lunes, noviembre 04, 2019

Mientras dure la guerra


Leí ayer domingo un artículo del periodista Jesús Mota sobre «Unamuno: “Nunca habrá paz para nosotros”» (El País, suplemento Ideas, 3 de noviembre de 2019, pág. 7) que me llamó la atención porque criticaba la película de Alejandro Amenábar Mientras dure la guerra por dar una imagen desleída, «desafortunada por lo pobre, del singular tormento interno y externo de don Miguel durante los meses que van desde el golpe militar de julio de 1936, inicio de una guerra de exterminio perpetrada por el que resultaría el bando vencedor, hasta el 31 de diciembre de ese mismo año, último día de su vida». Me pregunté con la sorna respetuosa de un lector dominguero: —¿Conoció Mota a Unamuno? Es que es una opinión tan categórica sobre una imagen construida a partir de la lectura, como la de la mayoría de escritores, pensadores o políticos con los que los historiadores o los filólogos trabajamos —y los cineastas— que me pareció injusta aplicada a un producto tan solvente artísticamente. Porque por la tarde me fui al cine a ver la película que todo el mundo me había recomendado. Suscribo mucho de lo que dice Mota en su artículo; pero nada o casi nada de lo que escribe sobre la película, que, en realidad, no es sobre la película, sobre la creación artística, bien hecha, pulcra, emocionante —a mí me lo parece— que un director como Amenábar nos ofrece en esta mirada tan potente sobre un pasado no tan lejano ni tan ajeno. Supongo que habrá quien opine que aquello no lo dijo Unamuno, que Franco no era así, que no pasó lo que se cuenta. Cada vez llevo peor estas bobadas de quienes luego dirán que la interpretación de los actores y las actrices es buenísima. Es una película muy bien hecha y emocionante. Intenté fijarme en las reacciones de quienes me acompañaban en la fila 10, la última; pero no noté nada más que un silencio interesado, salvo cuando algún espabilado se dio cuenta de que al mostrarse a Franco asomado al balcón del Palacio de los Golfines de Arriba donde fue proclamado «jefe de Estado y generalísimo de los ejércitos nacionales» —como indica la inscripción en piedra de la fachada—, aquello no era el Palacio de los Golfines y Cáceres no era Cáceres. Cosas del cine. Mientras dure la guerra es una película que nos inquieta por lo que nos muestra de lo que fue España y de lo que ahora es con tantos problemas de convivencia, con tanta torpeza, con tanta irresponsabilidad. Así que salí del cine sin abatirme y con el agrado de haber visto una lección de interpretación, con todo el trabajo que eso tiene. Karra Elejalde, Eduard Fernández, Santi Prego, Patricia López, Inma Cuevas, Nathalie Poza, Luis Bermejo, Mireia Rey, Tito Valverde, Luis Callejo, Luis Zahera, Carlos Serrano-Clark, Ainhoa Santamaría, Itziar Aizpuru, Pep Tosar, Dafnis Balduz, Jorge Andreu, Miguel García-Borda. Espero que no se me haya olvidado ninguno, porque estuvieron todos espléndidos. Actores, actores, actores. Me quito el cráneo, que dijo don Ramón María. Eso.

domingo, noviembre 03, 2019

3 de noviembre


Pedantoteca. Creo que fue el aviso de una debacle. En el cuarto en el que vivo hay una alacena antigua que restauré hace ya diecisiete años y que bauticé como la «pedantoteca» en homenaje al gran cuentista leonés Antonio Pereira, que, cuando vino a Cáceres, en noviembre de 2004, me contó que él llamaba así al estante de su biblioteca en el que estaban todos los libros que había escrito. A mí se me ocurrió coronar el sitio en el que he ido acumulando todos mis méritos con una plaquita —muy fúnebre, con los tonos de las lápidas, en negro y con las letras grabadas en blanco— con mi título y mis apellidos —«Dr. Lama Hernández»— que era la que figuraba en mi despacho compartido en la antigua Facultad que dejamos ahora hace veinte años, aquel edificio de la Fundación Valhondo. No era solo un estante, sino un altillo como el de los armarios en el que había tres niveles de libros, demasiado peso, y archivadores apilados, con todas las obras por triplicado en las que he tenido algo que ver desde 1986. Fotocopias, títulos, separatas, revistas, contratos de edición, fotografías, cajas con documentos, folletos, discos, libros, muchos libros… Estaba trabajando en mi escritorio cuando sentí un ruido, como un crujido, como cuando se pisa en una superficie que se hunde levemente. Me inquietan siempre sonidos que sobrevienen así; pero esa tarde intuí pronto qué había sido. Toda mi vida se había venido abajo por el peso. Demasiado peso. Me apresuré a desocuparlo todo, para evitar males mayores, y ahora no sé qué hacer con tanto papel, tanto documento, tanto libro… Y tanto peso. Así que estoy desubicado, con toda mi vida fuera de su sitio.

