jueves, octubre 09, 2014

martes, octubre 07, 2014

BOEK 861

Boletín electrónico de octubre de 2014

jueves, octubre 02, 2014

El correo de la Ilustración


Anda uno enredando con libros relativos a España publicados en el extranjero hace casi doscientos años; y este, curiosamente, trata de aquellos libros de fuera que penetraron en España entre 1790 y 1802. Me puso sobre su pista un buen investigador en libros, libreros e impresores, Gabriel Sánchez Espinosa. Esta obra fue reconocida en 2011 con el Premio de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de España que distingue el mejor trabajo en el campo de la bibliografía hispánica. Su título: El correo de la Ilustración. Libros y lecturas en la correspondencia entre Cavanilles y el librero parisino Fournier [1790-1802] (Madrid, Ollero y Ramos, 2013). Su autor: Nicolás Bas Martín, profesor del Departamento de Historia de la Ciencia y Documentación de la Facultad de Medicina y Odontología de la Universidad de Valencia. Trata los mecanismos y vías de introducción de libros en España desde Francia a finales del siglo XVIII, es decir, en un momento difícil en el que todo lo francés —con notables salvoconductos— se tenía por peligroso. La excusa de este importante estudio es la correspondencia que mantuvieron el botánico ilustrado valenciano Antonio José Cavanilles y el librero francés Jean Baptiste Fournier. Se conocieron durante la estadía de Cavanilles en París como preceptor de los hijos del XII duque del Infantado, y cuando el valenciano regresó a España en fecha tan señalada como 1789 comenzaron a escribirse entre remesa y remesa de libros que el francés enviaba a Madrid. Nicolás Bas hace un interesantísimo y documentado relato de esta relación que contiene los perfiles del ilustrado valenciano y del librero Fournier y su librería, un análisis de los circuitos del libro entre Francia y España y el repertorio de los libros enviados desde París a Madrid entre los años 1790 y 1802 a Cavanilles y a otros personajes como el duque de Aliaga, el marqués de Villafranca, Joaquín Lorenzo Villanueva o Pérez Bayer. Además, se ofrece una muestra significativa del corpus de cartas que, al decir del autor de este estudio, se convierte en un «termómetro cultural de dos países». El correo de la Ilustración es una investigación rigurosa y amena, una importante fuente de información, y es un libro de los que gusta tener.

miércoles, octubre 01, 2014

Silencio


El gabinete del Presidente del Gobierno había pasado muchas horas preparando las respuestas, y —todo hay que decirlo— proponiendo preguntas. Había una gran expectación en horario principal en uno de los canales televisivos de más audiencia. Todos estaban inquietos para que nada quedase sin previsión ni medida. El experimentado periodista preguntó, con intención de romper el hielo: —¿Qué libro está leyendo? Nadie lo había previsto; y lo que fue peor, tras unos interminables segundos de silencio, nadie dijo nada. —Perdón, sí, un ensayo muy interesante sobre la Restauración; pero no recuerdo el título. Lo lamento. —Todos, señor Presidente, todos lo lamentamos— se dijo el jefe de batinete. Perdón, de gabinete.

viernes, septiembre 26, 2014

El balcón en invierno


A mí me ha parecido deslumbrante y emocionante. He disfrutado mucho con este nuevo libro de Luis Landero. Quiere presentarlo también —lógicamente— en Extremadura porque es un libro muy extremeño; y espero que finalmente tengamos la ocasión de hacer la presentación, mediado octubre, con sus lectores de aquí, los que, por vivencias, leerán de otro modo, más cómplice —si cabe, tratándose de Landero—, páginas tan bien escritas sobre una realidad comestible de garbanzos con repollo, migas, gazpacho, literatura, pan con aceitunas, buche con palabras bien dichas, caldereta, perrunillas, cachuela, más literatura, rosquillas...; una realidad mágica que muchos de aquí sentimos como propia y que se hace más fascinante gracias a la palabra que amasa un escritor para que, de algún modo, no se pierda esa realidad real. El balcón en invierno (Barcelona, Tusquets Editores [Andanzas, 838], 2014) es una novela sobre la verdad, sobre la vida, sobre la realidad. Es una novela a pesar de su autor, que llama así —«novela»— al texto que desecha para crear este; una novela, sí, memoriosa y sublime sobre la verdad sencilla. Una novela sobre sus límites y afanes. O los límites y afanes de su finito autor. En fin, otro regalo que nos hace Luis Landero. 

