martes, febrero 04, 2025

Soledad, salud y literatura

Me pregunté el otro día qué diablos hice el diez de septiembre del pasado año que me perdí la lección inaugural de este curso de la Universidad de Extremadura, a cargo de Francisco Vaz Leal. Ocupado en los preparativos de un viaje y en la lectura de un trabajo de fin de grado sobre las Cantigas de Santa María, dejaría en un segundo plano el acontecimiento sin reparar en el interés que para mí siempre suscita lo que tiene que decir este catedrático de Psiquiatría de la UEX que yo conozco desde los años ochenta como novelista. Su nombre comenzó a poblar las páginas literarias de aquella época al lograr el Premio de la Prensa de Badajoz en 1981 por su relato «Un patio con hiedra trepadora» (1981), y poco después apareció su primera novela, Los abismos de la sangre, premio Constitución en 1985. Hoy me alegro de saber que está pronta la publicación de su más reciente obra, una narración que pone en sus primeras páginas al pessoano Álvaro de Campos en una calle de Londres en 1930, Las sombras que traerá la noche, que se alzó con el Premio Cáceres de Novela Corta en su cuadragésima novena edición de 2024, un certamen del que hace muchos años quedó finalista con uno de los dos relatos que incluyó en el volumen Entre dos luces que publicó la Editora Regional de Extremadura en 1986, «Punto de distancia». Además, gozó de la confianza editorial de Manuel Vicente González y Ángel Campos Pámpano, cuando le publicaron en Del Oeste Ediciones dos novelas, No hay corazón que baste (1997) y Nada más le pido al mar (2010). Como puede verse, no es poco lo escrito y publicado por Vaz Leal en todos estos años, y prácticamente todo lo tengo en mi biblioteca y lo he leído. Así que estaba el otro día, jueves 30, en el despacho de mi decano, cuando vi sobre una mesa un ejemplar del discurso que pronunció el diez de septiembre Francisco Vaz Leal —actualmente, y desde 2016, también decano de la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud de la UEX—, y me mostré tan interesado que salí de allí con él como regalo. El título: Sobre erizos y glucocorticoides: algunas consideraciones acerca de la soledad y sus consecuencias clínicas, cuyas claves, al menos de la primera parte —erizos y glucocorticoides—, no tengo tiempo de explicar aquí. Tardé muy poco en sentarme a leer la disertación y dejarme envolver por las atrayentes e inquietantes consideraciones sobre la soledad y su morbilidad, en una línea de investigación que tiene treinta caracteres: Psiconeuroendocrinoinmunología. Prometen al principio las alusiones a media docena de escritores con cierta propensión al aislamiento social, como Emily Dickinson, Marcel Proust, Franz Kafka, Fernando Pessoa, Jerome David Salinger o Thomas Pynchon; pero es la única licencia literaria que nos regala la lección de Vaz, que inmediatamente se adentra muy técnicamente en la soledad como un problema de salud pública, con patologías como enfermedades cardiovasculares, trastornos neurodegenerativos, diabetes mellitus, cáncer y trastornos psicopatológicos como la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia o el suicidio, que se suman a los efectos sobre el cerebro o el sistema inmunológico, entre otros. Confieso que cuando ya iba a abordar la lectura del último capítulo antes de las conclusiones —«¿Es posible paliar la soledad y atenuar sus consecuencias?»—, y se me estaba poniendo cara del Septimus de La señora Dalloway, sentía unas ganas incontrolables de bajar a la calle en busca de cualquier compañía, aunque fuese mala. Fuera de bromas, es muy interesante todo lo que contó Paco Vaz Leal en su conferencia, que yo he conocido por su versión impresa íntegra —con más de un centenar de notas—, absorbido por la sabia exposición de un problema que él cierra abriendo «una ventana a la esperanza» (pág. 24) y apuntando pasos muy sensatos para tratar este asunto con los medios de nuestro sistema sanitario, y que el autor quiso resumir en un artículo de carácter más divulgativo publicado en Hoy unas semanas después de aquello. Sigo solo, pero feliz, finalmente, con mi lectura de lo que no pude disfrutar junto a decenas de universitarios aquel día de septiembre en el Edificio Metálico del Campus de Badajoz. Y no menos sano, espero. 

viernes, enero 31, 2025

Bécquer

A veces, por la gentileza de mis colegas, aporto por una clase que no es mía y, como invitado, hablo de algún texto que no está entre los de mis asignaturas. Así ocurrió hace un par de meses y pude comprobar que siguen perviviendo lugares comunes, que se repiten en los libros de textos, y que, cuando adviertes sobre su impropiedad, la noticia cae como un bombazo. Un bombazo sobre una novedad que tiene ya más años que un saco de loros, como la invención del 98, o, como en el caso que ahora me ocupa, la consideración de Gustavo Adolfo Bécquer como poeta romántico en temas de Secundaria y Bachillerato que suelen tener enunciados del tipo: «El Romanticismo. La poesía romántica. José de Espronceda. Gustavo Adolfo Bécquer. Rosalía de Castro. El teatro romántico. La prosa romántica.». Hoy, que hemos reanudado el curso después de los exámenes de enero en un parón que a mí se me sigue antojando demasiado largo, me he acordado de esto y he hablado de Bécquer porque venía a cuento, sin demorarme en mencionar lo que ahora dedico a mis alumnas y alumnos de Filología Hispánica, que ven tan innovador lo que es ya asumido por muchos lectores de este autor que para Luis Cernuda fue una de las figuras que más ha deformado, al apropiársela, el público: «Un artista no sólo puede ser incomprendido cuando se le desdeña, sino también cuando se le admira. Y éste ha sido, después de su muerte, el caso de Bécquer», dijo el poeta sevillano en una conferencia en el Ateneo de Alicante en febrero de 1935. Y tanto. Pues bien, y por sumar un ejemplo reciente, hace muy pocas semanas, Lola Pons, la catedrática de Historia de la Lengua Española de la Universidad de Sevilla, escribió un artículo titulado «Las mentiras del año nuevo» (El País, 28-12-2024, pág. 12) en el que aludió al Panteón de Sevillanos Ilustres y a la tumba de Gustavo Adolfo Bécquer, como «la más fotografiada por los visitantes». Y añadió lo siguiente: «Los más jóvenes se apañan para insertar en alguno de los recovecos del sepulcro del poeta papelitos con ruegos de amores y desconsuelos románticos. La investigación filológica lleva años descubriendo que el Bécquer asociado al amor doliente que nos ha transmitido la recepción moderna es una enorme y conveniente mentira, pero es tan literaria y abrazada por los lectores que es imposible desplazarla. En esa mentira se sostiene la esperanza de quienes enrollan estas notas de amor como si fueran el mensaje de un espía soviético». El subrayado es mío. Y también la intención de que esto sirva de recordatorio para los que me han escuchado en clase.