sábado, noviembre 02, 2019

2 de noviembre


Yo no voy a llevarle flores a su modesto nicho. Yo me acuerdo de ella siempre y ahora me gustaría que reviviese en aquella persona tan bondadosa que me acogía cuando yo lo necesitaba, por una tontería terrible, como un rasponazo en una rodilla mientras jugaba en la calle con el mundo infantil que era la vida. Tenía anotado aquí un poema de Luis Rosales para una futura entrada de la serie «Glorias de Zafra» que yo creo que tomé de sus Rimas (1951): «Y escribir tu silencio sobre el agua». El poema lleva un epígrafe con un verso de Unamuno («Solo florece el agua que está queda») y termina así: «[…] no sé cómo/voy a llegar, buscándote, hasta el centro/de nuestro corazón, y allí decirte,/madre, que yo he de hacer en tanto viva,/que no te quedes huérfana de hijo,/que no te quedes sola allá en tu cielo, /que no te falte yo como me faltas.»

viernes, noviembre 01, 2019

1 de noviembre


«Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces. 
Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.
Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.
Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de molestar, creíala descargada sobre su cabeza.»  (La Regenta, cap. XVI)

martes, octubre 29, 2019

Con Javier Fernández de Molina


«Son como cuadros», me ha dicho Javier esta mañana en su casa. Yo tenía una reunión de trabajo en Mérida y antes de volver a Cáceres quise estar con Javier Fernández de Molina. Todavía sigo impresionado por lo que he visto en su estudio. Quizá sea porque yo nunca he visitado los talleres de los artistas; vamos, que he conocido pocos. Pero el de Javier siempre ha sido un espectáculo, la representación visual de una tarea en marcha que luego puede materializarse en una exposición magistral. Me he traído a casa El pedregal de Morería, un álbum de fotografías en fuelle con cubiertas de madera que dio cuenta de su inmenso e imponente trabajo de hace ahora un par de años con sus mosaicos de piedra de diversos tamaños que hoy he podido contemplar y que estuvieron expuestos, entre octubre y diciembre de 2017, en la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Mérida, en la que sigue dando clases. El álbum muestra fotos del lugar al que he vuelto esta mañana y del que me he traído, con el permiso del artista, unas cuantas instantáneas. Parecía el almacén de una fábrica de cerámicas; pero era el taller de siempre del pintor. O una tienda. Centenares de piezas: platos, muchos apilados, morteros, fuentes, jarras, cuencos, fruteros, vasijas…, cacharros de todas las formas decorados por Javier Fernández de Molina. La acumulación de piezas es la imagen de la intensidad de un trabajo descomunal de un año y unos meses que es una marca temporal inconcebible para la grandiosidad de lo que hay en esa estancia en la que también se ven piezas pintadas sin esmaltar a la espera de una última mano. Algunos cacharros provienen de algún ceramista de Salvatierra, otros han sido moldeados por el propio artista, que tiene que mandarlos a cocer fuera de casa. No hay pieza que no merezca un elogio, de verdad. Es impresionante. No quiero imaginar cuando tenga que mover todo eso para exponerlo; todo o parte. Hemos hablado de muchos amigos comunes; muchos notables. Le he puesto al día de mucho; porque él está a lo suyo ahora del barro, de la pintura y del esmalte, a otra forma sólida de darse. Hemos hablado también de Ángel, siempre; y de la próxima edición —será la sexta— del Premio de Poesía Joven «Ángel Campos Pámpano» y de que el próximo mayo en San Vicente de Alcántara se le podía entregar al ganador una de estas piezas. Al fin y al cabo, en las bases, con buen criterio, siempre pusimos «una obra original del pintor Javier Fernández de Molina». Y es que son como cuadros.


domingo, octubre 27, 2019

Ausencia


Creo que la última vez que escribí sobre Borges aquí fue cuando vino a la Facultad el profesor Vicente Cervera, de la Universidad de Murcia, gran especialista español en el inmortal autor argentino. Ahora no recuerdo —o sí— por qué apareció en el escritorio de este ordenador una captura de pantalla del poema «Ausencia», de Jorge Luis Borges. Es de Fervor de Buenos Aires, su primer libro, de 1923. Sobre la primera edición de esta obra hay un interesante artículo de Carlos García publicado en la revista Variaciones Borges en 1997, que creo que luego lo incluyó en un libro que no he visto sobre la primera época del poeta de El oro de los tigres. Qué título. El poema, con el debido respeto por los derechos de autor, dice así:

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

Estoy escribiendo sobre asuntos literarios de un ámbito geográfico muy reducido; y no quiero que parezca que los estoy comparando en menosprecio con una literatura tan grande. No. Aunque, la verdad, me gustaría estar leyendo y escribiendo sobre Jorge Luis Borges. Solo ha sido un receso entre una tarea y una lectura enigmática y afrentosamente oportuna en un domingo como este. El más largo del año.


