito Pascual en La Opinión. El Correo de Zamora— sobre ese otro desastre prolongado aún en localidades como Losacio, donde antier mismo conocimos la muerte de un bombero forestal y de un pastor, y de cuyas consecuencias he visto imágenes tremendas. Las crónicas merecen leerse como un ejemplo de lo que alguien puede aportar con su escritura para, si no mitigar nada, levantar la voz ante la debacle. Como le pasó el domingo a Javier Rodríguez Marcos, que vivió aquello —su madre y parte de su familia tuvieron que ser evacuadas de Las Mestas—, y que quiso recoger su crónica en las páginas de su medio, El País. La tituló desde Cáceres «Arde sobre quemado en Las Hurdes» y citaba en ella a otra persona cercana, un pariente, que también me favorece con su cercanía, David Matías, profesor, editor, filólogo y autor del «mejor libro sobre el peso simbólico de esos 500 kilómetros cuadrados en el imaginario político y cultural español», escribió Javier, casi al tiempo que todos podíamos ver en La 2 ese programa presentado por Juanjo Pardo —«80 centímetros»— que fomenta las rutas senderistas y que se ocupó de la que recorre buena parte de lo más representativo del espacio más genuinamente hurdano. El final de la ruta lo hizo con David Matías, que el lunes escribió esto en su muro de Facebook: «Hace algo menos de un mes, el equipo de '80 cm', el programa de senderismo de La 2, se acercó a Las Hurdes para rodar el último programa de la temporada y seguir los pasos de Alfonso XIII justo hace ahora un siglo. Esa misma ruta es la que siguió el fuego durante el último incendio, como si las llamas quisieran borrarlo todo, como si quisieran decirnos algo. Este es el último documento grabado de un entorno que hoy es ceniza. Un paseo (y un homenaje precioso) por el paisaje y la leyenda de una comarca mítica». Las autoridades se han acercado estos días a la zona, para sentir el olor de la plebe, como en el cuento de Cortázar al que he robado el título para esta nadería. Como antaño el rey Alfonso XIII se paseó por un lugar mítico hoy devastado, el actual Felipe VI se ha sumado —y nadie le ha dicho nada— al descojone nacional de la inauguración de un tren que seguirá por mucho tiempo llegando a la misma hora que ayer. El 25 de agosto de 2015 publiqué una nota sobre el incendio en Gata y alguien en los primeros días de septiembre puso este comentario: «Por si fuera interesante o de utilidad para ti o para los lectores de tu web, tengo publicado el blog http://plantararboles.blogspot.com. Un manual sencillo para que los amantes de la naturaleza podamos reforestar, casi sobre la marcha, sembrando las semillas que producen los árboles y arbustos autóctonos de nuestra propia región. Salud, José Luis Sáez Sáez». Esto es importante. Igual que escritores como Javier Rodríguez Marcos, Benito Pascual, Tomás Sánchez Santiago, o David Matías, que no pueden apagar los fuegos, sepan hacer muy bien lo que hacen y desempeñen un papel esencial en concienciarnos sobre un problema crucial. Casi diría que pueden, a su modo, apagar fuegos futuros con el afronte indirecto que traza una línea de defensa solo con las herramientas manuales propias de la escritura. Uno de ellos me ha dicho hace poco que nos estamos cargando este planeta, la casa en la que vivimos, y que algunos todavía se dedican a decorar sus paredes. Ay, sí, lo sé. Quizá tener conocimiento de todo este destrozo haga que nos sepa mejor la vida, aunque sea solo el sonido del agua. Todo es cuestión de tiempos, como en el cuento de Cortázar.