domingo, enero 19, 2025

Notas de voz

En alguna ocasión Olvido García Valdés se ha referido a la fase de montaje de sus libros de poemas como el momento en el que se decide buena parte de su intención y significado. En una conversación con la llorada poeta Marta Agudo publicada en Letra Internacional en 2009 aludió a las dificultades de abordar un montaje distinto de los libros ya publicados, cuando, por ejemplo, editó su poesía reunida en Esa polilla que delante de mí revolotea (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008): «Siempre he pensado que mis libros se deciden en el trabajo de montaje, ese trabajo final sobre un corpus más o menos amplio de poemas escritos durante una época. Y tenía la sensación de que, dada la persistencia a través del tiempo de determinadas «raíces» o «motores» de escritura (y tal vez es eso lo que acaba conformando el mundo o, mejor, la visión del mundo en un poeta), dada esa persistencia —digo— podría tejer con todos los libros un libro distinto —el mismo y distinto— mediante un montaje que los tramara de otro modo. Y no ha sido así. Los libros sencillamente se resistieron y negaron a la operación; como si con el tiempo hubieran adquirido una autonomía y una entidad que ya no me permite intervenir en ellos; son así y en ese ser así ya no son míos». En aquella compilación, el último libro incluido fue Y todos estábamos vivos, que había aparecido en Tusquets en 2006, y en el contexto temporal y creativo de esa obra se inscribe esta preciosa edición de la Fundación César Manrique: Entre 2001 y 2006. En el curso de Y todos estábamos vivos (Lanzarote, Colección de Poesía Péñola Blanca, 2023). Preciosa edición en una cuidada colección «que alberga títulos muy queridos por mí», dice Olvido García Valdés en una nota liminar. (Y quizá convenga recordar esos títulos en su cronología, porque concuerdan con el mundo estético e intelectual de la autora: Manuel Padorno, Desvío hacia el otro silencio (1995), Antonio Gamoneda, El vigilante de la nieve (1995), José Ángel Valente, Nadie (1996), Joan Brossa, Poemes-Poemas (1997), Francisco Pino, Tejas: lugar de Dios. Obertura (2000), José Miguel Ullán Órganos dispersos (2000), Juan Gelman, Tantear la noche (2000), Carlos Germán Belli, En las hospitalarias estrofas (2001), Jorge Eduardo Eielson, Nudos (2002), Antonio Gamoneda, Cecilia (2004), Eugenio Padorno, Cuaderno de apuntes y esbozos poéticos del destemplado Palinuro Atlántico (2006), Claudio Rodríguez, Poemas laterales (2006), Andrés Sánchez Robayna, En el centro de un círculo de islas (2007) y Carlos Edmundo de Ory, Novísimos aerolitos, de 2009). Al lector de Olvido García Valdés se le ofrece, en esta combinación de poemas y de prosas de escritura coetánea al «curso» o proceso y tiempo de creación de Y todos estábamos vivos, una suerte de ampliación a manera de contexto —o junto al texto— del dado por la autora como texto definitivo para su publicación. No son borradores, fueron descartes en su día que hoy el lector puede acoplar sin disonancia con el sentir de aquel libro. Son notas de la voz principal de Olvido García Valdés en su creación en marcha que permiten visualizar una escritura en el curso de otra, en simultaneidad a la conformación de un libro que fue el de 2006, y que ahora aportan una con-textualización muy enriquecedora —no necesariamente esclarecedora o explicativa— a aquellos poemas a los que ya aludió la propia autora en uno de los textos «De la escritura» que cerraron Esa polilla..., en concreto, el último, el titulado «Después de Y todos estábamos vivos». Este cuaderno que publica ahora la Fundación César Manrique amplía y precisa algunos apuntes sobre aquel libro, como su construcción en tres partes («Lugares», que se llamó antes «Lugares de Perséfone», «No para sí», que sale de un poema de Nuno Gonçalves, y «Sombra a sombra», que remite al Vallejo de Trilce), el añadido de más de cuarenta poemas, entre los que hay elementos de lo real —«urraca, cuervo, helechos»— que el lector conoció en Y todos..., del que algún verso o expresión («Vamos cayendo como moscas») reaparece ahora en las anotaciones fechadas de esta entrega especial de la poeta asturiana. Una extensión de su temperamento poético o de su voz poética que algunos lectores agradecemos por motivarnos a volver a un pasado acotado —entre 2001 y 2006— para leer de un modo tan singular que se diría que estamos releyendo.

miércoles, enero 08, 2025

Lecturas a poniente

 

La reunión de las reseñas de Álvaro Valverde publicadas en su blog desde marzo de 2006 —en que aparece una sobre Entre una sombra y otra, de Basilio Sánchez— hasta mayo de 2023 —cuando publica sobre El baile de los pájaros, también de Basilio Sánchez— es lo que ofrece este libro, Lecturas a poniente. Poesía en Extremadura (2005-2024) (Editora Regional de Extremadura —Col. Perspectivas, 14—, 2024), que viene a ser un complemento de aquel otro del mismo autor Porque olvido. Diario (2005-2019) (Editora Regional de Extremadura —Col. Perspectivas, 10), 2020), que recogía muchas de sus notas personales publicadas en el mismo sitio. Decir esto es decir poco, o, simplemente, limitarse a señalar el rasgo externo de este volumen de más de cuatrocientas cincuenta páginas. Es lo que daría una mera ficha de catálogo o un comentario de urgencia. Lo importante de esto no está tanto en los materiales —a fin de cuentas, ya conocidos y difundidos en su muy seguido blog—, sino en la construcción o montaje de un libro con su organización, sus partes e incluso sus retoques. De tal modo que a lo azaroso o circunstancial que pudo explicar en su día la escritura de un comentario sobre una novedad poética —su presentación pública, por ejemplo— se suma ahora una voluntad —sin intención canónica ni preceptiva, como Álvaro Valverde explica en su texto introductorio «In limine» (págs. 11-12)— de ordenar el objeto principal del libro como realidad literaria en un tramo temporal y, por consiguiente, un trozo de historia literaria: la poesía en Extremadura desde 2005 hasta 2024. Así, y prescindiendo del citado liminar como único texto escrito para esta edición y de un «Epílogo» (págs. 433-436) que recupera un artículo sobre la crítica en España aparecido en la revista Quimera en mayo de 2021, la obra se articula en tres partes: «Los libros», «Las antologías» y «Otros textos», lo que supone ya una manera de destacar algunas singularidades del panorama que se ha ido poblando precisamente de los hechos sobre los cuales ha fijado su mirada Álvaro Valverde a lo largo de los últimos dieciocho años. Aunque la intención es solo «hablar de libros», se impone inevitablemente la lista de autores, de modo que la sección «Los libros» se ordena alfabéticamente por apellidos, desde Javier Alcaíns hasta José Antonio Zambrano. En total, muchos, sesenta y cuatro. Y más los libros, unos ciento cincuenta, pues hay poeta —es el caso de Pureza Canelo— que tiene menciones a más de media docena de obras, incluyendo De traslación, que se ha despistado del «Índice bibliográfico» que da cuenta de los nombres y de los títulos recogidos en todo el volumen (págs. 437-446). Y aunque la fuente principal es el blog de Álvaro Valverde, como lo fue para Porque olvido, en la pensada factura de este recuento de años también hay reseñas y artículos publicados por su autor en revistas como Cuadernos hispanoamericanos, Turia, Suroeste, Nayagua, El Espejo, Quimera, El Cuaderno, suplementos como El Cultural, y periódicos como el diario Hoy. De todo se da noticia en otro de los complementos de estas páginas —y nueva prueba de su montaje de posproducción—, «Otras referencias bibliográficas» (págs. 449-451). Cuando apareció —ya en 1985— la antología Abierto al aire — a la que Álvaro Valverde dedicó una entrada en su blog en junio de 2016 (ahora en págs. 365-367)— algunos pensamos que se quedaban fuera de ella dos de las voces más relevantes de aquellos primeros pasos de la joven poesía de autores nacidos entre 1954 y 1966, las de los dos antólogos, que, afortunadamente, tardaron poco en despuntar en los años siguientes con libros importantes, como Las aguas detenidas (1989) y Una oculta razón (1991), que fue Premio Loewe, de Álvaro Valverde, o La ciudad blanca (1988) y Siquiera este refugio (1993) de Ángel Campos Pámpano. Por la misma razón autorial, Lecturas a poniente conlleva la carencia de que en la construcción de este pedazo de historia de la poesía en Extremadura no aparezcan hitos descollantes como algunas obras de Álvaro de estos últimos quince años, Desde fuera (2008) o Más allá, Tánger (2014), El cuarto del siroco (2018) o Sobre el azar del mapa (2023). Lógico; pero al lector no se le ha privado de una especie de confesión poética hecha como de tapadillo en un supuesto comentario sobre Andrés Trapiello —así figura en el índice— que resulta una jugosa reflexión sobre la presencia del campo en la poesía valverdiana (págs. 333-335). De distinta índole son otras lagunas del panorama poético que no pretende revisar ni componer el Álvaro Valverde autor de las entradas de su blog y, menos, el de su recomposición en este libro. Por ejemplo, las de autores de larga trayectoria como José Antonio Ramírez Lozano, Santos Domínguez o Diego Doncel, que han desarrollado una creación importante en el primer tercio del siglo XXI; o la de alguien casi invisible como Demetrio Meléndez Díez, cuya Poesía elemental publicó el sello de RIL editores Aerea en 2021, y cuya autoría corresponde al zafreño Francisco M. Muñoz, autor también de la estimable novela Doscientas veintisiete páginas (RIL editores, 2023). En orden también a ausencias o presencias, cabe aludir a otra marca de la posproducción que significa este libro de lo que fueron entradas en una bitácora: la exclusión del poemario de Fernando Pérez Fernández Término medio (Aerea, de RIL, 2023), de cuya aparición, sin embargo, Álvaro Valverde se hizo eco en su blog (19.01.2023), pero en un texto de un tono sentimental y evocativo de imborrables amistades en el que se posponía para una ocasión futura el comentario sobre los poemas. Un exquisito celo en la selección de los materiales de la tarea constante y llena de lucidez de Álvaro Valverde en todos estos años. Y que imagino ha ocupado al autor en la decisión final de incluir textos como los dedicados a Conversaciones y semblanzas de hispanistas, de Juan Manuel Rozas, y a José María Valverde (págs. 407-412 y 417-419, respectivamente), en los que ha pesado más el recuerdo en homenaje; o como —y aquí es menos justificable la inserción— «Una anécdota», sobre una lectura poética en Granada —invitación mediante de Antonio Carvajal— que no se celebró por razones laborales de Valverde, y que motiva la reflexión y la queja por las dificultades de conciliación de los escritores que son reclamados para estas actividades, y que activó un programa de becas que Álvaro Valverde menciona en esta breve nota publicada en su blog en enero de 2011. Se incluyen estos capítulos en la sección «Otros textos», en la que encuentran acomodo escritos de motivación y objeto diversos, como los premios literarios, el balance de un año poético (el «histórico» 2018), la «Plaga Lírica» placentina (Álex Chico, Víctor Martín Iglesias, Juan Francisco Fuentes, Víctor Peña Dacosta y José Manuel Chico Morales) o el muy recordado amigo Ángel Campos Pámpano en entradas que van de 2009 a 2022. Más explícita es la sección «Las antologías», en la que Valverde alude a ordenaciones selectivas del panorama publicadas en los últimos años, desde las «últimas voces» de Matriz desposeída (2013) o los «poetas emergentes» de Piedra de toque (2017), hasta los «poetas extremeños en el exilio» de Diáspora (2019), junto a otras muestras dadas en revistas o colecciones. Ya he apuntado que la voluntad de estas Lecturas a poniente no es historicista, y menos, canónica, por lo que resultará fútil tener en cuenta estas alusiones a menudencias o ausencias, más allá de tomarlas como modestas notas de situación sobre una realidad a la que remite el subtítulo —Poesía en Extremadura (2005-2024)—, y que se ha querido tener en cuenta en la programación de una presentación de este libro de Álvaro Valverde que tendrá lugar este viernes 10 de enero de 2025 en la Biblioteca Pública A. Rodríguez-Moñino/María Brey de Cáceres (19:30 horas), en la que tendré el gusto de participar junto a los escritores Sandra Benito, Jordi Doce y Luis Sáez Delgado bajo el rótulo «Panorama de la lírica extremeña en el primer cuarto de siglo». Pues, en efecto, lo que ha hecho el autor ha sido poner los ojos sobre una realidad y presentarla en la reelaboración de montar una obra nueva, unas notas hermanadas por su localización «a poniente», y es ahora cuando toca al lector, con el libro en la mano, sacar algunas conclusiones sobre el panorama de fondo. Y todas serán celebrativas.