domingo, septiembre 21, 2014

Luis Cernuda


Qué mejor día que hoy, aniversario del nacimiento del poeta Luis Cernuda (Sevilla, 21 de septiembre de 1902-México D.F., 5 de noviembre de 1963), para poner aquí algunas impresiones de lectura de una de las novedades bibliográficas que dejó la conmemoración en 2013 de los cincuenta años de su muerte. De aquel recuerdo, materializado en unas jornadas organizadas en abril de ese año en la Universidad de Extremadura, este volumen, coordinado por Mario Martín Gijón y José Antonio Llera, Luis Cernuda. Perspectivas europeas y del exilio (Madrid, Ediciones Xorki, 2014), cuyos editores han dedicado a la memoria de Gregorio Torres Nebrera, uno de sus participantes, con un trabajo sobre la figura del resucitado Lázaro en la poesía de Cernuda y de Guillén, el último de la tercera sección («Temas, tópicos, mitos») de un total de siete, que tratan, además, aspectos como la recepción de la obra cernudiana, Cernuda ante el romanticismo, «Confluencias e intertextualidades», «Lenguajes artísticos comparados», el exilio o «La enunciación lírica»; epígrafes que organizan un conjunto de veintidós ensayos. Pude escuchar en su momento algunas de las intervenciones en el coloquio, desde la ponencia inaugural de James Valender («Luis Cernuda, Stanley Richardson y la poesía inglesa»), hasta diversas comunicaciones que se presentaron en las diferentes salas y sedes. La publicación ahora evidencia que no está todo lo que fue, pues falta más de media docena de las contribuciones; y los editores no aluden a los criterios que se han aplicado para trasvasar lo dicho al papel. No importa, porque lo que hay es un volumen muy completo que, entre análisis específicos de poemas (el ya citado de Torres, el de Gabriel Insausti, el de José Antonio Llera...) y análisis de libros (el caso de Un río, un amor en el trabajo de Gina Maria Schneider, o el de Ocnos en el de Mario Martín Gijón), junto a otros asedios de varia índole y dispares aportaciones, constituye la más recomendable actualización de los estudios sobre Luis Cernuda y su obra. Baste con destacar algunos otros capítulos: «Luis Cernuda romántico», por Serge Salaün; «De Sevilla a Cuernavaca: un jardín de Luis Cernuda», por Bernard Sicot; o «Luis Cernuda y Manuel Álvarez Ortega», por Eduardo Moga... Un admirable recuerdo doblemente conmemorativo en un día como hoy, dedicado a uno de los más grandes poetas españoles del siglo XX.

jueves, septiembre 18, 2014

Escribir


«Una página no es un libro», se justificaba Gustavo Adolfo Bécquer pasada la mitad de uno de sus textos madrileños en prosa, «El Retiro». Es, simplemente, un borrador, un apunte, un esbozo. Se necesita mucho tiempo y mucho esfuerzo para añadir a esa página otra más con sentido, y a esta otra, y así, una tras otra, lograr algo que pueda resistir una lectura exigente. Esta mañana se movía un ligero vientecillo, como en alguna novela de Galdós...