sábado, julio 16, 2022

Las cerezas de Tomás Sánchez Santiago

Tengo tantos apuntes sobre este libro, tantas sugerencias y notas, que me resulta extraño ponerme a escribir ahora sobre él, después de varios meses desde que me lo enviara su autor desde León en noviembre de 2021, con una dedicatoria en la que escribe que es un «canasto de cerezas de todas las clases: dulces, ácidas, de digestión difícil, etc…». Suculentas y hermosas me parecieron todas, como las mejores que por aquí probamos del Jerte, desde donde me las quitó de la boca Álvaro Valverde en su reseña tan precisa de El Cuaderno en febrero de este año, que enlazó en su blog. Las he seguido saboreando durante todo este tiempo como bocados gustosos de unas piezas perfectas, picándolas del canasto para un disfrute que ahora pongo por escrito. Reúne Cerezas en el escondite. Textos periodísticos 2011-2020 (León, Editores descabezados menoslobos & Eolas, 2021), los artículos que el poeta Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957) fue publicando en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, «La sombra del ciprés», desde febrero de 2011 hasta mayo de 2020, en diez años en los que la frecuencia de publicación —pues no había «orden constrictivo en los envíos» que le pidió Angélica Tanarro, jefa de la sección de cultura del períodico—, fue decreciente: desde las diez y once colaboraciones en los dos primeros años, las ocho en 2016, hasta las cuatro y tres en los dos últimos, coincidiendo ya con los meses de confinamiento por la pandemia, situación sugerida en textos tan especiales como «Objetos al acecho» o «Lo que habrían dicho ellos» (págs. 258-265). Estas recopilaciones de frutos de estación o de publicación efímera confieren a la experiencia actual de su lectura en formato de libro imperecedero —o casi— un valor muy particular, pues parecen fijarlos en el tiempo, convirtiendo lo caduco en perenne. Por eso ahora pienso en los lectores de El Norte de Castilla que leyeron con gusto estas prosas brillantes de Tomás y que ahora se deleitan con el canasto. Tomás Sánchez Santiago está dotado de un portentoso y preciso manejo del idioma y la lectura de cualquiera de estos textos es un embeleso, sobre todo, para los que somos conscientes de lo alto que ponen el nivel los buenos escritores a aquellos que nadamos todos los días sin descanso y sin saber, solo lo suficiente para cruzar de una a otra orilla, y no ahogarnos. Luego están los asuntos que salen del «manadero» de palabras de Tomás y que desaguan literariamente en la actualidad de una reseña de un libro, en las graduaciones escolares o universitarias como espectáculos para tontainas, en el elogio de las pequeñas tiendas de barrio —«tiendas de color canela como aquellas de los relatos de Bruno Schulz, pequeños colmados que yo suelo visitar solo por el gusto de estar cerca de quienes los regentan, héroes o heroínas que hacen casi toda la vida en esos locales investidos de una mezcla de olores indefinidos a pimentón, a plátano pasado, a mantas de bacalao expuestas como ropas tendidas y llenas de paciencia, a membrillo y a galletas húmedas que debían de dejar ese mismo olor en el rumor de las bodegas de los barcos de Stevenson o Conrad» (pág. 93)—, en el relato de un viaje en autobús, en una mediestación —sobre el estío, sobre septiembre…—, en la vivencia de la ancianidad de los nuestros en «Ella tiene miedo« (pág. 129), en el recuerdo de un amigo, o de muchos amigos, como en esa despedida que es el último texto ya citado, «Lo que habrían dicho ellos», en donde salen, por la mención a Chirbes, los ausentes cercanos a lo que importa: Aníbal Núñez, Ángel Campos Pámpano, José Manuel Diego, Javier Ángel Marigómez, Luis Javier Moreno y Tomás Salvador González. Tengo tantos apuntes sobre este libro que podría seleccionar un montón de entradas de un deseable diccionario del sentido común hecho con citas como: «el verdadero tejido cultural de una sociedad es poroso y profundo. No se produce en torno a gestos industriales de aliento publicitario. Más bien, es otro nivel de atención el que compete a pequeños sucesos rumorosos bien alejados de los principios comerciales de excesiva visibilidad» (pág. 70); «la vida pública tiene un alcance moral que va más allá de sus propios objetivos inmediatos» (pág. 113); «la saturación de fotografías personales implica en quien necesita verse retratado una y otra vez una especie de desorientación ontológica» (pág. 181); «el territorio de cualquier libro es la intemperie, y todas las operaciones preventivas (prólogos de probada autoridad, solapas inflamadas, fajas de citas estrepitosas) son ejercicios inútiles de protección, prótesis que tratan de ayudar a juzgar lo que viene detrás con razones que no conciernen a lo que siempre debe ser la escritura entregada: un salto mortal sin red cuyo destino es la incertidumbre» (pág. 192). Seguiría trascribiendo; pero no quiero ir contra mi costumbre y alargarme. Solo quiero añadir que también anoté en su día algo sobre el singular colofón de la colección «Narraciones de un náufrago» en la que se publica este libro de Tomás Sánchez Santiago, y que ocupa toda una página en un largo texto que recuerda el vigésimo aniversario de la publicación de Vida de Pi, del canadiense Yann Martel (Salamanca, 1963), para hablar sobre las leyes del mar y también del mundo editorial. Una muestra más del sentido común que se desparrama en Cerezas en el escondite. Llegar a ese escondite es fácil y será nutritivo.

lunes, julio 11, 2022

40 grados

Me cuesta mucho escribir. Las ideas no llegan con brillo al papel desde el bolígrafo o a la pantalla desde el teclado, y cuando llegan —algunas ideas tengo todavía—, el escollo insalvable es la gramática en general, un espacio que fue de acogida siempre, y ahora, cada vez más, un terreno cenagoso e inseguro. Ideas no me faltan. Sin ir más lejos, acabo de tener la de hidratarme bien, cubrirme la cabeza en la calle y evitar las horas de más calor. Tal y como abren los informativos en estos días, creo que a nadie se le había ocurrido antes. Es broma, y para muestra esta nota de otro julio de hace ocho años. Desesperado por mi dificultad para escribir, me refugio en la lectura, que siempre me salva. Es lo mejor que me pasó hace mucho, que alguien me enseñase a leer; y que yo aprendiese —aunque aún me cuesta comprender bien todo. También tengo otro modo de combatir esta anemia que me invalida; y es escribir lo ya escrito. Producir unas páginas que coincidan —palabra por palabra y línea por línea— con, por ejemplo, el cuento de Borges «Funes el memorioso»: «Lo recuerdo (yo no tengo derecho a pronunciar ese verbo sagrado, sólo un hombre en la tierra tuvo derecho y ese hombre ha muerto) con una oscura pasionaria en la mano, viéndola como nadie la ha visto, aunque la mirara desde el crepúsculo del día hasta el de la noche, toda una vida entera». O escribir ese par de versos del soneto gongorino «y mientras triunfa con desdén lozano / del luciente cristal tu gentil cuello». Es un goce extraordinario crear algo así. Recomiendo vivamente una experiencia como esta. Pero me desespera esta otra incapacidad de expresarme, este otro mal que padezco que provoca que no fluyan desde mi mano al papel o desde mis manos a las teclas las palabras siempre fascinantes, que iluminan. Mi médico me ha prescrito que escriba lo que me pasa, y me ha dicho que me invento las cosas y que si llego a las quinientas palabras estaré curado. Tendrá razón; pero yo ni siquiera he llegado a eso. (—«Ja, ja —le digo—; qué fácil es poner aquí un paréntesis como recurso que sume más caracteres». Y me responde: «—Pon —dice— que estás leyendo la biografía de Silvina Ocampo que te regalé, la de Mariana Enríquez, La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo. Barcelona, Anagrama, 2018. Y no te preocupes»). Sí, ya tengo cuatrocientas cuarenta palabras; pero a ver quién es el guapo que redacta ahora las mil que me han pedido para una reseña inaplazable.