Wish you were here


© Hipgnosis
Aquí solo, ahora no deja de parecerme sarcástico un título así. No creo que fuese mucho después de que este disco se publicase en Reino Unido, en septiembre de 1975, cuando nosotros ya lo escuchábamos en casa de Lolo Ramírez. Qué jodida lástima que no pueda compartir con él lo que ahora escribo. Confieso haber sucumbido al enganche de la promoción de las dos últimas colecciones de discos que ha lanzado El País. La actual, esta de la discografía de Pink Floyd, es la que me está haciendo viajar a un tiempo pasado ahora muy querido desde el presente de este domingo —encima, el más largo del año— que tiene de bueno solo el sonido con el que me llegan ahora las canciones, por ejemplo, de Animals (1977), que vuelvo a escuchar después de tantos años y que me transporta a otro mundo gracias a momentos como el comienzo de «Pigs», uno de los clásicos de Roger Waters de ese álbum: «Big man pig man ha ha charade you are»

sábado, octubre 26, 2019

Con José Antonio Zambrano


Este sábado lo he pasado en Almendralejo con José Antonio Zambrano. Le debía visita desde que se publicó su Ahora (Pre-Textos, 2019), uno de los libros principales de su última etapa después de una vida poética de más de cuarenta años. No encuentro —qué rabia y qué raro— mis anotaciones de la mañana que leyó en Zafra los poemas de este libro aún inédito en aquel entonces ante un grupo de amigos, un acontecimiento que hoy hemos evocado. Ver ahora la obra editada —que se presentará en donde nací el 22 de noviembre—, después de haberla conocido en varios estadios de su escritura, es una experiencia muy grata, que afortunadamente he tenido con muchos amigos que escriben. Hemos terminado en su biblioteca, en el sitio en el que se le pasan las horas del día. Estaba disgustado por una limpieza doméstica que, además de quitar el polvo de los libros, ha provocado un desbarajuste incompatible con lo que se le debe a un espacio así. He estado muchas veces en el lugar del que salen sus poemas; pero nunca me había parado a escribir sobre él. Bueno, sí. Un poco de eso escribí por lo que me pidió Fernando Clemente para La Gaceta Independiente, en 2013, y me he acordado hoy porque he vuelto a ver el patio de sus geranios y aspidistras. «No tengo que esforzarme mucho —escribí— para imaginar a José Antonio Zambrano en su escritorio, entre sus libros, afanado en sacar adelante un verso, el único que le falta por rematar de un poema en el que anda ofuscado desde hace semanas. O meses. En su libro Apócrifos de marzo (2009), hay un poema titulado «Normas para el rumor», cuyo comienzo es bien expresivo del afán constante en la escritura de José Antonio Zambrano: «Acumulo momentos / para hablar de lo que desconozco, / sabiendo que mi ignorancia es tan grande / como la de los geranios de mi patio». El elemento doméstico se convierte en un referente de la ignorancia y el desvalimiento que siente el poeta que todo lo busca, que indaga, que escribe desde esa desolación». En ese entorno de lo escrito estuve yo esta tarde de sábado sin ir más lejos. En una mesa auxiliar estilo antiguo, no sé si de roble, unos cuantos marcos de pie con fotos con sus amigos. Unos desaparecidos —Santiago Castelo, Dulce Chacón— y otros por fortuna vivos —Ramírez Lozano, Pureza Canelo, Pablo Guerrero—; y sus libros. Hemos hablado de poesía. Me ha mostrado en la pantalla del ordenador su próximo poemario, en el que está enfrascado. Solo diré que hay un poema espléndido que dedica al primer verso de Don de la ebriedad, de Claudio Rodríguez —«Siempre la claridad viene del cielo»—, y otro poema en fárfara pero estupendo sobre el último verso inconmensurable —«Abre tus ojos verdes, Marta, que quiero oír el mar»— del poema de José Hierro, de Agenda (1991), «Lope. La noche. Marta». Otro hito de la poesía del XX. Y todavía me queda, después de esta visita, volver a estar con José Antonio en la lectura de su Ahora. «El peso de un poema / tiene el tamaño exacto de una obstinación. / La que provocan las palabras / cuando se abren al mundo». Son los primeros versos de la tercera de las piezas de esta nueva orfebrería de un individuo que en Almendralejo, en el espacio en que hemos estado, se dedica a esa rutina de la luz. 