viernes, enero 03, 2025

Palabra en el tiempo

© Ramón Gaya. Viñeta para la colaboración de Machado «Sigue hablando Mairena a sus alumnos» publicada en el núm. II de Hora de España (febrero 1937)

«Va ya que echa hostias», me dijo R., camarero en el barrio, cuando le felicité el año nuevo esta mañana. Me veo todavía allí parado, con el periódico y la bolsa de los pimientos verdes para el sofrito, y un runrún del fluir del tiempo que todavía me dura, como puede apreciarse. Me acordé de Antonio Machado, sin más, y de la poesía como un arte temporal. Por fin este año habrá una excusa con el sesquicentenario de su nacimiento para recordar a tan extraordinario poeta, por el que ahora sobrevuelo en los planes de estudios de las universidades españolas para conocer su presencia en los programas; y me da un escalofrío del que me repongo al buscar los alejandrinos de Soledades: «Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita.» Leí el periódico en la cocina: «El terror golpea EE UU en vísperas del regreso de Trump a la Casa Blanca» —nótese cómo se dan dos malas noticias en un titular—, «Israel mata a los jefes de la policía de Hamás y a medio centenar de gazatíes en un bombardeo», «Dolor y rabia en el funeral de cuatro niños asesinados en Ecuador», «Un hombre confiesa que mató y quemó a una mujer en Almería». El arroz quedó bien, R. habrá terminado ya su turno y esto va que se las pela.

miércoles, enero 01, 2025

Año Nuevo

«Advierto a los oyentes habituales de letras de reguetón que este contenido puede herir su sensibilidad». Lo ha dicho esta mañana Martín Llade al final de su retrasmisión del Concierto de Año Nuevo, antes de leer —mal, demasiado deprisa, acuciado por el cierre— el poema «Porvenir», de Ángel González, a quien recordó porque se cumple este año 2025 el centenario de su nacimiento. «Te llaman porvenir / porque no vienes nunca. / Te llaman: porvenir, / y esperan que tú llegues / como un animal manso / a comer en su mano. / Pero tú permaneces / más allá de las horas, / agazapado no se sabe dónde. / ...Mañana! / Y mañana será otro día tranquilo / un día como hoy, jueves o martes, / cualquier cosa y no eso / que esperamos aún, todavía, siempre». Antes, al principio del concierto, y después de sonar el «Vals de las golondrinas de pueblo», de Josef Strauss, soltó: «Pronostico que los pajaritos de barro se van a agotar hoy en Amazon». Sigo con esta manera de enaltecer el hábito y vaya por delante de nuevo mi admiración por Riccardo Muti, el director en quien ha recaído por séptima vez la responsabilidad de dirigir el Concierto de Año Nuevo desde la Sala Dorada del Musikverein. Y por Martín Llade, que ha recordado también el segundo centenario del nacimiento de Johann Strauss hijo —gran protagonista del concierto— y el de la muerte de Antonio Salieri, con mención del libro de Ernesto Monsalve, Salieri. El hombre que no mató a Mozart (Rialp, 2024). Nombró igualmente a las escritoras Carmen Martín Gaite y Ana María Matute, nacidas en el año 1925, el mismo año que murió el compositor Erik Satie, a quien también ha dedicado una palabra esta mañana musical. ¡Viva Mozart!

martes, diciembre 31, 2024

Libro mediterráneo de los muertos

Es uno de los libros sobre los que más he vuelto a lo largo de todo este año y uno de los que más unanimidad ha suscitado entre todo lo conocido por mis amigas y amigos. Publicado en 2023, sus aguas se han dejado notar a lo largo de 2024 con inusitada aclamación, y muchas han sido las ocasiones en que he hecho algún apunte sobre este libro fascinante. Todavía con los ecos de la concesión del Premio Internacional de Poesía Margarita Hierro/Fundación Centro de Poesía José Hierro en noviembre de 2022, Mª Ángeles Pérez López acudió al Aula José María Valverde de Cáceres en febrero de 2023, donde leyó algún poema de su obra inédita —«Re es a raíz como rem a matriz» se incluyó en el cuadernillo de la lectura como texto del Libro mediterráneo de los muertos en prensa—, que dejó de serlo ese mismo mes para iniciar una andadura llena de aplausos y reconocimientos que asentaban la idea expresada por ahí de que la mejor poesía española de los últimos tiempos la están escribiendo las mujeres. Este libro me removió, en este orden, por su inspiración como acto de lenguaje, y por la fuerza de su sentido ético. Ambos rasgos son los que lo sitúan en la línea de la historia, la literaria de la poesía del primer tercio del siglo XXI y la historia social del mismo tramo de un tiempo que incluye tantos avances que a veces no vemos que sigue agrandándose la desigualdad entre los vivos y los ahogados. Al poco de su publicación en Pre-Textos aparecieron las primeras reseñas, que pusieron de manifiesto que libros así no caben en estrecheces de urgencia; que, por el contrario, piden la infrecuente calma para la reflexión y el análisis de páginas que no tardaron en darse en medios como la revista Nayagua, con la sugerente lectura de Ernesto García López, o en la posibilidad de construir con la autora una conversación de la índole de la que se publicó en Adiós cultural (núm. 161, de julio de 2023), de Javier Gil Martín, luego reproducida en Vallejo & Cº  ya en este 2024 en el que, en mayo, Libro mediterráneo de los muertos recibió el IV Premio Nacional de Poesía Juan Meléndez Valdés a la mejor obra publicada en 2022 y 2023, y cuyo jurado destacó como poesía orgánica contra la indiferencia en un libro valiente y arriesgado, en el que cada poema «es una semilla que germina en la fertilidad del lenguaje para crecer y entrelazarse, como una planta hermosamente invasora, con los otros poemas», dada su disposición en ocho poemas en prosa extendidos en sus correspondientes notas como un todo. Por el volumen de comentarios críticos y otros ecos derivados de los versos de Mª Ángeles Pérez López, en un 2024 que este noviembre nos dio una primera reimpresión del libro, con otras reseñas relevantes de José Mª Balcells o Antonio Daganzo, que he ido anotando en estos meses, me he animado a dejar aquí esta crónica de un libro de una repercusión extraordinaria que he podido conocer de cerca y en vivo a lo largo de este año que termina en pocas horas. Feliz 2025.