martes, septiembre 09, 2014

Antonio Gómez: Apenas sin palabras


Vuelta al cole. (Me hacen gracia las imágenes de los informativos con los niños a las puertas del colegio para iniciar un nuevo curso. Deberían entrevistarnos a algunos universitarios para quienes el primer día de clase —ay, la excelencia— ha sido precisamente hoy. El curso pasado empezamos antes que en educación infantil. Y se notó, vaya que si se notó en la calidad de nuestra enseñanza. Eso sí, el día 18 de diciembre daré mi última clase del cuatrimestre y hasta el 2 de febrero no volveré a dar la siguiente —ay, la excelencia). Hoy, a la satisfacción de volver a empezar a dar clases —la primera del curso siempre es especial— se ha sumado recibir en mi buzón de la Facultad este libro de Antonio Gómez: Apenas sin palabras. Obra experimental (1980-2013), Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2014. Y no por estar afectuosamente involucrado en él voy a dejar de escribir aquí una nota que de noticia de su reciente aparición. Antonio Gómez lo merece. Ha merecido que la Editora Regional de Extremadura que dirige Rosa Lencero le haya reconocido —en un proyecto de hace años con los nombres y apellidos de Álvaro Valverde y de Luis Sáez— con la publicación de su obra experimental casi completa, en un precioso volumen de tapa dura —con su blonda de papel de repostería como faja que lo viste, familiar para los lectores de Antonio Gómez— de casi trescientas páginas de considerable gramaje con la reproducción de más de un centenar de piezas a color y casi una veintena de acciones grabadas en un deuvedé que se estucha en el interior de la cubierta. Un buen trabajo editorial que me alegra mucho que haya sido dedicado a uno de los artistas que mejor representa la experimentación poética en España desde hace más de treinta años. Los que hace que conocí al Antonio Gómez, cuando regentaba en Mérida el bar «Alcandoria», que me dio con una cerveza mi primer pincho literario con la Hoja parroquial Alcandoria en la que tuve el honor de colaborar poco después de aquel primer encuentro. Se lo he dicho esta tarde al teléfono a Antonio, que me llena de mucho contento compartir con él nuevamente —ha confiado en mí varias veces— un espacio de creación, y especialmente uno así, como Apenas sin palabras, cuya publicación va a ser una de las novedades más frescas de este otoño.

jueves, septiembre 04, 2014

Ocho cuentos de Javier Morales Ortiz


Entre los nombres que la literatura de autores extremeños ha dado en los años que llevamos del nuevo siglo se encuentra el de Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968), que, hoy por hoy, me parece uno de sus más firmes valores en los géneros narrativos. Los intentos de sistematización de estos géneros en Extremadura elaborados por Manuel Simón Viola en los últimos años necesitarían ya una ampliación, y en ella, sin duda, estaría el de este escritor placentino, que aparecía listado ya con su primer libro de cuentos, La despedida, en el tomo escrito por Viola de la antología Literatura en Extremadura 1984-2009 que publicó la Editora Regional de Extremadura, la misma que sacó el libro de Javier Morales, y que luego publicó también el segundo, Lisboa, de 2011. Tras su última obra, Pequeñas biografías por encargo, de 2013, aparecen ahora estos Ocho cuentos y medio, en la colección «Sitio de fuego» del sello tinerfeño Baile del Sol Ediciones. (Me agradó mucho la lectura de José Mª Cumbreño en este sello —primero, Límites y progresiones, y luego la reedición de De los espacios cerrados—; también la de uno de los títulos más celebrados de esta editorial, Stoner, de John Williams; y hace nada me ha alegrado que Victoria Pineda me haya regalado su edición y traducción de En la frontera del color, de Charles Waddell Chenutt, que acaba de aparecer publicado por estos mismos editores que están aportando mucho bueno, a pesar de que no acaben de solucionar que se le cuelen las erratas). Quien quiera leer un buen libro de cuentos aquí tiene uno muy medido, equilibrado, en el que todos tienen su valor, su aliciente; aunque parezca que destaque uno sobre todos. Precisamente, el que el autor ha querido colocar al final, «Regreso a Sajalín», el que pone más de manifiesto la advocación a esa divinidad que es Chéjov para todo cuentista que se precie. Y aquí, el que se gloria de serlo, con razón, es Javier Morales. Sus cuentos indician buenas lecturas y aspiran, podría decirse, a lo que dice el personaje de Mónica en «Mosquitos», el séptimo relato: «Lo había leído en un cuento que llegó a sus manos por azar y le pareció maravilloso». Pero, sobre todo, demuestran que se sabe escribir en el género, por la elección del tono y del punto de vista  apropiados —una tercera persona principal, pero que en el cuento que lo precisa es primera persona, como en «Más allá de la caverna». También por la resolución de los finales, algunos abiertos —el de «Final del verano», y el del citado «Mosquitos»—, la lectura de la sociedad actual, que llega a partir de un relato que no la destaca, sino que la lee desde lo íntimo, desde lo puramente intrahistórico, como ocurre en «Navidad». Lo único que no me parece afortunado es el título. A pesar de que la «Nota del autor» avisa que «el título promete ocho cuentos y medio cuando solo hay ocho. Entiendo que el medio cuento que falta es el que crea cada lector después de haber llegado a la última página». La cuenta me parece discutible —¿medio más tras la última página del conjunto o tras cada una de las que cierra cada pieza?—; pero lo que no me parece bien es que como la otra singularidad de este volumen es que incluye un cuento que no es de Javier Morales, que es, como epílogo, de Gonzalo Calcedo, un lector como yo puede creer que el medio cuento es el de Calcedo, ya que el libro está compuesto por ocho cuentos y uno más como epílogo. Y no, porque el epílogo, el cuento «Caídos del cielo» —recordé de inmediato el título de una novelita de Ray Loriga de los noventa— es un broche de altura a este libro espléndido de Javier Morales Ortiz de ocho cuentos y punto.