martes, octubre 22, 2019

lunes, octubre 21, 2019

Un salivazo


Creo que fue un día de marzo. Sí, fue un día de marzo. Qué tontería. Fue el lunes dieciocho de marzo poco antes de las nueve de la mañana, que para eso anoto de todo en mi cuaderno. Un padre llevaba de la mano a su hijo camino del colegio. El niño, muy pequeño, cargaba a la espalda una mochila liviana —solo un refrigerio para el recreo, seguro; sin libros, y quizá algún estuche con lápices de colores y un cuaderno. En el mismo sentido del tráfico por una acera estrecha —calle Parras de Cáceres—, el padre llevaba a su hijo cogido de la mano izquierda cerca de la calzada por la que los coches les rebasaban. El padre iba a lo suyo, al lado de la pared, levantó la cabeza, carraspeó, retronó todo, y escupió en la acera con la violencia del proyectil que hace un agujero en el suelo. Juan Rulfo, en «Nos han dado la tierra», de El Llano en llamas, escribió: «Cae una gota de agua, grande, gorda, haciendo un agujero en la tierra y dejando una lasta como la de un salivazo». Aquel lunes yo tenía en la cabeza un texto así para llevarlo a clase. El niño miró a su padre como el que asiste a un gesto común y corriente con admiración y respeto. Con el debido respeto y la admiración debida. La educación, idiota, la educación, me pareció escuchar antes de entrar en el garaje para coger mi coche y marcharme a la Facultad, a mis clases. Por cierto, Rulfo. «Nos han dado la tierra». Y Pedro Páramo. Es otro apunte sin la menor importancia.

domingo, octubre 20, 2019

Maxime Chevalier y el «Lazarillo»


¿A todos nos ocurre? Removemos unos libros de un lugar a otro y salvamos la tarde volviendo a abrirlos y leyendo lo que recordábamos remotamente y lo que en el tiempo presente sugiere nuevas sensaciones, incluso significados distintos. A veces es porque alguien, un alumno, un colega, te pide una referencia que se convierte en un conducto tubular, como en las películas de aventuras, por el que caes a una infinidad de llamadas o de evocaciones. Así que pasas a otro asunto, a otro incidente, casi a otra dimensión. Por esa razón imprecisa por la que uno queda retenido en uno de los libros de su biblioteca, he recuperado Lectura y lectores en la España del siglo XVI y XVII (Madrid, Ediciones Turner, 1976), de Maxime Chevalier. Mi ejemplar me lo regaló en su casa de Madrid, en junio de 1998, Joaquín González Manzanares; y por motivo también impreciso, he reparado en que en su último capítulo dice: «Cabe la posibilidad de que una biblioteca pública o privada de contenido todavía incompletamente examinado nos depare alguna edición de Lazarillo de Tormes desconocida hasta la fecha» (pág. 169). El hispanista francés apuntaba eso por el hallazgo de una impresión no conocida de un Lazarillo de Valencia, en casa de Miguel Borras, de 1589; y añadía: «Acaso circularan en la España del siglo XVI más ejemplares de Lazarillo de lo que suponemos, acaso fuera la novela más leída de lo que sospechamos» (pág. 169). Me pregunto hoy si Chevalier supo de la aparición del «Lazarillo de Barcarrota», la edición impresa en Medina del Campo en marzo de 1554, como las otras tres primeras conocidas. Supongo que sí, y ahora me pregunto cómo reaccionó y si acaso recordó lo que él escribió veinte años antes. Ojalá la vida siga deparándonos hallazgos así, que modifican —y justifican— lo mucho que con tanto afán se ha investigado en historia literaria.

martes, octubre 15, 2019

Rodríguez Búrdalo


Sigue pareciéndome fascinante que la literatura como esencia de mi trabajo como profesor haya propiciado tanto conocimiento humano. Podría haberme quedado en casa y escribir sobre la poesía de un autor a quien no hubiese visto en mi vida. (Me ha ocurrido, claro; y no solo con los muertos). Pero lo que me ha pasado ha sido más bien lo contrario: he conocido a muchas buenas personas gracias a alguno de sus textos. No sé, seré, de natural, curioso e inquieto. A Juan Carlos Rodríguez Búrdalo (Cáceres, 1946) lo conocí gracias a la poesía, a su poesía. Ni las vivencias, ni las geografías, ni la ideología, ni los años —que también, puestos así— nos habrían acercado tanto como una actitud ante la escritura, como un montón de versos. Por eso, no dudé ante el ofrecimiento de participar en un acto literario el próximo sábado, en Piedras Albas, el sitio rayano con Portugal en donde pasó su infancia y adolescencia, en el que un grupo de amigos va a homenajearle. Me satisface mucho haber escrito sobre él y que me considere su amigo. Qué cosas logra esta afición a leer poesía. Sábado 19 de octubre. A las doce de la mañana, en la Casa de la Cultura de la localidad.