sábado, diciembre 28, 2024

Una aparente inocentada

Tomo notas para escribir algo sobre la reciente edición crítica del Lazarillo de Tormes de Luisa López Grigera (Madrid, Arco/Libros-La Muralla, 2024), y me he acordado de cuando se hizo público el hallazgo de la conocida como Biblioteca de Barcarrota, además de la adquisición por la Junta de Extremadura de aquel tesoro de libros y el compromiso del gobierno regional de velar por su conservación y fomentar su difusión e investigación. Se hizo en una rueda de prensa celebrada en la sede de la presidencia de la Junta la mañana del miércoles 27 de diciembre de 1995, en la que participó Toni Saavedra, propietaria de la casa donde se encontró el alijo, junto a Juan Carlos Rodríguez Ibarra y el consejero de Cultura y Patrimonio Francisco Muñoz Ramírez. Al finalizar el acto, que hubo que agendar con ciertas prisas y con las dificultades de las fechas navideñas, alguien reparó en que la noticia se publicaría el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, por lo que titulares de periódicos nacionales como «Descubren la que podría ser segunda edición de ‘El Lazarillo de Tormes’» (El País, 28-12-1995, pág. 31) o «Encontrado un Lazarillo de Tormes de 1554» (Diario 16, 28-12-1995, pág. 26) podrían ser leídos con la prevención del día. ¿Un ejemplar desconocido del Lazarillo hallado emparedado junto a nueve impresos más y un manuscrito del siglo XVI en una vivienda de Barcarrota (Badajoz)? A alguno pudo parecer aquello una inocentada que, por fortuna, resultó ser una noticia tan verdadera como feliz.

miércoles, diciembre 25, 2024

La orilla del camino

Pienso en lo ingrato que es para el reseñador y para lo reseñado escribir sobre un volumen colectivo. Pongo por caso, las actas de un congreso que reúnan casi una veintena de trabajos que necesariamente hay que mencionar con algún apunte sobre su contenido y aportaciones, y, por consiguiente, ocupar la mayor parte del poco espacio disponible sin haber podido desarrollar matices de interés. Se me ocurre ahora cuando escribo sobre este libro de relatos, que no es colectivo, sino de un solo autor; pero que, por su copiosidad plantea esa dificultad al comentarista que no quiera abrumar al lector con un exceso de páginas. Este extraordinario La orilla del camino, de Emilio Gavilanes, publicado en su serie de Narrativa por la editorial Pre-Textos este 2024 que toca a su fin, contiene ciento cincuenta y ocho cuentos, que es un número que sobrepasa considerablemente la composición habitual de un libro de relatos. Borges reunió en Ficciones diecisiete piezas, Final del juego de Cortázar tuvo una más, y hay nombres como Antonio Pereira cuya obra cuentística completa no asciende a mucho más de doscientos títulos. Así que, si uno tiene en cuenta —y en cuento— que Emilio Gavilanes es autor, además, de varios libros de narrativa corta (La tabla del dos, de 2003; El río, de 2005; El reino de la nada, de 2011; Historia secreta del mundo y Autorretrato, de 2015), estamos ante un caso notable de producción literaria, al que hay que sumar varias novelas y otras entregas de textos en prosa y verso (haikus). Con la dificultad aludida, me centro ahora en la colección La orilla del camino, que recoge textos en su mayor parte inéditos —algunos se incluyeron ya en Autorretrato, como «Historia Sagrada», «Jesús niño recuerda que es Dios», «Sobre el abismo del mar», «Una página de Kipling»...; y la revista Quimera publicó en 2018 «Otra leyenda medieval»—; y que se organizan en el volumen obedeciendo a un criterio cronológico por la materia de los textos. Es destacable esta voluntad constructiva del autor, ensayada ya en Historia secreta del mundo, que sitúa las historias míticas o de la más lejana Antigüedad en el primer tramo del libro, para ir avanzando por la Edad Media, los siglos XVI, XVII, XVIII («Los peregrinos» —pág. 154— hacen el Camino de Santiago en marzo de 1730) o XIX, hasta llegar al siglo XX que enmarca una sesentena de textos como bloque más numeroso del conjunto, que se cierra significativamente con uno de los relatos más extensos («Guerra en el tiempo»), sobre una suerte de viaje temporal, y un texto, brevísimo —tiene cuarenta y ocho palabras— y atemporal, «Apocalipsis». También aporta variedad la muy diferente extensión de los textos, aunque abundan los breves, que van del microrrelato de veinticuatro («Tiempo sagrado») o cuarenta y siete palabras («Profecías»), hasta los muchos que no pasan de dos páginas. Tiende el autor en general a la concisión verbal, a lo explosivo y preciso; pero también hay textos más largos, que se apoyan en recursos de cohesión muy logrados, como ocurre en «Tercera oportunidad» —págs. 285-304—, quizá el más largo de La orilla del camino, con el enfrentamiento entre el hombre que sonríe y el hombre que no sonríe. En otras piezas el título es un paratexto esencial que dilucida el cuento, como en «Muerte del caballo de Juana de Arco» —págs. 54-55— o en «1937, la niña Elisa Cuarental mira a su alrededor con atención» —págs. 305-306—, en donde no es una cartela que aísla el motivo fundamental del relato, sino que es texto de la narración, más que paratexto. Emilio Gavilanes sabe que los materiales del contador de historias abarcan desde los tiempos antiguos a los modernos, que provienen de lugares oscuros y cerrados y de bosques y llanuras, que pueden estar en la Bretaña francesa, en Sonora, en Hiroshima o en Medina del Campo, que sirven para tratar lo sublime y lo insignificante, y que son de los héroes, pero también de los villanos; y su libro, que tiene eso y más, es una incuestionable demostración de ese conocimiento del oficio. Una fuente principal de la que extrae el autor sus ingredientes está en la literatura, que es hilo de un buen número de relatos, a veces como un mero pretexto para montar una pieza logradísima, como ocurre con «El río» y sus personajes, que son «Víktor Koreliev e Ivana Repin, pareja de escritores románticos ucranianos, que, siguiendo el modelo de Heinrich von Kleist y su mujer Henriette Vogel, han resuelto suicidarse» (pág. 178). Valga como otro ejemplo espigado entre los muchos que pueden escogerse de la maestría de Gavilanes, para, si acaso, volver a sugerir con ello el aprieto de escribir de las cuatrocientas páginas de cuentos de La orilla del camino sin retardar mucho un punto final.  

domingo, diciembre 15, 2024

Bartolomé José Gallardo 5.0 (II)

