Fue un comentario de Jon Sistiaga en la entrevista de La revuelta en la que promocionaba su documental sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco en julio de 1997. El periodista irundarra dijo que por la trascendencia de aquel hecho todo el mundo se acordará de lo que estaba haciendo ese día. Por supuesto, yo recordaba la noticia del secuestro, el ultimátum de los terroristas, las vigilias y concentraciones organizadas y el despiadado y terrible desenlace, pero no era capaz de recomponer las circunstancias de aquellas horas, y por eso he acudido a un cuaderno antiguo en el que anoté que había vuelto de Madrid del tribunal de una tesis en la Autónoma —la de Annalisa Argelli, sobre la presencia de Shakespeare en la literatura española de los siglos XVIII y XIX—, y que no volvía a casa, pues la habíamos desalojado por obras de reforma. Vivía aquellos días en la de mi compañero Ignacio, leía en sus libros, como aquella Lectura de Paul Celan de José Ángel Valente que habían publicado Ediciones de la Rosa Cúbica en 1995, o la Crónica personal de Joseph Conrad, en una edición de Trieste de Miguel Martínez-Lage; y oía su música, sones cubanos, por ejemplo, y a Celina González. Por mis apuntaciones sé que mi hija de seis años y mi hijo de dos estaban con su madre en Almendralejo y que hacía calor, y que el sábado del asesinato Julia dijo que estaba contenta por tenerme allí. Que el lunes hubo una gran concentración en la Plaza Mayor en repulsa por lo de Miguel Ángel Blanco, a la que acudí caminando desde la Facultad. De no ser por aquellos apuntes me sería difícil reconstruir con tanto detalle todo lo que viví en torno a aquel acontecimiento tremendo que, veintinueve años después, se está evocando. Por hablar de lo menudo, días antes —lo recupero ahora— me entretuve en Madrid, en la Biblioteca Nacional, con La mano del teñidor de Wystan H. Auden, en un ejemplar de la edición de Barral Editores de 1974. En la Sala General, pupitre 137. Copié algunas frases del principio: «Una señal de que un libro tiene valor literario es su capacidad de ser leído de varias maneras distintas» (pág. 10). «En literatura la vulgaridad es preferible a la nulidad, en el sentido en que el peor oporto es preferible al agua destilada» (pág. 11). Me suena haber incorporado esta a los borradores de un ensayo inconcluso sobre la crítica titulado Los entendidos: «Mientras un hombre escriba poesía o narrativa su idea del Paraíso es asunto suyo, pero en el momento en que empieza a hacer crítica literaria la honradez exige que lo explique a sus lectores, para que éstos puedan opinar sobre sus opiniones» (pág. 12). «Una de las razones que hacen a los buenos críticos más escasos que los buenos novelistas o poetas es la naturaleza del egoísmo humano. El poeta o el novelista debe aprender a ser humilde frente a su tema, que es la vida en general. Pero el tema del crítico, aquel frente al cual debe aprender a ser humilde, se compone de autores, es decir, de individuos humanos; y este tipo de humildad es mucho menos frecuente. Es más fácil decir —"La vida es más importante que lo que yo pueda decir sobre ella"— que decir —"La obra del señor A es más importante que lo que yo pueda decir sobre ella"»— (pág. 14). Salvada, por supuesto, la idea de Auden de que el autor de un buen libro debería permanecer en el anonimato, «ya que la legítima depositaria de la admiración del público es la obra, y no la persona del autor. (pág. 20). Ahora, y solo ahora, delante del cuaderno de aquel año, he observado cierta analogía entre el título de este libro de ensayos de Auden, la ilustración de su cubierta y el gesto de las manos blancas del «espíritu de Ermua» que tuvo otro negro antecedente en el asesinato del profesor Tomás y Valiente en febrero de 1996. Así que volver a aquellas hojas repinta los recuerdos y les aporta la cualidad extraña de lo que se ha vivido de lejos; y uno se siente como un testigo distante de hechos portentosos sobre los que su escritura egocéntrica no hizo más que anotar los más nimios detalles sin venir a cuento. Como ahora.
sábado, julio 11, 2026
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