jueves, julio 07, 2022

Emojis en la novela española actual

Anoté en su día que en uno de los capítulos de las Memorias de María dels Àngels que se transcriben en Lectura fácil (Barcelona, Anagrama, 2018), la novela de Cristina Morales, se alude a los emoticones [sic], «los dibujitos del WhatsApp […] caritas sonrientes, deditos de OK, palmitas, caritas de sorpresa, besitos, gorritos de fiesta, etcétera» (pág. 226). Era un ejemplo de esos que me gusta recoger de la presencia de rasgos de modernidad o de actualidad o realia contemporáneos en algunos textos narrativos de ahora. Como en la novela de Vicente Luis Mora Fred Cabeza de Vaca (Ciudad de México-Madrid, Sexto Piso, 2017), en la que, en una de sus secciones, se reproducen los mensajes de teléfono que se envían dos personajes principales, algunos de los cuales se cierran con una carita sonriente 😊 o con dos corazones 💙💙. Debe de haber una enormidad de casos, sobre todo en las obras de autoras y de autores jóvenes; pero solo cito dos que anoté en el momento de su lectura, y no voy a dedicarme ahora a buscar más ejemplos; pues estoy seguro de que habrá muchos destacables, y algún inventario hecho. Lo que me ha llamado la atención de otras lecturas recientes es la coincidencia de este recurso en tres autores vinculados por circunstancias que nada tienen que ver con lo que quiero decir; pero que son ciertas. Pues los tres son de origen extremeño, los tres publican en el mismo sello editorial y los tres tienen más de sesenta años —uno de ellos cumplidos hace unas semanas. Y, además, los tres han escrito novelas que he leído con sobrado disfrute. En Una historia ridícula (Tusquets Editores, 2022), de Luis Landero, que nunca escribe en vano y que siempre demuestra, escriba lo que escriba, su necesidad, su pulsión y sus afanes, su autor cierra el corte 14 del relato o «exposición» de Marcial, su personaje, con una contestación de este, un hombre serio, a los comediantes o graciosillos, «en su propio y ridículo lenguaje: 😂😂 😝😝» (pág. 79). Un recurso de actualidad que me gustaría ver en el manuscrito. En la más reciente novela de Eugenio Fuentes, Perros mirando al cielo (Tusquets Editores, 2022), el personaje de Remo envía como colofón de un mensaje a su amada la siguiente rúbrica después de un «Te quiero»: 💙💙💙💙💙💙  (pág. 20). Otro recurso en una novela de las más ambiciosas que he leído de su autor entre las que se anuncian en la editorial como serie del detective Cupido. La guinda, por último, la pone Javier Cercas en la tercera de las novelas de la serie de Terra Alta, El castillo de Barbazul (Tusquets Editores, 2022), en la que vuelve a dar cuenta —nunca lo dejó del todo— de lo que sus personajes comen —crema de verduras y lenguado con salsa de almendras, por poner un ejemplo (pág. 32), o la «ensalada de tomate y anchoas y unos espaguetis» (pág. 294) por poner otro ejemplo. Pero el caso viene aquí cuando tiene que aludir a los mensajes que Melchor Marín envía a Rosa, a Blai, al que Melchor recibe de Carrasco o al que manda Melchor a su hija Cosette… Los espigo en su orden: «un emoticono que muestra una cara amarilla y redonda como una luna llena, con dos corazones colorados en lugar de ojos» (pág. 78); «al que responde con un emoticono que muestra un puño amarillo con el pulgar levantado» (págs. 207-208); «es un emoticono que muestra una mano amarilla con dos dedos levantados en signo de victoria» (pág. 247); «un emoticono que mostraba un puño amarillo con el pulgar levantado» (pág. 283). Lo que en los otros dos escritores paisanos no va más allá de una ocurrente solución sin más trascendencia, en Cercas es algo que tiene más que ver con unas convicciones muy asumidas sobre la representación literaria de lo real, en un rasgo más de su razón narrativa, cada día más contundente. Solo quería decir esto sobre tres novelas de hoy.

miércoles, julio 06, 2022

Recuerdo

Recuerdo a mi madre cuando rasgaba con mucha destreza las sábanas antiguas para hacer trapos. Yo admiraba sorprendido su manera de romper la ropa, un bien sobre el que ella misma nos inculcó que debíamos cuidar. Aquella responsabilidad duraba hasta que tenía que cosernos unos parches de hule como coderas o rodilleras que prolongaban la vida de la prenda. Me acuerdo de aquel gesto cuando hago acopio para casa de paños de limpieza con sábanas viejas; pero hoy me ha venido su imagen antigua al rasgar en horizontal la página del periódico con una destreza igual a aquella que está en mi memoria tan neta como recto era el corte de mi madre en la tela. No tiene ninguna importancia. Solo quería añadir un comentario a mi alusión del final de mi Carta de Yuste a Patxo Unzueta; al que ha dedicado, precisamente, Javier Rodríguez Marcos su «Tipo de letra» de hoy en El País. He guardado el recorte rasgado con atávica pericia en el mismo sitio en el que puse el otro día la necrología del bilbaíno, en un libro de Fina García-Marruz, que nació el mismo año que mi madre, y con la que compartió su modo de hacer lo importante. Escribir, rasgar las telas, querer a los suyos.