Un ejemplo del interés del Ensayo de Gallardo al que alude Ana Martínez Pereira en el estudio introductorio de este tomo quinto lo encontramos en la entrada «Fernández de Moratín, Leandro», pues recoge la trascripción manuscrita de Rodríguez-Moñino de un manuscrito perdido de noventa y nueve hojas que contenía las apuntaciones del dramaturgo madrileño para su Historia crítica del teatro español, «que jamás vio la luz», como anota la investigadora responsable de esta edición: «Este manuscrito hoy perdido de Leandro Fernández de Moratín contiene interesantes y novedosas informaciones sobre la escena barroca, procedentes de otros manuscritos igualmente perdidos» (col. 255). De Gallardo a Moñino; y con los dos, nos beneficiamos ahora de este valioso repertorio. ¿Nos beneficiamos?, cabe preguntarse al tomar en consideración las circunstancias de publicación (?) de este volumen quinto del Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos de Bartolomé José Gallardo. Parece mentira; y no sé si va a seguir siendo verdad lo que dejó escrito don Antonio Rodríguez-Moñino y que Ana Martínez Pereira ha elegido como exergo de esta edición: «Don Bartolomé José Gallardo ha sido uno de los hombres de más negra suerte que ha habido en España. Del gremio de los vencidos, su historia la escribieron sus implacables vencedores, y así no hay insidia ni calumnia que no se haya esparcido sobre su persona». Y tan negra suerte, sí, si esta magnífica edición de la continuación de su Ensayo no puede distribuirse comercialmente, por carecer del ISBN apropiado, ni todavía se ha presentado convenientemente. No conozco más eco de su aparición que una reseña de Manuel Pecellín Lancharro, siempre bien informado de toda novedad bibliográfica y siempre presto a hacerse eco de ella, que salió con el título de «Las papeletas de Bartolomé J. Gallardo» en Hoy el sábado 15 de julio de 2023 (pág. 42). Nada más, que yo sepa. La Unión de Bibliófilos Extremeños todavía no ha programado una presentación, que, a estas alturas, siempre resultará extemporánea y forzada por unas circunstancias indeseables. Pero, como escribió Gallardo con sus características grafías, «Sin libros podemos dezir qe no ai enseñanza, i sin buenos libros no la ai buena». Buena enseñanza, pues, se extraerá de este libro suyo si se presenta y se destaca la información valiosa que tiene para el conocimiento de nuestra historia literaria, para añadir datos a la biblioteca de Juan Nicolás Böhl de Faber, por ejemplo, o para la historia textual de la Propalladia de Torres Naharro, cuyas ediciones de 1573 y 1520 se cotejan en unos papeles (cols. 764-793) que no llegaron a publicarse en el último tomo del Ensayo y que pueden resultar sorprendentes para muchos. Si cupiese la presunción de que alguien se interesara por la biografía del extremeño Bartolomé José Gallardo, sería un lugar común aludir a sus muchas desgracias, desde su persecución por la publicación del Diccionario crítico-burlesco, su exilio en Londres entre 1814 a 1820, o la pérdida de sus papeles y libros en el río Guadalquivir en junio de 1823, entre otros de sus muchos infortunios. Con este libro publicado, no se me ocurre otro modo que este para llamar la atención y reclamar una reparación al silencio que rodea a un hecho cultural de importancia, para, al menos, parar algo la prolongación de esa pertinaz mala fortuna de Bartolomé José Gallardo. 

Bartolomé José Gallardo 5.0 (I)

Se va el año y casi lo dejo pasar sin recoger aquí un comentario sobre un hecho editorial que me parece de innegable importancia para los estudios histórico-literarios. En realidad, la novedad tiene dos años, si atendemos al pie de imprenta, aunque yo no me hice con un ejemplar hasta diciembre de 2023, precisamente en Campanario, y pude confirmar luego la trascendencia de la publicación del tomo quinto del Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos de Bartolomé José Gallardo (Campanario, 1776-Alcoy, 1852), la monumental obra que recibió póstumamente, en 1862, el Premio de Bibliografía de la Biblioteca Nacional de España, y fue publicada en cuatro tomos entre 1863 y 1889. Impulsaron su edición los bibliotecarios Manuel Remón Zarco del Valle y José Sancho Rayón «con los apuntamientos» de Gallardo, y modernamente dispusimos de tan utilísima obra gracias a la edición facsimilar que sacó la Editorial Gredos en 1968. Editar ahora una prolongación de ese empeño bibliográfico es algo enormemente relevante y quienes lo han promovido merecen un reconocimiento inmenso. Sobre todo, la experta e investigadora que ha tenido la responsabilidad de preparar esta magnífica edición, Ana Martínez Pereira, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y autora de libros sobre las cartillas y manuales de escritura en el Siglo de Oro y que fue quien ganó en 2005 el Premio de Investigación Bibliográfica que lleva el nombre de nuestro polígrafo, en su octava edición, con su obra Manuales de escritura de los Siglos de Oro. Repertorio crítico y analítico de obras manuscritas e impresas, publicada en 2006. Esta puede ser una descripción completa de esta edición moderna del quinto tomo de Gallardo: Bartolomé José Gallardo, Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos. Formado con los apuntamientos de                      . V tomo. Ana Martínez Pereira (Ed.), Badajoz, Ayuntamiento de Campanario y Diputación Provincial de Badajoz, 2022, 95 + 454 págs. Por diferenciar las dos paginaciones del volumen,  la de la introducción de Ana Martínez Pereira «Las anotaciones de Bartolomé José Gallardo y el Ensayo de una biblioteca de libros raros y curiosos: un viaje del siglo XIX al XXI» (págs. 9-22), seguido del «Registro de fondos» (págs. 23-85) y la «Bibliografía» (págs. 87-95), y la de las fichas del Ensayo por orden alfabético de autores o títulos y materias, dispuestas en dos columnas por página, que, como se hiciese con la edición del siglo XIX, van numeradas (1-906). Sí, porque esta continuación del gran repertorio gallardino imita algunas —el tipo de papel no— de las características de los tomos anteriores, tal y como se reprodujeron por Gredos en la serie de Facsímiles de su colección Biblioteca Románica Hispánica, a su tamaño de 27,5 x 18 cm., con encuadernación en cartoné y con la sobrecubierta crema jaspeada. Mucho ha tenido que ver en la publicación de esta obra la Unión de Bibliófilos Extremeños, presidida por Matilde Muro Castillo, que durante años albergó el proyecto de investigar y publicar el conjunto de las papeletas de Gallardo que no se dieron a conocer en su momento, un proyecto que ya tuvieron personalidades como Pedro Sáinz Rodríguez y Antonio Rodríguez-Moñino, y que en las últimas décadas también impulsaron Joaquín González Manzanares y Bartolomé Díaz Díaz desde la UBEx y Víctor Infantes. De estos antecedentes se da cumplida noticia en la introducción escrita por Ana Martínez Pereira, que no solo describe los tres fondos fundamentales que contienen esos papeles de Gallardo —la Fundación Universitaria Española de Madrid, la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander, y la Real Academia Española de Madrid—, un material inédito que «superaría con mucho la extensión de un volumen manejable y similar a los cuatro primeros» (pág. 21), sino que relaciona su contenido en el impagable apartado de «Registro de fondos» que ya he mencionado arriba. Lo que la editora toma, con buen criterio, como base de su edición del Ensayo es la selección que hizo Rodríguez-Moñino y que se conserva en diferentes cajas en la RAE. De ese modo, dice Ana Martínez Pereira, la publicación de este tomo quinto es un doble homenaje, a Gallardo y a su valedor Moñino, y añade: «Hoy el interés histórico es superior al bibliográfico. Actualmente disponemos de medios digitales y editoriales para acceder a las informaciones bibliográficas que con tanto esfuerzo e intuición reunió Gallardo, pero sus comentarios agudos y su consulta directa de textos hoy perdidos, son motivos más que suficientes para recuperar sus anotaciones, sumamente interesantes para el historiador de la literatura y la bibliografía y para el crítico literario» (pág. 22). Sigue. 