Las cabezas de Hilario Bravo


martes, septiembre 02, 2014

A


¿Qué le pxsxrx x mi teclxdo? Cxdx vez que escribo xlgo con lx x no sxle lx x, sino lx equis. Xhorx que lo escribo me pxrece recochineo. Le pxsx, supongo xhorx, desde xquellx noche. Cuxndo un mosquito se posó sobre lx teclx de lx x y le di vxrixs veces —x lx x, se entiende— hxstx mxtxrlo; con sxñx. Quizx me pxsé, lo sé; y pxrece que xhorx tengo que pxgxr por ello. Un mosquito vengxtivo. O el murciélxgo xlevoso. Bien que lo siento. No sé si me explico, si se me comprende. Tengo que escribir sin poner ese signo y lo que represente. Lo intento. Como en lo del Oulipo. Que no. Sin escribir eso. Georges Perec, el modo de empleo y el ouvroir de littérxture potentielle. Es difícil, hasta en francés. Vaya, ya se ha arreglado. Dejaré para otro momento esta tontería.

viernes, agosto 29, 2014

Glorias de Zafra (V)


Cuando a mi madre no le sale la voz del cuerpo y habla muy bajito, yo acerco la oreja a su boca para escuchar y ella aprovecha para besarme entre el lóbulo y la mejilla; la jodía. Esos días se repone si descansa en la cama largo rato y si luego come lo que le gusta. A media tarde, una dulce reminiscencia de mi infancia, «las legítimas y acreditadas tortas de aceite de Inés Rosales» de Castilleja de la Cuesta. En la comida me ha sorprendido a veces al pedirme una copita de vino, como cuando se fue muriendo en directo Adolfo Suárez. La vi lamentarlo, aunque le llamase unas veces Alfonso y otras Antonio; y puedo decir que fue la primera en darme la noticia: —«Ha muerto», dijo. Fue lo que leyó en un llamativo faldón de la pantalla. Y luego añadió: —«Suárez». Aquel domingo de marzo nos dieron ganas de calamares fritos, por el olor que venía del bar de abajo —otro recuerdo de la infancia— y que entraba por la cocina. Comió pescado, que le gusta mucho. Hoy cumple 91 años y vamos a ir a Zafra para estar con ella. Ya no lee; pero voy a llevarle para que lo tenga lo que me publicó Ezequías Blanco en el último número extraordinario de Cuadernos del Matemático. Son solo dos páginas; las que ilustran por la cabeza y por el pie este asiento de blog. Lo titulé Palabras para Justa. Felicidades.