lunes, octubre 14, 2019

Hipérbole


Figura retórica consistente en ofrecer una visión desproporcionada de una realidad, amplificándola o disminuyéndola. Ejemplo: «Con cien cañones por banda / viento en popa, a toda vela, / no corta el mar, sino vuela/ un velero bergantín» […] 

domingo, octubre 13, 2019

El refugio de los libros


Di esta tarde un paseo por Italia leyendo El licenciado Vidriera. Tenía ganas de evadirme, de salir un poco de esta calle de Gallegos tan silenciosa hoy, domingo, y trasladarme a las apacibles de Florencia o a las de la majestad romana. Hasta que Tomás Rodaja vuelve a Salamanca en la novelita y por los veneficios que recibe de una dama despechada pierde el entendimiento; pero no el sentido común cuando dijo que los maestros de escuela eran dichosos porque trataban con ángeles. Qué cantidad de aforismos malintencionados salen de tan vidrioso caletre, y qué bien recibidos, para que luego Rodaja-Vidriera-Rueda acabe tan solito en su cordura. Quizá no merezca la pena nada; ni siquiera perder el juicio. Antes de volver a casa, me he parado en el rellano de la poesía de Horacio y una dichosa medianía me devuelve a mi sitio, a esta calle en la que escribo y desde la que viajo más que si mi fin de semana hubiese comenzado con un billete de avión cuya vuelta ahora tiro a la basura.

martes, octubre 08, 2019

Columna (vertebral)


[Primera parte] Genial la columna del pasado viernes 4 de octubre de Juan José Millás sobre una pareja de videntes que tuvieron una hija ciega a la que hicieron creer que veía y que los ciegos eran ellos. Esa niña creció y tuvo una hija vidente a la que hizo creer que era ciega. La niña preguntó un día a su madre en qué consistía ver y recibió esta respuesta: «En no tropezar». Aunque el texto de Millás termina con un «nunca se volvió a hablar del asunto» propicia hablar de él. Genial. [Segunda parte] Lo peor de la columna de Millás es el título —«Interruptores»—, porque privilegia un elemento interesante del relato pero no esencial. Esto es muy discutible, mucho. Me refiero a sugerir que un reparo sea que el título es lo peor. En realidad, no es más que un pretexto para proponer un estudio que analice la manera de encabezar piezas así de este género periodístico, desde aquellas míticas columnas de Umbral hasta estas de Millás. Y cómo el reducido espacio en el que se va a alojar un texto condiciona a su autor. O le impone, o le somete a titular con los caracteres que caben en el corsé en que se va a publicar lo que ha escrito. No estaría mal un estudio, si no se ha hecho —seguro que sí—, sobre estos microparatextos. Porque de ahí habrán salido los interruptores del relato de Millás del pasado viernes. Y los «Rituales» o el «Tenorio», de aquellas de Félix de Azúa; la «Istoria» de ayer de Almudena Grandes, que también escribió sobre «Aritmética» y «Sin perdón»; o las de Millás de otras fechas: «Áspero», «Taxidermia», «Atracos». Es curioso cómo el escritor se somete al imperativo del espacio y cómo el texto adolece de esa limitación. Lo de toda la vida. Yo me imagino que uno de esos escritores, desesperado por que no cabe «La insoportable levedad del ser» deja que le titulen su texto «Absolución». O algo parecido.