lunes, diciembre 09, 2024

Las miradas de Pilar Bacas

© Jorge Rey. Hoy

En esta fotografía de Pilar Bacas Leal (Cáceres, 1950-2024), con ese ejemplar de uno de sus últimos libros —el último fue Un parque a las afueras. El Paseo Alto de Cáceres y sus alrededores (Cáceres Verde-Ateneo de Cáceres, 2024), presentado ya en su ausencia por Sara Fontán y Teresa Corcobado el pasado 27 de noviembre—, creo que se resume cumplidamente lo que se me muestra de ella en la hora de su muerte. En la instantánea que me prestan Jorge Rey, su autor, y el diario Hoy, que la publicó el pasado mes de marzo, está la mirada de Pilar, está su libro y están los ojos de esa niña de la cubierta. Miradas es un título idóneo para distinguir la actitud vital e intelectual de una mujer que se ha entregado a escudriñar sobre lo otro —siempre en una línea del tiempo, siempre como lección del pasado— para ofrecerlo a los demás, casi con un afán de servicio, como el que mira primero con la deleitación de quien descubre o con el placer redoblado del que revisita un lugar conocido, para regalar luego su mirada a los que leen. En la mirada de Pilar Bacas no hay más filtro que el sentimental, responsable de que lo que nos llega lo haga lleno de apasionamiento y cariño. Miraremos a Pilar Bacas, a la «profesora, escritora, divulgadora, activista, historiadora», escribí sin adjetivos, que surgen de manera natural a poco que se la evoque: «Luchadora y comprometida», la llama María José Castro; «libre e irrepetible», escribe Francis Acedo; «inteligente, intelectual, comprometida, feminista, ecologista, luchadora», detalla María Karmo, en Facebook, hoy mismo. Cáceres le debe todos los reconocimientos y homenajes, que estoy seguro irán llegando en forma de reafirmación de nuestra conciencia ciudadana, también del compromiso con la recuperación de la memoria y del patrimonio históricos, en recuerdo de su voz de guardia situada en enclaves tan queridos y reivindicados en sus escritos: El último bulevar (2015), sobre la avenida Virgen de la Montaña, Un bulevar en el oeste (2017), sobre el paseo de las Acacias, Un jardín en la plazuela (2019) de San Juan, El latido de una plaza (2021), que es la Plaza Mayor cacereña, y el ya mencionado «parque a las afueras». Nos quedan todas sus obras para revivir las miradas de Pilar Bacas; pero creo que hay un hecho totalizador y trascendental que resume la poderosa significación de su vocación humana y literaria: el legado de su fondo documental, personal y familiar, con todo el material con el que construyó sus investigaciones y trabajos, cuya entrega al Archivo de la Diputación Provincial de Cáceres se formalizó este pasado mes de noviembre. Ese es, en definitiva, el mejor reconocimiento que podemos hacerle, volver a conocerla, a frecuentarla, con tan loable preservación de su mirada amable y amiga. Descanse en paz.

domingo, diciembre 08, 2024

El tiempo de los lirios

La coincidencia habría sido exacta de haber conocido en septiembre este libro de Vicente Valero, El tiempo de los lirios (Editorial Periférica, 2024). Su primera edición tiene fecha de octubre y yo fui un mes antes al escenario en el que se desarrolla este precioso diario de un viaje a la región italiana de la Umbria y a los vestigios de la figura de Francisco de Asís. Sin lugar a duda, habría sido un libro más en la maleta que me llevé a Perugia y su lectura la habría hecho en el mismo entorno de los sugestivos lugares de Foligno, Gubbio, Spello o, principalmente, la ciudad del santo, Assisi, que se recorren en sus páginas. Ha sido, pues, a mi vuelta cuando he regresado, gracias a tan atractivo relato, a unos parajes entrañables que he conocido con parecida complacencia y similar goce, y me satisface mucho identificarme tanto con un texto por tan feliz anécdota. Y hay otra experiencia que confiere a esta lectura algo especial: mi cercanía con el poeta Basilio Sánchez, quien publicó hace ya algunos años en la revista Versión Original (número 200, «Mi película», enero de 2012, págs. 84-85) un artículo titulado «Hermano sol, hermana luna» —sobre la película Fratello sole, sorella luna (1972) de Franco Zeffirelli—, que luego recogería, ampliado, en su libro La creación del sentido (Pre-Textos, 2015). Allí, el poeta cacereño escribió: «A las objeciones de obra preciosista, edulcorada e ingenua que algún espectador de nuestros días podría poner aquí, habría que responderle con una reflexión: la sociedad de 1972, año del estreno de la película, carecía en gran medida de los prejuicios y escepticismo de la nuestra. De forma similar al despertar del mundo que se producía a principios del XIII, en el que los hombres, sacudiéndose un letargo de siglos, se sumaban a las transformaciones culturales e históricas con la disposición e ingenuidad de los recién nacidos, a finales de los sesenta las protestas contra la guerra de Vietnam, las revueltas parisinas de mayo y la lucha por los derechos civiles de los ciudadanos negros encabezada por Martin Luther King —por citar algunos referentes paradigmáticos— habían provocado el surgimiento de un movimiento contracultural en el que conceptos como el de ecologismo, la práctica de la simplicidad, el rechazo al consumo, las indagaciones espirituales o las experiencias comunitarias, parecían inspirados por el mismo poverello de Asís» (pág. 85). Imagine el lector cómo recordé estas palabras cuando leí en el libro de Vicente Valero lo siguiente: «En la película de Franco Zeffirelli Hermano sol, hermana luna, de 1972, que yo vi siendo todavía un niño, colorida y almibarada, recuerdo una escena que, sin embargo, no recogen otras películas y novelas sobre el santo, creo que tampoco las Florecillas ni otras biografías de la época y posteriores, por lo que sería completamente original de sus guionistas, para quienes el Mayo del 68 y las comunas hippies habrían sido los referentes más inmediatos: un día, el ya atormentado Francesco descubre el sucio e indigno antro donde los trabajadores explotados de su padre se dedican a teñir los paños que lo hacen rico, lo cual le provoca una grandísima conmoción y angustia» (pág. 30). La coincidencia, también en otros momentos del libro de Valero, con ese paralelismo entre un sueño reformador del siglo XIII y unos ideales juveniles del siglo XX me llevó al texto de Basilio Sánchez, y me predispuso más aún en la lectura de El tiempo de los lirios. Pero no creo que esa empatía se haya impuesto en el disfrute de estas páginas como para no apreciar los muchos atractivos de este relato pautado en quince días —desde el 28 de marzo al 11 de abril—, que combina las notas de cuaderno de viaje con las eruditas de una antología de referencias cultas esenciales sobre la figura de san Francisco, y que van, muy bien traídas, desde textos literarios de diferentes géneros —la novela de Hermann Hesse, la poesía de Jacinto Verdaguer o el teatro de José Saramago—, piezas musicales como la ópera de Messiaen, hasta, por supuesto, las huellas artísticas de Pietro Vanucci, el Perugino, Pinturicchio o Giovanni di Pietro, llamado Lo Spagna, que constantemente surgen en el recorrido por la Umbria. O Umbría, como escribe Vicente Valero, que castellaniza también en Espoleto o Perusa, y no en Spello, Foligno o Bevagna. Sin querer ser fatuo, y después de haber conocido aquello, prefiero los nombres originales de mi experiencia, aunque uno siga escribiendo Turín, Milán o Venecia. Estas deliciosas doscientas páginas sugieren una especie de proceso de conocimiento sobrenatural, como el libro evocado de Simone Weil, una suerte de receptividad parecida a la de la pensadora francesa que hizo su primer viaje a Asís en 1937, sobre un proyecto utópico, un tiempo nuevo, cuya recreación por el escritor de Los extraños aporta en su lectura un anhelo de serenidad y de paz muy reconfortante. Y de volver por allí. Benéfico. 