jueves, agosto 28, 2014

Peret, el muerto vivo


Genio y figura. He leído hoy que Pere Pubill Calaf, «Peret» (1935-2014), había pedido que en su entierro se cante El muerto vivo, que él tanto difundió y que hace pocos años grabó en un alegre video con Marina (Ojos de brujo) dirigido por Paloma Zapata. Si no fuese una pena grande que él no estaba tomando cañas ni de parranda, la noticia de su muerte ayer tuvo miga. Y lo peor es que la prensa, salvo excepciones, como si no hubiese ocurrido nada; como si, una hora antes de fallecer, no se hubiese difundido que el muerto estaba vivo. Que digo yo que eso también, aunque sea después de todo, es noticia. Vamos, que se puede contar. Pues no, en Hora 14, de Ana Guantes, el informativo de La SER, se dio la información sobre la muerte como si antes no hubiese pasado nada, como si El País digital no hubiese publicado más de una hora antes que Peret había fallecido. Lo escuché en directo, a las 13:06, en el programa de Santiago Alcanda Como lo oyes, de Radio 3. Había empezado con sus piezas (Paul Simon) de los «Instrumentales para una tarde de verano» y a poco del inicio, a los seis minutos, Alcanda dijo que Peret había muerto y, con reflejo periodístico, puso ya alguna pieza del cantante. Sería la una y cuarto cuando se incorporó al programa Teo Sánchez (Duendeando) para conversar con Santiago Alcanda sobre el rey de la rumba catalana. Y poco después, tras el Borriquito, es el director del programa el que dice que se han quedado helados y que algunos medios están desmintiendo la noticia del fallecimiento de Peret. Suena ¡Qué suerte!, cantada por Peret y Amparanoia, y Alcanda se disculpa por la noticia que se ha difundido, y retoma el guion del programa y pone una pieza de Barry White, que acaba con la intervención de nuevo de Teo Sánchez que aclara que el portavoz de la familia de Peret le ha confirmado por teléfono que no es cierto que el cantante haya muerto, que está en estado crítico, y que ha sido alguien buscando protagonismo quien ha difundido la noticia falsa. Nada de esto —que estoy seguro se dio en todos los medios que estaban emitiendo en directo— se ha reflejado luego en esos mismos medios. Es más, la mismísima Radio 3, y el programa Como lo oyes, tiene en su página un podcast especial «Muere Peret» que omite todo lo que he contado. Hay que escuchar completa la grabación aquí del programa para saber lo que ocurrió a partir de la llegada de la noticia de la muerte, falsa pero inminente, del bueno de Peret, que en paz descanse. No comprendo el periodismo que no sabe administrar ni digerir los errores que también son noticia.

lunes, agosto 25, 2014

Julio Cortázar, 100 años


© Archivo fotográfico de Aurora Bernárdez
Ayer vi el documental Cortázar de Tristán Bauer que puso La 2 de RTVE a las once de la noche. Cuando en los primeros minutos —tras unas palabras de «Las babas del diablo»— aparece la imagen del escritor hablando de su vida en 1977 en el mítico programa de entrevistas A fondo de Joaquín Soler Serrano, y antes se escucha el preludio de la Suite nº 1 para violonchelo de Bach, uno cree que va a encontrarse con un documental fácil y lleno de todos los tópicos sobre Julio Cortázar, del que mañana celebramos los cien años del nacimiento. No; al poco tiempo, uno se da cuenta de que el provecho que saca Bauer a los fragmentos de aquella maravillosa entrevista es como un homenaje a aquel documento cuya grandeza pone de manifiesto. La base principal es la palabra de Cortázar. Sí, las evocaciones del pasado están sacadas de aquella mítica conversación; pero también hay imágenes de una conferencia de prensa en el aeropuerto de Barajas en 1981 y de una entrevista con Daniel Mendoza en 1983; hay un paseo por París. Y hay, sobre todo, textos, que es lo que da la calidad especial a este documental de Tristán Bauer, que tiene ya veinte años. El resultado es un recorrido biográfico muy interesante, más artístico y partidario que informativo; y por eso bueno. Una lástima que nuevamente RTVE muestre tan poco respeto por los contenidos de los espacios culturales que emite, y vuelva a cortar los créditos del programa. Deben de ser una pesada eternidad los dos minutos y cuarenta y cinco segundos que dura ese colofón que ofrece información que puede interesar: títulos de los trozos de música seleccionados, filiación de los fragmentos de imágenes, agradecimientos, colaboradores, aportaciones y, además, ese telón final con la foto de Julio Cortázar con su gato Teodoro W. Adorno a su regazo. Aquí puede verse completo lo que la televisión española no quiso emitir.