miércoles, octubre 02, 2019

Vida


Mañana de un sábado pasado en casa, trabajando y leyendo el periódico a la hora del aperitivo, en silencio o con un poco de música de Radio 3 —Toma uno, de Manolo Fernández. Noticias locales, muy locales, bobadas de suplementos alienantes…, y la lectura más detenida de crónicas y artículos de interés, y ese malestar por lo que ofrece la prensa sobre lo que se hace notar sin ser importante. Me detuve en el artículo de Babelia de todos los sábados de Antonio Muñoz Molina —de quien hablaron en el programa de Javier del Pino desde Bilbao a propósito de una supuesta falta de humor del escritor, que supongo que no es cierta—, que tituló «En la vida real», y en el que hablaba de la gratitud ciudadana que él percibe cuando va a una consulta o a ver a un amigo médico a un hospital público, y dice que «También he sentido lo mismo entrando en un aula o en el salón de actos de un instituto donde los profesores y los alumnos han sabido conjurarse para no rendirse al deterioro planificado de la enseñanza pública». Sin duda, el deterioro de nuestra enseñanza pública está planificado desde los gobiernos; pero tengo la certeza de que quienes sostienen el sistema son los profesores —ahora, a mi edad, veo que casi todos han sido alumnos conocidos— que día a día se preocupan para que sigamos creyendo en aquellos mejores valores que también expresó hace unos años Javier Gomá en «La gran piñata», otro de esos artículos de periódico que yo suelo ver pinchados en los corchos de las salas de profesores de muchos institutos de Educación Secundaria. En ese texto de 2011, Gomá reivindicaba incitar al amor por las disciplinas que se enseñan en las aulas, mucho más que al conocimiento positivo de ellas: «Durante los años escolares no hay tiempo para que el pupilo asimile siquiera los rudimentos de literatura, lengua, matemáticas o física, pero si ‘ha aprendido a aprender’ enamorándose de estas asignaturas, dispondrá del resto de su vida, y en particular los años universitarios, para profundizar autónomamente en ellas. Y así, la intimidad desinteresada con estos saberes acabará decantando en esa conciencia una visión del mundo bien articulada a partir de la cual estimar los muchos logros de la sociedad en la que vive y también criticar, cuando procede, sus desviaciones y excesos». Resulta muy inquietante que lo del «deterioro planificado de la enseñanza pública» de Muñoz Molina el sábado pasado tenga tanta relación con lo dicho por Javier Gomá hace poco menos de ocho años: «Las actuales reformas ‘a la boloñesa’ de la Universidad española postergan temerariamente la misión de formar hombres cultos en beneficio exclusivo de la preparación de profesionales. Oímos que la Universidad ha estado demasiado alejada del mundo laboral y que lo prioritario ahora es crear puentes con la empresa. Por eso los nuevos planes prevén pocos años de estudio para obtener un título universitario, conocimientos técnicos especializados y aplicados, y muchas prácticas desde el primer curso. Mutilada la Universidad de su misión educativa, el resultado previsible será la producción industrial de una masa abstracta de individuos preordenados para competir y producir, tan hipercompetentes como incultos, autómatas como los niños cantores de villancicos, ávidos consumidores de escasa civilidad […] Empezarán a trabajar antes que nunca y se jubilarán más tarde que nunca, lo que, privados de conciencia crítica, romos en su visión del mundo, asegura más de medio siglo de dócil mansedumbre a las leyes del mercado […]». Es todo igual de inquietante que yo siga volviendo a la misma idea y retomando avisos que ya puse aquí hace unos años, con la misma foto, el mismo enlace. Y más inquietante aún que hoy mismo haya escuchado a un querido compañero argumentos parecidos —salvadas las distancias— en un benéfico encuentro entre personas que piensan y que crean, y cuyos objetivos no sé a qué nos llevarán. Ojalá que a algo bueno. Yo, por el momento, sigo leyendo, como decía hoy Enrique Santos Unamuno, el compañero aludido.

-->
De la fotografía © Bob Thomas / Corbis - EL PAÍS 

lunes, septiembre 30, 2019

El teatro en tiempos de Carlos V y Felipe II


Es la concreción de 2019 de esta serie de congresos internacionales bajo el nombre de Bartolomé de Torres Naharro que mi departamento de Filología Hispánica y Lingüística General, bajo la dirección de Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, viene organizando desde hace unos años entre Torre de Miguel Sesmero, la patria chica del dramaturgo, y Cáceres, sede de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, en donde esta edición se clausurará el jueves 3 de octubre, en el Salón de Actos de la Biblioteca Central de la UEX de Cáceres, con un homenaje a uno de mis profesores más entrañables, Miguel Ángel Pérez Priego, uno de los más prestigiosos medievalistas de la universidad española. Antes, desde mañana y durante la jornada del miércoles, un programa muy sugerente, con aportaciones de especialistas venidos de varias universidades (Extremadura, la Complutense, Toulouse…), con actividades como un recorrido literario por la localidad de Torre de Miguel Sesmero o la representación de la Comedia Aquilana por la compañía «Nao d’amores» que dirige con su sensibilidad y profesionalidad de siempre Ana Zamora, que tanto nos ha visitado con sus propuestas de difusión y relectura del teatro medieval y renacentista. Dejo el programa de la actividad como imagen de esta entrada.