miércoles, diciembre 04, 2024

Saul Steinberg

Poco queda ya para que concluya este año y, si hago recuento de lo visto en los once meses pasados, lo mejor, por cantidad y por novedad, ha sido esta magnífica exposición: Saul Steinberg, artista, que estará hasta el próximo 12 de enero de 2025 en la Fundación Juan March de Madrid. Puede extrañar que sea sobre un artista como el rumano judío Saul Steinberg (Râmnicu Sărat, 1914-Nueva York, 1999), que decía no pertenecer a un mundo, el del arte, que nunca había sabido muy bien dónde situarlo; sobre un viñetista, muralista, collagista, caricaturista, ilustrador, dibujante, escritor cuyos «monólogos artísticos dan vida a imágenes que son palabras, y a palabras que tienen la solidez de los objetos», como dice el crítico norteamericano Harold Rosenberg en un texto por primera vez traducido al español en el espléndido catálogo de esta muestra, un texto rescatado del que se publicó en el de la exposición Saul Steinberg celebrada en el Whitney Museum of American Art de Nueva York en 1978. Además, me ha parecido especial por haberla visitado pensando ante cada dibujo, cada postal, cada pieza de madera, casi cada trazo, en cómo disfrutaría mi hija Julia ante un acontecimiento así, la primera exposición retrospectiva en España de este singular artista, que es también la más amplia de las que se han hecho. Por si ella no tiene ocasión de verla, me traje el libro-catálogo en su versión en cartoné, para que pueda demorarse en todos los detalles de aquello que en la sala se observa con su lógica limitación temporal, mayor por ser una exhibición tan copiosa. Lo que se recoge en los capítulos en los que se organiza el recorrido por «La obra» —los textos serán las «Notas a pie de obra»— en este catálogo, desde los primeros pasos de un artista errante que comienza a publicar sus dibujos en la revista milanesa Bertoldo, hasta la configuración de una trayectoria en categorías formales y temáticas, como los dibujos, los objetos —dibujos que se escapan del papel y se hacen de tres dimensiones—, las ilustraciones de libros o las más afamadas para las portadas de The New Yorker desde 1945 a 1999. De este modo, en un precioso volumen, he podido leer traducida la biografía redactada por Gabriele Gimmelli, para el libro de una exposición milanesa de 2021-2022, las páginas fundamentales del ya citado Rosenberg, y de Alicia Chillida («Saul Steinberg: el signo errante»), que dedica su texto a la memoria del ministro José Guirao, o los trabajos más parciales de María Teresa Muñoz («Los tiempos de Steinberg. Entre la coyuntura social y el lector intemporal»), de Sheila Schwartz («Steinberg mira a los que miran») y de Francesca Pellicciari («Haikus geográficos: las tarjetas postales de Saul Steinberg»). Apelaba el artista a una complicidad de sus art viewers y creo que había mucha complicidad —también (o sobre todo) en el grupito de escolares atentos a las explicaciones de una guía— la mañana que visité la exposición en la March, en una sala que acoge muy cálidamente al visitante y que también contribuye a hacer de Saul Steinberg, artista esta gran experiencia del año.



domingo, diciembre 01, 2024

Luces de bohemia

Que unos actores digan subidos al escenario las palabras que uno ha estudiado y subrayado por ser geniales sigue pareciéndome una experiencia sobrecogedora, y siempre pienso en ello como una reafirmación de lo que significa el teatro. Tomando la idea de Lorca, cómo las palabras se levantan del libro y se hacen humanas. Si esas palabras son de Luces de bohemia («Soy poeta y tengo el derecho al alfabeto») parece que todo se realza y cobra una dimensión única. Creo que muchos de los que el pasado viernes 22 de noviembre estábamos en el Teatro Español de Madrid sentimos lo mismo. Lleno absoluto, con un buen número de bachilleres motivados para ver una obra de lectura obligatoria, un «clásico reciente de nuestro repertorio escénico», como escribe en el programa de mano Eduardo Vasco, autor de la versión y director del montaje, convencido de que el reencuentro con un texto que remueve tanto nos permitirá pensar en nuestro propio tiempo. Ojalá. Me alegro de que este experto en nuestro teatro clásico no se haya empeñado en buscar soluciones a ciertos rasgos de la expresión esperpéntica contenida en las didascalias del teatro de Valle-Inclán. Pienso, por ejemplo, en el ratón que saca el hocico intrigante por un agujero en la cueva-librería de Zaratustra en la primera acotación de la segunda escena. Se ha limitado, que no es poco, a leer sabiamente al inmortal Valle interpretando la matemática del espejo cóncavo o deformación sistemática y la perspectiva «levantado en el aire» sin traducirlas en distorsiones de algunos de los ricos elementos sígnicos del teatro. Todo lo más, la sutil apertura a la italiana del telón de alguna escena, como la primera, que potencia la representación de una celdilla de la colmena de «un Madrid absurdo, brillante y hambriento»; la portentosa entrada en la escena cuarta del Capitán Pitito con su trote épico sobre un enorme caballo de cartón; o la solución tan expresiva y tan estéticamente concorde con la intención de Valle de la breve escena grupal de la madre con su niño muerto y la pértiga de títeres. Por poner solo algunos ejemplos en los que se constata el extraordinario manejo de recursos que confluyen en este soberbio espectáculo, desde las imágenes proyectadas que refuerzan la ambientación de un espacio, la música en directo —de Eduardo Vasco y ejecutada por Iván López-Ortega (piano), Luis Espacio (guitarra) y José Ramón Arredondo (contrabajo y guitarra), que asumen también otros papeles—, o la estudiada iluminación, hasta una escenografía que puede sugerir la variedad y precisión realista de escena de costumbres de la taberna de Pica Lagartos y también la redacción de El Popular con una enorme plana de periódico que extravaga. Todo, en términos generales, sin separarse de un texto que el público conoce y del que no hay que alterar casi nada para su comprensión, que subraya su mordiente social, político y literario, y que incluso propone su momento de hilaridad para un público de hoy al que le basta que don Filiberto diga de Alfonso XIII —el primer humorista de España en la escena VII— que tiene «la viveza madrileña borbónica». Otra de las excepcionalidades de este Luces de bohemia es el elenco de veinticinco actores, toda una rareza en unos tiempos en los que los costes de un montaje se acortan empezando por el reparto, que en muchos casos puede condicionar la elección de la obra. La interpretación de los personajes principales, Ginés García Millán como Max Estrella y Antonio Molero como Latino de Hispalis, es magnífica, de principio a fin; pero el director ha sabido contar con un grupo en el que la presencia secundaria de algunas figuras adquiere una relevancia admirable por el buen hacer de actores como César Camino (Don Filiberto y Borracho), María Isasi (La Pisabien), Jesús Barranco (Don Gay y Sepulturero), y, por supuesto, de manera también destacada, el Rubén Darío de Ernesto Arias. Como ya ocurrió con alguna lectura contemporánea del genial Valle —el memorable Tirano Banderas de Lluís Pasqual de 1992—, este espléndido montaje del Teatro Español dirigido por Eduardo Vasco será un hito en la sustanciosa historia de la recreación escénica moderna del esperpento.

domingo, noviembre 10, 2024

L'età dell'oro

Este martes pasado disfruté de la muestra L’età dell’oro, que se inauguró el 26 de octubre y va a estar en la Galería Nacional de Umbria en Perugia hasta el 19 de enero de 2025. El subtítulo de la exposición, I capolavori dorati della Galleria Nazionale dell’Umbria incontrano l’Arte Contemporanea, explica su intención de que obras maestras antiguas elaboradas con oro se encuentren con piezas de arte contemporáneo en el mismo espacio, la Sala Podiani de la Galleria Nazionale dell'Umbria, que, además, es la que presta las piezas que se exponen, que se han trasladado de sitio sin salir del fastuoso contenedor —el Palazzo dei Priori— para compartir la exposición en la que artistas modernos como el vienés Gustav Klimt dialogan con antiguos como el perugino del siglo XV Pinturicchio. En realidad, son nueve siglos de arte los que uno pudo recorrer siguiendo el hilo dorado propuesto, desde el siglo XIII (Duccio di Boninsegna o el Maestro di San Francesco) hasta nuestro siglo XXI (con piezas de Francesco Vezzoli o Mimmo Paladino). La sugerencia es cautivadora, por la exaltación del oro como materia incorruptible en el arte, sobrenatural, luz absoluta desde tiempos muy remotos y hoy presente en la más cercana modernidad; pero también por la convivencia de la espiritualidad clásica con la materialidad contemporánea en algunos de los diálogos que se ofrecen en el recorrido, en el que unas veces se nos exhibe la pieza moderna inserta en el marco antiguo —como la escultura de Marisa Merz en un reliquiario de Santa Giuliana de 1376— y otras se juntan en vecindad expresiva obras separadas en el tiempo —como el fragmento del ángel de la Pala dei Cacciatori de Bartolomeo Capolari, de 1487, con la serigrafía Golden Marilyn 11.40 de Andy Warhol, que se ha utilizado para la imagen de la promoción de L’età dell’oro, a la que se sumó la famosa pastelería «Sandri» del centro histórico de Perugia, que llevó a su escaparate la imagen en pasta de azúcar. Allí, contemplando el medio centenar de obras que se muestra, y mientras imaginaba una traslación posible a un entorno más cercano, pensé en el Museo Helga de Alvear y en la coincidencia de algunos artistas de la exposición de Perugia con los que hay en la colección cacereña. Hecha la comprobación en casa, son siete: Michelangelo Pistoletto, Ettore Spalletti, Andy Warhol, Lucio Fontana, Mimmo Paladino, Yves Klein y Francesco Vezzoli, si no he contado mal. Ahí es nada. 