viernes, julio 01, 2022

Carta de Yuste

© Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste
¿Carta de Yuste? ¿Para qué? ¿Para hablar de lo mucho que he disfrutado y aprendido en una reunión con estudiantes de muchas personas sabias en torno a la figura de José Saramago? No. Es mejor no prodigarse demasiado en público sobre las satisfacciones. A no ser que sea para escribir sobre lo que uno lee y que pueda agradar a alguien; sobre todo, a quien ha escrito algo para gusto y provecho de este que escribe. Y de los que se sumen. Por ejemplo, escribir sobre los últimos libros recibidos. Hace días, De traslación, de Pureza Canelo (Pre-Textos, 2022), o, en la misma editorial, ayer mismo, Arqueologías, de Ada Salas. Espero tener tiempo para hacerlo. Qué cosas. Lejos de mi quiosquero durante tres días, me entregó ayer mis cuatro ejemplares desde el lunes, contra la costumbre de compensarme por no recogerlos o de comprarlos en cualquier otro lugar. Sigue siendo un rito la lectura de la prensa en papel. Pero ayer fue desmesura llegar a casa con ciento noventa y dos páginas de papel prensa —cuarenta y ocho por día— para tener un buen rato de dejà vu prolongado en el que uno solo se detuvo en lo de siempre, en los artículos de opinión, en las crónicas de interés particular y en las necrologías. Nada en una actualidad caducada y sí mucho en las muertes, por ejemplo, de Fina García-Marruz, a quien saludé hace muchos años en la Residencia de Estudiantes de Madrid junto a su marido Cintio Vitier. Y en la pérdida de Patxo Unzueta, un «periodista sabio y silencioso», lo llamó Jesús Ceberio este martes, y Santiago Segurola el miércoles evocó su aparición en las páginas de deportes con el título «El magisterio desde el córner». Me he traído a Madrid los dos recortes de los ciento noventa y dos que me dio ayer P. en el quiosco y los tengo delante mientras escribo estas líneas que quieren decir también que fue mi querido Javier Rodríguez Marcos quien, antes de pasar a cenar el lunes pasado, me dijo: «Ha muerto Patxo Unzueta». Sabía Javier que se lo decía a un condescendiente en un lugar adecuado. En la Vera. ¿Carta de Yuste? No lo creo. 

sábado, junio 25, 2022

Lectura de La maleta

Ayer asistí a la lectura dramatizada de La maleta, la obra de Isidro Timón (Villanueva de la Vera. Cáceres, 1961) que ha editado la Asociación Cultural Letras Cascabeleras de Cáceres. En las intervenciones de dos de los promotores de esta publicación, Víctor M. Jiménez Andrada y Vicente Rodríguez Lázaro, se insistió en la vigencia del texto que escuchamos —la música de la guitarra de Mario Osuna acompañó las palabras de la actriz Amelia David y de Isidro Timón en la Sala Maltravieso, bien iluminados, con buen sonido y con el negro envolvente sustitutivo de toda escenografía. Qué bien tener tan cerca de casa una sala tan céntrica, tan bien dotada para pequeños formatos, en los que mostrar tanto de lo que se hace en teatro—. Se referían, creo, los dos escritores que hablaron sobre la obra a uno de los asuntos principales que trata el texto de Isidro, el de la emigración, que modernamente se ha enriquecido con matices morfológicos para representar una realidad social que es la que está presente en La maleta (inmigración, migración). Pero habría que añadir a esa vigencia la del propio texto, que sigue vivo con la lectura de ayer, después de su estreno en octubre de 2012, en el Gran Teatro de Cáceres, y después de la fecha en la que Timón lo firmó en enero de 2007, que es la que se imprime en esta edición de Letras Cascabeleras. Añado otro dato que está en un texto de Isidro que, con su permiso, reproduje aquí, hace casi diez años, con motivo de aquel estreno: que lo escribió o empezó a escribir en 2005. Salvo errata o lapsus en aquella carta de octubre de 2012 que nos envió a amigas y amigos, esto supone que el texto que escuchamos ayer tiene un recorrido de muchos años que acrece su vigencia. La de una obra que, como suele ser habitual en las creaciones de Isidro Timón, nos mueve a mirar a unos hechos pasados para interrogarnos sobre nuestro presente, que gusta del clímax dramático no sé yo si para dar significado estructural al anticlímax («Más raro que los ratones coloraos» es la última frase de uno de los policías de la segunda trama de una obra que implica al lector, al espectador o al escuchante en mucho más de lo que aparenta). Siento admiración por las cualidades humanas de Isidro Timón y por su capacidad de trabajo, una energía que produce constantemente más en beneficio de los otros que en el suyo propio. La que nos regaló ayer a muchos.



