viernes, diciembre 26, 2008

El tufillo del esturión


Barcelona, Editorial Lumen, 2001. Prólogo de Richard Ford.

A pocos sorprenderá leer que La dama del perrito es uno de los cuentos más memorables de Antón Chéjov. (Qué pedantesca tontería. ¿A pocos? Yo creo que es al contrario. Pues, si bien en una encuesta entre mis contactos en este blog todos o casi todos responderán que han leído el cuento; sin embargo, si pregunto en la calle, en los centros comerciales o en las facultades universitarias de Letras, de Medicina, de Periodismo o de Ciencias, la mayoría de la gente responderá que no sabe nada de esa dama del lulú blanco. De todos modos, es un relato —con ese subtítulo se publicó en 1899— magistral y memorable, que recomiendo leer masivamente.) Es que, como el que busca una prueba literaria de la melancolía, la mañana de Navidad me senté a leer en el único rato que tuve este cuento de Chéjov, La dama del perrito. No sé si me llevó a él el recuerdo de que fue por las fiestas de diciembre cuando Dmitri Dmítrievich Gúrov se dispuso a viajar para ver a Anna Serguéyevna. No sé, quizá fuese el tufillo del esturión. Había escuchado en la radio la cifra de salidas que el SUMMA, el Servicio de Urgencia Médica de Madrid, hizo la Nochebuena; casi un centenar, entre intoxicaciones etílicas y heridos por peleas. En una de éstas apuñalaron mortalmente a un joven peruano. También escuché un comentario sobre las cenas en familia en el que se recomendaba qué hacer cuando tienes que aguantar a un pariente pesado. Y luego leí lo del tufillo del esturión del cuento de Chéjov. Cuando una noche, al salir del Club de Doctores, Gúrov confesó a un compañero de partida que había conocido en Yalta a una encantadora mujer. Y el compañero, un funcionario:
—Antes estaba usted en lo cierto: el esturión tenía un tufillo.
Y aquellas palabras tan corrientes parecieron sucias y humillantes a Gúrov, que tomó conciencia de que los asuntos inútiles y las conversaciones siempre sobre el mismo tema consumen lo mejor del tiempo, y, al final, sólo queda algo así como una vida boba, amputada, sin alas. ¡Con lo que tenía que contar este moscovita! Algo parecido me ha pasado a mí. Con todo lo que sugiere un cuento así y que me haya quedado en esta lectura circunstancial. Lástima.

2 comentarios:

Los viajes que no hice dijo...

No preguntes en la Facultad de Periodismo: en la mía dos clases enteras de primero no sabían quién era Rilke.

¿La lectura circunstancial es quelos asuntos inútiles y las conversaciones siempre sobre el mismo tema "consumen lo mejor del tiempo, y, al final, sólo queda algo así como una vida boba, amputada, sin alas"?

¿Lástima? Ha sido como un puñetazo en el cráneo, Kafka dixit...

Te cambio el puñetazo por un beso, de todos modos :)

Miguel A. Lama dijo...

El puñetazo se lo da el tonto del compañero de partida a Gúrov, tan ilusionado en contar algo importante para él. Y lástima porque el cuento merece más. Besos.