domingo, agosto 24, 2014

Sant'Abbondio


© CMD 
El efecto benéfico del viaje —como el cambiar el enfermo de posición que decía Josep Pla— caduca pronto. Para algunos, en el momento de deshacer las maletas al regreso. Otros —no hay que exagerar— nos conformamos con volver a ver fotografías o releer anotaciones para recordar lo que fue un viaje que nos parece antiguo después de un mes. El más atractivo de los templos de Como —con permiso del Duomo dell'Assunta— está fuera del centro histórico más visitado. Hay que ir. Y merece la pena. Cuando lo visitamos, una de esas mañanas lluviosas en Como de este julio, una excursión de jubilados alemanes atendía a las explicaciones de una guía que quizá les estuviese hablando de las huellas de la arquitectura teutona en la basílica. Casi a oscuras. Nos pareció que a nadie se le había ocurrido echar una moneda de cincuenta céntimos de euro para disponer de unos cuantos minutos de iluminación del ábside. Entre todos los que eran el desembolso no habría sido gravoso. Mereció la pena cebar la hucha, pues se nos mostró, ya solos, aquel ábside en todo su color, con unos frescos que ofrecen imágenes de la vida de Cristo y que se alaban como testimonios de la vida cotidiana del siglo XIV del que datan. Sant'Abbondio fue el cuarto obispo de Como y sus reliquias reposan en una urna del altar; cuya representación yace allí, con sus zapatitos y todo. Me acordé del nombre del personaje de la novela que me llevé al viaje: Los novios. El primer ser humano que aparece en aquel entorno de monte y lago, de collados, vallecitos y lomas, de veredas, es el párroco don Abbondio, que acompaña al lector desde el principio al fin del relato. Me lo imaginé con su sombrero, su bastón y su breviario, en su tiempo, en una iglesia como esta. Reminiscencia de un viaje.


miércoles, agosto 20, 2014

Cadalso en San Roque


© Oficina de Turismo de San Roque

A Russell P. Sebold, in memoriam

Fue en septiembre de 2011. Pasábamos unos días en Cádiz y se me ocurrió que, a pesar de que San Roque dista de la capital unos ciento veinte kilómetros, podíamos acercarnos hasta allí para ver la tumba de Cadalso. Andaba uno afanándose en la edición de los Ocios de mi juventud del gaditano, y qué mejor motivo para el viaje que saber que nada iba a aportar a mi trabajo el conocer el lugar en el que reposan los restos del poeta. El puro gusto. Llamé el mismo día a la Oficina de Turismo del Ayuntamiento y me dijeron que la iglesia de Santa María de la Coronada abría de seis a ocho de la tarde; pero al llegar nos encontramos cerrada la iglesia. Era lunes. Tuve que conformarme con una foto del exterior, la de la calle que lleva el nombre de Cadalso en San Roque y otra de la casa en la que nació el actor Juan Luis Galiardo, que por aquellos tiempos ofrecía su imagen a Extremadura —qué cosas— y que moriría meses después. Cuando volvimos a casa, escribí una queja a la Oficina de Turismo de San Roque, que no tardó en responderme —firmaba Esther Martínez Morales— excusándose, ya que a ellos les habían facilitado la información de que abrían de lunes a sábado a esas horas excepto los domingos, que la misa era por la mañana. La excusa no quedó ahí, sino que doña Esther Martínez volvió a escribirme para resarcirme por el disgusto con el envío de un libro (Sebastián Araujo Ruiz de Conejo, La Parroquia Santa María La Coronada, de San Roque, Fundación Municipal de Cultura Luis Ortega Brú y Patronato Municipal de Deportes y Turismo, 2004) en el que se reproduce la sepultura del poeta, «situada en el pasillo central, cerca de la puerta principal y a la altura de los atrios laterales». Pero la atención tampoco quedó ahí, porque al tiempo que me anunciaba el envío de esa obra, me adjuntaba en su mensaje cinco fotografías del interior de la iglesia y de la lápida dedicada a Cadalso, dos de las cuales reproduzco aquí. En la primera puede leerse claramente el texto en latín, que, en traducción de mi amigo Luis Merino Jerez, viene a decir: D[eo] O[ptimo] M[aximo]| AQUÍ YACE | JOSÉ CADALSO VÁZQUEZ| GADITANO | CORONEL DE CABALLERÍA | CONDECORADO CON LA ILUSTRE CRUZ | DE SANTIAGO | RESTAURADOR DE LA POESÍA EN ESPAÑA | QUE | POR UN DISPARO EN GIBRALTAR | TIÑÓ CON SU PROPIA SANGRE LOS LAURELES| DE MARTE Y DE APOLO |Y DIO SU VIDA POR LA PATRIA | EL 27 DE FEBRERO DE 1773 | A LA EDAD DE 41 AÑOS | DESCANSE EN PAZ. AMÉN. Aparte algún descuido del cincelador, el error más notorio es el del año de su muerte, que fue 1782, a los cuarenta  años, pues había nacido en octubre de 1741. Sebastián Araujo Ruiz de Conejo escribe en su libro que la lápida fue colocada en junio de 1860 con un epitafio de Juan Nicasio Gallego, y es objeto de ofrenda de flores todos los 28 de febrero. Todo esto dio de sí —gracias a la gentileza de Esther Martínez Morales— nuestra visita frustrada al lugar donde reposan los restos de Cadalso y sobre la que nunca hablé por extenso a mi amigo (q.e.p.d.) Russell P. Sebold. Por eso, hoy, día 20 de agosto, que habría cumplido 86 años, he querido, según costumbre, recordarle con este relato a propósito de su buen amigo «romántico» Pepe.
© Oficina de Turismo de San Roque