viernes, junio 24, 2022

En Oviedo, con Inmaculada Urzainqui

Hasta la tarde de ayer se celebró en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo el congreso El mundo del libro y la cultura editorial en la España del siglo XVIII, coordinado por el Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII (IFESXVIII) de la Universidad de Oviedo, y la participación también de la Queen’s University Belfast, a la que pertenece el profesor Gabriel Sánchez Espinosa, uno de nuestros grandes expertos en bibliografía material, en bibliotecas y en los aspectos históricos referidos al libro en diversas épocas y principalmente en el siglo XVIII, el período que ha sido el objeto de esta convivencia de investigadores. He podido beneficiarme de una parte pequeña de las aportaciones que se han presentado a esta reunión científica; pero lo mejor que me he traído de una ciudad preciosa y lluviosa, en un junio días atrás caluroso en extremo, ha sido asistir al homenaje que la Universidad de Oviedo dedicó el miércoles en su antiguo paraninfo a una dieciochista como Inmaculada Urzainqui Miqueleiz. La «excusa» fue su jubilación como profesora de la Universidad de Oviedo, después de cincuenta años de vinculación con ella, también como exdirectora del IFESXVIII y como catedrática de Literatura Española, y la expresión material del agradecimiento de todos es ahora la publicación del libro La República de la Prensa: periódicos y periodistas en la España del siglo XVIII, que, en edición de Eduardo San José Vázquez y María Fernández Abril (Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII. Universidad de Oviedo. Ediciones Trea, 2022), reúne los estudios más destacables de la autora sobre los orígenes y el desarrollo del periodismo español en el siglo XVIII, estudios que no han perdido vigencia y que cobran, reunidos ahora, un valor renovado muy especial para los estudiosos e interesados. Novecientas doce páginas rematadas con un poblado índice onomástico y de cabeceras periodísticas, que es la última de las tres secciones con las que se cierra el volumen que remite, además, a una Bibliografía citada —que facilita las consultas— y que relaciona todas las publicaciones de Urzainqui desde 1978 —la primera fue una reseña de la bibliografía de Francisco Aguilar Piñal sobre La prensa española en el siglo XVIII. Diarios, revistas y pronósticos— hasta 2021. Aunque supongo que los editores del compendio han estado en comunicación constante con la autora, se aprecia mucho su labor en la estructuración del conjunto en cinco nutridos bloques de trabajos que dejan distribuida la obra de muchos años de Inmaculada en (I) Panorama de la prensa en el dieciocho español —aquí quedan recogidos trabajos de referencia principal en el estado de los estudios de nuestro Setecientos—; (II) Prensa de opinión y crítica. Los espectadores; (III) Un nuevo espacio para la crítica literaria; (IV) Mujer y prensa —interesantísima su atención a los espacios de la mujer en la prensa—; y (V) Algunos nombres propios —Feijoo siempre, Isla, Rubín de Celis, Jovellanos…—. Pesa poco el tocho reparador de La República de la Prensa de Inmaculada Urzainqui comparado con la cantidad de amistad y estima que uno encuentra con tan solo desplazarse unos quinientos kilómetros para estar —a distancia por el puñetero virus que afectó a la homenajeada— con una «maestra también en cordialidad, constancia, entusiasmo y convicción», como deja escrito en las «Palabras preliminares» del libro la actual directora del IFESXVIII, Elena de Lorenzo, con quien, nuevamente, disfruté de su conversación, esta vez en un local de la Plaza Porlier en el que hablamos de Inmaculada, de Feijoo y Jovellanos, de los muchos colegas con los que departimos, de libros, de poesía contemporánea, de la amistad como asunto de la literatura del Dieciocho. Y eso. De la buena gente y de las buenas sensaciones que a la mañana siguiente me traje durante otros quinientos kilómetros.


sábado, junio 18, 2022

Saramago

© Fundacão José Saramago

Hoy, en el año de su centenario, se cumplen doce de la muerte de José Saramago. El Premio Nobel portugués nació en la freguesia o pedanía Azinhaga en 1922 y murió en Tías, en la isla de Lanzarote, en junio de 2010. He vuelto esta mañana a las páginas de El año de la muerte de Ricardo Reis, porque me lleva a Fernando Pessoa y me vuelve a evocar a Ángel Campos Pámpano, que tradujo la poesía completa de Saramago (Alfaguara, 2005). Y aprovecho esta efeméride para difundir el Curso de Verano del Campus Yuste y de la Universidad de Extremadura, con el apoyo de siempre del Gabinete de Iniciativas Transfronterizas de la Junta de Extremadura, que homenajea así a su persona y a sus obras. Tendrá lugar en el Monasterio de Yuste entre los días 27 y 29 de junio de 2022 y, felizmente, en formato presencial. Aquí está la información. Con orgullo, la Fundación Academia Europea e Iberoamericana de Yuste recuerda que Saramago fue nombrado académico —ocupó el sillón Rembrandt— en junio de 1998, unos meses antes de que se le distinguiese como Premio Nobel. Pero quiero anotar que también siguió manteniendo con Extremadura una constante vinculación al aceptar la propuesta que le hizo la Junta extremeña de ser el presidente del jurado del Premio Extremadura a la Creación en su modalidad de Trayectoria Artística de Autor Iberoamericano desde su primera edición, cuando en 2000 se otorgó al insigne poeta Eugénio de Andrade, que poco después obtuvo el Premio Camões, la máxima distinción para un escritor en lengua portuguesa y que ya mereció José Saramago en 1995. El autor de La balsa de piedra estuvo en la presidencia de ese premio extremeño en las siguientes ediciones, las que premiaron a otros escritores como Ernesto Sábato (2002), Rafael Sánchez Ferlosio (2003), Juan Marsé (2004), Juan Goytisolo (2005), y Eduardo Lourenço, es decir, hasta mayo de 2006. En aquella su última rueda de prensa como presidente del jurado, celebrada en el actual Hotel NH Palacio de Oquendo de Cáceres, Saramago hizo una contundente propuesta para abrir más las candidaturas de los premios a Iberoamérica. En aquel entonces, tener al Premio Nobel todos los años en Extremadura se convirtió en algo habitual, y disfrutar de su conversación en público y en privado es una de esas preciadas experiencias que uno recordará siempre. Por todo ello, y por más, será un gusto estar en Yuste recordando a un gran hombre.