martes, noviembre 05, 2024

El jardín de los cerezos

Piazza Morlacchi, 13. Perugia. Con permiso de Chéjov y de los responsables del Progetto Čechov, la motivación principal para ir al teatro el pasado miércoles fue conocer por dentro el Teatro Morlacchi, que data de 1781, y tiene una impresionante sala, una altura sobresaliente de cinco niveles de palcos y una embocadura que me pareció mayor que lo que suelo ver. La decoración de la bóveda me llamó la atención, con motivos alegóricos de la Música o la Poesía, y un reloj con la hora actualizada desde el domingo anterior lo miraba todo por encima del bambalinón. Es una suerte conocer un teatro tan a la italiana en Italia. Y, además, por un montaje tan destacable como Il giardino dei ciliegi (El jardín de los cerezos), tercera entrega de la trilogía del Progetto Čechov, compuesta además por Il gabbiano (La gaviota) y Zio Vanja (Tío Vania), y que se había dado, en tres pases, a las 11:30, a las 15:00 y a las 18:00 horas, ese pasado domingo 27 de octubre. Producido por el Teatro Stabile dell’Umbria y dirigido por Leonardo Lidi, el tercero de estos espectáculos, El jardín de los cerezos, que vi con un experto como Luigi Giuliani este miércoles, cuenta con un elenco compuesto por cinco actrices y siete actores, cuyos movimientos en escena resultan una suerte de coreografía —fomentada en algún momento por la acción bailada— que los presenta como un grupo, una entidad de doce, que va formándose de uno en uno al principio de la obra y se va disolviendo al final, cuando cada una de las figuras representa la salida de la casa, uno a uno también, hasta quedar solo, abandonado, el personaje del viejo sirviente Firs, que hace el oscuro. Señalo esto porque la calidad de los actores me pareció extraordinaria por su gran nivel, sin los altibajos interpretativos que podrían ser disculpables en grupo tan numeroso. Todos, aparte matices y singularidades —Mario Pirrello como Lopachin u Orietta Notari como hermana, no hermano (así en Chéjov), de Liubova—, conforman un conjunto brillante y son uno de los fundamentos principales de este montaje. La duración —una hora y cuarenta minutos— se ajusta casi por completo al texto original —traducido al italiano por Fausto Malcovati— sobre el que se proponen varias licencias que resultan oportunas y significantes en la lectura que de la obra hace Leonardo Lidi, cuyo empeño principal es el de trasponer metafóricamente el jardín, ya infecundo y degradado, como el teatro, amenazado en su esencia por la especulación rentable. Por eso, un acento se pone en el contraste entre el pragmático Lopachin y el soñador y poético estudiante Trofimov, y se interpela al público con la canción de Bruno Lauzi «Ritornerai» cantada por Mario Pirrello al principio de la obra, en una ruptura de la cuarta pared que la cerrará también, coherentemente. La escenografía, el vestuario o la transformación de espacios —la escena campestre del segundo acto y el salón de baile del tercero serán una playa, en uno de los encuadres escénicos más logrados, con su plano inclinado y con ocho actores implicados, y una suerte de pista de discoteca, respectivamente— separan al espectador de la literalidad del texto y lo llevan a un registro que funciona en la lectura global de este jardín sin cerezos y con tramoya, en el que, como parece que quería el escritor ruso, sobre todo, se hacen preguntas, sin esperar respuestas. Magnífica visita al Teatro Morlacchi de Perugia, guiada por un proyecto escénico de calidad muy sugerente, y de la que me llevo una canción con un eco deseable: «Ritornerai».


viernes, noviembre 01, 2024

La última frase

Compré este libro sin saber quién era su autora. Una vez conocida su muerte súbita y prematura a los treinta y nueve años, me resultan imponentes estas palabras: «Soy adicta al final. Estoy enganchada al final. Reconozco mi fascinación por ese instante, mi empeño por habitarlo.» (pág. 107). La última frase de Camila Cañeque (Segovia, Ediciones La Uña Rota, 2024) contiene cuatrocientos cincuenta y dos finales de libros, desde La Biblia («Amén») y el Quijote («Vale»), que abren y cierran el volumen, hasta obras clásicas y fundamentales de la historia de la literatura universal que comparten espacio con títulos menores, muy diversos, de autoras y autores de referencia, en su mayor parte, muy conocidos. Hay obras y autores que están por lo que significan en la historia literaria universal, Las mil y una noches La isla del tesoro, Dante o Tolstói; y hay otras y otros que no, Rubias peligrosas o Viaje al miedo, Antonio Escohotado o Sara Mesa, Fernanda Melchor o Camila Sosa Villada. No se queda en un listado, en la «afición inocua» —dice su autora al principio: pág. 14— de recopilar los cierres de esos centenares de textos, sino que su empeño es el de hilarlos en un relato que es la crónica íntima de un prurito de letraherida a la vez que un breve ensayo sobre el final textual, y el conjunto es un «tributo a la cita, a la capacidad de expresión del fragmento, a la potencia de lo breve» (pág. 91), a partir de una colección de últimas frases que al principio fueron de novelas, pero que luego se ampliaron con finales de ensayos, de poemas, «frases salidas de colofones y epílogos, así como la última réplica de algún personaje o la última acotación teatral» (pág. 90), como las de Las sillas, de Ionesco, o El Rey Lear, de Shakespeare. No es fácil intercalar tal número de frases ajenas en un discurso que tiene su planteamiento —Cañeque cuenta cuándo empezó su atracción por las últimas frases y cómo quedó atrapada en «el espacio fronterizo que separa la escritura de la no escritura» (pág. 15)—, su desarrollo —se fija en las imágenes recurrentes o invariantes como la lluvia o el desplazamiento, la llegada o la muerte (pág. 23), o cierta metodología aplicable a su tarea recolectora— y su desenlace —cómo no, propio y ajeno: vale—, que da sentido a todo el tinglado: «Tiene que haber una última frase para que haya algo, para que exista un todo» (pág. 35). Nada fácil es lograr que la selección tenga sentido al disponerla consecutivamente: «Estoy cansado del pensamiento» y «¿Quién no está así?» (pág. 55), con El crítico como artista, de Oscar Wilde y Metamorfosis, de Rosi Braidotti; o «Entonces surgió una especie de lejanía dentro de mí» y «Perdí el último nexo con el mundo del que salí» (de Todo lo que tengo lo llevo conmigo, de Herta Müller y de Una mujer, de Annie Ernaux); lo que se convierte en una representación de las conexiones, azarosas muchas veces, entre las lecturas que hacemos a lo largo de nuestra vida. La composición del libro se hace en dos cuerpos: el principal del relato y el índice final de las frases, sobre el que se advierte en una nota inicial: «Con el fin de no interrumpir la lectura, se recomienda leer estas páginas sin consultar las referencias bibliográficas situadas al final» (las cursivas son del texto). Hay una segunda nótula que dice: «Este texto tiene aproximadamente la misma extensión que la última frase del Ulises, el somnoliento soliloquio de Molly Bloom, 22 000 palabras». En el cuerpo principal la cursiva distingue diacríticamente las frases finales seleccionadas, que se rematan con un numerito volado que remite a la lista final o «Últimas frases», de la 1 a la 452. «—Me gustan estas tontunas», le dije, sin atisbo de menosprecio, a la librera que me lo vendió. Creo que sí comprendió que, al contrario, valoro mucho estas originales ocurrencias, y esta va mucho más allá de eso, pues se trata de una reflexión sobre lo terminal en un texto hecho sobre muchos textos, que es algo tan consustancial con lo literario. En una nota final tras el índice de «Últimas frases» hay un agradecimiento a los traductores de los libros escritos en otras lenguas; pero no habría estado de más haber mencionado en la relación quiénes han vertido al castellano esas últimas frases ajenas. Frases ajenas sobre cuya justificación escribe la autora: «El objetivo no era confeccionar otro ranking de mejores últimas frases de todos los tiempos, ni una colección de spoilers, ni un catálogo razonado para entenderlas mejor. Sólo quería liberarlas de mí y librarme de ellas» (pág. 89). Eso es todo.