martes, agosto 19, 2014

Las visitas de Caronte


Me está saliendo un agosto que se diría el noviembre de los difuntos. Lo digo por la imagen de la cubierta del libro de Vázquez Montalbán que está más abajo y el aire del poema de mi hermano «La casa de mi madre» que orgullosamente puse aquí mismo el otro martes, y que él acaba de publicar en su blog. Y porque en estos días he leído el último libro de poemas de Jesús García Calderón: Las visitas de Caronte (Sevilla, La isla de Siltolá, Col. Tierra, 21, 2014). Lo he leído con gusto. Y he escrito al autor para disculparme. No es lo mismo disfrutar con un poema de amor que con una elegía sobrecogedora. O, tal vez, sí. Con ese título no es difícil imaginar que es un libro sobre la experiencia real de la muerte de otros —un padre, una hermana, un amigo—, que es la única experiencia de la muerte real que podemos contar. Por eso, vitalmente será un libro sombrío, triste; pero literariamente no hay razón para que el lector no se entusiasme con unos versos, con un poema. En suma, que disfrute. Son treinta poemas unidos por Caronte, por el tema de la muerte, salvo —eso creo— el último, «Una breve postal desde la vida», que ya adelantó el propio J.G.C. en su blog el año pasado, y que es una exaltación íntima, un canto al goce del instante representado en el beso que es testimonio del paso de la vida. Hay más poemas que no están coloreados por el tono elegíaco y que no contienen referencias ni explícitas ni figuradas a personas concretas que se fueron; pero su melancolía («El tiempo sin principio») y su intención sentenciosa («Recuento») certifican su pertenencia al conjunto de este libro que es pensamiento sobre la muerte y el tránsito de la vida. A propósito de toda esta gravedad, me ha emocionado lo que pasa de puntillas por un poema tremendo como «El manto del olvido». A saber, la cita de un poeta, de Vicente Sabido: «Nos iremos / Nos iremos como si nunca / hubiésemos venido». Otra vez Caronte.