viernes, junio 17, 2022

Ex Libris Alonso Zamora Vicente

© Diputación Provincial de Cáceres

Hermano con este título esta entrada con otra que dediqué aquí al fondo bibliográfico de Pedro de Lorenzo (1917-2000) para hacer mi crónica de esta inauguración, celebrada esta mañana en la Biblioteca Central de la Universidad de Extremadura en Cáceres. Pongo en cursiva inauguración porque los libros de Pedro de Lorenzo están en la Diputación de Cáceres desde 1983 y los de Zamora Vicente desde 1990, y han formado parte del patrimonio bibliográfico de la institución desde entonces. Sin embargo, hoy se ha inaugurado —ahora sí, en redonda— una nueva ubicación de la colección y una nueva idea sobre cómo poner a disposición de los usuarios un patrimonio bibliográfico impresionante. Confieso que me he emocionado esta mañana viendo todo aquello, sintiéndolo mío —otra vez la cursiva, claro—, como el resultado de la colaboración de dos instituciones que han dado un ejemplo de sensibilidad y de generosidad, como nos consta que ocurrió hace más de cincuenta años en los orígenes de lo que hoy somos. Y hoy somos una biblioteca universitaria con escasísimos parangones en valor entre aquellas que se fundaron el siglo pasado. Ya nos sentíamos orgullosos de los más de cien miles volúmenes del campo humanístico y social, de un estimable fondo histórico y de un admirable fondo hemerográfico, y este incremento por depósito compartido es una acción de notable importancia. Nos beneficiamos los investigadores y también los estudiantes que pueden sacar oro para sus trabajos de fin de estudios o sus tesis doctorales, como un añadido de lujo a la bibliografía utilitaria que toda universidad alberga. He disfrutado mucho viendo el resultado material de un esfuerzo grande de personas cercanas de la Diputación de Cáceres y de mi «casa», la Universidad, que dice tanto del mimo y de la delicadeza que se han puesto en mostrar todo; como he compartido esta mañana con mi admirada Ana Zamora, nieta de don Alonso, sobre la que podría poner aquí varios enlaces sobre su dedicación y su excelencia. Las raíces, el medio, la educación, el teatro, la vida. Y qué alegría, claro, ver a tantas personas cercanas y queridas, de las dos casas que se han encontrado esta mañana. Qué buen ambiente. Y qué llamativa la irrupción de toda la comitiva en la sala de lectura de la Biblioteca Central con los estudiantes que preparaban sus exámenes sin dar crédito a que el Rector, el diputado de Cultura de la Diputación de Cáceres, la directora de la Biblioteca Central y otras autoridades y adláteres, se presentasen allí para celebrar la recepción de más de cuarenta mil volúmenes, objetos personales, papeles manuscritos, y una parte de la colección de cerámicas que la filóloga, dialectóloga y novelista María Josefa Canellada (1912-1995) y su marido Alonso Zamora Vicente (1916-2006) fueron adquiriendo en sus muchos viajes por España. Un emocionante disfrute. He echado en falta esta mañana a Mª Antonia (Queca) Fajardo, alma desde el inicio de la Biblioteca de don Alonso acogida por la Diputación. Como funcionaria de la institución, fue la que mejor conocía el fondo y sobre el que escribió algunas líneas —en aquellas actas de un Congreso Internacional dedicado a Zamora Vicente en la Universidad de Alicante de 2003— que reconozco ahora publicadas sin firma en las noticias que se difunden en los medios y que, indolentes por intención objetiva, nos alejan tanto de lo que verdaderamente tiene un valor. Intelectual. Y sentimental.

domingo, junio 12, 2022

Tartufo

El montaje que vimos anoche en la Plaza de San Jorge del Tartufo de Molière, en el XXXIII Festival de Teatro Clásico de Cáceres —que ha comenzado con muy buen pie—, me llevó a rescatar días antes una singular edición que tengo de esa obra, publicada junto a La escuela de los maridos, con el título de El hipócrita. Lo singular no es solo que sea uno de los tomitos de la popular colección Cisneros de Ediciones Atlas, con un estudio preliminar de don Marcelino Menéndez Pelayo, sino que el texto es el de la versión en octosílabos que publicó el escritor felizmente volteriano José Marchena (1768-1821) en 1811. Fue prohibida su lectura y su representación en 1814, que reparó el Trienio Liberal, para volver a ser censurada en 1824. Se reeditó en 1836 y en 1860, y yo tengo una reedición de 1944 presentada por el historiador de los heterodoxos españoles, entre los que estaba Marchena. Otra versión bien distinta, pero no menos importante, es la que ha hecho Ernesto Caballero para mostrarla al público del siglo XXI en un montaje que ya adelanto que considero notable como lectura de un clásico y demostración del arte escénico en el que tantas personas participan, desde la iluminación, la decoración o la confección del vestuario, hasta la cara más visible de quienes interpretan su papel frente al público. Un año más, se quedó pequeño el graderío de la Plaza de San Jorge en una noche en la que habríamos agradecido mayor distancia de seguridad —se vieron algunas mascarillas— entre el público, es decir, que corriese más el aire. Entradas agotadas. Ya comenzó a pintar bien el asunto cuando se hizo el silencio al salir a escena una chica con bata blanca de limpiadora y con una mopa que pasó por el suelo del escenario, justo cuando escuchamos el aviso grabado de «Faltan cinco minutos para que comience la representación». El personal, por lo extemporáneo, mostró cierto regocijo y desenfado, que fue el que tomaron —pasados los cinco minutos— los actores para mostrarse como si fuesen unos cómicos que venían a representar a Cáceres una obra de Molière, un clásico antiguo que ninguno sabe cómo va a tomarse el respetable. Este discurso es el que pone en marcha la obra con la preocupación por el lugar del teatro clásico en nuestro tiempo, y la reflexión sobre la mentira, y el juego argumental entre apariencia y realidad llevado al marco metateatral, con un actor conocido —Pepe Viyuela— que interpretará su papel de famoso para afrontar el del mentiroso, cuestionándose a sí mismo como intérprete, hasta el final de una obra que arranca con la hilarante escena de Dori (Dorina) sorprendida por ver al «calvo de la tele» —el «Chema» de Aída—, sorprendiendo —y no sé si incomodando a los puristas—, y que, sin embargo, resulta sabiamente acorde con el personaje de la criada resolutiva del texto de Molière, cuyas intervenciones marcan los cambios de ritmo de la acción, como ocurre con la interpretación sobresaliente de la joven María Rivera, que hace de una secundaria principal, la chica de la mopa y de la bata. La explotación de la figura de un gran primer actor como Pepe Viyuela —que ocupa el falso brillo del cartel promocional— obliga al director a tenerlo en escena desde el principio —como Pepe y como la señora Pernelle, madre de Orgón—, pues su personaje, de lo contrario, no saldría a escena hasta el principio del acto tercero de la pieza. Un acierto, obviamente, y ocasión justificada para el lucimiento de tan imponente actor que sabe equilibrar su incuestionable vis cómica con los rasgos de un villano despreciable, el falso devoto que engaña a un Orgón que vive fuera del mundo más que por su «necia bondad», por su mera y simple necedad, bien mostrada por un experimentado Paco Déniz, que comparte con Silvia Espigado, estupenda en el papel de su esposa Elmira, la caracterización indirecta y el sostenimiento del enredo dirigidos hacia Tartufo. Jorge Machín como Damis, el hijo, Estíbaliz Racionero como Mariana, la hija, Javier Mira como Valerio, su pretendiente, y Germán Torres como Cleante, cuñado de Orgón, completan un elenco que contribuye a la solidez de este montaje como expresión moderna de la lectura de un clásico controvertido en su tiempo. Expresión moderna, como toca en el nuestro, de complementos como el vestuario, de objetos como un teléfono móvil, o los espejos de camerino que recuerdan siempre el marco en el que nos movemos, o en el tik tok que las actrices y los actores hacen como un nuevo modo de saludo casi final. Por cierto, el texto base que ha manejado Ernesto Caballero para su propuesta ha sido el de José Marchena. Qué cosas. Otra agradable noche de teatro en buena compañía.  