jueves, septiembre 26, 2019

Jesús


Alguna vez me han dicho que por qué me arrogo la amistad de personas importantes. Me resbala. Otra cuestión es que alguien me diga que mi concepto de la amistad, según empleo calificativos como amiga o amigo, sea laxo. Lo reconozco, como supongo que reconocerá cualquiera; pero, en ese caso de flojera conceptual, la importancia no se instala en la notoriedad del nombre de alguien famoso —pongamos por caso un cantante o un escritor—, sino en la autenticidad de lo que uno ha sentido durante años y sigue sintiendo por el amigo a quien nadie conoce. Que es el importante. Por eso me parece tan especial considerarme amigo de Jesús Cañas Murillo (Madrid, 1951) antes de que fuese mi profesor en el cuarto curso de Filología Hispánica, pues lo conocí un año después de que él llegase a Cáceres desde la Universidad Autónoma de Madrid —fue uno de los fichajes de su maestro Juan Manuel Rozas al instalarse aquí—, cuando quizá él ya había cumplido los treinta años y yo no llegaba a los diecinueve. Aquello me otorgó cierta posición de privilegio bien entendido entre mis compañeros de clase, porque yo no tenía que plantearme la duda de si hablar de usted a mi profesor o tutearle, descartado, por supuesto, el melindre de dirigirme a él de una forma en el aula y de otra en el pasillo. La amistad manifiesta e incondicional con Jesús Cañas invalidaría todos y cada uno de los pasos de mi carrera académica por razón de una incompatibilidad por evidente parentesco. Desde las notas de algunas asignaturas hasta los concursos a plazas de cuerpos docentes por los que he pasado sin oposición alguna. En junio de 1986 él fue el primer director del Departamento de Filología Española de la UEX, y lo acompañé como secretario en aquellos años. Tres antes, celebré con él sus treinta y dos, en un día que yo siempre he fechado —y he confirmado— como el comienzo de su relación con la que hoy es su mujer, mi amiga Malén Álvarez Franco, que en aquel entonces era su alumna, y con la que se casó un año después, en agosto. Estuve en su boda. Han pasado treinta y tantos años y sigo teniendo una familiaridad especial con él, con ellos. Este martes, mismamente, con mi hijo Pedro, he podido volver a ver la biblioteca de Jesús y recordar el sitio que siempre han tenido sus libros —salvo modificaciones que no me ha contado— y volver a habitar el espacio tantas veces vivido de su cocina —ya remodelada desde aquellos años—, y comer juntos en esa casa en la que yo he pasado tanto tiempo. Hemos vivido mucho juntos. Y me gustaría vivir más por eso, como si atesorase todo lo que llevamos recorrido para usarlo cuando más nos plazca. Como yo en este momento, a pocas horas de celebrar con él y con casi todos mis compañeros de mi departamento una comida en su honor. Sin despedidas, con la firmeza de la amistad que él siempre ha fomentado. Desde siempre, y de verdad. Este lunes se me ocurrió la tontería de enviar a unos colegas suyos de otras universidades, que no podrán estar en su homenaje, la petición de unas líneas sobre Jesús. Me han llegado, y es extraordinario que los testimonios aludan en su mayor parte a su sonrisa, al bienestar que uno siente en su presencia… Qué me van a decir, si llevo con él desde hace más tiempo que Malén —aunque yo no lo he soportado tanto. Añadiré ahora que se trata de un especialista en el estudio de la Literatura Española de la Edad Media, del Siglo de Oro y del siglo XVIII, autor de unos ciento cincuenta artículos de investigación publicados en diversas revistas de referencia, españolas y extranjeras, y en volúmenes colectivos, impresos en editoriales de prestigio. Que cuenta con ediciones de obras como el Libro de Alexandre, el Libro de Buen Amor, Fuente Ovejuna o las Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos de Lope de Vega, publicada póstumamente junto a su maestro Juan Manuel Rozas —al que también recordó en la publicación de sus también póstumos Estudios sobre Lope de Vega—, La Petimetra de Nicolás Fernández de Moratín, o el recientisímo Teatro completo de Vicente García de la Huerta, etc., etc., etc… Hoy será un buen día. Seguro que le emociona —es de lágrima fácil— que estemos con él.

miércoles, septiembre 25, 2019

Una manera de ser


Escribía sobre esta misma mesa, con la tristeza del calor intempestivo de aquellas horas de una noche, y recuerdo en esta más templada de septiembre la confesión que ya recogí aquí de María Moliner: «La autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y su complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido». Eso. Algo así. Y para todo. Hasta en la manera de ser con los demás. Un imposible para los que no sabemos hacer las cosas como doña María. La autora, sí señora. Nada más. Y nada menos.