sábado, agosto 16, 2014

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©CMD
A Emilio Torné
Cumplir años es el mejor plan que, a estas alturas, uno puede tener en la vida. Quien dice cumplir años dice cumplir días; que tampoco está el mundo para pasar por él con la arrogancia del necio. Cuando pienso en esto a fecha fija, me sorprendo en casa buscando una pieza literaria admirada que me alimente durante un rato o que me proporcione el bienestar de volver a sentir un instante pasado repetido, repetido, repetido. Hoy he vuelto a encontrarme con un verso de Luis Cernuda, «Pasada se halla ahora la mitad de mi vida», que escribió probablemente cuando tenía treinta y seis años. Es verdad el arraigo literario en Dante; pero no sé hasta qué punto pesó más en aquel primer verso del espléndido poema de Las nubes («La visita de Dios») el cálculo del hombre que aspiraba a vivir al menos el doble de una cifra que no alcanzó. Murió a los 61 años. A mí se me ha pasado el tiempo de fijar por escrito mi propia recreación del verso de Dante. Hay otro poema monumental de ese mismo libro de Cernuda, «El ruiseñor sobre la piedra», que me viene ahora a la memoria porque lo he comentado en clase algunas veces y siempre aplicando un recurso para reclamar la atención de mis estudiantes. Leer unos versos:
           [...] Lo hermoso, lo que amamos,
           Tú sabes que es un sueño y que por eso
           Es más hermoso aún para nosotros.
Y repetirlos.
             [...] Lo hermoso, lo que amamos,
           Tú sabes que es un sueño y que por eso
           Es más hermoso aún para nosotros.

Repetirlos. Repetirlos.

jueves, agosto 14, 2014

El jardín de Prieto de Paula (y 2)


Hace ya bastantes meses que Álvaro Valverde —siempre más presto que uno para leer y dar noticia de novedades— escribió sobre Monólogos del jardín y lo hizo con tanto acierto y con tantos detalles sobre su contenido que me permito aquí la pirueta del vínculo, y hago mías sus palabras. Solo quiero añadir que envidié a los lectores del diario alicantino Información, que leyeron en sus días estas perlas de escritura consigo mismo de Ángel L. Prieto de Paula; esta poblada fuente de hallazgos gota a gota, artículo a artículo —cada semana primero; luego, cada mes—, que te lleva de un sitio a otro sin que decaigan la lucidez y el ingenio. Así que ha bastado una alusión en estos Monólogos a un torero antiguo —Fleitas, el torero sepulturero (pág. 116)—, por ejemplo, para acordarme de aquel delicioso excurso de Contramáscaras sobre «El Chani» y «El Viti», ambos charros, para concluir que no estamos libres de la afectación, y para llegar, al cabo, a una manera muy sencilla de expresar lo que uno quiere hacer: «Pues bien, yo he pretendido sincerarme en voz alta, no tanto para saber de mí como de nuestro mundo, a través de algunos signos interpretables» (pág. 10). A veces creo que uno no hace otra cosa aquí. Hablar consigo mismo y el mundo en voz alta. Gracias por escuchar.

El jardín de Prieto de Paula (1)


El jardín de Ángel L. Prieto de Paula va más allá del delicioso libro que no hace mucho —aunque ya el año pasado— publicó Huerga y Fierro Editores en su colección «Signos. Versión celeste»: Monólogos del jardín, que reúne columnas publicadas en el suplemento «Artes y Letras» —semanal primero y luego mensual— del diario alicantino Información. Más allá, porque siempre tengo ocasión desde hace tiempo de leer lo que publica Prieto de Paula. No es difícil, pues casi todo lo que escribe tiene amplia difusión; y si no la tiene, alguien —o él mismo alguna vez— me honra con el envío de lo que sale de su buen discurrir, como ha sido el caso de la edición aquí comentada de Pasto de la aurora de Carlos Salomón, que me llegó gracias a Pureza Canelo y la Fundación Gerardo Diego. Leo siempre con provecho a Ángel L. Prieto de Paula; encuentro siempre interés en todos los comentarios y apuntes que hace al hilo del asunto principal de su trabajo crítico, sea este la reseña de un libro de poemas o un artículo sobre la formación del héroe noventayochista en las novelas de Azorín. Por ejemplo, cuando se refiere en su edición del libro de Salomón al «automatismo reivindicativo» que algunos gastan al presentar «a cualquier medianía como un poeta imprescindible en su ámbito histórico» (pág. xxxiv) o cuando me permite conocer por una nota de contexto algo más sobre la «Juana García Noroña» que aparecía en aquel dicterio de Juan Ramón contra Aleixandre y otros en la revista de Lezama Orígenes en 1953 (pág. xxi y n. 19). O cuando en aquel su libro de ensayos «divagantes» Contramáscaras (Pre-Textos, 2000) diferenciaba entre el «zigzagueo impresionista» y el «imprecisionista». Afluentes cristalinos de lecturas.