viernes, junio 10, 2022

El Bufón

Entre «Somos El Bufón y a veces tiramos piedras» y «…recuerda que aquí no servimos a dioses», mensajes de presentación y de cierre, hay todo un mundo que he disfrutado gracias a los podcasts que Teatro del Bufón viene editando desde enero de 2021. Debo el gusto a mi querida Mercedes Martínez Esperilla, que ha compartido conmigo un proyecto apasionante que debería contar con todos los apoyos de espectadores, lectores e instituciones con sintonía con el teatro periférico que se hace lejos de las grandes superficies del espectáculo o de los centros del poder escénico. Un teatro de verdad. Conozco bien el empeño de Maltravieso Teatro en Cáceres y de Guirigai en Los Santos de Maimona, y agradezco que alguien con la sensibilidad de Mercedes me haya dado acceso a otro proyecto afanoso y ejemplar de gente que cree como cree en el teatro. Raúl Cortés, escritor y director teatral, y Cristina Mateos, actriz, directora de La Periférica Compañía de Cómicos, son los impulsores también de Ediciones del Bufón, una editorial especializada en artes escénicas de la periferia que es la responsable de la edición de los interesantísimos audios que se pueden escuchar aquí: sobre un olvidado dramaturgo como Alfonso Jiménez Romero (editado el 20 de enero de 2021), sobre la actriz y dramaturga colombiana Paola Guarnizo (20 de octubre de 2021), sobre la bailarina, coreógrafa y directora Nieves Rosales (24 de noviembre de 2021), sobre la emocionante historia de María Pisador, que murió de leucemia a sus treinta años, que no quiso morirse sin asistir a una representación de La Zaranda en el Teatro Principal de San Sebastián, muy enferma. Luego, Eusebio Calonge, de La Zaranda, montó Convertiste mi luto en danza basado en su historia. Mercedes, aquí, dice muy bien un poema de María. O, en el más reciente podcast (30 de enero de 2022), sobre Juan Bernabé, director del Teatro (Estudio) Lebrijano, y su manera de reivindicar a los jornaleros en tiempos tan difíciles como los del franquismo. La vocación de este propósito es andaluza y latinoamericana, periferia auténtica; y el interés es central, sin lugar a dudas. Desde Morón de la Frontera. Los anteactos y los entreactos de los actos que son los podcasts principales de El Bufón no tienen desperdicio, y recomiendo escucharlos. Qué interesante. Gracias, Merceditas. Qué grande.

jueves, junio 09, 2022

Gente que cuenta

Como dice Antonio Muñoz Molina, autor del prólogo («Arte y oficio de la entrevista», págs. 11-17), creo que uno de los atractivos de este libro —dedicado a Julián Rodríguez— está en las páginas en las que la autora cuenta algo de sí misma, lo más personal, lo que no estaba en el texto publicado en El País Semanal, en donde salieron por primera vez las veintisiete entrevistas que se incluyen en este volumen de Anatxu Zabalbeascoa, Gente que cuenta (Madrid, Círculo de Tiza, 2022). Me enteré de que no era una mera recopilación de las conversaciones ya publicadas cuando escuché por la radio a Anatxu el jueves 10 de febrero, en el programa La ventana, de Carles Francino, durante un viaje en coche conduciendo por la A-5 hacia la capital. Me parece que fue el periodista quien le dio pie microfónico para que hablase de eso, y habló de su enfermedad. Dos semanas después compré el libro en Cáceres —acerté con la librería que lo tenía y no necesité que me lo pidieran, que suele ser lo habitual—, y tardé poco en leer y releer esta galería de gente que pertenece al ámbito selecto de las celebridades en campos tan diferentes como la música, la arquitectura, el diseño, la sociología, el cine, el urbanismo, el arte, la antropología, la edición, el deporte o la literatura…, en las que los nombres de Patti Smith o María Jiménez, de Zaha Hadid o Rem Koolhaas, de Milton Glaser o Miguel Milá, de Richard Sennett, de Isabel Coixet, de Santiago Beruete, de Jacobo Siruela, de Susana Rodríguez, o, en ese orden de dedicación, de Ian McEwan o Jhumpa Lahiri, entre otros nombres incluidos en este carrusel de voces que uno escucha con delectación gracias a que alguien previamente pregunta para que cuenten. Para quien conoció en su día las respuestas de estas personalidades, lo interesante, insisto, de este volumen es que quien pregunta también cuenta. De tal modo que, cuando Carles Francino propició que Anatxu hablara en la radio de sus dos cánceres, los lectores del libro ya comprobasen que no era nada que no estuviese ya en esas nótulas de cierre en las que la entrevistadora titula las entrevistas sin título, pues en una de ellas, en la que hace a la escritora estadounidense de origen bengalí y Premio Pulitzer Jhumpa Lahiri, Anatxu escribe: «La entrevista fue en el piso que tiene alquilado, desde hace más de una década, en el Trastévere. Le conté que había vivido en ese barrio durante un año, hacía entonces veintiuno, y que allí había conocido a mi marido. Como me estaba tratando con quimioterapia un segundo cáncer de pecho, mi marido me acompañó a Roma. […] Jhumpa no preguntó por mi pañuelo en la cabeza en pleno mes de julio. Pero al terminar la entrevista lo señaló. Y me deseó suerte» (pág. 55). Este es el cariz de este libro que sobrepasa el interés y el buen hilo de las entrevistas que se publican en El País Semanal. Es tan sugerente que, ahora, cuando leo las que recientemente aparecen en las páginas del semanario —a la arquitecta y activista alemana Anna Heringer, a la psicoterapeuta Anabel Gonzalez (sin tilde), a la arquitecta Paola Antonelli o al sociólogo Eric Klinenberg, en las últimas semanas—, me quedo con ganas de conocer el comentario de Anatxu sobre cómo se hicieron, y anhelo un nuevo volumen que actualice sus quehaceres en otro Gente que cuenta. No es un libro que pueda comentarse en tan poco espacio, y espero tener ocasión de decir algo más. Esto es un poquito insuficiente sobre tanto aire fresco de fuera que nos trae gente que conocer.