jueves, septiembre 19, 2019

Monroe Z. Hafter


Por la lectura de la necrología de Pedro Álvarez de Miranda en el último número de la revista Dieciocho (volumen 42, número 2) me entero de la muerte del hispanista Monroe Z. Hafter, a quien tuve el gusto de tratar. Es posible que Pedro me dijese algo y que ahora no lo recuerde; pero lo que sí sé es que fue él hace ya muchos años quien me habló de su conocimiento de este discípulo de Raimundo Lida en Harvard y profesor de la Universidad de Michigan con el que contactó cuando el que hoy es académico de la RAE trabajaba sobre utopías y viajes imaginarios. Según su testimonio, fue a principios de los 80 del siglo pasado. Por él, pude escribirme con Monroe Z. Hafter, cuando le pedí un artículo para la revista Laurel, que se publicó en el segundo número del segundo semestre de 2000: «El silencio en las tragedias de Cienfuegos» fue el título de aquel sugerente trabajo que comenzaba con la alusión a una «escena muda» ejemplar en teatro, la tercera de Don Álvaro o la fuerza del sino. Dos años después vino a Extremadura, para presentar su edición de la novela de Carolina Coronado Jarilla, publicada en la colección «Clásicos Extremeños» de la Diputación Provincial de Badajoz (2001). Allí estamos, en el salón de la calle del Obispo, en la foto mala, con él y con Isabel Mª Pérez, que le acompañamos en la presentación de esa edición. Mayo de 2002. La otra fotografía, la buena, es, en un parque, del día siguiente, con Isabel y Monroe, que visitaron la finca de la Jarilla de Carolina. Como dice Pedro Álvarez de Miranda en su recordatorio era una persona de un trato afectuoso y exquisito, propio de un tiempo en el que la cortesía se notaba mucho más que ahora —no soy capaz de comprender por qué no se es tan cortés como antaño con nuestros medios de hoy—, y un bibliófilo que ha donado centenares de volúmenes de su biblioteca a su Universidad de Michigan, que la atesora como «The Hafter Collection of Spanish Culture». Qué recuerdos. Lamento esta otra pérdida.

martes, septiembre 17, 2019

Alexandre Lacaze


© factorymag
Para mí era Alejandro, la pareja de Mercedes Martínez Esperilla, profesora de Educación Secundaria en Arroyo de San Serván (Badajoz), después de pasar por varios destinos en los que ha dejado huella, y antigua alumna mía de Filología Hispánica. Una de las alumnas más brillantes que he tenido. Para mí era Alejandro, a quien nunca vi. De hecho, cuando estuvo en Cáceres, siempre lo conocí en aislamiento en un hospital al que acudí para conversar con su pareja —siempre la he llamado Merceditas—, mientras ella salía un rato para desayunar. Yo siempre he creído hasta hoy que Alejandro el de Merceditas era otra persona, un profesor «malagueño» de un instituto de Extremadura —creo que su último destino activo fue el «Santa Eulalia» de Mérida—; y no el músico Alexandre Lacaze. Por eso ayer por la tarde, mientras conducía desde Cáceres hacia el tanatorio de Mérida, me sorprendió tanto que Julio Ruiz, en Disco grande (Radio 3), abriese su programa con una pieza cantada en francés por el compositor Alexandre Lacaze, una persona de la que hablaba emocionado como buen amigo y que había tenido la misma enfermedad —leucemia—, los mismos padecimientos —mejorías, recaídas, aislamiento, pruebas, un trasplante de médula…—, y que había muerto el mismo día que mi querido Alejandro, pareja de Merceditas. No me lo podía creer. Que esa voz que escucho desde hace tantos años, la de Julio Ruiz, estuviese diciéndome en directo y por la radio que yo iba a Mérida a despedir, como un allegado más, a un artista como el Alexandre Lacaze de L’Avalanche. A veces —o muchas veces— pierdo la memoria de los detalles, y no recuerdo que mis conversaciones con Mercedes se centrasen en esa dedicación docente y no artística —como si fuesen distantes— de su pareja; por eso me parece tan imponente lo que ocurrió ayer. Imponente. Emocionante. Por ejemplo, ver a Alfonso Domínguez Vinagre desconsolado —que llegaba de muy lejos de despedirse de su hija y a despedir a su amigo, que venía de la parte del músico, como en las bodas el que viene de parte de la novia o de parte del novio—, con los ojos rutilantes por las lágrimas, y que él no supiese bien qué hacía yo allí. Y yo estuve allí ayer tarde para abrazar a Mercedes, a su madre y su padre —vaya padres— y a algunas de sus compañeras que fueron mis alumnas y que hoy son profesoras —vaya profesoras—, además de otros queridos antiguos alumnos —qué profesores hoy— que no veía hacía años. Y todo por Alejandro. Por un artista tan valorado. Cómo no.  Viniendo de Merceditas…, ay. Qué emocionante. Qué lástima. Qué pena.