sábado, junio 04, 2022

La herejía de Durango

Conozco a Pedro Martín Baños por sus obras, que no es mal modo, como dejó escrito Cervantes. La primera de las suyas me llegó en forma de revista —Per Abbat—, gracias a una exalumna, María V. Soriano, que compartió con él pasillos y pasiones en un instituto de Almendralejo, el «Carolina Coronado», del que fue director y en el que sigue dando clases. Luego supe de sus publicaciones sobre El arte epistolar en el Renacimiento europeo 1400-1600 (Universidad de Deusto, 2005), que fue el asunto de su tesis doctoral, la edición de la Apologia, de Antonio de Nebrija, para la que escribió el estudio preliminar (Universidad de Huelva, 2014), y, más recientemente, La pasión de saber. Vida de Antonio de Nebrija, con prólogo de Francisco Rico (Universidad de Huelva, Biblioteca Biográfica del Renacimiento Español, 2019). Para mí, Pedro Martín Baños es una persona cercana en su lejanía, por no habernos tratado lo debido en estos casos y por dedicarnos a tramos distantes en la historia literaria. Por eso estimo tanto mi sentimiento admirado de cercanía. La muestra más reciente ha sido la edición primorosa que ha publicado de La herejía de Durango en una serie de la que soy adicto por culpa del buen hacer del profesor Pedro M. Cátedra. Estas ediciones de la Sociedad Española de Historia del Libro (SEHL) y del Seminario de Estudios Medievales y Renacentistas (SEMYR) llevan nutriendo la bibliografía de raros textos con estudio desde hace décadas, y una de sus novedades más reciente es esta edición de Pedro Martín Baños de La herejía de Durango y la inédita «Responsio Apologitica ad Epistolam Fratris Alfonsi de Zamora» (c. 1441). Salamanca, SEHL & SEMYR, 2021. Es un placer siempre recibir ejemplares tan cuidados en la elección del papel, de la letra y sus tamaños, en la pulcritud de su resultado e incluso en este caso en la nota como encarte que su artífice Pedro M. Cátedra envía a los suscriptores aludiendo a la invasión rusa de Ucrania —un «vergonzoso sindiós»—por dejar noticia del presente en el afán exquisito de dar piezas singulares del pasado. Lo es este testimonio desconocido hasta ahora de la herejía de Durango, el movimiento heterodoxo del siglo XV (1440-1441) que cualquier curioso puede reconstruir con la lectura de la contextualización de Martín Baños en los primeros capítulos de su introducción, antes de hacer la descripción de un códice conservado en la Catedral de Oviedo, en el que se encuentra el texto que ahora se da a la luz por primera vez con su traducción, cuya edición constituye el motivo de este cuidado volumen. Recuerda Pedro Martín Baños que el único escrito conocido de la herejía de Durango era la carta de uno de los heresiarcas, fray Alonso de Zamora, dirigida al rey Juan II, y es precisamente el texto editado una respuesta directa —«Amigo fray Alfonso, aunque todo esto habría debido bastar para poner freno a tu boca y quebrar tu altísona lengua […]» (pág. 150)— y coetánea que refuta los argumentos y la doctrina de los disidentes que huyeron al reino de Granada para evitar la represión, y que confirma buena parte de la secuencia de los hechos que se conocen. El manejo preciso de las fuentes primarias y secundarias que derrocha este estudio es admirable, y abre variadas vías al conocimiento de la religiosidad y de las corrientes espirituales de aquel momento en el que un texto como el de Zamora proponía puentes de conexión entre creencias diferentes, entre el mundo cristiano y el mundo musulmán. Tanto propone este estudio que, con los pies en la tierra de la profesionalidad honesta del investigador, Martín Baños escribe: «El asunto no está ni mucho menos cerrado, pero la lectura que la Responsio apologitica hace de la carta de fray Alfonso establece, creemos, una sólida base sobre la que seguir investigando» (pág. 61). Queda en mi modesta biblioteca una pieza más que me ha permitido unas horas de erudito disfrute —sintagma que reivindico—; y la cercana lejanía que conlleva aprender de ámbitos que uno desconoce gracias a las exquisitas hechuras de un libro que aportan un sabor mejor aún a lo leído. Tenía ganas de escribir algo sobre esto, que me ha tenido ensimismado.

miércoles, junio 01, 2022

Escribir

Me cuenta una amiga que se escribe mejor cuando nadie te dice lo que tienes que escribir. Yo le digo que sí; pero que muchos también encontramos disfrute cuando escribimos por encargo, por obligación profesional. Y a veces obtenemos un beneficio. Otras, escribimos por escribir; como ahora, para recordar en este principio de junio un verso memorable que en estos momentos no me viene.